[Este artículo constituye la cuarta entrega de una serie de
contribuciones de la profesora “Viola Díaz” sobre justicia y derechos
que publicamos en Sin Permiso. El primer artículo puede leerse aquí, el segundo puede leerse aquí y el tercero aquí. SP]
Tras
el golpe de estado franquista, se inició una depuración de todo el
cuerpo de funcionarios, dirigida al castigo de aquellos que se habían
comprometido con la II República, incluyendo a jueces y fiscales.
Debe
explicitarse que la denominada “depuración administrativa”, constituida
fundamentalmente por las sanciones pecuniarias o de tipo profesional,
no fue, obviamente, tan grave como la pérdida de la vida o la prisión,
pero causó en sus víctimas efectos devastadores, como la miseria, la
marginación o el gravísimo deterioro de la salud mental.
La depuración en las carreras judiciales y fiscales ha sido especialmente estudiada por la profesora M. Lanero[i], una de las pocas expertas en la materia.
Pues
bien, como sabemos, los objetivos de la represión en la postguerra eran
muy claros: la coerción mediante el terror, la desmovilización por su
función ejemplarizante y la cohesión en torno al régimen de buena parte
de la población, comprometiéndola en las tareas represivas y premiando a
los más adictos con la promoción a puestos superiores.
En tal
contexto, la depuración de jueces y fiscales se encomendó, como en el
del resto de funcionarios, a organismos de marcado carácter político,
que deducían la condición de “desafecto” de hechos y conductas acaecidos
en el periodo republicano. Los procedimientos se tramitaban sin ningún
tipo de garantías -la carga de la prueba recaía en el acusado, cuya
culpabilidad se presumía-, y finalizaban con sanciones impuestas con la
mayor de las arbitrariedades.
Hemos de tener en cuenta que la
depuración perseguía con igual ahínco tanto la separación del
“desafecto” como la intimidación del “indiferente”, en la búsqueda de
construcción de un perfil de funcionario que encajara a la perfección
con el ideario fascista.
Por tanto, todas las acciones represivas
fueron encaminadas a instaurar un nuevo orden moral, material y social,
que pasaba por dejar sin efecto la legislación republicana y las
decisiones jurisdiccionales que la habían aplicado.
La depuración
de “retaguardia” fue llevada a cabo durante la contienda y pretendía
eliminar rápidamente a cualquier sujeto que pudiera entorpecer la
actuación de las nuevas autoridades, o dicho con sus propias palabras,
aquel que demostrase una “actuación antipatriótica o contraria al
Movimiento Nacional”.
Se iniciaba por una denuncia que podía ser
interpuesta por las autoridades militares tras la absolución en un
Consejo de Guerra, (quebrantando el principio esencial “non bis in
ídem”), por el gobernador civil, por particulares, o, directamente, por
otros miembros de la judicatura.
La instrucción de los expedientes
se encargó a jueces y fiscales. Se incorporaban en él informes
elaborados por diversas “autoridades” y testimonios de “personas
relevantes del lugar” o profesionales del derecho. Una Comisión de justicia tomaba la primera decisión que firmaba el presidente de la denominada Junta técnica. Entre la denuncia y la imposición de la sanción solían transcurrir entre 3 meses y 1 año.
Para
deducir la ideología política de los investigados, se investigó su
círculo de amistades, sus relaciones y lecturas, su comportamiento
social y sobre todo, su conducta privada y moralidad, destacando su
práctica religiosa (o la ausencia de la misma). En ocasiones, las clases
sociales dominantes activaron su venganza en el caso de jueces que
habían sido sensibles con la población desfavorecida. Fue especialmente
perseguido el haber dictado sentencias contra falangistas o haber
aplicado normas de la legislación laboral, especialmente tuitiva de la
población trabajadora.
En esta primera fase, fueron separados del
servicio 26 funcionarios de las carreras judicial y fiscal al haber
ostentado una clara identificación con los valores republicanos. Otros
24 fueron castigados con otras sanciones, al no dudarse de su adhesión a
la “causa nacional”, pero considerarse que, en todo caso, su conducta
fue “acomodaticia” con las autoridades del gobierno frentepopulista.
Al
acercarse el fin de la guerra, se promulgó en febrero de 1939 una ley
que proporcionaba un marco global y sistemático para continuar con la
depuración, que incluía un personal específico y permanente y una
tipología de conductas y sanciones. Se iniciaba por una declaración
jurada de la persona que delataba a los “izquierdistas”, proseguía con
una investigación a cargo de jueces y magistrados que comprobaba los
datos incluidos en la mencionada declaración y finalizaba con la
propuesta de sanción.
Debe destacarse el nombre del Jefe de
Depuración, el fiscal Romualdo Hernández, por ser figura clave al
establecer las líneas homogéneas del proceso de depuración, y siendo
posteriormente el encargado de la selección de las nuevas promociones de
jueces desde los tribunales de oposición y ocupando también la
inspección fiscal.
En esta etapa, las escasas garantías previas
fueron prácticamente eliminadas y aumentó el grado de arbitrariedad. Al
expediente se incorporaban los informes del alcalde, cura, guardia civil
u organismos de Falange, y seguían resultando claves los datos
referidos a la conducta personal del investigado.
La depuración
perseguía de forma expeditiva la selección del personal admisible. La
separación o la admisión operó así desde el prisma de la
“reciclabilidad” para el nuevo régimen, siendo claves los antecedentes
ideológicos y religiosos ya mencionados, y de forma secundaria, el
compartir una visión tradicional de la profesión y la carrera. En
definitiva, lo que claramente se pretendía era la coincidencia en la
ideología conservadora, “de orden”, la “adhesión al movimiento”.
En
cuanto al caso específico de los magistrados del Tribunal Supremo que
permanecieron en su cargo en la zona republicana, solo tres de ellos
fueron enjuiciados en un Consejo de Guerra y condenados a la pena de
muerte: Francisco Berneguer de las Cagigas, Juan José González de la
Calle y Franciso Javier Elola, que también fue Fiscal General del
Estado.
En homenaje a todos ellos, valga recordar la figura de
este último, cuya trayectoria profesional puede resumirse en la frase
con la que tomó posesión de su cargo: “Que me sentencie el pueblo, que
es para mí el más alto tribunal, si no cumplo con mi deber”.
Casi
un siglo después, la vocación democrática de tales palabras nos remueve
la conciencia y el corazón: la función judicial solo puede llamarse como
tal cuando se ejerce para proteger los derechos de la ciudadanía. Elola
fue un jurista que combinó la precisión en la técnica con la
sensibilidad social, impidiendo, por ejemplo, los desahucios de
inquilinos que no podían afrontar la subida de la renta. Fue también un
político que alertó siempre desde su tribuna sobre los peligros del
corporativismo judicial. Ambas cuestiones de indudable relevancia en la
actualidad.
Fueron sin duda estas virtudes las que llevaron a los
golpistas a acabar con su vida en un cruel fusilamiento en el Camp de la
Bota en 1936[ii].
Para
concluir nuestro texto, hemos de referir que, en conjunto, entre 1936 y
1944, fueron sometidos a depuración 368 jueces y magistrados de un
total de 1000, esto es, el 37% de la carrera, resultando separados el
6%, admitidos con sanción el 8%, y admitidos sin sanción el 23%.
Por lo tanto, el grueso de la carrera, el 63%, no fue sometido a depuración.
Por
su parte, de un colectivo de 235 fiscales, no fue depurado el 59%,
mientras que fue separado el 12%. Admitidos con sanción el 10% y sin
sanción, el 19%.
Estos datos confirman el hecho de que la mayoría
de jueces y fiscales, como exponíamos en nuestro anterior artículo,
fueron absolutamente reacios a admitir y aplicar la legislación
republicana.
En cuanto a la minoría de jueces y fiscales leales
con la II, la depuración fue extremadamente dura: se impusieron condenas
de muerte, cárcel, multas e incautación de bienes. La exhaustiva
investigación en la vida privada llevada a cabo en los procesos
investigadores fue una constante que dejará su impronta durante toda la
dictadura (un juez fue sancionado porque se constató que su esposa se
asomó al balcón en bata). Como veremos, los valores religiosos, la
“buena conducta” y la adhesión acrítica al régimen prevalecerían sin
duda para la permanencia y la promoción en la carrera.
[i] Por todos, ver Lanero, Mónica. La depuración de la magistratura y el ministerio fiscal en el franquismo (1936-1944). JUECES PARA LA DEMOCRACIA. Información y debate nº 65. Julio 2009.
[ii]
Para una mayor aproximación a su trayectoria cabe consultar el ensayo
“En memoria de Francisco Javier Elola’, editado por Tirant Lo Blanch
socióloga checa que imparte clases en la Universidad pública de
Praga sobre Historia del Capitalismo. De origen desconocido, fue dada en
adopción tras su nacimiento y separada desde entonces de su hermana
gemela, una magistrada marxista famosa por sus opiniones heterodoxas,
que ejerce su oficio en el Reino de España. Un giro del destino provocó
un encuentro entre ellas en un seminario de Cine y Memoria en Colliure.
Las entregas de Viola sobre los hábitos de los jueces y la propia
genealogía de la institución judicial están basadas en las múltiples y
fecundas conversaciones con su hermana.
“España es de interés estratégico para
la seguridad de Estados Unidos debido a su posición geográfica, que la
convierte en una base potencial para operaciones en el área del
Mediterráneo occidental, y de interés político por la actual resistencia
del pueblo español a la penetración comunista”. Así empieza el largo
informe de la CIA sobre España que vamos a comentar[1].
Para ser un documento interno, el comienzo no puede ser más
contundente. Ni más performativo: respondiendo a ese interés
estratégico, en septiembre de 1949 atracaron los primeros barcos
norteamericanos en El Ferrol y su comandante, el almirante Richard L.
Conolly, rindió visita a Franco en el Pazo de Meirás; en 1950 Truman,
hasta entonces adverso a Franco, reconoce oficialmente a su gobierno y
en julio de 1952 el almirante Forrest P. Sherman repite la visita al
“Caudillo” para acordar las negociaciones previas a los pactos
bilaterales de 1953.
Mientras tanto, menudean las visitas
oficiales a España de congresistas y, con parsimonia, —pues los
inversores no se fían de su solvencia ni los políticos de la estabilidad
del régimen—, EE.UU. ensaya la apertura comercial y otorga ayudas
económicas a España. No es ajena a esta dinámica la actividad del lobby
español en EE.UU., animado por el “inspector de embajadores” José Félix
de Lequerica, con el director de la CIA, Roscoe Hillenkoetter y los
senadores Arthur Vandenberg, James E. Murphy, Joseph McCarthy y Patrick
McCarran, que recibió una condecoración en la embajada “por su
excepcional devoción a España”[2].
Todos ellos compartían la admiración hacia Franco, el antisemitismo y
un fuerte anticomunismo, rasgo característico de una Guerra fría
entonces incipiente[3].
Y todos ellos trataron de influir en la opinión pública, los
congresistas opuestos a Franco y el propio presidente para que, como
dice Ángel Viñas, “no se le apretaran demasiado las tuercas a Franco” y
se viera la conveniencia de enviarle ayuda sin condicionamientos.
El informe de la CIA es muy completo,
abarca la situación política y económica de España, la oposición al
régimen, las relaciones exteriores, el ejército y “los probables
desarrollos políticos futuros que afectarán a la seguridad de EE.UU.”
(seis secciones en total), todo ello con abundante material estadístico y
gráfico. Es el documento más extenso de los muchos que elabora la
Agencia entre 1947 —momento de su creación— y 1950, y que hoy se hallan
prácticamente desclasificados[4]. En conjunto, ofrecen una visión muy detallada y relativamente objetiva de la España de la época.
Tal acopio de información muestra el
gran interés del gobierno de EE.UU. hacia España y, en el caso del
informe que nos ocupa, viene a ser como el largo alegato de un abogado
defensor que motiva exhaustivamente su juicio: es necesario acercarse a
Franco y apuntalar su régimen económica, militar y políticamente en
interés de la seguridad de EE.UU. y de la defensa común atlantista ante
la supuesta amenaza de la URSS y del comunismo. La política de sanciones
impulsada hasta entonces se ha revelado contraproducente: aparentemente
solo sirve para fortalecer al régimen. Y es necesario tomar la
iniciativa cuanto antes, pues la delicada situación económica de España,
en términos de hambre, miseria y desigualdad generalizadas, unida al
aislamiento exterior (salvo la Argentina de Perón), podría llevar a la
desestabilización del régimen, lo cual daría más campo de acción al
comunismo y descartaría otras opciones políticas más aceptables para
EE.UU. La situación militar no es menos penosa: a pesar de disponer de
más de 500.000 uniformados, a los que se pueden sumar casi 90.000
guardias civiles y policías nacionales (que se llevan, en conjunto casi
la mitad del presupuesto estatal), el Ejército español, con escaso y
obsoleto armamento, sería incapaz de resistir el ataque de otro “moderno
y bien equipado” y de defender sus fronteras y sus costas.
En este sentido, otro informe de la CIA
expresa el desiderátum de un futuro en el que el régimen de Franco ha
sido eliminado y en el que “la representación comunista en el régimen
que le suceda sea limitada o inexistente”, mientras que la URSS
preferiría, según el mismo informe, “la permanencia de Franco y el
aislamiento permanente de España respecto de cualquier fuente de ayuda
exterior, hasta que las condiciones internas estén maduras para la
revolución”[5].
Conviene retener ese concepto de un régimen sin comunistas en España,
pues será la opción que mantendrá EE.UU. hasta la transición, con
valedores tan ilustres como Henry Kissinger, Fraga o Areilza. Una
propuesta que también condicionará la dinámica de los grupos
antifranquistas -en el exilio.
La iniciativa en el cambio de actitud de
los países occidentales, se añade, debe partir de EE.UU. Aunque hubiera
sido deseable un planteamiento conjunto con los países de Europa
occidental, incluso añadiendo a España en el Plan de recuperación
europea (Plan Marshall), la aversión de los gobiernos y de la opinión
pública europea hacia el régimen de Franco lo hace inviable. Pero, por
otro lado, la integración de Europa occidental se considera “incompleta e
inadecuada sin España”, de modo que EE.UU. deberá articular un plan de
ayuda económica y militar bilateral, como ya estaba haciendo en Grecia,
Turquía y otros países fuera de Europa. Por lo demás, el régimen de
Franco también prefiere la opción bilateral para no tener que depender
del entendimiento con regímenes más o menos hostiles. En este caso se
trataba de la ayuda económica, pero se mantendrá una actitud parecida
cuando se aborde el acoplamiento de España en el esquema militar
atlantista.
Primera
página del mensaje del presidente Truman al Congreso el 12 de marzo de
1947 recomendando asistencia a los gobiernos de Grecia y Turquía,
considerado como la primera formulación de la doctrina Truman (Wikimedia
Commons)
Por lo demás, conviene recordar que por
esos años el panorama internacional se venía tensionando
progresivamente, de modo que las buenas relaciones de EE.UU. e
Inglaterra con el antiguo aliado, la URSS, duraron muy poco y algunos
líderes occidentales empezaron a decir que la guerra no había terminado,
aunque ahora cambiaran los enemigos. Con preocupación se veía desde
EEUU. e Inglaterra el incipiente proceso de descolonización, que
afectaba gravemente a esta última, así como a Francia, Bélgica y Países
Bajos; la primera guerra árabe-israelí, subsiguiente a la creación del
estado hebreo en 1947; el control progresivo de Stalin sobre los países
del Este (aunque fuera un aspecto negociado en Yalta) y la primera
crisis de Berlín. Pero quizá lo más impactante debió de ser la “pérdida
de China” y la Guerra de Corea, que obligaron por primera vez tras la II
Guerra mundial a desplazar hombres y ayuda militar masiva al lejano
Oriente[6].
Sin olvidar que la explosión de la primera bomba atómica de la URSS en
1949 revalidaba una proliferación nuclear iniciada en el momento en que
EE.UU. malogró en NN.UU. la propuesta de negociaciones para impedirla.
Como los ideólogos de la Restauración
veían la hidra de la Revolución francesa extenderse por toda Europa,
ahora se temía la “amenaza roja” (red scare) en todo el mundo, incluso en Europa occidental.
Hasta mayo de 1947 hubo ministros comunistas en Francia, Italia,
Bélgica, Finlandia e Islandia y la influencia y popularidad de los
PP.CC. era muy fuerte en los sindicatos, parte de la opinión pública y
la intelectualidad. En esta situación uno de los primeros informes de la
CIA, de 1947, señalaba que “el mayor peligro para la seguridad de
Estados Unidos reside en la posibilidad de un derrumbamiento económico
en Europa occidental y la consiguiente llegada al poder de elementos
comunistas”[7].
De donde sale la formulación de la ayuda a gran escala para la
reconstrucción de Europa, una idea articulada por secretario de Estado
Marshall y de su asesor George F. Kennan.
En ese contexto, las estrellas del
escenario mundial se iban alineando favorables hacia Franco. Pues ¿acaso
no había sido él uno de los primeros en alertar del peligro comunista y
en combatirlo a muerte en su propia casa y en las heladas estepas de
Rusia? Así pues, la postura de la CIA hacia Franco no era sino síntoma
de un estado de opinión que iba medrando entre muchos altos mandos
militares, congresistas y asesores del gobierno norteamericano. En 1947
Kennan había dicho que la recién formulada “doctrina Truman” —de la que
él mismo era principal autor intelectual, aunque luego mostró
discrepancias con su aplicación— implicaba una nueva perspectiva más
favorable hacia la España de Franco[8].
Pero antes que él, ya en 1945, el Pentágono y el Estado Mayor Conjunto
habían señalado el interés estratégico de la Península y en ubicar al
menos tres bases militares en España. Unos y otros siguieron presionando
al Departamento de Estado y al presidente, que acabaron cediendo. “A mí
Franco —le dijo Truman al almirante Sherman, Jefe de la VI Flota, a
quien poco después envió a negociar con Franco— no me gusta y nunca me
gustará, pero no permitiré que mis sentimientos personales invaliden las
convicciones de ustedes, los militares”[9].
Un cambio de opinión semejante mostró Dean Acheson, secretario de
Estado desde 1949. Y el encargado de EE.UU. en España, Paul T.
Culbertson, que en principio aconsejaba a su gobierno “un esfuerzo por
la cooperación, en vez de por el antagonismo” y “considerar la ayuda
directa” a Franco, pero condicionada a la disposición a hacer reformas,
luego debió aceptar que la ayuda se desligara de cualquier consideración
política[10].
Y, como en la Restauración, también la iglesia bendecía esta deriva, en
este caso por medio del cardenal Spellman y con la venia del Santo
Padre Pío XII. Se recordaba que la victoria de Franco en la Guerra civil
había sido, entre otras cosas, un valladar ante el avance general de la
secularización y la apostasía.
Todos eran muy conscientes del carácter
rígido y dictatorial del régimen y de las muy escasas ganas de Franco
por hacer reformas que no fueran de fachada, como la creación de las
Cortes, la definición de España como reino (sin rey) o las elecciones
municipales según los cánones de la “democracia orgánica”. Como le dice
Culbertson a Martín Artajo, ministro de Asuntos exteriores en 1947,: “…
España [es un] estado policial, donde hay represión política y donde
casi todo es considerado un crimen contra el Estado y, por tanto, sujeto
a juicio en consejo de guerra, cosas que son incomprensibles para la
opinión pública norteamericana…”[11].
Precisamente por eso habían sido los propios EE.UU. los que, pocos años
antes, habían propuesto a la Asamblea General de la ONU la exclusión
“del gobierno fascista del general Franco (…), impuesto por la fuerza al
pueblo español con la ayuda del Eje”[12].
Oscar Lange, el representante de Polonia en NN.UU., denunciaba incluso
que Franco amparaba a militares y científicos nazis, con los que
supuestamente trataba de llevar adelante investigaciones atómicas[13].
Pero los intereses estratégicos de
EE.UU., el anticomunismo visceral imperante y la dinámica expansiva del
gran capital norteamericano pronto dejaron de lado el afán de
propagación ecuménica de la democracia para colaborar o apoyar a “sons
of a bitch” como los Somoza, Trujillo o Franco cuando ello les convenía. Y no por casualidad se firmaron con pocas semanas de diferencia el
acuerdo bilateral España-EE.UU. y el nuevo concordato con el Vativano.
Los acuerdos bilaterales España-EE.UU.
fueron una pieza más de un esquema político global encaminado a asegurar
la hegemonía norteamericana mediante la “contención” (roll back)
de la influencia de la URSS y de los partidos comunistas tanto en el
plano internacional como en el interior de los países capitalistas y en
lo que pronto se iba a llamar “Tercer Mundo”. Pues para los EE.UU., como
para Franco, el campo semántico de “comunismo” va más allá de la URSS y
de los partidos de ese nombre, englobando a los sindicatos de clase,
los nacionalismos populares, como el de Lumumba en el Congo, Nasser en
Egipto o Mosaddeq en Irán, así como cualquier otro movimiento político
que pusiera en peligro los intereses de EE.UU. y de sus aliados.
En el plano militar, la política de
contención debe relacionarse con la articulación de Tratados de defensa
regionales (OTAN, CENTO, Pacto de Bagdad), tratados o acuerdos
bilaterales[15]
(Taiwán, Japón, Corea, Filipinas, España, etc.), y la proliferación de
bases militares por todo el mundo. La funcionalidad del Mando aéreo
estratégico (SAC), creado en 1947, con bombarderos dotados de armamento
atómico, así como la de la poderosa flota de submarinos y portaaviones,
pronto dotados también de propulsión y munición atómica, lo exigía. La
doctrina Truman también tenía sus flancos económicos (como el Plan
Marshall, germen del proceso de unificación europea, o el Plan de cuatro
puntos, destinado a países de África, Asia o Latinoamérica); de
espionaje y acciones encubiertas de la CIA, sin descartar asesinatos
como los de Patricio Lumumba o Mohammad Mosaddeq (directiva presidencial
NSC 10/2, inspirada también por Kennan); y de política cultural y
propaganda encaminada a difundir los valores, ideas y gustos estéticos
del llamado “mundo libre”, así como la utopía de los “átomos para la
paz”[16].
El informe de la CIA que comentamos
incluye dos notas que expresan la “discrepancia” del Departamento de
Estado y de la Inteligencia del Ejército de Tierra respecto de las
estimaciones de la Agencia. Si bien se comparte con ella la valoración
estratégica de la Península y la conveniencia del acercamiento a Franco,
no ven que la situación de su régimen sea tan vulnerable por el
deterioro económico (“la situación económica de la nación será crítica
en el invierno de 1948-1949”, afirma la CIA), ni por el creciente
descontento popular ni por la acción de los grupos de oposición
antifranquista. Estos, se dice, están divididos y Franco ha sabido
manejar a los monárquicos borbónicos mediante su entrevista con Don
Juan, que tácitamente descarta su acceso al trono y los planes
reformistas planteados en el manifiesto de Estoril (y también de algunos
generales monárquicos) ; los comunistas, tras el fracaso de la invasión
del valle de Arán, se hallan muy debilitados por la represión, y el
hambre y la miseria generalizadas, por sí mismas, no se ven como
factores suficientes para provocar un levantamiento popular, al menos a
corto plazo.
A pesar de todo, se detecta en todas
estas valoraciones cierto grado de incertidumbre, suficiente como para
aconsejar en todo caso esa ayuda directa a la España de Franco aun
cuando el dictador no muestre intenciones de hacer reformas internas,
que también perjudicarían a los grupos privilegiados que le apoyan,
singularmente el ejército y la iglesia. Queda latente la idea de que el
pueblo español, doce años después de comenzada la Guerra civil, sin ver
perspectivas de mejora para su situación de penuria y opresión, podría
llegar a un punto de malestar y desesperación que le hiciera apoyar
iniciativas encaminadas a derrocar la dictadura. En esa coyuntura, la
posible intervención de los comunistas, incluso con el apoyo de la URSS,
tendría una oportunidad. Y eso era tabú para las élites dirigentes de
EE.UU. y de sus países aliados[17].
España es de interés estratégico para la
seguridad de Estados Unidos debido a su posición geográfica, que la
convierte en una base potencial para operaciones en el área del
Mediterráneo occidental, y políticamente por la actual resistencia del
pueblo español a la penetración comunista. La situación en España afecta
al desarrollo de la política estadounidense en Europa porque el
gobierno totalitario y antidemocrático de Franco hace que España sea
inaceptable para las demás naciones de Europa Occidental como
participante en el programa de recuperación europeo y en la Unión
Occidental. Los aspectos políticos del Protocolo de España con Argentina
son de interés para la política de Estados Unidos en el hemisferio
occidental y su doctrina de la hispanidad afecta los intereses de
Estados Unidos en todas las naciones latinoamericanas y en la República
Filipina.
En términos económicos, España es
relativamente poco importante para Estados Unidos, excepto en la medida
en que Estados Unidos pudiera tener que negar a sus enemigos materias
primas estratégicas españolas. Normalmente, menos del dos por ciento de
las exportaciones estadounidenses van a España, mientras que menos del
uno por ciento de las importaciones estadounidenses provienen de ese
país.
El poderío militar de España es escaso,
aunque sus fuerzas armadas se mantienen en una dotación numérica de más
de 500.000 efectivos y casi la mitad del presupuesto nacional se dedica a
los estamentos militares y policiales. Estas fuerzas carecen de equipos
modernos y su entrenamiento se ve limitado por la escasez de petróleo y
gasolina. España no podría repeler el ataque de un ejército moderno y
fuerte. Sus capacidades militares no pueden mejorar eficazmente sin
armas, aviones y equipos de origen extranjero. El desarrollo económico
nacional está retrasado y la capacidad de producción bélica es
insuficiente para sostener a las fuerzas armadas, excepto en breves
combates. Aunque existen importantes yacimientos de minerales
estratégicos, estos no son suficientes como para satisfacer las demandas
de la guerra. En caso de guerra, Franco probablemente se alinearía, si
fuera el caso, con las potencias occidentales, tanto por conveniencia
como por su genuino aborrecimiento de la expansión comunista. Sin
embargo, en primer lugar trataría de permanecer neutral.
La producción agrícola e industrial
española no ha recuperado el nivel alcanzado antes de la Guerra civil de
1936-39. La modernización y renovación de los equipos son muy
necesarias en todos los ámbitos, pero la posición cambiaria de España es
extremadamente débil.
Al final de la Segunda guerra mundial, a
España se le negó la admisión en la ONU como antiguo colaborador del
Eje. Desde diciembre de 1946, el Gobierno se encuentra ante desventajas
específicas derivadas de una resolución de la Asamblea General de la ONU
que, tras censurar a Franco por sus antiguos y estrechos vínculos con
la Alemania nazi y por su régimen totalitario de derechas, excluía a
España de la participación en organismos internacionales o dependientes
de la ONU y recomendaba la retirada de Madrid de ministros y embajadores
de los países miembros. Los cálculos del general Franco incluían la
posibilidad de que el peligro de guerra entre la URSS y las democracias
occidentales ensombreciera las razones de este aislamiento diplomático y
económico internacional y condujera, si no a la plena normalización de
sus relaciones internacionales, a la concesión de ayudas directas por
parte de Estados Unidos en forma de créditos y bienes necesarios para
rehabilitar la economía española y equipar a sus fuerzas armadas.
Estados Unidos, sin embargo, no se ha desviado en el caso de España de
su política general respecto a todas las naciones de Europa Occidental:
es decir, la acción a través de acuerdos multilaterales y de la ONU.
Debido a su oposición a Franco, las 16 naciones europeas afectadas han
excluido a España del programa de recuperación europeo.
Todavía no está claro qué línea adoptará
finalmente Franco para hacer frente a esta situación. Durante 1947 y el
verano de 1948 optó por acercarse a Argentina en las relaciones
exteriores, obteniendo de Perón en momentos cruciales dos grandes
empréstitos para importaciones de alimentos, por lo que expresó su
solidaridad con las propuestas de Perón de una “tercera posición
internacional” al margen del bloque comunista o del “capitalista”. En
política interna, volvió a enfatizar las teorías falangistas de la
autosuficiencia nacional bajo una estrecha regimentación económica y
social y la negación de la libertad de prensa y política. Adoptó una
actitud intransigente ante las sugerencias del Departamento de Estado de
los Estados Unidos de que mejorara su posición internacional
desfavorable mediante la liberalización de su régimen, haciéndolo más
aceptable para la opinión pública de los Estados Unidos y de las
naciones de Europa Occidental. Sin embargo, en vísperas de la Asamblea
General de la ONU de 1948 en París (donde la cuestión española se ha
incluido en el orden del día a petición de Polonia), cedió terreno al
anunciar que se permitirían elecciones municipales y renovó esfuerzos
para obtener un acercamiento al pretendiente español, Don Juan.
Aunque objetable para un gran número de
españoles, el gobierno del general Franco ha sido capaz de permanecer en
el poder durante nueve años después de obtener el dominio del país en
la Guerra civil de 1936-39. Bajo este régimen, España es un “Estado
autoritario, nacionalsindicalista” que, por razones de estrategia
política, ha sido proclamado “reino”. El legítimo pretendiente al trono
está en el exilio y el Gobierno en la práctica es una dictadura bajo el
General Franco, que por ley es Jefe de las Fuerzas Armadas y Jefe del
Estado, sin límite en su mandato y con derecho a nombrar a su sucesor.
El gobierno ejerce un control absoluto sobre la prensa y la propaganda,
ha suprimido las libertades civiles y políticas y suprime por la fuerza
toda oposición política, incluida la de los monárquicos. Ha regimentado
la economía nacional hasta el punto de que casi asfixia a la empresa
privada.
La mayoría de los españoles son
amistosos con Estados Unidos y hostiles hacia la URSS. Como la oposición
proletaria a Franco ha perdido su antigua esperanza de que las
democracias intervinieran para derrocar al régimen, algunos sectores
tienden a orientarse hacia el Partido Comunista de España. Las fuerzas
liberales moderadas se han visto debilitadas por la represión y por su
incapacidad para unirse. Si estos procesos continuaran, en última
instancia, sólo los comunistas, ahora una minoría desacreditada, podrían
estar preparados para actuar con disciplina y obtener ayuda externa en
caso de que una emergencia debilitara al Gobierno.
La estabilidad del actual Gobierno
depende sobre todo del mantenimiento de una fuerza física y una
capacidad para mantener en pie la tambaleante economía nacional. Franco
no ha dado ninguna indicación de que vaya a renunciar voluntariamente a
su autoridad y no hay una señal alguna de que el Ejército vaya a
retirarle su apoyo. Sin embargo, la fiabilidad futura de este apoyo
dependerá en gran medida de las tendencias económicas. En el mejor de
los casos, en el futuro previsible, Franco tendrá que continuar con su
costumbre de maniobrar para mantener el equilibrio entre los tres
pilares de su poder, a saber: el Ejército, la jerarquía católica
española y el “partido” unitario de tipo fascista conocido como Falange
Española. Franco ha utilizado y coordinado hábilmente a estos grupos a
pesar de sus antagonismos, pero su Gobierno no ha logrado la unidad
nacional. Es fuerte porque mantiene a la población sometida y ha
mantenido vivos los temores mutuos de represalias entre los españoles
que tomaron bandos opuestos en la Guerra civil.
Un levantamiento popular contra Franco
es poco probable. Una coalición de fuerzas centristas antifranquistas,
que integre grupos monárquicos, socialistas y obreros, en el interior y
fuera de España, está siendo buscada por los líderes del exilio con el
fin de obtener una transición pacífica del antiliberalismo franquista a
un régimen más moderado. Incluso si tal grupo demuestra una capacidad de
acción unificada, tendrá éxito contra el poder atrincherado del régimen
solo si obtiene el apoyo moral de las potencias occidentales o es capaz
de capitalizar, posiblemente a través de la presión de los banqueros
españoles, la debilidad financiera y la posición económica vulnerable
del gobierno. En cualquier caso, sería necesario el respaldo de un
fuerte grupo de generales del ejército español para inducir a Franco a
ceder su poder.
Por lo tanto, la única amenaza seria
para el régimen en el momento actual radica en la precaria situación
económica. Parece dudoso que pueda darse una ayuda inmediata a través de
Naciones Unidas o de canales similares. Se han denegado créditos
solicitados a fuentes privadas en el extranjero, principalmente debido a
la falta de confianza en la estabilidad a largo plazo del régimen y a
sus restricciones a las inversiones extranjeras y a la libre empresa.
Los acuerdos comerciales bilaterales concluidos durante 1947 y 1948,
además de los beneficios indirectos del programa europeo de
recuperación, han comenzado a proporcionar cierto alivio y probablemente
continuarán haciéndolo el próximo año. Estos beneficios pueden evitar,
al menos temporalmente, el peligro de un colapso económico.
Mientras se sienta capaz de mantener la
situación económica bajo control, es poco probable que Franco haga
concesiones importantes hacia la evolución democrática y puede haber una
prolongación del sistema totalitario español bajo su mando. Como
perspectiva a largo plazo, ello probablemente conduciría a una explosión
violenta de fuerzas populares, en la que los comunistas disfrutarían al
menos de una ventaja inicial. La perspectiva a corto plazo, sin
embargo, es que la situación económica de la nación será crítica durante
el otoño y el invierno de 1948-49; si no se produce ningún
acontecimiento llamativo que invierta esta perspectiva, Franco
continuará bajo presiones internas y externas que pueden obligarle a
hacer cambios básicos de política, alterando radicalmente el carácter de
su régimen, o a abandonar el poder. Su capacidad para resistir estas
presiones se verá mermada si se produce un marcado contraste entre el
ritmo de rehabilitación económica de España en el marco de los acuerdos
bilaterales y el ritmo de recuperación de los demás países de Europa
occidental en el marco de los acuerdos internacionales. Por otra parte,
si decide a hacer cambios de política y a reformar el Gobierno para
satisfacer estas presiones, tendrá que correr el riesgo de una fuerte
oposición y de un posible derrocamiento a manos de las fuerzas cuyos
intereses creados se verían amenazados por el cambio.
Discrepancia de la Oficina de Investigación de Inteligencia. Departamento de Estado.
El organismo de Inteligencia del
Departamento de Estado no puede estar de acuerdo con el informe en
cuestión, particularmente en lo que respecta a las secciones I y II que
analizan la situación económica general en España y la posición del
régimen franquista. En nuestra opinión, las perspectivas económicas en
España no son tan desfavorables como se da a entender en el informe y
que no cabe esperar ningún cambio político en un futuro próximo. En la
actualidad existe una clara tendencia hacia la mejora de la posición
internacional de España, lo que bien puede fortalecer al régimen
franquista tanto económica como políticamente. Por una parte, el aumento
del número de acuerdos comerciales bilaterales con países de Europa
Occidental y América Latina, junto con las ayudas indirectas derivadas
de la asistencia de la ERP[19]
a los países de Europa Occidental, deberían mejorar la posición
económica de España; por otro, varios países latinoamericanos acreditan
Jefes de misión en Madrid, lo que permitirá a Franco escapar, al menos
en parte, a las cargas del aislamiento diplomático impuesto a España por
la Asamblea General de la ONU. En vista de la creciente división
Este-Oeste, Franco puede esperar recibir un apoyo cada vez mayor,
directo o indirecto, de las potencias occidentales.
Discrepancia de la División de Inteligencia. Departamento del Ejército de Tierra
La División de inteligencia del Ejército
de tierra disiente sustancialmente de las conclusiones expuestas en
este documento en cuanto a los probables acontecimientos futuros en
España que afectarán a la seguridad de los Estados Unidos. Estas
conclusiones son que, si bien no es probable que se produzca ningún
cambio en seis meses, la situación en España es, en última instancia, de
peligro para los Estados Unidos debido a la posibilidad de que los
comunistas dominen la zona. Se indica que tal dominación podría ser el
resultado de (a) una revolución ayudada por la URSS, o (b) una agresión
militar por parte de la URSS.
A.- En cuanto a la primera posibilidad,
la revolución, el informe afirma que las clases trabajadoras
insatisfechas son receptivas ante la propaganda comunista. Además, está
implícito el supuesto de que no es posible una evolución hacia una forma
de gobierno política y económicamente más satisfactoria dentro del
régimen franquista y que no se puede esperar un alivio de las presiones
impuestas interna y externamente. Esta división, por otra parte, cree
que la revolución es improbable. Considera que el gobierno de Franco es
uno de los más estables de Europa occidental y cree que los españoles
son mucho menos susceptibles a la propaganda comunista que los de
Francia o Italia. Esta división también cree que, dada su fuerza y
estabilidad actuales, el régimen franquista puede comenzar a implementar
ciertos planes de evolución interna largamente pensados que, a su vez,
ayudarán a aliviar las presiones externas. Que la situación exterior no
es estática lo demuestra la mejora de las relaciones españolas con
muchos países durante el último año, y en particular con Francia, donde
el sentimiento antifranquista ha tenido una gran fuerza. Que la
situación interna no es estática lo demuestra el compromiso parcial
entre Franco y Don Juan y el anuncio de las próximas elecciones
municipales.
B.- En cuanto a la segunda posibilidad,
la agresión militar directa por parte de las fuerzas soviéticas, se cree
imposible a menos que la URSS domine primero la mayor parte de Europa
Occidental, incluyendo Francia o Italia. Este conjunto de circunstancias
no se menciona en el documento, lo que deja a uno con la impresión de
que la agresión podría emprenderse desde las bases actuales en la URSS o
en los países satélites, sin una guerra europea o mundial.
C.- La División de Inteligencia del del
Ejército de tierra considera que el documento no pone de manifiesto los
dos problemas más acuciantes que afectan a la seguridad de los Estados
Unidos y que presenta la situación española. En primer lugar, la
potencial importancia estratégica de España para los Estados Unidos en
caso de guerra con la URSS hace extremadamente grave la actual frialdad
de las relaciones entre España y los Estados Unidos. En segundo lugar,
la importancia estratégica de Europa occidental para los Estados Unidos
en su conjunto hace igualmente grave la actual frialdad de las
principales naciones de Europa occidental hacia España. Estados Unidos
ha demostrado que reconoce la importancia que tiene para su propia
seguridad la integración de Europa Occidental en los planos económico,
político y militar. Tal integración es incompleta e inadecuada sin
España; sin embargo, España ha sido excluida de todos los movimientos en
esta dirección. La División de inteligencia del Ejército de tierra es
consciente de que el problema de la incorporación de España al grupo de
naciones occidentales es difícil, pero no lo considera insoluble. Esta
división cree que la evolución dentro de España no sólo es posible sino
probable y considera que la evolución conducirá a mejores relaciones con
las potencias occidentales, incluidos los Estados Unidos, con la
posible inclusión final de España en el sistema de defensa occidental.
Sin embargo, si los esfuerzos por lograr una cierta unión de las
naciones de Europa Occidental fracasaran o resultaran tan insuficientes
que no merecieran más estímulo o apoyo de los Estados Unidos, el valor
estratégico de España para los Estados Unidos justificaría mayores
esfuerzos por su parte para establecer una cordialidad plena en las
relaciones entre los dos países.
Notas
[1]
Informe secreto de 100 páginas fechado el 15 de noviembre de 1948 y
titulado simplemente “SPAIN”. Aquí reproducimos el “sumario”, pp. i-viii
que corresponde a la Sección I (Situación Política). En
https://www.cia.gov/readingroom/docs/CIA-RDP78-01617A001500020001-2.pdf AQUÍ . Gregorio Santiago Díaz, “Vivimos sobre un volcán”. ¿Pudo derrocar el hambre a Franco? (1948-1951)”, en Historia Actual on line, 63, 2024.
[2] Ángel Viñas, En las garras del águila. Los pactos con Estados Unidos, de Francisco Franco a Felipe González (1945-1995), Barcelona, Crítica, 2003, pp. 57-61; Paul Preston, Franco, Caudillo de España, Debate, Barcelona, 2015, pp. 636-639 y 646-647.
[3]
Se recordará que Lequerica había sido embajador de Franco en la Francia
de Vichy, donde colaboró con la Gestapo y destacó por su dura
persecución de los exiliados republicanos españoles.
[4] En total hay unos quince, pero es difícil precisarlo pues no están ordenados cronológicamente.
[5] “Probable Soviet & Soviet-inspired reactions to the SWNCC Recommendations of US Aids to Spain”, 18 de agosto de 1947. AQUÍ (https://www.cia.gov/readingroom/docs/CIA-RDP78-01617A003000010003-4.pdf .).
[6] Nicolás Sesma, Ni una, ni grande, ni libre. La dictadura de Franco. Ed. Crítica, Barcelona, 2024, p. 284.
[7] Tony Judt, Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, Taurus, Madrid, 2013, p. 151.
[8] Walter LaFeber, America, Russia and the Cold War, 1945-1996, McGraw Hill, 1999, p. 127.
[10] “Nota del encargado de España al Secretario de Estado de 30 de diciembre de 1947. En Fernando Díaz Plaja, La España Franquista en sus documentos, Barcelona, Plaza Janés, 1976, pp. 232-235.
[13]
Ambas cosas eran ciertas, pero no en los términos expresados por Lange,
pues no se trataba de fabricar bombas atómicas (en ese momento).
[14]
La frase se atribuye a F.D. Roosevelt por referencia al dictador
nicaragüense Somoza. “He may be a son of a bitch, but he’s our son of a
bitch”. No está clara la atribución, pero sí su pertinencia expresiva en
los ejemplos mencionados.
[15]
Los tratados implicaban un compromiso de defensa mutua en caso de
ataque de un tercer país. España, aunque logró en 1976 que se denominara
“tratado” a su relación con EE.UU. no tuvo nunca ese compromiso.
[16] Ver Frances Stonor Saunders, La CIA y la Guerra fría cultural, Debate, Madrid, 2001.
[17] Gregorio Santiago Díaz, “Vivimos sobre un volcán”. ¿Pudo derrocar el hambre a Franco? (1948-1951)”, en Historia Actual on line, 63, 2024.
[18] La información contenida en este informe corresponde a septiembre de 1948.
Este informe cuenta con la anuencia de
los organismos de inteligencia de la Armada y la Fuerza Aérea. Las
discrepancias de la Oficina de Investigación de Inteligencia del
Departamento de Estado y de la División de Inteligencia del Departamento
del Ejército aparecen inmediatamente después del resumen.
[19]European Recovery Program, Programa de recuperación europea, más conocido como “Plan Marshall” (n. del t.)
Los grises cargan contra manifestantes durante una huelga en 1968. (DP)
5. La lucha armada
Cristian Cerón y Francisco Lara, en su libro sobre el Frente de Liberación Popular (Catarata, 2022), comienzan de este modo el capítulo titulado La lucha armada:
«En la vivienda clandestina madrileña de la carretera de Aragón un
joven gaditano trata de convencer a sus compañeros sobre un mapa de la
situación insostenible de los campesinos andaluces, lo que permitiría
montar un foco guerrillero en la sierra de Cazorla (Jaén)». En las
memorias de José Luis Leal no se cuenta nada sobre cómo
se debatió el asunto de la lucha armada. ¿Quién fue ese «joven
gaditano» que propuso poner en marcha una guerrilla? García Alcalá,
en su tesis doctoral, donde incluye entrevistas con antiguos militantes
del FLP, aporta mucha información sobre cómo se trató este peliagudo
asunto en el Frente. En Queríamos la revolución (Flor del Viento, 1998), García Rico sí dice abiertamente que el gaditano José Pedro Pérez-Llorca
puso la posibilidad de la violencia como vía para la revolución sobre
la mesa. Aunque es verdad que los felipes no llevaron a cabo ninguna
acción violenta, es comprensible que algunos de los autores consultados
se autocensuraran a la hora de afirmar que alguien tan relevante como
José Pedro Pérez-Llorca, padre de la constitución, ministro y fundador
de uno de los despachos de abogados más influyentes de España, había
tenido de joven la idea de usar la lucha armada para acabar con la
dictadura.
Estamos en 1960, Fidel Castro y unos guerrilleros barbudos han conseguido acabar con la dictadura de Batista
en Cuba desde su base de sierra Maestra. La repercusión de la
revolución cubana llegó a los oídos de los felipes, que acababa de
fundar un grupo insurgente. Algunos militantes de exterior tuvieron una
entrevista con el comandante Gutiérrez Menoyo, uno de
los lugartenientes de Castro en Cuba. Este los animó a iniciar un
proceso parecido al que ellos habían emprendido con éxito en la isla
caribeña. Durante un tiempo hubo contactos y Menoyo prometió ayuda
material a los jóvenes españoles. Parece ser que el mismo Che Guevara terminó abortando el apoyo de la revolución cubana al FLP.
Más
tarde, con la intermediación del gobierno de la República Española en el
exilio, entraron en contacto con autoridades yugoslavas. Se mandó a
varios efectivos a Belgrado para recibir «formación teórica y práctica».
Esta última, la «formación práctica», según pensaban los activistas
españoles, sería mayormente entrenamiento guerrillero.
José Manuel Arija,
en entrevista con García Alcalá, afirma: «Pero luego no hubo nada. La
formación teórica nos la dimos nosotros solos (…) Y de la formación
guerrillera que pensábamos recibir, no hubo nada, nada en absoluto». De
aquella experiencia balcánica venía José Luis Leal cuando acudió a la boda de Juan Carlos de Borbón en Atenas.
Finalmente,
el único apoyo recibido por los yugoslavos fue el pago de un viaje a
Túnez para contactar con el Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino
que realizó Nicolás Sartorius. Así lo cuenta el luego
líder del PCE: «Yo hice un viaje a Túnez ayudado por los yugoslavos,
para tomar contacto con el FLN argelino. Les presentamos un informe en
la idea de una posible guerra de guerrillas en España, pero luego eso no
tuvo continuidad. No se llegó a nada». Parece que los argelinos no
dieron respuesta; se entiende que no tomaron muy en serio la propuesta
de Sartorius.
No todos los felipes estaban de acuerdo con la idea de la lucha armada, algunos lo veían como una idea «infantil». Fernando Martínez Pereda
lo contó así: «Nos pareció un disparate absurdo. ¿A dónde íbamos a ir?
¿A la sierra de Cazorla para que nos coja la guardia civil?, O hacemos
como luego le ocurrió al FRAP, ocultándonos como las ratas para luego
matar a un pobre guardia. ¿Qué vamos a hacer? ¡Ir con la merienda a Cercedilla en el tren! Aquí no hay una estructura con un 80 % del campesinado como en Argelia». Joaquín Aracil
lo tenía claro: «Yo, ¿cómo voy a ponerme a disparar? Tengo que sentir
odio hacia la guardia civil. Yo en este momento siento odio, pero no lo
suficiente como para ponerme a disparar y matar».
Pero los más lanzados siguieron adelante. Valeriano Ortiz, alias «Nikita», pidió permiso para comprar un lote de armas en el mercado negro. Antonio López Campillo
recuerda que: «Se compraron unas pistolas que eran lamentables, muy
viejas. Se compró también una metralleta Stein que seguramente nos
hubiera matado. Los tiros al saltar nos matan, las balas no llegan a
ningún lado». Luego se adquirieron armas de mejor calidad, «un
Winchester que era carísimo» y, gracias a los conocimientos químicos de
uno de ellos, se fabricaron explosivos.
En el fondo no había una determinación seria para pasar de la teoría a la práctica. Así recuerda a sus compañeros Rodolfo Guerra:
«Todos los que yo me topé eran unos aficionados, no estaban preparados
para realizar los objetivos del FLP. Y si lo hacían iban a ir todos a la
cárcel o frente pelotón de ejecución. Y otros hablaban mucho pero
cuando recibían el camión con armas o se les decía: «atraca un banco»,
como en realidad eran unos hijos de papá, se acojonaban como el que
más». Entre algunos miembros de la organización corrió el rumor de que
Fidel Castro, a través de los yugoslavos, les había regalado un camión
lleno de armas. Dicho vehículo y su cargamento nunca aparecieron.
Finalmente se decidió «abandonar» la lucha armada. Se abandonó una vía
que nunca se había iniciado.
6. Más redadas
En 1962
hubo otra gran redada que diezmó de nuevo el FLP. Esta vez, la
organización había actuado como propagador de la información sobre las
huelgas en Asturias. Para entonces ya se habían creado las dos
franquicias del frente: en Euskadi con el nombre de Euskadiko
Sozialisten Batasuna (ESBA); y en Cataluña llamada Frente Obrero de
Cataluña (FOC). Entre los detenidos estaba el sacerdote José Bailo Ramonde
(A Coruña, 1929). Este cura con fama de «abierto y lanzado», después de
terminar sus estudios en el seminario de Comillas, hizo oposiciones al
Cuerpo Castrense (sacerdote del Ejército) y sacó el número dos. Valencia
fue su primer destino y allí entró en contacto con estudiantes de la
ASU (Asociación Socialista Universitaria) que estaban en la cárcel.
Cuando esta organización se integró en el FLP, el sacerdote también lo
hizo. Influyó en su decisión que los dirigentes del Frente fueran amigos
del padre Jesús Aguirre, luego duque consorte de Alba.
El cura
Bailo sabía que podía ser torturado. Cuando entraron en su celda para
interrogarlo, decidió ponerse solemne. Se puso en pie y delante de los
policías levantó la mano derecha como si fuera a iniciar una bendición.
Ante la sorpresa de los agentes —que sabían que era sacerdote— dijo con
el mismo tono que usaba para predicar desde el púlpito: «El que pusiere
la mano sobre un ministro del Señor será excomulgado». Los policías se
quedaron paralizados. Se miraron los unos a los otros y, por si acaso,
ninguno de ellos tocó un pelo de aquel representante de Dios en la
tierra. Bailo cuenta que al poco de entrar en el FLP recibió una
invitación para reunirse en París con Santiago Carrillo y Jorge Semprún. Querían ficharlo para el PCE. Acudió a la cita, pero se mantuvo fiel a los felipes, sus nuevos compañeros.
En 1969, después de haber pasado cuatro años en la cárcel, Bailo, que ya no era sacerdote, fue arrestado de nuevo junto con Enrique Ruano y su novia Dolores González.
Se les acusaba de arrojar a la vía urbana propaganda de Comisiones
Obreras. Se les detuvo en un bar hasta el que los siguió el policía que
los había visto lanzando las octavillas. En el bar se pudo comprobar que
estaban en posesión de «documentos relacionados con actividades clandestinas de carácter comunista».
A Ruano le encontraron las llaves de un piso que no era su domicilio.
Argumentó que era el lugar que utilizaba para ocultarse. La policía lo
llevó al inmueble y procedió a registrarlo. Según la versión oficial,
Ruano, tras una breve carrera, se arrojó al vacío por un patio interior
desde la séptima planta que ocupaba el piso. Para apoyar la versión del
suicidio, la policía aportó como prueba parte del diario íntimo del
fallecido. El documento en realidad era una carta dirigida al psiquiatra
Castilla del Pino en la que le contaba sus problemas sentimentales y sus esporádicos pensamientos de quitarse la vida. El diario ABC, alineado con las fuerzas represivas del régimen, publicó aquellos textos manuscritos por Ruano.
Entre
las detenciones de 1962 y la muerte de Enrique Ruano, los felipes
continuaron con su actividad política. Se celebró un congreso en la
localidad de Pau (Francia): primer congreso y último; sufrieron
escisiones como la creación de Acción Comunista (AC) por los más
radicales; publicaron revistas y periódicos como Voz Obrera, Crítica y Vanguardia Roja y se reunieron con Marcelino Camacho,
histórico líder del sindicato Comisiones Obreras (CCOO), organización
que en noviembre de 1967 había sido declarada «ilegal y subversiva» por
el Tribunal Supremo. Tras el contacto con Camacho, los felipes ayudaron a
la implantación de CCOO en varias fábricas. Entre las peripecias más
rocambolescas de los militantes del FLP están las escapadas del país a
través de la embajada de Colombia (protagonizada por Juan Tomás de Salas) y con la ayuda de la embajada de Uruguay en el caso de Ignacio Fernández de Castro. En ambos casos la ayuda del sacerdote Jesús Aguirre
y de sus buenos contactos fue crucial. El relato del refugio y fuga de
Tomás de Salas es más divertido que el de Fernández de Castro.
Durante
aquella segunda mitad de la vida del FLP, Julio Cerón, aunque desterrado
al pueblo de Alhama de Murcia, seguía siendo muy importante para la
organización. Según cuenta Carlos Semprún Maura en sus memorias (y recoge Eduardo G. Rico en Queríamos la revolución
(Flor del Viento, 1998), Cerón no paraba de escribir cartas a los
militantes. Con ellas intentaba matar el aburrimiento y aprovechaba para
impartir doctrina política. Una de las misivas dirigidas a la
Federación Exterior del FLP cayó en manos de Carlos Semprún, que se
encontraba en París. En la carta Cerón pedía que lo liberasen y lo
ayudaran a escapar ilegalmente al extranjero. Semprún mandó a dos
estudiantes belgas a Murcia para confirmar la intención de su líder. De
vuelta en la capital francesa, los chicos confirmaron el deseo de fuga
del diplomático. Semprún encargo la peligrosa acción a Henri Curiel
y a su grupo de mercenarios. Curiel, nacido en Egipto y líder del
partido comunista egipcio hasta su expulsión, había colaborado con el
FLN argelino y con otros movimientos de liberación de países
tercermundistas. El plan consistía en que el día X a la hora Y, Cerón
saldría a dar un paseo. Se toparía con una furgoneta dirigida por un
«camarada» chófer y con un sacerdote de copiloto. Llevarían un pasaporte
falso y los utensilios para afeitar la siempre abundante barba de
Cerón. En el interior del vehículo también encontraría una sotana o un clergyman
para disfrazarse de cura. De Murcia a Valencia y de allí a Roma, donde
Julio Cerón daría una conferencia de prensa que sería un golpe de efecto
publicitario que haría que todo el mundo conociera la lucha por la
libertad del FLP. Cerón había participado en el diseño del plan; de ahí
el disfraz de sacerdote. Según Semprún, era necesaria una foto sin barba
de Cerón y para ello se utilizó al escritor Mario Vargas Llosa,
compañero en la radio oficial francesa, que pensaba pasar las
vacaciones de verano en la costa mediterránea, para que visitara a
Cerón. De vuelta en París el escritor peruano dijo a Semprún que todo se
cancelaba porque Cerón había recibido la visita de la policía y que
estos conocían los planes de fuga, el itinerario e incluso el disfraz.
La conclusión de Semprún en sus memorias es que Cerón se había inventado
esa visita de la policía española debido a que veía que, gracias a sus
muchos y buenos contactos, en breve se solucionaría su situación y le
daba pereza lo rocambolesco del plan. En 1996, en un artículo de El País, Mario Vargas Llosa contó una versión ligeramente diferente de la peripecia:
Recorrí
la península en una Dauphine con placa francesa, que echaba humo como
una chimenea y cuya sed abrasadora había que aplacar con baldazos de
agua cada diez kilómetros. Cuando llegué a Alhama a don Julio Cerón el
plan de fuga le pareció sin pies ni cabeza y me despachó de vuelta a
Barcelona, después de convidarme a un pollo frito y una conversación
sobre las novelas de Juan y Luis Goytisolo. En Calafell, me esperaba
otro ‘felipe’ con instrucciones de la dirección —algo tardías— de
cancelar el viaje a Alhama.
A
comienzos de los años 70, Julio Cerón fue rehabilitado como diplomático y
destinado a la embajada de España en París donde trabajó para la
UNESCO. El obituario que Miguel Ángel Aguilar le dedicó en El País
en 2014 dice, con mucha ironía, que le ofrecieron ir a la Santa Sede y
que se negó argumentando que si, como tarea diplomática, debía influir
para conseguir el nombramiento de un papa español, debían nombrarlo a él
y solo a él. Falleció en 2014 en el castillo de Caussade (Perigueux,
Francia).
6. La nueva izquierda. Mayo del 68
En el prólogo a Queríamos la revolución (Flor del Viento, 1998), libro de Eduardo G. Rico sobre el «FELIPE», Joaquín Leguina
(que fue miembro del FLP) escribe sobre las intenciones y objetivos del
FLP: «¿Sabíamos lo que queríamos? Quizá no, al menos, no lo sabíamos
con precisión, pero sí sabíamos lo que no queríamos». Las protestas de mayo del 68
en París se podrían explicar de la misma manera. Los estudiantes que se
manifestaron en mayo del 68 pertenecían a familias burguesas o de clase
media-alta. Los fundadores del FLP tenían la misma extracción social.
Los objetivos e intereses de los estudiantes franceses, en el fondo,
eran diferentes de aquellos por los que apostaban los proletarios del
Partido Comunista de Francia y de la Confederación General del Trabajo,
el sindicato mayoritario francés. Lo mismo ocurrió en España con el FLP y
otros grupos similares. No les gustaba lo que había —y por eso
protestaban—, pero no tenían claro lo que querían.
«Sed
realistas, exigid lo imposible»; «Prohibido prohibir»; «Bajo los
adoquines está la playa»; «Somos demasiado jóvenes para esperar». Estos
eslóganes es lo que queda de las revueltas de París. Mayo de 68 se
caracterizó por el culto a la estética de la revolución; lo mismo se
puede decir del FLP. José Pedro Pérez-Llorca recuerda a Julio Cerón de
este modo:
Por
encima de aquel juvenil anhelo pervive en mí el recuerdo de un Julio que
me escandalizaba diciendo que «La política es ante todo un imperativo
del buen gusto, el país no nos gusta ni nos puede gustar, por eso
queremos cambiarlo. Estamos atrapados, además de por la Dictadura, por
la mediocridad del ambiente».
Julio Cerón describía así a a los primeros felipes:
Grupúsculo extremista y sabiamente rabioso, al que acudían seres llenos de entrega y ardor.1
Las revueltas del mayo del 68 terminaron con la famosa frase de De Gaulle: «La reforme oui; la chienlit, non!»
(la reforma sí, el desorden no). Si analizamos aquellos hechos con la
distancia que ofrecen los cincuenta y cinco años transcurridos, los
resultados fueron bastante pobres; poco o nada cambió. Sobre lo ocurrido
en Francia en 1968 los críticos más benevolentes, admitiendo que no se
consiguieron los objetivos, argumentan que al menos se pusieron encima
de la mesa los temas que serían clave en el final del siglo XX: el
pacifismo, la ecología y el feminismo. Los críticos más severos opinan
diferente: Gilles Lipovetsky calificó el movimiento de «laxo y relejado». El historiador Eric Hobsbawm
calificó el marxismo de los estudiantes franceses de «peculiar, con una
orientación universitaria, combinado con otras modas académicas del
momento y, a veces, con otras ideologías, nacionalistas o religiosas,
puesto que nacía de las aulas y no de la experiencia vital de los
trabajadores».
El intelectual Michel Clouscard fue más allá. Describió las revueltas como «un enorme happening»,
como «toma de la Bastilla fantoche», como algo más parecido a un
«psicodrama» que a una experiencia revolucionaria. En sus libros El capitalismo de la seducción y Neofascismo e ideología del deseo
sitúa en mayo del 68 el comienzo del proceso según el cual la izquierda
abandonó la idea de trasformar la sociedad y de la lucha de clases para
tomar la bandera de las luchas individuales e identitarias. Clouscard
llega incluso a acusar a estos movimientos de «nueva izquierda» de hacer
el juego al capital y a los poderes fácticos:
Mayo
de 1968 anunció además el reparto del pastel entre los tres poderes
constitutivos del consenso actual: liberal, socialdemócrata, libertario.
Al primero se le devolvió la gestión económica, al segundo la gestión
administrativa, al tercero la de las costumbres transformadas en
necesidad del mercado del deseo. Tenemos así la nueva Francia.
En 1968,
José Luis Leal aún no había cumplido los veintiocho años y era profesor
de la universidad parisina de la Sorbona. Entre sus alumnos estuvo Daniel Conh Bendit, líder estudiantil de las revueltas. En sus memorias recuerda con emoción y nostalgia aquel movimiento estudiantil.
7. Disolución del FLP
A
comienzos de 1969, un grupo de disidentes del FLP redactó un documento
proponiendo la creación de un nuevo partido que acabaría llamándose
Partido Comunista Revolucionario (PCR). La nueva formación tenía como
principal objetivo representar la «vanguardia del proletariado». Aquel
nuevo grupo, del que el cura Bailo era uno de los principales artífices,
significó el final del FLP. Muchos militantes, como Nicolás Sartorius,
se marcharon al PCE y otros, como explica Pablo Lizcano en su libro La generación del 56,
se pusieron a hacer oposiciones a la administración obligados por sus
padres. Se terminaba la vida universitaria y empezaba la realidad.
José Pedro Pérez-Llorca lo explica con claridad:
Terminado
el curso, mi muy inteligente madre, que se percató de mis andanzas, me
empaquetó sin apelación para Friburgo de Brisgovia, en cuya acogedora
universidad, y haciendo diversos trabajos, pasé una buena temporada.
Siguiendo el consejo de Julio Cerón, el estudiante gaditano aprovechó para aprender alemán leyendo a Hegel y Marx.
Perez Llorca terminó sus estudios de Economía con sobresaliente y el
Premio Extraordinario de Licenciatura. Al terminar la carrera, también
cerró su época de radicalismo político. Pero recuerda esa época con
cariño: «Fue positivo, porque aprendí mucho análisis y práctica
política. También me quedó una cierta erudición del pensamiento
socialista, y el impulso de generosidad y de ilusión para entrar en la
política activa».2
Leal
cuenta que después de acabado el FLP se encontró con Nicolás Sartorius
en París y le reprochó que hubiera mantenido una doble militancia, en el
PCE y en el FLP. Sartorius se justificó diciendo que «éramos unos
inconscientes y había que conseguir que nuestras locuras no dañaran la
causa del proletariado».3
El 17 de septiembre 1984 se celebró un acto en la Fundación Miró de Barcelona para conmemorar el veinticinco aniversario del final del FLP. Se reunieron algo más de un centenar de antiguos militantes. Los entonces ministros del PSOE (Narcís Serra, José María Maravall, Carlos Romero y Julián Campo)
excusaron su asistencia. Terminado el acto, los más valientes o
nostálgicos siguieron la juerga en la sala de fiestas La Paloma. Durante
la reunión se pronunciaron discursos emotivos como el del escritor Vázquez Montalbán: «Difícil hacer un diagnóstico, pero si nos hubieran dejado, habríamos hecho una revolución encantadora». Manuel Gari,
dirigente del FLP, se preguntó: «¿Cabe hablar de olvido de unas siglas o
simplemente de un grato recuerdo juvenil? En realidad, el FLP planteó
verdaderos problemas políticos que no supo resolver. Algunos exfelipes,
la mayoría, no creen ya en esos problemas. Otros seguimos buscando
nuevas soluciones». Solo Pascual Maragall, que nunca se ha mordido la lengua aportó el epitafio que hacía justicia al cadáver:
La
historia del FELIPE es más una parte de nuestra historia privada que de
la historia social y política del país. El PSUC y el PCE hicieron gran
parte del trabajo sucio que se requiere para estar realmente en los
libros de historia y salir del puro álbum de fotos amarillento. Que es
donde estamos nosotros.
Epílogo
Del FLP
salieron ocho ministros de la democracia; treinta altos cargos de la
Administración, entre ellos dos presidentes de Comunidad Autónoma;
treinta y cinco catedráticos y profesores; quince escritores y
periodistas y doce curas. Muchos artículos que glosan este movimiento
político destacan como su principal logro haber servido de incubadora
para luego nutrir de cargos políticos y de intelectuales a la naciente
democracia española. Pero quedan algunas cuestiones pendientes: si no
hubieran pertenecido a este grupo tan ilustres miembros ¿nos
acordaríamos hoy del FLP? Si no hubieran matado a Enrique Ruano ¿tendría
el relato de las acciones de este grupo el toque épico que se le suele
dar? ¿Hasta qué punto han exagerado los medios de comunicación y algunos
libros de memorias los logros del FLP?
Estas
preguntas quedarán sin respuesta en este artículo por respeto a esos
ancianos que continúan contando a sus nietos que hace sesenta años
fueron valerosos guerreros antifranquistas y que gracias a ellos España
es hoy un país democrático.
Notas
(1) José Pedro Pérez-Llorca, Una biografía Política. Gema Pérez Herrera; (BOE, 2020)
(2) José Pedro Pérez-Llorca, Una biografía Política. Gema Pérez Herrera; (BOE, 2020)
(3) José Pedro Pérez-Llorca, Una biografía Política. Gema Pérez Herrera; (BOE, 2020)
Más bibliografía
La transición en España. España en transición. Alfonso Pinilla García (Alianza editorial, 2021).
La oposición democrática al franquismo. Xavier Tusell (Planeta, 1977).
El cura y los mandarines. Gregorio Morán. (AKAL, 2014).
Crónica del antifranquismo, Fernando Jáuregui y Pedro Vega. (Planeta, 2007).
La transición, historia y relatos. Carme Molinero y Pere Ysás. (Siglo XXI, 2018).
Los
grises reprimiendo una manifestación antifranquista en la época del
Frente de Liberación Popular, en un fotograma del documental sobre el
autor de la foto, Manel Armengol. Imagen: RTVE.
Papá cuéntame otra vez ese cuento tan bonito
de gendarmes y fascistas, y estudiantes con flequillo.
Y dulce guerrilla urbana en pantalones de campana
y canciones de los Rolling y niñas en minifalda.
Papá cuéntame otra vez todo lo que os divertisteis
estropeando la vejez a oxidados dictadores.
Y cómo cantaste «Al Vent» y ocupasteis la Sorbona
en aquel mayo francés en los días de vino y rosas.
Aunque
parezca el comienzo de una película de James Bond, lo relatado a
continuación es un hecho real y forma parte de la historia de España.
El día 14 de mayo de 1962, los príncipes Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia
contrajeron matrimonio en Atenas (Grecia). Se celebraron dos ceremonias
religiosas. La primera por el rito católico en la catedral de Dionisio
Areopagita a las diez de la mañana. Dos horas después, en la catedral de
la Anunciación de Santa María, se llevó a cabo la ceremonia ortodoxa.
Acudieron ciento cuarenta y siete invitados entre los que había miembros
de veintisiete casas reales de todo el mundo. El dictador Francisco Franco
mandó a su ministro de Marina como representante del gobierno y miles
de españoles monárquicos se desplazaron hasta la capital griega para
festejar el enlace. Hasta aquí la historia es de sobra conocida y se
puede consultar en la hemeroteca de los periódicos y en varios libros.
Lo que no era de dominio público hasta hace pocos años es que, entre los
invitados oficiales por parte del novio, acudió al evento un peligroso
revolucionario español perteneciente a un grupo subversivo de la
izquierda política española más radical. A buen seguro, el príncipe Juan
Carlos desconocía la doble vida de su invitado y amigo.
Nuestro hombre, unos días antes de la ceremonia, se encontraba en la antigua Yugoslavia,
entonces un país comunista. A sus padres les había contado que residía
en Ginebra (Suiza) ampliando sus estudios sobre Economía, carrera
universitaria que había terminado con buenas notas. Al país eslavo lo
había enviado el grupo político al que de forma secreta se había unido
cuatro años antes. Junto a un nutrido grupo de militantes de ideología
comunista de otros países (algunos del tercer mundo y la mayoría
prosoviéticos), el activista español aprendía técnicas para la
revolución de sus anfitriones yugoslavos; entre ellas, métodos de
falsificación de documentos, teorías para la reforma agraria y
planificación económica al estilo marxista.
Gracias a
las buenas novelas de espías, se sabe que la existencia de quienes
viven en la clandestinidad o llevan una doble vida es complicada. Desde
una vida anodina, como la que nos ha tocado al común de los mortales, es
difícil hacerse una idea de los pensamientos que cruzan por la mente de
estos activistas encubiertos; más aún viviendo una situación tan
estresante como aquella de la boda real. Cuando, por ejemplo, en pleno
cocktail de la celebración nupcial y con un canapé de salmón en una
mano, el revolucionario llevara con la otra una copa de champan francés a
sus labios ¿se sentiría culpable recordando a los pobres y explotados
jornaleros del campo andaluz? En el caso de que sintiera una punzada de
ansiedad a causa de las injusticias sociales, ¿calmaría su inquietud
pensando que, gracias a sus compañeros de lucha y a él, la opresión de
la famélica legión
llegaría en breve a su fin? En el supuesto de que hubiera sacado a
bailar a una joven y bella princesa centroeuropea, ¿pondría toda su
atención en no pisar los delicados pies de aquella descendiente del
último emperador austrohúngaro o, al admirar su estilizado cuello, no
podría evitar acordarse de la guillotina, aquel mecanismo que de forma
tajante e inapelable impartió justicia en los tiempos de la revolución
francesa?
Tras el
triunfo en 1959 de la revolución cubana, el grupo insurgente al que
pertenecía nuestro revolucionario había decidido incorporar la lucha
armada a su catálogo de métodos para cambiar la sociedad y hacer caer el franquismo.
Cambiar en pocas horas el entorno marxista y austero de la revolución
por el lujo de los palacios y las bodas reales hizo darse cuenta a
nuestro joven aventurero que sus días transcurrían con emoción e
intensidad. Tenía veintidós años y la vida era excitante. El futuro
estaba en sus manos.
Nuestro héroe se llama José Luis Leal,
tiene ochenta y cuatro años y acaba de publicar sus memorias. Después
de abandonar la lucha subversiva llegó a ser ministro de Economía en uno
de los primeros gobiernos de la democracia y presidente de la
Asociación Española de Banca.
Introducción
La
historia de los movimientos revolucionarios españoles de los años 60 y
70 del siglo pasado es el relato de un fracaso: el dictador murió en la
cama y España —que en 1978 adoptó la democracia como sistema político—
continuó siendo un país capitalista en el que los poderes fácticos y los
clanes familiares y económicos tenían (y siguen teniendo) demasiado
poder e influencia.
En
numerosos trabajos históricos sobre aquellos años se argumenta que estas
organizaciones subversivas, a pesar de no conseguir sus objetivos,
contribuyeron con su rebeldía a la llegada de la democracia a nuestro
país. Entre los jóvenes que pertenecieron a estos movimientos hubo
algunos que se jugaron la vida (y unos cuantos la perdieron), la
integridad física, la libertad y el futuro laboral o social. También los
hubo que arriesgaron poco, hablaron mucho y, pasado el tiempo, se
colocaron medallas antifranquistas que no les correspondían. Incluso los
hubo que, como dice la letra de la canción de Ismael Serrano,
se divirtieron, ligaron con chicas e hicieron contactos que con la
llegada de la democracia utilizaron para obtener un buen empleo o un
cargo político y un salario de por vida.
A
continuación, se relatan las andanzas de un grupo de jóvenes idealistas
que se integraron en el Frente de Liberación Popular, el «Felipe». Su
historia está llena de aventuras, anécdotas divertidas y desgracias.
Fueron solo once años los que el Frente se mantuvo en activo
(1958-1969), pero dicho periodo dio mucho de sí.
1. El curso del 56
El
Sindicato Español Universitario (SEU) fue fundado en 1933, durante la
Segunda República, bajo el amparo de Falange Española. Tomando como
ejemplo el fascismo italiano, su principal objetivo era controlar
ideológicamente la universidad. Durante las primeras décadas de la
dictadura, nadie movía un dedo en la universidad española sin que el SEU
lo supiera y lo autorizara. En los años cincuenta, primero tímidamente y
luego de forma más decidida, algunos estudiantes comenzaron a moverse
fuera del control del sindicato fascista. Estos jóvenes cuestionaban las
verdades impuestas por el franquismo; eran mayoritariamente hijos de
vencedores de la guerra civil y pertenecían a las primeras generaciones
de españoles que no habían vivido la contienda.
Tampoco
los estudiantes falangistas estaban conformes con la situación política.
A pesar de que el SEU era el único sindicato de estudiantes autorizado
por el gobierno franquista, en 1954 la policía tuvo que disolver
violentamente una manifestación convocada por esta organización.
Protestaban porque Franco no había puesto en marcha la reforma agraria y
la nacionalización de la banca, proyectos que formaban parte del
programa fundacional de Falange.
En 1955, el profesor de Psicología Experimental de la Universidad Complutense de Madrid José Luis Pinillos
dirigió una encuesta entre los estudiantes madrileños. Los resultados
sorprendieron a las autoridades de la universidad y alertaron al régimen
franquista: el 82 % de los universitarios no tenían confianza alguna en
las élites dirigentes; el 85 % consideraba «inmorales» a los
gobernantes y el 74 % los tildaba de «incompetentes». En el capítulo
dedicado a las Fuerzas Armadas, el 90 % de los consultados los
consideraba «ignorantes, burócratas e inútiles» y para el 48 % eran
«brutales, libertinos y bebedores». El 70 % de los encuestados
consideraba que el compromiso social de la Iglesia era insuficiente y,
por último, a la hora de mostrar las preferencias por una forma de
Estado, el 30 % optaba por la monarquía, el 30 % por la república y solo
el 10 % por una dictadura militar. El 20 % se mostraba indiferente.
Solo un 10 % de los entrevistados se manifestaba como falangista1.
1956 fue
el año en que la tensa paz en la universidad saltó por los aires. Los
estudiantes de izquierdas y los monárquicos (que era entonces una manera
de oponerse al régimen), que no respetaban la autoridad de SEU,
comenzaron a hacer oír su voz. Con motivo del fallecimiento en octubre
del 55 del filósofo Ortega y Gasset
(a quien el régimen nunca tuvo mucho aprecio) se le organizó un
homenaje en el entorno del Congreso de Escritores Jóvenes. Finalmente,
este congreso se canceló por orden de la autoridad. En febrero varios
estudiantes comunistas redactaron un manifiesto contra el SEU; se
imprimieron numerosas copias y se distribuyeron en todas las facultades
de Madrid. En el escrito no se citaba el nombre del SEU, pero quedaba
claro a quién se echaba la culpa de todos los males de la universidad:
(…) la organización que hoy se atribuye
cada día de un modo más ilusorio al monopolio del pensamiento, de la
expresión y de la vida corporativa de la vida universitaria en el
aspecto profesional, social, cultural e internacional, posee una
estructura artificiosa que o no permite o tergiversa la auténtica
manifestación y representación de los universitarios.
El documento denunciaba el «divorcio» entre la universidad real y la oficial:
Este divorcio explica muy bien la
esterilidad y los fracasos cosechados en el terreno intelectual,
deportivo y sindical, fracasos que nos humillan en todo contacto
internacional ante los estudiantes de otros países.
En la
parte final del texto se convocaba un Congreso Nacional de Estudiantes
para abril de ese mismo año, y se solicitaba la celebración en marzo de
elecciones libres de representantes.
Aquel
manifiesto era un torpedo lanzado directamente a la línea de flotación
del SEU. Los estudiantes falangistas, que se consideraban más varoniles y
eran más echados para adelante que todos aquellos «traidores»
comunistas y «afeminados» monárquicos, no iban a consentir una falta de
respeto como aquella. Durante los primeros días de febrero se produjeron
violentos enfrentamientos entre los miembros del SEU y los estudiantes
partidarios de la apertura. La policía intervino con violencia para
frenar las agresiones. En los altercados se produjeron graves destrozos
en las dependencias de la universidad, numerosos contusionados y un
falangista herido por arma de fuego.
El
régimen acabó cortando cabezas y destituyó al rector, al ministro de
Educación y al secretario general del Movimiento. A partir de ese
momento el SEU perdió su hegemonía y los estudiantes entendieron que
tenían poder, que podían influir en la marcha de la política en España.
El SEU se desmontó en 1965. Los cabecillas de las movilizaciones del 56
fueron Enrique Múgica, Javier Pradera, y Ramón Tamames2.
2. Creación del Frente de Liberación Popular
Yo a
Julio le caí muy bien y conmigo lo pasaba divinamente. Siempre andábamos
en su coche, un Jaguar que él conducía sin manos muy pintorescamente a
140 o 150 Km/hora, y Antonio, el cura, le decía: «Julio sábete que estoy
en pecado mortal, y es responsabilidad tuya si voy al infierno. Haz el
favor de parar, no corras tanto». Julio se reía y seguía corriendo.
Siempre estábamos de comilonas por ahí, pasándonoslo muy bien.
(José
María González Muñoz, que participó de las primeras reuniones del FLP,
sobre Julio Cerón, en entrevista con Julio Antonio García Alcalá)3
Animados por los altercados en la universidad del año 56 y liderados por Julio Cerón,
diplomático católico y hombre extravagante, un grupo de intelectuales y
sacerdotes de asociaciones cristianas como la Juventud Obrera Católica
(JOC) y la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) formaron un nuevo
grupo político. El Evangelio, la dotrina social de la Iglesia y la
lectura de libros entonces prohibidos cimentaron el edificio ideológico
de la organización. Decepcionados por los partidos que como el PCE
lideraban la lucha antifranquista, llegaron a la conclusión de que
tenían la fórmula mágica para redimir a la sociedad española: marxismo +
cristianismo = justicia social y libertad.
Julio
Cerón, como diplomático, había visitado la URSS y la China Comunista y
se había entrevistado con personajes destacados de la izquierda
internacional. Inquieto intelectualmente y cercano a los nuevos grupos
cristianos, Cerón se puso en contacto con los hermanos Juan y Lorenzo Gomis (este último director de la revista cultural El Ciervo,
impulsada por la Asociación Católica Nacional de Propagandistas).
Además de con los Gomis, habló «asediándolo a telefonazos» con Jesús Ibáñez (que había pasado por la cárcel debido a los altercados de 1956); con José Ramón Recalde, abogado donostiarra, con el arquitecto Joaquín Aracil, con el sociólogo Francisco Díaz del Corral y con el matemático Ernesto García Camarero. También estaban entre los primeros contactos el abogado y sociólogo Ignacio Fernández de Castro, el estudiante Fernando Martínez Pereda y el sacerdote Antonio Jiménez Marañón.
Con todos ellos —y tras dos reuniones en un convento y en una iglesia—
fundó Cerón en 1958 el Frente de Liberación Popular (FLP) o también
conocido como el «FELIPE». El nombre fue idea de Jesús Ibáñez y estaba
inspirado en los frentes de liberación de países como Argelia y Vietnam
que entonces estaban de moda entre la progresía politizada nacional.
Entre los miembros fundadores usaban «la fiesta» como nombre en clave
para referirse al Frente. Como sede para las operaciones clandestinas
alquilaron un piso en la calle Alonso Cano del centro de Madrid, y en él
instalaron una multicopista construida chapuceramente con rodillos de
lavadora. En la jerga particular de la organización a la copiadora la
llamaban «lavadora» y al hecho de editar propaganda política, «lavar».
En otras organizaciones clandestinas a estas multicopistas se las
llamaba «vietnamitas» debido a que las octavillas impresas con estas
rudimentarias máquinas eran utilizadas por el Vietcong durante la guerra contra los norteamericanos en el país asiático. El FLP era original hasta para esto4.
Las primeras captaciones de activistas se hicieron en la universidad. Juan Tomás de Salas (más tarde editor del periódico Diario 16) contaba así su entrada en la organización:
Íbamos
desde el CEU, cerca de la Ciudad Universitaria, hacia el centro de
Madrid, camino de la Facultad de Derecho. Conmigo, Nicolás Sartorius,
José Luis Leal y no sé si alguno más. En las proximidades de San
Bernardo (sede entonces la Facultad de Derecho) empezamos a notar
agitación callejera. Multitud de estudiantes lanzaban consignas en la
calle. La policía y sus colaboradores del interior ejercían con dureza
la represión. Alguien se dirigió a nosotros: «Son los fascistas de
dentro -gritó- tened cuidado». Era la primera vez que veíamos a
fascistas uniformados, por supuesto de azul, ejercitando directamente la
violencia. Vino entonces un estudiante hacia nosotros. Era un amigo,
creo recordar que Paco Montalvo: «Venid conmigo». Y nos llevó hasta un
café cercano que era al parecer un refugio cercano. Allí nos presentó a
otro amigo, mayor que nosotros. «Julio Cerón», nos dijo. Poco después
ingresábamos los tres, Sartorius, Leal y yo, en el Frente de Liberación
Popular.5
José Luis Leal, estudiante de Económicas, describe así en sus memorias la prueba de acceso para nuevos miembros en el FELIPE:
El
acto formal de adhesión (al Frente de Liberación Popular) tuvo lugar una
tarde de primavera, poco después de la puesta de sol. Mi contacto me
citó en una calle de Madrid advirtiéndome de que era preciso que fuese
en el coche de mi familia. (…) Después de recogerle estuvimos dando
algunas vueltas por Madrid hasta que, tras mirar su reloj, el contacto
me dijo: «Vamos a la esquina de Menéndez Pelayo con O´Donnell». Seguí
sus instrucciones. Luego me ordenó «Para aquí». Paré y en ese momento un
individuo penetró en la parte trasera del vehículo y dijo: «En marcha,
sigue por esta calle». Seguimos unos metros en silencio, tras lo cual mi
misterioso interlocutor dictaminó: «Da una vuelta a la manzana y aparca
en primer sitio que encuentres en O´Donnell». Así lo hice y, tras
detener el automóvil, comenzó el interrogatorio después de haberme
conminado a que no volviere la cabeza. «¿Qué piensas de la revolución de
Fidel Castro?», «¿Qué estás dispuesto a dar por la causa?». Respondí lo
mejor que pude y, antes de llegar al final de la conversación, mi
interlocutor me explicó de manera condescendiente que en otras
organizaciones se propinaba una paliza al futuro miembro para comprobar
si tenía condiciones para resistir un interrogatorio de la policía. En
el tono de voz se notaba cierta admiración hacia esas organizaciones,
dando a entender que aquella era la manera adecuada de proceder y que si
no se practicaba en el FLP era por temor a la falta de entereza de los
estudiantes.6
Juan Antonio Ortega Diaz-Ambrona, en Memorial de Transiciones (1939-1978) define a los felipes:
«Románticos, ingenuos, innovadores y heterodoxos y tal vez fueran un
poco de todo eso. Algo caóticos, a veces, y faltos de un programa
definido. No quisieron estar en una formación monolítica y homogénea. Se
sentían más a gusto conviviendo con seguidores de distintas corrientes
socialistas, creyentes y ateos, sindicalistas y líderes universitarios,
dentro del ámbito nuevo, cambiante y en ocasiones muy poco seguro que se
exploraba en Europa, «la nueva izquierda»».
En 1956,
en el congreso celebrado en Praga, el Partido Comunista había decidido
utilizar una nueva vía para conseguir sus fines. El PCE venía de una
larga travesía por el desierto. En 1947 el comisario Roberto Conesa,
temido por sus brutales interrogatorios en los que utilizaba todo tipo
de torturas, había conseguido infiltrar agentes en la organización. Con
aquella operación se hicieron más de dos mil detenciones que después de
los juicios resultaron en un total de 1744 años de penas de cárcel y 46
condenados a muerte. Esta nueva estrategia antes citada se bautizó como
«Reconciliación nacional». Después de haber intentado derrocar a Franco
mediante la lucha armada en los años cuarenta, el PCE optó por la lucha
política abandonado los métodos violentos. Huelgas, manifestaciones y
propaganda fueron sus instrumentos de movilización popular. La fundación
del FLP puso en cuestión a los partidos que según Cerón habían
fracasado en la lucha contra la dictadura. Al PCE se le consideraba
pactista y reformista. El FLP, nada más nacer y sin consultar a nadie,
se colocó ideológicamente a la izquierda del Partido Comunista. Según
los jóvenes integrantes del Frente, el Partido Comunista estaba
burocratizado y era demasiado dependiente del exterior (donde vivían sus
dirigentes) y estas circunstancias le restaban eficacia en la lucha.
Como respuesta a los partidos clásicos, el Frente se lanzó como una
organización abierta y ecléctica. En su seno se permitía la heterodoxia
ideológica y era habitual oír en sus debates internos frases como: «yo
soy luxemburguista» o «yo soy guevarista». Enemigo de comités centrales,
estructuras encorsetadas y un tanto excéntrico de carácter, Julio
Cerón, máxima autoridad reconocida por todos los jóvenes integrantes del
Frente, se nombró a sí mismo «pontífice organizativo».7
«Nos proponíamos nada menos que cambiar totalmente la sociedad y hacerla radicalmente justa», escribió José Pedro Pérez-Llorca,
estudiante de Derecho y miembro del FLP. Este idealismo funcionó como
motor de los jóvenes estudiantes y la actividad política en el piso de
calle Alonso Cano durante los primeros meses fue frenética. José Luis
Leal cuenta en sus memorias a qué se dedicaban en aquellos primeros días
de revolución:
Una
de nuestras actividades principales, en el orden intelectual, consistía
en la búsqueda incansable de las cuarenta familias a las que
considerábamos dueñas de España y del entramado del poder. (…) Compramos
un anuario en el que venían los miembros de todos los consejos de
administración de todas las empresas españolas y comenzamos a hacer
fichas por orden alfabético para aquellas personas que nos parecían
implicadas en un mayor número de consejos. Nos pareció que habíamos dado
con el núcleo del poder de la España de entonces. Sería muy fácil, en
cuanto se realizase la revolución, expropiarlos y devolver al pueblo sus
bienes.
Comenta
Leal que entonces le preocupaba que los técnicos (capataces de fábricas,
y la llamada «aristocracia obrera») no colaborasen con las fuerzas
revolucionarias. Los más radicales del grupo —añade Leal— daban una
solución para ese caso: «Con un buen pistolón basta y sobra: ya verás si
colaboran».
A pesar un expreso compromiso con el proletariado oprimido, entre los fundadores del FLP solo había un obrero. Se llamaba Manuel Morillo Carretero
y pertenecía a la HOAC. Era reparador de contadores eléctricos y al
comienzo de la guerra civil los falangistas intentaron lincharlo.
Terminada la guerra, ingresó en el PCE. Lo detuvo la policía y fue
condenado a muerte por un consejo de guerra. La pena no se ejecutó y
estuvo en la cárcel hasta 1950. Al salir, ingresó en la HOAC y continuó
luchando por los derechos de los trabajadores. A causa de las presiones
del cardenal Enrique Pla y Deniel, que no quería radicales de izquierdas en la organización de Acción Católica, abandonó el grupo y se incorporó al FLP.
Por ser
en su mayoría estudiantes pertenecientes a familias de clase media-alta,
su conocimiento de los problemas de los obreros era escaso. El
acercamiento al proletariado se convirtió en una obsesión para los
miembros del Frente, llegando a abrir un despacho laboralista en barrios
obreros como Vallecas o a apuntarse una excursión para hacer alpinismo
(como fue el caso de José Luis Leal, que pasó tanto miedo que se juró a
sí mismo no volver a hacerlo). Juan Tomás de Salas reconoció con
posterioridad que nunca consiguieron ser realmente aceptados por los
obreros.
3. Situación socioeconómica en España
Durante
aquellos años sesenta, los jóvenes izquierdistas escuchaban Radio España
Independiente, coloquialmente llamada «La Pirenaica». En esta emisora
montada por el Partido Comunista de España y que retrasmitía desde
Moscú, se anunciaba día sí y día también la inminente «sublevación
popular que acabará con el franquismo». Había que mantener alta la
moral. Ese levantamiento de las masas nunca llegó. Uno de los
principales motivos por los que la oposición democrática fracasó en el
objetivo de derrocar al dictador fue la ausencia de un análisis ajustado
a la realidad de la situación socioeconómica.
Tras
comprobar el régimen franquista, a mediados de los años cincuenta, que
el modelo económico basado en la autarquía estaba agotado, se puso en
marcha en 1959 el llamado Plan de Estabilización. Liberalizar la
economía española y abrirse al exterior fue un acierto. En los sesenta,
España experimentó un periodo de fuerte crecimiento. En aquellos años,
solo Japón obtuvo tasas de crecimiento superiores a las españolas. Los
ingresos por turismo, por ejemplo, ayudaron a este crecimiento. El
volumen de turistas pasó de una media anual de 13.1 millones entre 1962 y
1966 a una media de 25.3 millones entre 1967 y 1972 y a 34.6 millones
en 1973. El nivel de vida subió y se consolidó una burguesía que era
equiparable a la de otros países desarrollados. Algunos indicadores que
demuestran este nuevo nivel de vida son: el porcentaje de gasto en
alimentación dentro del presupuesto familiar. Se pasó del 50,4 % en 1958
a un 39,9 % en 1972. Este decremento es un claro indicador de que el
consumo de las familias españolas se comenzaba a parecer al del resto de
los países de la Europa occidental. El parque automovilístico que no
superaba los 100 000 coches en 1950, creció hasta los 5 millones de
vehículos en 1975. El número de televisores por cada 1000 habitantes
pasó de 5 en 1960 a 70 en 1970. Y entre los mismos años, la cantidad de
frigoríficos creció de 1 a 25 y en el caso de las lavadoras de 3 a 15.
Entre 1959 y 1975 la renta per cápita tuvo un incremento anual medio del
5,5 %. Los salarios de los obreros industriales se incrementaron en un
287 % entre 1964 y 1972. Aunque también es verdad que la inflación
creció de forma considerable. La desigualdad seguía siendo un problema
(lo sigue siendo hoy en día): entonces el 1 % más rico disponía del
mismo volumen de renta que la mitad de la población con menos ingresos.
Aun así, en aquellos años lo situación socioeconómica de la mayoría de
los españoles mejoró considerablemente en relación con los años después
de la guerra.
En el minuto 25 del segundo episodio de la serie La Transición de RTVE, que realizó y presentó Victoria Prego, Felipe González,
secretario general del PSOE, después de hablar de la «debilidad» del
régimen franquista en sus últimos años («algo que entonces no
conocíamos»), reconoce la poca fortaleza de la oposición democrática
(que él identifica con «la izquierda»). Dice: «Entonces solo dos de cada
cien personas en España estaban dispuestas a arriesgarse a ir a la
cárcel por defender sus ideas». Si consideramos que en 1975 había 17
millones y medio de españoles entre 18 y 60 años, un 2 % de esa cantidad
arroja la cifra de 350 000 españoles «dispuestos a arriesgarse a ir a
la cárcel por defender sus ideas». Pero, para que una revolución tenga
éxito, no solo hace falta un grupo de activistas, es necesario el apoyo
posterior de la población.
El caso de Portugal —donde sí triunfó una revolución
en 1974— nos puede servir de referencia. En el país vecino la pobreza
afectaba al 40 % de la población (en España no llegó al 19 % en los
peores años). Portugal, en aquella época, estaba implicado en cuatro
guerras coloniales (Angola, Guinea-Bisáu, Mozambique y Goa) lo que
suponía un gran esfuerzo económico para el país. Además, debido a estas
guerras contra movimientos guerrilleros independentistas, el gobierno
obligaba a los jóvenes a hacer un servicio militar de cuatro años; dos
de ellos en las colonias, lo que implicaba con seguridad participar en
una de las guerras. Las familias portuguesas estaban cansadas de recibir
en féretros a sus hijos. Por esos motivos, cuando el 25 de abril se
produjo el golpe de Estado militar contra la dictadura portuguesa, el
pueblo en masa lo apoyó. La situación en España era muy diferente.
En 1971, el presidente de Estados Unidos Richard Nixon y su asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger,
estaban preocupados por la situación política en España. Había que
hablar directamente con Franco para conocer sus planes para el futuro.
El dictador era viejo y había que conocer qué podía pasar después de su
muerte. Pensaron que para hablar con un militar lo mejor era utilizar a
otro militar. El general norteamericano Vernon Walters, entonces agregado militar en la embajada de París, fue recibido por el dictador gracias a la intermediación de Carrero Blanco. Ante la inquietud de Walters, el dictador respondió:
«España
irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses:
democracia, pornografía, droga, ¿qué sé yo? Habrá grandes locuras, pero
ninguna de ellas será fatal para España».
«¿Cómo puede estar usted tan seguro, general?», preguntó Vernon Walters.
«Porque yo voy a dejar algo que no encontré cuando asumí el gobierno hace cuarenta años», respondió Franco, «la clase media».
4. La gran redada. Juicio a Julio Cerón
En 1958 y
en 1959, el PCE convocó dos huelgas generales de veinticuatro horas que
fueron un fracaso por la baja participación de los obreros. Con ellas
se pretendía atacar al régimen. A pesar del fiasco, Dolores Ibarruri (Pasionaria), en la revista Nuestra Bandera,
escribió que la primera huelga, la de 5 de marzo de 1958, había
«constituido un gran éxito porque respondía al sentimiento
antifranquista que late en la conciencia popular». La segunda, la de 18
de junio de 1959, se llamó «Huelga Nacional Pacífica» y además de los
comunistas del PCE solo fue apoyada por el FLP.
Una
semana después de la Huelga Nacional Pacífica, detuvieron a Julio Cerón y
tras dos juicios lo condenaron a ocho años y lo echaron de la carrera
diplomática. Otros diecisiete dirigentes de la organización fueron
detenidos. El FLP fue casi desarticulado por completo. En este segundo
fracaso de 1959 el PCE fue más moderado en su triunfalismo: «Este
aparente fracaso ha sido un paso de siete leguas hacia la liquidación de
la dictadura del general Franco».
El abogado defensor de Julio Cerón fue José María Gil Robles
(ministro de la derechista CEDA durante la República) y sus argumentos
se basaron en la religiosidad de su defendido y en su «anticomunismo». A
pesar del buen hacer de Gil Robles, Cerón fue condenado. No cumplió
toda la condena porque gracias a sus buenos contactos (su hermano,
también diplomático, llegó a ser ministro de Franco en uno de sus
últimos gobiernos) fue indultado.
Después
del verano de 1960 se reconstruye el FLP. Julio Cerón seguía en la
cárcel, pero se le informaba de todo. El nuevo líder sería el abogado
santanderino Ignacio Fernández de Castro. Se constituye
un núcleo central denominado Central de Permanentes (CP) del que,
escarmentados por las malas experiencias, se pretende que sean más
«profesionales». Todos ellos son estudiantes, no hay obreros. Entre los
miembros del CP están Juan Tomás de Salas y José Luis Leal Maldonado.
Para acercarse a los obreros, se abren despachos laboralistas en
diferentes puntos de España. La sede del movimiento se sitúa en un piso
situado en el nº 222 en la carretera de Aragón, propiedad de la familia
de José Luis Leal.
El
asunto de la «profesionalidad» y el compromiso con la lucha de los
jóvenes revolucionarios acabó siendo un verdadero problema. Para muchos
de ellos las prioridades no estaban claras: ¿Los estudios o la lucha?
¿la familia o la revolución? José Luis Leal, elogiando en sus memorias a
«Carlos», un compañero de militancia en el FLP que era diferente a la
mayoría, termina denunciando el verdadero problema:
Carlos
era mucho más profesional en su militancia, menos romántico y dedicaba
más tiempo y energía a la causa de la revolución que cualquiera de
nosotros. Había en su actitud una convicción en la que no existía la
menor sombra de duda. En eso se parecía a los militantes obreros, para
quienes la clandestinidad no era una especie de juego intelectual en el
que, si bien se arriesgaba mucho, también se sabía que, en el peor de
los casos, una vez fuera de la cárcel y con un poco de suerte, se
retornaría de un modo o de otro al mundo de la profesión. Muy pocos se
habían planteado en serio la posibilidad de convertirse en
revolucionarios profesionales, lo que hubiera significado renunciar a
los estudios o a la carrera y dedicarse íntegramente a la causa. En
Ginebra, durante unos meses, me planteé la cuestión, pero abandoné la
idea al cabo de poco tiempo.