¿Tuvo algo que ver la CIA en la muerte de Carrero Blanco? ¿Autorizó Nixon aquella operación? ¿Conocía la Central de Inteligencia los preparativos del 23-F? ¿Qué se trae ahora entre manos? Con la CIA nunca faltan los interrogantes.
Manuel de la Iglesia-Caruncho *
La CIA en España, ayer y hoy.
Que para EE UU, y por tanto para la CIA, todo lo que ocurriera en España en la década de los 70 era de crucial importancia, está fuera de duda. El territorio español resultaba estratégico por partida doble: como puerta del Mediterráneo, donde opera la VI flota de EE UU; y como lugar a medio camino entre EE UU y el siempre complicado Oriente Medio, rebosante de petróleo. Un territorio además, desde donde, en caso necesario, los misiles atómicos que portan los submarinos anclados en Rota, o los bombarderos alojados en el interior de la Península, podrían alcanzar la URSS con gran rapidez.
Franco, con quien Eisenhower había firmado en fecha tan temprana como 1953 los tratados de amistad y cooperación que permitían a EE UU disponer de las bases de Morón, Torrejón de Ardoz, Zaragoza y Rota, se hallaba en los años 70 en el ocaso de su vida. Y para EE UU, una “transición ordenada”, que garantizase las bases en España, era esencial. En sus líneas gruesas, la transición estaba garantizada con el nombramiento de Juan Carlos de Borbón como sucesor, con la legitimidad que le otorgaría la línea dinástica ante los sectores monárquicos de la sociedad española; pero quedaban flecos por resolver. En la década de los 70, dos personajes del régimen causaron quebraderos de cabeza a EE UU: Carrero Blanco, nombrado presidente del Gobierno por Franco en 1973, y Adolfo Suárez, nombrado presidente por Juan Carlos en 1976. Eran años en los que la CIA mantenía estrechos contactos con militares, políticos, diplomáticos, periodistas… y, estrechísimos, con los servicios de inteligencia españoles. Alfredo Grimaldos bien lo describe en su obra: La CIA en España. Y eran años también en los que el “Imperio” no iba a consentir ninguna tontería.
¿Estuvo la CIA detrás del magnicidio?
Carrero Blanco, un “duro” del franquismo, podía poner muchos palos en las ruedas que debían llevar desde la dictadura hasta el sistema democrático “moderado” planeado por EE UU para España. Había expresado además su deseo de exigir más contrapartidas a cambio de mantener las bases en España en la renegociación de los tratados que se avecinaba. Ahora bien, ¿tanto molestaba Carrero a EE UU como para decidir su desaparición física? ¿Acaso no garantizaba, a la muerte de Franco, la continuidad en España de un anticomunismo “duro” y la de las bases militares?
Imaginemos por un momento que la CIA promovió el atentado. Uno de sus principios rectores, tal vez el primero, establece que las “operaciones encubiertas” deben planearse y ejecutarse de modo tal que el gobierno estadounidense no resulte involucrado. El nombre de la CIA no podía aparecer en un atentado así de ninguna manera. Se necesitaba una mano ejecutora, y… ¿cuál mejor que ETA? Aparece entonces un personaje en escena del que nada se sabe, pero que entrega a ETA información sobre los movimientos rutinarios de Carrero: todos los días acude a misa a la misma hora y se dirige por la calle Claudio Coello, también a la misma hora, a su despacho. A ETA le sale un atentado perfecto y Carrero vuela por los aires.
Esta hipótesis, que la CIA puso en el radar de ETA a Carrero, la defendieron aquellos periodistas que más investigaron el asunto, como Manuel Cerdán (Matar a Carrero: la conspiración) o Enrique Barrueco (“La CIA sabía que iban a matar a Carrero”, en Interviú 28-3-1984). A ella se suma también Alfredo Grimaldos en la obra citada. Pero, ¡lo siento!, a mí no me convence del todo. Que Washington se arriesgara a introducir un elemento de tanta inestabilidad como un magnicidio en un país que iba a experimentar a corto plazo cambios trascendentales en su sistema político parece difícil. ¡Cómo si no tuvieran los norteamericanos otras formas de presión menos arriesgadas! Pero, ¿y si la CIA hubiera actuado por su cuenta?
Profundicemos en el modus operandi de la CIA de la mano de Tim Weiner, autor de Legado de Cenizas, una obra que se apoyó en la consulta de miles de documentos y en cientos de entrevistas. Si algo deja claro el libro a lo largo de sus más de setecientas páginas es que en la CIA no se movía nada importante sin la autorización del presidente de los EE UU. Ahora bien, las “operaciones encubiertas” sí podían ser desconocidas para otras autoridades, incluso para el Secretario de Estado o los jefes del Pentágono, y de ahí la sensación de que a veces actuase por su cuenta.
Por ejemplo: la orden de matar a Fidel Castro, en la que tanto empeño puso la CIA, fue dada personalmente por los Kennedy, especialmente por Robert, a quien John había confiado el control de la Agencia, y son numerosas las pruebas que recoge Weiner al respecto. Por otro lado, Nixon y Kissinger dirigían las operaciones clandestinas de la CIA en los 70 “sin que nada escapase a su control”. Pero vean esto: cuando Nixon ordena al director de la CIA que organice el golpe contra Allende, no se informa ni al Secretario de Estado, ni al de Defensa, ni tampoco al Embajador de EE UU en Chile. Había comenzado ya el acoso político, económico, mediático y diplomático contra Allende cuando el embajador Korry se da cuenta de que la base de la CIA en Santiago iba mucho más lejos. Cablegrafía entonces a Kissinger con su opinión contraria al golpe y la respuesta fue: “Deje de entrometerse”.
En suma, no parece plausible que la CIA tuviera algo que ver en el atentado contra Carrero sin el visto bueno de Nixon y Kissinger, y sería muy extraño que estos dirigentes “anticomunistas duros” dieran tal orden.
Adolfo Suárez y el 23-F
Un caso diferente es el de Adolfo Suárez, quien visitó Cuba y concedió créditos al Gobierno de Fidel Castro, y visitó Argelia y mantuvo cierta equidistancia entre el gobierno argelino y el de Marruecos -un aliado estratégico de los EE UU-. Pero lo peor es que no era partidario de entrar en la OTAN. Demasiado para Estados Unidos. Así que, ni los norteamericanos, ni el sector más ultra del ejército español simpatizaban con Suárez. Las presiones para que dimitiese, como hizo, debieron ser insoportables.
Mientras se dilucidaba su dimisión, se había puesto en marcha el golpe de Tejero. Si triunfaba, se conformaría un gobierno “duro” pero que guardaría las formas institucionales: sería elegido por el Parlamento, presidido por el general Armada, tal vez con algunos ministros socialistas… y, por supuesto, con la continuidad de Juan Carlos. Si salía mal, serviría de toque de atención para que nadie se atreviese a ir demasiado lejos en la política española. Salió mal -Tejero, quien quería regresar al franquismo, no se entendió con Armada- pero se cumplió lo último: el Gobierno de Calvo Sotelo, quien sustituyó a Suárez, entró en la OTAN y cerró filas con Marruecos. La CIA supo de los preparativos del golpe, posiblemente lo alentó y seguramente expresó a los golpistas que no sería mal visto por EE UU. No tenía nada que perder.