Parte 1 : La insurrección de la burguesía (1975)
Parte 2: El Golpe de estado, 1/10 (1976)
Parte 3 : "El Poder Popular". La organización y movilización del Pueblo durante la UP (1979)
Natália Ayo Schmiedecke. Investigadora
asociada de la Universität Hamburg, magíster y doctora en Historia por
la Universidade Estadual Paulista “Júlio de Mesquita Filho”.
Mario Vega Henríquez. Doctor en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile.
“Hallándome en Chile en 1971, recogí el relato según el cual, Salvador Allende, durante la campaña presidencial, habría hecho referencia explícita a este número de la revista Cuadernos del CEREN durante un programa televisivo, y habría exhibido incluso un ejemplar ante las cámaras. Verdadera o no, la anécdota expresa claramente el impacto cultural de estos estudios dentro de la situación chilena”
— Verón, E. 1974
El Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN) de la Universidad Católica de Chile (UC) fue fundado en 1968 con la misión de “desarrollar la investigación interdisciplinaria, la docencia y la extensión en torno al análisis e interpretación crítica de la sociedad chilena y latinoamericana consideradas en su globalidad” (CEREN, 1973). Su fundación, durante la rectoría de Fernando Castillo Velasco, fue una elocuente respuesta a la demanda de sus estudiantes, impulsores del movimiento de Reforma Universitaria de 1967, para vincularla a “los verdaderos problemas de Chile y de su pueblo”. Dentro de este contexto, el CEREN asumió la necesidad de despertar una conciencia nacional crítica acerca de la complejidad de la idea del subdesarrollo.
A este organismo se integraron de manera gradual un destacado conjunto de académicos y de intelectuales nacionales y extranjeros de orientación crítica, que asumieron heterodoxas referencias teóricas, destacándose, entre otras, figuras como Jacques Chonchol, Manuel Antonio Garretón, Armand Mattelart, Michélle Mattelart, Franz Hinkelammert, Lionel Glauser, Norbert Lecchner, Gonzalo Arroyo, Rafael Echeverría, Mabel Piccini, Pilar Vergara y René Zavaleta Mercado, quienes desarrollaron una prolífica y reconocida producción científica referida tanto al acontecer del proceso político chileno y latinoamericano de la época, como sobre asuntos de carácter medular: subdesarrollo, reforma agraria, hegemonía, economía política, imperialismo, medios de comunicación, teología y teoría revolucionaria. Por su parte, el programa docente proponía un amplio conjunto de temáticas destinadas a otorgar una formación transversal de pre y posgrado, al que accedieron más de cinco mil estudiantes chilenos y extranjeros inscritos durante su período de funcionamiento. Su publicación periódica, Cuadernos de la Realidad Nacional, fue una vía de difusión de las investigaciones desarrolladas por académicos de diversas nacionalidades, y editó un conjunto de 17 volúmenes con cerca de 154 artículos científicos, además de un importante conjunto de libros y documentos de trabajo de amplia recepción en Chile y en América Latina.
A fin de cumplir plenamente sus objetivos fundacionales, bajo la dirección del sociólogo chileno Manuel Antonio Garretón, el centro impulsó diversas iniciativas de discusión intelectual y de colaboración con organismos públicos. Uno de los mejores ejemplos de asistencia fue el convenio que suscribió con la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO), que asesoró al gobierno en lo referido al proceso de nacionalización de diversos sectores de la economía y en la implementación de políticas de redistribución del ingreso para, en definitiva, adquirir un carácter ligado a la tarea de “pensar las condiciones económicas, sociales y políticas indispensables para una transformación revolucionaria en Chile”, como señaló Horacio Tarcus (2007, p.183), mientras su intensa labor académica se debatía ante constantes limitaciones presupuestarias y el cuestionamiento de parte de los sectores conservadores dentro del Consejo Superior Universitario, máximo órgano colegiado de gobierno tras la reforma en la UC.
Dentro del objetivo trazado por el CEREN de abordar aquellas áreas fundamentales del proceso de cambios que experimentaba el Chile de la Unidad Popular, este impulsó diversas iniciativas de diálogo y reflexión de indudable trascendencia. Una de ellas, fue la organización del simposio denominado “Transición al Socialismo y Experiencia Chilena”, realizado en el mes de octubre de 1971, en conjunto con el Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO) de la Universidad de Chile. Asimismo, el centro contribuyó a la materialización del “Primer Encuentro Internacional de cristianos por el Socialismo”, celebrado en abril de 1972 e inaugurado en presencia del ministro Clodomiro Almeyda, iniciativa que convocó “a todos los cristianos comprometidos con el proceso revolucionario de Chile para dar testimonio de su compromiso con la liberación del hombre”. Por su parte, el análisis y alcance del proceso de transición socialista en Chile fueron abordados en el seminario “Estado de Derecho en un período de transformación”, realizado en enero de 1973, centrado en la dimensión político-institucional del cambio socialista.
Las intensas tareas que desarrolló el CEREN durante su breve existencia, constituyeron un esfuerzo por responder en forma concreta a la necesidad de redefinir el rol de la Universidad Católica de Chile y orientar su labor hacia el interés nacional-popular. Posicionando la Universidad como un actor gravitante en el abordaje de los problemas del país, dentro del horizonte de transformación que impulsó el gobierno de la Unidad Popular en Chile. En un evidente rasgo de modernización del rol del Estado, las y los cientistas sociales realizaron una significativa contribución gracias al acervo de recursos científicos y profesionales, que les otorgó legitimidad para el diseño e implementación de políticas gubernamentales en el marco de los desafíos estratégicos de la transformación socialista. Entre ellos, las condiciones jurídico-institucionales, la reforma agraria y las comunicaciones populares dentro de una nueva hegemonía política. Todos estos asuntos adquirieron un rol central en la agenda de investigación que desarrolló el núcleo intelectual del CEREN alineado con la experiencia de modernización y radicalización académica que se configuró en el Chile de los “largos años sesenta”.
Libros y publicaciones asociadas:
Vega Henríquez, M. (2025). Debates Dependentistas en el Centro de Estudios de la Realidad Nacional de la Universidad Católica de Chile, (1968–1973). Cuadernos De Teoría Social, 11(21), 216–241. https://doi.org/10.32995/0719–64232025v11n21-181
Vega Henríquez, M. (2024). Radicalización académica para la transición al socialismo. Revista De La Academia, (37), 178–191. https://doi.org/10.25074/0196318.37.2689
Otros enlaces:
https://manuelantoniogarreton.cl/documentos/2015/uc/discurso-mag.pdf
Cómo citar este artículo APA (7.ª edición):
Vega Henríquez, M. (2026, 9 de julio). Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN). Modernismo Latinoamericano. https://www.modernismolatinoamericano.org/centro-de-estudios-de-la-realidad-nacional-ceren/
Quería hacer algo distinto y demostrar que hay canciones chilenas que se pueden adaptar en un ritmo más internacional para que sean difundidas en el extranjero
— Cecilia Pantoja Leví, 1969.
En 1964, cuando Cecilia Pantoja Leví, más conocida como Cecilia la Incomparable, hizo su debut discográfico, ya encarnaba un símbolo de modernidad en el Chile provinciano de mediados del siglo XX. Su figura se convirtió en un fenómeno único de su generación al fusionar estéticas sonoras, diseño de moda y la actitud desafiante de una angry young woman. Mientras que otros artistas de la Nueva Ola enfrentaban los cánones de la adultocracia con cierta cautela y concesión, Cecilia, oriunda de Tomé, rompía barreras al usar pantalones, lucir un corte de cabello estilo mop top, y aparecer frecuentemente en televisión y revistas de moda. Desafiaba no solo el patriarcado y el centralismo, sino también una cultura juvenil que, aunque politizada, apenas tendía puentes con los fenómenos de masas y la naciente industria del pop.
Cecilia alcanzó el estrellato con rapidez, consolidándose como la artista más destacada de la década gracias a su talento y habilidad para navegar el conservador mercado del entretenimiento chileno. Parte de su éxito se debió a sus vínculos con distintos artistas de los más variados estilos, destacando figuras como Patricio Manns, Valentín Trujillo y Violeta Parra. En homenaje a esta última, en 1970 lanzó un disco que, aunque no ha sido suficientemente valorado por la crítica y el público, contiene algunos de los momentos más interesantes de su carrera: Gracias a la Vida.
El cuarto álbum de Cecilia, arreglado por el músico ‑y entonces sindicalista y simpatizante comunista- Valentín Trujillo, abre con una clara declaración de que su afán por expandir las fronteras estéticas y temáticas de su obra seguía vigente. Su versión de “Gracias a la vida”, compuesta por Violeta Parra, es interpretada con un enfoque audaz y alejado de la complacencia. La canción adquiere una intensidad y dramatismo singular al integrar cuatro tiempos de jazz en un crescendo con tintes de música progresiva. En la interpretación de Cecilia y los arreglos de Trujillo, la pieza alcanza un vigor indomable, como un negativo de la versión original: ahí donde Violeta transmite una dualidad tranquila, Cecilia expresa su gratitud a la vida entera en la plenitud de sus sentimientos y sentidos.
El disco no se detiene ahí: transita por géneros como el bossa, el gogo, la ranchera, e incluye el hit “Compromiso”. Para cerrar, Cecilia ofrece una versión de “Plegaria a un labrador” de Víctor Jara que altera el realismo de la obra original, convirtiéndola en una fantasía romántica a partir de la oración a un obrero. Con arreglos vertiginosos y tintes lisérgicos, su interpretación se acerca más a lo que hacían grupos como The Moody Blues y Procol Harum que a los exponentes de la Nueva Ola y la Nueva Canción Chilena que, por entonces, dominaban la escena musical del país. Este gesto de insolencia le permitió a Cecilia ampliar los márgenes estéticos de la canción de protesta latinoamericana dotándola de una efervescencia rockera y urgente. Una interpretación que logra nutrir el repertorio iberoamericano al otorgar al pop y la canción melódica un sentido presente de reivindicación política y de clase.
En 1970 Chile se encaminaba hacia su propia vía al socialismo de la mano de Salvador Allende y la Unidad Popular. En el ámbito musical, artistas como Ángel Parra y Aguaturbia se cuestionaban cuál era la mejor manera de tender puentes entre quienes deseaban cambiar el mundo sin ceder en sus posturas políticas ni en sus ambiciones artísticas. Cecilia fue una de las primeras en acercar las sutilezas artísticas de la cantautoría local con los avances tecnológicos y musicales del rock, el jazz y el pop más ambicioso de la cultura anglosajona. Gracias a la vida fue uno de los primeros discos en integrar en una sola obra las ansiedades políticas, sociales, generacionales y sexuales de la juventud chilena.
Libros y publicaciones asociadas:
Peña, C. (2002). Cecilia. La vida en llamas. Santiago: Editorial Planeta.
Rolle, C., González, J. P., & Ohlsen, Ó. (2009). Historia social de la música popular en Chile: 1950–1970. Santiago: Ediciones de la Universidad Católica.
Otros enlaces:
Álbum Gracias a la vida, en playlist de Youtube https://www.youtube.com/playlist?list=PL9p5_93B_rz3329XFf2mUclH-gd0KLH‑L
Musicapopular.cl: Enciclopedia virtual fundada en 2006 con trabajo periodístico especializado, investiga y difunde la creación de música popular hecha en Chile. El equipo está conformado por Rodrigo Alarcón, Iñigo Díaz, Marisol García y Jorge Leiva. La entrada correspondiente a Cecilia fue escrita por el periodista Cristóbal Peña https://www.musicapopular.cl/artista/cecilia/
Entrada del disco en el catálogo Discogs https://www.discogs.com/release/9885206-Cecilia-Gracias-A-La-Vida
EL
CHACAL DE NAHUELTORO es posiblemente la película más importante de la
historia del cine chileno. Basada en un caso real que conmocionó al país
en 1960, la obra es un pilar del Nuevo Cine Latinoamericano, utilizando
una estructura de crónica periodística para lanzar una crítica
demoledora a las instituciones sociales y judiciales. La película
reconstruye la historia de José del Carmen Valenzuela Torres
(interpretado magistralmente por Nelson Villagra), un campesino
analfabeto y marginal conocido como "el Chacal". En un estado de
embriaguez y miseria absoluta, Valenzuela asesina a una mujer y a sus
cinco hijos en la localidad de Nahueltoro. La narrativa no se centra
solo en el crimen, sino en lo que sucede después. Tras ser atrapado,
José es enviado a la cárcel. Durante su tiempo en prisión, el sistema
—que lo había ignorado toda su vida— finalmente se ocupa de él. José
aprende a leer y escribir, aprende un oficio (la fabricación de
hieleras), recibe instrucción religiosa y, por primera vez, adquiere
conciencia de su propia humanidad y de la gravedad de sus actos. Una vez
que el Estado ha logrado "rehabilitar" y "civilizar" a José, la
justicia dicta que debe cumplir su sentencia original: la pena de muerte
por fusilamiento. El punto central de Littín es la denuncia de una
contradicción institucional absurda. El Estado gasta recursos en educar y
dar dignidad a un hombre solo para poder ejecutarlo con la conciencia
tranquila. La película plantea que José no era un monstruo por
naturaleza, sino un producto de la negligencia social ("un animal
humano"). Al "convertirlo en hombre", el sistema solo lo prepara para
morir. A través del montaje, la película vincula la miseria del campo
chileno con el crimen. El "Chacal" es presentado como una víctima del
sistema antes de ser un victimario. Littín no justifica el asesinato,
pero obliga al espectador a preguntarse: ¿quién es más criminal, el
hombre que mata en la ignorancia o la sociedad que permite que existan
hombres en ese estado de abandono. La Actuación de Nelson Villagra es
histórica. Logra mostrar la transición de un ser casi feral, que apenas
puede articular palabras, a un hombre que descubre la reflexión y el
arrepentimiento, haciendo que el desenlace sea emocionalmente devastador
para el público. La película provocó un debate nacional masivo sobre
la pena de muerte en Chile. Fue un éxito de taquilla sin precedentes
para un film de este tipo, demostrando que el cine político podía
conectar profundamente con las masas. EL CHACAL DE NAHUELTORO consolidó
a Miguel Littín como un cineasta comprometido con la realidad social de
su país y sigue siendo, hasta hoy, una referencia obligatoria para
entender la relación entre el cine, la justicia y los derechos humanos
en América Latina.
SOURCE: https://collectif-anastasis.org/2024/08/28/une-theologie-palestinienne-de-la-liberation/
Une théologie palestinienne de la libération. Bible et justice dans le conflit israélo-palestinien (publication du livre en 2017, traduction française en 2019) est un ouvrage du prêtre anglican NAïM ATEEK.
Né en 1937, prêtre émérite du Diocèse épiscopalien de Jérusalem et du Moyen-Orient, il a été expulsé avec sa famille lors de la création de l’État israélien. Il participe, dans les années 1990, à la fondation du Centre œcuménique SABEEL (« chemin », « source d’eau vive » en arabe). Ce mouvement de théologie de la libération travaille à la base avec les chrétiens palestiniens et tente, à partir d’une pensée sur la vie de Jésus, de promouvoir la justice et la paix. LES AMIS DE SABEEL – FRANCE, structure avec laquelle notre collectif est en lien, fait vivre son message dans notre pays, notamment en traduisant des publications de SABEEL et en diffusant une prière tous les jeudis.
Cette recension est subjective et nécessairement incomplète. Elle tente de saisir ce qui est apparu au lecteur comme les points centraux de la pensée de l’auteur et de les restituer de la façon la plus accessible possible.
Bien que cet ouvrage soit antérieur à la guerre en cours, il apporte des éclairages nécessaires à une juste compréhension de la situation.
Recension réalisée par Foucauld Giuliani
Introduction
L’auteur part de sa situation vécue : « J’ai passé la plus grande partie de ma vie sous l’injustice et la discrimination du gouvernement israélien et sous l’oppression qu’il inflige à notre peuple palestinien. En 1948, j’étais un enfant à Beisan, une ville palestinienne de 6000 habitants située près du Jourdain. Beisan était une ville à population mixte, musulmane et chrétienne, avec une communauté chrétienne dynamique répartie entre trois Eglises : orthodoxe grecque, catholique romaine et anglicane. (…) Mon père avait une bonne affaire comme orfèvre travaillant l’or et l’argent. (…) Notre vie a été bouleversée quand, en mai 1948, les milices sionistes sont entrées à Beisan pour nous occuper. Beaucoup de gens ont pris peur et se sont enfuis tandis que d’autres restaient chez eux. Mon père ne voulait pas partir, il a supplié le commandant militaire de nous permettre de rester mais les consignes militaires étaient claires : tout le monde devait partir. C’était un nettoyage ethnique. Nous avons été chassés de nos maisons manu militari et on nous a donné l’ordre de nous regrouper au centre de la ville. Les soldats nous ont divisés en deux groupes : musulman et chrétien. Le premier a été envoyé en Jordanie. (…) Le deuxième a été mis dans un bus et conduit aux abords de Nazareth où on les débarqua en dehors des limites de la ville, avec interdiction de revenir chez eux. (…) À la fin de la guerre de 1948, le nombre de Palestiniens dépossédés s’élevait à plus de 750.000. En Occident, la plupart des gens ignoraient cet aspect de la tragédie. Les Arabes palestiniens étaient en grande partie invisibles aux yeux des Occidentaux. Ils disparaissaient derrière les victimes de l’Holocauste dont le sort touchait bien davantage. (…) En fait, beaucoup de chrétiens occidentaux se sont réjouis de l’établissement de l’État d’Israël. Ils louaient Dieu pour le retour des Juifs en Palestine. Pour eux, le retour des Juifs était la preuve de l’accomplissement des prophéties de l’Ancien Testament et un signe que la fin du monde était proche, et la seconde venue du Christ imminente. (…) Au lieu de s’indigner devant l’injustice, les chrétiens se turent et se soumirent. Il ne s’éleva pas de clameur prophétique, mais ce fut une résignation douloureuse. Les gens attendaient des chrétiens occidentaux qu’ils défendent leur juste cause et mettent Israël sous pression pour qu’il respecte le droit international et permette le retour des réfugiés. Ils n’ont reçu que la charité, pas la justice. Cela a pris beaucoup d’années avant que la communauté chrétienne palestinienne soit en mesure de formuler une nouvelle théologie de la libération. (…) Nous devons œuvrer à la libération des oppresseurs tout autant qu’à celle des opprimés. »
Le lien est fait entre la situation de souffrance des Palestiniens et la vie de Jésus : Jésus a été harcelé, de sa naissance (massacre des Innocents) à sa mort (la crucifixion) par les puissants. Sa parole est une parole tournée vers tous les exclus de son temps. La plénitude du Royaume annoncé par le Christ est pour dès à présent et cela implique de lutter contre ce qui opprime. Il y a une manière chrétienne de lutter contre l’injustice et l’esclavage, contre les structures profondes qui produisent ces maux. C’est cela, le travail intellectuel et pratique de la théologie de la libération.
Chapitre I : La théologie de la libération à l’échelle mondiale
L’auteur s’inscrit dans la tradition de la théologie de la libération initiée par le théologien péruvien Gustavo Gutierrez et son ouvrage fondateur (Théologie de la libération, 1971). Cette théologie vise à mettre en perspective la souffrance et l’injustice subies par les plus pauvres avec la parole et la vie du Christ, à opérer une critique des structures de pouvoir oppressives et à accompagner des mobilisations pour plus de justice.
La théologie de la libération se décline de façon particulière, en fonction du contexte et des enjeux prioritaires vécus. Ainsi existe-t-il une théologie de la libération afro-américaine (James Cone, Alice Walker…), une théologie de la libération noire sud-africaine (Desmond Tutu, Simone Maimela…), une théologie de la libération féministe (Marianne Katoppo, Mary Daly…). La théologie de la libération palestinienne décline la théologie de la libération dans le contexte d’une conquête et d’une occupation coloniales. Cette théologie ne vise pas seulement à réaliser, de façon pratique, la libération du peuple palestinien ; elle vise aussi à « libérer les Écritures » d’une lecture sioniste qui l’emprisonne et la fausse.
La théologie de la libération reconfigure les quatre champs de la théologie classique : biblique, systématique, pratique et historique. Ces différents champs prennent un tour nouveau lorsqu’on part de la conviction que le Christ se confond d’abord avec les plus pauvres et qu’il offre des ressources pour les aider à comprendre et à améliorer leur condition.
II : Qui sont les chrétiens palestiniens ?
La théologie de la libération ne prétend pas remplacer les sciences sociales (histoire, sociologie…). Ainsi est-il central de comprendre les causes objectives de toute situation collective d’injustice en parallèle de la pratique d’une approche plus théologique.
Ce chapitre rappelle donc un ensemble de faits historiques : la grande variété culturelle et religieuse des habitants de Palestine depuis des milliers d’années ; l’ancestrale présence chrétienne (majoritaire dès le IVe siècle) ; les controverses théologiques et les schismes successifs ayant divisé les Églises chrétiennes ; l’irruption de l’Islam qui eut des effets ambivalents : tolérance relative, abolition de l’Empire Byzantin qui était un régime mal accepté mais également phénomène d’apostasie permettant de mieux s’intégrer dans le régime musulman ; l’impact des Croisades qui ne considérèrent pas les chrétiens d’Orient comme des alliés et installèrent à Jérusalem un Patriarche catholique romain ;les missions protestantes du XIXe siècle qui accompagnèrent la colonisation ottomane puis européenne ; le projet sioniste qui considérait l’ensemble des Palestiniens comme des Arables à remplacer (dès 1895, Herzl parle de « processus d’expropriation ») et qui bénéficia du soutien occidental pour s’implanter.
La naissance d’Israël imposée par les puissances victorieuses de la 2e Guerre Mondiale eu pour effet de chasser 750.000 Palestiniens de leurs terres et de diviser par deux le nombre de chrétiens Palestiniens vivant en Palestine.
Dans ce contexte, la mission de la théologie de la libération palestinienne est plurielle :
– travailler à la réconciliation entre communautés chrétiennes ;
– travailler au dialogue avec les Palestiniens musulmans ;
– militer pour la justice et la paix entre Israéliens et Palestiniens ;
– faciliter une prise de conscience internationale des enjeux du conflit.
III : La triple Nakba
La Nakba (« catastrophe » en arabe) désigne l’implantation de l’État israélien et son appropriation par la force des terres palestiniennes. Il y a une triple dimension de cette épreuve : humaine (millions de réfugiés, déstructuration de la société, traumatismes…) ; identitaire (déracinement, effacement de la culture…) ; religieuse (désespoir, perte de confiance en Dieu, doute sur le sens de la foi chrétienne : « Comment l’Ancien Testament peut-il être parole de Dieu au regard de l’expérience que font les chrétiens de Palestine en faveur du sionisme ? »)
IV : Autres raisons de l’émergence d’une théologie palestinienne
La Shoah. Elle a poussé les Occidentaux à offrir aux Juifs une solution, après les horreurs subies. « La Palestine et son peuple ont été sacrifiés sur l’autel de la culpabilité occidentale. » La naissance d’Israël a été vue, par des millions de Juifs traumatisés, comme le début de la rédemption et, par des millions de sionistes chrétiens, comme une étape clé et nécessaire de l’histoire du salut. Les identités juive et israélienne ont peu à peu fusionné, à tel point qu’il est presque impossible de faire valoir la différence entre critique religieuse, haine des Juifs (antisémitisme) et critique de l’État israélien.
La montée d’un sionisme religieux qui instrumentalise la Bible à son profit. Celui-ci n’est pas le propre des Juifs, il est aussi diffusé par des franges du christianisme qui voient le triomphe d’Israël contre les populations musulmanes arabes comme une étape eschatologique nécessaire. Imprégné d’antisémitisme (puisque dans ce logiciel au triomphe d’Israël succède la disparition de la majorité des Juifs), ce récit joue néanmoins en faveur de l’État israélien et en défaveur des populations locales arabes.
L’Intifada de 1987. Elle marque un soulèvement du peuple palestinien et a déclenché les débuts de la théologie de la libération. Témoignage : « Chaque dimanche, à la cathédrale Saint George de Jérusalem, siègeait de la communauté anglicane épiscopalienne palestinienne, la prédication portait sur l’Évangile du jour et traitait de la situation sur le terrain. Après le culte, la communauté se réunissait autour d’un café pour réfléchir, à la lumière de l’Évangile, à leur vie sous l’occupation israélienne illégale. Les gens partageaient leurs histoires et leurs expériences. Ils se demandaient quel était le sens de leur foi sous le joug de l’occupation. » Ces temps conjuguaient la foi dans le Christ libérateur et la quête intérieure et extérieure de la non-violence ; ils mettaient en valeur l’intelligence théologique du peuple chrétien, ils étaient des temps collectifs où chacun pouvait s’exprimer ; ils apportaient réconfort spirituel, psychologique et lucidité politique ; ils étaient des moments de soutien mutuel et de fraternité ; ils favorisaient l’identification avec le Christ, victime lui aussi d’injustice et venu en un temps d’occupation impériale et coloniale, victime de la collusion de chefs religieux et politiques.
V : Redonner sa place à l’humanité de Jésus
Une telle théologie entrelace trois niveaux : la foi et la méditation des textes bibliques, le contexte, la réponse pratique à apporter.
Cette théologie est tendue vers cette question : qu’est-ce que Dieu attend de nous dans cette situation éprouvante ? Une question souvent partagée provient du livre biblique de Michée (6, 8) : « Qu’est-ce que le Seigneur réclame de toi ? »
La divinité du Christ ne sépare pas le Christ des hommes, au contraire ; elle transfigure de l’intérieur l’humanité du Christ qui vit, souffre et pleure parmi nous. La religion chrétienne cesse alors d’être une fuite métaphysique pour devenir un lieu d’incarnation collective véritable.
La théologie de la libération palestinienne est christocentrique. Elle prend le Christ comme clé herméneutique de nos propres vies. La Bible se lit à partir du critère de la vie et de la parole du Christ et non l’inverse. Cette herméneutique qui part de la personne du Christ est complétée par une herméneutique de l’amour qui perçoit dans l’amour un outil de connaissance, un mode de perception particulier auquel notre cœur et notre intelligence doivent se convertir.
Certains passages de l’Évangile portent en profondeur la pratique de cette théologie. Ainsi de Luc 4, 18-19 qui relaie Isaïe 61 (« L’Esprit du Seigneur est sur moi (…) Il m’a envoyé proclamer aux captifs la libération (…) ») Ce passage est d’autant plus important qu’en plus d’appeler à la justice, il résonne comme une dénonciation de l’exclusion et de la fermeture du cœur, qui rejoint les Palestiniens dans leur souffrance : « Ce texte est une critique de toute politique ethnocentrique. Les Palestiniens de la Palestine occupée, tout comme ceux qui sont citoyens d’Israël, souffrent de discrimination et de racisme. »
VI : Le développement de la pensée religieuse dans l’Ancien Testament
La théologie de la libération palestienne assume une démarche de sélection des textes bibliques de l’Ancien Testament : « Nous considérons les textes qui ne passent pas la clé herméneutique qu’est le Christ ou l’amour comme moralement et théologiquement choquants pour nous. Ils n’ont aucune autorité pour nous. »
Ce constat renvoie à ce qu’on appelle couramment « Textes de terreur ». « Ils sont le reflet d’une conception de Dieu tribale et d’exclusion. » Aux yeux de Ateek, il est vain d’allégoriser, de spiritualiser, de rationaliser ou de chercher un sens caché à ces textes. On est proche de la conception que Simone Weil avait de l’Ancien Testament.
Le Christ « a été très sélectif dans son usage des Écritures ». Nulle mention des Nombres ou encore de Josué et des Juges « qui exaltent le nettoyage ethnique ».
Ateek relève dans ce chapitre de nombreux thèmes (nettoyage ethnique, anéantissement ethnique, justification de la guerre…) et textes (Nombres, 33, 50-53…) qui traversent l’Ancien Testament et qui sont utilisés par des sionistes extrémistes et les colons dans une perspective ethno-nationaliste. Il y transparaît que Yahvé prend le visage d’un Dieu de la guerre, vengeur et jaloux. À ces morceaux bibliques, il convient d’y opposer d’autres (tel que le livre d’Osée qui déplace le cœur de la foi du sacrifice et de l’obéissance aveugle à l’amour (6, 6)). Deux traditions théologiques et éthiques se confrontent tout au long de la Bible.
Une double opération de sacralisation de la terre et de réécriture de l’histoire (de manière à laisser entendre que le peuple juif est le seul vrai peuple originaire de cette terre de Palestine) appuie le sionisme colonisateur dans son entreprise. À cette aune, les Palestiniens sont mis dans la position de l’étranger et du colonisateur inversé.
VII : Christ est la clé
Si au temps de Jésus, la question de l’unicité de Dieu est déjà tranchée, celle de la nature de Dieu reste en suspens : Jésus tranche de manière définitive pour un Dieu de miséricorde, d’universalité et d’amour. Face aux scribes (Marc, 12, 28-31), Jésus ne se contente pas d’avancer la fidélité à Dieu comme plus grand commandement, il y inclut l’amour du prochain, perçu de valeur équivalente à soi et dont le périmètre va jusqu’à englober l’étranger et même l’ennemi. Jésus acte donc la révolution qui était latente chez les prophètes tels que Amos mais qui n’avait jamais été à ce point explicitée. L’amour du prochain devient, avec Jésus, le lieu où s’éprouve et se révèle l’amour que nous portons vraiment à Dieu.
Ateek répertorie et analyse un certain nombre d’exemples tirés des Évangiles de Luc, Matthieu et Marc dans lesquels s’ébauche un cadre de relation avec ses compatriotes juifs et avec les non-juifs. Le refus de l’exclusion et du sectarisme est patent (3 exemples orignaux et moins courants : Mathieu 2, 1 : des mages étrangers sont les premiers à offrir des cadeaux à Jésus ; Marc 14, 15 : la prédication du Royaume remplace celle de la Terre promise au sens territorial, le Royaume est à la fois déjà là en partie et pour tous sans exception ; Luc 9, 51 : Jésus réprimande ses disciples qui voulaient appeler le feu du ciel pour consumer les Samaritains qui refusaient d’accueillir Jésus dans leur village).
Ateek démontre comment Paul prolonge le message du Christ en l’interprétant. Notamment sur ces points centraux : exigence d’universalité, lien étroit foi/charité, déterritorialisation de la promesse qui porte sur le Royaume et non sur une terre, élargissement du périmètre de l’élection, subordination du rite à la morale évangélique.
Il importe de s’arrêter plus en détails sur la question du rapport à la terre, cruciale dans la période actuelle de la guerre à Gaza : dans Jean, le vecteur par lequel Dieu montre sa fidélité aux hommes n’est plus la terre mais le Christ (Jean, 1, 51). En s’appuyant sur les textes, Ateek opère une transformation du concept de terre : Dieu est le seul créateur et nous sommes tous des pèlerins, des émigrés, des hôtes sur la terre ; la doctrine de l’incarnation met l’accent sur l’esprit comme lieu de sanctification plus que sur la terre ; la terre est à cultiver et à aimer, ce qui implique aussi de prendre soin de ceux qui y vivent ; le nationalisme qui sacralise un peuple et sa terre est sans fondement évangélique, l’horizon spirituel et politique légitime est l’internationalisme ; l’amour de ses racines et de sa culture ne doit pas se confondre avec le pouvoir jaloux et exclusif sur sa terre ; les différences culturelles sont légitimes mais pas les traitements inégaux par les pouvoirs politiques. Pour finir sur ce point, Ateek cite un texte de l’Église d’Écosse datée de 2013 : « La “terre promise” de la Bible n’est pas un espace mais une métaphore de la manière dont les choses peuvent se passer dans le peuple de Dieu. Cette “terre promise” peut se trouver et s’édifier partout. »
VIII : La justice : un élément central
Ateek ne croit ni éthiquement ni pragmatiquement au recours à la violence. En plus d’être en contradiction avec l’Évangile, ce dernier enferme en effet les Palestiniens dans la figure du « terroriste » et sert le plaidoyer israélien. Mais que faire face un État, Israël, qui a plus les allures d’une ethnocratie de plus en plus radicale qu’une démocratie ?
L’État israélien nie toute forme de colonisation et renverse les choses en accusant les Palestiniens de le menacer, ce qui lui permet en retour de justifier ses crimes. On a là des récits mensongers faits par l’oppresseur pour couvrir ses crimes.
Ateek fait un rappel détaillé des différentes options politiques classiques et de l’historique des revendications et exigences des différents acteurs.
Il fait finalement un plaidoyer pour une stratégie de la non-violence. « Au rayon de la force, nous ne faisons pas le poids. Là où nous sommes de taille à affronter Israël, c’est dans l’action non-violente. »Ateek plaide pour une formation massive à la non-violence et une action collective massive.
IX : L’émergence de Sabeel et des Amis de Sabeel
Ce chapitre retrace l’histoire et le plaidoyer de Sabeel en faveur de la paix et de la justice. Un paragraphe traite de Sabeel en France : l’association est née en France en 2010 sous la direction du pasteur Gilbert Charbonnier.
X : Le cœur de la foi et de l’action au XXIe siècle
Ce chapitre conclusif affirme que le conflit israélo-palestinien ne peut se résoudre que dans un ordre précis : justice, paix, réconciliation. Placer la paix avant la justice, donc avant la fin de l’oppression coloniale, est une manière de mentir et de défigurer la paix.
Le livre s’achève en citant un passage d’une prière de Taizé : « Viens, Seigneur, et ouvre en nous les portes de ton Royaume. »
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Deux agents anti-théologie de la libération à Santiago du Chili en 1987, ils ont déjà bien bossé alors. En 1983, dans sa visite au Nicaragua, Jean-Paul II embrassera le commanditaire de l'assassinat de monseigneur Romero.![r/HistoryPorn - Le pape Jean-Paul II avec Augusto Pinochet ; Santiago du Chili, 1987. [389x470]](https://external-preview.redd.it/lqK8c7ito66G0xcBK4Eba3rvstWrf7sV2PcNt6RK-1o.jpg?auto=webp&s=9ddfdb3b8b1a345f03fb4b12b6d130e7ec6193c9)
SOURCE: LES CRISES
Pendant une grande partie de son histoire, l’AFL-CIO [centrale syndicale nationale qui est la plus grande fédération de syndicats aux États-Unis. Elle est composée de 60 syndicats nationaux et internationaux, représentant ensemble plus de 12,5 millions de travailleurs actifs et retraités, NdT] a soutenu avec enthousiasme la politique étrangère des États-Unis. Pendant la Guerre froide, elle a notamment participé activement aux efforts visant à supprimer les mouvements syndicaux de gauche à l’étranger.
En février, l’American Federation of Labor-Congress of Industrial Organizations (AFL-CIO) a appelé à un cessez-le-feu négocié pour mettre fin au génocide en cours à Gaza. Bien que cette déclaration n’ait pas exigé un cessez-le-feu immédiat, comme l’ont fait d’autres organisations ouvrières et syndicats, cela représente une rupture avec bon nombre des principes de l’AFL-CIO en matière de politique étrangère.
Pendant la majeure partie de ses soixante-huit années d’existence, l’AFL-CIO – la plus grande fédération de syndicats des États-Unis, représentant 12,5 millions de travailleurs – s’est alignée sur la politique étrangère des États-Unis. Elle a même, dans de nombreux cas au cours du siècle dernier, participé activement à des interventions américaines anti-gauche à l’étranger.
Dans son livre à paraître, Blue-Collar Empire : The Untold Story of US Labor’s Global Anticommunist Crusade (L’empire des cols bleus : l’histoire inédite de la croisade anticommuniste mondiale des travailleurs américains), l’historien Jeff Schuhrke retrace les rapports entre l’AFL-CIO et la politique étrangère des États-Unis depuis les débuts de la Guerre froide jusqu’aux années 1990. Il révèle comment, en partenariat avec la CIA et d’autres organes du gouvernement américain, l’AFL-CIO a étouffé les mouvements syndicaux de gauche en Europe, en Amérique latine et en Asie. Sara Van Horn et Cal Turner se sont entretenus avec lui pour Jacobin et ils ont abordé la question des dégâts causés par les interventions de l’AFL-CIO dans des pays comme le Guyana, le Chili et le Brésil, la façon dont la répression de l’organisation des travailleurs à l’étranger a nui aux travailleurs américains et les leçons que le mouvement syndical peut tirer de son histoire compliquée.
Cal Turner : Dans quelle mesure l’AFL-CIO a-t-elle été associée à l’interventionnisme américain au cours du vingtième siècle ?
Jeff Schuhrke : L’American Federation of Labor (AFL) a commencé à mener la Guerre froide avant même que la Guerre froide ne commence, alors que le gouvernement américain considérait encore l’Union soviétique comme un allié du temps de la Seconde Guerre mondiale. C’est en 1944 qu’elle a créé le Free Trade Union Committee (FTUC), qui a tenté de créer des divisions entre les non-communistes et les communistes au sein des mouvements syndicaux d’Europe occidentale.
Lorsque la Guerre froide est passée au premier plan et que la CIA a été créée, certains responsables, au sein du gouvernement, ont pris conscience du travail que l’AFL avait déjà accompli en Europe. Ils ont compris que si la CIA voulait influencer les mouvements syndicaux étrangers, il lui serait difficile de le faire par elle-même. Mais si elle pouvait passer par l’AFL – si des dirigeants syndicaux américains participaient aux interventions – le succès serait au rendez-vous, dans la mesure où les travailleurs d’autres pays seraient plus enclins à faire confiance à leurs collègues syndiqués.
À compter de 1949, la CIA et le Free Trade Union Committee avaient formé un partenariat secret : la CIA finançait le FTUC pour qu’il mène des interventions destinées à diviser les mouvements syndicaux et à les scinder en camps rivaux selon les axes stratégiques de la Guerre froide. Le Free Trade Union Committee devait également tenir la CIA et le département d’État informés de la composition des différents syndicats et de l’identité de leurs dirigeants dans les pays étrangers : à savoir, lesquels étaient susceptibles d’être plus fiables en tant qu’alliés pro-américains et pro-capitalistes, et lesquels étaient plus à gauche ou pro-soviétiques. Grâce au financement de la CIA, cette organisation a pu s’étendre de l’Europe à l’Asie.
Dans le même temps, il existait déjà avant la Guerre froide, un historique d’interventions de l’AFL auprès des mouvements syndicaux d’Amérique latine, en particulier pendant la révolution mexicaine. Cette évolution s’est poursuivie également lors des débuts de la Guerre froide, sur un mode différent de ce que le Free Trade Union Committee pratiquait en Europe et en Asie, mais avec la même idée de départ : diviser la Confédération des travailleurs d’Amérique latine, organisation syndicale de gauche couvrant l’ensemble de cette région.
Le Free Trade Union Committee a cessé ses activités en 1958 après la fusion entre l’AFL et le CIO. Au cours des années 1960 et 1970, les États-Unis ont fait du développement du tiers-monde l’un des principaux axes de leur politique étrangère. L’AFL-CIO s’est adaptée et s’est associée à l’USAID (l’Agence américaine pour le développement international), acceptant l’idée d’utiliser les syndicats pour « moderniser » les pays d’Amérique latine, d’Afrique et d’Asie. Ils ont mis en place des programmes de formation destinés à faire en sorte que les dirigeants syndicaux des pays étrangers passent du statut de fauteurs de troubles grévistes à celui de bureaucrates capables de tempérer les revendications des classes laborieuses de leur pays, afin que les gouvernements de ces pays puissent développer leur économie sans céder aux exigences des travailleurs.
On était alors à l’époque du solide mouvement tiers-mondiste des années 1960 et début des années 1970, alors que de nombreux dirigeants politiques anticoloniaux et anti-impérialistes du Sud mondial tentaient de faire valoir leur indépendance économique et politique. C’est au cours de cette période que l’AFL-CIO a régulièrement tenté de saper les mouvements politiques de gauche en Amérique latine.
Si la CIA voulait influencer les mouvements syndicaux étrangers, il lui serait difficile de le faire par elle-même. Mais si elle pouvait passer par l’AFL, le succès serait au rendez-vous.
Au sortir de la guerre du Vietnam, le caractère interventionniste de la Guerre froide s’est quelque peu atténué. Mais dans les années 1980 et au début des années 1990, vers la fin de la Guerre froide, une nouvelle génération de responsables anticommunistes enragés a pris la tête de l’AFL-CIO.
À l’heure où l’économie politique mondiale commence à changer, et alors qu’on assiste à une restructuration économique et à des délocalisations, le nombre de syndiqués américains est en baisse. Pourtant, le président de l’AFL-CIO, Lane Kirkland, et d’autres responsables ont voulu raviver la Guerre froide. Ironie du sort, alors même qu’ils combattaient l’administration de Ronald Reagan sur les questions intérieures, ils se sont associés à cette dernière pour mener des guerres contre-insurrectionnelles musclées en Amérique centrale au nom de l’anticommunisme.
Ils ont coopéré avec l’administration Reagan et des politiciens de droite pour créer la National Endowment for Democracy (NED), qui a renoué avec ce que la CIA avait fait avant la guerre du Viêtnam, à savoir financer de nombreux syndicats et autres organisations de la société civile à l’étranger. Mais au lieu de le faire secrètement, la NED l’a fait ouvertement, en disant : « C’est au nom de la promotion de la démocratie et de la liberté. » L’AFL-CIO a joué un rôle important dans la création de la NED et a été l’un des principaux bénéficiaires des fonds alloués par le Congrès à ces programmes. Elle a été très active en Pologne avec Solidarność, le syndicat anticommuniste qui a fini par être à l’origine, à bien des égards, de la fin du régime communiste en Europe de l’Est.
Sara Van Horn : Vous écrivez que les syndicats américains, en particulier l’AFL-CIO, ont activement encouragé la Guerre froide. Pourquoi les dirigeants syndicaux étaient-ils prêts à collaborer si étroitement avec le gouvernement ?
Jeff Schuhrke : Cela remonte aux Première et Seconde guerres mondiales et au New Deal. Pendant les deux guerres mondiales, les dirigeants de l’AFL ont conclu un accord avec le gouvernement américain, garantissant que la production industrielle ne serait pas perturbée par des grèves pendant la guerre. En échange, l’AFL a acquis une certaine légitimité aux yeux du gouvernement et a obtenu des avantages réels, tels que des journées de travail moins longues, une meilleure couverture sociale et une hausse du nombre de syndiqués. Les responsables syndicaux de l’AFL ont été très fortement marqués par cette évolution. Ils ont compris qu’en s’alignant sur la politique étrangère du gouvernement américain, ils pouvaient gagner en avantages, en légitimité et en protection.
Par ailleurs, l’AFL était traditionnellement une fédération syndicale plus conservatrice, opposée à toute radicalité et aux militants de gauche. Lorsque la Guerre froide a commencé, de nombreux dirigeants de l’AFL avaient déjà une longue expérience de la lutte contre les communistes dans les rangs de leur propre syndicat et du maintien à l’écart des postes de direction de ceux-ci. Ils en étaient venus à se considérer comme les vrais spécialistes de la lutte contre les communistes, bien davantage encore que nombre de responsables de l’appareil de politique étrangère des États-Unis.
Le CIO a également largement bénéficié de son partenariat avec le gouvernement pendant le New Deal et la Seconde Guerre mondiale. Les dirigeants du CIO, comme Walter Reuther, rêvaient de devenir des partenaires à part entière de la planification économique dans un État corporatiste. À l’instar de l’AFL, ils considéraient qu’en prouvant leur patriotisme et leur loyauté envers le gouvernement, ils obtiendraient un siège à la table des négociations. À la fin des années 1940, dans le contexte du maccarthysme et des mutations politiques du début de la Guerre froide, le CIO est également devenu anticommuniste.
C’est l’AFL qui a initialement encouragé la Guerre froide, parce qu’elle n’a jamais toléré les communistes ou voulu former de coalition avec des syndicalistes de gauche, contrairement au CIO qui, pendant de nombreuses années, a accueilli – ou du moins toléré – des communistes dans ses propres rangs. Le CIO était prêt à rejoindre la Fédération syndicale mondiale aux côtés des syndicats soviétiques. C’est une chose que l’AFL n’a jamais acceptée. Ses dirigeants, tel George Meany, se sont toujours montrés prompts à promouvoir une confrontation avec les Soviétiques, en raison de leur propre passé idéologique anti-communiste et de la lutte menée contre les communistes dans les rangs de leurs propres syndicats.
Cal Turner : Vous écrivez que la Guerre froide a directement contribué au déclin des syndicats américains, dont le taux d’adhésion a chuté de 35 % en 1947 à 11 % en 1991. Comment les activités internationales de l’AFL-CIO ont-elles affecté le mouvement syndical ?
Jeff Schuhrke : Un premier facteur a été la part d’attention, de ressources et d’énergie que l’AFL-CIO a consacrée à cette croisade anticommuniste dans le monde, plutôt que d’organiser les travailleurs non syndiqués aux États-Unis ou de réclamer davantage de politiques de protection sociale, moins de dépenses militaires et plus d’investissements dans l’éducation, les soins de santé et les infrastructures, c’est-à-dire le genre de choses qui créent des emplois. En 1966, plus d’un cinquième du budget de l’AFL-CIO était consacré à ces programmes à l’étranger. Sans même compter les millions de dollars que l’AFL-CIO recevait du gouvernement américain.
À partir des années 1970, l’économie politique mondiale était en pleine transformation : l’industrie manufacturière s’est d’abord déplacée vers des régions des États-Unis ne comptant pas de syndicats, le Sud et le Sud-Ouest, puis vers l’Amérique latine et les Caraïbes, et finalement vers l’Asie. L’AFL-CIO ne faisait pas grand-chose pour y remédier, si ce n’est promouvoir les campagnes de marketing « Achetez américain » ou « Vérifiez le logo syndical ». Au contraire, elle se focalisait sur la manière de combattre les communistes et de saper les mouvements de gauche en Amérique latine, en Afrique, en Asie et en Europe de l’Est. L’anticommunisme ici ne se limite pas à une opposition aux véritables communistes ou aux véritables partis communistes : il s’agit d’une opposition à tout mouvement de gauche, ou de classe, visant à l’indépendance économique des pays du Sud global.
Cette croisade anticommuniste mondiale a affaibli et divisé un grand nombre de mouvements syndicaux du Sud, plus combatifs et plus engagés dans les luttes de classe, alors même que ceux-ci auraient pu s’opposer au pouvoir du capital international. Des syndicats dissidents plus conservateurs et plus favorables au capitalisme se sont créés et ont bénéficié d’un financement important de la part du gouvernement américain, par l’intermédiaire de l’AFL-CIO.
Même si tout cela était censé se faire au nom de la libre syndicalisation, un grand nombre de syndicats et de fédérations syndicales soutenus par l’AFL-CIO dans le monde entier faisaient souvent l’objet d’un étroit contrôle de la part des gouvernements de ces pays, en particulier dans le cas de gouvernements anticommunistes et autoritaires. Les seuls syndicats que ces gouvernements toléraient étaient ceux soutenus par l’AFL-CIO.
Alors que la libéralisation du commerce et la délocalisation des emplois manufacturiers américains allaient bon train, les mouvements syndicaux de ces pays auraient pu être des alliés de choix pour le mouvement syndical américain dans sa lutte contre le nivellement par le bas et la promotion de normes plus exigeantes partout afin que le capital n’ait nulle part où aller. Ce n’est pas ce qu’il s’est passé, dans la mesure où ces mouvements syndicaux déjà affaiblis étaient désormais étroitement contrôlés par leurs propres gouvernements, conséquence des agissements de l’AFL-CIO. En ce sens, les dirigeants de l’AFL-CIO se sont tirés une balle dans le pied.
Tout cela s’est fait en partenariat avec le gouvernement américain. Or, celui-ci, surtout à la fin de la Guerre froide, dans les années 1980 et 1990, a favorisé toutes ces délocalisations et la libéralisation du commerce, en adoptant l’ALENA – des mesures qui ont entraîné la désindustrialisation et fait perdre aux syndicats américains un grand nombre de leurs membres. La même entité avec laquelle l’AFL-CIO s’est associée pendant toutes ces décennies et qui a contribué à la victoire de la Guerre froide a, dans le même temps, bousillé les travailleurs américains. Non seulement elle nuisait aux travailleurs du monde entier, mais au final elle nuisait également aux travailleurs des États-Unis.
Sara Van Horn : Avez-vous des exemples précis qui vous paraissent flagrants et montrent que les syndicats américains ont réprimé l’action politique ou l’organisation de la gauche dans les pays du Sud ?
Jeff Schuhrke : Au début des années 1960, la Guyane est dirigée par Cheddi Jagan, un socialiste qui souhaite nationaliser l’industrie sucrière et, via une transition structurée, mener le pays vers une pleine indépendance vis-à-vis de la Grande-Bretagne. Certains syndicats étaient de son côté, d’autres de celui de ses rivaux politiques. Avec l’aide de la CIA, l’AFL-CIO a contribué à financer les syndicats de l’opposition et à mener une longue grève générale qui a duré environ deux mois, affaiblissant le gouvernement Jagan et finalement poussant ce dernier à quitter le pouvoir avant le début de toute transition vers l’indépendance.
Le fait que Jargan était marxiste n’était pas du goût du gouvernement américain – il pensait que ce serait un autre Fidel Castro, et souhaitait l’arrêter à n’importe quel prix. Habituellement, les membres du mouvement ouvrier de gauche considèrent que les grèves générales sont quelque chose de positif, mais dans ce cas précis, cette grève générale secrètement financée par la CIA, et dont les fonds étaient versés par les syndicats américains, a ébranlé un gouvernement de gauche.
Dans la même veine, au début des années 70, Salvador Allende était au pouvoir au Chili. Il était marxiste, avait été élu démocratiquement et était persuadé que la démocratie permettrait d’instaurer le socialisme. Les anticommunistes des États-Unis et d’Amérique latine le considéraient donc comme particulièrement dangereux, dans la mesure où ils s’appuyaient sur le mythe selon lequel tous les communistes étaient des dictateurs totalitaires. L’administration [Richard] Nixon entendait créer le chaos économique au Chili, et y est parvenue en partie grâce à une série de grandes grèves dans des secteurs tels que l’extraction du cuivre et le transport routier. Ces grèves ont également reçu un accompagnement, un financement et tout un entraînement de la part de l’AFL-CIO, une grande partie des ressources venant de la CIA. Elles ont servi de prétexte aux militaires chiliens d’Augusto Pinochet pour organiser un coup d’État en 1973 et renverser Allende.
L’American Institute for Free Labor Development (AIFLD), principal instrument de l’AFL-CIO en Amérique latine des années 1960 aux années 1990, a organisé de nombreuses formations qui, à première vue, pouvaient sembler très inoffensives, mais dont le but était souvent de lutter contre l’influence exercée par la gauche au sein des syndicats. L’AIFLD a ainsi assuré la formation de plus de trente syndicats brésiliens au cours de l’année qui a précédé le coup d’État militaire de 1964 dans ce pays. Lorsque ce dernier a eu lieu, certains des Brésiliens lauréats du programme de formation de l’AIFLD ont été chargés par la dictature en place de purger les syndicats brésiliens de leurs gauchistes.
Autre exemple : non seulement l’AFL-CIO a soutenu la guerre du Vietnam de manière rhétorique, mais elle était également active sur le terrain, fournissant des fonds et des ressources à la Confédération vietnamienne du travail anticommuniste au Vietnam du Sud, alors que celle-ci cherchait à réduire l’influence du Front national de libération qui était communiste.
Cal Turner : Comment les adhérents de base de l’AFL-CIO ont-ils réagi lorsqu’ils ont appris que la direction de leur syndicat menait des actions anticommunistes ?
Ce n’est qu’à la fin des années 60 que les dirigeants syndicaux locaux et les cadres moyens ont commencé à s’exprimer, dans le cadre du mouvement anti-guerre. Des réunions publiques et des distributions de lettres et de journaux émanant de syndicalistes de base ont commencé à être organisées. Ceux-ci s’élevaient contre la guerre du Vietnam et sont entrés en conflit direct avec George Meany, le président de l’AFL-CIO, qui était totalement acquis à la cause de la guerre.
À la fin des années 60, une série d’articles de presse a également révélé certains des liens qui, depuis les années 1940 existaient entre la CIA et les syndicats américains. Ces informations ayant été révélées au grand jour, le nombre de protestations de la base contre les agissements des dirigeants syndicaux a commencé à se faire plus important. Après le coup d’État au Chili, Fred Hirsch, un plombier californien, syndicaliste de base, a rédigé une brochure exposant les liens entre l’AFL-CIO et la CIA dans le cadre du soutien au coup d’État chilien, celle-ci a été distribuée à des milliers de membres du syndicat.
Dans les années 80, il y a eu un mouvement sans précédent de syndicalistes de base et même de présidents de syndicats au sein de l’AFL-CIO, ils essayaient de venir en aide aux syndicats et mouvements de travailleurs les plus à gauche et les plus militants d’Amérique centrale. Le National Labor Committee a également été fondé dans les années 1980 par un groupe de présidents de syndicats qui s’opposaient à cette intervention en Amérique centrale. Ce groupe est à l’origine des premiers débats ouverts consacrés à la politique étrangère dans le cadre de la convention de l’AFL-CIO, ce qui montre à quel point ces décisions politiques avaient été antidémocratiques.
Sara Van Horn : Quelles leçons le mouvement ouvrier d’aujourd’hui doit-il tirer de cette longue histoire ?
Jeff Schuhrke : En quelques mots : ne soutenez pas systématiquement tout ce que fait Washington en matière de politique étrangère. Et pourtant, c’est encore aujourd’hui la position de la direction de l’AFL-CIO.
Au cours des derniers mois, de nombreux syndicats se sont prononcés en faveur d’un cessez-le-feu à Gaza, ce qui est particulièrement important dans la mesure où cela va à l’encontre de la politique de l’administration Biden. Qui plus est, sept syndicats majeurs ont récemment demandé à Joe Biden de cesser d’envoyer de l’aide militaire à Israël afin de contraindre à un cessez-le-feu. Le fait que les syndicats fassent toutes ces déclarations est une évolution qui va dans le bon sens, mais les actions concrètes se font encore rares au niveau national.
S’il est essentiel d’organiser et de renforcer le taux de syndicalisation, nous devons également nous interroger sur le type de mouvement syndical que nous souhaitons, et ne pas nous contenter d’un mouvement de grande ampleur.
Aujourd’hui, la gauche syndicale doit porter un regard international sur les luttes que nous menons sur nos lieux de travail aux États-Unis. Le message de Donald Trump consiste souvent à dire que les travailleurs étrangers sont nos ennemis. Mais l’histoire de la Guerre froide nous a déjà montré que le nationalisme économique n’est en fin de compte d’aucune utilité pour les travailleurs américains. Il est indispensable de se montrer beaucoup plus critique à l’égard de la politique étrangère des États-Unis.
Quels sont les principes de notre mouvement ? Que défend-il ? Quel type de politique a-t-il en matière de politique étrangère ? Nous espérons que comprendre ce passé permettra aux gens de réaliser pourquoi il est important d’avoir une perspective internationaliste et anti-impérialiste lorsqu’il s’agit de reconstruire le mouvement ouvrier.
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Jeff Schuhrke est historien du travail et professeur adjoint à la Harry Van Arsdale Jr School of Labor Studies, SUNY Empire State University. Il est l’auteur de Blue-Collar Empire : The Untold Story of US Labor’s Global Anticommunist Crusade.
Sara Van Horn est écrivaine et vit à Serra Grande, au Brésil.
Cal Turner est écrivain et vit à Philadelphie.
Plus intéressant serait de rappeler les opérations « d’influence » des services américains en France pour contrer le syndicalisme des marxistes , de la CGT qui risquait d’entraver le plan Marshall. La création de Force Ouvrière par exemple par le célèbre trotskiste Kristol (un des inspirateurs du neo conservatisme/libéralisme) d’abord opposé au communisme quoi qu’il en coûte ( Militant trotskiste aux usa il convertit son action en Europe au service des libéraux us) L’ « écueil » ( comme Brezinski nommait la France ) serait peuplé de « gallo communistes » s’inquiètent les américains (et Cohn Bendit ) dont des syndicalistes. L’histoire française de cette ingérence par les services us mériterait un billet svp
Mme Annie Lacroix-Riz
https://www.wikiwand.com/fr/articles/Annie_Lacroix-Riz ,
a abondament ecrit sur le sujet et bien plus…
Bonne lecture.
« Alors que la libéralisation du commerce et la délocalisation des emplois manufacturiers américains allaient bon train, les mouvements syndicaux de ces pays auraient pu être des alliés de choix pour le mouvement syndical américain dans sa lutte contre le nivellement par le bas et la promotion de normes plus exigeantes partout afin que le capital n’ait nulle part où aller. Ce n’est pas ce qu’il s’est passé »
C’est un point essentiel. Le démantèlement des droits des travailleurs à l’étranger, appuyé par l’AFL et le CIO, a eu un effet boomerang pour les travailleurs américains lors de l’avènement de la mondialisation. Les grandes entreprises ont ensuite eu beau jeu de traiter les travailleurs américains de nantis assis sur des privilèges, soudain devenus trop chers par rapport aux chinois, indiens ou vietnamiens. Un syndicat ne peut pas être à la fois socialiste et impérialiste. Sur le long terme, c’est impossible. L’AFL-CIO a contribué à affaiblir les syndicats étrangers trop à gauche ou favorables à l’autonomisation de leurs pays, au grand bonheur de la CIA, mais le prix à payer a été une détérioration des conditions de travail des salariés américains. Dire que les femmes là-bas n’ont même pas droit à un congé maternité, sauf quelques « privilégiées » qui travaillent pour des entreprises de plus de 50 salariés, qui elles peuvent prendre jusqu’à 12 semaines… non indemnisées. La baisse du taux de syndicalisation des salariés aux Etats-Unis est tout sauf une surprise.