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dimanche 1 février 2026

La Ilustración Oscura y la anexión de Groenlandia

 FUENTE https://observatoriocrisis.com/2026/02/01/la-ilustracion-oscura-y-la-anexion-de-groenlandia/

 

Los “neorreacionarios” de Silicon Valley, a través de Praxis, ya están desarrollando ciudades inteligentes en Groenlandia.

Alejandro Estrella González , Doctor en Filosofía de la Universidad de Cádiz

I

Tras la denominada “Operación Determinación Absoluta” del pasado 3 de enero que culminó con el secuestro de Nicolás Maduro (cada vez estoy más convencido de que quienes ponen nombre a este tipo de operativos sufren de algún trauma sexual que requiere con urgencia terapia de larga duración; algo así como: “Operación Lacan Infinito”), las ambiciones de la administración Trump sobre Groenlandia se han convertido en asunto de enorme relevancia, tanto en la prensa internacional, como entre los gobiernos y el grueso de la ciudadanía, especialmente de Europa y Canadá.

Hace sólo un par de días, mi madre me llamaba desde España sumamente preocupada preguntándome qué iba a ocurrir con todo esto e incluso, con cierto rubor, si yo creía necesario hacer acopio de algún tipo de producto de primera necesidad. Mi primera reacción fue tomármelo un poco a broma, al pensar en esa ternura ciega que guía a toda madre cuando mira a su retoño y ve en él, desde la cuna hasta la tumba, una especie de semidiós griego; en mi caso: una pitonisa del dios Apolo, de la vetusta Delfos. 

Pero inmediatamente comprendí que esta repentina conversión de mi madre a la cultura prepper era un síntoma inequívoco de que, hasta en aquel alejado rincón de la Baja Andalucía, la “gente sabe” (sí: la gente sabe, aunque no vote lo que tú quieres, camarada) que el rasgo característico de esta época es la incertidumbre y la impotencia frente a decisiones fundamentales que toman otros en otros lugares, sin nuestro consentimiento, sin canales institucionales y por la fuerza de los hechos. 

Es el triunfo de la voluntad de Riefenstahl, o, desde el otro lado de la trinchera, del estado de policía de Foucault, o del tiempo de la dueñidad de Rita Segato. Mi madre, y como ella millones de ciudadanos, saben esto y saben muy bien que, en este contexto, nuestro horizonte de expectativas, nuestras certezas sobre el mañana se reducen hasta prácticamente solaparse con el presente. El fantasma de los Sex Pistols recorre Andalucía: No Future!

—Mamá, no tengo ni idea —le dije—. Lo que sí sé es que la cosa está fea. Pero poco puedo decirte sobre qué ocurrirá a medio plazo. Es cierto que hay mucha bravuconería en todo esto. Pero, a la larga, me preocupan tus nietos.

—¡Hombre! ¿Por qué crees que te llamo?

II

Enero de 2026 y ¡en estas estamos! Qué razón llevaba Lenin cuando decía aquello de que “en la historia hay días que valen por años y años que valen por días”. El tiempo histórico no es un quantum homogéneo. La historia frena y se acelera, cambia de ritmo y a veces incluso se demora. Así, lo que hace un suspiro hubiera sido sólo imaginable por cerebros defensores de la planicie de la Tierra ocupa ahora el centro de tabloides y provoca desvelos de abuelas y padres. 

Esta desquiciante cascada de acontecimientos desafía lo que hasta ayer considerábamos esperable y normal. Y aunque lo normal y lo esperable no son sino el olvido de cómo se normalizó lo anormal y lo inesperado, creo que esta época de locos que se abre ante nosotros tiene algo de “venganza de los freaks”, cosa seria que espero lograr mostrar a lo largo del texto.

Los analistas sobre el caso de Groenlandia se dividen en tres tipos (aunque pueden combinarse): a) los que dicen que el motivo central es económico: recursos naturales y control de las rutas marítimas cuando el Ártico, según los negacionistas de la Casa Blanca, se derrita; b) los que dicen que el objetivo es geopolítico y militar, porque el tablero se ha repartido entre tres grandes potencias y Europa pinta lo que yo en el Dream Team; y c) quienes afirman que en realidad se trata de otra locura megalómana de un presidente que aspira a remodelar el Monte Rushmore y sustituir las esculturas de Washington, Jefferson, Lincoln y Roosevelt por la suya, solo, mirando a la lontananza con gesto grave, pero plagado de alegres cabras —digo yo que debe haber muchas por esos riscos— haciendo cosas de cabras sobre su pétreo copete.

Como siempre ocurre, “la verdad está en las grietas”. Y es probable que en las mentes que han maquinado este oscuro asunto se mezclen factores de una u otra índole. Pero permítanme añadir algo distinto de lo que, sólo ahora y de manera marginal, se empieza a hablar y que, sin embargo, considero sumamente relevante. El enfoque que les propongo nos desplaza a un lugar bien alejado de las gélidas aguas del Ártico. De hecho, su imagen evoca todo lo contrario: las soleadas playas de California. En concreto, fijémonos en esa pequeña región cuyo PIB supera al de países como Suecia, Austria, Noruega o al de la propia Dinamarca: Silicon Valley.

III

Andaba yo en 2024 haciendo honores al centenario del nacimiento de E.P. Thompson cuando de forma bastante azarosa llamó mi atención una extraña noticia en la que se hablaba de la inminente celebración de unos juegos olímpicos en los EE. UU., en los cuales los atletas podían doparse a discreción sin los engorrosos controles de los organismos internacionales. 

Los Enhance Games, una oda al deporte convertido en rave, apelaba a los principios de la libertad individual, de la propiedad privada y del progreso de la ciencia. Entre sus promotores estaban el propio presidente Trump, su hijo junior y un oscuro personaje del que hablaré un poco más adelante. Todo aquello me parecía un poco freak. Así que, presa de la curiosidad y del morbo, comencé a meter las narices en el asunto. Aquello era un vertedero. Una trama realmente espeluznante cuyas ramificaciones me llevaban en direcciones inesperadas. Una de ellas era Silicon Valley.

Llegó entonces aquel 5 de noviembre de 2024, cuando Donald Trump tomó posesión por segunda vez de la presidencia de los EE. UU. De aquella fastuosa ceremonia todo el mundo recuerda esa fotografía que pasará a la historia de la infamia del republicanismo democrático: el rey escoltado por la plana mayor de los varones tecnológicos de Silicon Valley. Esa imagen me hizo entender que era urgente dilucidar en qué medida era cierto aquello que el papa Francisco, inspirado por Ortega y Gasset (¡qué escándalo en el Opus Dei!), había sugerido ya en 2019: “estamos viviendo, no una época de cambios, sino un cambio de época”.

Tras excusarme solemne y respetuosamente con E.P. Thompson —quien se me apareció en sueños para darme su bendición— me dediqué a escribir una serie de cinco artículos en la Revista Común (aquí dejo el primero) que ensayaban una primera aproximación a este asunto. En concreto, mi atención se centraba en una tendencia específica en el seno del trumpismo; una tendencia que no debe confundirse con los MAGA, ni con los evangélicos, ni con Wall Street, ni con cualquier otra de las que se dan cita en la heterogénea coalición trumpista: el movimiento neorreaccionario. 

Conocido por su acrónimo NRx, fue tematizado por Nick Land —ese delirante deleuziano de derechas afincado en Shangai y padre del aceleracionismo— bajo el término Ilustración Oscura. He dedicado el 2025 a estudiar las ideas de este proyecto, que se presenta como una revisión crítica de la modernidad occidental. También me he dedicado a reconstruir lo que denomino como la reactoesfera, espacio donde se dan cita blogueros y académicos marginados, aventureros digitales, comunidades incel, “racistas científicos” que apelan a la eugenesia y a la biodiversidad, tradicionalistas religiosos, housewifes antifeministas, tecno-futuristas libertarios y pensadores políticos “jacobitas”.

Este pequeño mundo, plagado de personajes bizarros e ideas desquiciadas, posee una lógica sociológica muy particular y es fruto de un contexto histórico específico. Y si bien no cabe hablar de un movimiento sistemático y organizado, resulta sumamente relevante señalar el estrecho vínculo entre algunos de sus integrantes más destacados (Curtis Yarvin, Nick Land, Hermann Hoppe, Anatoly Karlin y Steve Hsu, entre otros) e importantes sectores de Silicon Valley que cuentan con influencia determinante en la Casa Blanca.

Durante la década del 2000, Silicon Valley se presentaba a ojos del resto de los mortales como un nido de freaks cuya inteligencia analítica era inversamente proporcional a su inteligencia emocional. De este curioso mundo surgieron dos lecturas contrapuestas: la amable y simpática que, con series de éxito como Big Bang Theory o Silicon Valley,convertían la neurodivergencia en un asunto entrañable; y la oscura y terrorífica que, poco después, Nick Land desarrollaría en su ya clásico The Dark Enlightenment, donde discriminaba a la humanidad entre dos tipos fundamentales: autistas que inventan cosas, y gente que usa esas cosas que no entiende y se burla de los autistas que las inventan. Pero entonces, estallaron la gran crisis de 2008 y la pandemia de 2019. La hora de “la venganza de los freaks” había llegado.

Cedric Durand, en su imprescindible Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital, expone cómo las Big Techs llegaron a ocupar un lugar decisivo dentro de la estructura del capitalismo norteamericano, especialmente tras 2019. Con el libertarismo como hilo conductor, presenta una genealogía de Silicon Valley que transita de la revuelta hippie de los 1970, al neoliberalismo de los 1990 y desemboca en posiciones antiliberales en los 2010. Ahora, en la cúspide del poder económico, Silicon Valley prepara el asalto al poder político y cultural.

En esta empresa, un sector particular de Silicon Valley destaca sobre el resto. Se trata de una serie de agentes económicos vinculados a los fondos de inversión de riesgo, la ciberseguridad, la IA y las criptomonedas. Estamos hablando, entre otros, de Palantir(Peter Thiel y Alex Karp), SpaceX-Starlink (Elon Musk), Pronomos Capital (Patrick Friedman, Balaji Srinivasan), a16zCapital (Marc Andreessen y Ben Horowitz) y Oracle (Larry Ellison), por poner algunos ejemplos. Este sector de Silicon Valley es el que se vincula con agentes destacados de la reactoesfera y, por medio de ellos, conecta con el proyecto de la Ilustración Oscura.

IV

En líneas generales, la Ilustración Oscura parte de la tesis de que el actual sistema social y político está dominado por una elite intelectual-burocrática que concentra el poder ideológico y dirige las políticas públicas. Esta especie de casta brahmánicasegún dicha tesis, es producto de las grandes universidades y de las empresas culturales mainstream, desde Harvard hasta Hollywood, pasando por el New York Times. Curtis Yarvin la denomina “The Cathedral”, y clasifica a sus miembros como herederos de un modelo cultural y político que hunde sus raíces en la Ilustración.

La Ilustración es para la neorreacción una perversión de la modernidad occidental, perversión que tiene su origen en la secularización de la revolución calvinista, representada por Rousseau, Kant y Hegel, quienes forjaron los fundamentos intelectuales del universalismo republicano. Los siglos XIX y XX son testigos de cómo este proyecto se extendió adoptando formas nuevas: el socialismo, la política de masas, la democracia, el estado redistributivo, el New Deal, la lucha los derechos civiles, los movimientos de descolonización, etc.  

En el plano internacional, la Ilustración se traduce en la ambición por construir una sociedad de naciones dotada de instituciones globales con capacidad para mediar conflictos y regular los tratados. Comunidad de iguales que reconoce, sin embargo, el liderazgo norteamericano, hegemón que asume esta responsabilidad histórica, siguiendo la estela marcada por Woodrow Wilson tras la I Guerra Mundial.

Este sistema, de bases religiosas y humanistas, fundado sobre la errónea idea de progreso e igualdad, es, para los neorreaccionarios, injusto, ineficaz y, lo más importante, inmodificable. Por este motivo la neorreacción no debe confundirse con el conservadurismo. El conservadurismo asume el marco discursivo y moral del progresismo ilustrado, aunque intenta retrasar en lo posible los cambios que impone el marco de sentido dominante. Los neorreaccionarios, en cambio, rompen con este marco y renuncian a la política de masas.

La estrategia de NRx, nos recuerdan Yarvin y Land —tergiversando el clásico de Albert Hirschman (aunque sin citarlo)—, es la de la salida, no la de la voz. La voz es la dialéctica: la creencia en que los conflictos pueden resolverse en un futuro mediante la política, lo que fundamenta precisamente la idea de progreso. La salida, en cambio, niega esta creencia y sustituye, digámoslo así, el tiempo por el espacio. 

De lo que se trata, frente a la dialéctica política, es de romper el orden social e internacional mediante la fragmentación, mediante la creación de una red estilo patchwork; es decir, de pequeñas organizaciones soberanas, ciudades estado o comunidades culturalmente homogéneas. Hermann Hoppe no duda en asociar la estrategia del exit con conceptos como los de secesión y segregación, en absoluto inocentes en el marco de la cultura política norteamericana.

Son varios los proyectos que, bien en términos programáticos, bien como experimentos prácticos, se están llevando a cabo inspirados en estas ideas y financiados con dinero de Silicon Valley. Patchwork y Urbit (ideados por Curtis Yarvin), el Seasteading (proyecto de plataformas marinas financiado por Pronomos Capital), la colonización de Marte de SpaceX, o la creación de ciudades-corporaciones, como Prospera en Honduras (dirigida por un fondo privado dirigido por figuras como Peter Thiel o Marc Andreessen) son sólo algunos ejemplos significativos que parten del principio de exit. Por eso, no es casualidad que se desarrollen en zonas con vacíos legales, que escapan a la regulación estatal y de organismos internacionales. Lugares donde la utopía neorreacionaria puede arrancar de cero, sin necesidad de implicarse en la política y tener que hacer uso de la voz. El neorreacionario vota con los pies. Pero ¿qué tiene que ver todo esto con Groenlandia?

V

Praxis es una empresa fundada en 2019 por Dryden Brown y Charlie Callinan, que se autodefine como una nación digital. Según su página web, cuenta con 151.068 praxianos y un valor de 1,117 mil millones de dólares. La ciudadanía se obtiene mediante el pago de una cuota que da acceso a una “Zona Económica Especial”, denominada “zona de aceleración”, la cual se apoya en cuatro pilares fundamentales: IA, criptomonedas, desregulación energética y biotecnología. 

El modelo institucional sigue el esquema de las DAO (Decentralized Autonomous Organizations), comunidades digitales cuyas reglas de gobernanza están codificadas en smart contracts mediante blockchains, ejecutándose automáticamente sin intermediarios humanos. Inspirada en utopías libertarias, las DAOs han sido criticadas por varios autores que señalan su deriva hacia modelos autoritarios y tecnocráticos.

Pues bien, el punto es que Praxis está interesada en desarrollar ciudades inteligentes en Groenlandia. Según Brown, quien ya sondeó la compra de territorios a las autoridades groenlandesas, el consorcio ya cuenta con una financiación de 525 millones de dolares. Entre los inversores de Praxis se encuentran —redoble de tambor—: Peter Thiel, Patrick Friedman, Balaji Srinivasan, Marc Andreessen, Sam Altman, entre otras figuras destacadas de Silicon Valley. 

Es más, recientemente Donald Trump ha designado a Ken Howery como embajador en Dinamarca y encargado de dirigir las negociaciones para la adquisición de Groenlandia. ¿Y quién —dirá usted— es este tal Howery? Pues —de nuevo redoble de tambor— otra de las figuras destacadas de la reactoesfera de Silicon Valley: miembro fundador de PayPal, junto con Peter Thiel y Elon Musk, inversor de SpaceX, fundador, junto con Thiel y Alex Karp, de Palantir, y director de Founder Fund (un fondo de capital de riesgo enfocado en startups) junto con Luke Nosek.

Groenlandia, que cuenta con la densidad de población más baja del mundo (0,026 personas por km²), puede considerarse entonces como un enclave excepcional para desarrollar la estrategia de salida que caracteriza al movimiento neorrecacionario; en otras palabras: Praxis = Exit

Pero aún cabría preguntarse por el sentido que tiene todo esto. ¿No estaremos ante una excentricidad más de ultrarricos que sólo quieren asilarse y desentenderse de la suerte que depare al resto de la humanidad? Naomi Klein y Astra Taylor han señalado que la élite estadounidense, y especialmente la de Silicon Valley, ha caido presa del síndrome Armagadeon. La salvación universal se ha vuelto imposible: Praxis en Groenlandia no sería sino un arca de Noé para ultrarricos, “los elegidos” para salvarse del diluvio universal que se aproxima.

No termino de compartir este diagnóstico, como tuve ocasión de señalar en la revista Sin Permiso, en respuesta al artículo de Klein y Taylor. No creo que la utopía de Praxis en Groenlandia se reduzca a una cápsula de escape frente a un mundo que colapsa, una suerte de Mayflower tuneado con GPS y motor SpaceX. No, Praxis es algo más. 

Es otro de esos experimentos del nuevo orden neorreacionario por venir. Son pruebas del sistema operativo que se pretende instalar cuando llegue el momento de resetear la vieja versión que ahora disponemos. Nick Land habla de “hiperstición”: ficciones que se hacen reales al actuarlas, “visitas” del futuro que configuran el presente. En otras palabras, y sin tanta pirotecnia aceleracionista, Praxis es el ensayo de una oikocracia, de una oligarquía de propietarios sustentada sobre cadenas de dependencia personal, ciudadanos de segunda y trabajadores manuales sometidos a condiciones de semiservidumbre.  

VI

Resulta pertinente recordar, a contrapelo del argumento de Klein y Taylor, que no debemos realizar una lectura literal del discurso neorreaccionario, especialmente cuando se solapa con el libertarismo. El sueño: fragmentar el sistema de estados actual en un patchwork de soberanías privadas, donde ciudadanos-propietarios gestionen un consejo de administración mediante protocolos tokenizados, donde la aceleración tecnológica produzca por sí misma prosperidad y donde se goce de seguridad mediante la combinación de un estilo de vida homogéneo con mecanismos de gubernamentalidad algorítmica. Quien no esté de acuerdo, aún conserva, según Friedman, el único derecho humano que lo asiste: el derecho de salida.

Pero las cosas, qué duda cabe, no son así de simples. Este sector de Silicon Valley al que nos hemos referido quizás pueda obnubilarse con las fantasías de Ayn Rand y con las pesadillas de Murray Rothbard. Pero su reino no deja de ser de este mundo, pues sus intereses de clases están estrechamente vinculados a la suerte del Estado y del imperio estadounidense. 

Groenlandia es de interés nacional, primero por sus recursos económicos, necesarios para la industria de Silicon Valley (capacidad para albergar los centros de datos de la IA con mayor consumo energético y minerales para fabricar baterías, chips, conductores, etc.). Por eso, incluso “progres” de Seattle como Jeff Bezos o Bill Gates ya han invertido el aguinaldo en Kobold Metals, empresa especializada en explotar tierras raras que ya trabaja en Groenlandia.  

Pero, aún más importante, Groenlandia es una cuestión de seguridad nacional por motivos militares y geopolíticos. Aquí es donde los progres dan paso a los neorreacionarios de Silicon Valley: Andreessen Horowitz, Palantir, Anduril, Starlink, Oracle constituyen el sistema de ciberseguridad y minería de datos del que depende en gran medida la estrategia estadounidense de seguridad nacional, desde la CIA hasta la NSA, pasando por la Fuerza Aérea y a Fuerza Espacial, o el Cuerpo de Marines.

Recientemente Daniel Arjona escribió un interesantísimo artículo en El Arjonauta donde desgranaba el papel esencial que desempeñó Alex Karp, CEO de Palantir, en la odiosa “Operación Determinación Absoluta” del pasado 3 de enero. Según Arjona el rol de Karp y de Palantir fue el de procesar el inabarcable ruido generado por la montaña de datos que podría permitir la captura de Maduro. “Karp no vende datos, sino la capacidad de entenderlos”, afirma Arjona. Y es que la gubernamentalidad algorítmica requiere de algo más que materia prima. Cuando dispone de ello es capaz de adelantarse al porvenir: el sistema “no sólo dijo a los comandos dónde estaba Maduro; les dijo hacia dónde iba a moverse”. De nuevo nos topamos con el No Future! Pero ahora no por exceso de incertidumbre, sino por su ausencia absoluta. En Venezuela, los Sex Pistols dan paso a George Orwell.       

VII

Marc Andreessen y Peter Thiel son declarados defensores de la anexión de Groenlandia. Sobre los motivos económicos y militares que justifican esta postura ya se ha hablado y se hablará aún más. De lo que se hablará menos es del objetivo político que hace apetecible Groenlandia para este sector reaccionario del tecno-capitalismo norteamericano. Y es que esta tierra a la que arribó en el siglo X Erik el Rojo (ironías de la historia), y a la que puso por nombre “Tierra Verde” (Erik, además de rojo, era un socarrón), es un espacio privilegiado para experimentar la utopía neorreaccionaria por la que suspiran estos freaks con ansias de venganza e ínfulas imperiales.

Sigo sin poder responder a la pregunta de mi madre, que al fin y al cabo es la pregunta que realmente importa. Pero de lo que sí estoy seguro es de lo triste que lucen las pobres almas de los resentidos con poder, en su infantil megalomanía. El caso de Groenlandia representa muchas de las contradicciones del mundo en el que hoy nos encontramos. Oponerse a su anexión es también oponerse a esas utopías que nos hundirán en los tiempos oscuros. 

Alejandro Estrella González  Es profesor-investigador titular del Departamento de Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana de México y pertenece al Sistema Nacional de Investigadores. Ha publicado obras como «Clío ante el espejo. Un socioanálisis de E.P. Thompson». Universidad de Cádiz-UAM. Cuajimalpa (2011); «Libertad, progreso y autenticidad. Ideas sobre México a través de las generaciones filosóficas». Editorial Jus (2014) y ha editado la selección de textos «E. P. Thompson. Democracia y socialismo». Edición crítica, UAM-Cuajimalpa/CLACSO (2016)

mardi 6 janvier 2026

Apocalypse Now ! Sur le lien entre émancipation et pessimisme culturel, par Robert Kurz

 SOURCE: https://www.palim-psao.fr/2025/12/apocalypse-now-sur-le-lien-entre-emancipation-et-pessimisme-culturel-par-robert-kurz.html?

 

Apocalypse Now !

Sur le lien entre émancipation et pessimisme culturel

Robert Kurz

Publié en 1998 dans le grand quotidien de gauche brésilien 𝐹𝑜𝑙𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑎̃𝑜 𝑃𝑎𝑢𝑙𝑜, le texte de Robert Kurz apparaît aujourd’hui comme un diagnostic d’une étonnante clairvoyance. Il anticipe non seulement l’épuisement idéologique du capitalisme libéral, puis keynésien-libéral en panique, mais aussi l’émergence d’idéologies apocalyptiques contemporaines — des droites néolibérales aux extrêmes droites type MAGA — qui assument l’effondrement comme horizon politique. Kurz y critique conjointement le postmodernisme et ce que l’on nommerait aujourd’hui des logiques accélérationnistes : l’idée que la crise, poussée jusqu’au bout, tiendrait lieu de solution.

Kurz part de l’imaginaire apocalyptique pour en dégager le noyau rationnel : toute société fondée sur la domination (dont le noyau dans la modernité est une abstraction réelle) et la misère vit sous la menace de sa propre fin. Dans le capitalisme mondialisé de la fin du XXe siècle, cette peur ne prend plus la forme religieuse du Jugement dernier, mais celle d’une crise systémique globale susceptible d’engloutir la « civilisation de l’argent ». Les élites n’espèrent plus réellement le progrès ; elles redoutent désormais l’implosion du système qu’elles dirigent. Ce glissement est décisif : la catastrophe cesse d’être un échec à éviter pour devenir un destin à gérer, voire à mettre en scène.

En dissolvant toute vérité, toute totalité et toute critique systémique, le postmodernisme transforme la crise en spectacle et neutralise toute pensée de transformation réelle. 

Kurz distingue alors deux figures de l’apocalypse. L’une, émancipatrice, conçoit la crise comme une rupture ouvrant sur un monde qualitativement nouveau — Marx en aurait fourni la version rationnelle moderne. L’autre, réactionnaire, ne voit dans l’effondrement qu’une fin absolue : pas de dépassement, pas d’avenir, seulement la chute générale. C’est cette seconde apocalypse que Kurz voit monter dès 1998, et qui structure aujourd’hui les idéologies des droites et des centres autoritaires : puisque le capitalisme se détruit lui-même, l’humanité doit sombrer avec lui. MAGA, les nationalismes identitaires, les religionismes identitaires et le néolibéralisme sécuritaire partagent cette logique : il ne s’agit plus de sauver la société, mais de désigner qui mérite de survivre.

Le postmodernisme joue ici un rôle clé. En dissolvant toute vérité, toute totalité et toute critique systémique, il transforme la crise en spectacle et neutralise toute pensée de transformation réelle. Chaque nouvelle régression est redéfinie comme une « opportunité », rendant impossible toute critique fondamentale. Cette posture prépare directement le terrain aux droites contemporaines : si tout n’est que récit, émotion ou performance, alors la politique devient une guerre symbolique permanente, affranchie de toute responsabilité matérielle. Kurz avait vu que ce relativisme ne produirait pas l’émancipation, mais une politique du cynisme et de l’irrationalité assumée.

Sur le plan culturel, Kurz oppose la nostalgie réactionnaire — fantasme d’un ordre autoritaire perdu — à une critique émancipatrice qui refuse à la fois le retour au passé et l’adoration béate du présent. L’histoire du capitalisme est une dialectique négative : chaque progrès technique s’achète par une régression sociale. Le contraste entre prouesses technologiques et misère de masse mondiale est le symptôme central de notre époque. Aujourd’hui encore plus qu’en 1998, une société capable d’envoyer des sondes sur Mars accepte la faim, la précarité et l’abandon de populations entières. Les droites et les centres transforment ce scandale en fatalité.

Kurz pousse enfin le diagnostic jusqu’à la culture elle-même : le capitalisme n’a jamais produit de culture propre, seulement un vide que l’argent a rempli en marchandisant les restes du passé et les critiques dirigées contre lui. Le postmodernisme recycle ces débris dans une esthétique faussement ludique, une « apocalypse joyeuse » où l’effondrement devient divertissement. C’est précisément cette esthétique que l’on retrouve aujourd’hui dans les droites radicales : politique du meme, jubilation destructrice, transgression permanente, plaisir de voir brûler les institutions sans rien proposer à leur place.

Ainsi, la mutation anthropologique et idéologique du capitalisme en crise ne relève pas d’une dérive contingente, mais d’une tendance objective de fond, étroitement liée à la contradiction interne d’un capitalisme mondialisé arrivé à ses limites. Incapable de produire un avenir crédible, il engendre — dans les centres comme dans les périphéries du prétendu « Sud global » — des politiques de sélection, de sacrifice rigide et de nihilisme autoritaire. MAGA, les droites extrêmes et les centres néolibéraux durcis ne sont pas des accidents de parcours : ils constituent l’expression politiquement cohérente de cette apocalypse réactionnaire que Kurz avait déjà diagnostiquée à la fin du XXe siècle. Ce qu’il identifiait comme une menace théorique s’est imposé comme notre présent politique ordinaire. Les sociétés du système-monde capitaliste tendent ainsi à devenir une planète idéologiquement malade. 

Le capitalisme n’a jamais produit de culture propre, seulement un vide que l’argent a rempli en marchandisant les restes du passé et les critiques dirigées contre lui. Le postmodernisme recycle ces débris dans une esthétique faussement ludique, une « apocalypse joyeuse » où l’effondrement devient divertissement. C’est précisément cette esthétique que l’on retrouve aujourd’hui dans les droites radicales : politique du meme, jubilation destructrice, transgression permanente, plaisir de voir brûler les institutions sans rien proposer à leur place.

L

a peur de la fin du monde a dominé de nombreuses cultures. Cette idée est souvent associée au Jour du Jugement dernier, comme dans l’Apocalypse de Jean. Il y a dans ces pensées un certain fond rationnel et hautement terrestre, qui sommeille sous le voile religieux. Car toute élite sociale qui repose sur la « domination de l’homme sur l’homme » (Marx) et qui, sous sa direction, engendre sans cesse pauvreté, misère et oppression, porte en son cœur la peur aussi secrète que bien fondée du jour de la vengeance.

Dans la postmodernité capitaliste mondialisée de la fin du 20e siècle, les élites libérales ne craignent certes plus depuis longtemps la vengeance de Dieu. Elles redoutent néanmoins la possibilité d’une nouvelle crise mondiale majeure, dans laquelle la « main invisible » de leur sacro-saint marché pourrait semer encore plus de mort et de désolation qu’elle ne le fait déjà. Sous le signe de cette crise, la désintégration de la société menace de prendre une telle proportion que la civilisation de l’argent, aujourd’hui apparemment triomphante, pourrait bientôt être engloutie par l’histoire, à l’instar, il y a peu, de son pauvre parent ennemi, le socialisme bureaucratique d’État. Chaque événement qui va dans ce sens (comme la récente crise en Asie) est accueilli avec un mélange de fascination et d’effroi.

Le monde libéral écoute la « prophétisation » de la crise comme on écoute une histoire d’horreur au coin du feu. Mais puisque la culture médiatique postmoderne ne sait de toute façon plus distinguer la réalité du « film », ses adeptes s’imaginent que tout n’est qu’un jeu et qu’une fois l’horreur passé, ils pourront aller tranquillement dîner. C’est pourquoi non seulement les « prophètes » de la crise sont en vogue, mais aussi les propagandistes postmodernes d’une joie délirante, qui s’efforcent de tourner en ridicule toute mise en garde contre la crise comme une pensée « millénariste » irrationnelle et apocalyptique. Les véritables bouffons de cour du capitalisme ne sont plus des messagers de malheur, mais des « désalarmistes » postmodernes qui ont repêché dans les poubelles de l’histoire les vieilles fripes usées du progrès bourgeois pour en faire une mode « de seconde main ».

L’apocalypse n’est pas aussi clairement irrationnelle et réactionnaire que le prétendent les derniers clowns postmodernes de la raison libérale. Ce concept n’a jamais seulement désigné le Jugement dernier s’abattant sur un monde qui ne vaut plus la peine d’être vécu et sa disparition, mais aussi simultanément l’aube d’un monde nouveau et meilleur, suite à la « catharsis » de la grande crise. Dans ce sens, la théorie précise de la crise élaborée par Marx, avec sa démonstration logique d’une borne interne absolue du capitalisme, constituait en quelque sorte la pensée apocalyptique rationnelle de la modernité, car cette théorie portait également en elle l’espoir d’un avenir post-capitaliste.

En revanche, la sombre pensée réactionnaire ne vise qu’à mettre un point final absolu – celui de l’extermination. Si le vieux monde est condamné, alors il ne peut y avoir de monde nouveau ni d’avenir différent. Dans Le Déclin de l’Occident, Oswald Spengler ne voyait de salut qu’avec la fin « héroïque » d’une catastrophe globale universelle. Et quand Hitler a fini par comprendre que la guerre était perdue, il a voulu l’élimination complète de toute la population allemande, parce qu’elle ne s’était pas montrée « digne » de lui. À mesure que la nouvelle crise du capitalisme se profile clairement à l’horizon, le libéralisme mondial adopte aujourd’hui, face au monde entier, une posture militante similaire : puisque l’économie de marché totale se détruit elle-même, l’humanité doit sombrer avec elle, sans que rien de nouveau ne puisse voir le jour.

Le postmodernisme, considéré comme une idéologie culturelle accompagnant la mondialisation d’économie de marché, n’en est pas encore là ; il cherche d’abord à arracher à la culture capitaliste elle-même un ultime progrès. C’est pour cette raison que toute nouvelle poussée de crise, qui détruit davantage la civilisation moderne et la rapproche de la barbarie, est redéfinie comme une « opportunité ». Nous sommes même noyés sous une inflation d’« opportunités ». Pris sous cet angle, il est bien sûr devenu impossible de mener une critique fondamentale du développement culturel actuel. La critique culturelle, qu’elle se veuille émancipatrice ou réactionnaire, apparaît identique : chaque dernière tendance doit automatiquement être la meilleure et une source inépuisable de « possibilités », bien qu’elle ait réellement atteint le stade de l’imbécilité.

Cependant, comme en ce qui concerne la crise ou l’« apocalypse », on trouve aussi, dans la question de la critique culturelle, des contenus diamétralement opposés. Ce que les réactionnaires aiment tant dans le passé, c’est une société de « maîtres et serviteurs », avec une culture autoritaire aux délimitations claires, où nul ne peut s’écarter du modèle prescrit par la tradition bornée. Ce n’est qu’en jetant un regard rétrospectif romantisant sur ces rapports qu’ils critiquent la culture commerciale de masse du capitalisme tardif. Contrairement à cela, une critique culturelle émancipatrice ne cherche évidemment pas à se projeter imaginairement dans un passé glorifié. Elle ne peut pas non plus courir après chaque nouvelle tendance de l’esprit du temps et en tirer quelque chose, car une telle attitude n’est que le revers du romantisme réactionnaire.

Il convient au contraire de mettre en évidence la dialectique négative de l’histoire capitaliste et de ses cultures : tout progrès s’achète au prix d’une régression, et toute possibilité positive se transforme en sa propre négation. La captivité babylonienne des traditions agraires n’a été remplacée que par les plaies égyptiennes du marché total. Le postmodernisme en est la meilleure preuve, et la plus récente, avec son commandement : « Fais ce que tu veux, mais sois rentable ! » C’est la formule classique d’un « double bind »[1] schizophrène au sens de Gregory Bateson.

Cette dialectique négative se manifeste aujourd’hui plus que jamais dans le décalage criant entre les avancées technico-scientifiques et la pauvreté de masse à l’échelle mondiale. Une puissance mondiale qui envoie des voitures miniatures sur Mars laisse mourir de faim 11 millions de ses propres enfants. À l’ombre des plus audacieuses architectures des cinq continents, végète une misère de masse que n’a jamais engendrée aucune société agraire prémoderne, aussi bornée soit-elle. Même en jetant un regard rétrospectif sur les dernières décennies au sein du capitalisme, la régression sociale élémentaire de la fin du 20e siècle est palpable. Le baroque postmoderne confère à ces rapports une esthétique de l’ignorance, où l’on déclare que la compassion et l’indignation sociale sont de mauvais goût, ce qui revient à retomber spirituellement au niveau du 18e siècle.

La culture postmoderne de la jeunesse de classe moyenne d’aujourd’hui n’est pas sans rappeler le comportement des beaux « Éloïs » dégénérés dans le roman d’anticipation, empreint d’un certain pessimisme culturel, La Machine à explorer le temps (1895) de H. G. Wells. Ces derniers sont sans cesse en quête de nouveaux jouets, incapables de se concentrer et indifférents à la situation réelle de leur monde. Il semble que toutes les visions d’horreur et les utopies négatives des cent dernières années soient érigées en modèles positifs dans la postmodernité. Le déclin intellectuel de la soi-disant bourgeoisie est toutefois démontré par le fait qu’une culture de l’apartheid social et du cannibalisme économique finissent, à long terme, par se retourner également contre les groupes sociaux dominants eux-mêmes. S’il y a bien quelque chose qui a « toujours empiré », c’est le niveau d’éducation et les standards culturels des élites capitalistes.

Le pessimisme culturel de la théorie critique d’Adorno et Horkheimer ne reposait pas sur le désir de retourner à des normes ou à des traditions poussiéreuses. Il s’agissait d’un scepticisme à l’égard de l’espoir de pouvoir encore arracher aux dominants des biens significatifs en matière de savoir et de culture. Une société qui laisse pourrir ses musées, ses bibliothèques et ses monuments culturels, ainsi que ses universités et sa littérature, pour ne vendre que des voitures, ne laissera derrière elle qu’un tas de ferraille. Les conservateurs, qui avaient autrefois reçu une éducation classique, tirent désormais leur conservatisme d’Hollywood. Même leurs villas ne mériteraient qu’à être expropriées, puis retirées du paysage, tant elles sont une offense à la vue humaine. Si l’analphabétisme secondaire[2] se retrouve même dans les plus hautes sphères, quelle culture restera-t-il encore à transformer ? Vouloir rendre accessibles « à tous » les habitudes des « upper ten » d’aujourd’hui concernant l’alimentation, la lecture ou même la vie en dégoûterait plus d’un.

Quant à la culture de masse, ne pourrait-elle pas contenir un potentiel émancipateur ? Elle le pourrait, mais ce n’est actuellement pas le cas. À vrai dire, il n’est pas indispensable de rester cantonné à l’éducation classique. Même les comics peuvent stimuler l’esprit et exprimer une vérité. Le problème n’est pas la culture de masse en tant que telle, mais le fait que son contenu soit absorbé par la forme commerciale. Les moyens techniques ne sont pas indépendants des relations sociales dans lesquelles ils apparaissent en pratique. Le débat actuel sur la culture de masse postmoderne rappelle la controverse entre Adorno et Walter Benjamin dans les années 1930 et 1940. À l’époque, Adorno estimait que les nouvelles techniques de reproduction artistique (par exemple, le cinéma) avaient surtout introduit une nouvelle qualité d’expropriation intellectuelle et culturelle des masses, les privant de toute perception autonome et critique du monde. Le régime de l’offre capitaliste avait selon lui réduit les individus à l’état de consommateurs passifs comme jamais auparavant. Pour sa part, Benjamin percevait dans les techniques cinématographiques davantage la possibilité d’élargir les capacités sensorielles et cognitives du public.

Mais Adorno ne s’est pas opposé à la nouvelle technique de reproduction en tant que telle, pas plus que Benjamin ne comptait se fier uniquement à l’aspect technique. Contrairement à Adorno, il voyait dans la « participation consciente des masses » aux nouvelles techniques culturelles, à travers des formes d’« apperception collective », une possibilité émancipatrice, dont le mouvement ouvrier de l’époque constituait l’arrière-plan social. À l’« esthétisation fasciste de la politique » devait répondre la « politisation socialiste de l’art ». Après la Seconde Guerre mondiale, le capitalisme a découvert une troisième possibilité : l’individualisation commerciale et médiatique de l’ensemble de la vie, donc aussi de la politique et de la culture. La télévision a marqué le début d’une nouvelle culture de masse centrée sur les « individus isolés », qui débouche aujourd’hui sur l’« esthétique de l’existence » postmoderne individuelle, avec ses « techniques de soi » capitalistes (Foucault), à partir de quoi tout espoir d’émancipation a été réduit à néant. Ce sont les tueurs fous et les assassins de célébrités qui appliquent désormais le plus fidèlement l’esthétique postmoderne.

Le capitalisme n’a en vérité jamais eu de culture propre, parce qu’il ne représente que le vide abyssal de l’argent. Kasimir Malévitch en avait déjà donné une représentation artistique inconsciente avant la Première Guerre mondiale avec son célèbre Carré noir. Après cela, ne pouvait suivre qu’une série de chants du cygne. Ce qui apparaissait comme de la culture capitaliste n’était en fait soit que des restes de culture prémoderne peu à peu transformés en objets de marché, soit des formes de protestation culturelle contre le capitalisme lui-même, elles aussi adaptées à des fins commerciales. Aujourd’hui, le capitalisme a tout dévoré et digéré, ou réduit à l’état de déchets. C’est ainsi que la modernité arrive au bout de ses possibilités culturelles, précisément parce qu’il n’y a plus aucune protestation.

Le postmodernisme s’imagine qu’il peut désormais de manière éclectique mettre toute l’histoire de l’art à sa disposition (« anything goes »). En réalité, il ne fait que fouiller désespérément dans la décharge et les excréments du passé capitaliste, dans l’espoir d’y trouver peut-être encore quelques restes à « recycler » culturellement. Ce recyclage postmoderne, avec sa simulation pop d’une « bonne humeur » de façade, contribue justement à cette version réactionnaire de l’apocalypse, selon laquelle aucun monde nouveau ne saurait naître des ruines de l’ancien. L’espoir réside seulement dans un nouveau mouvement social de masse, capable de s’approprier de manière autonome les potentiels émancipateurs inexploités des techniques modernes de reproduction, contre leur forme commerciale.

 

Traduction de l’allemand par Frank Reinhardt

 

[1] Le « double lien » (ou « double contrainte ») est un concept développé par Gregory Bateson, selon lequel une personne reçoit des injonctions contradictoires qu’elle ne peut satisfaire. Pour Bateson, ce mécanisme serait à la fois la cause et l’effet de la schizophrénie (NdT).

[2] Pour une définition de l’« analphabétisme secondaire » comme produit de la société industrielle, qui touche également les classes dominantes, voir Hans Magnus Enzensberger, « Éloge de l’analphabétisme » dans Médiocrité et folie, Gallimard, coll. Le messager, 1991 (NdT).