La relatora de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, advierte de que la retirada masiva de escombros en Gaza podría borrar pruebas de crímenes de guerra, lesa humanidad o genocidio. El FLP ha asegurado que Israel ya lo está haciendo.
La retirada a gran escala de escombros en zonas de Gaza bajo control militar israelí podría utilizarse para borrar las huellas de crímenes de guerra, de lesa humanidad o genocidio, ha advertido este lunes la relatora de la ONU para Palestina, Francesca Albanese.
«Destruir pruebas de crímenes atroces es ilegal; es
inaceptable que la reconstrucción de Gaza esté condicionada al borrado
de su pasado y de las pruebas necesarias para garantizar justicia a sus
víctimas», ha afirmado en un comunicado.
La experta italiana ha agregado que «los escombros de Gaza contienen
restos humanos y pruebas materiales para la investigación de presuntos
crímenes internacionales, incluido el genocidio». Albanese ha señalado
que, antes de la retirada y el triturado de los escombros, debe llevarse
a cabo una recuperación digna de los restos humanos y una documentación
sistemática de las pruebas de posibles delitos, con la participación de
investigadores internacionales.
«En la devastada Gaza, los escombros no son simples restos de
construcciones, forman parte de la escena de un crimen, de un
cementerio, y son el registro material de lo ocurrido durante una brutal
campaña de bombardeos que duró dos años», ha destacado. Ha recordado
que, según las autoridades palestinas, más de 10.000 personas permanecen
enterradas bajo los escombros, después de que al menos el 92% de las
viviendas de Gaza y buena parte de las infraestructuras civiles fueran
destruidas o sufrieran daños durante el conflicto.
Albanese ha añadido que la recuperación de restos humanos sigue
siendo posible. Como ejemplo, ha citado recientes operaciones de
búsqueda en las que se rescataron los cadáveres de 112 víctimas, que
pudieron ser enterradas el pasado 4 de agosto. La relatora sostiene que
cualquier operación de retirada debe desarrollarse dentro de un plan
«diseñado por los palestinos y respaldado por actores que cuenten con la
confianza de estos».
Un trabajador de la defensa civil observa cómo una excavadora retira los escombros en el lugar donde se encontraba la Torre de los Ingenieros, ahora destruida, para recuperar los cuerpos que quedaron atrapados en la ciudad de Gaza. (AHMED YOUNIS | AFP)
También ha advertido a las empresas implicadas en las labores de
desescombro de que «al destruir pruebas de crímenes internacionales
pueden incurrir en una responsabilidad penal». Según Albanese, las
demoliciones y nivelaciones de edificios han continuado en áreas de Gaza
bajo control israelí incluso tras el alto el fuego de octubre de 2025.
En esas labores se habría utilizado maquinaria pesada de multinacionales
como Caterpillar, HD Hyundai, Doosan o Volvo.
Más denuncias
El Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) ha advertido
también de que la retirada de escombros en Gaza por parte de Israel
pone en peligro los restos de miles de palestinos sepultados y puede
eliminar pruebas forenses de crímenes cometidos durante la guerra.
La Oficina de Mártires, Prisioneros y Heridos del FPLP ha alertado
sobre el traslado continuo de cascotes desde edificios destruidos hacia
lo que denomina «zonas militares». Según la organización, esos
materiales contienen en numerosos casos cuerpos y restos fragmentados de
palestinos ejecutados y desaparecidos que aún no han sido recuperados.
Al igual que en el caso de Albanese, el comunicado advierte de que
triturar, procesar o desplazar los escombros antes de que equipos
especializados e independientes examinen los lugares puede destruir,
mezclar o dispersar restos humanos, hasta hacer imposible identificar a
las víctimas.
El FPLP afirma además que los escombros preservan indicios materiales
y forenses esenciales para documentar las circunstancias de las
muertes, localizar los puntos atacados y determinar el armamento
empleado. Su retirada de la ubicación original, ha denunciado, podría
borrar pruebas relevantes para futuras investigaciones y obstaculizar la
exigencia de responsabilidades. «Los escombros en Gaza no son simples
restos de guerra», señala la organización, que los considera también
lugares de enterramiento y escenarios de posibles crímenes contra la
población palestina.
La organización exige, al igual que Albanese, suspender de inmediato
las operaciones en las áreas donde aún pueda haber cadáveres, permitir
la entrada de equipos forenses y garantizar una supervisión
internacional independiente. También reclama una investigación sobre el
traslado de los materiales y el destino de los restos y evidencias que
contienen.
La advertencia se produce en plena campaña de demolición en la
Franja, en la que participan contratistas civiles con bulldozers y
excavadoras junto a unidades militares israelíes. Una investigación de
‘Le Monde’ publicada en 2025 localizó ofertas de empleo para operadores
de maquinaria pesada destinados a tareas de demolición en Gaza.
Ataques en Gaza y en Líbano
Mientras, el ejercito israelí continúa perpetrando ataques en Gaza,
también en Líbano. En el centro y el sur del enclave palestino, ha
matado a seis personas, entre las que se encuentra un niño de 6 años. El
menor estaba refugiado en la escuela Jawla Bint Al Azraq en Deir al
Balah y ha fallecido tras impactar un misil contra el centro educativo.
En Líbano, al menos doce personas han fallecido, entre las que hay
dos niños y un paramédico, y otras diez han resultado heridas, en
ataques israelíes contra un edificio y un vehículo civil en la ciudad de
Kfar Ruman, en la región de Nabatieh, ha informado el Ministerio de
Salud libanés.
De acuerdo al recuento del Ministerio de Sanidad de Gaza, más de 1.330 gazatíes han muerto en ataques israelíes durante el alto el fuego, en la práctica violado a diario por Israel. Desde el 7 de octubre de 2023, la cifra supera las 73.470 víctimas mortales.
L'ex-officier
du Mossad qui dirigeait Libération est parti mais il a oublié ses
bagages. Le quotidien, aidé par RSF de Ménard sans frontières, vient de
publier un article infâme qui criminalise des journalistes assassinés à
Gaza. La Hasbara, le propagande Israélienne se frotte les mains, rouges
de sang.
J’ai
des amis incurables qui continuent de lire « Libération ». Comme s’il
s’agissait d’une feuille sérieuse. Quand, de leur point de vue, « Libé
déconne encore », indignés ils téléphonent la nouvelle à leur cercle de
potes. Et à moi aussi. Alors qu’on s’en fout puisqu’on sait que Sartre
est mort et que ce « Libé-chéri » était naguère encore dirigé par un
ancien officier du Mossad et qu’il est financé par Drahi, un supporter
de Netanyahou. Il faut donc que le lanceur d’alerte, et idiot inutile,
copie l’article -inique objet de son ressentiment- puis le balance sur
WhatsApp pour que la boue arrive jusqu’à nos yeux. Mes yeux.
Disons que cette fois l’indigné n’a pas tort : Libé à « encore
déconné ». Dans un article qui sent la sueur de la Hasbara, l’usine qui
forge la propagande israélienne, papier alimenté aussi par les bas
sentiments des publicistes de Reporters sans Frontières, le quotidien de
Sartre nous régale d’une double titrée « Gaza journalistes ou
combattants ? ». Le tout signé par Brice Le Borgne dont j’ai vérifié
qu’il n’a traversé le boulevard périphérique que pour partir en vacances
depuis Roissy. Pourtant cet omniscient, s’il fallait croire son article
de bazar, sait tout des secrets de Gaza. Interrogé par le scrupuleux Le
Borgne, RSF - pourtant tout aussi aveugle sur Gaza-, est formel : on a
obtenu « La confirmation du rôle des reporters tués au sein de groupes
armés implique qu’ils ne peuvent plus être considérés comme des
journalistes ». Même pour une fanfare d’influenceurs inventée par
l’exemplaires Robert Ménard, voilà qui fait fort : des fonctionnaires
d’une association, RSF, financée par de l’argent américain et israélien,
entendent nous dicter la loi. Celle du qui est journaliste. Ou pas.
S’il ne s’agissait de confrères morts, on pourrait rire dans le
cimetière. Celui creusé par « Libé-RSF ».
Comme l’article de monsieur Le Borgne se veut sérieux, soyons-le
aussi. Cet immense arbitre de la profession, si j’ai bien compris,
exclut du journalisme toute femme ou tout homme qui aurait un semblant
de lien avec le sujet qu’il entend nous décrire. C’est sans doute ce que
devant un Coca sans sucre, lors d’une conférence de rédaction, il nomme
la « neutralité », « l’objectivité ». Et Le Borgne, prié de trier entre
les mauvais et les bons morts biffe les noms de confrères assassinés au
prétexte que le Hamas a déploré leur décès, publié une nécrologie. Je
vous jure que ce justicier a vraiment fait ça. Puisque ce monsieur est
aussi un scientifique vétilleux, il nous établit un nouveau bilan des
« vrais » journalistes morts à Gaza. En renvoyant les faux vers l’enfer
vert du Hamas. Pour savoir tout cela, être aussi riche en informations
vérifiées, Le Borgne se base sur une usine à gaz nommée, par lui-même,
« CheckNews ». Un truc inventé par « Libé » pour démêler le vrai (ce que
dit l’ex-quotidien de July), du faux (ce que disent ceux qui ne sont
pas d’accord avec le journal). Autrement dit, au risque de choir, ce
publiciste se fait la courte échelle entre « Libé CheckNews » et « Libé
menteur ordinaire ». Existait déjà le Cirque d’Hiver, voici donc celui
d’été.
N’étant pas un ex officier du Mossad, mais plutôt une de leurs
cibles, je n’ai pas la possibilité de suggérer un sujet d’article à
Libération. Pourtant écrire une saga affirmant aujourd’hui qu’Albert
Camus, Hubbert Beuve-Méry, Pierre Brossolette, Emmanuel d’Astier, Claude
Bourdet, Georges Altam, Jean-Toussainy Desanti, Jean Guéhenno, Jean
Paulhan, Jacques Decour, François Mauriac – pardon pour les anonymes
mais je ne nomme que les célébrités- que ces hommes, ces journalistes
résistants « n’étaient pas de vrais journalistes », j’attends devant
l’imprimerie de Libération le numéro dénonçant ces salauds. J’attends
aussi que « Libé » exige la mise à la porte du Panthéon ceux qui peuvent
indûment s’y trouver.
En seconde semaine Libération et les collaborateurs de RSF (donc
financés par les USA, l’Europe et Israël ) pourront nous régaler, cette
fois par les journalistes ayant écrit et combattu en Espagne. Gorges
Bernanos, André Malraux, Ernest Hemingway, George Orwell, Martha
Gelhorn, Robert Capa, Gerda Taro, Herbert L. Matthews, Mikhail Kolsov,
John Dos Passos, Louis Fischer, Jay Allen, Josephine Herbst, George
Steer, Josephe Kessel, Elya Ehrenbourg sans compter les héros de la
presse espagnole antifranquiste et des dizaines, là aussi
« d’anonymes ». Voilà, pour le Brice de « Libé » des vies, des œuvres à
passer au « newschecker ».
Car il ne faut pas mollir cher caïd, il faut retirer de la liste
tous ces confrères résistants en Espagne, résistants en France et qui,
selon le tribunal de « RSF-Libé », ne méritent pas leur gloire.
Manquerait plus que l’on appelle « journalistes » des types qui se
mêlent de combattre la barbarie.
Les médias
occidentaux, en recourant aux deux poids, deux mesures, à la censure, à
un langage trompeur, en amplifiant les mensonges israéliens et en
déshumanisant les Palestiniens, facilitent le génocide à Gaza.
Les
médias occidentaux fabriquent le consentement au génocide. Ils
normalisent l’occupation militaire et l’apartheid israéliens qui durent
depuis des décennies. Ils effacent les violations flagrantes du droit
international par Israël. Ils perpétuent l’illusion de la victimisation
israélienne. Ils trahissent, discréditent et diabolisent le travail des
journalistes et des travailleurs des médias palestiniens à Gaza, dont au
moins 220 ont été tués par Israël entre le 7 octobre 2023 et août 2025.
Ils acceptent platement la censure draconienne israélienne. Ils
acquiescent avec de tièdes lettres de protestation au refus d’Israël
d’autoriser les reporters étrangers à entrer à Gaza – un effort d’Israël
pour masquer ses crimes de guerre. Ils amplifient les mensonges
israéliens, des bébés décapités aux agressions sexuelles généralisées
contre des femmes israéliennes le 7 octobre, pour obscurcir la vérité.
Lorsqu’ils écrivent sur Gaza, les verbes sont à la voix passive. Il
n’y a pas de sujet. Personne n’est tenu pour responsable. Le génocide,
semble-t-il, est un acte de Dieu. Pas différent d’un tremblement de
terre ou d’un tsunami. Les clichés et les adjectifs opaques comme le
« cycle de la violence » ou les « affrontements » déforment et
falsifient la réalité.
« Si la pensée corrompt le langage, le langage peut aussi corrompre la pensée », avertissait George Orwell.
Des termes tels que « génocide », « atrocité », « nettoyage
ethnique » et « territoires occupés » disparaissent comme par magie des
reportages médiatiques sur les Palestiniens, dont la résistance est
régulièrement qualifiée de « sauvage » et de « barbare ». Les reporters
du New York Times sont instruits par leurs rédacteurs en chef d’éviter
des termes tels que « Palestine », « génocide », « carnage », « camp de
réfugiés », « massacre » et « tuerie » lorsqu’ils font référence aux
Palestiniens.
Les médias régurgitent servilement ce qu’Israël leur fournit. Les
bombardements de saturation deviennent des « frappes aériennes
chirurgicales ». L’armement de la famine par Israël devient une
« pénurie alimentaire ». La tuerie de civils non armés – y compris
d’enfants – devient des « affrontements ». Les complexes fortifiés en
hauteur des colons juifs deviennent des « quartiers ». L’assassinat
extrajudiciaire d’un journaliste ou d’un médecin devient « décédé ».
Le génocide, qualifié de « guerre Israël-Hamas », est justifié comme
une « légitime défense », faisant partie du mantra du « droit d’Israël à
se défendre ». Lorsque des écoles, des hôpitaux, des cliniques, des
ambulances, des mosquées, des églises et d’autres cibles civiles sont
anéantis, ils sont étiquetés comme des « centres de commandement du
Hamas » ou ciblés parce que le Hamas « utilise les civils comme
boucliers humains » – ce qu’Israël fait couramment, lorsque l’armée
ligote des Palestiniens détenus et les force à pénétrer dans des
bâtiments et des tunnels potentiellement piégés devant les troupes
israéliennes.
Lorsque des Israéliens sont détenus par le Hamas, ce sont des
« otages », même s’ils servent dans l’armée. Lorsque des Palestiniens – y
compris des enfants – sont détenus sans inculpation ni jugement et
disparaissent dans des centres de détention israéliens, où la torture
est « généralisée » et « systématique », ce sont des « prisonniers ».
Les attaques de missiles contre des villes de tentes ou des hôpitaux
sont imputées à des groupes armés palestiniens tirant des roquettes
erratiques. Si Israël reconnaît les attaques – ce qui arrive très
rarement – elles sont décrites comme une « erreur tragique ».
Les institutions civiles à Gaza sont qualifiées de « dirigées par le
Hamas » pour jeter le doute sur la véracité de ce qu’elles rapportent.
Le New York Times qualifie systématiquement les annonces du ministère de
la Santé de Gaza en notant qu’il « ne fait pas de distinction entre
civils et combattants », masquant le massacre de dizaines de milliers de
civils.
Le résultat est une des écritures les plus alambiquées de l’histoire
du journalisme, y compris le titre du New York Times du 5 novembre
2023 : « Des explosions que les Gazouis disent être une frappe aérienne
font de nombreuses victimes dans un quartier densément peuplé. »
« Lorsque les journalistes de Middle East Eye Mohamed Salama et Ahmed
Abu Aziz, avec le photojournaliste de Reuters Hussam al-Masri, et les
pigistes Moaz Abu Taha et Mariam Dagga – qui avaient travaillé avec
plusieurs médias, dont l’Associated Press – ont été tués dans une frappe
“double touche” – conçue pour tuer les premiers intervenants arrivant
pour soigner les victimes des premières frappes – au complexe médical
Nasser, comment les agences de presse occidentales ont-elles répondu ? »
ai-je demandé dans ma chronique La Trahison des journalistes
palestiniens.
« L’armée israélienne affirme que les frappes sur l’hôpital de Gaza
visaient ce qu’elle dit être une caméra du Hamas », a rapporté
l’Associated Press.
« L’IDF affirme que la frappe sur l’hôpital visait une caméra du Hamas », a annoncé CNN.
La caméra appartenait à Reuters, qui a déclaré qu’Israël était
« pleinement conscient » que l’agence de presse filmait depuis
l’hôpital.
« Lorsque le correspondant d’Al Jazeera Anas Al Sharif et trois
autres journalistes ont été tués le 10 août dans leur tente médiatique
près de l’hôpital Al Shifa, comment cela a-t-il été rapporté dans la
presse occidentale ? » ai-je demandé.
« Israël tue un journaliste d’Al Jazeera qu’il dit être un chef du
Hamas », a titré Reuters, bien qu’al-Sharif ait fait partie d’une équipe
de Reuters qui a remporté un prix Pulitzer en 2024.
Le journal allemand Bild a publié un article en première page titré : « Terroriste déguisé en journaliste tué à Gaza. »
« Les acrobaties linguistiques employées par les médias sont allées
jusqu’à redéfinir les mots, les rendant dénués de sens », écrit Assal
Rad dans « Don’t Say Palestine : How the Media Manufactured Consent for
Genocide » :
Les médias traditionnels n’ont pas réussi à décrire les violations
répétées du cessez-le-feu par Israël avec le langage de la violation. Au
lieu de cela, la couverture a suivi les mêmes schémas de
rationalisation des attaques israéliennes et de reprise sans critique
des affirmations d’Israël pour justifier ses actions. Alors que les
Palestiniens continuaient d’être tués – pendant un “cessez-le-feu” – et
que le flux d’aide n’atteignait pas le niveau des besoins ou ce qui
avait été convenu, les médias occidentaux ont présenté ces violations
flagrantes comme des “tests” ou des “défis” à un “cessez-le-feu
fragile”. Alors que des organisations de défense des droits humains de
premier plan comme Amnesty International avertissaient que le génocide
n’était, en fait, pas terminé, les médias traditionnels ont continué à
le présenter comme une guerre avec un “cessez-le-feu fragile”.
Les mots comptent. Les mots justifient les actions. S’il n’y a pas de
génocide, si Israël se défend dans une guerre, les États-Unis et les
alliés européens d’Israël ont le droit de fournir des dizaines de
milliards de dollars d’aide militaire. S’il s’agit d’une guerre
commencée par le Hamas le 7 octobre, alors il est possible de déplorer
l’anéantissement de Gaza et le massacre de masse par Israël comme le
résultat regrettable de l’attaque du Hamas.
Cette corruption du langage est conçue, comme l’a noté Orwell, pour défendre l’indéfendable :
Des choses comme la continuation de la domination britannique en
Inde, les purges et déportations russes, le largage des bombes atomiques
sur le Japon, peuvent certes être défendues, mais seulement par des
arguments trop brutaux pour que la plupart des gens puissent les
affronter, et qui ne cadrent pas avec les objectifs avoués des partis
politiques. Ainsi, le langage politique doit se composer en grande
partie d’euphémismes, de pétitions de principe et d’une simple et
nébuleuse ambiguïté. Des villages sans défense sont bombardés depuis les
airs, les habitants chassés dans la campagne, le bétail mitraillé, les
huttes incendiées avec des balles incendiaires : on appelle cela la
pacification. Des millions de paysans sont dépouillés de leurs fermes et
envoyés marcher sur les routes avec ce qu’ils peuvent porter : on
appelle cela le transfert de population ou la rectification des
frontières. Des gens sont emprisonnés pendant des années sans procès, ou
abattus d’une balle dans la nuque, ou envoyés mourir du scorbut dans
des camps de bûcherons en Arctique : on appelle cela l’élimination des
éléments peu fiables.
Adam Johnson dans « How to Sell a Genocide : The Media’s Complicity
in the Destruction of Gaza » a examiné plus de 12 000 articles du New
York Times, du Washington Post, de CNN.com, Politico, Axios, USA Today
et de l’Associated Press, ainsi que 5 000 segments télévisés diffusés
sur CNN et MSNBC. Son livre minutieusement documenté est une mise en
accusation cinglante de la justification du génocide par les médias
« libéraux ».
CNN et le New York Times ont ordonné à leurs rédacteurs et
journalistes que les attaques ne pouvaient être attribuées à Israël
qu’après confirmation de l’IDF et coordonnées GPS. Johnson cite une
source à CNN :
Que ce soit en salle de rédaction ou sur le terrain, nous ne pouvions
attribuer quoi que ce soit à Israël à moins d’être soumis à cette barre
impossibly high consistant à appeler cela une “explosion”, jusqu’à ce
que nous géolocalisions le site de l’explosion, que nous envoyions les
coordonnées aux Israéliens et que nous leur demandions un commentaire.
Vous pouvez voir une interview de Johnson à propos de son livre sur The Electronic Intifada ici.
Les journalistes de CNN couvrant Israël et la Palestine doivent
soumettre leur travail à l’examen du bureau de la chaîne à Jérusalem
avant diffusion. Le bureau de CNN, comme tous les bureaux de presse en
Israël, est tenu de respecter les restrictions imposées par la censure
militaire israélienne.
Les très rares Palestiniens qui apparaissent sur CNN et d’autres
médias traditionnels sont systématiquement interrogés – généralement
avant même d’être autorisés à l’antenne – pour savoir s’ils
« condamnent » le Hamas. Les invités qui expriment une critique même
tiède d’Israël se voient demander si Israël « a le droit d’exister ».
Personne ne se voit jamais demander s’il condamne le sionisme,
l’apartheid, le nettoyage ethnique, le génocide ou la guerre centenaire
d’Israël contre la Palestine. On ne leur demande pas non plus si les
Palestiniens ont le droit de se défendre – ce qu’ils ont en vertu du
droit international, y compris avec des armes.
Nos journalistes et organisations de presse domestiqués sont, comme
l’a souligné Robert Fisk, « prisonniers du langage du pouvoir ». Ils
répètent consciencieusement le lexique officiel. Cela fait d’eux non
seulement des propagandistes, mais aussi des complices du génocide.
Ceux qui protestent contre le génocide, y compris les étudiants sur
les campus universitaires – dont beaucoup sont juifs – sont diffamés
comme « partisans du Hamas » et « antisémites ». Les journalistes
dénichent des étudiants sionistes, généralement installés dans les
maisons Hillel des campus, qui affirment être « inquiets pour leur
sécurité » à cause des manifestations. Les médias accordent peu
d’attention à la montée de l’intolérance antimusulmane ou à la
répression exercée contre les manifestants étudiants, qui comprend non
seulement la brutalité policière et 3 000 détentions et arrestations,
mais aussi des suspensions, des mises à l’épreuve, des expulsions, la
rétention de diplômes et le licenciement de professeurs favorables à
leur cause.
Les slogans qui appellent à la libération de la Palestine – y compris
« De la rivière à la mer, la Palestine sera libre » – ainsi que le
drapeau palestinien, ont été criminalisés.
Le message est clair : les vies juives comptent. Les vies palestiniennes ne comptent pas.
« Les rapports des agences des Nations Unies, des observateurs des
droits humains respectés, des revues médicales et du personnel médical
professionnel sont généralement traités avec respect et mis en avant
dans les médias grand public, » écrit l’historien Rashid Khalidi dans
l’introduction du livre de Robin Anderson, « The Complicit Lens : US
Media Coverage of Israel’s Genocide in Gaza » :
Pas dans cette guerre : au contraire, si ces sources sont citées, les
médias accordent un traitement égal aux calomnies et aux diffamations
outrageantes contre ces organisations et ces individus, des salissures
produites en abondance par la légion de propagandistes professionnels
d’Israël et ses innombrables défenseurs aux États-Unis. Outre la
diffamation des critiques du génocide israélien en les présentant comme
des partisans du Hamas ou des sympathisants terroristes, la principale
arme de leur arsenal de diffamation est l’utilisation systématique et
outrageante de la mortelle accusation d’antisémitisme.
Les défections massives de lecteurs et de téléspectateurs des médias
traditionnels vers les plateformes de médias sociaux qui ne filtrent pas
les nouvelles à travers le lobby israélien, le gouvernement américain
ou les entreprises, sont un indicateur frappant de la faillite des
médias. La réponse à ces défections a été le « platformicide » –
l’utilisation d’algorithmes, le shadow banning, la restriction des
capacités de diffusion en direct et la fermeture de comptes par les
géants des médias sociaux comme Facebook, Instagram, X, YouTube et
TikTok, pour réduire considérablement la portée des reportages sur la
Palestine.
Cette censure fait partie d’un effort coordonné pour cacher l’horreur du génocide au public.
En se référant constamment au 7 octobre, les médias occidentaux
décontextualisent le génocide. Ils ignorent le siège de 19 ans de Gaza
par Israël. Le 7 octobre est présenté par les médias occidentaux comme
« non provoqué ». Les massacres de Palestiniens non armés à Gaza par
Israël durant l’hiver 2008-2009, ainsi que ses attaques sur Gaza en
2012, 2014 et pendant la Grande Marche du Retour en 2018 et 2019 sont
ignorés.
La Nakba de 1948 – lorsque les sionistes européens se sont emparés de
plus de 78 % de la Palestine historique, ont violemment expulsé 750 000
Palestiniens, détruit plus de 530 villages palestiniens et tué 15 000
Palestiniens – est rarement mentionnée. Soixante-dix pour cent de ceux
qui ont été chassés de leurs foyers en 1948 ont été contraints de se
réfugier à Gaza.
Le projet sioniste repose sur la promotion de l’amnésie historique.
« Une fois que le Hamas a été présenté comme un groupe brutal et
terroriste dont les membres torturaient, démembraient et décapitaient
joyeusement des bébés sans conscience, aucune explication supplémentaire
n’était nécessaire, » écrit Anderson dans son livre. « Les médias ont
simplement évité de rapporter l’histoire de la violence d’Israël et, par
conséquent, les médias établis ont également évité les conditions de
vie quotidienne des Palestiniens. »
La fiction selon laquelle il y a actuellement un cessez-le-feu à Gaza
– Israël a tué au moins 1 286 Palestiniens et blessé 4 257 depuis son
entrée théorique en vigueur – est devenue l’excuse utilisée par les
médias occidentaux pour tourner le dos à Gaza. Ce déni du génocide a
caractérisé la couverture depuis ses débuts. Il masque non seulement les
crimes d’Israël, mais aussi l’intention déclarée d’Israël de nettoyer
ethniquement tous les Palestiniens de Gaza. Il neutralise effectivement
le droit international. Et il fait une parodie de la profession de
journaliste.
Lorsque le dernier acte du nettoyage ethnique aura lieu, les médias
occidentaux, j’en suis sûr, continueront à nous bombarder d’agitprop
israélienne, d’euphémismes et de clichés.
Voyage au Xinjiang : une famille en camping-car traverse une
région de montagnes, de lacs, de déserts et de villes-oasis, au milieu
de scènes de vie locale.
Il existe dans le monde des endroits dont tout le monde connaît
le nom et sur lesquels chacun a une opinion, mais où presque personne
n’est allé. Parfois, c’est pour des raisons positives (pensez au
Bhoutan), parfois non.
Le Xinjiang appartient malheureusement à cette seconde catégorie :
allez dans n’importe quel pays occidental et demandez au premier passant
ce qu’il associe au Xinjiang ; sa réponse sera presque étrangement
uniforme : camps de concentration, travail forcé et génocide.
J’ai assez voyagé dans ma vie pour avoir appris une chose : les
opinions extrêmes — qu’elles soient positives ou négatives — sur des
lieux lointains résistent rarement au contact avec la réalité du
terrain. Et c’est d’autant plus vrai pour les endroits que peu de gens
ont visités.
C’est logique : ce sont précisément les lieux où les affirmations les
plus extravagantes rencontrent le moins de résistance, puisqu’il
n’existe tout simplement pas de masse accumulée d’expériences ordinaires
de première main pour leur opposer un démenti.
Je sais aussi, bien sûr, que l’Occident a une forte tendance à
fabriquer des récits sur ses adversaires géopolitiques, comme la Chine.
Donc, lorsqu’on combine les deux — un endroit que presque aucun
étranger ne visite et qui, de surcroît, se trouve en Chine — je
m’attendais pleinement à un large fossé entre le récit dominant et ce
que j’allais réellement découvrir. Ce à quoi je ne m’attendais pas,
c’est que ce fossé soit aussi immense.
Avant de me rendre au Xinjiang, je m’étais fixé quelques exigences
afin d’essayer de comprendre l’endroit aussi bien que possible :
Je voulais y passer beaucoup de temps — la région est si vaste qu’on
ne peut même pas commencer à la comprendre si l’on n’y reste que
quelques jours.
Je voulais en voir une grande partie, car je comprenais que la
situation pouvait varier considérablement entre, par exemple, des villes
prospères comme Urumqi et les campagnes profondes.
Je voulais voyager de manière entièrement libre, à mes propres
conditions — pas, par exemple, dans le cadre d’un circuit guidé par le
gouvernement chinois (comme le font une très grande proportion des rares
étrangers qui visitent cet endroit, bien qu’ils n’y soient pas
obligés).
Je voulais aller dans des lieux totalement hors des sentiers battus, où les touristes ne vont jamais.
Je voulais rencontrer et parler avec autant d’habitants que possible, issus des milieux les plus divers.
Avec ma femme et mes deux filles (âgées de 7 et 10 ans), nous avons
donc décidé de louer un camping-car à Urumqi et de parcourir toute la
province, du Nord au Sud, en dormant dans le véhicule, pendant cinq
semaines. À la fin de ce périple, nous resterions dix jours
supplémentaires à Urumqi ; pendant une semaine, nous inscririons nos
filles à une colonie de vacances avec des enfants du cru
(majoritairement ouïghours), tandis que nous, les parents, continuerions
à découvrir Urumqi et tenterions de rencontrer des membres de
l’intelligentsia locale.
Nous avons rempli chacune de ces conditions, et même davantage. Cinq
semaines en camping-car ; près de 6 000 kilomètres parcourus ; le nord
et le sud ; des villes, des chefs-lieux de district, des villages, des
prairies, de hautes montagnes, des déserts ; et, au passage, des
centaines de rencontres. Aucun guide, aucun accompagnateur, aucun
itinéraire déposé auprès de qui que ce soit. Nous allions où bon nous
semblait et nous arrêtions quand nous en avions envie.
De retour à Urumqi, nos deux filles ont passé une semaine dans une
colonie de vacances à thème militaire organisée pour les enfants du cru
(et, croyez-moi, il n’a pas été facile de les y inscrire !), tandis que
nous — les parents — rencontrions un éventail fascinant de journalistes,
de professeurs d’université, de fonctionnaires subalternes comme de
hauts responsables, de personnes travaillant pour le fameux Bingtuan (le
XPCC [Corps de production et de construction du Xinjiang, une organisation étatique paramilitaire et économique, NdT], qui est en quelque sorte un État dans l’État au Xinjiang), de travailleurs communautaires et d’hommes d’affaires.
Bref, nous avons vu énormément de choses du Xinjiang et de ses
habitants, à notre manière, pendant une période suffisamment longue pour
que je puisse aujourd’hui dire, je crois, quelque chose de significatif
à son sujet — contrairement à la plupart de ceux qui ont écrit sur cet
endroit.
Comme vous pouvez le voir dans la vidéo ci-dessus, notre itinéraire a
dessiné une immense boucle à travers le nord et le sud du Xinjiang, sur
34 jours et près de 6 000 kilomètres.
Nous sommes partis d’Urumqi (乌鲁木齐, Wūlǔmùqí) vers l’ouest par la
route 101, avant d’atteindre la ville thermale de Wenquan (温泉), à la
frontière kazakhe. De là, nous avons pris vers le sud en direction du
lac Sayram (赛里木湖, Sàilǐmù Hú), puis de la vallée de l’Ili (伊犁, Yīlí) —
champs de lavande, ville-frontière de Khorgos (霍尔果斯, Huò’ěrguǒsī) et
ancienne ville de garnison de la dynastie Qing, Huiyuan (惠远, Huìyuǎn) —
avant de passer quelques jours dans la grande ville de Yining (伊宁,
Yīníng).
Nous avons ensuite poursuivi plus au sud jusqu’à Zhaosu (昭苏), patrie
d’extraordinaires anciennes races de chevaux à la robe rosée (je ne
plaisante pas !), puis vers les hautes prairies de Xiata (夏塔), Tangbula
(唐布拉) et Nalati (那拉提), où des nomades kazakhs et kirghizes vivent encore
sous des yourtes dans les montagnes, du moins en été.
Depuis Nalati, nous avons franchi l’immense chaîne du Tianshan (天山)
par Duku (独库) — l’une des routes les plus dangereuses de Chine, ouverte
seulement quatre mois par an — pour entrer dans le sud du Xinjiang. Là,
nous avons exploré l’ancienne ville de Kuqa (库车, Kùchē) et son palais
royal (où réside encore une authentique princesse ouïghoure — nous
l’avons rencontrée !), traversé le désert du Taklamakan et passé
plusieurs jours à Kashgar (喀什, Kāshí), à visiter la vieille ville, les
mosquées et les marchés.
Depuis Kashgar, nous avons fait un détour en profondeur dans le
plateau du Pamir, chevauchant jusqu’à des cratères volcaniques et
grimpant sur un glacier du Muztagh Ata (慕士塔格, Mùshìtǎgé), haut de 7 500
mètres. Nous avons ensuite repris la longue route vers l’est — en
passant par les anciennes grottes bouddhiques de Kizil (克孜尔千佛洞, Kèzī’ěr
Qiānfódòng), les ruines du temple de Subashi (苏巴什) et la ville de Korla
(库尔勒, Kù’ěrlè) — avant de regagner Urumqi par le tunnel Tianshan
Shengli, le plus long tunnel autoroutier du monde.
Si vous souhaitez un récit quotidien plus détaillé de notre voyage, accompagné de vidéos et de photos, lisez ce fil que j’ai publié sur X.
Une chose que les comptes rendus occidentaux sur le Xinjiang effacent
complètement — et très injustement — et qui nous a frappés presque
immédiatement au début de notre voyage, c’est son extraordinaire
diversité.
Diversité, d’abord, des paysages et des climats. Un dicton local
affirme qu’en traversant le Xinjiang, on peut connaître les quatre
saisons en un seul voyage, et nous pouvons absolument le confirmer.
Certains matins, nous nous réveillions transis de froid dans le
camping-car garé parmi les yourtes nomades des hautes prairies, au pied
de sommets enneigés ; et dès le lendemain — littéralement — nous
roulions dans le désert du Taklamakan par 40 degrés, le sable fouettant
le pare-brise.
Nulle part ailleurs au monde on ne trouve, à l’intérieur d’une seule
région administrative, un écart d’altitude de près de 9 000 mètres —
depuis la dépression de Turpan, à 154 mètres sous le niveau de la mer
(le point le plus bas de Chine), jusqu’au sommet du K2, à 8 611 mètres,
deuxième plus haute montagne de la planète.
Songez à quel point la géographie du Xinjiang est folle : la région
réunit simultanément quatre des dix plus hautes chaînes de montagnes du
monde (Karakoram, Pamir, Tianshan et Kunlun), l’un des plus grands
déserts de la planète (le Taklamakan, à peu près de la taille de
l’Allemagne), d’immenses prairies couvrant un tiers de sa superficie,
l’endroit le plus chaud de Chine (Turpan, où la température de surface
du sol peut atteindre 80 °C) et l’un des plus froids (le district de
Fuyun, 富蕴县, dans la région de l’Altaï, où le thermomètre est descendu à
-52,3 °C).
Et tout cela dans une région plus vaste que l’Europe occidentale — on
pourrait y faire tenir la Grande-Bretagne, la France, l’Allemagne,
l’Autriche, la Suisse, les Pays-Bas et la Belgique tout en gardant
encore de la place — et qui partage ses frontières avec huit pays
différents.
À lui seul, le Xinjiang est un continent entier de diversité
géographique qui ferait pâlir d’envie la plupart des continents
véritables.
Diversité aussi des peuples. Le Xinjiang est généralement réduit aux
Ouïghours, alors qu’ils ne constituent même pas la moitié de la
population (11,620 millions de personnes sur un total de 25,850
millions, soit environ 45 %) et qu’ils sont très majoritairement
concentrés dans les quatre préfectures méridionales (Kashgar, Hotan,
Aksu, Kizilsu). [Voir ici]
Pendant les dix-huit premiers jours de notre voyage, à travers le
nord du Xinjiang, nous n’avons presque pas rencontré d’Ouïghours. À la
place, nous avons séjourné parmi des nomades kazakhs dans les prairies,
randonné avec des bergers kirghizes en montagne, découvert tout un
quartier russe à Yining (avec des Russes de souche de nationalité
chinoise) et traversé le territoire des Mongols Torghut en franchissant
le Tianshan par la fameuse route de Duku. [Lien 1][Lien 2][Lien 3][Lien 4]
Ce n’est qu’après notre arrivée dans le sud du Xinjiang, au
dix-neuvième jour, que nous sommes entrés dans le Sud à majorité
ouïghoure, ce qui donnait l’impression d’arriver dans un pays totalement
différent.
C’est aussi quelque chose que la plupart des gens ignorent au sujet
du Xinjiang : c’est une région essentiellement coupée en deux par
l’immense chaîne du Tianshan. Jusqu’à une date très récente à l’échelle
de l’histoire — les années 1970, lorsque la route de Duku fut construite
— le Nord et le Sud étaient pratiquement isolés l’un de l’autre, car
passer d’un côté à l’autre impliquait un détour de plus de mille
kilomètres autour de l’ensemble de la chaîne montagneuse.
Traiter les deux moitiés comme un seul ensemble, comme le font
invariablement les médias occidentaux, a à peu près autant de sens que
de considérer la Scandinavie et la Méditerranée comme un seul et même
espace.
Il existe même une énorme diversité au sein du groupe ethnique
ouïghour lui-même, au point qu’on peut ouvertement se demander si les
Ouïghours constituent réellement un seul peuple. Comme l’a observé
l’anthropologue américain Dru C. Gladney dans son article de référence
de 1990, « The ethnogenesis of the Uighur
», le terme « Uighur » (ou Uyghur) n’a même pas été utilisé pour
désigner la population actuelle avant 1935. Auparavant, les gens
s’identifiaient par leur oasis : Kashgaris, Turpanlik, Khotanais, etc.
Nous en avons nous-mêmes eu un aperçu : la culture ouïghoure
rencontrée à Kashgar — la nourriture, la musique, l’architecture,
l’atmosphère — était très différente de celle que nous avons vue à Kuqa
ou à Korla. Et ce n’est pas anecdotique : des chercheurs comme Dru C.
Gladney ou Justin Rudelson (auteur de Oasis Identities: Uyghur Nationalism along China’s Silk Road)
ont documenté quatre traditions musicales régionales entièrement
distinctes, de grandes différences dialectales et des profils génétiques
variant sensiblement d’une oasis à l’autre.
C’est logique : jusqu’à une époque très récente — là encore, nous
parlons des quelques dernières décennies — traverser le désert du
Taklamakan (dont le nom signifie en ouïghour « lieu sans retour ») pour
aller d’une oasis à une autre était littéralement une entreprise mettant
la vie en danger. Il n’est donc pas étonnant que chaque oasis ait
développé son propre dialecte, sa cuisine, sa musique et son sentiment
identitaire.
La progression historique de l’islam dans la région en est une
illustration remarquable. L’islam est arrivé de l’ouest, à partir
d’environ 934 de l’ère chrétienne, lorsque le souverain de Kashgar s’est
converti. Sa dynastie mena ensuite une longue guerre sainte vers l’est,
conquérant le Khotan bouddhiste vers 1006. Mais le royaume bouddhiste
de Turpan — à peine mille kilomètres plus loin — résista encore quatre
siècles à l’islamisation. Des voyageurs y signalaient encore de riches
temples bouddhiques en 1414, et la région de Turpan — au centre-est du
Xinjiang — ne devint pleinement musulmane qu’à la fin du XVe
siècle. Autrement dit, alors que Kashgar était musulmane depuis plus de
cinq siècles, Turpan était encore bouddhiste : les lieux de cette région
sont si isolés les uns des autres qu’il a fallu un demi-millénaire à l’islam pour parcourir la moitié du Xinjiang
! Voilà l’ampleur des différences entre des oasis que l’on regroupe
aujourd’hui avec désinvolture sous l’étiquette de « peuple ouïghour ».
Alors, comment le terme « Ouïghour » a-t-il commencé à être utilisé,
dans les années 1930, pour désigner collectivement ces peuples divers ?
La réponse, comme l’a documenté l’historien de Harvard David Brophy dans son livre Uyghur Nation,
est que le nom a en réalité été réactivé non pas au Xinjiang lui-même,
mais au sein des communautés immigrées d’Asie centrale russe puis
soviétique. Les agriculteurs musulmans turcophones originaires du
Xinjiang qui s’étaient retrouvés sous juridiction russe avaient besoin,
dans le cadre de la politique soviétique des nationalités, d’une
étiquette ethnique officielle — et les noms existants (comme « Kashgari
», c’est-à-dire personne originaire de Kashgar) étaient trop locaux pour
remplir cette fonction.
Des intellectuels se tournèrent donc vers l’ancien khaganat ouïghour — un empire manichéen de la steppe mongole du VIIIe
siècle qui n’avait pratiquement rien à voir avec la population moderne —
et lui empruntèrent son nom afin de donner à leur communauté une
généalogie historique plus prestigieuse. Un congrès tenu à Tachkent
(Ouzbékistan) en 1921 officialisa ce choix.
La Chine adopta cette appellation au milieu des années 1930 sous
Sheng Shicai (盛世才), un seigneur de guerre affilié au Kuomintang qui
gouverna le Xinjiang de 1933 à 1944 et modela sa politique des
nationalités sur les précédents soviétiques.
Fait intéressant, à l’époque, une faction importante rejetait
activement cette appellation : Muhammad Amin Bughra, dirigeant politique
khotanais et cofondateur de la très éphémère Première République du
Turkestan oriental (qui ne dura qu’environ cinq mois en 1933-1934 et
couvrait Kashgar et ses environs), souhaitait une désignation encore
plus large englobant tous les musulmans turciques du Xinjiang — y
compris les Kazakhs, les Kirghizes et les Ouzbeks. Il présentait la
politique de Sheng Shicai consistant à les diviser en catégories
ethniques distinctes comme une stratégie délibérée visant à semer la
discorde. D’autres figures influentes de l’époque se joignirent à cette
opposition, comme Masud Sabri, panturquiste formé à Istanbul, qui devint
ensuite le premier gouverneur ouïghour du Xinjiang sous le Kuomintang
(1947-1949).
Leur opposition souligne à quel point l’identité « ouïghoure » a été
construite récemment — et de manière conflictuelle. Certains jugeaient
l’étiquette trop étroite : Bughra et Sabri ne voulaient pas seulement
une identité unique pour les musulmans turciques du Xinjiang ; ils
étaient panturquistes et envisageaient à terme une unité politique avec
le vaste monde turcique allant de la Turquie à l’Asie centrale.
D’autres, au contraire, la trouvaient trop large : un parapluie
artificiel posé sur des communautés d’oasis qui ne s’étaient jamais
pensées comme un seul peuple.
Ni les uns ni les autres ne considéraient « Ouïghour » comme allant de soi.
Malgré la controverse, après 1949, la République populaire formalisa
les « Ouïghours » comme l’une de ses 55 nationalités minoritaires
reconnues — ce qui, nous ont confié certains intellectuels rencontrés
pendant notre voyage, a peut-être constitué une erreur historique de la
Chine, parce que cela a alimenté le séparatisme en consolidant une
mosaïque d’identités d’oasis en une conscience ethnonationale unique.
Cela ne signifie pas que les Ouïghours ne partagent pas de puissants
traits identitaires : les populations que cette catégorie englobe ont en
commun une langue turcique (avec certaines variations dialectales entre
oasis), l’islam sunnite et de profonds fils culturels qui reliaient les
oasis bien avant que quiconque ne les appelle « ouïghoures ». Mais,
franchement, c’est également vrai des Kazakhs, des Kirghizes et des
Ouzbeks — précisément l’argument de Bughra et Sabri. Nombre des traits
culturels qui unissent les Ouïghours débordent sur le monde
turco-musulman au sens large.
Ce qui distingue réellement les populations des oasis des autres
minorités ethniques turciques du Xinjiang, ce n’est ni la langue ni la
foi, mais leur mode de vie, notamment l’agriculture irriguée et les
villes de bazar ; mais là encore, cela variait fortement d’une oasis à
l’autre et, de toute façon, partager un mode de vie agricole ne suffit
pas à faire un peuple.
En bref : l’ethnicité au Xinjiang est une question très complexe et,
lorsque les médias occidentaux présentent les Ouïghours comme un groupe
ethnique primordial allant de soi — comme s’ils avaient toujours existé —
ils projettent sur le Xinjiang une cohérence que les archives
historiques ne corroborent tout simplement pas. Les histoires simples
sur des lieux compliqués peuvent générer des clics, mais elles ne
servent pas la vérité.
Ironiquement, il existe en Chine un groupe ethnique ouïghour en
quelque sorte « plus authentique », dont la plupart des gens n’ont
jamais entendu parler. Lorsque le khaganat ouïghour s’effondra en 840,
un groupe de survivants s’enfuit vers le sud-est, dans l’actuelle
province du Gansu. Leurs descendants — les Yugurs
(裕固族, Yùgù zú, par opposition à 维吾尔族, Wéiwú’ěr zú, pour les Ouïghours
du Xinjiang) — y vivent toujours : environ 14 700 personnes qui
pratiquent le bouddhisme tibétain, parlent une langue plus proche de
l’ancien ouïghour que ne l’est l’ouïghour moderne, et n’ont absolument
aucun lien avec l’islam ni avec le Xinjiang. La Chine les classe comme
un groupe ethnique entièrement distinct. C’est ironique : les héritiers
les plus directs du nom « ouïghour » ne le portent pas, tandis que les
millions de personnes qui le portent descendent en grande partie de
populations turciques et pré-turciques différentes qui n’ont jamais
appartenu au khaganat.
Enfin, je manquerais à mon devoir si je ne mentionnais pas brièvement
la diversité religieuse et civilisationnelle dont nous avons été
témoins au Xinjiang. Les médias occidentaux tendent à présenter la
région comme un espace uniformément musulman, mais ce n’est pas vrai
aujourd’hui et cela l’était encore moins historiquement.
L’un des moments les plus émouvants de notre voyage a été de nous
tenir à l’intérieur du complexe des grottes de Kizil (克孜尔千佛洞), près de
Kuqa — 236 grottes creusées dans une falaise à partir du IIIe siècle
de l’ère chrétienne, dont les murs sont couverts de peintures dont la
beauté et le raffinement nous ont littéralement coupé le souffle. C’est,
au sens le plus concret, là que l’art bouddhique chinois a commencé.
L’une des extraordinaires peintures des grottes de Kizil, datant du IIIe siècle de l’ère chrétienne
À quelques kilomètres de là se trouvent les ruines du temple de
Subashi (苏巴什), où étudia autrefois Kumārajīva (鸠摩罗什) — le moine dont les
traductions chinoises des sutras sanskrits devinrent le socle de la
pensée bouddhique chinoise — et où Xuanzang (玄奘) — oui, le véritable
moine Tang qui inspira Le Voyage en Occident — séjourna plusieurs mois au cours de son pèlerinage en Inde.
Ma
femme et mes filles dans les ruines du temple de Subashi, probablement
le temple bouddhique le plus important de l’histoire de la Chine
La vérité est que le bouddhisme a été la civilisation dominante de la
région pendant plus de mille ans, plus longtemps que l’islam ne l’a
été. Les populations des oasis aujourd’hui appelées « ouïghoures » ont
été bouddhistes, manichéennes, ou les deux, pendant la majeure partie de
leur histoire documentée.
Et il existe même, comme nous avons pu le constater, une grande
diversité dans la pratique réelle de l’islam. Notre image occidentale de
l’islam — façonnée principalement par les États du Golfe — est celle
des mosquées, de la prière quotidienne, du voile et de la rigueur
scripturaire. Mais l’islam des peuples turciques du Xinjiang s’est
largement développé à l’écart des foyers du Moyen-Orient ; il a plutôt
été façonné par le soufisme d’Asie centrale, les traditions turciques
préislamiques et les réalités pratiques de la vie dans les oasis et chez
les nomades.
Chez les Ouïghours, le centre de gravité spirituel ne se trouvait pas
dans la mosquée mais dans les pèlerinages aux sanctuaires, les rituels
soufis et le meshrep
— rassemblement communautaire de musique, de danse et de festins
reconnu par l’UNESCO comme patrimoine culturel immatériel — autant de
pratiques qui seraient inadmissibles selon les interprétations
wahhabites strictes d’Arabie saoudite.
La pratique de l’islam est encore plus relâchée chez les Kazakhs et
les Kirghizes du nord du Xinjiang, parmi lesquels nous avons passé des
semaines : ils sont réputés — et l’ont toujours été — pour leur forte
consommation d’alcool (principalement du lait de jument fermenté) et ne
fréquentent pratiquement jamais la mosquée, pour la raison très simple
que lorsqu’on est un éleveur nomade qui se déplace constamment avec son
bétail entre des pâturages saisonniers, il n’y a pas de mosquée où
aller. Le mode de vie nomade rendait l’observance orthodoxe
matériellement impossible et, dans la pratique, la vie spirituelle
kazakhe et kirghize mêle rites musulmans, guérison chamanique, rituels
du feu et culte des ancêtres, tous antérieurs de plusieurs siècles à
l’islam.
Même les Ouïghours ont une longue tradition viticole, surtout dans
les régions de Turpan et de Kuqa : la viticulture à Turpan remonte au
moins au IVe siècle avant l’ère chrétienne, soit près de deux
millénaires avant l’arrivée de l’islam dans la région, et la tradition
locale du museles — un vin artisanal vieilli dans des jarres d’argile — n’a jamais disparu.
Comme vous pouvez le voir dans la vidéo ci-dessous
— filmée par mon ami Daniel pendant notre séjour dans un campement
nomade kazakh de la prairie de Tangbula (唐布拉) —, des hommes ouïghours et
kazakhs du lieu nous ont invités un soir à boire avec eux. Le récit
occidental veut que « la Chine » force les musulmans du Xinjiang à boire
: la réalité, c’est que les seules personnes contraintes de boire ce
soir-là ont été Daniel et moi !
Dernière spécificité culturelle importante : ni le hijab ni le niqab
(et encore moins la burqa) n’ont jamais, à aucun moment de l’histoire,
fait partie du vêtement traditionnel des femmes ouïghoures, kazakhes ou
kirghizes. La coiffe traditionnelle des femmes ouïghoures est la doppa —
une calotte brodée et colorée — et c’est ce que nous avons vu partout
où nous sommes allés, dans les villes comme dans les villages, au Nord
comme au Sud.
Cela importe parce que c’est peut-être l’exemple le plus frappant de
la manière dont les médias occidentaux plaquent un modèle moyen-oriental
sur une région où il ne s’est jamais appliqué : ils interviewent
régulièrement des femmes dites « ouïghoures » portant le hijab ou le
niqab et accusant la Chine de détruire leurs traditions. Or ces femmes
portent des vêtements qui ne sont entrés dans la région qu’au cours des
dernières décennies, par le biais du prosélytisme salafiste financé par
les pays du Golfe — précisément le type de radicalisation religieuse
extérieure que les politiques chinoises visent en partie à combattre.
L’ironie est difficile à exagérer : les médias occidentaux présentent
ces femmes comme les gardiennes d’une culture ancienne, alors que les
vêtements qu’elles portent représentent l’effacement de la tradition
ouïghoure réelle, et non sa préservation.
Fait intéressant, il existe en Chine — y compris au Xinjiang — un
groupe ethnique musulman dont les femmes portent une coiffe semblable au
hijab : les Hui (回族), qui sont ethniquement Han chinois mais se sont
convertis à l’islam au contact de marchands arabes et persans installés
le long de la Route de la soie. Les Hui ont traditionnellement pratiqué
une forme d’islam plus orthodoxe que les Ouïghours, plus proche des
traditions moyen-orientales.
Nous l’avons constamment remarqué pendant notre voyage, de la manière
la plus banale : chaque fois qu’un restaurant ne servait pas d’alcool,
il était invariablement tenu par des musulmans hui. Tous les restaurants
ouïghours où nous avons mangé — et ils furent nombreux — servaient de
l’alcool sans hésitation. C’était devenu une plaisanterie récurrente
entre nous : s’il n’y avait pas d’alcool, on pouvait être sûr que le
patron était hui. C’est un petit détail, mais il saisit quelque chose
d’important : supposer que tous les musulmans du Xinjiang pratiquent
l’islam de la même manière est aussi faux que supposer qu’ils
appartiennent tous au même peuple.
Voilà donc : la première et principale caractéristique du Xinjiang
est la diversité. Diversité des géographies, des peuples, des
civilisations, des croyances et même de la manière dont la foi est
pratiquée. Ce que les médias occidentaux ont fait à cette région relève
presque du crime intellectuel : ils ont pris l’un des endroits les plus
complexes, stratifiés et véritablement fascinants de la planète pour le
réduire à un récit diffamatoire en noir et blanc, avec une victime et un
méchant. Ce faisant, ce sont eux qui, hypocritement et ironiquement,
effacent réellement la culture du Xinjiang — cela même qu’ils accusent
la Chine de faire.
Je ne vais pas le minimiser : lorsqu’on voyage au Xinjiang, il est
absolument évident qu’on se trouve dans un endroit où la sécurité est
prise très, très au sérieux — beaucoup plus au sérieux que partout
ailleurs où je suis allé en Chine, et de très loin.
J’ai voyagé pratiquement partout en Chine et effectué auparavant deux longs périples de plusieurs semaines en camping-car : l’un en 2021 à travers le Hebei, le Shanxi, le Shaanxi, le Gansu et le Qinghai, et un autre en 2023
dans le Dongbei, les trois provinces du nord-est de la Chine. Au-delà
de ces voyages sur route, j’ai vécu huit ans à Shanghai et j’ai
facilement effectué plus d’une centaine de voyages distincts dans le
pays au cours des vingt dernières années. Il est donc juste de dire que
je sais à quoi ressemble la « normalité » en Chine — et, du point de vue
de la sécurité, le Xinjiang n’est assurément pas normal.
Ce qui peut surprendre ceux qui ne sont jamais allés en Chine, c’est
que dans la majeure partie du pays, la présence policière visible est
étonnamment faible. Dans certains endroits, elle est même presque
inexistante. Par exemple, lors de notre périple de 2023, après 32 jours
de route pratiquement partout dans les provinces du Liaoning, du Jilin
et du Heilongjiang, nous n’avons pas été arrêtés une seule fois par la
police : zéro contrôle, zéro poste de contrôle, rien du tout. Et cela
bien que nous nous soyons rendus dans des zones qui, dans n’importe quel
pays, seraient considérées comme sensibles, notamment les zones
frontalières (nous avons roulé le long des frontières chinoises avec la
Russie, la Corée du Nord et la Mongolie).
Comparez cela au Xinjiang : il est littéralement impossible de
conduire une seule journée sans passer par un poste de contrôle de
police. Certains jours où nous roulions davantage que d’habitude — par
exemple sur l’autoroute traversant le désert du Taklamakan — nous
passions par plus de dix contrôles.
La présence policière n’est pas seulement importante, elle est
omniprésente. Dans les lieux très fréquentés, il y a — et je n’exagère
pas — une plateforme de police tous les cinquante mètres environ. Si
vous regardez la vidéo ci-dessous
— que j’ai tournée dans une rue de restaurants à Yining — et que vous
êtes attentif, vous pouvez en voir trois sur à peine cent mètres : ce
sont les cabines bleues montées sur des élévateurs hydrauliques qui
s’élèvent au-dessus du niveau de la rue et donnent aux policiers une vue
plongeante sur la foule.
Nous avons parlé à des policiers pendant notre voyage au Xinjiang et
ils nous ont indiqué que leur indicateur officiel de performance pour le
délai d’intervention était de trois minutes, ce qui est hallucinant :
cela signifie que l’ensemble de la région — qui, rappelons-le, est plus
vaste que l’Europe occidentale — est couvert d’un réseau policier si
dense que, lors de n’importe quel incident, n’importe où, des agents
sont censés arriver sur les lieux en moins de 180 secondes.
Nous avons d’ailleurs testé nous-mêmes le temps de réaction pendant
le voyage : notre camping-car s’est retrouvé coincé sous une barrière
effondrée sur une route à sens unique dans la campagne près de Kashgar.
Nous avons appelé la police et chronométré. Trois minutes. Les policiers
ont ensuite appelé le chef du village — la personne responsable de la
réparation de la barrière — et il est arrivé en moins de deux minutes.
Cinq minutes après notre coup de téléphone, nous étions escortés en
toute sécurité au-delà de l’obstacle et de nouveau sur la route. Voilà à quel point la police est incroyablement efficace au Xinjiang.
Outre cette présence policière massive et les contrôles omniprésents
sur les routes, plusieurs autres mesures de sécurité n’existent tout
simplement pas dans le reste de la Chine. La plus évidente pour nous
était l’obligation de présenter une pièce d’identité pour faire le
plein. Chaque station-service du Xinjiang dispose d’un contrôle de
sécurité à son entrée. Dans le reste de la Chine, on entre simplement et
on fait le plein.
La situation sécuritaire est encore beaucoup plus stricte dans les
zones frontalières, qui sont nombreuses au Xinjiang puisqu’il partage
ses frontières avec huit pays différents.
Nous avons commis une erreur assez amusante au cours du voyage, sur
la route du parc naturel de Xiata (夏塔) : nous ne nous étions pas rendu
compte à l’avance que notre GPS nous faisait emprunter une route passant
littéralement à quelques mètres de la frontière kazakhe.
Avant même de comprendre ce qui nous arrivait, nous nous sommes
retrouvés face à des soldats de l’APL à un poste de contrôle militaire —
de vrais militaires, pas des policiers. L’expression des soldats
lorsqu’ils ont vu un Français blond arriver tranquillement dans un
camping-car familial avec deux petites filles était — comment dire —
mémorable. Ils n’étaient pas hostiles, simplement profondément perplexes
quant à la manière dont cette situation avait pu se produire. Un appel
téléphonique fut passé avec une certaine urgence. Quelques instants plus
tard, un supérieur arriva (manifestement, l’objectif des trois minutes
s’applique aussi à l’armée) — le genre d’officier dont l’uniforme semble
avoir été repassé sur lui — et examina nos passeports et nos documents
avec la minutie d’un homme désamorçant une bombe. Conclusion : nous
pouvions continuer, mais à des conditions strictes. Aucun arrêt. Aucune
photo. Pas question de traîner. Rien du tout. Nous avons vigoureusement
acquiescé et sommes passés sans même oser respirer trop fort.
Nous avons parlé de la situation sécuritaire avec plusieurs habitants
et, à ma grande surprise, la plupart s’en disaient en réalité rassurés.
Français que je reste, je m’attendais à ce qu’ils la vivent comme
oppressive, comme une intrusion dans leur quotidien. Mais la réaction la
plus fréquente ressemblait davantage à du soulagement — le sentiment
que l’alternative, qu’ils avaient connue, était bien pire.
Pour mémoire, le Xinjiang a traversé une période d’extrême violence
entre environ 2009 et 2017. À elles seules, les émeutes d’Urumqi en 2009
ont fait près de 200 morts et plus de 1 700 blessés en un seul week-end
de massacres ethniques. S’ensuivit une vague d’attentats terroristes
qui dura des années — attaques au couteau, attentats à la bombe,
véhicules-béliers — et frappa non seulement le Xinjiang, mais aussi le
cœur de la Chine continentale : l’attaque à la voiture sur la place Tian’anmen en 2013, le massacre de la gare de Kunming en 2014
(31 morts, 140 blessés, à l’arme blanche), etc. Entre violences
séparatistes, radicalisation djihadiste et tensions ethniques à vif, le
Xinjiang était, selon toute évaluation honnête, une région en crise.
J’ai parlé à une Chinoise han née et élevée au Xinjiang, qui se
souvient de l’époque des émeutes d’Urumqi de 2009 : au moment des
émeutes, elle se trouvait à Pékin et s’est immédiatement précipitée vers
Urumqi pour rejoindre sa famille. Dans le train, des centaines d’autres
personnes faisaient de même — issues des différents groupes ethniques
du Xinjiang — et elle m’a raconté qu’un silence complet régnait, chacun
jaugeant les autres : à l’époque, on ne savait pas si la personne assise
à côté de soi rentrait en urgence pour protéger sa famille ou pour
participer aux tueries. La confiance entre communautés s’était évaporée
du jour au lendemain.
Parallèlement, des milliers d’Ouïghours avaient été recrutés par des
réseaux extrémistes — d’abord pour rejoindre les combats dans
l’Afghanistan voisin pendant la guerre menée par les USA (sous la
bannière de l’ETIM), puis pour partir en Syrie combattre aux côtés de
Daesh— dans une filière passant par l’Asie du Sud-Est et la Turquie,
abondamment documentée par les services de renseignement du monde
entier. On oublie souvent que les USA ont régulièrement bombardé des Ouïghours en Afghanistan jusqu’en 2018.
La réponse de la Chine à tout cela fut une vaste campagne de
déradicalisation et de sécurisation — dont on peut encore voir
aujourd’hui, comme je l’ai indiqué, certains vestiges — couplée à
d’énormes investissements dans le développement économique du Xinjiang,
et tout particulièrement dans le développement de l’industrie
touristique (au point que le Xinjiang est aujourd’hui la destination touristique la plus populaire de Chine, avec le chiffre délirant de 300 millions de visites par an).
Des centres de formation professionnelle — ce que l’Occident a appelé
des « camps de rééducation » — ont été créés dans toute la région en
2017 pour cibler les personnes considérées comme exposées au risque de
radicalisation, en leur enseignant le mandarin, l’éducation civique et
des compétences professionnelles. Fait intéressant, je crois comprendre
que la Chine s’est en partie inspirée, pour cela, de la France, qui
avait créé un an auparavant, sous le Premier ministre Manuel Valls, ses
propres « centres de réinsertion et de citoyenneté
» destinés à lutter contre l’extrémisme et visant des personnes qui
n’avaient « jamais été condamnées pour des faits liés à la
radicalisation » mais étaient « soupçonnées d’être radicalisées ». Le
projet prévoyait d’ouvrir un centre de ce type dans chaque région du
pays. Le programme français était largement considéré comme raisonnable,
voire progressiste (même s’il fut totalement mal géré et finit par
échouer, dans la grande tradition française). Il n’a jamais fait l’objet
de sanctions, jamais d’une enquête de l’ONU, et personne n’a accusé
Paris de génocide…
À propos de ces « camps » — ou centres de formation professionnelle —
sur lesquels tant de choses ont été écrites, nous n’en avons vu
absolument aucune trace pendant tout notre voyage. Je suis
personnellement convaincu que le gouvernement chinois disait la vérité
lorsque Shohrat Zakir, président du gouvernement régional du Xinjiang, annonça en décembre 2019 que « tous les stagiaires avaient achevé leur formation » et que le programme était arrivé à son terme.
J’en suis d’autant plus convaincu qu’un ami très cher a fait l’an
dernier le travail d’aller lui-même — sans prévenir — sur les sites de
nombreux de ces « camps » tels qu’ils sont répertoriés dans le Xinjiang Data Project
(censé constituer la source faisant autorité en la matière), et a
constaté qu’ils étaient tous soit entièrement fermés, soit de simples
installations civiles — écoles, usines, parcs logistiques — n’ayant rien
à voir avec un programme de détention, soit des prisons ordinaires du
type que l’on trouve dans n’importe quel pays du monde. Pas un seul ne
correspondait à l’image d’un « camp de rééducation » en activité.
En outre, tout ce que nous avons vu sur le terrain était totalement
incompatible avec l’idée d’un endroit où un million de personnes — selon
les accusations — auraient été raflées. À l’exception des mesures de
sécurité renforcées, la vie quotidienne était manifestement,
visiblement, presque agressivement normale. Marchés débordant de vendeurs, musique ouïghoure à plein volume dans les restaurants, enfants jouant insouciamment au football dans les rues, fêtes de mariage (dont une à laquelle nous avons assisté),
etc. Si un million de personnes — environ un Ouïghour sur onze —
avaient été raflées et internées, le tissu social de ces communautés
aurait été en lambeaux. Ce n’était tout simplement pas le cas.
Cela ne veut pas dire que certaines personnes au Xinjiang ne
nourrissent aucun ressentiment envers le gouvernement chinois. D’après
nos interactions avec certains Ouïghours, il est parfaitement clair que
certains en éprouvent. Nous pouvions le sentir dans certaines rencontres
— une réserve, un choix prudent des mots, certains regards. Il est
également parfaitement clair que le message du gouvernement chinois a
été reçu cinq sur cinq : le moindre signe de séparatisme, d’extrémisme
religieux ou d’organisation politique en dehors des canaux autorisés par
le Parti se heurtera à toute la force écrasante de l’État — et personne
ne pourra rien y faire.
Cela dit, nous avons aussi rencontré de nombreux Ouïghours — et c’est
probablement le cas d’une large majorité d’entre eux — qui semblaient
sincèrement soulagés que la crise soit terminée et n’éprouvaient pas
particulièrement de nostalgie pour l’alternative. Comme je l’ai
longuement décrit dans le chapitre sur la diversité, la plupart des
Ouïghours ne sont pas spécialement dévots — ce sont des gens dont la
tradition viticole remonte à deux mille ans et qui n’ont jamais porté de
hijab de leur vie. La perspective de voir leur terre devenir un nouvel
Afghanistan sous l’influence de prédicateurs wahhabites inspirés par les
pays du Golfe les terrifiait autant que n’importe qui d’autre.
Plusieurs Ouïghours nous ont dit, en substance, que les extrémistes
avaient détourné leur culture et que la répression, quels qu’aient été
ses excès, avait mis fin à quelque chose auquel eux aussi voulaient
qu’il soit mis fin.
Et l’ampleur considérable des sommes que Pékin a déversées au
Xinjiang — routes, tunnels, infrastructures touristiques, subventions —
n’échappe pas aux habitants. Nul besoin d’aimer le Parti communiste pour
apprécier le fait que sa région soit passée, en une décennie, de l’état
de zone frontière négligée à celui de destination touristique la plus
visitée de Chine.
Il n’en demeure pas moins évident que le Xinjiang reste encore assez
éloigné d’une société à haut niveau de confiance comme le reste de la
Chine : on y trouve un degré latent de paranoïa totalement inconnu
ailleurs dans le pays.
Une anecdote à ce sujet. De retour à Urumqi après la fin de notre voyage en camping-car, j’ai été contacté par Xinjiang Daily, l’un des journaux locaux (l’équivalent local du Quotidien du Peuple),
parce qu’ils souhaitaient publier un article sur notre voyage. Après
tout, ce n’est pas tous les jours qu’une famille étrangère parcourt le
Xinjiang en camping-car pendant cinq semaines.
Très bien, leur ai-je répondu, mais faites au moins en sorte que
l’entretien vaille la peine : organisons-le dans un lieu qu’il soit
également intéressant de visiter. C’est peut-être mon côté snob, mais
j’en ai vraiment assez des entretiens dans les halls d’hôtel et les
salles de conférence.
D’accord, ont-ils dit, faisons-le au Musée du patrimoine culturel
immatériel du Xinjiang (新疆非物质文化遗产馆) — qui s’est d’ailleurs révélé très
beau. Deux jours plus tard, ils sont revenus vers moi avec quelque chose
du genre : « Arnaud, nous avons du mal à convaincre le musée que vous
êtes quelqu’un de fiable ; envoyez-nous votre pièce d’identité et tout
ce qui peut prouver votre crédibilité. »
Je n’en revenais pas : le journal officiel de l’État au Xinjiang,
émanation directe du Parti, n’arrivait pas à convaincre un musée de
croire sur parole qu’un touriste français ne constituait pas une menace
pour la sécurité. J’ai fini par envoyer davantage de justificatifs pour
visiter un musée que je n’en avais eu besoin pour entrer dans le pays,
et tout cela pour ce qui n’était au fond qu’un article complaisant sur
des vacances en famille.
Cela vous dit quelque chose du niveau d’anxiété institutionnelle qui
imprègne encore cette région. Nulle part ailleurs en Chine on ne voit
des choses pareilles.
Et ce n’est qu’une anecdote parmi beaucoup d’autres survenues pendant
notre voyage, dont je ne parlerai pas pour la plupart car cela
embarrasserait inutilement des gens. On a le sentiment que le Xinjiang,
en tant que société, vit encore avec l’équivalent institutionnel d’un
trouble de stress post-traumatique. La crise est terminée, l’appareil
sécuritaire a fonctionné, la violence a cessé — mais le système nerveux
n’a pas encore tout à fait reçu le message.
D’autant plus qu’il demeure soumis à une forme de siège depuis
l’étranger, avec des sanctions occidentales toujours en vigueur, des
listes noires et une campagne médiatique incessante qui continue de
l’accuser — de manière entièrement mensongère — de génocide. Dès lors,
chaque visiteur étranger devient un informateur potentiel, chaque
entretien un piège possible, chaque visite de musée une occasion pour
quelqu’un de prendre une photo qui se retrouvera en une du Washington Post avec pour légende « preuve d’effacement culturel ».
Cette paranoïa n’est pas irrationnelle : dans ce contexte,
l’hypervigilance, aussi épuisante et contre-productive soit-elle
souvent, est dans une certaine mesure compréhensible.
Il faut toutefois souligner que l’immense majorité des Ouïghours — et
des gens ordinaires que nous avons rencontrés pendant notre voyage au
Xinjiang — se sont montrés extrêmement accueillants, ouverts, curieux et
généreux, parfois à un point qui nous prenait de court. La paranoïa
institutionnelle est réelle, mais elle réside surtout dans la
bureaucratie, pas dans la population. Et c’est une raison d’espérer :
les systèmes guérissent plus lentement que les personnes, et les gens,
eux, sont déjà en grande partie guéris.
Mausolée d’Abakh Khodja, près de Kachgar
De nombreuses personnes à travers le monde affirment se soucier du Xinjiang et des Ouïghours.
Certaines de ces personnes — peut-être même la plupart — sont
entièrement hypocrites. Comme l’ancien ministre singapourien des
Affaires étrangères George Yeo l’a un jour brillamment lancé
: « Les Américains ne sont pas connus pour aimer les Chinois ni les
musulmans, mais, d’une manière ou d’une autre, ils aiment énormément les
musulmans chinois. »
Quant aux soi-disant « militants des droits humains » — et j’en ai
connu personnellement quelques-uns —, beaucoup ne sont guère plus que
des idiots utiles au service d’intérêts géopolitiques qu’ils ne
commencent même pas à comprendre. Nombre de ceux qui s’expriment
bruyamment sur cette question ne sont jamais allés au Xinjiang, ne
parlent pas mandarin, seraient incapables de situer Ili ou Kashgar sur
une carte, et leur connaissance de la région ne vient ni de travaux
universitaires ni du terrain, mais d’un petit écosystème d’ONG, de
boîtes à idées et de médias qui se citent mutuellement dans un cercle
auto-entretenu — tout en servant, qu’ils en aient conscience ou non, de
visage humanitaire à une campagne géopolitique hostile.
D’autres encore — comme Adrian Zenz, de la Victims of Communism
Memorial Foundation, que je reste, à ma connaissance, la seule personne à
avoir jamais affronté publiquement dans un débat
— sont mus par l’idéologie : pour eux, la culpabilité de la Chine n’est
pas une conclusion, mais une prémisse. Dans le cas de Zenz, cela ne
pourrait être plus évident : il travaille littéralement pour une
organisation dont le nom constitue déjà la conclusion. Mais il est loin
d’être le seul : le discours sur le Xinjiang est peuplé de gens dont la
carrière, le financement et le sentiment d’avoir une raison d’être
dépendent de la véracité du récit.
Certains, toutefois, sont sincères : ils veulent réellement aider, de façon constructive. Ce dernier chapitre leur est destiné.
Tout d’abord — et peut-être de façon quelque peu contre-intuitive —,
la meilleure chose que vous puissiez faire si vous voulez sincèrement
aider consiste à militer CONTRE les sanctions occidentales liées au
Xinjiang ou aux Ouïghours.
Je m’explique.
La première raison est que l’effet réel de ces sanctions — et nous
avons entendu ce témoignage à maintes reprises de la part de gens
ordinaires durant notre voyage — est qu’elles font activement du tort
aux Ouïghours.
Comment ? Permettez-moi de vous donner un exemple très concret
rencontré dans le charmant petit village de Huanghuang (晃晃), célèbre
pour sa production de lavande. Nous y avons passé deux jours et
rencontré plusieurs cultivateurs de lavande. Le premier employeur de
Huanghuang — un petit village de seulement 150 foyers — était, sans
surprise, une usine d’essence de lavande. Je dis « était », car, vous
l’aurez deviné, elle a fait faillite. Pourquoi ? Les habitants nous ont
dit que c’était directement lié aux sanctions occidentales
: ces sanctions — notamment une législation extraterritoriale des USA
appelée Uyghur Forced Labor Prevention Act, qui, comme je vais
l’expliquer, devrait plutôt s’appeler Uyghur Labor Prevention Act —
interdisent de fait aux entreprises du monde entier d’acheter quoi que
ce soit en provenance du Xinjiang et ferment ainsi les marchés
internationaux aux entreprises de la région, si petites soient-elles.
Pour de nombreuses entreprises, c’est, bien entendu, une question de
vie ou de mort : être limité à la vente de ses produits sur le seul
marché intérieur représente un coup énorme. Et la réalité est encore
pire, car les sanctions se répercutent tout au long de la chaîne
d’approvisionnement. Ainsi, si une entreprise de cosmétiques de Shanghai
achète de l’essence de lavande à Huanghuang puis exporte du parfum en
Europe, ce parfum est désormais contaminé par association et ne peut
plus être exporté en vertu des sanctions. La réaction rationnelle de
toute entreprise chinoise tournée vers l’exportation consiste donc
simplement à éviter tout ce qui est lié au Xinjiang. Cela signifie
qu’une ferme de lavande de Huanghuang ne peut même pas vendre à des
acheteurs chinois, sauf si ces derniers n’ont aucune activité
internationale. Le Uyghur Forced Labor Prevention Act met de fait en
quarantaine toute la région — et les Ouïghours en tant que groupe
ethnique — en les excluant de toute chaîne d’approvisionnement, y
compris en Chine, qui touche au monde extérieur. Il rend en pratique
toxique le fait de travailler avec des Ouïghours, d’où le nom plus
approprié de Uyghur Labor Prevention Act.
Ce n’est pas une simple anecdote : le Haut-Commissariat des Nations
unies aux droits de l’homme (HCDH) a rédigé un rapport très détaillé sur
cette question précise. Sa conclusion correspond exactement à ce que
nous ont dit les producteurs de lavande de Huanghuang : les sanctions
détruisent les moyens de subsistance. Le rapport a documenté des
licenciements massifs, des faillites et le traitement de toute une
région comme radioactive par les chaînes d’approvisionnement mondiales —
le tout dans le cadre d’un dispositif juridique que le rapport décrit
comme une « présomption de culpabilité » violant la présomption
d’innocence, norme impérative du droit international. Le rapport
rappelait avec insistance que l’éradication de la pauvreté est, selon la
Stratégie antiterroriste mondiale de l’ONU elle-même, un élément
essentiel de la lutte contre le terrorisme — ce qui signifie que les
sanctions échouent non seulement à protéger les droits humains qu’elles
prétendent défendre, mais alimentent activement les conditions mêmes qui
favorisent l’extrémisme (on pourrait dès lors se demander si leur
véritable objectif n’est pas la déstabilisation plutôt que les droits
humains). [Lien]
En tout état de cause, la recommandation du rapport était la suivante : lever toutes les sanctions contre le Xinjiang.
Je comprends que cela puisse surprendre beaucoup de gens — compte
tenu de la quantité de propagande sur ce sujet — mais oui :
l’organisation de défense des droits humains la plus importante et la
plus crédible de la planète, le propre HCDH de l’ONU, demande que cesse
la pression occidentale sur le Xinjiang — parce que cette pression
constitue elle-même une violation des droits humains.
Et quiconque possède un minimum de connaissances historiques peut
comprendre pourquoi : jamais — pas une seule fois dans l’histoire
moderne — les sanctions occidentales n’ont amélioré la situation des
droits humains dans le pays qu’elles visaient. Ce qu’elles réussissent à
faire, c’est punir économiquement les citoyens ordinaires.
Comme expliqué dans le chapitre précédent, les sanctions produisent
aussi de la paranoïa institutionnelle, ce qui est l’ironie la plus
cruelle de toutes puisqu’elles alimentent un cercle vicieux qui ne sert
personne, sauf ceux qui poussent ce récit. Le Xinjiang n’est pas fermé —
nous l’avons parcouru librement pendant six semaines et 300 millions de
touristes le visitent chaque année. Mais la menace constante d’un
examen étranger hostile produit une mentalité de siège, avec précisément
le type de sécurité brutale et d’hypervigilance institutionnelle que
l’Occident désigne ensuite comme la preuve qu’il se passe forcément
quelque chose de sinistre. Les sanctions créent la paranoïa, la paranoïa
crée les apparences, les apparences justifient les sanctions.
C’est un mécanisme profondément humain. Je regardais l’autre jour un
documentaire français dans lequel un homme en voulait à sa femme parce
qu’elle était devenue obèse et qu’il souhaitait qu’elle maigrisse. Tous
les jours, il la réprimandait à ce sujet. Résultat ? Anxieuse et
déprimée, sa femme prenait ENCORE PLUS de poids.
N’importe quel sociologue vous dira la même chose : une pression
extérieure prolongée sur un système ne le réforme pas, elle le
rigidifie. Cela vaut pour les individus, les couples, les organisations
et les sociétés. Plus vous attaquez, plus les défenses se durcissent ;
et plus elles se durcissent, plus vous invoquez ce durcissement pour
justifier l’attaque. C’est une boucle de rétroaction sans issue — à
moins que quelqu’un ait le courage, ou l’honnêteté, de s’arrêter.
La deuxième manière d’aider le Xinjiang et les Ouïghours est tout simplement d’y aller — comme je l’ai fait.
Il n’existe exactement aucune restriction qui vous en empêche : vous
n’avez probablement même pas besoin de visa, puisque la Chine accorde
désormais une entrée sans visa aux ressortissants de plus de cinquante
pays pour des séjours allant jusqu’à trente jours — notamment la
quasi-totalité de l’Europe, la Grande-Bretagne, le Canada, l’Australie,
le Japon et la Corée du Sud. Vous pouvez prendre un vol pour Urumqi,
louer une voiture ou un camping-car et rouler où vous voulez. Aucun
guide requis, aucun permis nécessaire, aucun itinéraire à déposer.
En quoi cela aide-t-il ? De deux manières. La première, évidemment,
est qu’en agissant ainsi vous soutenez directement les moyens de
subsistance des Ouïghours — et des autres habitants. À un moment où les
sanctions occidentales cherchent activement à étrangler l’économie de la
région, chaque dollar touristique dépensé dans un restaurant ouïghour,
une maison d’hôtes ouïghoure ou un étal du bazar de Kashgar est un petit
acte de solidarité matérielle — celle qui nourrit des familles.
Deuxièmement, cela aide parce que la vérité compte. Comme le dit le
proverbe : la lumière du soleil est le meilleur désinfectant. Et,
contrairement à une croyance répandue, ceux qui empêchent la vérité
d’émerger au sujet du Xinjiang et des Ouïghours ne sont pas la Chine —
encore une fois, rien ne vous interdit de vous y rendre, de parler aux
gens, d’enregistrer tout ce que vous voulez et de le publier en direct
sur les réseaux sociaux (je l’ai littéralement fait pendant six semaines
et on ne m’a pas dit une seule fois d’arrêter) — mais précisément ceux
qui prétendent se battre pour la « transparence ».
Alors allez-y. Voyez par vous-même. Publiez ce que vous trouvez.
C’est ainsi que la vérité réelle, avec toutes ses nuances et sa
complexité, remontera à la surface.
De façon plus subtile, cela aide également à briser le cercle vicieux
de la paranoïa. Plus le Xinjiang accueillera de visiteurs ordinaires —
familles en vacances, routards, retraités, personnes n’ayant d’autre
objectif que la curiosité —, plus les systèmes locaux se débarrasseront
des réflexes hérités de l’époque du siège. C’est ainsi que l’on guérit :
lentement, par l’accumulation de contacts humains positifs, ordinaires
et sans incident.
Enfin, et ce n’est pas le moins important, on peut aider le Xinjiang
et les Ouïghours en restaurant quelque chose qui a été presque
entièrement détruit dans la manière dont le monde parle d’eux : la
profondeur. Profondeur des connaissances, profondeur de la curiosité,
profondeur du regard humain.
Tout, dans le discours occidental sur le Xinjiang, est superficiel —
histoire superficielle, géographie superficielle, ethnographie
superficielle, théologie superficielle, compréhension superficielle des
gens qu’il prétend défendre. Et la superficialité n’est pas neutre :
elle est la condition préalable à la manipulation. On ne peut
transformer un peuple en arme géopolitique qu’après l’avoir dépouillé de
tout ce qui le rend humain.
Les Ouïghours que j’ai rencontrés pendant cinq semaines n’étaient pas
ceux sur lesquels j’avais lu. Certains étaient des êtres humains
extraordinaires, quelques-uns étaient des connards. Certains étaient
profondément réfléchis ; d’autres passaient leur journée à scroller sur
Douyin [version « mère » de TikTok réservée au marché chinois, NdT]
sans réfléchir. Certains étaient drôles et extravertis, d’autres
sérieux et réservés ; certains religieux, d’autres se moquaient
complètement de l’islam. Bref, ils étaient exactement comme les gens
partout ailleurs — désordonnés, contradictoires, impossibles à réduire à
un récit unique. Ils avaient des opinions qui ne correspondaient au
récit de personne — ni celui de Pékin, ni celui de Washington. Et ils
étaient infiniment plus intéressants que la version aplatie d’eux-mêmes
que l’on a vendue au monde.
Si cet article n’a rien accompli d’autre, j’espère qu’il aura au
moins rendu un lecteur assez curieux pour aller voir les gens tels
qu’ils sont, et non tels que vous avez besoin qu’ils soient.
C’est tout ce dont les Ouïghours ont besoin de la part du monde : ni
pitié, ni sanctions, ni indignation ostentatoire — seulement une
curiosité honnête et authentique. Tout le reste en découle.
Il
est plus facile – et pour les descendants de ses victimes,
compréhensible, presque impossible – d’imaginer Ratko Mladić comme s’il
était né tel que nous nous le rappelons de Srebrenica : ostentatoire,
enivré par la victoire sur une ville qui ne s’était même pas défendue,
devant les caméras qui enregistraient comment deux siècles d’histoire se
comprimaient en une seule phrase sombre sur le fait que, après la
révolte contre les dahias (NDLR : dahias, ou dahije en serbe, désignent
un groupe historique précis. Il s’agit d’officiers janissaires qui ont
pris le contrôle de la région de Belgrade au début du XIXe siècle) le
temps était enfin venu de « se venger des Turcs sur ce territoire ».
Mais les gens, à la surprise de beaucoup qui perçoivent le monde comme
un feuilleton bon marché, ne naissent pas en tant que criminels
accomplis. Mladić est issu d’un monde qui, du moins dans son noyau moral
officiel, méprisait l’idée de culpabilité par la naissance, le sang et
la foi, et croyait que ce n’est pas l’origine qui détermine l’homme,
mais ce qu’il fait. C’est précisément pour cela que sa chute ultérieure
est si triste et si accablante : il ne s’agit pas d’un homme qui n’a
jamais connu autre chose, mais d’un homme qui savait, et qui pourtant,
pas à pas, s’est vautré dans la fange où le contemporain n’est plus
perçu comme un être humain mais exclusivement comme l’héritier d’un
ennemi ancestral, et le meurtre de masse comme la continuation d’une
vengeance historique très logique.
Il est né au cœur de la Seconde Guerre mondiale, dans le pauvre
village de Božanovići près de Kalinovik, dans une région où la guerre
n’était pas une épopée héroïque et grandiose chantée au son du gusle
(NDLR : instrument de musique traditionnel à une corde, typique des
Balkans) mais une absence quotidienne des êtres chers, la peur et la
mort des proches. Son père Neđo, combattant de l’Armée de libération
nationale, est tombé en 1945 dans les combats contre les HOS de l’État
indépendant de Croatie (NDLR : HOS désigne l’armée de l’État indépendant
de Croatie, État fantoche des forces de l’Axe allié aux nazis) sur
l’axe Bradina–Ivan-sedlo, alors que Ratko n’avait que deux ans, et sa
mère est restée pour élever seule la famille. Son enfance d’après-guerre
fut marquée par la pénurie, et l’école militaire représentait pour un
garçon de campagne à la fois une voie de sortie de la misère et une
entrée dans un monde totalement différent. Mladić n’en sortit pas en
tant que nationaliste serbe, encore moins chauvin, mais en tant
qu’officier de l’Armée populaire yougoslave, membre de la Ligue des
communistes et soldat professionnel d’un État qui construisait son
propre sens sur le serment que la haine au nom de la foi, du sang et de
la guerre fratricide qui en avait découlé à plusieurs reprises dans les
histoires balkaniques, ne se reproduirait plus jamais.
Le journaliste américain David Binder a noté en 1994 un fait presque
oublié : lors du dernier recensement yougoslave, Mladić ne s’était pas
déclaré comme Serbe mais comme Yougoslave. Mladić lui-même lui avait dit
qu’il ne pouvait même pas imaginer que la vie commune deviendrait
impossible, puis il prononça une phrase qui, lue dans la perspective
d’aujourd’hui, sonne presque comme un épitaphe inconscient de sa propre
chute morale : « L’homme est façonné par les événements qu’il
traverse. » Dans cette seule phrase semble déjà se trouver tout l’arc de
sa transformation : de l’officier d’un État qui reposait sur l’idée de
la vie commune à l’homme qui, quelques années plus tard, parlera le
langage du sang, de la vengeance historique et des « Turcs ».
Car les événements ne façonnent pas l’homme aussi simplement qu’un
marteau façonne un morceau de fer. Ils le pressent, le brisent, le
mettent à l’épreuve, lui offrent des justifications et des excuses, mais
ils ne le libèrent pas de sa responsabilité morale. Entre ce qui nous
est arrivé et ce que nous ferons aux autres à cause de cela, il reste
toujours un espace de choix qui fait souvent la différence entre un être
humain empathique et un monstre.
C’est précisément pour cela que le 12 mai 1992 est si important. À
Banja Luka, la direction politique des Serbes de Bosnie débat des
objectifs stratégiques de l’État qu’ils entendent, soi-disant,
conquérir, et le général qui se mettra à la tête de son armée ce jour-là
parle encore le langage d’un autre monde. Radoslav Brđanin, sans le
nommer, s’indigne que l’éducation politique dans le corps de Banja Luka
puisse être assurée par un Musulman ; Mladić comprend immédiatement
qu’il s’agit de l’officier Mesud Hasotić et le prend sous sa
protection : il vaut mieux, dit-il, que Hasotić soit « là à côté de
nous » plutôt que dans une tranchée contre eux, car c’est un homme avec
qui il a servi et qu’il connaît. Puis, comme s’il franchissait pour la
dernière fois à voix haute la limite qu’il n’est pas encore prêt à
dépasser lui-même, il dit : « Nous ne pouvons pas mener la guerre...
contre le peuple », « nous ne ferons pas la guerre contre les Musulmans
en tant que peuple, ni contre les Croates en tant que peuple ». Les gens
ne sont pas des objets que l’on peut déplacer selon une carte dessinée,
et il n’existe pas de « tamis » à travers lequel la population serait
criblée pour qu’il ne reste que des Serbes. « Cela, mes amis, c’est un
génocide. » Et il ne s’arrête pas là : il faut, dit-il, appeler chacun
de ceux qui appartiennent à cette terre, car ils ont aussi « leur place
avec nous et à côté de nous » ; il ne faut pas « chasser ou noyer » les
Musulmans, et dans ses Božanovići, « les Serbes et les Musulmans doivent
se protéger les uns les autres ».
Lorsque ces mots sont lus aujourd’hui depuis l’ombre luciférienne de
juillet 1995, ils n’apportent pas de soulagement, mais au contraire –
une condamnation encore plus lourde. Car ils montrent que Mladić n’a pas
commis ses crimes en tant qu’homme qui n’avait jamais connu la
différence entre le politique, l’armée et le peuple, entre la
culpabilité et l’origine, entre la guerre et l’extermination. Il savait.
Il savait qu’on ne peut pas condamner un homme du seul fait qu’il est
né Musulman ; il savait que le peuple n’est pas la même chose que le
pouvoir qui le dirige ; il connaissait même le nom de l’instant où l’on
franchit cette limite : le fratricide. C’est pourquoi son chemin
ultérieur est si sombre. Son chemin n’était pas conditionné par
l’ignorance, mais par la lutte contre sa propre connaissance ; il ne
s’est pas égaré sur un territoire sans panneaux indicateurs, mais il a
commencé à les dépasser avec insouciance, un par un, jusqu’à ce qu’à la
fin il ne puisse même plus les voir.
Puis la limite qu’il avait si clairement nommée a commencé à
disparaître, d’abord du langage. Dès 1993, dans un entretien pour NIN,
les Musulmans de Bosnie ne sont plus simplement un peuple dont il
défendait le droit à la vie deux ans plus tôt devant les députés : ce
sont désormais des « poturice » (converti à l’islam), des gens qui ont
« trahi le peuple serbe » en changeant de religion, voire « la pire
racaille du peuple serbe ». En août 1994, une caméra le filme alors
qu’il traverse le Podrinje, devant des maisons musulmanes détruites, et
dit presque avec éloge au caméraman : « Que nos Serbes voient ce que
nous leur avons fait, comment nous avons réglé le sort des Turcs. Dans
le Podrinje, nous avons massacré les Turcs. » Puis il ajoute que si les
soldats de l’ONU ne les protégeaient pas à Srebrenica, « ils auraient
disparu de ce territoire depuis longtemps ». En mars 1995, dans une
conversation interceptée, il ne reste même plus cette trace de
distance : « Partout où tu vois un Turc, vise-le, et envoie-le dans
l’au-delà. » Ainsi se déroule devant nous, presque d’une phrase à
l’autre, cette transformation la plus terrible que la guerre puisse
opérer chez un homme, mais que l’homme doit néanmoins accepter pour
qu’elle s’accomplisse : Hasotić, l’officier et la connaissance qu’il
fallait garder à ses côtés, devient le « Turc » sans nom ; le voisin, le
collègue, le camarade et le frère cesse d’avoir un visage et une
biographie, le contemporain est chassé de son propre temps et transformé
en descendant du « dahia » de deux siècles plus tôt.
C’est un être mythique composé de 1389, des dahias, de 1941, des
Oustachis, du père tué, de l’occupation allemande, du « danger
islamique » et de la guerre qui est en train de se dérouler. Le
journaliste américain Robert Block, correspondant de guerre qui a
personnellement interviewé Mladić et a publié en 1995 dans The New York
Review of Books un grand portrait de lui, a précisément remarqué cette
terrifiante capacité à abolir le temps historique : passé et présent
commencent à se fondre dans le discours de Mladić en un seul et même
combat. Il disait que la guerre des années 1990 avait été déclenchée par
« les mêmes personnes qu’en 1941 ». Et le problème n’est pas de
reconnaître que de l’autre côté il y avait effectivement des gens qui
invoquaient consciemment 1941, qui renouvelaient ouvertement ou
secrètement ses symboles, ses haines et ses schémas criminels ; le
problème survient lorsque leur culpabilité est transférée à des
populations entières qui luttaient contre leurs propres traumatismes
transgénérationnels tout autant que Mladić, qui s’est proclamé leur
terrible juge.
Et puis vient Srebrenica, non comme le début de cette transformation,
mais comme le lieu où elle se révèle enfin accomplie. Devant la caméra,
Mladić ne parle plus le langage d’un homme qui tente de distinguer le
coupable de l’innocent, mais le langage d’un justicier autoproclamé
d’une justice ancestrale : « Enfin est venu le moment, après la révolte
contre les dahias, de nous venger des Turcs sur ce territoire. » Dans
cette phrase, il n’y a plus ni l’année 1995 ni de vraies personnes
devant lui. Il n’y a qu’un seul tribunal historique imaginaire dans
lequel il s’est attribué les rôles d’accusateur, de juge et de bourreau,
et a condamné des êtres vivants à cause de morts qu’ils n’avaient
jamais connus. C’est là que sa chute s’achève d’une manière plus
terrible que tout fanatisme politique : l’homme qui mettait autrefois en
garde contre le fait de passer le peuple au « tamis » comme un
fratricide perçoit désormais sa propre haine comme une justice
historique inévitable. Srebrenica n’est donc pas seulement le lieu du
crime qu’il a ordonné et permis ; c’est le lieu où un homme, ayant
préalablement perdu l’autre de vue, a finalement perdu aussi le meilleur
de lui-même.
C’est pourquoi Ratko Mladić ne doit pas être banni du genre humain
pour que nous puissions continuer à nous enivrer de l’illusion trompeuse
que sa chute n’est pas humaine, mais une caractéristique spécifiquement
serbe. Au contraire, ce n’est que lorsque nous lui rendons toute son
humanité que sa culpabilité acquiert tout son poids, presque
insupportable. Car devant nous n’est pas un être fait de matière sombre,
mais un simple être humain qui a connu la pénurie de la guerre et de
l’après-guerre, qui a cherché la tombe de son père qu’un musulman local
cavalier lui a trouvée, qui a adopté la discipline militaire si chère à
la mentalité balkanique, qui a manifestement gagné la camaraderie
d’hommes de différentes nationalités et l’idéologie yougoslave humaine
selon laquelle, après des millénaires d’horreurs, on peut et on doit
vivre et lutter ensemble. Il portait tout cela en lui et puis, d’abord
petit à petit, puis comme un torrent irrésistible, il a permis que sa
vie cesse d’être une expérience dont on apprend, pour devenir un
entrepôt de justifications « historiques » pour la déshumanisation et
l’exécution de ses prochains.
Les prédicateurs malveillants de la haine éternelle parmi les peuples
balkaniques voudraient y voir la preuve que le Mladić ultérieur était
le seul « véritable », et que le premier, qui parlait de vie commune, de
distinction entre le peuple et le régime, et de protection mutuelle,
n’était qu’un hypocrite derrière un mince vernis d’humanisme yougoslave.
Mais rien ne pourrait être plus erroné. Les deux étaient authentiques,
car l’homme n’est pas un monolithe immobile et établi pour toujours,
mais un champ de bataille éternel de ses propres possibilités. Chez
Mladić, c’est finalement celui qui a permis que la haine devienne son
seul interprète du monde, et la justice prétentieuse et le complexe
messianique un substitut à la conscience et à l’empathie, qui l’a
emporté. Et c’est précisément là la leçon qui le dépasse lui-même :
personne n’est éternellement protégé par ses convictions passées, ses
bonnes intentions ou ses souvenirs honorables, s’il accepte un jour de
transformer sa propre douleur en un droit sur la vie d’autrui.
La tragédie ne réside donc pas dans le fait qu’un monstre mythique
serbe a accompli des actes exclusivement monstrueux serbes, comme le
clame la propagande monstrueuse des autres nationalismes yougoslaves. Il
n’y a là aucune compréhension de la tragédie biblique de la chute de
l’homme, mais seulement l’adoption de la zoologie raciste oustachie qui a
arraché son père au jeune Ratko de deux ans. La tragédie, c’est que
l’homme qui, dans un moment difficile, a su dire « les Serbes et les
Musulmans doivent se protéger les uns les autres » est arrivé à
Srebrenica pour annoncer que le temps était venu de se venger des
« Turcs ». C’est seulement en ce sens que Ratko Mladić est la personne
la plus tragique et en même temps la plus terrible du XXe siècle serbe.
Car, entre ces deux phrases, il n’y a pas seulement la biographie de
guerre de Mladić, mais toute l’anatomie d’une chute morale : le chemin
par lequel un homme, de la conscience de l’inviolabilité de la vie d’un
innocent, arrive au droit prétentieux de la lui ôter.
Et peut-être le moment le plus terrible du XXe siècle serbe.