Fuente del texto: https://observatoriocrisis.com/2026/04/18/marx-y-los-limites-del-llamado-marxismo-occidental/ Por AJ Horn editor de “Simplifying Socialism”
La paradoja del marxismo occidental
El marxismo occidental parte de una idea
fundamental: la dominación en la sociedad capitalista no es meramente
económica. Es cultural, ideológica y está profundamente arraigada en la
forma en que los individuos perciben e interpretan el mundo. Opera no
solo mediante la fuerza, sino también mediante la configuración de la
propia conciencia. En este sentido, sus pensadores amplían y profundizan
el proyecto iniciado por Karl Marx, rechazando cualquier reducción
simplista de la vida social a un determinismo económico mecánico.
Sin embargo, es precisamente aquí donde surge una contradicción.
A medida que el marxismo occidental amplía
el alcance de la dominación, simultáneamente reduce el horizonte de la
transformación. Cuanto más totalizadora se vuelve su concepción de la
ideología, menos comprensible resulta la posibilidad de romper con ella.
Lo que comienza como un intento de explicar por qué persiste la
dominación se convierte gradualmente en una explicación de por qué no
puede superarse.
Esto no siempre se afirma explícitamente.
Más bien, se presenta como una tendencia, una deriva visible en
pensadores que, por lo demás, son distintos. En la obra de Theodor
Adorno, la dominación impregna la vida social hasta tal punto que la
negación misma se vuelve incierta, frágil, casi ilusoria. En Louis
Althusser, la ideología no es simplemente un conjunto de ideas, sino la
estructura misma a través de la cual se constituyen los sujetos, dejando
poco margen para teorizar sobre cómo podría surgir un sujeto capaz de
romperla.
El resultado es una peculiar inversión.
Una tradición que se define como teoría de la emancipación se encuentra
cada vez más incapaz de explicar las condiciones que hacen posible la
emancipación. Explica la dominación con extraordinaria sofisticación,
pero ofrece una explicación muy superficial de su derrocamiento.
El problema, entonces, no radica en que el
marxismo occidental se equivoque en su análisis de la ideología. El
problema reside en que, al llevar este análisis al límite, produce una
concepción de la sociedad en la que la capacidad de transformación se
vuelve teóricamente ininteligible. Un marxismo que no puede explicar
cómo se rompe la dominación deja de funcionar como teoría de la
revolución. Se convierte, en cambio, en una teoría de su imposibilidad.
De la derrota histórica a la teoría general
El marxismo occidental surge tras una
serie de derrotas. La ola revolucionaria que siguió a la Primera Guerra
Mundial —que se extendió por Alemania, Hungría e Italia— no logró
consolidar el poder. El aislamiento de la Revolución Rusa reforzó aún
más la idea de que el camino hacia la revolución proletaria en el mundo
capitalista avanzado era mucho más complejo de lo que se suponía.
Es en este contexto donde se produce un
cambio. El pensamiento marxista anterior había concebido la revolución
como una posibilidad histórica concreta, fundamentada en contradicciones
materiales y la lucha de clases. Incluso cuando el proceso se entendía
como desigual o prolongado, seguía siendo comprensible como producto de
fuerzas sociales reales. En figuras como Vladimir Lenin, el énfasis
recaía en la organización, la estrategia y el papel activo de la
intervención política en la configuración de los resultados. En Georg
Lukács, la conciencia de clase no era algo dado, sino que se formaba a
través de la experiencia vivida de la lucha.
Tras la derrota, sin embargo, el problema
se reformula. Si la revolución no se produjo donde se esperaba, la
explicación debe residir no solo en las condiciones materiales, sino en
la estructura misma de la conciencia. ¿Por qué el proletariado no actuó?
¿Por qué consintió, o al menos no resistió con decisión? En
consecuencia, el enfoque se desplaza de la dinámica de la lucha a los
mecanismos de reproducción.
Este cambio resulta, en principio,
productivo. Permite a los marxistas abordar con mayor profundidad la
ideología, la cultura y las formas en que la dominación se estabiliza
más allá del ámbito inmediato de la producción. Pensadores como Antonio
Gramsci desarrollan el concepto de hegemonía precisamente para dar
cuenta de esta complejidad, insistiendo en que el poder de la clase
dominante se mantiene no solo mediante la coerción, sino también
mediante la organización activa del consentimiento.
Pero con el tiempo, algo cambia. Lo que
comienza como un intento de explicar un fracaso histórico específico se
transforma gradualmente en una explicación general de la sociedad
capitalista en sí. Las condiciones que dificultaron la revolución se
entienden como condiciones que la postergan indefinidamente, si no la
imposibilitan. El análisis de por qué no se produjo la revolución se
transforma, casi imperceptiblemente, en una explicación de por qué no
puede ocurrir.
De este modo, un problema históricamente
situado se universaliza. La contingencia de la derrota se transforma en
necesidad. Y con este giro, la pregunta que antaño animaba al marxismo
—cómo se hace posible la transformación revolucionaria— empieza a
desvanecerse.
El cierre de la agencia
Si bien el giro histórico del marxismo
occidental comienza como un intento de explicar la derrota, se convierte
en algo más trascendental: una reconfiguración de las condiciones
mismas bajo las cuales la acción es posible.
La dominación ya no se entiende
principalmente como una relación entre clases basada en condiciones
materiales, sino como una estructura totalizadora que impregna la vida
social en todos los niveles. No se trata solo de que los individuos vean
limitadas sus acciones, sino de que las mismas capacidades mediante las
cuales podrían reconocer y resistir esas limitaciones están, a su vez,
condicionadas por la dominación.
En la obra de Theodor Adorno y Max
Horkheimer, esto se manifiesta como una crítica en la que la razón
instrumental, la cultura de masas y la mercantilización de la vida
social se combinan para producir un mundo que se reproduce a través de
la conciencia de quienes lo habitan. El sujeto no se sitúa al margen de
la dominación, enfrentándola como una fuerza externa. Se constituye
dentro de ella, es moldeado por ella y, en aspectos cruciales, depende
de ella.
Esta perspectiva tiene un gran poder
explicativo. Da cuenta de la persistencia de la dominación en ausencia
de coerción constante. Explica por qué los sistemas de explotación
pueden reproducirse incluso donde la resistencia manifiesta es limitada.
Revela que el poder opera no solo a través de la represión, sino
también mediante la producción de sujetos capaces de desenvolverse,
interpretar y funcionar dentro de las condiciones existentes.
Pero aquí es donde el análisis comienza a
cambiar. A medida que la dominación se vuelve más generalizada, el
espacio para la negación se reduce. Si el sujeto está plenamente formado
dentro de las estructuras a las que podría oponerse, entonces el
surgimiento de un sujeto capaz de oponerse se vuelve cada vez más
difícil de teorizar. La crítica sigue siendo posible —de hecho, se
vuelve más refinada—, pero la transición de la crítica a la
transformación queda en la oscuridad.
Este es un problema estructural dentro de
la propia teoría. Un marco que sitúa la dominación en el nivel de la
formación del sujeto también debe explicar cómo los sujetos llegan a
trascender o a romper dicha formación. Sin embargo, en gran parte del
marxismo occidental, este aspecto permanece poco desarrollado. El
énfasis recae en la reproducción: cómo persiste la ideología, cómo se
moldea la conciencia, cómo se estabilizan las relaciones sociales a lo
largo del tiempo. Lo que falta es una explicación correspondiente de
cómo se interrumpen estos procesos.
El resultado es una especie de asimetría
teórica. Los mecanismos de dominación se especifican con detalle,
mientras que los de transformación quedan indeterminados. La negación
aparece, a lo sumo, como un evento frágil o excepcional, difícil de
localizar y aún más difícil de generalizar.
De este modo, la expansión de la
dominación hacia una estructura totalizadora produce una consecuencia
imprevista: altera el estatus de la agencia dentro de la teoría. La
capacidad de actuar deja de ser un objeto central de análisis y se
convierte, en cambio, en una cuestión residual, reconocida pero sin
resolver. Lo que comenzó como un esfuerzo por comprender por qué
persiste la dominación, avanza así, paso a paso, hacia una posición en
la que la superación de la dominación ya no puede explicarse
adecuadamente.
Dominación sin gobernantes
En la teoría marxista temprana, la
dominación no es una condición abstracta, sino una relación social
arraigada en la organización de la producción y expresada a través del
dominio de una clase sobre otra. Para Karl Marx, la estructura de la
sociedad capitalista es inseparable del dominio de la burguesía, cuyo
control sobre los medios de producción fundamenta su poder. En Vladimir
Lenin, esta relación se formula en términos explícitamente estratégicos:
el dominio de clase se mantiene mediante instituciones y, por lo tanto,
puede ser confrontado, subvertido y, en última instancia, derrocado.
Aun cuando se amplía este marco
conceptual, conserva su orientación. En Antonio Gramsci, la dominación
ya no se entiende como basada únicamente en la coerción, sino como
asegurada mediante la hegemonía: la organización activa del consenso en
toda la sociedad civil. Sin embargo, también en este caso, la clase
dominante no desaparece. Gobierna no solo mediante la fuerza, sino
también mediante el liderazgo, la dirección y la configuración de las
normas y los valores sociales.
Sin embargo, dentro del marxismo
occidental, esta claridad comienza a desvanecerse. A medida que la
dominación se conceptualiza cada vez más como sistémica y
autorreproductora, se desvincula de agentes identificables. Se presenta
como una estructura sin centro, un proceso sin sujeto. El poder opera en
todas partes, pero su origen se vuelve difícil de precisar. La clase
dominante, si bien no se niega, pasa a un segundo plano en el análisis,
siendo reemplazada por un enfoque en los sistemas, los discursos y los
mecanismos de reproducción.
Este cambio no carece de justificación.
Refleja un intento por comprender la complejidad de las sociedades
capitalistas modernas, donde la dominación se ejerce a través de una
densa red de instituciones y prácticas. Reconoce que el poder no se
ejerce únicamente en el punto de producción, ni solo mediante la
coerción directa. Está arraigado en la cultura, el derecho, la educación
y la vida cotidiana.
Pero al ampliar el campo de análisis, algo
se pierde. Cuando la dominación es omnipresente, corre el riesgo de no
tener cabida en ningún lugar en particular. Cuando se entiende
principalmente como un sistema, la cuestión de quién se beneficia de ese
sistema y quién lo mantiene activamente pierde relevancia. El
antagonismo que antaño estructuraba el análisis marxista, entre clases
con intereses opuestos, se ve desplazado por una concepción más difusa
de la reproducción social.
Las consecuencias de este desplazamiento son tanto estratégicas como teóricas.
Si no se puede identificar la dominación,
no se la puede confrontar directamente. Si el poder carece de agentes
identificables, la lucha no tiene un objetivo claro. Lo que queda es una
oposición generalizada al «sistema», un objeto tan extenso que se
resiste a las intervenciones concretas. La crítica puede nombrar sus
características, rastrear sus efectos y exponer sus contradicciones,
pero le cuesta precisar los puntos en los que podría ser cuestionado
eficazmente.
Esto no significa que el marxismo
occidental niegue la clase social por completo. Más bien, la clase deja
de funcionar como principio organizador del análisis. Se convierte en un
elemento más, en lugar de la relación estructuradora que da coherencia
al conjunto.
De este modo, el avance hacia una
explicación más completa de la dominación genera una segunda forma de
cierre. No solo se vuelve incierta la capacidad de acción, sino que
también se oscurece el objeto de dicha capacidad. La teoría puede
describir un mundo estructurado por la dominación, pero se vuelve menos
capaz de identificar las fuerzas que la sustentan y, por lo tanto, menos
capaz de indicar cómo podría terminar.
Conciencia sin formación
Si los desarrollos previos generan
incertidumbre sobre la capacidad de acción y difuso el objeto de la
lucha, su convergencia produce una ausencia aún más fundamental. El
marxismo occidental desarrolla una explicación cada vez más sofisticada
de cómo se forma la conciencia, pero ofrece solo una explicación
limitada de cómo se transforma.
Su preocupación central es clara. Si la
dominación persiste no solo mediante la fuerza, sino también a través de
la estructuración de la percepción y la interpretación, entonces
cualquier teoría adecuada debe explicar cómo los individuos llegan a
experimentar el orden existente como natural, necesario o inevitable. En
este sentido, el marxismo occidental extiende la crítica de la
ideología mucho más allá de sus formulaciones iniciales. La conciencia
ya no se considera un reflejo pasivo de las condiciones materiales, sino
un espacio activo donde dichas condiciones se median, reproducen y
estabilizan.
Este cambio aporta importantes
perspectivas. Permite comprender con mayor precisión cómo se organiza el
consentimiento, cómo se ocultan las contradicciones y cómo los sujetos
participan en la reproducción de las mismas relaciones que los dominan.
Deja claro que la dominación no puede reducirse a una restricción
externa, sino que debe entenderse como un proceso que opera a través de
las estructuras internas del pensamiento mismo.
El análisis sigue centrado principalmente
en la reproducción. Explica cómo se forma la conciencia dentro de las
condiciones existentes, pero no cómo llega a ser capaz de trascenderlas.
El sujeto aparece principalmente como un efecto de la estructura,
constituido mediante procesos ideológicos que preceden y dan forma a su
actividad. Lo que sigue sin estar claro es cómo dicho sujeto podría
llegar a reconocer, cuestionar y, en última instancia, romper con esos
procesos.
La teoría marxista anterior no resolvió
completamente este problema, pero lo abordó de manera diferente. Para
Georg Lukács, la conciencia de clase no es inmediata ni está
garantizada; es algo que emerge a través de las contradicciones vividas
en la sociedad capitalista, mediadas por la lucha colectiva. La
conciencia, en este sentido, no se produce simplemente, sino que se
forma, y esa formación es inseparable de la praxis.
En el marxismo occidental, este momento se
desvanece. El énfasis recae en cómo los sujetos se posicionan dentro de
las estructuras, en lugar de cómo se mueven a través de ellas y en
contra de ellas. La posibilidad de que la conciencia se desarrolle
mediante la participación en la lucha, a través de procesos que alteren
no solo las condiciones externas sino también las capacidades de los
sujetos involucrados, permanece poco desarrollada.
Esto genera una segunda asimetría,
paralela a la primera. Así como la dominación se especifica con detalle
mientras que su derrocamiento permanece indeterminado, la conciencia se
analiza en su forma condicionada, mientras que su transformación queda
en gran medida sin explicación. La teoría puede explicar la captura
ideológica, pero no la ruptura ideológica.
La consecuencia no es simplemente una
incompletitud teórica. Reconfigura el horizonte de las posibilidades
políticas. Si la conciencia se entiende principalmente como un efecto de
la estructura, entonces el surgimiento de una forma de conciencia capaz
de negar esa estructura parece cada vez más improbable. La
transformación, cuando se presenta, adquiere el carácter de una
excepción, algo difícil de fundamentar, y aún más difícil de
generalizar.
Lo que falta no es una comprensión de la
ideología, sino una explicación de cómo esa comprensión se vuelve
operativa. No se trata simplemente de cómo los individuos llegan a ver
el mundo, sino de cómo se vuelven capaces de actuar dentro de él de
maneras que transforman sus relaciones subyacentes.
Sin esto, la crítica queda suspendida.
Puede revelar las condiciones de dominación con creciente claridad, pero
no puede explicar cómo se puede poner fin a esas condiciones.
La praxis como formación
Las limitaciones que surgen en el marxismo
occidental en lo que respecta a la agencia, la dominación y la
conciencia convergen en una única ausencia. Lo que falta no es una
explicación de la estructura, ni una comprensión de la ideología, sino
una teoría sobre cómo se forma la capacidad de actuar dentro y fuera de
ambas.
Esta ausencia no es inmediatamente
visible, en parte porque la praxis nunca desaparece del lenguaje del
marxismo. Sigue siendo un término central, invocado para designar la
acción, la lucha y la transformación del mundo. Pero cada vez más,
aparece de forma atenuada, ya sea como algo presupuesto pero sin
explicación, o como algo cuyas condiciones de posibilidad quedan
indeterminadas.
Si la dominación opera mediante la
estructuración de la conciencia, entonces la praxis no puede entenderse
simplemente como la expresión de un sujeto ya formado. Debe comprenderse
como un proceso que participa en la formación de ese sujeto. La
capacidad de percibir, interpretar y actuar sobre la realidad social no
surge plenamente desarrollada; se produce históricamente, a través de la
interacción con las mismas condiciones que busca transformar.
Esto exige un cambio de enfoque. En lugar
de considerar la conciencia principalmente como un efecto de la
estructura, debe entenderse como un proceso que se desarrolla a través
de una relación dinámica entre estructura y actividad. La ideología
moldea la percepción, pero no la agota. Las contradicciones se viven
antes de comprenderlas por completo, y es a través de esta experiencia
vivida —mediada, desigual y colectiva— que comienzan a tomar forma
nuevas maneras de comprensión.
En este sentido, la praxis no se reduce a
la acción en sí misma. Es un proceso formativo. Mediante la
participación en la lucha, los individuos no se limitan a perseguir
intereses preestablecidos; experimentan una transformación en sus
capacidades. Llegan a reconocer relaciones que antes eran opacas, a
reinterpretar condiciones que antes parecían fijas y a actuar de maneras
que no habrían sido posibles dentro de su perspectiva anterior.
Este proceso no es automático ni está
garantizado. Se desarrolla de forma desigual, condicionado por la
organización, las condiciones históricas y las propias formas de lucha.
Pero sin él, la transición de la crítica a la transformación sigue
siendo incomprensible.
Lo que el marxismo occidental deja sin
desarrollar es precisamente este aspecto: cómo los sujetos, formados
dentro de estructuras de dominación, llegan a ser capaces de actuar
contra ellas. Al concentrar su análisis en la reproducción, oculta los
procesos mediante los cuales esta se ve interrumpida no desde fuera,
sino desde dentro de las contradicciones de la vida social.
Reintroducir la praxis a este nivel no
implica negar la profundidad de la dominación ni afirmar un voluntarismo
simplista. Implica insistir en que la capacidad de transformación debe
explicarse. No debe darse por sentada, ni plantearse como una excepción,
sino entenderse como algo que emerge históricamente a través de
procesos determinados. Sin esta explicación, el marxismo corre el riesgo
de quedarse como una teoría de los límites. Con ella, puede recuperar
su carácter de teoría de la transformación, no solo de las estructuras,
sino también de los sujetos capaces de transformarlas.
Replantear la revolución
En el marxismo occidental, la revolución
no desaparece como concepto, pero su estatus cambia. Ya no se la
considera un proceso histórico determinado, basado en el desarrollo de
contradicciones sociales y la lucha colectiva. En cambio, se relega a la
abstracción, invocada como un horizonte, una posibilidad o una
negación, pero rara vez se especifica en términos que la hagan
inteligible como una transformación concreta.
En un extremo, esto se manifiesta como una
crítica sin resolución. El orden existente se somete a un análisis cada
vez más riguroso, sus contradicciones quedan al descubierto y sus
mecanismos de reproducción quedan expuestos. Sin embargo, la transición
del análisis a la transformación sigue siendo incierta. La revolución se
presenta menos como un proceso que debe comprenderse que como un límite
al que el pensamiento se aproxima, pero que no traspasa.
En el otro extremo, donde esta ausencia se
percibe con mayor intensidad, existe una tendencia a reintroducir la
acción de forma inmediata, desvinculada de las condiciones que la harían
efectiva. Aquí, el problema se invierte en lugar de resolverse. En vez
de una teoría que explique la dominación sin transformación, encontramos
gestos de transformación que carecen de una explicación correspondiente
sobre cómo se genera la capacidad para dicha acción.
Ambas posturas comparten una limitación
común: separan la revolución de los procesos que la harían posible. Para
superar esto, es necesario replantear el concepto de revolución.
No puede entenderse como un evento
singular, una ruptura que surge completamente formada dentro de un campo
de dominación estático. Tampoco puede reducirse a la mera acumulación
de acciones, como si la actividad por sí sola bastara para superar las
formas de poder estructuralmente arraigadas. En ambos casos, la relación
entre condiciones y capacidades permanece externa: o bien las
condiciones son tan determinantes que la acción queda descartada, o bien
la acción se afirma sin explicar cómo se adapta a dichas condiciones.
Se requiere un enfoque diferente; uno que
trate la revolución como un proceso a través del cual se produce la
capacidad de ruptura misma.
Esto implica una reorientación en el nivel
de análisis. El enfoque se desplaza de la cuestión de si la revolución
es posible en abstracto, a la cuestión de cómo, dentro de determinadas
condiciones históricas, emergen y se desarrollan los elementos de la
transformación. Se centra en las formas en que las contradicciones se
experimentan, se debaten y se reinterpretan, y en el papel de la lucha
colectiva en la configuración de las formas de conciencia a través de
las cuales estas contradicciones se vuelven inteligibles.
En este sentido, la revolución no está
garantizada ni es imposible. Es contingente, pero no arbitraria; está
estructurada por condiciones materiales, pero depende de los procesos
que se desarrollan dentro de ellas. No es simplemente el resultado de
una crisis, ni el producto de la voluntad, sino el resultado de una
interacción dinámica entre ambas.
Esta comprensión restablece una
continuidad que el marxismo occidental tiende a interrumpir. Reconecta
la crítica con la transformación al situarlas ambas dentro de un mismo
proceso: el desarrollo histórico de las capacidades necesarias para
afrontar y superar las relaciones de dominación existentes.
Insistir en esto no significa resolver de
antemano el problema de la revolución, sino rechazar su desplazamiento.
En lugar de tratarla como un horizonte abstracto o una ruptura
inexplicable, se convierte en objeto de análisis en sí mismo; un proceso
que debe comprenderse para poder realizarse.
Solo sobre esta base puede el marxismo
mantener su coherencia como teoría no solo de la sociedad tal como es,
sino también de las fuerzas a través de las cuales podría ser
transformada fundamentalmente. |