ÁFRICA NO FUE LA PERIFERIA DE LA GUERRA ANTIFASCISTA
Por Mika*
La clásica obra de Ousmane Sembène de 1988, Camp de Thiaroye,
comienza con una escena que resume la contradicción colonial. Es 1944.
Los soldados africanos —los Tirailleurs Sénégalais— regresan a casa
desde los frentes de batalla de Europa, después de haber luchado para
liberar a Francia del fascismo. En ese momento, con un solo gesto
contenido, Sembène captura el balance moral del imperio. La guerra había
terminado en Europa, pero su lógica persistía en África. Effok no era
solo un pueblo, era un registro de requisas, palizas y desapariciones
durante la guerra. La sonrisa del general es una máscara; la negativa
del tío, un acto político. Desde esta tranquila rebeldía hasta la masacre de Thiaroye que
le sigue, Sembène traza el camino desde la resistencia pasiva a la
activa contra el colonialismo francés, desde la lucha contra el fascismo
en el extranjero hasta su enfrentamiento en casa.
Hassane Sar (Senegal), Thiaroye Dem Dik (‘Go to Thiaroye and Come Back’), 2016.
El primer frente: Etiopía se queda sola
Incluir a África en la historia de la Guerra Mundial Antifascista
—comúnmente conocida como Segunda Guerra Mundial, 1939-1945— no es
añadir una nota decorativa, sino corregir el registro. Mucho antes del
desembarco de Normandía, se produjeron importantes levantamientos
armados contra el auge del fascismo fuera de Europa, ya desde el 18 de
septiembre de 1931, con la invasión imperial japonesa de China. La lucha
mundial contra el fascismo no comenzó en 1939 en Europa, sino años
antes en continentes que a menudo se marginan en la narrativa histórica.
En 1935-1936, cuando el ejército de Mussolini invadió el país, lanzando gas
mostaza y bombas químicas en violación flagrante del Protocolo de
Ginebra, los patriotas etíopes, tanto hombres como mujeres, libraron una
guerra de guerrillas de varios años que dejó al descubierto el fascismo
como colonialismo sin disfraz. Estos arbegna (patriotas) encarnaban un rechazo que trascendía el género, la clase y la región.
El coste humano fue
inmenso: más de 750 000 combatientes y civiles etíopes murieron durante
la invasión y la ocupación. En 1937, tras un intento de asesinato del
virrey italiano, las fuerzas italianas desataron la masacre de Yekatit
12, en la que murieron 30.000 civiles en tres días de castigo
colectivo. En las cuevas de Ametsegna Washa, gasearon y ametrallaron a
más de 5500 etíopes, en una de las mayores masacres del teatro africano y
un ejercicio metódico de terror. Aun así, la resistencia nunca cesó. Un
tercio de los patriotas registrados eran mujeres:
organizadoras, combatientes y comandantes cuyo desafío resonó en todo
el continente. Su resistencia de cinco años abrió una escuela de
resistencia, sembró la geografía política y se convirtió en un modelo
para los movimientos antifascistas y anticolonialistas que siguieron.

Djime Diakite (Senegal), Apothéose des tranchées (Apotheosis of the Trenches), 2016.
La infraestructura de la victoria
A medida que la guerra se extendía, África se convirtió en su corazón
logístico. Sus costas protegían las rutas marítimas; sus minas
alimentaban la maquinaria bélica; sus trabajadores construían los
puertos, las vías férreas y las pistas de aterrizaje que sostenían los
frentes aliados y permitían la victoria final. Por todo el continente
circulaban convoyes, aviones y combustible, impulsados por la mano de
obra, los recursos y el sacrificio africanos.
Los soldados africanos y de la Commonwealth derrotaron a Italia en
África Oriental en Keren y Amba Alagi, reabriendo el Mar Rojo y
destrozando el imperio del Eje en suelo africano. Las tropas francesas
libres y africanas capturaron Kufra en Libia, asegurando el flanco sur
para la guerra del desierto. En el oeste, Gabón y Dakar se convirtieron
en bases de operaciones para el África francesa y proporcionaron a De
Gaulle una columna vertebral territorial y una base logística. Freetown y
Takoradi transportaban aviones y protegían los convoyes que sostenían
los frentes de Oriente Medio y el norte de África, incluso cuando los
submarinos alemanes acechaban esas rutas marítimas. En el océano Índico,
la toma de islas clave privó al Eje de un trampolín submarino que
podría haber amenazado el canal de Suez y el canal de Mozambique.
Más de un millón de soldados africanos prestaron servicio; otros
millones trabajaron en condiciones coercitivas y peligrosas. En el
Congo, el uranio extraído de la mina de Shinkolobwe —por trabajadores
africanos, muchos de los cuales sufrieron efectos desastrosos para su
salud— alimentó las
bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. La contribución de
África fue decisiva —material, estratégica y humana—, pero a su pueblo
se le negó el reconocimiento y la recompensa. Los imperios que afirmaban
luchar contra el fascismo en el extranjero mantuvieron sus métodos en
casa: jerarquía racial, trabajos forzados, castigos colectivos.
Thiaroye: Victoria y violencia
Camp de Thiaroye, de Sembène, relata lo que sucedió cuando
el frente se trasladó al país. Los tirayeles que habían derramado su
sangre por Francia fueron reunidos en un campo de tránsito cerca de
Dakar para esperar la desmovilización. Cuando se devalúa el pago
atrasado que se les había prometido, su conciencia política, templada en
los campos de batalla extranjeros, se endurece y se convierte en una
demanda colectiva de justicia económica. Se declararon en huelga, no por
caridad, sino por dignidad. La respuesta colonial llegó al amanecer:
tanques y artillería contra hombres desarmados y dormidos. Entre ellos
se encontraba Pays, superviviente de los campos nazis, que llevaba un
casco de las SS. Él intuyó lo que iba a pasar, pero, destrozado por el
trauma, no pudo advertirles de que el fascismo solo había cambiado de
uniforme, no de víctimas.
La masacre de Thiaroye del 1 de diciembre de 1944 no es una
aberración, es el Estado colonial hablando con su voz más clara. Menos
de seis meses después, el 8 de mayo de 1945 (Día de la Victoria en
Europa), el mismo día en que Europa celebraba la victoria sobre el
fascismo, las tropas francesas masacraron a miles
de argelinos en Sétif y Guelma por exigir la independencia. Dos años
más tarde, los veteranos de la guerra antifascista y los jóvenes
malgaches politizados se levantaron por
la independencia y corrieron la misma suerte. Para los colonizados, la
«liberación» significó el restablecimiento del látigo, los campos y las
armas. Ochenta años después, el número de muertos y los lugares de
enterramiento siguen siendo objeto de controversia, y la búsqueda de la verdad completa sigue obstaculizada, lo que demuestra que la guerra por la memoria continúa.
Del servicio en tiempos de guerra a la lucha de posguerra
Sin embargo, la guerra cambió África. La experiencia de luchar contra
el fascismo y sostener el esfuerzo bélico aliado transformó a los
trabajadores y soldados comunes en sujetos políticos. Afirmaron que las
promesas antifascistas de libertad y justicia social también debían
aplicarse en las colonias, fusionando los frentes laboral y
anticolonial.
En junio de 1945, los trabajadores nigerianos, que habían alimentado y
abastecido al frente aliado, lanzaron una huelga general para reclamar
salarios dignos y dignidad. Al año siguiente, 70.000 mineros
sudafricanos que habían impulsado la economía aliada durante la guerra
—oro para las reservas, carbón para la industria— lanzaron una
huelga contra el régimen laboral «fascista» del capitalismo del
apartheid: salarios de miseria y leyes laborales racistas. En 1947-1948,
el impulso se extendió por todo el continente. En toda el África
occidental francesa, los trabajadores ferroviarios se valieron de su
disciplina bélica para organizar una huelga sostenida que vinculaba la lucha por un salario justo con la demanda más amplia de libertad.
En 1948, en Accra, unos exmilitares desarmados que
marchaban para exigir sus pensiones fueron abatidos a tiros por un
oficial británico. Los asesinatos desencadenaron disturbios y
radicalizaron a toda una generación. Entre los detenidos tras los
disturbios se encontraba Kwame Nkrumah, que pronto llevaría a Ghana a la
independencia. Tras haber trabajado en un partido nacionalista
moderado, se separó de él para formar su propio movimiento, que exigía
el autogobierno inmediato, reconociendo —como escribió más tarde su biógrafo— que, tras el fin de la guerra, había comenzado la revolución africana.

Sammy Baloji (DR Congo), Shinkolobwe’s Abstraction, 2022.
Precisión, no piedad
Sembène rechaza el consuelo fácil. Tras la masacre, en su escena
final, un nuevo grupo de jóvenes soldados africanos embarca en un barco
rumbo a Europa, tal y como hicieron en su día los veteranos de Thiaroye.
La historia, al parecer, se dispone a repetirse.
Recordar el papel de África en la Guerra Mundial Antifascista no es
un acto de caridad, sino de decir la verdad. Los campos de batalla del
continente no eran periféricos, sino fundamentales para la derrota del
fascismo y el nacimiento del mundo de la posguerra. Su lucha contra el
fascismo era inseparable de su lucha contra la arquitectura del
imperialismo. Pero también revelaron algo más profundo: que la lógica
central del fascismo —la jerarquía racial, la expropiación, el castigo
colectivo— era propia del imperio.
Ochenta años después, la lucha continúa bajo nuevas formas: contra
los regímenes de deuda, el saqueo ecológico, las fronteras militarizadas
y la instrumentalización de la memoria. Para conmemorar la gran
victoria de la Guerra Mundial Antifascista, resistir el resurgimiento
del neofascismo y abordar las crisis entrelazadas a las que se enfrenta
el Sur Global, el Foro Académico del Sur Global (2025) se
reunirá en Shanghái los días 13 y 14 de noviembre de 2025 bajo el lema
«La victoria de la Guerra Mundial Antifascista y el orden internacional
de la posguerra: pasado y futuro».
Una nueva generación de pensadores, artistas y organizadores de todo
el Sur Global está recuperando esta historia, no para idealizar el
pasado, sino para comprender el mundo que hemos heredado. Como nos
recuerda Sembène, la resistencia comienza con la precisión: ver
claramente lo que se hizo, quién pagó el precio y lo que aún queda por
ganar.
Front cover of the booklet, titled ‘Workers at War – CNETU and the 1946 African Mineworkers’ Strike’, South Africa.
(*) Mika es investigadora y editora en Tricontinental: Instituto de Investigación Social y coordina la oficina panafricana de Tricontinental, donde ha coescrito un reciente dossier titulado Sahel busca la soberanía.
Actualmente cursa su doctorado en la Escuela de Relaciones
Internacionales y Asuntos Públicos de la Universidad de Fudan. Es
miembro de la Secretaría de Pan Africanism Today, que coordina la
articulación regional de la Asamblea Popular Internacional. También
forma parte del comité de coordinación de No Cold War, una plataforma por la paz que promueve la multipolaridad y la máxima cooperación global.
Fuente: Tricontinental