Revista Lume Vivo
*
1. ¿Cómo definirías el antiimperialismo desde una mirada marxista?
El
antiimperialismo es la síntesis profunda de todas las luchas contra el
capital, es el hilo rojo que conecta a las resistencias que se enfrentan
directa o indirectamente al capitalismo y, sobre todo, lo es de las que
superan la fase de resistencia democrático-radical para avanzar a la de
construcción de fuerzas comunistas. En el capitalismo actual no existe
ninguna situación ni área social que esté libre del control –abierto o
encubierto, cercano o lejano– del imperialismo, como veremos, lo que
hace que cualquier reivindicación local y aislada que parezca serlo
tiene, sin embargo, un contenido objetivo antiimperialista al margen de
la capacidad subjetiva de sus participantes, incluso si estos no niegan y
rechazan.
En
el capitalismo actual, el antiimperialismo tiene muchos más frentes de
lucha por el socialismo y la independencia de los pueblos que nunca
antes, de los que existían en 1916, hace 109 años, cuando Lenin escribió
–y autocensuró– su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo
para burlar la represión zarista. No es que estemos bajo otro
capitalismo cualitativamente diferente, algo parecido a la moda
reaccionaria que parloteaba sobre la «globalización», la «nueva
economía», la «economía inteligente e inmaterial», o sobre el «imperio» y
la «multitud» negrista, o sobre los «significantes vacíos», etc. No, no
existe ningún «nuevo» capitalismo que anule definitivamente el valor
teórico y político de la teoría marxista del imperialismo.
El
capitalismo actual sigue siendo esencialmente el mismo que el de 1916,
que el de 1900 cuando empezó a estudiarse qué era aquella novedad que
llamaban «imperialismo», que el de 1894, cuando Engels constató la
importancia que había adquirido el entonces llamado «capital-dinero» –y
ahora «capital financiero»–; el mismo que el de 1867, cuando se editó en
El Capital
y en sus borradores que se publicarían en 1885, 1894 y 1905. El núcleo
del capitalismo no es otro que la explotación de la fuerza de trabajo
para acumular capital, que será reinvertido en ampliar esa acumulación.
Las crisis genético-estructurales del capital surgen precisamente cuando
se ralentiza y luego se detiene esa acumulación por diversas razones.
Como veremos, el salto de la fase colonialista a la fase imperialista
fue precisamente una consecuencia de las medidas burguesas para salir de
la crisis de acumulación de la primera ‘Gran Depresión’ de 1873-1899
mediante una serie de medidas que, en su conjunto, muestran lo que era
el imperialismo en el primer tercio del siglo XX.
Desde
la Segunda Guerra Mundial, desde 1945, el imperialismo, como veremos,
desarrolla nuevas formas sin por eso dejar de ser imperialismo –de la
misma forma que a una escala cualitativa superior, el capitalismo sigue
siendo el mismo en esencia desde los siglos XVI-XVII, aunque haya
transitado por expresiones, formas y fases sucesivas adecuadas a las
diversas áreas explotadoras mediante las que se intenta expandir la
acumulación. Es cierto que la categoría de esencia es fundamental aquí
como en todo, de la misma manera que lo es la unidad de contrarios de
esencia e fenómeno– pero no podemos desarrollarlas ahora más que en lo
básico.
La
esencia es lo que identifica un proceso, lo que distingue a una cosa
frente a las demás, lo que determina su cualidad específica y diferente
de las demás cosas y procesos. El fenómeno es la expresión externa que
va adquiriendo la esencia en su movimiento y complejización crecientes.
El fenómeno expone algunas de las características de la esencia a la que
está unida y de la que es inseparable, y puede llegar el momento en el
que esencia y fenómeno se unan y luego se separen, de modo que el
fenómeno se transforme en la esencia de otro proceso nuevo y viceversa.
Durante
la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo empezó a mostrar fenómenos,
formas y continentes nuevos que reflejaban la complejización de su
esencia, es decir, que, por un lado, se agudizaban sus características
esenciales y, por otro lado, en su interior se desarrollaban otras
nuevas no existentes hasta entonces. Es muy fácil recurrir a la
invención de la bomba atómica como ejemplo del inicio de la nueva fase
del imperialismo, lo cual es cierto, pero insuficiente porque la bomba
es solo la expresión más brutal de unas transformaciones del capitalismo
que se iniciaron a raíz de la segunda Gran Depresión de 1929, una
crisis genético-estructural surgida de las entrañas del imperialismo. A
lo largo de las páginas que siguen iremos viendo lo que va envejeciendo,
lo que es permanente y las formas nuevas en las que se presenta el
capitalismo y el imperialismo.
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2.
¿Cómo anticiparon Marx y Engels una teoría antiimperialista? ¿Cuáles
son las raíces teóricas del imperialismo dentro del marxismo?
Buena
parte de la obra de Marx y Engels se elaboró mientras no existía aún la
palabra «imperialismo» o apenas era utilizada desde 1860 en adelante
tanto en políticos franceses como, sobre todo, por ingleses ya lanzados
abiertamente a expandir su capitalismo a costa de los pueblos del mundo,
sobre todo de los que habían sufrido poco o nada el saqueo
colonialista, tal como lo explicaba brutalmente el primer ministro
británico Disraeli en 1878. Pero, para entonces, Marx y Engels ya habían
leído, criticado y superado las ideas de Hegel sobre la universalidad, y
ya habían hablado de la tendencia del capital a la mundialización de
sus fuerzas productivas, e incluso en 1852 utilizan el término
«imperialismo» pero en su connotación de dominio político de Napoleón
III. Desde 1860, Francia, EE.UU. y más tarde Alemania empiezan a
proteger sus economías frente a la potencia británica.
Marx
y Engels ya habían criticado ferozmente el colonialismo y estudiaban
con ahínco la creciente resistencia de los pueblos precapitalistas a las
invasiones occidentales. Ya se habían posicionado abiertamente por la
independencia revolucionaria de Irlanda y Polonia, por la justeza de la
rebelión anticolonial india de 1857 –inhumanamente aplastada–, así como
la de otros pueblos. Es muy ilustrativa su opinión de que la
independencia polaca e irlandesa exigía una radical reforma agraria que
devolviera el poder al pueblo, y en el caso irlandés esta tesis se
concreta aún más: Irlanda necesita independizarse políticamente de
Inglaterra, y a la vez necesita una revolución agraria y una protección
aduanera que proteja su economía de los tentáculos ingleses. Hoy estas
propuestas engarzan directamente con las luchas de independencia
antiimperialista y socialista de los pueblos.
También
son muy importantes para el tema que nos ocupa, sus ideas sobre la
capacidad de resistencia anticolonial de los pueblos y Estados con
propiedades comunales, con comunas campesinas, pueblos que las defendían
tenazmente, resistencias que adelantaban muchas de las luchas
antiimperialistas actuales en defensa o en recuperación de sus recursos
colectivos. En la década de 1870, Marx y Engels llegaron a la conclusión
de que las revoluciones ya no empezarían por y en Europa, sino que lo
harían en Asia y especialmente en Rusia. Su visión de la lucha de clases
mundial se estaba enriqueciendo al estudiar las resistencias
anticoloniales de pueblos precapitalistas, y el impacto en la capacidad
de alienación, soborno e integración del proletariado occidental gracias
a que las sobre ganancias obtenidas con el colonialismo le permitía
hacer algunas pequeñas reformas y concesiones sociales. En 1916, Lenin
llamaría «aristocracia obrera» a estas capas sociales integradas en el
orden burgués.
Estas
y otras opiniones de Marx y Engels eran inseparables del desarrollo
teórico que, para lo que ahora nos interesa, podemos sintetizar en la
teoría de las crisis, o más concretamente en la ley general de la
acumulación de capital y en la ley tendencial de caída de la tasa media
de ganancia. La necesidad ciega del capitalismo para aumentar sus
ganancias –necesidad que sufre crecientes obstáculos por el descenso de
los beneficios– lo lleva a expandirse por el mundo a cualquier precio.
Marx expuso las contramedidas que frenan a medio y largo plazo la
tendencia a la caída de las ganancias que ahora podemos actualizar así:
aumentar la explotación; abaratar los costos; aumentar la productividad;
ampliar mercados; aumentar la demanda; deslocalizar empresas y exportar
capitales, etc., pero en última instancia, provocar guerras con dos
fines básicos: saquear, expoliar, robar, y destruir fuerzas productivas,
destruir competencia, para intentar reiniciar otra fase económica
expansiva de acumulación de capital, que es lo decisivo.
Estas
y otras reflexiones críticas surgían de la urgente necesidad de
descubrir las causas socioeconómicas de las atrocidades que cometían las
grandes potencias que transitaban del colonialismo y la fase
imperialista que estaba a punto de irrumpir definitivamente. La crítica
teórica iba unida a la crítica práctica, y desde 1884 se endurece en
Alemania el debate sobre el gasto militar y sobre el colonialismo. En
1885, a los dos años de muerto Marx y mientras Engels estaba sumergido
en el desciframiento de sus «jeroglíficos», el socialista E. Belfort
Bax, publicó un libro pionero sobre imperialismo y socialismo que fijó
ideas centrales como la de que el imperialismo buscaba países que
invadir con sus excedentes. A finales de esa década de 1880, el
norteamericano Wilshire, socialista radical, empezó a estudiar el origen
y el desarrollo del capital monopolista en EE.UU. como efecto de las
leyes de concentración y centralización descubiertas por Marx unos años
antes, y en 1901 publicó otro libro pionero al respecto.
Mientras tanto, Engels escribió La bolsa en 1895 en el Prólogo al Libro III de El Capital,
un textito que es una de sus últimas obras, donde explica en 7 puntos
cómo ha evolucionado el capitalismo desde la primera edición de El Capital casi treinta años antes cuando la bolsa era un «elemento secundario»
en cursiva por el autor, como indica en el punto 2 en comparación con
el decisivo papel de la banca a finales del siglo XIX. En el punto 6,
Engels sostiene que todas las inversiones extranjeras son en acciones y
en el punto 7 dice que el colonialismo de entonces es «una simple
sucursal de la bolsa» al servicio de la cual las potencias se reparten
el mundo.
La bolsa
es una crítica radical de las nuevas formas del capitalismo, lo cual no
podía ser aceptado por la corriente reformista que crecía en la II
Internacional. Que Engels iba por delante de los economistas burgueses
lo vemos en que uno de sus más importantes, el yanqui Paul Reinsch,
publicó en 1900 una investigación que corroboraba lo que Engels había
dicho cinco años antes: el papel de la Banca en la financiación de
proyectos en el extranjero. Una de las cualidades de Lenin fue la de
recoger lo bueno de este autor e integrarlo en su obra.
Mientras
tanto, en 1896, Bernstein atacó la teoría marxista defendiendo el
«colonialismo bueno», «civilizador», el que lleva la paz y el bienestar a
los «atrasados y salvajes». La discusión sobre el colonialismo se
intensificó desde entonces. En 1900 se celebraron dos debates sobre el
imperialismo: el SPD, en Alemania, y la Internacional Socialista en
París. En ambos, Rosa Luxemburg destacó por su profunda crítica al
militarismo como una de las nuevas características del capitalismo del
momento. Todavía faltaban 12 años para que escribiera su obra La acumulación del capital,
como veremos, y ya empezaba a ser señalada como una de las
representantes más sólidas de la izquierda marxista. Para 1901, Kautsky
había concretado algo sobre el avance del colonialismo y las tareas
sindicales al respecto, insinuando algunos puntos que luego se
multiplicaron con el imperialismo.
En
1902 Hobson, que no era marxista, sino una especie de socialdemócrata
que quería reformas en beneficio del pueblo popularizó definitivamente
el término de «imperialismo» que, según él, surgía sobre todo de la
necesidad de los países enriquecidos para colocar sus capitales
excedentarios en otros países, reduciendo así la posibilidad de crisis
internas. Lenin leyó a Hobson en ese mismo año en su viaje a Londres y
guardó las citas realizadas hasta que las recuperó en 1915. Por aquel
entonces Hobson fue poco conocido por los estudiosos de la economía.
Para Lenin, este autor era «útil en general» –porque ofrecía en su
tiempo una visión teórica que aunaba muchas visiones parciales.
Los
debates sobre el colonialismo, el militarismo, la guerra, y en menor
medida aún sobre el imperialismo en concreto, se iban endureciendo y en
1905 Kautsky –al que volveremos– atacaba directamente a la corriente de
Bernstein al estudiar la victoria de Japón sobre Rusia. También en 1905 y
1907 Otto Bauer, teórico austro-marxista, publicó dos textos sobre
colonialismo y opresión nacional en los que hablaba explícitamente del
imperialismo y el derecho de las nacionalidades a la autonomía nacional y
cultural, aunque sin romper con el dogma del Estado unitario,
centralizado política y culturalmente descentralizado. Mientras tanto,
el primer genocidio registrado con tal nombre fue el del pueblo herero,
en Namibia, realizado por Alemania, encrespando aún más el debate en la
II Internacional en 1907 –año en el que también se realizaron otros
congresos y debates en lo que ya el imperialismo y el militarismo se
equiparaban totalmente al colonialismo. Por su importancia, volveremos a
ellos en la respuesta a la siguiente pregunta.
Por
debajo de estas discusiones cada vez más tensas bullían contradicciones
esenciales del capitalismo desde su embrionario origen, por ejemplo: a
partir de la opresión etno-nacional inhumana del esclavismo portugués en
África desde la mitad del siglo XV y de la invasión de Nuestramérica
desde finales de ese siglo. De estas brutalidades al genocidio de los
hereros en Namibia por Alemania, pasando por la ensangrentada historia
intermedia, hay un largo trecho cada vez más violento marcado por la
dialéctica entre la lucha de clases interna y las guerras de expansión
colonialista. La revolución de 1905 mostró crudamente el devenir de las
contradicciones y a la vez abrió una nueva dinámica práctica y teórica
sin la cual no entenderemos parte del impacto de Lenin.
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3. ¿Qué aportó Lenin con su libro El imperialismo, fase superior del capitalismo?
Las
contradicciones agudizadas por la revolución de 1905 dentro de la II
Internacional estallaron en 1910 al enfrentarse quienes defendían la
huelga general revolucionaria para tomar el poder, y quienes, al
contrario, defendían el parlamentarismo burgués como la única y
excluyente vía pacífica y gradual al socialismo. Si bien en aquellos
momentos no se discutió exclusivamente sobre el imperialismo, sí
empezaron a marcarse las posiciones que chocarían más adelante. La parte
reformista representada por Kautsky sostenía que el imperialismo no era
una necesidad socioeconómica ciega, objetivamente necesaria, que surgía
de la esencia del capital para superar sus crisis mediante la
sobreexplotación y guerras injustas, sino que era una salida parcial,
limitada al momento, que podía ser revertida con acuerdos contra el
desarme y a favor de convenciones internacionales que lo prohibieran. La
parte revolucionaria representada por Rosa Luxemburg sostenía que al
imperialismo solo se le podría vencer mediante la revolución socialista,
la destrucción del ejército burgués, la creación del pueblo en armas,
etc.
La
importancia crítica del debate sobre la militarización imperialista se
vio en 1911 al rozarse la guerra entre Francia y Alemania cuando el
barco alemán Panther –curiosamente el mismo nombre de un tanque
nazi de 1943–, estuvo a punto de disparar contra otro barco francés en
el puerto marroquí de Agadir. Una situación menos tensa se había
producido en 1906, resuelta con cierta facilidad, pero la de 1911 rozó
el estallido. Ambas potencias se enfrentaban por dominar áreas
estratégicas a partir de las que penetrar en el Sahara y para el control
el Mediterráneo Occidental. Aquella crisis azuzó el debate en la II
Internacional porque se hizo evidente la proximidad de una guerra. La
derecha y el reformismo de la II Internacional, representadas por
Bernstein y Kautsky, insistieron en sus respectivas tesis, y la
izquierda precisó aún más las suyas que, en el plano teórico,
aparecieron publicadas en 1913 en el libro La acumulación del capital de Rosa Luxemburg cuyo subtítulo –suprimido en muchas ediciones– es Una contribución a la explicación económica del imperialismo. Las últimas páginas de este libro impresionan.
Hemos
dicho arriba que el libro lleva la fecha de 1912, y es cierto, lo que
ocurre es que la burocracia socialdemócrata presionó para que no se
publicase porque su mensaje era inconciliable con el reformismo. Tras
muchas gestiones, pudo editarse en 1913, justo un año antes de la
Primera Guerra Mundial. Las respuestas reformistas fundamentales a Rosa
Luxemburg fueron de dos austro-marxistas: Eckstein y Bauer, ambos
partidarios de la guerra imperialista a favor de Austria-Hungría, aliada
de Alemania. El primero murió en 1916 y el segundo en el exilio en
1938, mientras que Rosa fue torturada y asesinada por la alianza de sus
ex compañeros socialdemócratas y los Freikorps protonazis en 1918, junto a miles de revolucionarios. Cuando Lenin escribió El imperialismo…
en 1916, algunas de las tesis de Rosa estaban superadas por las nuevas
realidades impuestas por la Primera Guerra Mundial. Tras su asesinato,
Lenin la llamó «Águila» a pesar de haber tenido con ella nada menos que
cinco grandes debates en menos de dos décadas.
Otro estudioso al que se leía mucho era Hilferding y su El capital financiero de 1910. Su autor fue asesinado por la Gestapo
en 1941 en París. Su método de pensamiento apenas tenía en cuenta la
dialéctica, ya que primaba «lo económico», el equilibrio y el desarrollo
normal del capitalismo; su concepción política era socialdemócrata
cercana a la de Kautsky, priorizando como este el «análisis económico»
sobre el resto de componentes de la totalidad marxista. Es a partir de
Hilferding que se populariza el concepto de «capital financiero» como
fusión del industrial y del bancario, algo que ya iba siendo adelantado
por otros investigadores. Nada de esto fue obstáculo para que Lenin
extrajera lo bueno de su obra, como también de la de Hobson y tantos
otros, incluida Rosa Luxemburg con la que, sin embargo, mantenía
interesantes debates.
Se dice que Lenin no aporta casi nada propio, original, en El imperialismo fase superior del capitalismo
de 1916, lo cual es cierto, aunque a la vez totalmente erróneo. Desde
el sentido común y desde la lógica formal es cierto, desde la lógica
dialéctica y desde la teoría marxista del conocimiento, es erróneo. La
insuperada aportación de Lenin a la comprensión del imperialismo fue, y
sigue siendo, pese a los 109 años transcurridos, la visión de la
totalidad concreta del imperialismo, movida por sus contradicciones
internas que, a su vez, nos remiten a la ley del valor que es el motor
del capitalismo.
Pero
analizar el imperialismo como totalidad concreta exige verlo a su vez
inserto en otras relaciones que aparentemente no tienen nada que ver con
él, pero que; sin embargo, y desde esa perspectiva, se descubren sus
conexiones internas. Una virtud de Lenin es la de pensar dialécticamente
y el exigir que lo haga todo marxista. ¿Qué es pensar dialécticamente?
Es penetrar hasta la unidad y lucha de contrarios que mueve la realidad,
lo que exige un gran esfuerzo teórico basado en el estudio de la mayor
cantidad posible de información sobre la realidad que queremos
revolucionar. Sorprende la masa de información que Lenin con 25 años
utilizó para escribir El desarrollo del capitalismo en Rusia
en 1895-96, en el cual ya se habla de la rentabilidad obtenida mediante
la dura explotación en las colonias, con lo que se abre el sendero
hacia la teoría del imperialismo en la actualidad, no solo en 1916.
También sorprende la cantidad de textos que sostienen su obra Materialismo y empiriocriticismo
de 1909. ¿Y qué decir de los 148 libros, 232 artículos y 49 revistas
especializadas rigurosamente estudiadas en poco tiempo para escribir El imperialismo… en 1916?
Pero
hay que decir que esta última obra es parte, además de un tremendo
esfuerzo de creatividad teórica en años cruciales –los que van de 1913 a
1917, es decir, en la Primera Guerra Mundial. Desde esta perspectiva, El imperialismo…
es una parte más de las cuatro fundamentales bases que forman la
totalidad concreta teórica que sostendrá la oleada revolucionaria
internacional que ya se insinuó en 1916, siendo las otras tres expuestas
aquí en su devenir histórico. Una, las luchas de liberación de los
pueblos, reforzada desde 1913 y que en 1914 materializa en El derecho de las naciones a la autodeterminación,
que a su vez será enriquecido permanentemente hasta pocos días antes de
su muerte en enero de 1924. Dos, el método dialéctico, lo que le llevó a
bucear en decenas de libros sobre filosofía y ciencia, deteniéndose en
la Ciencia de la Lógica
de Hegel. Y tres, el fundamental problema del Estado y de la violencia,
tema que llevó a Lenin a estudiar, entre otros, a Clausewitz y su De la guerra.
Lenin intensificó sus estudios de la teoría de la guerra desde 1905 y
desde 1914, lo que le permitió captar en la creciente inquietud de un
sector de la oligarquía ya en marzo de 1915 de que la guerra podría
terminar provocando un «caos revolucionario».
En julio de 1915, mientras Lenin estaba sumergido entre miles de páginas y un sinfín de debates, Bujarin publicaba El imperialismo y la economía mundial,
que le aportó ideas importantes para su obra, saltando las diferencias
que mantenían en otras cuestiones. Dos tesis de Bujarin ayudaron sobre
todo a Lenin después de adaptarlas a su pensamiento: una era la tesis
del trust
capitalista de Estado, que expresaba la capacidad del Estado burgués
para poner orden y centralizar la vida sociopolítica y económica –tesis
que ayudaría a Lenin en sus estudios sobre El Estado y la revolución;
y la otra, el problema de las relaciones entre, por un lado, la ciudad y
la lucha obrera y por otro, el campo y la lucha campesina–, problema
básico en la historia de las revoluciones anticapitalistas que sigue
siendo actual en varios continentes. Esta segunda aportación también
ayudó a Lenin en sus estudios sobre el Estado, la lucha de clases, los
soviets de soldados, obreros y campesinos, etc.
Como
vemos, Lenin llevaba a cabo un estudio totalizante del capitalismo, es
decir, no dejó de analizar ninguna de sus contradicciones fundamentales
que entonces se expresaban en forma de una atroz guerra mundial: la
opresión nacional, la quiebra de la lógica formal y la necesidad del
método dialéctico; la irrupción más inhumana y salvaje del imperialismo
–como, por ejemplo, el gas venenoso en las batallas–; y el papel del
Estado como la forma político-militar del capital. Analizar el
imperialismo como la forma total concreta en la que se presentaba el
capitalismo, le permitió a Lenin estar muy por encima del nivel teórico
del momento.
Esa
superioridad le permite tener una más larga y profunda visión histórica
con su correspondiente estrategia revolucionaria. Por ejemplo, aunque
tomó y adaptó ideas de Bujarin; sin embargo, tenía sobre este una
aplastante superioridad de visión histórica y, por tanto, de praxis
revolucionaria, ya que para Lenin el imperialismo anunciaba que la
sociedad capitalista había entrado en su fase declinante, ya no era un
modo de producción progresista sino brutal y en decadencia, mientras que
Bujarin insistía en la tendencia a la centralización y concentración
del capital en grandes trust
estatales lo que dejaba abierta la posibilidad de que el capitalismo se
recuperara gracias a la omnipotencia del Estado burgués. En el fondo,
lo que aparece aquí es el abismo que los separa en la comprensión y en
empleo de la dialéctica, muy pobre y limitada en Bujarin como afirmó
Lenin al final de sus días.
Llegados a este punto, debemos resumir lo esencial de El imperialismo…:
Primero.
Los monopolios se han formado por la concentración del capital y de la
producción, adquiriendo tanto poder que son decisivos en la vida
económica con claras implicaciones políticas. Hemos visto que esta
característica ya se venía teorizando desde comienzos del siglo XX, pero
reafirmada en plena Primera Guerra Mundial mostraba toda su fuerza.
Pero leamos directamente a Lenin refiriéndose a Alemania, «¡Menos de una
centésima parte de las empresas consumen más de las tres cuartas partes
de la cantidad total de energía eléctrica y mecánica! ¡Y las 2.970.000
pequeñas empresas (con menos de 5 trabajadores), que son el 91 % del
total, consumen solamente el 7 % de dichas energías! Unas decenas de
miles de grandes empresas lo son todo; millones de pequeñas empresas no
son nada».
Segundo.
El nuevo papel de los bancos, se fusionan el capital bancario y el
industrial, creando el capital financiero y su facción burguesa:
«A
medida que las operaciones bancarias se van concentrando en un número
reducido de entidades, los bancos dejan de ser los modestos
intermediarios que eran antes y se convierten en monopolios poderosos
que tienen a su disposición casi todo el capital monetario de todos los
capitalistas y pequeños hombres de negocios, así como la mayor parte de
los medios de producción y de las fuentes de materias primas de uno o de
muchos países. Esta transformación de los numerosos intermediarios en
un puñado de monopolistas es uno de los procesos fundamentales en la
evolución del capitalismo al imperialismo capitalista. Por ello debemos
examinar, en primer lugar, la concentración bancaria… […] Los bancos
pequeños van siendo desplazados por los grandes, nueve de los cuales
concentran casi la mitad del total de depósitos. Y dejamos de lado
algunos detalles importantes, por ejemplo, la transformación de
numerosos bancos pequeños en simples sucursales de los grandes, etc.,
[…] el viejo capitalismo, el capitalismo de la libre competencia, con su
regulador absolutamente indispensable, la bolsa, está pasando a la
historia. En su lugar ha surgido un nuevo capitalismo, con los rasgos
evidentes de algo transitorio, que representa una mezcolanza de libre
competencia y monopolio. Se desprende una pregunta: ¿en qué desemboca el
desarrollo del capitalismo moderno? Pero los estudiosos burgueses
tienen miedo a hacérsela. […] Así, pues, el siglo XX marca el punto de
inflexión entre el viejo capitalismo y el nuevo, entre la dominación del
capital en general y la dominación del capital financiero».
Tercero. Oligarquía financiera:
«Debemos
señalar que los estudiosos burgueses alemanes –y no solo alemanes–,
como Riesser, Schulze-Gaevernitz, Liefmann, etc., son todos unos
apologistas del imperialismo y del capital financiero. En vez de poner
al descubierto los “mecanismos” de formación de una oligarquía, sus
métodos, la cuantía de sus ingresos “lícitos e ilícitos”, sus relaciones
con los parlamentos, etc., etc., los adornan y disimulan. Eluden las
“cuestiones polémicas” mediante frases pomposas y vagas, apelaciones al
“sentido de la responsabilidad” de los directores de los bancos,
alabanzas al “sentido del deber” de los funcionarios… […] Ninguna regla
de control, de publicación de balances, de normas para los balances, de
auditoría de las cuentas, etc., ninguna de esas cosas con que distraen
al público los profesores y funcionarios bien intencionados –es decir,
imbuidos de la buena intención de defender y embellecer el capitalismo–
tiene la menor importancia, pues la propiedad privada es sagrada y a
nadie se le puede prohibir comprar, vender, intercambiar o hipotecar
acciones, etc. […] El capital financiero, concentrado en muy pocas manos
y ejerciendo un monopolio virtual, obtiene beneficios enormes y
crecientes del lanzamiento de sociedades a bolsa, la emisión de valores,
los préstamos al Estado, etc., fortalece el dominio de la oligarquía
financiera y le cobra un tributo a toda la sociedad en provecho de los
monopolistas».
Cuarto. La exportación de capital:
«Característico
del viejo capitalismo, cuando la libre competencia dominaba, sin rival,
era la exportación de bienes. Característico del capitalismo moderno,
donde manda el monopolio, es la exportación de capital. […] El capital
financiero ha creado la época de los monopolios. Y los monopolios llevan
siempre consigo los principios monopolistas: la utilización de las
“relaciones” para las transacciones provechosas reemplaza a la
competencia en el mercado abierto. Es muy corriente que entre las
cláusulas del empréstito se imponga la inversión de una parte de este en
la compra de productos al país acreedor, particularmente de armas,
barcos, etc. […] Los países exportadores de capital se han repartido el
mundo entre ellos en sentido figurado. Pero el capital financiero ha
llevado a cabo el reparto real del mundo».
Quinto. El reparto del mundo entre capitalistas y grandes potencias:
«Las asociaciones monopolistas de capitalistas (cárteles, consorcios, trusts)
se reparten entre ellas, en primer lugar, el mercado doméstico,
haciéndose de forma más o menos total con la producción del país. Pero,
bajo el capitalismo, el mercado interior está ligado inevitablemente al
exterior. Ya hace tiempo que el capitalismo creó un mercado mundial. Y a
medida que se acrecentaba la exportación de capitales y que se
expandían las “esferas de influencia” y las conexiones con el extranjero
y las colonias de las grandes asociaciones monopolistas, el rumbo
“natural” de las cosas ha conducido al acuerdo internacional entre
estas, a la formación de cárteles internacionales. […] Algunos
escritores burgueses (a quienes ahora se les ha unido Kautsky, que ha
traicionado completamente su postura marxista de, por ejemplo, 1909) han
expresado la opinión de que los cárteles internacionales, siendo como
son una de las expresiones más destacables de la internacionalización
del capital, permiten abrigar la esperanza de una paz entre los pueblos
bajo el capitalismo. Desde un punto de vista teórico, esta opinión es
totalmente absurda, y desde un punto de vista práctico es sofista […] El
capital financiero es una fuerza tan considerable, puede decirse tan
decisiva, en todas las relaciones económicas e internacionales, que es
capaz de someter, y realmente somete, incluso a los Estados que
disfrutan de la más completa independencia política, como pronto
veremos. Por supuesto, el capital financiero encuentra mucho más
“conveniente” y ventajosa, una forma de dominación que implique la
pérdida de la independencia política de los países y los pueblos
sometidos. A este respecto, los países semicoloniales son un buen
ejemplo de “fase intermedia”. Es natural, por tanto, que la lucha por
esos países semidependientes haya llegado a ser particularmente cruda en
la época del capital financiero, cuando el resto del mundo ya está
repartido».
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4.
¿Para qué sirve hoy la teoría de Lenin sobre el imperialismo para
entender el mundo? ¿Cómo ha cambiado el imperialismo desde Lenin hasta
hoy?
Al
final del Prólogo de julio de 1920 a las ediciones alemana y francesa,
Lenin escribe: «Si no se comprenden las raíces económicas de este
fenómeno ni se aprecia su importancia política y social, es imposible
dar ningún paso hacia el cumplimiento de las tareas prácticas del
movimiento comunista y de la inminente revolución social. El
imperialismo es la antesala de la revolución social del proletariado.
Esto ha sido confirmado a escala mundial desde 1917».
Aquí
está la respuesta que Lenin da a la cuarta pregunta. El
antiimperialismo leninista es la mejor y más plena forma de lucha contra
el capitalismo porque, como veremos ahora mismo, ese antiimperialismo
nos lleva directamente a la lucha contra la ley del valor y por el
comunismo. Para 1920 Lenin ya había precisado en un debate con Bujarin
en 1919 que la base del imperialismo es el capitalismo, que el
imperialismo es una «superestructura» del capitalismo y que la ley de la
competencia seguía determinando el «viejo capitalismo». Recordemos que
la ley de la competencia nos remite a la ley del valor-trabajo, que,
junto a otras leyes como la de la productividad, la de la plusvalía,
etc., son fundamentales en el modo de producción capitalista. Esta
reafirmación por Lenin de la importancia objetiva de las contradicciones
y leyes tendenciales del capital –que son su esencia– es necesaria para
contextualizar en el presente, lo que definió como países
«semicoloniales» y «semidependientes» en el marco de 1916.
En
1916 el capital financiero se estaba imponiendo sobre el bancario y más
aún sobre el capital mercantil, pero ahora son las muchas formas que
adquiere el capital financiero, así como el desarrollo incontenible de
la especulación de alto riesgo, de las masas inmensas de capital
ficticio sin base material, de las formas de «limpiar dinero»
proveniente, por ejemplo, de la «economía criminal» que, según informes
de junio de 2025, supera más de 19 billones de dólares –más que el PIB
de China Popular. El PIB estadounidense de 2024 era de poco más de 29
billones de dólares. La inmensa mayoría de esas sobre ganancias, sobre
todo las «sucias», van a parar al imperialismo. La «economía criminal»
también genera poder reaccionario, terror, crimen y sumisión, y es una
mafia militar que refuerza al imperialismo y a la acumulación de capital
–que es el punto crítico en el que insiste Lenin.
Más aún, los monopolios, los trusts y otras expresiones superiores del capital financiero han saltado ya a los holdings, a las alianzas más estrechas y poderosas de los antiguos trusts
y monopolios gracias entre otras cosas al impacto de la desregulación y
casi desaparición de los controles estatales al capital financiero, así
como a las nuevas tecnologías informáticas que permiten mover masas
inmensas de capital a tiempo real, saltándose y burlando la soberanía y
controles fiscales de gran parte de los Estados. En la época de Lenin
nada de esto era siquiera imaginable. No hace falta decir que la gran
impunidad de los holdings y de las muchas formas de «negocios en gris»
multiplica la explotación de las naciones y de los Estados, aunque
muchos de ellos sean formalmente independientes.
Por
tanto, el imperialismo ha de ser visto no solo en lo económico, como
hacen la inmensa mayoría de estudiosos, sino a la vez en lo social y en
lo político, es decir en y para todas las formas de la lucha de clases,
también y sobre todo –en la mayoría de los casos– en y para las luchas
de liberación antiimperialista. Más aún, desarrollando las indicaciones
de Lenin, debemos estudiar el imperialismo como una totalidad concreta
porque es una exigencia práctica del movimiento comunista y de la
revolución social, dado que: «El imperialismo es la antesala de la
revolución social del proletariado». La historia le ha dado la razón,
como veremos.
Un estudio político, social, económico y praxístico de El imperialismo…
exige integrar en un todo militante, como mínimo, las luchas de
liberación antiimperialistas, la lucha contra la metafísica y el
idealismo burgués desde el método dialéctico, las luchas contra todas
las brutalidades del imperialismo y contra su esencia explotadora, y las
luchas implacables contra el Estado como forma político-militar del
capital. Esta visión totalizante va integrando en sus estudios nuevas
formas de explotación que viniendo de lejos –explotación patriarcal,
racista, esclavismo en sus varias formas, explotación cultural y
científica, etc.– se van intensificando e interrelacionando conforme
aumentan las dificultades de acumulación del capital. El imperialismo
actual ha sido reforzado y fortalecido, sobre todo en lo militar, para
garantizar el orden explotador necesario para superar la crisis.
Desde esta perspectiva, las críticas que se hacen a El imperialismo…, centradas sobre todo en cuatro cuestiones que nos remiten a su supuesto olvido de la ley del valor, son parciales. Veámoslas:
Una,
ahora la competencia está mucho más exacerbada y que, por tanto, los
monopolios no tienen ya tanto poder. Al contrario: el poder de los
monopolios se ha reforzado con el aún mayor de los holdings,
poderes multifacéticos estrechamente relacionados con el Estado
imperialista y los intereses de sus diversas empresas. La tendencia de
fondo descrita por Lenin se confirma día a día en muchas cuestiones: la
guerra arancelaria lanzada por EE.UU. es la más reciente. La negativa de
Brasil a que Venezuela se integre en los BRICS es otra de ellos, porque
están en juego múltiples niveles no solo económicos, sino también
políticos, sociales, nacionales, culturales y, desde luego militares,
los cuales irán aumentando su importancia.
Dos, el concepto de capital financiero es válido en parte porque hay muchas
grandes empresas en las que la fusión entre su capital industrial y su
capital bancario está poco desarrollada. Esta crítica es muy parcial y
mecanicista, solo cuantitativa, porque no ve la cualidad del
imperialismo y menos aún no ve que el capitalismo sigue existiendo por
debajo del capital financiero –o que explica por qué hay empresas en las
que el capital industrial aún no se ha fusionado con el bancario. Pero
en realidad, la razón de Lenin y de la teoría general marxista sobre el
imperialismo, con sus matices y diferencias obvias, está siendo
confirmada en 2025 con el proyecto de Amazon, Apple, Walmart, PayPal
y otras megacorporaciones que quieren crear sus propias criptomonedas
para multiplicar sus ganancias construyendo algo parecido a un
«monopolio político-financiero» que encadene a los clientes. Estas
megacorporaciones llegarán así a ser más poderosas en todos los sentidos
que muchos Estados empobrecidos con PIB muy inferiores al de estos
gigantes.
Tres,
ahora la exportación de capitales sigue teniendo importancia, pero está
aumentando mucho la inversión extranjera para crear industrias en el
país afectado. Esta crítica también es parcialmente cierta, es
cuantitativa como la anterior, pero yerra en la visión cualitativa del
imperialismo como parte supeditada a la ley del valor que mueve al
capitalismo. Es esta ley, aceptada por Lenin como base del imperialismo,
la que explica por qué después de 1916 la burguesía occidental empezó a
invertir en crear industrias para aumentar la transferencia del valor
utilizando su fuerza político-militar y cultural para asegurar la
obediencia y pasividad de esos países ante la sobreexplotación
multiplicada por la creación de industrias extranjeras. Es la ley de la
competencia, expresión de la ley del valor, la que lleva al imperialismo
a crear industrias en el llamado ‘Tercer Mundo’. Además, crear
industrias era y es una decisión político-militar para desactivar las
luchas antiimperialistas y el avance socialista, creando un colchón
colaboracionista con el imperialismo interesado en mantener sus sueldos
superiores a la media muy baja existente en su país empobrecido.
Y cuatro,
no ha vuelto a haber grandes guerras entre potencias imperialistas para
repartirse el mundo, aunque sí hay cada vez más «guerras menores». Esta
crítica olvida el cambio total que se produjo en el capitalismo –que no
solo en el imperialismo– con la victoria de la revolución bolchevique
en 1917 y todas las luchas posteriores. Este cambio absoluto en lo
político-militar y sociocultural para derrotar al comunismo es la causa
de que desde 1949, con la creación de la bomba atómica por la URSS, no
estallaran más guerras mundiales «clásicas» pero proliferan «guerras
menores» de un salvajismo imperialista atroz. La bomba nuclear soviética
ha impedido guerras nucleares unilaterales, lanzadas solo por EE.UU. y
sus aliados contra pueblos casi indefensos. Pero la implosión de la URSS
y el agravamiento extremo de la crisis capitalista desde 2007 en
adelante, han puesto a la orden el salto de lo posible a lo probable de
una nueva guerra mundial que para muchos pueblos ya ha empezado.
Pero
hay otra crítica a la totalidad de la teoría general marxista del
imperialismo y específicamente a la de Lenin, que sostiene que tanto los
conceptos de ley del valor como de imperialismo ya no sirven para
comprender el capitalismo del siglo XXI porque han surgido semipotencias
y hasta potencias que también se han hecho imperialistas como Rusia,
Brasil, China Popular, India, etc., es decir, el núcleo de los BRICS
serían imperialistas que obtienen ganancias explotando a otros países y,
por tanto, las guerras que «Occidente» lleva tiempo lanzando contra
estos y otros países, serían «guerras interimperialistas».
Aquí
lo que se niega directamente no es solo el imperialismo, sino la
esencia misma del modo de producción capitalista, que es la teoría del
valor –con lo que entramos en un debate decisivo. Por ejemplo, las
diferencias dentro de los BRICS se plasman en sus diversas y hasta
contradictorias alianzas geopolíticas a favor o en contra del
imperialismo, pero esas opciones solo reflejan el dominio estratégico de
la clase social que tiene el poder en esos países, lo que nos lleva a
su postura con respecto a la ley del valor: unos la combaten con mayor o
menor intensidad como son los pueblos que intentan el tránsito al
socialismo según sus condiciones; otros la intentan controlar con
políticas sociales que frenan y/o revierten la tendencia innata del
capital a endurecer la explotación obrera, y los hay quienes le impulsan
descaradamente para fortalecer a sus burguesías. En lo que sigue,
iremos analizando en concreto estas diferencias, oposiciones y
contradicciones que pueden hacer estallar a los BRICS.
Muchas
son las pruebas de la validación histórica del antiimperialismo
leninista. Para no alargar esta respuesta, vamos a citar una sola de
ellas: las «cadenas de oro» de la deuda contraída con el imperialismo.
Grandes imperios como el zarista y el otomano, por ejemplo, estallaron a
inicios del siglo XX porque, entre otras cosas, no podían pagar las
deudas que los asfixiaban, llevándolos a una política de
sobreexplotación salvaje interna y de las naciones que ocupaban. La
revolución bolchevique de 1917 rompió la «soga de oro» negándose a pagar
la deuda y publicando las aberrantes cesiones burguesas para conseguir
más empréstitos, entre ellas la de seguir participando en la guerra
mundial. La guerra de liberación turca contra las potencias europeas que
habían ocupado Constantinopla en 1920 buscaba crear una República,
democratizar el país y renegociar de forma ventajosa el pago de la deuda
que ahogaba al país, pero no quería destruir el capitalismo.
Ahora,
la deuda es una de las más poderosas y efectivas armas para
sobreexplotar a los pueblos que tiene el imperialismo, arma con muchos
filos –FMI, BM, OMC, leyes especiales contra la deuda, sanciones,
amenazas y ataques político-militares en forma de «golpes blandos»,
parlamentarios, judiciales y hasta militares cuando es necesario. En
esta enrevesada red de araña tejida por el capitalismo, existen también
otras armas del imperialismo como las que justifican el robo a Rusia de
300.000 mil millones de dólares, los más de 1.000 millones de dólares en
oro robados a Venezuela y un largo etc.
En
la actualidad, se están multiplicando las presiones imperialistas para
que los países empobrecidos paguen las deudas que han contraído sus
burguesías corruptas porque el agravamiento de la crisis
genético-estructural desde 2007 en adelante, más el aumento irracional
de los gastos militares para preparar el estallido definitivo de la
Tercera Guerra Mundial, obliga al capital a estrechar al máximo la
cuerda del ahorcado. En los años 70 el imperialismo se comprometió a
dedicar el 0,7 % de su PIB a la «ayuda al desarrollo», hoy casi nadie la
cumple. En 2023, los países empobrecidos pagaron 25.000 millones de
dólares más por sus obligaciones financieras que lo recibido por nuevos
préstamos, o sea más endeudados que en 2022. En 2024 han pagado al
imperialismo 921.000 millones de dólares.
En
este mismo año, las grandes potencias –EE.UU., Gran Bretaña, Estado
francés y Alemania, fundamentalmente– redujeron las «ayudas al
desarrollo» en más de un 7% con respecto a 2023, mientras que el gasto
militar se incrementó en un 2,5%, más de 12 veces el gasto de la «ayuda
al desarrollo». EE.UU. es la potencia que más ha recortado esta «ayuda» y
la que más aumenta el despilfarro en la industria de la matanza humana.
África es el continente más estrujado, vampirización que aumenta al
disminuir las «ayudas» que recibe: en 2013 percibió el 38 % de las
«ayudas» mundiales, desplomándose al 27 % en 2023. Para este 2025 se
prevé que la «ayuda» baje entre un 9 % y un 17 % a nivel mundial,
mientras que ya son 45 países que tienen que pagar más en la devolución
de la deuda que en la sanidad de sus pueblos.
Semejante
inhumanidad inherente al desenvolvimiento de la ley del valor y a la
tarea que tiene el imperialismo para –entre otras cosas, obligar a
cualquier precio, el que sea, a que devuelvan las deudas de sus
corruptas burguesías– solo se comprende desde la teoría leninista del
imperialismo y solo puede ser destruida mediante el antiimperialismo
leninista, aquel que se negó a pagar la deuda zarista y burguesa en 1917
–valerosa decisión humana que fue una de las excusas para que en 1918
invadieran la URSS 14 ejércitos imperialistas.
.
5.
¿Cómo conecta la lucha de clases con el antiimperialismo en el
marxismo? ¿Qué aportaron los movimientos de liberación nacional del
Tercer Mundo a la lucha antiimperialista? ¿Cómo cambió la teoría del
antiimperialismo después de la descolonización de África y Asia? ¿Qué
papel tuvo el Komintern en armar una teoría antiimperialista mundial?
La
conexión entre antiimperialismo y lucha de clases es interna al
marxismo –es decir, es una unidad en sí misma que a su vez está dentro
de la totalidad revolucionaria. Dado que la lucha de clases gira en
esencia alrededor de la destrucción de la propiedad burguesa y de la
plusvalía, por eso mismo favorece objetivamente a la lucha
antiimperialista– y viceversa: la emancipación de los pueblos oprimidos
es un acicate material a la lucha de clases en las sociedades
capitalistas. Inca Dionisio
Yupanqui, representante de naciones originarias en las cortes de Cádiz
de 1811, afirmó que un pueblo que oprime a otro pueblo nunca será libre.
Dionisio
no podía ser marxista porque en aquel capitalismo mercantil aún no
existían las condiciones objetivas para el surgimiento de la teoría
comunista, pero su experiencia vital le había enseñado una verdad que el
marxismo asumiría como propia al decir que la independencia de Irlanda
era el primer requisito para la revolución en Inglaterra. Luego, la
teoría leninista del derecho a la autodeterminación de los pueblos
–incluido el de la independencia– daría un paso más al rechazar
radicalmente la tontería reaccionaria de un sector amplio de la II
Internacional sobre el «colonialismo bueno», con lo que actualizaba las
ideas de Inca Yupanqui ya en el contexto imperialista.
Las
luchas antiimperialistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial
minaban desde dentro la euforia del desarrollismo de 1945-75, siendo uno
de los motores de la crisis socioeconómica profunda y duradera que con
altibajos y formas diferentes se ha agravado desde 2007. La victoria de
Vietnam sobre el imperialismo demostró cómo una larga guerra de
liberación azuza y lleva al extremo las contradicciones capitalistas,
intensificando la lucha de clases en su interior y agravando la crisis
socioeconómica.
La
razón de esa dialéctica es muy simple: Marx insistió en que la lucha
obrera y popular –específicamente la lucha sindical– debía orientarse
hacia la destrucción del sistema salarial, es decir, la destrucción de
la ley del valor. Hemos recurrido a la función histórica de la lucha
sindical contra la esencia del capital, porque recorre toda la lucha de
clases, sea dentro de los Estados enriquecidos como en los pueblos
explotados por el imperialismo. Hemos hablado arriba de África, el
continente más sacrificado en el altar del dios dólar, que desde verano
de 2024 nos alegra la vida con una tendencia al alza de las luchas
contra cualquier forma de opresión y dominación.
La
lucha de clases a la que se refería Marx también se libra en el
interior de África, por seguir con este ejemplo. Sus pueblos han
entendido que deben crear un panafricanismo que multiplique su fuerza
antiimperialista, pero de la misma forma en que en Europa y todas
partes, el bloque burgués se enfrenta al bloque revolucionario –también
en el panafricanismo existe la unidad y lucha de contrarios. Iniciadas
las guerras de liberación, las burguesías de los pueblos oprimidos que
proponían y proponen simples reformas que atenúan la opresión, pero no
acaban con ella, más temprano que tarde optan por el imperialismo
excepto muy honrosas excepciones individuales, porque su propia
existencia como clase explotadora depende de la continuidad del
capitalismo mundial.
Esta
experiencia antiimperialista recurrente confirma lo esencial de la
lucha de clases en el capitalismo, pero a la vez aporta lecciones muy
válidas que surgen de la historia no occidental de estos pueblos. Las
palabras de Inca Dionisio
en 1811 eran la síntesis de la experiencia de lucha de las naciones
andinas que iba más allá de Tupac Amaru de 1781 para engarzar muy
probablemente con la resistencia mapuche a incas y españoles, sin
olvidar las rebeliones desde 1492. Nuestramérica no es una
excepción. El pueblo amazig del norte de África resistió y resiste la
invasión árabe desde la segunda mitad del siglo VII, en defensa de sus
normas sociales comunales, en la que destacó la reina guerrera Dahia. En
1830, el pueblo argelino se levantó como un resorte contra la invasión
francesa hasta recuperar su independencia en 1962. La lista es casi
inagotable.
Una
cosa que une más o menos al grueso de ellas es la lucha por la defensa
de los restos de la propiedad comunal en sus diversas formas, y/o por la
defensa de sus normas sociales que de algún modo mantenían niveles de
reciprocidad y ayuda mutua. El colonialismo y el imperialismo llevaron
una explotación más dura, la enfermedad y el hambre, así como la
expropiación forzada –muy violenta en la mayoría de los casos– de sus
tierras, rebaños y recursos naturales. Los invasores occidentales
buscaban el apoyo de caciques, grandes familias, castas y élites
enriquecidas, y de las clases propietarias cuando ya existían.
En
uno de sus primeros textos, Marx salió en defensa del derecho
consuetudinario que reconocía la legitimidad del campesinado para usar
colectivamente los bienes comunales según normas sociales justas –todo
lo cual era inconciliable con el derecho burgués a su propiedad privada.
Las aportaciones de las luchas antiimperialistas en el plano teórico y
político se basan en la defensa de lo comunal, además de otras
aportaciones que iremos viendo. Célebres utopías anteriores al
socialismo utópico se basaron en la lectura acrítica e idealizada de las
formas sociales de cooperación y en el mito del «buen salvaje» de
pueblos de Nuestramérica. Pero Occidente las abandonó cuando
vio que ese mito ocultaba la realidad dura de resistencias armadas
tenaces, de desobediencia pasiva, de rebeliones sangrientas. El racismo
anuló al «buen salvaje» convirtiéndolo en un criminal enemigo de la
civilización al que había que exterminar.
Sin
embargo, las feroces críticas al colonialismo de Marx y Engels desde
1851 hasta su muerte, de las que hemos hablado, más el desarrollo
teórico general, los llevaron al estudio del papel de los pueblos
precapitalistas en, al menos, cinco cuestiones decisivas:
Una,
mostrar realidades sociales nuevas que destrozaban la dogmática
occidental y que aún estaban incrustadas en todas las visiones de
izquierda, también en el marxismo. La impresionante participación de
masas y clases indígenas, campesinas, artesanales y hasta de algunos
sectores de la pequeña burguesía en las luchas de liberación –con la
destacada participación de mujeres– demostraba que los debates europeos
sobre las relaciones entre el campesinado y el proletariado aún no
habían llegado al núcleo. Desde entonces, el concepto de clase
trabajadora mundial se está enriqueciendo día a día, al integrar en su
seno a millones de mujeres, pueblos originarios, artesanos y hasta
franjas de antigua pequeña burguesía arruinada, proletarizada.
Dos,
descubrir el impacto negativo o positivo de las luchas anticoloniales
sobre la lucha de clases en el centro colonial e imperialista.
Relativamente pronto, Marx y Engels comprendieron que el colonialismo,
además de las sobre ganancias, también idiotizaba a sus clases
explotadas al darles una muy pequeña parte del botín, atándolas material
y moralmente al capital y a sus ejércitos públicos o privados,
esquiroles, rompehuelgas, bonapartistas, fascistas, mafiosos,
criminales… y sobre todo «votantes democráticos». Pero a la vez
comprendieron que las luchas anticoloniales facilitaban la
radicalización obrera si la izquierda les explicaba cómo debilitaban a
los explotadores burgueses, y que, por tanto, era imprescindible
apoyarlas mediante el internacionalismo que debía superar las fronteras
europeas para expandirse por el mundo.
Tres,
uno de los debates que todo ello provocaba trataba sobre la posibilidad
de que estos pueblos se librasen de los horrores capitalistas, dando un
«salto al socialismo» acelerando también la revolución en Occidente. El
debate se intensificó con la experiencia de la comuna campesina rusa al
final del siglo XIX y desde entonces no ha parado de crecer. La verdad
es que se trata de un problema múltiple porque afecta a las formas
básicas de las resistencias populares, desde la solidaridad cotidiana en
la ayuda mutua, hasta la autoorganización popular y obrera, sindical,
política e incluso parlamentaria en determinadas condiciones, para
mantener o conquistar derechos colectivos que tienen una relación con
los antiguos bienes comunales y con el derecho consuetudinario.
Cuatro,
analizar los efectos de todo ello en y para la elaboración
teórico-política del socialismo y del internacionalismo, no solo a
escala eurocéntrica sino fundamentalmente planetaria. A escala
eurocéntrica, las lecciones que se extraían y extraen del mal llamado
Sur Global siguen chocando con muchas resistencias, frecuentemente
insuperables, porque la progresía y el reformismo tienen una mezcla de
rechazo psicológico y hasta racista, a la vez que lúcidamente egoísta
por las poltronas de todo tipo que les garantizan una vida cómoda. Pero
la brutalidad imparable del imperialismo hizo que, desde los 70,
izquierdas eurocéntricas –generalmente pequeñas– integrasen en su
militancia las lecciones aportadas por el antiimperialismo. Sin embargo,
el debilitamiento cuando no la extinción de muchos de esos pequeños
grupos, unido a otros factores, hizo que entre finales del siglo XX y
comienzos del XXI cayera en picado el aprendizaje de esas lecciones en
el llamado Occidente. Aun así, las contradicciones actuales no solo han
reactualizado aquellas lecciones, sino que aportan nuevas y muy actuales
lecciones.
Y cinco,
después de lo visto era inevitable que tal explosión de novedades
empíricas era inevitable que enriqueciera el materialismo histórico
superando el mecanicismo lineal y determinista de la sucesión obligada
de modos de producción –lo que condenaría a los pueblos a sufrir los
horrores del capitalismo occidental. Todas las luchas de liberación
antiimperialistas se han guiado desde entonces por esa posibilidad tan
difícil de imaginar a finales del siglo XIX, pero cada vez más factible
desde 1917, la primera revolución triunfante, la bolchevique. «Ahorrarse
el infierno capitalista» que está a punto de llevar a la humanidad a la
sexta extinción es imposible sin dar un «salto histórico al
socialismo».
Las
luchas de liberación nacional de Asia y África confirman en líneas
generales la valía de los cinco puntos arriba enunciados brevemente,
también confirman la valía de la defensa marxista del derecho
consuetudinario, aunque los pueblos no europeos no utilizasen ese
término, sino que lo practicaban en su esencia social dándole diferentes
nombres.
La III Internacional o Internacional Comunista –Komintern–
se fundó en 1919 para acelerar el «salto histórico» en un contexto
absolutamente nuevo en la historia capitalista: una oleada
revolucionaria que se propagaba por las sociedades capitalistas y que
cogía rápidamente fuerza en los países colonizados y aplastados por el
imperialismo. Desde su misma fundación, la Komintern
prestó cada día más atención a los crímenes imperialistas. Queremos
ejemplificar esa práctica con tres ejemplos hasta mayo de 1943, momento
de su disolución.
El
primero es la decisiva –y por ello ocultada– reunión de Bakú organizada
por la III Internacional en septiembre de 1920 entre bolcheviques y
musulmanes de Turquía, Kurdistán, Armenia, Persia, India, China,
Palestina…, con alrededor de 2850 delegados. El imperialismo británico
hizo lo imposible para abortar la reunión internacional, atacando a
cuantos delegados pasaran por los territorios ocupados por Londres, o
cercanos a ellos. En un ambiente de plena libertad de expresión y con
traducción simultánea, se debatieron las relaciones entre el islam y el
marxismo, la emancipación de la mujer y la hiyad
o velo, la ocupación sionista, la justicia social según el Corán y el
socialismo, la opresión nacional y colonial, etc. Hay que decir que en
ese 1920 Lenin ordenó devolver a las mezquitas todos los objetos de
culto musulmán saqueados durante siglos por el zarismo, así como otros
bienes, terrenos, casas, etc.
El
segundo hace referencia al avance de la III Internacional en
subcontinente indio y Asia Oriental, países que comprenden al instante
que la revolución bolchevique es un «atajo» que puede permitirles un
«salto histórico». En India, y gracias a la efectividad práctica y
teórica de militantes como M. N. Roy, nacionalista radical, defensor de
la lucha armada antibritánica, exilado desde 1916 en EE.UU. y México
donde ayudó a fundar el Partido Comunista Mexicano (PCM), y donde
conoció a dirigentes de la Internacional Comunista como Borodin.
Presente en el Congreso de 1920, debatió ampliamente con Lenin sobre la
opresión nacional y fue encargado para la organización del comunismo en
la India, país inmenso y complejo al máximo en el que los comunistas
sufrirán momentos de ilegalización. En China y en Mongolia, sobre todo,
la III Internacional tuvo que superar no sin tensiones las tesis sobre
las clases sociales basadas en el capitalismo europeo, hasta comprender
que en aquellas sociedades el campesinado era el grueso de la fuerza
revolucionaria.
El
tercero y último ejemplo cogió fuerza justo después de la Segunda
Guerra Mundial, pero gracias a la tarea previa realizada por la III
Internacional al trabajar en la formación de varios miles de cuadros en
África, que vieron en sus luchas cómo el socialismo creado en Europa
tenía semejanzas de fondo con ideales de justicia de la cultura
africana. La propiedad colectiva de la tierra era la forma dominante de
propiedad existente en África antes de las invasiones europeas. Las
tradiciones culturales y los mitos de los orígenes eran en su gran parte
igualitaristas, aunque también existían formas jerarquizadas,
gerontocráticas y de prestigio ganado con la edad. Si a esto unimos la
gran autonomía real de las mujeres africanas, podemos comprender por qué
prendía y prende fácilmente el «socialismo africano» entre las masas
explotadas cuando Senghor, Día, Nkrumah, Nyerere, Amílcar Cabral, Sekou
Touré, Lumumba, Sankara, Traoré y muchos más, lo explicaban y lo
practican atendiendo a las condiciones sociohistóricas.
Por
razones de espacio, dejamos al lado la tarea de la III Internacional en
Nuestramérica y también su papel en el capitalismo imperialista.
.
6.
¿Cómo conecta Fanon la violencia con la teoría revolucionaria del
antiimperialismo? ¿Qué vínculo hay entre lucha cultural y
antiimperialismo en autores como Ngũgĩ wa Thiong’o?
Para
responder con rapidez a la pregunta sobre la visión de Fanon de la
violencia antiimperialista hemos escogido cuatro citas breves de Los condenados de la Tierra, su obra fundamental:
Una:
«Cada estatua, la de Faidherbe o Lyautey, la de Bugeaud o la del
sargento Blandan, todos estos conquistadores encaramados sobre el suelo
colonial no dejan de significar una y la misma cosa: “Estamos aquí por
la fuerza de las bayonetas…”». Fanon dice mucho con pocas palabras. El
arte imperialista existe, no es arte a secas, neutral, sino arte atroz
que ensalza a asesinos en masa franceses para que el pueblo invadido
termine admirando al invasor. Además, es el empleo del urbanismo como
arma de intimidación y de orden vigilado no solo por las fuerzas
invasoras, sino por el terror simbólico concentrado en sus estatuas.
Pero lo decisivo aparece en esta frase: «Estamos aquí por la fuerza de
las bayonetas…».
Dos:
«El desarrollo de la violencia en el seno del pueblo colonizado será
proporcional a la violencia ejercida por el régimen colonial impugnado».
Fanon nos recuerda aquí uno de los principios de la teoría marxista de
la violencia: la dialéctica entre fines y medios. El capital, el
imperialismo, la OTAN… aplican la máxima violencia injusta contra
cualquier lucha justa para imponer tal terror que nadie más vuelva a
desear la libertad. El pueblo mide su violencia defensiva con valores
antagónicos a los del invasor: la violencia justa busca expulsarle y a
la vez aumentar la conciencia popular, por lo que ha de rechazar todo
exceso, toda arbitrariedad, midiendo la dosis justa e imprescindible,
hablando claro y pedagógicamente al pueblo, sin mentirle nunca. Verdad y
violencia revolucionaria forman una unidad.
Tres:
«Para el pueblo colonizado, esta violencia, como constituye su única
labor, reviste caracteres positivos, formativos. Esta praxis violenta es
totalizadora, puesto que cada uno se convierte en un eslabón violento
de la gran cadena, del gran organismo violento surgido como reacción a
la violencia primaria del colonialista. Los grupos se reconocen entre sí
y la nación futura ya es indivisible. La lucha armada moviliza al
pueblo, es decir, lo lanza en una misma dirección, en un sentido único».
La
«violencia primaria del colonialismo» hace que, en respuesta defensiva,
el pueblo se organice y se centralice para expulsar al imperialismo. No
se puede vencer al ocupante con una guerra a medias, una semi-guerra,
sino que sólo es posible lograrlo con la guerra total, con la «praxis
violenta totalizante» en cuyo decurso el pueblo se autoconstruye, se
crea a sí mismo caminando «en un sentido único». Pero es una creación
que se realiza con novedades cualitativas, ya que la guerra de
liberación genera por ella misma realidades antes desconocidas, crea y
potencia sentimientos de solidaridad imbricada en el «sentido único» de
la liberación nacional y de clase.
Cuatro:
«La violencia desintoxica. Libra al colonizado de su complejo de
inferioridad, de sus actitudes contemplativas o desesperadas. Lo hace
intrépido, lo rehabilita ante sus propios ojos. Aunque la lucha armada
haya sido simbólica y aunque se haya desmovilizado por una rápida
descolonización, el pueblo tiene tiempo de convencerse de que la
liberación ha sido labor de todos y de cada uno de ellos, que el
dirigente no tiene mérito especial. La violencia eleva al pueblo a la
altura del dirigente. De ahí esa especie de reticencia agresiva hacia la
maquinaria protocolar que los jóvenes gobiernos se apresuran a
instalar».
El
pueblo está intoxicado, dopado, por el mito de la superioridad absoluta
del colonizador. Ni siquiera puede imaginar otra vida que no sea la
impuesta por el amo, al que agradece sus desvelos por él lo mismo que el
yonqui se lo agradece al traficante, del que depende. Lo que se llama
«pasar el mono», desintoxicarse, siempre exige sacrificio y mucha
determinación material y simbólica, subjetiva. Es la dialéctica de la
totalidad revolucionaria que se yergue contra la totalidad
contrarrevolucionaria. Nada puede existir fuera de esa unidad y lucha de
contrarios. La independización del traficante, la ruptura con el
colonialismo, confirma al pueblo que él es el propietario de sí mismo,
que debe construir su futuro contando con sus recursos y con la ayuda
antiimperialista de otros pueblos y clases trabajadoras. Él se dirige a
sí mismo.
Sin
mayores precisiones ahora, Fanon escribió estas ideas en 1961, en la
tercera oleada de guerras de liberación. La primera fue la de la
emancipación de las colonias americanas desde finales del siglo XVIII.
La segunda fue la de la violencia defensiva contra la invasión colonial
de África y Asia en el siglo XIX. La tercera empezó con la revolución
china y es en la que se inscribe Fanon que sintetiza teóricamente las
experiencias desde las primeras resistencias al colonialismo portugués y
español desde la segunda mitad del siglo XV. Pero la pertinencia de
Fanon se vuelve a confirmar en la cuarta fase actual, iniciada desde
finales del siglo XX y que, no sin problemas por la salvaje oposición
del imperialismo, avanza con modalidades y contenidos nuevos –como es
lógico– que no anulan, sino que enriquecen sus aportaciones a la teoría
marxista de la violencia, como se aprecia por ejemplo en su querida
África.
La
muerte de Ngũgĩ wa Thiong’o a finales de mayo de 2025 vuelve a
actualizar a Fanon sobre todo en lo que debemos llamar «guerra de
liberación cultural» que, dicho de manera más sintética, formaría parte
de lo que Fanon ha definido más arriba como «lucha armada simbólica».
Para muchos de nosotros, el autor tiene dos obras especialmente
importantes: una es Descolonizar la mente, de 1986, y en lengua castellana en 2015, y la otra es Desplazar el centro, de 1993, editada en castellano en 2017. Debemos empezar por la primera obra, Descolonizar la mente, intentando resumirla en cuatro párrafos.
Uno:
«En los siglos XVIII y XIX Europa robó innumerables tesoros artísticos
africanos para decorar sus casas y museos. En el siglo XX Europa está
robando los tesoros de la mente para enriquecer sus lenguas y sus
culturas. África necesita recuperar el control de su economía, su
política, su cultura, sus lenguas y a todos sus escritores patrióticos».
Hace
bien Ngũgĩ en referenciarnos el siglo XVIII como el momento a partir
del cual se generalizó el saqueo cultural, porque es el siglo en el que
la burguesía europea toma conciencia del poder explotador que tiene y
decide adornar su vida cotidiana con «cosas exóticas». En el siglo XVII
el arte barroco apenas era apto para adornar la casa de la nueva
burguesía colonialista holandesa e inglesa, y el neoclásico sí permitía
algunas más facilidades en ese sentido. Los ricos comerciantes querían
mostrar su nuevo estatus en sus casas y centros de reunión y la posesión
de arte africano, indio, persa, chino, americano…, mostraba además
poder económico-militar y exuberancia estética. Desde el siglo XX el
robo abarca a la mente, a la «fuga de cerebros», porque para superar las
crecientes dificultades de acumulación de capital es imprescindible
aumentar el capital constante, la tecnociencia, lo que exige
descalificar la mente colonizada para reducirla a fuerza productiva.
Dos:
«La tradición imperialista en África la mantienen hoy en día la
burguesía internacional usando las multinacionales y, por supuesto, las
clases dirigentes nativas, ondeando las banderas nacionales. La
dependencia económica y política de esta burguesía neocolonial africana
se refleja en su cultura de imitación y de repetición, que impone a una
población adormecida con botas policiales, alambre de espino y unos
estamentos clerical y judicial complacientes. Extienden sus ideas a
través de un grupo de intelectuales estatales, los académicos y los
periodistas laureados del establishment neocolonial».
La
cultura de la repetición e imitación es cultura muerta porque no puede
ser crítica ni creativa, ya que asume y reproduce las cadenas económicas
que le atan al imperialismo, asume los muros que le impiden ver el
horizonte más allá de los dogmas introyectados en la mente colonizada y
en especial refuerza la lógica de la explotación, de la propiedad
privada. La cultura africana tiene sus raíces en la gran extensión de
bienes comunales, como hemos dicho. Su expropiación y privatización
mediante invasiones occidentales ha ido reforzada con carácter de
necesidad por la destrucción paulatina de la cultura comunal y la
imposición primero de la cultura extranjera de la obediencia a la
propiedad imperialista y segundo, de la cultura colaboracionista y
servil con el invasor. Las sectas cristianas y la justicia occidental
impuesta en África juegan su papel en todo ello.
Tres:
«La tradición de resistencia la mantienen los trabajadores (los
campesinos y el proletariado urbano), con la ayuda de los estudiantes
patriotas, los intelectuales (sean o no académicos), los soldados y
otros elementos progresistas de las clases medias menos privilegiadas.
La resistencia se refleja en su defensa patriótica de los orígenes
campesinos y proletarios de las culturas nacionales, en su defensa de la
lucha democrática de todas las nacionalidades que habitan un mismo
territorio».
Ngũgĩ
reactiva aquí el clásico debate sobre el sujeto revolucionario en las
sociedades en las que la industrialización no ha cuajado aún y en las
que el componente mayoritario es el descrito por él. Ya hemos hablado de
este debate arriba, pero lo que nos interesa ahora es la participación
de este sujeto colectivo en la «guerra cultural» y en el desarrollo de
la cultura popular que recupera las tradiciones comunales, recreándolas
como decisivas armas de liberación antiimperialista. El patriotismo que
aquí se presenta es el que recorre a las naciones trabajadoras que,
asumiendo sus diferencias lógicas, se enfrentan con y por los mismos
objetivos históricos a sus burguesías colaboracionistas.
Cuatro:
«El arma más peligrosa que blande y, de hecho, utiliza cada día el
imperialismo contra ese desafío colectivo es la bomba de la cultura. El
efecto de una bomba cultural es aniquilar la creencia de un pueblo en
sus nombres, en sus lenguas, en su entorno natural, en su tradición de
lucha, en su unidad, en sus capacidades y, en último término, en sí
mismos. Les hace ver su pasado como una tierra baldía, carente de
logros, y les hace querer distanciarse de esta. Les hace querer
identificarse con aquello que les resulta más lejano, por ejemplo, con
las lenguas de otros pueblos en lugar de las suyas propias. Les hace
identificarse con lo que es decadente y reaccionario, todas las fuerzas
que ahogarían de buena gana las fuentes de su vida. Incluso plantea
dudas profundas sobre la legitimidad moral de la lucha».
A
la potencia ocupante le urge destruir la identidad de la nación
trabajadora, sobre todo su memoria, tradición y moral de lucha, la que
siempre le recuerda que fue libre en el pasado y que si quiere volver a
serlo deba luchar contra la «bomba cultural» imperialista. Ngũgĩ no
podía decirlo más directamente: la «bomba cultural» busca aniquilar los
nombres, las lenguas, las identificaciones con el entorno natural
construidas durante siglos al amparo de la producción y reparto comunal.
Arrasamiento de la personalidad colectiva para imponer lenguas,
nombres, normas y referentes del invasor –traídos de muy lejos y que
solo pueden crecer mediante la violencia material y simbólica necesaria
para sembrar la sumisión obediente al amo extranjero en el desierto
mental de la primera infancia.
En 1993 Ngũgĩ escribe Desplazar el centro,
en la que habla de la «jaula lingüística» que oprime a la lengua y
cultura africana para mostrar la terrible e insoportable realidad que le
llevó a tomar conciencia de que su novela Un grano de trigo,
de la mitad de la década de los 60, podría ser leída solo por un 5% de
la población y eso con un poco de suerte. Escribe: «Los escritores
formaban parte de la élite educada, y no había forma de que pudieran
escapar de estas contradicciones. Casi todos, por ejemplo, optaron por
lenguas europeas como forma de expresión para su creatividad. El inglés,
el francés y el portugués se convirtieron en las lenguas de la nueva
literatura africana. Pero estas lenguas solo las hablaba el 5 % de la
población».
Debemos
tener en cuenta que la educación, la sanidad, la administración, etc.
básicas, cuando las había, se sustentaban en lenguas extranjeras
dominadas por el 5 %, lo que frenaba o impedía que los pueblos
aprendiesen y creasen ellos mismos esos medios decisivos si previamente
no habían interiorizado la lengua y cultural ocupante. El problema se
agravaba cuando analizamos el funcionamiento de las fuerzas represivas
nativas –colaboracionistas armados que defendían al amo masacrando a su
propia familia si hiciera falta. Gran Bretaña, Portugal y Francia, y en
menor medida Alemania, Bélgica e Italia, llevaron a la muerte a decenas
de miles de africanos, asesinándose entre sí en la Primera y Segunda
Guerras Mundiales en defensa de los imperialismos que los saqueaban.
Apenas podemos hacernos una idea de cómo este exterminio de personas
jóvenes ha retrasado durante generaciones la toma de conciencia
panafricanista.
Todos
los movimientos de liberación han comprendido la importancia crítica de
la alfabetización de sus pueblos en sus lenguas y culturas como avance
simultáneo en su autoorganización como fuerza revolucionaria que lucha
por la independencia contra el imperialismo. La alfabetización iba y va
unida no solo a la autoorganización sino a la vez a la preparación
teórica, política y ética de cara a crear contrapoderes allí donde sea
posible, defenderlos y ampliándolos, conectándolos en red. Los
contrapoderes, como veremos, cumplen una tarea muy pedagógica y
acumulativa, pero su alcance es muy limitado e incierto porque siempre
son objeto de la represión. Son imprescindibles pero insuficientes.
Ngũgĩ
da una razón incuestionable de la necesidad de la preparación
administrativa, ética y técnica –pero sobre todo con un muy sólido
objetivo revolucionario orientado a la toma del poder, realizada siempre
durante la lucha de liberación:
«Pero
la independencia de muchos países africanos no siempre ha traído como
consecuencia el empoderamiento de los pueblos. El poder económico sigue
en manos de multinacionales, y el poder político en manos de una
minúscula élite que gobierna bajo el dictado de los intereses dominantes
en Occidente. Estas élites, a las que se les ha proporcionado una
maquinaria militar con la que imponerse a la resistencia de la
población, han convertido a países enteros en gigantescos centros
penitenciarios».
Y
es que una guerra de liberación que no prepare a las clases explotadas
para la simultánea tarea de destruir el poder ocupante y construir el
poder revolucionario, será más pronto que tarde barrida por la alianza
entre la burguesía «nacional» y el imperialismo, alianza en la que la
fuerza dominante es el capital imperialista. Peor aún, esa alianza
reprimirá, detendrá, encarcelará, torturará y hasta asesinará a las
fuerzas antiimperialistas una vez que reúna las condiciones para
hacerlo. Aún peor, la maquinaria militar de la élite, armada y formada
por el imperialismo, está mentalizada y organizada para asestar el
primer golpe asesino, disponiendo de la información suficiente y de los
medios necesarios para convertir a sus países en «gigantescos centros
penitenciarios».
Ngũgĩ
nos aporta además otra razón incuestionable como las anteriores con las
que damos por terminada la respuesta a la sexta pregunta, ya que nos
abre la puerta para entrar a la séptima y última:
«Unos
pocos accionistas en la City o en Wall Street, mediante una simple
manipulación en la compraventa de acciones y participaciones y gracias
al poder de su fuerza casi monopolística del capital, pueden determinar
la ubicación, la muerte y la subsistencia de industrias enteras; pueden
decidir, en definitiva, quién come, qué come y dónde lo come. Pueden
crear hambrunas, desiertos, polución y guerras. El campesino en la parte
más alejada del planeta se ve afectado por el poder de personas que
acumulan miles de millones, aunque su riqueza solo sea visible en
números en una pantalla de ordenador en estas instituciones financieras
que llamamos bancos. Actualmente, el FMI y el Banco Mundial determinan
las vidas y las muertes de muchísimas personas en África, Asia y
Sudamérica».
.
7.
¿Qué importancia tiene que los pueblos decidan por sí mismos dentro del
antiimperialismo? ¿Cuáles son los elementos básicos para armar una
teoría revolucionaria del antiimperialismo? ¿Qué tipo de
internacionalismo político necesita hoy la teoría antiimperialista?
Las
últimas palabras de Ngũgĩ centran perfectamente las tres respuestas a
este último bloque de preguntas porque nos descubren el núcleo, la
esencia del imperialismo, el porqué y cómo de la destrucción de vidas
humanas en lugares muy lejanos de los centros de poder capitalista, y
sobre todo el para qué de esos crímenes diarios. Ngũgĩ los escribió en
1993 y el tercio de siglo transcurrido hasta ahora no ha hecho, sino
multiplicarlos a la vez que ha añadido nuevos componentes a las crisis
genético-estructurales del capital. Arriba hemos intentado explicar la
categoría de esencia/fenómeno, y ahora podríamos hablar de la
universal/particular/singular. Recurrimos a ambas para saber por qué los
pueblos obreros deben decidir por sí mismos su lucha antiimperialista
siempre dentro de la unidad estratégica internacionalista por el
comunismo.
Entre
otras muchas cosas válidas, Ngũgĩ dice que el BM, el FMI, las grandes
corporaciones y unos pocos accionistas, deciden quienes mueren de hambre
o son masacrados en guerras a miles de kilómetros de sus acomodados
despachos. Esta es la esencia del imperialismo, sus características
universales. ¿Cómo combatirlas y vencerlas? ¿Solo con afirmaciones
ciertas pero generales, o mediante luchas concretas que destruyan las
formas con las que se presenta lo esencial, lo universal del
imperialismo, de modo que en cada país o región particular se generen
colectivos antiimperialistas capaces de llegar a lo singular?
Por
ejemplo, la lucha contra el «imperialismo ecológico» en su esencia
universal que destruye la naturaleza debe materializarse en lo
particular en y de Galiza mediante la derrota de la monstruosidad de
Altri, que tiene singularidades que le diferencian de otras
barbaridades, pero que solo pueden entenderse plenamente gracias a la
crítica marxista del ecocidio capitalista.
La
lista de ejemplos es casi inagotable: la lucha castellana contra la
falsificación y mentira histórica para imponer su supuesta españolidad
es la misma que la lucha catalana contra esa misma imposición violenta,
pero sería un error garrafal copiar mecánicamente los argumentos y
formas de movilización. La lucha contra las bases de la OTAN en
Andalucía, por ejemplo, es la misma lucha que la que se libra contra las
bases imperialistas en otras partes, pero la forma de esa lucha
andaluza solo será efectiva si parte de su historia y contexto, de la
misma manera en que la lucha vasca por la amnistía tiene los mismos
objetivos que las de otras naciones trabajadoras, pero en Euskal Herria
se sostiene sobre la especificidad y singularidad de su lucha liberación
nacional de clase.
Queremos
decir que el antiimperialismo será tanto más efectivo solo si reconoce y
aplica las lecciones históricas: Ho Chi Minh no fue Tito ni Fidel,
tampoco Mao fue Sankara, Santucho aplicó un método en Argentina
diferente a los guerrilleros soviéticos detrás de las líneas nazis, lo
mismo que la insurrección de 1917 en San Petersburgo se hizo según su
circunstancia, coyuntura y contexto, sin embargo, en 1928 la
Internacional Comunista publicó esa joya titulada La insurrección armada
que unía dialécticamente en un todo teórico las insurrecciones habidas
hasta entonces mostrando lo que les identificaba por debajo de sus
muchas diferencias. Cualquier militante que actúe en un sindicato o
movimiento popular o cultural, etc., sabe que la lucha de clases es una
en sí misma, pero que adquiere tantas expresiones como formas de
explotación, opresión y dominación, que aplica el capital.
Por
tanto, los elementos básicos de toda lucha antiimperialista son los que
atacan de raíz a lo que es la naturaleza esencial irrenunciable del
imperialismo –lo que al margen de sus muchas maneras externas con las
que se presente reaparece siempre en el fondo del choque a muerte entre
el capitalismo y el socialismo: la sobreexplotación de las naciones
trabajadoras y en especial de sus mujeres como trofeo especial y fuerza
de trabajo múltiple; su opresión nacional en todos los aspectos; el
saqueo de sus recursos; el intercambio desigual; la imposición de
intereses impagables de la deuda de sus burguesías; la ocupación militar
descarada o encubierta; la guerra cultural y saqueo intelectual, las
restricciones sutiles o brutas de la soberanía diplomática; la impunidad
legal de empresas imperialistas en el país dominado, la sumisión de
jueces, y un largo etc.
Como
se aprecia, hemos citado diversas prácticas imperialistas cuya
extensión e intensidad deben ser analizadas en cada caso, lo que
desborda este texto. Sin embargo, esta pequeña lista con bastante falta
de detalle sí nos sirve para hacernos una idea de la gran cantidad de
opresiones, dominaciones y explotaciones –cada vez más complejas e
interactivas– a las que debemos enfrentarnos con objetivos claros que
nunca silencien u oculten el antagonismo mortal, la inconciliabilidad
entre el socialismo/comunismo y el imperialismo/capitalismo.
La
pedagógica explicación teórica, política y ética de ese antagonismo ha
de hacerse también en aquellas luchas por reivindicaciones parciales,
tácticas, puntuales, llamadas «menores», que incluso pueden ser
conquistadas por métodos de presión legal, con movilizaciones pacíficas,
utilizando la cada vez más debilitada democracia burguesa, etc. Pero en
estos casos, cada vez más raros, siempre debe quedar claro que la
pequeña conquista realizada ha sido gracias a la acción de masas, a la
amenaza de pasar a métodos más duros, a la independencia política del
proletariado –y nunca a su plegamiento a las pasivas letanías y
advocaciones reformistas. Debe quedar claro que, si decae la defensa de
lo conquistado, si no se amplía a más reivindicaciones, más temprano que
tarde la burguesía contraatacará hasta destruirlas. Por eso, la más
mínima victoria debe ser un trampolín para otras mayores.
La
inconciliabilidad entre opresión imperialista y liberación nacional de
clase muestra que cualquier victoria pequeña es solo parte de una guerra
social que lo abarca todo, en la que el estancamiento del pueblo obrero
es una señal de debilidad y duda que de inmediato aprovecha el
imperialismo para endurecer y extender su contraofensiva. En este toma y
daca con altibajos permanentes, es decisivo que el proletariado se
vuelque en la creación de contrapoderes que le multipliquen su fuerza,
que le permitan organizarse mejor, que expandan redes y estructuras de
clase y de independentismo en la medida de lo posible bajo la opresión
nacional.
Todas y todos sabemos lo que son los contrapoderes: son los gaztetxes,
los centros sociales autoorganizados; las sedes de partidos y
organizaciones revolucionarias; los locales de medios de prensa libre y
crítica; los movimientos más o menos estables que crea el pueblo
trabajador para construir una forma de vida, de praxis, contraria en
todo a la opresora –como la lucha contra el narco capitalismo, el
fascismo, las infiltraciones policiales, el terrorismo patriarcal, la
destrucción del medio urbano y con él de los sistemas educativos,
sanitarios, de transporte, de viviendas sociales de calidad, la invasión
de los hipermercados y la destrucción del tejido social popular, de
organización de fiestas populares reivindicativas no mercantilizadas y
un largo etcétera. Recuperar, construir, coordinar, extender y defender
estos contrapoderes es vital, como también lo es dotarlos de unidad
estratégica hacia los objetivos de independencia de clase, socialismo y
comunismo.
Y
un objetivo irrenunciable y siempre permanente es el de unir el
internacionalismo proletario con el independentismo socialista en la
lucha a muerte contra el capital y sus atrocidades imperialistas. Las
formas de hacerlo son múltiples porque múltiples son los hilos que
conectan las resistencias contra el imperialismo. Es imprescindible que
la militancia conozca la teoría marxista del imperialismo y la de la
crisis del capital, que van unidas como hemos visto. A partir de aquí es
muy fácil mostrar que el avance en la independencia socialista es el
retroceso del imperialismo. Cuba como ejemplo, pero también otros muchos
pueblos que ahora se suman de una u otra forma a la creciente oposición
al imperialismo.
Conociendo
las leyes tendenciales y las contradicciones del capitalismo, sabemos
qué función tiene la guerra imperialista contra los pueblos. De aquí a
demostrar que una huelga en una empresa participada por el sionismo, o
un boicot a empresas de transporte que llevan armas a la OTAN, o la
oposición de masas contra el gasto militar, o el rechazo radical a la
cultura que legitima el imperialismo en cualquiera de sus formas, o la
recogida de dinero y de otros bienes para ayudar a pueblos atacados, o
la creación de redes de acogida de refugiados amenazados, o la denuncia
permanente del servilismo imperialista de la burguesía autóctona y de
sus partidos dóciles –todo esto y mucho más, son demostraciones
prácticas y comprensibles de la unión entre la lucha por la
independencia socialista y la lucha antiimperialista.
IÑAKI GIL DE SAN VICENTE
EUSKAL HERRIA 12 de julio de 2025