Cómo citar este artículo APA (7.ª edición):
Carrillo, A. (2026, 3 de septiembre). Hacia una ciencia de la liberación de la mujer. Modernismo Latinoamericano. https://www.modernismolatinoamericano.org/hacia-una-ciencia-de-la-liberacion-de-la-muj/
Alondra Carrillo Vidal. Militante feminista, editora e integrante de la Coordinadora Feminista 8M de Chile.
El artículo “Hacia una ciencia de la liberación de la mujer” fue una intervención marxista-feminista producida desde el interior de la Cuba revolucionaria, pionera en nombrar y teorizar el trabajo invisible de las mujeres al interior del hogar. Su amplia circulación es una muestra de la potencia que alcanzó esta reflexión: manuscrito, publicación, traducciones, folletos, reediciones y relecturas que conforman una constelación editorial latinoamericana y transnacional. Fue editado en Francia (1970), Cuba (1971), Estados Unidos (1972), Argentina (1972), Venezuela (1975), Perú (1976), España (1976), Brasil (1982). Fue reseñado en la revista FEM, en México (1976), traducido por la poeta argentina detenida y desaparecida, Susana Lugones, discutido por autoras como Gayle Rubin (1975) y Heleieth Saffioti (1979), empleado como referencia canónica por feministas como Olga Poblete (1984) y utilizado como recurso de formación y propaganda para el Primer Encuentro Nacional de Mujeres en Argentina (1986). Sin embargo, este texto clave para la historia del pensamiento feminista quedó parcialmente olvidado, y haría falta una irrupción feminista mundial impulsada desde Latinoamérica para despertarlo de su letargo.
A fines de los años sesenta, la revolución cubana vivía la explosión de una contradicción. En todas las esferas de la vida, la creciente participación de las mujeres en la industria y la producción social hacía crujir las dinámicas al interior de la clase trabajadora. En 1968, el mismo proceso revolucionario que había llamado a las mujeres, en palabras de Fidel, a “hacer la revolución en la revolución”, levantaba un decreto que excluía a las mujeres de áreas de la producción consideradas insalubres y/o peligrosas, e instituía así una prescripción sexista del trabajo. Isabel Larguía y John Dumoulin, una pareja de militantes internacionalistas, encontraron en esa contradicción una de las tareas políticas e intelectuales más urgentes que debía encarar la revolución en su primer decenio.
Isabel Larguía, cineasta argentina feminista y comunista, se había formado en Francia antes de radicarse en Cuba y, para 1968, era reconocida en la isla por su participación en la guerrilla; John Dumoulin, su compañero, era un comprometido antropólogo estadounidense que integraba la Academia de Ciencias de Cuba. En Desde Cuba revolucionaria (2018), los investigadores argentinos Mabel Bellucci y Emmanuel Theumer recuperan la trayectoria intelectual y política de Larguía y Dumoulin, y nos describen las circunstancias de producción, circulación y recepción de sus escritos.
En 1969, Larguía y Dumoulin comenzaron a difundir un manuscrito mimeografiado titulado Por un feminismo científico, que buscaba tantear el terreno y afilar los argumentos para interrogar la cuestión de las mujeres en el proceso revolucionario en curso. Por mediación de la intelectual francesa Anne Zelensky, el texto se publicó por primera vez en Francia en 1970 bajo el título “Contra el trabajo invisible”. Este se incluyó en el número especial de Partisans, Libération des femmes. Année zéro, junto a artículos que llegarían a ser referencias centrales del feminismo socialista, como “Para una economía política de la liberación de las mujeres” de Margaret Benston. Ya en 1971, el texto fue publicado en Cuba en el dossier “La Mujer” del número 65/66 de la revista Casa de las Américas, con el título “Hacia una ciencia de la liberación de la mujer”. Este dossier fue, en palabras de Bellucci y Theumer, el primer intento de componer un corpus sobre estudios de la mujer en Cuba y, en él, el artículo de Larguía y Dumoulin tuvo un lugar central (2018).
En este ensayo, Larguía y Dumoulin buscaron desmontar dos apariencias estrechamente vinculadas: que las mujeres habrían permanecido al margen de la producción hasta su ingreso masivo al trabajo asalariado, y que las labores realizadas históricamente por ellas en el hogar responden a una disposición natural y no a la división social del trabajo. La primera apariencia depende de la segunda: solo porque se ha negado el contenido económico del trabajo doméstico es que puede presentarse a las mujeres como ajenas a la producción y destinadas naturalmente a ciertas tareas. Contra esta operación de arraigo milenario, el texto moviliza una lectura marxista para hacer visible el fundamento material de la opresión de las mujeres.
Larguía y Dumoulin observan que, tras la fachada de la familia monogámica, se realizan una serie de labores diferenciadas: la reproducción biológica, la crianza de niños y niñas, el cuidado de personas enfermas y ancianas, y la reposición diaria de la fuerza de trabajo consumida. Este trabajo doméstico, señalan, es una actividad económica invisibilizada, indispensable para la reproducción de la fuerza de trabajo y, por tanto, para la reproducción social en su conjunto. Al quedar marginado de la esfera del plusproducto visible, este trabajo fundamental se recubre de un velo naturalizante y aparece como destino biológico, cuando en realidad constituye el cimiento económico de la sociedad de clases; sobre esa base material se levanta también una ideología del sexo que presenta como naturales las tipologías femeninas y masculinas producidas históricamente por la división del trabajo.
El texto es pionero al nombrar dichas labores como trabajo invisible, pero no se limita a eso: además convierte a ese trabajo y su invisibilidad en un problema político. De allí la potencia de su segundo título: “Contra el trabajo invisible”. Para Larguía y Dumoulin, la tarea de un proceso revolucionario no podía agotarse en reconocer estas labores, sino que debía avanzar hacia la abolición de su forma privada como condición para el desarrollo efectivo de la revolución socialista: “Mientras la fuerza de trabajo siga produciéndose en millones de tallercitos domésticos, no podrá erradicarse de la conciencia social la influencia de la propiedad privada, y necesariamente resultarán incompletos los esfuerzos por construir una sociedad sin clases y un hombre nuevo. En este contexto se hace más evidente la justeza de la sentencia de Lenin: El proletariado no puede alcanzar su plena libertad sin conquistar la liberación completa de la mujer” (1975, p. 52).
La pluma del ensayo lo hermana con la rica tradición del socialismo clásico. Su crítica al romanticismo, a la virilidad, a la belleza femenina y a las formas culturales que naturalizan la apropiación masculina del trabajo de las mujeres recupera lo mejor del polemismo marxista, desplazándolo hacia una zona que este no había desarrollado con la dedicación necesaria. Reclamando a Engels como herencia teórica, Larguía y Dumoulin toman de él no solo sus desarrollos en el Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, sino ante todo la vocación de un socialismo científico, esta vez por un feminismo científico. Las reflexiones de Larguía y Dumoulin actualizan ese programa materialista de investigación intentando caracterizar las dinámicas de una nueva fase de organización global capitalista, y en ese intento vinculan las transformaciones de la gran industria y la ampliación del consumo obrero con cuestiones como la belleza femenina, la libertad sexual y la construcción de identidad.
¿Por qué un texto cuyo aporte tuvo tanta vigencia quedó invisibilizado en las genealogías posteriores del debate feminista socialista? Es posible ensayar algunas hipótesis. En parte, puede deberse a que algunos de sus aportes más novedosos, que explican su amplia circulación en su momento, terminaron sobreviviendo al texto mismo. Es el caso, particularmente, del concepto de “trabajo invisible”, cuya capacidad para nombrar una forma de trabajo naturalizada y desigualmente distribuida al interior de la clase trabajadora permitió que la noción trascendiera el texto y se incorporara a un lenguaje feminista más amplio. Así, paradójicamente, la generalización de uno de los aportes que dio vigencia al texto contribuyó también a borrar la intervención específica en la que había sido formulado, así como el horizonte político que la orientaba: la socialización del trabajo doméstico y la abolición de la propiedad privada como condiciones para superar su invisibilización.
Otra de las razones potenciales de su invisibilización es la posición política del ensayo, incómoda tanto para el feminismo como para las perspectivas socialistas de la segunda mitad del siglo veinte. Larguía y Dumoulin interpelaban al marxismo desde el feminismo, pero lo hacían desde una confianza fuerte en la forma partido y en su conducción revolucionaria de la conciencia de las masas. El texto abría una zona de análisis materialista de enorme potencia mientras que, al mismo tiempo, restringía las direcciones posibles de una politización feminista autónoma, que aparecía como riesgo de desviación sectorial reaccionaria. Su observación de las transformaciones capitalistas de aquel momento estaba atravesada por una condena moral del consumo y la libertad sexual, cuestión que eleva una barrera política y lo distancia de los procesos históricos contradictorios en los que se engendraba la conciencia feminista misma. Por eso, su invisibilización no puede entenderse solo como el resultado de una injusticia externa: también se vincula con los límites internos de esta intervención respecto de esa realidad naciente.
Hoy podemos acudir a las reflexiones de Larguía y Dumoulin con parte de esa historia ya escrita y transitada. Las luchas feministas contemporáneas nos permiten volver sobre los desarrollos teóricos y políticos que quedaron sepultados bajo los escombros del derrumbe de los socialismos reales. En ese campo, intervenciones como la de Larguía y Dumoulin reaparecen como materiales vivos para encarar los problemas políticos de nuestro presente. Recién hoy, a cuatro décadas de su última reedición, el texto vuelve a circular en países como Chile gracias a esfuerzos de edición militante como Larga Marcha. En este gesto que activa el archivo feminista marxista de la Cuba revolucionaria, Hacia una ciencia de la liberación de la mujer es un recurso insoslayable para acometer la tarea inconclusa de nuestra emancipación colectiva.
Referencias
Bellucci, M., & Theumer, E. (2018). Desde Cuba revolucionaria: Feminismo y marxismo en la obra de Isabel Larguía y John Dumoulin. CLACSO. Disponible para descarga gratuita en https://libreria.clacso.org/publicacion.php?p=1432&c=5
Foppa, A. (1977). ¿Salario para el trabajo doméstico? Fem, 1(3), 13–17.
Larguía, I. (1970). Contre le travail invisible. En C. Delphy (Comp.), Libération des femmes. Année zéro. Partisans (N.º 54/55). Maspero.
Larguía, I. (1972). Contra el trabajo invisible. En La liberación de la mujer: Año cero (S. Lugones, Trad.). Granica.
Larguía, I. (1980). La mujer, el sector más explotado de la historia. FEM, 15(4).
Larguía, I., & Dumoulin, J. (1988). La mujer nueva: Teoría y práctica de su emancipación. Centro Editor de América Latina.
Lipszyc, C. (1996). Desprivatizando lo privado: Sobre las relaciones entre trabajo doméstico y la acumulación capitalista. En C. Lipszyc et al., Desprivatizando lo privado: Mujeres y trabajos. Catálogos.
Poblete, O. (1984). Mujer y educación: Algunos antecedentes para una reflexión y discusión del tema. Signos: Revista de Educación y Cultura, 1(3), 6–9.
Rubin, G. (1975). The traffic in women: Notes on the “political economy” of sex. En R. R. Reiter (Ed.), Toward an anthropology of women (pp. 157–210). Monthly Review Press.
Saffioti, H. I. B. (1979). Emprego doméstico e capitalismo. Avenir.
Urrutia, E. (1976). Del trabajo invisible al trabajo visible. Fem, 1(1), 14–15.

