Calcutta. Neelkhanta, un écrivain réfugié du Bangladesh,
ayant œuvré pour la réunification, sombre dans l'alcool. Sa femme et
son fils l'abandonnent. Privé de domicile, il vagabonde en compagnie
d'un jeune chômeur, d'une réfugiée et d'un ancien professeur. Assis dans
les squares et les parcs, ceux-ci discutent de l'avenir de l'Inde et de
problèmes artistiques. Neelkhanta se décide pourtant à revoir sa femme
dans le village où elle exerce le métier d'institutrice. La campagne est
en proie à des heurts entre policiers et militants naxalites. Au cours d'un affrontement, Neelkhanta est malencontreusement abattu.
El largo poema, titulado El proletariado volador, fue escrito en
1925 por Vladimir Maiakovski. Está ambientado en 2125 y trata sobre una
gran batalla aérea con rayos de la muerte y armas similares entre el
proletariado soviético y las fuerzas burguesas norteamericanas. Estas
últimas llevan la delantera hasta que los mismos trabajadores
norteamericanos se rebelan contra su gobierno. El futuro imaginado por
el poeta es puro bienestar y ultratecnología. Las máquinas realizan todo
el trabajo y los ciudadanos se dedican al ocio.
Le poète Vladimir
Maïakovski s’empare du courrier de la boîte aux lettres dans son
appartement communautaire. Il commence à examiner son contenu. Les unes
des journaux sont émaillées de communiqués sur des préparatifs de guerre
partout dans le monde. Colère et douleur envahissent le poète à la
pensée d’une possible guerre. Mais petit à petit, le désespoir se mue en
certitude de la victoire finale de la raison sur la barbarie
militariste. Maïakovski déploie alors un croquis. En repoussant les
limites du cadre, il le transforme en grand format et démontre l’ampleur
de son projet : la réalité du XXXème siècle.
Ce film d’animation s’inspire du Prologue et de la 2ième partie (le
futur mode de vie) du poème de Vladimir Maïakovski « Le Prolétaire
Volant » (1925), complété par des passages de son scénario « Comment
allez-vous ? » (1926). Alexandre Galitch écrivit des vers
complémentaires.
Desde 1918, la mitad de Belarús estaba dividida en dos, igual que parte de Ucrania. Una parte era la República Socialista Soviética de Belarús y el otro territorio ocupado por Polonia y sus vasallos, los nacionalistas bielorrusos. Fue una de las consecuencias del Tratado de Brest-Litovsk firmado el 3 de marzo de 1918 en la ciudad bielorrusa de Brest-Litovsk, entonces bajo soberanía rusa.
Por ello, la Rusia bolchevique debía aceptar condiciones desfavorables. Pero no le quedaba otro remedio en la guerra civil que libraba contra el ejército blanco y las fuerzas imperialistas invasoras.
El dictador polaco Józef Piłsudski con puño de hierro creo lo que el mismo denomino "la Gran Polonia". Ocupando territorios de los países bálticos, Belarús y Ucrania. En los territorios ocupados la represión contra las poblaciones locales fue una constante.
Para poder reprimir mejor se creó el campo de concentración Bereza-Kartuzskaya creado por las autoridades de la República Polaca en 1934 en la ciudad de Bereza-Kartuzskaya, ahora Bereza , región de Brest en la Belarús occidental.
En el campo de concentración de Bereza-Kartuzskaya languidecieron y fueron torturados miles de prisioneros: comunistas de Bielorrusia occidental, Ucrania occidental y Polonia, luchadores por la liberación social y nacional de los campesinos.
Terminaron en el campo sin juicio ni investigación; fue imposible apelar la decisión. La tarea principal era quebrar a las personas psicológica y físicamente, convertirlas en esclavos tontos que ni siquiera podían pensar en la lucha política, la unidad y la igualdad.
Cuarenta personas estaban hacinadas en pequeñas celdas con suelo de cemento. Se les prohibió hablar. La suerte de los prisioneros era un trabajo agotador y raciones de hambre. Los abusos por parte de la administración del campo eran la norma.
El llamado simulacro era uno de los principales tipos de castigo. Los prisioneros tenían que correr, gatear y caminar como un pato durante días y días hasta quedar completamente exhaustos.
"Corredor de la policía", a ambos lados del cual había policías con porras. Los prisioneros tuvieron que escapar por él. Fueron golpeados con doble fuerza. En general, a los prisioneros en el campo de concentración se les prohibía caminar; todo debía hacerse corriendo.
El castigo más severo para el entendimiento humano era la celda de castigo.
Este espantoso lugar donde el prisionero estuvo 7 días sin luz, comida ni descanso. Ni siquiera había literas: había que sentarse sobre un suelo de cemento y hielo, que se regaba de vez en cuando
El prisionero tampoco podía dormir, ya que cada dos horas debía responder en voz alta al guardia que era reemplazado.
El "rey" de la celda de castigo se llamaba Solomon Yollis, quien fue arrojado a un sótano oscuro y helado 30 veces durante sus tres años de prisión; pasó 210 días completamente solo. Lo mantuvieron en la celda número 15, donde se encontraban los comunistas más acérrimos.
Otro tipo de castigo fue el “rastro de sangre”. El prisionero debía arrastrarse de rodillas sobre ladrillos afilados, con un policía polaco tirano esperando frente a él con un bastón.
Los polacos llamaron sarcásticamente a este camino “el viaje a Stalin”.
El escritor ucraniano Aleksandr Gavrilyuk, que pasó dos veces por las mazmorras del campo de concentración de Bereza-Kartuzskaya, quedó impresionado por las máscaras de muerto en los rostros de los prisioneros.
“Silenciosos, distantes, con los ojos apagados, marcados con números, los prisioneros trabajaban con indiferencia, sin siquiera mirar a los compañeros que llegaban”, así describió sus primeras impresiones.
"Los polacos tenían todos los privilegios, mientras que los bielorrusos eran considerados esclavos que debían quitarse el sombrero e inclinarse cuando veían al señor polaco."
Explica Fiódor Trutko hijo de Stepan Trutko represaliado político.
Los polacos con la religión “correcta” ganaban dos o incluso tres veces más que los bielorrusos en cualquier trabajo.
Por eso Stepan Trutko llamó a la gente a luchar por la justicia, participó en la organización de huelgas y distribuyó folletos.
Fue encarcelado varias veces y en agosto de 1937 acabó en el campo de concentración de Bereza-Kartuzskaya.
El primer día allí, el prisionero número 1221, Stepan Trutko, fue torturado mediante ejercicios: le ordenaron saltar sobre una pierna, correr como un ganso, gatear sobre el estómago y luego lo arrojaron al frío suelo de una celda vacía. También fue golpeado.
“Mi padre se apiadó de nosotros, los niños, y no nos contó mucho sobre la vida en el campo. Y era difícil recordar el acoso y la tortura a los que se sometía a la gente allí simplemente porque querían hablar su idioma y vivir en su tierra”, dice Fyodor Trutko.
Gracias precisamente al pacto de no agresión Ribbentrop-Molotov, Belarús volvió a reunificarse el 17 de septiembre de 1939.
Al día siguiente los prisioneros del campo de concentración fueron liberados gracias al Ejército Rojo.
El primer comandante de Bereza-Kartuzskaya fue Boleslav Greffner, quien argumentó que solo había dos salidas del campo: a su propio funeral o al manicomio. En 1939, un tribunal militar lo fusiló.
Cuando los manipuladores del sistema nos hablan de Polonia, siempre aparece como una nación desgraciada que estuvo bajo la bota soviética.
Nadie habla de la ocupación polaca, ni mucho menos de las torturas y asesinatos cometidos por el régimen polaco.
Hoy el campo de concentración polaco Bereza-Kartuzskaya es un museo en la localidad belarusa de Bereza donde es posible contemplar los horrores cometidos por el régimen polaco.
Para quien esté interesado en visitar el lugar, aquí está su página web
Rigoberto Reyes Sánchez. Sociólogo, maestro y egresado del Doctorado en Estudios Latinoamericanos.
Ciudad: Ciudad de México
Productor: Comité Olímpico
Personas Vinculadas:
Pedro Ramírez Vázquez, Lance Wyman, Taller de Gráfica Popular (TGP),
Guillermo González Camarena, Esther Montero, Gustavo Díaz Ordaz
Ubicación: MUAC, Museo Universitario de Arte Contemporáneo, UNAM. País:MéxicoAño:1968
“Ante nuestros ojos
aparecían, de un día para otro, enormes anuncios y carteleras de
artistas y caricaturistas mexicanos, fotografías documentales de
excelente valor estético, diseños sobre los deportes, murales ilustrando
nuestra artesanía, flores y palomas inmensas, todo haciéndonos olvidar
que no teníamos un pedazo de cielo azul donde poner los ojos.”
— Helen Escobedo,1975
Los Juegos Olímpicos de México 1968 fue un
evento multideportivo celebrado en la Ciudad de México, entre el 12 y
el 27 de octubre. La ocasión fue utilizada por el gobierno de Gustavo
Díaz Ordaz (1964–1970) del PRI (Partido Revolucionario Institucional)
para transmitir una imagen de prosperidad y progreso de un país en vías
de desarrollo, con la presencia de un fuerte Estado de Compromiso. Se
trató de la primera vez que un país latinoamericano fue sede de las
Olimpiadas; sin embargo, suele recordarse por motivos extradeportivos,
como las innovaciones en diseño, las protestas estudiantiles y la
violencia política de Estado.
Desde la elección de México como sede en
1963, se impulsó un complejo plan de diseño multiescalar. Este contempló
labores coordinadas en materia de urbanismo, arquitectura, diseño y
artes visuales, con el fin de proyectar un escenario urbano ordenado y
coherente. Se realizaron importantes renovaciones urbanas, como la Villa
Olímpica Libertador Miguel Hidalgo, que consiste en 80 edificios
emplazados en un área de 20 mil metros cuadrados. También se erigieron
modernos edificios para la ocasión, como la Alberca (piscina) Olímpica
Francisco Márquez y el Gimnasio Olímpico Juan de la Barrera, ambos
exponentes de la arquitectura de cuño racionalista, en sintonía con las
corrientes del Movimiento Moderno y sus derivas brutalistas.
Al
respecto de la arquitectura del evento, cabe destacar su integración con
las artes, así como su relación con la imagen en general. Desde los
cimientos mismos de las nuevas estructuras, así como en la adaptación de
complejos deportivos preexistentes, se reconoce una práctica de
integración plástica. Hablamos de toda una tradición, con un amplio
desarrollo en México, forjada al alero del muralismo y la
experimentación vanguardista, que busca cruzar el arte y la
arquitectura. Desde la concepción del proyecto mismo, “se trabajó en
colaboración con los arquitectos desde que nace el edificio […]”, donde
“la labor plástica queda introducida en el cuerpo arquitectónico como
parte de él, no como mera ornamentación” (Guzmán, 1987: 131). Se
realizan obras con fines pedagógicos, como el mural de Diego Rivera, La Universidad, la Familia Mexicana, la Paz y la Juventud Deportista (1964–65), ubicado
en el frontis del Estadio Olímpico Universitario. Donde figuran
monumentales deportistas de tenida blanca, portadores de la antorcha
encendida, el águila y cóndor sobre un nopal. Un conjunto que reposa
imponente sobre Quetzalcōātl, la Serpiente Emplumada. Nótese la
intervención realizada en los suelos, con motivos de ondas vibrantes, en
línea con el diseño op-art de la identidad gráfica del evento.
Cabe mencionar que las distintas obras arquitectónicas fueron
concebidas como íconos del evento y sus imágenes fueron ampliamente
reproducidas en folletos y estampillas. Bajo un mismo sistema visual se
organizó la información del metro, se adornaron avenidas y se
empapelaron kioscos. En definitiva, Ciudad de México se presentaba al
mundo como una ciudad moderna, organizada como un todo único.
Una de las innovaciones más significativas
fue la introducción de la televisión satelital a color. Una verdadera
gesta olímpica fue impulsada por la Secretaría de Comunicaciones y
Transportes, organismo estatal que estuvo a cargo de un proceso de
modernización técnica e infraestructural en el sector de las
telecomunicaciones. Hablamos de un caso sin precedentes en el que
destaca la labor del ingeniero e inventor Guillermo González Camarena,
creador de los sistemas tricromático secuencial y bicromático
simplificado, que permitieron difundir la televisión a color en México y
en el mundo desde mediados del siglo, de forma previa a la implantación
del estándar internacional NTSC. Referimos a la existencia de una
industria con un notable desarrollo tecnológico, potenciada por las
nuevas tecnologías satelitales. En plena guerra fría, las imágenes del
evento fueron transmitidas a nivel mundial gracias al satélite ATS‑3,
lanzado recientemente por la NASA en 1967. De este modo, gracias a los
avances de la industria audiovisual mexicana y a las aportaciones de
tecnologías de punta, el evento fue proyectado en color a nivel
planetario con los más altos estándares de la época. Fue un verdadero
espectáculo, en el que cada plano y cada encuadre estaban cuidadosamente
estudiados.
Pese a que existe una polémica en torno a
la autoría del sistema de identidad visual de México ‘68, se reconoce, a
modo de consenso, que el diseño del logotipo y de la marca en general
fue realizado por el norteamericano Lance Wyman –autor, a su vez, de los
pictogramas del Metro de la Ciudad de México– y el mexicano Pedro
Ramírez Vázquez. El sistema que realizaron se diseñó en sintonía con las
estrategias modernas de comunicación visual empleadas en otros eventos
olímpicos, como el de Tokio de 1964. Puntualmente, la propuesta de Wyman
y Ramírez combina referencias modernas del op art –también
conocido como arte óptico– y elementos del arte huichol. Ambos
referentes, en términos formales, comparten el uso de colores vibrantes y
patrones geométricos. Se trata de un sistema que fija criterios y
lineamientos, reconocibles tanto para afiches, postales, estampillas y
todo tipo de ephemeras. Cabe destacar el sistema de
pictogramas: una serie de sencillos íconos que representan las diversas
disciplinas deportivas, concebido para un público no necesariamente
alfabetizado ni hispanohablante.
Sin embargo, pese a las iniciativas
modernizantes y la tremenda “gesta olímpica” impulsada por el gobierno,
de forma previa al evento deportivo, estalla una serie de movilizaciones
que hacen manifiesto el descontento y las contradicciones que se viven
en la sociedad mexicana. El movimiento estudiantil y popular de 1968 en
México no solo confrontó al régimen autoritario del PRI, sino que
también generó una visualidad política inédita, especialmente en el
ámbito de la gráfica. En contraposición a la estética oficial de los
Juegos Olímpicos, artistas y estudiantes de instituciones como la UNAM y
La Esmeralda impulsaron una producción visual colectiva, anónima y
profundamente ligada a los valores del movimiento, como el
antiautoritarismo, la cultura de asamblea y la irreverencia. La gráfica
del ‘68 no adoptó un estilo único, sino que se caracterizó por su
diversidad estética y técnica, nutrida por influencias como el Taller de
Gráfica Popular y por prácticas populares como la caricatura y la
cartonería.
Uno de los gestos más potentes fue la
reapropiación de los símbolos olímpicos, resignificados para denunciar
la represión estatal. Ejemplos como el cartel de Adolfo Mexiac con un
joven amordazado sobre el emblema de México ‘68, o la paloma olímpica
atravesada por una bayoneta de Jesús Martínez, evidencian la crítica
visual. Igualmente significativas fueron acciones performáticas, como la
quema de un gorila de papel maché que representaba al jefe de policía,
en un acto que evocaba el ritual popular de la quema de Judas.Otra
estrategia de la protesta fue la ausencia simbólica de emblemas
nacionales, como cuando se izó una bandera rojinegra en lugar de la
bandera nacional en el Zócalo. En el ámbito institucional, algunos
pintores mostraron su apoyo volteando sus obras hacia la pared y
escribiendo consignas en el reverso.
Luego de semanas de movilización
estudiantil, en las que la única respuesta del gobierno de Díaz Ordaz
fue la represión, se llevó a cabo la Matanza de Tlatelolco, perpetrada
el 2 de octubre, apenas dos semanas antes del encuentro deportivo. En
plena Plaza de las Tres Culturas (con obras de arquitectura indígena,
colonial y moderna), el ejército mexicano acorraló a una multitud de
manifestantes y abrió fuego, asesinando a decenas de personas a plena
luz del día. Tras la masacre, la censura fue desafiada por un cartón de
Abel Quezada que mostraba un rectángulo negro con la pregunta “¿Por
qué?”.
Pese al clima convulsionado, el evento
deportivo se realizó con relativa normalidad. Sin embargo, hubo una
serie de sucesos que quedarían marcados para la posteridad. Uno de estos
fue el acto de inauguración, en el que la atleta Enriqueta Basilio
encendió el fuego olímpico, siendo la primera mujer en la historia en
hacerlo. Otro hito, cuya imagen recorrió el mundo, fue el gesto de los
medallistas Tommie Smith y John Carlos, quienes realizaron el saludo del
poder negro en su ceremonia de premiación. Los Juegos Olímpicos de
México se recuerdan hoy principalmente por razones extradeportivas:
fueron el escenario de uno de los momentos más convulsos de la historia
reciente del país y de la región. El 68 latinoamericano marcó un punto
de inflexión en el que múltiples estallidos desde los márgenes sociales
pusieron al descubierto las contradicciones y los límites del proyecto
desarrollista. En ese clima de efervescencia política, distintos
movimientos sacudieron los fundamentos del Estado nacional mientras se
libraba un debate profundo entre dos visiones de futuro: la vía
reformista y la revolución.
El 1 de junio 2026 se conmemora el centenario del nacimiento de Norma Jeane Mortenson, la mujer que el mundo conoció como Marilyn Monroe.
Mientras la prensa burguesa sigue mirando el fantasma de un icono manufacturado, el Partido Comunista de Gran Bretaña reclama al intelectual y al camarada.
Su política nació de la línea de montaje. Desde los hogares de acogida de Los Ángeles hasta la fábrica de municiones de Radioplane, la conciencia de clase de Monroe se forjó en el calor de la supervivencia proletaria. Ella era una mujer de inteligencia feroz, poseía un coeque que empequeñecía a los hombres que buscaban administrarla, sin embargo, se vio reducida a un producto para ser comprado, vendido y vendido por el sistema de estudios parasitarios.
Los archivos del FBI, que la rastrearon hasta su último aliento, confirman lo que el establishment temía - un símbolo sexual que leyó a Marx y admiraba la Re Ella era una militante anti-racista que usó su plataforma para romper la barra de colores de Ella Fitzgerald, y se mantuvo firme contra la cobardía de la caza de brujas de McCarthyite cuando se casó con el dramaturgo de la lista negra Arthur Miller.
Debemos reconocer que la lucha de Monroe fue la intersección de la explotación de clases y la violencia patriarcal. Era una trabajadora cuyo trabajo era su propio cuerpo, superexplotada por un sistema que exigía que fuera bella y silenciosa. Su vida fue un acto constante de rebelión contra la mirada masculina del capital. En su cumpleaños número 100, no celebramos una "bombshell". Honramos a una socialista clara mente que entendió que la liberación de su clase era inseparable de la liberación del sexo.
Feliz centenario, camarada Marilyn. La lucha continúa.
L'histoire et les origines des auberges de jeunesse (1976)
À défaut de retrouver le film Vive la vie de Jean Benoît-Lévy et Jean Epstein sur le mouvement "Ajiste" (association de la jeunesse pour les sports et les loisirs) et les auberges de jeunesse en 1937, voici des témoignages ultérieurs sur cette époque oubliée et fondatrice du mythe de la route, détournée par l'Otan culturelle pour y placer sa daube individualiste de contre-culture CIA.
Pierre OLLIER DE MARICHARD, étudiant à l'époque, parle de l'action de
Léo Lagrange pendant le Front populaire. Denise CRESWEL, elle, revient
sur le développement des auberges de jeunesse dans les années 1930 et
l'ambiance qui y régnait. Des images d'archives ainsi qu'un
enregistrement de la voix de Léo Lagrange illustrent les propos.
[Este artículo constituye la cuarta entrega de una serie de
contribuciones de la profesora “Viola Díaz” sobre justicia y derechos
que publicamos en Sin Permiso. El primer artículo puede leerse aquí, el segundo puede leerse aquí y el tercero aquí. SP]
Tras
el golpe de estado franquista, se inició una depuración de todo el
cuerpo de funcionarios, dirigida al castigo de aquellos que se habían
comprometido con la II República, incluyendo a jueces y fiscales.
Debe
explicitarse que la denominada “depuración administrativa”, constituida
fundamentalmente por las sanciones pecuniarias o de tipo profesional,
no fue, obviamente, tan grave como la pérdida de la vida o la prisión,
pero causó en sus víctimas efectos devastadores, como la miseria, la
marginación o el gravísimo deterioro de la salud mental.
La depuración en las carreras judiciales y fiscales ha sido especialmente estudiada por la profesora M. Lanero[i], una de las pocas expertas en la materia.
Pues
bien, como sabemos, los objetivos de la represión en la postguerra eran
muy claros: la coerción mediante el terror, la desmovilización por su
función ejemplarizante y la cohesión en torno al régimen de buena parte
de la población, comprometiéndola en las tareas represivas y premiando a
los más adictos con la promoción a puestos superiores.
En tal
contexto, la depuración de jueces y fiscales se encomendó, como en el
del resto de funcionarios, a organismos de marcado carácter político,
que deducían la condición de “desafecto” de hechos y conductas acaecidos
en el periodo republicano. Los procedimientos se tramitaban sin ningún
tipo de garantías -la carga de la prueba recaía en el acusado, cuya
culpabilidad se presumía-, y finalizaban con sanciones impuestas con la
mayor de las arbitrariedades.
Hemos de tener en cuenta que la
depuración perseguía con igual ahínco tanto la separación del
“desafecto” como la intimidación del “indiferente”, en la búsqueda de
construcción de un perfil de funcionario que encajara a la perfección
con el ideario fascista.
Por tanto, todas las acciones represivas
fueron encaminadas a instaurar un nuevo orden moral, material y social,
que pasaba por dejar sin efecto la legislación republicana y las
decisiones jurisdiccionales que la habían aplicado.
La depuración
de “retaguardia” fue llevada a cabo durante la contienda y pretendía
eliminar rápidamente a cualquier sujeto que pudiera entorpecer la
actuación de las nuevas autoridades, o dicho con sus propias palabras,
aquel que demostrase una “actuación antipatriótica o contraria al
Movimiento Nacional”.
Se iniciaba por una denuncia que podía ser
interpuesta por las autoridades militares tras la absolución en un
Consejo de Guerra, (quebrantando el principio esencial “non bis in
ídem”), por el gobernador civil, por particulares, o, directamente, por
otros miembros de la judicatura.
La instrucción de los expedientes
se encargó a jueces y fiscales. Se incorporaban en él informes
elaborados por diversas “autoridades” y testimonios de “personas
relevantes del lugar” o profesionales del derecho. Una Comisión de justicia tomaba la primera decisión que firmaba el presidente de la denominada Junta técnica. Entre la denuncia y la imposición de la sanción solían transcurrir entre 3 meses y 1 año.
Para
deducir la ideología política de los investigados, se investigó su
círculo de amistades, sus relaciones y lecturas, su comportamiento
social y sobre todo, su conducta privada y moralidad, destacando su
práctica religiosa (o la ausencia de la misma). En ocasiones, las clases
sociales dominantes activaron su venganza en el caso de jueces que
habían sido sensibles con la población desfavorecida. Fue especialmente
perseguido el haber dictado sentencias contra falangistas o haber
aplicado normas de la legislación laboral, especialmente tuitiva de la
población trabajadora.
En esta primera fase, fueron separados del
servicio 26 funcionarios de las carreras judicial y fiscal al haber
ostentado una clara identificación con los valores republicanos. Otros
24 fueron castigados con otras sanciones, al no dudarse de su adhesión a
la “causa nacional”, pero considerarse que, en todo caso, su conducta
fue “acomodaticia” con las autoridades del gobierno frentepopulista.
Al
acercarse el fin de la guerra, se promulgó en febrero de 1939 una ley
que proporcionaba un marco global y sistemático para continuar con la
depuración, que incluía un personal específico y permanente y una
tipología de conductas y sanciones. Se iniciaba por una declaración
jurada de la persona que delataba a los “izquierdistas”, proseguía con
una investigación a cargo de jueces y magistrados que comprobaba los
datos incluidos en la mencionada declaración y finalizaba con la
propuesta de sanción.
Debe destacarse el nombre del Jefe de
Depuración, el fiscal Romualdo Hernández, por ser figura clave al
establecer las líneas homogéneas del proceso de depuración, y siendo
posteriormente el encargado de la selección de las nuevas promociones de
jueces desde los tribunales de oposición y ocupando también la
inspección fiscal.
En esta etapa, las escasas garantías previas
fueron prácticamente eliminadas y aumentó el grado de arbitrariedad. Al
expediente se incorporaban los informes del alcalde, cura, guardia civil
u organismos de Falange, y seguían resultando claves los datos
referidos a la conducta personal del investigado.
La depuración
perseguía de forma expeditiva la selección del personal admisible. La
separación o la admisión operó así desde el prisma de la
“reciclabilidad” para el nuevo régimen, siendo claves los antecedentes
ideológicos y religiosos ya mencionados, y de forma secundaria, el
compartir una visión tradicional de la profesión y la carrera. En
definitiva, lo que claramente se pretendía era la coincidencia en la
ideología conservadora, “de orden”, la “adhesión al movimiento”.
En
cuanto al caso específico de los magistrados del Tribunal Supremo que
permanecieron en su cargo en la zona republicana, solo tres de ellos
fueron enjuiciados en un Consejo de Guerra y condenados a la pena de
muerte: Francisco Berneguer de las Cagigas, Juan José González de la
Calle y Franciso Javier Elola, que también fue Fiscal General del
Estado.
En homenaje a todos ellos, valga recordar la figura de
este último, cuya trayectoria profesional puede resumirse en la frase
con la que tomó posesión de su cargo: “Que me sentencie el pueblo, que
es para mí el más alto tribunal, si no cumplo con mi deber”.
Casi
un siglo después, la vocación democrática de tales palabras nos remueve
la conciencia y el corazón: la función judicial solo puede llamarse como
tal cuando se ejerce para proteger los derechos de la ciudadanía. Elola
fue un jurista que combinó la precisión en la técnica con la
sensibilidad social, impidiendo, por ejemplo, los desahucios de
inquilinos que no podían afrontar la subida de la renta. Fue también un
político que alertó siempre desde su tribuna sobre los peligros del
corporativismo judicial. Ambas cuestiones de indudable relevancia en la
actualidad.
Fueron sin duda estas virtudes las que llevaron a los
golpistas a acabar con su vida en un cruel fusilamiento en el Camp de la
Bota en 1936[ii].
Para
concluir nuestro texto, hemos de referir que, en conjunto, entre 1936 y
1944, fueron sometidos a depuración 368 jueces y magistrados de un
total de 1000, esto es, el 37% de la carrera, resultando separados el
6%, admitidos con sanción el 8%, y admitidos sin sanción el 23%.
Por lo tanto, el grueso de la carrera, el 63%, no fue sometido a depuración.
Por
su parte, de un colectivo de 235 fiscales, no fue depurado el 59%,
mientras que fue separado el 12%. Admitidos con sanción el 10% y sin
sanción, el 19%.
Estos datos confirman el hecho de que la mayoría
de jueces y fiscales, como exponíamos en nuestro anterior artículo,
fueron absolutamente reacios a admitir y aplicar la legislación
republicana.
En cuanto a la minoría de jueces y fiscales leales
con la II, la depuración fue extremadamente dura: se impusieron condenas
de muerte, cárcel, multas e incautación de bienes. La exhaustiva
investigación en la vida privada llevada a cabo en los procesos
investigadores fue una constante que dejará su impronta durante toda la
dictadura (un juez fue sancionado porque se constató que su esposa se
asomó al balcón en bata). Como veremos, los valores religiosos, la
“buena conducta” y la adhesión acrítica al régimen prevalecerían sin
duda para la permanencia y la promoción en la carrera.
[i] Por todos, ver Lanero, Mónica. La depuración de la magistratura y el ministerio fiscal en el franquismo (1936-1944). JUECES PARA LA DEMOCRACIA. Información y debate nº 65. Julio 2009.
[ii]
Para una mayor aproximación a su trayectoria cabe consultar el ensayo
“En memoria de Francisco Javier Elola’, editado por Tirant Lo Blanch
socióloga checa que imparte clases en la Universidad pública de
Praga sobre Historia del Capitalismo. De origen desconocido, fue dada en
adopción tras su nacimiento y separada desde entonces de su hermana
gemela, una magistrada marxista famosa por sus opiniones heterodoxas,
que ejerce su oficio en el Reino de España. Un giro del destino provocó
un encuentro entre ellas en un seminario de Cine y Memoria en Colliure.
Las entregas de Viola sobre los hábitos de los jueces y la propia
genealogía de la institución judicial están basadas en las múltiples y
fecundas conversaciones con su hermana.
La teoría marxista de la dependencia surgió
en un contexto muy particular, más de cincuenta años atrás. Aun así,
todavía tiene mucho para decirnos sobre por qué el mundo es como es (y
qué hacer para cambiarlo).
Cuando el neoliberalismo inició su sangrienta marcha por América
Latina, sus defensores insistían en que los sacrificios de trabajo
humano y derechos civiles que solían acompañar a su implantación se
verían compensados por una eventual convergencia global que liberaría a
la región del subdesarrollo. La desregulación, la privatización y el
libre comercio, decían, acabarían por cerrar la brecha entre el mundo
descolonizado y los antiguos centros metropolitanos.
Nuestro presente, sin embargo, es una espiral de crisis. Desde el crack
financiero de 2008, la crisis económica converge con el colapso
ecológico y el agotamiento de las formas democráticas liberales,
alcanzando dimensiones civilizatorias. En este contexto, la pandemia
puso al descubierto cómo, lejos de desaparecer, la brecha entre el
centro y la periferia del sistema mundial es tan aguda y significativa
como siempre.
Con la hegemonía neoliberal fracturada, otras formas de pensar y
practicar la política han resurgido de sus exilios intelectuales. Entre
ellas, la teoría de la dependencia destaca como una contribución
original y revolucionaria del pensamiento crítico latinoamericano,
ofreciendo herramientas para entender el desarrollo capitalista desigual
y el imperialismo, tanto en su desarrollo histórico como en la
actualidad. Para acercarnos a un poco más a los postulados de este
pensamiento singular conversamos con el Dr. Jaime Osorio.
El 11 de septiembre de 1973, cuando el golpe de Estado derrocó al
gobierno democrático de Salvador Allende, Osorio ya había sido aceptado
para iniciar sus estudios doctorales en el Centro de Estudios
Socio-Económicos (CESO) de la Universidad de Chile. El avance de la
dictadura le llevó a México, donde hoy es Profesor Distinguido de la
Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) – Xochimilco e Investigador
Emérito por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT). Ha
publicado numerosos libros, entre los que se cuentan Fundamentos del análisis social. La realidad social y su conocimiento y Sistema mundial. Intercambio desigual y renta de la tierra.
En esta entrevista con Hilary Goodfriend, colaboradora de Revista Jacobin,
Jaime Osorio nos habla sobre la vertiente marxista de las teorías de
dependencia, sus orígenes y fundamentos, así como sus usos actuales.
HG
La teoría de la dependencia y su vertiente marxista surgieron
de debates y diálogos sobre el desarrollo, el subdesarrollo y el
imperialismo en el contexto de la descolonización y las luchas de
liberación nacional del siglo XX. ¿Cuáles fueron las principales
posiciones y estrategias en disputa, y cómo se posicionaron los teóricos
marxistas de la dependencia en estos argumentos?
JO
En el plano teórico, la teoría marxista de la dependencia [TMD] es el
resultado de la victoria de la Revolución Cubana en 1959. El marxismo
latinoamericano se conmovió con el gesto de la isla. Todas las
principales tesis sobre la naturaleza de las sociedades latinoamericanas
y el carácter de la revolución quedaron en entredicho.
Poco más de una década después de aquel acontecimiento, que agudizó
los debates, la TMD alcanzó su madurez. En aquellos años, algunas de las
propuestas que alimentaban las teorías de la dependencia enfatizaban el
papel de las relaciones comerciales, como la tesis del «deterioro de
los términos de intercambio» planteada por la CEPAL [Comisión Económica
para América Latina y el Caribe], que refería al abaratamiento de los
bienes primarios frente al aumento de los precios de los productos
industriales en el mercado mundial.
Los marxistas ortodoxos destacaban la presencia de «obstáculos»
internos que impedían el desarrollo, como las tierras ociosas en manos
de los terratenientes que bloqueaban la expansión de las relaciones
asalariadas. En general, en estas propuestas, el capitalismo no era
responsable de lo que ocurría. De hecho, era necesario acelerar su
expansión, con el objetivo de que se agudizaran sus contradicciones
inherentes. Solo entonces podría proponerse una revolución socialista,
según la perspectiva etapista predominante en los Partidos Comunistas.
Para los cepalinos, el horizonte era alcanzar un capitalismo
avanzado, lo que sería factible a través de un proceso de
industrialización. Esto permitiría a la región dejar de exportar bienes
primarios y productos alimenticios e importar bienes secundarios, que
pasarían a producirse internamente, lo que impulsaría el desarrollo
tecnológico y frenaría la salida de recursos.
En ambas propuestas, la burguesía industrial tenía un papel positivo que desempeñar, ya fuera a medio o largo plazo.
Para la teoría marxista de la dependencia, el llamado «atraso»
económico de la región fue resultado de la formación y expansión del
sistema mundial capitalista, cuyo curso produjo desarrollo y
subdesarrollo simultáneamente. Por lo tanto, estas historias económicas
divergentes no son procesos independientes ni están conectadas
tangencialmente. Desde esta perspectiva, el problema teórico e histórico
fundamental exigía explicar los procesos que generaron desarrollo y
subdesarrollo en un mismo movimiento.
Este problema exigía, además, una respuesta que diera cuenta de cómo
este proceso se reproduce a lo largo del tiempo, ya que civilización y
barbarie se rehacen constantemente en el sistema mundial.
HG
Muchos de los aclamados teóricos marxistas de la dependencia
—Ruy Mauro Marini, Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra— comparten una
trayectoria de huida de las dictaduras sudamericanas y exilio en México.
A usted también le tocó vivir este desplazamiento forzado. ¿Cómo
influyeron estas experiencias de revolución y contrarrevolución en la
construcción de la TMD?
JO
Cuatro nombres destacan en el desarrollo de la TMD: André Gunder
Fank, Theotonio Dos Santos, Vania Vambirra y Ruy Mauro Marini. El
primero era un economista germano-estadounidense y los otros tres
brasileños, que compartieron lecturas y discusiones en Brasil antes del
golpe de 1964. Posteriormente se encontraron en Chile a finales de los
años sesenta, en el Centro de Estudios Socio-Económicos, hasta el golpe
militar de 1973. Durante este período —al menos en el caso de los
brasileños— produjeron sus principales trabajos en relación con la TMD.
Tuve la suerte de conocer y trabajar con Marini en México a mediados de
los años setenta, antes de su regreso a Brasil.
La TMD no hace ninguna concesión a las clases dominantes locales. Por
el contrario, las señala como las responsables de las condiciones
imperantes, en las que consiguen cosechar enormes beneficios en
connivencia con los capitales internacionales, a pesar incluso de las
transferencias [internacionales] de valor. Por esta razón fue difícil
para aquellos teóricos encontrar espacios para difundir sus
conocimientos en el mundo académico.
El golpe militar de 1973 en Chile, por su parte, hizo que los
principales creadores de la TMD aparecieran en las listas de búsqueda de
las fuerzas militares y sus aparatos de inteligencia. Y a este golpe en
Chile, que fue precedido por el golpe en Brasil en 1964, le siguieron
muchos más en el sur del continente, que dispersaron y disolvieron
grupos de trabajo y cerraron espacios importantes en esas sociedades.
Al mismo tiempo, esa larga fase contrarrevolucionaria, que no se
limitó a los gobiernos militares, favoreció transformaciones radicales
en las ciencias sociales, donde pasaron a reinar las teorías
neoliberales y el individualismo metodológico. La TMD surgió en un
periodo excepcional de la historia reciente. Sin embargo, posteriormente
y en general —salvando determinados momentos y países de la región— no
se han dado las condiciones ideales para su desarrollo y difusión.
HG
En su obra clásica Dialéctica de la dependencia,
Marini define la dependencia como una «relación de subordinación entre
naciones formalmente independientes, en cuyo marco se modifican o
recrean las relaciones de producción de la nación subordinada para
garantizar la producción ampliada de la dependencia». ¿Cuáles son los
mecanismos de esta producción ampliada y cómo han cambiado desde que
Marini formuló su propuesta en los años setenta?
JO
Cuando hablamos de procesos generados por el capitalismo dependiente,
el calificativo «dependiente» no es redundante. Hablamos de otra forma
de ser capitalista. Es decir, en el sistema mundial coexisten y se
integran diversas formas de capitalismo que se retroalimentan y
profundizan sus formas particulares dentro de la unidad global del
capital.
La heterogeneidad del sistema se explica, entonces, no por el atraso
de algunas economías, no como estados previos [de desarrollo], no como
deficiencias. Cada una constituye su forma plena y madura de capitalismo
posible en este sistema.
De este modo, de un plumazo, la TMD destruyó las esperanzas de los
desarrollistas, que suponían que las economías dependientes podrían
alcanzar estados superiores de bienestar y desarrollo dentro de este
orden constituido por el capital. Para ellos, solo era cuestión de
aprovechar «ventanas» que se abrirían regularmente. Pero no hay nada en
la dinámica imperante que sugiera que las cosas van en esa dirección. Al
contrario, , mientras prevalezcan las relaciones sociales capitalistas,
lo que se produce y sigue produciéndose es el «desarrollo del subdesarrollo».
La brecha entre el capitalismo subdesarrollado y el desarrollado, o
entre el capitalismo imperialista y el dependiente, es cada vez mayor.
La dependencia se profundiza y se generan modalidades más agudas. En un
mundo en el que el capitalismo digital gana terreno —la internet de las
cosas, la inteligencia artificial, la robótica, por ejemplo— esto no es
difícil de entender.
Experiencias como la de Corea del Sur no pueden repetirse a voluntad.
Son, más bien, excepciones a la regla. ¿Por qué el FMI cortó y asfixió
la economía argentina y no le tendió la mano como hizo el capital
imperialista con Corea del Sur tras la guerra de 1952 en la península?
Fue la excepcional posición de esta última en un espacio estratégico,
trastocado por el triunfo de la revolución de Mao en China y la
necesidad de construir una barrera para impedir la expansión del
socialismo en Corea, lo que abrió el grifo de enormes recursos, al menos
para Japón y Estados Unidos, y puso anteojeras a los defensores de la
democracia y el libre mercado cuando Corea del Sur fue gobernada por una
sucesión de dictaduras militares que aplicaron ferozmente la
intervención estatal —no el libre mercado— para definir planes y
programas que definieran prioridades de inversión y préstamos.
Hoy, basta que un gobierno del mundo dependiente establezca algunas
reglas para el capital extranjero para que todo el clamor y la
propaganda de los medios transnacionales exijan acabar con el comunismo,
impidiendo los préstamos internacionales, bloqueando el acceso a los
mercados y buscando asfixiar a los supuestos «subversivos».
HG
El concepto de superexplotación como mecanismo mediante el
cual los capitalistas dependientes compensan su inserción subordinada en
la división internacional del trabajo es quizá la propuesta más
original y polémica de Marini. Algunos marxistas, por ejemplo, protestan
contra la posibilidad de la violación sistemática de la ley del valor.
Es un tema que usted retoma en su polémica con el investigador argentino Claudio Katz. ¿Cómo define usted la superexplotación y por qué, o en qué términos, defiende hoy su validez?
JO
Con el breve libro de Marini, Dialéctica de la dependencia,
cuyo cuerpo central fue escrito en 1972 y se publicaría en 1973, la TMD
alcanza su punto de mayor madurez. Podemos sintetizar el núcleo de la
tesis de Marini en la pregunta: ¿cómo es posible la reproducción de un
capitalismo que transfiere regularmente valor a las economías
imperialistas?
Esto es posible porque en el capitalismo dependiente se impone una
forma particular de explotación que implica que el capital no solo se
apropie de la plusvalía, sino también de parte del fondo de consumo de
los trabajadores, que debiera corresponder a los salarios, para
transferirlo a su fondo de acumulación. De esto da cuenta la categoría
superexplotación. Si todo capital, más temprano que tarde, acaba siendo
trabajo no remunerado, en el capitalismo dependiente todo capital es
trabajo no remunerado y fondo de vida apropiado [de la clase obrera].
La respuesta de Marini es teórica y políticamente brillante. Permite
explicar las razones de la multiplicación de la miseria y la devastación
de los trabajadores en el mundo dependiente, pero también las razones
por las que el capital es incapaz de establecer formas estables de
dominación en estas regiones, expulsando regularmente a enormes
contingentes de trabajadores de sus promesas civilizatorias,
empujándolos a la barbarie y convirtiéndolos en contingentes que
resisten, se rebelan y se levantan contra los proyectos de los
poderosos.
La superexplotación tiene consecuencias en todos los niveles de las
sociedades latinoamericanas. Por ahora, podemos destacar que acompaña la
formación de economías orientadas a los mercados externos. Tras los
procesos de independencia en el siglo XIX, y bajo la orientación de los
capitales locales, las economías de la región avanzaron sobre la base de
las exportaciones, inicialmente de materias primas y alimentos, a las
que podemos agregar, recientemente, la producción y ensamblaje de bienes
industriales de lujo como automóviles, televisores, teléfonos celulares
de última generación (productos igualmente alejados de las necesidades
generales de consumo de la mayoría de la población trabajadora). Esto es
compatible con la modalidad dominante de explotación, que impacta
seriamente en los salarios, reduciendo el poder de consumo de los
trabajadores y disminuyendo su participación en la formación de un
mercado interno dinámico.
Aquí es pertinente considerar una diferencia significativa con el
capitalismo en el mundo desarrollado. Allí, a medida que el capitalismo
avanzaba, en el siglo XIX, se enfrentaba al dilema de que para seguir
expandiéndose —lo que implicaba la multiplicación de la masa de bienes y
productos— necesitaría incorporar trabajadores al consumo. Eso se logró
pagando salarios con poder adquisitivo para bienes básicos como ropa,
zapatos, utensilios y muebles para el hogar. Este equilibrio se logró
introduciendo mejores técnicas de producción, que redujeron la presión
para prolongar la jornada laboral multiplicando la masa de productos
lanzados al mercado. A partir de ahí, podemos entender el peso de la
plusvalía relativa en el capitalismo desarrollado.
Pero en América Latina las cosas funcionaban de otra manera. El
capitalismo del siglo XIX no vio la necesidad de crear mercados, porque
estaban disponibles desde el período colonial en los centros
imperialistas. Además, el despegue del capitalismo inglés aumentó la
demanda de materias primas y alimentos. Por esta razón, no había ninguna
prisa por cambiar el tipo de valores de uso y de productos puestos en
el mercado. Continuaron siendo productos alimenticios y bienes
primarios. De este modo, el capitalismo emergente en nuestra región no
se vio presionado a hacer algo cualitativamente diferente. La masa de
trabajadores asalariados se expandió, pero no conforman la demanda
principal de los bienes que se producían, que estaba en Europa, Estados
Unidos y Asia.
A través de su inserción en el mercado mundial y a la hora de vender
productos, las economías latinoamericanas transfieren valor [al
exterior] por la sencilla razón de que los capitales que aquí operan
tienen composiciones y productividades menores que los capitales de
economías que gastan más en nueva maquinaria, equipos y tecnología, lo
que les permite mayor productividad y capacidad de apropiarse del valor
creado en otras partes del mundo. Este proceso se denomina intercambio
desigual.
Es importante señalar que el intercambio desigual se produce en el
mercado, en el momento de la compraventa de mercancías. Aparte de su
baja composición orgánica, este concepto no nos dice mucho sobre cómo se
produjeron esas mercancías y, sobre todo, qué permite que un proceso
capitalista se reproduzca a lo largo del tiempo en esas condiciones. Ahí
es donde entra la superexplotación.
Ese es el secreto que hace viable el capitalismo dependiente. Y eso
llama aún más la atención sobre los errores de personas como Claudio
Katz, que han formulado propuestas que tratan de eliminar ese concepto y
lo hacen, además, con argumentos grotescos, como que Marx nunca lo
mencionó en El capital —Marx refiere [a la superexplotación]
muchas veces, de diversas maneras— porque eso implicaría una dilución o
un ataque directo a su proposición teórica ya que el capitalismo no
puede aniquilar su fuerza de trabajo.
No voy a repetir esos debates con Katz. Simplemente reiteraré que El capital
de Marx es un libro fundamental para el estudio del capitalismo y sus
contradicciones. Pero nadie puede afirmar que lo explica todo, o que el
capitalismo, en su extensión en el tiempo, no puede presentar novedades
teóricas o históricas de ningún tipo. Esa es una lectura religiosa, y El capital
no es un texto sagrado. Tal posición, además, es un ataque a una
dimensión central del marxismo como teoría capaz de explicar no solo lo
que ha existido, sino también lo que es nuevo. Por esta razón, la única
ortodoxia que el marxismo puede reivindicar es su modo de reflexión.
HG
También se argumenta que la extensión de la superexplotación a
las economías centrales tras la reestructuración neoliberal globalizada
invalida su carácter de proceso exclusivo del capitalismo dependiente.
JO
En cualquier lugar donde opere el capital puede estar presente la
superexplotación, sea en el mundo desarrollado o en el subdesarrollado,
al igual que las formas de plusvalía relativa y plusvalía absoluta. Por
supuesto, hay superexplotación en Brasil y Guatemala, como la hay en
Alemania y Corea del Sur.
Pero ese no es el problema. Lo relevante es dilucidar el peso de esas
formas de explotación, que pueden estar presentes en cualquier espacio
capitalista, en la reproducción del capital. Así que la cuestión central
es otra, y también lo son las consecuencias económicas, sociales y
políticas.
Dejando de lado los períodos de crisis, en los que las formas más
brutales de explotación pueden exacerbarse por doquier, ¿puede el
capitalismo funcionar a mediano y largo plazo sin un mercado generador
de salarios, o con salarios extremadamente bajos? Algo así como si en
Alemania el salario medio de los armenios y turcos se generalizara para
toda la población trabajadora, o si en Estados Unidos predominaran los
salarios de los trabajadores mexicanos y centroamericanos… No lo creo.
HG
Para terminar, ¿qué herramientas o perspectivas nos ofrece la teoría marxista de la dependencia ante las crisis actuales?
JO
En su afán por hacer frente a la aguda y prolongada crisis
capitalista, el capital en todas las regiones busca acentuar las formas
de explotación, incluida la superexplotación. Busca, una vez más,
reducir derechos y beneficios. Con la guerra en Ucrania ha encontrado
una buena excusa para justificar el aumento del precio de los alimentos,
la vivienda y la energía, y su descarado retorno al uso de combustibles
que intensifican la contaminación y la barbarie ambiental, así como el
aumento de los presupuestos militares a expensas de los salarios y el
empleo.
Las grandes potencias imperiales esperan la subordinación de las
economías y los Estados a sus decisiones en períodos de este tipo. Pero
la crisis actual también está acelerando la crisis de hegemonía en el
sistema mundial, lo que abre espacios para mayores grados de autonomía,
aunque no pone fin a la dependencia. Esto es evidente en las
dificultades de Washington para disciplinar a los Estados
latinoamericanos y africanos para que apoyen su posición en el conflicto
en Europa.
El escenario de América Latina en las últimas décadas revela procesos
de enorme interés. Hemos sido testigos de importantes movilizaciones
populares en casi todos los países de la región, cuestionando diversos
aspectos del «tsunami neoliberal», ya sea el empleo, los salarios, las
jubilaciones, la salud y la educación, así como derechos como el aborto,
el reconocimiento de las identidades de género, las tierras, el agua, y
mucho más.
En este terreno profundamente fracturado que el capital genera en el
mundo dependiente, las disputas de clase tienden a intensificarse. Esto
explica los estallidos sociales y políticos regulares en nuestras
sociedades. Es el resultado de la barbarie que el capitalismo impone a
regiones como la nuestra.
Una expresión de esta fuerza social se manifiesta en el terreno
electoral. Pero con la misma rapidez que ha habido victorias, ha habido
derrotas. Estas idas y venidas pueden naturalizarse, pero ¿por qué las
victorias no han permitido procesos de cambio duraderos?
Por supuesto, no se trata de negar que ha habido golpes violentos de
nuevo tipo que han conseguido desbancar gobiernos. Pero incluso entonces
ya había signos de agotamiento que limitaban las protestas, con la
clara excepción de Bolivia. Hay una enorme brecha entre el votante de
izquierda y el que vota ocasionalmente por proyectos de izquierda. El
triunfo neoliberal no estuvo solo en las políticas y transformaciones
económicas que logró, sino también en la instalación de una visión e
interpretación del mundo, sus problemas y sus soluciones.
La lucha contra el neoliberalismo pasa hoy por desmantelar todo tipo
de privatizaciones y frenar la conversión de servicios y políticas
sociales en negocios privados. Eso significa enfrentar a los sectores
más poderosos económica y políticamente del capital, con control sobre
las instituciones estatales donde actúan legisladores, jueces y
militares, junto con los principales medios de comunicación, escuelas e
iglesias. Podemos añadir que estos son los sectores del capital con los
vínculos más fuertes con los capitales imperialistas y su conjunto de
instituciones supranacionales, medios de comunicación y Estados.
Se trata de un bloque social sumamente poderoso. Resulta difícil pensar en atacarlo sin atentar contra el capitalismo como tal.
3-La nueva negación del imperialismo desde la izquierda (por JOHN BELLAMY FOSTER)
Estados
Unidos ha intervenido militarmente en 101 países a lo largo de su
historia…Y solamente entre 1995 y 2021 el Norte Global logró extraer de
China y del Sur Global una captura de valor de 18,4 billones de dólares…
Desde la disolución de la Segunda
Internacional (durante la cual casi todos los partidos socialdemócratas
europeos se unieron a la guerra interimperialista del lado de sus
respectivos estados nacionales), la división de la izquierda sobre el
imperialismo no haya adquirido dimensiones tan graves.1
Aunque los sectores más eurocéntricos del
marxismo occidental han buscado durante mucho tiempo atenuar la teoría
del imperialismo de diversas maneras, la obra clásica de VI Lenin , El
imperialismo: fase superior del capitalismo (escrita en enero-junio de
1916), ha conservado, no obstante, su posición central dentro de todas
las discusiones sobre el imperialismo durante más de un siglo, debido no
solo a su precisión en dar cuenta de la Primera y la Segunda Guerra
Mundial, sino también a su utilidad para explicar el orden imperial
posterior a la Segunda Guerra Mundial.2
Sin embargo, lejos de ser un análisis
aislado, el análisis general de Lenin ha sido complementado y
actualizado en diversas ocasiones por la teoría de la dependencia, la
teoría del intercambio desigual, la teoría de los sistemas mundiales y
el análisis de la cadena de valor global. A través de todo esto, ha
habido una unidad básica en la teoría marxista del imperialismo, que
informa las luchas revolucionarias globales.Pero, hoy en día, los
autoproclamados socialistas occidentales con un sesgo eurocéntrico
rechazan en gran parte, si no en su totalidad, esta teoría marxista del
imperialismo.
Por lo tanto, la brecha entre las
opiniones sobre el imperialismo sostenidas por la izquierda occidental y
las de los movimientos revolucionarios del Sur Global es más amplia que
en cualquier otro momento del siglo pasado.
La obra de Orwell Homenaje a Cataluña, a pesar de un título que se presta algo al equívoco, es el libro más vendido y leído sobre la guerra civil española[1].
Es un relato vívido de algunos fragmentos de la guerra elegantemente
escrito por un testigo de gran agudeza. Su tema es la valiosa
experiencia de un miliciano en el frente aragonés. En frases
contundentes Orwell recreó de forma muy gráfica el miedo, el frío y,
sobre todo, la miseria de las trincheras, de los excrementos y de los
piojos. Dos ejemplos: “Ahora estábamos mucho más cerca del frente,
lo bastante para notar el característico olor de la guerra (según mi
experiencia, un olor a excrementos y comida podrida)” y “el
paisaje era impresionante, siempre que uno lograra pasar por alto que
todas las cumbres estaban ocupadas por soldados y, por tanto, cubiertas
de latas e incrustadas de excrementos”. También se quejó de la falta de instrucción y de la pobreza del armamento. “Era
horrible que los defensores de la República fuesen una caterva de niños
andrajosos armados con fusiles estropeados que ni siquiera sabían
utilizar”[2].
Un biógrafo de Josep Rovira, comandante de la 29 División en la que Orwell prestó servicio, escribió que “amb el seu tranc entre ensonyat i distant, es manifestava tot seguit en ell un afany d’observar, com un infant encuriosit”[3].
Las vívidas observaciones que Orwell hizo sobre el retraso agrícola,
los primitivos aperos de labranza, pre-medievales, los arados que
simplemente rascaban el suelo sin abrir surcos, sus evocaciones de las
vistas y sonidos del campo son dignas de un gran libro de viajes y de
sumo valor para el historiador[4]. En lo que se refiere a sus repetidos comentarios acerca de la comida desperdiciada, “de
forma terrible, sobre todo el pan. Solo en mi barracón tirábamos una
cesta de pan entera en cada comida, lo cual era vergonzoso si se tiene
en cuenta lo mucho que escaseaba entre la población civil”. Si la
unidad del POUM en la que sirvió Orwell podía permitirse el lujo de
desperdiciar comida, debió de ser una rareza entre las fuerzas
republicanas[5].
La visión testimonial de Orwell
garantiza la inclusión de su obra en cualquier lista de libros
importantes sobre la guerra civil española. Sin embargo, no figuraría en
ella como un ejemplo de análisis creíble del entorno político más
amplio del conflicto y, en particular, de sus condicionantes
internacionales. En su libro, Orwell combinó una gran masa de
observaciones personales de gran calidad y una crítica devastadora de
las distorsiones y falsedades de la prensa. Es, no obstante, su análisis
político y sus predicciones los que más se resienten en vista de su
aceptación a pie juntillas de las opiniones partidarias de sus
compañeros anarquistas y del POUM, a los que se añade su propia
ignorancia del contexto más amplio en que se situó el conflicto. En el
mejor de los casos, su libro es una engañosa contribución al debate
central sobre si la prioridad de la República española debiera haber
sido la revolución o perseverar en el esfuerzo bélico convencional
contra Franco y sus aliados del Eje.
Herbert Matthews (derecha) con Ernest Hemingway y Hugh Slater (foto: Spartacus Educational)
Herbert Matthews, el gran corresponsal del New York Times, resumió de la siguiente forma los problemas tras la publicación de Homenaje a Cataluña: “El
libro hizo mucho más para pintar en negro la causa leal que cualquier
otro escrito por los enemigos de la Segunda República – un resultado que
no fue intención de Orwell como demostró en algunas de las cosas que
escribió posteriormente. En Homenaje, Orwell escribió en caliente acerca
de un incidente confuso, escasamente importantes y un tanto oscuro en
una guerra que no comprendía en absoluto. Todo lo que vio entre enero y
mayo de 1937 fue un período mínimo de la “cuasi guerra” en el pequeño
frente de Huesca y un enfrentamiento que hizo correr la sangre entre
comunistas y anarquistas en Barcelona. Se había presentado voluntario
por mediación del partido laborista independiente (PLI), una formación
de izquierdas que tenía lazos con el POUM. Este era un grupo disidente,
muy marxista, no traicionero pero un tanto revolucionario y subversivo
que estaba resultando peligroso para el Gobierno republicano”. Matthews, que consideró a Orwell como “un hombre valiente, ecuánime y honrado”, afirmó también: “Yo
diría que muy poca gente ha leído los retazos -ensayos, recensiones,
cartas- que Orwell escribió sobre España en años posteriores. Tales
retazos muestran una comprensión mucho mejor de los acontecimientos que
la que tuvo cuando estaba en España”[6].
Ciertamente Matthews tenía razón y, sin
embargo, el libro de Orwell ha tenido una enorme influencia sobre las
percepciones despertadas por la guerra civil española[7]. Por ejemplo, Robert Stradling afirma que “los dos capítulos “analíticos” de Homenaje gozan de una justa fama como un tratado político condensado de todo el siglo XX”[8]. El propio Orwell escribió: “La
cosa más sorprendente acerca de los libros sobre la guerra civil, al
menos los que están escritos en inglés, es su abrumadora mala calidad y
el soporífero aburrimiento que despiertan. Pero más significativo aún es
que casi todos ellos, de derechas o de izquierdas, se han redactado
desde un punto de vista político por gente muy segura de sí misma que
dicen al lector lo que debe pensar”[9]. Homenaje a Cataluña
ni es aburrido ni es malo, pero sí está escrito desde un punto de vista
político por alguien muy seguro de sí y que dice al lector lo que tiene
que pensar.
Foto: Sinpermiso.
Muchos distinguidos lectores estaban
dispuestos a aceptar lo que Orwell les contó. Entre ellos figuran muchos
que sabían poco de la guerra civil española tales como Lionel Trilling,
Noam Chomsky, Raymond Williams y E. P. Thompson[10].
Uno que había estado en España y que más tarde se hizo anticomunista
feroz fue Arthur Koestler, que se rindió a los escritos de Orwell. Sin
embargo, las relaciones de Koestler con este último se basaban en el
odio mutuo que ambos profesaban a la Unión Soviética y no tanto en una
consideración meditada de los acontecimientos en España[11].
La muy extendida admiración por Homenaje a Cataluña
es tanto más sorprendente dado que el libro se limita en su totalidad
al tiempo y al lugar en los que Orwell estuvo en España. Evidentemente
no conocía nada de los orígenes de la guerra, de los largos y duraderos
conflictos políticos entre los grupos izquierdistas de Barcelona y menos
aún de los problemas que subyacían a las relaciones en aquel momento
entre el Gobierno republicano en Valencia y las diversas fuerzas
políticas en Cataluña. Como escribe Robert Stradling, “en tanto que
estudio de la guerra civil española Homenaje a Cataluña es de dudoso
valor. No solo el autor eludió cualquier investigación básica, sino que
tampoco tenía la cualificación necesaria para llevarla a cabo”[12]. El propio Orwell reconoció las deficiencias de su resumen de la situación política de la época hacia el final de Homenaje a Cataluña al escribir: “Por
si no lo he dicho antes, lo advierto ahora: cuidado con mi parcialidad,
mis errores y la inevitable distorsión causada por haber presenciado
solo parte de los acontecimientos. Y lo mismo digo respecto a cualquier
otro libro sobre esta época de la guerra de España”[13].
Existen otras razones para cuestionar
parte de lo que escribió Orwell. Hay en su libro muchos encuentros con
personal que se describen en detalle pero que solo hubiera podido
redactar con exactitud si hubiese hablado bien el español. El hecho de
que hay muy pocos motivos para pensar que tal fuera el caso siembra
dudas acerca de su honestidad intelectual. El mismo admitió que su
español era “atroz” y esto es más que altamente probable dado que no
conocía el idioma al llegar a España y que prácticamente pasó todo el
tiempo en ella en compañía de gente que hablaba inglés. El enlace del
PLI en Barcelona, John McNair, recordó de manera escasamente creíble que
Orwell “hablaba bastante el castellano y suficiente francés como para entender mucho del catalán”.
Es raro para que los oídos franceses, por no hablar de los ingleses,
entiendan con facilidad el catalán hablado. El capitán de la unidad en
que servía Orwell, Benjamin Lewinski, contó al biógrafo Michael Shelden
que el franco-hablante Orwell rápidamente cogió lo suficiente de catalán
como para poder comunicar con sus compañeros. Sin embargo, el propio
Orwell escribió de sus primeros días en España: “Todo ese tiempo
seguí con mis habituales dificultades con el español. Aparte de mí, solo
había un inglés en cuartel, y nadie, ni siquiera entre los oficiales,
hablaba una palabra de francés. Y aún se me complicaba más las cosas que
mis camaradas hablasen entre ellos en catalán”.
Orwell
con dirigentes del POUM (Nin, Gorkin, Bonet), PSOP (Marceau Pivert),
ILP (John McNair) y Colette Audry , Barcelona, julio de 1936 (foto:
“Julián Gorkin, testimonio de un revolucionario profesional” en Tiempo
de Historia, 62, 1980)
Incluso en el supuesto de que los
recuerdos de McNair y Lewinski de que Orwell hablaba catalán fuesen
correctos, solo podría haberlo hecho a un nivel que permitiese
conversaciones fáciles pero no suficiente para explicar cómo Orwell,
según pretendió en su libro, fue capaz de mantener discusiones
complejas con funcionarios españoles en sus esfuerzos por conseguir que
pusieran en libertad a su amigo Georges Kopp e incluso, cuando estaba
herido y medio-inconsciente, haber entendido el comentario de un
compañero español “que tenía detrás que la bala me había atravesado limpiamente el cuello”[14].
Llama la atención de que la única palabra en catalán que cabría esperar
que Orwell conociera -la Generalitat- aparezca siempre como the
“Generalite”*. También cabe subrayar que en su colección de cartas,
reseñas y ensayos no haya indicación alguna de que antes de la guerra
civil tuviera el menor contacto con el español o de haber leído nunca un
libro en español, ya sobre la guerra o cualquier otro tema.
Sus denuncias, precisas y perfectamente
justificadas, de las absurdas afirmaciones de la prensa comunista y
burguesa no invalidan su falta de comprensión de la situación general.
Orwell reivindicó que el hecho de que el POUM fuera perseguido
significaba que el Gobierno republicano estaba “virtualmente en manos de los comunistas”. Y, sin embargo, pocas páginas después admitió que “la
mayor parte de los miembros del gobierno español han negado creer en
las acusaciones realizadas contra el POUM. Hace poco el consejo de
ministros decidió por cinco votos a dos la liberación de los prisioneros
políticos antifascistas; los dos ministros que votaron en contra eran
comunistas”. Reconoció que Indalecio Prieto, ministro de Defensa
Nacional; Manuel Irujo, ministro de Justicia; Julián Zugazagoitia,
ministro de Gobernación, entre otros, “negaron creer que los dirigentes del POUM fuesen culpables de espionaje”[15].
A pesar de esta afirmación, en un texto
asaetado por numerosas contradicciones, Orwell no dudó en hacer una
predicción, totalmente infundada, sobre lo que hubiera ocurrido si la
República hubiese ganado la guerra: “En cuanto a a la cháchara de
los periódicos que aseguraba que ésta era una “guerra por la
democracia”, era un puro camelo. Nadie que estuviera en sus cabales
pensaba que hubiera la menor esperanza de que, cuando acabase la guerra,
pudiese haber democracia, ni siquiera tal como se entiende en
Inglaterra o Francia, en un país tan dividido y exhausto como España.
Tendría que haber una dictadura, y saltaba a la vista que la ocasión
para implantar una dictadura del proletariado ya había pasado. Eso
significaba que sería alguna forma de fascismo”.
Unas páginas tras este inmenso error Orwell escribió no obstante: “debo
añadir que ahora tengo una opinión mucho mejor del gobierno de Negrín
que cuando llegó al poder. Ha presentado batalla con enorme valor y
demostrado mayor tolerancia política de lo que nadie esperaba. Aun así,
sigo convenido de que, a menos que España acabe partida en dos con
consecuencias impredecibles, la tendencia del gobierno de posguerra será
fascista”[16].
Tras condenar a la República española como una incipiente dictadura
estalinista, a finales de 1938 o en los primeros días de 1939, Orwell
alabó el hecho de que se hubieran mantenido las normas democráticas: “En
la España gubernamental las formas y el espíritu de la democracia han
sobrevivido en un grado tal que nadie hubiera podido prever. Incluso
sería correcto señalar que fueron desarrollándose durante el primer año
de la guerra” [17].
Juan Negrín durante una visita al frente del Ebro en 1938 (foto: Archivo de la Fundación Juan Negrín)
En agosto de 1952 Herbert Matthews
escribió al expresidente del gobierno republicano en el exilio, Dr. Juan
Negrín, para preguntarle acerca de sus relaciones con Orwell. Al
preparar un artículo acerca de la publicación en Estados Unidos de Homenaje a Cataluña,
Matthews se había enterado que el periodista e historiador socialista
Antonio Ramos Oliveira había presentado Negrín a Orwell. Tras sus
tiempos de consejero de prensa de la embajada republicana en Londres con
Pablo de Azcárate Ramos Oliveira se había quedado en Inglaterra y en
este período se había hecho amigo de Orwell. Ramos Oliveira había dicho a
Matthews que Orwell había congeniado con Negrín y que una vez que este
le había explicado los grandes temas Orwell empezó a “recordar sus experiencias en otra luz y comprendió mejor la postura de los comunistas”. Matthews escribió, pues, a Negrín para solicitarle más información[18].
Negrín replicó dos semanas después: “En
la medida que puedo recordarlo me encontré con Orwell por primera vez
en algún momento después de agosto o septiembre de 1940. Me lo
presentaron como editorialista del Observer y me dijeron que había
estado en España durante nuestra guerra. No capté que había estado no
como periodista o escritor sino como voluntario en una unidad
combatiente y creo que no caí en ello hasta que leí su libro sobre
Cataluña, meses después de su fallecimiento. Desde que nos encontramos
nos vimos varias veces y me atrevo a afirmar que entre nosotros pronto
se estableció una corriente mutua de estima, simpatía e incluso de
amistad”. A lo largo de sus conversaciones Orwell bombardeó a
Negrín con preguntas acerca de la problemática de la guerra civil que
había ignorado en Homenaje a Cataluña.
Negrín le explicó que “nuestra
política exterior, especialmente nuestras relaciones con Rusia, tuvo en
cuenta que la URSS fue la única gran potencia que nos apoyó en el plano
internacional y que estuvo dispuesta a suministrarnos al contado
(nosotros nunca pedimos regalos a nadie) el armamento necesario”. También le informó de los problemas y dificultades que surgieron del “heterogéneo
conglomerado de partidos, sindicatos y grupos disidentes incompatibles
entre sí, amén de los “gobiernos” regionales y locales, que con
frecuencia se nombraron a sí mismos y que eran inconstitucionales” y con el cual tuvo que lidiar. Negrín concluyó afirmando que Orwell era “idealista” y weltfremd (poco
realista). Sin embargo, el hecho de que no le dijera nada acerca de sus
vínculos con el POUM hace pensar que Orwell no fue totalmente sincero
con el expresidente.
Foto: Andy Durgan, With the POUM International volunteers on the Aragon Front (1936-1937), Ebre 38, 2018)
Negrín escribió a Matthews que, de haber leído el libro en la época de sus conversaciones, “me
hubiera mostrado más inquisitivo, para clarificar algunos de los
acontecimientos que narré, tratando de ver si por medio de una discusión
franca y abierta en qué medida era correcta la interpretación de los
hechos que presenció. Después de leer su libro no he cambiado mi opinión
respecto a Orwell: un hombre respetable y honesto pero muy sesgado por
un punto de vista demasiado rígido, puritano, dotado de un candor que
bordea la naïveté, muy crítico pero demasiado crédulo con respecto a la
comunidad religiosa dentro de la cual se mueve y actúa; extremadamente
individualista (¡un inglés!) pero aceptando demasiado fácilmente y sin
discernimiento propio las inspiraciones procedentes del colectivo un
tanto gregario en el que voluntaria e instintivamente quiere echar
raíces, y tan extraordinariamente honesto y abnegado que no dudaría un
instante en cambiar de opinión tan pronto se dé cuenta de que estaba
equivocado (….) Llegó al caótico frente (¿) de Aragón bajo la tutela de
un grupo (…) controlado ciertamente por elementos que no solo eran muy
alérgicos al estalinismo -esto era con frecuencia (sic) no más que una
mera protesta- sino también a cualquier cosa que implicara una dirección
suprema y unida de la lucha y bajo una disciplina común. Cuando se
combina todo esto con los ya mencionados factores de “astigmatismo” se
llega fácilmente a justificar la distorsionada imagen en la mente de
Orwell de los acontecimientos de 1937 en Barcelona”[19].
La honestidad que se ha atribuido al
libro de Orwell ha sido uno de los pilares de su éxito junto con,
naturalmente, su clara postura anticomunista. Aun así se ha cuestionado
la veracidad de algunos de los episodios descritos en la obra. Es más,
poco después de publicarlo el propio Orwell empezó a sembrar dudas
acerca de las cosas que había escrito. El 20 de diciembre de 1938 en una
carta a Frank Jellinek escribió acerca de su libro: “No tengo la
menor duda de que he cometido un montón de errores y de que he hecho
afirmaciones equívocas, pero también he tratado de indicar a lo largo de
toda la obra que el tema es muy complicado y que soy extremadamente
falible a la par que sesgado”. También confesó a Jellinek: “En
realidad he escrito un relato mucho más simpático para el POUM de lo que
sentí verdaderamente porque siempre les dije que se engañaban y me
negué a afiliarme. Sin embargo, tenía que escribir con la mayor simpatía
posible porque la prensa capitalista no les ha hecho el menor caso y en
la de izquierdas se han amontonado los improperios. En realidad,
teniendo en cuenta cómo han ido las cosas en España pienso que algo de
verdad había en lo que decían, aunque no cabe duda de que su forma de
decirlo fue extremadamente aburrida y provocadora”[20].
Hay algo de irresponsable en ese
espíritu de “fair play” detrás de la decisión de Orwell de disminuir en
lo posible el grado en el que la actitud del POUM fue perjudicial para
la República. Es tanto más notable cuanto que Orwell admitió que, antes
de los sucesos de Barcelona, “en general compartía la opinión de los
comunistas que se resumía en decir “no tiene sentido hablar de
revolución hasta que ganemos la guerra” y “trató de trasladarse del POUM
a las Brigadas Internacionales. Por supuesto, quería ir a Madrid. Todo
el mundo, con independencia de cuáles fueran sus opiniones políticas,
quería ir a Madrid (…) Por el momento, claro, había que quedarse en el
frente, pero siempre decía que, cuando me fuese de permiso, trataría de
pasarme a las Brigadas Internacionales, lo que equivalía a ponerme bajo
control comunista. Muchos intentaron disuadirme, pero nadie trató de
impedírmelo. Hay que decir en justicia que en el POUM se perseguía poco a
los disidentes, tal vez demasiado poco dadas las circunstancias; a
menos que uno fuese pro-fascista, a nadie se le castigaba por sostener
opiniones políticas equivocadas. Mientras estuve en la milicia pasé
mucho tiempo criticando amargamente la “línea” del POUM, pero nunca me
causó el menor problema”[21].
El comandante de Orwell del PLI, Bob Edwards, comentó precisamente a este tenor: “En
varias ocasiones dio a conocer su intención de dejar la Milicia
Internacional y unirse a la Columna Internacional que controlaban los
comunistas en el frente de Madrid. Durante este período la mayoría de
los voluntarios querían combatir en Madrid porque las grandes batallas
tenían lugar allí”. Edwards, por lo demás, adoptó una postura un tanto cínica porque creyó que Orwell “anteponía
sus necesidades como escritor a su deber como soldado (…) y le llamé la
atención de forma bastante clara hasta el punto de que en una ocasión
después de un debate muy acalorado le dije que era un “maldito
escribidor de medio pelo” sin experiencia alguna de las luchas de la
clase obrera que no fuesen las de un periodista que se limitara a
observarlas”[22].
Harry Pollitt (foto: Communist Party of Great Britain Archives)
Inicialmente Orwell había escrito “si me alisté en su milicia [del POUM] y no en cualquier otra fue solo porque llegué a Barcelona con los papeles del PLI”[23].
El que el POUM lo aceptara tuvo mucho que ver con su fama literaria aun
cuando el libro lo presenta como si hubiera sido un voluntario anónimo.
En la creencia de que necesitaría credenciales de un partido de
izquierdas para ir a España Orwell pidió a John Strachey que lo
presentara a Harry Pollitt, el secretario general del PCGB. Pollitt, “después de hacerme varias preguntas evidentemente decidió que yo no era de fiar políticamente y se negó a ayudarme”[24]. Es probable que a Pollitt le sentara mal lo que pudo percibir en Orwell de esnobismo de un chico educado en Eton.
Así fue cómo Orwell se dirigió al PLI
donde le dieron cartas de presentación para John McNair, el
representante en Barcelona. Al principio, a McNair, un proletario de
Tyneside Orwell le repelió un poco por su típico acento de Eton, como le
había ocurrido a Pollitt. Sin embargo, las cartas de Fenner Brockway y
H. N. Brailsford alertaron a McNair de que estaba hablando con el autor
de Burmese Days y de Down and Out in Paris and London,
que había leído y que le habían gustado mucho. Inmediatamente se dio
cuenta del valor de Orwell en el plano de la propaganda y aceptó
llevarlo rápidamente a la base de las milicias poumistas en el Cuartel
Lenin de Barcelona[25].
El alistamiento de tan famoso autor se utilizó prontamente como medio
para estimular el reclutamiento en el boletín del POUM en lengua
inglesa, The Spanish Revolution[26].
En unas memorias escritas posteriormente
y no publicadas McNair recordó que cuando le preguntó qué podía hacer
por ayudarle, Orwell supuestamente replicó: “He venido a España para alistarme en las milicias y luchar contra el fascismo”. También afirmó que Orwell dijo que “le gustaría escribir sobre la situación y tratar de estimular la opinión de los trabajadores en Inglaterra y Francia”.
McNair le sugirió que se instalase en su oficina y que visitara Madrid,
Valencia y el frente aragonés en el que el POUM estaba estacionado “y que luego escribiera su libro”. Orwell respondió que escribir un libro “era algo muy secundario y que su principal motivo por haber ido a España era combatir contra el fascismo”[27].
Jennie Lee (foto: Elliott & Fry, National Portrait Gallery)
La diputada británica por el partido laborista, Jennie Lee, esposa de Aneurin Bevan, recordó en 1950: “en
el primer año de la guerra civil española estaba sentada con unos
amigos en un hotel en Barcelona cuando un hombre alto y delgado, de tez
deslumbrante, se acercó a nuestra mesa. Me preguntó si era Jennie Lee y
que si tal era el caso podía decirle dónde alistarse. También dijo que
era escritor. Le habían dado un anticipo para un libro en [Victor] Gollancz
y había llegado dispuesto a conducir un coche o a hacer cualquier cosa,
preferiblemente combatir en primera línea. A mí me pareció algo
sospechoso y le pregunté si traía papeles de Inglaterra. Por lo que vi,
no traía. Tampoco había hablado con nadie y se había pagado él mismo el
viaje. Me convenció cuando me hizo ver las botas que llevaba echadas al
hombro. Sabía que le sería difícil encontrar botas de su tamaño pues era
alto y medía más de 1,80. Se trataba de George Orwell con sus botas,
listo para combatir en España.” El dinero que le adelantó Victor Gollancz era con toda probabilidad para su obra The Road to Wigan Pier y no para un libro sobre España[28]
Los mismos motivos que estuvieron detrás
del rechazo de Pollitt y la inicial hostilidad de McNair contribuyeron a
que Orwell no fuera demasiado popular entre sus camaradas de milicia
británicos que eran muy conscientes del significado de “un acento de Eton claro como el cristal”.
Hubiera podido ser diferente con los españoles, aunque Orwell recordó
que algunos voluntarios le llamaron fascista al resistir sus esfuerzos
por imponer disciplina. Su camarada Stafford Cottman lanzó la tesis de
que Orwell adoptó un aire despectivo ante lo que consideraba como la
ingenuidad política de otros voluntarios. Frank Frankford, procedente de
los barrios proletarios del Este londinense, dijo que el “cabrón
altanero” le desagradó nada más ponerle la vista encima. “En
realidad no le gustaban los trabajadores (…) A mí lo que no me gustaba
de él era su actitud en las discusiones, su actitud ante la clase
obrera. Dos o tres de nosotros dijimos que no estaba con los suyos, que
debería estar al otro lado (…) Pienso que quizá se viese a sí mismo como
otro Bernard Shaw (…) Su socialismo no tenía profundidad alguna”[29].
Voluntarios
del POUM (foto: Andy Durgan Andy Durgan, With the POUM International
volunteers on the Aragon Front (1936-1937), Ebre 38, 2018 )
En realidad, Orwell escribió que, cuando se dispuso a salir de Barcelona el 25 de abril, “localicé
a un amigo comunista vinculado al Socorro Rojo español y le expliqué mi
caso. Pareció muy interesado en reclutarme y me pidió que, de ser
posible, tratara de persuadir a algún otro inglés del PLI de que
siguiera mi ejemplo”[30].
El amigo era Hugh O´Donnell, el hombre del PCGB encargado de vigilar al
POUM. Después de discutir el tema ante todo con McNair dos días después
Orwell se acercó a un comunista de grado más elevado en Barcelona,
Wally Tapsell, a quien se le habían dado instrucciones para que siguiera
de cerca a los miembros del PLI. Tapsell envió a Harry Pollitt un
informe sobre la gente vinculada al POUM en el que también describió su
encuentro con Orwell y los motivos de este para alistarse en las
Brigadas Internacionales: “La persona más distinguida y más
respetada en el contingente es, en estos momentos, Eric Blair. Se trata
de un novelista y ha escrito algunos libros sobre la vida de los
proletarios ingleses. Tiene escasa comprensión de los temas políticos y
“no está interesada en la política de partidos. Vino a España como
anti-fascista para combatir al fascismo”. Sin embargo, como consecuencia
de sus experiencias ha terminado no gustándole el POUM y está tratando
de que le den de baja en la milicia del mismo”[31].
No tardaría mucho Orwell en cambiar de
opinión acerca de alistarse en las Brigadas Internacionales tras lo que
vio en Barcelona durante los sucesos de mayo de 1937. Lo que no vio es
que la República española no solo combatía contra Franco y sus fuerzas
armadas sino también contra la potencia militar y económica de Mussolini
y Hitler en un contexto de hostilidad franco-británica. Cercada desde
el exterior, la República debía afrontar también enormes problemas
internos, desconocidos en la zona que Franco había brutalizado
militarmente. El colapso del estado burgués en los primeros días de la
guerra discurrió al mismo tiempo que la rápida erupción de órganos
revolucionarios de un poder paralelo. Hubo una colectivización masiva y
popular de la agricultura y de la industria. Aunque llenó de entusiasmo a
participantes y observadores como George Orwell los grandes
experimentos de las colectivizaciones del otoño de 1936 no contribuyeron
en mucho a la creación de una máquina de guerra. Dirigentes socialistas
tales como Indalecio Prieto y Juan Negrín estaban convencidos de que un
estado de corte convencional, con un control centralizado de la
economía y de los instrumentos institucionales necesarios para movilizar
a las masas, era algo esencial para generar y sostener un esfuerzo
bélico eficaz. Los comunistas y los asesores soviéticos estaban de
acuerdo con ello. No solo se trataba de un enfoque de mero sentido
común, sino que la reducción de las actividades revolucionarias de los
anarquistas y del anti-estalinista POUM era una necesidad para
tranquilizar a las democracias burguesas con las cuales tanto la Unión
Soviética como el gobierno republicano español buscaban un
entendimiento. Los hechos de mayo que presenció Orwell los provocó la
necesidad de eliminar los obstáculos que impedían una conducción
eficiente de la guerra. A pesar de la incorporación de las milicias
proletarias a las fuerzas del Ejército regular y de desmantelar las
colectivizaciones, el gobierno de Negrín no pudo alcanzar la victoria,
no porque la política estaba equivocada sino porque las fuerzas
exteriores mantuvieron su cerco a la República.
Así, pues, en el Homenaje a Cataluña y en su versión cinematógrafica de Tierra y Libertad,
de Ken Loach, un episodio secundario arrincona los grandes problemas de
la guerra y presenta, al hacerlo, una explicación totalmente perversa
de las razones que explican la derrota republicana. Con una República
abandonada por las potencias occidentales y atacada por Franco, Hitler y
Mussolini solo la Unión Soviética se decidió a ayudarla. Naturalmente,
Stalin no obró así por idealismo o sentimentalismo. Mas bien porque,
amenazada por una Alemania expansionista, confiaba, al igual que sus
predecesores zaristas, en poder limitar el riesgo por medio de una
alianza con Francia que cercara a su vez a Hitler. Temía, con razón, que
si Franco ganaba la guerra con la ayuda de Hitler, Francia se
derrumbaría. En consecuencia, se dispuso a otorgar la suficiente ayuda a
la República para mantenerla con vida a la vez que evitaba que los
elementos revolucionarios en España justificaran a los decidores
conservadores en Londres en proseguir su apaciguamiento del Eje en el
marco de una cruzada anti-bolchevique. Sin armas soviéticas y sin las
Brigadas Internacionales Madrid probablemente habría caído en noviembre
de 1936 y Franco hubiese ganado la guerra meses antes de que los
anarquistas y los trotskistas de Barcelona se convirtieran en un
problema.
El razonamiento que subyace tanto al libro como a la película es que fue
la represión estalinista la que llevó a Franco a la victoria. Sin
embargo, el mismo Orwell la trituró por completo en su ensayo de 1942
titulado Looking Back on the Spanish War: “El odio que la
República española suscitaba en los millonarios, los duques, los
cardenales, los playboys, los reaccionarios meapilas y demás ralea
bastaría para entender la situación. Aquella fue, en lo esencial, una
guerra de clases. De haberse ganado, la causa del pueblo en todo el
mundo se habría fortalecido de manera decisiva. Se perdió, y los que
viven de sus dividendos en el mundo entero pudieron frotarse las manos y
celebrarlo. Esta fue la cuestión de fondo, y todo lo demás, espuma en
su superficie (…) El resultado de la guerra civil española se decidió en
Londres, París, Roma, Berlín… En todo caso, no se decidió en España.
Después del verano de 1937, quienes tenían ojos en la cara se dieron
cuenta de que el gobierno no podría ganar la guerra a menos que se
produjera un cambio muy profundo en el panorama internacional (…) La
tesis trotskista de que se habría podido ganar la guerra si la
revolución no hubiera sido víctima de un sabotaje es, probablemente, un
desacierto y una falsedad. Nacionalizar las fábricas, derruir las
iglesias, lanzar manifiestos revolucionarios no habría dado más eficacia
a los ejércitos. Los fascistas ganaron la guerra porque eran más
fuertes. Disponían de armamento moderno que el otro bando no poseía. No
hay estrategia política que pueda paliar tal deficiencia”[32].
Es evidente que, incluso antes de su
ensayo de 1942 y a decir verdad allá por el tiempo en que su libro se
publicó, Orwell ya había modificado sustancialmente las opiniones que en
él había expresado. Cuando falleció en enero de 1950 la tirada inicial
de 1.500 ejemplares todavía no se había agotado. Según Peter Davison, el
meticuloso editor de sus papeles, Orwell había esperado que pudiera
haber una segunda edición revisada. El primer paso que dio para corregir
su texto tuvo lugar en el verano de 1938 en su correspondencia con
Yvonne Davet, la traductora de la edición francesa que no se publicó,
con las correcciones, hasta 1955.
Tal y como explica Davison antes de su fallecimiento Orwell “dejó notas para su albacea literario indicando lo que quería cambiar” y también envió un ejemplar anotado del libro a Roger Senhouse, director en la editorial Secker & Warburg. “Desgraciadamente
Senhouse hizo caso omiso de la petición de Orwell y la edición uniforme
simplemente reprodujo el texto de 1938 (con algunos errores
adicionales). El más obvio de todos ellos fue la separación de los
capítulos V y XI del cuerpo del libro y su reubicación en forma de
apéndices al final del mismo, donde Orwell consideraba que era más
adecuado insertar la discusión histórica y política de lo que por otra
parte no era sino una narración personal de sus propias experiencias”.
Estas modificaciones no aparecieron
hasta la edición preparada por Davison en 1986. Los cambios efectuados
en línea con las notas de Orwell -la reubicación de los dos capítulos y
la corrección de algunos pequeños errores fácticos tales como la
confusión entre la Guardia Civil pro-franquista y los guardias de
Asalto- hicieron poco para acompasar el texto a las opiniones expresadas
en muchas cartas y artículos que escribió después de terminar la obra.
La impresión que subsiste es que el Orwell ferozmente anticomunista de
la guerra civil se contentó con dejar Homenaje a Cataluña más o
menos como estaba a pesar de saber perfectamente que su interpretación
en la obra erraba considerablemente respecto a la postura de la
República española[33].
Hay que decir en honor de Orwell que en su ensayo Looking Back on the Spanish Civil War
llegó a una conclusión que refleja sus conversaciones en Londres con el
Dr. Negrín. En 1937 su interpretación estaba basada en la ignorancia.
Un ejemplo que ilustra esto se encuentra en sus numerosas referencias en
Homenaje a Cataluña a Lérida, “principal plaza fuerte del POUM”[34],
en donde fue hospitalizado tras ser herido y la ciudad en que, mientras
esperaba a que le dieran su documentación de baja, pasó algún tiempo
prácticamente como turista.
Lo que Orwell no mencionó es que Lérida
sufrió terribles atrocidades a manos tanto del POUM local como de las
columnas anarquistas de Barcelona. El terror fuera de control fue la
norma durante un breve período en el que docenas de paisanos, oficiales
del Ejército, guardias civiles, curas y novicios fueron fusilados.
Cuando las columnas anarquistas pasaron por la provincia de Lérida
camino de Aragón en los primeros meses de la guerra ejecutaron a todo
quién consideraron fascista, entre los que contaron a toda persona del
clero o católicos practicantes, propietarios agrarios y comerciantes. El
terrorismo individual en Lérida derivó en terrorismo colectiva cuando
el POUM cooperó con la CNT y la UGT en crear un Comité de Salud Pública
que hizo bastante poco en lo que se refiere a impedir ya fuese la quema
de la mayor parte de las iglesias de la ciudad o una oleada de
asesinatos. El comisario del POUM de orden pública, Josep Rodés Bley,
colaboró con los faistas a la hora de lanzar una racha de actos de puro
vandalismo en la ciudad. A finales de octubre de 1936 más de doscientas
cincuenta personas habían sido asesinadas[35].
En otros lugares en la provincia la toma del poder por parte del POUM
condujo a que muchas cosechas se pudrieran y que las fábricas se
abandonaran. Todos aquellos que clamaban porque la economía debía
organizarse fueron denunciados como reaccionarios. El comité del POUM
parecía preocuparse más de pegarse la buena vida en los hogares
requisados a los ricos[36].
Traducción de Ángel Viñas
FUENTE
[1] George Orwell, Homenaje a Cataluña
(Barcelona: Debate, impresión de mayo de 2017, traducción de Miguel
Temprano García). Las referencias de este artículo se hacen por la
anterior edición.
[3] Josep Pané, “George Orwell, soldat de Rovira” en Josep Coll & Josep Pané, Josep Rovira. Una vida al servei de Catalunya i del socialismo (Barcelona: Ariel, 1978), p. 129.
[5]Homenaje, p. 34. Bill Alexander, “George Orwell and Spain” en Christopher Norris (ed.), Inside the Myth. Orwell. Views from the Left (Londres: Lawrence and Wishart, 1984), pp. 95-98.
[6] Herbert L. Matthews, A World in Revolution. A Newspaperman´s Memoir (Nueva York: Charles Scribner´s Sons, 1971), pp. 43s.
[7] Raymond Carr, “Orwell and the Spanish Civil War”, en Miriam Gross, The World of George Orwell (Londres: Weidenfeld Nicolson, 1971), p. 70.
[8] Robert Stradling, “The Spies Who Loved Them: the Blairs in Barcelona, 1937”, Intelligence and National Security, vol. 25, nº 5, octubre de 2010, p. 639.
[9] George Orwell, “Inside the Whale”, en The Collected Essays, Journalism and Letters of George Orwell,
volumen I. An Age Like This 1920-1940 (Londres: Secker & Warburg,
1968), p. 501. Este párrafo que corresponde a la nota 9 del ensayo
original no figura en su traducción “En el vientre de la ballena”, en
George Orwell, El león y el unicornio y otros ensayos (Madrid: Turner y Fondo de Cultura Económica, 2006).
[10] Noam Chomsky, American Power and the New Mandarins (Londres: Chatto & Windus, 1969), pp., 85s, 118s (hay traducción española); Robert A. Stradling, History and Legend. Writting the International Brigades (Cardiff: University of Wales Press, 2003), pp. 49s.
[11] David Cesarani, Arthur Koestler. The Homeless Mind (Nueva York: The Free Press, 1998), pp. 250-256.
[12]
Robert A. Stradling, “Orwell and the Spanish Civil War. A Historical
Critique”, en Christopher Norris (ed.), Inside the Myth. Orwell. Views
from the Left (Londres: Lawrence & Wishart, 1984), pp. 108s.
[14] Michael Shelden, Orwell. The Authorised Biography (Londres: Heinemann, 1991), p. 280; John McNair, Spanish Diary,
editado con un comentario por Don Bateman (Manchester: Greater
Manchester ILP, n.f.), p. 14. El tema de la competencia lingüística de
Orwell lo aborda Stradling, “Orwell and the Spanish Civil War”, pp.
107s; Homenaje, pp. 37 y 160.
*En las traducciones al castellano de Homenaje los traductores o editores han evitado el término original y lo han sustituido por el de Generalitat o Generalidad.
[17] George Orwell, “Caesarian Section in Spain”, The Highway,
marzo de 1939. En tal revista se afirma que el artículo fue escrito
antes de la caída de Cataluña. Reimpreso en Peter Davison, The Complete Works of George Orwell, volumen XI, Facing Unpleasant Facts 1937-1939 (Londres: Secker & Warburg, 1998), pp. 332-335.
[18]
Matthews a Negrín, 22 de agosto de 1952, Fondo Documental del Archivo
de la Fundación Juan Negrín (FJN), carpeta 93-41ª, nº 320. Véase también
el prólogo de Ángel Viñas a Antonio Ramos Oliveira, Controversia sobre España. Tres ensayos sobre la guerra civil (Sevilla: Editorial Renacimiento, 2015), pp. 7-17.
[19]
Negrín a Matthews, 5 de septiembre de 1953. Fondo documental del
Archivo de la Fundación Juan Negrín (FJN), carpeta 93-41ª, nº 270.
Matthews hizo un comentario sobre esta carta tanto en A World in Revolution, pp. 43-45, como en Half of Spain Died. A Reappraisal of the Spanish Civil War (Nueva York: Charles Scribner´s Sons, 1973), p. 231.
[20] Reproducida en Davison, Facing Unpleasant Facts, pp. 254-256.
[21]Homenaje,
pp. 231 y 235. Véase también una carta a su mujer del 5 de abril de
1937 y otra de esta última a su hermano del 1º de mayo de 1937. Facing Unpleasant Facts, pp. 15s y 23.
[22] Bob Edwards, Introducción, George Orwell, Homage to Catalonia (Londres: Folio Society, 1970), p. 8.
[24] Orwell, “Notes on the Spanish Militias”, Facing, pp. 135-145.
[25] Bernard Crick, George Orwell. A Life (Londres: Secker &Warburg, 1980), pp. 208-210; Shelden, Orwell, pp. 274-279; McNair, Spanish Diary, pp. 13-15; Richard Baxell, Unlikely Warriors. The British in the Spanish Civil War and the Struggle Against Fascism (Londres: Aurum Press, 2012), pp. 183-185.
[26] “British author with the Militia”, The Spanish Revolution, vol. II, nº. 2, 3 de febrero de 1937, p. 2.
27
John McNair, Manuscrito, ‘George Orwell: The Man I Knew’, fechado en
marzo de 1965, Newcastle upon Tyne University Library, citado por Crick,
George Orwell, pp. 317-18.
28 Jennie Lee a Margaret M. Goalby, 23 June 1950: ‘Orwell’s Arrival in Barcelona’, reimpreso en Davison, Facing Unpleasant Facts, p. 5.
[29] Baxell, Unlikely Warriors, p. 187. Orwell replicó a las críticas de Frankford con respecto al POUM. Véase Davison, Facing Unpleasant Facts, pp. 82-85.
[31] Baxell, Unlikely Warriors, p. 188; Bill Alexander, “George Orwell and Spain”, Norris, Inside the Myth, pp. 92s.
[32] Escrito en 1941 y publicado por primera vez en forma recortada en New Road, junio de 1943. Davison, Orwell in Spain,
pp. 343-364. La historia de la publicación se encuentra en las páginas
343s. La traducción, debida a Miguel Martínez-Laje, se ha tomado de la
versión castellana Recuerdos de la guerra civil española, en George Orwell, Matar a un elefante y otros ensayos (Madrid: Turner y Fondo de Cultura Económica, 2006). Las citas se hallan en las páginas 182s.
[33]Facing Unpleasant Facts, pp. 133-135; Davison, Orwell in Spain, pp. 28-30; la edición revisada de Davison aparece en Orwell in Spain, pp. 31-215.
[35] Frederic Escofet, Al servei de Catalunya i de la República, dos volúmenes (París: Edicions Catalanes, 1973), II, p. 376; Jaume Barrull Pelegrí, Violència popular i justicia revolucionària. El Tribunal Popular de Lleída (1936-1937) (Lleída: Edicions de l´Universitat de Lleída, 1995), pp. 19-33; Jaume Barrull Pelegrí & Conxita Mir Cucó, Violència política i ruptura social a Espanya 1936-1939 (Lleída: Edicions de l´Universitat de Lleída, 1994), pp. 67-79; Solé & Villarroya, La repressió a la reraguarda, I, pp. 87s, pp. 467-484; Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa, pp. 369-373; Joan Pons Garlandí, Un republicà enmig de Faistes (Barcelona: Edicions 62, 2008) pp. 80-83; Francesc Viadiu i Vendrell, Delegat d´Ordre Públic a ´Lleída la roja´ (Barcelona: Rafel Dalmau, 1979), pp. 29-40 y 83-98.
[36] Tomàs Pàmies & Teresa Pàmies, Testament a Praga (Barcelona: Edicions Destino, 1971), pp. 128-131, 135-139; Sole & Villarroya, La repressió a la reraguarda, II, pp. 447-449.