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mercredi 28 janvier 2026

A Trump le gusta jugar duro pero Cuba no se rendirá … remember Playa Girón

FUENTE: https://observatoriocrisis.com/2026/01/28/a-trump-le-gusta-jugar-duro-pero-cuba-no-se-rendira-remember-playa-giron/ 

Los cubanos, víctimas verdaderas del terrorismo practicado por la Casa Blanca desde hace 67 años, están preparados para enfrentar una nueva escalada contra la Revolución.

Luis Manuel Arce Isaac – periodista cubano

El secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su esposa Cilia Flores, la debilidad mostrada por Europa en el caso de Groenlandia, el lenguaje de guapo del barrio usado en el reciente Foro de Davos, y la publicación de la nueva estrategia de defensa por el Departamento de Guerra dirigida a dominar el hemisferio occidental y parte del indopacífico, son expresiones concretas de la voluntad de Donald Trump de hacerle frente a un cambio de época desde posiciones de fuerza.

En tal sentido, Cuba está en la línea de fuego de la Casa Blanca, el Departamento de Estado y del Pentágono, y está obligada a prepararse ante cualquier eventualidad y nadie puede sorprenderse.

Está comprobado que la emulación pacífica con China, Rusia, la supuestamente aliada Europa incluida la OTAN, no le interesa a Trump porque el comercio, las finanzas, el dólar, las ciencias y la tecnología, e incluso la cultura, ya no les son confiables para imponerse por sí mismo en un mundo demasiado competitivo en esos aspectos en los que Estados Unidos ya no es líder absoluto. Simplemente tiene miedo de que una confrontación civilizada en esos campos muestre la debilidad del imperio.

Su principal opción, no hay dudas, es la de combinar el gran poder económico, comercial y financiero innegable, con el militar, el cual sigue liderando más por cantidad y despliegue territorial de bases militares en el planeta, que por calidad y modernidad del armamento nuclear y convencional, pues el desarrollo actual de armas de destrucción masiva no da margen a comparaciones como las de la época de la guerra fría cuando era casi un dogma asegurar que ganaba quien más misiles tuviera instalados cerca del enemigo, o quien apretara primero el botón. Hace rato que ya no es así.

Esa opción belicosa es la que Trump ha estado aplicando en este primer año de su segundo mandato en la cual ha primado la política del miedo, aunque sin provocar militarmente mucho a China y a Rusia, con cuyos gobiernos el discurso es muy diferente al que habla con el resto del mundo, incluido sus aliados, y las negociaciones con esas dos potencias no son desde posiciones de fuerza, sino de conveniencia pragmática.

En este contexto tan complicado es que Trump renueva sus amenazas contra Cuba mientras refuerza al máximo su guerra económica para reducir al gobierno y al pueblo a su voluntad, eliminar de raíz a la Revolución, arrinconar a la isla mediante un bloqueo más hermético y ahora añadir a todo eso un bloqueo por mar y tierra con las mismas tropas del Comando Sur desplegado en el Caribe para impedir no solamente la llegada de petróleo a la isla, sino también de alimentos y medicinas.

Hay un ánimo de exterminio por hambre y enfermedades, como los romanos de Pompeyo hicieron a los heroicos pobladores de Calahorra, quienes a pesar de un cerco militar descomunal que duró cuatro años, no se rindieron, igual que pasó en Numancia.

Ahora Trump pretende llegar a cualquier extremo para arrancar a los cubanos la independencia y libertad conquistada a golpes de sacrificio y penurias después de tantos años de lucha y martirologio desde Carlos Manuel de Céspedes hasta Fidel Castro.

Tras reconocer la valentía de los cubanos en 67 años de enfrentamiento a las agresiones de EEUU, Trump confesó que su gobierno ha aplicado todas las medidas posibles de presión y daño contra Cuba, excepto la opción militar. 

“No creo que se pueda ejercer mucha más presión, salvo entrar y destrozar el lugar”, declaró con un cinismo sin límites en una entrevista con Hugh Hewitt, con lo cual desmintió en segundos un discurso mentiroso de más de 60 años que negaba rotundamente que el bloqueo existía y que la crisis económica cubana no era por la guerra sin tregua en ese ámbito impulsada por la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Tesoro y la CIA, sino por el fracaso de un sistema de gobierno popular por el pueblo y para el pueblo que, de no estar cercado, saboteado y agredido, lo más probable es que en estos momentos fuera uno de los más desarrollados del mundo pues, aun así, se convirtió en potencia médica, educativa y deportiva y de más humana distribución de la riqueza nacional.

Y ahora lo confiesa abiertamente, sin tapujos, y justifica con ese fracaso su advertencia de “entrar y destrozar el lugar”, creando de esa manera un reflejo condicionado en América y el mundo de que una agresión militar de imprevisibles consecuencias es posible.

El mundo, y en particular el pueblo estadounidense, que es también víctima del neofascismo trumpiano como se ha demostrado en Minnesota, están a tiempo de impedir una nueva acción criminal y despiadada como la que se mantiene en Gaza a pesar de un mentiroso acuerdo en contrario y el intento de crear una especie de nueva ONU mediante un Consejo de Paz con subalternos que realmente son un grupo de guerra, o con el secuestro de Maduro.

Paralelamente, como parte de ese escenario de terror hacia Cuba, su embajador en La Habana anunció que había dialogado con el jefe del Comando Sur, y ya los cipayos en Miami hablan de bloqueo militar para impedir que buques petroleros toquen puertos de la isla. Se está creando un ambiente mediático malévolo, un reflejo condicionado perverso.

Las presiones son muy grandes sobre el gobierno de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien ha defendido el derecho soberano de su país, de enviar petróleo a La Habana, tanto en su variante comercial como de ayuda humanitaria, aun cuando Trump insiste en que no se le enviará más petróleo a los cubanos ni dinero de Venezuela y sugirió al gobierno revolucionario llegar a un acuerdo con Washington antes de que sea demasiado tarde. El propósito es torcer el brazo a los mexicanos para que suspendan su ayuda solidaria a los cubanos y sus relaciones económicas y comerciales.

No es cierto lo que afirmó Trump de que Cuba está lista para caer en manos de Estados Unidos, mientras pintaba un panorama sombrío de la situación económica y política también, esto último para hacer creer que el pueblo ha dejado de ser revolucionario, fidelista y que está contra la independencia y la soberanía de Cuba heredada de Céspedes, Martí, Maceo, Máximo Gómez y los héroes y mártires mambises y de la Sierra Maestra.

Cuba hace su máximo esfuerzo para extraer su crudo y bajar todo lo más que pueda su dependencia al petróleo extranjero, pero los inversionistas temen mucho operar en la isla por la cacería de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), la agencia del Departamento del Tesoro de EEUU que aplica sanciones económicas y comerciales a las empresas que se relacionan con La Habana.

La suerte no ha acompañado a los cubanos y la producción de petróleo, en general pesado y alto contenido de azufre que encarece y dificulta su refinación, cubre en muy bajo porcentaje la necesidad de combustible de la nación, por lo que sus viejas termoeléctricas dependen del hidrocarburo importado.

La perforación de nuevos pozos está en línea con el Programa de Gobierno para reducir de manera gradual la dependencia de la importación de combustibles, y avanzar en soberanía energética a partir del uso de recursos propios para la generación de electricidad. Sin embargo, la descapitalización del país no logra desarrollar al ritmo necesario la exploración y explotación de nuevos yacimientos tanto en tierra como en aguas someras y profundas en el golfo, ni tampoco las fuentes alternativas de energía, en especial la solar y eólica, que podrían solucionar el problema de forma definitiva.

La OFAC actúa permanentemente para impedir la inversión extranjera, no solamente en el petróleo, sino en otros sectores como el farmacéutico, el alimentario y el transporte, que son puntos focales colimados por el gobierno de EEUU para debilitarlos, estancarlos, impedir inversiones foráneas y torpedear compras en el exterior, para lo cual utiliza una de sus armas más cínicas y perjudiciales al país: la incorporación de Cuba en la lista espuria de países patrocinadores del terrorismo.

Las consecuencias más asfixiantes para el pueblo cubano, y para el gobierno, de esa inclusión, se derivan del mayor riesgo asociado a cualquier tipo de ayuda humanitaria, negocio, inversión y comercio que implique a Cuba y, por extensión, a los ciudadanos cubanos.

Las intenciones aireadas por Trump de que Cuba se rinda, parecen un intento de alinearlas con la perversa y arbitraria calificación de terrorista (como a Maduro la de narcotraficante), lo cual incluye castigar al ejército y tachar al país de adversario. Es decir, lo usaría de cobertura sin importarle que no lo crea nadie, para cualquier barbaridad neofascista contra un pueblo tan abnegado y viril que se ha ganado el respeto y la relación pacífica con el mundo.

Los cubanos, víctimas verdaderas del terrorismo practicado por la Casa Blanca desde hace 67 años, están preparados para enfrentar una nueva escalada contra la Revolución. A Trump le gusta jugar al duro, pero Cuba está acostumbrada. Numancia es admirable, pero no estamos ni en la época de Escipión ni Trump es el rey que se cree. 

Remember Vietnam, y sobre todo Girón y la Crisis de los Misiles…

 

mercredi 14 janvier 2026

Una guía integral del imperialismo en la agresión a Venezuela

Alejandro Pedregal, columnista de la revista española El Salto 

El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, a manos del imperialismo estadounidense marca una nueva y gravísima escalada en la agresión sostenida contra la soberanía de Venezuela. Lejos de tratarse de un hecho aislado o excepcional, este episodio se inscribe en una ofensiva prolongada que combina guerra económica y financiera, deslegitimación política, coerción militar y producción de consenso mediático y hegemonía cultural. 

Frente a la confusión informativa, la propaganda y la proliferación de narrativas especulativas, este artículo propone un marco de análisis para comprender la lógica estructural del imperialismo contemporáneo y situar este ataque en el contexto del asedio que Venezuela viene sufriendo desde hace décadas.

Imperialismo y sistema-mundo capitalista: un marco de análisis

Desde la perspectiva del análisis de sistemas-mundo, el capitalismo no se entiende como una suma de economías nacionales aisladas, sino como una totalidad histórica estructurada por relaciones jerárquicas de dominación y dependencia, articuladas a través del intercambio desigual. 

En este marco, el imperialismo no constituye una deformación coyuntural ni el resultado excepcional de crisis o guerras concretas, sino la dimensión constitutiva del sistema-mundo capitalista, inseparable de su lógica histórica de expansión y de su necesidad permanente de acumulación a escala global.

El imperialismo puede definirse, así, como el modo jerárquico mediante el cual se organiza la captura, transferencia y apropiación del valor en el mundo. Este proceso se basa en la subordinación estructural de unas sociedades a otras dentro de una división internacional de la producción y el trabajo que separa a los países que no retienen el valor que producen de aquellos que lo capturan y concentran gracias al intercambio desigual. 

Esta jerarquización configura los polos clásicos del sistema —centro y periferia, o Norte y Sur global—, así como espacios intermedios de semiperiferia, donde coexisten dinámicas contradictorias de apropiación y dependencia. El imperialismo, en este sentido, segrega y ordena el mundo para garantizar la acumulación de capital, apoyándose en la extracción barata de trabajo, bienes materiales y energía, y en la externalización sistemática de costes hacia la periferia.

Lejos de reducirse a la dominación militar directa o al control territorial, el imperialismo contemporáneo opera como un sistema integrado que articula distintas esferas de la vida social

Lejos de reducirse a la dominación militar directa o al control territorial, el imperialismo contemporáneo opera como un sistema integrado que articula distintas esferas de la vida social. La dominación económica —basada en el control de los flujos de valor, el endeudamiento, las sanciones o el acceso a los mercados— se ve reforzada por instrumentos políticos y diplomáticos, por la amenaza o el uso efectivo de la coerción militar, y por formas de hegemonía cultural y mediática que contribuyen a legitimar el orden existente en el imaginario social. 

Estos ámbitos no funcionan de manera compartimentada, sino que se combinan y retroalimentan en distintos grados de coerción y consenso, buscando un equilibrio que permita naturalizar la subordinación imperialista y normalizar la captura de valor como un hecho inevitable o incluso deseable.

La participación activa de los Estados es clave en esta arquitectura de dominación. A través de marcos legales, acuerdos internacionales, dispositivos diplomáticos y, llegado el caso, el uso de la fuerza militar, se crean las condiciones para que las corporaciones transnacionales y las entidades financieras concentren la mayor parte de los beneficios del comercio global. 

En este contexto, puede hablarse de Estados imperialistas, fundamentalmente situados en el centro del sistema-mundo capitalista, frente a otros Estados cuya inserción estructural es de dependencia, independientemente de sus proyectos políticos internos o de sus aspiraciones de desarrollo. Las distintas fases históricas del imperialismo —colonial, neocolonial y neoliberal— muestran continuidades y rupturas en estas formas de dominación, generalmente asociadas a periodos de hegemonía de potencias concretas, siendo Estados Unidos el actor central del imperialismo contemporáneo.

Este marco permite analizar el caso venezolano no como una anomalía ni como un conflicto estrictamente interno, sino como una expresión concreta de las tensiones del sistema-mundo capitalista y de las formas contemporáneas de agresión imperialista. 

Las dinámicas económicas, políticas, diplomáticas, mediáticas, culturales y militares que han atravesado Venezuela en las últimas décadas, hasta desembocar en la abierta intervención militar de estos días contraria al derecho internacional, solo pueden comprenderse plenamente si se las sitúa dentro de esta lógica estructural de dominación, captura de valor y disciplinamiento de la periferia.

Venezuela en el engranaje del imperialismo contemporáneo

Situar el caso venezolano dentro del marco del sistema-mundo capitalista implica abandonar explicaciones excepcionalistas o moralizantes y entenderlo como una expresión concreta de las dinámicas estructurales del imperialismo contemporáneo. 

Lejos de tratarse de un mero conflicto bilateral, de un “fracaso interno” o de una supuesta “deriva autoritaria”, la agresión sostenida contra Venezuela debe leerse como parte de un proceso de disciplinamiento de la periferia en un contexto de crisis, reconfiguración geopolítica y declive relativo de la hegemonía estadounidense.

Desde el inicio del proceso bolivariano, la soberanía venezolana fue objeto de una confrontación sostenida por parte del imperialismo estadounidense y sus aliados regionales. Ya durante la presidencia de Hugo Chávez (1999–2013), esta ofensiva adoptó múltiples formas que anticipan los mecanismos hoy desplegados contra Venezuela. El golpe de Estado de abril de 2002 —respaldado por sectores empresariales, mediáticos y militares, y legitimado de facto por Washington— marcó un punto de inflexión, seguido pocos meses después por el paro petrolero de 2002–2003, un sabotaje económico dirigido a paralizar PDVSA y asfixiar al Estado venezolano. 

A estos episodios se sumaron operaciones de desestabilización política y financiera, como el financiamiento de la oposición a través de agencias estadounidenses (USAID y NED), la presión internacional durante el referéndum revocatorio de 2004, y la detección de tramas paramilitares vinculadas a Colombia, como la llamada Operación Daktari en 2004. 

En las últimas décadas (y de forma particularmente intensa desde mediados de los años 2010) Venezuela ha sido objeto de un incremento en esta estrategia multiforme de dominación,

Estos hechos se inscribieron, además, en un entorno regional crecientemente militarizado, con la expansión de la presencia estadounidense en Colombia y la realización de ejercicios militares que simulaban escenarios de intervención en Venezuela, que incluyen el precedente de la Operación Balboa en 2001, liderada por España en coordinación con Colombia, Panamá y Estados Unidos. 

Paralelamente, se consolidó una guerra mediática internacional orientada a erosionar la legitimidad del gobierno bolivariano y a preparar el terreno simbólico para formas más abiertas del uso de la fuerza. Lejos de constituir episodios aislados, estos precedentes revelan una estrategia prolongada de injerencia que combina presión económica, conspiración política, amenaza militar y disciplinamiento discursivo, y que encuentra su continuidad —con medios más radicalizados— en la fase actual de agresión imperialista contra Venezuela.

Así pues, en las últimas décadas —y de forma particularmente intensa desde mediados de los años 2010— Venezuela ha sido objeto de un incremento en esta estrategia multiforme de dominación, en la que se han combinado sanciones económicas, asfixia financiera, deslegitimación diplomática, operaciones de desestabilización política, amenazas militares, acciones encubiertas y una intensa guerra mediática y cultural. 

Esta articulación de instrumentos responde con claridad a los automatismos del imperialismo descritos anteriormente: un equilibrio relativo entre coerción y consenso destinado a forzar un cambio de régimen con el fin de imponer la sumisión del país a los circuitos de acumulación del capital global.

El eje económico ha sido central en esta ofensiva. Tras la desestabilización interna provocada por las guarimbas en 2014 —que acompañaron al incremento de la financiación directa de Estados Unidos a la oposición—, desde 2015, y de forma cualitativamente más agresiva a partir de 2017 y 2019, las sanciones unilaterales estadounidenses, contrarias al derecho internacional, no solo han castigado severamente la capacidad del Estado venezolano para comerciar, financiarse y sostener políticas públicas, sino que han funcionado como un mecanismo de guerra económica orientado a erosionar las condiciones materiales de reproducción social. 

Las sanciones financieras impuestas en 2017 bloquearon el acceso a los mercados internacionales de crédito e impidieron la refinanciación de la deuda, mientras que el embargo petrolero de facto instaurado en 2019 contra PDVSA, acompañado de la confiscación de activos estratégicos en el exterior, profundizó el colapso de los ingresos públicos y de la capacidad de importación del país.

Estudios del Center for Economic and Policy Research (CEPR) estimaron que, solo entre 2017 y 2018, las sanciones contribuyeron a 40.000 muertes evitables en Venezuela

Las consecuencias materiales de este estrangulamiento han sido ampliamente documentadas. Estudios del Center for Economic and Policy Research (CEPR) estimaron que, solo entre 2017 y 2018, las sanciones contribuyeron a 40.000 muertes evitables, al restringir el acceso a alimentos, medicamentos, insumos hospitalarios y servicios básicos, mientras otros estudios elevaron esta cifra a más de 100.000 hasta 2020. Informes de agencias de Naciones Unidas han constatado el deterioro sostenido de los indicadores de salud, nutrición y mortalidad infantil y materna en el contexto del colapso económico inducido. 

En 2018, un funcionario del propio Departamento de Estado de Estados Unidos reconocía abiertamente el objetivo de esta política al afirmar que las sanciones habían forzado a Venezuela a entrar en default y que el “colapso total” era la prueba de que la estrategia estaba funcionando.

Este proceso de asfixia económica ha ido acompañado de una desposesión financiera directa, en la que han participado activamente instituciones de los países centrales. El caso del oro venezolano retenido por el Banco de Inglaterra resulta particularmente ilustrativo. Bajo el argumento de “no saber quién es el gobierno legítimo”, el Reino Unido se negó a devolver reservas soberanas pertenecientes al Estado venezolano, incluso en plena emergencia del covid. De forma paralela, activos estatales por valor de decenas de miles de millones de dólares fueron congelados en el exterior, y empresas estratégicas como Citgo quedaron bajo control judicial en Estados Unidos, privando al país de recursos fundamentales.

Este eje económico se articuló con una ofensiva política y diplomática destinada a negar la soberanía venezolana en el plano internacional. Tras el desconocimiento de las elecciones presidenciales de 2018, en enero de 2019 se produjo el reconocimiento inmediato por Estados Unidos, la Unión Europea y otros aliados de Juan Guaidó como autoridad paralela, sin haberse presentado ni tan siquiera a las elecciones presidenciales. 

Esto sería acompañada, un mes después, de un intento de entrada desde la frontera colombiana bajo el pretexto de la “ayuda humanitaria”. Estos episodios pusieron de manifiesto el papel desempeñado por gobiernos, organismos multilaterales y alianzas regionales en la elaboración de un consenso internacional para el cambio de régimen y la intervención, normalizando una interpretación notablemente elástica de la legalidad internacional en favor de los intereses del hegemón.

Cuando estas herramientas no produjeron los resultados esperados, la lógica imperialista recurrió a formas de acción más directas. En agosto de 2018 tuvo lugar el intento de asesinato de Nicolás Maduro

Cuando estas herramientas no produjeron los resultados esperados, la lógica imperialista recurrió a formas de acción más directas. En agosto de 2018 tuvo lugar el intento de asesinato del presidente Nicolás Maduro mediante drones con explosivos. En años posteriores, se intensificaron los despliegues navales estadounidenses en el Caribe, con incursiones mercenarias como la Operación Gedeón en mayo de 2020 y las recientes operaciones de interdicción bajo el argumento de la “guerra contra el narcotráfico”, que ha resultado en el asesinato extrajudicial y sin pruebas de más de un centenar de personas, de las que se sabe que muchas de ellas eran simples pescadores artesanales de la zona. 

En este contexto, la declaración del fentanilo como “arma de destrucción masiva” o la criminalización del Estado venezolano mediante narrativas como la del llamado Cartel de los Soles cumplieron con la función de construir un marco moral que legitimara la violencia imperialista ante la opinión pública. Resulta revelador que esta última acusación haya sido eliminada al iniciarse las audiencias judiciales contra Maduro, evidenciando su carácter instrumental y propagandístico.

Por supuesto, este dispositivo coercitivo no se sostiene únicamente mediante la fuerza. La producción de consenso ha sido igualmente clave. Para ello, ha proliferado la promoción internacional de liderazgos opositores, y los reconocimientos y dispositivos simbólicos de legitimación por medio del uso de premios institucionales, desde el Premio Sájarov de la Unión Europea a los ultraderechistas María Corina Machado y Edmundo González Urrutia hasta el Premio Nóbel a la primera o el novedoso sainete del Premio de la Paz de la FIFA a Donal Trump. 

A ello se ha unido una cobertura mediática sistemáticamente sesgada —con la reiteración acrítica de términos como “dictador”, “tirano”, “autárquico” o “régimen” en prensa generalista tanto como en prensa rosa o deportiva— para configurar una estrategia cultural destinada a naturalizar la intervención y a presentar el cambio de régimen como una causa deseable, humanitaria e incluso pacífica. Como en otros escenarios históricos, la hegemonía cultural funciona aquí como complemento indispensable de la coerción financiera y militar, haciendo de la agresión una parte central del sentido común político.

El crudo pesado venezolano adquiere una importancia específica, ya que podría servir para complementar las limitaciones del crudo ultraligero procedente del fracking estadounidense

Pero detrás de esta ofensiva no hay solo una voluntad de disciplinamiento, castigo o dominio en términos abstractos. Venezuela ocupa un lugar estratégico en la geografía material del capitalismo global, especialmente por sus reservas energéticas. Aunque el petróleo venezolano es ultrapesado y costoso de refinar, su relevancia no puede evaluarse al margen de la configuración actual del mercado energético global. 

Venezuela concentra unas de las mayores reservas probadas de crudo del planeta —en torno a los 300.000 millones de barriles, mayoritariamente en la Faja del Orinoco—, un volumen comparable o incluso superior al de grandes productores como Arabia Saudí o Irán, aunque sometido a condiciones geológicas y técnicas complejas. La fuerte caída de la producción —hoy situada en torno a los 900.000–1.100.000 barriles diarios frente a los más de tres millones alcanzados en su pico histórico—, respondería al efecto de las sanciones en la asfixia financiera del país y el consecuente deterioro deliberado en inversión e infraestructuras. 

En este contexto, el crudo pesado venezolano adquiere una importancia específica, ya que podría servir para complementar las limitaciones del crudo ultraligero procedente del fracking estadounidense que se estima insuficiente por sí solo para abastecer la demanda de diésel y otros destilados medios. Además, este petróleo venezolano encaja con la capacidad instalada de las grandes refinerías del Golfo de México, diseñadas precisamente para procesar crudos densos y con alto contenido en azufre. 

A ello se suma un factor logístico nada menor: la proximidad geográfica —unas 1.500–2.000 millas náuticas frente a las 8.000–10.000 desde Oriente Medio— reduce los costes de transporte (y, por tanto, de uso de crudo) y los riesgos de exposición a los potenciales cuellos de botella estratégicos en Ormuz, Suez o Bab el-Mandeb, en un escenario de creciente inestabilidad global. 

Esta combinación de reservas, calidad del crudo, infraestructura de refinación y geografía explica por qué el control territorial y logístico del petróleo venezolano, sin ser el único, sigue siendo un elemento de peso en las disputas geoeconómicas contemporáneas, más allá de los relatos coyunturales con los que se intenta justificar la agresión. Pero es que además, el control de estos recursos no solo tiene implicaciones energéticas, sino también financieras y monetarias, al ser parte de una política destinada a reforzar el papel del dólar en el comercio internacional energético con el fin de apuntalar una hegemonía en crisis.

Venezuela aparece como una plaza clave en un repliegue táctico más amplio de Estados Unidos hacia sus esferas de influencia (que incluye el esfuerzo por disciplinar a Europa, Japón y Corea del Sur)

En este sentido, Venezuela aparece como una plaza clave en un repliegue táctico más amplio de Estados Unidos hacia sus esferas de influencia (que incluye el esfuerzo por disciplinar a Europa, Japón y Corea del Sur), en un momento de transformación, combustión y disputa estratégica a escala mundial. 

No se trata únicamente de renovar la Doctrina Monroe por medio del “Corolario Trump” para reafirmar el viejo “patio trasero” —como los imperialistas estadounidenses menosprecian a América Latina—, sino de consolidar posiciones frente a posibles competidores sistémicos al tiempo que se afianzan dependencias y liberan recursos para el eje central de la confrontación geopolítica contemporánea. El caso venezolano, lejos de ser marginal, se inscribe así en el corazón de las contradicciones del imperialismo en su fase actual, cuando el centro del mismo percibe que ha perdido el control hegemónico sobre el resto.

Hechos frente a conspiraciones: la obligación estratégica de la información frente a la confusión mediática imperialista

El recorrido hasta aquí realizado permite extraer una conclusión fundamental: sin herramientas de análisis estructural, las agresiones imperialistas aparecen como hechos medio confusos, excepcionales o a veces inexplicables, que incluso parecen ser producto de actitudes magolómanas o ataques psicóticos. En realidad, responden a patrones históricos bien conocidos. 

Comprender el imperialismo como un sistema, y no como una suma de excesos, errores o conspiraciones aisladas, no es un ejercicio intelectual abstracto, sino una condición política imprescindible para poder identificar al agresor, nombrar la violencia y articular respuestas colectivas.

En contextos de crisis, zozobra y desinformación, esta tarea se vuelve aún más urgente. La ofensiva imperialista no se libra únicamente en los planos económico, diplomático o militar, sino también en el campo de la producción de conocimiento. 

Lo que circula masivamente en esos momentos no es información neutral, sino, en el mejor de los casos, propaganda: relatos diseñados para desorientar, fragmentar, sembrar sospechas y desplazar el foco desde los hechos comprobables hacia un terreno pantanoso de especulación permanente. 

El último de ellos ha sido el destinado a deslizar la posibilidad de que la hasta ahora vicepresidenta, y ahora presidenta encargada, Delcy Rodríguez, haya sido la figura que ha traicionado a Nicolás Maduro. Sin pruebas, sin datos, sin nada, la acusación ha permeado los debates de buena parte de una supuesta izquierda en redes sociales que, a merced de los algoritmos, que ni tan siquiera se ha atrevido cuestionar el origen de la tesis, a pesar haber sido propagada de manera profusa por el propio Donald Trump, los servicios de inteligencia estadounidenses y medios con sede en Miami. Esto pone en evidencia que, cuanto mayor es la capacidad de difusión mediática del hegemón, más eficaz resulta su estrategia de desinformación y confusión. 

Frente a una agresión imperialista que hace apenas unas décadas habría provocado movilizaciones masivas, hoy asistimos con demasiada frecuencia a una sustitución del análisis por teorías conspirativas recicladas

La especulación sin pruebas, la amplificación acrítica de narrativas fabricadas en centros de poder hostiles y la obsesión por tramas opacas terminan haciendo el juego al imperialismo, debilitando la capacidad de denuncia, erosionando la confianza política y fragmentando a quienes deberían estar construyendo respuestas comunes. 

Allí donde se necesita claridad, unidad y fuerza, se introduce confusión, sospecha y parálisis. No se trata de negar la complejidad de los procesos ni de clausurar el debate, sino de poner en cuarentena las narrativas que responden a intereses imperiales evidentes y de no convertir la incertidumbre en un mercado de rumores. La historia del imperialismo demuestra que su mayor eficacia no reside solo en la violencia que ejerce, sino en su capacidad para desarmar políticamente a sus adversarios, incluso desde posiciones que se reclaman críticas o de izquierdas.

Efectivamente, frente a una agresión imperialista que hace apenas unas décadas habría provocado movilizaciones masivas, hoy asistimos con demasiada frecuencia a una sustitución del análisis por teorías conspirativas recicladas, a menudo, como hemos visto, procedentes de los mismos aparatos mediáticos y de inteligencia que han impulsado históricamente las campañas de desestabilización contra Venezuela y otros países del Sur global. 

Frente a ello, recuperar el análisis materialista, atender a las estructuras, identificar los intereses en juego y sostener una crítica anclada en hechos verificables no es una opción más entre otras, sino una obligación estratégica. En un mundo atravesado por una crisis sistémica de extraordinarias dimensiones y por la consecuente intensificación de las agresiones imperialistas, el rigor y la disciplina intelectuales no son ningún lujo, sino una forma de resistencia activa y una condición imprescindible para reconstruir la solidaridad internacional y la acción colectiva que agresiones como las que estamos experimentando exigen.

Por ello, conviene centrarse en los hechos que conocemos. Es decir, las sanciones, el saqueo de activos, las amenazas militares, las operaciones encubiertas, la violencia económica sistemática y, por supuesto, el secuestro del presidente constitucional y su esposa en contra del derecho internacional —en tiempos en que cada vez queda más en evidencia que tal derecho apenas ha parecido serlo mientras le ha servido al hegemón para sostener el control global—. 

Es por medio de estos hechos corroborables que evitamos el fango de la opinión infundada y nos podemos centrar en lo que en este momento resulta esencial: denunciar la flagrante violación estadounidense de la soberanía de Venezuela, exponer la amenaza que esto representa para el resto del mundo y, consecuentemente, exigir la inmediata liberación de los ciudadanos venezolanos Nicolás Maduro y Cilia Flores.

mardi 6 janvier 2026

USA vs Venezuela: L'analyse

 


El ataque de Trump a Venezuela es parte de un plan a nivel global

Es imposible para las naciones de América Latina (y del Sur Global en su conjunto) practicar la democracia mientras exista el imperialismo estadounidense

Ben Norton, periodista estadounidense 

Estados Unidos ha lanzado un ataque frontal no sólo contra Venezuela, sino contra toda América Latina, e incluso contra el concepto básico de soberanía.

Donald Trump ordenó el 3 de enero al ejército estadounidense bombardear Venezuela, secuestrar a su presidente constitucional Nicolás Maduro y enviarlo a Nueva York para ser sometido a un juicio espectáculo por cargos de motivación política.

Este descarado ataque contra Venezuela forma parte de una ofensiva imperialista estadounidense más amplia en América Latina. La administración Trump ha invocado abiertamente la Doctrina Monroe, de 202 años de antigüedad, y la ha actualizado para el siglo XXI, llamándola con orgullo la «Doctrina Donroe».

Al atacar a Venezuela, el imperio estadounidense espera lograr varios objetivos:

  • Imponer la hegemonía estadounidense en América Latina (desde la Doctrina Monroe hasta la Doctrina Donroe).
  • Explotar los recursos naturales de Venezuela (petróleo, gas, minerales críticos y elementos de tierras raras), como parte de un intento de construir una nueva cadena de suministro en el hemisferio occidental.
  • Cortar los lazos de América Latina con China (así como con Rusia e Irán).
  • Amenazar a otros gobiernos de izquierda en la región (principalmente Cuba y Nicaragua, pero también Brasil y Colombia).
  • Destruir el proyecto de integración regional en América Latina y el Caribe (en organismos como el ALBA y la CELAC).
  • Sabotear la unidad del Sur Global (dado el apoyo de Venezuela a Palestina, Irán, las luchas de liberación africanas, etc.).

Trump abraza la Doctrina Monroe colonial

El plan más amplio del imperio estadounidense quedó claramente explicado en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de la administración Trump .

El documento mostró cómo Estados Unidos busca imponer por la fuerza su hegemonía en todo el hemisferio occidental. Invocó abiertamente la Doctrina Monroe.

Los funcionarios estadounidenses han adoptado con entusiasmo la doctrina colonial, que se remonta a 1823.

Apenas horas después de que el gobierno de Estados Unidos atacara a Venezuela, una cuenta oficial de Trump en Twitter publicó propaganda que mostraba al presidente estadounidense de pie sobre todas las Américas, desde Alaska en la cima de América del Norte hasta Argentina en la base de América del Sur, sosteniendo un gran palo que decía “Doctrina Donroe”.

La imagen era una referencia a una caricatura política de la Doctrina Monroe de 1905. El Secretario de Guerra de EE. UU., Pete Hegseth, la volvió a publicar en su cuenta oficial del gobierno.

El imperio estadounidense quiere controlar los recursos naturales de América Latina

La Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump enfatizó que el objetivo es que las corporaciones estadounidenses controlen todos los recursos naturales estratégicos del hemisferio occidental, incluidos minerales críticos y elementos de tierras raras.

No es casualidad que Venezuela posea las mayores reservas de petróleo del mundo. Si bien hoy Estados Unidos es el principal productor de petróleo del planeta y un exportador neto, aún depende en gran medida de la importación de crudo pesado. Gran parte de este proviene de Canadá, pero el crudo pesado venezolano es una posible fuente alternativa.

Trump ha sido explícito al señalar que quiere que las corporaciones estadounidenses se apoderen de la industria petrolera venezolana para que Estados Unidos pueda satisfacer sus necesidades de crudo pesado. (Reemplazar las exportaciones canadienses de crudo pesado también podría dar a Washington influencia sobre Ottawa, en un momento en que Trump habla de colonizar Canadá y convertirlo en el «estado 51»).

En una conferencia de prensa tras bombardear Venezuela , Trump afirmó que el gobierno estadounidense «gobernará el país». Añadió: «Haremos que nuestras gigantescas compañías petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, entren, gasten miles de millones de dólares, reparen la infraestructura petrolera, que está muy deteriorada, y empiecen a ganar dinero».

«Estamos en el negocio del petróleo», enfatizó el presidente estadounidense. «Vamos a extraer una enorme cantidad de riqueza del suelo».

Una nueva cadena de suministro de minerales críticos controlada por Estados Unidos, excluyendo a China

El gobierno estadounidense ha dejado claro que quiere crear una nueva cadena de suministro en el hemisferio occidental que excluya a China, a fin de prepararse para un futuro conflicto con Pekín. Espera poder utilizar los minerales críticos y las tierras raras de América Latina para lograrlo.

Esta es también una de las principales razones por las que Trump quiere colonizar y saquear Groenlandia, que posee 25 de los 30 materiales considerados “críticos” por la Unión Europea .

En la Estrategia de Seguridad Nacional 2025, la administración Trump afirmó que las corporaciones estadounidenses deben controlar la «infraestructura energética» y el «acceso a minerales críticos» de América Latina. El gobierno estadounidense escribió que está «fortaleciendo las cadenas de suministro críticas en este hemisferio» para «reducir las dependencias» y la «influencia externa perjudicial», una obvia referencia a China.

China domina la cadena de suministro global de minerales críticos. No solo la administración Trump, sino también la de Joe Biden, buscaron cambiar esta situación creando una nueva cadena de suministro controlada por Estados Unidos.

Funcionarios más sensatos de la administración Trump han reconocido que la mayor parte de la manufactura no está regresando a Estados Unidos (donde el número de empleos en el sector manufacturero ha disminuido constantementedurante décadas, incluso bajo el gobierno de Trump), por lo que admitieron en la Estrategia de Seguridad Nacional que desean «localizar» la manufactura en Latinoamérica. Las corporaciones estadounidenses buscan explotar a los trabajadores latinoamericanos con bajos salarios para fabricar sus productos, excluyendo a China.

Esta es también la razón por la que se desea una nueva cadena de suministro dominada por Estados Unidos en el hemisferio occidental: no sólo porque el complejo militar-industrial estadounidense necesita eliminar a China de la cadena de suministro de las armas que está fabricando para prepararse para una posible guerra futura con China, sino también porque Estados Unidos busca desvincularse económicamente de China y cree que América Latina puede ayudarlo a lograrlo.

La infraestructura estratégica de América Latina

Además, el imperio estadounidense quiere controlar toda la infraestructura estratégica de América Latina.

La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 decía que Washington “identificará puntos y recursos estratégicos en el hemisferio occidental”, y agregaba: “El gobierno de Estados Unidos identificará oportunidades estratégicas de adquisición e inversión para empresas estadounidenses en la región”.

La administración Trump está amenazando descaradamente a los países latinoamericanos con obligar a China a vender cualquier inversión que tenga en proyectos de infraestructura regional.

El gobierno de Estados Unidos ya ordenó con éxito a Panamá presionar a la empresa de Hong Kong dueña de los puertos que rodean el Canal de Panamá, CK Hutchison Holdings, para que los vendiera al gigante de Wall Street BlackRock .

Es probable que Estados Unidos también tenga como objetivo el puerto peruano de Chancay , uno de los puertos más importantes de la región, construido por China. El asesor de Trump para América Latina , Mauricio Claver-Carone, sugirió: «Todo producto que pase por Chancay o cualquier puerto propiedad o controlado por China en la región debería estar sujeto a un arancel del 60%».

Incluso se ha discutido en Washington sobre posibles medidas para obligar a los gobiernos latinoamericanos a imponer restricciones a la inversión china en la región.

La intervención estadounidense en América Latina durante la Segunda Guerra Fría

La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 demostró la obsesión de la administración Trump por limitar los vínculos de China con países latinoamericanos. Esto es la Segunda Guerra Fría.

En su primer viaje al extranjero como secretario de Estado, Marco Rubio visitó Panamá, donde obligó al país centroamericano a retirarse de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) de China. La administración Trump está aumentando significativamente la presión estadounidense sobre otros países de la región para que abandonen la BRI.

Asimismo, Trump interfirió descaradamente en las elecciones hondureñas de 2025 y respaldó un golpe de estado electoral. (Trump también indultó y liberó de prisión a uno de los peores narcotraficantes del mundo, el exdictador derechista de Honduras, Juan Orlando Hernández, respaldado por Estados Unidos, lo que ilustró cómo a la administración Trump no le importa realmente el narcotráfico, sino que simplemente lo utiliza como excusa cínica para atacar y desestabilizar a los gobiernos independientes de la región).

El aliado derechista de Trump que ahora gobernará Honduras en nombre de Estados Unidos, el oligarca Nasry “Tito” Asfura, ha prometido romper formalmente las relaciones diplomáticas con la República Popular China y reconocer a los separatistas de Taiwán.

Estados Unidos también quiere utilizar a Honduras como base de operaciones para atacar al gobierno sandinista en la vecina Nicaragua.

Tras bombardear y ocupar Venezuela, Trump y Marco Rubio esperan librar guerras imperialistas similares para cambiar el régimen en Cuba y Nicaragua. Rubio ha dedicado toda su carrera a derrocar sus revoluciones socialistas. Para él, es una cruzada política.

De hecho, en una conferencia de prensa que Trump y Rubio dieron después de bombardear Venezuela y secuestrar al presidente Maduro, amenazaron abiertamente a Cuba y al presidente izquierdista de Colombia, Gustavo Petro.

El objetivo de la administración Trump es simple: imponer regímenes títeres de derecha de Estados Unidos en todos los países de América Latina, que servirán obedientemente a los intereses de Washington y Wall Street y venderán sus activos a inversores estadounidenses.

Trump también ha amenazado con bombardear México , que tiene un gobierno independiente y no alineado liderado por la presidenta izquierdista Claudia Sheinbaum (quien es una de las líderes más populares del planeta, con un índice de aprobación constante de alrededor del 74% ).

México se ha opuesto firmemente a estas amenazas estadounidenses, argumentando que constituirían un ataque a su soberanía. Pero, como demostró la guerra de Trump contra Venezuela, al imperio estadounidense le importa un bledo la soberanía.

De la Doctrina Monroe a la Doctrina Donroe: la Estrategia de Seguridad Nacional 2025

Para entender mejor el plan del imperio estadounidense para América Latina, es importante analizar los detalles de la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 (NSS) de la administración Trump.

Este documento identificó al hemisferio occidental como la región más importante para la política exterior estadounidense. La administración Trump declaró su deseo de una región que “permanezca libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye cadenas de suministro críticas”, en la que Estados Unidos tenga “acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave”.

La NSS declaró en términos inequívocos que “Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”.

En una conferencia de prensa que Trump ofreció pocas horas después de bombardear Venezuela y secuestrar al presidente Maduro, se hizo eco de esta retórica. Elogiando la Doctrina Monroe, Trump dijo: «La hemos superado con creces. Ahora la llaman la Doctrina Donroe». Añadió: «Estamos reafirmando el poder estadounidense de una manera muy contundente en nuestra región».

En la Estrategia Nacional de Seguridad de 2025, la administración Trump se comprometió a «negar a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio». Esta era una clara referencia a China.

El documento dejó claro que lo que Washington busca es la hegemonía. Declaró:

Estados Unidos debe tener una posición preeminente en el hemisferio occidental como condición para nuestra seguridad y prosperidad, una condición que nos permita afirmarnos con confianza donde y cuando sea necesario en la región . Los términos de nuestras alianzas, y los términos bajo los cuales brindamos cualquier tipo de ayuda, deben estar condicionados a la reducción de la influencia externa adversaria , desde el control de instalaciones militares, puertos e infraestructura clave hasta la adquisición de activos estratégicos en sentido amplio”.

La administración Trump ni siquiera intentó ocultar el hecho de que no le importa la soberanía de los países de América Latina y está más que dispuesta a violarla.

“Queremos que otras naciones nos vean como su socio de primera opción y desalentaremos (a través de diversos medios) su colaboración con otros”, afirmó el NSS.

El documento articuló una división maniquea del mundo al estilo de la guerra fría, escribiendo: “La elección que todos los países deberían enfrentar es si quieren vivir en un mundo liderado por Estados Unidos, de países soberanos y economías libres, o en un mundo paralelo en el que estén influenciados por países del otro lado del mundo”.

El corolario Trump de la Doctrina Monroe

La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 declaró que el imperio estadounidense “afirmará y aplicará un ‘Corolario Trump’ a la Doctrina Monroe”.

Esta era una referencia al “Corolario Roosevelt” propuesto por el archiimperialista Theodore “Teddy” Roosevelt en su discurso sobre el Estado de la Unión de 1904 , cuando afirmó lo siguiente (énfasis añadido):

Una mala conducta crónica o una impotencia que resulte en un relajamiento general de los lazos de la sociedad civilizada pueden requerir en Estados Unidos, como en otras partes, en última instancia la intervención de alguna nación civilizada y en el hemisferio occidental la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede obligar a ese país , por muy renuente que sea, en casos flagrantes de tal mala conducta o impotencia, a ejercer un poder policial internacional.

Nuestros intereses y los de nuestros vecinos del sur son, en realidad, idénticos. Poseen grandes riquezas naturales , y si dentro de sus fronteras impera la ley y la justicia, la prosperidad les llegará con seguridad.

Al afirmar la Doctrina Monroe , al tomar medidas como las que hemos tomado con respecto a Cuba, Venezuela y Panamá , y al tratar de circunscribir el teatro de la guerra en el Lejano Oriente y asegurar la puerta abierta en China , hemos actuado en nuestro propio interés así como en el interés de la humanidad en general.

Lo sorprendente es que los objetivos de la agresión imperialista de Teddy Roosevelt en 1904 —China, Venezuela, Cuba y Panamá— son algunos de los mismos objetivos de Washington hoy.

Trump ha recuperado la doctrina imperialista del «Gran Garrote» y la diplomacia de las cañoneras de Teddy Roosevelt. Con su «Corolario Trump», el gobierno estadounidense afirma que se cree con el derecho a intervenir militarmente en cualquier lugar de América Latina y el Caribe, cuando lo desee. Se trata de una política explícitamente imperialista que busca negar a las naciones de la región sus derechos a la independencia, la soberanía y la autodeterminación, consagrados en el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas.

El ataque de la administración Trump a Venezuela es parte de un ataque imperialista más amplio contra América Latina y el Sur Global en general.

El salvajismo y la crueldad manifiestos del imperio estadounidense demuestran también cuán pueril y ridícula es la retórica sobre la “democracia” de los funcionarios y expertos occidentales cuando acusan a países del Sur Global asediados, como Venezuela, de ser supuestamente “autoritarios”.

Es imposible para las naciones de América Latina (y del Sur Global en su conjunto) practicar la democracia cuando el imperio más poderoso y letal del mundo interfiere constantemente en sus elecciones, las ataca, les impone sanciones y patrocina golpes de Estado.

La verdadera democracia es imposible mientras exista el imperialismo