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jeudi 8 janvier 2026
Children of the Revolution (Shane O'Sullivan, 2010) et plus sur Fusako Shigenobu
mercredi 7 janvier 2026
Eloy de la Iglesia: el autodestructivo cineasta al que el PCE salvó de la indigencia
La imagen que más impacta de las descritas por los entrevistados en este documental es la de uno de los directores más taquilleros de la historia del cine español rebuscando en la basura en una calle madrileña. Lo llevó allí “la dama blanca”, que es como se conocía a la heroína. En una entrevista de Ángel Casas, Eloy de la Iglesia, demacrado y sin dientes, llegó a confesar que en menos de tres años se había pulido todo su dinero metiéndoselo en vena. Estamos hablando de la friolera más de cuarenta millones de pesetas de la época.
Como recuerda uno de los entrevistados de este documental, Eduardo Fuembuena, el mayor conocedor de la vida y obra de Eloy de la Iglesia, fue el Partido Comunista de España el que le ayudó a no acabar en la calle, aunque el cineasta llegó a dormir en bancos más de una noche. Gracias a Juan Antonio Bardem y a Roberto Bodegas, el partido se preocupó por la gestión de los derechos de autor de sus películas y porque tuviese una asignación mensual. El problema fue que, aun así, el director, amigo de la autodestrucción, se gastaba el dinero en las tragaperras.
De la Iglesia no fue un ejemplo a seguir porque no solo cometió la insensatez de caer en la heroína (se enganchó en 1983, al igual que su amigo y coguionista Gonzalo Goicoechea), sino en romantizar al navajero yonqui, que tenía muy poco de Robin Hood y supuso un auténtico infierno para sus familias. Lo he vivido en persona, en el Bilbao de mi infancia, espacio de las inolvidables El pico y su secuela.
Eloy de la Iglesia se presentaba como comunista, director de cine y maricón
A pesar de este romanticismo del yonqui y el quinqui, el director nacido y criado en Zarauz, en una mansión de gente rica de origen gallego que le pagó sus primeras películas (así de rica era) es uno de los cineastas más rompedores y valientes que ha tenido el cine español en toda su historia, un tipo marcado por su adicción, pero, como él decía, también comunista, director de cine y maricón.
Eloy De la Iglesia era demasiado joven cuando tuvo la epifanía de rodar películas y no tenía la edad requerida para entrar en la Escuela de cine, pero tras estudiar cine en París logró rodar, en 1966, Fantasía… 3, una cosita infantil que pudo hacer gracias a José María García Escudero, director general de Cinematografía y Teatro que no era amigo de la censura franquista y apoyó a muchos nuevos cineastas. Resulta más que alucinante que un director que se hizo famoso por tratar en el cine la homosexualidad, la violencia policial o el consumo de drogas debutase adaptando cuentos de Hans Christian Andersen, los hermanos Grimm o L. Frank Baum.
Algunos de los temas medulares de De la Iglesia (el sexo y la muerte y la represión sexual, religiosa y política) no tardaron en aparecer en La semana del asesino, guion que fue rechazado dos veces por la censura y sufrió 64 cortes en el metraje, entre ellos escenas homosexuales entre Vicente Parra y Eusebio Poncela (estamos hablando de 1972, imaginen la valentía que supone hacer esta película tres años antes de la muerte del dictador).
La octava película del director vasco, Juego de amor prohibido, sórdida y antiestética, también demostró que tras su truculencia y su nada disimulado gusto por rodar con actores a veces demasiado jóvenes, a De la Iglesia también le gustaba colar sus ideas políticas. En aquel caso sobre la decadencia de la clase dirigente franquista y un enfermo régimen que se desmoronaba.
Además de La criatura, filme sobre relaciones zoofílicas y de pésimo gusto, en 1977 estrenó Los placeres ocultos, que por primera vez en el cine español presenta sin complejos a un protagonista homosexual, un ejecutivo de banca con dinero al que le gustan los jóvenes y sufre la represión que conlleva su condición sexual. El filme, que tuvo el arrojo de mostrar los apestosos urinarios públicos en los que se ligaba o se ejercía la prostitución, fue secuestrada por la censura de la “ejemplar transición”, algo que produjo las protestas en medios como el diario El País o la revista Fotogramas.
'El diputado' expone que también los partidos de izquierda podían ser reaccionarios
Con El sacerdote, también con Simón Andreu, De la Iglesia quiso cruzar todos los límites para provocar aún más. La historia de un sacerdote que no puede reprimir sus instintos sexuales es sensacionalista y contiene escenas de un gusto atroz, como la de unos niños desnudos practicando sexo con una oca. La crítica fue demoledora con ella. Pedro Crespo habló en el ABC de “un nuevo engendro fílmico que ensancha esa vía particular de cursilería melodramática, erótico-sociológico-política que con tanta insistencia cultiva Eloy de la Iglesia”. Fernando Trueba, en El País, escribió que “el mayor defecto, el menos perdonable, del cine de De la Iglesia son sus personajes. Arbitrariamente construidos para servir a los didácticos objetivos de sus historias, sus personajes no resultan nunca creíbles, verdaderos”. De la Iglesia, que era muy aficionado a poner motes, despreciaba a Trueba y lo apodaba Bizconti por su estrabismo.
La biblia de su cine es El diputado, historia de un militante clandestino de un partido de izquierdas durante el franquismo que es elegido diputado en las elecciones de 1977, es víctima del chantaje de ultraderechistas que lo amenazan con revelar su homosexualidad y hasta su partido le da la espalda. Con ella De la Iglesia, marxista, volvió a demostrar que le iba a la marcha porque provocó hasta al PCE, del que era militante, como su amigo Juan Diego. La cúpula del partido no vio con buenos ojos la película y hasta Juan Antonio Bardem, que acabó participando en el filme, mostró su rechazo inicial por ella, algo que fue duro para De la Iglesia, que entendía su cine como un servicio al PC y una forma popular y directa de cambiar, en la llamada transición, a la sociedad.
El diputado, que llegó a estrenarse en los Estados Unidos, habla de que no solo hay que liberar al obrero, también al individuo. Su protagonista, Roberto Orbea, lucha por su partido y país en la clandestinidad, pero no puede expresarse en su privacidad ni mostrar libremente su sexualidad, se le obliga a ser recto y heterosexual. La película expone, en fin, que también los partidos de izquierda podían ser reaccionarios.
Los últimos minutos de Eloy de la iglesia, adicto al cine son inevitablemente tristes. En ellos Gaizka Urresti habla del otro gran arrebato del director: el descubrimiento de José Luis Manzano. El director mandó buscar a un chaval de la calle que cumpliera las características físicas del Jaro y sus ayudantes encontraron en los billares Victoria, regentados por chaperos, a Manzano, que entonces era menor de edad.
Las películas de quinquis y el mundo marginal, pobre y atrasado de De la Iglesia no gustaban al PSOE
Como recuerda el director Antonio Hens en el documental, tras el flechazo llegó el pacto: él lo mantendría y lo transformaría a lo Pigmalión, pero a su vez llegó la bajada a los infiernos: los dos se engancharon a la heroína y Manzano acabó muerto en el cuarto de baño del piso de De la Iglesia por una sobredosis y con signos de violencia en su cuerpo (algo que elude el documental). Según el informe forense, la causa de su deceso “fue de naturaleza violenta, habiéndose encontrado los principios de la heroína y de otros tóxicos en su sangre, orina y órganos vitales”. Nadie sabe qué pasó aquella noche, pero fue algo espantosamente oscuro.
A esta debacle personal se unió que las películas de quinquis y el mundo marginal, pobre y atrasado de De la Iglesia no gustaban al PSOE, que pretendía vender una España irreal, más progre y moderna. El PSOE era más de Carlos Saura, miembro de la élite cultural y que ganó el Oso de Oro a la Mejor película en el Festival de Berlín con Deprisa, deprisa, la película quinqui oficial. Ese era el cine que quería subvencionar Pilar Miró, primera mujer en ocupar la Dirección General de Cinematografía que acabó, mediante la Ley Miró, con el cine que hacía Eloy De la Iglesia, un cine antisistema, urgente y encima muy taquillero. El PSOE buscaba un cine más académico y de prestigio, más La colmena o Luces de bohemia y menos Navajeros o La estanquera de Vallecas, que De la Iglesia y Manzano (incapaz de vocalizar y doblado por Fernando Guillén Cuervo) rodaron enganchados y en condiciones penosas.
Fue precisamente su amigo Guillén Cuervo quien le apoyó como pocos. También lo hicieron Pedro Olea y Diego Galán, director del Festival de San Sebastián, que en 1996 hizo una retrospectiva de su cine, diez días que le hicieron, según sus palabras, recordar que estaba vivo. En esos felices días también tomó la decisión de intentar volver a ponerse detrás de una cámara y lo hizo siete años después con una pésima película: Los novios búlgaros, protagonizada por Guillén Cuervo y sobre los prostitutos del Este en el Madrid de principios de los 2000. Volvía a los chaperos y al lumpen, a su mundo.
Eloy de la Iglesia nunca tuvo nada que ver con el cine español oficial, académico, de festival
Eso sí: no consideró Los novios búlgaros su testamento, quería seguir haciendo cine, pero murió a los 62 años por una negligencia médica. Atrás dejaba un cine hecho con las tripas y la polla más que con el cerebro, filmes tan punkis como técnicamente precarios. Rodó sus películas demasiado deprisa, no fue un gran director de actores y sus doblajes fueron infames, pero conoció como nadie al público y no pretendió ir a Cannes, sino llenar butacas. Y nunca tuvo nada que ver con el cine español oficial, académico, de festival. Solo por eso, y por lo mosca cojonera que llegó a ser, Eloy de la Iglesia siempre nos caerá bien.
mardi 6 janvier 2026
Moscú no cree en lagrimas (Vladimir Menshov, 1979)
La película ganó el Premio de la Academia a la Mejor Película en Lengua Extranjera en 1981 (el año de Kramer vs Kramer). Esta fue la tercera vez que una película soviética ganó un Premio de la Academia.
dimanche 4 janvier 2026
EL CINE SOVIÉTICO DE CIENCIA FICCIÓN : LA BÚSQUEDA DEL ALMA EN EL COSMOS
CIUDAD CERO/Gorod Zero (Karen Shakhnazarov, 1988)
mardi 9 décembre 2025
Le PCF, l’eurocommunisme et la dictature du prolétariat. Extrait du livre de Laurent Lévy
Laurent Lévy publie aux éditions Arcane 17 un livre passionnant sur l’élaboration, la mise en œuvre et l’échec, dans les années 1970, d’une stratégie de « voie démocratique au socialisme » par le PCF : Histoire d’un échec : la stratégie « eurocommuniste » du PCF (1968-1978). Nous donnons ici à lire de larges extraits de la partie de l’ouvrage consacrée à l’abandon en 1976, lors du XXIIe Congrès de ce parti, de l’expression « dictature du prolétariat ».

Le cœur du XXIIe Congrès est […] de tracer les grandes lignes de ce que serait le socialisme pour la France et les moyens d’y parvenir. Mais ce qui en sera retenu comme étant le plus spectaculaire – tant pour les observateurs extérieurs que dans la mémoire du parti communiste lui-même – sera un point à bien des égards anecdotique, mais qui réfracte plusieurs questions fondamentales. Ce sera […] ce qui donnera au congrès son plus grand retentissement : « l’abandon de la dictature du prolétariat ».
Bien que cette question presque symbolique ait ainsi été au cœur de la réception du XXIIe Congrès, elle n’en constituait pas l’essentiel : ces mots étaient absents de ses textes préparatoires, cela n’était donc, par hypothèse, pas l’objet de la discussion prévue. Elle ne surgira que lorsque la plupart des assemblées de cellules et bon nombre des conférences de sections, et donc la discussion par la base communiste du projet de résolution, auront eu lieu. Lors de la discussion par le Comité central de l’avant-projet du texte à soumettre au congrès, aucune intervention n’y avait souligné – pour l’approuver ou pour la désapprouver – l’absence de l’expression « dictature du prolétariat ».
Il y avait d’ailleurs bien longtemps que le PCF ne l’utilisait plus dans sa littérature, et sa disparition aurait parfaitement pu passer aussi inaperçue que celle de « démocratie avancée ». On en trouvait certes […] une occurrence dans le Manifeste de Champigny, au terme d’un bref développement insistant sur le caractère démocratique et temporaire de ce qui était ainsi désigné, mais elle n’était jamais mobilisée dans les textes du Parti. En 1973, Le Défi démocratique ne l’employait pas, et personne ne s’était ému de cette absence. […] L’idée d’un abandon exprès avait déjà été formulée à deux reprises au sein du Comité central, sans susciter de réaction : en 1974 par Henri Fiszbin et en 1975 par Pierre Juquin.
Plus de trente ans plus tard, Charles Fiterman dira de cette notion : « Elle constituait une sorte d’icône sur la cheminée dont il fallait se débarrasser pour donner tout son sens à la démarche engagée »[1]. Et de fait, avant même d’être explicitement abandonnée, l’expression « dictature du prolétariat » avait de facto disparu. François Hincker, revenant un an plus tard sur cet « abandon », remarquera non sans pertinence :
« Il s’est creusé ainsi un écart béant entre ce qui était appris dans les écoles du Parti – où la dictature du prolétariat tenait toujours une certaine place – et la pratique politique où elle était rigoureusement hors du champ non seulement des préoccupations immédiates, mais aussi de l’horizon à atteindre. Le XXIIe Congrès a fait coïncider la théorie et la pratique[2]. »
L’absence de l’expression « dictature du prolétariat » dans le projet de résolution n’était, cela dit, pas pour autant le simple résultat de sa tombée en désuétude. Elle avait même, comme le racontera Pierre Juquin, été soulignée par Jean Kanapa lorsqu’il avait présenté à la commission chargée de le mettre au point la trame qu’il en avait rédigée : « On pourrait même se poser – je ne propose pas d’en parler maintenant – la question de la « dictature du prolétariat ». » Sa remarque avait suscité le désaccord de plusieurs membres de la commission, dont René Andrieu. Le silence du projet de résolution est ainsi le fruit d’un compromis : pas d’emploi des mots « dictature du prolétariat », mais pas d’abandon explicite. C’est au cours des débats ultérieurs, dans les mois qui suivent, que le silence sera levé.
L’un des aspects remarquables de cet « abandon » est la manière dont il a été proposé : au cours d’une émission de télévision, en réponse à la question d’un journaliste. Cette question ne tombait pas du ciel : elle faisait référence à une contribution en ce sens, parue le jour même dans la tribune de discussion ouverte pour le congrès dans L’Humanité. Et cette contribution avait été suscitée par Pierre Juquin, qui regrettait le compromis du silence.
Il avait saisi l’occasion d’un débat organisé dans le cadre de la préparation du congrès dans une ville de province, au cours duquel un militant avait émis l’idée qu’il serait « illogique » de prétendre accorder l’orientation de la résolution avec la « dictature du prolétariat », pour lui suggérer de reprendre son raisonnement dans une contribution écrite – qu’il se chargea de faire publier dans L’Humanité le 7 janvier, jour où Georges Marchais était invité sur Antenne 2. Rien n’était laissé au hasard : l’attention des journalistes avait été attirée sur cette contribution particulière, et loin d’être pris au dépourvu, le secrétaire général avait bien préparé sa réponse : « Eh bien, oui, prolétariat, c’est trop étroit ; dictature, ça fait peur. Ce camarade a raison ! »
C’est ainsi cette réponse qui, d’une certaine façon, ouvrait le débat et y mettait fin d’un même mouvement, compte tenu du poids que les traditions du parti communiste donnent à la parole du secrétaire général : les contributions sur cet abandon vont, après cette déclaration publique, se multiplier dans la tribune de discussion et dans la presse du Parti, et le 16 janvier 1976, le Comité central y reviendra longuement dans une discussion à laquelle participent plusieurs de ses membres, de toutes les générations. D’entrée de jeu, toutefois, la ligne y est donnée, et c’est dans le rapport qu’il présente lors de cette réunion que Georges Marchais l’affirme dans des termes qui ne souffrent guère la discussion : « Le principe de la dictature du prolétariat sera abandonné par décision du congrès. Le projet de résolution sera amendé dans ce sens ».
Dans la discussion qui s’ensuit, François Billoux, ancien dirigeant du Parti, proche de Thorez depuis la fin des années 1920, ministre à la Libération, affirme que « la dictature du prolétariat ne correspond plus à une réalité moderne », Henri Fiszbin voit un avantage politique à l’abandon (sans rappeler qu’il avait déjà en vain exprimé cette idée), en estimant qu’il permettra « de rallier un maximum de gens à l’union et au PCF », Paul Boccara soutient l’abandon « du point de vue de la théorie marxiste », Henri Krasucki considère la notion de dictature du prolétariat « dépassée, parce que trop étroite » et « ne correspondant plus à une réalité actuelle. » Outre le mot « dictature », celui de « prolétariat » fait l’objet de remarques de la part de plusieurs intervenants.
Réticences internes
Dans un rapport présenté le 22 janvier devant le Bureau politique, Jean Kanapa avait fait le point de la discussion sur cette question dans le Parti :
« Au niveau de la tribune, et compte tenu de ce que ce sont surtout les « pas d’accord » qui écrivent le plus spontanément, nous comptions hier matin 43 lettres pour le maintien de la dictature, 22 pour l’abandon, 10 hésitants. Compte tenu de ce que j’ai dit, la proportion est excellente. Naturellement, elle va se modifier au profit de ceux qui veulent le maintien – puisque, déjà depuis une semaine, ce sont surtout ceux qui ont été battus dans leur conférence de section ou fédérale qui écrivent là-dessus comme un recours, d’ailleurs normal.
Au niveau des conférences fédérales, par contre, l’accord est unanime au moment du vote. Plusieurs conférences jugent nécessaire de le signaler dans leur résolution. […] Au cours des conférences de sections et fédérales, quelques camarades […] souhaitent qu’on leur explique clairement que le Parti ne renonce pas à son caractère révolutionnaire, qu’il est bien résolu à lutter pour le socialisme, que la classe ouvrière a bien le rôle dirigeant, qu’elle défendra son nouveau pouvoir.
Si ceci est bien expliqué, ils font confiance au Parti. Ceux qui restent irréductiblement attachés à la dictature du prolétariat sont en définitive très peu nombreux, et ils n’en font pas une question pour leur appartenance au Parti, pour leur confiance dans le Parti. On peut donc parler d’un accord quasi unanime. […] La discussion aura permis un progrès important de l’assimilation de la politique du Parti pour la masse du Parti (membres et cadres). C’est ce que nous voulions. »
Plusieurs passages de ce rapport méritent attention, car entre les lignes, ils disent beaucoup sur le fonctionnement du Parti et la manière dont la direction l’envisage. Le fait que deux fois plus de contributions adressées à la direction pour la tribune de discussion sont hostiles plutôt que favorables à l’abandon apparaît à Kanapa comme de peu de signification, au motif que c’est généralement pour exprimer un désaccord que l’on prend sa plume, et la proportion lui semble ainsi encourageante.
Lorsqu’il évoque l’accord unanime, ou quasi unanime dans les conférences fédérales, la manière presque paternaliste dont il parle des militants est frappante : « ils souhaitent qu’on leur explique… », et une fois qu’on l’a fait, « ils font confiance au Parti ». On ne peut mieux exprimer le caractère descendant de la réflexion sur cette question. Pire en un sens, pour une discussion de congrès, son objectif déclaré semble être « l’assimilation de la politique du Parti pour la masse du Parti (membres et cadres) », bien plus que son élaboration.
L’abandon
Devant le congrès lui-même, le secrétaire général présente ainsi cet « abandon » :
« Si la « dictature du prolétariat » ne figure pas dans le projet de document pour désigner le pouvoir politique dans la France socialiste pour laquelle nous luttons, c’est parce qu’elle ne recouvre pas la réalité de notre politique, la réalité de ce que nous proposons au pays. […] :
– Le pouvoir qui conduira la transformation socialiste de la société sera le pouvoir de la classe ouvrière et des autres catégories de travailleurs, manuels et intellectuels, de la ville et de la campagne, c’est-à-dire de la grande majorité du peuple.
– Ce pouvoir se constituera et agira sur la base des choix librement exprimés par le suffrage universel ; et aura pour tâche de réaliser la démocratisation la plus poussée de toute la vie économique, sociale et politique du pays.
– Il aura pour devoir de respecter et de faire respecter les choix démocratiques du peuple.
Contrairement à tout ceci, la « dictature » évoque automatiquement les régimes fascistes de Hitler, Mussolini, Salazar et Franco, c’est-à-dire la négation même de la démocratie. […] Quant au prolétariat, il évoque aujourd’hui le noyau, le cœur de la classe ouvrière. Si son rôle est essentiel, il ne représente pas la totalité de celle-ci, et à plus forte raison l’ensemble des travailleurs dont le pouvoir socialiste que nous envisageons sera l’émanation. Il est donc évident que l’on ne peut qualifier de « dictature du prolétariat » ce que nous proposons aux travailleurs, à notre peuple. »
Si l’explication proposée est limpide, on voit qu’elle est purement rhétorique ; elle tient au sens pris dans l’histoire par chacun des deux mots qui composent la formule, le mot « dictature » et le mot « prolétariat », à ce qu’ils évoquent dans le langage commun et non à la signification que donnait la théorie marxiste classique à l’expression dans son ensemble. Lénine disait que le plus démocratique des États bourgeois n’est que la dictature de la bourgeoisie, et que la dictature du prolétariat serait plus démocratique que la plus démocratique des démocraties bourgeoises. La théorie marxiste insistait sur l’articulation dans ce concept d’une théorie de l’État et d’une théorie des classes sociales.
Tout cela semble oublié, comme semble oubliée la notion de suspension de la légalité bourgeoise : cela n’est pas l’objet du débat. Quels que soient ses usages passés, le mot « dictature » est en somme devenu synonyme de « tyrannie » ou de « despotisme », et le mot « prolétariat » évoque désormais bien moins que le « peuple », et même que la classe ouvrière ou les « travailleurs » autour desquels le rassemblement de l’ensemble des couches sociales dominées par les monopoles capitalistes doit se faire.
Un point frappant dans cette explication est dans le choix des régimes politiques évoqués par le mot « dictature ». Georges Marchais parle des dictatures des régimes fascistes du passé et du présent, mais pas de celui auquel l’expression « dictature du prolétariat » ferait spontanément penser les observateurs et les critiques du communisme : la dictature imposée aux peuples d’Union soviétique après la révolution – et singulièrement la dictature stalinienne. Alors que le Parti avait quelques semaines plus tôt reconnu et dénoncé publiquement l’existence de camps de travail en URSS et la répression des opposants, la chose est pourtant claire.
Un précédent : 1964
Dans la mesure où le texte soumis à la discussion du congrès ne comportait pas cette expression, il aurait pu suffire de l’adopter tel quel, sans l’y insérer. Mais une décision explicite apparaissait néanmoins nécessaire parce qu’elle figurait dans le préambule des statuts du Parti adoptés en 1964 au XVIIe Congrès. L’ironie de cette histoire – qui aurait dû relativiser les enjeux du débat – est que la discussion avait déjà eu lieu au Comité central qui préparait ce congrès. Et dès cette époque, même s’il y avait été répondu de façon différente, la question de cette formule avait été posée dans des termes assez voisins.
Ainsi, Pierre Villon – ancien dirigeant de la Résistance armée – avait, à cette époque, proposé d’ajouter, comme le ferait quatre ans plus tard le Manifeste de Champigny, le mot « provisoire », pour parler d’une « dictature provisoire du prolétariat ». Le XVIIe Congrès le suivra sur ce point. Bien sûr, cela ne revenait pas à supprimer l’expression, d’autant que la tradition communiste avait toujours considéré la dictature du prolétariat comme quelque chose de provisoire, mais l’insistance sur ce mot signalait le risque qu’elle soit considérée comme définitive, qu’elle s’identifie avec le socialisme lui-même ; il y avait donc là, fût-ce involontairement, une critique implicite du « socialisme existant ».
D’autres allaient plus loin. Marie-Claude Vaillant-Couturier[3], par exemple, proposait que le mot « dictature » soit simplement remplacé par le mot « pouvoir ». Il s’agissait alors bien d’un « abandon » voisin de celui décidé au XXIIe Congrès. Quant à Jeannette Vermeersch[4], elle donnait un argument qui anticipait celui donné douze ans plus tard par Georges Marchais : « Hitler, disait-elle, a déshonoré le terme dictature ». Elle ajoutait que « cette phase n’est pas obligatoire pour passer au socialisme », citant en exemple le cas des démocraties populaires.
On pourrait certes discuter ce dernier point, dans la mesure où si les « démocraties populaires » dans la forme qu’avait voulu leur donner Dimitrov[5] dans l’immédiat après-guerre sous le nom de « démocratie nouvelle », étaient en effet censées avancer vers la construction du socialisme sans « cette phase », cette proposition avait très vite été inversée, et l’affirmation d’une nécessaire dictature du prolétariat avait été posée par le Kominform. Mais cette argumentation, qui peut sembler surprenante dans sa bouche, n’en anticipait pas moins la réflexion du XXIIe Congrès.
L’ironie est portée au carré si l’on songe que ses propos sont en 1964 dirigés contre le rapporteur de la commission des statuts qui n’est autre que le nouveau secrétaire à l’organisation de l’époque, Georges Marchais : en présentant son rapport devant le XVIIe Congrès, celui-ci objectera fermement à une proposition d’amendement dont il reprendra presque mot pour mot les termes dans sa propre argumentation devant le XXIIe.
La question n’est finalement tranchée que par l’intervention à l’appui de ce dernier de Maurice Thorez en personne, le mari de Jeannette Vermeersch, qui explique alors que « ce serait une faute politique que de renoncer à la dictature du prolétariat ». Ironie au cube, Jeannette Vermeersch dénoncera cet abandon trois ans après le XXIIe Congrès, dans un livre consacré à la critique de l’eurocommunisme[6]… Cette dénonciation exprimera au demeurant une bonne compréhension de ce que l’abandon signifiait réellement : une démarcation à l’égard du système soviétique, une volonté de rupture réaffirmée avec le stalinisme dont elle était notoirement nostalgique.
Longtemps plus tard, pour expliquer « l’abandon » en 2003 par la LCR de cette même expression, le philosophe Daniel Bensaïd, dirigeant et principal théoricien de cette organisation, donnera des explications plus rigoureuses, mais voisines de celles de Jeannette Vermeersch en 1964 et de Georges Marchais en 1976 – mais sans limiter ainsi les exemples de dictatures :
« Le mot dictature n’avait pas aux XVIIIe et XIXe siècles le sens absolument péjoratif qu’il a acquis depuis. Chez Rousseau, par exemple, c’est le mot tyrannie qui joue ce rôle […] Après, vu ce que sont devenues les dictatures staliniennes et autres, et plus généralement l’usage du mot dictature au XXe siècle, après Pinochet et Franco, le mot est devenu inutilisable. »
Explications
Lorsqu’il expose brièvement le ressort théorique de son choix, Georges Marchais se réfère aux classiques du marxisme :
« Sur quoi nous fondons-nous pour définir notre position dans cette question ? Nous nous fondons sur les principes du socialisme scientifique élaborés par Marx, Engels, Lénine. Il s’agit en premier lieu de la nécessité pour la classe ouvrière d’exercer un rôle politique dirigeant dans la lutte pour la transformation socialiste de la société. […] En second lieu, il s’agit de la nécessité de la lutte révolutionnaire des masses pour faire échec aux manœuvres de la grande bourgeoisie. »
En somme, Georges Marchais donne à sa position les raisons qui expliquent précisément pour les auteurs dont il se prévaut – et expliquaient pour le Manifeste de Champigny – la nécessité de la dictature du prolétariat. Quant à l’Union soviétique et son expérience propre, elle est évoquée par une distance qui n’est pas théorisée, pour justifier l’abandon par le simple effet du temps parcouru :
« Dans les conditions de la Russie de 1917, puis de la jeune Union soviétique, la dictature du prolétariat a été nécessaire pour assurer avec succès l’édification du socialisme. Il est juste de dire que, sans elle, la classe ouvrière, les peuples soviétiques n’auraient pu entreprendre ni défendre l’œuvre libératrice sans précédent qu’ils ont réalisée. C’est pourquoi les partis communistes, lorsqu’ils se sont fondés en tirant les leçons de la faillite de la social-démocratie internationale et de la victoire de la révolution d’Octobre, ont, à juste titre, dans les conditions de l’époque, adopté ce mot d’ordre. Le monde a changé. »
On note une confusion dans l’emploi du vocabulaire, où la dictature du prolétariat est dite « nécessaire » dans un premier temps, ce qui suppose qu’elle est à tout le moins un ensemble de pratiques, pour être, quelques lignes plus bas, ramenée à un simple « mot d’ordre ». Cela est assez significatif du flou théorique dans lequel s’effectue cet « abandon ». Il y a là une nouvelle illustration du peu de cas parfois fait de la théorie dans la réflexion politique des dirigeants du parti communiste, où le choix des mots d’ordre et des slogans compte plus que le travail des concepts.
Il y a autrement dit dans ces formules un équilibre extrêmement précaire entre rhétorique et théorie : la question n’est pas posée de ce qu’avait ou non été la dictature du prolétariat dans la jeune Union soviétique, ni de ce qu’avait été son devenir. L’idée d’une suspension de la légalité au profit de la classe ouvrière, de la possibilité de s’affranchir des normes juridiques dans le combat contre les anciennes classes dominantes – qui est le cœur de la théorisation léninienne – n’est pas évoquée. […] Mais cette signification de « l’abandon » n’est même pas esquissée à l’occasion du XXIIe Congrès. De fait, cet « abandon » ne porte que sur une seule chose : l’emploi – devenu quasi inexistant depuis bien longtemps – de cette expression par le PCF. […]
Louis Althusser, qui regrettait que l’on prétende « abandonner un concept comme on abandonne un chien », était au demeurant bien conscient du caractère rhétorique, plutôt que théorique, de cet « abandon », et remarquera qu’il est affirmé de façon paradoxale. Selon lui :
« Le parti communiste français vient d’abandonner officiellement, dans son XXIIe Congrès, la dictature du prolétariat, mais le même congrès a voté à l’unanimité une résolution qui repose toute entière […] sur la dictature du prolétariat, il est vrai sans jamais la nommer. »
L’affirmation est un peu péremptoire, et l’on pourrait penser au contraire que même si la théorisation de l’abandon n’est pas faite, la stratégie du PCF est désormais – comme le répètent à l’envi les délégués au congrès abordant cette question – incompatible avec la dictature du prolétariat y compris dans le sens théorique précis auquel Althusser se réfère.
Cela dit, lorsqu’il prononce ces mots lors d’une conférence sur la dictature du prolétariat donnée à Barcelone le 6 juillet 1976[7], Althusser tient à montrer quel était l’enjeu réel de cet abandon, non pas celui (selon lui impossible) d’un concept, mais celui d’une référence historique qui a peu à voir avec ce concept : la référence aux destinées de la pratique du pouvoir par les communistes russes ; la référence, autrement dit au stalinisme, même s’il n’est pas plus « nommé » que le concept « abandonné » : c’est-à-dire précisément ce sur quoi Georges Marchais ne s’exprime pas ici – alors même que son rapport comporte également une critique de la conception soviétique de la démocratie.
Enfin et surtout, il soulignera l’impasse théorique qu’il voit dans cet « abandon », en tentant de restituer le concept dans son cadre pour montrer que son abandon laisse une place vide qu’il faudra bien remplir d’une manière ou d’une autre. Il est à noter que parallèlement à cette conférence, Althusser écrira un long texte, inédit de son vivant, qui constitue une défense sans ambiguïté du XXIIe Congrès[8]. […]
« À la sauvette »
Il est ainsi permis de douter de ce que, comme l’affirme au congrès la commission des amendements par la voix de Jean Kanapa, l’absence de mention de la dictature du prolétariat relevait d’une réflexion faite de propos délibéré par le Comité central lui-même – dont on ne trouve d’ailleurs pas trace dans ses travaux avant la déclaration télévisée du secrétaire général. Cette commission évoque pourtant « la décision soigneusement pesée du Comité central de ne pas avoir recours à cette notion », ajoutant :
« Cette façon de faire a favorisé la réflexion individuelle et la recherche collective, la liberté de la discussion et le rassemblement des opinions. Et à partir d’un moment, l’intervention du secrétaire général du Parti a encore – comme l’ont dit les camarades – stimulé, impulsé, enrichi les discussions. Bien plus : elle a puissamment contribué à intéresser les masses, l’opinion publique la plus large, à notre congrès, à notre politique. Non, jamais débat ne fut moins organisé à la sauvette que celui-là ! Le résultat de ce débat est là, clair, éloquent, impressionnant : sur 22 705 délégués à nos 98 conférences fédérales, 113 seulement ont voté contre l’abandon de la dictature du prolétariat et 216 se sont abstenus. »
La présentation du déroulement du débat est ici outrageusement faussée : comme on l’a vu, aucune discussion sur cette question n’avait eu lieu avant l’intervention de Georges Marchais à la suite de la contribution parue à dessein le jour même dans L’Humanité. Cette intervention n’avait donc pas « enrichi » la discussion, mais l’avait à la fois, comme on l’a dit, ouverte et refermée – à un moment où la préparation du congrès tirait à sa fin, si bien que presque aucune cellule, presque aucune section n’avait été en mesure de discuter cette question.
En réalité, il est clair que d’un point de vue théorique, cet « abandon » s’est bien fait « à la sauvette » ; il ne repose sur aucune réflexion précise sur le sens qu’avait, dans la théorie ou dans la pratique des révolutions du passé, la dictature du prolétariat. Rien pour dire si c’est sur le fond ou seulement dans le vocabulaire qu’a lieu cet « abandon ». Rien sur la théorie de l’État, de sa destruction puis de son dépérissement, que soutient ce concept et dans laquelle il prend place.
Il est par contre exact – et tel était sans doute le véritable objectif de cette opération – que cette question a « puissamment contribué à intéresser » l’opinion publique aux travaux du XXIIe Congrès. Georges Labica pourra ainsi écrire : « L’expulsion de la dictature du prolétariat réussit ce miracle : nous faire entrer dans l’avenir en nous dispensant de faire le bilan du passé[9]. »
Notes
[1] Cité par Frédéric Heurtebize, in Le péril rouge, PUF, 2014. Entretien avec Charles Fiterman du 6 février 2009.
[2] La Nouvelle Critique, avril 1977, Une conception résolument anti-étatiste : « Les communistes et l’État ». Entretien de Béatrice Henry et Olivier Schwartz avec François Hincker et Lucien Sève, page 10.
[3] Militante très populaire dans le Parti, veuve de Paul Vaillant-Couturier, résistante, déportée à Auschwitz en même temps que Danielle Casanova et témoin au procès de Nuremberg. Elle était l’épouse de Pierre Villon.
[4] Épouse de Maurice Thorez, alors membre du Bureau politique, connue pour son soutien intransigeant à l’Union soviétique et son attachement aux traditions ouvriéristes. Elle démissionnera de la direction en 1968, pour manifester son désaccord avec la condamnation par le PCF de l’intervention soviétique en Tchécoslovaquie.
[5] Prestigieux dirigeant communiste bulgare, ancien secrétaire général du Komintern.
[6] Jeannette Thorez-Vermeersch, Vers quels lendemains ? : De l’internationalisme à l’eurocommunisme, Hachette, 1979.
[7] Texte publié par la revue en ligne Période. http://revueperiode.net/un-texte-inedit-de-louis-althusser-conference-sur-la-dictature-du-proletariat-a-barcelone/
[8] Louis Althusser,Les vaches noires – interview imaginaire, PUF, 2016.
[9] In Olivier Duhamel et Henri Weber, Changer le PC ? PUF, 1979.
Sultán Galiev, el precursor olvidado. Sobre el socialismo y la cuestión nacional
Este artículo se publicó por primera vez en francés en Les Temps Modernes, nº 177, París, 1961, y constituyó un capítulo de la obra de M. Rodinson Marxism and the Muslim World, Zed Press, 1979.
El libro en el que se basan estas reflexiones acaba de publicarse bajo los auspicios de la École Pratique des Hautes Études [I]. Se trata de un estudio concienzudo y detallado de un conjunto de cuestiones que, en general, han sido objeto de una atención mucho más seria en los países anglosajones que en Francia, donde la profecía política gratuita pasa con demasiada frecuencia por investigación científica. Un libro como este suele recibirse a priori con recelo en los círculos militantes, e incluso en otros lugares. Mi objetivo es ofrecer un contrapeso a este sectarismo tradicional.
Sultan-Galiev es una de las figuras que desempeñaron un papel importante en los primeros tiempos de la Internacional Comunista y de la Unión Soviética. La mayoría de los militantes socialistas solo lo conocen por una referencia de pasada hecha por Stalin [II], una referencia más bien emocional, solía pensarse. Tal vez tuviera razón. Haber despertado alguna emoción en Stalin puede considerarse un logro.
Mir Sayit Sultan-Galiev, ancido en 1900, era hijo de una maestra tártara. [Esta fecha es casi con toda seguridad errónea. Según otras fuentes, nació en un pueblo de Bashkiria en 1880]. Los tártaros eran una minoría musulmana dentro del Imperio zarista, pese que poseían un carácter propio. Había unos tres millones y medio de ellos repartidos por todo el Imperio, pero se concentraban en cierta medida en el «Gobierno» de Kazán, su centro político y cultural. Eran principalmente campesinos, y los pocos obreros industriales tártaros aún mantenían estrechos lazos con la vida rural. Pero también existía la burguesía (algunos sectores eran industriales y muchos otros comerciantes) de la que habían surgido un «clero» musulmán e incluso una intelectualidad. Esta burguesía y estos intelectuales eran activos, dinámicos y ambiciosos. Muchos habían sido durante mucho tiempo «modernistas» en su actitud hacia el dogma musulmán, y «avanzados» en sus actitudes hacia el modo de vida musulmán tradicional. Sus actividades docentes les llevaron a menudo a penetrar e incluso establecerse en zonas habitadas por sus correligionarios menos evolucionados, como Asia Central, Siberia y el Cáucaso. Al hacerlo, introdujeron nuevas ideas y formas modernas, y en general agitaron las cosas. Se les puede ver desempeñando este papel en las traducciones de novelas kazakas y tadjikas publicadas por Aragón, por ejemplo [III]. Naturalmente, los janes reaccionarios veían todo esto con gran recelo.
Cuando llegó la Revolución de Octubre, una parte importante de la intelectualidad tártara la apoyó pensando que el socialismo establecido por el nuevo régimen realizaría y profundizaría el programa del movimiento reformista. Naturalmente, apreciaban especialmente la orientación internacionalista del bolchevismo. Esperaban que condujera a la igualdad entre los grupos étnicos y pusiera fin a la gran dominación rusa, una dominación que los «blancos» volverían a imponer en caso de victoria.
Sultan-Galiev se afilió al Partido Bolchevique en noviembre de 1917 y, gracias a su talento como orador y organizador, pronto se convirtió en una figura relevante como representante de esta intelectualidad «colonial». Se convirtió en miembro y luego en presidente del «Comisariado Central Musulmán», un nuevo organismo afiliado al Narkomnats (Comisariado del Pueblo para las Nacionalidades), un comisariado presidido por un líder bolchevique todavía relativamente desconocido en aquella época, Joseph Stalin. Con la ayuda de amigos, Sultan Galiev creó el Partido Comunista Musulmán y reclutó unidades militares tártaras que desempeñaron un papel clave en la lucha contra Koltchak. A pesar de la oposición de los soviéticos y comunistas rusos locales, consiguió que el gobierno central le prometiera la creación de un gran Estado predominantemente musulmán, la República Tártaro-Bachkir, que tendría entre cinco y seis millones de habitantes y abarcaría las vastas zonas del Volga medio y los Urales meridionales.
Fue durante este periodo cuando desarrolló una serie de ideas que esperaba defender y hacer realidad. Consideraba a la sociedad musulmana, a excepción de unos pocos grandes terratenientes feudales y burgueses, como una unidad que había sido oprimida colectivamente por los rusos bajo el zarismo. Por tanto, no tenía sentido dividirla con diferentes luchas de clases creadas artificialmente. Como por el momento los musulmanes estaban sumidos en la pobreza y eran tan incultos como para proporcionar cuadros, no había que dudar en utilizar las cabezas disponibles: los intelectuales pequeñoburgueses e incluso el clero reformista, que habían dado alguna prueba de su fidelidad a la Revolución. En efecto, la revolución socialista debía adaptarse a una sociedad harto impregnada de tradiciones musulmanas. Sultan Galiev, ateo, recomendó, por tanto, que se tratara al Islam con suavidad, mediante una «desfanatización» y una secularización graduales. Los musulmanes de Rusia, y especialmente los más ilustrados de entre ellos, los tártaros, serían entonces capaces de desempeñar un tremendo papel histórico, pues a escala mundial la Revolución tendría que ser sobre todo una liberación de los pueblos coloniales. Por tanto, era de vital importancia contrarrestar la tendencia de la Komintern a concentrarse principalmente en Occidente. La revolución socialista comenzaría en Oriente. ¿Y quién podía llevar la antorcha de la cultura y del socialismo a Asia mejor que los musulmanes bolcheviques de Rusia?
Para evitar confusiones, debe decirse desde el principio que no se trataba de reivindicaciones religiosas ni clericales. En Rusia había varios grupos étnicos cuya religión era el Islam, que les había proporcionado una cultura y una tradición comunes, y que había influido del mismo modo en muchos aspectos importantes de su forma de vida. Existía, por tanto, una cierta unidad cultural indiscutible entre estos pueblos que iba más allá de sus particularidades étnicas, sobre todo porque estas no eran muy pronunciadas. Asimismo, la unidad cultural se había visto reforzada por su resistencia a los intentos de convertirlos al cristianismo y convertirlos en rusos, intento que no percibían como una lucha ideológica, sino como una agresión colonial contra su patrimonio cultural común.
Estas ideas preocupaban a los dirigentes bolcheviques. Stalin apoyó a Sultan Galiev contra quienes querían atizar la guerra de clases en los círculos musulmanes y romper todo contacto con los elementos no proletarios. Pero, a diferencia del tártaro, consideraba que la alianza de clases era sólo temporal. Una vez derrotados Koltchak y los checos, el apoyo de los musulmanes del Volga y los Urales, cuyos cuadros habían quedado inutilizados durante la lucha, perdió importancia. El Partido Comunista Musulmán perdió su autonomía y la idea de una alianza duradera entre la pequeña burguesía y el proletariado fue rechazada por el Congreso de los Pueblos Orientales celebrado en Bakú en septiembre de 1920. Se proclamó que la revolución nacional tenía que ser dirigida por el proletariado, es decir, el proletariado occidental, y que, como declaró un delegado del Congreso, «la salvación de Oriente solo reside en la victoria del proletariado» [IV]. Se abandonó el proyecto de un gran Estado musulmán. En su lugar, se crearon dos pequeñas repúblicas, una bachkir y otra tártara. La mayoría de los tártaros vivían fuera de esta última y su población sólo era tártara en un 51,6%. Sus ciudades eran casi un 80% rusas. Kazán, la capital, era un centro ruso.
Fue en esta etapa cuando Sultan Galiev, que seguía ocupando un cargo oficial importante, pasó a la oposición, en un intento de luchar contra las manifestaciones de lo que él llamaba "gran chovinismo ruso", y trató de infiltrar a sus partisanos tártaros en las organizaciones del Partido y en los soviets. Quería hacer de Kazán un centro de la cultura nacional tártara y un semillero revolucionario desde el que el "comunismo musulmán" se extendiera a todos los pueblos musulmanes de la Unión Soviética y, más allá, a todo el Oriente musulmán. Luchó contra los izquierdistas que defendían una política más antiburguesa y que contaban con el apoyo de los estametos rusos. También trabajó para que el tártaro, en lugar del ruso, fuera la lengua oficial de la administración.
Al toparse con la inquebrantable oposición del Gobierno Central y de los comunistas rusos, sobre todo después de que el X Congreso del Partido aprobara una clara resolución condenando la "desviación nacionalista", Sultan Galiev estableció contactos más o menos secretos con una serie de militantes descontentos. Quería crear un frente común contra los rusos, a los que acusaba de reanudar la política colonial zarista. ¿Hasta dónde llegó en la búsqueda de apoyo para este frente? Stalin le acusó de haber llegado incluso a contactar con los Basmatsh, las bandas de musulmanes insurgentes que libraban una lucha armada contra los bolcheviques de Turquestán. Pero no hay razón para tomar al pie de la letra las palabras de Stalin. Sea como fuere, en 1923 Stalin hizo detener y expulsar del Partido Comunista a Sultan Galiev. Fue liberado poco después, pero Kámenev lamentaría más tarde que él y Zinóviev hubieran dado su consentimiento a este «primer arresto de un miembro eminente del Partido por iniciativa de Stalin» [V].
Poco se sabe de la vida de Sultan Galiev después de 1923. Tal vez fue exiliado, detenido de nuevo y liberado. Trabajó en Moscú en las editoriales estatales. Pero continuó su lucha, al menos clandestinamente. Había creado toda una organización que atrajo a numerosos comunistas musulmanes, principalmente tártaros. Desarrolló sus ideas a la luz de la evolución de la situación, aunque desde la penumbra. En su opinión, la revolución socialista no resolvía el problema de la desigualdad entre los pueblos. El programa bolchevique consistía en sustituir la opresión de la burguesía europea por la opresión del proletariado europeo. En cualquier caso, el régimen soviético se estaba liquidando; la NEP estaba en pleno apogeo. O bien sería derrocado por la burguesía occidental o se convertiría en capitalismo de Estado y democracia burguesa. Cualquiera que fuera el resultado, los rusos como pueblo volverían a convertirse en opresores dominantes. El único remedio posible era asegurar la hegemonía del mundo colonial en desarrollo sobre las potencias europeas. Esto significaba crear una Internacional Colonial Comunista, que sería independiente de la III Internacional, y quizás incluso opuesta a ella. Rusia, como potencia industrial, tendría que quedar excluida. La difusión del comunismo en el Este, que esta nueva Internacional promovería, permitiría sacudirse la hegemonía rusa sobre el mundo comunista.
A medida que el régimen ruso se fortalecía, se volvía cada vez menos tolerante con la disidencia. En varias ocasiones, los rusos se dieron cuenta de que se enfrentaban a una oposición tártara organizada. Entonces, Stalin la reprimió. En noviembre de 1928, Sultan Galiev fue detenido y condenado a diez años de trabajos forzados, que cumplió en Solovski. Fue puesto en libertad en 1939, pero se le perdió la pista en 1940.
Lecciones de una historia olvidada
Alexandre Bennigsen y Chantal Quelquejay merecen nuestra gratitud por haber revivido esta historia olvidada. Su tarea de cribar, escudriñar y organizar una enorme cantidad de documentos en tártaro y ruso ha sido tan ardua como importante. Es de esperar que podamos extraer algunas conclusiones de sus hallazgos.
La primera es que el análisis de la lucha política en torno al problema de las minorías musulmanas en la Unión Soviética demuestra claramente que puede haber contradicciones en un régimen socialista. Esto no es nuevo, por supuesto: el propio Mao Tse-tung lo ha dicho, aunque con el añadido bastante gratuito de que tales contradicciones solo pueden emerger como "no antagónicas". Pero eso no altera el hecho de que cada vez que alguien pone de relieve una de esas contradicciones a nivel práctico se hace todo lo posible por negarla o minimizarla. Naturalmente, los más dogmáticos no hacen ningún intento de analizar esas contradicciones, de explicarlas o de comprender sus causas y sus repercusiones. Por el contrario, cada fase de la política adoptada por los dirigentes comunistas se presenta como determinada por una sabiduría superior que sigue atentamente los giros de la coyuntura nacional e internacional, guiada por la brújula infalible de la doctrina marxista. Por supuesto, la realidad es bien distinta: cada decisión política es el resultado de luchas constantes entre tendencias opuestas y expresa el equilibrio de fuerzas entre ellas. El trasfondo social de estas luchas es probablemente muy diferente al de una sociedad de clases, pero el mecanismo es similar en su esencia. En otras palabras, la historia continúa y aún no hemos entrado en el reino intemporal de la ciudad santa. Mucha gente responderá que todo esto es bastante obvio, pero tal vez no capten todas las complicaciones que entraña.
La política soviética podría haber sido diferente, más orientada hacia Asia, por ejemplo. Algunas de las ideas del Sultan Galiev tal vez pudieran haberse puesto en práctica. Pero había obstáculos muy reales para alcanzar tal programa: la falta de cuadros musulmanes, la situación en el Este en aquel momento. Además, en el interior existía el peligro de cierta desviación nacionalista tártara, reforzada por el nocivo chovinismo tártaro. En el exterior, incluso si se hubieran aplicado las ideas de Sultan Galiev, que en parte compartían el comunista indio Manabendra Nath Roy y otros que las defendieron durante los primeros Congresos de la Comintern, los beneficios habrían sido probablemente escasos. Incluso Walter Z. Laqueur está de acuerdo con esta visión pesimista, y nadie podría sospechar que fuera indulgente con los dirigentes bolcheviques [VI]. Pero está claro que la elección de la orientación a este respecto también se vio influida por otras consideraciones: estaba el dogmatismo de los dirigentes, el hecho de que en ciertos periodos la idea de que el proletariado era la fuerza predominante en la revolución se aplicara mecánicamente y contra todo sentido común, incluso a zonas en las que el proletariado no existía. De hecho, en general, y hasta hace muy poco, los dirigentes comunistas han sido tan obtusos como los capitalistas en su enfoque del despertar de los pueblos coloniales. Y, aunque su falta de comprensión es excusable a muchos niveles, el hecho es que ha tenido muchas consecuencias desastrosas incluso desde su propio punto de vista.
El socialismo y la cuestión nacional
También está claro que el socialismo, entendiendo por tal la socialización de los medios de producción, no resuelve automáticamente todos los problemas. El estalinismo nos ha demostrado que el despotismo era posible en el socialismo y, por tanto, que existía un problema de poder político subyacente. Otros acontecimientos sugieren que el problema nacional tampoco desaparece necesariamente bajo el socialismo. El hecho de que el proletariado haya llevado a cabo la revolución social no lo convertirá en un santo», escribió Lenin en 1916. Pero los eventuales errores –y los intereses egoístas que empujan a uno a cabalgar sobre las espaldas de los demás– le llevarán inevitablemente a darse cuenta de la siguiente verdad. Al convertir el capitalismo en socialismo, el proletariado crea la posibilidad de abolir por completo la opresión nacional: esta posibilidad «solo» [«¡solo!»] se convertirá en un hecho cuando la democracia se haya establecido por completo en todos los ámbitos [VII].
El ejemplo de Sultan Galiev demuestra que entre 1920 y 1928 los tártaros desconfiaban mucho de los comunistas rusos y temían un neocolonialismo comunista ruso. Los dirigentes bolcheviques negaron que tal temor estuviera justificado. El propio Stalin declaró, en 1923, que «si Turquestán es efectivamente una colonia, como lo era bajo el zarismo, entonces los basmatsh tienen razón, y no nos corresponde a nosotros juzgar a Sultan Galiev, sino a él juzgarnos a nosotros, como el tipo de gente que tolera la existencia de una colonia en el marco del poder soviético» [VIII]. Pero las cosas no eran tan sencillas. La política soviética hacia las minorías musulmanas de la Unión Soviética ha sido, en general, extremadamente atenta. Los musulmanes han sido bien atendidos y sus zonas han sido industrializadas. Los cuadros autóctonos fueron promovidos gradualmente, y este proceso continúa. Los musulmanes están protegidos por exactamente las mismas leyes que los demás ciudadanos soviéticos, y en la práctica los «autóctonos» han disfrutado incluso de ciertos privilegios frente a los rusos. Pero esta evolución ha sido cuidadosamente controlada. Se mantiene un férreo control sobre todos los puestos clave. Además, la tendencia general de las costumbres estalinistas no favorecía la interpenetración entre comunidades. La situación no tiene nada en común con las situaciones coloniales de otros lugares. Pero los problemas nacionales persisten, como lo demostró claramente el comportamiento de muchos grupos minoritarios durante la Segunda Guerra Mundial, y como lo confirman muchos pequeños incidentes incluso hoy en día [IX]. Y, por cierto, tales sucesos atraerían menos la atención, y bien podrían ser menos distorsionados en el extranjero, si los soviéticos no pusieran tanto esfuerzo en encubrirlos y atacar a los «calumniadores» que se atreven a sugerir que no todo es absolutamente perfecto en estas áreas de la Unión Soviética.
Un precursor
Sultan Galiev no parece haber tenido verdaderos herederos espirituales en las zonas musulmanas de la Unión Soviética. No sabemos qué ocurriría hoy si se permitiera la aparición de grupos de presión política. Pero lo que se puede suponer sobre las aspiraciones de los pueblos de estas zonas muestra que tienen poco en común con Sultan Galiev. Sus reivindicaciones parecen mucho más «reformistas», mucho menos revolucionarias. Si pudieran, presionarían por ligeros cambios, sin cuestionar el derecho del régimen a gobernar. El papel de propagadores de la Revolución en Oriente parece tener poco atractivo para ellos. Es posible, por supuesto, que la tapadera del conformismo oficial oculte una realidad mucho más efervescente…
Pero es fuera de la Unión Soviética, en los llamados países subdesarrollados, donde la situación contemporánea hace pensar constantemente en las ideas del Sultan Galiev. ¿Hasta qué punto puede decirse que es un precursor de la nueva línea adoptada por la Unión Soviética desde 1954, una línea que respalda a la burguesía neutralista afroasiática? ¿En qué medida puede considerarse precursor del comunismo maoísta, que se concentra esencialmente en la lucha inmediata por la revolución socialista en las excolonias?
La actitud de Sultan Galiev y de los comunistas tártaros en 1918 derivaba de su rechazo a servir de mero apoyo a un movimiento proletario europeo, por muy justificado que estuviera. Querían que la Revolución fuera también su revolución y que siguiera un curso determinado por sus propias acciones, no por las de su hermano mayor, evitando ese movimiento un tanto paternal del proletariado ruso. Hay que tener en cuenta que uno de los métodos de intervención de este último, que más tarde se utilizaría en otros lugares, era la insistencia en que el apoyo autóctono procediera únicamente del proletariado. En los países en los que el proletariado era todavía embrionario, esto equivalía a designar arbitrariamente a los individuos con los que valía la pena hablar. La exigencia esencial de los tártaros de "llevar a cabo nuestra propia revolución" llegó en el momento equivocado. La dirección bolchevique ya estaba tomando un rumbo muy diferente: un cuidadoso control burocrático sobre todos los aspectos del movimiento de masas. Tanto los soviets como los sindicatos, en el interior, y los partidos aliados o comunistas, en el exterior, estaban sometidos a un control muy estricto.
Significativamente, el hombre del momento era Stalin, cuya belicosidad universal y mezquina se convertiría más tarde en algo patológico. El enfermo Lenin fue ignorado cuando advirtió que "el daño que puede causar la falta de unidad entre los aparatos estatales nacionales y el aparato estatal ruso no es nada comparado con el daño que resultará de un exceso de centralismo; esto nos perjudicará no sólo a nosotros, sino a toda la Internacional, y a los cientos de millones de asiáticos que pronto seguirán nuestros pasos e irrumpirán en la escena histórica" [X]. En teoría, el propósito de la Internacional era impulsar la marcha del mundo hacia el socialismo. Por lo tanto, su tarea parece haber sido desarrollar un nacionalismo marxista que luchara por la independencia nacional y la socialización en los países dependientes. El desarrollo social del Este en aquella época impedía cualquier empresa más ambiciosa. A pesar de todos sus errores, está claro que esa era la intuición básica del Sultan Galiev. El sistema estalinista hizo imposible que los Partidos Comunistas coloniales llevaran a cabo esta tarea. Esencialmente, la culpa de este fracaso la tuvo su rígida subordinación a la estrategia mundial de una Internacional centrada en el mundo europeo. Estos partidos comunistas coloniales dependían a veces incluso directamente de sus equivalentes europeos. No obstante, acabó surgiendo un nacionalismo marxista, arrastrado por la corriente de la historia. Pero no lo hizo en el marco de los partidos comunistas, y fue necesaria la imbecilidad anticomunista estadounidense para empujar a la izquierda marroquí y argelina, a Castro, a Sekou Toure y a Modibo Keita a los brazos de lo que quedaba de la III Internacional.
Hoy existe la Internacional Colonial reconocida por Sultan Galiev. Adopta la forma del bloque afroasiático, que empieza a extenderse a América Latina, y está unida contra la dominación blanca, como soñaba el comisario tártaro. Pero existen ciertas diferencias, aunque todavía no llegan a escisión, entre un ala marxista comprometida con el avance rápido hacia el socialismo y un ala burguesa partidaria de una transformación lenta o incluso de ningún cambio. También hay una serie de casos ambiguos que resultan especialmente interesantes.
Desde 1954, la Unión Soviética apoya a esta Internacional Colonial. Pero Jruschov sólo sigue aparente y parcialmente la línea del Sultan-Galiev. Los pueblos coloniales siguen siendo vistos solo como una fuerza de apoyo cuya función es ejercer presión sobre los adversarios blancos de la Unión Soviética, arrancarles concesiones, no destruirlos. La Unión Soviética no fomenta la socialización en el Tercer Mundo y probablemente ni siquiera la desea. Parece que las autoridades soviéticas están finalmente de acuerdo con Sultan Galiev en este punto, pero su motivo no es fortalecer la revolución; el objetivo es mucho más egoísta. El triunfo mundial del socialismo se sigue considerando esencialmente como el resultado de la evolución más o menos revolucionaria de los países industrialmente avanzados. Solo en China, donde la distancia y la astucia ancestral china facilitaron eludir la estrategia internacional estalinista, el nacionalismo marxista pudo salir triunfante en el marco de un Partido Comunista tradicional. En efecto, Mao Tse-Tung se contentó con aplicar las ideas defendidas por la Comintern durante sus fases de frente popular o nacional. Pero las aplicó de forma sistemática y coherente. Su victoria y las circunstancias subsiguientes, la hostilidad militante de las naciones blancas y la socialización de la sociedad china, le llevaron a tomar el timón de un nuevo tipo de comunismo colonial, que propuso como modelo para todo el mundo subdesarrollado ya en 1949. Desde entonces, los acontecimientos en China no han dejado de acercar las ideas de los nuevos dirigentes chinos a algunas de las de Sultan-Galiev. La primacía de la revolución colonial y el temor a que un neocolonialismo, o al menos un neopaternalismo, pudiera acabar surgiendo del seno del propio mundo socialista han sido temas constantemente reiterados.
Así, las ideas de Sultan Galiev han resurgido en las dos principales corrientes del comunismo mundial. Por supuesto, nadie cita a este condenado campeón de las oscuras luchas de ayer. Y, sin embargo, se le puede considerar como el primer profeta de la lucha colonial contra la hegemonía blanca dentro del propio socialismo, como el primero en pronosticar una ruptura entre el comunismo europeo de los rusos y el comunismo colonial. También podría celebrársele como el hombre que proclamó por primera vez la importancia del nacionalismo marxista en los países coloniales, y la relevancia internacional para el socialismo de aquellos movimientos nacionales que no prevén inmediatamente la guerra de clases y la total socialización. El propio Mao seguía adoptando esta posición en Yenan. El futuro emitirá sin duda su propio veredicto sobre este primer representante del Tercer Mundo dentro del movimiento comunista. Seguramente no dejará de reconocer su papel de profeta marginado.
[I] Alexandre Bennigsen y Chantal Quelquejay, Les Mouvements Nationaux chez les Musulmans de Russie, 1: Le 'Sultangalievisme' au Tartarstan, Mouton, La Haye, 1960 (Documents et Témoignages, 3).
[II] De
hecho, a lo largo de uno de los discursos pronunciados en la IV
Conferencia del Comité Central del Partido Comunista Ruso, ampliada a
los militantes responsables de las repúblicas y regiones nacionales, del
9 al 12 de junio de 1923. Véase I.V. Stalin, Sotshineniya, Bk. V,
Moscú, 1947, pp.301-312. Para detalles importantes de esta conferencia,
que había sido convocada especialmente para condenar al sultán Galiev,
que había sido arrestado a finales de abril o en algún momento de mayo,
véase E.H. Carr, A History of Soviet Russia, Vol. IV, The Interregnum, Macmillan, Londres, 1960, pp.287-9; Bennigsen y Quelquejay expresan algunas reservas sobre el pasaje. En la obra oficial Istoriya Kommunistitsheskoy partii Sovietskogo soyuza,
Bk. IV/I, Moscú, 1970, p.283, aparece una fotografía de los
participantes en el congreso, que solo fue numerado IV para restarle
importancia. El comentario que lo acompaña deja claro que la condena de
Sultan-Galiev aún persiste en la ideología oficial, y de hecho se ve
reforzada por consideraciones contemporáneas.
[III] Por
ejemplo, Sariddine Aini, Boukhara, traducido del tadjik por S. Borodine
y P. Korotkine, Gallimard, París, 1956; Moukhtar Aouezov, La Jeunesse
d'Abai, traducido del kazako por L. Sobolev y A. Vitez, Gallimard,
París, 1959.
[IV] Premier Congrès des peuples de l'Orient, Bakou, 1920, Petrogrado, 1921, ed. francesa, citado por Bennigsen y Quelquejay, op. cit. p.140.
[V] Como le dijo una vez a Trotsky. Cf. L. Trotsky, Stalin, Hollis and Carter, Londres, 1947, p.417.
[VI] Walter Z. Laqueur, The Soviet Union and the Middle East, Routledge and Kegan Paul, Londres, 1959, p.22.
[VII] Resumen
de una discusión sobre el derecho de las naciones a la
autodeterminación" en V.I. Lenin, "Observaciones críticas sobre la
cuestión nacional", Obras Completas, Vol. 20,
pp.1-34 (4ª ed. rusa), (puntuación de Lenin). Para un análisis de cómo
evolucionó la posición de Lenin, en qué se diferenciaba de la de Stalin y
cómo se manifiesta el problema en la Unión Soviética hoy en día, véase
H. Carrère d'Encausse, "Unité prolétarienne et diversité nationale,
Lenine et la théorie de l'autodétermination" en Revue Française de
Science Politique, Vol. XXI, No. 2, pp.221-255.
[VIII] Stalin, El marxismo y la cuestión nacional, varias ediciones.
[IX] Probablemente
estaba minimizando el problema. Véase A. Bennigsen y C.
Lemercier-Quelquejay, L'Islam en Union Soviétique, Payot, París, 1968,
para un relato objetivo.
[X] Observaciones sobre «nacionalidades y autonomía»; véase Marxist Quarterly,
octubre de 1956, p. 255. Los «aparatos nacionales» se refieren a los
aparatos de los partidos comunistas no rusos de la Unión Soviética.




