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mardi 24 mars 2026

José Ortega y Estampa popular

Dentro de Estampa Popular destaca la figura icónica de Pepe Ortega como pintor y grabador militante comunista, que experimentó el sistema carcelario franquista y plasmó sus experiencias en obras como la serie ‘El terror’ (1952). Perseguido por la dictadura, se exilió en Francia y luego en Italia. Su arte recurrentemente exploró las duras jornadas de trabajo de los segadores, un tema que conoció de primera mano. La influencia de Ortega fue fundamental para los futuros miembros de los grupos de Sevilla y Córdoba de Estampa Popular, quienes se encontraron con él en momentos cruciales durante la creación de estas agrupaciones, ya sea en Madrid o en París. El nombre “Estampa Popular” y su enfoque en el grabado se derivan de la combinación de la difusión masiva de dispositivos como los pliegos de cordel y el compromiso político del Taller de Gráfica Popular mexicano (TGP). El grupo sevillano operó como una cooperativa, inspirándose en este enfoque mexicano. Es en este contexto, cuando José Duarte, que ya contaba con una carrera ya consolidada en el grupo interdisciplinario Equipo 57, se unió a la formación de los grupos de Estampa Popular en Córdoba y Vizcaya a finales de la década de 1960, llevando consigo la vanguardia abstracta y geométrica con un fuerte enfoque social y político. Este fue un momento crucial en la intersección del arte y la política , dónde una figura emergió en el mundo del arte: Francisco Cuadrado. Su vínculo estrecho de camaradería, donde la amistad, la militancia política y el arte se entrelazaban, inspiró a Cristóbal, Cortijo y Cuadrado a emprender juntos diversas empresas colectivas.

Estampa Popular, ni una sola concesión al olvido (2025)


Fue el primer movimiento de carácter político y social de la historia del arte en España, creado por José Ortega en el Madrid de 1959, con el comienzo de las primeras movilizaciones mineras, obreras y estudiantiles.

Fuente

                         
“Pan, tierra y libertad” (1959), José Ortega, xilografía sobre papel

Nos lo recordaba el otro día, en la gala de los Goya, Eduard Fernández, en una buena intervención antifascista: Que nadie se despiste, que llegan, y vienen a caballo. Y cuando entren ya será tarde, y no podremos apelar ni al séptimo de caballería ni a la novena de Beethoven. Será, entonces, cuando tengamos que recuperar todos los protocolos de la clandestinidad. Por eso es necesario explicar que no podemos dar ni una sola oportunidad al olvido. Por ejemplo, al olvido de ese proyecto y ese grupo de pintores que fundaron y ejercieron la “estampa popular”.

Eran artistas en todo el amplio sentido de la palabra, con un gran bagaje técnico de primera magnitud, fuertemente radicados en la sencillez de la gente, en la cultura y la lucha de la gente, en plena clandestinidad, cuando el franquismo diluviaba fuerte. Nos lo explicaba el otro día en el Museo de Alcalá de Guadaíra, Ana Cortijo, en la exposición “Estampa popular, arte y memoria”, recordando ante un grupo de colegiales la eficacia clandestina de aquellos rojos, que no progres. Nos decía Ana (Pepa Medrano y yo añadidos al grupo de colegiales) que, entonces, entre los protocolos de la lucha en sombras, había un principio indeclinable: Si alguien pronunciaba tu nombre a tus espaldas, no debías volver nunca la cabeza. No se podía asociar nombre y rostro, nombre y lucha, nombre y forma concreta y diaria de hacer historia; en este caso desde el arte. Quizás lo contrario que ocurre en estos tiempos posmodernos: Nadie pronunciará tu nombre, aunque vuelvas la cabeza.

Ana Cortijo es alta, imponente. Le dije después que era como ser recibido en un museo por la torre Eiffel. Y explicaba las cosas con pasión retenida y un discurso seguro, de quien ha mamado la filosofía que alentaba desde el principio la estampa popular, que fue, nos decía, el primer movimiento de carácter político y social de la historia del arte en España, creado por José Ortega en el Madrid de 1959, con el comienzo de las primeras movilizaciones mineras, obreras y estudiantiles; fue entonces cuando Ortega, miembro del comité central del PCE, decide poner en marcha este movimiento como respuesta a la dictadura franquista, creándose grupos de “estampa popular” en Madrid, Sevilla, Córdoba, Vizcaya, Valencia, Cataluña y Galicia.

En 1960 Ortega, perseguido por la dictadura, se exilia en París y busca a otros artistas españoles que lo acompañen para relanzar el movimiento de vuelta a España, de modo que el grupo de Sevilla de “estampa popular” (Paco Cortijo, Paco Cuadrado y Cristóbal Aguilar) se va a crear en París, instalándose después en Sevilla, en el barrio de Los Pajaritos, que sigue siendo uno de los barrios más pobres del país. Tras ser detectados por la brigada político-social, se desplazan a Alcalá de Guadaíra, un pueblo de una larga tradición paisajística, que hoy recoge su espléndido museo, ese museo que expone las obras de los citados, junto a algunas piezas de José Ortega, más diversas muestras de Duarte y, por primera vez, la obra inédita y recién recuperada de Lola Cortijo, desarrollada en el marco del “grupo de Sevilla”.

“Estampa popular”, por así decirlo, es un capital impagable de nuestra lucha cultural e ideológica por las libertades y contra la explotación, y quizás por eso sufre un expediente de olvido y tachadura, un largo expediente que es preciso derogar cuanto antes, y en eso trabaja esta exposición, que empezó en La Cartuja y ahora se expone en el pueblo que fue conocido en el terreno del arte como el Barbizon español. A este trabajo encomiable dedica gran parte de su tiempo la Fundación Paco y Lola Cortijo: mantener el legado de una serie de trabajadores del arte que, desde una gran capacidad técnica, arriesgaron su vida en la lucha por los derechos humanos. Estamos hablando de una memoria histórica que hay que restablecer con todas las consecuencias, en un país que ha desarrollado el monocultivo del olvido hasta el extremo de ni siquiera conceder la medalla de Bellas Artes a José Ortega, quizás por ser un pintor comunista y un comunista pintor.

Modestamente este artículo pretende señalar a quienes levantan la liebre de lo que somos, porque otros fueron, aunque casi nadie se acuerde ya de ellos (nos decía Ana Cortijo), empezando por aquel grupo sevillano donde junto a Cortijo, Cuadrado y Cristóbal, funcionó el equipo de Córdoba: Duarte, Castro, Mesa y García. Unos artistas que supieron producir un arte comprometido (fuera de mercado) en una lucha concreta por las libertades y contra la explotación. Modestamente pretendemos repetir que es más que un error seguir dándole oportunidades al olvido desde el silencio y una pasividad injustificable. Como nos dijo el actor de “El 47” en la gala de los Goya en Granada: cuidado, que vienen a caballo. Pues eso, que hay que inventar una caballería alternativa que no pare de galopar contra el olvido… hasta enterrarlos en el mar. (Galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo).