Aunque se jugaba su
futuro comercial, Elías Querejeta, conocido por las películas que había
producido a Carlos Saura o Víctor Erice, retiró el documental en apoyo a
la huelga general que se había convocado en Guipúzcoa como protesta por
la muerte de un manifestante vasco por disparos de un policía.
El 15 de septiembre de 1976, El País publicaba la indignada respuesta
del máximo responsable del festival, Miguel de Echárri, que en el
franquismo (entre 1952 y 1956) fue secretario general del Sindicato del
Espectáculo: “El artículo 7 del reglamento del festival que conocen
quienes concurren a él habla de la imposibilidad de retirar la película.
Sin embargo, el señor Querejeta, abusando de una manera clarísima de mi
condescendencia, me ha venido diciendo, un día y otro, que aplazaba la
entrega de la copia, alegando siempre una serie de complicaciones de
última hora. De ahí que no tengamos en nuestro poder la copia. Todos
estos aplazamientos dan la sensación de que eran parte de un plan
premeditado. Me ha sorprendido muchísimo porque ha jugado con mi buena
fe”.
En apoyo a Querejeta, una comisión de 29 personalidades guipuzcoanas,
entre ellas Eduardo Chillida y Juan María Bandrés, hizo público este
texto: “La gestora pro amnistía de Guipúzcoa ha tenido conocimiento de
que los participantes en la realización de la película El desencanto
han decidido retirarla del XXIV Festival Internacional de Cine de San
Sebastián, en atención a las especiales circunstancias por las que
atraviesa el pueblo vasco. La gestora considera positiva la indicada
decisión, que por el contexto en que se ha producido supone una
manifestación de solidaridad con el pueblo, denota madurez y sentido de
la responsabilidad y constituye un aporte para la causa general, fin y
motivo de la creación de esta gestora pro amnistía. En consecuencia, la
gestora no puede por menos que mostrar su pública aprobación por el
gesto de los participantes en la realización de la película El desencanto”.
Tanto Chávarri como Querejeta supieron pronto que no tenía un corto, sino un gran largometraje
Conviene recordar qué estaba pasando en España aquel año. Además del
nombramiento, a dedo, por parte de Juan Carlos I, de Adolfo Suarez como
presidente del Gobierno, la extrema derecha estaba terriblemente crecida
y su violencia en las calles era cada día más alarmante. Aquel año se
recuerda también por la matanza del 3 de marzo en Vitoria, cuando la
policía desalojó de la iglesia de San Francisco de Asís, del barrio
obrero de Zaramaga, a 4.000 trabajadores en huelga. La policía asesinó a
cinco personas e hirieron a más de ciento cincuenta.
Como escribió Diego Galán, el más recordado director del Festival de cine de San Sebastián, en El País, en un principio El desencanto
solo estaba pensado como un cortometraje documental que quería rodar
Jaime Chavarri, hijo de Tomas Chávarri y Ligues y de Marichu de la Mora
Maura y bisnieto del expresidente del Gobierno Antonio Maura. Chávarri
quería contar la historia de su amigo Michi Panero, un ex niño bien cuya
familia se había visto obligada a vender propiedades y las pertenencias
de su padre para sobrevivir. El padre era Leopoldo Panero, poeta
falangista de la generación del 36 y poeta oficial del franquismo.
En un primer momento, Michi, su madre Felicidad Blanc y sus hermanos
Juan Luis y Leopoldo María y estaban dispuestos a hablar ante la cámara
de Chávarri, pero con una condición: no saber lo que los otros hubieran
dicho de ellos. Para sorpresa del director, los cuatro se desnudaron
públicamente de una forma tan honesta como violenta. Y tanto Chávarri
como Querejeta supieron pronto que no tenía un corto, sino un gran
largometraje.
Leopoldo, que se considera el verdadero genio de la familia y al que
también le gusta recitar en alto su propia obra, ataca a su madre de
forma despiadada
El desencanto fue rodado justo cuando el régimen fascista se
iba desmantelando para dar paso a otro régimen no tan ejemplar como
muchos voceros del nuevo sistema pintaron y predicaron. De hecho, pronto
muchos consideraron la transición como un desencanto.
Tras volver a ver El desencanto, después de bastantes años,
debo confesar que me he reconciliado con Felicidad Blanc, una mujer
triste a la que nada le pega su nombre. La recordaba como un personaje
frío y distante, pero ahora veo el filme de Chávarri como el retrato
femenino de una niña bien (era hija del director del Hospital Princesa
de Madrid y primo-hermano de la madre de Josemaría Escrivá de Balaguer,
fundador de la secta Opus Dei) que se convierte en señora y esposa de un
poeta del régimen y es enseguida ninguneada por su alcohólico y brutal
marido y sus no menos alcohólicos amigos. Porque si hay algo en El desencanto es alcohol. Y pitillos. No existe un documental en el que se fume tanto.
Y Felicidad no solo es machacada por su bestial marido, sino por sus
hijos, aunque sea Michi (que se reconoce un parásito que se dedica
básicamente a vaguear) el que más la entiende y escucha. Especialmente
hiriente e injusto es Leopoldo, el hijo feo, demente, borracho y
pedante, de hablar absolutamente insoportable. También Felicidad, una
mujer culta (fue escritora y traductora) y de vocabulario envidiable,
resulta relamida. Comienza recitando un poema de su marido de memoria,
hablando de forma distinguida, literaria… pero al final se va soltando,
sube la voz ante sus hijos y se hace casi humana.
Ya desde la primera conversación, entre el pijazo Michi y el ridículo
y amanerado (“no soy homosexual”, él lo recalca por si acaso) Juan Luis
(alias “Adoro el bizantinismo”) sabes que a lo que se tuvo que
enfrentar Felicidad es sencillamente infernal. Esa intensidad, esos
aspavientos, esos gritos, ese bebercio descontrolado. Y eso delante de
una cámara, no quieres ni pensar lo que fue aquello en la intimidad.
Felicidad, aunque de clase alta, es un ejemplo de la mujer española
sometida, siempre a la sombra del marido, supuestamente superior y que
borra de su vida a todas sus amistades mientras ella debe acostumbrarse a
los amigotes de tertulia borracha que aparecen por casa a las dos de la
tarde y se van a las tres de la mañana. Por eso en El desencanto se recuerda que Felicidad vivió aterrorizada, además de que los Paneros significan “gritos y muy mal vino”.
Al acabar 'El desencanto' tienes la sensación de que acabas de ver una película de terror
La aparición, en el ecuador de la cinta, de Leopoldo María Panero
refuerza aún más la simpatía del espectador (al menos la de un servidor)
por Felicidad. Leopoldo, que se considera el verdadero genio de la
familia y al que también le gusta recitar en alto su propia obra, ataca a
su madre de forma despiadada. Pero Felicidad, dura y brillante, sabe
defenderse. Y recuerda que vivió sola los ingresos psiquiátricos y
carcelarios de Leopoldo, que en ningún momento le da tregua ni muestra
la más mínima comprensión o compasión. Y además la tacha de superficial
ante el silencio cómplice y cobarde de su hermano Michi.
Es Michi, el más normal de los hermanos, el que reconoce que la
familia Panero morirá porque el alcohol acabará con ellos y no tendrán
descendencia. También posiblemente el más roto y el más cínico. Es Michi
el que dice: “Para estar desencantado antes hay que estar encantado y
yo tengo dos o tres recuerdos muy frágiles en los que estuve encantado.
Diría mejor ilusionado. El desencanto me ha venido impuesto. He
participado como espectador, nada más”.
Y El desencanto acaba como empieza: con la estatua del padre
enfundada en plástico, antes de ser exhibida ante el populacho y frente
al castillo de Gaudí en Astorga. Y tienes la sensación de que acabas de
ver una película de terror.
Pocas semanas después del no estreno de El desencanto, en la
misma ciudad, San Sebastián, fue asesinado por ETA el procurador en
Cortes, consejero del Reino y presidente de la Diputación de Guipúzcoa
Juan María de Araluce, que formó parte de las filas del requeté y
combatió en la aviación de caza en el bando fascista. La ejemplar
transición seguía tambaleándose.
18 años después del rodaje de El desencanto, los hermanos
Panero, sabedores de que eran una especie de leyenda gracias a Chavarri,
aceptaron rodar una segunda parte. Se tituló Después de tantos años, la dirigió Ricardo Franco y fue una secuela fascinante e igual de aterradora.
Laurent Lévy publie aux éditions Arcane 17 un livre passionnant
sur l’élaboration, la mise en œuvre et l’échec, dans les années 1970,
d’une stratégie de « voie démocratique au socialisme » par le PCF : Histoire d’un échec : la stratégie « eurocommuniste » du PCF (1968-1978).
Nous donnons ici à lire de larges extraits de la partie de l’ouvrage
consacrée à l’abandon en 1976, lors du XXIIe Congrès de ce parti, de
l’expression « dictature du prolétariat ».
Laurent Lévy, Histoire d’un échec : la stratégie « eurocommuniste » du PCF (1968-1978), Arcane 17, 2025, 280 p.
Le cœur du XXIIe Congrès est […] de tracer les grandes
lignes de ce que serait le socialisme pour la France et les moyens d’y
parvenir. Mais ce qui en sera retenu comme étant le plus spectaculaire –
tant pour les observateurs extérieurs que dans la mémoire du parti
communiste lui-même – sera un point à bien des égards anecdotique, mais
qui réfracte plusieurs questions fondamentales. Ce sera […] ce qui
donnera au congrès son plus grand retentissement : « l’abandon de la
dictature du prolétariat ».
Bien que cette question presque symbolique ait ainsi été au cœur de la réception du XXIIe
Congrès, elle n’en constituait pas l’essentiel : ces mots étaient
absents de ses textes préparatoires, cela n’était donc, par hypothèse,
pas l’objet de la discussion prévue. Elle ne surgira que lorsque la
plupart des assemblées de cellules et bon nombre des conférences de
sections, et donc la discussion par la base communiste du projet de
résolution, auront eu lieu. Lors de la discussion par le Comité central
de l’avant-projet du texte à soumettre au congrès, aucune intervention
n’y avait souligné – pour l’approuver ou pour la désapprouver –
l’absence de l’expression « dictature du prolétariat ».
Il y avait d’ailleurs bien longtemps que le PCF ne l’utilisait plus
dans sa littérature, et sa disparition aurait parfaitement pu passer
aussi inaperçue que celle de « démocratie avancée ». On en trouvait
certes […] une occurrence dans le Manifeste de Champigny, au
terme d’un bref développement insistant sur le caractère démocratique et
temporaire de ce qui était ainsi désigné, mais elle n’était jamais
mobilisée dans les textes du Parti. En 1973, Le Défi démocratique
ne l’employait pas, et personne ne s’était ému de cette absence. […]
L’idée d’un abandon exprès avait déjà été formulée à deux reprises au
sein du Comité central, sans susciter de réaction : en 1974 par Henri
Fiszbin et en 1975 par Pierre Juquin.
Plus de trente ans plus tard, Charles Fiterman dira de cette notion :
« Elle constituait une sorte d’icône sur la cheminée dont il fallait se
débarrasser pour donner tout son sens à la démarche engagée »[1]. Et de fait, avant même d’être explicitement abandonnée, l’expression « dictature du prolétariat » avait de facto disparu. François Hincker, revenant un an plus tard sur cet « abandon », remarquera non sans pertinence :
« Il s’est creusé ainsi un écart béant entre ce qui était appris dans
les écoles du Parti – où la dictature du prolétariat tenait toujours
une certaine place – et la pratique politique où elle était
rigoureusement hors du champ non seulement des préoccupations
immédiates, mais aussi de l’horizon à atteindre. Le XXIIe Congrès a fait coïncider la théorie et la pratique[2]. »
L’absence de l’expression « dictature du prolétariat » dans le projet
de résolution n’était, cela dit, pas pour autant le simple résultat de
sa tombée en désuétude. Elle avait même, comme le racontera Pierre
Juquin, été soulignée par Jean Kanapa lorsqu’il avait présenté à la
commission chargée de le mettre au point la trame qu’il en avait
rédigée : « On pourrait même se poser – je ne propose pas d’en parler
maintenant – la question de la « dictature du prolétariat ». » Sa
remarque avait suscité le désaccord de plusieurs membres de la
commission, dont René Andrieu. Le silence du projet de résolution est
ainsi le fruit d’un compromis : pas d’emploi des mots « dictature du
prolétariat », mais pas d’abandon explicite. C’est au cours des débats
ultérieurs, dans les mois qui suivent, que le silence sera levé.
L’un des aspects remarquables de cet « abandon » est la manière dont
il a été proposé : au cours d’une émission de télévision, en réponse à
la question d’un journaliste. Cette question ne tombait pas du ciel :
elle faisait référence à une contribution en ce sens, parue le jour même
dans la tribune de discussion ouverte pour le congrès dans L’Humanité. Et cette contribution avait été suscitée par Pierre Juquin, qui regrettait le compromis du silence.
Il avait saisi l’occasion d’un débat organisé dans le cadre de la
préparation du congrès dans une ville de province, au cours duquel un
militant avait émis l’idée qu’il serait « illogique » de prétendre
accorder l’orientation de la résolution avec la « dictature du
prolétariat », pour lui suggérer de reprendre son raisonnement dans une
contribution écrite – qu’il se chargea de faire publier dans L’Humanité
le 7 janvier, jour où Georges Marchais était invité sur Antenne 2. Rien
n’était laissé au hasard : l’attention des journalistes avait été
attirée sur cette contribution particulière, et loin d’être pris au
dépourvu, le secrétaire général avait bien préparé sa réponse : « Eh
bien, oui, prolétariat, c’est trop étroit ; dictature, ça fait peur. Ce camarade a raison ! »
C’est ainsi cette réponse qui, d’une certaine façon, ouvrait le débat
et y mettait fin d’un même mouvement, compte tenu du poids que les
traditions du parti communiste donnent à la parole du secrétaire
général : les contributions sur cet abandon vont, après cette
déclaration publique, se multiplier dans la tribune de discussion et
dans la presse du Parti, et le 16 janvier 1976, le Comité central y
reviendra longuement dans une discussion à laquelle participent
plusieurs de ses membres, de toutes les générations. D’entrée de jeu,
toutefois, la ligne y est donnée, et c’est dans le rapport qu’il
présente lors de cette réunion que Georges Marchais l’affirme dans des
termes qui ne souffrent guère la discussion : « Le principe de la
dictature du prolétariat sera abandonné par décision du congrès. Le
projet de résolution sera amendé dans ce sens ».
Dans la discussion qui s’ensuit, François Billoux, ancien dirigeant
du Parti, proche de Thorez depuis la fin des années 1920, ministre à la
Libération, affirme que « la dictature du prolétariat ne correspond plus
à une réalité moderne », Henri Fiszbin voit un avantage politique à
l’abandon (sans rappeler qu’il avait déjà en vain exprimé cette idée),
en estimant qu’il permettra « de rallier un maximum de gens à l’union et
au PCF », Paul Boccara soutient l’abandon « du point de vue de la
théorie marxiste », Henri Krasucki considère la notion de dictature du
prolétariat « dépassée, parce que trop étroite » et « ne correspondant
plus à une réalité actuelle. » Outre le mot « dictature », celui de
« prolétariat » fait l’objet de remarques de la part de plusieurs
intervenants.
Réticences internes
Dans un rapport présenté le 22 janvier devant le Bureau politique,
Jean Kanapa avait fait le point de la discussion sur cette question dans
le Parti :
« Au niveau de la tribune, et compte tenu de ce que ce sont surtout
les « pas d’accord » qui écrivent le plus spontanément, nous comptions
hier matin 43 lettres pour le maintien de la dictature, 22 pour
l’abandon, 10 hésitants. Compte tenu de ce que j’ai dit, la proportion
est excellente. Naturellement, elle va se modifier au profit de ceux qui
veulent le maintien – puisque, déjà depuis une semaine, ce sont surtout
ceux qui ont été battus dans leur conférence de section ou fédérale qui
écrivent là-dessus comme un recours, d’ailleurs normal.
Au niveau des conférences fédérales, par contre, l’accord est unanime
au moment du vote. Plusieurs conférences jugent nécessaire de le
signaler dans leur résolution. […] Au cours des conférences de sections
et fédérales, quelques camarades […] souhaitent qu’on leur explique
clairement que le Parti ne renonce pas à son caractère révolutionnaire,
qu’il est bien résolu à lutter pour le socialisme, que la classe
ouvrière a bien le rôle dirigeant, qu’elle défendra son nouveau pouvoir.
Si ceci est bien expliqué, ils font confiance au Parti. Ceux qui
restent irréductiblement attachés à la dictature du prolétariat sont en
définitive très peu nombreux, et ils n’en font pas une question pour
leur appartenance au Parti, pour leur confiance dans le Parti. On peut
donc parler d’un accord quasi unanime. […] La discussion aura permis un
progrès important de l’assimilation de la politique du Parti pour la
masse du Parti (membres et cadres). C’est ce que nous voulions. »
Plusieurs passages de ce rapport méritent attention, car entre les
lignes, ils disent beaucoup sur le fonctionnement du Parti et la manière
dont la direction l’envisage. Le fait que deux fois plus de
contributions adressées à la direction pour la tribune de discussion
sont hostiles plutôt que favorables à l’abandon apparaît à Kanapa comme
de peu de signification, au motif que c’est généralement pour exprimer
un désaccord que l’on prend sa plume, et la proportion lui semble ainsi
encourageante.
Lorsqu’il évoque l’accord unanime, ou quasi unanime dans les
conférences fédérales, la manière presque paternaliste dont il parle des
militants est frappante : « ils souhaitent qu’on leur explique… », et
une fois qu’on l’a fait, « ils font confiance au Parti ». On ne peut
mieux exprimer le caractère descendant de la réflexion sur
cette question. Pire en un sens, pour une discussion de congrès, son
objectif déclaré semble être « l’assimilation de la politique du Parti
pour la masse du Parti (membres et cadres) », bien plus que son
élaboration.
L’abandon
Devant le congrès lui-même, le secrétaire général présente ainsi cet « abandon » :
« Si la « dictature du prolétariat » ne figure pas dans le projet de
document pour désigner le pouvoir politique dans la France socialiste
pour laquelle nous luttons, c’est parce qu’elle ne recouvre pas la
réalité de notre politique, la réalité de ce que nous proposons au pays.
[…] :
– Le pouvoir qui conduira la transformation socialiste de la société
sera le pouvoir de la classe ouvrière et des autres catégories de
travailleurs, manuels et intellectuels, de la ville et de la campagne,
c’est-à-dire de la grande majorité du peuple.
– Ce pouvoir se constituera et agira sur la base des choix librement
exprimés par le suffrage universel ; et aura pour tâche de réaliser la
démocratisation la plus poussée de toute la vie économique, sociale et
politique du pays.
– Il aura pour devoir de respecter et de faire respecter les choix démocratiques du peuple.
Contrairement à tout ceci, la « dictature » évoque automatiquement
les régimes fascistes de Hitler, Mussolini, Salazar et Franco,
c’est-à-dire la négation même de la démocratie. […] Quant au
prolétariat, il évoque aujourd’hui le noyau, le cœur de la classe
ouvrière. Si son rôle est essentiel, il ne représente pas la totalité de
celle-ci, et à plus forte raison l’ensemble des travailleurs dont le
pouvoir socialiste que nous envisageons sera l’émanation. Il est donc
évident que l’on ne peut qualifier de « dictature du prolétariat » ce
que nous proposons aux travailleurs, à notre peuple. »
Si l’explication proposée est limpide, on voit qu’elle est purement
rhétorique ; elle tient au sens pris dans l’histoire par chacun des deux
mots qui composent la formule, le mot « dictature » et le mot
« prolétariat », à ce qu’ils évoquent dans le langage commun et non à la
signification que donnait la théorie marxiste classique à l’expression
dans son ensemble. Lénine disait que le plus démocratique des États
bourgeois n’est que la dictature de la bourgeoisie, et que la
dictature du prolétariat serait plus démocratique que la plus
démocratique des démocraties bourgeoises. La théorie marxiste insistait
sur l’articulation dans ce concept d’une théorie de l’État et d’une
théorie des classes sociales.
Tout cela semble oublié, comme semble oubliée la notion de suspension
de la légalité bourgeoise : cela n’est pas l’objet du débat. Quels que
soient ses usages passés, le mot « dictature » est en somme devenu
synonyme de « tyrannie » ou de « despotisme », et le mot « prolétariat »
évoque désormais bien moins que le « peuple », et même que la classe
ouvrière ou les « travailleurs » autour desquels le rassemblement de
l’ensemble des couches sociales dominées par les monopoles capitalistes
doit se faire.
Un point frappant dans cette explication est dans le choix des
régimes politiques évoqués par le mot « dictature ». Georges Marchais
parle des dictatures des régimes fascistes du passé et du présent, mais
pas de celui auquel l’expression « dictature du prolétariat » ferait
spontanément penser les observateurs et les critiques du communisme : la
dictature imposée aux peuples d’Union soviétique après la révolution –
et singulièrement la dictature stalinienne. Alors que le Parti avait
quelques semaines plus tôt reconnu et dénoncé publiquement l’existence
de camps de travail en URSS et la répression des opposants, la chose est
pourtant claire.
Un précédent : 1964
Dans la mesure où le texte soumis à la discussion du congrès ne
comportait pas cette expression, il aurait pu suffire de l’adopter tel
quel, sans l’y insérer. Mais une décision explicite apparaissait
néanmoins nécessaire parce qu’elle figurait dans le préambule des
statuts du Parti adoptés en 1964 au XVIIe Congrès. L’ironie
de cette histoire – qui aurait dû relativiser les enjeux du débat – est
que la discussion avait déjà eu lieu au Comité central qui préparait ce
congrès. Et dès cette époque, même s’il y avait été répondu de façon
différente, la question de cette formule avait été posée dans des termes
assez voisins.
Ainsi, Pierre Villon – ancien dirigeant de la Résistance armée –
avait, à cette époque, proposé d’ajouter, comme le ferait quatre ans
plus tard le Manifeste de Champigny, le mot « provisoire », pour parler d’une « dictature provisoire du prolétariat ». Le XVIIe
Congrès le suivra sur ce point. Bien sûr, cela ne revenait pas à
supprimer l’expression, d’autant que la tradition communiste avait
toujours considéré la dictature du prolétariat comme quelque chose de
provisoire, mais l’insistance sur ce mot signalait le risque qu’elle
soit considérée comme définitive, qu’elle s’identifie avec le socialisme
lui-même ; il y avait donc là, fût-ce involontairement, une critique
implicite du « socialisme existant ».
D’autres allaient plus loin. Marie-Claude Vaillant-Couturier[3],
par exemple, proposait que le mot « dictature » soit simplement
remplacé par le mot « pouvoir ». Il s’agissait alors bien d’un
« abandon » voisin de celui décidé au XXIIe Congrès. Quant à Jeannette
Vermeersch[4],
elle donnait un argument qui anticipait celui donné douze ans plus tard
par Georges Marchais : « Hitler, disait-elle, a déshonoré le terme
dictature ». Elle ajoutait que « cette phase n’est pas obligatoire pour
passer au socialisme », citant en exemple le cas des démocraties
populaires.
On pourrait certes discuter ce dernier point, dans la mesure où si
les « démocraties populaires » dans la forme qu’avait voulu leur donner
Dimitrov[5]
dans l’immédiat après-guerre sous le nom de « démocratie nouvelle »,
étaient en effet censées avancer vers la construction du socialisme sans
« cette phase », cette proposition avait très vite été inversée, et
l’affirmation d’une nécessaire dictature du prolétariat avait été posée
par le Kominform. Mais cette argumentation, qui peut sembler surprenante
dans sa bouche, n’en anticipait pas moins la réflexion du XXIIe Congrès.
L’ironie est portée au carré si l’on songe que ses propos sont en
1964 dirigés contre le rapporteur de la commission des statuts qui n’est
autre que le nouveau secrétaire à l’organisation de l’époque, Georges
Marchais : en présentant son rapport devant le XVIIe Congrès,
celui-ci objectera fermement à une proposition d’amendement dont il
reprendra presque mot pour mot les termes dans sa propre argumentation
devant le XXIIe.
La question n’est finalement tranchée que par l’intervention à
l’appui de ce dernier de Maurice Thorez en personne, le mari de
Jeannette Vermeersch, qui explique alors que « ce serait une faute
politique que de renoncer à la dictature du prolétariat ». Ironie au
cube, Jeannette Vermeersch dénoncera cet abandon trois ans après le XXIIe Congrès, dans un livre consacré à la critique de l’eurocommunisme[6]…
Cette dénonciation exprimera au demeurant une bonne compréhension de ce
que l’abandon signifiait réellement : une démarcation à l’égard du
système soviétique, une volonté de rupture réaffirmée avec le stalinisme
dont elle était notoirement nostalgique.
Longtemps plus tard, pour expliquer « l’abandon » en 2003 par la LCR
de cette même expression, le philosophe Daniel Bensaïd, dirigeant et
principal théoricien de cette organisation, donnera des explications
plus rigoureuses, mais voisines de celles de Jeannette Vermeersch en
1964 et de Georges Marchais en 1976 – mais sans limiter ainsi les
exemples de dictatures :
« Le mot dictature n’avait pas aux XVIIIe et XIXe
siècles le sens absolument péjoratif qu’il a acquis depuis. Chez
Rousseau, par exemple, c’est le mot tyrannie qui joue ce rôle […] Après,
vu ce que sont devenues les dictatures staliniennes et autres, et plus
généralement l’usage du mot dictature au XXe siècle, après Pinochet et Franco, le mot est devenu inutilisable. »
Explications
Lorsqu’il expose brièvement le ressort théorique de son choix, Georges Marchais se réfère aux classiques du marxisme :
« Sur quoi nous fondons-nous pour définir notre position dans cette
question ? Nous nous fondons sur les principes du socialisme
scientifique élaborés par Marx, Engels, Lénine. Il s’agit en premier
lieu de la nécessité pour la classe ouvrière d’exercer un rôle politique
dirigeant dans la lutte pour la transformation socialiste de la
société. […] En second lieu, il s’agit de la nécessité de la lutte
révolutionnaire des masses pour faire échec aux manœuvres de la grande
bourgeoisie. »
En somme, Georges Marchais donne à sa position les raisons qui
expliquent précisément pour les auteurs dont il se prévaut – et
expliquaient pour le Manifeste de Champigny – la nécessité de
la dictature du prolétariat. Quant à l’Union soviétique et son
expérience propre, elle est évoquée par une distance qui n’est pas
théorisée, pour justifier l’abandon par le simple effet du temps
parcouru :
« Dans les conditions de la Russie de 1917, puis de la jeune Union
soviétique, la dictature du prolétariat a été nécessaire pour assurer
avec succès l’édification du socialisme. Il est juste de dire que, sans
elle, la classe ouvrière, les peuples soviétiques n’auraient pu
entreprendre ni défendre l’œuvre libératrice sans précédent qu’ils ont
réalisée. C’est pourquoi les partis communistes, lorsqu’ils se sont
fondés en tirant les leçons de la faillite de la social-démocratie
internationale et de la victoire de la révolution d’Octobre, ont, à
juste titre, dans les conditions de l’époque, adopté ce mot d’ordre. Le
monde a changé. »
On note une confusion dans l’emploi du vocabulaire, où la dictature
du prolétariat est dite « nécessaire » dans un premier temps, ce qui
suppose qu’elle est à tout le moins un ensemble de pratiques, pour être,
quelques lignes plus bas, ramenée à un simple « mot d’ordre ». Cela est
assez significatif du flou théorique dans lequel s’effectue cet
« abandon ». Il y a là une nouvelle illustration du peu de cas parfois
fait de la théorie dans la réflexion politique des dirigeants du parti
communiste, où le choix des mots d’ordre et des slogans compte plus que
le travail des concepts.
Il y a autrement dit dans ces formules un équilibre extrêmement
précaire entre rhétorique et théorie : la question n’est pas posée de ce
qu’avait ou non été la dictature du prolétariat dans la jeune Union
soviétique, ni de ce qu’avait été son devenir. L’idée d’une suspension
de la légalité au profit de la classe ouvrière, de la possibilité de
s’affranchir des normes juridiques dans le combat contre les anciennes
classes dominantes – qui est le cœur de la théorisation léninienne –
n’est pas évoquée. […] Mais cette signification de « l’abandon » n’est
même pas esquissée à l’occasion du XXIIe Congrès. De fait,
cet « abandon » ne porte que sur une seule chose : l’emploi – devenu
quasi inexistant depuis bien longtemps – de cette expression par le PCF.
[…]
Louis Althusser, qui regrettait que l’on prétende « abandonner un
concept comme on abandonne un chien », était au demeurant bien conscient
du caractère rhétorique, plutôt que théorique, de cet « abandon », et
remarquera qu’il est affirmé de façon paradoxale. Selon lui :
« Le parti communiste français vient d’abandonner officiellement, dans son XXIIe Congrès,
la dictature du prolétariat, mais le même congrès a voté à l’unanimité
une résolution qui repose toute entière […] sur la dictature du
prolétariat, il est vrai sans jamais la nommer. »
L’affirmation est un peu péremptoire, et l’on pourrait penser au
contraire que même si la théorisation de l’abandon n’est pas faite, la
stratégie du PCF est désormais – comme le répètent à l’envi les délégués
au congrès abordant cette question – incompatible avec la dictature du
prolétariat y compris dans le sens théorique précis auquel Althusser se
réfère.
Cela dit, lorsqu’il prononce ces mots lors d’une conférence sur la dictature du prolétariat donnée à Barcelone le 6 juillet 1976[7],
Althusser tient à montrer quel était l’enjeu réel de cet abandon, non
pas celui (selon lui impossible) d’un concept, mais celui d’une
référence historique qui a peu à voir avec ce concept : la référence aux
destinées de la pratique du pouvoir par les communistes russes ; la
référence, autrement dit au stalinisme, même s’il n’est pas plus
« nommé » que le concept « abandonné » : c’est-à-dire précisément ce sur
quoi Georges Marchais ne s’exprime pas ici – alors même que son rapport
comporte également une critique de la conception soviétique de la
démocratie.
Enfin et surtout, il soulignera l’impasse théorique qu’il voit dans
cet « abandon », en tentant de restituer le concept dans son cadre pour
montrer que son abandon laisse une place vide qu’il faudra bien remplir
d’une manière ou d’une autre. Il est à noter que parallèlement à cette
conférence, Althusser écrira un long texte, inédit de son vivant, qui
constitue une défense sans ambiguïté du XXIIe Congrès[8]. […]
« À la sauvette »
Il est ainsi permis de douter de ce que, comme l’affirme au congrès
la commission des amendements par la voix de Jean Kanapa, l’absence de
mention de la dictature du prolétariat relevait d’une réflexion faite de
propos délibéré par le Comité central lui-même – dont on ne trouve
d’ailleurs pas trace dans ses travaux avant la déclaration télévisée du
secrétaire général. Cette commission évoque pourtant « la décision
soigneusement pesée du Comité central de ne pas avoir recours à cette
notion », ajoutant :
« Cette façon de faire a favorisé la réflexion individuelle et la
recherche collective, la liberté de la discussion et le rassemblement
des opinions. Et à partir d’un moment, l’intervention du secrétaire
général du Parti a encore – comme l’ont dit les camarades – stimulé,
impulsé, enrichi les discussions. Bien plus : elle a puissamment
contribué à intéresser les masses, l’opinion publique la plus large, à
notre congrès, à notre politique. Non, jamais débat ne fut moins
organisé à la sauvette que celui-là ! Le résultat de ce débat est là,
clair, éloquent, impressionnant : sur 22 705 délégués à nos 98
conférences fédérales, 113 seulement ont voté contre l’abandon de la
dictature du prolétariat et 216 se sont abstenus. »
La présentation du déroulement du débat est ici outrageusement
faussée : comme on l’a vu, aucune discussion sur cette question n’avait
eu lieu avant l’intervention de Georges Marchais à la suite de la
contribution parue à dessein le jour même dans L’Humanité.
Cette intervention n’avait donc pas « enrichi » la discussion, mais
l’avait à la fois, comme on l’a dit, ouverte et refermée – à un moment
où la préparation du congrès tirait à sa fin, si bien que presque aucune
cellule, presque aucune section n’avait été en mesure de discuter cette
question.
En réalité, il est clair que d’un point de vue théorique, cet
« abandon » s’est bien fait « à la sauvette » ; il ne repose sur aucune
réflexion précise sur le sens qu’avait, dans la théorie ou dans la
pratique des révolutions du passé, la dictature du prolétariat. Rien
pour dire si c’est sur le fond ou seulement dans le vocabulaire qu’a
lieu cet « abandon ». Rien sur la théorie de l’État, de sa destruction
puis de son dépérissement, que soutient ce concept et dans laquelle il
prend place.
Il est par contre exact – et tel était sans doute le véritable
objectif de cette opération – que cette question a « puissamment
contribué à intéresser » l’opinion publique aux travaux du XXIIe
Congrès. Georges Labica pourra ainsi écrire : « L’expulsion de la
dictature du prolétariat réussit ce miracle : nous faire entrer dans
l’avenir en nous dispensant de faire le bilan du passé[9]. »
Notes
[1] Cité par Frédéric Heurtebize, in Le péril rouge, PUF, 2014. Entretien avec Charles Fiterman du 6 février 2009.
[2]La Nouvelle Critique, avril 1977, Une conception résolument anti-étatiste : « Les communistes et l’État ». Entretien de Béatrice Henry et Olivier Schwartz avec François Hincker et Lucien Sève, page 10.
[3]
Militante très populaire dans le Parti, veuve de Paul
Vaillant-Couturier, résistante, déportée à Auschwitz en même temps que
Danielle Casanova et témoin au procès de Nuremberg. Elle était l’épouse
de Pierre Villon.
[4]
Épouse de Maurice Thorez, alors membre du Bureau politique, connue pour
son soutien intransigeant à l’Union soviétique et son attachement aux
traditions ouvriéristes. Elle démissionnera de la direction en 1968,
pour manifester son désaccord avec la condamnation par le PCF de
l’intervention soviétique en Tchécoslovaquie.
[5] Prestigieux dirigeant communiste bulgare, ancien secrétaire général du Komintern.
[6] Jeannette Thorez-Vermeersch, Vers quels lendemains ? : De l’internationalisme à l’eurocommunisme, Hachette, 1979.
El 25 de abril de 1974 se acababa la dictadura en Portugal y se
iniciaba la que se conocería como la revolución de los claveles. El 24
de julio de 1974 caía la dictadura en Grecia. La siguiente tenía que ser
la dictadura franquista. Franco murió en la cama, pero el movimiento
obrero y popular era potente y tenía la iniciativa frente a un régimen
agónico. Todo era posible.
Sin embargo, durante mucho tiempo se
ha mantenido la idea de que la democracia existente era el resultado de
la acción de ciertas élites y del rey emérito fugado. En sus memorias el
caradura del ex rey no tiene reparos para reconocer que su reinado fue
una concesión-continuación del franquismo. Cincuenta años después de la
muerte del dictador vale la pena reflexionar y tener muy en cuenta que
lo que ocurrió no estaba predeterminado, que otros caminos eran posibles
y se definieron en una dura lucha entre las clases.
Desde finales
de 1971, la lucha obrera y popular no cejó de poner en jaque a la
dictadura franquista. En el mes de octubre, en una huelga con ocupación
de Seat en Barcelona la policía asesinó a un obrero. Posteriormente hubo
huelgas generales en Pamplona, Ferrol y en Vigo, varias huelgas
generalizadas en la ría de Bilbao, en Barcelona, tras el asesinato de un
obrero en La Térmica, en Valladolid con huelgas en la construcción y en
FASA-Renault. A pesar de la represión, condena a muerte a Puig Antich
en marzo de 1974, y centenares de detenciones policiales por todo el
Estado, la lucha obrera y popular no cesó. El inicio de la revolución en
Portugal aceleró las esperanzas en España y alertó a las clases
dominantes sobre lo que podía pasar aquí. En julio de 1974 una huelga
general sacudió la comarca del Baix Llobregat (Barcelona). En noviembre
fue en Navarra y 14 días de huelga y lock out en Seat.
En
enero de 1975, nueva huelga de doce días en Seat, con 500 despedidos.
Desde el 14 de enero huelga general en Pamplona. En abril se decreta el
estado de excepción en Vizcaya y Guipúzcoa y se desata una represión
generalizada. En septiembre, una dictadura moribunda ejecuta a 5
militantes de ETA y FRAP. Una huelga generalizada recorre todo el País
Vasco y manifestaciones en todo el país. A todas estas acciones obreras
habría que sumar centenares, sino miles, de protestas en ciudades y
barrios por la carestía de la vida, por la falta de escuelas y
asistencia sanitaria o falta de servicios. Además, ya sea por los
despidos, la represión policial o las detenciones, la mayoría de las
movilizaciones se convierten en protestas políticas contra la dictadura.
Estos
hechos, que no son exhaustivos, desmienten la fabulación de que la
transición del franquismo fuera una concesión generosa de los de arriba.
La historiografía actual ya acepta que fue la movilización popular
quien conquistó las libertades y derechos, sin embargo, se sigue negando
u ocultando la posibilidad que hubo de avanzar mucho más, de lograr una
ruptura o incluso abrir un proceso revolucionario que realmente acabara
con los fundamentos y estructura del franquismo. Las concesiones en la
transición, la aceptación de la monarquía por el PCE y el PSOE, los
pactos que implicaron limitación de derechos y condiciones de vida para
las clases trabajadoras, son pesadas cargas que se han ido arrastrando
en estos 50 años y siguen presentes hoy en día.
Tres meses
Pocas
semanas después del entierro del dictador la movilización obrera y
popular dio un salto impresionante. En 1975 se perdieron por conflictos
laborales o políticos más de 10 millones de horas de trabajo. ¡En 1976 fueron
más de 100 millones! Durante los tres primeros meses de ese año quien
tuvo la iniciativa fueron los trabajadores y trabajadoras que
demostraron su disposición a ser los verdaderos protagonistas para
enterrar al franquismo.
En el invierno de 1974-75, la clase
trabajadora de Catalunya había estado a la cabeza. La primavera y otoño
de 1975 fue la de Euskadi. A finales del año, cuando apenas se había
enfriado el cadáver del dictador, tomó el relevo la clase trabajadora de
Madrid.
El IPC de la época alcanzó el 34% y el gobierno había
decretado la congelación salarial para todo el año 1976. La negociación
de los convenios se convirtió en el catalizador de las luchas. A partir
del 1 de diciembre (¡diez después de la muerte del dictador!) empiezan
los paros en Getafe. El 10 de diciembre las principales empresas están
en huelga, “desde ese momento será la asamblea de los representantes de
las distintas fábricas la que coordine y dirija la acción”. El 16, la
huelga es general en la ciudad. La agitación, con huelgas y
manifestaciones, durará hasta el 18 de enero. Entre tanto se ha
incorporado el grueso de la clase obrera de la ciudad de Madrid.
Las grandes empresas, Standard, Chrysler y el metal encabezan la
protesta, a la que se unen la construcción, seguros, banca y artes
gráficas, así como Telefónica, Correos y Renfe. El 7 de enero el metro
de Madrid se une a la huelga y paraliza la ciudad, días después el
gobierno lo militarizará. La movilización se extiende a Alcalá de
Henares, Torrejón de Ardoz y San Fernando. Se calcula que en diciembre
participaron 150.000 trabajadores y trabajadoras, en enero serán
400.000.
Barcelona tomó el relevo. El 14 de enero la plantilla de
Seat se manifestó por el centro de la ciudad por el convenio y la
readmisión de los 500 despedidos de la anterior huelga. El día 16
empieza una huelga general en el Baix Llobregat que durará hasta el 29.
Del 23 al 27 de febrero la ciudad de Sabadell quedará paralizada por una
huelga general.
Asturias también respondió. El 9 de enero empieza
una huelga en Ensidesa (8.000 trabajadores) El 22 la minería inicia una
huelga que durará hasta el 16 de marzo. La huelga de Duro Felguera de
Gijón durará 90 días. Es un movimiento que recorre todo el país. El 24
de febrero la policía mata en Elda (Alicante) al joven Teófilo del Valle
que participaba en la huelga del sector del calzado. La respuesta fue
una huelga general en el valle del Vinalopó. Fue el primer asesinado por
disparo de la policía en la transición. Fueron casi 200 personas las
personas asesinadas por la represión policial. Todo menos pacífica fue
la transición.
Marzo vivió la impresionante huelga general de Vitoria.
Desde el 9 de enero existía un proceso de huelgas y movilizaciones en
toda la zona industrial que confluyó en la huelga general del 3 de
marzo. La policía reprimió una asamblea de trabajadores y mató a cinco
de ellos. La solidaridad se extendió por todo el país. El día 5, la
policía mató en Tarragona a un trabajador que se protestaba por los
hechos de Vitoria. El 8 de marzo una huelga general paralizó Euskadi y
la policía volvió a matar a un obrero en Basauri (Vizcaya).
La
lucha por los salarios y la mejora de las condiciones de trabajo fueron
el primer impulso de las movilizaciones, íntimamente ligadas a problemas
políticos: acabar con el franquismo y conquistar las libertades, la
libertad sindical en particular, la readmisión de los despedidos y la
amnistía para los presos políticos. Valga como ejemplo que los días 1 y
8 de febrero de 1976 se desarrollaron en Barcelona manifestaciones, que
desbordaron la represión policial, exigiendo libertad, amnistía y
estatuto de autonomía. ¿Era una lucha política? Sin ninguna duda. En la
dictadura luchar por salarios dignos ya era una lucha política que te
enfrentaba al patrón, a la policía y a las leyes antiobreras. Además,
esas movilizaciones se producían en unas condiciones de agonía del
régimen, de búsqueda de alternativas políticas. El drama fue que la
posibilidad de un cambio real y profundo, de una ruptura o de un proceso
revolucionario, fue traicionado por un acuerdo entre los franquistas y
los dirigentes del PCE y del PSOE para conquistar ciertos derechos y
libertades, mientras se mantenía la monarquía y buena parte de la
estructura franquista del poder. Durante esos tres meses estuvo en el
aire la posibilidad de elegir un camino diferente.
No es un
invento ni una construcción ideológica, sino la explicación del
desarrollo de los acontecimientos. Años después, Ramón Tamames, que fue
dirigente del PCE y de la Junta Democrática (un acuerdo entre el PCE y
algunas organizaciones y personalidades antifranquistas) escribió: “En
enero de 1976 la Junta quedó sentenciada. En la sesión que en ese mes se
celebró en París -y con escasa oposición- Carrillo (secretario general
del PCE de la época) impuso su idea de atenuar las movilizaciones con el
propósito de entrar en contacto con el régimen para pactar. La ruptura
quedaba en entredicho, y con ello empezaba el final del experimento de
la Junta”.
Mientras la clase trabajadora y amplios sectores
populares pugnaban por acabar con el franquismo, por arriba se abría la
negociación con los franquistas.
Sabadell
Un
ejemplo de la distancia que se fue abriendo entre la movilización
obrera y popular y las propuestas políticas fue la huelga general en
Sabadell. Del 23 al 27 de febrero de 1976 la clase obrera de Sabadell se
hizo dueña de la ciudad. El periodista Xavier Vinader (1947-2015)
publicó un libro con las notas tomadas durante los acontecimientos de
esos días. Lo tituló Quan els obrers van ser els amos (Cuando los obreros fueron los amos) que refleja muy bien lo que ocurrió en la ciudad.
Fue
una huelga general que reunió todos los ingredientes de un
levantamiento popular contra el franquismo, y en particular contra el
alcalde franquista de la ciudad. La clase trabajadora tuvo la iniciativa
y la dirección del movimiento. A pesar de la represión (uno de los
desencadenantes fue una carga policial contra niños y sus familiares que
protestaban en solidaridad con los maestros en huelga) se logró imponer
grandes asambleas en las pistas de atletismo de la ciudad. En la
protesta participaron prácticamente todos los sectores sociales,
enseñantes, bancarios, pequeñas industrias y comercios y las mujeres
tuvieron un papel esencial, tanto en las empresas como en la solidaridad
ciudadana.
La huelga fue un éxito total. Los detenidos
fueron puestos en libertad, los despedidos readmitidos, se consiguieron
mejoras salariales y las autoridades franquistas destituyeron al
alcalde… pero, a los obreros y obreras, y la población en general, que
habían sido dueños de la situación no se les ofreció otra perspectiva
que la reconciliación con los franquistas que defendían los dirigentes
del PCE y del PSUC, y quienes defendían la ruptura y la revolución no
tuvieron suficiente fuerza o argumentos para convencer. No fue un
problema de falta de decisión de las clases trabajadoras.
Algunos
franquistas temían más por el futuro y Fraga (entonces ministro de
Gobernación y luego fundador del PP) denunció esa huelga como el intento
de “ocupación de la ciudad, como la de Petrogrado en 1917 (para) que
perdida la calle (la famosa calle cuya seguridad debe garantizar todo
gobierno digno de este nombre) diera paso a un gobierno provisional,
como en 1931”. Temían un futuro republicano y/o revolucionario (como se
estaba viviendo en Portugal) mientras que los dirigentes “comunistas” y
“socialistas” solo pensaban en un arreglo.
Dos semanas después fue
aún más claro en los sucesos de Vitoria. La represión no impidió que la
ciudad, y prácticamente toda Euskadi, estuviera determinada por las
clases trabajadoras movilizadas. Porque en todo ese proceso las
libertades se fueron imponiendo en la calle. En las huelgas se elegían
comisiones inter-ramos (Sabadell) comisiones representativas (Vitoria)
delegados de las asambleas de obra (construcción de Barcelona) como
incipiente expresión organizada y alternativa. Un trabajador de Talleres
Velasco de Vitoria explicaba que una de las principales características
de la huelga había sido la consideración de las asambleas “no como mero
órgano de información, sino como órgano de decisión y futuro órgano de
democracia obrera”.
Aunque estos primeros meses de 1976 fueron
decisivos, todavía se presentaron otras ocasiones de dar un giro a la
situación, especialmente en torno a la huelga de Roca en Gavá
(Barcelona) que duró desde el 9 de noviembre de 1976 hasta el 11 de
febrero de 1977 y, sobre todo tras la matanza de Atocha en la que cinco
abogados laboralistas perdieron la vida asesinados por pistoleros
fascistas. Pero los lazos entre los franquistas, la monarquía y los
dirigentes del PCE y PSOE ya se habían estrechado lo suficiente como
para abortar un proceso de ruptura o revolucionario.
No se trata
de una reflexión melancólica sobre lo que no se logró, sino una manera
de recordar que la historia que escriben los vencedores podía haber
transcurrido por otras vías, que no está escrita por anticipado, sino
que siempre es el resultado de una lucha y que lo importante es aprender
y estar preparados para nuevas ocasiones. Lleguen cuando lleguen.
Après un tournage, il restait a Claude Lelouch 11 minutes de pellicule, il a donc décidé d'attacher la camera a l'avant de sa Mercedes et il n'a même pas utilisé les 11 minutes mais 8 minutes, et la femme qu'il rejoint a la fin est sa propre épouse.
Après la diffusion de ce film, Claude Lelouch a été convoqué à un commissariat pour se faire retirer son permis. Un agent de police lui a effectivement retiré son permis, puis lui a rendu quelques secondes plus tard en lui disant : "je m'étais engagé a vous retirer votre permis mais pas à le garder".
Filmé à 5h30 le 15 août 1976, alors que Paris était complètement déserte en août.
Moment très risqué à 3mn 30 : feu rouge et visibilité nulle au carrefour des Guichets du Louvre et de la rue de Rivoli. Un observateur avait été posté à cette intersection avec une radio bidirectionnelle et avait pour instruction de prévenir le conducteur de la présence de véhicules. Malheureusement, les radios sont tombées en panne, ce qui signifie que si un véhicule avait traversé cette intersection, cela aurait provoqué un accident terrible. Heureusement, il n'y en a pas eu et le reste appartient à l'histoire.
Dans une Espagne exsangue, Informe general…
recueille la parole de représentants politiques de tous horizons et
envisage les étapes de la reconstruction après la mort de Franco. Les
uns après les autres, ceux qui auront bientôt la responsabilité des
affaires du pays répondent à la seule question qui les obsède alors :
"Comment passe-t-on de la dictature à la démocratie ?" Ce film constitue
la synthèse des films clandestins et ouvertement politiques de Pere
Portabella en abordant tantôt sur le mode de la fiction, tantôt sur
celui du documentaire les grandes questions de l’Espagne de 1976.