Cincuenta
años después, el pueblo español no enfrenta solo una coyuntura
peligrosa, sino un edificio entero construido sobre la continuidad del
franquismo: su cultura política, su arquitectura económica, sus
mecanismos de impunidad, sus élites y sus alianzas internacionales.
Carmen Parejo Rendón, periodista española
Este 20 de noviembre se cumplen cincuenta años de la muerte del
dictador Francisco Franco. Pero si algo demuestran estas cinco décadas
es que, muerto el dictador, no terminó lo que significaba su régimen.
Porque lo que movilizó al franquismo no empezó en 1939 ni acabó en 1975,
sino que se inició con el golpe de Estado de 1936 —organizado por
oligarquías agrarias, financieras y militares— y, con nuevas máscaras,
sigue operando hoy.
La Segunda República fue una consecuencia política de una
transformación social profunda. España tenía un movimiento obrero
poderoso, mujeres que se incorporaban al espacio público, jornaleros que
tomaban tierras —como en el trienio bolchevique andaluz— y un hartazgo
popular estructurado. Por eso, el bloque golpista reunió a fascistas,
tradicionalistas, sectores de la Iglesia, terratenientes y capitalistas.
Su enemigo era claro: la España que estaba por venir. Y su respuesta es
mundialmente conocida.
La reforma fiscal republicana, la reforma agraria, los derechos
laborales, la educación laica y el reconocimiento de las autonomías,
fueron demasiado para una clase social que estaba acostumbrada a hacer
lo que le daba la gana y que no iba a permitir perder ni un poco de su
poder. Así no solo promovieron un golpe de Estado que desembocó en una
guerra, sino que después reorganizaron el país para que nada volviera a
moverse. El famoso «atado y bien atado» de Franco.
El bloque golpista reunió a fascistas, tradicionalistas,
sectores de la Iglesia, terratenientes y capitalistas. Su enemigo era
claro: la España que estaba por venir.
El franquismo no solo aniquiló físicamente a la izquierda organizada.
Impulsó un modelo de acumulación basado en el expolio, el trabajo
esclavo y las concesiones a dedo. Los March, Koplowitz, Entrecanales o
Villar Mir consolidaron imperios empresariales al calor de ese Estado.
Luego, en 1959, vino la «modernización»: el Plan de Estabilización de
Alberto Ullastres que desmanteló industrias, expulsó trabajadores hacia
Europa y subordinó la economía al capital internacional. La transición
no rompió ese ciclo, lo adaptó a las nuevas circunstancias. Y así estas élites, paridas por la dictadura, se proyectaron hacia el exterior,
especialmente hacia una América Latina mutilada por otras dictaduras
(de carácter similar), como las del Plan Cóndor, donde el capital
español encontró nuevas vías para seguir ganando la guerra contra el
pueblo que había comenzado en 1936.
El encargado de garantizar esa continuidad fue Juan Carlos de Borbón, el rey
que Franco colocó a dedo. Y que, lejos de traicionar al régimen, lo
administró con fidelidad, como él mismo reconoce —con emoción filial— en
su reciente biografía, publicada precisamente por el Grupo Planeta,
cuyo fundador participó en el golpe contra la República y llegó con las
tropas franquistas a Barcelona. Desde su creación en 1949, Planeta ha
levantado un imperio editorial que actúa prácticamente como un
monopolio: ha absorbido sellos, adquirido canales televisivos y medios
de comunicación y consolidado un poder cultural concentrado que es
fundamental para entender la España actual.
Así, hoy, ese monarca impuesto —el «rey emérito»— es una suerte de
prófugo institucionalizado: vive fuera del país, pero entra y sale como
quiere, sin responder por los numerosos casos de corrupción que lo
rodean. Las investigaciones sobre sus comisiones millonarias en
operaciones internacionales, muchas de ellas conectadas con la red de
relaciones que tejió en pleno franquismo y que consolidó una vez
coronado, son la expresión más nítida de una institución construida
desde la impunidad.
Juan Carlos no solo agradece a Franco el trono, sino que encarna el
modelo de inmunidad y acumulación que define a las élites españolas
surgidas de la dictadura. Un modelo que excede a la monarquía y que
encuentra su reflejo también en el Grupo Planeta: un gigante cultural,
como dijimos, nacido del golpe del 36, blindado durante el franquismo y
convertido hoy en un actor casi hegemónico en la producción del sentido
común para la sociedad en España. La historia de ambos —el rey y el
imperio editorial que publica su biografía— muestra la misma lógica
estructural: continuidad, concentración y protección.
Juan Carlos no solo agradece a Franco el trono, sino que
encarna el modelo de inmunidad y acumulación que define a las élites
españolas surgidas de la dictadura.
Porque si el poder económico y político del franquismo se recicló, no
podemos afirmar lo mismo de su base ideológica. El franquismo sigue
operando hoy en España como un relato mítico sostenido que sirve para
anular las posibilidades de crítica o transformación, incluso sí estas
son mínimas.
A través del Movimiento Nacional, Falange
y la Iglesia, se moldeó una cultura autoritaria y nacional-católica que
nunca fue desmantelada. A las mujeres se las devolvió a la obediencia
doméstica con el «manual de la buena esposa»; a los trabajadores se les
delegó a la obediencia a los «proveedores», que es como el Fuero del
Trabajo denominaba a los patrones. Solo así se garantizaba una «España
de paz» que sirve, además, como una amenaza constante. Si tocas, aunque
sea mínimamente, los intereses y arbitrariedades de estos, volverá la
guerra.
Hoy, esa pedagogía del orden revive como parodia entre ‘influencers’
que reivindican a Franco entre memes y banderas, sin saber lo que
realmente fue. Pero no es solo ignorancia: es una consecuencia directa
de una transición que no explicó que el franquismo fue terrorismo de Estado al servicio del capital.
Por eso no sorprende que cincuenta años después, el franquismo siga
en el núcleo del Estado, tanto en la fortuna blindada del rey emérito,
como en las grandes empresas que cotizan en el IBEX 35. En el poder
cultural concentrado. Pero también en la judicatura que actúa como
policía política, porque tampoco aprendieron —nadie les enseñó ni les
recriminó— que debiesen actuar de otra manera.
La extrema derecha europea lo sabe, y por eso había elegido el 20N
para movilizarse en Madrid. La expresión visible de un ecosistema
reaccionario global en plena expansión, donde partidos, ‘think tanks’,
‘lobbies’ religiosos, magnates mediáticos e ‘influencers’ comparten
estrategias, financiación, discursos y objetivos. Vox y la Comunidad de
Madrid se han convertido en uno de los nodos principales de esa red: un
laboratorio político donde se ensayan políticas liberales extremas,
ofensivas culturales ultraconservadoras y una estética abiertamente
fascistizante.
Allí convergen actores de la derecha extrema de EE.UU., Italia,
Argentina, Venezuela, Brasil o Polonia, todos articulados en una misma
internacional reaccionaria.
50 años después de la muerte de Franco: jóvenes en España que no vivieron la dictadura se radicalizan
En paralelo, Europa avanza hacia un modelo cada vez más autoritario:
leyes mordaza, vigilancia reforzada, criminalización del disenso y
recortes de libertades independientemente de quién gobierne. Todo ello
acompañado de un proceso de expolio social: privatización de servicios
públicos, degradación de derechos laborales y transferencia sistemática
de recursos colectivos a grandes empresas.
Y como columna vertebral de esta reconfiguración, el militarismo
europeo se consolida como un nuevo eje de acumulación del capital. La
supuesta «ayuda a Ucrania» anunciada por Pedro Sánchez es un ejemplo:
dinero público canalizado hacia el complejo militar-industrial español
(Indra y otros) y hacia las corporaciones armamentísticas
estadounidenses, bajo un relato «humanitario» destinado a encubrir lo
esencial: las guerras se han convertido en el gran negocio del
capitalismo europeo en crisis.
Cincuenta años después, el pueblo español no enfrenta solo una
coyuntura peligrosa, sino un edificio entero construido sobre la
continuidad del franquismo: su cultura política, su arquitectura
económica, sus mecanismos de impunidad, sus élites y sus alianzas
internacionales.
Franco murió. El franquismo —y lo que significa— sigue vivo