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dimanche 23 août 2026

Modelo Mundial Latinoamericano (MML)

FUENTE https://www.modernismolatinoamericano.org/modelo-mundial-latinoamericano-mml/ 

Ana Grondona, socióloga, investigadora y docente en la Universidad de Buenos Aires. Coordina el Fondo Carlos Mallmann en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.

Ciudad: San Carlos de Bariloche
Productor: Fundación Bariloche
Personas Vinculadas: Carlos A. Mallmann, Jorge Sábato, Enrique Oteiza, Amílcar O. Herrera, Helio Jaguaribe, Osvaldo Sunkel, Graciela Chichilnisky, Gilberto C. Gallopin, Jorge E. Hardoy, Diana Mosovich, Gilda L. de Romero Brest, Carlos E. Suárez, y Luis Talavera.
Ubicación: Fondo Carlos Mallmann – Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini
País: Argentina

“(L)os problemas más importantes que afronta el mundo moderno no son físicos sino sociopolíticos, y están basados en la desigual distribución del poder tanto internacional como dentro de los países, en todo el mundo. El resultado es una sociedad opresiva y alienante, asentada en gran parte en la explotación. El deterioro del medio físico no es una consecuencia inevitable del progreso humano, sino el resultado de una organización social cimentada en valores en gran parte destructivos”
— (Fundación Bariloche, 1977)

El Modelo Mundial Latinoamericano (MML) fue un modelo computacional desarrollado por la Fundación Bariloche entre 1972 y 1976, como una respuesta crítica al informe Los límites del crecimiento de 1972 que presentaba los resultados del World3. Este último, financiado por el Club de Roma, había sido dirigido por Donella Meadows y Dennis Meadows usando el lenguaje de simulación Dynamo desarrollado por el grupo de Jay W. Forrester en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Mientras el denominado modelo del MIT planteaba la existencia de límites físicos al crecimiento económico y poblacional que devendrían en escollos insuperables, el MML subrayaba que los problemas globales eran parte del presente, no de un futuro proyectado para 2050, y que sus causas eran sociales y políticas, derivadas de la desigual distribución de los recursos y del abuso de poder tanto a nivel nacional como internacional.

El diseño del MML se encaró con una perspectiva marcadamente interdisciplinaria, a partir de un equipo de profesionales provenientes de diversas formaciones en ciencias naturales, exactas y sociales, que incluían experticias en demografía, recursos naturales no renovables, matemáticas, sociología, economía, salud, contaminación, alimentación, educación, vivienda y urbanización. Bajo la dirección del geólogo Amílcar Herrera, el MML se diseñó como un modelo matemático normativo, enfocado en las necesidades humanas básicas.Contrastaba con el pesimismo neomalthusiano del MIT, proponiendo en su lugar una hoja de ruta hacia un desarrollo igualitario y crítico del consumismo. El indicador de desarrollo elegido fue la extensión de la expectativa de vida al nacer antes que el mero incremento del PIB o del PIB per capita. Además de cuestionar la propiedad privada, objetaba la propiedad estatal, y proponía una lógica de uso de los bienes de producción y de la tierra que permitiera su administración eficiente sin provocar privilegios ni formas de explotación. Bajo estas premisas, el modelo demostraba que, a contramano de las advertencias del World3, el nuevo estilo de desarrollo era físicamente viable.  

Para su diseño, contó con un destacado equipo interdisciplinario que produjo y sistematizó información para alimentar los cinco sectores en los que se estructuró: alimentación, educación, vivienda, bienes de capital, y otros servicios y bienes de consumo. Se programó usando el lenguaje Fortran 77. En tanto se trataba de un ejercicio a nivel global, se proyectaron cuatro bloques: los países desarrollados, Asia, África y América Latina. Los resultados fueron publicados en el libro ¿Catástrofe o nueva sociedad? Modelo Mundial Latinoamericano (cuya primera edición, en inglés, es de 1976) donde se señalaba que, bajo las orientaciones normativas propuestas, América Latina podría llegar a satisfacer las necesidades básicas de su población hacia finales del siglo XX, mientras que regiones como África y Asia u Oceanía requerirían períodos algo más largos, debido a mayores desigualdades estructurales y déficits iniciales en recursos y capacidades productivas

El MML participó en el contexto de la “fiebre de modelos” de los años setenta, marcada por un auge de estudios en futurología, de una creciente inquietud por las amenazas ecológicas y sociales del desarrollo, así como por un proceso de revisión crítica de las desigualdades internacionales en nombre de un nuevo orden económico internacional. En virtud de ello, fue acogido con interés en diversos foros, como las Naciones Unidas o la Organización Internacional del Trabajo. También enfrentó críticas por su carácter netamente normativo, lo que reducía su atractivo como herramienta para el diseño más concreto de políticas públicas.

El golpe cívico-militar en Argentina en 1976 marcó un abrupto final para el desarrollo del modelo. La Fundación Bariloche sufrió severas represalias, exilios y formas de persecución y ostracismo. Esto, sumado a la generalización de alternativas neoliberales como salida a la crisis capitalista abierta a partir de la proliferación de resistencias obreras a fines de la década de 1960 y del alza del precio de la energía, contribuyó al ocaso del proyecto. En años recientes, el MML ha sido objeto de esfuerzos de recuperación y actualización. En 2004, con motivo de su 30º aniversario, se publicó una edición revisada de su texto fundacional. Además, iniciativas académicas han buscado digitalizar y modernizar el modelo, como la traducción de su código a lenguajes de programación más recientes. 

El legado del MML, como las discusiones sobre “estilos de desarrollo” de la que formó parte, persiste como un ejemplo de pensamiento crítico desde el Sur Global. Al situar las necesidades humanas y la justicia social en el centro de los debates sobre desarrollo, el MML anticipó muchas de las discusiones del presente.

mardi 2 juin 2026

Celebración del 50 Aniversario de la fuga de la cárcel de Segovia

 Hace 50 años, el 5 de abril de 1976, se fugaron 29 presos de la cárcel de Segovia: 12 militantes de ETA Político Militar, 5 de ETA Militar, 5 de LCR-ETA VI Asamblea, uno de ETA V Asamblea, otro de ETA VI Asamblea, 2 del Front d’Alliberament de Catalunya, 2 militantes del Movimiento Ibérico de Liberación (MIL) y uno del PCE (i). La fuga se malogró al llegar a la frontera de los Pirineos, sólo 4 de los fugados llegaron a Francia. Oriol Solé, militante anarquista del MIL, fue muerto por disparos de la Guardia Civil.

Durante los días 21, 22, 23 de mayo se ha conmemorado el 50 Aniversario de La Fuga en el Memorial de la Cárcel de Segovia.

El jueves, 21 de mayo, se proyectó “La fuga de Segovia” película basada el libro “Operación Poncho” escrito por Ángel Amigo y dirigida por Imanol Uribe. Hubo un posterior coloquio con el escritor y productor de la película y con Patxi Bisquert, actor, contando con José María Lara, como moderador.

El viernes, 22 de mayo, se presentó el libro “Palabras contra el olvido. Lucha y militancia en las cárceles del franquismo (1968-1977)” en la presentación participaron Josu Ibargutxi, Miguel Ángel Gómez y Enrique Gesalaga, protagonistas de la fuga y expresos de la árcel de Segovia. Además de Carmen Ochoa y David Beorlegui, autores del libro.

El sábado, 23 de mayo tuvo lugar la charla “Las Cárceles del Franquismo y el Memorial Democrático de Segovia” con posterior coloquio sobre la preparación y realización de la fuga con los expresos Josu Bilbao, Pepe Benito y Josu Ibargutxi.

Jordi Solé hermano de Oriol, única víctima mortal de la fuga, habló unas palabras muy emotivas en recuerdo de su hermano y de su militancia antifranquista.

Nos acompañaron con su música Maddi Arana hija de Sabino Arana, expreso de Segovia ya fallecido, y la actuación del Coro Malvaloca.

Se terminó la jornada con un recorrido por El Memorial de la Cárcel de Segovia acompañados por Josu Bilbao que nos explicó cómo era la vida en el penal y nos mostró los espacios donde se preparó la famosa fuga.

Este emotivo homenaje a quienes participaron en la fuga de Segovia y el valiosísimo testimonio de sus protagonistas sobre lo que sufrieron los presos políticos del franquismo, nos sirve para valorar su capacidad de resistencia y su gran valentía, algo que conviene recordar en estos tiempos. ¡Nunca se rindieron!

dimanche 12 avril 2026

Табор уходит в небо / Los gitanos se van al cielo ( Emil Loteanu, 1976)




 
En abril 1976 se estrenaba en las salas de cine soviéticas el melodrama "Табор уходит в небо" (Los gitanos se van al cielo), largometraje dirigido por Emil Loteanu para los estudios Mosfilm.
Basada en varios relatos de Máximo Gorki, la película transcurre a principios del siglo XX, en un campamento gitano en el río Tisza, en Transcarpatia, en las afueras del Imperio austrohúngaro, y narra la historia de amor de dos jóvenes y orgullosos gitanos, Loiko y Rada, que, aunque enamorados el uno del otro, creen que la vida familiar es una cadena que ata su independencia.
Protagonizada por Svetlana Toma (Rada) y Grigore Grigoriu (Loiko) en los papeles principales, la película seria la película más vista en la Unión Soviética en el año de su estreno, con cerca de 65 millones de espectadores, y obtuvo la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián.
 
 

lundi 16 février 2026

50 años de ‘El desencanto’, documental que Elías Querejeta retiró de San Sebastián en protesta por la represión en Euskadi

 Fuente https://www.diario-red.com/articulo/cultura/50-anos-desencanto-documental-que-elias-querejeta-retiro-san-sebastian-protesta-represion-euskadi/

Este año se cumple medio siglo del estreno de este gran documental de Jaime Chavarri, título fundamental del cine de la llamada Transición Española 

Aunque se jugaba su futuro comercial, Elías Querejeta, conocido por las películas que había producido a Carlos Saura o Víctor Erice, retiró el documental en apoyo a la huelga general que se había convocado en Guipúzcoa como protesta por la muerte de un manifestante vasco por disparos de un policía.

El 15 de septiembre de 1976, El País publicaba la indignada respuesta del máximo responsable del festival, Miguel de Echárri, que en el franquismo (entre 1952 y 1956) fue secretario general del Sindicato del Espectáculo: “El artículo 7 del reglamento del festival que conocen quienes concurren a él habla de la imposibilidad de retirar la película. Sin embargo, el señor Querejeta, abusando de una manera clarísima de mi condescendencia, me ha venido diciendo, un día y otro, que aplazaba la entrega de la copia, alegando siempre una serie de complicaciones de última hora. De ahí que no tengamos en nuestro poder la copia. Todos estos aplazamientos dan la sensación de que eran parte de un plan premeditado. Me ha sorprendido muchísimo porque ha jugado con mi buena fe”.

En apoyo a Querejeta, una comisión de 29 personalidades guipuzcoanas, entre ellas Eduardo Chillida y Juan María Bandrés, hizo público este texto: “La gestora pro amnistía de Guipúzcoa ha tenido conocimiento de que los participantes en la realización de la película El desencanto han decidido retirarla del XXIV Festival Internacional de Cine de San Sebastián, en atención a las especiales circunstancias por las que atraviesa el pueblo vasco. La gestora considera positiva la indicada decisión, que por el contexto en que se ha producido supone una manifestación de solidaridad con el pueblo, denota madurez y sentido de la responsabilidad y constituye un aporte para la causa general, fin y motivo de la creación de esta gestora pro amnistía. En consecuencia, la gestora no puede por menos que mostrar su pública aprobación por el gesto de los participantes en la realización de la película El desencanto”.

Tanto Chávarri como Querejeta supieron pronto que no tenía un corto, sino un gran largometraje

Conviene recordar qué estaba pasando en España aquel año. Además del nombramiento, a dedo, por parte de Juan Carlos I, de Adolfo Suarez como presidente del Gobierno, la extrema derecha estaba terriblemente crecida y su violencia en las calles era cada día más alarmante. Aquel año se recuerda también por la matanza del 3 de marzo en Vitoria, cuando la policía desalojó de la iglesia de San Francisco de Asís, del barrio obrero de Zaramaga, a 4.000 trabajadores en huelga. La policía asesinó a cinco personas e hirieron a más de ciento cincuenta.

Como escribió Diego Galán, el más recordado director del Festival de cine de San Sebastián, en El País, en un principio El desencanto solo estaba pensado como un cortometraje documental que quería rodar Jaime Chavarri, hijo de Tomas Chávarri y Ligues y de Marichu de la Mora Maura y bisnieto del expresidente del Gobierno Antonio Maura. Chávarri quería contar la historia de su amigo Michi Panero, un ex niño bien cuya familia se había visto obligada a vender propiedades y las pertenencias de su padre para sobrevivir. El padre era Leopoldo Panero, poeta falangista de la generación del 36 y poeta oficial del franquismo.

En un primer momento, Michi, su madre Felicidad Blanc y sus hermanos Juan Luis y Leopoldo María y estaban dispuestos a hablar ante la cámara de Chávarri, pero con una condición: no saber lo que los otros hubieran dicho de ellos. Para sorpresa del director, los cuatro se desnudaron públicamente de una forma tan honesta como violenta. Y tanto Chávarri como Querejeta supieron pronto que no tenía un corto, sino un gran largometraje.

Leopoldo, que se considera el verdadero genio de la familia y al que también le gusta recitar en alto su propia obra, ataca a su madre de forma despiadada

El desencanto fue rodado justo cuando el régimen fascista se iba desmantelando para dar paso a otro régimen no tan ejemplar como muchos voceros del nuevo sistema pintaron y predicaron. De hecho, pronto muchos consideraron la transición como un desencanto.

Tras volver a ver El desencanto, después de bastantes años, debo confesar que me he reconciliado con Felicidad Blanc, una mujer triste a la que nada le pega su nombre. La recordaba como un personaje frío y distante, pero ahora veo el filme de Chávarri como el retrato femenino de una niña bien (era hija del director del Hospital Princesa de Madrid y primo-hermano de la madre de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador de la secta Opus Dei) que se convierte en señora y esposa de un poeta del régimen y es enseguida ninguneada por su alcohólico y brutal marido y sus no menos alcohólicos amigos. Porque si hay algo en El desencanto es alcohol. Y pitillos. No existe un documental en el que se fume tanto. 

Y Felicidad no solo es machacada por su bestial marido, sino por sus hijos, aunque sea Michi (que se reconoce un parásito que se dedica básicamente a vaguear) el que más la entiende y escucha. Especialmente hiriente e injusto es Leopoldo, el hijo feo, demente, borracho y pedante, de hablar absolutamente insoportable. También Felicidad, una mujer culta (fue escritora y traductora) y de vocabulario envidiable, resulta relamida. Comienza recitando un poema de su marido de memoria, hablando de forma distinguida, literaria… pero al final se va soltando, sube la voz ante sus hijos y se hace casi humana.

Ya desde la primera conversación, entre el pijazo Michi y el ridículo y amanerado (“no soy homosexual”, él lo recalca por si acaso) Juan Luis (alias “Adoro el bizantinismo”) sabes que a lo que se tuvo que enfrentar Felicidad es sencillamente infernal. Esa intensidad, esos aspavientos, esos gritos, ese bebercio descontrolado. Y eso delante de una cámara, no quieres ni pensar lo que fue aquello en la intimidad. 

Felicidad, aunque de clase alta, es un ejemplo de la mujer española sometida, siempre a la sombra del marido, supuestamente superior y que borra de su vida a todas sus amistades mientras ella debe acostumbrarse a los amigotes de tertulia borracha que aparecen por casa a las dos de la tarde y se van a las tres de la mañana. Por eso en El desencanto se recuerda que Felicidad vivió aterrorizada, además de que los Paneros significan “gritos y muy mal vino”.

Al acabar 'El desencanto' tienes la sensación de que acabas de ver una película de terror

La aparición, en el ecuador de la cinta, de Leopoldo María Panero refuerza aún más la simpatía del espectador (al menos la de un servidor) por Felicidad. Leopoldo, que se considera el verdadero genio de la familia y al que también le gusta recitar en alto su propia obra, ataca a su madre de forma despiadada. Pero Felicidad, dura y brillante, sabe defenderse. Y recuerda que vivió sola los ingresos psiquiátricos y carcelarios de Leopoldo, que en ningún momento le da tregua ni muestra la más mínima comprensión o compasión. Y además la tacha de superficial ante el silencio cómplice y cobarde de su hermano Michi.

Es Michi, el más normal de los hermanos, el que reconoce que la familia Panero morirá porque el alcohol acabará con ellos y no tendrán descendencia. También posiblemente el más roto y el más cínico. Es Michi el que dice: “Para estar desencantado antes hay que estar encantado y yo tengo dos o tres recuerdos muy frágiles en los que estuve encantado. Diría mejor ilusionado. El desencanto me ha venido impuesto. He participado como espectador, nada más”.

Y El desencanto acaba como empieza: con la estatua del padre enfundada en plástico, antes de ser exhibida ante el populacho y frente al castillo de Gaudí en Astorga. Y tienes la sensación de que acabas de ver una película de terror.

Pocas semanas después del no estreno de El desencanto, en la misma ciudad, San Sebastián, fue asesinado por ETA el procurador en Cortes, consejero del Reino y presidente de la Diputación de Guipúzcoa Juan María de Araluce, que formó parte de las filas del requeté y combatió en la aviación de caza en el bando fascista. La ejemplar transición seguía tambaleándose. 

18 años después del rodaje de El desencanto, los hermanos Panero, sabedores de que eran una especie de leyenda gracias a Chavarri, aceptaron rodar una segunda parte. Se tituló Después de tantos años, la dirigió Ricardo Franco y fue una secuela fascinante e igual de aterradora.

mardi 9 décembre 2025

Le PCF, l’eurocommunisme et la dictature du prolétariat. Extrait du livre de Laurent Lévy


 

Laurent Lévy publie aux éditions Arcane 17 un livre passionnant sur l’élaboration, la mise en œuvre et l’échec, dans les années 1970, d’une stratégie de « voie démocratique au socialisme » par le PCF : Histoire d’un échec : la stratégie « eurocommuniste » du PCF (1968-1978). Nous donnons ici à lire de larges extraits de la partie de l’ouvrage consacrée à l’abandon en 1976, lors du XXIIe Congrès de ce parti, de l’expression « dictature du prolétariat ». 

 

Laurent Lévy, Histoire d’un échec : la stratégie « eurocommuniste » du PCF (1968-1978), Arcane 17, 2025, 280 p.

Le cœur du XXIIe Congrès est […] de tracer les grandes lignes de ce que serait le socialisme pour la France et les moyens d’y parvenir. Mais ce qui en sera retenu comme étant le plus spectaculaire – tant pour les observateurs extérieurs que dans la mémoire du parti communiste lui-même – sera un point à bien des égards anecdotique, mais qui réfracte plusieurs questions fondamentales. Ce sera […] ce qui donnera au congrès son plus grand retentissement : « l’abandon de la dictature du prolétariat ».

Bien que cette question presque symbolique ait ainsi été au cœur de la réception du XXIIe Congrès, elle n’en constituait pas l’essentiel : ces mots étaient absents de ses textes préparatoires, cela n’était donc, par hypothèse, pas l’objet de la discussion prévue. Elle ne surgira que lorsque la plupart des assemblées de cellules et bon nombre des conférences de sections, et donc la discussion par la base communiste du projet de résolution, auront eu lieu. Lors de la discussion par le Comité central de l’avant-projet du texte à soumettre au congrès, aucune intervention n’y avait souligné – pour l’approuver ou pour la désapprouver – l’absence de l’expression « dictature du prolétariat ».

Il y avait d’ailleurs bien longtemps que le PCF ne l’utilisait plus dans sa littérature, et sa disparition aurait parfaitement pu passer aussi inaperçue que celle de « démocratie avancée ». On en trouvait certes […] une occurrence dans le Manifeste de Champigny, au terme d’un bref développement insistant sur le caractère démocratique et temporaire de ce qui était ainsi désigné, mais elle n’était jamais mobilisée dans les textes du Parti. En 1973, Le Défi démocratique ne l’employait pas, et personne ne s’était ému de cette absence. […] L’idée d’un abandon exprès avait déjà été formulée à deux reprises au sein du Comité central, sans susciter de réaction : en 1974 par Henri Fiszbin et en 1975 par Pierre Juquin.

Plus de trente ans plus tard, Charles Fiterman dira de cette notion : « Elle constituait une sorte d’icône sur la cheminée dont il fallait se débarrasser pour donner tout son sens à la démarche engagée »[1]. Et de fait, avant même d’être explicitement abandonnée, l’expression « dictature du prolétariat » avait de facto disparu. François Hincker, revenant un an plus tard sur cet « abandon », remarquera non sans pertinence :

« Il s’est creusé ainsi un écart béant entre ce qui était appris dans les écoles du Parti – où la dictature du prolétariat tenait toujours une certaine place – et la pratique politique où elle était rigoureusement hors du champ non seulement des préoccupations immédiates, mais aussi de l’horizon à atteindre. Le XXIIe Congrès a fait coïncider la théorie et la pratique[2]. »

L’absence de l’expression « dictature du prolétariat » dans le projet de résolution n’était, cela dit, pas pour autant le simple résultat de sa tombée en désuétude. Elle avait même, comme le racontera Pierre Juquin, été soulignée par Jean Kanapa lorsqu’il avait présenté à la commission chargée de le mettre au point la trame qu’il en avait rédigée : « On pourrait même se poser – je ne propose pas d’en parler maintenant – la question de la « dictature du prolétariat ». » Sa remarque avait suscité le désaccord de plusieurs membres de la commission, dont René Andrieu. Le silence du projet de résolution est ainsi le fruit d’un compromis : pas d’emploi des mots « dictature du prolétariat », mais pas d’abandon explicite. C’est au cours des débats ultérieurs, dans les mois qui suivent, que le silence sera levé.

L’un des aspects remarquables de cet « abandon » est la manière dont il a été proposé : au cours d’une émission de télévision, en réponse à la question d’un journaliste. Cette question ne tombait pas du ciel : elle faisait référence à une contribution en ce sens, parue le jour même dans la tribune de discussion ouverte pour le congrès dans L’Humanité. Et cette contribution avait été suscitée par Pierre Juquin, qui regrettait le compromis du silence.

Il avait saisi l’occasion d’un débat organisé dans le cadre de la préparation du congrès dans une ville de province, au cours duquel un militant avait émis l’idée qu’il serait « illogique » de prétendre accorder l’orientation de la résolution avec la « dictature du prolétariat », pour lui suggérer de reprendre son raisonnement dans une contribution écrite – qu’il se chargea de faire publier dans L’Humanité le 7 janvier, jour où Georges Marchais était invité sur Antenne 2. Rien n’était laissé au hasard : l’attention des journalistes avait été attirée sur cette contribution particulière, et loin d’être pris au dépourvu, le secrétaire général avait bien préparé sa réponse : « Eh bien, oui, prolétariat, c’est trop étroit ; dictature, ça fait peur. Ce camarade a raison ! »

C’est ainsi cette réponse qui, d’une certaine façon, ouvrait le débat et y mettait fin d’un même mouvement, compte tenu du poids que les traditions du parti communiste donnent à la parole du secrétaire général : les contributions sur cet abandon vont, après cette déclaration publique, se multiplier dans la tribune de discussion et dans la presse du Parti, et le 16 janvier 1976, le Comité central y reviendra longuement dans une discussion à laquelle participent plusieurs de ses membres, de toutes les générations. D’entrée de jeu, toutefois, la ligne y est donnée, et c’est dans le rapport qu’il présente lors de cette réunion que Georges Marchais l’affirme dans des termes qui ne souffrent guère la discussion : « Le principe de la dictature du prolétariat sera abandonné par décision du congrès. Le projet de résolution sera amendé dans ce sens ».

Dans la discussion qui s’ensuit, François Billoux, ancien dirigeant du Parti, proche de Thorez depuis la fin des années 1920, ministre à la Libération, affirme que « la dictature du prolétariat ne correspond plus à une réalité moderne », Henri Fiszbin voit un avantage politique à l’abandon (sans rappeler qu’il avait déjà en vain exprimé cette idée), en estimant qu’il permettra « de rallier un maximum de gens à l’union et au PCF », Paul Boccara soutient l’abandon « du point de vue de la théorie marxiste », Henri Krasucki considère la notion de dictature du prolétariat « dépassée, parce que trop étroite » et « ne correspondant plus à une réalité actuelle. » Outre le mot « dictature », celui de « prolétariat » fait l’objet de remarques de la part de plusieurs intervenants.

Réticences internes

Dans un rapport présenté le 22 janvier devant le Bureau politique, Jean Kanapa avait fait le point de la discussion sur cette question dans le Parti :

« Au niveau de la tribune, et compte tenu de ce que ce sont surtout les « pas d’accord » qui écrivent le plus spontanément, nous comptions hier matin 43 lettres pour le maintien de la dictature, 22 pour l’abandon, 10 hésitants. Compte tenu de ce que j’ai dit, la proportion est excellente. Naturellement, elle va se modifier au profit de ceux qui veulent le maintien – puisque, déjà depuis une semaine, ce sont surtout ceux qui ont été battus dans leur conférence de section ou fédérale qui écrivent là-dessus comme un recours, d’ailleurs normal.

Au niveau des conférences fédérales, par contre, l’accord est unanime au moment du vote. Plusieurs conférences jugent nécessaire de le signaler dans leur résolution. […] Au cours des conférences de sections et fédérales, quelques camarades […] souhaitent qu’on leur explique clairement que le Parti ne renonce pas à son caractère révolutionnaire, qu’il est bien résolu à lutter pour le socialisme, que la classe ouvrière a bien le rôle dirigeant, qu’elle défendra son nouveau pouvoir.

Si ceci est bien expliqué, ils font confiance au Parti. Ceux qui restent irréductiblement attachés à la dictature du prolétariat sont en définitive très peu nombreux, et ils n’en font pas une question pour leur appartenance au Parti, pour leur confiance dans le Parti. On peut donc parler d’un accord quasi unanime. […] La discussion aura permis un progrès important de l’assimilation de la politique du Parti pour la masse du Parti (membres et cadres). C’est ce que nous voulions. »

Plusieurs passages de ce rapport méritent attention, car entre les lignes, ils disent beaucoup sur le fonctionnement du Parti et la manière dont la direction l’envisage. Le fait que deux fois plus de contributions adressées à la direction pour la tribune de discussion sont hostiles plutôt que favorables à l’abandon apparaît à Kanapa comme de peu de signification, au motif que c’est généralement pour exprimer un désaccord que l’on prend sa plume, et la proportion lui semble ainsi encourageante.

Lorsqu’il évoque l’accord unanime, ou quasi unanime dans les conférences fédérales, la manière presque paternaliste dont il parle des militants est frappante : « ils souhaitent qu’on leur explique… », et une fois qu’on l’a fait, « ils font confiance au Parti ». On ne peut mieux exprimer le caractère descendant de la réflexion sur cette question. Pire en un sens, pour une discussion de congrès, son objectif déclaré semble être « l’assimilation de la politique du Parti pour la masse du Parti (membres et cadres) », bien plus que son élaboration.

L’abandon

Devant le congrès lui-même, le secrétaire général présente ainsi cet « abandon » :

« Si la « dictature du prolétariat » ne figure pas dans le projet de document pour désigner le pouvoir politique dans la France socialiste pour laquelle nous luttons, c’est parce qu’elle ne recouvre pas la réalité de notre politique, la réalité de ce que nous proposons au pays. […] :

– Le pouvoir qui conduira la transformation socialiste de la société sera le pouvoir de la classe ouvrière et des autres catégories de travailleurs, manuels et intellectuels, de la ville et de la campagne, c’est-à-dire de la grande majorité du peuple.

– Ce pouvoir se constituera et agira sur la base des choix librement exprimés par le suffrage universel ; et aura pour tâche de réaliser la démocratisation la plus poussée de toute la vie économique, sociale et politique du pays.

– Il aura pour devoir de respecter et de faire respecter les choix démocratiques du peuple.

Contrairement à tout ceci, la « dictature » évoque automatiquement les régimes fascistes de Hitler, Mussolini, Salazar et Franco, c’est-à-dire la négation même de la démocratie. […] Quant au prolétariat, il évoque aujourd’hui le noyau, le cœur de la classe ouvrière. Si son rôle est essentiel, il ne représente pas la totalité de celle-ci, et à plus forte raison l’ensemble des travailleurs dont le pouvoir socialiste que nous envisageons sera l’émanation. Il est donc évident que l’on ne peut qualifier de « dictature du prolétariat » ce que nous proposons aux travailleurs, à notre peuple. »

Si l’explication proposée est limpide, on voit qu’elle est purement rhétorique ; elle tient au sens pris dans l’histoire par chacun des deux mots qui composent la formule, le mot « dictature » et le mot « prolétariat », à ce qu’ils évoquent dans le langage commun et non à la signification que donnait la théorie marxiste classique à l’expression dans son ensemble. Lénine disait que le plus démocratique des États bourgeois n’est que la dictature de la bourgeoisie, et que la dictature du prolétariat serait plus démocratique que la plus démocratique des démocraties bourgeoises. La théorie marxiste insistait sur l’articulation dans ce concept d’une théorie de l’État et d’une théorie des classes sociales.

Tout cela semble oublié, comme semble oubliée la notion de suspension de la légalité bourgeoise : cela n’est pas l’objet du débat. Quels que soient ses usages passés, le mot « dictature » est en somme devenu synonyme de « tyrannie » ou de « despotisme », et le mot « prolétariat » évoque désormais bien moins que le « peuple », et même que la classe ouvrière ou les « travailleurs » autour desquels le rassemblement de l’ensemble des couches sociales dominées par les monopoles capitalistes doit se faire.

Un point frappant dans cette explication est dans le choix des régimes politiques évoqués par le mot « dictature ». Georges Marchais parle des dictatures des régimes fascistes du passé et du présent, mais pas de celui auquel l’expression « dictature du prolétariat » ferait spontanément penser les observateurs et les critiques du communisme : la dictature imposée aux peuples d’Union soviétique après la révolution – et singulièrement la dictature stalinienne. Alors que le Parti avait quelques semaines plus tôt reconnu et dénoncé publiquement l’existence de camps de travail en URSS et la répression des opposants, la chose est pourtant claire.

Un précédent : 1964

Dans la mesure où le texte soumis à la discussion du congrès ne comportait pas cette expression, il aurait pu suffire de l’adopter tel quel, sans l’y insérer. Mais une décision explicite apparaissait néanmoins nécessaire parce qu’elle figurait dans le préambule des statuts du Parti adoptés en 1964 au XVIIe Congrès. L’ironie de cette histoire – qui aurait dû relativiser les enjeux du débat – est que la discussion avait déjà eu lieu au Comité central qui préparait ce congrès. Et dès cette époque, même s’il y avait été répondu de façon différente, la question de cette formule avait été posée dans des termes assez voisins.

Ainsi, Pierre Villon – ancien dirigeant de la Résistance armée – avait, à cette époque, proposé d’ajouter, comme le ferait quatre ans plus tard le Manifeste de Champigny, le mot « provisoire », pour parler d’une « dictature provisoire du prolétariat ». Le XVIIe Congrès le suivra sur ce point. Bien sûr, cela ne revenait pas à supprimer l’expression, d’autant que la tradition communiste avait toujours considéré la dictature du prolétariat comme quelque chose de provisoire, mais l’insistance sur ce mot signalait le risque qu’elle soit considérée comme définitive, qu’elle s’identifie avec le socialisme lui-même ; il y avait donc là, fût-ce involontairement, une critique implicite du « socialisme existant ».

D’autres allaient plus loin. Marie-Claude Vaillant-Couturier[3], par exemple, proposait que le mot « dictature » soit simplement remplacé par le mot « pouvoir ». Il s’agissait alors bien d’un « abandon » voisin de celui décidé au XXIIe Congrès. Quant à Jeannette Vermeersch[4], elle donnait un argument qui anticipait celui donné douze ans plus tard par Georges Marchais : « Hitler, disait-elle, a déshonoré le terme dictature ». Elle ajoutait que « cette phase n’est pas obligatoire pour passer au socialisme », citant en exemple le cas des démocraties populaires.

On pourrait certes discuter ce dernier point, dans la mesure où si les « démocraties populaires » dans la forme qu’avait voulu leur donner Dimitrov[5] dans l’immédiat après-guerre sous le nom de « démocratie nouvelle », étaient en effet censées avancer vers la construction du socialisme sans « cette phase », cette proposition avait très vite été inversée, et l’affirmation d’une nécessaire dictature du prolétariat avait été posée par le Kominform. Mais cette argumentation, qui peut sembler surprenante dans sa bouche, n’en anticipait pas moins la réflexion du XXIIe Congrès.

L’ironie est portée au carré si l’on songe que ses propos sont en 1964 dirigés contre le rapporteur de la commission des statuts qui n’est autre que le nouveau secrétaire à l’organisation de l’époque, Georges Marchais : en présentant son rapport devant le XVIIe Congrès, celui-ci objectera fermement à une proposition d’amendement dont il reprendra presque mot pour mot les termes dans sa propre argumentation devant le XXIIe.

La question n’est finalement tranchée que par l’intervention à l’appui de ce dernier de Maurice Thorez en personne, le mari de Jeannette Vermeersch, qui explique alors que « ce serait une faute politique que de renoncer à la dictature du prolétariat ». Ironie au cube, Jeannette Vermeersch dénoncera cet abandon trois ans après le XXIIe Congrès, dans un livre consacré à la critique de l’eurocommunisme[6]… Cette dénonciation exprimera au demeurant une bonne compréhension de ce que l’abandon signifiait réellement : une démarcation à l’égard du système soviétique, une volonté de rupture réaffirmée avec le stalinisme dont elle était notoirement nostalgique.

Longtemps plus tard, pour expliquer « l’abandon » en 2003 par la LCR de cette même expression, le philosophe Daniel Bensaïd, dirigeant et principal théoricien de cette organisation, donnera des explications plus rigoureuses, mais voisines de celles de Jeannette Vermeersch en 1964 et de Georges Marchais en 1976 – mais sans limiter ainsi les exemples de dictatures :

« Le mot dictature n’avait pas aux XVIIIe et XIXe siècles le sens absolument péjoratif qu’il a acquis depuis. Chez Rousseau, par exemple, c’est le mot tyrannie qui joue ce rôle […] Après, vu ce que sont devenues les dictatures staliniennes et autres, et plus généralement l’usage du mot dictature au XXe siècle, après Pinochet et Franco, le mot est devenu inutilisable. »

Explications

Lorsqu’il expose brièvement le ressort théorique de son choix, Georges Marchais se réfère aux classiques du marxisme :

« Sur quoi nous fondons-nous pour définir notre position dans cette question ? Nous nous fondons sur les principes du socialisme scientifique élaborés par Marx, Engels, Lénine. Il s’agit en premier lieu de la nécessité pour la classe ouvrière d’exercer un rôle politique dirigeant dans la lutte pour la transformation socialiste de la société. […] En second lieu, il s’agit de la nécessité de la lutte révolutionnaire des masses pour faire échec aux manœuvres de la grande bourgeoisie. »

En somme, Georges Marchais donne à sa position les raisons qui expliquent précisément pour les auteurs dont il se prévaut – et expliquaient pour le Manifeste de Champigny – la nécessité de la dictature du prolétariat. Quant à l’Union soviétique et son expérience propre, elle est évoquée par une distance qui n’est pas théorisée, pour justifier l’abandon par le simple effet du temps parcouru :

« Dans les conditions de la Russie de 1917, puis de la jeune Union soviétique, la dictature du prolétariat a été nécessaire pour assurer avec succès l’édification du socialisme. Il est juste de dire que, sans elle, la classe ouvrière, les peuples soviétiques n’auraient pu entreprendre ni défendre l’œuvre libératrice sans précédent qu’ils ont réalisée. C’est pourquoi les partis communistes, lorsqu’ils se sont fondés en tirant les leçons de la faillite de la social-démocratie internationale et de la victoire de la révolution d’Octobre, ont, à juste titre, dans les conditions de l’époque, adopté ce mot d’ordre. Le monde a changé. »

On note une confusion dans l’emploi du vocabulaire, où la dictature du prolétariat est dite « nécessaire » dans un premier temps, ce qui suppose qu’elle est à tout le moins un ensemble de pratiques, pour être, quelques lignes plus bas, ramenée à un simple « mot d’ordre ». Cela est assez significatif du flou théorique dans lequel s’effectue cet « abandon ». Il y a là une nouvelle illustration du peu de cas parfois fait de la théorie dans la réflexion politique des dirigeants du parti communiste, où le choix des mots d’ordre et des slogans compte plus que le travail des concepts.

Il y a autrement dit dans ces formules un équilibre extrêmement précaire entre rhétorique et théorie : la question n’est pas posée de ce qu’avait ou non été la dictature du prolétariat dans la jeune Union soviétique, ni de ce qu’avait été son devenir. L’idée d’une suspension de la légalité au profit de la classe ouvrière, de la possibilité de s’affranchir des normes juridiques dans le combat contre les anciennes classes dominantes – qui est le cœur de la théorisation léninienne – n’est pas évoquée. […] Mais cette signification de « l’abandon » n’est même pas esquissée à l’occasion du XXIIe Congrès. De fait, cet « abandon » ne porte que sur une seule chose : l’emploi – devenu quasi inexistant depuis bien longtemps – de cette expression par le PCF. […]

Louis Althusser, qui regrettait que l’on prétende « abandonner un concept comme on abandonne un chien », était au demeurant bien conscient du caractère rhétorique, plutôt que théorique, de cet « abandon », et remarquera qu’il est affirmé de façon paradoxale. Selon lui :

« Le parti communiste français vient d’abandonner officiellement, dans son XXIIe Congrès, la dictature du prolétariat, mais le même congrès a voté à l’unanimité une résolution qui repose toute entière […] sur la dictature du prolétariat, il est vrai sans jamais la nommer. »

L’affirmation est un peu péremptoire, et l’on pourrait penser au contraire que même si la théorisation de l’abandon n’est pas faite, la stratégie du PCF est désormais – comme le répètent à l’envi les délégués au congrès abordant cette question – incompatible avec la dictature du prolétariat y compris dans le sens théorique précis auquel Althusser se réfère.

Cela dit, lorsqu’il prononce ces mots lors d’une conférence sur la dictature du prolétariat donnée à Barcelone le 6 juillet 1976[7], Althusser tient à montrer quel était l’enjeu réel de cet abandon, non pas celui (selon lui impossible) d’un concept, mais celui d’une référence historique qui a peu à voir avec ce concept : la référence aux destinées de la pratique du pouvoir par les communistes russes ; la référence, autrement dit au stalinisme, même s’il n’est pas plus « nommé » que le concept « abandonné » : c’est-à-dire précisément ce sur quoi Georges Marchais ne s’exprime pas ici – alors même que son rapport comporte également une critique de la conception soviétique de la démocratie.

Enfin et surtout, il soulignera l’impasse théorique qu’il voit dans cet « abandon », en tentant de restituer le concept dans son cadre pour montrer que son abandon laisse une place vide qu’il faudra bien remplir d’une manière ou d’une autre. Il est à noter que parallèlement à cette conférence, Althusser écrira un long texte, inédit de son vivant, qui constitue une défense sans ambiguïté du XXIIe Congrès[8]. […]

« À la sauvette »

Il est ainsi permis de douter de ce que, comme l’affirme au congrès la commission des amendements par la voix de Jean Kanapa, l’absence de mention de la dictature du prolétariat relevait d’une réflexion faite de propos délibéré par le Comité central lui-même – dont on ne trouve d’ailleurs pas trace dans ses travaux avant la déclaration télévisée du secrétaire général. Cette commission évoque pourtant « la décision soigneusement pesée du Comité central de ne pas avoir recours à cette notion », ajoutant :

« Cette façon de faire a favorisé la réflexion individuelle et la recherche collective, la liberté de la discussion et le rassemblement des opinions. Et à partir d’un moment, l’intervention du secrétaire général du Parti a encore – comme l’ont dit les camarades – stimulé, impulsé, enrichi les discussions. Bien plus : elle a puissamment contribué à intéresser les masses, l’opinion publique la plus large, à notre congrès, à notre politique. Non, jamais débat ne fut moins organisé à la sauvette que celui-là ! Le résultat de ce débat est là, clair, éloquent, impressionnant : sur 22 705 délégués à nos 98 conférences fédérales, 113 seulement ont voté contre l’abandon de la dictature du prolétariat et 216 se sont abstenus. »

La présentation du déroulement du débat est ici outrageusement faussée : comme on l’a vu, aucune discussion sur cette question n’avait eu lieu avant l’intervention de Georges Marchais à la suite de la contribution parue à dessein le jour même dans L’Humanité. Cette intervention n’avait donc pas « enrichi » la discussion, mais l’avait à la fois, comme on l’a dit, ouverte et refermée – à un moment où la préparation du congrès tirait à sa fin, si bien que presque aucune cellule, presque aucune section n’avait été en mesure de discuter cette question.

En réalité, il est clair que d’un point de vue théorique, cet « abandon » s’est bien fait « à la sauvette » ; il ne repose sur aucune réflexion précise sur le sens qu’avait, dans la théorie ou dans la pratique des révolutions du passé, la dictature du prolétariat. Rien pour dire si c’est sur le fond ou seulement dans le vocabulaire qu’a lieu cet « abandon ». Rien sur la théorie de l’État, de sa destruction puis de son dépérissement, que soutient ce concept et dans laquelle il prend place.

Il est par contre exact – et tel était sans doute le véritable objectif de cette opération – que cette question a « puissamment contribué à intéresser » l’opinion publique aux travaux du XXIIe Congrès. Georges Labica pourra ainsi écrire : « L’expulsion de la dictature du prolétariat réussit ce miracle : nous faire entrer dans l’avenir en nous dispensant de faire le bilan du passé[9]. »

Notes

[1] Cité par Frédéric Heurtebize, in Le péril rouge, PUF, 2014. Entretien avec Charles Fiterman du 6 février 2009.

[2] La Nouvelle Critique, avril 1977, Une conception résolument anti-étatiste : « Les communistes et l’État ». Entretien de Béatrice Henry et Olivier Schwartz avec François Hincker et Lucien Sève, page 10.

[3] Militante très populaire dans le Parti, veuve de Paul Vaillant-Couturier, résistante, déportée à Auschwitz en même temps que Danielle Casanova et témoin au procès de Nuremberg. Elle était l’épouse de Pierre Villon.

[4] Épouse de Maurice Thorez, alors membre du Bureau politique, connue pour son soutien intransigeant à l’Union soviétique et son attachement aux traditions ouvriéristes. Elle démissionnera de la direction en 1968, pour manifester son désaccord avec la condamnation par le PCF de l’intervention soviétique en Tchécoslovaquie.

[5] Prestigieux dirigeant communiste bulgare, ancien secrétaire général du Komintern.

[6] Jeannette Thorez-Vermeersch, Vers quels lendemains ? : De l’internationalisme à l’eurocommunisme, Hachette, 1979.

[7] Texte publié par la revue en ligne Période. http://revueperiode.net/un-texte-inedit-de-louis-althusser-conference-sur-la-dictature-du-proletariat-a-barcelone/

[8] Louis Althusser,Les vaches noires – interview imaginaire, PUF, 2016.

[9] In Olivier Duhamel et Henri Weber, Changer le PC ? PUF, 1979.

vendredi 5 décembre 2025

50 años después. Lo que pudo ser y no fue


El 25 de abril de 1974 se acababa la dictadura en Portugal y se iniciaba la que se conocería como la revolución de los claveles. El 24 de julio de 1974 caía la dictadura en Grecia. La siguiente tenía que ser la dictadura franquista. Franco murió en la cama, pero el movimiento obrero y popular era potente y tenía la iniciativa frente a un régimen agónico. Todo era posible.  

Sin embargo, durante mucho tiempo se ha mantenido la idea de que la democracia existente era el resultado de la acción de ciertas élites y del rey emérito fugado. En sus memorias el caradura del ex rey no tiene reparos para reconocer que su reinado fue una concesión-continuación del franquismo. Cincuenta años después de la muerte del dictador vale la pena reflexionar y tener muy en cuenta que lo que ocurrió no estaba predeterminado, que otros caminos eran posibles y se definieron en una dura lucha entre las clases.

Desde finales de 1971, la lucha obrera y popular no cejó de poner en jaque a la dictadura franquista. En el mes de octubre, en una huelga con ocupación de Seat en Barcelona la policía asesinó a un obrero. Posteriormente hubo huelgas generales en Pamplona, Ferrol y en Vigo, varias huelgas generalizadas en la ría de Bilbao, en Barcelona, tras el asesinato de un obrero en La Térmica, en Valladolid con huelgas en la construcción y en FASA-Renault. A pesar de la represión, condena a muerte a Puig Antich en marzo de 1974, y centenares de detenciones policiales por todo el Estado, la lucha obrera y popular no cesó. El inicio de la revolución en Portugal aceleró las esperanzas en España y alertó a las clases dominantes sobre lo que podía pasar aquí. En julio de 1974 una huelga general sacudió la comarca del Baix Llobregat (Barcelona). En noviembre fue en Navarra y 14 días de huelga y lock out en Seat.

En enero de 1975, nueva huelga de doce días en Seat, con 500 despedidos. Desde el 14 de enero huelga general en Pamplona. En abril se decreta el estado de excepción en Vizcaya y Guipúzcoa y se desata una represión generalizada. En septiembre, una dictadura moribunda ejecuta a 5 militantes de ETA y FRAP. Una huelga generalizada recorre todo el País Vasco y manifestaciones en todo el país. A todas estas acciones obreras habría que sumar centenares, sino miles, de protestas en ciudades y barrios por la carestía de la vida, por la falta de escuelas y asistencia sanitaria o falta de servicios. Además, ya sea por los despidos, la represión policial o las detenciones, la mayoría de las movilizaciones se convierten en protestas políticas contra la dictadura.

Estos hechos, que no son exhaustivos, desmienten la fabulación de que la transición del franquismo fuera una concesión generosa de los de arriba. La historiografía actual ya acepta que fue la movilización popular quien conquistó las libertades y derechos, sin embargo, se sigue negando u ocultando la posibilidad que hubo de avanzar mucho más, de lograr una ruptura o incluso abrir un proceso revolucionario que realmente acabara con los fundamentos y estructura del franquismo. Las concesiones en la transición, la aceptación de la monarquía por el PCE y el PSOE, los pactos que implicaron limitación de derechos y condiciones de vida para las clases trabajadoras, son pesadas cargas que se han ido arrastrando en estos 50 años y siguen presentes hoy en día.     

Tres meses

Pocas semanas después del entierro del dictador la movilización obrera y popular dio un salto impresionante. En 1975 se perdieron por conflictos laborales o políticos más de 10 millones de horas de trabajo. ¡En 1976 fueron más de 100 millones! Durante los tres primeros meses de ese año quien tuvo la iniciativa fueron los trabajadores y trabajadoras que demostraron su disposición a ser los verdaderos protagonistas para enterrar al franquismo.  

En el invierno de 1974-75, la clase trabajadora de Catalunya había estado a la cabeza. La primavera y otoño de 1975 fue la de Euskadi. A finales del año, cuando apenas se había enfriado el cadáver del dictador, tomó el relevo la clase trabajadora de Madrid.

El IPC de la época alcanzó el 34% y el gobierno había decretado la congelación salarial para todo el año 1976. La negociación de los convenios se convirtió en el catalizador de las luchas. A partir del 1 de diciembre (¡diez después de la muerte del dictador!) empiezan los paros en Getafe. El 10 de diciembre las principales empresas están en huelga, “desde ese momento será la asamblea de los representantes de las distintas fábricas la que coordine y dirija la acción”. El 16, la huelga es general en la ciudad. La agitación, con huelgas y manifestaciones, durará hasta el 18 de enero. Entre tanto se ha incorporado el grueso de la clase obrera de la ciudad de Madrid. Las grandes empresas, Standard, Chrysler y el metal encabezan la protesta, a la que se unen la construcción, seguros, banca y artes gráficas, así como Telefónica, Correos y Renfe. El 7 de enero el metro de Madrid se une a la huelga y paraliza la ciudad, días después el gobierno lo militarizará. La movilización se extiende a Alcalá de Henares, Torrejón de Ardoz y San Fernando. Se calcula que en diciembre participaron 150.000 trabajadores y trabajadoras, en enero serán 400.000.

Barcelona tomó el relevo. El 14 de enero la plantilla de Seat se manifestó por el centro de la ciudad por el convenio y la readmisión de los 500 despedidos de la anterior huelga. El día 16 empieza una huelga general en el Baix Llobregat que durará hasta el 29. Del 23 al 27 de febrero la ciudad de Sabadell quedará paralizada por una huelga general.

Asturias también respondió. El 9 de enero empieza una huelga en Ensidesa (8.000 trabajadores) El 22 la minería inicia una huelga que durará hasta el 16 de marzo. La huelga de Duro Felguera de Gijón durará 90 días. Es un movimiento que recorre todo el país. El 24 de febrero la policía mata en Elda (Alicante) al joven Teófilo del Valle que participaba en la huelga del sector del calzado. La respuesta fue una huelga general en el valle del Vinalopó. Fue el primer asesinado por disparo de la policía en la transición. Fueron casi 200 personas las personas asesinadas por la represión policial. Todo menos pacífica fue la transición.

Marzo vivió la impresionante huelga general de Vitoria. Desde el 9 de enero existía un proceso de huelgas y movilizaciones en toda la zona industrial que confluyó en la huelga general del 3 de marzo. La policía reprimió una asamblea de trabajadores y mató a cinco de ellos. La solidaridad se extendió por todo el país. El día 5, la policía mató en Tarragona a un trabajador que se protestaba por los hechos de Vitoria. El 8 de marzo una huelga general paralizó Euskadi y la policía volvió a matar a un obrero en Basauri (Vizcaya).   

La lucha por los salarios y la mejora de las condiciones de trabajo fueron el primer impulso de las movilizaciones, íntimamente ligadas a problemas políticos: acabar con el franquismo y conquistar las libertades, la libertad sindical en particular, la readmisión de los despedidos y la amnistía para los presos políticos.  Valga como ejemplo que los días 1 y 8 de febrero de 1976 se desarrollaron en Barcelona manifestaciones, que desbordaron la represión policial, exigiendo libertad, amnistía y estatuto de autonomía. ¿Era una lucha política? Sin ninguna duda. En la dictadura luchar por salarios dignos ya era una lucha política que te enfrentaba al patrón, a la policía y a las leyes antiobreras. Además, esas movilizaciones se producían en unas condiciones de agonía del régimen, de búsqueda de alternativas políticas. El drama fue que la posibilidad de un cambio real y profundo, de una ruptura o de un proceso revolucionario, fue traicionado por un acuerdo entre los franquistas y los dirigentes del PCE y del PSOE para conquistar ciertos derechos y libertades, mientras se mantenía la monarquía y buena parte de la estructura franquista del poder. Durante esos tres meses estuvo en el aire la posibilidad de elegir un camino diferente.   

No es un invento ni una construcción ideológica, sino la explicación del desarrollo de los acontecimientos. Años después, Ramón Tamames, que fue dirigente del PCE y de la Junta Democrática (un acuerdo entre el PCE y algunas organizaciones y personalidades antifranquistas) escribió: “En enero de 1976 la Junta quedó sentenciada. En la sesión que en ese mes se celebró en París -y con escasa oposición- Carrillo (secretario general del PCE de la época) impuso su idea de atenuar las movilizaciones con el propósito de entrar en contacto con el régimen para pactar. La ruptura quedaba en entredicho, y con ello empezaba el final del experimento de la Junta”.

Mientras la clase trabajadora y amplios sectores populares pugnaban por acabar con el franquismo, por arriba se abría la negociación con los franquistas.

Sabadell

Un ejemplo de la distancia que se fue abriendo entre la movilización obrera y popular y las propuestas políticas fue la huelga general en Sabadell. Del 23 al 27 de febrero de 1976 la clase obrera de Sabadell se hizo dueña de la ciudad. El periodista Xavier Vinader (1947-2015) publicó un libro con las notas tomadas durante los acontecimientos de esos días. Lo tituló Quan els obrers van ser els amos (Cuando los obreros fueron los amos) que refleja muy bien lo que ocurrió en la ciudad.

Fue una huelga general que reunió todos los ingredientes de un levantamiento popular contra el franquismo, y en particular contra el alcalde franquista de la ciudad. La clase trabajadora tuvo la iniciativa y la dirección del movimiento. A pesar de la represión (uno de los desencadenantes fue una carga policial contra niños y sus familiares que protestaban en solidaridad con los maestros en huelga) se logró imponer grandes asambleas en las pistas de atletismo de la ciudad. En la protesta participaron prácticamente todos los sectores sociales, enseñantes, bancarios, pequeñas industrias y comercios y las mujeres tuvieron un papel esencial, tanto en las empresas como en la solidaridad ciudadana.     

La huelga fue un éxito total. Los detenidos fueron puestos en libertad, los despedidos readmitidos, se consiguieron mejoras salariales y las autoridades franquistas destituyeron al alcalde… pero, a los obreros y obreras, y la población en general, que habían sido dueños de la situación no se les ofreció otra perspectiva que la reconciliación con los franquistas que defendían los dirigentes del PCE y del PSUC, y quienes defendían la ruptura y la revolución no tuvieron suficiente fuerza o argumentos para convencer. No fue un problema de falta de decisión de las clases trabajadoras.

Algunos franquistas temían más por el futuro y Fraga (entonces ministro de Gobernación y luego fundador del PP) denunció esa huelga como el intento de “ocupación de la ciudad, como la de Petrogrado en 1917 (para) que perdida la calle (la famosa calle cuya seguridad debe garantizar todo gobierno digno de este nombre) diera paso a un gobierno provisional, como en 1931”. Temían un futuro republicano y/o revolucionario (como se estaba viviendo en Portugal) mientras que los dirigentes “comunistas” y “socialistas” solo pensaban en un arreglo.

Dos semanas después fue aún más claro en los sucesos de Vitoria. La represión no impidió que la ciudad, y prácticamente toda Euskadi, estuviera determinada por las clases trabajadoras movilizadas. Porque en todo ese proceso las libertades se fueron imponiendo en la calle. En las huelgas se elegían comisiones inter-ramos (Sabadell) comisiones representativas (Vitoria) delegados de las asambleas de obra (construcción de Barcelona) como incipiente expresión organizada y alternativa. Un trabajador de Talleres Velasco de Vitoria explicaba que una de las principales características de la huelga había sido la consideración de las asambleas “no como mero órgano de información, sino como órgano de decisión y futuro órgano de democracia obrera”.

Aunque estos primeros meses de 1976 fueron decisivos, todavía se presentaron otras ocasiones de dar un giro a la situación, especialmente en torno a la huelga de Roca en Gavá (Barcelona) que duró desde el 9 de noviembre de 1976 hasta el 11 de febrero de 1977 y, sobre todo tras la matanza de Atocha en la que cinco abogados laboralistas perdieron la vida asesinados por pistoleros fascistas. Pero los lazos entre los franquistas, la monarquía y los dirigentes del PCE y PSOE ya se habían estrechado lo suficiente como para abortar un proceso de ruptura o revolucionario.

No se trata de una reflexión melancólica sobre lo que no se logró, sino una manera de recordar que la historia que escriben los vencedores podía haber transcurrido por otras vías, que no está escrita por anticipado, sino que siempre es el resultado de una lucha y que lo importante es aprender y estar preparados para nuevas ocasiones. Lleguen cuando lleguen.

Sindicalista. Es miembro del comité de redacción de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 29 de noviembre 2025

vendredi 31 octobre 2025

C'était un rendez-vous (Claude Lelouch, 1976)

 

 

Après un tournage, il restait a Claude Lelouch 11 minutes de pellicule, il a donc décidé d'attacher la camera a l'avant de sa Mercedes et il n'a même pas utilisé les 11 minutes mais 8 minutes, et la femme qu'il rejoint a la fin est sa propre épouse. 

Après la diffusion de ce film, Claude Lelouch a été convoqué à un commissariat pour se faire retirer son permis. Un agent de police lui a effectivement retiré son permis, puis lui a rendu quelques secondes plus tard en lui disant : "je m'étais engagé a vous retirer votre permis mais pas à le garder".

Filmé à 5h30 le 15 août 1976, alors que Paris était complètement déserte en août.

Moment très risqué à 3mn 30 : feu rouge et visibilité nulle au carrefour des Guichets du Louvre et de la rue de Rivoli. Un observateur avait été posté à cette intersection avec une radio bidirectionnelle et avait pour instruction de prévenir le conducteur de la présence de véhicules. Malheureusement, les radios sont tombées en panne, ce qui signifie que si un véhicule avait traversé cette intersection, cela aurait provoqué un accident terrible. Heureusement, il n'y en a pas eu et le reste appartient à l'histoire.

    

mercredi 22 octobre 2025

Informe general sobre algunas cuestiones de interés para una proyección pública (Pere Portabella, 1976)

 Titre : Rapport général

Dans une Espagne exsangue, Informe general… recueille la parole de représentants politiques de tous horizons et envisage les étapes de la reconstruction après la mort de Franco. Les uns après les autres, ceux qui auront bientôt la responsabilité des affaires du pays répondent à la seule question qui les obsède alors : "Comment passe-t-on de la dictature à la démocratie ?" Ce film constitue la synthèse des films clandestins et ouvertement politiques de Pere Portabella en abordant tantôt sur le mode de la fiction, tantôt sur celui du documentaire les grandes questions de l’Espagne de 1976.

 Voir le film

mardi 23 septembre 2025

El Anacoreta (Juan Estelrich, 1976)

                                                 MEJOR CALIDAD --> m.ok.ru/video/4540752923273