“En materia económica somos liberales en el sentido clásico de la palabra”,
Benito Mussolini, Il Popolo d'Italia, a finales de 1921.
(...)
Una de las “demostraciones sindicales” del 1 de mayo
Conclusiones
Algunas conclusiones que se extraen del
presente artículo es que la retórica obrerista utilizada por los
fascismos de la primera mitad del siglo XX, por una parte obedecía a una
estrategia puramente propagandística, que tenía el fin de atraer a las
masas de obreros y campesinos a sus filas y desvincularlas así de la
influencia de los partidos y sindicatos marxistas y anarquistas. Si bien
en los momentos iniciales podía haber una cierta predisposición a
defender los intereses de los trabajadores, esta se aplacó o limitó con
el transcurso de los años. Por otra parte, la estrategia también tenía
como fin “acoger al obrero” en el seno de una sociedad fuertemente
verticalizada y clasista. Pero acogerlo como subalterno y explotable
que, a pesar de los pesares, formaría parte del “gran proyecto nacional”
fascista. Esto enlazaría con otra de las características que atraviesan
al fascismo, como es la defensa del darwinismo social como elemento
vertebrador, tanto en el conjunto de la sociedad como en el seno de las
empresas. Estos buscaban dejar a la clase obrera en una situación de
subyugación respecto a la burguesía. En este sentido, al igual que el
rey o el caudillo ejercía de líder absoluto de las masas, el fascismo
defendía la idea de las empresas como el seno de una familia
tradicional, donde el patrón debía cumplir con el papel autoritario de pater familias,
desplegando así un poder absoluto sobre los trabajadores. En
consecuencia, el corpus teórico del fascismo descansa sobre la negación
absoluta de la lucha de clases y en favor de la armonización de las
mismas. Bajo el pretexto de la búsqueda de objetivos superiores,
abogaban por un gran pacto de capital/trabajo, con el fin de “elevar a
los intereses de la nación por encima de las luchas internas”. Es decir,
frente a la idea de “clases en pugna”, se impone una idea de “sociedad
armónica” compuesta por sectores distintos, unos más dignos que otros,
pero que encajan a la perfección si no se trata de alterar el statu quo y
el “orden natural” ─español, italiano, alemán─ de las cosas.
Esta última idea explicaría
perfectamente la batalla encarnizada que llevaron a cabo los diferentes
movimientos fascistas contra las organizaciones obreras que en ese
momento, y en sus respectivos países, tenían una gran influencia sobre
los trabajadores, tanto a nivel sindical como de partidos políticos. El
fascismo se convirtió en el brazo armado de la alta burguesía, buscando
socavar las conquistas sociales que el conjunto de los trabajadores
había conseguido durante años de luchas.
En ese sentido, cabe destacar que los
tres fascismos se alinearon en todo momento con los intereses de
industriales y terratenientes, abandonando por completo las pretensiones
emancipadoras del conjunto de los trabajadores. No es de extrañar, por
tanto, que sendas corrientes fascistas recibieran ingentes sumas de
dinero de las altas burguesías de sus respectivos países. Dinero que
utilizaron para financiar campañas electorales así como sufragar las
acciones violentas que los propios fascistas llevaban a cabo contra los
trabajadores organizados.
Finalizado el análisis del fascismo de
la primera mitad del siglo XX, hay que señalar que actualmente nos
encontramos en una contraofensiva reaccionaria que, aunque a nivel
estético y simbólico se encuentra muy alejado de este, las estrategias
discursivas utilizadas con el fin de atraer al conjunto de los
trabajadores a sus filas son muy similares. Esto cobra mayor importancia
si se tienen en cuenta las consecuencias de las políticas neoliberales
impulsadas a partir de los años 70 y 80 en gran parte del mundo. Recetas
económicas que han socavado la capacidad organizativa y de lucha del
conjunto de la clase obrera. Desprovista esta de certezas y despojada de
cualquier alternativa al capitalismo depredador imperante, es
fundamental que las organizaciones obreras dispongan de un acervo de
herramientas que nos permitan abordar la lucha contra el ─neo─fascismo
con las máximas garantías de poder lograr su derrota definitiva.
Introducción. El primer fascismo español, una historia de tres ciudades
Si el fascismo español tiene un himno,
este es sin duda el «Cara al
sol» falangista. Estrenado en 1936, su estrofa inicial reza así:
Cara al sol con la camisa nueva,
que tú bordaste en rojo ayer,
me hallará la muerte si me lleva
y no te vuelvo a ver.
Pero el primer caído «cara al sol» no
fue un falangista, sino un poeta e intelectual considerado el padre de
la independencia de Cuba: José Martí. Murió en Pinar del Río el 19 de
mayo de 1895 luchando contra una columna española, pese a ser hijo de un
valenciano y una tinerfeña emigrados a la isla. Señala el historiador
John Lawrence Tone que Martí fue temerario al querer demostrar que podía
luchar con las armas igual que con sus textos:
Se aproximó a los españoles armado
tan solo con una pistola y montado en un caballo blanco: las ráfagas de
rifle le hirieron de muerte tirándole al suelo.
Su muerte tuvo «aroma de suicidio» y añade que, al parecer, Martí
tuvo «premoniciones de su muerte», visibles en esta estrofa de sus
No me pongan en lo oscuro, a morir como un traidor. Yo soy bueno, y como bueno moriré cara al sol.
Según el hispanista Hugh Thomas el himno
falangista se inspiró en estos versos. Pero los relatos de su creación
atribuyen esta estrofa del himno al fundador de Falange Española (FE),
José Antonio Primo de Rivera, y a dos escritores del partido, Agustín de
Foxá y José María Alfaro, lo que hace plausible que conociesen los
versos de Martí. Este hecho no es menor porque apunta a un sustrato mal
conocido del fascismo español: su influjo cubano, tema de este ensayo
que comporta una revisión profunda de este fenómeno político.
Las
JONS, constituidas el 10 de octubre de 1931, a partir de la fusión del
grupo liderado por Ramiro Ledesma Ramos —fundador del semanario La
Conquista del Estado— con las Juntas Castellanas de Acción Hispánica de Onésimo Redondo Ortega y La Traza, liderada por Alberto Ardanaz (foto:
Archivos de la Historia)
El falangismo como único fascismo español: una visión problemática
En general, los estudios del mismo, más
allá de centrarse en algunas individualidades, orbitan en torno al
falangismo y las dos entidades previas que confluyeron en él. Una fue el
semanario La conquista del Estado, impulsado por Ramiro
Ledesma y que vio la luz en Madrid en marzo de 1931 (el mes previo a la
proclamación de la Segunda República). La otra fue Libertad,
otro semanario que se editó en junio de aquel año en Valladolid
promovido por Onésimo Redondo y cuyo núcleo editor constituyó en agosto
unas irrelevantes Juntas Castellanas de Actuación Hispánica (JCAH). En
octubre ambos grupos se fusionaron en las Juntas de Ofensiva Nacional
Sindicalista (JONS). Dos años después, en octubre de 1933, José Antonio
Primo de Rivera creó un ente rival, la citada FE. Como falangistas y
jonsistas eran exiguos, estos se fusionaron en febrero de 1934 en FE de
las JONS. Estas siglas fueron marginales hasta que en la primavera de
1936 conocieron una gran afluencia de seguidores. Ya en plena Guerra
Civil, en abril de 1937, Franco unificó a FE de las JONS con la otra
gran fuerza de la derecha, el carlismo, y creó el partido oficial de su
régimen: Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva
Nacional Sindicalista (FET y de las JONS).
Acabada la Guerra Civil en abril de 1939
e iniciada la Segunda Guerra Mundial en septiembre de aquel año, las
expectativas que Franco depositó en el triunfo del Eje favorecieron la
fascistización del régimen a través de FET y de las JONS hasta agosto de
1942 de la mano de Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco. Entonces el
retroceso de las fuerzas del Eje forzó al dictador a adoptar un
funambulismo político para sobrevivir a la victoria aliada de 1945. En
este marco FET y de las JONS, desde 1967 llamada Movimiento Nacional (o
«Movimiento»), conoció un letargo del que ya no salió hasta su
disolución en abril de 1977. Devino así el paraguas político de tres
generaciones de españoles y españolas (estas últimas en la Sección
Femenina).
Paradójicamente, esta asociación del
fascismo español con el falangismo la originó este último. En los años
treinta asumió su conexión con ascendentes italianos y tras la derrota
del Eje quiso proyectarse como una especificidad hispánica. A inicios de
los años sesenta del pasado siglo, el historiador estadounidense
Stanley G. Payne examinó la «falangística» (las obras emanadas del
universo falangista, desde memorias a textos políticos) y asumió su
visión del «fascismo español» y su estudio la convirtió en una opción
comparable al fascismo italiano y al nazismo alemán, con pautas de
análisis ya muy elaboradas. Payne posteriormente profundizó en el
estudio del fascismo y devino un experto en el tema. Como resultado, el
trabajo pionero de Payne sobre Falange codificó los parámetros del
fascismo español de estudios posteriores, que lo asociaron al falangismo
de forma indeleble.
Ceremonia
de fusión de Falange Española y de las JONS celebrada en el Teatro
Calderón de Valladolid el 4 de marzo de 1934, en la que intervinieron
Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda, Onésimo Redondo, Ramiro Ledesma
Ramos y Emilio Gutiérrez Palma (foto: El Norte de Castilla)
Pero esta visión del fascismo español,
desde nuestra óptica, plantea problemas diversos. Uno es cronológico:
hace del fascismo una realidad tardía en España al remitir a los años
republicanos, y los partidos o entes previos susceptibles de ser
vinculados al mismo se catalogan como precursores. Otro problema es
geográfico, ya que Madrid es el único centro irradiador de fascismo, con
Valladolid como escenario secundario como baluarte de Redondo y sus
JCAH. Por último, esta visión del fascismo infravalora su proximidad con
la derecha más radical o «fascistizada» y su pugna por un mismo espacio
político. Pero para sus coetáneos los falangistas, la «derecha
fascistizada» y la derecha en general a menudo carecían de lindes
ideológicas diáfanas, pues eran un continuo de límites internos
borrosos, señala el historiador Paul Preston:
[.. ] Durante
toda la República, los líderes de cada grupo derechista habían
intervenido en los mítines de los otros, siendo, normalmente, bien
recibidos. Se reservaba espacio en la prensa de los diversos partidos
para incluir informes favorables sobre las actividades de los rivales.
Todos los sectores de la derecha compartían la misma determinación de
establecer un Estado corporativo y de destruir las fuerzas efectivas de
la izquierda. […] Había, por supuesto, diferencias de opinión […]. No
obstante, rara vez iban más allá de disensiones sobre la táctica […].
Estos grupos raramente rompieron su unidad en el Parlamento, en tiempo
de elecciones o […] durante la guerra civil […]. Es más, no era raro […]
pertenecer a una o más de estas organizaciones, y en algunos casos a
todas ellas.
Esta dificultad de trazar límites la
ilustra el Partido Nacionalista Español (PNE), calificado de
«pseudofascista». Su líder y creador fue el médico valenciano José Mª
Albiñana, que creó la formación en abril de 1930, tres meses después de
concluir la dictadura que Miguel Primo de Rivera estableció en 1923, con
la expectativa de erigirse en su albacea político. Su divisa era la del
primorriverismo caído, «Religión, Patria, Monarquía». A ello añadió su
lema, «España sobre todas las cosas, y sobre España inmortal, solo
Dios». Entre octubre y noviembre de 1930 adoptó el «saludo brazo en
alto, [la] camisa azul [celeste], [el] escudo con yugo, flechas y águila
bicéfala, [y la] cruz de Santiago». Moduló un españolismo combativo (su
himno se tituló «España inmortal») y se definió como una «hermandad
hispánica de acción enérgica». Su portavoz fue La Legión y su
milicia fueron los Legionarios de España, su «avanzada guerrillera».
Cabe pensar que para sus seguidores militar en FE o en este partido
dependió más de su presencia en un lugar concreto que de su doctrina.
Ateniéndonos a lo expuesto, consideramos difícil negar el carácter
fascista del PNE.
En este marco, sostenemos una visión
substancialmente distinta del fascismo español, pues convenimos que este
fenómeno tuvo sus raíces en Cuba, afloró y se configuró en la Península
por vez primera en Barcelona entre 1919 y 1923 y tuvo ecos y
reverberaciones en Madrid entre fines de 1922 e inicios de 1923. Ello
fue así por varias razones que desplegamos a lo largo de este ensayo y
apuntamos al lector a continuación de modo orientativo.
José
María Albiñana (segundo por la izquierda), en una reunión con miembros
del Partido Nacionalista Español (foto: El Independiente)
Las raíces cubanas del fascismo español: militarismo y españolismo
España solo puso fin a su condición
imperial en 1975 (con el abandono del Sahara occidental en plena agonía
de Franco) y este hecho marcó su evolución mucho más de lo que parece.
En el caso del fascismo español juzgamos determinante la importancia de
La Habana en el proceso de su conformación, pues en la España
decimonónica era su tercera ciudad más importante (después de Madrid y
Barcelona) y en ella tuvieron lugar dos procesos clave en el tema que
nos ocupa.
Uno fue la concentración de poder que
conoció el titular de su Capitanía y que le convirtió en virtual
«virrey» de la isla con el apoyo de sus élites propeninsulares (opuestas
a toda reforma que alterase el statu quo de Cuba) que formaron
una suerte de «Corte» en torno al capitán general. Asimismo, este
dispuso de una milicia civil que las citadas élites promovieron y
lideraron, el llamado Cuerpo de Voluntarios. Este se creó en 1855 para
luchar contra el «separatismo» (que incluyó a cubanos autonomistas e
independentistas) y contra posibles revueltas de esclavos. Los
voluntarios, que iban uniformados y armados, profesaron un nacionalismo
intransigente que les convierte en precursores del futuro fascismo
peninsular.
En 1869 acaeció la conjunción organizada
de estos tres elementos: Capitanía, élites y los voluntarios. Entonces,
quien era capitán general desde enero, Domingo Dulce, quiso introducir
reformas y ampliar el marco de libertades de Cuba siguiendo órdenes del
gobierno, pero topó con la oposición de las élites citadas. Estas
urdieron un complot contra este militar mediante el capitán general que
le precedió, Francisco Lersundi, y el Cuerpo de Voluntarios. Así, en
mayo Lersundi asedió la Capitanía con cientos de voluntarios y forzó a
Dulce a renunciar a su cargo al carecer de fuerzas para imponerse. Como
este renunció a sus poderes de forma reglamentaria, el cambio de titular
de Capitanía fue legal y pacífico. Desde entonces las élites
mencionadas actuaron con autonomía de Madrid y solidificaron sus lazos
con Capitanía, mientras los voluntarios reprimieron a reformistas e
independentistas cubanos a sus anchas.
Esta experiencia antillana, apenas
conocida en la narrativa de la historia de España, fue decisiva tanto en
la evolución del militarismo español como en la del fascismo porque
configuró un artefacto político-militar singular que denominamos
«Capitanía cubana». Tal expresión alude a la asunción del poder civil
por Capitanía de forma dictatorial, con el apoyo de las élites locales y
una milicia civil auxiliar. Esta última, que en Cuba encarnaron los
voluntarios, reflejó ya el limitado espacio político que el militarismo
español dejaría al desarrollo del futuro fascismo en la Península. De
hecho, la definición de «militarismo» presume que los oficiales del
Ejército han de predominar sobre los políticos civiles.(20) Ello fue así
porque el Ejército se autoerigió en garante del orden establecido ante
toda amenaza «separatista» o revolucionaria y quiso monopolizar el
patriotismo.
El otro proceso que se desarrolló en
Cuba e interactuó con el anterior fue que allí afloraron tanto el
nacionalismo español exacerbado como los nacionalismos centrífugos
peninsulares. De este modo, la llamada Guerra de los Diez Años
(1868-1878) contra los insurrectos de la isla hizo cristalizar un
autodenominado «españolismo» que asimiló nación e imperio (concibió a la
Península y a sus dependencias de Ultramar como un todo indivisible)
que reclamó una adhesión «incondicional» contando con el apoyo de
Capitanía.
Voluntarios
de La Habana, retratados por Valeriano Domínguez Bécquer en la revista
La Ilustración de Madrid (1870). Fuente: Wikimedia Commons.
Cataluña en el espejo de La Habana: ¿Una «segunda Cuba»?
Tras la pérdida de Cuba en 1898, la
pauta de ocupación castrense del poder civil de la «Capitanía cubana» se
exportó a la Península y arraigó en Barcelona. Allí los militares
procedentes de Ultramar creyeron hallarse ante la misma amenaza bifronte
de La Habana: el «separatismo» (encarnado por el catalanismo emergente)
y la revolución (el temor al obrerismo organizado substituyó al que
infundían las revueltas de esclavos). De este modo, a partir de los
problemas de orden público, Capitanía empezó a asumir competencias
civiles en detrimento del gobernador civil, en un proceso que tendría su
inicio en la huelga general de 1902.
Por esta vía, entre 1919 y 1923, cuajó una genuina «Capitanía cubana» en Barcelona. En ese periodo fueron sus «virreyes» de facto los
generales Joaquín Milans del Bosch (capitán general de Cataluña entre
septiembre de 1918 y febrero de 1920) y Severiano Martínez Anido
(gobernador civil desde noviembre de 1920 hasta octubre de 1922). Milans
expandió su poder al reprimir la agitación que el fin de la Gran Guerra
en 1918 generó entre catalanistas y sindicalistas. La de los primeros
se materializó en una campaña de demanda de autonomía en la que el
Ejército vio un separatismo tan amenazador como el cubano. Y la de los
segundos la estimuló el triunfo de la revolución bolchevique en 1917,
que incentivó la radicalización del potente sindicato de cariz
anarcosindicalista omnipresente en la zona metropolitana barcelonesa: la
Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Esta organización alumbró
grupos de acción que generaron un pistolerismo endémico que Milans quiso
contener con mano dura. Su actuación esbozó entonces una dictadura
regional sin quebrar de forma oficial la legalidad (como en Cuba). Pero
no la pudo consolidar al ser forzado a dimitir en febrero de 1920. Le
substituyó como «hombre fuerte» Martínez Anido, quien durante su mandato
(el «anidato») consolidó la autocracia en Cataluña que Milans perfiló.
En consecuencia, ambos militares actuaron como los capitanes generales
de La Habana: ocuparon el poder civil con apoyo de las élites locales y
una milicia auxiliar, conformando una «Capitanía cubana» en Barcelona.
Fuente: Mundo Gráfico 23 de octubre de 1918
De los Voluntarios de La Habana al «Fascio de Las Ramblas»
En este escenario, la milicia auxiliar
de esta «Capitanía cubana» surgió de modo espontáneo o se improvisó
sobre la marcha, de modo que desempeñaron su rol en Barcelona cuatro
actores distintos entre 1919 y 1922. Primero, entre fines de 1918 e
inicios de 1919 lo hizo una Liga Patriótica Española (LPE), que practicó
el «escuadrismo» contra el catalanismo. Al estallar una intensa
conflictividad social a partir de febrero de 1919, la LPE se esfumó y
desempeñó tal función el Somatén, una milicia civil que actuaba como
cuerpo auxiliar de orden público. Pero el protagonismo creciente de los
grupos de acción del cenetismo requirió que desarrollasen la función de
milicia auxiliar otros actores: primero fueron grupos parapoliciales
conocidos como la «banda negra» y desde 1920 ejerció este rol el llamado
Sindicato Libre. Así las cosas, veremos cómo la LPE y el Libre,
amparados por Capitanía, encarnaron el primer fascismo barcelonés.
Hemos designado a este último como
«Fascio de Las Ramblas», una expresión que fue acuñada en 1931 por
ámbitos de izquierda para aludir de forma irónica a una organización
fascista que supuestamente organizaba Ramón Sales, el dirigente del
citado Sindicato Libre. Sales anunció la creación de tal milicia el 11
de abril de ese año a bombo y platillo, pero sus declaraciones
posiblemente fueron un globo sonda o un farol político. Pese a su
inexistencia, hemos escogido esta expresión para designar al fascismo
barcelonés inicial porque Las Ramblas fueron un escenario y escaparate a
la vez de las primeras tramas fascistas barcelonesas. Y es que en este
bulevar primero se enfrentaron catalanistas y españolistas de la LPE.
Después Las Ramblas fueron un espacio de eclosión del pistolerismo. Los
matones de ambos sindicatos (Libre y CNT) se reunían en sus cafés y sus
grupos de acción actuaron en buena medida en la zona marcada por esta
arteria: el casco antiguo y la zona que sería conocida como «barrio
chino». También Las Ramblas reflejaron la importancia de los militares
que mediaron en aquel universo de choques entre cata- lanistas y
españolistas, libres y cenetistas. Sus centros coronaban simbólicamente
el principio y el final de Las Ramblas: el Casino Militar estaba al
principio, en la plaza Cataluña, y la Capitanía al final, en la zona
próxima al mar. De ahí, pues, la idoneidad de esta metáfora como título
del presente ensayo.
Ramón Sales Amenós en diciembre de 1919, en un acto de homenaje al general Severiano Martínez Anido
Un fascismo de primera generación y otro de segunda
Ateniéndonos a lo hasta aquí expuesto,
partimos de las premisas siguientes: que la emergencia y la evolución
del fascismo en España fue inseparable de la del militarismo del siglo
xx (por lo que es necesario estudiar la configuración de ambos de forma
simultánea); que ambos fenómenos tuvieron sus orígenes en la Cuba
decimonónica, pero también los marcaron las campañas militares de
Marruecos; que su configuración y eclosión tuvo lugar en la Barcelona
del periodo 1919-1923, caracterizada por una conflictividad política y
social intensa con un poderoso tema identitario de fondo; y que en su
desarrollo interactuaron de forma compleja propuestas fascistas de
Barcelona y, en menor grado, otras de Madrid.
En este aspecto, podemos establecer que
el fascismo español tuvo dos etapas distintas: una monárquica inicial y
otra posterior republicana o accidentalista en cuanto al régimen
político. La primera (1919-1923) es el tema de este estudio y lo podemos
calificar como un «fascismo de primera generación», caracterizado por
tener su epicentro en Barcelona, un discurso y una práctica política
acuñada en Ultramar (aunque tamizada por Marruecos), un carácter
esencialmente organizativo y una elaboración ideológica muy escasa.
Simplificando, tuvo tres plasmaciones sucesivas. La primera fue la
mencionada LPE anticatalanista entre fines de 1918 e inicios de 1920. Le
sucedió el Sindicato Libre, constituido a lo largo de 1919 y que
emergió en 1920 y combatió con las armas a la poderosa CNT. Por último, a
fines de 1922 se formó el grupo La Traza, que salió a la luz a inicios
de 1923. Sin embargo, este fascismo barcelonés no puede estudiarse por
sí solo, ya que tuvo una compleja relación e interacción con propuestas
surgidas en Madrid, que también recoge esta obra, y que pasaron por la
confluencia del africanismo militar, encarnado por la Legión
(oficialmente Tercio de Extranjeros), y los sectores del llamado
maurismo que conocieron una deriva autoritaria.
En cambio, el fascismo que podemos
considerar de «segunda generación» tuvo su epicentro en la capital
española y Valladolid, a la vez que se articuló esencialmente en torno a
la ideología. Se singularizó por tener expresiones políticas
republicanas y ambiciones intelectuales que reflejaron el influjo de las
vanguardias literarias. Estas le transmitieron la convicción de que la
«Nueva Cultura» que habían forjado debía demoler y substituir a una
cultura burguesa juzgada decadente. Reflejaron este fascismo los
mencionados grupos de Ledesma y Redondo que confluyeron primero en las
JONS y luego con la FE de José Antonio Primo de Rivera y originaron FE
de las JONS. En este marco, el PNE de Albiñana sería un grupo de
transición entre ambos fascismos.
Para comprender la importancia de esta
dimensión urbana de las iniciativas fascistas, especialmente en el
fascismo de «primera generación» es esencial tener en cuenta que existe
un trasfondo de «guerra de ciudades» en la que la dicotomía
Madrid-Barcelona tiene un papel esencial, en la medida que, si la
capital de España será el centro oficial del país, Barcelona, su capital
económica e industrial carente de un poder político en consonancia,
actuará como el «anticentro» por excelencia del país. Esta tensión entre
centro y «anticentro» será un vector del «Fascio de Las Ramblas».
Presidentes de los Sindicatos Libres de Barcelona en 1922 (foto: La Acción/Wikimedia Commons)
¿Pero qué es el fascismo? Un recorrido por territorios pantanosos
Llegados aquí, es imperioso abordar una
cuestión pantanosa: ¿Qué entendemos por fascismo? La pregunta no tiene
una respuesta satisfactoria al faltar un acuerdo académico sobre cómo
definir tal concepto. Ello es así porque no existe un fascismo
monolítico, atemporal e inmutable, sino una pluralidad de movimientos de
rasgos similares y diferentes a la par. Tal realidad supone cuatro
grandes problemas para disponer de una definición operativa.
Un primer problema radica en que el
fascismo combina diversos estilos políticos que lo hacen acreedor del
reconocimiento como algo nuevo: explora una «tercera vía» entre marxismo
y liberalismo, entre derecha e izquierda (asumiendo la crítica del
liberalismo al comunismo y la del comunismo al liberalismo); asume el
papel del Estado como ente rector de la sociedad (de forma semejante al
comunismo); plasma una forma nueva de representatividad política que
pasa por un líder carismático que interpreta la «voluntad nacional»;
adopta una cultura nueva, en la que confluyen una crisis del
racionalismo —que comporta la exaltación de una mística
ultranacionalista de combate— y las vanguardias artísticas. A ello se
añade que es la única ideología de los siglos xix y xx que asume su
demonización. La actitud de los fascistas es fácilmente reconocible:
«Sí, somos malos… ¿y qué?». Todo ello es difícil de aprehender en una
única definición.
Un segundo problema es sobre qué tipo de
movimiento fascista ponemos el foco. No es lo mismo el primer fascismo,
de orígenes relativamente nebulosos, que aquel ya crecido y ávido de
poder. Y menos aún el ya instalado en el poder y el que está en la
oposición. En este aspecto, se suele identificar el fascismo (como
movimiento y/o doctrina) con la época de entreguerras (aproximadamente
el periodo 1919- 1945), percibido como un fenómeno político europeo en
su esencia y que expresaría una larga «guerra civil europea». Un tercer
problema es su variedad de manifestaciones, que dificulta las
definiciones homogeneizadoras. Así, el historiador germano Ernst Nolte
aludió a que
«un asombroso enlace de tendencias particulares y universales resulta evidente en todo movimiento fascista».
Finalmente, un cuarto problema, derivado
de los anteriores, es que los expertos ofrecen una variedad de enfoques
que hace muy difícil disponer de una definición funcional. De este
modo, por poner algunos ejemplos, el destacado historiador italiano
Emilio Gentile ha enfatizado la forma política, el partido fascista, en
el caso italiano en concreto como fuerza paramilitar o partido-milicia.
En clara contraposición, el británico Roger Griffin ha formulado una
tesis que aborda el fascismo como expresión de un «nacionalismo
palingenético». Su discurso y su potencial atracción de masas dependen
así de la capacidad de crear un «renacimiento nacional», que sería su
componente ideológico fundamental. Sin él, según Griffin, no hay
auténtico fascismo. Por descontado, no podemos olvidar la aproximación
del propio Payne, que establece una tipología de rasgos con una
reflexión sobre sus antecedentes. Hay otras muchas propuestas,
suficientes para requerir una ordenación de carácter enciclopédico.
Propaganda
de los Sindicatos Libres: su encarnación persigue al anarquismo, el
separatismo, la masonería, el comunismo y el judaísmo (imagen del blog
de Xavier Casals)
Para resumir, el fascismo es una ideología y a la vez una práctica que combina acción con pensamiento, que ilustra el lema «Libro e moschetto, fascista perfetto»
(«libro y mosquete, fascista perfecto»). Pero se trata de un
pensamiento único, decidido desde arriba, dictado supuestamente por un
jefe carismático, omnímodo e infalible: «Il Duce ha sempre ragione» («El
Duce siempre tiene razón»). Se remarca así el énfasis del fascismo en
la participación y, por extensión, en la obediencia. Pero todo ello no
es más que un modelo idealizado. La realidad política siempre es más
compleja y contradictoria, por lo que —volviendo al principio— es
sumamente difícil disponer de una definición satisfactoria de este
fenómeno.
En este apartado de definiciones también
es necesario aludir al concepto igualmente difuso de populismo. Aquí lo
hemos empleado para designar una estrategia de movilización
especialmente visible en el discurso regeneracionista de inicios del
siglo xx y que crea una dicotomía maniquea entre el «pueblo sano» y las
élites corruptas para movilizar al primero contra las segundas. Sin
embargo, el concepto de populismo tampoco tiene una definición clara y
unívoca. Y aunque hoy es omnipresente en los medios de comunicación, su
significado resulta bastante confuso. Como sucedió con el fascismo más
maduro, cuesta a los estudiosos entender qué elementos son propiamente
de la izquierda o de la derecha. En realidad, el término nació en la
Rusia zarista, con los llamados naródniki (de narod, pueblo) durante la
segunda mitad del siglo xix. Pero la misma palabra en inglés, populism o People’s Party,
designó un partido electoral estadounidense las últimas dos décadas
decimonónicas. Como palabra política ya casi olvidada, analistas
académicos la utilizaron para describir la actuación de movimientos que
combinaban partido y sindicatos en Latinoamérica, sobre todo (aunque no
solamente) en Brasil y Argentina en la primera mitad del siglo xx.
También hay quien lo empleó para examinar la política de izquierdas y
el autonomismo en Cataluña en el periodo republicano y de la Guerra
Civil (1931-1939). Otros estudiosos, notablemente el historiador
hispano-francés Carlos Serrano, han considerado que la figura del
intelectual regeneracionista Joaquín Costa, protagonista relevante de
nuestra obra, era de neta raigambre populista. Y si antes del siglo XXI
se empleó este vocablo para dar sentido al prefascismo, hoy sirve
principalmente para señalar la pujanza del posfascismo.
Así las cosas, este ensayo se centra en
reconstruir las raíces, eclosión y trayectoria del primer fascismo
español. Por tanto, definir esta experiencia primeriza plantea un reto
similar al que afrontó Nolte —el investigador antes citado— al analizar
los orígenes del fascismo francés, que asimiló a un grupo que
mencionamos en la obra: Action Française (Acción Francesa, AF).
Esta entidad se constituyó en 1899 y su líder carismático fue el
escritor e intelectual Charles Maurras (1868-1952), cuyo acendrado
nacionalismo surgió del cultivo de la lengua provenzal. Su ideario fue
concomitante al del carlismo en España: defendió una monarquía
tradicional, antiparlamentaria, antiliberal, descentralizada y recurrió a
la violencia. Nolte justificó su inclusión aludiendo a que la AF es «la
primera agrupación política de cierta influencia y rango intelectual
que conlleva innegables rasgos fascistas». Además, «aparece al mismo
tiempo que las demás formas tardías del antiguo movimiento
contrarrevolucionario, el legitimismo francés y el realismo, pero
resultan evidentes ciertos rasgos modernos que no pueden derivarse de
esta tradición», sin que su monarquismo la alejara del fascismo.
Pues bien, esta misma cuestión que Nolte
esbozó es la que plantean los colectivos y grupos analizados en la obra
y solo podemos definirlos a medida que los analizamos: surgen parejos a
movimientos contrarrevolucionarios decimonónicos, lo que facilita la
confusión entre «lo nuevo» y «lo viejo», pero presentan rasgos modernos
que los desvinculan de ellos y, estudiados en una dimensión territorial,
conforman un juego de oposiciones que permite percibirlos como un todo
con sentido político propio. Así, intentar dotar de una definición que
incluya a colectivos mencionados como la LPE, La Traza, el Sindicato
Libre o una unidad militar como la Legión es una empresa ardua y difícil
en estas páginas liminares. Por consiguiente, invitamos al lector a
constatarlo a partir de la exposición desplegada en la obra. No
obstante, en relación con este primer fascismo aquí tratado, tanto en
Barcelona como en Madrid, podemos enfatizar tres ideas.
Conferencia
de Jaime Bordas, presidente de la Liga Patriótica Española de
Barcelona, sobre la “autonomía integral”, en el Teatro del Centro
(Madrid) (foto: ABC, 31 de diciembre de 1918)
Una primera idea es que en él primó la
acción por encima de la reflexión. Fue un fascismo casi ágrafo, cuya
escasa teorización se improvisó sobre la marcha y quizá ni ambicionó
elaborarla. De este modo, originó manifiestos y prensa en el mejor de
los casos, pero no abultadas disquisiciones teóricas impresas. Se
caracterizó por articular organizaciones agresivas o de encuadramiento
combativo de sus seguidores y sus entidades reflejaron la idea de formar
un «ejército privado» capaz de actuar con virulencia ante formaciones
opuestas dentro de la sociedad civil. Fue tan escasa su preocupación por
dejar su huella que, como verá el lector, su evolución solo se puede
reconstruir en la mayoría de los casos examinados de forma parcial y, a
menudo, con fuentes secundarias (memorias, prensa, informes policiales o
diplomáticos). De hecho, el vínculo con el fascismo fue públicamente
invisible en algunas iniciativas, como el Sindicato Libre o el núcleo
madrileño que preparó una «marcha sobre Madrid». Sabemos que este nexo
existió, pero sus protagonistas se cuidaron mucho de ocultarlo.
Una segunda idea relevante es su encaje político singular en un marco monárquico. En este aspecto, el fascismo, que per se es
republicano, surgió y creció en una Europa de monarquías. Ello planteó
un problema de compatibilidad cuando el fascismo emergió en Italia.
Allí, en marzo de 1919, Benito Mussolini creó un movimiento socialista
belicista, filo-nacionalista y nacional-republicano. Usó el término
italiano fasci (haz), entonces de moda (por el recuerdo de los
Fasci Siciliani dei Lavoratori en 1889-1894) para designar una unión
política o social, un fascio ( fasci en plural). Pero,
como observó el lúcido conservador catalán Francesc Cambó en un ensayo
de 1924, Mussolini recibió apoyo masivo de monárquicos (exmilitares,
estudiantes, clases medias), hizo de los Fasci una llamada al
unitarismo nacional y pudo desarrollar su movimiento en el seno de la
Corona, llegando al poder en 1922. Su triunfo inspiró a otras figuras
inquietas en el socialismo que ambicionaron adquirir protagonismo al
margen de las casillas establecidas. En España, sin embargo, los
primeros fascistas no tuvieron necesidad de buscar fórmulas ingeniosas,
pues veremos que hubo una rica diversidad de herencias ideológicas en el
conjunto de la derecha a las que recurrir. La Monarquía dominó aquí el
escenario y las experiencias o iniciativas que podemos vincular a un
primer fascismo casaron monarquía y república sin grandes reflexiones,
aunque no sin disonancias.
Una tercera y última idea es que este
estudio, más que poner el foco en comparar dinámicas españolas y
europeas, refleja cómo un conjunto de factores impulsó el deseo de crear
un espacio «reformador» en la derecha, pero (al contrario de lo que
sucedió en Italia) carecía de antecedentes de izquierdas. De este modo,
ante el sindicalismo de contorno revolucionario que encarnó la CNT y un
recién inventado separatismo catalanista que giró en torno al político
Francesc Macià, surgieron los colectivos mencionados que los combatieron
y conformaron el «Fascio de Las Ramblas». A la vez, la marcha sobre
Roma —que llevó a Mussolini al gobierno en octubre de 1922— suscitó
conatos de fascismo en Madrid que interactuaron con los de la capital
catalana.
Junto a la dificultad de ofrecer una
definición de fascismo, la obra presenta otra en lo que se refiere a su
aspecto narrativo. Con el fin de conjuntar en nuestra exposición
elementos muy diversos (de carácter territorial, militar o político)
hemos creado un relato que resalta las dinámicas que convergen en
determinados temas abordados para facilitar su lectura. Tal opción quizá
puede proyectar la idea de que partimos de una visión teleológica en la
que todo lo expuesto lleva a un desenlace único: la irrupción del
primer fascismo. Pero si tal teleología se refleja en la obra hasta
cierto punto, ello no es una convicción, sino una opción de redacción.
Igualmente, el hilo conductor del relato es un artefacto
político-militar, la «Capitanía cubana», cuyo protagonismo puede
convertirla en deus ex machina que explica «todo», cuando
tampoco es así. Como en toda obra, hay que optar por recursos narrativos
y elementos conductores del relato y la «Capitanía cubana» en este caso
es central.
Miembros
del Somatén en formación durante la visita de Alfonso XIII a un pueblo
del Alt Penedès (foto: Biblioteca Nacional de España)
Somos conscientes de que nuestras
decisiones en lo que se refiere a términos conceptuales y narrativos son
problemáticas, pero juzgamos modestamente que también lo son las tesis
dominantes sobre el fascismo apuntadas: ¿Es una solución óptima para el
estudio del fascismo crear un gran cajón de sastre analítico donde todos
los fenómenos, grupos y tendencias políticas que no casan con el
falangismo y presentan componentes fascistas son etiquetados como
«protofascistas», «prefascistas» o «pseudofascistas»? ¿Es viable una
historia del fascismo español centrada en Madrid con una discreta
conexión vallisoletana? ¿Nada puede decirse de Barcelona y su
conflictividad social cuando —como veremos— el célebre intelectual
marxista italiano Antonio Gramsci señaló que esta urbe alumbró un
fascismo que precedió al de Mussolini?
¿Es asumible un estudio del fascismo
español con su discurso imperial sin incorporar precisamente el influjo
de esta dimensión imperial? Desde nuestra perspectiva, debe efectuarse
un esfuerzo por renovar la visión y percepción del fascismo español. Y
en este marco, por descontado, no pretendemos tener la «verdad», pero
juzgamos que existen algunas certezas que deberían tenerse en cuenta.
Por consiguiente, no esperamos que el lector o lectora suscriba todas
nuestras tesis o reflexiones, pero sí que este ensayo le estimule a
repensar el cada vez más «viejo siglo XX» con una mirada nueva. Lograrlo
sería nuestra mayor satisfacción.
Para desarrollar los argumentos
apuntados, la obra se estructura en veintisiete capítulos. Los once
primeros no tienen un orden cronológico estricto y plantean cuestiones
de distinta naturaleza para comprender el desarrollo del «Fascio de Las
Ramblas». En cambio, los siguientes trazan un desarrollo lineal del
tema. Queremos subrayar que este libro es un ensayo interpretativo, por
lo que determinados temas están muy desarrollados y otros solo
apuntados. Asimismo, como algunas cuestiones son transversales, hemos
reiterado informaciones en distintos capítulos para facilitar su
lectura. Igualmente, hemos incorporado anexos con jefes de gobierno,
capitanes generales de Cataluña y gobernadores civiles barceloneses, así
como una relación de textos. Para terminar, testimoniamos nuestro
agradecimiento a todos los expertos que nos han facilitado copias de sus
trabajos cuando se las hemos solicitado, aunque no siempre los hemos
podido incorporar a la obra por los cambios que ha experimentado durante
su redacción, que ha durado cuatro años. Merecen también nuestro
especial reconocimiento los autores cuyas obras abordan los temas
tratados y que hemos empleado de forma recurrente, pues sin ellas este
libro no habría sido posible. Aunque en algunos casos podamos discrepar
de sus tesis, no por ello cuestionamos su valor, incluyendo en primer
lugar las monografías de Payne, que aún hoy son referentes
insoslayables. Queremos hacer una mención especial a la generosidad de
Soledad Bengoechea y Marcel Gabarró, a la lectura del manuscrito de Lluc
Casals y sus sugerencias, así como al estimulante interés en la obra de
Anna Casals. Por último, ha sido indispensable en la confección de la
obra la atención de los archivos, hemerotecas y bibliotecas consultados,
especialmente el del servicio de biblioteca de la Facultat de
Comunicació i Relacions Internacionals Blanquerna, de la Universitat
Ramon Llull.
Miembros de la Unión Patriótica de Valladolid (foto: El Norte de Castilla)
Índice
Mapa de Barcelona, 1930 (detalle)
Introducción. El primer fascismo español, una historia de tres ciudades
Regeneracionismo y fascismo: Costa contra Costa
La Habana: fragua del españolismo y de la «Capitanía cubana»
La sombra de la «Capitanía cubana» en la Península: Weyler y Polavieja
De Ultramar a África: la forja del militarismo español
El carlismo: el potencial subversivo de un movimiento de orden
El maurismo: una derecha caudillista sin caudillo
Barcelona, el «anticentro» de España
El orden público: la rampa hacia la «Capitanía cubana»
La conversión de Cataluña en una «segunda Cuba»
El lerrouxismo o el primer «partido españolista» de Cataluña
Barcelona, capital del militarismo: la lenta irrupción de las Juntas de Defensa
La confrontación de obreros y patronos y el origen de la «guerra social» metropolitana
La bancarrota del sindicalismo católico
Un ímpetu jaimista nuevo: «La Trinchera»
La Liga Patriótica Española o el primer «Fascio de las Ramblas»
Milans del Bosch y la huelga de La Canadiense: la creación de la «Capitanía cubana» de Cataluña
La «Capitanía cubana» contra la CNT
El desafío de la «Capitanía cubana» al gobierno: la campaña pro-Milans
La creación enigmática del Sindicato Libre
El legado de Milans del Bosch: el origen del «Fascio de Las Ramblas»
El virreinato de Martínez Anido, preludio de la dictadura de Primo
El Sindicato Libre bajo Anido: ¿un fascismo proletario?
Mussolini visto desde Madrid: de la Legión de Millán-Astray a la Legión Nacional de Delgado Barreto
Mussolini visto desde Barcelona: «La Palabra», el Libre y La Traza
El golpe de Estado de Primo o el salto al vacío hacia una «Capitanía cubana» estatal
La derrota del «Fascio de Las Ramblas»
Valladolid y la Unión Patriótica de Castilla ganan la partida
Conclusiones. Dos fascismos y cuatro dictaduras
Anexo I. Relación de capitanes generales de Cataluña,
Jefes de gobierno de España y gobernadores civiles de Barcelona
Anexo II. Selección de textos
Fuente: Conversación sobre la historia, Introducción e índice del libro El fascio de las Ramblas. Los orígenes catalanes del fascismo español. Barcelona, Pasado & Presente, 2023.
ÁFRICA NO FUE LA PERIFERIA DE LA GUERRA ANTIFASCISTA
Por Mika*
La clásica obra de Ousmane Sembène de 1988, Camp de Thiaroye,
comienza con una escena que resume la contradicción colonial. Es 1944.
Los soldados africanos —los Tirailleurs Sénégalais— regresan a casa
desde los frentes de batalla de Europa, después de haber luchado para
liberar a Francia del fascismo. En ese momento, con un solo gesto
contenido, Sembène captura el balance moral del imperio. La guerra había
terminado en Europa, pero su lógica persistía en África. Effok no era
solo un pueblo, era un registro de requisas, palizas y desapariciones
durante la guerra. La sonrisa del general es una máscara; la negativa
del tío, un acto político. Desde esta tranquila rebeldía hasta la masacre de Thiaroye que
le sigue, Sembène traza el camino desde la resistencia pasiva a la
activa contra el colonialismo francés, desde la lucha contra el fascismo
en el extranjero hasta su enfrentamiento en casa.
Hassane Sar (Senegal), Thiaroye Dem Dik (‘Go to Thiaroye and Come Back’), 2016.
El primer frente: Etiopía se queda sola
Incluir a África en la historia de la Guerra Mundial Antifascista
—comúnmente conocida como Segunda Guerra Mundial, 1939-1945— no es
añadir una nota decorativa, sino corregir el registro. Mucho antes del
desembarco de Normandía, se produjeron importantes levantamientos
armados contra el auge del fascismo fuera de Europa, ya desde el 18 de
septiembre de 1931, con la invasión imperial japonesa de China. La lucha
mundial contra el fascismo no comenzó en 1939 en Europa, sino años
antes en continentes que a menudo se marginan en la narrativa histórica.
En 1935-1936, cuando el ejército de Mussolini invadió el país, lanzando gas
mostaza y bombas químicas en violación flagrante del Protocolo de
Ginebra, los patriotas etíopes, tanto hombres como mujeres, libraron una
guerra de guerrillas de varios años que dejó al descubierto el fascismo
como colonialismo sin disfraz. Estos arbegna (patriotas) encarnaban un rechazo que trascendía el género, la clase y la región.
El coste humano fue
inmenso: más de 750 000 combatientes y civiles etíopes murieron durante
la invasión y la ocupación. En 1937, tras un intento de asesinato del
virrey italiano, las fuerzas italianas desataron la masacre de Yekatit
12, en la que murieron 30.000 civiles en tres días de castigo
colectivo. En las cuevas de Ametsegna Washa, gasearon y ametrallaron a
más de 5500 etíopes, en una de las mayores masacres del teatro africano y
un ejercicio metódico de terror. Aun así, la resistencia nunca cesó. Un
tercio de los patriotas registrados eran mujeres:
organizadoras, combatientes y comandantes cuyo desafío resonó en todo
el continente. Su resistencia de cinco años abrió una escuela de
resistencia, sembró la geografía política y se convirtió en un modelo
para los movimientos antifascistas y anticolonialistas que siguieron.
Djime Diakite (Senegal), Apothéose des tranchées (Apotheosis of the Trenches), 2016.
La infraestructura de la victoria
A medida que la guerra se extendía, África se convirtió en su corazón
logístico. Sus costas protegían las rutas marítimas; sus minas
alimentaban la maquinaria bélica; sus trabajadores construían los
puertos, las vías férreas y las pistas de aterrizaje que sostenían los
frentes aliados y permitían la victoria final. Por todo el continente
circulaban convoyes, aviones y combustible, impulsados por la mano de
obra, los recursos y el sacrificio africanos.
Los soldados africanos y de la Commonwealth derrotaron a Italia en
África Oriental en Keren y Amba Alagi, reabriendo el Mar Rojo y
destrozando el imperio del Eje en suelo africano. Las tropas francesas
libres y africanas capturaron Kufra en Libia, asegurando el flanco sur
para la guerra del desierto. En el oeste, Gabón y Dakar se convirtieron
en bases de operaciones para el África francesa y proporcionaron a De
Gaulle una columna vertebral territorial y una base logística. Freetown y
Takoradi transportaban aviones y protegían los convoyes que sostenían
los frentes de Oriente Medio y el norte de África, incluso cuando los
submarinos alemanes acechaban esas rutas marítimas. En el océano Índico,
la toma de islas clave privó al Eje de un trampolín submarino que
podría haber amenazado el canal de Suez y el canal de Mozambique.
Más de un millón de soldados africanos prestaron servicio; otros
millones trabajaron en condiciones coercitivas y peligrosas. En el
Congo, el uranio extraído de la mina de Shinkolobwe —por trabajadores
africanos, muchos de los cuales sufrieron efectos desastrosos para su
salud— alimentó las
bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. La contribución de
África fue decisiva —material, estratégica y humana—, pero a su pueblo
se le negó el reconocimiento y la recompensa. Los imperios que afirmaban
luchar contra el fascismo en el extranjero mantuvieron sus métodos en
casa: jerarquía racial, trabajos forzados, castigos colectivos.
Thiaroye: Victoria y violencia
Camp de Thiaroye, de Sembène, relata lo que sucedió cuando
el frente se trasladó al país. Los tirayeles que habían derramado su
sangre por Francia fueron reunidos en un campo de tránsito cerca de
Dakar para esperar la desmovilización. Cuando se devalúa el pago
atrasado que se les había prometido, su conciencia política, templada en
los campos de batalla extranjeros, se endurece y se convierte en una
demanda colectiva de justicia económica. Se declararon en huelga, no por
caridad, sino por dignidad. La respuesta colonial llegó al amanecer:
tanques y artillería contra hombres desarmados y dormidos. Entre ellos
se encontraba Pays, superviviente de los campos nazis, que llevaba un
casco de las SS. Él intuyó lo que iba a pasar, pero, destrozado por el
trauma, no pudo advertirles de que el fascismo solo había cambiado de
uniforme, no de víctimas.
La masacre de Thiaroye del 1 de diciembre de 1944 no es una
aberración, es el Estado colonial hablando con su voz más clara. Menos
de seis meses después, el 8 de mayo de 1945 (Día de la Victoria en
Europa), el mismo día en que Europa celebraba la victoria sobre el
fascismo, las tropas francesas masacraron a miles
de argelinos en Sétif y Guelma por exigir la independencia. Dos años
más tarde, los veteranos de la guerra antifascista y los jóvenes
malgaches politizados se levantaron por
la independencia y corrieron la misma suerte. Para los colonizados, la
«liberación» significó el restablecimiento del látigo, los campos y las
armas. Ochenta años después, el número de muertos y los lugares de
enterramiento siguen siendo objeto de controversia, y la búsqueda de la verdad completa sigue obstaculizada, lo que demuestra que la guerra por la memoria continúa.
Del servicio en tiempos de guerra a la lucha de posguerra
Sin embargo, la guerra cambió África. La experiencia de luchar contra
el fascismo y sostener el esfuerzo bélico aliado transformó a los
trabajadores y soldados comunes en sujetos políticos. Afirmaron que las
promesas antifascistas de libertad y justicia social también debían
aplicarse en las colonias, fusionando los frentes laboral y
anticolonial.
En junio de 1945, los trabajadores nigerianos, que habían alimentado y
abastecido al frente aliado, lanzaron una huelga general para reclamar
salarios dignos y dignidad. Al año siguiente, 70.000 mineros
sudafricanos que habían impulsado la economía aliada durante la guerra
—oro para las reservas, carbón para la industria— lanzaron una
huelga contra el régimen laboral «fascista» del capitalismo del
apartheid: salarios de miseria y leyes laborales racistas. En 1947-1948,
el impulso se extendió por todo el continente. En toda el África
occidental francesa, los trabajadores ferroviarios se valieron de su
disciplina bélica para organizar una huelga sostenida que vinculaba la lucha por un salario justo con la demanda más amplia de libertad.
En 1948, en Accra, unos exmilitares desarmados que
marchaban para exigir sus pensiones fueron abatidos a tiros por un
oficial británico. Los asesinatos desencadenaron disturbios y
radicalizaron a toda una generación. Entre los detenidos tras los
disturbios se encontraba Kwame Nkrumah, que pronto llevaría a Ghana a la
independencia. Tras haber trabajado en un partido nacionalista
moderado, se separó de él para formar su propio movimiento, que exigía
el autogobierno inmediato, reconociendo —como escribió más tarde su biógrafo— que, tras el fin de la guerra, había comenzado la revolución africana.
Sembène rechaza el consuelo fácil. Tras la masacre, en su escena
final, un nuevo grupo de jóvenes soldados africanos embarca en un barco
rumbo a Europa, tal y como hicieron en su día los veteranos de Thiaroye.
La historia, al parecer, se dispone a repetirse.
Recordar el papel de África en la Guerra Mundial Antifascista no es
un acto de caridad, sino de decir la verdad. Los campos de batalla del
continente no eran periféricos, sino fundamentales para la derrota del
fascismo y el nacimiento del mundo de la posguerra. Su lucha contra el
fascismo era inseparable de su lucha contra la arquitectura del
imperialismo. Pero también revelaron algo más profundo: que la lógica
central del fascismo —la jerarquía racial, la expropiación, el castigo
colectivo— era propia del imperio.
Ochenta años después, la lucha continúa bajo nuevas formas: contra
los regímenes de deuda, el saqueo ecológico, las fronteras militarizadas
y la instrumentalización de la memoria. Para conmemorar la gran
victoria de la Guerra Mundial Antifascista, resistir el resurgimiento
del neofascismo y abordar las crisis entrelazadas a las que se enfrenta
el Sur Global, el Foro Académico del Sur Global (2025) se
reunirá en Shanghái los días 13 y 14 de noviembre de 2025 bajo el lema
«La victoria de la Guerra Mundial Antifascista y el orden internacional
de la posguerra: pasado y futuro».
Una nueva generación de pensadores, artistas y organizadores de todo
el Sur Global está recuperando esta historia, no para idealizar el
pasado, sino para comprender el mundo que hemos heredado. Como nos
recuerda Sembène, la resistencia comienza con la precisión: ver
claramente lo que se hizo, quién pagó el precio y lo que aún queda por
ganar.
Front cover of the booklet, titled ‘Workers at War – CNETU and the 1946 African Mineworkers’ Strike’, South Africa.
(*) Mika es investigadora y editora en Tricontinental: Instituto de Investigación Social y coordina la oficina panafricana de Tricontinental, donde ha coescrito un reciente dossier titulado Sahel busca la soberanía.
Actualmente cursa su doctorado en la Escuela de Relaciones
Internacionales y Asuntos Públicos de la Universidad de Fudan. Es
miembro de la Secretaría de Pan Africanism Today, que coordina la
articulación regional de la Asamblea Popular Internacional. También
forma parte del comité de coordinación de No Cold War, una plataforma por la paz que promueve la multipolaridad y la máxima cooperación global.
Desde que se escribió este prólogo ocurrieron numerosos
acontecimientos geoestratégicos.
En 2025 los degolladores no fueron parados en
Siria por los rusos, pero el desfile del 3 de septiembre en Beijing deja
claro que el hegemón ya no va a bailar tanto a sus anchas.
Dans un entretien accordé le 18 juillet 2025 sur la chaîne youtube
suisse Espoir et dignité TV notre camarade l’historienne Annie
Lacroix-Riz apporte une brillante démonstration des falsifications de
l’histoire de la Deuxième Guerre mondiale.
Des falsifications qui visent à masquer combien la classe capitaliste et
en particulier l’élite financière a massivement soutenu la montée du
fascisme et la collaboration. Une histoire qui pourtant doit être connue
en 2025 alors que les mêmes mécanismes amènent à nouveau la France,
l’Europe et le monde vers le même gouffre.
Bibliographie :
David Glantz, La Guerre germano-soviétique 1941-1945 : Mythes et réalités, traduction française, Paris, Delga 2022. Bibliographie complète, https://en.wikipedia.org/wiki/David_M._Glantz
Joseph E. Davies, Mission to Moscow, London, Victor
Gollancz Limited, 1945 (dont entrée du 23 juin 1941, pour ses
confidences à Roosevelt sur les perspectives de victoire soviétique,
p. 303.
Olivier Wieviorka, exemple-type d’historien médiatique sans archives
(toutes les références sont de seconde main), conseiller attitré de
l’histoire télévisuelle, selon lequel les Américains ont libéré la
France, https://isp.cnrs.fr/project/wieviorka-olivier/
Les ouvrages d’Annie Lacroix-Riz, notamment sur la Deuxième Guerre mondiale, https://www.dunod.com/livres-annie-lacroix-riz (comportant tous
référence à la lettre du général Doyen (pas de Huntziger, mais le
ministère de la Guerre partageait cet avis), rédigée par Armand Bérard) à
Pétain, 16 juillet 1941, note annexe au rapport 556 du général Doyen à
Koeltz et Pétain, DSA, Wiesbaden, 16 juillet 1941, W3, instruction et
procès de la Haute Cour de Justice, vol. 210, Archives nationales).
De
Bandera à Ben Gourion, un nouvel axe de suprématie ethnique s'élève,
alimenté par le soutien américain. Mêmes armes. Mêmes drapeaux. Même
idéologie. Gaza et le Donbass ne sont pas des guerres distinctes. Elles
forment une seule et même machine.
Français Le lien Ukraine-Israël : des alliances pragmatiques entre paradoxes et défis communs
De Bandera à Ben Gourion, les échos du renouveau ethno-nationaliste
résonnent dans les trajectoires modernes de l'Ukraine et d'Israël, deux
États forgés par la guerre, endurcis par des mentalités de siège et
alimentés par des récits historiques de luttes existentielles. Mais ces
similitudes ne sont pas le fruit d'un développement parallèle. Elles
reflètent un alignement croissant façonné par des adversaires communs
comme la Russie et l'Iran, soutenus et négociés par les mêmes mécènes
occidentaux.
Face à la baisse tendancielle du taux de profit idéologique Les surhumains
sont à nouveau en marche
Adaptation révisée et complétée d'un article de Artyom Lukin ,
professeur associé de relations internationales
à l'Université fédérale d'Extrême-Orient à Vladivostok, en Russie
Pendant
un demi-millénaire, l'Occident a été la civilisation dominante du
monde. Ces derniers temps, cette domination s'est affaiblie, sans
toutefois disparaître complètement. L'Occident – et surtout les
États-Unis d'Amérique en son cœur – demeure le sujet le plus puissant de
la politique et de l'économie mondiales. Son immense puissance peut à
la fois être une force créatrice et une source de menaces existentielles
pour le reste du monde.
Aujourd'hui,
en Occident, et notamment aux États-Unis, une nouvelle idéologie se
construit, qui, dans certaines circonstances, n'est pas moins dangereuse
que le fascisme et le nazisme il y a un siècle. Le second mandat de
Donald Trump pourrait marquer un tournant : l'Amérique sera alors sous
le contrôle de personnes et d'idées controversées.
Mais
avant de faire un état des lieux, une petite "revue de presse
parallèle" s'impose pour illustrer le désarroi qui règne actuellement
dans l'imaginaire des sujets de la "Nation d'exception" impériale,
confrontés aux conséquences troublantes de sa Stratégie du chaos :
Trump, Zelensky, Netanyahou : MÊME COMBAT !
De la problématique résolution des contradictions
de la classe managériale étasunienne,
en temps de baisse tendancielle du taux de profit idéologique
L'idéologie
émergente de la « nouvelle Amérique » est encore hétérogène et
représentée par au moins quatre groupes clés. Le premier est Trump
lui-même et ses proches, qui professent des opinions empruntées à
l'époque de l'impérialisme classique des grandes puissances et du
nationalisme économique de la fin du XIXe et du début du XXe siècle. Le
deuxième est composé de politiciens et de personnalités médiatiques que
l'on peut qualifier de populistes de droite. Le troisième est composé de
personnes de la Silicon Valley , attachées à l'hypercapitalisme
libertaire et au culte de la technologie. Le quatrième est composé
d'intellectuels "et de droite et de gauche" qui génèrent et propagent
les idées des « Lumières obscures » sur un mode parfois
écolo-millénariste, souvent mystico-théocratique ou "éveillé", toujours
fascistoïde.
Si
les opinions des deux premiers groupes ne sont pas nouvelles dans le
paysage politique américain, les deux derniers courants sont un
phénomène du XXIe siècle.
Les restaurateurs impériaux
Au
centre se trouvent Trump lui-même et ses alliés, témoins de l'époque de
l'impérialisme des grandes puissances. Le discours inaugural de Trump
pour son second mandat ne laissait planer aucun doute : il appelait à
l'expansion territoriale, à la croissance industrielle et à la
renaissance de l'armée. L'Amérique, a-t-il déclaré, est « la plus grande civilisation de l'histoire de l'humanité »[1]. Il a salué le président William McKinley et Theodore Roosevelt, tous deux architectes de l'impérialisme américain.
La
vision est sans équivoque : l’exceptionnalisme américain, imposé par la
puissance militaire et guidé par la logique de la conquête. C’est le
langage de l’empire.
Les conservateurs nationalistes
Il
y a ensuite les populistes catalogués ou autoproclamés "de droite" aux
USA – des personnalités comme le vice-président J.D. Vance, le stratège
Steve Bannon et le journaliste Tucker Carlson. Leur slogan est
« L'Amérique d'abord ». Ils défendent les valeurs traditionnelles,
prétendent parler au nom de la classe laborieuse (notamment celles
associées aux "MAGA") et méprisent l'élite libérale ( libéral = "de
gauche" aux USA) concentrée dans les villes côtières (les couches
sociales associées aux "ZFE" en France) .
Ils
s'opposent au mondialisme, soutiennent le protectionnisme commercial et
prônent l'isolationnisme en politique étrangère. Cette faction n'est
pas particulièrement nouvelle dans la politique américaine, mais son
influence s'est renforcée, notamment sous le patronage de Trump.
Les milliardaires techno-libertaires
Ce
courant de la nouvelle idéologie américaine est représenté par des
milliardaires du secteur technologique, principalement issus de la
Silicon Valley. Le plus célèbre est bien sûr Elon Musk, qui a dirigé le
Bureau de l'efficacité gouvernementale sous l'administration Trump de
janvier à mai 2025. Cependant, son influence politique n'est pas
toujours à la hauteur de sa notoriété. Moins connu du grand public, le
capital-risqueur Marc Andreessen (créateur du premier navigateur
internet grand public Netscape qui donna ensuite Mozilla et Firefox ) a
peut-être initialement exercé une influence encore plus grande à la
Maison Blanche qu'Elon Musk, agissant comme conseiller informel et
aidant Trump à recruter des personnes pour des postes clés [2] . Jusqu'à
récemment, Andreessen soutenait le Parti démocrate, mais en 2024, il a
soutenu Trump, en partie parce qu'il n'était pas satisfait de la
politique de l'administration Biden visant à réglementer plus
strictement le secteur des cryptomonnaies et l'intelligence
artificielle. Andreessen, comme Musk, prône une liberté maximale des
activités commerciales et une ingérence minimale de l'État dans les
entreprises privées.
En
2023, Andreessen a publié le « Manifeste TechnoOptimiste ». L'idée
centrale est simple : le progrès scientifique et technologique est le
bien suprême et la clé pour résoudre les problèmes de l'humanité, mais
seuls les marchés libres, associés à la suppression des restrictions et
barrières pesantes, assureront le développement d'une économie de haute
technologie. Andreessen prône l'« accélérationnisme » – l'impulsion du
développement technologique, qui devrait accélérer le progrès à des
vitesses sans précédent. Cette accélération, littéralement « débridée »,
sera obtenue grâce à la synthèse de l'innovation technologique et de
l'économie capitaliste ( techno - capital machine ), terme qu'Andreessen
a emprunté au philosophe britannique Nick Land. Andreessen est
particulièrement enthousiaste à propos de l'intelligence artificielle : «
Nous pensons que l'intelligence artificielle est notre alchimie, notre
pierre philosophale… Nous pensons que l'intelligence artificielle doit
être abordée comme un outil universel de résolution de problèmes » [3] .
Mais
le portrait optimiste d'Andreessen comporte des nuances sémantiques.
Faisant clairement référence à Friedrich Nietzsche, dont le nom figure
dans le manifeste parmi les penseurs les plus respectés d'Andreessen, le
milliardaire de la technologie exalte les « supermen technologiques » à
venir : « Nous ne sommes pas des victimes, nous sommes des conquérants…
Nous sommes le prédateur suprême . »
Lorsqu'Andreessen,
parlant des « surhommes technologiques », utilise la métaphore du
prédateur, n'est-ce pas un lapsus freudien typique ? Au sommet de la
chaîne alimentaire, par définition, seuls quelques prédateurs, les plus
puissants, peuvent se trouver, tandis que les autres sont destinés à un
rôle différent. Le manifeste d'Andreessen apporte la réponse à la
question de savoir qui est censé jouer le rôle du prédateur principal : «
Nous pensons que l'Amérique et ses alliés doivent être forts, et non
faibles. Nous pensons que la force nationale des démocraties libérales
provient de leur puissance économique (puissance financière), culturelle
(soft power) et militaire (hard power). La puissance économique,
culturelle et militaire découle de la puissance technologique. Une
Amérique technologiquement forte est une force du bien dans un monde
dangereux. Les démocraties libérales technologiquement fortes
garantissent la liberté et la paix. Les démocraties libérales
technologiquement faibles perdent face à leurs rivaux autoritaires… »
La
longue liste des « saints patrons du techno-optimisme » d'Andriessen
comprend Filippo Marinetti, fondateur du futurisme et l'un des
idéologues du fascisme italien. Le dernier acte de Marinetti fut un
voyage avec le corps expéditionnaire italien sur le front de l'Est, où
il fut blessé à Stalingrad.
Le philosophe-faiseur de rois
Le
penseur le plus développé intellectuellement du camp techno-libertaire
est Peter Thiel, cofondateur de PayPal et de la société de surveillance
des données Palantir Technologies. Thiel n'est plus une figure
marginale : il est désormais sans doute le deuxième idéologue le plus
important de la Nouvelle Amérique, après Trump lui-même.
Thiel
fut la première personnalité respectée de la Silicon Valley à soutenir
ouvertement Trump et à faire un don à sa campagne présidentielle en
2016. Cependant, l'investissement politique le plus fructueux de Thiel
ne fut pas Trump, mais l'actuel viceprésident (et probablement futur
président) J.D. Vance, pour qui Thiel devint un mentor et un employeur
(Vance fut un temps employé du fonds d'investissement de Thiel, Mithril
Capital ). Thiel fit ensuite don de 15 millions de dollars à la campagne
de Vance pour le Sénat américain depuis l'Ohio et présenta le jeune
homme politique prometteur à Trump. Comme il sied à un homme d'affaires,
Thiel diversifie ses investissements politiques. Parallèlement à Vance,
il a parrainé un autre jeune homme politique prometteur (également son
étudiant et ancien employé) : Blake Masters, à qui il a donné 20
millions de dollars pour les élections sénatoriales de l'Arizona
(contrairement à Vance, Masters a perdu les élections).
Thiel
se dit chrétien et cite souvent la Bible, bien qu'il soit ouvertement
homosexuel (en 2017, il a épousé son partenaire Matt Danzeisen, banquier
d'affaires, à Vienne). Ce milliardaire de la tech est connu comme
philosophe et penseur, très lu et auteur prolifique de livres et
d'essais. Contrairement à Musk et Andreessen, qui publient des maximes
et des mèmes destinés au grand public, Thiel cible l'élite cultivée. Il
cite généreusement des philosophes politiques aussi complexes que Carl
Schmitt et Leo Strauss, et est un fervent partisan des idées de
l'anthropologue René Girard. Thiel se positionne comme un libertarien ,
mais ne cache pas qu'il a depuis longtemps cessé de croire à la
démocratie libérale, ainsi qu'à la démocratie en général : « Je ne pense
plus que la liberté soit compatible avec la démocratie » [4] . Il est
significatif que Thiel compare l'Amérique d'aujourd'hui à l'Allemagne à
la veille de l'ascension d'Hitler : « Il existe des parallèles
indéniables entre les ÉtatsUnis des années 2020 et l'Allemagne des
années 1920 dans le sens où le libéralisme s'est épuisé. On peut
soutenir que la démocratie... s'est épuisée et nous devrons nous poser
une série de questions qui vont bien au-delà de la fenêtre d'Overton »
[5] .
Le
libertarisme de Thiel ne l'a pas empêché de fonder Palantir
Technologies, qui développe des systèmes d'intelligence artificielle
pour le Pentagone et les agences de renseignement. Il est également un
investisseur majeur d'Anduril Industries , une entreprise de drones et
d'armes autonomes appartenant au jeune milliardaire Palmer Luckey.
Thiel
s'apparente au courant des déclinologues new age U.S. qui estiment
qu'au cours des dernières décennies, l'Amérique a sombré dans un abîme
de dégradation et de stagnation. Un bond vers de nouveaux sommets et de
grands objectifs est nécessaire. À l'instar de ses collègues
milliardaires de la Silicon Valley, Thiel est convaincu que la
définition et la réalisation d'objectifs scientifiques et technologiques
ambitieux doivent devenir la priorité absolue de la société et de
l'État. Puisant son inspiration hétéroclite autant chez Oswald Spengler,
que Lothrop Stoddard et que chez Butler ou Foucault, ses préférences
vont vers les technologies transhumanistes associées à l'amélioration du
corps humain, à la prolongation de la vie et, potentiellement, à
l'immortalité. L'un de ses projets actuels est l'organisation de « Jeux
améliorés » alternatifs où les contrôles antidopage seraient assouplis
et où les athlètes seraient autorisés à utiliser des méthodes de «
biohacking ». L'un des coorganisateurs de ces Jeux améliorés est le fils
du président, Donald Trump Jr. [6].
De
tous les milliardaires libertariens proches du gouvernement actuel,
c'est Thiel qui a les opinions les plus tranchées en matière de
politique étrangère. Sa conception géopolitique est assez simple et se
résume au fait que la principale menace extérieure pour les États-Unis
est la Chine.
Contrairement
à son ami et ancien partenaire commercial Elon Musk, considéré comme
une figure pro-chinoise, Thiel est partisan d'une politique ferme de
confinement de Pékin, notamment en formant une large coalition
anti-chinoise dirigée par Washington. Les États-Unis devraient opter
pour un divorce économique avec la Chine et faire pression sur les
autres pays pour qu'ils minimisent également leurs liens avec Pékin.
Thiel estime que les super-tarifs imposés par Trump sur les produits
chinois sont un pas dans la bonne direction [7] . Dès novembre 2022, il
déclarait : « Je crois au libre-échange, je ne suis pas partisan des
tarifs douaniers, mais je ferais une exception pour notre principal
rival géopolitique et idéologique » [8] . Thiel est l'une des figures
les plus sinophobes de l'élite dirigeante actuelle. Il qualifie la Chine
de « gérontocratie mi-fasciste, micommuniste », accusant Pékin de «
nationalisme », de « racisme » et de « xénophobie » [9] .
Les Lumières obscures
Enfin,
le quatrième groupe de représentants de la nouvelle idéologie
américaine est celui des intellectuels provocateurs qui créent des
récits des « Lumières obscures ». Également appelé « mouvement
néo-réactionnaire » (NRx ), ce mouvement intellectuel et philosophique,
qui rejette de nombreux idéaux des Lumières classiques, a pris forme à
la fin des années 2000 et au début des années 2010, principalement dans
l'Anglosphère.
L'un
des pères des « Lumières obscures » et l'auteur du terme lui-même,
mentionné en lien avec Andreessen, est le philosophe et écrivain
britannique Nick Land, aujourd'hui basé à Shanghai. Au début de sa
carrière universitaire dans les années 1990, Land, qui enseignait alors à
l'Université de Warwick , défendait des opinions de gauche , mais a
depuis fortement viré à droite [10] . Land croit en l'avènement de la
singularité – le moment où l'intelligence artificielle et les autres
technologies surpasseront les humains et échapperont à leur contrôle, ce
qui marquera le début de l'ère « post - humaine » . Land s'inspire de
l'esthétique du cyberpunk, prédisant l'avènement de systèmes
techno-autoritaires hypercapitalistes, gouvernés par la technologie et
les marchés plutôt que par la politique traditionnelle. De tels
systèmes, selon lui, sont bien plus efficaces que le libéralisme et la
démocratie classiques. Dans l'esprit du darwinisme techno-social, Land
prédit l'émergence d'êtres post-humains qui, par la fusion avec les
supertechnologies, domineront le nouveau monde.
Land
rejette l'anthropocentrisme, affirmant que les valeurs humaines et la
morale sont dénuées de pertinence face à des forces bien plus vastes et
impersonnelles telles que le capital et la technologie. Dans sa
philosophie, l'humanité n'est qu'une étape temporaire dans un processus
évolutif plus vaste, impulsé par les machines et les systèmes
économiques.Un autre père intellectuel des « Lumières obscures » est le
programmeur et blogueur américain Curtis Yarvin, également connu sous le
pseudonyme de Mencius Moldbug .
NB
: Pour le public français on pourrait l'associer à une créature hybride
fruit de l'union entre Michel Onfray, Eric Zemmour et Yves Cochet.
Contrairement
à Land, Yarvin est directement impliqué dans le processus politique.
Ami de Thiel, il connaît bien plusieurs politiciens et responsables de
l'entourage de Trump. Yarvin prône le remplacement de la démocratie
libérale compromise par un système politique plus efficace, sous la
forme d'une monarchie autocratique ou d'une société commerciale, où un
organe dirigeant unique dispose de pouvoirs absolus. L'une de ses idées
est la création d'un système composé de nombreuses entités souveraines
contrôlées par des entreprises ( Patchwork ), au sein duquel il sera
possible d'expérimenter librement les lois, les règles et les
technologies.
Yarvin
rejette clairement le leadership mondial américain. Il estime que les
États-Unis devraient se retirer d'Europe et laisser les puissances
régionales régler leurs propres différends. Il parle chaleureusement de
la Chine et ses opinions sur la Seconde Guerre mondiale sont pour le
moins peu orthodoxes, suggérant qu'Hitler était motivé par des calculs
stratégiques plutôt que par des ambitions génocidaires.
Comme
la plupart des idéologues de la « nouvelle Amérique », en politique
étrangère, Yarvin prône le démantèlement de « l'ordre international
libéral » né après 1945, où les États-Unis jouaient le rôle de gendarme
et de garant de la sécurité mondiale. Yarvin prône même le retrait des
États-Unis d'Europe, tout en stipulant que la Grande-Bretagne, pays
anglosaxon, doit rester sous la protection américaine [11] . Yarvin
n'aurait rien contre, par exemple, une guerre entre la Turquie et la
Grèce. C'est leur affaire, et non celle de l'Amérique. Contrairement à
son ami milliardaire Thiel, Yarvin parle de la Chine moderne avec calme
et même avec une admiration contenue.
Yarvin,
dont les ancêtres juifs ont émigré d'Odessa sous l'Empire russe, a une
vision peu orthodoxe de la Seconde Guerre mondiale . Selon lui, Hitler
ne cherchait pas à dominer le monde. Il souhaitait simplement la
reconnaissance de sa domination sur l'Europe continentale en utilisant
les Juifs européens comme otages lors des négociations avec les
ÉtatsUnis et la Grande-Bretagne. Si Roosevelt avait accepté un accord
avec Hitler, la guerre mondiale et l'Holocauste auraient pu être évités .
[12]
Land,
Yarvin et d'autres intellectuels des « Lumières obscures » peuvent, à
première vue, paraître bien moins importants que les milliardaires Musk
et Thiel. Mais il faut se demander : qui a joué un rôle plus important
dans la création du Troisième Reich il y a cent ans ? L'un des
principaux capitalistes allemands, Gustav Krupp, qui soutenait Hitler,
ou le brillant philosophe politique et plus tard principal avocat du
Troisième Reich, Carl Schmitt (que, soit dit en passant, Yarvin et Thiel
aiment citer), qui a développé la théorie du « cas exceptionnel »,
grâce à laquelle le Reichstag a adopté en 1933 une loi conférant à
Hitler des pouvoirs illimités ?
Et ensuite ?
L'idéologie
émergente de la « nouvelle Amérique » est hétérogène et recèle
différents scénarios. Il n'est pas du tout inévitable qu'elle se
matérialise en une forme pernicieuse, rappelant le Troisième Reich ou la
« Sphère de coprospérité de la Grande Asie de l'Est ». Cependant, de
nombreux éléments, dans les idées et les significations qui circulent
aujourd'hui en Amérique et dans d'autres pays de l'Anglosphère, ne
peuvent qu'inquiéter. Parmi eux, le désir de cultiver des « surhommes
technologiques », des « superprédateurs », ou des « posthumains » dans
un amalgame de confusion idéologique qui "parle" même à certains adeptes
de la "planète arc en ciel" ou aux plus malthusiens des écologistes
sectateurs de Gaïa, etc , voire des "rationalistes" suggérant ici et là
des propositions de rationalisation visant à déléguer le pouvoir absolu
à un « organe exécutif unique » - tels l'influenceur français jacques
Attali .
Si
les idéologues de la « nouvelle Amérique » méprisent l'ordre
international libéral, « fondé sur des règles », longtemps considéré
comme la vache sacrée de l'hégémonie mondiale américaine , cela ne
signifie pas qu'ils souhaitent voir l'Amérique comme l'un des sujets
souverains d'un monde multipolaire. Des légions américaines pourraient
se retirer d'Europe, du Moyen-Orient ou de Corée du Sud, mais des moyens
plus sophistiqués et « technologiques » apparaîtront pour contrôler et
dominer les corps et les âmes. Le concept principal qui imprègne les
écrits de Curtis Yarvin est le « pouvoir » . Le livre préféré de Peter
Thiel, un homme qui aspire à la vie éternelle, est « Le Seigneur des
Anneaux ».
Nombre
de ces idées peuvent paraître marginales. Pourtant, elles ont du
pouvoir, surtout lorsque plutôt que de raisonner elles résonnent dans
les couloirs de l'influence politique et technologique. Les théories
juridiques de Carl Schmitt ont permis à Hitler de s'emparer du pouvoir
dictatorial en 1933. Aujourd'hui, les alliés intellectuels de Trump et
Thiel élaborent leurs propres récits d'« urgence », de « décadence » et
de « réveil ».
Ce
qui émerge aux États-Unis n'est pas un recul de l'hégémonie, mais une
reformulation de celle-ci. L'ordre international libéral n'est plus
considéré comme sacré, même par le pays qui l'a bâti. La nouvelle élite
américaine retire peut-être ses troupes d'Europe, du Moyen-Orient et de
Corée, mais ses ambitions n'ont pas diminué. Elle se tourne plutôt vers
des méthodes de contrôle plus subtiles : l'IA, la cyberdomination, la
guerre idéologique et la supériorité technologique. Leur objectif n’est
pas un monde multipolaire, mais un monde unipolaire repensé, dirigé non
pas par des diplomates et des traités, mais par des algorithmes, des
monopoles et des machines.
Pour sortir la Planète de sa mondialisation malheureuse, les surhumains sont en marche...