En 1962 una oleada de
huelgas recorrió España, partiendo de la minería asturiana y
extendiéndose a 28 provincias. Los efectos de estos conflictos
alcanzaron al gobierno, que intentó sofocarlos por todos los medios. Se
generó una enorme solidaridad internacional, además del apoyo de la
oposición clandestina y exiliada, el movimiento estudiantil y la
intelectualidad española.
Entre
ellos, los artistas de Estampa Popular, que mostraron su apoyo a los
huelguistas a través de sus obras y con la firma de cartas, que en
algunos casos supusieron el encarcelamiento de sus miembros. Este
movimiento representó un hito fundamental en la oposición al franquismo y
el renacer del movimiento obrero.
FICHA TÉCNICA
TÍTULO: 'Hay una luz en Asturias... Testigos de las huelgas de 1962'
DURACIÓN: 58 minutos
GUION: Octavio Monserrat, Rubén Vega y Juan Carlos de la Madrid
DIRECCIÓN: Octavio Monserrat, Rubén Vega y Francisco G. Orejas
PRODUCCIÓN: Fundación Juan Muñiz Zapico y Productora RTV Asturias
AÑO: 2003
Entrevistados y entrevistadas por orden
de intervención: Francisco González “el Cordobés”, Santiago Carrillo,
Nicolás Redondo, Avelino Pérez, Nicolás Sartorius, Vicente Gutiérrez
Solís, José Antonio Gª Casal “Piti”, Noel Zapico, José López Muñiz,
Albero Muñiz “Berto Loredo”, Eleuterio Bayon, Manuel Rodríguez “Lito
Casucu”, Luis Nora, Manuel García “Otones”, Laudelino Valdés, Eduardo
Prieto, Celestina Marrón, Rosario Pérez, Anita Sirgo, Manuel Gª Valle
“José el Gallegu”, Ramón Chao, José Arguelles, Víctor Díaz Cardiel,
Atanasio Gª Suarez, Jesús F. Naves, Armando López Salinas, Andrés
Vázquez de Sola, Severino Arias, Constantino Alonso “Tinin” y Martin
Fraga.
SINOPSIS
En la primavera de 1962 una oleada de huelgas recorre España. Partiendo de la minería asturiana, los paros se extienden hasta afectar, en desigual medida, a 28 provincias y cerca de 300.000 trabajadores. Los efectos de estos conflictos alcanzan al gobierno, que pone en tensión todos los medios a su alcance para sofocarlos, a la Iglesia católica, a la oposición clandestina y al exilio, al movimiento estudiantil y a un sector de la intelectualidad, generando además una amplia solidaridad internacional. El movimiento huelguístico asturiano de 1962 representó un hito fundamental en la oposición al franquismo y el renacer del movimiento obrero. Este documental cuenta como punto de partida con los resultados de una investigación llevada a cabo por un extenso equipo de investigadores en el 2002, pero su hilo argumental descansa sobre la voz de más de treinta testigos que participaron en los acontecimientos.
Solidaridad internacional: la Internacional situacionista
Solidaridad internacional : España hoy (Ruedo ibérico)
España hoy,
París: Ruedo Ibérico, 1963. Ilustración de cubierta, Antonio Saura.
Fondos del Centro de Documentación del Museo Nacional Centro de Arte
Reina Sofía (RESERVA 4746)
Artículo sobre la Huelga de Asturias recogido en una de las publicaciones de la editorial Ruedo Ibérico, París.
Obras relacionadas
María Dapena (María Francisca Dapena Rico),
Estampa Popular de Vizcaya, Minero, 1962 / Edición de 1996
Francisco Álvarez, Estampa Popular de Madrid, Manifestación, 1962 (ca.)
Papá cuéntame otra vez ese cuento tan bonito
de gendarmes y fascistas, y estudiantes con flequillo.
Y dulce guerrilla urbana en pantalones de campana
y canciones de los Rolling y niñas en minifalda.
Papá cuéntame otra vez todo lo que os divertisteis
estropeando la vejez a oxidados dictadores.
Y cómo cantaste «Al Vent» y ocupasteis la Sorbona
en aquel mayo francés en los días de vino y rosas.
Aunque parezca el comienzo de una
película de James Bond, lo relatado a continuación es un hecho real y
forma parte de la historia de España.
El día 14 de mayo de 1962, los
príncipes Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia contrajeron matrimonio
en Atenas (Grecia). Se celebraron dos ceremonias religiosas. La primera
por el rito católico en la catedral de Dionisio Areopagita a las diez
de la mañana. Dos horas después, en la catedral de la Anunciación de
Santa María, se llevó a cabo la ceremonia ortodoxa. Acudieron ciento
cuarenta y siete invitados entre los que había miembros de veintisiete
casas reales de todo el mundo. El dictador Francisco Franco mandó a su
ministro de Marina como representante del gobierno y miles de españoles
monárquicos se desplazaron hasta la capital griega para festejar el
enlace. Hasta aquí la historia es de sobra conocida y se puede consultar
en la hemeroteca de los periódicos y en varios libros. Lo que no era de
dominio público hasta hace pocos años es que, entre los invitados
oficiales por parte del novio, acudió al evento un peligroso
revolucionario español perteneciente a un grupo subversivo de la
izquierda política española más radical. A buen seguro, el príncipe Juan
Carlos desconocía la doble vida de su invitado y amigo.
Nuestro hombre, unos días antes de la ceremonia, se encontraba en la antigua Yugoslavia,
entonces un país comunista. A sus padres les había contado que residía
en Ginebra (Suiza) ampliando sus estudios sobre Economía, carrera
universitaria que había terminado con buenas notas. Al país eslavo lo
había enviado el grupo político al que de forma secreta se había unido
cuatro años antes. Junto a un nutrido grupo de militantes de ideología
comunista de otros países (algunos del tercer mundo y la mayoría
prosoviéticos), el activista español aprendía técnicas para la
revolución de sus anfitriones yugoslavos; entre ellas, métodos de
falsificación de documentos, teorías para la reforma agraria y
planificación económica al estilo marxista.
Gracias a las buenas novelas de espías,
se sabe que la existencia de quienes viven en la clandestinidad o llevan
una doble vida es complicada. Desde una vida anodina, como la que nos
ha tocado al común de los mortales, es difícil hacerse una idea de los
pensamientos que cruzan por la mente de estos activistas encubiertos;
más aún viviendo una situación tan estresante como aquella de la boda
real. Cuando, por ejemplo, en pleno cocktail de la celebración nupcial y
con un canapé de salmón en una mano, el revolucionario llevara con la
otra una copa de champan francés a sus labios ¿se sentiría culpable
recordando a los pobres y explotados jornaleros del campo andaluz? En el
caso de que sintiera una punzada de ansiedad a causa de las injusticias
sociales, ¿calmaría su inquietud pensando que, gracias a sus compañeros
de lucha y a él, la opresión de la famélica legión llegaría en
breve a su fin? En el supuesto de que hubiera sacado a bailar a una
joven y bella princesa centroeuropea, ¿pondría toda su atención en no
pisar los delicados pies de aquella descendiente del último emperador
austrohúngaro o, al admirar su estilizado cuello, no podría evitar
acordarse de la guillotina, aquel mecanismo que de forma tajante e
inapelable impartió justicia en los tiempos de la revolución francesa?
Tras el triunfo en 1959 de la revolución
cubana, el grupo insurgente al que pertenecía nuestro revolucionario
había decidido incorporar la lucha armada a su catálogo de métodos para
cambiar la sociedad y hacer caer el franquismo.
Cambiar en pocas horas el entorno marxista y austero de la revolución
por el lujo de los palacios y las bodas reales hizo darse cuenta a
nuestro joven aventurero que sus días transcurrían con emoción e
intensidad. Tenía veintidós años y la vida era excitante. El futuro
estaba en sus manos.
Nuestro héroe se llama José Luis Leal,
tiene ochenta y cuatro años y acaba de publicar sus memorias. Después de
abandonar la lucha subversiva llegó a ser ministro de Economía en uno
de los primeros gobiernos de la democracia y presidente de la Asociación
Española de Banca.
José Luis Leal con Juan Carlos de Borbón (foto: 20 Minutos)
Introducción
La historia de los movimientos
revolucionarios españoles de los años 60 y 70 del siglo pasado es el
relato de un fracaso: el dictador murió en la cama y España —que en 1978
adoptó la democracia como sistema político— continuó siendo un país
capitalista en el que los poderes fácticos y los clanes familiares y
económicos tenían (y siguen teniendo) demasiado poder e influencia.
En numerosos trabajos históricos sobre
aquellos años se argumenta que estas organizaciones subversivas, a pesar
de no conseguir sus objetivos, contribuyeron con su rebeldía a la
llegada de la democracia a nuestro país. Entre los jóvenes que
pertenecieron a estos movimientos hubo algunos que se jugaron la vida (y
unos cuantos la perdieron), la integridad física, la libertad y el
futuro laboral o social. También los hubo que arriesgaron poco, hablaron
mucho y, pasado el tiempo, se colocaron medallas antifranquistas que no
les correspondían. Incluso los hubo que, como dice la letra de la
canción de Ismael Serrano, se divirtieron, ligaron con chicas e hicieron
contactos que con la llegada de la democracia utilizaron para obtener
un buen empleo o un cargo político y un salario de por vida.
A continuación, se relatan las andanzas
de un grupo de jóvenes idealistas que se integraron en el Frente de
Liberación Popular, el «Felipe». Su historia está llena de aventuras,
anécdotas divertidas y desgracias. Fueron solo once años los que el
Frente se mantuvo en activo (1958-1969), pero dicho periodo dio mucho de
sí.
El curso del 56
El Sindicato Español Universitario (SEU)
fue fundado en 1933, durante la Segunda República, bajo el amparo de
Falange Española. Tomando como ejemplo el fascismo italiano, su
principal objetivo era controlar ideológicamente la universidad. Durante
las primeras décadas de la dictadura, nadie movía un dedo en la
universidad española sin que el SEU lo supiera y lo autorizara. En los
años cincuenta, primero tímidamente y luego de forma más decidida,
algunos estudiantes comenzaron a moverse fuera del control del sindicato
fascista. Estos jóvenes cuestionaban las verdades impuestas por el
franquismo; eran mayoritariamente hijos de vencedores de la guerra civil
y pertenecían a las primeras generaciones de españoles que no habían
vivido la contienda.
Tampoco los estudiantes falangistas
estaban conformes con la situación política. A pesar de que el SEU era
el único sindicato de estudiantes autorizado por el gobierno franquista,
en 1954 la policía tuvo que disolver violentamente una manifestación
convocada por esta organización. Protestaban porque Franco no había
puesto en marcha la reforma agraria y la nacionalización de la banca,
proyectos que formaban parte del programa fundacional de Falange.
En 1955, el profesor de Psicología
Experimental de la Universidad Complutense de Madrid José Luis
Pinillos dirigió una encuesta entre los estudiantes madrileños. Los
resultados sorprendieron a las autoridades de la universidad y alertaron
al régimen franquista: el 82 % de los universitarios no tenían
confianza alguna en las élites dirigentes; el 85 % consideraba
«inmorales» a los gobernantes y el 74 % los tildaba de «incompetentes».
En el capítulo dedicado a las Fuerzas Armadas, el 90 % de los
consultados los consideraba «ignorantes, burócratas e inútiles» y para
el 48 % eran «brutales, libertinos y bebedores». El 70 % de los
encuestados consideraba que el compromiso social de la Iglesia era
insuficiente y, por último, a la hora de mostrar las preferencias por
una forma de Estado, el 30 % optaba por la monarquía, el 30 % por la
república y solo el 10 % por una dictadura militar. El 20 % se mostraba
indiferente. Solo un 10 % de los entrevistados se manifestaba como
falangista1.
Manifestación estudiantil, foto del blog (http://pueblodeespana.blogspot.com/)
1956 fue el año en que la tensa paz en
la universidad saltó por los aires. Los estudiantes de izquierdas y los
monárquicos (que era entonces una manera de oponerse al régimen), que no
respetaban la autoridad de SEU, comenzaron a hacer oír su voz. Con
motivo del fallecimiento en octubre del 55 del filósofo Ortega y Gasset (a
quien el régimen nunca tuvo mucho aprecio) se le organizó un homenaje
en el entorno del Congreso de Escritores Jóvenes. Finalmente, este
congreso se canceló por orden de la autoridad. En febrero varios
estudiantes comunistas redactaron un manifiesto contra el SEU; se
imprimieron numerosas copias y se distribuyeron en todas las facultades
de Madrid. En el escrito no se citaba el nombre del SEU, pero quedaba
claro a quién se echaba la culpa de todos los males de la universidad:
(…) la
organización que hoy se atribuye cada día de un modo más ilusorio al
monopolio del pensamiento, de la expresión y de la vida corporativa de
la vida universitaria en el aspecto profesional, social, cultural e
internacional, posee una estructura artificiosa que o no permite o
tergiversa la auténtica manifestación y representación de los
universitarios.
El documento denunciaba el «divorcio» entre la universidad real y la oficial:
Este divorcio
explica muy bien la esterilidad y los fracasos cosechados en el terreno
intelectual, deportivo y sindical, fracasos que nos humillan en todo
contacto internacional ante los estudiantes de otros países.
En la parte final del texto se convocaba
un Congreso Nacional de Estudiantes para abril de ese mismo año, y se
solicitaba la celebración en marzo de elecciones libres de
representantes.
Aquel manifiesto era un torpedo lanzado
directamente a la línea de flotación del SEU. Los estudiantes
falangistas, que se consideraban más varoniles y eran más echados para
adelante que todos aquellos «traidores» comunistas y «afeminados»
monárquicos, no iban a consentir una falta de respeto como aquella.
Durante los primeros días de febrero se produjeron violentos
enfrentamientos entre los miembros del SEU y los estudiantes partidarios
de la apertura. La policía intervino con violencia para frenar las
agresiones. En los altercados se produjeron graves destrozos en las
dependencias de la universidad, numerosos contusionados y un falangista
herido por arma de fuego.
El régimen acabó cortando cabezas y
destituyó al rector, al ministro de Educación y al secretario general
del Movimiento. A partir de ese momento el SEU perdió su hegemonía y los
estudiantes entendieron que tenían poder, que podían influir en la
marcha de la política en España. El SEU se desmontó en 1965. Los
cabecillas de las movilizaciones del 56 fueron Enrique Múgica, Javier
Pradera, y Ramón Tamames2.
Jesús
Ibáñez, Julián Marcos y Vicente Girbau visitan en la cárcel a Pablo
Sánchez Bonmatí, José María González Muñoz, Francisco Bustelo García del
Real, Joaquín Marcos y Manuel Fernández-Montesinos García, condenados
por los sucesos de 1956 (foto: blog Pueblo de España)
Creación del Frente de Liberación Popular
Yo a Julio le
caí muy bien y conmigo lo pasaba divinamente. Siempre andábamos en su
coche, un Jaguar que él conducía sin manos muy pintorescamente a 140 o
150 Km/hora, y Antonio, el cura, le decía: «Julio sábete que estoy en
pecado mortal, y es responsabilidad tuya si voy al infierno. Haz el
favor de parar, no corras tanto». Julio se reía y seguía corriendo.
Siempre estábamos de comilonas por ahí, pasándonoslo muy bien.
(José María
González Muñoz, que participó de las primeras reuniones del FLP, sobre
Julio Cerón, en entrevista con Julio Antonio García Alcalá)3
Animados por los altercados en la
universidad del año 56 y liderados por Julio Cerón, diplomático católico
y hombre extravagante, un grupo de intelectuales y sacerdotes de
asociaciones cristianas como la Juventud Obrera Católica (JOC) y la
Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) formaron un nuevo grupo
político. El Evangelio, la dotrina social de la Iglesia y la lectura de
libros entonces prohibidos cimentaron el edificio ideológico de la
organización. Decepcionados por los partidos que como el PCE lideraban
la lucha antifranquista, llegaron a la conclusión de que tenían la
fórmula mágica para redimir a la sociedad española: marxismo +
cristianismo = justicia social y libertad.
Julio Cerón, como diplomático, había
visitado la URSS y la China Comunista y se había entrevistado con
personajes destacados de la izquierda internacional. Inquieto
intelectualmente y cercano a los nuevos grupos cristianos, Cerón se puso
en contacto con los hermanos Juan y Lorenzo Gomis (este último director
de la revista cultural El Ciervo, impulsada por la Asociación
Católica Nacional de Propagandistas). Además de con los Gomis, habló
«asediándolo a telefonazos» con Jesús Ibáñez (que había pasado por la
cárcel debido a los altercados de 1956); con José Ramón Recalde, abogado
donostiarra, con el arquitecto Joaquín Aracil, con el sociólogo
Francisco Díaz del Corral y con el matemático Ernesto García Camarero.
También estaban entre los primeros contactos el abogado y sociólogo
Ignacio Fernández de Castro, el estudiante Fernando Martínez Pereda y el
sacerdote Antonio Jiménez Marañón. Con todos ellos —y tras dos
reuniones en un convento y en una iglesia— fundó Cerón en 1958 el Frente
de Liberación Popular (FLP) o también conocido como el «FELIPE». El
nombre fue idea de Jesús Ibáñez y estaba inspirado en los frentes de
liberación de países como Argelia y Vietnam que entonces estaban de moda
entre la progresía politizada nacional. Entre los miembros fundadores
usaban «la fiesta» como nombre en clave para referirse al Frente. Como
sede para las operaciones clandestinas alquilaron un piso en la calle
Alonso Cano del centro de Madrid, y en él instalaron una multicopista
construida chapuceramente con rodillos de lavadora. En la jerga
particular de la organización a la copiadora la llamaban «lavadora» y al
hecho de editar propaganda política, «lavar». En otras organizaciones
clandestinas a estas multicopistas se las llamaba «vietnamitas» debido a
que las octavillas impresas con estas rudimentarias máquinas eran
utilizadas por el Vietcong durante la guerra contra los norteamericanos
en el país asiático. El FLP era original hasta para esto4.
Julio Cerón en 1984 (foto: El País)
Las primeras captaciones de activistas se hicieron en la universidad. Juan Tomás de Salas (más tarde editor del periódico Diario 16) contaba así su entrada en la organización:
Íbamos desde el
CEU, cerca de la Ciudad Universitaria, hacia el centro de Madrid, camino
de la Facultad de Derecho. Conmigo, Nicolás Sartorius, José Luis Leal y
no sé si alguno más. En las proximidades de San Bernardo (sede entonces
la Facultad de Derecho) empezamos a notar agitación callejera. Multitud
de estudiantes lanzaban consignas en la calle. La policía y sus
colaboradores del interior ejercían con dureza la represión. Alguien se
dirigió a nosotros: «Son los fascistas de dentro -gritó- tened cuidado».
Era la primera vez que veíamos a fascistas uniformados, por supuesto de
azul, ejercitando directamente la violencia. Vino entonces un
estudiante hacia nosotros. Era un amigo, creo recordar que Paco
Montalvo: «Venid conmigo». Y nos llevó hasta un café cercano que era al
parecer un refugio cercano. Allí nos presentó a otro amigo, mayor que
nosotros. «Julio Cerón», nos dijo. Poco después ingresábamos los tres,
Sartorius, Leal y yo, en el Frente de Liberación Popular.5
José Luis Leal, estudiante de Económicas, describe así en sus memorias la prueba de acceso para nuevos miembros en el FELIPE:
El acto formal
de adhesión (al Frente de Liberación Popular) tuvo lugar una tarde de
primavera, poco después de la puesta de sol. Mi contacto me citó en una
calle de Madrid advirtiéndome de que era preciso que fuese en el coche
de mi familia. (…) Después de recogerle estuvimos dando algunas vueltas
por Madrid hasta que, tras mirar su reloj, el contacto me dijo: «Vamos a
la esquina de Menéndez Pelayo con O´Donnell». Seguí sus instrucciones.
Luego me ordenó «Para aquí». Paré y en ese momento un individuo penetró
en la parte trasera del vehículo y dijo: «En marcha, sigue por esta
calle». Seguimos unos metros en silencio, tras lo cual mi misterioso
interlocutor dictaminó: «Da una vuelta a la manzana y aparca en primer
sitio que encuentres en O´Donnell». Así lo hice y, tras detener el
automóvil, comenzó el interrogatorio después de haberme conminado a que
no volviere la cabeza. «¿Qué piensas de la revolución de Fidel Castro?»,
«¿Qué estás dispuesto a dar por la causa?». Respondí lo mejor que pude
y, antes de llegar al final de la conversación, mi interlocutor me
explicó de manera condescendiente que en otras organizaciones se
propinaba una paliza al futuro miembro para comprobar si tenía
condiciones para resistir un interrogatorio de la policía. En el tono de
voz se notaba cierta admiración hacia esas organizaciones, dando a
entender que aquella era la manera adecuada de proceder y que si no se
practicaba en el FLP era por temor a la falta de entereza de los
estudiantes.6
Juan Antonio Ortega Diaz-Ambrona, en Memorial de Transiciones (1939-1978) define a los felipes:
«Románticos, ingenuos, innovadores y heterodoxos y tal vez fueran un
poco de todo eso. Algo caóticos, a veces, y faltos de un programa
definido. No quisieron estar en una formación monolítica y homogénea. Se
sentían más a gusto conviviendo con seguidores de distintas corrientes
socialistas, creyentes y ateos, sindicalistas y líderes universitarios,
dentro del ámbito nuevo, cambiante y en ocasiones muy poco seguro que se
exploraba en Europa, «la nueva izquierda»».
Jesús Ibáñez (arriba, segundo por la izquierda) en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología en 1950 (foto: nodo50.org)
En 1956, en el congreso celebrado en
Praga, el Partido Comunista había decidido utilizar una nueva vía para
conseguir sus fines. El PCE venía de una larga travesía por el desierto.
En 1947 el comisario Roberto Conesa, temido por sus brutales
interrogatorios en los que utilizaba todo tipo de torturas, había
conseguido infiltrar agentes en la organización. Con aquella operación
se hicieron más de dos mil detenciones que después de los juicios
resultaron en un total de 1744 años de penas de cárcel y 46 condenados a
muerte. Esta nueva estrategia antes citada se bautizó como
«Reconciliación nacional». Después de haber intentado derrocar a Franco
mediante la lucha armada en los años cuarenta, el PCE optó por la lucha
política abandonado los métodos violentos. Huelgas, manifestaciones y
propaganda fueron sus instrumentos de movilización popular. La fundación
del FLP puso en cuestión a los partidos que según Cerón habían
fracasado en la lucha contra la dictadura. Al PCE se le consideraba
pactista y reformista. El FLP, nada más nacer y sin consultar a nadie,
se colocó ideológicamente a la izquierda del Partido Comunista. Según
los jóvenes integrantes del Frente, el Partido Comunista estaba
burocratizado y era demasiado dependiente del exterior (donde vivían sus
dirigentes) y estas circunstancias le restaban eficacia en la lucha.
Como respuesta a los partidos clásicos, el Frente se lanzó como una
organización abierta y ecléctica. En su seno se permitía la heterodoxia
ideológica y era habitual oír en sus debates internos frases como: «yo
soy luxemburguista» o «yo soy guevarista». Enemigo de comités centrales,
estructuras encorsetadas y un tanto excéntrico de carácter, Julio
Cerón, máxima autoridad reconocida por todos los jóvenes integrantes del
Frente, se nombró a sí mismo «pontífice organizativo».7
«Nos proponíamos nada menos que cambiar
totalmente la sociedad y hacerla radicalmente justa», escribió José
Pedro Pérez-Llorca, estudiante de Derecho y miembro del FLP. Este
idealismo funcionó como motor de los jóvenes estudiantes y la actividad
política en el piso de calle Alonso Cano durante los primeros meses fue
frenética. José Luis Leal cuenta en sus memorias a qué se dedicaban en
aquellos primeros días de revolución:
Una de nuestras
actividades principales, en el orden intelectual, consistía en la
búsqueda incansable de las cuarenta familias a las que considerábamos
dueñas de España y del entramado del poder. (…) Compramos un anuario en
el que venían los miembros de todos los consejos de administración de
todas las empresas españolas y comenzamos a hacer fichas por orden
alfabético para aquellas personas que nos parecían implicadas en un
mayor número de consejos. Nos pareció que habíamos dado con el núcleo
del poder de la España de entonces. Sería muy fácil, en cuanto se
realizase la revolución, expropiarlos y devolver al pueblo sus bienes.
Comenta Leal que entonces le preocupaba
que los técnicos (capataces de fábricas, y la llamada «aristocracia
obrera») no colaborasen con las fuerzas revolucionarias. Los más
radicales del grupo —añade Leal— daban una solución para ese caso: «Con
un buen pistolón basta y sobra: ya verás si colaboran».
A pesar un expreso compromiso con el
proletariado oprimido, entre los fundadores del FLP solo había un
obrero. Se llamaba Manuel Morillo Carretero y pertenecía a la HOAC. Era
reparador de contadores eléctricos y al comienzo de la guerra civil los
falangistas intentaron lincharlo. Terminada la guerra, ingresó en el
PCE. Lo detuvo la policía y fue condenado a muerte por un consejo de
guerra. La pena no se ejecutó y estuvo en la cárcel hasta 1950. Al
salir, ingresó en la HOAC y continuó luchando por los derechos de los
trabajadores. A causa de las presiones del cardenal Enrique Pla y
Deniel, que no quería radicales de izquierdas en la organización de
Acción Católica, abandonó el grupo y se incorporó al FLP.
Por ser en su mayoría estudiantes
pertenecientes a familias de clase media-alta, su conocimiento de los
problemas de los obreros era escaso. El acercamiento al proletariado se
convirtió en una obsesión para los miembros del Frente, llegando a abrir
un despacho laboralista en barrios obreros como Vallecas o a apuntarse una excursión para hacer alpinismo (como
fue el caso de José Luis Leal, que pasó tanto miedo que se juró a sí
mismo no volver a hacerlo). Juan Tomás de Salas reconoció con
posterioridad que nunca consiguieron ser realmente aceptados por los
obreros.
Portada
y página interior del número 5-6 de Presencia Obrera, órgano del FLP (abril-mayo de 1964)(Fons Viladot del Centre Documental de la
Comunicació de la UAB)
Situación socioeconómica en España
Durante aquellos años sesenta, los
jóvenes izquierdistas escuchaban Radio España Independiente,
coloquialmente llamada «La Pirenaica». En esta emisora montada por el
Partido Comunista de España y que retrasmitía desde Moscú, se anunciaba
día sí y día también la inminente «sublevación popular que acabará con
el franquismo». Había que mantener alta la moral. Ese levantamiento de
las masas nunca llegó. Uno de los principales motivos por los que la
oposición democrática fracasó en el objetivo de derrocar al dictador fue
la ausencia de un análisis ajustado a la realidad de la situación
socioeconómica.
Tras comprobar el régimen franquista, a
mediados de los años cincuenta, que el modelo económico basado en la
autarquía estaba agotado, se puso en marcha en 1959 el llamado Plan de
Estabilización. Liberalizar la economía española y abrirse al exterior
fue un acierto. En los sesenta, España experimentó un periodo de fuerte
crecimiento. En aquellos años, solo Japón obtuvo tasas de crecimiento
superiores a las españolas. Los ingresos por turismo, por ejemplo,
ayudaron a este crecimiento. El volumen de turistas pasó de una media
anual de 13.1 millones entre 1962 y 1966 a una media de 25.3 millones
entre 1967 y 1972 y a 34.6 millones en 1973. El nivel de vida subió y se
consolidó una burguesía que era equiparable a la de otros países
desarrollados. Algunos indicadores que demuestran este nuevo nivel de
vida son: el porcentaje de gasto en alimentación dentro del presupuesto
familiar. Se pasó del 50,4 % en 1958 a un 39,9 % en 1972. Este
decremento es un claro indicador de que el consumo de las familias
españolas se comenzaba a parecer al del resto de los países de la Europa
occidental. El parque automovilístico que no superaba los 100 000
coches en 1950, creció hasta los 5 millones de vehículos en 1975. El
número de televisores por cada 1000 habitantes pasó de 5 en 1960 a 70 en
1970. Y entre los mismos años, la cantidad de frigoríficos creció de 1 a
25 y en el caso de las lavadoras de 3 a 15. Entre 1959 y 1975 la renta
per cápita tuvo un incremento anual medio del 5,5 %. Los salarios de los
obreros industriales se incrementaron en un 287 % entre 1964 y 1972.
Aunque también es verdad que la inflación creció de forma considerable.
La desigualdad seguía siendo un problema (lo sigue siendo hoy en día):
entonces el 1 % más rico disponía del mismo volumen de renta que la
mitad de la población con menos ingresos. Aun así, en aquellos años lo
situación socioeconómica de la mayoría de los españoles mejoró
considerablemente en relación con los años después de la guerra.
En el minuto 25 del segundo episodio de la serie La Transición de RTVE,
que realizó y presentó Victoria Prego, Felipe González, secretario
general del PSOE, después de hablar de la «debilidad» del régimen
franquista en sus últimos años («algo que entonces no conocíamos»),
reconoce la poca fortaleza de la oposición democrática (que él
identifica con «la izquierda»). Dice: «Entonces solo dos de cada cien
personas en España estaban dispuestas a arriesgarse a ir a la cárcel por
defender sus ideas». Si consideramos que en 1975 había 17 millones y
medio de españoles entre 18 y 60 años, un 2 % de esa cantidad arroja la
cifra de 350 000 españoles «dispuestos a arriesgarse a ir a la cárcel
por defender sus ideas». Pero, para que una revolución tenga éxito, no
solo hace falta un grupo de activistas, es necesario el apoyo posterior
de la población.
El caso de Portugal —donde sí triunfó una revolución en
1974— nos puede servir de referencia. En el país vecino la pobreza
afectaba al 40 % de la población (en España no llegó al 19 % en los
peores años). Portugal, en aquella época, estaba implicado en cuatro
guerras coloniales (Angola, Guinea-Bisáu, Mozambique y Goa) lo que
suponía un gran esfuerzo económico para el país. Además, debido a estas
guerras contra movimientos guerrilleros independentistas, el gobierno
obligaba a los jóvenes a hacer un servicio militar de cuatro años; dos
de ellos en las colonias, lo que implicaba con seguridad participar en
una de las guerras. Las familias portuguesas estaban cansadas de recibir
en féretros a sus hijos. Por esos motivos, cuando el 25 de abril se
produjo el golpe de Estado militar contra la dictadura portuguesa, el
pueblo en masa lo apoyó. La situación en España era muy diferente.
En 1971, el presidente de Estados Unidos Richard Nixon y su asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, estaban
preocupados por la situación política en España. Había que hablar
directamente con Franco para conocer sus planes para el futuro. El
dictador era viejo y había que conocer qué podía pasar después de su
muerte. Pensaron que para hablar con un militar lo mejor era utilizar a
otro militar. El general norteamericano Vernon Walters, entonces agregado militar en la embajada de París, fue recibido por el dictador gracias a la intermediación de Carrero Blanco. Ante la inquietud de Walters, el dictador respondió:
«España irá lejos en
el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia,
pornografía, droga, ¿qué sé yo? Habrá grandes locuras, pero ninguna de
ellas será fatal para España».
«¿Cómo puede estar usted tan seguro, general?», preguntó Vernon Walters.
«Porque yo voy a dejar algo que no encontré cuando asumí el gobierno hace cuarenta años», respondió Franco, «la clase media».
Mundo Obrero 1 de diciembre de 1959
La gran redada. Juicio a Julio Cerón
En 1958 y en 1959, el PCE convocó dos
huelgas generales de veinticuatro horas que fueron un fracaso por la
baja participación de los obreros. Con ellas se pretendía atacar al
régimen. A pesar del fiasco, Dolores Ibarruri (Pasionaria), en la
revista Nuestra Bandera, escribió que la primera huelga, la de 5
de marzo de 1958, había «constituido un gran éxito porque respondía al
sentimiento antifranquista que late en la conciencia popular». La
segunda, la de 18 de junio de 1959, se llamó «Huelga Nacional Pacífica» y
además de los comunistas del PCE solo fue apoyada por el FLP.
Una semana después de la Huelga Nacional
Pacífica, detuvieron a Julio Cerón y tras dos juicios lo condenaron a
ocho años y lo echaron de la carrera diplomática. Otros diecisiete
dirigentes de la organización fueron detenidos. El FLP fue casi
desarticulado por completo. En este segundo fracaso de 1959 el PCE fue
más moderado en su triunfalismo: «Este aparente fracaso ha sido un paso
de siete leguas hacia la liquidación de la dictadura del general
Franco».
El abogado defensor de Julio Cerón
fue José María Gil Robles (ministro de la derechista CEDA durante la
República) y sus argumentos se basaron en la religiosidad de su
defendido y en su «anticomunismo». A pesar del buen hacer de Gil Robles,
Cerón fue condenado. No cumplió toda la condena porque gracias a sus
buenos contactos (su hermano, también diplomático, llegó a ser ministro
de Franco en uno de sus últimos gobiernos) fue indultado.
Después del verano de 1960 se
reconstruye el FLP. Julio Cerón seguía en la cárcel, pero se le
informaba de todo. El nuevo líder sería el abogado santanderino Ignacio
Fernández de Castro. Se constituye un núcleo central denominado Central
de Permanentes (CP) del que, escarmentados por las malas experiencias,
se pretende que sean más «profesionales». Todos ellos son estudiantes,
no hay obreros. Entre los miembros del CP están Juan Tomás de Salas y
José Luis Leal Maldonado. Para acercarse a los obreros, se abren
despachos laboralistas en diferentes puntos de España. La sede del
movimiento se sitúa en un piso situado en el nº 222 en la carretera de
Aragón, propiedad de la familia de José Luis Leal.
El asunto de la «profesionalidad» y el
compromiso con la lucha de los jóvenes revolucionarios acabó siendo un
verdadero problema. Para muchos de ellos las prioridades no estaban
claras: ¿Los estudios o la lucha? ¿la familia o la revolución? José Luis
Leal, elogiando en sus memorias a «Carlos», un compañero de militancia
en el FLP que era diferente a la mayoría, termina denunciando el
verdadero problema:
Carlos era mucho más profesional en
su militancia, menos romántico y dedicaba más tiempo y energía a la
causa de la revolución que cualquiera de nosotros. Había en su actitud
una convicción en la que no existía la menor sombra de duda. En eso se
parecía a los militantes obreros, para quienes la clandestinidad no era
una especie de juego intelectual en el que, si bien se arriesgaba mucho,
también se sabía que, en el peor de los casos, una vez fuera de la
cárcel y con un poco de suerte, se retornaría de un modo o de otro al
mundo de la profesión. Muy pocos se habían planteado en serio la
posibilidad de convertirse en revolucionarios profesionales, lo que
hubiera significado renunciar a los estudios o a la carrera y dedicarse
íntegramente a la causa. En Ginebra, durante unos meses, me planteé la
cuestión, pero abandoné la idea al cabo de poco tiempo.
La lucha armada
Cristian Cerón y Francisco Lara, en su libro sobre el Frente de Liberación Popular (Catarata, 2022), comienzan de este modo el capítulo titulado La lucha armada:
«En la vivienda clandestina madrileña de la carretera de Aragón un
joven gaditano trata de convencer a sus compañeros sobre un mapa de la
situación insostenible de los campesinos andaluces, lo que permitiría
montar un foco guerrillero en la sierra de Cazorla (Jaén)». En las
memorias de José Luis Leal no se cuenta nada sobre cómo
se debatió el asunto de la lucha armada. ¿Quién fue ese «joven
gaditano» que propuso poner en marcha una guerrilla? García Alcalá,
en su tesis doctoral, donde incluye entrevistas con antiguos militantes
del FLP, aporta mucha información sobre cómo se trató este peliagudo
asunto en el Frente. En Queríamos la revolución (Flor del Viento, 1998), García Rico sí dice abiertamente que el gaditano José Pedro Pérez-Llorca puso
la posibilidad de la violencia como vía para la revolución sobre la
mesa. Aunque es verdad que los felipes no llevaron a cabo ninguna acción
violenta, es comprensible que algunos de los autores consultados se
autocensuraran a la hora de afirmar que alguien tan relevante como José
Pedro Pérez-Llorca, padre de la constitución, ministro y fundador de uno
de los despachos de abogados más influyentes de España, había tenido de
joven la idea de usar la lucha armada para acabar con la dictadura.
Estamos en 1960, Fidel Castro y unos guerrilleros barbudos han conseguido acabar con la dictadura de Batista en
Cuba desde su base de sierra Maestra. La repercusión de la revolución
cubana llegó a los oídos de los felipes, que acababa de fundar un grupo
insurgente. Algunos militantes de exterior tuvieron una entrevista con
el comandante Gutiérrez Menoyo, uno de los
lugartenientes de Castro en Cuba. Este los animó a iniciar un proceso
parecido al que ellos habían emprendido con éxito en la isla caribeña.
Durante un tiempo hubo contactos y Menoyo prometió ayuda material a los
jóvenes españoles. Parece ser que el mismo Che Guevara terminó abortando el apoyo de la revolución cubana al FLP.
Más tarde, con la intermediación del
gobierno de la República Española en el exilio, entraron en contacto con
autoridades yugoslavas. Se mandó a varios efectivos a Belgrado para
recibir «formación teórica y práctica». Esta última, la «formación
práctica», según pensaban los activistas españoles, sería mayormente
entrenamiento guerrillero.
José Manuel Arija, en
entrevista con García Alcalá, afirma: «Pero luego no hubo nada. La
formación teórica nos la dimos nosotros solos (…) Y de la formación
guerrillera que pensábamos recibir, no hubo nada, nada en absoluto». De
aquella experiencia balcánica venía José Luis Leal cuando acudió a la boda de Juan Carlos de Borbón en Atenas.
Comunicado del FLP sobre las huelgas en Asturias (foto: diario Público)
Finalmente, el único apoyo recibido por
los yugoslavos fue el pago de un viaje a Túnez para contactar con el
Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino que realizó Nicolás
Sartorius. Así lo cuenta el luego líder del PCE: «Yo hice un viaje a
Túnez ayudado por los yugoslavos, para tomar contacto con el FLN
argelino. Les presentamos un informe en la idea de una posible guerra de
guerrillas en España, pero luego eso no tuvo continuidad. No se llegó a
nada». Parece que los argelinos no dieron respuesta; se entiende que no
tomaron muy en serio la propuesta de Sartorius.
No todos los felipes estaban de acuerdo
con la idea de la lucha armada, algunos lo veían como una idea
«infantil». Fernando Martínez Pereda lo contó así: «Nos pareció un
disparate absurdo. ¿A dónde íbamos a ir? ¿A la sierra de Cazorla para
que nos coja la guardia civil?, O hacemos como luego le ocurrió al FRAP,
ocultándonos como las ratas para luego matar a un pobre guardia. ¿Qué
vamos a hacer? ¡Ir con la merienda a Cercedilla en
el tren! Aquí no hay una estructura con un 80 % del campesinado como en
Argelia». Joaquín Aracil lo tenía claro: «Yo, ¿cómo voy a ponerme a
disparar? Tengo que sentir odio hacia la guardia civil. Yo en este
momento siento odio, pero no lo suficiente como para ponerme a disparar y
matar».
Pero los más lanzados siguieron
adelante.Valeriano Ortiz, alias «Nikita», pidió permiso para comprar un
lote de armas en el mercado negro. Antonio López Campillo recuerda que:
«Se compraron unas pistolas que eran lamentables, muy viejas. Se compró
también una metralleta Stein que seguramente nos hubiera matado. Los
tiros al saltar nos matan, las balas no llegan a ningún lado». Luego se
adquirieron armas de mejor calidad, «un Winchester que era carísimo» y,
gracias a los conocimientos químicos de uno de ellos, se fabricaron
explosivos.
En el fondo no había una determinación
seria para pasar de la teoría a la práctica. Así recuerda a sus
compañeros Rodolfo Guerra: «Todos los que yo me topé eran unos
aficionados, no estaban preparados para realizar los objetivos del FLP. Y
si lo hacían iban a ir todos a la cárcel o frente pelotón de ejecución.
Y otros hablaban mucho pero cuando recibían el camión con armas o se
les decía: «atraca un banco», como en realidad eran unos hijos de papá,
se acojonaban como el que más». Entre algunos miembros de la
organización corrió el rumor de que Fidel Castro, a través de los
yugoslavos, les había regalado un camión lleno de armas. Dicho vehículo y
su cargamento nunca aparecieron. Finalmente se decidió «abandonar» la
lucha armada. Se abandonó una vía que nunca se había iniciado.
Curso
de Especialización en Humanidades Clásicas (CEHUC) en el Seminario de
Comillas, 1949-1950. José Bailo en el centro de la primera fila (foto:
atrio.org)
Más redadas
En 1962 hubo otra gran redada que diezmó
de nuevo el FLP. Esta vez, la organización había actuado como
propagador de la información sobre las huelgas en Asturias. Para
entonces ya se habían creado las dos franquicias del frente: en Euskadi
con el nombre de Euskadiko Sozialisten Batasuna (ESBA); y en Cataluña
llamada Frente Obrero de Cataluña (FOC). Entre los detenidos estaba el
sacerdote José Bailo Ramonde (A Coruña, 1929). Este cura con fama de
«abierto y lanzado», después de terminar sus estudios en el seminario de
Comillas, hizo oposiciones al Cuerpo Castrense (sacerdote del Ejército)
y sacó el número dos. Valencia fue su primer destino y allí entró en
contacto con estudiantes de la ASU (Asociación Socialista Universitaria)
que estaban en la cárcel. Cuando esta organización se integró en el
FLP, el sacerdote también lo hizo. Influyó en su decisión que los
dirigentes del Frente fueran amigos del padre Jesús Aguirre, luego duque
consorte de Alba.
El cura Bailo sabía que podía ser
torturado. Cuando entraron en su celda para interrogarlo, decidió
ponerse solemne. Se puso en pie y delante de los policías levantó la
mano derecha como si fuera a iniciar una bendición. Ante la sorpresa de
los agentes —que sabían que era sacerdote— dijo con el mismo tono que
usaba para predicar desde el púlpito: «El que pusiere la mano sobre un
ministro del Señor será excomulgado». Los policías se quedaron
paralizados. Se miraron los unos a los otros y, por si acaso, ninguno de
ellos tocó un pelo de aquel representante de Dios en la tierra. Bailo
cuenta que al poco de entrar en el FLP recibió una invitación para
reunirse en París con Santiago Carrillo y Jorge Semprún. Querían ficharlo para el PCE. Acudió a la cita, pero se mantuvo fiel a los felipes, sus nuevos compañeros.
En 1969, después de haber pasado cuatro
años en la cárcel, Bailo, que ya no era sacerdote, fue arrestado de
nuevo junto con Enrique Ruano y su novia Dolores González. Se les
acusaba de arrojar a la vía urbana propaganda de Comisiones Obreras. Se
les detuvo en un bar hasta el que los siguió el policía que los había
visto lanzando las octavillas. En el bar se pudo comprobar que estaban
en posesión de «documentos relacionados con actividades clandestinas de carácter comunista».
A Ruano le encontraron las llaves de un piso que no era su domicilio.
Argumentó que era el lugar que utilizaba para ocultarse. La policía lo
llevó al inmueble y procedió a registrarlo. Según la versión oficial,
Ruano, tras una breve carrera, se arrojó al vacío por un patio interior
desde la séptima planta que ocupaba el piso. Para apoyar la versión del
suicidio, la policía aportó como prueba parte del diario íntimo del
fallecido. El documento en realidad era una carta dirigida al
psiquiatra Castilla del Pino en la que le contaba sus problemas
sentimentales y sus esporádicos pensamientos de quitarse la vida. El
diario ABC, alineado con las fuerzas represivas del régimen, publicó aquellos textos manuscritos por Ruano.
Lola González Ruiz, Enrique Ruano y Javier Sauquillo junto a la Casa de las Flores de Madrid. (Archivo de Ed. Tusquets)
Entre las detenciones de 1962 y la
muerte de Enrique Ruano, los felipes continuaron con su actividad
política. Se celebró un congreso en la localidad de Pau (Francia):
primer congreso y último; sufrieron escisiones como la creación de
Acción Comunista (AC) por los más radicales; publicaron revistas y
periódicos como Voz Obrera, Crítica y Vanguardia Roja y
se reunieron con Marcelino Camacho, histórico líder del sindicato
Comisiones Obreras (CCOO), organización que en noviembre de 1967 había
sido declarada «ilegal y subversiva» por el Tribunal Supremo. Tras el
contacto con Camacho, los felipes ayudaron a la implantación de CCOO en
varias fábricas. Entre las peripecias más rocambolescas de los
militantes del FLP están las escapadas del país a través de la embajada
de Colombia (protagonizada por Juan Tomás de Salas) y con la ayuda de la
embajada de Uruguay en el caso de Ignacio Fernández de Castro. En ambos
casos la ayuda del sacerdote Jesús Aguirre y de sus buenos contactos
fue crucial. El relato del refugio y fuga de Tomás de Salas es más
divertido que el de Fernández de Castro.
Durante aquella segunda mitad de la vida
del FLP, Julio Cerón, aunque desterrado al pueblo de Alhama de Murcia,
seguía siendo muy importante para la organización. Según cuenta Carlos
Semprún Maura en sus memorias (y recogeEduardo G. Rico en Queríamos la revolución (Flor
del Viento, 1998), Cerón no paraba de escribir cartas a los militantes.
Con ellas intentaba matar el aburrimiento y aprovechaba para impartir
doctrina política. Una de las misivas dirigidas a la Federación Exterior
del FLP cayó en manos de Carlos Semprún, que se encontraba en París. En
la carta Cerón pedía que lo liberasen y lo ayudaran a escapar
ilegalmente al extranjero. Semprún mandó a dos estudiantes belgas a
Murcia para confirmar la intención de su líder. De vuelta en la capital
francesa, los chicos confirmaron el deseo de fuga del diplomático.
Semprún encargo la peligrosa acción a Henri Curiel y a su grupo de
mercenarios. Curiel, nacido en Egipto y líder del partido comunista
egipcio hasta su expulsión, había colaborado con el FLN argelino y con
otros movimientos de liberación de países tercermundistas. El plan
consistía en que el día X a la hora Y, Cerón saldría a dar un paseo. Se
toparía con una furgoneta dirigida por un «camarada» chófer y con un
sacerdote de copiloto. Llevarían un pasaporte falso y los utensilios
para afeitar la siempre abundante barba de Cerón. En el interior del
vehículo también encontraría una sotana o un clergyman para
disfrazarse de cura. De Murcia a Valencia y de allí a Roma, donde Julio
Cerón daría una conferencia de prensa que sería un golpe de efecto
publicitario que haría que todo el mundo conociera la lucha por la
libertad del FLP. Cerón había participado en el diseño del plan; de ahí
el disfraz de sacerdote. Según Semprún, era necesaria una foto sin barba
de Cerón y para ello se utilizó al escritor Mario Vargas Llosa,
compañero en la radio oficial francesa, que pensaba pasar las vacaciones
de verano en la costa mediterránea, para que visitara a Cerón. De
vuelta en París el escritor peruano dijo a Semprún que todo se cancelaba
porque Cerón había recibido la visita de la policía y que estos
conocían los planes de fuga, el itinerario e incluso el disfraz. La
conclusión de Semprún en sus memorias es que Cerón se había inventado
esa visita de la policía española debido a que veía que, gracias a sus
muchos y buenos contactos, en breve se solucionaría su situación y le
daba pereza lo rocambolesco del plan. En 1996, en un artículo de El País, Mario Vargas Llosa contó una versión ligeramente diferente de la peripecia:
Recorrí la
península en una Dauphine con placa francesa, que echaba humo como una
chimenea y cuya sed abrasadora había que aplacar con baldazos de agua
cada diez kilómetros. Cuando llegué a Alhama a don Julio Cerón el plan
de fuga le pareció sin pies ni cabeza y me despachó de vuelta a
Barcelona, después de convidarme a un pollo frito y una conversación
sobre las novelas de Juan y Luis Goytisolo. En Calafell, me esperaba
otro ‘felipe’ con instrucciones de la dirección —algo tardías— de
cancelar el viaje a Alhama.
A comienzos de los años 70, Julio Cerón
fue rehabilitado como diplomático y destinado a la embajada de España en
París donde trabajó para la UNESCO. El obituario que Miguel Ángel Aguilar le dedicó en El País en
2014 dice, con mucha ironía, que le ofrecieron ir a la Santa Sede y que
se negó argumentando que si, como tarea diplomática, debía influir para
conseguir el nombramiento de un papa español, debían nombrarlo a él y
solo a él. Falleció en 2014 en el castillo de Caussade (Perigueux,
Francia).
La nueva izquierda. Mayo del 68
En el prólogo a Queríamos la revolución (Flor
del Viento, 1998), libro de Eduardo G. Rico sobre el «FELIPE», Joaquín
Leguina (que fue miembro del FLP) escribe sobre las intenciones y
objetivos del FLP: «¿Sabíamos lo que queríamos? Quizá no, al menos, no
lo sabíamos con precisión, pero sí sabíamos lo que no queríamos». Las
protestas de mayo del 68 en
París se podrían explicar de la misma manera. Los estudiantes que se
manifestaron en mayo del 68 pertenecían a familias burguesas o de clase
media-alta. Los fundadores del FLP tenían la misma extracción social.
Los objetivos e intereses de los estudiantes franceses, en el fondo,
eran diferentes de aquellos por los que apostaban los proletarios del
Partido Comunista de Francia y de la Confederación General del Trabajo,
el sindicato mayoritario francés. Lo mismo ocurrió en España con el FLP y
otros grupos similares. No les gustaba lo que había —y por eso
protestaban—, pero no tenían claro lo que querían.
«Sed realistas, exigid lo imposible»;
«Prohibido prohibir»; «Bajo los adoquines está la playa»; «Somos
demasiado jóvenes para esperar». Estos eslóganes es lo que queda de las
revueltas de París. Mayo de 68 se caracterizó por el culto a la estética
de la revolución; lo mismo se puede decir del FLP. José Pedro
Pérez-Llorca recuerda a Julio Cerón de este modo:
Por encima de aquel juvenil anhelo
pervive en mí el recuerdo de un Julio que me escandalizaba diciendo que
«La política es ante todo un imperativo del buen gusto, el país no nos
gusta ni nos puede gustar, por eso queremos cambiarlo. Estamos
atrapados, además de por la Dictadura, por la mediocridad del ambiente».
Julio Cerón describía así a a los primeros felipes:
Grupúsculo extremista y sabiamente rabioso, al que acudían seres llenos de entrega y ardor.8
Las revueltas del mayo del 68 terminaron con la famosa frase de De Gaulle: «La reforme oui; la chienlit, non!»
(la reforma sí, el desorden no). Si analizamos aquellos hechos con la
distancia que ofrecen los cincuenta y cinco años transcurridos, los
resultados fueron bastante pobres; poco o nada cambió. Sobre lo ocurrido
en Francia en 1968 los críticos más benevolentes, admitiendo que no se
consiguieron los objetivos, argumentan que al menos se pusieron encima
de la mesa los temas que serían clave en el final del siglo XX: el
pacifismo, la ecología y el feminismo. Los críticos más severos opinan
diferente: Gilles Lipovetsky calificó el movimiento de «laxo y
relejado». El historiador Eric Hobsbawm calificó el marxismo de los
estudiantes franceses de «peculiar, con una orientación universitaria,
combinado con otras modas académicas del momento y, a veces, con otras
ideologías, nacionalistas o religiosas, puesto que nacía de las aulas y
no de la experiencia vital de los trabajadores».
El intelectual Michel Clouscard fue más allá. Describió las revueltas como «un enorme happening»,
como «toma de la Bastilla fantoche», como algo más parecido a un
«psicodrama» que a una experiencia revolucionaria. En sus libros El capitalismo de la seducción y Neofascismo e ideología del deseo sitúa
en mayo del 68 el comienzo del proceso según el cual la izquierda
abandonó la idea de trasformar la sociedad y de la lucha de clases para
tomar la bandera de las luchas individuales e identitarias. Clouscard
llega incluso a acusar a estos movimientos de «nueva izquierda» de hacer
el juego al capital y a los poderes fácticos:
Mayo de 1968 anunció además el
reparto del pastel entre los tres poderes constitutivos del consenso
actual: liberal, socialdemócrata, libertario. Al primero se le devolvió
la gestión económica, al segundo la gestión administrativa, al tercero
la de las costumbres transformadas en necesidad del mercado del deseo.
Tenemos así la nueva Francia.
En 1968, José Luis Leal aún no había
cumplido los veintiocho años y era profesor de la universidad parisina
de la Sorbona. Entre sus alumnos estuvo Daniel Conh Bendit, líder
estudiantil de las revueltas. En sus memorias recuerda con emoción y
nostalgia aquel movimiento estudiantil.
Informe
de la Federación Exterior del FLP sobre las movilizaciones de mayo de
1968 en Francia (Fons Viladot del Centre Documental de la Comunicació de
la UAB/ Viento Sur)
Disolución del FLP
A comienzos de 1969, un grupo de
disidentes del FLP redactó un documento proponiendo la creación de un
nuevo partido que acabaría llamándose Partido Comunista Revolucionario
(PCR). La nueva formación tenía como principal objetivo representar la
«vanguardia del proletariado». Aquel nuevo grupo, del que el cura Bailo
era uno de los principales artífices, significó el final del FLP. Muchos
militantes, como Nicolás Sartorius, se marcharon al PCE y otros, como
explica Pablo Lizcano en su libro La generación del 56, se
pusieron a hacer oposiciones a la administración obligados por sus
padres. Se terminaba la vida universitaria y empezaba la realidad.
José Pedro Pérez-Llorca lo explica con claridad:
Terminado el
curso, mi muy inteligente madre, que se percató de mis andanzas, me
empaquetó sin apelación para Friburgo de Brisgovia, en cuya acogedora
universidad, y haciendo diversos trabajos, pasé una buena temporada.
Siguiendo el consejo de Julio Cerón, el
estudiante gaditano aprovechó para aprender alemán leyendo
a Hegel y Marx. Perez Llorca terminó sus estudios de Economía con
sobresaliente y el Premio Extraordinario de Licenciatura. Al terminar la
carrera, también cerró su época de radicalismo político. Pero recuerda
esa época con cariño: «Fue positivo, porque aprendí mucho análisis y
práctica política. También me quedó una cierta erudición del pensamiento
socialista, y el impulso de generosidad y de ilusión para entrar en la
política activa».9
Leal cuenta que después de acabado el
FLP se encontró con Nicolás Sartorius en París y le reprochó que hubiera
mantenido una doble militancia, en el PCE y en el FLP. Sartorius se
justificó diciendo que «éramos unos inconscientes y había que conseguir
que nuestras locuras no dañaran la causa del proletariado».10
Cabecera de Vanguardia Roja, órgano del FLP, de febrero de 1969 (imagen: diario Público)
El 17 de septiembre 1984 se celebró un acto en la Fundación Miró de Barcelona para conmemorar el veinticinco aniversario del final del FLP. Se
reunieron algo más de un centenar de antiguos militantes. Los entonces
ministros del PSOE (Narcís Serra, José María Maravall, Carlos
Romero y Julián Campo) excusaron su asistencia. Terminado el acto, los
más valientes o nostálgicos siguieron la juerga en la sala de fiestas La
Paloma. Durante la reunión se pronunciaron discursos emotivos como el
del escritor Vázquez Montalbán: «Difícil hacer un diagnóstico, pero si
nos hubieran dejado, habríamos hecho una revolución encantadora». Manuel
Gari, dirigente del FLP, se preguntó: «¿Cabe hablar de olvido de unas
siglas o simplemente de un grato recuerdo juvenil? En realidad, el FLP
planteó verdaderos problemas políticos que no supo resolver. Algunos
exfelipes, la mayoría, no creen ya en esos problemas. Otros seguimos
buscando nuevas soluciones». Solo Pascual Maragall, que nunca se ha
mordido la lengua aportó el epitafio que hacía justicia al cadáver:
La historia del
FELIPE es más una parte de nuestra historia privada que de la historia
social y política del país. El PSUC y el PCE hicieron gran parte del
trabajo sucio que se requiere para estar realmente en los libros de
historia y salir del puro álbum de fotos amarillento. Que es donde
estamos nosotros.
Epílogo
Del FLP salieron ocho ministros de la
democracia; treinta altos cargos de la Administración, entre ellos dos
presidentes de Comunidad Autónoma; treinta y cinco catedráticos y
profesores; quince escritores y periodistas y doce curas. Muchos
artículos que glosan este movimiento político destacan como su principal
logro haber servido de incubadora para luego nutrir de cargos políticos
y de intelectuales a la naciente democracia española. Pero quedan
algunas cuestiones pendientes: si no hubieran pertenecido a este grupo
tan ilustres miembros ¿nos acordaríamos hoy del FLP? Si no hubieran
matado a Enrique Ruano ¿tendría el relato de las acciones de este grupo
el toque épico que se le suele dar? ¿Hasta qué punto han exagerado los
medios de comunicación y algunos libros de memorias los logros del FLP?
Estas preguntas quedarán sin respuesta
en este artículo por respeto a esos ancianos que continúan contando a
sus nietos que hace sesenta años fueron valerosos guerreros
antifranquistas y que gracias a ellos España es hoy un país democrático.
Notas
(1) Una modernidad autoritaria, Anna Catharina Hofmann (Universitat de Valéncia, 2023).
(2) La generación del 56, Pablo Lizcano (Leer, 2006)
(3) Historia del Felipe (FLP, FOC, ESBA), Julio Antonio García Alcalá (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2001)
(4) Tesis doctoral de Julio Antonio García Alcalá. «UN MODELO EN
LA OPOSICION AL FRANQUISMO: LAS ORGANIZACIONES FRENTE (F.L.P- FOC.-
ESBA).
(5) Queríamos la revolución, Eduardo G. Rico (Flor del Viento, 1998)
(6) Hacia la libertad, José Luis Leal (Turner, 2022)
(7) El Frente de Liberación Popular. FELIPE. Cristian Cerón y Francisco Lara; (Cararata, 2022)
(8) José Pedro Pérez-Llorca, Una biografía Política. Gema Pérez Herrera; (BOE, 2020)
(9) José Pedro Pérez-Llorca, Una biografía Política. Gema Pérez Herrera; (BOE, 2020)
(10) José Pedro Pérez-Llorca, Una biografía Política. Gema Pérez Herrera; (BOE, 2020)
Más bibliografía
La transición en España. España en transición. Alfonso Pinilla García (Alianza editorial, 2021).
La oposición democrática al franquismo. Xavier Tusell (Planeta, 1977).
El cura y los mandarines. Gregorio Morán. (AKAL, 2014).
Crónica del antifranquismo, Fernando Jáuregui y Pedro Vega. (Planeta, 2007).
La transición, historia y relatos. Carme Molinero y Pere Ysás. (Siglo XXI, 2018).
Portada: 17 de mayo de 1968, Manifestación de
estudiantes en la Facultad de Ciencias de la Ciudad Universitaria de
Madrid, vigilados por agentes de la Policía Armada a caballo (foto:
agencia Cifra)