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dimanche 17 mai 2026

La depuración de jueces y fiscales en el primer franquismo

 FUENTE https://www.sinpermiso.info/textos/la-depuracion-de-jueces-y-fiscales-en-el-primer-franquismo

[Este artículo constituye la cuarta entrega de una serie de contribuciones de la profesora “Viola Díaz” sobre justicia y derechos que publicamos en Sin Permiso. El primer artículo puede leerse aquí, el segundo puede leerse aquí y el tercero aquíSP

Tras el golpe de estado franquista, se inició una depuración de todo el cuerpo de funcionarios, dirigida al castigo de aquellos que se habían comprometido con la II República, incluyendo a jueces y fiscales.

Debe explicitarse que la denominada “depuración administrativa”, constituida fundamentalmente por las sanciones pecuniarias o de tipo profesional, no fue, obviamente, tan grave como la pérdida de la vida o la prisión, pero causó en sus víctimas efectos devastadores, como la miseria, la marginación o el gravísimo deterioro de la salud mental.

La depuración en las carreras judiciales y fiscales ha sido especialmente estudiada por la profesora M. Lanero[i], una de las pocas expertas en la materia. 

Pues bien, como sabemos, los objetivos de la represión en la postguerra eran muy claros: la coerción mediante el terror, la desmovilización por su función ejemplarizante y la cohesión en torno al régimen de buena parte de la población, comprometiéndola en las tareas represivas y premiando a los más adictos con la promoción a puestos superiores. 

En tal contexto, la depuración de jueces y fiscales se encomendó, como en el del resto de funcionarios, a organismos de marcado carácter político, que deducían la condición de “desafecto” de hechos y conductas acaecidos en el periodo republicano. Los procedimientos se tramitaban sin ningún tipo de garantías -la carga de la prueba recaía en el acusado, cuya culpabilidad se presumía-, y finalizaban con sanciones impuestas con la mayor de las arbitrariedades.

Hemos de tener en cuenta que la depuración perseguía con igual ahínco tanto la separación del “desafecto” como la intimidación del “indiferente”, en la búsqueda de construcción de un perfil de funcionario que encajara a la perfección con el ideario fascista.

Por tanto, todas las acciones represivas fueron encaminadas a instaurar un nuevo orden moral, material y social, que pasaba por dejar sin efecto la legislación republicana y las decisiones jurisdiccionales que la habían aplicado.

La depuración de “retaguardia” fue llevada a cabo durante la contienda y pretendía eliminar rápidamente a cualquier sujeto que pudiera entorpecer la actuación de las nuevas autoridades, o dicho con sus propias palabras, aquel que demostrase una “actuación antipatriótica o contraria al Movimiento Nacional”.

Se iniciaba por una denuncia que podía ser interpuesta por las autoridades militares tras la absolución en un Consejo de Guerra, (quebrantando el principio esencial “non bis in ídem”), por el gobernador civil, por particulares, o, directamente, por otros miembros de la judicatura.

La instrucción de los expedientes se encargó a jueces y fiscales. Se incorporaban en él informes elaborados por diversas “autoridades” y testimonios de “personas relevantes del lugar” o profesionales del derecho. Una Comisión de justicia tomaba la primera decisión que firmaba el presidente de la denominada Junta técnica. Entre la denuncia y la imposición de la sanción solían transcurrir entre 3 meses y 1 año.

Para deducir la ideología política de los investigados, se investigó su círculo de amistades, sus relaciones y lecturas, su comportamiento social y sobre todo, su conducta privada y moralidad, destacando su práctica religiosa (o la ausencia de la misma). En ocasiones, las clases sociales dominantes activaron su venganza en el caso de jueces que habían sido sensibles con la población desfavorecida. Fue especialmente perseguido el haber dictado sentencias contra falangistas o haber aplicado normas de la legislación laboral, especialmente tuitiva de la población trabajadora.

En esta primera fase, fueron separados del servicio 26 funcionarios de las carreras judicial y fiscal al haber ostentado una clara identificación con los valores republicanos. Otros 24 fueron castigados con otras sanciones, al no dudarse de su adhesión a la “causa nacional”, pero considerarse que, en todo caso, su conducta fue “acomodaticia” con las autoridades del gobierno frentepopulista. 

Al acercarse el fin de la guerra, se promulgó en febrero de 1939 una ley que proporcionaba un marco global y sistemático para continuar con la depuración, que incluía un personal específico y permanente y una tipología de conductas y sanciones. Se iniciaba por una declaración jurada de la persona que delataba a los “izquierdistas”, proseguía con una investigación a cargo de jueces y magistrados que comprobaba los datos incluidos en la mencionada declaración y finalizaba con la propuesta de sanción.

Debe destacarse el nombre del Jefe de Depuración, el fiscal Romualdo Hernández, por ser figura clave al establecer las líneas homogéneas del proceso de depuración, y siendo posteriormente el encargado de la selección de las nuevas promociones de jueces desde los tribunales de oposición y ocupando también la inspección fiscal.

En esta etapa, las escasas garantías previas fueron prácticamente eliminadas y aumentó el grado de arbitrariedad. Al expediente se incorporaban los informes del alcalde, cura, guardia civil u organismos de Falange, y seguían resultando claves los datos referidos a la conducta personal del investigado.

La depuración perseguía de forma expeditiva la selección del personal admisible. La separación o la admisión operó así desde el prisma de la “reciclabilidad” para el nuevo régimen, siendo claves los antecedentes ideológicos y religiosos ya mencionados, y de forma secundaria, el compartir una visión tradicional de la profesión y la carrera. En definitiva, lo que claramente se pretendía era la coincidencia en la ideología conservadora, “de orden”, la “adhesión al movimiento”.

En cuanto al caso específico de los magistrados del Tribunal Supremo que permanecieron en su cargo en la zona republicana, solo tres de ellos fueron enjuiciados en un Consejo de Guerra y condenados a la pena de muerte: Francisco Berneguer de las Cagigas, Juan José González de la Calle y Franciso Javier Elola, que también fue Fiscal General del Estado.  

En homenaje a todos ellos, valga recordar la figura de este último, cuya trayectoria profesional puede resumirse en la frase con la que tomó posesión de su cargo: “Que me sentencie el pueblo, que es para mí el más alto tribunal, si no cumplo con mi deber”.

Casi un siglo después, la vocación democrática de tales palabras nos remueve la conciencia y el corazón: la función judicial solo puede llamarse como tal cuando se ejerce para proteger los derechos de la ciudadanía. Elola fue un jurista que combinó la precisión en la técnica con la sensibilidad social, impidiendo, por ejemplo, los desahucios de inquilinos que no podían afrontar la subida de la renta. Fue también un político que alertó siempre desde su tribuna sobre los peligros del corporativismo judicial. Ambas cuestiones de indudable relevancia en la actualidad.

Fueron sin duda estas virtudes las que llevaron a los golpistas a acabar con su vida en un cruel fusilamiento en el Camp de la Bota en 1936[ii].

Para concluir nuestro texto, hemos de referir que, en conjunto, entre 1936 y 1944, fueron sometidos a depuración 368 jueces y magistrados de un total de 1000, esto es, el 37% de la carrera, resultando separados el 6%, admitidos con sanción el 8%, y admitidos sin sanción el 23%.

Por lo tanto, el grueso de la carrera, el 63%, no fue sometido a depuración.

Por su parte, de un colectivo de 235 fiscales, no fue depurado el 59%, mientras que fue separado el 12%. Admitidos con sanción el 10% y sin sanción, el 19%.

Estos datos confirman el hecho de que la mayoría de jueces y fiscales, como exponíamos en nuestro anterior artículo, fueron absolutamente reacios a admitir y aplicar la legislación republicana.

En cuanto a la minoría de jueces y fiscales leales con la II, la depuración fue extremadamente dura: se impusieron condenas de muerte, cárcel, multas e incautación de bienes. La exhaustiva investigación en la vida privada llevada a cabo en los procesos investigadores fue una constante que dejará su impronta durante toda la dictadura (un juez fue sancionado porque se constató que su esposa se asomó al balcón en bata). Como veremos, los valores religiosos, la “buena conducta” y la adhesión acrítica al régimen prevalecerían sin duda para la permanencia y la promoción en la carrera.    



[i] Por todos, ver Lanero, Mónica. La depuración de la magistratura y el ministerio fiscal en el franquismo (1936-1944). JUECES PARA LA DEMOCRACIA. Información y debate nº 65. Julio 2009.

[ii] Para una mayor aproximación a su trayectoria cabe consultar el ensayo “En memoria de Francisco Javier Elola’, editado por Tirant Lo Blanch

socióloga checa que imparte clases en la Universidad pública de Praga sobre Historia del Capitalismo. De origen desconocido, fue dada en adopción tras su nacimiento y separada desde entonces de su hermana gemela, una magistrada marxista famosa por sus opiniones heterodoxas, que ejerce su oficio en el Reino de España. Un giro del destino provocó un encuentro entre ellas en un seminario de Cine y Memoria en Colliure. Las entregas de Viola sobre los hábitos de los jueces y la propia genealogía de la institución judicial están basadas en las múltiples y fecundas conversaciones con su hermana. 

lundi 4 mai 2026

La España de 1948, vista por la CIA (Comentarios a un informe desclasificado)

 FUENTE https://conversacionsobrehistoria.info/2024/03/18/la-espana-de-1948-vista-por-la-cia-comentarios-a-un-informe-desclasificado

Luis Castro Berrojo

 

“España es de interés estratégico para la seguridad de Estados Unidos debido a su posición geográfica, que la convierte en una base potencial para operaciones en el área del Mediterráneo occidental, y de interés político por la actual resistencia del pueblo español a la penetración comunista”. Así empieza el largo informe de la CIA sobre España que vamos a comentar[1]. Para ser un documento interno, el comienzo no puede ser más contundente. Ni más performativo: respondiendo a ese interés estratégico, en septiembre de 1949 atracaron los primeros barcos norteamericanos en El Ferrol y su comandante, el almirante Richard L. Conolly, rindió visita a Franco en el Pazo de Meirás; en 1950 Truman, hasta entonces adverso a Franco, reconoce oficialmente a su gobierno y en julio de 1952 el almirante Forrest P. Sherman repite la visita al “Caudillo” para acordar las negociaciones previas a los pactos bilaterales de 1953.

Mientras tanto, menudean las visitas oficiales a España de congresistas y, con parsimonia,  —pues los inversores no se fían de su solvencia ni los políticos de la estabilidad del régimen—, EE.UU. ensaya la apertura comercial y otorga ayudas económicas a España. No es ajena a esta dinámica la actividad del lobby español en EE.UU., animado por el “inspector de embajadores” José Félix de Lequerica, con el director de la CIA, Roscoe Hillenkoetter y los senadores Arthur Vandenberg, James E. Murphy, Joseph McCarthy y  Patrick McCarran, que recibió una condecoración en la embajada “por su excepcional devoción a España”[2]. Todos ellos compartían la admiración hacia Franco, el antisemitismo y un fuerte anticomunismo, rasgo característico de una Guerra fría entonces incipiente[3]. Y todos ellos trataron de influir en la opinión pública, los congresistas opuestos a Franco y el propio presidente para que, como dice Ángel Viñas, “no se le apretaran demasiado las tuercas a Franco” y se viera la conveniencia de enviarle ayuda sin condicionamientos.


El informe de la CIA es muy completo, abarca la situación política y económica de España, la oposición al régimen, las relaciones exteriores, el ejército y “los probables desarrollos políticos futuros que afectarán a la seguridad de EE.UU.” (seis secciones en total), todo ello con abundante material estadístico y gráfico. Es el documento más extenso de los muchos que elabora la Agencia entre 1947 —momento de su creación— y 1950, y que hoy se hallan prácticamente desclasificados[4]. En conjunto, ofrecen una visión muy detallada y relativamente objetiva de la España de la época.

Tal acopio de información muestra el gran interés del gobierno de EE.UU. hacia España y, en el caso del informe que nos ocupa, viene a ser como el largo alegato de un abogado defensor que motiva exhaustivamente su juicio: es necesario acercarse a Franco y apuntalar su régimen económica, militar y políticamente en interés de la seguridad de EE.UU. y de la defensa común atlantista ante la supuesta amenaza de la URSS y del comunismo. La política de sanciones impulsada hasta entonces se ha revelado contraproducente: aparentemente solo sirve para fortalecer al régimen. Y es necesario tomar la iniciativa cuanto antes, pues la delicada situación económica de España, en términos de hambre, miseria y desigualdad generalizadas, unida al aislamiento exterior (salvo la Argentina de Perón), podría llevar a la desestabilización del régimen, lo cual daría más campo de acción al comunismo y descartaría otras opciones políticas más aceptables para EE.UU. La situación militar no es menos penosa: a pesar de disponer de más de 500.000 uniformados, a los que se pueden sumar casi 90.000 guardias civiles y policías nacionales (que se llevan, en conjunto casi la mitad del presupuesto estatal), el Ejército español, con escaso y obsoleto armamento, sería incapaz de resistir el ataque de otro “moderno y bien equipado” y de defender sus fronteras y sus costas.

En este sentido, otro informe de la CIA expresa el desiderátum de un futuro en el que el régimen de Franco ha sido eliminado y en el que “la representación comunista en el régimen que le suceda sea limitada o inexistente”, mientras que la URSS preferiría, según el mismo informe, “la permanencia de Franco y el aislamiento permanente de España respecto de cualquier fuente de ayuda exterior, hasta que las condiciones internas estén maduras para la revolución”[5]. Conviene retener ese concepto de un régimen sin comunistas en España, pues será la opción que mantendrá EE.UU. hasta la transición,  con valedores tan ilustres como Henry Kissinger, Fraga o Areilza. Una propuesta que también condicionará la dinámica de los grupos antifranquistas -en el exilio.

La iniciativa en el cambio de actitud de los países occidentales, se añade, debe partir de EE.UU. Aunque hubiera sido deseable un planteamiento conjunto con los países de Europa occidental, incluso añadiendo a España en el Plan de recuperación europea (Plan Marshall), la aversión de los gobiernos y de la opinión pública europea hacia el régimen de Franco lo hace inviable. Pero, por otro lado, la integración de Europa occidental se considera “incompleta e inadecuada sin España”, de modo que EE.UU. deberá articular un plan de ayuda económica y militar bilateral, como ya estaba haciendo en Grecia, Turquía y otros países fuera de Europa. Por lo demás, el régimen de Franco también prefiere la opción bilateral para no tener que depender del entendimiento con regímenes más o menos hostiles. En este caso se trataba de la ayuda económica, pero se mantendrá una actitud parecida cuando se aborde el acoplamiento de España en el esquema militar atlantista.

Primera página del mensaje del presidente Truman al Congreso el 12 de marzo de 1947 recomendando asistencia a los gobiernos de Grecia y Turquía, considerado como la primera formulación de la doctrina Truman (Wikimedia Commons)

Por lo demás, conviene recordar que por esos años el panorama internacional se venía tensionando progresivamente, de modo que las buenas relaciones de EE.UU. e Inglaterra con el antiguo aliado, la URSS, duraron muy poco y algunos líderes occidentales empezaron a decir que la guerra no había terminado, aunque ahora cambiaran los enemigos. Con preocupación se veía desde EEUU. e Inglaterra el incipiente proceso de descolonización, que afectaba gravemente a esta última, así como a Francia, Bélgica y Países Bajos; la primera guerra árabe-israelí, subsiguiente a la creación del estado hebreo en 1947; el control progresivo de Stalin sobre los países del Este (aunque fuera un aspecto negociado en Yalta) y la primera crisis de Berlín. Pero quizá lo más impactante debió de ser la “pérdida de China” y la Guerra de Corea, que obligaron por primera vez tras la II Guerra mundial a desplazar hombres y ayuda militar masiva al lejano Oriente[6]. Sin olvidar que la explosión de la primera bomba atómica de la URSS en 1949 revalidaba una proliferación nuclear iniciada en el momento en que EE.UU. malogró en NN.UU. la propuesta de negociaciones para impedirla.

Como los ideólogos de la Restauración veían la hidra de la Revolución francesa extenderse por toda Europa, ahora se temía la “amenaza roja” (red scare) en todo el mundo, incluso en Europa occidental. Hasta mayo de 1947 hubo ministros comunistas en Francia, Italia, Bélgica, Finlandia e Islandia y la influencia y popularidad de los PP.CC. era muy fuerte en los sindicatos, parte de la opinión pública y la intelectualidad. En esta situación uno de los primeros informes de la CIA, de 1947, señalaba que “el mayor peligro para la seguridad de Estados Unidos reside en la posibilidad de un derrumbamiento económico en Europa occidental y la consiguiente llegada al poder de elementos comunistas”[7]. De donde sale la formulación de la ayuda a gran escala para la reconstrucción de Europa, una idea articulada por secretario de Estado Marshall y de su asesor George F. Kennan.

En ese contexto, las estrellas del escenario mundial se iban alineando favorables hacia Franco. Pues ¿acaso no había sido él uno de los primeros en alertar del peligro comunista y en combatirlo a muerte en su propia casa y en las heladas estepas de Rusia? Así pues, la postura de la CIA hacia Franco no era sino síntoma de un estado de opinión que iba medrando entre muchos altos mandos militares, congresistas y asesores del gobierno norteamericano. En 1947 Kennan había dicho que la recién formulada “doctrina Truman” —de la que él mismo era principal autor intelectual, aunque luego mostró discrepancias con su aplicación— implicaba una nueva perspectiva más favorable hacia la España de Franco[8]. Pero antes que él, ya en 1945, el Pentágono y el Estado Mayor Conjunto habían señalado el interés estratégico de la Península y en ubicar al menos tres bases militares en España. Unos y otros siguieron presionando al Departamento de Estado y al presidente, que acabaron cediendo. “A mí Franco —le dijo Truman al almirante Sherman, Jefe de la VI Flota, a quien poco después envió a negociar con Franco— no me gusta y nunca me gustará, pero no permitiré que mis sentimientos personales invaliden las convicciones de ustedes, los militares”[9]. Un cambio de opinión semejante mostró Dean Acheson, secretario de Estado desde 1949. Y el encargado de EE.UU. en España, Paul T. Culbertson, que en principio aconsejaba a su gobierno “un esfuerzo por la cooperación, en vez de por el antagonismo” y “considerar la ayuda directa” a Franco, pero condicionada a la disposición a hacer reformas, luego debió aceptar que la ayuda se desligara de cualquier consideración política[10]. Y, como en la Restauración, también la iglesia bendecía esta deriva, en este caso por medio del cardenal Spellman y con la venia del Santo Padre Pío XII. Se recordaba que la victoria de Franco en la Guerra civil había sido, entre otras cosas, un valladar ante el avance general de la secularización y la apostasía.

Todos eran muy conscientes del carácter rígido y dictatorial del régimen y de las muy escasas ganas de Franco por hacer reformas que no fueran de fachada, como la creación de las Cortes, la definición de España como reino (sin rey) o las elecciones municipales según los cánones de la “democracia orgánica”. Como le dice Culbertson a Martín Artajo, ministro de Asuntos exteriores en 1947,: “… España [es un] estado policial, donde hay represión política y donde casi todo es considerado un crimen contra el Estado y, por tanto, sujeto a juicio en consejo de guerra, cosas que son incomprensibles para la opinión pública norteamericana…”[11]. Precisamente por eso habían sido los propios EE.UU. los que, pocos años antes, habían propuesto a la Asamblea General de la ONU la exclusión “del gobierno fascista del general Franco (…), impuesto por la fuerza al pueblo español con la ayuda del Eje”[12]. Oscar Lange, el representante de Polonia en NN.UU., denunciaba incluso que Franco amparaba a militares y científicos nazis, con los que supuestamente trataba de llevar adelante investigaciones atómicas[13].

Pero los intereses estratégicos de EE.UU., el anticomunismo visceral imperante y la dinámica expansiva del gran capital norteamericano pronto dejaron de lado el afán de propagación ecuménica de la democracia para colaborar o apoyar a “sons of a bitch” como los Somoza, Trujillo o Franco cuando ello les convenía. Y no por casualidad se firmaron con pocas semanas de diferencia el acuerdo bilateral España-EE.UU. y el nuevo concordato con el Vativano.

Los acuerdos bilaterales España-EE.UU. fueron una pieza más de un esquema político global encaminado a asegurar la hegemonía norteamericana mediante la “contención” (roll back) de la influencia de la URSS y de los partidos comunistas tanto en el plano internacional como en el interior de los países capitalistas y en lo que pronto se iba a llamar “Tercer Mundo”. Pues para los EE.UU., como para Franco, el campo semántico de “comunismo” va más allá de la URSS y de los partidos de ese nombre, englobando a los sindicatos de clase, los nacionalismos populares, como el de Lumumba en el Congo, Nasser en Egipto o Mosaddeq en Irán, así como cualquier otro movimiento político que pusiera en peligro los intereses de EE.UU. y de sus aliados.

En el plano militar, la política de contención debe relacionarse con la articulación de Tratados de defensa regionales (OTAN, CENTO, Pacto de Bagdad), tratados o acuerdos bilaterales[15] (Taiwán, Japón, Corea, Filipinas, España, etc.), y la proliferación de bases militares por todo el mundo. La funcionalidad del Mando aéreo estratégico (SAC), creado en 1947, con bombarderos dotados de armamento atómico, así como la de la poderosa flota de submarinos y portaaviones, pronto dotados también de propulsión y munición atómica, lo exigía. La doctrina Truman también tenía sus flancos económicos (como el Plan Marshall, germen del proceso de unificación europea, o el Plan de cuatro puntos, destinado a países de África, Asia o Latinoamérica); de espionaje y acciones encubiertas de la CIA, sin descartar asesinatos como los de Patricio Lumumba o Mohammad Mosaddeq (directiva presidencial NSC 10/2, inspirada también por Kennan); y de política cultural y propaganda encaminada a difundir los valores, ideas y gustos estéticos del llamado “mundo libre”, así como la utopía de los “átomos para la paz”[16].

El informe de la CIA que comentamos incluye dos notas que expresan la “discrepancia” del Departamento de Estado y de la Inteligencia del Ejército de Tierra respecto de las estimaciones de la Agencia. Si bien se comparte con ella la valoración estratégica de la Península y la conveniencia del acercamiento a Franco, no ven que la situación de su régimen sea tan vulnerable por el deterioro económico (“la situación económica de la nación será crítica en el invierno de 1948-1949”, afirma la CIA), ni por el creciente descontento popular ni por la acción de los grupos de oposición antifranquista. Estos, se dice, están divididos y Franco ha sabido manejar a los monárquicos borbónicos mediante su entrevista con Don Juan, que tácitamente descarta su acceso al trono y los planes reformistas planteados en el manifiesto de Estoril (y también de algunos generales monárquicos) ; los comunistas, tras el fracaso de la invasión del valle de Arán, se hallan muy debilitados por la represión, y el hambre y la miseria generalizadas, por sí mismas, no se ven como factores suficientes para provocar un levantamiento popular, al menos a corto plazo.

A pesar de todo, se detecta en todas estas valoraciones cierto grado de incertidumbre, suficiente como para aconsejar en todo caso esa ayuda directa a la España de Franco aun cuando el dictador no muestre intenciones de hacer reformas internas, que también perjudicarían a los grupos privilegiados que le apoyan, singularmente el ejército y la iglesia. Queda latente la idea de que el pueblo español, doce años después de comenzada la Guerra civil, sin ver perspectivas de mejora para su situación de penuria y opresión, podría llegar a un punto de malestar y desesperación que le hiciera apoyar iniciativas encaminadas a derrocar la dictadura. En esa coyuntura, la posible intervención de los comunistas, incluso con el apoyo de la URSS, tendría una oportunidad. Y eso era tabú para las élites dirigentes de EE.UU. y de sus países aliados[17].

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Resumen[18]

España es de interés estratégico para la seguridad de Estados Unidos debido a su posición geográfica, que la convierte en una base potencial para operaciones en el área del Mediterráneo occidental, y políticamente por la actual resistencia del pueblo español a la penetración comunista. La situación en España afecta al desarrollo de la política estadounidense en Europa porque el gobierno totalitario y antidemocrático de Franco hace que España sea inaceptable para las demás naciones de Europa Occidental como participante en el programa de recuperación europeo y en la Unión Occidental. Los aspectos políticos del Protocolo de España con Argentina son de interés para la política de Estados Unidos en el hemisferio occidental y su doctrina de la hispanidad afecta los intereses de Estados Unidos en todas las naciones latinoamericanas y en la República Filipina.

En términos económicos, España es relativamente poco importante para Estados Unidos, excepto en la medida en que Estados Unidos pudiera tener que negar a sus enemigos materias primas estratégicas españolas. Normalmente, menos del dos por ciento de las exportaciones estadounidenses van a España, mientras que menos del uno por ciento de las importaciones estadounidenses provienen de ese país.

El poderío militar de España es escaso, aunque sus fuerzas armadas se mantienen en una dotación numérica de más de 500.000 efectivos y casi la mitad del presupuesto nacional se dedica a los estamentos militares y policiales. Estas fuerzas carecen de equipos modernos y su entrenamiento se ve limitado por la escasez de petróleo y gasolina. España no podría repeler el ataque de un ejército moderno y fuerte. Sus capacidades militares no pueden mejorar eficazmente sin armas, aviones y equipos de origen extranjero. El desarrollo económico nacional está retrasado y la capacidad de producción bélica es insuficiente para sostener a las fuerzas armadas, excepto en breves combates. Aunque existen importantes yacimientos de minerales estratégicos, estos no son suficientes como para satisfacer las demandas de la guerra. En caso de guerra, Franco probablemente se alinearía, si fuera el caso, con las potencias occidentales, tanto por conveniencia como por su genuino aborrecimiento de la expansión comunista. Sin embargo, en primer lugar trataría de permanecer neutral.

La producción agrícola e industrial española no ha recuperado el nivel alcanzado antes de la Guerra civil de 1936-39. La modernización y renovación de los equipos son muy necesarias en todos los ámbitos, pero la posición cambiaria de España es extremadamente débil.

Al final de la Segunda guerra mundial, a España se le negó la admisión en la ONU como antiguo colaborador del Eje. Desde diciembre de 1946, el Gobierno se encuentra ante desventajas específicas derivadas de una resolución de la Asamblea General de la ONU que, tras censurar a Franco por sus antiguos y estrechos vínculos con la Alemania nazi y por su régimen totalitario de derechas, excluía a España de la participación en organismos internacionales o dependientes de la ONU y recomendaba la retirada de Madrid de ministros y embajadores de los países miembros. Los cálculos del general Franco incluían la posibilidad de que el peligro de guerra entre la URSS y las democracias occidentales ensombreciera las razones de este aislamiento diplomático y económico internacional y condujera, si no a la plena normalización de sus relaciones internacionales, a la concesión de ayudas directas por parte de Estados Unidos en forma de créditos y bienes necesarios para rehabilitar la economía española y equipar a sus fuerzas armadas. Estados Unidos, sin embargo, no se ha desviado en el caso de España de su política general respecto a todas las naciones de Europa Occidental: es decir, la acción a través de acuerdos multilaterales y de la ONU. Debido a su oposición a Franco, las 16 naciones europeas afectadas han excluido a España del programa de recuperación europeo.

Todavía no está claro qué línea adoptará finalmente Franco para hacer frente a esta situación. Durante 1947 y el verano de 1948 optó por acercarse a Argentina en las relaciones exteriores, obteniendo de Perón en momentos cruciales dos grandes empréstitos para importaciones de alimentos, por lo que expresó su solidaridad con las propuestas de Perón de una “tercera posición internacional” al margen del bloque comunista o del “capitalista”. En política interna, volvió a enfatizar las teorías falangistas de la autosuficiencia nacional bajo una estrecha regimentación económica y social y la negación de la libertad de prensa y política. Adoptó una actitud intransigente ante las sugerencias del Departamento de Estado de los Estados Unidos de que mejorara su posición internacional desfavorable mediante la liberalización de su régimen, haciéndolo más aceptable para la opinión pública de los Estados Unidos y de las naciones de Europa Occidental. Sin embargo, en vísperas de la Asamblea General de la ONU de 1948 en París (donde la cuestión española se ha incluido en el orden del día a petición de Polonia), cedió terreno al anunciar que se permitirían elecciones municipales y renovó esfuerzos para obtener un acercamiento al pretendiente español, Don Juan.

Aunque objetable para un gran número de españoles, el gobierno del general Franco ha sido capaz de permanecer en el poder durante nueve años después de obtener el dominio del país en la Guerra civil de 1936-39. Bajo este régimen, España es un “Estado autoritario, nacionalsindicalista” que, por razones de estrategia política, ha sido proclamado “reino”. El legítimo pretendiente al trono está en el exilio y el Gobierno en la práctica es una dictadura bajo el General Franco, que por ley es Jefe de las Fuerzas Armadas y Jefe del Estado, sin límite en su mandato y con derecho a nombrar a su sucesor. El gobierno ejerce un control absoluto sobre la prensa y la propaganda, ha suprimido las libertades civiles y políticas y suprime por la fuerza toda oposición política, incluida la de los monárquicos. Ha regimentado la economía nacional hasta el punto de que casi asfixia a la empresa privada.

La mayoría de los españoles son amistosos con Estados Unidos y hostiles hacia la URSS. Como la oposición proletaria a Franco ha perdido su antigua esperanza de que las democracias intervinieran para derrocar al régimen, algunos sectores tienden a orientarse hacia el Partido Comunista de España. Las fuerzas liberales moderadas se han visto debilitadas por la represión y por su incapacidad para unirse. Si estos procesos continuaran, en última instancia, sólo los comunistas, ahora una minoría desacreditada, podrían estar preparados para actuar con disciplina y obtener ayuda externa en caso de que una emergencia debilitara al Gobierno.

La estabilidad del actual Gobierno depende sobre todo del mantenimiento de una fuerza física y una capacidad para mantener en pie la tambaleante economía nacional. Franco no ha dado ninguna indicación de que vaya a renunciar voluntariamente a su autoridad y no hay una señal alguna de que el Ejército vaya a retirarle su apoyo. Sin embargo, la fiabilidad futura de este apoyo dependerá en gran medida de las tendencias económicas. En el mejor de los casos, en el futuro previsible, Franco tendrá que continuar con su costumbre de maniobrar para mantener el equilibrio entre los tres pilares de su poder, a saber: el Ejército, la jerarquía católica española y el “partido” unitario de tipo fascista conocido como Falange Española. Franco ha utilizado y coordinado hábilmente a estos grupos a pesar de sus antagonismos, pero su Gobierno no ha logrado la unidad nacional. Es fuerte porque mantiene a la población sometida y ha mantenido vivos los temores mutuos de represalias entre los españoles que tomaron bandos opuestos en la Guerra civil.

Un levantamiento popular contra Franco es poco probable. Una coalición de fuerzas centristas antifranquistas, que integre grupos monárquicos, socialistas y obreros, en el interior y fuera de España, está siendo buscada por los líderes del exilio con el fin de obtener una transición pacífica del antiliberalismo franquista a un régimen más moderado. Incluso si tal grupo demuestra una capacidad de acción unificada, tendrá éxito contra el poder atrincherado del régimen solo si obtiene el apoyo moral de las potencias occidentales o es capaz de capitalizar, posiblemente a través de la presión de los banqueros españoles, la debilidad financiera y la posición económica vulnerable del gobierno. En cualquier caso, sería necesario el respaldo de un fuerte grupo de generales del ejército español para inducir a Franco a ceder su poder.

Por lo tanto, la única amenaza seria para el régimen en el momento actual radica en la precaria situación económica. Parece dudoso que pueda darse una ayuda inmediata a través de Naciones Unidas o de canales similares. Se han denegado créditos solicitados a fuentes privadas en el extranjero, principalmente debido a la falta de confianza en la estabilidad a largo plazo del régimen y a sus restricciones a las inversiones extranjeras y a la libre empresa. Los acuerdos comerciales bilaterales concluidos durante 1947 y 1948, además de los beneficios indirectos del programa europeo de recuperación, han comenzado a proporcionar cierto alivio y probablemente continuarán haciéndolo el próximo año. Estos beneficios pueden evitar, al menos temporalmente, el peligro de un colapso económico.

Mientras se sienta capaz de mantener la situación económica bajo control, es poco probable que Franco haga concesiones importantes hacia la evolución democrática y puede haber una prolongación del sistema totalitario español bajo su mando. Como perspectiva a largo plazo, ello probablemente conduciría a una explosión violenta de fuerzas populares, en la que los comunistas disfrutarían al menos de una ventaja inicial. La perspectiva a corto plazo, sin embargo, es que la situación económica de la nación será crítica durante el otoño y el invierno de 1948-49; si no se produce ningún acontecimiento llamativo que invierta esta perspectiva, Franco continuará bajo presiones internas y externas que pueden obligarle a hacer cambios básicos de política, alterando radicalmente el carácter de su régimen, o a abandonar el poder. Su capacidad para resistir estas presiones se verá mermada si se produce un marcado contraste entre el ritmo de rehabilitación económica de España en el marco de los acuerdos bilaterales y el ritmo de recuperación de los demás países de Europa occidental en el marco de los acuerdos internacionales. Por otra parte, si decide a hacer cambios de política y a reformar el Gobierno para satisfacer estas presiones, tendrá que correr el riesgo de una fuerte oposición y de un posible derrocamiento a manos de las fuerzas cuyos intereses creados se verían amenazados por el cambio.

Discrepancia de la Oficina de Investigación de Inteligencia. Departamento de Estado.

El organismo de Inteligencia del Departamento de Estado no puede estar de acuerdo con el informe en cuestión, particularmente en lo que respecta a las secciones I y II que analizan la situación económica general en España y la posición del régimen franquista. En nuestra opinión, las perspectivas económicas en España no son tan desfavorables como se da a entender en el informe y que no cabe esperar ningún cambio político en un futuro próximo. En la actualidad existe una clara tendencia hacia la mejora de la posición internacional de España, lo que bien puede fortalecer al régimen franquista tanto económica como políticamente. Por una parte, el aumento del número de acuerdos comerciales bilaterales con países de Europa Occidental y América Latina, junto con las ayudas indirectas derivadas de la asistencia de la ERP[19] a los países de Europa Occidental, deberían mejorar la posición económica de España; por otro, varios países latinoamericanos acreditan Jefes de misión en Madrid, lo que permitirá a Franco escapar, al menos en parte, a las cargas del aislamiento diplomático impuesto a España por la Asamblea General de la ONU. En vista de la creciente división Este-Oeste, Franco puede esperar recibir un apoyo cada vez mayor, directo o indirecto, de las potencias occidentales.

Discrepancia de la División de Inteligencia. Departamento del Ejército de Tierra

La División de inteligencia del Ejército de tierra disiente sustancialmente de las conclusiones expuestas en este documento en cuanto a los probables acontecimientos futuros en España que afectarán a la seguridad de los Estados Unidos. Estas conclusiones son que, si bien no es probable que se produzca ningún cambio en seis meses, la situación en España es, en última instancia, de peligro para los Estados Unidos debido a la posibilidad de que los comunistas dominen la zona. Se indica que tal dominación podría ser el resultado de (a) una revolución ayudada por la URSS, o (b) una agresión militar por parte de la URSS.

A.- En cuanto a la primera posibilidad, la revolución, el informe afirma que las clases trabajadoras insatisfechas son receptivas ante la propaganda comunista. Además, está implícito el supuesto de que no es posible una evolución hacia una forma de gobierno política y económicamente más satisfactoria dentro del régimen franquista y que no se puede esperar un alivio de las presiones impuestas interna y externamente. Esta división, por otra parte, cree que la revolución es improbable. Considera que el gobierno de Franco es uno de los más estables de Europa occidental y cree que los españoles son mucho menos susceptibles a la propaganda comunista que los de Francia o Italia. Esta división también cree que, dada su fuerza y estabilidad actuales, el régimen franquista puede comenzar a implementar ciertos planes de evolución interna largamente pensados que, a su vez, ayudarán a aliviar las presiones externas. Que la situación exterior no es estática lo demuestra la mejora de las relaciones españolas con muchos países durante el último año, y en particular con Francia, donde el sentimiento antifranquista ha tenido una gran fuerza. Que la situación interna no es estática lo demuestra el compromiso parcial entre Franco y Don Juan y el anuncio de las próximas elecciones municipales.

B.- En cuanto a la segunda posibilidad, la agresión militar directa por parte de las fuerzas soviéticas, se cree imposible a menos que la URSS domine primero la mayor parte de Europa Occidental, incluyendo Francia o Italia. Este conjunto de circunstancias no se menciona en el documento, lo que deja a uno con la impresión de que la agresión podría emprenderse desde las bases actuales en la URSS o en los países satélites, sin una guerra europea o mundial.

 
C.- La División de Inteligencia del del Ejército de tierra considera que el documento no pone de manifiesto los dos problemas más acuciantes que afectan a la seguridad de los Estados Unidos y que presenta la situación española. En primer lugar, la potencial importancia estratégica de España para los Estados Unidos en caso de guerra con la URSS hace extremadamente grave la actual frialdad de las relaciones entre España y los Estados Unidos. En segundo lugar, la importancia estratégica de Europa occidental para los Estados Unidos en su conjunto hace igualmente grave la actual frialdad de las principales naciones de Europa occidental hacia España. Estados Unidos ha demostrado que reconoce la importancia que tiene para su propia seguridad la integración de Europa Occidental en los planos económico, político y militar. Tal integración es incompleta e inadecuada sin España; sin embargo, España ha sido excluida de todos los movimientos en esta dirección. La División de inteligencia del Ejército de tierra es consciente de que el problema de la incorporación de España al grupo de naciones occidentales es difícil, pero no lo considera insoluble. Esta división cree que la evolución dentro de España no sólo es posible sino probable y considera que la evolución conducirá a mejores relaciones con las potencias occidentales, incluidos los Estados Unidos, con la posible inclusión final de España en el sistema de defensa occidental. Sin embargo, si los esfuerzos por lograr una cierta unión de las naciones de Europa Occidental fracasaran o resultaran tan insuficientes que no merecieran más estímulo o apoyo de los Estados Unidos, el valor estratégico de España para los Estados Unidos justificaría mayores esfuerzos por su parte para establecer una cordialidad plena en las relaciones entre los dos países.

Notas

[1] Informe secreto de 100 páginas fechado el 15 de noviembre de 1948 y titulado simplemente “SPAIN”. Aquí reproducimos el “sumario”, pp. i-viii que corresponde a la Sección I (Situación Política). En https://www.cia.gov/readingroom/docs/CIA-RDP78-01617A001500020001-2.pdf AQUÍ  . Gregorio Santiago Díaz, “Vivimos sobre un volcán”. ¿Pudo derrocar el hambre a Franco? (1948-1951)”, en Historia Actual on line, 63, 2024.

[2] Ángel Viñas, En las garras del águila. Los pactos con Estados Unidos, de Francisco Franco a Felipe González (1945-1995), Barcelona, Crítica, 2003, pp. 57-61; Paul Preston, Franco, Caudillo de España, Debate, Barcelona, 2015, pp. 636-639 y 646-647.

[3] Se recordará que Lequerica había sido embajador de Franco en la Francia de Vichy, donde colaboró con la Gestapo y destacó por su dura persecución de los exiliados republicanos españoles.

[4] En total hay unos quince, pero es difícil precisarlo pues no están ordenados cronológicamente.

[5] “Probable Soviet & Soviet-inspired reactions to the SWNCC Recommendations of US Aids to Spain”, 18 de agosto de 1947. AQUÍ (https://www.cia.gov/readingroom/docs/CIA-RDP78-01617A003000010003-4.pdf .).

[6] Nicolás Sesma, Ni una, ni grande, ni libre. La dictadura de Franco. Ed. Crítica, Barcelona, 2024, p. 284.

[7] Tony Judt, Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, Taurus, Madrid, 2013, p. 151.

[8] Walter LaFeber, America, Russia and the Cold War, 1945-1996, McGraw Hill, 1999, p. 127.

[9] Paul Preston, Op. cit., p. 669.

[10] “Nota del encargado de España al Secretario de Estado de 30 de diciembre de 1947.  En Fernando Díaz Plaja, La España Franquista en sus documentos, Barcelona, Plaza Janés, 1976, pp. 232-235.

[11] “The Chargé in Spain (Culbertson) to the Secretary of State”. En https://history.state.gov/historicaldocuments/.

[12] Díaz Plaja, 1976, p. 196.

[13] Ambas cosas eran ciertas, pero no en los términos expresados por Lange, pues no se trataba de fabricar bombas atómicas (en ese momento).

[14] La frase se atribuye a F.D. Roosevelt por referencia al dictador nicaragüense Somoza. “He may be a son of a bitch, but he’s our son of a bitch”. No está clara la atribución, pero sí su pertinencia expresiva en los ejemplos mencionados.

[15] Los tratados implicaban un compromiso de defensa mutua en caso de ataque de un tercer país. España, aunque logró en 1976 que se denominara “tratado” a su relación con EE.UU. no tuvo nunca ese compromiso.

[16] Ver Frances Stonor Saunders, La CIA y la Guerra fría cultural, Debate, Madrid, 2001.

[17] Gregorio Santiago Díaz, “Vivimos sobre un volcán”. ¿Pudo derrocar el hambre a Franco? (1948-1951)”, en Historia Actual on line, 63, 2024.

[18]  La información contenida en este informe corresponde a septiembre de 1948.

Este informe cuenta con la anuencia de los organismos de inteligencia de la Armada y la Fuerza Aérea. Las discrepancias de la Oficina de Investigación de Inteligencia del Departamento de Estado y de la División de Inteligencia del Departamento del Ejército aparecen inmediatamente después del resumen.

[19] European Recovery Program, Programa de recuperación europea, más conocido como “Plan Marshall” (n. del t.)


 

vendredi 1 mai 2026

La dulce guerrilla urbana en pantalones de campana del Frente de Liberación Popular (y 2)

 

La dulce guerrilla urbana en pantalones de campana del Frente de Liberación Popular
Los grises cargan contra manifestantes durante una huelga en 1968. (DP)

5. La lucha armada

Cristian Cerón y Francisco Lara, en su libro sobre el Frente de Liberación Popular (Catarata, 2022), comienzan de este modo el capítulo titulado La lucha armada: «En la vivienda clandestina madrileña de la carretera de Aragón un joven gaditano trata de convencer a sus compañeros sobre un mapa de la situación insostenible de los campesinos andaluces, lo que permitiría montar un foco guerrillero en la sierra de Cazorla (Jaén)». En las memorias de José Luis Leal no se cuenta nada sobre cómo se debatió el asunto de la lucha armada. ¿Quién fue ese «joven gaditano» que propuso poner en marcha una guerrilla? García Alcalá, en su tesis doctoral, donde incluye entrevistas con antiguos militantes del FLP, aporta mucha información sobre cómo se trató este peliagudo asunto en el Frente. En Queríamos la revolución (Flor del Viento, 1998), García Rico sí dice abiertamente que el gaditano José Pedro Pérez-Llorca puso la posibilidad de la violencia como vía para la revolución sobre la mesa. Aunque es verdad que los felipes no llevaron a cabo ninguna acción violenta, es comprensible que algunos de los autores consultados se autocensuraran a la hora de afirmar que alguien tan relevante como José Pedro Pérez-Llorca, padre de la constitución, ministro y fundador de uno de los despachos de abogados más influyentes de España, había tenido de joven la idea de usar la lucha armada para acabar con la dictadura.

Estamos en 1960, Fidel Castro y unos guerrilleros barbudos han conseguido acabar con la dictadura de Batista en Cuba desde su base de sierra Maestra. La repercusión de la revolución cubana llegó a los oídos de los felipes, que acababa de fundar un grupo insurgente. Algunos militantes de exterior tuvieron una entrevista con el comandante Gutiérrez Menoyo, uno de los lugartenientes de Castro en Cuba. Este los animó a iniciar un proceso parecido al que ellos habían emprendido con éxito en la isla caribeña. Durante un tiempo hubo contactos y Menoyo prometió ayuda material a los jóvenes españoles. Parece ser que el mismo Che Guevara terminó abortando el apoyo de la revolución cubana al FLP. 

Más tarde, con la intermediación del gobierno de la República Española en el exilio, entraron en contacto con autoridades yugoslavas. Se mandó a varios efectivos a Belgrado para recibir «formación teórica y práctica». Esta última, la «formación práctica», según pensaban los activistas españoles, sería mayormente entrenamiento guerrillero. 

José Manuel Arija, en entrevista con García Alcalá, afirma: «Pero luego no hubo nada. La formación teórica nos la dimos nosotros solos (…) Y de la formación guerrillera que pensábamos recibir, no hubo nada, nada en absoluto». De aquella experiencia balcánica venía José Luis Leal cuando acudió a la boda de Juan Carlos de Borbón en Atenas. 

Finalmente, el único apoyo recibido por los yugoslavos fue el pago de un viaje a Túnez para contactar con el Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino que realizó Nicolás Sartorius. Así lo cuenta el luego líder del PCE: «Yo hice un viaje a Túnez ayudado por los yugoslavos, para tomar contacto con el FLN argelino. Les presentamos un informe en la idea de una posible guerra de guerrillas en España, pero luego eso no tuvo continuidad. No se llegó a nada». Parece que los argelinos no dieron respuesta; se entiende que no tomaron muy en serio la propuesta de Sartorius. 

No todos los felipes estaban de acuerdo con la idea de la lucha armada, algunos lo veían como una idea «infantil». Fernando Martínez Pereda lo contó así: «Nos pareció un disparate absurdo. ¿A dónde íbamos a ir? ¿A la sierra de Cazorla para que nos coja la guardia civil?, O hacemos como luego le ocurrió al FRAP, ocultándonos como las ratas para luego matar a un pobre guardia. ¿Qué vamos a hacer? ¡Ir con la merienda a Cercedilla en el tren! Aquí no hay una estructura con un 80 % del campesinado como en Argelia». Joaquín Aracil lo tenía claro: «Yo, ¿cómo voy a ponerme a disparar? Tengo que sentir odio hacia la guardia civil. Yo en este momento siento odio, pero no lo suficiente como para ponerme a disparar y matar».

Pero los más lanzados siguieron adelante. Valeriano Ortiz, alias «Nikita», pidió permiso para comprar un lote de armas en el mercado negro. Antonio López Campillo recuerda que: «Se compraron unas pistolas que eran lamentables, muy viejas. Se compró también una metralleta Stein que seguramente nos hubiera matado. Los tiros al saltar nos matan, las balas no llegan a ningún lado». Luego se adquirieron armas de mejor calidad, «un Winchester que era carísimo» y, gracias a los conocimientos químicos de uno de ellos, se fabricaron explosivos. 

En el fondo no había una determinación seria para pasar de la teoría a la práctica. Así recuerda a sus compañeros Rodolfo Guerra: «Todos los que yo me topé eran unos aficionados, no estaban preparados para realizar los objetivos del FLP. Y si lo hacían iban a ir todos a la cárcel o frente pelotón de ejecución. Y otros hablaban mucho pero cuando recibían el camión con armas o se les decía: «atraca un banco», como en realidad eran unos hijos de papá, se acojonaban como el que más». Entre algunos miembros de la organización corrió el rumor de que Fidel Castro, a través de los yugoslavos, les había regalado un camión lleno de armas. Dicho vehículo y su cargamento nunca aparecieron. Finalmente se decidió «abandonar» la lucha armada. Se abandonó una vía que nunca se había iniciado.

6. Más redadas 

En 1962 hubo otra gran redada que diezmó de nuevo el FLP. Esta vez, la organización había actuado como propagador de la información sobre las huelgas en Asturias. Para entonces ya se habían creado las dos franquicias del frente: en Euskadi con el nombre de Euskadiko Sozialisten Batasuna (ESBA); y en Cataluña llamada Frente Obrero de Cataluña (FOC). Entre los detenidos estaba el sacerdote José Bailo Ramonde (A Coruña, 1929). Este cura con fama de «abierto y lanzado», después de terminar sus estudios en el seminario de Comillas, hizo oposiciones al Cuerpo Castrense (sacerdote del Ejército) y sacó el número dos. Valencia fue su primer destino y allí entró en contacto con estudiantes de la ASU (Asociación Socialista Universitaria) que estaban en la cárcel. Cuando esta organización se integró en el FLP, el sacerdote también lo hizo. Influyó en su decisión que los dirigentes del Frente fueran amigos del padre Jesús Aguirre, luego duque consorte de Alba. 

El cura Bailo sabía que podía ser torturado. Cuando entraron en su celda para interrogarlo, decidió ponerse solemne. Se puso en pie y delante de los policías levantó la mano derecha como si fuera a iniciar una bendición. Ante la sorpresa de los agentes —que sabían que era sacerdote— dijo con el mismo tono que usaba para predicar desde el púlpito: «El que pusiere la mano sobre un ministro del Señor será excomulgado». Los policías se quedaron paralizados. Se miraron los unos a los otros y, por si acaso, ninguno de ellos tocó un pelo de aquel representante de Dios en la tierra. Bailo cuenta que al poco de entrar en el FLP recibió una invitación para reunirse en París con Santiago Carrillo y Jorge Semprún. Querían ficharlo para el PCE. Acudió a la cita, pero se mantuvo fiel a los felipes, sus nuevos compañeros.

En 1969, después de haber pasado cuatro años en la cárcel, Bailo, que ya no era sacerdote, fue arrestado de nuevo junto con Enrique Ruano y su novia Dolores González. Se les acusaba de arrojar a la vía urbana propaganda de Comisiones Obreras. Se les detuvo en un bar hasta el que los siguió el policía que los había visto lanzando las octavillas. En el bar se pudo comprobar que estaban en posesión de «documentos relacionados con actividades clandestinas de carácter comunista». A Ruano le encontraron las llaves de un piso que no era su domicilio. Argumentó que era el lugar que utilizaba para ocultarse. La policía lo llevó al inmueble y procedió a registrarlo. Según la versión oficial, Ruano, tras una breve carrera, se arrojó al vacío por un patio interior desde la séptima planta que ocupaba el piso. Para apoyar la versión del suicidio, la policía aportó como prueba parte del diario íntimo del fallecido. El documento en realidad era una carta dirigida al psiquiatra Castilla del Pino en la que le contaba sus problemas sentimentales y sus esporádicos pensamientos de quitarse la vida. El diario ABC, alineado con las fuerzas represivas del régimen, publicó aquellos textos manuscritos por Ruano.

Entre las detenciones de 1962 y la muerte de Enrique Ruano, los felipes continuaron con su actividad política. Se celebró un congreso en la localidad de Pau (Francia): primer congreso y último; sufrieron escisiones como la creación de Acción Comunista (AC) por los más radicales; publicaron revistas y periódicos como Voz Obrera, Crítica y Vanguardia Roja y se reunieron con Marcelino Camacho, histórico líder del sindicato Comisiones Obreras (CCOO), organización que en noviembre de 1967 había sido declarada «ilegal y subversiva» por el Tribunal Supremo. Tras el contacto con Camacho, los felipes ayudaron a la implantación de CCOO en varias fábricas. Entre las peripecias más rocambolescas de los militantes del FLP están las escapadas del país a través de la embajada de Colombia (protagonizada por Juan Tomás de Salas) y con la ayuda de la embajada de Uruguay en el caso de Ignacio Fernández de Castro. En ambos casos la ayuda del sacerdote Jesús Aguirre y de sus buenos contactos fue crucial. El relato del refugio y fuga de Tomás de Salas es más divertido que el de Fernández de Castro. 

Durante aquella segunda mitad de la vida del FLP, Julio Cerón, aunque desterrado al pueblo de Alhama de Murcia, seguía siendo muy importante para la organización. Según cuenta Carlos Semprún Maura en sus memorias (y recoge Eduardo G. Rico en Queríamos la revolución (Flor del Viento, 1998), Cerón no paraba de escribir cartas a los militantes. Con ellas intentaba matar el aburrimiento y aprovechaba para impartir doctrina política. Una de las misivas dirigidas a la Federación Exterior del FLP cayó en manos de Carlos Semprún, que se encontraba en París. En la carta Cerón pedía que lo liberasen y lo ayudaran a escapar ilegalmente al extranjero. Semprún mandó a dos estudiantes belgas a Murcia para confirmar la intención de su líder. De vuelta en la capital francesa, los chicos confirmaron el deseo de fuga del diplomático. Semprún encargo la peligrosa acción a Henri Curiel y a su grupo de mercenarios. Curiel, nacido en Egipto y líder del partido comunista egipcio hasta su expulsión, había colaborado con el FLN argelino y con otros movimientos de liberación de países tercermundistas. El plan consistía en que el día X a la hora Y, Cerón saldría a dar un paseo. Se toparía con una furgoneta dirigida por un «camarada» chófer y con un sacerdote de copiloto. Llevarían un pasaporte falso y los utensilios para afeitar la siempre abundante barba de Cerón. En el interior del vehículo también encontraría una sotana o un clergyman para disfrazarse de cura. De Murcia a Valencia y de allí a Roma, donde Julio Cerón daría una conferencia de prensa que sería un golpe de efecto publicitario que haría que todo el mundo conociera la lucha por la libertad del FLP. Cerón había participado en el diseño del plan; de ahí el disfraz de sacerdote. Según Semprún, era necesaria una foto sin barba de Cerón y para ello se utilizó al escritor Mario Vargas Llosa, compañero en la radio oficial francesa, que pensaba pasar las vacaciones de verano en la costa mediterránea, para que visitara a Cerón. De vuelta en París el escritor peruano dijo a Semprún que todo se cancelaba porque Cerón había recibido la visita de la policía y que estos conocían los planes de fuga, el itinerario e incluso el disfraz. La conclusión de Semprún en sus memorias es que Cerón se había inventado esa visita de la policía española debido a que veía que, gracias a sus muchos y buenos contactos, en breve se solucionaría su situación y le daba pereza lo rocambolesco del plan. En 1996, en un artículo de El País, Mario Vargas Llosa contó una versión ligeramente diferente de la peripecia:

Recorrí la península en una Dauphine con placa francesa, que echaba humo como una chimenea y cuya sed abrasadora había que aplacar con baldazos de agua cada diez kilómetros. Cuando llegué a Alhama a don Julio Cerón el plan de fuga le pareció sin pies ni cabeza y me despachó de vuelta a Barcelona, después de convidarme a un pollo frito y una conversación sobre las novelas de Juan y Luis Goytisolo. En Calafell, me esperaba otro ‘felipe’ con instrucciones de la dirección —algo tardías— de cancelar el viaje a Alhama.

A comienzos de los años 70, Julio Cerón fue rehabilitado como diplomático y destinado a la embajada de España en París donde trabajó para la UNESCO. El obituario que Miguel Ángel Aguilar le dedicó en El País en 2014 dice, con mucha ironía, que le ofrecieron ir a la Santa Sede y que se negó argumentando que si, como tarea diplomática, debía influir para conseguir el nombramiento de un papa español, debían nombrarlo a él y solo a él. Falleció en 2014 en el castillo de Caussade (Perigueux, Francia).

6. La nueva izquierda. Mayo del 68

En el prólogo a Queríamos la revolución (Flor del Viento, 1998), libro de Eduardo G. Rico sobre el «FELIPE», Joaquín Leguina (que fue miembro del FLP) escribe sobre las intenciones y objetivos del FLP: «¿Sabíamos lo que queríamos? Quizá no, al menos, no lo sabíamos con precisión, pero sí sabíamos lo que no queríamos». Las protestas de mayo del 68 en París se podrían explicar de la misma manera. Los estudiantes que se manifestaron en mayo del 68 pertenecían a familias burguesas o de clase media-alta. Los fundadores del FLP tenían la misma extracción social. Los objetivos e intereses de los estudiantes franceses, en el fondo, eran diferentes de aquellos por los que apostaban los proletarios del Partido Comunista de Francia y de la Confederación General del Trabajo, el sindicato mayoritario francés. Lo mismo ocurrió en España con el FLP y otros grupos similares. No les gustaba lo que había —y por eso protestaban—, pero no tenían claro lo que querían.

«Sed realistas, exigid lo imposible»; «Prohibido prohibir»; «Bajo los adoquines está la playa»; «Somos demasiado jóvenes para esperar». Estos eslóganes es lo que queda de las revueltas de París. Mayo de 68 se caracterizó por el culto a la estética de la revolución; lo mismo se puede decir del FLP. José Pedro Pérez-Llorca recuerda a Julio Cerón de este modo:

Por encima de aquel juvenil anhelo pervive en mí el recuerdo de un Julio que me escandalizaba diciendo que «La política es ante todo un imperativo del buen gusto, el país no nos gusta ni nos puede gustar, por eso queremos cambiarlo. Estamos atrapados, además de por la Dictadura, por la mediocridad del ambiente».

Julio Cerón describía así a a los primeros felipes: 

Grupúsculo extremista y sabiamente rabioso, al que acudían seres llenos de entrega y ardor.1

Las revueltas del mayo del 68 terminaron con la famosa frase de De Gaulle: «La reforme oui; la chienlit, non!» (la reforma sí, el desorden no). Si analizamos aquellos hechos con la distancia que ofrecen los cincuenta y cinco años transcurridos, los resultados fueron bastante pobres; poco o nada cambió. Sobre lo ocurrido en Francia en 1968 los críticos más benevolentes, admitiendo que no se consiguieron los objetivos, argumentan que al menos se pusieron encima de la mesa los temas que serían clave en el final del siglo XX: el pacifismo, la ecología y el feminismo. Los críticos más severos opinan diferente: Gilles Lipovetsky calificó el movimiento de «laxo y relejado». El historiador Eric Hobsbawm calificó el marxismo de los estudiantes franceses de «peculiar, con una orientación universitaria, combinado con otras modas académicas del momento y, a veces, con otras ideologías, nacionalistas o religiosas, puesto que nacía de las aulas y no de la experiencia vital de los trabajadores». 

El intelectual Michel Clouscard fue más allá. Describió las revueltas como «un enorme happening», como «toma de la Bastilla fantoche», como algo más parecido a un «psicodrama» que a una experiencia revolucionaria. En sus libros El capitalismo de la seducción y Neofascismo e ideología del deseo sitúa en mayo del 68 el comienzo del proceso según el cual la izquierda abandonó la idea de trasformar la sociedad y de la lucha de clases para tomar la bandera de las luchas individuales e identitarias. Clouscard llega incluso a acusar a estos movimientos de «nueva izquierda» de hacer el juego al capital y a los poderes fácticos: 

Mayo de 1968 anunció además el reparto del pastel entre los tres poderes constitutivos del consenso actual: liberal, socialdemócrata, libertario. Al primero se le devolvió la gestión económica, al segundo la gestión administrativa, al tercero la de las costumbres transformadas en necesidad del mercado del deseo. Tenemos así la nueva Francia.

En 1968, José Luis Leal aún no había cumplido los veintiocho años y era profesor de la universidad parisina de la Sorbona. Entre sus alumnos estuvo Daniel Conh Bendit, líder estudiantil de las revueltas. En sus memorias recuerda con emoción y nostalgia aquel movimiento estudiantil. 

7. Disolución del FLP

A comienzos de 1969, un grupo de disidentes del FLP redactó un documento proponiendo la creación de un nuevo partido que acabaría llamándose Partido Comunista Revolucionario (PCR). La nueva formación tenía como principal objetivo representar la «vanguardia del proletariado». Aquel nuevo grupo, del que el cura Bailo era uno de los principales artífices, significó el final del FLP. Muchos militantes, como Nicolás Sartorius, se marcharon al PCE y otros, como explica Pablo Lizcano en su libro La generación del 56, se pusieron a hacer oposiciones a la administración obligados por sus padres. Se terminaba la vida universitaria y empezaba la realidad.

José Pedro Pérez-Llorca lo explica con claridad: 

Terminado el curso, mi muy inteligente madre, que se percató de mis andanzas, me empaquetó sin apelación para Friburgo de Brisgovia, en cuya acogedora universidad, y haciendo diversos trabajos, pasé una buena temporada. 

Siguiendo el consejo de Julio Cerón, el estudiante gaditano aprovechó para aprender alemán leyendo a Hegel y Marx. Perez Llorca terminó sus estudios de Economía con sobresaliente y el Premio Extraordinario de Licenciatura. Al terminar la carrera, también cerró su época de radicalismo político. Pero recuerda esa época con cariño: «Fue positivo, porque aprendí mucho análisis y práctica política. También me quedó una cierta erudición del pensamiento socialista, y el impulso de generosidad y de ilusión para entrar en la política activa».2

Leal cuenta que después de acabado el FLP se encontró con Nicolás Sartorius en París y le reprochó que hubiera mantenido una doble militancia, en el PCE y en el FLP. Sartorius se justificó diciendo que «éramos unos inconscientes y había que conseguir que nuestras locuras no dañaran la causa del proletariado».3

El 17 de septiembre 1984 se celebró un acto en la Fundación Miró de Barcelona para conmemorar el veinticinco aniversario del final del FLP. Se reunieron algo más de un centenar de antiguos militantes. Los entonces ministros del PSOE (Narcís Serra, José María Maravall, Carlos Romero y Julián Campo) excusaron su asistencia. Terminado el acto, los más valientes o nostálgicos siguieron la juerga en la sala de fiestas La Paloma. Durante la reunión se pronunciaron discursos emotivos como el del escritor Vázquez Montalbán: «Difícil hacer un diagnóstico, pero si nos hubieran dejado, habríamos hecho una revolución encantadora». Manuel Gari, dirigente del FLP, se preguntó: «¿Cabe hablar de olvido de unas siglas o simplemente de un grato recuerdo juvenil? En realidad, el FLP planteó verdaderos problemas políticos que no supo resolver. Algunos exfelipes, la mayoría, no creen ya en esos problemas. Otros seguimos buscando nuevas soluciones». Solo Pascual Maragall, que nunca se ha mordido la lengua aportó el epitafio que hacía justicia al cadáver:

La historia del FELIPE es más una parte de nuestra historia privada que de la historia social y política del país. El PSUC y el PCE hicieron gran parte del trabajo sucio que se requiere para estar realmente en los libros de historia y salir del puro álbum de fotos amarillento. Que es donde estamos nosotros.

Epílogo

Del FLP salieron ocho ministros de la democracia; treinta altos cargos de la Administración, entre ellos dos presidentes de Comunidad Autónoma; treinta y cinco catedráticos y profesores; quince escritores y periodistas y doce curas. Muchos artículos que glosan este movimiento político destacan como su principal logro haber servido de incubadora para luego nutrir de cargos políticos y de intelectuales a la naciente democracia española. Pero quedan algunas cuestiones pendientes: si no hubieran pertenecido a este grupo tan ilustres miembros ¿nos acordaríamos hoy del FLP? Si no hubieran matado a Enrique Ruano ¿tendría el relato de las acciones de este grupo el toque épico que se le suele dar? ¿Hasta qué punto han exagerado los medios de comunicación y algunos libros de memorias los logros del FLP?

Estas preguntas quedarán sin respuesta en este artículo por respeto a esos ancianos que continúan contando a sus nietos que hace sesenta años fueron valerosos guerreros antifranquistas y que gracias a ellos España es hoy un país democrático.


Notas

(1) José Pedro Pérez-Llorca, Una biografía Política. Gema Pérez Herrera; (BOE, 2020)

(2) José Pedro Pérez-Llorca, Una biografía Política. Gema Pérez Herrera; (BOE, 2020)

(3) José Pedro Pérez-Llorca, Una biografía Política. Gema Pérez Herrera; (BOE, 2020)

Más bibliografía

La transición en España. España en transición. Alfonso Pinilla García (Alianza editorial, 2021).

La oposición democrática al franquismo. Xavier Tusell (Planeta, 1977).

El cura y los mandarines. Gregorio Morán. (AKAL, 2014).

Crónica del antifranquismo, Fernando Jáuregui y Pedro Vega. (Planeta, 2007).

La transición, historia y relatos. Carme Molinero y Pere Ysás. (Siglo XXI, 2018).

La dulce guerrilla urbana en pantalones de campana del Frente de Liberación Popular (1)

FUENTE https://www.jotdown.es/2024/03/frente-de-liberacion-popular-guerrilla-1

La dulce guerrilla urbana en pantalones de campana del Frente de Liberación Popular
Los grises reprimiendo una manifestación antifranquista en la época del Frente de Liberación Popular, 
en un fotograma del documental sobre el autor de la foto, Manel Armengol. Imagen: RTVE.

Papá cuéntame otra vez ese cuento tan bonito
de gendarmes y fascistas, y estudiantes con flequillo.
Y dulce guerrilla urbana en pantalones de campana
y canciones de los Rolling y niñas en minifalda.

Papá cuéntame otra vez todo lo que os divertisteis
estropeando la vejez a oxidados dictadores.
Y cómo cantaste «Al Vent» y ocupasteis la Sorbona
en aquel mayo francés en los días de vino y rosas.

Papá cuéntame otra vez», de Ismael Serrano)

Aunque parezca el comienzo de una película de James Bond, lo relatado a continuación es un hecho real y forma parte de la historia de España. 

El día 14 de mayo de 1962, los príncipes Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia contrajeron matrimonio en Atenas (Grecia). Se celebraron dos ceremonias religiosas. La primera por el rito católico en la catedral de Dionisio Areopagita a las diez de la mañana. Dos horas después, en la catedral de la Anunciación de Santa María, se llevó a cabo la ceremonia ortodoxa. Acudieron ciento cuarenta y siete invitados entre los que había miembros de veintisiete casas reales de todo el mundo. El dictador Francisco Franco mandó a su ministro de Marina como representante del gobierno y miles de españoles monárquicos se desplazaron hasta la capital griega para festejar el enlace. Hasta aquí la historia es de sobra conocida y se puede consultar en la hemeroteca de los periódicos y en varios libros. Lo que no era de dominio público hasta hace pocos años es que, entre los invitados oficiales por parte del novio, acudió al evento un peligroso revolucionario español perteneciente a un grupo subversivo de la izquierda política española más radical. A buen seguro, el príncipe Juan Carlos desconocía la doble vida de su invitado y amigo.

Nuestro hombre, unos días antes de la ceremonia, se encontraba en la antigua Yugoslavia, entonces un país comunista. A sus padres les había contado que residía en Ginebra (Suiza) ampliando sus estudios sobre Economía, carrera universitaria que había terminado con buenas notas. Al país eslavo lo había enviado el grupo político al que de forma secreta se había unido cuatro años antes. Junto a un nutrido grupo de militantes de ideología comunista de otros países (algunos del tercer mundo y la mayoría prosoviéticos), el activista español aprendía técnicas para la revolución de sus anfitriones yugoslavos; entre ellas, métodos de falsificación de documentos, teorías para la reforma agraria y planificación económica al estilo marxista.

Gracias a las buenas novelas de espías, se sabe que la existencia de quienes viven en la clandestinidad o llevan una doble vida es complicada. Desde una vida anodina, como la que nos ha tocado al común de los mortales, es difícil hacerse una idea de los pensamientos que cruzan por la mente de estos activistas encubiertos; más aún viviendo una situación tan estresante como aquella de la boda real. Cuando, por ejemplo, en pleno cocktail de la celebración nupcial y con un canapé de salmón en una mano, el revolucionario llevara con la otra una copa de champan francés a sus labios ¿se sentiría culpable recordando a los pobres y explotados jornaleros del campo andaluz? En el caso de que sintiera una punzada de ansiedad a causa de las injusticias sociales, ¿calmaría su inquietud pensando que, gracias a sus compañeros de lucha y a él, la opresión de la famélica legión llegaría en breve a su fin? En el supuesto de que hubiera sacado a bailar a una joven y bella princesa centroeuropea, ¿pondría toda su atención en no pisar los delicados pies de aquella descendiente del último emperador austrohúngaro o, al admirar su estilizado cuello, no podría evitar acordarse de la guillotina, aquel mecanismo que de forma tajante e inapelable impartió justicia en los tiempos de la revolución francesa? 

Tras el triunfo en 1959 de la revolución cubana, el grupo insurgente al que pertenecía nuestro revolucionario había decidido incorporar la lucha armada a su catálogo de métodos para cambiar la sociedad y hacer caer el franquismo. Cambiar en pocas horas el entorno marxista y austero de la revolución por el lujo de los palacios y las bodas reales hizo darse cuenta a nuestro joven aventurero que sus días transcurrían con emoción e intensidad. Tenía veintidós años y la vida era excitante. El futuro estaba en sus manos.

Nuestro héroe se llama José Luis Leal, tiene ochenta y cuatro años y acaba de publicar sus memorias. Después de abandonar la lucha subversiva llegó a ser ministro de Economía en uno de los primeros gobiernos de la democracia y presidente de la Asociación Española de Banca. 

Introducción

La historia de los movimientos revolucionarios españoles de los años 60 y 70 del siglo pasado es el relato de un fracaso: el dictador murió en la cama y España —que en 1978 adoptó la democracia como sistema político— continuó siendo un país capitalista en el que los poderes fácticos y los clanes familiares y económicos tenían (y siguen teniendo) demasiado poder e influencia.

En numerosos trabajos históricos sobre aquellos años se argumenta que estas organizaciones subversivas, a pesar de no conseguir sus objetivos, contribuyeron con su rebeldía a la llegada de la democracia a nuestro país.  Entre los jóvenes que pertenecieron a estos movimientos hubo algunos que se jugaron la vida (y unos cuantos la perdieron), la integridad física, la libertad y el futuro laboral o social. También los hubo que arriesgaron poco, hablaron mucho y, pasado el tiempo, se colocaron medallas antifranquistas que no les correspondían. Incluso los hubo que, como dice la letra de la canción de Ismael Serrano, se divirtieron, ligaron con chicas e hicieron contactos que con la llegada de la democracia utilizaron para obtener un buen empleo o un cargo político y un salario de por vida. 

A continuación, se relatan las andanzas de un grupo de jóvenes idealistas que se integraron en el Frente de Liberación Popular, el «Felipe». Su historia está llena de aventuras, anécdotas divertidas y desgracias. Fueron solo once años los que el Frente se mantuvo en activo (1958-1969), pero dicho periodo dio mucho de sí. 

1. El curso del 56

El Sindicato Español Universitario (SEU) fue fundado en 1933, durante la Segunda República, bajo el amparo de Falange Española. Tomando como ejemplo el fascismo italiano, su principal objetivo era controlar ideológicamente la universidad. Durante las primeras décadas de la dictadura, nadie movía un dedo en la universidad española sin que el SEU lo supiera y lo autorizara. En los años cincuenta, primero tímidamente y luego de forma más decidida, algunos estudiantes comenzaron a moverse fuera del control del sindicato fascista. Estos jóvenes cuestionaban las verdades impuestas por el franquismo; eran mayoritariamente hijos de vencedores de la guerra civil y pertenecían a las primeras generaciones de españoles que no habían vivido la contienda. 

Tampoco los estudiantes falangistas estaban conformes con la situación política. A pesar de que el SEU era el único sindicato de estudiantes autorizado por el gobierno franquista, en 1954 la policía tuvo que disolver violentamente una manifestación convocada por esta organización. Protestaban porque Franco no había puesto en marcha la reforma agraria y la nacionalización de la banca, proyectos que formaban parte del programa fundacional de Falange.

En 1955, el profesor de Psicología Experimental de la Universidad Complutense de Madrid José Luis Pinillos dirigió una encuesta entre los estudiantes madrileños. Los resultados sorprendieron a las autoridades de la universidad y alertaron al régimen franquista: el 82 % de los universitarios no tenían confianza alguna en las élites dirigentes; el 85 % consideraba «inmorales» a los gobernantes y el 74 % los tildaba de «incompetentes». En el capítulo dedicado a las Fuerzas Armadas, el 90 % de los consultados los consideraba «ignorantes, burócratas e inútiles» y para el 48 % eran «brutales, libertinos y bebedores». El 70 % de los encuestados consideraba que el compromiso social de la Iglesia era insuficiente y, por último, a la hora de mostrar las preferencias por una forma de Estado, el 30 % optaba por la monarquía, el 30 % por la república y solo el 10 % por una dictadura militar. El 20 % se mostraba indiferente. Solo un 10 % de los entrevistados se manifestaba como falangista1.

1956 fue el año en que la tensa paz en la universidad saltó por los aires. Los estudiantes de izquierdas y los monárquicos (que era entonces una manera de oponerse al régimen), que no respetaban la autoridad de SEU, comenzaron a hacer oír su voz. Con motivo del fallecimiento en octubre del 55 del filósofo Ortega y Gasset (a quien el régimen nunca tuvo mucho aprecio) se le organizó un homenaje en el entorno del Congreso de Escritores Jóvenes. Finalmente, este congreso se canceló por orden de la autoridad. En febrero varios estudiantes comunistas redactaron un manifiesto contra el SEU; se imprimieron numerosas copias y se distribuyeron en todas las facultades de Madrid. En el escrito no se citaba el nombre del SEU, pero quedaba claro a quién se echaba la culpa de todos los males de la universidad:

(…) la organización que hoy se atribuye cada día de un modo más ilusorio al monopolio del pensamiento, de la expresión y de la vida corporativa de la vida universitaria en el aspecto profesional, social, cultural e internacional, posee una estructura artificiosa que o no permite o tergiversa la auténtica manifestación y representación de los universitarios.

El documento denunciaba el «divorcio» entre la universidad real y la oficial:

Este divorcio explica muy bien la esterilidad y los fracasos cosechados en el terreno intelectual, deportivo y sindical, fracasos que nos humillan en todo contacto internacional ante los estudiantes de otros países.

En la parte final del texto se convocaba un Congreso Nacional de Estudiantes para abril de ese mismo año, y se solicitaba la celebración en marzo de elecciones libres de representantes. 

Aquel manifiesto era un torpedo lanzado directamente a la línea de flotación del SEU. Los estudiantes falangistas, que se consideraban más varoniles y eran más echados para adelante que todos aquellos «traidores» comunistas y «afeminados» monárquicos, no iban a consentir una falta de respeto como aquella. Durante los primeros días de febrero se produjeron violentos enfrentamientos entre los miembros del SEU y los estudiantes partidarios de la apertura. La policía intervino con violencia para frenar las agresiones. En los altercados se produjeron graves destrozos en las dependencias de la universidad, numerosos contusionados y un falangista herido por arma de fuego.

El régimen acabó cortando cabezas y destituyó al rector, al ministro de Educación y al secretario general del Movimiento. A partir de ese momento el SEU perdió su hegemonía y los estudiantes entendieron que tenían poder, que podían influir en la marcha de la política en España. El SEU se desmontó en 1965. Los cabecillas de las movilizaciones del 56 fueron Enrique Múgica, Javier Pradera, y Ramón Tamames2.

2. Creación del Frente de Liberación Popular

Yo a Julio le caí muy bien y conmigo lo pasaba divinamente. Siempre andábamos en su coche, un Jaguar que él conducía sin manos muy pintorescamente a 140 o 150 Km/hora, y Antonio, el cura, le decía: «Julio sábete que estoy en pecado mortal, y es responsabilidad tuya si voy al infierno. Haz el favor de parar, no corras tanto». Julio se reía y seguía corriendo. Siempre estábamos de comilonas por ahí, pasándonoslo muy bien. 

(José María González Muñoz, que participó de las primeras reuniones del FLP, sobre Julio Cerón, en entrevista con Julio Antonio García Alcalá)3

Animados por los altercados en la universidad del año 56 y liderados por Julio Cerón, diplomático católico y hombre extravagante, un grupo de intelectuales y sacerdotes de asociaciones cristianas como la Juventud Obrera Católica (JOC) y la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) formaron un nuevo grupo político. El Evangelio, la dotrina social de la Iglesia y la lectura de libros entonces prohibidos cimentaron el edificio ideológico de la organización. Decepcionados por los partidos que como el PCE lideraban la lucha antifranquista, llegaron a la conclusión de que tenían la fórmula mágica para redimir a la sociedad española: marxismo + cristianismo = justicia social y libertad. 

Julio Cerón, como diplomático, había visitado la URSS y la China Comunista y se había entrevistado con personajes destacados de la izquierda internacional. Inquieto intelectualmente y cercano a los nuevos grupos cristianos, Cerón se puso en contacto con los hermanos Juan y Lorenzo Gomis (este último director de la revista cultural El Ciervo, impulsada por la Asociación Católica Nacional de Propagandistas). Además de con los Gomis, habló «asediándolo a telefonazos» con Jesús Ibáñez (que había pasado por la cárcel debido a los altercados de 1956); con José Ramón Recalde, abogado donostiarra, con el arquitecto Joaquín Aracil, con el sociólogo Francisco Díaz del Corral y con el matemático Ernesto García Camarero. También estaban entre los primeros contactos el abogado y sociólogo Ignacio Fernández de Castro, el estudiante Fernando Martínez Pereda y el sacerdote Antonio Jiménez Marañón. Con todos ellos —y tras dos reuniones en un convento y en una iglesia— fundó Cerón en 1958 el Frente de Liberación Popular (FLP) o también conocido como el «FELIPE». El nombre fue idea de Jesús Ibáñez y estaba inspirado en los frentes de liberación de países como Argelia y Vietnam que entonces estaban de moda entre la progresía politizada nacional. Entre los miembros fundadores usaban «la fiesta» como nombre en clave para referirse al Frente. Como sede para las operaciones clandestinas alquilaron un piso en la calle Alonso Cano del centro de Madrid, y en él instalaron una multicopista construida chapuceramente con rodillos de lavadora. En la jerga particular de la organización a la copiadora la llamaban «lavadora» y al hecho de editar propaganda política, «lavar». En otras organizaciones clandestinas a estas multicopistas se las llamaba «vietnamitas» debido a que las octavillas impresas con estas rudimentarias máquinas eran utilizadas por el Vietcong durante la guerra contra los norteamericanos en el país asiático. El FLP era original hasta para esto4

Las primeras captaciones de activistas se hicieron en la universidad. Juan Tomás de Salas (más tarde editor del periódico Diario 16) contaba así su entrada en la organización:  

Íbamos desde el CEU, cerca de la Ciudad Universitaria, hacia el centro de Madrid, camino de la Facultad de Derecho. Conmigo, Nicolás Sartorius, José Luis Leal y no sé si alguno más. En las proximidades de San Bernardo (sede entonces la Facultad de Derecho) empezamos a notar agitación callejera. Multitud de estudiantes lanzaban consignas en la calle. La policía y sus colaboradores del interior ejercían con dureza la represión. Alguien se dirigió a nosotros: «Son los fascistas de dentro -gritó- tened cuidado». Era la primera vez que veíamos a fascistas uniformados, por supuesto de azul, ejercitando directamente la violencia. Vino entonces un estudiante hacia nosotros. Era un amigo, creo recordar que Paco Montalvo: «Venid conmigo». Y nos llevó hasta un café cercano que era al parecer un refugio cercano. Allí nos presentó a otro amigo, mayor que nosotros. «Julio Cerón», nos dijo. Poco después ingresábamos los tres, Sartorius, Leal y yo, en el Frente de Liberación Popular.5  

José Luis Leal, estudiante de Económicas, describe así en sus memorias la prueba de acceso para nuevos miembros en el FELIPE: 

El acto formal de adhesión (al Frente de Liberación Popular) tuvo lugar una tarde de primavera, poco después de la puesta de sol. Mi contacto me citó en una calle de Madrid advirtiéndome de que era preciso que fuese en el coche de mi familia. (…) Después de recogerle estuvimos dando algunas vueltas por Madrid hasta que, tras mirar su reloj, el contacto me dijo: «Vamos a la esquina de Menéndez Pelayo con O´Donnell». Seguí sus instrucciones. Luego me ordenó «Para aquí». Paré y en ese momento un individuo penetró en la parte trasera del vehículo y dijo: «En marcha, sigue por esta calle». Seguimos unos metros en silencio, tras lo cual mi misterioso interlocutor dictaminó: «Da una vuelta a la manzana y aparca en primer sitio que encuentres en O´Donnell». Así lo hice y, tras detener el automóvil, comenzó el interrogatorio después de haberme conminado a que no volviere la cabeza. «¿Qué piensas de la revolución de Fidel Castro?», «¿Qué estás dispuesto a dar por la causa?». Respondí lo mejor que pude y, antes de llegar al final de la conversación, mi interlocutor me explicó de manera condescendiente que en otras organizaciones se propinaba una paliza al futuro miembro para comprobar si tenía condiciones para resistir un interrogatorio de la policía. En el tono de voz se notaba cierta admiración hacia esas organizaciones, dando a entender que aquella era la manera adecuada de proceder y que si no se practicaba en el FLP era por temor a la falta de entereza de los estudiantes.6 

Juan Antonio Ortega Diaz-Ambrona, en Memorial de Transiciones (1939-1978) define a los felipes: «Románticos, ingenuos, innovadores y heterodoxos y tal vez fueran un poco de todo eso. Algo caóticos, a veces, y faltos de un programa definido. No quisieron estar en una formación monolítica y homogénea. Se sentían más a gusto conviviendo con seguidores de distintas corrientes socialistas, creyentes y ateos, sindicalistas y líderes universitarios, dentro del ámbito nuevo, cambiante y en ocasiones muy poco seguro que se exploraba en Europa, «la nueva izquierda»».

En 1956, en el congreso celebrado en Praga, el Partido Comunista había decidido utilizar una nueva vía para conseguir sus fines. El PCE venía de una larga travesía por el desierto. En 1947 el comisario Roberto Conesa, temido por sus brutales interrogatorios en los que utilizaba todo tipo de torturas, había conseguido infiltrar agentes en la organización.  Con aquella operación se hicieron más de dos mil detenciones que después de los juicios resultaron en un total de 1744 años de penas de cárcel y 46 condenados a muerte. Esta nueva estrategia antes citada se bautizó como «Reconciliación nacional». Después de haber intentado derrocar a Franco mediante la lucha armada en los años cuarenta, el PCE optó por la lucha política abandonado los métodos violentos. Huelgas, manifestaciones y propaganda fueron sus instrumentos de movilización popular. La fundación del FLP puso en cuestión a los partidos que según Cerón habían fracasado en la lucha contra la dictadura. Al PCE se le consideraba pactista y reformista. El FLP, nada más nacer y sin consultar a nadie, se colocó ideológicamente a la izquierda del Partido Comunista. Según los jóvenes integrantes del Frente, el Partido Comunista estaba burocratizado y era demasiado dependiente del exterior (donde vivían sus dirigentes) y estas circunstancias le restaban eficacia en la lucha. Como respuesta a los partidos clásicos, el Frente se lanzó como una organización abierta y ecléctica. En su seno se permitía la heterodoxia ideológica y era habitual oír en sus debates internos frases como: «yo soy luxemburguista» o «yo soy guevarista». Enemigo de comités centrales, estructuras encorsetadas y un tanto excéntrico de carácter, Julio Cerón, máxima autoridad reconocida por todos los jóvenes integrantes del Frente, se nombró a sí mismo «pontífice organizativo».7 

«Nos proponíamos nada menos que cambiar totalmente la sociedad y hacerla radicalmente justa», escribió José Pedro Pérez-Llorca, estudiante de Derecho y miembro del FLP. Este idealismo funcionó como motor de los jóvenes estudiantes y la actividad política en el piso de calle Alonso Cano durante los primeros meses fue frenética. José Luis Leal cuenta en sus memorias a qué se dedicaban en aquellos primeros días de revolución:

Una de nuestras actividades principales, en el orden intelectual, consistía en la búsqueda incansable de las cuarenta familias a las que considerábamos dueñas de España y del entramado del poder. (…) Compramos un anuario en el que venían los miembros de todos los consejos de administración de todas las empresas españolas y comenzamos a hacer fichas por orden alfabético para aquellas personas que nos parecían implicadas en un mayor número de consejos. Nos pareció que habíamos dado con el núcleo del poder de la España de entonces. Sería muy fácil, en cuanto se realizase la revolución, expropiarlos y devolver al pueblo sus bienes.

Comenta Leal que entonces le preocupaba que los técnicos (capataces de fábricas, y la llamada «aristocracia obrera») no colaborasen con las fuerzas revolucionarias. Los más radicales del grupo —añade Leal— daban una solución para ese caso: «Con un buen pistolón basta y sobra: ya verás si colaboran».

A pesar un expreso compromiso con el proletariado oprimido, entre los fundadores del FLP solo había un obrero. Se llamaba Manuel Morillo Carretero y pertenecía a la HOAC. Era reparador de contadores eléctricos y al comienzo de la guerra civil los falangistas intentaron lincharlo. Terminada la guerra, ingresó en el PCE. Lo detuvo la policía y fue condenado a muerte por un consejo de guerra. La pena no se ejecutó y estuvo en la cárcel hasta 1950. Al salir, ingresó en la HOAC y continuó luchando por los derechos de los trabajadores. A causa de las presiones del cardenal Enrique Pla y Deniel, que no quería radicales de izquierdas en la organización de Acción Católica, abandonó el grupo y se incorporó al FLP.

Por ser en su mayoría estudiantes pertenecientes a familias de clase media-alta, su conocimiento de los problemas de los obreros era escaso. El acercamiento al proletariado se convirtió en una obsesión para los miembros del Frente, llegando a abrir un despacho laboralista en barrios obreros como Vallecas o a apuntarse una excursión para hacer alpinismo (como fue el caso de José Luis Leal, que pasó tanto miedo que se juró a sí mismo no volver a hacerlo). Juan Tomás de Salas reconoció con posterioridad que nunca consiguieron ser realmente aceptados por los obreros.

3. Situación socioeconómica en España 

Durante aquellos años sesenta, los jóvenes izquierdistas escuchaban Radio España Independiente, coloquialmente llamada «La Pirenaica». En esta emisora montada por el Partido Comunista de España y que retrasmitía desde Moscú, se anunciaba día sí y día también la inminente «sublevación popular que acabará con el franquismo». Había que mantener alta la moral. Ese levantamiento de las masas nunca llegó. Uno de los principales motivos por los que la oposición democrática fracasó en el objetivo de derrocar al dictador fue la ausencia de un análisis ajustado a la realidad de la situación socioeconómica.   

Tras comprobar el régimen franquista, a mediados de los años cincuenta, que el modelo económico basado en la autarquía estaba agotado, se puso en marcha en 1959 el llamado Plan de Estabilización. Liberalizar la economía española y abrirse al exterior fue un acierto. En los sesenta, España experimentó un periodo de fuerte crecimiento. En aquellos años, solo Japón obtuvo tasas de crecimiento superiores a las españolas. Los ingresos por turismo, por ejemplo, ayudaron a este crecimiento. El volumen de turistas pasó de una media anual de 13.1 millones entre 1962 y 1966 a una media de 25.3 millones entre 1967 y 1972 y a 34.6 millones en 1973. El nivel de vida subió y se consolidó una burguesía que era equiparable a la de otros países desarrollados. Algunos indicadores que demuestran este nuevo nivel de vida son: el porcentaje de gasto en alimentación dentro del presupuesto familiar. Se pasó del 50,4 % en 1958 a un 39,9 % en 1972. Este decremento es un claro indicador de que el consumo de las familias españolas se comenzaba a parecer al del resto de los países de la Europa occidental. El parque automovilístico que no superaba los 100 000 coches en 1950, creció hasta los 5 millones de vehículos en 1975. El número de televisores por cada 1000 habitantes pasó de 5 en 1960 a 70 en 1970. Y entre los mismos años, la cantidad de frigoríficos creció de 1 a 25 y en el caso de las lavadoras de 3 a 15. Entre 1959 y 1975 la renta per cápita tuvo un incremento anual medio del 5,5 %. Los salarios de los obreros industriales se incrementaron en un 287 % entre 1964 y 1972. Aunque también es verdad que la inflación creció de forma considerable. La desigualdad seguía siendo un problema (lo sigue siendo hoy en día): entonces el 1 % más rico disponía del mismo volumen de renta que la mitad de la población con menos ingresos.  Aun así, en aquellos años lo situación socioeconómica de la mayoría de los españoles mejoró considerablemente en relación con los años después de la guerra. 

En el minuto 25 del segundo episodio de la serie La Transición de RTVE, que realizó y presentó Victoria Prego, Felipe González, secretario general del PSOE, después de hablar de la «debilidad» del régimen franquista en sus últimos años («algo que entonces no conocíamos»), reconoce la poca fortaleza de la oposición democrática (que él identifica con «la izquierda»). Dice: «Entonces solo dos de cada cien personas en España estaban dispuestas a arriesgarse a ir a la cárcel por defender sus ideas». Si consideramos que en 1975 había 17 millones y medio de españoles entre 18 y 60 años, un 2 % de esa cantidad arroja la cifra de 350 000 españoles «dispuestos a arriesgarse a ir a la cárcel por defender sus ideas». Pero, para que una revolución tenga éxito, no solo hace falta un grupo de activistas, es necesario el apoyo posterior de la población. 

El caso de Portugal —donde sí triunfó una revolución en 1974— nos puede servir de referencia. En el país vecino la pobreza afectaba al 40 % de la población (en España no llegó al 19 % en los peores años). Portugal, en aquella época, estaba implicado en cuatro guerras coloniales (Angola, Guinea-Bisáu, Mozambique y Goa) lo que suponía un gran esfuerzo económico para el país. Además, debido a estas guerras contra movimientos guerrilleros independentistas, el gobierno obligaba a los jóvenes a hacer un servicio militar de cuatro años; dos de ellos en las colonias, lo que implicaba con seguridad participar en una de las guerras. Las familias portuguesas estaban cansadas de recibir en féretros a sus hijos. Por esos motivos, cuando el 25 de abril se produjo el golpe de Estado militar contra la dictadura portuguesa, el pueblo en masa lo apoyó. La situación en España era muy diferente. 

En 1971, el presidente de Estados Unidos Richard Nixon y su asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, estaban preocupados por la situación política en España. Había que hablar directamente con Franco para conocer sus planes para el futuro. El dictador era viejo y había que conocer qué podía pasar después de su muerte. Pensaron que para hablar con un militar lo mejor era utilizar a otro militar. El general norteamericano Vernon Walters, entonces agregado militar en la embajada de París, fue recibido por el dictador gracias a la intermediación de Carrero Blanco. Ante la inquietud de Walters, el dictador respondió:

«España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga, ¿qué sé yo? Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España». 

«¿Cómo puede estar usted tan seguro, general?», preguntó Vernon Walters

«Porque yo voy a dejar algo que no encontré cuando asumí el gobierno hace cuarenta años», respondió Franco, «la clase media».

4. La gran redada. Juicio a Julio Cerón

En 1958 y en 1959, el PCE convocó dos huelgas generales de veinticuatro horas que fueron un fracaso por la baja participación de los obreros. Con ellas se pretendía atacar al régimen. A pesar del fiasco, Dolores Ibarruri (Pasionaria), en la revista Nuestra Bandera, escribió que la primera huelga, la de 5 de marzo de 1958, había «constituido un gran éxito porque respondía al sentimiento antifranquista que late en la conciencia popular». La segunda, la de 18 de junio de 1959, se llamó «Huelga Nacional Pacífica» y además de los comunistas del PCE solo fue apoyada por el FLP. 

Una semana después de la Huelga Nacional Pacífica, detuvieron a Julio Cerón y tras dos juicios lo condenaron a ocho años y lo echaron de la carrera diplomática. Otros diecisiete dirigentes de la organización fueron detenidos. El FLP fue casi desarticulado por completo. En este segundo fracaso de 1959 el PCE fue más moderado en su triunfalismo: «Este aparente fracaso ha sido un paso de siete leguas hacia la liquidación de la dictadura del general Franco». 

El abogado defensor de Julio Cerón fue José María Gil Robles (ministro de la derechista CEDA durante la República) y sus argumentos se basaron en la religiosidad de su defendido y en su «anticomunismo». A pesar del buen hacer de Gil Robles, Cerón fue condenado. No cumplió toda la condena porque gracias a sus buenos contactos (su hermano, también diplomático, llegó a ser ministro de Franco en uno de sus últimos gobiernos) fue indultado.

Después del verano de 1960 se reconstruye el FLP. Julio Cerón seguía en la cárcel, pero se le informaba de todo. El nuevo líder sería el abogado santanderino Ignacio Fernández de Castro. Se constituye un núcleo central denominado Central de Permanentes (CP) del que, escarmentados por las malas experiencias, se pretende que sean más «profesionales». Todos ellos son estudiantes, no hay obreros. Entre los miembros del CP están Juan Tomás de Salas y José Luis Leal Maldonado. Para acercarse a los obreros, se abren despachos laboralistas en diferentes puntos de España. La sede del movimiento se sitúa en un piso situado en el nº 222 en la carretera de Aragón, propiedad de la familia de José Luis Leal. 

El asunto de la «profesionalidad» y el compromiso con la lucha de los jóvenes revolucionarios acabó siendo un verdadero problema. Para muchos de ellos las prioridades no estaban claras: ¿Los estudios o la lucha? ¿la familia o la revolución? José Luis Leal, elogiando en sus memorias a «Carlos», un compañero de militancia en el FLP que era diferente a la mayoría, termina denunciando el verdadero problema:

Carlos era mucho más profesional en su militancia, menos romántico y dedicaba más tiempo y energía a la causa de la revolución que cualquiera de nosotros. Había en su actitud una convicción en la que no existía la menor sombra de duda. En eso se parecía a los militantes obreros, para quienes la clandestinidad no era una especie de juego intelectual en el que, si bien se arriesgaba mucho, también se sabía que, en el peor de los casos, una vez fuera de la cárcel y con un poco de suerte, se retornaría de un modo o de otro al mundo de la profesión. Muy pocos se habían planteado en serio la posibilidad de convertirse en revolucionarios profesionales, lo que hubiera significado renunciar a los estudios o a la carrera y dedicarse íntegramente a la causa. En Ginebra, durante unos meses, me planteé la cuestión, pero abandoné la idea al cabo de poco tiempo.

(Continúa aquí)

Notas

(1) Una modernidad autoritaria, Anna Catharina Hofmann (Universitat de Valéncia, 2023). 

(2) La generación del 56, Pablo Lizcano (Leer, 2006)

(3) Historia del Felipe (FLP, FOC, ESBA), Julio Antonio García Alcalá (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2001)

(4) Tesis doctoral de Julio Antonio García Alcalá. «UN MODELO EN LA OPOSICION AL FRANQUISMO: LAS ORGANIZACIONES FRENTE (F.L.P- FOC.- ESBA).

(5) Queríamos la revolución, Eduardo G. Rico (Flor del Viento, 1998)

(6) Hacia la libertad, José Luis Leal (Turner, 2022)

(7) El Frente de Liberación Popular. FELIPE. Cristian Cerón y Francisco Lara; (Cararata, 2022)

Más bibliografía

La transición en España. España en transición. Alfonso Pinilla García (Alianza editorial, 2021).

La oposición democrática al franquismo. Xavier Tusell (Planeta, 1977).

El cura y los mandarines. Gregorio Morán. (AKAL, 2014).

Crónica del antifranquismo, Fernando Jáuregui y Pedro Vega. (Planeta, 2007).

La transición, historia y relatos. Carme Molinero y Pere Ysás. (Siglo XXI, 2018).