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lundi 4 mai 2026

Luces y sombras en el “Homenaje a Cataluña” (y II)

 

Paul Preston

 

Antes de que los sucesos de Barcelona en 1937 se produjeran, las tensiones políticas y sociales llevaban meses encrespándose. Cuando Orwell llegó a la Ciudad Condal a finales de diciembre de 1936 la Generalitat ya estaba tratando de recuperar los poderes que los grupos revolucionarios detentaban y que eran responsables del caos económico y de numerosas atrocidades. Con todo, Orwell se sintió sumamente estimulado por lo que vio de lo que quedaba de las transformaciones a raíz del mes de julio. Registró sus impresiones en uno de sus párrafos más famosos: “Era la primera vez que yo pisaba una ciudad donde estaban al mando los obreros. Habían requisado casi todos los edificios y los habían tapizado de banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas; habían pintado la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios en todas las paredes; habían saqueado casi todas las iglesias y quemado las imágenes. Aquí y allá había cuadrillas de obreros demoliendo sistemáticamente los templos. En todas las tiendas y cafés había una inscripción que advertía de que los habían colectivizado; incluso habían colectivizado a los limpiabotas que habían pintado sus cajones de rojo y negro (…) Y lo más extraño de todo era el aspecto de la gente. A juzgar por su apariencia exterior, aquella era una ciudad donde las clases acomodadas habían dejado de existir. A excepción de unas pocas mujeres y de algunos extranjeros, no había gente “bien vestida”. Casi todo el mundo llevaba tosca ropa de trabajo, monos azules o alguna variante del uniforme de la milicia. Era extraño y conmovedor. Había muchas cosas que se me escapaban y que en cierto modo no acababan de gustarme, pero en el acto comprendí que era una situación por la que valía la pena luchar[37].

Funeral de Durruti
Funeral de Durruti (imagen: reportaje del Sindicato Único de Espectáculos Públicos)

La alusión de Orwell a que nadie iba vestido que no fuera ropa de trabajo fue una exageración total. Las imágenes cinematográficas que se conservan del funeral de Buenaventura Durruti el 22 de noviembre de 1936 muestran que, entre las decenas de millares de asistentes, los hombres sin sombrero estaban en minoría y que la mayor parte llevaban chaqueta, corbata y sombreros[38]. En enero de 1937 Orwell no se dio cuenta de hasta qué punto la Generalitat estaba en conflicto con los anarquistas y el POUM. Tampoco era consciente de la escala de violencia gratuita que había ido pareja con la revolución social. En comparación el sociólogo austríaco Franz Borkenau, tras haber visto en agosto de 1936 la Barcelona revolucionaria, anotó en septiembre en su diario: “en contraste con agosto la ciudad está vacía y tranquila; la fiebre revolucionaria se marchita (…) En agosto era peligroso llevar un sombrero: a nadie le preocupa llevarlo hoy[39].

El libro de Borkenau lo reseñó Orwell entusiásticamente en julio de 1937 cuando empezó a escribir Homenaje a Cataluña en donde se refirió afirmando que se trataba “con gran diferencia, es el mejor libro que ha aparecido hasta ahora sobre la guerra de España[40]. En realidad, numerosas fuentes confirman la narración de Borkenau y sugieren que la de Orwell, en lo que se refiere a la atmósfera revolucionaria en enero de 1937, contiene un elemento de “wishful thinking”. Lo que él vio de su ausencia en la primavera tardía de 1937 lo achacó a la Generalitat o a los comunistas[41]. En realidad, no todos los trabajadores creían en la revolución. Lo cierto es que los sindicatos se habían visto inundados por nuevos adherentes que simplemente trataban de oscurecer sus opiniones políticas previas o buscaban acceso a las cocinas, alojamiento o tratamientos en hospitales colectivizados. Incluso para eludir el servicio militar. El número de miembros de la CNT ascendió de, aproximadamente, los 175.000 de antes de la guerra a cerca de un millón. No faltaron quienes se aprovecharon de la nueva situación para trabajar menos y obtener salarios más elevados. La Generalitat había aceptado pagar salarios por los días perdidos a causa de la revolución. Sin embargo, lo que se pensó sería una medida temporal se convirtió en permanente y toda una serie de consejos de fábrica continuaron recibiendo dinero sin producir nada. Los ruegos de muchos funcionarios sindicales en pos de trabajar más y hacer sacrificios se ignoraron con frecuencia. Se hizo normal no pagar las facturas de gas y electricidad. En la calle, las distinciones de clase volvieron a hacer acto de aparición. Como reacción a la apatía y el absenteísmo los líderes cenetistas mostraron mucha mayor simpatía en favor del control gubernamental[42].

La tensión creciente con que se topó Orwell cuando volvió a visitar Barcelona en abril de 1937 no era la consecuencia de la malevolencia comunista, sino que se había exacerbado exponencialmente por los sufrimientos económicos y sociales causados por la guerra. Hacia diciembre de 1936 la población de Cataluña se había incrementado por la llegada de 300.000 refugiados. Esto suponía un diez por ciento de la población de la región y probablemente un 40 por ciento de la población de la propia Barcelona. Tras la derrota republicana de Málaga en febrero de 1937 los números se dispararon. Las tensiones ocasionadas por la búsqueda de alojamiento y manutención de los nuevos llegados hicieron más amargos todavía los conflictos preexistentes. Hasta diciembre 1936, período en el cual la CNT había controlado los abastecimientos, la solución había estribado en requisicionar alimentos para los cual se impusieron precios artificialmente bajos. Esto provocó carencias e inflación ya que los agricultores resistieron acumulando subsistencias y vendiéndolas en el mercado negro.

A mitad de diciembre, el partido comunista catalán (el PSUC) que tenía un fuerte apoyo en las clases rurales y media urbana asumió el control de abastos y puso en práctica un enfoque más acorde con las reglas del mercado. Esto enfureció a los anarquistas, pero tampoco resolvió el problema. Cataluña necesitaba importar alimentos, pero carecía de divisas para pagarlos. Hubo motines de subsistencias en Barcelona al igual que choques armados entre la CNT-FAI y el PSUC para controlar las tiendas de ultramarinos[43]. El presidente de la Generalitat Lluís Companys se encontraba ya en una deriva de colisión con la CNT. Decidido a poner fin a los excesos anarquistas ya había reestablecido la policía convencional en octubre[44]. Es más, en el interés del esfuerzo de guerra Companys deseaba ardientemente controlar las actividades industriales.

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Andreu Nin como consejero de Justicia de la Generalitat (foto: Fundación Andreu Nin)

Los deseos de Companys con respecto a todas estas cuestiones se vieron apoyados firmemente por el PSUC que en los últimos meses de 1936 ya se agitaba para sacar al POUM del gobierno catalán. Al igual que el presidente de la Generalitat los dirigentes del PSUC creían que las llamadas poumistas en favor de un frente común revolucionario con la CNT perjudicaban al esfuerzo bélico. Además, el POUM era un objetivo a batir para los comunistas porque si bien sus teorías no eran estrictamente trotskistas era fácil presentarlas como tales. El 12 de diciembre de 1936 el secretario general del PSUC Joan Comorera provocó una crisis de gobierno exigiendo la sustitución del líder poumista Andreu Nin de su puesto de consejero de Justicia de la Generalitat. Comorera afirmó que el POUM, con sus críticas públicas del juicio y ejecución de los viejos bolcheviques Kamenev y Zinoviev lo que hacía era atacar al único aliado potente de la República, es decir, la Unión Soviética. Con ello se hacía culpable del delito de traición[45].

El cónsul general soviético en Barcelona, Vladimir Antonov-Ovseenko, dijo a Companys que la continuación de la ayuda soviética exigía la eliminación de los obstáculos que se interponían en el desarrollo de un esfuerzo de guerra continuado. Ante la inminencia de un suministro de armas y de una crisis de subsistencias en el horizonte, Companys se mostró de acuerdo y Nin fue separado del gobierno en una modificación del mismo que tuvo lugar el 16 de diciembre[46]. Companys puso a Comorera al frente de abastos como primera medida para retornar a un sistema de mercado. Era solamente una cuestión de tiempo el que se abriera con toda claridad un conflicto entre los comités cenetistas y el POUM por un lado y el partido de Companys por otro, la Esquerra Republicana de Catalunya[47].

Animado por Antonov-Ovseenko el PSUC denunció al POUM como nido de “espías fascistas” y “agentes trotskistas”, demandando su exterminación[48]. Sin embargo, la hostilidad a los izquierdistas anti-estalinistas no era solo una manifestación de la paranoia soviética. Existía una convicción creciente entre los republicanos, socialistas, comunistas y numerosos observadores extranjeros de que los anarquistas catalanes no estaban del todo comprometidos con el esfuerzo de guerra. Elementos de la CNT habían importado y almacenado armas en Barcelona en previsión del día en el que pudieran realizar su revolución[49]. A mitad de marzo varios centenares de anarquistas que se habían opuesto a la militarización de las milicias abandonaron el frente en Gelsa (Zaragoza) y se marcharon con sus armas a la capital de Cataluña. Inspirados por el extremista catalán, el separatista Jaume Balius Mir, se enfrentaron a la participación de los líderes de la CNT en el gobierno central, aspirando a crear una vanguardia revolucionaria. El 17 de marzo formaron un grupo denominado “los amigos de Durruti” y en unas cuantas semanas reclutaron a cinco mil cenetistas. Incluso el anarquista ministro de Justicia Juan García Oliver consideró que Balius estaba loco de atar. Orwell presenta, tranquilamente, a este grupo como si fuese muy pequeño y “abiertamente hostil” al POUM, a pesar del hecho de que la nueva organización había sido saludada por Andreu Nin con todo entusiasmo[50]. Aparte de ello los rusos, después de la caída de Málaga, y sobre todo el nuevo delegado de la Komintern, recién llegado, “Boris Stepanov”, creían que había habido sabotajes y traición. Inevitablemente esto hizo que a los “trotskistas” locales del POUM se los colocara bajo la luz de los focos.

 

Al usar de su influencia para insistir en la necesidad de abandonar los experimentos en la industria y especialmente entre los campesinos los soviéticos se hicieron eco de una oposición social muy vibrante y generada endógenamente contra la política del POUM y de la CNT, especialmente entre los campesinos con pequeñas parcelas que constituían uno de los apoyos del PSUC. Dada la crítica subversiva que el POUM dirigía contra el esfuerzo de guerra republicano y el despliegue de su milicia en uno de los frentes menos importantes resultó casi inevitable que sus unidades se vieran privadas de armamento. Orwell y otros se quejaron de que las unidades del POUM tenían que contentarse con uniformes zarrapastrosos, malos equipos y suministros insuficientes de alimentos y municiones. Sin embargo, tales quejas también se producían en frentes mucho más activos que el que Orwell conoció y eran la consecuencia de carencias reales y no de discriminaciones políticas.

Es más, Orwell aludió con satisfacción a que en Barcelona “los trabajadores habían conseguido armas y se negaron a devolverlas. (Incluso un año después se calculaba que los anarcosindicalistas catalanes tenían en su poder más de treinta mil fusiles)”. Más tarde admitió que, tras los hechos de mayo, “se requisaron un montón de armas en los reductos de la CNT, aunque no me cabe duda de que consiguieron esconder muchas”[51]. Además, Orwell en agosto de 1937 hizo una acusación grave de carácter general al afirmar que “un gobierno que envía a muchachos de quince años al frente con fusiles de cuarenta de antigüedad y conserva los hombres de más edad y las armas más nuevas en la retaguardia está, evidentemente, más asustado de la revolución que de los fascistas”. Una opinión similar la expresó también Ricardo Sanz, líder de la Columna Durruti después de noviembre de 1936[52]. No obstante, Diego Abad de Santillán, un prominente intelectual anarquista y consejero por la CNT de Economía en la Generalitat, escribió en 1940 que a pesar de lo furioso que estaba Durruti los grupos revolucionarios tenían 60.000 fusiles en Barcelona, dos veces la cantidad de los que disponían las columnas en el frente de Aragón. En la Ciudad Condal se negaron a entregarlos o a ir a luchar al frente[53].

Teniendo en cuenta el bajísimo nivel que Orwell ocupaba en la milicia del POUM inevitablemente no veía la gran escena en lo que se refería a abastos, el esfuerzo de guerra y la situación internacional. En Homenaje a Cataluña hizo toda una serie de comentarios muy ingenuos y que dieron el pego a sus posteriores lectores. En particular, aunque siempre se mostró muy dispuesto a criticar al PSUC, también vio con gafas de color de rosa el comportamiento de los anarquistas en general que le impidieron tomar conciencia de las lamentables consecuencias de las acciones de grupos militantes tales como los Amigos de Durruti. Nunca pareció darse cuenta de que una parte muy importante de los líderes de la CNT, habiendo aceptado participar en el gobierno republicano en noviembre de 1936, estaban muy dispuestos a aceptar la prioridad a dar al esfuerzo de guerra. Orwell, por el contrario, presenta la resistencia a perder el poder revolucionario como si fuera la opinión mayoritaria entre los militantes anarquistas y poumistas a nivel de milicianos, especialmente en Barcelona.

Orwell denigra también los esfuerzos de la Generalitat por recuperar sus poderes de entre las manos de los sindicatos revolucionarios sin ubicarlos en el contexto de la reacción internacional. Todavía menos los sitúa en el de la dislocación económica y social impuesta por la guerra. En paralelo a los conflictos por la carencia de alimentos y las colectivizaciones, otro tipo de violencia se generó cuando las fuerzas del orden trataron de reducir a los aproximadamente setecientos integrantes de las “patrullas de seguridad y control” que se crearon en los primeros días de la guerra. Bajo la dirección del exaltado faista Aurelio Fernández Sánchez los patrulleros armados los constituyeron una mezcla de militantes dispuesto a eliminar el antiguo orden burgués y los delincuentes de derecho común que habían sido puestos en libertad de las cárceles donde se encontraban. En su conjunto, actuaron de forma totalmente arbitraria, registrando y con frecuencia desvalijando domicilios, deteniendo a gente denunciada como derechistas y, no en último término, asesinándolos. Como resultado a principios de agosto de 1936 ya habían cometido numerosísimos delitos y más de quinientos paisanos habían muerto en Barcelona[54].

Orwell, tal vez desconocedor de lo que antecede, vio en las patrullas un éxito revolucionario muy significativo. “Además de la colectivización de la industria y del transporte, se produjo un intento de establecer un rudimentario gobierno de los trabajadores mediante la creación de comités locales, patrullas de trabajadores para reemplazar a las antiguas fuerzas policiales pro-capitalistas, milicias de trabajadores basadas en los sindicatos y demás[55]. Cuando murieron más de treinta miembros de la Guardia Nacional Republicana (la antigua Guardia Civil) a principios de marzo la Generalitat disolvió el comité de defensa que controlaba la CNT y asumió el poder de disolver todos los comités locales de policía y de milicias. Los guardias de Asalto y de la GNR se fundieron en un único cuerpo de policía catalán a cuyos oficiales no se les permitió que fueran miembros de ningún partido político o sindicato. Diez días más tarde, el Gobierno central ordenó que todas las organizaciones proletarias, comités, patrullas y obreros entregasen sus armas. El proceso lo supervisó el consejero de Gobernación de la Generalitat Artemi Aiguader de la Esquerra[56].

Al tiempo en la frontera francesa estaban produciéndose choques cada vez más sangrientos entre los carabineros y los comités de la CNT en torno al control de los puestos aduaneros de los que estos se habían apoderado desde julio de 1936. Orwell describe esta situación en términos absolutamente erróneos en una larga sección de su obra y critica la determinación tanto del gobierno central como de la Generalitat en desmantelar la revolución. “En Puigcerdá, en la frontera francesa, enviaron a los carabineros a tomar la oficina de aduanas, que estaba en manos de los anarquistas, y Antonio Martín, conocido anarquista, había muerto”. Muy lejos de ser un ejemplo de admirable revolucionario, como insinúa Orwell, Antonio Martín Escudero, conocido como el “cojo de Málaga”, era un activista de la FAI y contrabandista que controlaba la zona de la frontera franco-catalana-pirenaica conocida como la Cerdaña. Allí, él y otros elementos de la FAI, llevaban a cabo numerosos actos de bandolerismo, cometían atrocidades contra el clero y extorsionaban sistemáticamente a todos los que querían pasar a Francia. Muchos fueron asesinados una vez que entregaron los objetos de valor que llevaban consigo. Tales patrullas fronterizas también facilitaban el contrabando de lo robado por las de la FAI en Barcelona, a veces en beneficio propio, en otras ocasiones para adquirir armas[57]. A finales de abril la situación llegó a un punto límite en la Cerdaña. El control de la frontera tenía una considerable importancia para los dirigentes de la FAI tanto desde el punto de vista de la ilimitada exportación de objetos de valor robados o requisados y para importar armamento con el fin de utilizarlo no en el frente sino en la retaguardia.

Antonio Martín Escudero
Antonio Martín Escudero (foto: revista Ruta, de las Juventudes Libertarias)

Martín imponía tributos a los pequeños pueblos de la Cerdaña y sus alcaldes estaban dispuestos a poner fin a un reino de terror. Finalmente, en abril empezaron a recibir alguna ayuda de Artemí Aiguader. Informado desde Barcelona de que había fuerzas que se conjuraban contra él en Bellver, Martín se puso al frente de un asalto contra dicho pueblo que realizaría un grupo sustancial de milicianos. Los habitantes, sin embargo, repelieron el ataque y en el tiroteo Martín y algunos de sus hombres resultaron muertos[58]. El incidente se comentó en los círculos anarquistas en unos términos en los que el capitán de bandoleros que era Martín se convirtió en un mártir no muerto en Bellver por los defensores del pueblo sino asesinado en Puigcerdá por fuerzas de la Generalitat. Esta es, presumiblemente, la base de la versión difundida por Orwell[59].

 

Mientras el novelista inglés estaba en Aragón la tensión social en Barcelona fue intensificándose como resultado del racionamiento, de las carencias, de la inflación, de la especulación y del crecimiento del mercado negro. Hubo violentas manifestaciones de masas por parte de mujeres que protestaban contra el aumento de precios de los abastos y del combustible. La tensión fue en crescendo a partir de la mitad de marzo cuando, en respuesta a la disolución por la Generalitat de las patrullas y las órdenes de que las organizaciones obreras entregaran sus armas, la CNT se retiró del gobierno catalán. Uno de los choques subsiguientes fue el asesinato, el 25 de abril, de Roldán Cortada, miembro del PSUC y secretario de Rafael Vidiella, consejero de Trabajo. El nivel de hostilidad persuadió a la Generalitat a prohibir los desfiles tradicionales del 1º de mayo, algo que los miembros de a pie de la CNT-FAI percibieron como una provocación intolerable.

A principios de mayo explotó la crisis. El catalizador inmediato fue la acción ordenada por Aiguader el día 3 contra la Telefónica controlada por la CNT. La operación la llevó a cabo el comisario de policía Eusebio Rodríguez Salas, muy beligerante. Aiguader siguió las instrucciones de Companys, humillado al enterarse de que un operador anarquista había interrumpido una llamada por teléfono del presidente Manuel Azaña. Evidentemente, el estado necesitaba controlar el principal sistema de comunicaciones. Sin embargo, a consecuencia del deterioro de la situación y del empleo de la fuerza por parte de la policía a lo largo de los últimos meses, se produjo el estallido de una lucha callejera, una pequeña guerra civil de baja escala dentro de la guerra civil misma. Companys subestimó el grado de resistencia que opondría la CNT a sus esfuerzos por reafirmar el poder de las autoridades. En el centro de Barcelona se levantaron barricadas. Apoyados por el POUM, elementos de la CNT, especialmente los Amigos de Durruti, se enfrentaron a las fuerzas de la Generalitat y del PSUC[60].

La lucha puso al descubierto el dilema central de la CNT. Los anarquistas podían ganar en Barcelona y en otras ciudades catalanas solo al precio de un derramamiento de sangre que implicaría en efecto la pérdida de la guerra por parte de la República. Tendrían que retirar a sus tropas de Aragón y después combatir tanto al gobierno central republicano como a los franquistas. En consecuencia, y de acuerdo con la aprobación de los ministros anarquistas, el gobierno de Valencia suministró los decisivos refuerzos policiales el 7 de mayo que, finalmente, determinaron el resultado final. Lo hizo solo a cambio de que la Generalitat renunciara al control autónomo del Ejército de Cataluña y la responsabilidad en materia de orden público. Varios centenares de anarquistas y poumistas fueron detenidos, aunque la necesidad de poner en funcionamiento de nuevo las industrias de guerra limitó la escala de la represión. Todo esto tuvo lugar cuando el País Vasco iba cayendo en manos de Franco.

El POUM quedó expuesto a la hostilidad de los comunistas. Andreu Nin y el resto de los dirigentes habían superado a la CNT en el fervor militante de sus proclamas revolucionarias durante la crisis. En la victoria los comunistas fueron cualquier cosa menos magnánimos y no aceptarían nada que no fuera la completa destrucción del POUM. Orwell notó que “se respiraba un aire particularmente enrarecido, reinaba un clima de sospecha, temor, incertidumbre y odio disimulado”. Nin fue asesinado por un grupo de agentes de la NKVD[61]. Tan pronto como los combates terminaron en Barcelona los comunistas exigieron que el presidente del Gobierno Francisco Largo Caballero disolviera el POUM y detuviera a sus dirigentes. Largo se negó, lo que se percibió como una última prueba de su ya manifiesta incomprensión de las necesidades del esfuerzo bélico.  Por tanto, se forzó su dimisión y fue sustituido por el doctor Juan Negrín. Con ello los logros revolucionarios que todavía subsistían desde los primeros momentos de la lucha fueron siendo desmantelados progresivamente. El esfuerzo de guerra iría en la dirección deseada por los republicanos y los socialistas moderados que se habían hecho cargo de las carteras claves del Gobierno.

Gobierno de Largo Caballero foto L. Vidal
Gobierno de Largo Caballero en Valencia (foto: L. Vidal)

Es difícil evitar la conclusión de que Orwell supiera poco de todo esto ya fuese durante su estancia en el frente aragonés o durante su breve recalada en Barcelona. Cuando regresó a Inglaterra estaba agotado. El novelista norteamericano John Dos Passos, que se encontró accidentalmente con él en el hall del hotel cuando estaba a punto de abandonar la capital catalana, describió a Orwell en su narrativa novelada como “un inglés desgarbado con el brazo en el cabestrillo y que vestía un uniforme deshilachado. Llevaba una gorra arrugada a un lado de la cabeza, acomodada a una mata abundante de pelo negro ondulado. Un rostro alargado con profundas arrugas en las mejillas lo resaltaba un par de ojos oscuros excepcionalmente atractivos. Tenían una mirada puesta en la lejanía como si se tratara de los ojos de un marino[62]. Dieciocho años después en una narración factual Dos Passos escribió en términos casi idénticos: “Su faz tenía un aspecto tenso, como enfermo. Supongo que ya sufría de la tuberculosis que terminó con él. Daba una impresión de agotamiento extremo. No hablamos mucho, pero recuerdo el sentimiento de calma, de alivio de la tensión que me embargó al hablar por fin con un hombre honesto[63].

Georges Kopp en 1937 (imagen: Porta de la Història)

Orwell y su mujer Eileen O´Shaughnessey dejaron Barcelona a toda prisa, creyendo que la policía de seguridad republicana les perseguía, aunque no se ha encontrado la menor evidencia de que tal pudiera ser el caso. Es cierto que su celebridad junto con su servicio en las milicias del POUM habían atraído la atención de la NKVD. Orwell estaba sometido a vigilancia por David Crook, un miembro de las Brigadas Internacionales que había llegado a Barcelona a principios de mayo. Durante su convalecencia en Madrid, tras resultar herido en la batalla del Jarama, a Crook se le había acercado el periodista comunista francés Georges Soria. Luego le examinaron el residente de la NKVD Lev Lazarevich Nikolsky (alias “Alexander Mijailovich Orlov”) y Naum Markovich Belkin (alias “Alexander Belyaev”) el oficial de enlace y consejero de la policía republicana y de los cuerpos de seguridad. A Crook se le enseñaron algunas técnicas de vigilancia, supuestamente por Ramón Mercader, el futuro asesino de Trotsky en México. “Después de enlazar con la KGB se me sugirió que me disfrazara de periodista. Mi trabajo real consistía en espiar a la gente que los estalinistas llamaban trotskistas, incluyendo a George Orwell”. Para acercarse a ellos se ordenó a Crook que debía “permanecer en el Hotel Continental en la zona oriental de Las Ramblas, la principal avenida de Barcelona. Era el centro en el que se reunían los británicos vinculados al PLI. Entre ellos figuraban el representante oficial Johan McNair, George Orwell y su mujer Eileen Blair y su amigo, el ingeniero belga comandante George Kopp, un tanto corpulento y de mediana edad”[64].

Naum Isaakovich eITINGON
Naum Eitingon alias Leonid Kotov (foto: es.topwar.ru)

Crook recibió sus instrucciones de la estación de la NKVD y años después confesó que Orwell y los otros militantes del Independent Labour Party tuvieron un ‘interés especial’.  Frecuentó las oficinas del ILP office en Barcelona y, durante la hora de comer, llevaba carpetas al consulado soviético, que era también la sede de la estación de la NKVD,  para que las fotocopiasen antes de devolver las originales a las oficinas del ILP.  Por tanto, sus controladores rusos disponían de las carpetas claves de las oficinas del ILP. A la sazón, Naum Eitingon alias Leonid Kotov, quien después dirigía la operación para asesinarle a Trotsky, fue el rezident de la NKVD en Barcelona.  Ya que era quien había reclutado a Mercader y seguía siendo su controlador, es plausible que dirigía la operación contra el ILP.[65]

David Crook en Madrid, 1937 (foto: davidcrook.net)

Un informe de la policía española sobre Orwell y Eileen, posiblemente obra de Crook, se encuentra en los archivos del Tribunal Especial de Espionaje y Alta Traición, creado en junio de 1937 para regularizar las funciones policiales y de justicia del Estado[66].  El informe está fechado el 13 de julio del mismo año y escrito en un español rematadamente malo. En él se afirma que eran “agentes de enlace” entre el PLI y el POUM. Da la impresión de haberse basado en las cartas y papeles incautados cuando la policía rebuscó en las pertenencias de Orwell que había dejado en el sanatorio Maurín en las afueras de Barcelona en el que había pasado su convalecencia tras haber sido herido y en el Hotel Continental donde se había quedado su esposa[67].

El material incautado durante el registro fue a parar a manos de David Crook cuando su “detención” se orquestó para darle credibilidad de cara a los prisioneros poumistas a los que espiaba. Hay referencias a tal material en un informe sobre el propio Crook en el que este afirmó que Eileen mantenía relaciones íntimas con Kopp[68]. El expediente sobre los Blair en los archivos moscovitas contiene un inventario del material en esta cuestión[69].

Cuando Eileen contó a su marido acerca de los registros, durante los cuales afortunadamente la policía no encontró ni sus pasaportes ni su chequera, Orwell se escondió en Barcelona con McNair y un joven camarada llamado Stafford Cottman. Los servicios de seguridad republicanos detuvieron a militantes y simpatizantes del partido. Durante este período Orwell hizo, con retraso, algunas visitas turísticas que había demorado y vio la Sagrada Familia que apostilló como “uno de los más horrendos edificios en todo el mundo”. El 23 de junio, con Eileen, McNair y Cottman, tomó el tren en Barcelona con destino a la frontera francesa por Port Bou. Los cuatro se apañaron para entrar en Francia, llegando a la frontera antes que la lista policial que reseñara los extranjeros sospechosos de trotskismo[70]. De hecho, el informe en los archivos moscovitas denunciando a Orwell como trotskista está fechado el 13 de julio de 1937, tres semanas después de llegar a Francia[71].

Tras cruzar la frontera sin incidencias Orwell y Eileen permanecieron en el pequeño puerto pesquero de Banyuls para descansar de las traumáticas experiencias de Barcelona. En las últimas páginas de Homenaje a Cataluña Orwell escribió acerca de los tres días que allí pasaron. Ambos, “pensábamos, hablábamos y soñábamos constantemente con España”.  Aunque estaba amargado por lo que había visto, Orwell alegó no haber acabado ni en la desilusión ni el cinismo. “Es curioso, pera estas vivencias no han disminuido sino aumentado mi fe en la decencia del ser humano. Y confío en que esta narración no sea engañosa. Creo que en un asunto así es imposible ser totalmente sincero. Es muy difícil estar seguro de nada que uno no haya visto con sus propios ojos, y, ya sea consciente o inconscientemente, todo el mundo escribe con parcialidad[72].

Cyril Connolly retratado por Howard Coster en 1942 (foto: National Portrait Gallery)

No hay el menor indicio de que Orwell abandonara completamente su compromiso con la República española. De regreso a Londres, en julio de 1937, escribió: “Las Brigadas Internacionales en cierto sentido están luchando por todos nosotros – una línea muy fina de sufrimientos y, con frecuencia, de seres humanos mal armados es lo que nos protege entre la barbarie y una, al menos, comparativa decencia”[73]. El 28 de abril de 1938, dos días después de la publicación de Homenaje a Cataluña, escribió a Cyril Connolly: “Creo que el juego ha terminado. Me gustaría estar allí. Lo horrendo es que si la guerra está perdida conducirá simplemente a una intensificación de la política que ocasionó que el Gobierno español se viera abandonado. Y antes de que nos demos cuenta nos encontraremos en medio de otra guerra para salvar la democracia[74].

Por mucho que se ensalce el compromiso de Orwell con la revolución y con la democracia existe evidencia en alguno de sus escritos de que no estaba desprovisto de prejuicios un tanto inquietantes. Un ejemplo es su comentario al ver en el comedor de su hotel a “algunas familias de españoles acomodados que parecían simpatizantes de los fascistas”. Aparte de ignorar la importancia que los españoles de todas clases atribuyen a ir bien vestidos en público en todo lo posible, la impresión que se desprende es que Orwell no era consciente de que cualquiera del que remotamente se sospechara que era un simpatizante fascista ya había sido “tratado” adecuadamente por las patrullas de control. También se plantea la cuestión de a qué se parecería un simpatizante de los fascistas[75].

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Tres meses después de salir de España Orwell recibió una carta de Nancy Cunard. Le escribió por encargo de The Left Review para indagar sobre las reacciones de los escritores en relación con el conflicto en España. Sus respuestas terminaron publicándose en un panfleto titulado Authors Take Sides on the Spanish War en diciembre de 1937 por la editorial Lawrence and Wishart. En él, cinco escribieron a favor de Franco, doce fueron neutrales y 127 se declararon por la República. En una respuesta vitriólica a Nancy Cunard, Orwell le pidió que “deje de enviarme estas estupideces” y señaló: “Yo no soy uno de tus mariquitas de moda como Auden y Spender”. Concluyó con una alusión totalmente gratuita a la fortuna familiar de Nancy Cunard: “sin duda, tú conoces algo sobre la historia interna de la guerra y te has unido deliberadamente a los grupitos que defienden la ‘democracia’ (es decir, el capitalismo) con objeto de ayudar a aplastar a la clase obrera española y así, indirectamente, defender tus sucios pequeños dividendos[76].

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Un comentario más general fue tanto o más ofensivo: “Decenas de miles fueron a combatir allí, pero decenas de millones permanecieron apáticos. En el primer año de la guerra, se cree que casi toda la población británica suscribió los diversos fondos de ‘ayuda a España’ por valor de un cuarto de millón de libras, probablemente la mitad de lo que gastarían en la semana en ir al cine”. Es evidente que Orwell no sabía nada de los sacrificios hechos por los obreros y los parados en Inglaterra para enviar alimentos, suministros médicos y ambulancias o de la hospitalidad para acoger niños vascos[77]. De múltiples formas dinero, comida, ambulancias, apoyo médico y la recepción ofrecida a los niños refugiados del País Vaso, la ayuda humanitaria del público británico llegó a casi dos millones de libras. En términos relativos significa una de las aportaciones caritativas más importantes en toda la historia británica, con la mayor parte del dinero en pequeñas cantidades donadas por individuos y organizaciones locales. A pesar de la intensidad de la depresión económica, la gente corriente hizo todo lo que pudo para ayudar a la República española[78].

Aunque es posible acusar a Orwell de falta de honestidad y de ignorancia culpable en lo que escribió, hay un tema que es difícil de mantener y es que en España estuvo trabajando para los servicios de inteligencia británicos. Robert Stradling escribe: “quizá convenga tener en consideración que exactamente esos elementos en su CV (teórico) que encajaban a Blair para ocupar un puesto directivo en las Brigadas Internacionales también le cualificaban para que lo reclutaran los servicios secretos británicos[79]. Esos elementos eran su educación en Eton y su servicio en la policía colonial en Birmania. Sin embargo, la especulación se basa en gran medida en la afirmación de Peter Davison de que una tercera persona le había dicho que un miembro británico del SIM “mientras censuraba cartas en España para tal servicio había leído varias de Orwell. Estas cartas, afirmó, estaba escritas en colores diferentes y se creía que Orwell enviaba secretamente información a Inglaterra que podía permitir acusarle de espionaje“.

Cualquier información de que Orwell, a quien se le creía trotskista, enviaba a Inglaterra subrepticiamente no podía sino parecer sospechosa a los censores comunistas. Tal especulación la rechaza Davison. Cabría plantear la cuestión de si hubo alguna relación entre los lápices de colores de Orwell en España y su colaboración en 1949 con el semi-secreto Information Research Department del Foreign Office. Para este, Orwell compiló una lista de prominentes intelectuales que él consideraba como compañeros de viaje de los soviéticos, una lista en la que había también algunos comentarios antisemitas y ¿homófobos?[80].

Franco's Rule

Existen muchos motivos para afirmar que Homenaje a Cataluña no puede verse como una interpretación más o menos definitiva de la derrota republicana. Además de muchos ejemplos de ignorancia y error, el libro contiene también numerosas omisiones muy significativas. Orwell no parece que fuese muy consciente de la salvaje represión franquista o incluso de que le preocupara. En una reseña, de junio de 1938, despreció Franco´s Rule. Back to the Middle Ages como “simplemente una enorme lista de atrocidades cometidas en todos los territorios que Franco ha conquistado. Hay largas listas de gente fusilada y afirmaciones tales como que 23.000 fueron masacrados en la provincia de Granada, etc, etc. Ojo, yo no digo que estos relatos no sean verdad. Evidentemente carezco de medios para enjuiciarlos y puedo imaginar que algunos son ciertos y otros no. Y, sin embargo, hay algo que me hace sentirme incómodo cuando se publican libros de este tipo. No hay la menor duda de que hay atrocidades, aun cuando al terminar la guerra es por lo general imposible concretar más de unos cuantos casos aislados. En las primeras semanas de una guerra, sobre todo una civil, es inevitable que ocurran masacres de no combatientes, casos de incendios, desvalijamientos y, probablemente, violaciones. Si esas cosas ocurren es absolutamente correcto el que se lleve cuenta de ellas y que, además, se las denuncie. Pero yo ya no estoy tan seguro acerca de los motivos de la gente que se siente tan absorbida por el tema que se dediquen a compilar libros enteros sobre historias de atrocidades[81]. El anónimo volumen en cuestión fue publicado por la United Editorial pro-comunista pero no por razones inconfesables. Tampoco consistió en “simplemente una lista enorme de atrocidades”. Fue más bien una colección de testimonios presenciales que han sido revalidados posteriormente por investigaciones locales.

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Nancy Johnstone (foto: Planeta de Libros)

En un enfoque similar, en una reseña de las memorias de Nancy Johnstone, Hotel in Flight en diciembre de 1939 Orwell se hizo esta pregunta bastante frívola: “¿Creyeron las masas del pueblo español realmente que incluso los atroces sufrimientos de la última parte de la guerra eran preferibles a la rendición? ¿O continuaron luchando, al menos en parte, porque la totalidad de la opinión de izquierdas de Moscú a Nueva York seguía impulsándolos?[82] De la misma manera que Orwell denigró a los trabajadores británicos que donaron un dinero del que apenas estaban sobrados para apoyar a la República española, el escritor denigró aquí a los millones de españoles que continuaron luchando en defensa de una República que tanto les había dado.

John Cornford (Cambridge 1915-Lopera 1936), foto: Alchetron.com

Para muchos millares de personas Homenaje a Cataluña es el único libro que leerán sobre la guerra civil. Así, pues, no se trata de demoler a Orwell sino más bien de hacer llegar a la conciencia de todos que las opiniones en él expresadas son, con frecuencia, incorrectas porque estuvieron basadas en información insuficiente y prejuicios previos muy arraigados. El libro da la impresión de que los sucesos más importantes de la guerra civil tuvieron lugar en el frente aragonés y en Barcelona durante unos días en mayo de 1937. En lo que se refiere a la significación del frente de Aragón el propio Orwell descubrió su juego: “Aun así seguía sin pasar nada, y no daba la impresión de las cosas fueran a cambiar. ¿Cuándo vamos a atacar? ¿Por qué no atacamos? Eran preguntas que se repetían constantemente tanto los ingleses como los españoles[83]. Esta era una opinión que también repitió otro voluntario en el mismo frente, John Cornford, quien se quejó de aburrimiento e inactividad en lo que describió como “un sector tranquilo en un frente tranquilo[84].

El fallo más importante del libro es la noción subyacente de que la liquidación de la revolución estuvo en la base de la derrota final de la República. La obra de Orwell, e incluso más todavía la película de Loach, llevan a olvidar que la República fue derrotada por Franco, Hitler, Mussolini y el interés mal entendido o la pusilanimidad de los gobiernos británico, francés y norteamericano. Esto no significa desconocer que los ricos testimonios oculares que contiene la obra son muy valiosos como fuente histórica. El problema es que sus juicios facilitaron su aprovechamiento ulterior como parte de una determinada narrativa de la guerra fría. La ignorancia de Orwell de la escena más amplia de la guerra civil puede, en último término, excusarse. Lo que no puede excusarse es el tono omnisciente de su obra. Incluso menos aun su aceptación de permitir la publicación de una edición ulterior de su libro sin tener en cuenta sus diversos escritos entre 1937 y 1942, en los que reconoció paladinamente la necesidad de un esfuerzo de guerra unificado en España. Es como si el Orwell de Animal Farm, de 1984 y de la notoria lista de compañeros de viaje sospechosos hubiera pensado que podía dejar la primera versión como otro clavo en el ataúd del comunismo a pesar de su profunda distorsión de la situación española.

 

[37] Homenaje, pp. 30s.

[38] El Sindicato único de Espectáculos Públicos de la CNT-FAI produjo una película de diez minutos que puede verse en https://www.youtube.com/watch?v=1k4HzLpuF-0. Véase la introducción hablada de Julián Casanova en la colección de vídeos La guerra filmada (Madrid: Filmoteca española, 2009).

[39] Franz Borkenau, The Spanish Cockpit (Londres: Faber & Faber: 1937), pp. 169 y 174-176 (hay traducción española).

[40] Time and Tide, 31 de julio de 1937. Sobre el período que Borkenau pasó en España véanse Jan Kurzke & Kate Mangan, “The Good Comrade” (manuscrito no publicado, fondo de Jan Kurzke, archivos del Instituto Internacional de Historia Social, Amsterdam), pp. 272s y 303-307.

[41] Homenaje, pp. 212 y 215.

[42] Albert Pérez Baró, Treinta meses de colectivismo en Cataluña (1936-1939) (Barcelona: Ariel, 1974), pp. 45-47; Michael Seidman, Workers against Work. Labor in Paris and Barcelona during the Popular Fronts (Berkeley, Calif.: University of California Press, 1991), pp. 160-171; Robert A. Stradling, History and Legend, pp. 57s; Michael Seidman, “The Unorwellian Barcelona”, European History Quarterly, vol. 20, nº 2, abril de 1990, pp. 163-180.

[43] Josep Maria Bricall, Política econòmica de la Generalitat (1936-1939). Evolució i formes de la producció industrial (Barcelona: Edicions 62, 1970), pp. 93-104; Helen Graham, The Spanish Republic at War 1936-1939 (Cambridge: Cambridge University Press, 2002), pp. 254-256; Pelai Pagês i Blanch, Cataluña en guerra y en revolución 1936-1939 (Sevilla: Ediciones Espuela de Plata, 2007), pp. 189-194.

[44] Josep Antoni Pozo González, La Catalunya antifeixista. El govern Tarradellas enfront de la crisi política i el conflicte social (setembre de 1936 – abril de 1937) (Barcelona: Edicions Dau, 2012), pp. 153-172; François Godicheau, La guerre d´Espagne. République et révolution en Catalogne (1936-1939) (París: Odile Jacob, 2004), pp. 138-145.

[45] Miquel Caminal, Joan Comorera, Guerra i revolució, (1936-1939), II (Barcelona: Editorial Empùries, 1984), pp. 62-72.

[46] Burnett Bolloten, The Spanish Civil War: Revolution and Counterrevolution (Hemel Hempstead: Harvester Wheatsheaf, 1991), p. 411 (en base a una entrevista con Miquel Serra Pàmies, directivo del PSUC). Véase también David T. Cattell, Communism and the Spanish Civil War (Berkeley, California: University of California Press, 1955), p. 109; Rudolf Rocker, Extranjeros en España (Buenos Aires: Ediciones Imán, 1938), p. 91.

[47] Sobre los orígenes sociales del conflicto en Barcelona véase Helen Graham, “Against the State”: a genealogy of the Barcelona May Days (1937)”, European History Quarterly, 29:4 (octubre de 1999), pp. 485-542.

[48] Ángel Viñas, El escudo de la República: el oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937 (Barcelona: Crítica, 2007), pp. 488-493; los informes de los agentes de la inteligencia soviética en España se reproducen en Ronald Radosh, Mary R. Habeck & Grigory Sevostianov, eds., Spain Betrayed. The Soviet Union in the Spanish Civil War (New Haven, Conn.: Yale University Press, 2001), pp. 131-133 y 178-184 (hay traducción española)

[49] Josep Sánchez Cervelló, ¿Por qué hemos sido derrotados? Las divergencias republicanas y otras cuestiones (Barcelona: Flor del Viento, 2006), pp. 119-132.

[50] Agustín Guillamón, The Friends of Durruti Group: 1937-1939 (Edimburgo: AK Press, 1996), pp. 22-4 y 57s; Agustín Guillamón, Barricadas en Barcelona. La CNT de la victoria de julio de 1936 a la necesaria derrota de mayo de 1937 (Barcelona: Ediciones Espartaco Internacional, 2007), pp. 139-148; Juan García Oliver, El eco de los pasos (Barcelona: Ruedo Ibérico, 1978), pp. 420 y 443; Orwell sobre los amigos de Durruti, Homenaje, pp. 239, 242, 256.

[51] Homenaje, pp. 213 y 148.

[52] George Orwell, “Eye-witness in Barcelona”, Controversy, agosto de 1937, reimpreso en Orwell in Spain, pp. 234-241 (cita en la p. 238); Ricardo Sanz, Los que fuimos a Madrid. Columna Durruti, 26 División (Toulouse: Imprimerie Dulaurier, 1969), p. 151. Véase también Stradling, History and Legend, pp. 59s.

[53] Diego Abad de Santillán, Por qué perdimos la guerra. Una contribución a la historia de la tragedia española, 2ª edición (Madrid: G. del Toro, 1975), pp. 90s; Burnett Bolloten, The Spanish Civil War, pp. 865s.

[54] García Oliver, El eco de los pasos, pp. 181s, 209-212 y 231-233. Abad de Santillán, Por qué perdimos la guerra, pp. 80s y 93; Pons Garlandí, Un republicà, pp. 88-92, 145; Francisco Lacruz, El alzamiento, la revolución y el terror en Barcelona (Barcelona: Librería Arysel, 1943) pp. 118-121 y 130s; Solé & Villarroya, La repressió a la reraguarda, I, pp. 8, 72-78, 94-100; Gregorio Rodríguez Fernández, El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas en la guerra civil española (Madrid: EDIBESA, 2006) pp. 298-311; Francisco Gutiérrez Latorre, La República del crimen. Cataluña, prisionera 1936-1939 (Barcelona: Editorial Mare Nostrum, 1989) pp. 36s, 44-47; Joan Villarroya i Font, Revolució i guerra civil a Badalona 1936-1939 (Badalona: Mascaró de Proa, 1986), pp. 33-38; Josep M. Cuyàs Tolosa, Diari de guerra. Badalona, 1936-1939, dos vols (Badalona: Museu de Badalona, 2006), I, pp. 144, 206, 249; II, pp. 12-14, 37s, 58, 82, 353; Toni Oresanz, L´Òmnibus de la mort: Parada Falset (Badalona: Ara Llibres, 2008), pp. 135-140, 266-269; Jordi Piqué i Padró, La crisis de la reraguarda. Revolució i guerra civil a Tarragona (1936-1939) (Barcelona: Publicaciones de l´Abadía de Montserrat, 1998), pp. 157-154; Isidre Cunill, Los sicarios de la retaguardia (1936-1939). In odium fidei: la verdad del genocidio contra el clero en Catalunya (Barcelona: Styria, 2010), pp. 111-124.

[55] Homenaje, p. 213.

[56] Cervelló, ¿Por qué hemos sido derrotados?, pp. 115-117; Ferran Gallego, Barcelona, mayo de 1937 (Barcelona: Debate, 2007), pp. 340-349; Solé & Villarroya, La repressió a la reraguarda, I, pp. 108s; Graham, The Spanish Republic, pp. 261s; Pierre Broué et Emile Témime, The Revolution and the Civil War in Spain (Londres: Faber and Faber, 1972), pp. 281s (hay traducción española).

[57] Pons Garlandí, Un republicà, pp. 68-70, 86-89, 95; Solé &Villarroya, La repressió a la reraguarda, I, pp. 79-81; Rodríguez Fernández, pp. 298-311; Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939 (Madrid: BAC, 1961), pp 526-529.

[58] Joan Pons i Porta & Josep María Solé i Sabaté, Anarquia i Republica a la Cerdanya, 1936-1939. El “cojo de Málaga” i els fets de Bellver (Barcelona: Publicaciones de l´Abadia de Montserrat, 1982), pp. 490s; Pons Garlandí, Un republicà, pp. 86-9, 150-4; Carles Gerhard, Comissari de la Generalitat a Montserrat (1936-1939) (Barcelona: Publicacions de la l’Abadia de Montserrat, 1982) pp. 490-1; Manuel Benavides, Guerra y revolución en Cataluña (México: Ediciones Roca, 1978), pp. 344, 351-362 y 371.

[59] Pons i Porta &Solé i Sabaté, pp. 142-154; José Peirats, La CNT en la revolución española, 2ª edición, 3 vols (París: Ruedo Ibérico, 1971), II, p. 138; César M. Lorenzo, Los anarquistas españoles y el poder (París: Ruedo Ibérico, 1972), pp. 90, 215. Grandizo Munis, Jalones de derrota, promesa de victoria/España, 1936-1939 (México: Editorial Lucha Obrera, 1948), p. 298.

[60] Caminal, Juan Comorera, p. 120; Gallego, Barcelona, pp. 379, 413, 430-449; Viñas, El escudo, pp. 495s; Benavides, Guerra y revolución, pp. 370-375.

[61] Paul Preston, The Spanish Holocaust. Inquisition and Extermination in Twentieth Century Spain (Londres: HarperCollins, 2012), pp. 411-414 (hay traducción española).

[62] John Dos Passos, Century´s Ebb: The Thirteenth Chronicle (Boston: Gambit, 1975), PP. 94-96 Y 98.

[63] Dos Passos, The Theme is Fredom (Nueva York: Dodd & Mead, 1956), p. 145.

[64] Boris Volodarsky, Stalin´s Agent: The Life and Death of Alexander Orlov (Oxford: Oxford University Press, 2015), pp. 216 y 294; David Crook, Hampstead Heath to Tian An Men. Autobiography (www.davidcrook.net. Copyright Crook Family, 1991), pp. 3s, 89s, 97s. La afirmación, un tanto inverosímil, respecto a Mercader procede de Gordon Bowker, George Orwell (Londres: Little, Brown, 2003), p. 213. Sin embargo, otras fuentes permiten pensar que, en aquel tiempo, Mercader prestaba servicio en una unidad de primera línea -Luis Mercader & Germán Sánchez, Ramón Mercader, mi hermano. Cincuenta años después (Madrid: Espasa-Calpe, 1990), p. 46; Volodarsky, Stalin´s Agent, p. 227.

[65] Según Boris Volodarsky, ‘Soviet Intelligence Services in the Spanish Civil War, 1936-1939’, tesis doctoral, London School of Economics, 2010, p. 267, la operación mucho más grande para penetrar el POUM en la primavera de 1937 fue dirigida personalmente por el rezident de la NKVD Alexander Orlov y no le involucró a Eitingon. TNA: HW 15/10.

[66] Javier Cervera Gil, Contra el enemigo de la República… desde la ley (Madrid: Biblioteca Nueva, 2015), pp. 175s.

[67] Robert Low, “Archives show how Orwell´s 1937 held more terrors tan his 1984!, The Observer, 5 de noviembre de 1989. El documento se reproduce en Peter Davison, The Complete Works of George Orwell. Volume XI. Facing Unpleasant Facts 1937-1939 (Londres: Secker & Warburg, 1998), pp. 30s. Sobre las pesquisas de la policía véase Homenaje, pp. 198s.

[68] Expediente de David Crook en el RGASPI (Archivo estatal ruso de historia política y social),Moscú, archivo de las Brigadas Internacionales, 545/6/120, pp. 79-95. Sobre la detención simulada véase Crook, Autobiography, p. 101.

[69] Archivo de las Brigadas Internacionales, 545/6/107, pp. 22s.

[70] Homenaje, p. 203; McNair, Spanish Diary, pp. 24-27.

[71] Archivo de las Brigadas Internacionales, 545/6/107, pp. 24s.

[72] Homenaje, pp. 204-206.

[73] Orwell, reseña de The Spanish Cockpit, de Franz Borkenau, y de Volunteer in Spain, de John Sommerfield, en Time and Tide, 31 de julio de 1937, reimpreso en Facing Unpleasant Facts, pp. 51s.

[74] Reimpreso en Facing Unpleasant Facts, pp. 145s.

[75] Homenaje, p. 139.

[76] Facing Unpleasant Facts, pp. 66-68.

[77] Homenaje, pp. 232s; Hywel Francis, Miners Against Fascism: Wales and the Spanish Civil War, 2ª edición (Londres: Lawrence & Wishart, 2012), pp. 119-132; Jim Fyrth, The Signal Was Spain. The Aid Spain Movement in Britain 1936-1939 (Londres: Lawrence & Wishart, 1986), pp. 198-274; Alexander,p. 101.

[78] Emily Mason, Save Spain: British Support for the Spanish Republic within Civil Society in Britain, 1936-1939 (University of Essex, tesis doctoral, 2015), passim y pp. 1 y 165; Fyrth, The Signal, p. 216; Tom Buchanan, The Spanish Civil War and the British Labour Movement (Cambridge: Cambridge University Pres, 1991), pp. 137-165; Linda palfreeman, ¡Salud! British Volunteers in the Republican Medical Service during the Spanish Civil War, 19361939 (Brighton: Sussex Academic Press/Cañada Blanch, 2012), pp. 6s y passim; Buchanan, pp. 93-113; Brian Shelmerdine, British Representations of the Spanish Civil War (Manchester: Manchester University Press, 2006), pp. 149-151.

[79] Stradling, “The Spies”, pp. 641, n. 12, 655; Davison, Fac ing Unpleasant Facts, p. 36.

[80] The New York Times, 29 de julio de 1988; The Guardian, 10 de julio de 2003; Timothy Garton-Ash, “Orwell´s List”, New York Review of Books, 25 de septiembre de 2003.

[81] Facing Unpleasant Facts, pp.  165-167.

[82] Facing Unpleasant Facts, pp. 415s.

[83] Homenaje, p. 76.

[84] Pat Sloan (ed.), John Cornford. A Memoir (Londres: Jonathan Cape, 1938), pp. 183, 195-209, 245.

Imagen destacada: patrulla de control de la CNT en la Plaça d’Espanya de Barcelona (foto: Arxiu Montserrat Tarradellas i Macià)


Traducción: Ángel Viñas

FUENTE: Hispania Nova, nº 16 (2018).

vendredi 18 octobre 2024

Sobre la persistencia de tópicos en la guerra civil. Réplica a Chris Bambery

 FUENTE: https://conversacionsobrehistoria.info/2024/06/21/sobre-la-persistencia-de-topicos-en-la-guerra-civil-replica-a-chris-bambery/

En la entrada anterior se publicó una reseña –traducción de la publicada en Counterfire–sobre el libro de Paul Preston ‘Perfidious Albion’ – Britain and the Spanish Civil War [Pérfida Albión: Gran Bretaña y la Guerra Civil Española], que ha suscitado un pequeño intercambio de correos entre los participantes de Debat polític i social, el grupo de discusión mediante mensajería impulsado en su origen por Espai Marx. Reproducimos a continuación, ligeramente editado, el correo en respuesta a esta reseña del historiador José Luis Martín Ramos.

José Luis Martín Ramos

Universitat Autónoma de Barcelona

 

Parece mentira, pero es así: a estas alturas todavía domina en determinada literatura, más política que historiográfica, un relato de la Guerra civil acuñado en los años cincuenta −los de la Guerra fría, el hecho no es casual− sobre todo a partir de la obra de Bolloten, con toques posteriores de Broué. Para esa literatura no ha existido el trabajo de una ya larga lista de historiadores, fundamentalmente españoles, que ha mejorado muy mucho nuestro conocimiento (últimamente los trabajos de Viñas, Alía Miranda, Moradiellos, Bahamonde, Hernández Sánchez… o los míos sobre Cataluña y el Frente Popular). Debe de ser una mezcla de pereza intelectual y soberbia ideológica. El texto es algo largo, lo advierto.

Empecemos con la sublevación y su derrota. Se inicia el 17 de julio en África y, de acuerdo con el plan de Mola, va extendiéndose por las guarniciones de la Península. En África se impone sin problemas −por eso es allí a donde vuela Franco−, pero no en la Península, donde se enfrenta a una reacción convergente y a veces combinada del movimiento obrero y de fuerzas del orden (guardia civil y guardia de asalto). Allí donde solo intervienen los trabajadores la oposición al golpe es masacrada (ejemplos: Granada, Cáceres, ciudades de Galicia…), mientras que donde se unieron ambas fuerzas la sublevación fue derrotada (Madrid, Barcelona, Bilbao…). En Valencia, la situación no se aclaró hasta después del desenlace de los enfrentamientos en Barcelona, cuando los mandos de la guarnición acataron al gobierno de la República. El mito de la derrota de los militares por los obreros es falso; eso está bien reflejado en las fotos de Centellas, con obreros, policías y guardias civiles luchando codo a codo, o en el episodio del desfile de la guardia civil por Vía Layetana rumbo a Plaza Urquinaona, que es cuando se dio por derrotada la sublevación en Barcelona.

 
Civiles y carabineros en el Carrer Ample de Barcelona. 
Imagen de la exposición ‘Pérez de Rozas. Crónica gráfica de Barcelona’ del AFB

La sublevación solo se impuso parcialmente en la Península y, a excepción de Sevilla y Zaragoza, no lo hizo en ninguna capital importante; triunfó en la España rural, así los sublevados no pasarían hambre, pero no consiguieron el control de la industria, con lo que a medio plazo su superioridad en equipo −el de la Legión y los Regulares− estaba destinada a extinguirse. Durante algunos días hubo una situación de incertidumbre, con el fracaso del intento de asalto a Madrid por parte de Mola, hasta que el apoyo de Mussolini y Hitler proporcionó a Franco la cobertura aérea y marítima y los medios (aviones de transporte de tropas, barcos) para trasladar el ejército de África al Sur de la Península, con lo que un golpe a punto de fracasar se convirtió en guerra civil (algo previsto por Mola, lo de la guerra civil). No se impuso, pero si desestabilizó de manera importante al Estado republicano, que perdió el control parcial o total en algunos territorios: total en Asturias, donde las instituciones republicanas se desvanecieron, y en Vizcaya por el comportamiento «soberanista» del PNV; parcial con un grado diverso de afectación en el resto del territorio republicano. Esa pérdida de control produjo situaciones de conflicto entre una parte del movimiento obrero (CNT y POUM) y las instituciones republicanas.

¿Esa pérdida de control fue una revolución o el inicio de una revolución? El relato tradicional anarquista, trotskista o «poumista» afirma que así fue. Broué lo identificó como una situación de doble poder, haciendo el parangón con la Rusia de 1917. Hay que examinarlo en concreto: en Vizcaya, desde luego, no hubo ninguna revolución; en Madrid tampoco, ni siquiera se produjeron colectivizaciones importantes de las pocas industrias de la capital; en el País Valenciano la situación de incertidumbre se alargó un poco más, y donde la CNT impuso su proyecto de revolución fue únicamente en la provincia de Castellón. ¿Qué pasó en Cataluña? En Cataluña en la noche del 21 la CNT debatió en Barcelona, en asamblea regional improvisada, qué había de hacerse. Durante los combates las organizaciones obreras se adueñaron de las armas y municiones existentes en el Cuartel del Bruc y en los cuarteles de Sant Andreu; Companys, prudentemente, decidió no evitar esa incautación, lo que habría obligado a un enfrentamiento a tiros entre los trabajadores armados y la guardia de asalto y guardia civil, un enfrentamiento sobre el que no tenía garantías de imponerse, y tampoco quería Companys enfrentarse con las organizaciones obreras. Decidió negociar con ellas.

La CNT discutió y rechazó la propuesta de Garcia Oliver de «ir a por todas», es decir, proclamar la revolución social (García Oliver se quedó solo: no lo apoyó Durruti, ni Abad de Santillán, y solo Escorza hizo un comentario críptico que fue en apoyo de García Oliver). La CNT descartó desencadenar la revolución social y acordó pactar con la Generalitat, con Companys, no una dualidad de poder sino una división de funciones en el marco de una nueva correlación en el ejercicio del poder: un Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), integrado por CNT, FAI, UGT, PSUC (se constituyó el 22-23), POUM, ERC y AC (solo quedó fuera Unió Democrática), asumiría la formación de las columnas de milicias −en las que se integrarían oficiales leales− para dirigirse a tomar Zaragoza y organizar patrullas de vigilancia en Barcelona y resto de ciudades y pueblos; es decir, asumiría la función militar y el Gobierno de la Generalitat mantendría la función de la administración civil, con un detalle importante, la Banca controlada por la UGT quedaría al servicio del Gobierno de la Generalitat y no del CCMA.

 
Primera reunión del Comité Central de Milicias Antifascistas 
de Cataluña el 21 de julio de 1936 (foto: Estel Negre)

Con el control de la calle se produjo también la ocupación de las grandes fábricas y almacenes de venta y de algunos talleres medianos, y la formación de comités de control obrero en el sector industrial y comercial: fue el proceso de «colectivización», que en realidad fue un proceso de incautación por parte de los sindicatos. Esa dualidad de funciones estuvo afectada por los conflictos de poder derivados de la nueva correlación política y sindical, dada la concentración en las dos grandes centrales de toda la representación sindical, a excepción del campo, donde la Unió de Rabassaires siguió siendo mayoritaria.

El verano de 1936 resultó muy agitado en la retaguardia y muy negativo en el frente. Las milicias que sustituyeron necesariamente a un ejército descompuesto por la sublevación no fueron capaces de romper el frente de Aragón ni marchar sobre Zaragoza; se produjo entonces una situación que resultó absolutamente contraproducente para el desarrollo de la guerra: el frente se fragmentó en áreas dominadas por milicias partidistas, sin mando unificado, renunciando de hecho a atacar y centrándose en mantener la línea alejada de Cataluña. El CCMA nunca se impuso como autoridad central real, su autoridad no fue más allá del Barcelonés y territorios cercanos, gestionando los salarios de las empresas colectivizadas, la compra de armas y municiones para las milicias… La confirmación de que sería una guerra larga llevó a poner fin a la dualidad de funciones y a la formación en septiembre de un gobierno de unidad en Cataluña con un programa básico pactado entre CNT-FAI y UGT-PSUC , que incluía los modos y límites de la colectivización, la reorganización de la seguridad interior, la formación de un ejército que sustituiría a las milicias de partido, el reconocimiento de una sola administración y un solo gobierno, con gobiernos locales compartidos por las fuerzas del gobierno de unidad.

Poco antes se había constituido también un gobierno de unidad de la República, presidido por Largo Caballero, con un programa semejante; gobierno que se trasladó a Valencia ante el peligro de la caída de Madrid en poder de Franco. En noviembre la CNT se incorporó al gobierno de Largo Caballero para gran escándalo de los anarquistas “puros”, cono Emma Golden. Las milicias no paraban de retroceder ante la Legión y los Regulares, y desde Talavera de la Reina hubo un retroceso en desbandada.

Con el control de la calle se produjo también la ocupación de las grandes fábricas y almacenes de venta y de algunos talleres medianos, y la formación de comités de control obrero en el sector industrial y comercial: fue el proceso de «colectivización», que en realidad fue un proceso de incautación por parte de los sindicatos. Esa dualidad de funciones estuvo afectada por los conflictos de poder derivados de la nueva correlación política y sindical, dada la concentración en las dos grandes centrales de toda la representación sindical, a excepción del campo, donde la Unió de Rabassaires siguió siendo mayoritaria.

El verano de 1936 resultó muy agitado en la retaguardia y muy negativo en el frente. Las milicias que sustituyeron necesariamente a un ejército descompuesto por la sublevación no fueron capaces de romper el frente de Aragón ni marchar sobre Zaragoza; se produjo entonces una situación que resultó absolutamente contraproducente para el desarrollo de la guerra: el frente se fragmentó en áreas dominadas por milicias partidistas, sin mando unificado, renunciando de hecho a atacar y centrándose en mantener la línea alejada de Cataluña. El CCMA nunca se impuso como autoridad central real, su autoridad no fue más allá del Barcelonés y territorios cercanos, gestionando los salarios de las empresas colectivizadas, la compra de armas y municiones para las milicias… La confirmación de que sería una guerra larga llevó a poner fin a la dualidad de funciones y a la formación en septiembre de un gobierno de unidad en Cataluña con un programa básico pactado entre CNT-FAI y UGT-PSUC , que incluía los modos y límites de la colectivización, la reorganización de la seguridad interior, la formación de un ejército que sustituiría a las milicias de partido, el reconocimiento de una sola administración y un solo gobierno, con gobiernos locales compartidos por las fuerzas del gobierno de unidad.

Poco antes se había constituido también un gobierno de unidad de la República, presidido por Largo Caballero, con un programa semejante; gobierno que se trasladó a Valencia ante el peligro de la caída de Madrid en poder de Franco. En noviembre la CNT se incorporó al gobierno de Largo Caballero para gran escándalo de los anarquistas “puros”, cono Emma Golden. Las milicias no paraban de retroceder ante la Legión y los Regulares, y desde Talavera de la Reina hubo un retroceso en desbandada.

Con el control de la calle se produjo también la ocupación de las grandes fábricas y almacenes de venta y de algunos talleres medianos, y la formación de comités de control obrero en el sector industrial y comercial: fue el proceso de «colectivización», que en realidad fue un proceso de incautación por parte de los sindicatos. Esa dualidad de funciones estuvo afectada por los conflictos de poder derivados de la nueva correlación política y sindical, dada la concentración en las dos grandes centrales de toda la representación sindical, a excepción del campo, donde la Unió de Rabassaires siguió siendo mayoritaria.

El verano de 1936 resultó muy agitado en la retaguardia y muy negativo en el frente. Las milicias que sustituyeron necesariamente a un ejército descompuesto por la sublevación no fueron capaces de romper el frente de Aragón ni marchar sobre Zaragoza; se produjo entonces una situación que resultó absolutamente contraproducente para el desarrollo de la guerra: el frente se fragmentó en áreas dominadas por milicias partidistas, sin mando unificado, renunciando de hecho a atacar y centrándose en mantener la línea alejada de Cataluña. El CCMA nunca se impuso como autoridad central real, su autoridad no fue más allá del Barcelonés y territorios cercanos, gestionando los salarios de las empresas colectivizadas, la compra de armas y municiones para las milicias… La confirmación de que sería una guerra larga llevó a poner fin a la dualidad de funciones y a la formación en septiembre de un gobierno de unidad en Cataluña con un programa básico pactado entre CNT-FAI y UGT-PSUC , que incluía los modos y límites de la colectivización, la reorganización de la seguridad interior, la formación de un ejército que sustituiría a las milicias de partido, el reconocimiento de una sola administración y un solo gobierno, con gobiernos locales compartidos por las fuerzas del gobierno de unidad.

Poco antes se había constituido también un gobierno de unidad de la República, presidido por Largo Caballero, con un programa semejante; gobierno que se trasladó a Valencia ante el peligro de la caída de Madrid en poder de Franco. En noviembre la CNT se incorporó al gobierno de Largo Caballero para gran escándalo de los anarquistas “puros”, cono Emma Golden. Las milicias no paraban de retroceder ante la Legión y los Regulares, y desde Talavera de la Reina hubo un retroceso en desbandada.

 
Jaume Aiguadé (ERC), y los anarquistas Federica Montseny y Juan García Oliver, 
ministros del gobierno de Largo Caballero, en octubre de 1936

En octubre podría haber caído Madrid y con ello se habría precipitado la derrota de la República. No se produjo gracias a la formación de los gobiernos de unidad y el paso de las milicias de partido o sindicato al Ejército Popular de la República. Y gracias también a que por fin la República consiguió ayuda militar exterior, la de la URSS. No es cierto que Stalin dudara en apoyar a la República, lo hizo política y económicamente, con exportaciones de grano y subsistencias; tardó más en hacerlo con tanques, aviones y armas pesadas de combate, a la espera de que Alemania e Italia cesaran la intervención y la Francia del Frente Popular vendiera a la República las armas que esta le pedía. El problema de la URSS era que se cumpliera el sueño húmedo de la derecha británica −no solo de los escasos fascistas de Mosley, sino de la mayoría del Partido Conservador−, el apaciguamiento de Hitler en Europa Occidental mediante el ataque de Alemania a la URSS. Finalmente, ante el peligro inminente de caída de la República y la confirmación de la inacción francesa, Stalin envió los tanques y los aviones que equilibraron la batalla de Madrid y la cronificaron hasta el fin de la guerra. Por cierto, todas las ayudas, tanto las de Alemania e Italia como la soviética fueron remuneradas; la República nunca lo quiso de otra manera y Hitler y Mussolini tampoco lo quisieron. Así, las reservas de oro del Banco de España se destinaron a pagar los suministros y procurando mantenerlas a salvo de una caída de Madrid o de Valencia. Y no solo se transfirieron reservas de oro a Moscú, también se envió una cantidad importante al Sur de Francia, que, como se temía, al final de la guerra fue a parar a manos de Franco.

Resumiendo lo dicho: no hubo revolución, sí descontrol, periodo de incertidumbre y confusión y finalmente, a partir del otoño, implementación de un programa frentepopulista radicalizado con toques de economía de guerra y organización de guerra para una contienda larga.

Vuelvo a Cataluña, para llegar a los hechos de mayo. El programa pactado en octubre solo se cumplió parcialmente. La CNT y el POUM bloquearon la militarización de las milicias y la CNT en particular impidió la llamada a quintas. Un hecho complejo que ahora no puedo explicar sin caer en esquematismos; en esencia la CNT consideraba que para desarrollar una guerra defensiva bastaba con las milicias y, por otra parte, la gente se resistía a ser llamada al frente, ya fuera mediante leva o mediante nuevas campañas de captación de voluntarios, que fueron un fracaso después del verano, cuando se desvaneció la ilusión de una rápida victoria sobre el fascismo. El retorno de héroes del frente se convirtió en retorno de muertos; la fiesta de la redistribución de julio y agosto en la escasez de subsistencias.

 
Otoño de 1936: vendimia en la colectividad de Mas de las Matas (Teruel)
(foto del libro ‘Masinos en la encrucijada social. Mas de las Matas, 1900-1950’, 
de Fermín Escribano Espligares y Miguel Íñiguez)

La reorganización de la seguridad interior no se produjo por la oposición de las patrullas de control de la CNT, el POUM y buena parte de los patrulleros de ERC y ACR. Se deterioró la situación en el campo por el conflicto provocado por las colectivizaciones forzosas, rechazadas por rabasaires, arrendatarios y pequeños campesinos. Conflictos duros en las comarcas del Ebro que culminaron en los incidentes de La Fatarella a finales de enero de 1937 y otros menos conocidos en Centelles, cerca de Vic, en marzo.

Se enconó la pugna entre una CNT que seguía siendo ligeramente mayoritaria, pero de ninguna manera hegemónica, y la UGT que tendía a equilibrar efectivos con CNT, pero siempre por debajo de ella, sobre todo en el sector de la producción y distribución de subsistencias.

La prolongación de la guerra avivó los debates en el seno de unos gobiernos de unidad cada vez más divididos. En Cataluña eso desembocó en diciembre en una remodelación del gobierno que supuso la exclusión del POUM, chivo expiatorio por los incumplimientos de los acuerdos de octubre y por su constante, y pública, oposición a los mismos.

A comienzos de la primavera de 1937, con la resaca de los enfrentamientos campesinos y sindicales y la crisis del gobierno de Valencia por las discusiones sobre la política militar y el hundimiento del frente asturiano, la tensión política en Cataluña se disparó, polarizada entre CNT-FAI y UGT y PSUC.  En el campo anarquista se formó una fronda de protesta, integrada por quienes rechazaban participar en los gobiernos de la Generalitat y de la República, los sindicatos de la administración y el transporte y las patrullas de control que se negaban a disolverse en un nuevo Cuerpo Único de Seguridad Interior; también intervenían los comités de barrio anarquistas, formados a partir de julio de 1936, que competían con los principales sindicatos de la CNT (textil, metal, construcción) por el control de las armas y la supremacía en la organización. Agustí Guillamón sostiene que el líder intelectual de esta red de barrios era Escorza.

Cuando los que discuten van armados es posible que la discusión acabe a tiros. En los últimos días se precipitó la situación. Primero fue el asesinato de Roldán Cortada, cuadro dirigente del PSUC, por u  control anarquista de carreteras, el 25 de abril; dos días más tarde,  el asalto de fuerzas de orden público a Puigcerdá para recuperar el puesto fronterizo de manos de un comité anarquista encabezado por Antonio Martín, muerto en el tiroteo. Y la espiral de acción/reacción no se detuvo; las fuerzas de orden de la Generalitat hicieron una redada en L’Hospitalet en busca de los asesinos de Cortada, con resistencias y tiroteos esporádicos.

 
Barricadas en la Plaça de la República [Sant Jaume], en Barcelona, 3-7 de mayo de 1937 
(foto:  Fons Brangulí / ANC1-42-N-34822)

En esa situación se produjo el incidente de la interferencia de la conversación telefónica entre Azaña y Companys por el comité anarquista que controlaba el edificio central de Telefónica en Barcelona. Era grave y ponía de manifiesto el riesgo de ese control en la situación de guerra. Tarradellas, «primer Conseller», es decir, jefe del gobierno de unidad, decidió lavarse las manos, para no crear un enfrentamiento con los anarquistas y dejó en manos del Conseller de Interior, Artemi Aiguader, de ERC, el manejo del asunto. Aiguader envió al Director General de Seguridad, Rodríguez Salas, del PSUC, al frente de una patrulla de guardias de asalto para tomar el control de la Central Telefónica en nombre del Govern de la Generalitat; los anarquistas se opusieron y entonces se desencadeno una rebelión general de grupos anarquistas, que no exactamente de la CNT-FAI. No hubo «provocación estalinista», sí hubo una situación de tensión ante la que Tarradellas se puso de lado, división interna en la CNT-FAI, y en el desencadenante final imprudencia del comité anarquista de Telefónica –como poco– en la interceptación de la conversación Azaña-Companys. Y finalmente hubo rebelión anarquista, es decir, de determinados grupos y segmentos anarquistas.

Ante eso el POUM se echó al monte no solo sumándose a la rebelión, sino pretendiendo «orientarla políticamente» proponiendo al Comité Regional de la CNT tomar el poder en Cataluña; lo que el CR de la CNT rechazó, aunque quiso aprovechar la situación para presionar por un cambio en el Govern con aumento de la presencia anarquista o un gobierno sindical exclusivo.

La rebelión desbordó a la Generalitat. Companys pidió ayuda de fuerza de orden al Gobierno de la República. Largo Caballero vaciló, por motivos semejantes a los de Tarradellas –no enfrentarse a los anarquistas– y decidió probar una mediación enviando a Barcelona a sus ministros anarquistas: García Oliver y Federica Montseny; fue en balde, los grupos en rebelión no les hicieron caso. Se perdieron tiempo y vidas y finalmente se tuvo que enviar a fuerzas de orden público del Gobierno de la República, con lo que acabó la rebelión.

El episodio tuvo muchas consecuencias (muertos y heridos aparte). La intervención del gobierno de la República significó que el control del orden público en Cataluña pasaba temporalmente a dicho gobierno, de acuerdo con el estatuto. Y, con ello, la intervención del fiscal de la República que abrió diversos expedientes individuales y uno colectivo contra el POUM; no lo hizo contra CNT-FAI porque estas como tales no impulsaron la rebelión… y porque eso habría significado una grave crisis política general en la República. Pagó los platos rotos la dirección del POUM, porque ella sí se comprometió públicamente con la rebelión y llamó desde ella a un cambio de poder en Cataluña por la fuerza.

La vacilación de Largo Caballero se sumó a las disensiones que se venían arrastrando en el Gobierno de la República y en el PSOE-UGT y Azaña, que padeció los hechos de mayo en su residencia del Parque de la Ciudadela en Barcelona, le retiró la confianza a Largo Caballero (léase la Constitución de la República). De las negociaciones salió el encargo de formar nuevo gobierno a Negrín, del ala centrista del PSOE (no de la derecha, que era la de Besteiro) y este quiso formar nuevo gobierno con las mismas formaciones, incluso con Largo Caballero en él. Largo lo rechazó –o jefe de gobierno o nada– y ante ello la UGT, dividida, se abstuvo y la CNT hizo lo mismo. El nuevo gobierno no significó ningún giro derechista y en 1938 los sindicatos volvieron a ingresar en él. En Cataluña también se formó un nuevo gobierno, pero la CNT-FAI, asimismo dividida, no quiso participar y cuando en la segunda mitad de 1938 quiso reintegrarse la oposición del PSUC y de Companys lo impidió. Tampoco hubo giro derechista en Cataluña; es más, el PSUC rechazó la propuesta de ERC de dar marcha atrás en las colectivizaciones e impulsó una nueva ley agraria y una ley de municipalización de la vivienda, cuya ejecución torpedeó Tarradellas.

 
Vicente Uribe, Juan Negrín, Indalecio Prieto, Jesús Hernández y el general Vicente Rojo en el acto de despedida, en Barcelona, de las Brigadas Internacionales (1938)(foto: Emilio Rosenstein/CDMH)

La guerra siguió y la economía y la política de guerra se endureció. Entre mayo de 1937 y marzo de 1939 pasó mucho tiempo y pasaron muchas cosas; pero el publicismo al que responde la interpretación de ese artículo obvia ese tiempo, porque siente que el protagonismo ya no corresponde al POUM, a la disidencia anarquista y a la revolución que se han inventado.

 

Algunas apostillas concretas, por orden de exposición en el texto:

  • el envío de armas soviéticas –no rusas– «nunca llegaron a la escala de lo que Hitler y Mussolini proporcionaron a Franco»; lo sugieren como demérito de la URSS pasando por encima la potencia militar e industrial de unos y otros. En ese tiempo la URSS no podía competir con Alemania y con Italia por separado, y menos si se sumaban. Por otra parte los envíos soviéticos tuvieron que enfrentarse al bloqueo del Mediterráneo por franceses, británicos e italianos, que los dificultaban; se tuvo que inventar una nueva ruta desde el Báltico hasta la costa atlántica francesa, con aviones y armas pesadas por piezas, que entraban en España a través de Portbou, por tren, cuando el gobierno francés hacía la vista gorda. Finalmente en 1938 la URSS tuvo que hacer frente a una pequeña guerra en la frontera chino-siberiana, que Stalin temió que pudiera ser el inicio de una intervención extranjera; toda la disposición de armamento se dejó inmovilizada; cuando se conjuró el peligro se reanudaron los envíos, por la ruta del Báltico porque la del Mediterráneo estaba cerrada; ya no llegaron a tiempo, la traición de Casado, Miaja, Besteiro y Cipriano Mera, es decir, de una parte del mando profesional del ejército republicano, el ala derecha del PSOE y la CNT de la región Centro,  impidió mantener la resistencia en espera de la llegada de los nuevos envíos.
  • afirma que Helen Graham dice: «la política de Negrín era consolidar una economía liberal de mercado y un sistema de gobierno parlamentario»; es por cierto la única referencia historiográfica que se considera, después de que se haya publicado una biografía de Negrín (Moradiellos), la trilogía de Viñas, etc. etc. Pues bien, eso que dice HG es entre inexacto o falso –según la dureza de la crítica que se le quiera hacer–; el objetivo de Negrín era defender la República democrática, constituida en 1931, que era el denominador común de republicanos y antifascistas;  era una República parlamentaria, que no se planteaba el cambio de sistema económico, pero admitía formas de regulación del mercado en función del interés social; en defensa de ese denominador común y contra el aventurerismo de quienes pretendían romper el eje republicano-antifascista por cualquiera de sus partes, Negrín consideró que las transformaciones sociales que habrían de producirse solo se podían impulsar tras la victoria, no obstante aceptó la permanencia de las leyes de colectivización o las leyes agrarias decretadas en Cataluña y discutirlas, en cualquier caso, también después del fin de la guerra.
  • en la batalla de Teruel (febrero de 1938) no se separó Cataluña del resto de la España republicana; eso no ocurrió, por tierra, hasta la toma de Vinarós, en abril; el autor no tiene siquiera la más mínima noción de geografía española.  La batalla del Ebro tenía una razón y un objetivo político que era razonable: presionar a Francia y también a Gran Bretaña –en este caso hasta donde fuera posible– para que pasaran a dar apoyo activo a la República ante la eclosión de la crisis de los Sudetes y la ofensiva expansionista de Hitler. No se alcanzó el objetivo por culpa de la traición de Chamberlain-Daladier. Desde luego, el esfuerzo que se tuvo que hacer fue grande y no se pudieron compensar las pérdidas con el giro político perseguido; pero enfocar la cuestión desde la queja nacionalista –del nacionalismo catalán en este caso– de dejar a Cataluña desprovista de medios militares para impedir su conquista es una manera muy sui generis de analizar la Guerra civil.
  • el rechazo de las ofertas marroquíes es otro de los tópicos. Para empezar, el autor lo sitúa en el contexto de su crítica a Negrín, pero nada tiene que ver con Negrín, fue una cuestión suscitada en 1936 en los primeros meses de la guerra. Y una cuestión exagerada, porque todo sirve al parecer para criticar a Negrín y los malvados comunistas; la fiabilidad de los «nacionalistas» marroquíes era reducida y en efecto la oferta se producía en un momento en que todavía se esperaba un posicionamiento positivo por parte de Francia. Por otra parte el tópico da por hecho que tal rebelión se habría producido con éxito y no habría sido aplastada por el ejército francés y el ejército de Franco, que hubieran compartido un objetivo común.
  • lo de la guerra de guerrillas es una tontería absoluta. Pretender que en la Guerra civil se podía sustituir el enfrentamiento convencional por la guerra de guerrillas es de una ignorancia supina. Decir que no hubo ningún decreto sobre la tierra a los jornaleros de la España del Sur supuestamente para conseguir que se levantaran contra el ejército sublevado, un despropósito absoluto. Por otra parte, la República sí había legislado sobre la tierra y en la guerra civil se aplicó esa legislación con intensidad (reforma agraria); también se legisló en Cataluña, a favor de rabassaires, arrendatarios y pequeños campesinos.
  • que el juicio contra el POUM fue una reedición española de los Juicios de Moscú es mentira y una infamia absoluta, por mucho que lo hayan dicho y escrito Gorkin y otros. El juicio de la dirección del POUM fue un juicio con garantías y ahí están las sentencias para refrendarlo; los documentos falsos sobre  el colaboracionismo del POUM con el fascismo no fueron tomados en cuenta por el tribunal. Mejor se haría reconociendo que en mayo de 1937 el POUM, como partido, violó la legalidad republicana mediante una acción armada en tiempos de guerra. La reacción republicana no estuvo carente de sentido, ni fue arbitraria. Y finalmente el propio gobierno republicano de Negrín puso en libertad a los condenados –todos ellos con penas de cárcel– en el momento de la retirada de Cataluña. Lo de Nin fue otra cosa, y ciertamente fue una intervención extemporánea y criminal de la NKVD, o más precisamente de Orlov. Es mentira que Negrín no hiciese nada, por el contrario intentó averiguar lo que pasaba junto con Zugazagoitia, pero no lo consiguió; la reacción de Negrín fue reorganizar los servicios de información republicanos e impulsar el SIM, dirigido por socialistas, y alejar a los agentes soviéticos del sistema de información republicano.

PD.: Obviamente no había colusión del POUM con el fascismo y los hechos de mayo no fueron un levantamiento fascista, como la propaganda comunista de la época sostuvo. Pero sí había en Cataluña una «quinta columna» y alguien pudo tener intención de pescar en río revuelto. Franco dijo que había tenido agentes en los sucesos; no necesariamente fue una provocación o una baladronada, entre los heridos en Barcelona La Vanguardia cita a un tal Trillo-Figueroa, tío de Federico Trillo-Figueroa, miembro activo del régimen como toda su familia en la postguerra. Cuando lo intenté no pude acceder a archivos del Servicio de Información franquista, y ya no le seguí la pista, pero lo cito siempre que puedo, a ver si alguien se anima.

  • Final. Eso de que el desenlace de los hechos de mayo fue una de las razones por las que Barcelona cayó sin lucha es otra infamia, pero también es una cierta confesión de parte, puede ser que inconsciente. Entre mayo del 37 y enero del 39 pasaron muchas otras cosas que explican el desenlace de la decisión de abandonar Barcelona sin lucha, sin pretender repetir en la capital catalana el «No pasarán». Explicarlo sería explicar todos esos meses de guerra: el cansancio de la guerra, el hambre, la constatación de la superioridad franquista en equipo, las maniobras de una parte de los republicanos (empezando por Azaña) y sobre todo de los nacionalistas catalanes (ERC, Tarradellas) para poner fin a la resistencia y pretender una paz «negociada» con Franco  –eso sí que causó desafección y desmoralización de combate en buena parte de la población barcelonesa– y, finalmente, el desgaste sufrido en el combate de la batalla del Ebro, que obligaba a retirarse para reagrupar fuerzas y no a plantarse para entablar una nueva batalla que podría ser la derrota definitiva. La confesión de parte: sí hubo una parte de la militancia anarquista que empezó a considerar que aquella guerra no iba con ellos; fue una consideración miope, como la de Besteiro, como la de Cipriano Mera; para otros también hubo algo de oportunismo, de caer en la trampa de la solidaridad rojinegra frente al comunismo como los que pasaron a aceptar e incluso a colaborar con el régimen franquista tras la derrota de la República.

Referencias:

Martín Ramos, J. L. (2015), El Frente Popular: victoria y derrota de la democracia en España. Pasado & Presente, Barcelona.
— (2018), Guerra y revolución en Cataluña. Crítica, Barcelona

 

Espai Marx 

Fuente: Conversación sobre la historia