FUENTE https://www.diario-red.com/articulo/cultura/eloy-iglesia-autodestructivo-cineasta-que-pce-indigencia/
Gaizka Urresti estrena ‘Eloy de la Iglesia, adicto al cine’,
documental que homenajea a uno de los directores más populares y osados
del cine español
La imagen que más
impacta de las descritas por los entrevistados en este documental es la
de uno de los directores más taquilleros de la historia del cine español
rebuscando en la basura en una calle madrileña. Lo llevó allí “la dama
blanca”, que es como se conocía a la heroína. En una entrevista de Ángel
Casas, Eloy de la Iglesia, demacrado y sin dientes, llegó a confesar
que en menos de tres años se había pulido todo su dinero metiéndoselo en
vena. Estamos hablando de la friolera más de cuarenta millones de
pesetas de la época.
Como recuerda uno de los entrevistados de este documental, Eduardo
Fuembuena, el mayor conocedor de la vida y obra de Eloy de la Iglesia,
fue el Partido Comunista de España el que le ayudó a no acabar en la
calle, aunque el cineasta llegó a dormir en bancos más de una noche.
Gracias a Juan Antonio Bardem y a Roberto Bodegas, el partido se
preocupó por la gestión de los derechos de autor de sus películas y
porque tuviese una asignación mensual. El problema fue que, aun así, el
director, amigo de la autodestrucción, se gastaba el dinero en las
tragaperras.
De la Iglesia no fue un ejemplo a seguir porque no solo cometió la
insensatez de caer en la heroína (se enganchó en 1983, al igual que su
amigo y coguionista Gonzalo Goicoechea), sino en romantizar al navajero
yonqui, que tenía muy poco de Robin Hood y supuso un auténtico infierno
para sus familias. Lo he vivido en persona, en el Bilbao de mi infancia,
espacio de las inolvidables El pico y su secuela.
Eloy de la Iglesia se presentaba como comunista, director de cine y maricón
A pesar de este romanticismo del yonqui y el quinqui, el director
nacido y criado en Zarauz, en una mansión de gente rica de origen
gallego que le pagó sus primeras películas (así de rica era) es uno de
los cineastas más rompedores y valientes que ha tenido el cine español
en toda su historia, un tipo marcado por su adicción, pero, como él
decía, también comunista, director de cine y maricón.
Eloy De la Iglesia era demasiado joven cuando tuvo la epifanía de
rodar películas y no tenía la edad requerida para entrar en la Escuela
de cine, pero tras estudiar cine en París logró rodar, en 1966, Fantasía… 3,
una cosita infantil que pudo hacer gracias a José María García
Escudero, director general de Cinematografía y Teatro que no era amigo
de la censura franquista y apoyó a muchos nuevos cineastas. Resulta más
que alucinante que un director que se hizo famoso por tratar en el cine
la homosexualidad, la violencia policial o el consumo de drogas debutase
adaptando cuentos de Hans Christian Andersen, los hermanos Grimm o L.
Frank Baum.
Algunos de los temas medulares de De la Iglesia (el sexo y la muerte y
la represión sexual, religiosa y política) no tardaron en aparecer en La semana del asesino,
guion que fue rechazado dos veces por la censura y sufrió 64 cortes en
el metraje, entre ellos escenas homosexuales entre Vicente Parra y
Eusebio Poncela (estamos hablando de 1972, imaginen la valentía que
supone hacer esta película tres años antes de la muerte del dictador).
La octava película del director vasco, Juego de amor prohibido,
sórdida y antiestética, también demostró que tras su truculencia y su
nada disimulado gusto por rodar con actores a veces demasiado jóvenes, a
De la Iglesia también le gustaba colar sus ideas políticas. En aquel
caso sobre la decadencia de la clase dirigente franquista y un enfermo
régimen que se desmoronaba.
Además de La criatura, filme sobre relaciones zoofílicas y de pésimo gusto, en 1977 estrenó Los placeres ocultos,
que por primera vez en el cine español presenta sin complejos a un
protagonista homosexual, un ejecutivo de banca con dinero al que le
gustan los jóvenes y sufre la represión que conlleva su condición
sexual. El filme, que tuvo el arrojo de mostrar los apestosos urinarios
públicos en los que se ligaba o se ejercía la prostitución, fue
secuestrada por la censura de la “ejemplar transición”, algo que produjo
las protestas en medios como el diario El País o la revista Fotogramas.
'El diputado' expone que también los partidos de izquierda podían ser reaccionarios
Con El sacerdote, también con Simón Andreu, De la Iglesia
quiso cruzar todos los límites para provocar aún más. La historia de un
sacerdote que no puede reprimir sus instintos sexuales es
sensacionalista y contiene escenas de un gusto atroz, como la de unos
niños desnudos practicando sexo con una oca. La crítica fue demoledora
con ella. Pedro Crespo habló en el ABC de “un nuevo engendro fílmico que
ensancha esa vía particular de cursilería melodramática,
erótico-sociológico-política que con tanta insistencia cultiva Eloy de
la Iglesia”. Fernando Trueba, en El País, escribió que “el mayor
defecto, el menos perdonable, del cine de De la Iglesia son sus
personajes. Arbitrariamente construidos para servir a los didácticos
objetivos de sus historias, sus personajes no resultan nunca creíbles,
verdaderos”. De la Iglesia, que era muy aficionado a poner motes,
despreciaba a Trueba y lo apodaba Bizconti por su estrabismo.
La biblia de su cine es El diputado, historia de un
militante clandestino de un partido de izquierdas durante el franquismo
que es elegido diputado en las elecciones de 1977, es víctima del
chantaje de ultraderechistas que lo amenazan con revelar su
homosexualidad y hasta su partido le da la espalda. Con ella De la
Iglesia, marxista, volvió a demostrar que le iba a la marcha porque
provocó hasta al PCE, del que era militante, como su amigo Juan Diego.
La cúpula del partido no vio con buenos ojos la película y hasta Juan
Antonio Bardem, que acabó participando en el filme, mostró su rechazo
inicial por ella, algo que fue duro para De la Iglesia, que entendía su
cine como un servicio al PC y una forma popular y directa de cambiar, en
la llamada transición, a la sociedad.
El diputado, que llegó a estrenarse en los Estados Unidos,
habla de que no solo hay que liberar al obrero, también al individuo. Su
protagonista, Roberto Orbea, lucha por su partido y país en la
clandestinidad, pero no puede expresarse en su privacidad ni mostrar
libremente su sexualidad, se le obliga a ser recto y heterosexual. La
película expone, en fin, que también los partidos de izquierda podían
ser reaccionarios.
Los últimos minutos de Eloy de la iglesia, adicto al cine
son inevitablemente tristes. En ellos Gaizka Urresti habla del otro gran
arrebato del director: el descubrimiento de José Luis Manzano. El
director mandó buscar a un chaval de la calle que cumpliera las
características físicas del Jaro y sus ayudantes encontraron en los
billares Victoria, regentados por chaperos, a Manzano, que entonces era
menor de edad.
Las películas de quinquis y el mundo marginal, pobre y atrasado de De la Iglesia no gustaban al PSOE
Como recuerda el director Antonio Hens en el documental, tras el
flechazo llegó el pacto: él lo mantendría y lo transformaría a lo Pigmalión,
pero a su vez llegó la bajada a los infiernos: los dos se engancharon a
la heroína y Manzano acabó muerto en el cuarto de baño del piso de De
la Iglesia por una sobredosis y con signos de violencia en su cuerpo
(algo que elude el documental). Según el informe forense, la causa de su
deceso “fue de naturaleza violenta, habiéndose encontrado los
principios de la heroína y de otros tóxicos en su sangre, orina y
órganos vitales”. Nadie sabe qué pasó aquella noche, pero fue algo
espantosamente oscuro.
A esta debacle personal se unió que las películas de quinquis y el
mundo marginal, pobre y atrasado de De la Iglesia no gustaban al PSOE,
que pretendía vender una España irreal, más progre y moderna. El PSOE
era más de Carlos Saura, miembro de la élite cultural y que ganó el Oso
de Oro a la Mejor película en el Festival de Berlín con Deprisa, deprisa,
la película quinqui oficial. Ese era el cine que quería subvencionar
Pilar Miró, primera mujer en ocupar la Dirección General de
Cinematografía que acabó, mediante la Ley Miró, con el cine que hacía
Eloy De la Iglesia, un cine antisistema, urgente y encima muy
taquillero. El PSOE buscaba un cine más académico y de prestigio, más La colmena o Luces de bohemia y menos Navajeros o La estanquera de Vallecas,
que De la Iglesia y Manzano (incapaz de vocalizar y doblado por
Fernando Guillén Cuervo) rodaron enganchados y en condiciones penosas.

Fue precisamente su amigo Guillén Cuervo quien le apoyó como pocos.
También lo hicieron Pedro Olea y Diego Galán, director del Festival de
San Sebastián, que en 1996 hizo una retrospectiva de su cine, diez días
que le hicieron, según sus palabras, recordar que estaba vivo. En esos
felices días también tomó la decisión de intentar volver a ponerse
detrás de una cámara y lo hizo siete años después con una pésima
película: Los novios búlgaros, protagonizada por Guillén Cuervo
y sobre los prostitutos del Este en el Madrid de principios de los
2000. Volvía a los chaperos y al lumpen, a su mundo.
Eloy de la Iglesia nunca tuvo nada que ver con el cine español oficial, académico, de festival
Eso sí: no consideró Los novios búlgaros su testamento,
quería seguir haciendo cine, pero murió a los 62 años por una
negligencia médica. Atrás dejaba un cine hecho con las tripas y la polla
más que con el cerebro, filmes tan punkis como técnicamente precarios.
Rodó sus películas demasiado deprisa, no fue un gran director de actores
y sus doblajes fueron infames, pero conoció como nadie al público y no
pretendió ir a Cannes, sino llenar butacas. Y nunca tuvo nada que ver
con el cine español oficial, académico, de festival. Solo por eso, y por
lo mosca cojonera que llegó a ser, Eloy de la Iglesia siempre nos caerá
bien.