« Ce livre de Losurdo a quelque chose à voir avec l’ascension des hautes montagnes. Losurdo n’y occupe pas la place de l’alpiniste, mais celle de l’observateur. Il analyse l’action de ceux qui, au cours du siècle, ont tenté l’ascension. Il essaie de déceler les “faux pas” qui ont précipité la chute des uns ou ont égaré les autres à tel point qu’ils ont perdu de vue le sommet. Mais Losurdo s’enquiert aussi et surtout des “chemins détournés” qui, contre toute attente parfois, ont permis de repartir à l’assaut de la montagne. La “question communiste” au XXIe siècle n’est donc pas la réactivation d’un vieux dogme romantique ou la contemplation du bel idéal. Elle est reprise des luttes concrètes “contre le démantèlement de l’État social, pour la défense de la souveraineté de l’État, de l’indépendance nationale et du droit au développement”, luttes qui ne seront efficaces qu’à la condition d’avoir appris des échecs et des victoires d’hier. » Extrait de la préface de Florian Gulli.
Traduit de l’Italien par Lorenzo Battisti. Préface de Florian Gulli.
Avec le concours de Jean-Pierre Martin et d’Éric Le Lann.
PRÉSENTATION PAR Florian GULLI
et Jean-Pierre MARTIN
Gabriel Rockhill y Jennifer Ponce de León han
escrito la Introducción a la versión inglesa de El Marxismo Occidental,
titulada “El socialismo como liberación anti-colonial: lecciones
contemporáneas de Losurdo”, en la que no sólo delinean las ideas-fuerza
de Losurdo y el método de análisis que aplica en esta obra, sino que
también ofrecen interesantes reflexiones sobre la “industria de la
teoría” y el “socialismo realmente existente”.
Por TITA BARAHONA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG
En el sistema capitalista, la burguesía posee los medios de producción, pero también posee y/o controla los medios intelectuales de producción cultural (universidades, centros de investigación, think tanks…),
cuyos productos se difunden a través de libros, revistas científicas y
diversos medios de comunicación. Igual que hay una industria de la
música, del cine o del espectáculo, también existe lo que Gabriel Rockhill conceptualizó como la “industria de la teoría global”,
un sistema de producción, circulación y consumo de los productos de la
alta cultura, como la teoría, que opera dentro de los límites de lo que
la burguesía considera idóneo o legítimo para el uso del publico en
general (1).
Si hemos leído a -o al menos nos suenan- autores como Horkheimer, Adorno, Foucault, Derrida, Negri, Butler o Zizek, es posible que hayamos tenido menores ocasiones de toparnos con otros prominentes pensadores contemporáneos como Domenico Losurdo (1941-2018). Es cierto que buena parte de las obras de este autor italiano han sido traducidas al castellano y otros idiomas (2); pero, comparadas con las de los autores arriba referidos, seguramente encontraremos que las de Losurdo
tienen bastantes menos citas en artículos académicos y periodísticos.
Además, él no tuvo tantas oportunidades de ser entrevistado en los
grandes medios o invitado a dar charlas en eventos patrocinados por
instituciones financieras (3).
Las razones de que la obra de Losurdo no sea un producto estrella de la “industria de la teoría global” las explican brillantemente Gabriel Rockhill y su colaboradora, Jennifer Ponce de León (4), en las 30 páginas de Introducción a la recién publicada versión inglesa de uno de sus libros: Western Marxism. How it was born, how it died, how it can be reborn (El Marxismo Occidental. Cómo nació, cómo murió y cómo puede renacer), editado por Rockhill y publicado en Monthly Review Press (Nueva York, 2024).
En esta introducción, titulada “El socialismo como liberación anti-colonial: lecciones contemporáneas de Losurdo”,
sus autores delinean las ideas-fuerza de Losurdo y el método de
análisis que aplica en esta obra, publicada originalmente en 2017. Trata
en ella el autor italiano de una de las mayores divisiones que se produjeron dentro de los debates del marxismo a nivel mundial: “Marxismo oriental”versus“Marxismo occidental”, división que “marcó a la generación de Losurdo y continúa estructurando muchas de las controversias actuales”.
Desde la década de 1970, que es cuando Losurdo sitúa el surgimiento de este cisma, se llamó marxistas orientales a quienes habían logrado tomar el poder, como en los casos de la URSS, Vietnam, Corea, China, Cuba, etc. Marxistas occidentales se denominó, por otro lado, a los intelectuales que se opusieron a esos proyectos de construcción del socialismo, porque -como explican Ponce de León y Rockhill- “rechazaban
la aspiración a la toma del poder en favor de diversas formas de teoría
crítica y a veces presentando ese rechazo como la postura
epistemológica desde la que mejor se puede descubrir el llamado
auténtico marxismo”.
Oriental y occidental no son, sin embargo, términos estrictamente geográficos, sino que se refieren más bien a dos posturas políticas diferentes, la una dedicada a la ardua tarea de construir el socialismo, lo que hasta ahora se ha producido sobre todo en el Sur Global; la otra desdeñosa de esos esfuerzos y quitándoles importancia, “porque no están a la altura del estándar imaginado de pureza teórica o moral”.
A este último renglón pertenecen las corrientes filosóficas derivadas de la Escuela de Frankfurt y la teoría francesa, entre otras, con las que Losurdo polemiza. Por tanto -señalan Ponce de León y Rockhill- “gran
parte de lo que éste diagnostica en su libro se puede aplicar -salvando
las distancias- a muchas otras tendencias promovidas por la industria de la teoría, algunas de las cuales son abiertamente anti-marxistas, incluidas la teoría post-colonial, la teoría decolonial, el feminismo liberal y la teoría queer, el afro-pesimismo, etc."
Un tema central en el libro de Losurdo es su respuesta al de Perry AndersonConsiderations on Western Marxism (1976), para quien el hecho de que el socialismo no se extendiera fuera de la URSS fue “producto de una derrota”.
Este supuesto fallo del gobierno de los soviets fue motivo para que los
marxistas occidentales se retiraran de los partidos y los asuntos
políticos y económicos, se refugiarsen en la Academia y centrasen sus intereses en laFilosofía y la Estética.
Sostienen Ponce de León y Rockhill que “el oportunismo de los marxistas occidentales, criticado por Losurdo, debe entenderse a través del análisis de los intereses de clase". Todos ellos son
“intelectuales profesionales acomodados en las redes de elite del Norte
Global y parte de lo que algunos llaman la nueva pequeña burguesía, es
decir: el estrato de clase profesional-directiva del centro imperialista”.
La CIA prodigó sustanciosos fondos a estos intelectuales izquierdistas anti-comunistas y promovió sus obras en todo el mundo. Ponce de León y Rockhill señalan la operación, en la década de 1950 -en plena Guerra Fría- del Congress for Cultural Freedom (Congreso para la Libertad Cultural), “uno de los mayores patrocinadores del arte y la cultura que el mundo ha conocido. Estableció oficinas en treinta y cinco países [...], planificó o patrocinó 135 conferencias y seminarios internacionales, publicó al menos 170 libros, dirigió revistas […] Prominentes marxistas occidentales, como Horkheimer, gozaron de sus viajes pagados. Otros, como Adorno, vieron sus obras publicadas y traducidas en sus revistas.”
Los escritos de estos marxistas occidentales -según explican Ponce de León y Rockhill- suelen “promover las dinámicas del imperialismo cultural y a la vez ellos son promovidos por el aparato cultural burgués, que los vende en todo el mundo como la única versión válida de marxismo”. Estos enfants terribles de la Academia “produjeron teorías que tienen poco o ningún valor de uso para las luchas de las masas trabajadoras y oprimidas”.
A la misma hornada parecen pertenecer los “neo-marxistas” y “post-marxistas” con los que polemiza agudamente Andrés Piqueras en De la decadencia de la política en el capitalismo terminal(5), apoyando la argumentación de Losurdo en El Marxismo Occidental.
Unos y otros son lo que Rockhill denomina “recuperadores radicales”, porque “pretenden
recuperar potenciales fuerzas insurgentes dentro del orden capitalista,
guiando a las masas hacia soluciones simbólicas o discursivas”, como lo es el consumo de los productos de “la industria imperialista de la teoría”.
Es posible que a muchos de nosotros no nos sea difícil percibir el hilo que conecta a estos “recuperadores radicales”,
que dicen representar los intereses de los oprimidos mientras carecen
de un programa práctico para la transformación social, con la “izquierda compatible” o “izquierda integrada”
(ya despojada de cualquier resto de marxismo y anti-comunista), que se
alterna en los gobiernos de nuestras democracias burguesas con la
derecha, para hacer las mismas políticas de corte neoliberal.
En el polo opuesto se halla el compromiso militante de intelectuales como Losurdo, su dedicación a lo que en su obra sobre Gramsci llama el “comunismo crítico”, que -como sostienen Ponce de León y Rockhill- “elude
el dogmatismo en favor de un proceso continuo de aprendizaje enraizado
en el análisis concreto de coyunturas históricas específicas”.
En El Marxismo Occidental, Losurdo "elucida
las fuerzas objetivas que mueven la ideología de esta corriente a la
que considera producto cultural del centro imperialista". Como en todos sus escritos, aplica para ello “un análisis sobrio de la realidad concreta, que es profundamente histórico”. Es, por tanto -concluyen Ponce de León y Rockill, “un antídoto inestimable a esta tendencia anti-comunista y pro-imperialista dentro del marxismo occidental”.
Añado para terminar que, seguramente, seremos muchos quienes nos
preguntemos si podemos llamar marxismo en absoluto a elucubraciones
teóricas despojadas de práctica revolucionaria, dado que un elemento
central en la elaboración marxista es el método dialéctico, la permanente imbricación de la teoría y la intervención social. El marxismo es, como lo denominó Gramsci, filosofía de la praxis: “No hay un pensamiento sin influjo sobre la realidad, ni una realidad que no determine el pensamiento” (6).
En cualquier caso, la calidad del libro de Domenico Losurdo y la no menor de su introducción en la versión inglesa lo hacen sumamente recomendable.
Referencias
(1)Gabriel Rockhill
(nacido en 1972) es un filósofo, escritor, crítico cultural y activista
estadounidense. Realizó sus estudios superiores en Francia y
actualmente es profesor de Filosofía en la Universidad de Villanova de Filadelfia. Es asimismo director-fundador del Taller de Teoría Crítica
y contribuye regularmente al debate intelectual público en medios como
CounterPunch, Black Agenda Report, el New York Times y Libération, entro
otros. También en Canarias Semanal hemos publicado algunos de sus
artículos. Sobre el concepto “industria de la teoría global”, véase la
entrevista que le hicimos en este medio:
https://canarias-semanal.org/art/33563/gabriel-rockhill-la-industra-de-la-teoria-global-capitalista-al-descubiero-video
(2) La obra de la que aquí tratamos, El Marxismo Occidental, cómo nació, cómo murió, cómo puede ser resucitado, fue publicada por la editorial Trotta en 2019. En la editorial El Viejo Topo
se pueden encontrar otros títulos de Losurdo: Stalin. Historia y
crítica de una leyenda negra (2011); Contrahistoria del liberalismo
(2007); La lucha de clases (2014); La izquierda ausente (2015); Un mundo
sin guerras (2016) y su obra póstuma La cuestión comunista (2021).
(3) Ciñéndonos sólo al caso español, el Banco de Santander patrocinó en 2021 una charla de Judith Butler en
el Museo Reina Sofía de Madrid. Como una de las principales
intelectuales de la industria de la teoría, ha sido objeto de múltiples
noticias y entrevistas en los grandes medios. También recibió el Premio
Internacional Cataluña que otorga la Generalitat, y la Medalla de Oro
del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Véase
https://canarias-semanal.org/art/33459/judith-butler-o-el-fetichismo-de-la-mercancia-intelectual
y
https://canarias-semanal.org/art/29396/judith-butler-la-pope-del-feminismo-postmoderno-y-su-apoyo-al-capitalismo-yanqui
(4) Jennifer Ponce de León es profesora asociada de Inglés en la Universidad de Pensilvania. Está también especializada en estudios sobre América Latina a partir de la década de 1960 y Literatura Comparada. Su investigación se centra enlos movimientos izquierdistas y la producción cultural en las Américas y en el pensamiento marxista y anti-colonial. Es directora asociada del Taller de Teoría Crítica. Actualmente trabaja en un libro, Revolutionizing Aesthetics, en co-autoría con Gabriel Rockhill.
(5) Andrés Piqueras,
De la decadencia de la política en el capitalismo terminal. Un debate
crítico con los “neo” y los “post” marxismos. También con los
movimientos sociales (El Viejo Topo, 2022)
(6) Citado en Andrés Piqueras, De la decadencia de la política, p. 321.
Une petite analyse du mouvement "écosocialiste occidental", sous la forme d'un hommage au grand Domenico Losurdo.
Renouer
avec la notion de progrès social et scientifique, centre de toutes les
attaques idéologiques bourgeoises actuelles post-modernes, suppose
d’étudier sérieusement la forme la plus actuelle, voire ultime, du
“marxisme occidental” : l’écosocialisme. De loin, ce point de vue,
assimilant l’écosocialisme et le “marxisme occidental”, peut sembler
cavalier, tant l’écosocialisme se pose comme une forme “radicale”
d’anticapitalisme intégrant un retour assez franc à l’aspect
anti-impérialiste de l’histoire du marxisme, à la manière
“néo-léniniste” diront certains (Andréas Malm, Frédéric Lordon), donc, à
première vue, anti-occidentale. Mais c’est oublier que les fondateurs
écosocialistes revenant à la lettre de Marx, que j’appelle donc
archéomarxistes, sont tous des penseurs issus de la sphère impérialiste
(Bellamy Foster et Bookchin sont nord-américains, Malm est suédois,
Kohei Saïto est japonais). D’une certaine façon, comme Français, je ne
fais pas exception ; mon pays figure également en bonne place au
palmarès des puissances impérialistes actuelles. L’objection est juste,
mais on devrait pouvoir répondre, sans déterminisme excessif, qu’on
peut, comme intellectuel marxiste, trahir sa “sphère impérialiste” comme
on trahit sa classe petite bourgeoise, suivant la célèbre suggestion de
Gramsci. Je rends ici hommage au philosophe marxiste Domenico Losurdo,
lui-même occidental, quoique grand critique de ce qu’il définissait
lui-même comme le “marxisme occidental” contre le “marxisme oriental” :
Il ne partageait pas avec le grand Gramsci qu’une patrie commune. Je
pose ici, j’y reviendrai, qu’une critique sérieuse de l’écosocialisme ne
peut faire l’économie d’une telle distinction au sein de l’histoire du
marxisme.
L’idée n’est pas de commencer ici une critique détaillée du travail,
tout-à-fait respectable et utile, des exégètes occidentaux de Marx qui
ont jeté les bases de l’écosocialisme. Leur thèse d’ensemble est
connue : revoir l’œuvre de Marx à l’aune des problèmes écologiques
actuels pour restaurer sa qualité de “prophète” anticapitaliste et
l’inscrire dans le mouvement de l’écologie politique. Ecologie politique
qui n’est certes pas qu’occidentale, mais tout de même issue et centrée
sur cette sphère. Il s’agit bien de ce qu’on appelle classiquement au
vingtième siècle des auteurs “révisionnistes”, qui “révisent” la théorie
marxiste dans une perspective tronquée. Les révisionnistes historiques
Kautsky et Bernstein avaient en leur temps déformé Marx pour fonder
leurs théories sociale-démocrates ultra-impérialistes.
Nos écosocialistes suivent quant à eux le sillage de l’école de
Francfort, toute aussi occidentale, pour réviser Marx à la lumière des
questions écologiques, avec une touche typiquement anti-progrès inspirée
du philosophe Walter Benjamin. Dans les deux cas, l’antisoviétisme des
auteurs est une base commune indiscutable, un postulat de départ même :
le camp socialiste fut “productiviste”, voire “capitaliste d’Etat” et
“autoritaire”, de part en part. Il ne doit pas être un modèle mais un
contre-modèle.
Ajoutons que cet écosocialisme n’est pas qu’un courant de pensée.
D’où l’importance d’une critique sérieuse et popularisable, encore à
faire. C’est une idéologie rassemblant de nombreux acteurs politiques de
la gauche antilibérale occidentale (trotskistes, Insoumis, Syriza, Die
Linke, etc.). Or, comme courant de pensée, il cherche, sans le pouvoir, à
marier un point de vue strictement “marxiste occidental”
(antisoviétique et anti-science) à des questions écologiques qui se
posent, quant à elles, dans un champ explicitement scientifique. Deux
écueils le mènent donc à l’impasse : son antisoviétisme
occidentalocentré et son caractère postmoderne anti-science. Ces deux
écueils sont, bien sûr, liés dialectiquement par la tendance à la
domination de l’idéologie bourgeoise sur le “marxisme occidental”
historique.
Premier écueil donc : son caractère anti-science. Il faut le dire,
celui-ci est beaucoup moins évident qu’à l’époque du freudo-marxisme ou
du post-structuralisme althussérien. Pour dénoncer des catastrophes
écologiques à venir, il faut tout de même un peu d’ontologie. Ce qui
n’est pas sans poser de problèmes à nos archéomarxistes d’ailleurs.
Disons-le par parenthèse : aucun d’entre eux n’est véritablement
scientifique. Saïto et Bookchin sont philosophes, Foster et Löwy sont
sociologues [1]. Pourtant c’est bien l’intérêt prononcé de Marx pour les
sciences, source de nombreuses citations dénichées, qui légitime en
apparence l’écosocialisme comme nouvelle étape du marxisme.
Là encore, l’intérêt de Marx pour les sciences est évidemment
central, mais il a été si souvent moqué ou au moins minoré par les
marxistes occidentaux qu’on peut s’étonner d’un tel regain d’intérêt.
Heureusement l’hostilité vis à vis d’Engels et de sa “Dialectique de la
Nature” reste intacte. L’écosocialisme doit se détourner de toute
tentative “matérialiste dialectique”, se donnant d’ailleurs beaucoup de
mal pour penser le lien société-nature avec des néologismes inutiles
(“double détermination société-nature” comme “unité-différenciée” ou
“unité-séparée” 2]), sans recourir tout simplement à la “lutte et
l’unité des contraires” du Diamat 3] bassement soviétique. Il y a donc
bien sûr une tentation ontologique dans le révisionnisme écosocialiste,
mais contrebalancée par un rejet de la technique qui résonne comme une
vieille hostilité vis-à-vis de la science en général.
C’est le terme utilisé par Marx de Stoffwechsel, couramment traduit
par métabolisme en français et en anglais, qui étaye l’idée, abusive,
que Marx se serait converti à la “décroissance” sur le tard. En biologie
en effet le terme métabolisme est parfois associé à l’idée de
circulation cyclique, stable et autorégulée, en particulier en
physiologie. Mais ce n’est pas le cas en biologie moléculaire par
exemple, où le métabolisme désigne simplement un flux bilatéral de
construction (anabolisme) et de destruction (catabolisme) moléculaire,
sans cyclicité obligatoire. Marx utilise le terme métabolisme dans le
sens d’une circulation matérielle, avec l’idée qu’il y a, en agriculture
en particulier, un nécessaire recyclage des sels minéraux fertilisant
les sols, que l’agriculture intensive vient rompre. Liebig, chimiste
contemporain de Marx, l’avait mis en évidence et Marx s’en était à juste
titre convaincu : les ressources de la nature sont limitées, et la
fertilité des sols n’est pas infinie.
Ceci dit, le choix du lexique physiologique, plutôt étranger (et
antérieur) à l’évolutionnisme, n’est pas anodin de la part des exégètes
de Marx. Se référer à un “métabolisme” couramment autorégulé, en
physiologie ou plus largement dans les écosystèmes (autorégulations tout
à fait réelles au demeurant, et parfaitement dialectiques au sens
marxiste du terme), c’est préférer les approches cycliques et stables,
“harmonieuses”, aux approches plus évolutionnistes et dynamiques qui
constituent pourtant le paradigme de la biologie toute entière. Le cycle
de l’eau, le cycle du carbone, le cycle des sels minéraux, tous ces
cycles semblent stables à notre échelle de temps, mais ils n’ont jamais
été stables dans l’histoire de la planète, ni même au cours de
l’histoire humaine. Mettre l’accent sur le terme métabolisme chez Marx
pour faire accroire qu’il aurait appuyé son matérialisme historique sur
les lois d’une nature immuable et autorégulée, c’est tout à fait
contraire au paradigme darwinien comme à la pensée de Marx et Engels
elle-même.
Après tout, le terme Stoffwechsel est composé de stoff (matériel) et
de wechsel (changement) : il ne cache chez Marx aucun soupçon de fixisme
ou de cyclicité de la nature telle que la fantasment les écologistes.
Marx l’utilisait à la fois pour identifier ce qui circule entre les
hommes (marchandises) et ce qui circule entre les hommes et la nature
(dont les ressources naturelles). Des équilibres sont évidemment rompus
par le capitalisme, ce que Liebig et Marx identifiaient déjà il y a deux
siècles, parce que ce système est fondé sur une anarchie de la
production, donc une impossibilité fondamentale à anticiper les
bouleversements sur le long terme, tandis que le socialisme serait
susceptible de rééquilibrer les échanges destructeurs. Cependant,
au-delà de telles anticipations, l’évolution des sociétés reste
parallèle à d’inéluctables évolutions environnementales dont nous ne
sommes pas toujours responsables, mais qu’il faudra toujours (tenter de)
surmonter. Et cette forme d’anticipation-là, liée notamment au maintien
dynamique de la biodiversité et pas seulement du climat, n’est pas
favorisée, c’est le moins qu’on puisse dire, par le fantasme d’une
nature uniquement faite d’autorégulations.
Le vivant, et même l’Humanité, ont toujours dû surmonter, malgré une
apparente stabilité, des bouleversements destructeurs, radicaux et
inéluctables. Cette capacité d’adaptation, voire d’émancipation
permanente, est sévèrement freinée par le capitalisme qui jugule la
recherche scientifique pour ses propres intérêts court-termistes.
L’émancipation permanente de l’Humanité vis-à-vis des bouleversements
naturels, capacité qui intègre la résolution des déséquilibres
anthropiques les plus graves, ne se limite certainement pas à ceux-ci et
suppose une stimulation majeure de la recherche scientifique et des
technosciences. Il est clair que les écologistes égarés, fussent-ils
écosocialistes, s’y refusent par définition.
Pour Saïto, s’émancipant de Marx dans son second essai, le
capitalisme en crise réalise, pour se survivre à lui-même, un triple
transfert métabolique : trois stratégies permettraient de différer sa
fin. Les deux premiers transferts ne sont pas des nouveautés, l’un est
spatial (les conséquences écologiques néfastes de la surproduction sont
transférées hors de l’occident impérialiste, dans le Sud global),
l’autre est temporel (elles sont aussi différées aux générations futures
selon l’adage marxien “Après moi le déluge” 4]). Mais le troisième est
sans doute le principal, baptisé transfert technologique : celui-ci
trahit un objectif anti-technosolutionniste, dont on peut admettre une
légitimité jusqu’à un certain point, mais qui conduit l’auteur à la
perspective d’un “communisme décroissant” hostile à toute technoscience,
et à ce stade, ce n’est plus l’occident qui est visé mais toutes les
puissances concurrentes du sud, à commencer par la Chine. Nous touchons
donc ici le cœur du révisionnisme écosocialiste, le deuxième écueil.
Deuxième écueil : l’antisoviétisme et l’occidentalisme postcolonial.
Pas commode à première vue d’expliquer ici que, sous des apparences
anticoloniales et anticapitalistes, la dénonciation de toute croissance
hors occident comme “capitalisme autoritaire” (voire “impérialiste” !),
incluant la Chine et même Cuba, relève d’un esprit typiquement
occidentalo-centré. Pour le comprendre, il faut, avec Losurdo, convoquer
l’histoire précoce du mouvement : Marx et Engels enterrés, les
marxistes ont eu, chez nous, bien du mal à accepter en 1917, que la
révolution n’ait pas surgi du berceau européen de la “civilisation”.
Il faut rappeler que pour beaucoup d’occidentaux, marxistes ou non,
l’Union Soviétique fut, avant tout, moins européenne qu’asiatique (ce
qui n’est pas faux, s’il ne s’agissait pour eux d’une tare) : le
méridional Staline, géorgien, et même ce petit fils de kalmouke qu’était
Lénine confirmeront le soupçon, avant Mao, Ho Chi Minh et Kim Il Sung,
quand il s’agira d’orientaliser la révolution socialiste. Et c’est sans
doute cette forme de chauvinisme blanc [5], d’origine bourgeoise mais
déteignant sur les intellectuels de gauche de l’époque, qui sous-tendra
la théorie du “totalitarisme” soviétique ou chinois, et peut être par
opposition la prétention de l’Allemagne, qui a produit Marx et Engels,
ou de la France, qui a produit Robespierre et la Commune de Paris, à
revendiquer la paternité du socialisme.
“La condamnation d’un “marxisme oriental” frelaté au profit de
l’authentique, “occidental” a connu un vaste écho [...].” dit Losurdo.
“Cette appréciation est devenue, aujourd’hui, carrément un lieu commun à
“gauche”. Il a été intégré de façon explicite ou implicite par les
auteurs qui forment la nouvelle génération du “marxisme occidental”
après la fin de la “fin de l’histoire”, promoteurs ou participants de
celle qui entend se considérer comme “renaissance de Marx”.” (D.
Losurdo, “Marxisme occidental” et “marxisme oriental”, une scission
malheureuse in La Chine et le monde, développement et socialisme,
Séminaire international -ouvrage collectif-, Le temps des cerises,
2013). Il poursuit en convoquant un vieux marxiste italien, comme nous
aurions pu convoquer ses contemporains français Jules Guesde ou Léon
Blum : “Le dirigeant réformiste Filippo Turati reproche aux tenants
italiens du bolchevisme d’oublier “notre grande supériorité d’évolution
civile d’un point de vue historique” et de s’abandonner par conséquent à
l’engouement pour “l’univers oriental, face au monde occidental et
européen”. Ils ne songent pas que les soviets russes sont aux parlements
européens ce que la “horde” barbare est à la “cité”. [...] Kautsky
avait été encore plus sévère [...]. Ce qui se produisait en Russie
n’avait rien à voir avec le socialisme ou le marxisme. [...] “En Russie,
on réalise la dernière révolution bourgeoise et non la première des
socialistes.” Aux yeux de Turati comme à ceux de Kautsky, la Russie
soviétique de 1919 ne relevait en dernière analyse que du “capitalisme
autoritaire” et sans démocratie.” (id.) Relire à la lumière de ces
bienveillantes réflexions la prose anti-chinoise actuelle de “gauche”...
L’idée que les pays en transition vers le socialisme ne sont en fait
que des capitalistes copiant les occidentaux, la “démocratie” en moins,
n’est donc pas nouvelle, et là encore, c’est aux écosocialistes
occidentaux d’éclairer le monde, à commencer par le Sud global, sur
l’importance de “mieux comprendre Marx”. Cette arrogance occidentale
explique aussi pourquoi les indiscutables avancées de la Chine ou de
Cuba en matière d’écologie sont à la fois incompréhensibles et
systématiquement occultées par nos exégètes : les solutions sont dans
les textes, pas dans les faits ou dans l’histoire réelle.
L’injonction faite au sud de suivre la voie d’un “communisme
décroissant” (Saïto) relève lui aussi d’une tradition occidentale, jadis
dénoncée par Marx et Engels chez les socialistes utopiques : “Rien
n’est plus facile que de recouvrir d’un vernis socialiste l’ascétisme
chrétien” disaient-ils dans le Manifeste (cité par Losurdo, id.).
Losurdo précise : “Marx et Engels le font remarquer encore : “les
premiers mouvements du prolétariat” sont souvent caractérisés par un
ascétisme général et un égalitarisme grossier”.” (id.). Voilà qui résume
à peu près le “partage égalitaire de la misère” que vendent les
écosocialistes décroissants au Sud global, niant, consciemment ou non,
l’impératif de croissance que suppose la course au développement
technico-scientifique et économique pour survivre à l’encerclement
impérialiste. “C’est justement pour avoir réussi sa tentative de
réduction drastique de l’inégalité - économique et technologique - au
plan international que la Chine se trouve aujourd’hui dans les
meilleures conditions pour s’attaquer au problème de la lutte contre les
inégalités au plan intérieur, grâce notamment aux ressources
économiques et technologiques accumulées entre-temps.” (id.) On pourrait
ajouter, dans le sillage de cette logique de “NEP” [6], que, pour
résoudre localement les contraintes environnementales et climatiques
elles-mêmes, le développement technique chinois est lui aussi
incontournable. Ne doutons pas que ces avancées existent (en Chine comme
à Cuba) et qu’elles résultent d’impératifs développementaux (et non
décroissants) : les ressources naturelles locales, les sols, la flore,
la faune, toutes ces richesses précieuses sont avant tout considérées
comme nationales et donc vitales pour la souveraineté, voire la survie
face à l’encerclement impérialiste. Sur le long terme, pendant que
l’impérialisme court-termiste détruira ses propres ressources ou celles
de ses semi-colonies, la Chine, qui planifie son avenir, a tout intérêt à
préserver ses propres ressources pour gagner par l’endurance. Ainsi
peut-on parier sur l’avenir des non-alignés se démarquant de l’occident
impérialiste, avec le socialisme comme perspective.
Le rapport à la science est tout à fait antagonique entre les deux
“marxismes”, et c’est je pense ce qu’il faut retenir ici pour l’avenir :
quand l’un la considère suspecte de consubstancialité avec le capital
et s’en détourne (néolyssenkisme queer, etc.), l’autre y voit une
ressource capitale pour s’en émanciper. Losurdo cite volontiers pour
illustrer cette contradiction les révolutionnaires Sun Yat Sen, Hô Chi
Minh, et Lénine lui-même. “Le futur leader du Vietnam séjourne en France
pour apprendre la culture de ce pays et aussi la science et la
technique [souligné par D.L.].” Losurdo mentionne aussi “l’intérêt
dominant de Sun Yat Sen [futur président de la République chinoise,
séjournant en France] le secret de l’occident, c’est-à-dire la
technologie dans tous ses aspects [...]” (id.). Mais il poursuit, sur
les révolutionnaires russes d’abord influencés par l’occident : “Une
telle foi dans la science et la technique n’est pas partagée en
occident. [mentionnant Boukharine qui voyage en Europe et aux EU en
1911, il le cite, concernant l’appareil d’État capitaliste à l’aube de
la première guerre mondiale :] “Voici un nouveau Léviathan, devant
lequel la fantaisie de Thomas Hobbes semble un jeu d’enfant.” [...]
Toute la grande machine technique s’est muée en une “énorme machine à
tuer”. On a l’impression qu’une telle analyse a tendance à lier trop
étroitement science et technique d’un côté, et capitalisme et
impérialisme de l’autre.” (Id.)
“En occident, sciences et techniques font pleinement partie du
“nouveau Léviathan”, poursuit Losurdo, “car utilisées par la bourgeoisie
capitaliste [...]. En Orient, la science et la technique sont vitales
pour développer la résistance contre la politique d’assujettissement et
d’oppression que justement le “nouveau Léviathan” met à exécution. A
bien y regarder, la différence qui nous occupe n’est pas entre Est et
Ouest, mais entre pays, pour la plupart économiquement et politiquement
arriérés, où les communistes sont engagés à battre le terrain inexploré
de la construction d’une société post-capitaliste, et pays capitalistes
avancés où les communistes ne peuvent que jouer un rôle d’opposition et
de critique.” (Id.) Lénine lui-même ne fait pas exception dans cette
contradiction entre les deux contextes : “Dans les années précédent la
première guerre mondiale et la révolution d’Octobre, Boukharine et
Lénine - exilés en occident et éloignés des devoirs qu’impose la
direction de l’Etat - sont proches du “marxisme occidental”, chacun à sa
manière. Tournés vers l’édification d’un nouveau système social, ils
défendent ensuite, chacun avec des modalités différentes, des positions
semblables à celles des communistes vietnamiens et chinois avaient
élaborées à partir des exigences et des perspectives de la révolution
anticoloniale.” (Id.)
On retrouve chez les écosocialistes moralisateurs d’aujourd’hui non
seulement les réflexes d’un Turati quand il s’agit d’analyser ce qui se
passe politiquement hors d’occident (la Chine comme “capitalisme sans
démocratie” par exemple), mais aussi cette posture infertile consistant à
jouer vis-à-vis du capital destructeur de l’environnement un simple
“rôle d’opposition et de critique”. Ils ignorent, ou veulent ignorer,
toute l’histoire “écologique” du communisme soviétique (essentiellement
pré-khrouchtchévien) puis chinois et cubain. Ils sont - disons-le -
impuissants à ouvrir une perspective que, du reste, le camp socialiste a
ouvert depuis longtemps, et dont il est urgent de s’inspirer.
Double contradiction donc chez les écosocialistes, qu’il n’est pas
aisé de démasquer : Le “marxisme occidental” écosocialiste se présente
d’une part comme un anti-impérialisme venant au secours de la périphérie
contre un centre pollueur et destructeur, alors qu’il part d’un
antisoviétisme occidentalo-centré d’inspiration tout à fait bourgeoise.
Il se présente d’autre part comme une théorie du retour à la Nature
contre le Capital (titre du premier essai de Saïto d’ailleurs), alors
que son rejet postmoderne des “sciences de la Nature” fonde sa nostalgie
préindustrielle. D’un côté, venir “au secours” de la périphérie, ne
serait-ce qu’idéologiquement, est une marque de pensée néocoloniale tout
à fait contemporaine, typique du “marxisme occidental” décrit par
Losurdo. D’un autre, le rejet des sciences de la nature est lui-même
typique d’un tel “marxisme” essentiellement critique : l’indiscutable
explosion scientifique et technique qui a marqué la Renaissance en
Europe a fait accroire à nos exégètes que science et capitalisme sont
consubstantiels. Et la riche histoire scientifique de l’URSS leur
apparaît soit comme un prolongement du même productivisme destructeur
dans un camp “faussement socialiste”, soit comme une fausse science
tombée dans l’impasse du “diamat” totalitaire. Dans les deux cas, le
chauvinisme paneuropéen explique, et c’est grave pour le mouvement
marxiste, son aversion pour les sciences de la nature et la technologie,
forcément mortifère.
Il est temps au contraire, pour nous occidentaux comme pour tous les
progressistes “orientaux” luttant contre la pieuvre impérialiste et ses
méfaits (y compris environnementaux), non seulement de dénoncer cette
cinquième colonne décroissantiste, comme Lénine l’avait fait avec le
révisionniste Kautsky par exemple, mais surtout d’ouvrir, sur les pas de
Lénine encore, une perspective idéologique révolutionnaire susceptible
de résoudre, pas à pas, dans une lutte tous azimuts, les innombrables
catastrophes dans lesquelles l’impérialisme nous précipite... avec une
foi retrouvée en la science et dans le progrès humain.
[1] Signalons pour aller plus loin que les biologistes sont en
réalité bien silencieux dans les arènes du combat idéologique
écosocialiste (voire écologiste tout court), marqueur supplémentaire de
la gêne persistante en occident que provoquerait une implication de la
biologie dans le champ politique. Les amateurs de Youtube remarqueront
par exemple que la scène médiatique est saturée, au-delà des
“philosophes” au sens strict, de physiciens tels que Aurélien Barrau,
Jean-Marc Jancovici, Etienne Klein, etc.
[2] Kohei Saïto, Marx in the Anthropocene. 2023.
3] Les soviétiques amateurs d’abréviation parlaient du Diamat pour le
matérialisme dialectique, philosophie officielle de l’Etat,
outrageusement “ontologique”, “ossifiée” ou “caricaturale” pour le
marxiste occidental bon teint.
[4] “Après moi le déluge ! Telle est la devise de tout capitaliste et de toute nation capitaliste.” Karl Marx, Le Capital, livre premier, chapitre 10 : La journée de travail.
[5] On pourrait dire de façon plus lisse “paneuropéen”.
[6] La “NEP” ou “Nouvelle Politique Économique” lancée par Lénine
pour stimuler la croissance en Russie de manière à développer les forces
productives pour construire ensuite le Socialisme, a inspiré dans son
sillage la politique économique chinoise actuelle, partant de plus loin
encore dans le féodalisme qu’en Russie.
Issu
du siècle des lumières, le libéralisme se présente comme une
philosophie politique qui prône des valeurs telles que la démocratie, la
laïcité, l’égalité entre les sexes, l’égalité raciale, la liberté
d’expression, la liberté de la presse, la liberté du choix religieux ou
encore une forme d’internationalisme. Mais par delà les apparences,
connaît-on vraiment l’histoire du libéralisme ? Cette doctrine qui
domine sans partage est-elle aussi bienveillante que ses aficionados le
prétendent ?
Convaincu
de la nécessité d’un nouvel éclairage, le philosophe italien Domenico
Losurdo a publié en 2014 une « Contre-histoire du libéralisme ». Dans
cet ouvrage, le philosophe revient sur trois siècles de libéralisme.
Chapitre après chapitre, Losurdo nous détourne des idées très largement
répandues qui laissaient entendre que le libéralisme garantit à
l’ensemble de la communauté humaine des droits fondamentaux. Pour lui,
l’esclavage, le colonialisme, les génocides, le racisme et le mépris de
classe font partie intégrante de l’histoire du libéralisme.
Losurdo insiste avec force, méthode et détermination. Sans établir de
parallélisme simpliste, il parvient à nous démontrer que les théories du
“troisième Reich” étaient déjà en gestation dans la matrice libérale.
En nous
inspirant du décryptage minutieux de Losurdo, il nous a semblé utile de
revenir sur l’histoire du libéralisme. Tout d’abord en essayant de
reprendre à notre compte la méthodologie du philosophe italien qui
pointe notamment les contradictions du libéralisme. Puis en nous
permettant de recouper les affirmations de Losurdo avec d’autres
sources. Enfin, en essayant de comprendre où nous a conduits le
libéralisme en 2019, nous essayerons de mieux cerner où il pourrait nous
emmener, alors même qu’il est toujours de bon ton de diaboliser les
révolutions et la lutte des classes.
John Locke : le père du libéralisme
John
Locke (1632 – 1704) était un philosophe et médecin anglais, largement
considéré comme l’un des plus influents penseurs du libéralisme. Locke
pense que la nature en soi fournit peu de valeur à la société, ce qui
implique que le travail consacré à la création de biens leur confère
leur valeur. Partant de ce postulat, Lockea élaboré une théorie du travail fondée sur
la propriété. Pour lui elle est un droit fondamental lié à la nature
intrinsèque de l’être humain, au même titre que la vie ou la liberté.
Si, au départ, la terre appartient aux hommes de façon égale, elle leur a
été donnée par Dieu et ceux-ci se l’approprient en y apportant la
valeur ajoutée de leurs efforts.Il estime
également que la propriété précède le gouvernement et que le
gouvernement ne peut « disposer des biens des sujets de manière
arbitraire ». A la question « de quel droit un individu peut prétendre
posséder une partie du monde ?”, Locke répond que “les personnes se
possèdent elles-mêmes et donc possèdent également leur propre travail.”
L’esclavage comme fondement
Mais le droit pour Locken’est finalement pas universel,puisqu’il s’obtient par la volonté divine.
De ce fait il ne s’applique pas de la même manière à l’ensemble des
individus qui forment la communauté humaine. Dans son système les
pauvres doivent être blâmés pour leur pauvreté. Une recommandation qu’il argumente clairement dans un rapport intitulé « Fondements des politiques de la pauvreté ».Locke suggère des réformes axées sur la discipline inculquant des caractéristiques qu’il considère positives telles que le travail acharné. Il affirme que, pour «restreindre efficacement les vagabonds inactifs», les pauvres devraient être mis au travail. Les
vagabonds pourraient être contraints de servir dans l’armée et la
marine. Ils seraient astreints à des travaux durs, et en cas de délits, à
des peines sévères aux travaux obligatoires dans des plantations.
Lockefut l’un des principaux investisseurs de la Royal African Company, pilier du développement de la traite négrière. Dans une carrière aux fortunes diverses, Lockefut intimement impliqué dans les affaires américaines.Il participa à la rédaction des Constitutions fondamentales de la Caroline (divisée entre le nord et le sud en 1729) qui
stipule entre autre que les citoyens de la Caroline exercent un pouvoir
et une autorité sans limites sur leurs esclaves noirs. “Les Indiens vivent de cueillette, de chasse et de pêche, et non d’agriculture ou d’élevage intensif”
argumente Locke. En bon colonialiste libéral il soutient que la terre
appartient à celui qui la cultive et non à celui qui l’occupe. Les
terres américaines peuvent donc faire l’objet d’une appropriation sans
consentement.
Les « Workhouses » : l’univers concentrationnaire pour les pauvres
De 1601 à 1948 au Royaume-Uni, les workhouses
furent des sortes de camps de travail, dans lesquels les personnes
dites incapables de subvenir à leurs besoins se virent contraintes
d’accepter des conditions de vie qui peuvent, comme nous allons le voir,
aisément s’apparenter à de l’esclavage. Les malheureux qui survivaient
dans une workhouse étaient marqués sur la manche de leur uniforme du
«P» qui voulait dire «pauper». Comme dans les camps de concentration,
les détenus, puisqu’au fond il s’agit bien de cela, étaient soumis à une
discipline inflexible qui reposait sur un travail épuisant. Les indigents, pour
reprendre un terme cher à John Locke, y travaillaient jusqu’à 18 heures
par jour. Par l’effet combiné de la sous-alimentation, du travail
éreintant (dès l’âge de 4 ans), du manque de vêtements, de la
surpopulation et des épidémies, on dénombre 280 000 morts dans les
workhouses irlandaises durant la grande famine qui sévit au milieu du
19e siècle en Irlande. Le roman de Charles Dickens “Oliver Twist” critique sévèrement la violence institutionnelle des workhouses. Dans la scène où Oliverdemande
une petite ration supplémentaire, Dickens détaille parfaitement le
caractère inhumain des maisons de travail. Dickens commente aussi
sarcastiquement la mesure notoire consistant à séparer les couples
mariés lors de l’admission à la maison de travail.
Jeremy Bentham : une conception libérale à deux faces
Jeremy
Bentham plaide en faveur des libertés individuelles et économiques, de
la séparation de l’Église et de l’État, de la liberté d’expression, de
l’égalité des droits pour les femmes, de la décriminalisation des actes
homosexuels, et il appelle à l’abolition de l’esclavage. L’axiome
fondamental de son discours repose sur le principe selon lequel c’est le
plus grand bonheur du plus grand nombre qui mesure le bien et le mal.
Cependant Losurdo remarque que s’il y a le Benthamaux
allures progressistes, il y a également un autre Bentham aux
aspirations beaucoup plus anti-sociales qui ne tarit pas d’éloges à
l’égard des workhouses. Des manufactures qu’il entend faire évoluer en «
maisons d’inspection » de type panoptique. Un concept dont il est à l’origine qui permet le contrôle des détenus par un nombre de surveillants limité. Bentham justifie sa proposition ainsi : « Les
soldats portent des uniformes ; pourquoi les pauvres n’en
porteraient-ils pas ? Ceux qui défendent le pays les portent ; pourquoi
ceux que celui-ci maintient en vie ne devraient-ils pas le faire ? Non
seulement la force de travail qui réside en permanence, mais aussi les
travailleurs occasionnels, devraient porter l’uniforme quand ils sont
dans la maison, pour le bon ordre, pour la facilité d’être distingués et
reconnus, et aussi pour la propreté« . Ce
court mais explicite extrait résume très bien l’ambiguïté de la
philosophie de Bentham qui d’un côté chante les louanges de la liberté
et de l’autre argumente par l’entremise d’une autre facette de sa
doctrine dite « utilitariste » la nécessité d’embastiller les pauvres avec pour seul motif qu’ils sont pauvres.
La grande famine irlandaise
L’événement est parfois appelé “famine de la pomme de terre irlandaise”. La cause immédiate de cette famine fut une maladie nommée “mildiou”, un parasite microscopique qui infectait
les cultures de pommes de terre. Plusieurs sources considérées
sérieuses, évaluent entre 1846 et 1851 à un million le nombre total de
victimes. A ce chiffre s’ajoutent deux millions de réfugiés qui migrèrent
dans des conditions périlleuses vers des pays anglophones. Dans la même
période (la seconde moitié du XIX siècle), la Grande-Bretagne est la
première puissance économique mondiale. Son PIB progresse de 600%
lors du décollage de son économie de 1700 à 1860. Pendant que les gens
mouraient de faim en Irlande, les exportations de céréales se
poursuivaient partout en Europe.
Pourquoi les anglais ne sont-ils pas vraiment intervenus ?
1/ L’impact du fléau était exacerbé par la politique économique du sacro-saint « laisser-faire »
cher à la mouvance libérale. Il n’était pas question pour les
capitalistes britanniques de contrarier les flux de capitaux engendrés
par l’exportation de denrées alimentaires.
2/ Dans le protestantisme libéral, il y avait un présupposé métaphysique
qui affirmait que Dieu voulait punir les irlandais du fait de leur
obédience religieuse (catholique). Tout au long de la famine, Charles
Edward Trevelyan, secrétaire adjoint au Trésor, était en charge de
l’action des pouvoirs publics anglais. Les idées préconçues de l’élite
anglaise se révèlent formellement dans une lettre où Trevelyan écrit
qu’il voyait dans cette famine le jugement de Dieu qui selon lui
infligeait cette calamité afin de donner une leçon aux Irlandais. C’est
pourquoi elle ne devait pas être trop atténuée pensait-il.
3/ Du point de vue de la bourgeoisie anglaise, les irlandais étaient des
arriérés, des paresseux, abonnés à la sournoiserie sans que l’on puisse
faire quelque chose. Entre autres, le journal libéral The Timestirait à boulets rouges sur le peuple irlandais, pour dénoncer : «
une oisiveté rusée, calculatrice, cupide, un refus absolu de tout
effort personnel et la maladie morale d’une vaste population plongée
dans l’agréable bourbier de l’indigence volontaire… ».
Génocide ou pas ?
Le journaliste et historien John Mitchelfut l’un des premiers à accuser les Britanniques de génocide. Il écrit : « Certes le Tout-Puissant nous a frappés du mildiou mais ce sont les Britanniques qui ont provoqué la famine. » The Famine Plot(le
complot de la famine) est un essai écrit par l’historien irlandais Tim
Pat Coogan publié en 2012. Coogan y accuse ouvertement les Anglais
d’avoir commis un « holocauste ». L’historien de l’économie irlandaise Cormac O’Grada
pense qu’une attitude moins doctrinaire à l’égard de la lutte contre la
famine aurait permis de sauver de nombreuses vies. Professeur
d’histoire moderne irlandaise à la Queen’s University Belfast, Peter
Gray dans son ouvrage « L’Irlande au temps de la grande famine » conclut que l’attitude britannique peut être qualifiée de « négligence coupable ».
Rappelons que s’abstenir de porter secours à une personne ou à un groupe de personnes en détresse s’appelle en droit la “non-assistance à personne en danger”. Mais il y a plus grave : le laisser-faire coupablemotivé par des préjugés raciaux constitue l’une des bases de l’idéologie fasciste. La grande famine accompagnée du scandale de la non-intervention britanniqueest l’un des premiers indices qui tend à montrer que le libéralisme fut bien le poisson-pilote des idéologies fasciste et nazie.
Du « darwinisme social » au concept de « race aryenne »
Nous savons tous globalement qu’Hitleret
les dignitaires du parti nazi étaient obsédés par la «pureté raciale».
Ils ont ainsi utilisé le mot «aryen» pour décrire l’idéal d’une «race
allemande pure». Selon eux, les aryens avaient un sang pur, la peau
pâle, les cheveux blonds et les yeux bleus. Et à contrario les non-aryens étaient considérés comme impurs voire même quasi-diaboliques. Hitler croyait que la supériorité aryenne était particulièrement menacée par les Juifs. Alors certes, si le national-socialismequi
conteste comme nous venons de le rappeler le principe universel
d’égalité entre les hommes, a développé ses propres spécificités, il fut
aussi un réceptacle des théories racistes forgées au cours des
décennies précédentes.
Il en va ainsi des idées développées un siècle plus tôt parHerbert Spencer, qui fut la “tête de gondole” du darwinisme social. Spencer était rédacteur en chef de la revuelibérale The Economist, l’autre grand journal libéral anti-irlandaisavec The Timesqui
encouragea la non-assistance durant les années de la grande famine. Le
darwinisme social, qui n’a pas grand chose à voir avec le darwinisme,
donnera naissance à l’eugénisme représenté en premier lieu par Francis Galton. Pour ce dernier, il s’agissait de préserver les élites nationales à tout prix. Des élites qui risquaient bel et bien de disparaître au profit des pauvres dont le nombre augmentait de génération en génération, prévenait Galton.
Le premierCongrès international
de “l’eugénique” se déroule à Londres en 1912. Il est organisé par la
British Eugenics Society Education qui compte parmi ses membres
imminents une collection de hauts responsables politiques britanniques.
Nous retrouvons entre autres : Arthur Neville Chamberlain, qui fut Premier ministre du Royaume-Uni de 1937 à 1940. Winston Churchillqui fut Premier ministre du Royaume-Uni de 1940 à 1945 et de 1951 à 1955. Et l’économiste John Keynes
qui est considéré comme la figure de proue du « social-libéralisme ».
Dans des circonstances où les pays anglo-saxons et en particulier les
américains sont fortement représentés, ce congrès est inauguré parLord Balfour.
Le second Congrès aura lieu à New York en 1921. D’ailleurs bien avant
l’Allemagne, les Etats-Unis étaient à la pointe dans le domaine de
l’eugénisme. Ils furent même les premiers à mettre en place unelégislation eugénique.
L’Etat de l’Indiana pratique dès 1899 des stérilisationssur
des criminels volontaires et sur des arriérés mentaux. Cet Etat vote en
1907 une loi prévoyant la stérilisation des dégénérés. En 1914, trente
états promulguent des textes annulant le mariage de ceux qu’on classe en
termes d’idiots. (Actuellement dix-neuf Etats ont toujours cette
législation dans leurs textes). Le courant eugéniste américain vise
également les immigrants, particulièrement ceux venant d’Europe de l’Est
et du Sud. Ces derniers sont désignés comme appartenant à une race
inférieure à celle des anglo-saxons. Le mouvement eugéniste gagne
ensuite petit à petit l’Europe. Les pays scandinaves sont les premiers
à voter des lois de stérilisation envers les épileptiques et les
retardés mentaux. Les lois de stérilisation furent abrogées tardivement,
d’abord au Danemark (1967) et en Finlande (1970), puis en Suède (1976)
et en Norvège (1977).
Dans ce contexte, notons deux citations
“Je
souhaiterais beaucoup que l’on empêcha entièrement les gens de
catégorie inférieure de se reproduire, et quand la nature malfaisante de
ces gens est suffisamment manifeste, des mesures devraient être prises
en ce sens. Les criminels devraient être stérilisés et il devrait être
interdit aux personnes faibles d’esprit d’avoir des descendants”. Théodore Roosevelt
“La
multiplication contre nature et de plus en plus rapide des faibles
d’esprit et des malades psychiatriques, à laquelle s’ajoute une
diminution constante des êtres supérieurs, économes et énergiques,
constitue un danger pour la nation et pour la race qu’on ne saurait
surestimer… Il me semble que la source qui alimente ce courant de folie
devrait être coupée et condamnée avant que ne s’écoule une nouvelle
année.” Winston Churchill
Collusion entre l’idéologie pangermanique et l’eugénisme libéral
En popularisant le concept de « race aryenne », Houston Stewart Chamberlain
est indéniablement l’idéologue qui servit de trait d’union entre
l’eugénisme anglo-saxon et le pangermanisme qui défendait le Volkstum
(le rassemblement de tous les hommes de même langue, de même culture).
Inspiré par le darwinisme social et la théorie de l’aristocrate français
Arthur de Gobineauqui
établissait une dichotomie au sein de la même race (d’un côté la
noblesse aryenne et de l’autre les citoyens de race inférieure),
Chamberlain publie en 1899 “Die Grundlagen des neunzehnten Jahrhunderts” (La Genèse du XIXème siècle). Cet ouvrageconstitue
une « histoire raciale » pseudo-scientifique de l’humanité, qui annonce
la guerre imminente pour la domination mondiale au XXème siècle entre
les Aryens d’un côté, contre les Juifs, les Noirs et les Asiatiques de
l’autre côté. Très élogieux, l’Empereur allemandGuillaume II lui écrit : « Je
sentais d’instinct que nous, les jeunes, avions besoin d’une autre
formation, pour servir le nouveau Reich ; notre jeunesse opprimée
manquait d’un libérateur tel que vous !…» Pour les pays anglo-saxons, Théodore Roosevelt, le 26e président des États-Unis,dans un article de l’Outlook, souligne avec prudence un parti pris extrême de l’auteur, mais ajoute malgré tout que l’ouvrage « représente une influence avec laquelle il faut désormais compter, et compter sérieusement ».
Naturalisé Allemand en 1916, Chamberlain recevra la Croix de fer peu de
temps après, et apportera son soutien en 1923 à Adolf Hitler (un
admirateur de la première heure). Il convient de noter que l’Institut Kaiser-Wilhelmd’anthropologie,
d’hérédité humaine et d’eugénisme qui dans les années 1930 promeut
l’eugénisme et l’hygiène raciale en Allemagne nazie, sera jusqu’en 1939
financé par la Fondation Rockefeller qui était également partie prenante dans les programmes américains et scandinaves.
Une
concordance idéologique que l’on retrouve en 1905 quand Francis Galton
(anobli en 1909) s’associe à Alfred Ploetz le théoricien allemand à
l’origine de «l’hygiène raciale». Les deux hommes créèrent avec d’autres
la Société allemande d’hygiène raciale (Deutsche Gesellschaft für Rassenhygiene).
Cette organisation sera affiliée à la “British Eugenics Education
Society” de Galton. Une coopération qui permettra l’implantation de
succursales en Suède, aux États-Unis et aux Pays-Bas. Par la suite, la
“Deutsche Gesellschaft für Rassenhygiene” exercera une influence directe
sur des lois comme la « Loi pour la prévention de la descendance
héréditaire malade », qui faisaient partie intégrante de l’Action T4 « euthanasie », un programme du régime nazi supervisé directement par Adolf Hitler.
Alexis de Tocqueville : une icône de la bourgeoisie libérale française…
Il
est la référence incontournable des chantres français (actuels et
passés) de l’«anti-antiaméricanisme». Les mêmes sont aussi les chantresde l’«anti-socialisme».
Parmi eux : Raymond Aron, François Furet, ou plus récemment
Bernard-Henri Lévy et Alain Finkielkraut. Né en 1805, Tocqueville,
juriste qui fut tour à tour diplomate, homme politique et historien, est
surtout connu aux États-Unis pour son œuvre « De la démocratie en Amérique« .
Selon ses dires, l’échec de la Révolution française est le fait d’un
attachement trop important aux idéaux des lumières définis en grande
partie auparavant par Jean-Jacques Rousseau dans son Contrat socialdans
lequel Rousseau explicite que la démocratie doit maintenir sa pureté.
Tocqueville était quant à lui un libéral classique qui en conséquence
prônait la nécessité d’un gouvernement parlementaire. En 1835,
Tocqueville entreprit un voyage en Irlande. Il y observe les conditions
épouvantables dans lesquelles vivaient la plupart des fermiers
catholiques. De plus Tocqueville décrit les Workhouses comme « l’aspect le plus hideux et le plus dégoûtant de la misère ».
… pas si bienveillante qu’elle en a l’air
L’indignation
à géométrie variable est une constante chez les libéraux. Si
Tocqueville a su se montrer souvent très critique envers la politique
sociale britannique, Losurdonous rappelle que « Tocqueville
propose d’appliquer le modèle de la colonisation américaine à l’Algérie
: il théorise la «guerre juste» faite aux «sauvages» voués à la
destruction, qui passe par des exactions à l’encontre des civils, et
l’instauration d’un apartheid garantissant la suprématie blanche ». Selon l’aristocrate français
«La race européenne a reçu du ciel ou a acquis par ses efforts une si
incontestable supériorité sur toutes les autres races qui composent la
grande famille humaine, que l’homme placé chez nous, par ses vices et
son ignorance au dernier échelon de l’échelle sociale, est encore le
premier chez les sauvages».
Des crimesmultiples liés la colonisation française en Algérie que Tocqueville n’a jamais cessé de cautionner : «
J’ai souvent entendu en France des hommes que je respecte, mais que je
n’approuve pas, trouver mauvais qu’on brûlât les moissons, qu’on vidât
les silos et enfin qu’ons’emparât
des hommes sans armes, des femmes et des enfants, ce sont là, suivant
moi, des nécessités fâcheuses, mais auxquelles tout peuple qui voudra
faire la guerre aux Arabes sera obligé de se soumettre », écrivait Tocquevilleavant d’ajouter « Je crois que le droit de la guerre nous autorise à ravager le pays … ».
Les pratiques esclavagistes et génocidaires du pouvoir américain
Les
Anglais ont établi treize colonies de peuplement en Amérique du Nord aux
XVIIe et XVIIIe siècles. Elles accèdent à l’indépendance en 1783 et deviennent les États-Unis d’Amérique.Sur
les 36 premières années des Etats-Unis, il y a 34 années pendant
lesquelles les Présidents sont des propriétaires d’esclave, relate Losurdo.
Ce premier point constitue une différence fondamentale avec la
conception des protagonistes de la Révolution française à qui il est
reproché une approche trop abstraite de la question politique. Losurdo
nous dit : « mais c’est pour cela que la Révolution française a débouché sur cette idée abstraite qu’est l’abolition de l’esclavage« .
Cette idée abstraite mais surtout universelle ne pouvait évidemment pas
être le produit d’une caste d’esclavagistes qui avaient développé leurs
fortunes par le biais du trafic des Africains. Car ne l’oublions pas,
entre 11 et 12,7 millions d’entre eux
ont été arrachés à leurs terres entre le XVe et le XIXe siècle pour
être déportés par les grandes puissances européennes : Portugal,
Espagne, Angleterre, Hollande et France.
Bien
moins connue, la mise en esclavage des Amérindiens est l’une des autres
fautes morale du colonialisme européen en Amérique. Dans son premier
livre « Colonial North America« ,
l’historien Brett Rushforth jette un éclairage nouveau sur le bilan
total de l’esclavage des populations amérindiennes. Il établi qu’entre 2
et 4 millions d’autochtones ont été réduits en esclavage en Amérique du
Nord et du Sud. Dans son second livre, Rushforth réexamine en
particulier l’esclavage des Amérindiens par les colons français, aidés
en cela par certains de leurs alliés autochtones. Rushforth retrace
ainsi l’interaction dynamique qu’il y avait entre les systèmes
autochtones déjà existants et l’institution coloniale française basée
sur le continent américain. En Nouvelle-France, pas moins de 10 000Indiens ont été réduits en esclavage entre 1660 et 1760.
Dans « Contre-histoire du libéralisme« ,
Losurdo revient sur Thomas Jefferson, le 3e président des États-Unis
qui dans sa correspondance privée reconnaît volontiers l’horreur de la
guerre contre les indiens. Mais Losurdo précise qu’aux yeux de
Jefferson, « c’est justement le
gouvernement de Londres qui en est responsable car il a excité ces «
tribus » sauvages et sanguinaires : cette situation va nous obliger à
les poursuivre jusqu’à l’extermination… ».
George Washington proposait quant à lui la négociation de l’achat des
terres car pour le 1er Président des États-Unis, l’Indien était un «
sauvage » qu’il valait mieux éviter de « chasser » de son territoire,
car il y reviendrait à un moment ou à un autre. D’un autre côté, en
violation d’un traité en 1779 pendant la guerre d’indépendance, George
Washington, le commandant de l’armée continentale ordonne que les
territoires des Iroquois soient conquis et dévastés. Le non-respect des
engagements envers les indiens accompagne la marche de l’Histoire
américaine, nous rappelait l’historien américain Howard Zinnqui écrivait : «
les gouvernements américains ont signé plus de quatre cents traités
avec les Amérindiens et les ont tous violés, sans la moindre exception
».
En 1763,
la Grande-Bretagne, par la Proclamation royale, décida de réserver le
«Territoire indien» à l’ouest de la Nouvelle-Angleterre aux autochtones
et interdit même aux colons de s’y installer. Cette décision est en
grande partie à l’origine de la guerre d’indépendance. On
dénombre environ 65 conflits armés ayant opposé les peuples Indiens
d’Amérique du Nord aux Américains, dans une période allant de 1778 à
1890. La conséquence immédiate de ces guerres fut la politique de
déportation des populations indiennes vers des réserves. Guerres,
maladies et massacre des bisons pour affamer les indiens débouchèrent
sur un résultat sans appel. Entre le XVIème et le XIXème siècle, la
population des natifs américains est passée de plus de 20 millions
d’individus à seulement 250 000. Alors génocideou
pas ? Sont qualifiées de génocide les atteintes volontaires à la vie,
précise l’ONU. Dès lors, il suffit de relire simplement les aveux de
Jefferson pour s’en convaincre : « Cette situation va nous obliger à les poursuivre jusqu’à l’extermination ».
Avant de refermer ce chapitre, n’oublions pas qu’il y a peu de temps,les lois ségrégationnistes étaient encore en vigueur : « Les Amérindiens doivent eux attendre 1924pour
bénéficier de la citoyenneté. Quant aux Afro-Américains, malgré
l’abolition de l’esclavage en 1865 et le vote dans la foulée des
Quatorzième et Quinzième amendements, qui garantissent théoriquement
leur citoyenneté, ils voient, au moins jusqu’aux années 1960, leur droit
de vote massivement restreint par des astuces juridiques comme les
tests d’alphabétisation ou la grandfather clause, qui impose d’avoir eu
un grand-père électeur pour être électeur soi-même ». A
cela ajoutons que les mariages «interraciaux» étaient interdits entre
blancs et noirs dans une majorité des États avant la Seconde Guerre
mondiale, et très souvent aussi entre blancs et Asiatiques ou blancs et
Amérindiens. (Slate, 25 août 2017)
Vous avez dit un continent pour une seule race…
En 2017, James Q. Whitman écrit : « Hitler American Model » que nous pouvons traduire par « Le modèle américain d’Hitler« . Dans cet ouvrage, Whitman
démontre qu’Hitler s’est tout particulièrement inspiré des politiques
ségrégationnistes mises en place aux États-Unis pour élaborer la
législation du 3e Reich. Même si Whitman souligne que “les États-Unis ne sont pas responsable de la politique allemande entre 1933 et 1945« , cet essainous aide à comprendre l’influence américainesur les pratiques racistes dans le monde entier. Whitman note ainsi qu’en 1942 le ministre nazi Hans Frankqualifiait d’« Indiens » les juifs d’Ukraine…
Philippe Burrin, enseignant
à l’Institut des hautes études internationales à Genève, rappelait
quant à lui en 2001 dans L’Express que dans un plan de recomposition
d’une nouvelle Europe « [Hitler affirmait
qu’]il y a une race allemande, à laquelle appartiennent non seulement
les Autrichiens, les Suisses allemands, les Luxembourgeois mais également tous les individus d’Europe qui ont pu avoir eu des ascendants allemands. […]
Ensuite, on agrège à cette masse allemande les populations parentes
dites «germaniques» comme les Scandinaves, les Hollandais, les Flamands,
pour former un peuple maître de quelque 100 millions de personnes. Pour que celui-ci puisse croître rapidement, il faut un «espace vital» : Hitler
a choisi les terres situées à l’est de l’Europe. Que fait-on des
«sous-hommes» qui s’y trouvent déjà ? Réponse logique : on les expulse,
ou bien on les transforme, comme jadis, en esclaves qui aideront aux
grands travaux d’aménagement, ou, pour ceux qui n’ont pas de
territoires, comme les Juifs et les Tsiganes, on les extermine « . En bref : une race supérieure, des expulsions, des esclaves et une extermination de masse. Comme un air de déjà-vu ?
Le « droit-de-l’hommisme »
Au
fil du temps, la rhétorique libérale a dû évoluer. Tout d’abord parce
que les grandes métropoles capitalistes ont vu leur leadership remis en
cause par l’autodéterminationchinoise
qui a inspiré beaucoup d’autres pays du tiers-monde. Ensuite, parce que
la narration droitière et racialiste du 18ème siècle est devenue
douteuse, voire même obscène après le procès de Nuremberg.Les libéraux ont donc judicieusement abandonné le racialisme désormais trop voyant et mal connoté au profit d’un discours emprunt de bonnes intentions appelé le plus souvent « droit-de-l’hommisme« ,
qu’il ne faut surtout pas confondre avec la « Déclaration des Droits de
l’Homme et du Citoyen” de 1789 qui stipule dans son premier article : « Art. 1er. Les hommes naissent et demeurent libres et égaux en droits« . Et de facto, le « droit-de-l’hommisme » allait immédiatement se caractériser par son jumelage avec un autreconcept qui allait connaître un succès immodéré : “l’ingérence humanitaire« . Cette fausse belle idée venue de la “gauche-caviar”fut popularisée par le “French doctor” Bernard Kouchner
dans les années 1980. Un alibi impérialiste qui a permis par exemple à
Sarkozy 1/ de s’emparer d’une plus grande part de la production libyenne
de pétrole. 2/ d’accroître l’influence française en Afrique du Nord 3/
d’améliorer la situation politique personnelle de Nicolas Sarkozy en
France 4/ de permettre à l’armée française de réaffirmer sa position
dans le monde, et 5/ de répondre à la volonté de Kadhafi de supplanter
la France comme puissance dominante en Afrique francophone. Ces 5 points
sont extraits d’un rapport
élaboré par les parlementaires britanniques. Pour des raisons quasi
identiques, un autre rapport britannique met en cause la façon dont Tony Blair a lancé son pays dans la guerre, et son soutien inconditionnel à George W. Bush.
Le « Choc des civilisations » ?
Le
libéralisme est une hydre à deux têtes et avec le temps, les discours
sur les bons sentiments n’ont plus satisfaits pleinement les libéraux du
style identitaire. Aussi, ces derniers ont préféré entretenir leur
paranoïa en se référant depuis 1993 au « Choc des civilisations« . La promotion de ce concept remonte à un article de la revue Foreign Affairs du Council on Foreign Relations, puissant cercle d’influence connu pour ses penchants néoconservateurs et néolibéraux. Le Choc des Civilisations
est avant tout une théorie forgée par l’américain Samuel Huntington qui
laisse planer l’idée d’une supériorité morale de l’Occident qui serait
menacée par une grande partie du Monde. L’un des problèmes avec la thèse
d’Huntington est qu’elle oublie les effets néfastes de plus de 300 ans
de culture libérale sur la grande majorité des hommes (esclavage et
génocide en particulier comme nous venons de le voir). D’autre part, les
Etats-Unis,
actuel vaisseau amiral de l’Occident, est de loin le pays le plus
guerrier des deux cents dernières années. Il convient aussi d’ajouter
que les tenants du « Choc des civilisations » pointent du doigt un
conflit entre la « civilisation occidentale » et la « civilisation
islamique » en omettant de préciser que tout en étant la principale
source de financement du terrorisme islamique, les pétromonarchies du
Golfe sont des alliés indéfectibles des États-Unis. Compte tenu de cet état de fait, nous retiendrons que pour les libéraux interventionnistes, le « Choc des civilisations” fut à l’origine de la Guerre préventive
qui était le point central de la doctrine Bush. Depuis lors, les
guerres sont humanitaires mais aussi préventives puisqu’elles sont
promues par les adeptes de deux pôles qui appartiennent malgré tout au
même entre-soi.
Socialisme – libéralisme : deux modèles que tout oppose
Pour se
soustraire à la critique, l’argumentation libérale consiste à dévier du
sujet en martelant régulièrement que les révolutions (non libérales) ont
fait des millions de victimes. Ce genre d’assertion univoque et souvent
dépourvu de contenu factuel a l’avantage de faire oublier qu’il y a
deux types d’acteurs dans une révolution. Les révolutionnaires bien sûr,
mais aussi les contre révolutionnaires. Rajoutons
à cette remarque que contrairement au libéralisme bourgeois qui lui est
au service d’une minorité de privilégiés, le socialisme se caractérise
par deux axiomes :
1/ la déclaration universelle des droits de l’homme,
2/ le concept de lutte des classes qui fut impulsé par Karl Marx et
Friedrich Engels. Ces deux idées ont en commun le non assujettissement à
l’influence politique et à la pression institutionnelle. Dès lors, il
n’est pas question dans le proto-socialiste et par la suite dans le
socialisme d’anéantir ou même de mettre à l’index une partie de la
population. Alors, évidemment qu’il y a eu des crimes dans les
révolutions mais il s’agit de déviances qui n’étaient pas prévues dans
les projets initiaux. Dans le libéralisme, les crimes que l’on découvre à
posteriori sont constamment justifiés à priori. Ce dernier point est
capital, puisqu’il établit clairement que le projet libéral est
historiquement réactionnaire et raciste alors que le socialisme propose
un idéal de liberté et de justice.
En conséquence,
la convergence des deux lignes, libéralisme et fascisme, se trouve
confortée par des points de vue qui peuvent paraître étonnamment
similaires. Le rapprochement idéologique est d’autant plus frappant
quand l’exemple choisi fait figure de symbole de la résistance à
l’Allemagne d’Hitler : Winston Churchill, célèbre pour ses bons mots et
la longévité de sa carrière politique. Son caractère opiniâtre face au
péril nazi lui a valu le surnom de « Vieux Lion ». Avec ses allures de
tonton débonnaire et bienveillant, Churchill, a su se forger une
réputation d’excellence par un travail acharné et soutenu.
Churchill, s’adressant au dictateur italien Benito Mussolini à Rome en 1927, déclara :
« Votre mouvement a rendu un service au monde entier. Si j’avais été
Italien, j’aurais été de tout cœur avec vous, de bout en bout dans votre
lutte triomphale contre les passions bestiales du léninisme. ». En
1943, les Indiens sont prêts à soutenir l’effort de guerre contre le
nazisme, à condition qu’on leur accorde l’indépendance. Le premier
ministre britannique rétorqua : « partir à la demande de quelques macaques ? »,
« Je hais les Indiens. C’est un peuple bestial, avec une religion
bestiale. ». Sans ménagement, Sir Winston réquisitionnera massivement
les denrées. Le résultat pour les populations locales fut
catastrophique. On dénombra entre 3et 4,5 millionsde
victimes au Bengale selon plusieurs estimations considérées sérieuses.
Dans le Illustrated Sunday Herald du 8 février 1920, Churchill accuse
les Juifs d’être responsables de la révolution russe. A l’instar
d’Hitler dénonçant le danger d’une conquête judéo-bolchévique de
l’Europe, Churchill expliqua
en substance qu’une conjuration mondiale, motivée en grande partie par
de la jalousie, visait à renverser la civilisation en empêchant le
processus d’évolution traditionnel. En 1937, il déclara à la Chambre des
communes être « fortement en faveur de l’utilisation de gaz toxique contre les tribus non civilisées”. Ce jour-là,le
futur Premier ministre du Royaume-Uni apporta indiscutablement sa
caution au le projet d’extermination physique théorisé dans Mein Kampf
par Adolf Hitler au milieu des années 1920.
Conclusion
Les
promoteurs de cette idéologie qu’est le libéralisme développèrent dans
son premier âge une opposition farouche à l’absolutisme monarchique qui
régnait jusque là sur toute l’Europe. A l’origine de ce mouvement, nous
retrouvons des prétendants à plus de droits qui vont de la grande
bourgeoisie à la petite noblesse. Désireuse de bousculer l’ordre établi,
cette nouvelle autorité aux allures de méritocratie est parvenue au nom
de vertus autoproclamées (travail, effort, compétence et intelligence) à
s’émanciper des monarchies héréditaires et élitistes. Cependant, ce
simple renversement s’est opéré sans jamais remettre en cause la
totalité de l’ordre social.
Dominico
Losurdo nous rappelle que sur les traces des royautés ou des
aristocraties militaires, les sociétés libérales ont eu recours pour
optimiser leurs profits à l’esclavage, à l’«esclavage salarié»,
au sous-prolétariat, à la traite négrière et à l’élimination de
populations autochtones. Ces crimes furent justifiés au nom d’une
appartenance à une civilisation supérieure. Un étalage de faits qui nous
éclaire sur pourquoi et comment plusieurs siècles de monarchisme
combinés à plusieurs décennies de libéralisme ont débouchés dans la
première moitié du 20e siècle sur l’émergence du national socialisme et
de ses théories raciales. La contre-Histoire de Losurdo nous démontre de
manière indiscutable que tous les ingrédients qui façonnèrent l’idéologie nazie existaient déjà bien avant la naissance d’Hitler.
Nous
constatons que le fascisme circule toujours dans le réseau de tuyauterie
du libéralisme. Cela se traduit d’abord dans les discours paradoxaux
d’un« pôle droit-de-l’hommiste mondain » qui
d’un côté fustige les revendications des moins favorisés ici en Europe,
et d’un autre camoufle ses prétentions néocoloniales et
stratégiques sous un verbiage cynique et hypocrite qu’ils appellent
“ingérence humanitaire”. Le danger se précise lorsque nous comprenons
que de l’autre bord du même camp se trouvent lesidentitaires,
dont l’archaïsme redondant est marqué par le « choc des
civilisations », un concept qui ne repose sur aucun fondement
scientifique. Cette aliénation, favorisée par des débats hypermédiatisés comme celui du voile a fini par engendrer d’autres théories paranoïaques comme le mythe du « grand remplacement« .
C’est que malgré un « relooking » quasi permanent, le libéralisme est
avant tout réactionnaire et conservateur. En conséquence cette doctrine
met tout en œuvre pour nous faire oublier l’importance de la lutte des
classes dans la construction historique. Mais laissons à Jean Jaurès le
soin de conclure : « C’est qu’au fond, il n’y a qu’une seule race :
l’humanité ».