Con Miguel Riera de El Viejo topo :
Con Miguel Riera de El Viejo topo :
FUENTE https://www.jotdown.es/2024/03/frente-de-liberacion-popular-guerrilla-1

Papá cuéntame otra vez ese cuento tan bonito
de gendarmes y fascistas, y estudiantes con flequillo.
Y dulce guerrilla urbana en pantalones de campana
y canciones de los Rolling y niñas en minifalda.Papá cuéntame otra vez todo lo que os divertisteis
estropeando la vejez a oxidados dictadores.
Y cómo cantaste «Al Vent» y ocupasteis la Sorbona
en aquel mayo francés en los días de vino y rosas.(«Papá cuéntame otra vez», de Ismael Serrano)
Aunque parezca el comienzo de una película de James Bond, lo relatado a continuación es un hecho real y forma parte de la historia de España.
El día 14 de mayo de 1962, los príncipes Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia contrajeron matrimonio en Atenas (Grecia). Se celebraron dos ceremonias religiosas. La primera por el rito católico en la catedral de Dionisio Areopagita a las diez de la mañana. Dos horas después, en la catedral de la Anunciación de Santa María, se llevó a cabo la ceremonia ortodoxa. Acudieron ciento cuarenta y siete invitados entre los que había miembros de veintisiete casas reales de todo el mundo. El dictador Francisco Franco mandó a su ministro de Marina como representante del gobierno y miles de españoles monárquicos se desplazaron hasta la capital griega para festejar el enlace. Hasta aquí la historia es de sobra conocida y se puede consultar en la hemeroteca de los periódicos y en varios libros. Lo que no era de dominio público hasta hace pocos años es que, entre los invitados oficiales por parte del novio, acudió al evento un peligroso revolucionario español perteneciente a un grupo subversivo de la izquierda política española más radical. A buen seguro, el príncipe Juan Carlos desconocía la doble vida de su invitado y amigo.
Nuestro hombre, unos días antes de la ceremonia, se encontraba en la antigua Yugoslavia, entonces un país comunista. A sus padres les había contado que residía en Ginebra (Suiza) ampliando sus estudios sobre Economía, carrera universitaria que había terminado con buenas notas. Al país eslavo lo había enviado el grupo político al que de forma secreta se había unido cuatro años antes. Junto a un nutrido grupo de militantes de ideología comunista de otros países (algunos del tercer mundo y la mayoría prosoviéticos), el activista español aprendía técnicas para la revolución de sus anfitriones yugoslavos; entre ellas, métodos de falsificación de documentos, teorías para la reforma agraria y planificación económica al estilo marxista.
Gracias a las buenas novelas de espías, se sabe que la existencia de quienes viven en la clandestinidad o llevan una doble vida es complicada. Desde una vida anodina, como la que nos ha tocado al común de los mortales, es difícil hacerse una idea de los pensamientos que cruzan por la mente de estos activistas encubiertos; más aún viviendo una situación tan estresante como aquella de la boda real. Cuando, por ejemplo, en pleno cocktail de la celebración nupcial y con un canapé de salmón en una mano, el revolucionario llevara con la otra una copa de champan francés a sus labios ¿se sentiría culpable recordando a los pobres y explotados jornaleros del campo andaluz? En el caso de que sintiera una punzada de ansiedad a causa de las injusticias sociales, ¿calmaría su inquietud pensando que, gracias a sus compañeros de lucha y a él, la opresión de la famélica legión llegaría en breve a su fin? En el supuesto de que hubiera sacado a bailar a una joven y bella princesa centroeuropea, ¿pondría toda su atención en no pisar los delicados pies de aquella descendiente del último emperador austrohúngaro o, al admirar su estilizado cuello, no podría evitar acordarse de la guillotina, aquel mecanismo que de forma tajante e inapelable impartió justicia en los tiempos de la revolución francesa?
Tras el triunfo en 1959 de la revolución cubana, el grupo insurgente al que pertenecía nuestro revolucionario había decidido incorporar la lucha armada a su catálogo de métodos para cambiar la sociedad y hacer caer el franquismo. Cambiar en pocas horas el entorno marxista y austero de la revolución por el lujo de los palacios y las bodas reales hizo darse cuenta a nuestro joven aventurero que sus días transcurrían con emoción e intensidad. Tenía veintidós años y la vida era excitante. El futuro estaba en sus manos.
Nuestro héroe se llama José Luis Leal, tiene ochenta y cuatro años y acaba de publicar sus memorias. Después de abandonar la lucha subversiva llegó a ser ministro de Economía en uno de los primeros gobiernos de la democracia y presidente de la Asociación Española de Banca.
Introducción
La historia de los movimientos revolucionarios españoles de los años 60 y 70 del siglo pasado es el relato de un fracaso: el dictador murió en la cama y España —que en 1978 adoptó la democracia como sistema político— continuó siendo un país capitalista en el que los poderes fácticos y los clanes familiares y económicos tenían (y siguen teniendo) demasiado poder e influencia.
En numerosos trabajos históricos sobre aquellos años se argumenta que estas organizaciones subversivas, a pesar de no conseguir sus objetivos, contribuyeron con su rebeldía a la llegada de la democracia a nuestro país. Entre los jóvenes que pertenecieron a estos movimientos hubo algunos que se jugaron la vida (y unos cuantos la perdieron), la integridad física, la libertad y el futuro laboral o social. También los hubo que arriesgaron poco, hablaron mucho y, pasado el tiempo, se colocaron medallas antifranquistas que no les correspondían. Incluso los hubo que, como dice la letra de la canción de Ismael Serrano, se divirtieron, ligaron con chicas e hicieron contactos que con la llegada de la democracia utilizaron para obtener un buen empleo o un cargo político y un salario de por vida.
A continuación, se relatan las andanzas de un grupo de jóvenes idealistas que se integraron en el Frente de Liberación Popular, el «Felipe». Su historia está llena de aventuras, anécdotas divertidas y desgracias. Fueron solo once años los que el Frente se mantuvo en activo (1958-1969), pero dicho periodo dio mucho de sí.
1. El curso del 56
El Sindicato Español Universitario (SEU) fue fundado en 1933, durante la Segunda República, bajo el amparo de Falange Española. Tomando como ejemplo el fascismo italiano, su principal objetivo era controlar ideológicamente la universidad. Durante las primeras décadas de la dictadura, nadie movía un dedo en la universidad española sin que el SEU lo supiera y lo autorizara. En los años cincuenta, primero tímidamente y luego de forma más decidida, algunos estudiantes comenzaron a moverse fuera del control del sindicato fascista. Estos jóvenes cuestionaban las verdades impuestas por el franquismo; eran mayoritariamente hijos de vencedores de la guerra civil y pertenecían a las primeras generaciones de españoles que no habían vivido la contienda.
Tampoco los estudiantes falangistas estaban conformes con la situación política. A pesar de que el SEU era el único sindicato de estudiantes autorizado por el gobierno franquista, en 1954 la policía tuvo que disolver violentamente una manifestación convocada por esta organización. Protestaban porque Franco no había puesto en marcha la reforma agraria y la nacionalización de la banca, proyectos que formaban parte del programa fundacional de Falange.
En 1955, el profesor de Psicología Experimental de la Universidad Complutense de Madrid José Luis Pinillos dirigió una encuesta entre los estudiantes madrileños. Los resultados sorprendieron a las autoridades de la universidad y alertaron al régimen franquista: el 82 % de los universitarios no tenían confianza alguna en las élites dirigentes; el 85 % consideraba «inmorales» a los gobernantes y el 74 % los tildaba de «incompetentes». En el capítulo dedicado a las Fuerzas Armadas, el 90 % de los consultados los consideraba «ignorantes, burócratas e inútiles» y para el 48 % eran «brutales, libertinos y bebedores». El 70 % de los encuestados consideraba que el compromiso social de la Iglesia era insuficiente y, por último, a la hora de mostrar las preferencias por una forma de Estado, el 30 % optaba por la monarquía, el 30 % por la república y solo el 10 % por una dictadura militar. El 20 % se mostraba indiferente. Solo un 10 % de los entrevistados se manifestaba como falangista1.
1956 fue el año en que la tensa paz en la universidad saltó por los aires. Los estudiantes de izquierdas y los monárquicos (que era entonces una manera de oponerse al régimen), que no respetaban la autoridad de SEU, comenzaron a hacer oír su voz. Con motivo del fallecimiento en octubre del 55 del filósofo Ortega y Gasset (a quien el régimen nunca tuvo mucho aprecio) se le organizó un homenaje en el entorno del Congreso de Escritores Jóvenes. Finalmente, este congreso se canceló por orden de la autoridad. En febrero varios estudiantes comunistas redactaron un manifiesto contra el SEU; se imprimieron numerosas copias y se distribuyeron en todas las facultades de Madrid. En el escrito no se citaba el nombre del SEU, pero quedaba claro a quién se echaba la culpa de todos los males de la universidad:
(…) la organización que hoy se atribuye cada día de un modo más ilusorio al monopolio del pensamiento, de la expresión y de la vida corporativa de la vida universitaria en el aspecto profesional, social, cultural e internacional, posee una estructura artificiosa que o no permite o tergiversa la auténtica manifestación y representación de los universitarios.
El documento denunciaba el «divorcio» entre la universidad real y la oficial:
Este divorcio explica muy bien la esterilidad y los fracasos cosechados en el terreno intelectual, deportivo y sindical, fracasos que nos humillan en todo contacto internacional ante los estudiantes de otros países.
En la parte final del texto se convocaba un Congreso Nacional de Estudiantes para abril de ese mismo año, y se solicitaba la celebración en marzo de elecciones libres de representantes.
Aquel manifiesto era un torpedo lanzado directamente a la línea de flotación del SEU. Los estudiantes falangistas, que se consideraban más varoniles y eran más echados para adelante que todos aquellos «traidores» comunistas y «afeminados» monárquicos, no iban a consentir una falta de respeto como aquella. Durante los primeros días de febrero se produjeron violentos enfrentamientos entre los miembros del SEU y los estudiantes partidarios de la apertura. La policía intervino con violencia para frenar las agresiones. En los altercados se produjeron graves destrozos en las dependencias de la universidad, numerosos contusionados y un falangista herido por arma de fuego.
El régimen acabó cortando cabezas y destituyó al rector, al ministro de Educación y al secretario general del Movimiento. A partir de ese momento el SEU perdió su hegemonía y los estudiantes entendieron que tenían poder, que podían influir en la marcha de la política en España. El SEU se desmontó en 1965. Los cabecillas de las movilizaciones del 56 fueron Enrique Múgica, Javier Pradera, y Ramón Tamames2.
2. Creación del Frente de Liberación Popular
Yo a Julio le caí muy bien y conmigo lo pasaba divinamente. Siempre andábamos en su coche, un Jaguar que él conducía sin manos muy pintorescamente a 140 o 150 Km/hora, y Antonio, el cura, le decía: «Julio sábete que estoy en pecado mortal, y es responsabilidad tuya si voy al infierno. Haz el favor de parar, no corras tanto». Julio se reía y seguía corriendo. Siempre estábamos de comilonas por ahí, pasándonoslo muy bien.
(José María González Muñoz, que participó de las primeras reuniones del FLP, sobre Julio Cerón, en entrevista con Julio Antonio García Alcalá)3
Animados por los altercados en la universidad del año 56 y liderados por Julio Cerón, diplomático católico y hombre extravagante, un grupo de intelectuales y sacerdotes de asociaciones cristianas como la Juventud Obrera Católica (JOC) y la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) formaron un nuevo grupo político. El Evangelio, la dotrina social de la Iglesia y la lectura de libros entonces prohibidos cimentaron el edificio ideológico de la organización. Decepcionados por los partidos que como el PCE lideraban la lucha antifranquista, llegaron a la conclusión de que tenían la fórmula mágica para redimir a la sociedad española: marxismo + cristianismo = justicia social y libertad.
Julio Cerón, como diplomático, había visitado la URSS y la China Comunista y se había entrevistado con personajes destacados de la izquierda internacional. Inquieto intelectualmente y cercano a los nuevos grupos cristianos, Cerón se puso en contacto con los hermanos Juan y Lorenzo Gomis (este último director de la revista cultural El Ciervo, impulsada por la Asociación Católica Nacional de Propagandistas). Además de con los Gomis, habló «asediándolo a telefonazos» con Jesús Ibáñez (que había pasado por la cárcel debido a los altercados de 1956); con José Ramón Recalde, abogado donostiarra, con el arquitecto Joaquín Aracil, con el sociólogo Francisco Díaz del Corral y con el matemático Ernesto García Camarero. También estaban entre los primeros contactos el abogado y sociólogo Ignacio Fernández de Castro, el estudiante Fernando Martínez Pereda y el sacerdote Antonio Jiménez Marañón. Con todos ellos —y tras dos reuniones en un convento y en una iglesia— fundó Cerón en 1958 el Frente de Liberación Popular (FLP) o también conocido como el «FELIPE». El nombre fue idea de Jesús Ibáñez y estaba inspirado en los frentes de liberación de países como Argelia y Vietnam que entonces estaban de moda entre la progresía politizada nacional. Entre los miembros fundadores usaban «la fiesta» como nombre en clave para referirse al Frente. Como sede para las operaciones clandestinas alquilaron un piso en la calle Alonso Cano del centro de Madrid, y en él instalaron una multicopista construida chapuceramente con rodillos de lavadora. En la jerga particular de la organización a la copiadora la llamaban «lavadora» y al hecho de editar propaganda política, «lavar». En otras organizaciones clandestinas a estas multicopistas se las llamaba «vietnamitas» debido a que las octavillas impresas con estas rudimentarias máquinas eran utilizadas por el Vietcong durante la guerra contra los norteamericanos en el país asiático. El FLP era original hasta para esto4.
Las primeras captaciones de activistas se hicieron en la universidad. Juan Tomás de Salas (más tarde editor del periódico Diario 16) contaba así su entrada en la organización:
Íbamos desde el CEU, cerca de la Ciudad Universitaria, hacia el centro de Madrid, camino de la Facultad de Derecho. Conmigo, Nicolás Sartorius, José Luis Leal y no sé si alguno más. En las proximidades de San Bernardo (sede entonces la Facultad de Derecho) empezamos a notar agitación callejera. Multitud de estudiantes lanzaban consignas en la calle. La policía y sus colaboradores del interior ejercían con dureza la represión. Alguien se dirigió a nosotros: «Son los fascistas de dentro -gritó- tened cuidado». Era la primera vez que veíamos a fascistas uniformados, por supuesto de azul, ejercitando directamente la violencia. Vino entonces un estudiante hacia nosotros. Era un amigo, creo recordar que Paco Montalvo: «Venid conmigo». Y nos llevó hasta un café cercano que era al parecer un refugio cercano. Allí nos presentó a otro amigo, mayor que nosotros. «Julio Cerón», nos dijo. Poco después ingresábamos los tres, Sartorius, Leal y yo, en el Frente de Liberación Popular.5
José Luis Leal, estudiante de Económicas, describe así en sus memorias la prueba de acceso para nuevos miembros en el FELIPE:
El acto formal de adhesión (al Frente de Liberación Popular) tuvo lugar una tarde de primavera, poco después de la puesta de sol. Mi contacto me citó en una calle de Madrid advirtiéndome de que era preciso que fuese en el coche de mi familia. (…) Después de recogerle estuvimos dando algunas vueltas por Madrid hasta que, tras mirar su reloj, el contacto me dijo: «Vamos a la esquina de Menéndez Pelayo con O´Donnell». Seguí sus instrucciones. Luego me ordenó «Para aquí». Paré y en ese momento un individuo penetró en la parte trasera del vehículo y dijo: «En marcha, sigue por esta calle». Seguimos unos metros en silencio, tras lo cual mi misterioso interlocutor dictaminó: «Da una vuelta a la manzana y aparca en primer sitio que encuentres en O´Donnell». Así lo hice y, tras detener el automóvil, comenzó el interrogatorio después de haberme conminado a que no volviere la cabeza. «¿Qué piensas de la revolución de Fidel Castro?», «¿Qué estás dispuesto a dar por la causa?». Respondí lo mejor que pude y, antes de llegar al final de la conversación, mi interlocutor me explicó de manera condescendiente que en otras organizaciones se propinaba una paliza al futuro miembro para comprobar si tenía condiciones para resistir un interrogatorio de la policía. En el tono de voz se notaba cierta admiración hacia esas organizaciones, dando a entender que aquella era la manera adecuada de proceder y que si no se practicaba en el FLP era por temor a la falta de entereza de los estudiantes.6
Juan Antonio Ortega Diaz-Ambrona, en Memorial de Transiciones (1939-1978) define a los felipes: «Románticos, ingenuos, innovadores y heterodoxos y tal vez fueran un poco de todo eso. Algo caóticos, a veces, y faltos de un programa definido. No quisieron estar en una formación monolítica y homogénea. Se sentían más a gusto conviviendo con seguidores de distintas corrientes socialistas, creyentes y ateos, sindicalistas y líderes universitarios, dentro del ámbito nuevo, cambiante y en ocasiones muy poco seguro que se exploraba en Europa, «la nueva izquierda»».
En 1956, en el congreso celebrado en Praga, el Partido Comunista había decidido utilizar una nueva vía para conseguir sus fines. El PCE venía de una larga travesía por el desierto. En 1947 el comisario Roberto Conesa, temido por sus brutales interrogatorios en los que utilizaba todo tipo de torturas, había conseguido infiltrar agentes en la organización. Con aquella operación se hicieron más de dos mil detenciones que después de los juicios resultaron en un total de 1744 años de penas de cárcel y 46 condenados a muerte. Esta nueva estrategia antes citada se bautizó como «Reconciliación nacional». Después de haber intentado derrocar a Franco mediante la lucha armada en los años cuarenta, el PCE optó por la lucha política abandonado los métodos violentos. Huelgas, manifestaciones y propaganda fueron sus instrumentos de movilización popular. La fundación del FLP puso en cuestión a los partidos que según Cerón habían fracasado en la lucha contra la dictadura. Al PCE se le consideraba pactista y reformista. El FLP, nada más nacer y sin consultar a nadie, se colocó ideológicamente a la izquierda del Partido Comunista. Según los jóvenes integrantes del Frente, el Partido Comunista estaba burocratizado y era demasiado dependiente del exterior (donde vivían sus dirigentes) y estas circunstancias le restaban eficacia en la lucha. Como respuesta a los partidos clásicos, el Frente se lanzó como una organización abierta y ecléctica. En su seno se permitía la heterodoxia ideológica y era habitual oír en sus debates internos frases como: «yo soy luxemburguista» o «yo soy guevarista». Enemigo de comités centrales, estructuras encorsetadas y un tanto excéntrico de carácter, Julio Cerón, máxima autoridad reconocida por todos los jóvenes integrantes del Frente, se nombró a sí mismo «pontífice organizativo».7
«Nos proponíamos nada menos que cambiar totalmente la sociedad y hacerla radicalmente justa», escribió José Pedro Pérez-Llorca, estudiante de Derecho y miembro del FLP. Este idealismo funcionó como motor de los jóvenes estudiantes y la actividad política en el piso de calle Alonso Cano durante los primeros meses fue frenética. José Luis Leal cuenta en sus memorias a qué se dedicaban en aquellos primeros días de revolución:
Una de nuestras actividades principales, en el orden intelectual, consistía en la búsqueda incansable de las cuarenta familias a las que considerábamos dueñas de España y del entramado del poder. (…) Compramos un anuario en el que venían los miembros de todos los consejos de administración de todas las empresas españolas y comenzamos a hacer fichas por orden alfabético para aquellas personas que nos parecían implicadas en un mayor número de consejos. Nos pareció que habíamos dado con el núcleo del poder de la España de entonces. Sería muy fácil, en cuanto se realizase la revolución, expropiarlos y devolver al pueblo sus bienes.
Comenta Leal que entonces le preocupaba que los técnicos (capataces de fábricas, y la llamada «aristocracia obrera») no colaborasen con las fuerzas revolucionarias. Los más radicales del grupo —añade Leal— daban una solución para ese caso: «Con un buen pistolón basta y sobra: ya verás si colaboran».
A pesar un expreso compromiso con el proletariado oprimido, entre los fundadores del FLP solo había un obrero. Se llamaba Manuel Morillo Carretero y pertenecía a la HOAC. Era reparador de contadores eléctricos y al comienzo de la guerra civil los falangistas intentaron lincharlo. Terminada la guerra, ingresó en el PCE. Lo detuvo la policía y fue condenado a muerte por un consejo de guerra. La pena no se ejecutó y estuvo en la cárcel hasta 1950. Al salir, ingresó en la HOAC y continuó luchando por los derechos de los trabajadores. A causa de las presiones del cardenal Enrique Pla y Deniel, que no quería radicales de izquierdas en la organización de Acción Católica, abandonó el grupo y se incorporó al FLP.
Por ser en su mayoría estudiantes pertenecientes a familias de clase media-alta, su conocimiento de los problemas de los obreros era escaso. El acercamiento al proletariado se convirtió en una obsesión para los miembros del Frente, llegando a abrir un despacho laboralista en barrios obreros como Vallecas o a apuntarse una excursión para hacer alpinismo (como fue el caso de José Luis Leal, que pasó tanto miedo que se juró a sí mismo no volver a hacerlo). Juan Tomás de Salas reconoció con posterioridad que nunca consiguieron ser realmente aceptados por los obreros.
3. Situación socioeconómica en España
Durante aquellos años sesenta, los jóvenes izquierdistas escuchaban Radio España Independiente, coloquialmente llamada «La Pirenaica». En esta emisora montada por el Partido Comunista de España y que retrasmitía desde Moscú, se anunciaba día sí y día también la inminente «sublevación popular que acabará con el franquismo». Había que mantener alta la moral. Ese levantamiento de las masas nunca llegó. Uno de los principales motivos por los que la oposición democrática fracasó en el objetivo de derrocar al dictador fue la ausencia de un análisis ajustado a la realidad de la situación socioeconómica.
Tras comprobar el régimen franquista, a mediados de los años cincuenta, que el modelo económico basado en la autarquía estaba agotado, se puso en marcha en 1959 el llamado Plan de Estabilización. Liberalizar la economía española y abrirse al exterior fue un acierto. En los sesenta, España experimentó un periodo de fuerte crecimiento. En aquellos años, solo Japón obtuvo tasas de crecimiento superiores a las españolas. Los ingresos por turismo, por ejemplo, ayudaron a este crecimiento. El volumen de turistas pasó de una media anual de 13.1 millones entre 1962 y 1966 a una media de 25.3 millones entre 1967 y 1972 y a 34.6 millones en 1973. El nivel de vida subió y se consolidó una burguesía que era equiparable a la de otros países desarrollados. Algunos indicadores que demuestran este nuevo nivel de vida son: el porcentaje de gasto en alimentación dentro del presupuesto familiar. Se pasó del 50,4 % en 1958 a un 39,9 % en 1972. Este decremento es un claro indicador de que el consumo de las familias españolas se comenzaba a parecer al del resto de los países de la Europa occidental. El parque automovilístico que no superaba los 100 000 coches en 1950, creció hasta los 5 millones de vehículos en 1975. El número de televisores por cada 1000 habitantes pasó de 5 en 1960 a 70 en 1970. Y entre los mismos años, la cantidad de frigoríficos creció de 1 a 25 y en el caso de las lavadoras de 3 a 15. Entre 1959 y 1975 la renta per cápita tuvo un incremento anual medio del 5,5 %. Los salarios de los obreros industriales se incrementaron en un 287 % entre 1964 y 1972. Aunque también es verdad que la inflación creció de forma considerable. La desigualdad seguía siendo un problema (lo sigue siendo hoy en día): entonces el 1 % más rico disponía del mismo volumen de renta que la mitad de la población con menos ingresos. Aun así, en aquellos años lo situación socioeconómica de la mayoría de los españoles mejoró considerablemente en relación con los años después de la guerra.
En el minuto 25 del segundo episodio de la serie La Transición de RTVE, que realizó y presentó Victoria Prego, Felipe González, secretario general del PSOE, después de hablar de la «debilidad» del régimen franquista en sus últimos años («algo que entonces no conocíamos»), reconoce la poca fortaleza de la oposición democrática (que él identifica con «la izquierda»). Dice: «Entonces solo dos de cada cien personas en España estaban dispuestas a arriesgarse a ir a la cárcel por defender sus ideas». Si consideramos que en 1975 había 17 millones y medio de españoles entre 18 y 60 años, un 2 % de esa cantidad arroja la cifra de 350 000 españoles «dispuestos a arriesgarse a ir a la cárcel por defender sus ideas». Pero, para que una revolución tenga éxito, no solo hace falta un grupo de activistas, es necesario el apoyo posterior de la población.
El caso de Portugal —donde sí triunfó una revolución en 1974— nos puede servir de referencia. En el país vecino la pobreza afectaba al 40 % de la población (en España no llegó al 19 % en los peores años). Portugal, en aquella época, estaba implicado en cuatro guerras coloniales (Angola, Guinea-Bisáu, Mozambique y Goa) lo que suponía un gran esfuerzo económico para el país. Además, debido a estas guerras contra movimientos guerrilleros independentistas, el gobierno obligaba a los jóvenes a hacer un servicio militar de cuatro años; dos de ellos en las colonias, lo que implicaba con seguridad participar en una de las guerras. Las familias portuguesas estaban cansadas de recibir en féretros a sus hijos. Por esos motivos, cuando el 25 de abril se produjo el golpe de Estado militar contra la dictadura portuguesa, el pueblo en masa lo apoyó. La situación en España era muy diferente.
En 1971, el presidente de Estados Unidos Richard Nixon y su asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, estaban preocupados por la situación política en España. Había que hablar directamente con Franco para conocer sus planes para el futuro. El dictador era viejo y había que conocer qué podía pasar después de su muerte. Pensaron que para hablar con un militar lo mejor era utilizar a otro militar. El general norteamericano Vernon Walters, entonces agregado militar en la embajada de París, fue recibido por el dictador gracias a la intermediación de Carrero Blanco. Ante la inquietud de Walters, el dictador respondió:
«España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga, ¿qué sé yo? Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España».
«¿Cómo puede estar usted tan seguro, general?», preguntó Vernon Walters.
«Porque yo voy a dejar algo que no encontré cuando asumí el gobierno hace cuarenta años», respondió Franco, «la clase media».
4. La gran redada. Juicio a Julio Cerón
En 1958 y en 1959, el PCE convocó dos huelgas generales de veinticuatro horas que fueron un fracaso por la baja participación de los obreros. Con ellas se pretendía atacar al régimen. A pesar del fiasco, Dolores Ibarruri (Pasionaria), en la revista Nuestra Bandera, escribió que la primera huelga, la de 5 de marzo de 1958, había «constituido un gran éxito porque respondía al sentimiento antifranquista que late en la conciencia popular». La segunda, la de 18 de junio de 1959, se llamó «Huelga Nacional Pacífica» y además de los comunistas del PCE solo fue apoyada por el FLP.
Una semana después de la Huelga Nacional Pacífica, detuvieron a Julio Cerón y tras dos juicios lo condenaron a ocho años y lo echaron de la carrera diplomática. Otros diecisiete dirigentes de la organización fueron detenidos. El FLP fue casi desarticulado por completo. En este segundo fracaso de 1959 el PCE fue más moderado en su triunfalismo: «Este aparente fracaso ha sido un paso de siete leguas hacia la liquidación de la dictadura del general Franco».
El abogado defensor de Julio Cerón fue José María Gil Robles (ministro de la derechista CEDA durante la República) y sus argumentos se basaron en la religiosidad de su defendido y en su «anticomunismo». A pesar del buen hacer de Gil Robles, Cerón fue condenado. No cumplió toda la condena porque gracias a sus buenos contactos (su hermano, también diplomático, llegó a ser ministro de Franco en uno de sus últimos gobiernos) fue indultado.
Después del verano de 1960 se reconstruye el FLP. Julio Cerón seguía en la cárcel, pero se le informaba de todo. El nuevo líder sería el abogado santanderino Ignacio Fernández de Castro. Se constituye un núcleo central denominado Central de Permanentes (CP) del que, escarmentados por las malas experiencias, se pretende que sean más «profesionales». Todos ellos son estudiantes, no hay obreros. Entre los miembros del CP están Juan Tomás de Salas y José Luis Leal Maldonado. Para acercarse a los obreros, se abren despachos laboralistas en diferentes puntos de España. La sede del movimiento se sitúa en un piso situado en el nº 222 en la carretera de Aragón, propiedad de la familia de José Luis Leal.
El asunto de la «profesionalidad» y el compromiso con la lucha de los jóvenes revolucionarios acabó siendo un verdadero problema. Para muchos de ellos las prioridades no estaban claras: ¿Los estudios o la lucha? ¿la familia o la revolución? José Luis Leal, elogiando en sus memorias a «Carlos», un compañero de militancia en el FLP que era diferente a la mayoría, termina denunciando el verdadero problema:
Carlos era mucho más profesional en su militancia, menos romántico y dedicaba más tiempo y energía a la causa de la revolución que cualquiera de nosotros. Había en su actitud una convicción en la que no existía la menor sombra de duda. En eso se parecía a los militantes obreros, para quienes la clandestinidad no era una especie de juego intelectual en el que, si bien se arriesgaba mucho, también se sabía que, en el peor de los casos, una vez fuera de la cárcel y con un poco de suerte, se retornaría de un modo o de otro al mundo de la profesión. Muy pocos se habían planteado en serio la posibilidad de convertirse en revolucionarios profesionales, lo que hubiera significado renunciar a los estudios o a la carrera y dedicarse íntegramente a la causa. En Ginebra, durante unos meses, me planteé la cuestión, pero abandoné la idea al cabo de poco tiempo.
(Continúa aquí)
Notas(1) Una modernidad autoritaria, Anna Catharina Hofmann (Universitat de Valéncia, 2023).
(2) La generación del 56, Pablo Lizcano (Leer, 2006)
(3) Historia del Felipe (FLP, FOC, ESBA), Julio Antonio García Alcalá (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2001)
(4) Tesis doctoral de Julio Antonio García Alcalá. «UN MODELO EN LA OPOSICION AL FRANQUISMO: LAS ORGANIZACIONES FRENTE (F.L.P- FOC.- ESBA).
(5) Queríamos la revolución, Eduardo G. Rico (Flor del Viento, 1998)
(6) Hacia la libertad, José Luis Leal (Turner, 2022)
(7) El Frente de Liberación Popular. FELIPE. Cristian Cerón y Francisco Lara; (Cararata, 2022)
Más bibliografía
La transición en España. España en transición. Alfonso Pinilla García (Alianza editorial, 2021).
La oposición democrática al franquismo. Xavier Tusell (Planeta, 1977).
El cura y los mandarines. Gregorio Morán. (AKAL, 2014).
Crónica del antifranquismo, Fernando Jáuregui y Pedro Vega. (Planeta, 2007).
La transición, historia y relatos. Carme Molinero y Pere Ysás. (Siglo XXI, 2018).
Estampa popular. La irrupción de la realidad antifranquista en el arte
Este vídeo se grabó el 28 de junio de 2016 en la sala del Museo Reina Sofía Estampa Popular. La irrupción de la realidad antifranquista en el arte. Recoge una conversación entre varios artistas de los grupos de Estampa Popular de Madrid (Manolo Calvo y Francisco Álvarez), Sevilla (Cristóbal Aguilar), Córdoba (Segundo Castro), Estampa Popular Catalana (Alexandre Grimal) y Galega (Elvira Martínez), moderada por Noemí de Haro, investigadora y profesora de la Universidad Autónoma de Madrid.

El primer grupo de Estampa Popular fue fundado en 1959 en Madrid por el artista y militante comunista clandestino José García Ortega junto a un grupo de artistas jóvenes. El colectivo defendía un arte realista crítico y destinado al pueblo.
En los años siguientes surgieron agrupaciones en Sevilla (Paco
Cuadrado, Paco Cortijo y Cristóbal Aguilar), Córdoba (con antiguos
miembros del Equipo Córdoba y el Equipo 57), Vizcaya (Agustín Ibarrola y
María Dapena), Valencia (Andreu Alfaro, Anzo, Ana Peters, José María
Gorrís, José Marí, Rafael Martí Quinto, Francesc Jarque, Fernando
Calatayud, Rafael Solbes, Juan Antonio Toledo, Manolo Valdés, Jorge
Ballester o Joan Cardells, apoyados por el historiador y crítico de arte
Tomás Llorens), Cataluña (con Maria Girona, Albert Ràfols-Casamada y
Esther Boix) y Galicia.
Estampa Popular organizó distintas exposiciones en el extranjero con el
objetivo de dar una imagen alternativa de la realidad de España,
teniendo lugar una de las primeras en la galería Epona de París en 1962.
Su obra tuvo que hacer frente a la censura del régimen franquista y las limitaciones técnicas, por lo que con frecuencia recurrieron a referencias veladas y un estilo claro y expresivo. Las agrupaciones con frecuencia estaban interesadas en las tradiciones populares y figuras propias, como las fallas o el valenciano (bajo la influencia de Joan Fuster), las aleluyas o la figura de Castelao en Galicia.
Su interés por conectar con las clases populares les llevó a exponer en lugares poco frecuentes para el mundo del arte como centros culturales, bares y tabernas. También recurrieron a formatos como las postales, los carteles, los calendarios o las portadas de revistas.
En la Estampa Popular de Valencia los críticos Tomás Llorens y Valeriano Bozal hicieron un balance negativo de la experiencia, acusándola de no ser capaz de incorporar una perspectiva realista más acorde a los nuevos tiempos, con la centralidad de elementos como los medios de comunicación de masas. En este contexto, los antiguos miembros del grupo Rafael Solbes, Manolo Valdés y Juan Antonio Toledo fundan la agrupación Equipo Crónica, que practicó un lenguaje figurativo crítico con elementos del pop art, la cultura de masas y la tradición pictórica. Joan Cardells y Jorge Ballester crearon el Equipo Realidad, que continuó una línea comprometida similar a Crónica, y artistas como Ana Peters desarrollaron también una línea crítica propia con elementos visuales del pop.
El arte fue la herramienta de lucha que estos artistas de Estampa Popular utilizaron contra el régimen franquista del momento. El trabajo de la Estampa Popular pretendía buscar en cada caso el correcto equilibrio entre la forma, la imagen y la comunicación.
Fue el
primer movimiento de carácter político y social de la historia del arte
en España, creado por José Ortega en el Madrid de 1959, con el comienzo
de las primeras movilizaciones mineras, obreras y estudiantiles.
Fuente Felipe Alcaraz Masats
Nos lo recordaba el otro día, en la gala de los Goya, Eduard Fernández, en una buena intervención antifascista: Que nadie se despiste, que llegan, y vienen a caballo. Y cuando entren ya será tarde, y no podremos apelar ni al séptimo de caballería ni a la novena de Beethoven. Será, entonces, cuando tengamos que recuperar todos los protocolos de la clandestinidad. Por eso es necesario explicar que no podemos dar ni una sola oportunidad al olvido. Por ejemplo, al olvido de ese proyecto y ese grupo de pintores que fundaron y ejercieron la “estampa popular”.
Eran artistas en todo el amplio sentido de la palabra, con un gran bagaje técnico de primera magnitud, fuertemente radicados en la sencillez de la gente, en la cultura y la lucha de la gente, en plena clandestinidad, cuando el franquismo diluviaba fuerte. Nos lo explicaba el otro día en el Museo de Alcalá de Guadaíra, Ana Cortijo, en la exposición “Estampa popular, arte y memoria”, recordando ante un grupo de colegiales la eficacia clandestina de aquellos rojos, que no progres. Nos decía Ana (Pepa Medrano y yo añadidos al grupo de colegiales) que, entonces, entre los protocolos de la lucha en sombras, había un principio indeclinable: Si alguien pronunciaba tu nombre a tus espaldas, no debías volver nunca la cabeza. No se podía asociar nombre y rostro, nombre y lucha, nombre y forma concreta y diaria de hacer historia; en este caso desde el arte. Quizás lo contrario que ocurre en estos tiempos posmodernos: Nadie pronunciará tu nombre, aunque vuelvas la cabeza.
Ana Cortijo es alta, imponente. Le dije después que era como ser recibido en un museo por la torre Eiffel. Y explicaba las cosas con pasión retenida y un discurso seguro, de quien ha mamado la filosofía que alentaba desde el principio la estampa popular, que fue, nos decía, el primer movimiento de carácter político y social de la historia del arte en España, creado por José Ortega en el Madrid de 1959, con el comienzo de las primeras movilizaciones mineras, obreras y estudiantiles; fue entonces cuando Ortega, miembro del comité central del PCE, decide poner en marcha este movimiento como respuesta a la dictadura franquista, creándose grupos de “estampa popular” en Madrid, Sevilla, Córdoba, Vizcaya, Valencia, Cataluña y Galicia.
En 1960 Ortega, perseguido por la dictadura, se exilia en París y busca a otros artistas españoles que lo acompañen para relanzar el movimiento de vuelta a España, de modo que el grupo de Sevilla de “estampa popular” (Paco Cortijo, Paco Cuadrado y Cristóbal Aguilar) se va a crear en París, instalándose después en Sevilla, en el barrio de Los Pajaritos, que sigue siendo uno de los barrios más pobres del país. Tras ser detectados por la brigada político-social, se desplazan a Alcalá de Guadaíra, un pueblo de una larga tradición paisajística, que hoy recoge su espléndido museo, ese museo que expone las obras de los citados, junto a algunas piezas de José Ortega, más diversas muestras de Duarte y, por primera vez, la obra inédita y recién recuperada de Lola Cortijo, desarrollada en el marco del “grupo de Sevilla”.
“Estampa popular”, por así decirlo, es un capital impagable de nuestra lucha cultural e ideológica por las libertades y contra la explotación, y quizás por eso sufre un expediente de olvido y tachadura, un largo expediente que es preciso derogar cuanto antes, y en eso trabaja esta exposición, que empezó en La Cartuja y ahora se expone en el pueblo que fue conocido en el terreno del arte como el Barbizon español. A este trabajo encomiable dedica gran parte de su tiempo la Fundación Paco y Lola Cortijo: mantener el legado de una serie de trabajadores del arte que, desde una gran capacidad técnica, arriesgaron su vida en la lucha por los derechos humanos. Estamos hablando de una memoria histórica que hay que restablecer con todas las consecuencias, en un país que ha desarrollado el monocultivo del olvido hasta el extremo de ni siquiera conceder la medalla de Bellas Artes a José Ortega, quizás por ser un pintor comunista y un comunista pintor.
Modestamente este artículo pretende señalar a quienes levantan la
liebre de lo que somos, porque otros fueron, aunque casi nadie se
acuerde ya de ellos (nos decía Ana Cortijo), empezando por aquel grupo
sevillano donde junto a Cortijo, Cuadrado y Cristóbal, funcionó el
equipo de Córdoba: Duarte, Castro, Mesa y García. Unos artistas que
supieron producir un arte comprometido (fuera de mercado) en una lucha
concreta por las libertades y contra la explotación. Modestamente
pretendemos repetir que es más que un error seguir dándole oportunidades
al olvido desde el silencio y una pasividad injustificable. Como nos
dijo el actor de “El 47” en la gala de los Goya en Granada: cuidado, que
vienen a caballo. Pues eso, que hay que inventar una caballería
alternativa que no pare de galopar contra el olvido… hasta enterrarlos
en el mar. (Galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo).
FONTE https://www.lavozdegalicia.es/noticia/cultura/2024/10/22/interrompido-maio-1968-da-estampa-popular-galega/00031729627588006208538.htm X. M. Rodríguez OURENSE / LA VOZ
Unha mostra devolve a Tui a exposición secuestrada por ofensiva polo franquismo e que impulsaran os artistas pontevedreses Xavier Pousa e Elvira Martínez Villa
Cando hai unhas semanas quedou aberta na Sala Municipal de Exposicións de Tui a mostra A exposición secuestrada. Estampa Popular Galega. Tui, 1968, o comentario maioritario entre os asistentes foi que con este proxecto se estaba a cumprir un acto de xustiza poética. Comisariado polo xornalista pontevedrés Xosé Enrique Acuña, por medio desta iniciativa recupérase a exposición orixinal que no mes de setembro de 1968 fora prohibida pola ditadura franquista, tras ser programada no desaparecido Bar Galicia despois de que antes percorrera sen incidencias varias localidades galegas.
A Estampa Popular Galega (EPG) foi un movemento artístico de vangarda creado nese mesmo ano 1968 para agrupar a unha serie de pintoras e pintores descontentos co réxime franquista baixo o norte teórico de «achegar a arte ao pobo». Encabezados por Raimundo Patiño e Xavier Pousa, optaron por expoñer a súa obra en forma de gravados e a baixo prezo en lugares populares como feiras, bares ou centros sociais.
A mostra da EPG foi secuestrada pola policía baixo a acusación de inxurias ao exército ao tempo que se producía a detención de Xavier Pousa e Elvira Martínez Villa, os dous promotores do evento. Con Pousa ingresado no cárcere de Pontevedra, pasaron a ser sometidos a un procedemento aberto pola xustiza militar que semanas despois sería finalmente anulado tras transcender esta actuación represiva incluso nas páxinas do xornal francés Le Monde.
Con presenza de obra de Patiño, Lodeiro, Sevillano, Barreiro, Bea Rey, Alfonso Gallego Villa, Agrelo, Vázquez Diéguez, Xulio Maside e Laxeiro, xunto a de Elvira M. Villa e Xavier Pousa tamén se mostraba a de Xosé I. Pedrosa, o autor da estampa que sería especialmente denunciada por «injurias al Movimiento Nacional». Tras a súa incautación polos militares, os gravados foron devoltos aos seus impulsores e pasaron a ser custodiados por Pousa. Falecido o pintor, a súa viúva Carmela Arbones resgardounos no seu domicilio e durante décadas alí quedaron esquecidos.
Acuña lembra que as obras se expoñen «sen agochar nin as súas feridas nin tampouco as cicatrices que padeceron tanto polo seu ocultamento preventivo, como todo aquilo que, sobre elas, causou o paso do tempo», e mais tamén para «abordar a primeira homenaxe a este movemento artístico que se realiza en Galicia».
O acontecido con esta exposición secuestrada en 1968 significou o final real do colectivo Estampa Popular Galega. Os seus compoñentes principais, segundo apunta tamén Acuña, «sentiron o peso da represión e das ameazas que recibiron por parte da Brigada Político-Social, a policía política franquista, e mesmo tras a súa liberdade estiveron continuamente vixiados».
Le cinéma d'Eloy de la Iglesia est un cinéma physique dans tous les sens du terme: une formule cinématographique du "estar" situationniste. Il illustre l'esprit de l'Espagne durant la période tardofranquiste et dite de "transition démocratique" (transaction et pacte de l'oubli).
La imagen que más impacta de las descritas por los entrevistados en este documental es la de uno de los directores más taquilleros de la historia del cine español rebuscando en la basura en una calle madrileña. Lo llevó allí “la dama blanca”, que es como se conocía a la heroína. En una entrevista de Ángel Casas, Eloy de la Iglesia, demacrado y sin dientes, llegó a confesar que en menos de tres años se había pulido todo su dinero metiéndoselo en vena. Estamos hablando de la friolera más de cuarenta millones de pesetas de la época.
Como recuerda uno de los entrevistados de este documental, Eduardo Fuembuena, el mayor conocedor de la vida y obra de Eloy de la Iglesia, fue el Partido Comunista de España el que le ayudó a no acabar en la calle, aunque el cineasta llegó a dormir en bancos más de una noche. Gracias a Juan Antonio Bardem y a Roberto Bodegas, el partido se preocupó por la gestión de los derechos de autor de sus películas y porque tuviese una asignación mensual. El problema fue que, aun así, el director, amigo de la autodestrucción, se gastaba el dinero en las tragaperras.
De la Iglesia no fue un ejemplo a seguir porque no solo cometió la insensatez de caer en la heroína (se enganchó en 1983, al igual que su amigo y coguionista Gonzalo Goicoechea), sino en romantizar al navajero yonqui, que tenía muy poco de Robin Hood y supuso un auténtico infierno para sus familias. Lo he vivido en persona, en el Bilbao de mi infancia, espacio de las inolvidables El pico y su secuela.
Eloy de la Iglesia se presentaba como comunista, director de cine y maricón
A pesar de este romanticismo del yonqui y el quinqui, el director nacido y criado en Zarauz, en una mansión de gente rica de origen gallego que le pagó sus primeras películas (así de rica era) es uno de los cineastas más rompedores y valientes que ha tenido el cine español en toda su historia, un tipo marcado por su adicción, pero, como él decía, también comunista, director de cine y maricón.
Eloy De la Iglesia era demasiado joven cuando tuvo la epifanía de rodar películas y no tenía la edad requerida para entrar en la Escuela de cine, pero tras estudiar cine en París logró rodar, en 1966, Fantasía… 3, una cosita infantil que pudo hacer gracias a José María García Escudero, director general de Cinematografía y Teatro que no era amigo de la censura franquista y apoyó a muchos nuevos cineastas. Resulta más que alucinante que un director que se hizo famoso por tratar en el cine la homosexualidad, la violencia policial o el consumo de drogas debutase adaptando cuentos de Hans Christian Andersen, los hermanos Grimm o L. Frank Baum.
Algunos de los temas medulares de De la Iglesia (el sexo y la muerte y la represión sexual, religiosa y política) no tardaron en aparecer en La semana del asesino, guion que fue rechazado dos veces por la censura y sufrió 64 cortes en el metraje, entre ellos escenas homosexuales entre Vicente Parra y Eusebio Poncela (estamos hablando de 1972, imaginen la valentía que supone hacer esta película tres años antes de la muerte del dictador).
La octava película del director vasco, Juego de amor prohibido, sórdida y antiestética, también demostró que tras su truculencia y su nada disimulado gusto por rodar con actores a veces demasiado jóvenes, a De la Iglesia también le gustaba colar sus ideas políticas. En aquel caso sobre la decadencia de la clase dirigente franquista y un enfermo régimen que se desmoronaba.
Además de La criatura, filme sobre relaciones zoofílicas y de pésimo gusto, en 1977 estrenó Los placeres ocultos, que por primera vez en el cine español presenta sin complejos a un protagonista homosexual, un ejecutivo de banca con dinero al que le gustan los jóvenes y sufre la represión que conlleva su condición sexual. El filme, que tuvo el arrojo de mostrar los apestosos urinarios públicos en los que se ligaba o se ejercía la prostitución, fue secuestrada por la censura de la “ejemplar transición”, algo que produjo las protestas en medios como el diario El País o la revista Fotogramas.
'El diputado' expone que también los partidos de izquierda podían ser reaccionarios
Con El sacerdote, también con Simón Andreu, De la Iglesia quiso cruzar todos los límites para provocar aún más. La historia de un sacerdote que no puede reprimir sus instintos sexuales es sensacionalista y contiene escenas de un gusto atroz, como la de unos niños desnudos practicando sexo con una oca. La crítica fue demoledora con ella. Pedro Crespo habló en el ABC de “un nuevo engendro fílmico que ensancha esa vía particular de cursilería melodramática, erótico-sociológico-política que con tanta insistencia cultiva Eloy de la Iglesia”. Fernando Trueba, en El País, escribió que “el mayor defecto, el menos perdonable, del cine de De la Iglesia son sus personajes. Arbitrariamente construidos para servir a los didácticos objetivos de sus historias, sus personajes no resultan nunca creíbles, verdaderos”. De la Iglesia, que era muy aficionado a poner motes, despreciaba a Trueba y lo apodaba Bizconti por su estrabismo.
La biblia de su cine es El diputado, historia de un militante clandestino de un partido de izquierdas durante el franquismo que es elegido diputado en las elecciones de 1977, es víctima del chantaje de ultraderechistas que lo amenazan con revelar su homosexualidad y hasta su partido le da la espalda. Con ella De la Iglesia, marxista, volvió a demostrar que le iba a la marcha porque provocó hasta al PCE, del que era militante, como su amigo Juan Diego. La cúpula del partido no vio con buenos ojos la película y hasta Juan Antonio Bardem, que acabó participando en el filme, mostró su rechazo inicial por ella, algo que fue duro para De la Iglesia, que entendía su cine como un servicio al PC y una forma popular y directa de cambiar, en la llamada transición, a la sociedad.
El diputado, que llegó a estrenarse en los Estados Unidos, habla de que no solo hay que liberar al obrero, también al individuo. Su protagonista, Roberto Orbea, lucha por su partido y país en la clandestinidad, pero no puede expresarse en su privacidad ni mostrar libremente su sexualidad, se le obliga a ser recto y heterosexual. La película expone, en fin, que también los partidos de izquierda podían ser reaccionarios.
Los últimos minutos de Eloy de la iglesia, adicto al cine son inevitablemente tristes. En ellos Gaizka Urresti habla del otro gran arrebato del director: el descubrimiento de José Luis Manzano. El director mandó buscar a un chaval de la calle que cumpliera las características físicas del Jaro y sus ayudantes encontraron en los billares Victoria, regentados por chaperos, a Manzano, que entonces era menor de edad.
Las películas de quinquis y el mundo marginal, pobre y atrasado de De la Iglesia no gustaban al PSOE
Como recuerda el director Antonio Hens en el documental, tras el flechazo llegó el pacto: él lo mantendría y lo transformaría a lo Pigmalión, pero a su vez llegó la bajada a los infiernos: los dos se engancharon a la heroína y Manzano acabó muerto en el cuarto de baño del piso de De la Iglesia por una sobredosis y con signos de violencia en su cuerpo (algo que elude el documental). Según el informe forense, la causa de su deceso “fue de naturaleza violenta, habiéndose encontrado los principios de la heroína y de otros tóxicos en su sangre, orina y órganos vitales”. Nadie sabe qué pasó aquella noche, pero fue algo espantosamente oscuro.
A esta debacle personal se unió que las películas de quinquis y el mundo marginal, pobre y atrasado de De la Iglesia no gustaban al PSOE, que pretendía vender una España irreal, más progre y moderna. El PSOE era más de Carlos Saura, miembro de la élite cultural y que ganó el Oso de Oro a la Mejor película en el Festival de Berlín con Deprisa, deprisa, la película quinqui oficial. Ese era el cine que quería subvencionar Pilar Miró, primera mujer en ocupar la Dirección General de Cinematografía que acabó, mediante la Ley Miró, con el cine que hacía Eloy De la Iglesia, un cine antisistema, urgente y encima muy taquillero. El PSOE buscaba un cine más académico y de prestigio, más La colmena o Luces de bohemia y menos Navajeros o La estanquera de Vallecas, que De la Iglesia y Manzano (incapaz de vocalizar y doblado por Fernando Guillén Cuervo) rodaron enganchados y en condiciones penosas.
Fue precisamente su amigo Guillén Cuervo quien le apoyó como pocos. También lo hicieron Pedro Olea y Diego Galán, director del Festival de San Sebastián, que en 1996 hizo una retrospectiva de su cine, diez días que le hicieron, según sus palabras, recordar que estaba vivo. En esos felices días también tomó la decisión de intentar volver a ponerse detrás de una cámara y lo hizo siete años después con una pésima película: Los novios búlgaros, protagonizada por Guillén Cuervo y sobre los prostitutos del Este en el Madrid de principios de los 2000. Volvía a los chaperos y al lumpen, a su mundo.
Eloy de la Iglesia nunca tuvo nada que ver con el cine español oficial, académico, de festival
Eso sí: no consideró Los novios búlgaros su testamento, quería seguir haciendo cine, pero murió a los 62 años por una negligencia médica. Atrás dejaba un cine hecho con las tripas y la polla más que con el cerebro, filmes tan punkis como técnicamente precarios. Rodó sus películas demasiado deprisa, no fue un gran director de actores y sus doblajes fueron infames, pero conoció como nadie al público y no pretendió ir a Cannes, sino llenar butacas. Y nunca tuvo nada que ver con el cine español oficial, académico, de festival. Solo por eso, y por lo mosca cojonera que llegó a ser, Eloy de la Iglesia siempre nos caerá bien.