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mercredi 26 août 2026

Mientras en occidente discutíamos sobre el fin de la historia, China construía el futuro.

 FUENTE https://observatoriocrisis.com/2026/08/21/mientras-en-occidente-discutiamos-sobre-el-fin-de-la-historia-china-construia-el-futuro/

Analizar China con objetividad significaría admitir que el mercado no es una ley natural, que la planificación puede pertenecer al futuro, que el Estado puede ser algo más que el administrador de la rentabilidad privada y que la modernización se resiste a coincidir con la occidentalización. 

Pasquale Liguori, escritor italiano 

Una sensación particular me acompañó durante casi un mes de viaje por China, desde Pekín hasta Xi’an, desde Chengdu hasta el vertiginoso Chongqing, luego a Guilin y Yangshuo, a la modernidad de Shenzhen y la singular estratificación de Hong Kong, antes de regresar a la capital. 

El asombro ante la inmensidad del país, la velocidad de sus trenes, la densidad de sus metrópolis y la tecnología ahora integrada en los gestos más cotidianos se desvanece rápidamente, como cualquier maravilla turística. Lo que permanece, y que sigue presente en mi mente día tras día, es más profundo: la impresión de viajar a través de una sociedad que trata el presente como un material aún maleable y considera el futuro como una construcción política y organizativa, un horizonte por conquistar.

Esta percepción surge de hechos muy concretos: desde la puntualidad del transporte hasta la limpieza de los espacios públicos, desde la calidad de la infraestructura capaz de atender a una vasta población hasta la continuidad de los servicios, desde el orden de las estaciones transitadas diariamente por multitudes de tamaño inconcebible hasta la capacidad de simplificar lo que, en nuestro país, parece complicarse año tras año. 

Sin embargo, el punto crucial va más allá de la eficiencia. Sobre todo, más allá de la fórmula caricaturizada de eficiencia autoritaria con la que gran parte del discurso occidental cree haber resuelto ya todos los problemas. Lo que llama la atención, más bien, es la persistencia de una voluntad organizativa, el hecho de que, tras la materialidad de las cosas, sobreviva la idea de una dirección colectiva del desarrollo.

Aún más llamativa es la vegetación. Más allá de la abundante vegetación de Guilin y Yangshuo, donde el paisaje kárstico y los ríos parecen pertenecer a una imagen de China de siglos anteriores a la modernidad, la vegetación integrada en las grandes ciudades es sorprendente: a lo largo de las carreteras principales y en las laderas, dentro de la increíble superposición vertical de Chongqing, e incluso en la cibertecnológica Shenzhen, que la imaginación europea reduciría fácilmente a hormigón y electrónica. Deja de funcionar como mera ornamentación y se convierte en el signo material de esa «civilización ecológica» que lleva años formando parte del léxico institucional y constitucional chino, capaz de transformar el gigantesco problema ambiental generado por la industrialización en un nuevo escenario para el desarrollo.

Esto no significa fabricar una China imaginaria, libre de tensiones y conflictos. La cuestión radica en otra parte. Una sociedad puede estar plagada de enormes contradicciones y aun así conservar la capacidad política para abordarlas. Esto es quizás lo primero que los viajes hacen difícil de olvidar, especialmente para quienes provienen de una parte del mundo acostumbrada a tratar los problemas estructurales como fenómenos meteorológicos, eventos que deben soportarse, cuyos efectos se gestionan ajustando algún coeficiente, invocando el crecimiento y la benevolencia de los mercados.

Durante el viaje, llevé conmigo *China explicada a Occidente* , de Pino Arlacchi, un libro que elegí sin intención de usarlo como guía ni de buscar una confirmación mecánica de una tesis en el país. Ocurrió algo más profundo, porque esas páginas ampliaron las preguntas que planteaba el propio viaje, aportando profundidad histórica a impresiones que de otro modo habrían quedado en la superficie, y haciendo cada vez más difícil descartar como episódicas lo que se repetía ante nuestros ojos.

Arlacchi fue un auténtico compañero de viaje, capaz de enriquecer la experiencia sin convertirse en su centro. Mientras recorría una China marcadamente contemporánea, el libro me transportó siglos atrás y me demostró lo poco que se comprende este país si empezamos en 1949 o en 1978 con Deng Xiaoping. 

En Xi’an, la profundidad histórica se vuelve casi tangible, pues el Ejército de Terracota rehúye la condición de reliquia monumental de una civilización desaparecida, del mismo modo que la Ciudad Prohibida se resiste a ser reducida al vestigio museístico de un orden borrado. En ambos casos, se percibe una continuidad incómoda, donde las gigantescas rupturas de la historia, incluida la revolución, reelaboran capas anteriores en lugar de borrarlas.

La apasionada insistencia de Arlacchi en la larga tradición constitucional de China, en el papel del Estado y su tradición administrativa, en la selección de las clases dirigentes y el valor otorgado a la competencia, corre el riesgo de rigidizarse en una esencia inamovible de «ser China» si se la considera como una clave única. Sin embargo, resulta difícil negar que la China contemporánea nace de una singular combinación de esta larga historia, la pausa revolucionaria del siglo XX y la extraordinaria experimentación institucional y económica de las últimas décadas.

Quizás sea precisamente esta capacidad de integrar aquello que nuestro pensamiento se empeña en separar lo que hace que China sea tan difícil de interpretar en Occidente. Confucio y Mao coexisten con un Estado poderoso y una economía de mercado; una continuidad milenaria se entrelaza con la transformación tecnológica más rápida del planeta; la centralización política se acompaña de una experimentación local de vanguardia. 

El vocabulario occidental siempre intenta encasillar el fenómeno en una alternativa: socialismo o capitalismo, mercado o planificación, democracia liberal o dictadura. China, sin embargo, escapa a esta encrucijada. Por lo tanto, cuando un objeto histórico se resiste a nuestras categorías, preferimos sospechar de él en lugar de cuestionar los prejuicios y la naturaleza de dichas categorías.

Así, la frase «socialismo con características chinas» se considera una estrategia propagandística. El mercado, la empresa privada y la inmensa riqueza parecen justificar un veredicto predeterminado: el capitalismo. Y el poder firmemente ostentado por el Partido Comunista actualiza dicho veredicto a capitalismo autoritario. Esta es una definición conveniente, sobre todo porque simplifica el análisis.

La cuestión fundamental, sin embargo, reside en el lugar que ocupa el mercado dentro de la estructura social china, la relación entre el capital privado y el poder político, el control del crédito y las principales infraestructuras, la tierra, la energía, las redes estratégicas y la dirección general de la inversión. En este punto, el problema se agrava, pues deja de girar en torno a la simple presencia del mercado y aborda la cuestión esencial: quién controla a quién.

Shenzhen ofrece el ejemplo más ilustrativo de todo este proceso. A primera vista, parece la prueba definitiva del éxito capitalista de China, una metrópolis vertiginosa construida sobre la base de la tecnología, la iniciativa empresarial y el consumo. Basta con cambiar ligeramente la perspectiva para que la imagen se transforme.

¿Qué decisión política dio origen a Shenzhen? ¿Qué interacción entre Estado, territorio, crédito, investigación, industria y capital permitió la construcción de una ciudad de tal magnitud en tan solo unas décadas? De repente, lo que parecía una victoria espontánea del mercado se revela como una de las operaciones de planificación y política industrial más gigantescas de la historia contemporánea.

El interés del caso chino reside precisamente en su capacidad para emplear diversas herramientas, subordinadas a una estrategia más amplia. El mercado se utiliza y se dirige, despojado de la soberanía política que el neoliberalismo occidental ha elevado a dogma. En nuestro país, el Estado comparece cada mañana ante el tribunal de los mercados, mientras que en China, el mercado opera dentro de un marco que el Estado aún reclama poder para modificar.

Tras décadas en las que se nos enseñó que la privatización significaba modernización, que la planificación pertenecía al museo de las ideologías y que la propiedad pública era inherentemente ineficiente, encontrarnos ante una sociedad capaz de explotar masivamente el mercado sin cederle el control produce un inevitable cortocircuito. Este cortocircuito se agrava al observar que esta misma sociedad ha construido, en poco más de cuarenta años, infraestructuras, cadenas tecnológicas y proyectos urbanos que, en nuestras latitudes, tardarían eras geológicas en completarse.

En nuestros viajes, esta densidad política del espacio reaparece constantemente, mientras que en las ciudades europeas se percibe cada vez con menos frecuencia. La transformación conserva su estatus de acción posible, y las ciudades se expanden, reforestan, conectan y reinventan para las próximas décadas por aquellos que, evidentemente, se imaginan habitándolas.

Así pues, la cuestión china ya no concierne solo a China. Nos concierne a todos: la transferencia de una enorme porción del poder real de la toma de decisiones políticas al complejo técnico-militar-financiero-industrial privado; la paradoja de sistemas que se autodenominan democracias mientras reducen la libertad a la selección periódica de quién administrará un marco de compatibilidad declarado intocable.

De ahí la escasez de representaciones occidentales de China. Los principales medios de comunicación rara vez parecen interesados en comprender la especificidad de esa formación social y, en cambio, se dedican a reducir cada fenómeno a la confirmación de un veredicto predeterminado, funcionando como portavoz ideológico del orden que lo produjo: uno de desregulación, financiarización y mercado elevado al principio superior de la racionalidad social. 

Una China comprendida en su complejidad sería mucho más inquietante que una China demonizada, porque nos obligaría a cuestionar si la evolución occidental de las últimas décadas es realmente la única forma posible de modernidad. Es mucho más fácil explicar cada logro chino con la palabra «autoritarismo», como si una sola palabra bastara para producir un ferrocarril, una política industrial, una revolución energética o una metrópolis.

La teoría de la «triple revolución», propuesta por los marxistas chinos Cheng Enfu y Yang Jun, contribuyó a dar forma teórica a estas cuestiones. Según ellos, la historia de la República Popular se resiste a ser interpretada como una revolución inicial seguida de una larga normalización y, finalmente, una restauración capitalista. 

Proponen una continuidad más dinámica y fructífera, desde la revolución para la conquista del poder hasta la revolución de la reforma, que culmina en la revolución de la nueva fase histórica, donde la transformación de las formas económicas e institucionales coincide con la redefinición histórica del horizonte socialista, en lugar de su abandono.

La tesis exige un examen constante de las relaciones de propiedad, las condiciones laborales, la autonomía o subordinación del capital y el poder real de las instituciones públicas. Sin embargo, resulta mucho más fructífera que la fórmula simplista del «capitalismo de Estado», porque reactiva lo que el pensamiento occidental ya había descartado. 

La cuestión crucial reside en la posibilidad de que una revolución continúe tras la toma del poder, modificando los instrumentos de su política económica sin disolverse, utilizando el mercado sin reconocer su soberanía, experimentando compromisos, retrocesos y aceleraciones, mientras sigue concibiéndose como una transformación a largo plazo. Estas son precisamente las preguntas que la izquierda occidental dejó de plantearse en el momento en que dejó de imaginar concretamente la transformación.

El caso italiano, visto desde la perspectiva china, adquiere características casi caricaturescas. Arlacchi señaló con cierta perfidia que una buena parte de nuestra clase política, sometida a los criterios de selección vigentes en China, tendría dificultades para gobernar incluso un pequeño centro urbano. Esta valoración me parece incluso indulgente, porque el problema italiano ahora supera la competencia: la capacidad de gestionar transformaciones complejas ha sido sustituida por el teatro de las redes sociales, el posicionamiento diario, los programas de entrevistas y las encuestas de opinión. 

El resultado está a la vista de todos: un país envejecido, servicios públicos empobrecidos, investigación y universidades tratadas como gastos superfluos, salarios estancados durante treinta años, jóvenes que emigran y un debate público infinitamente más preocupado por controversias ridículas que por la cuestión de en qué se convertirá Italia dentro de veinte o treinta años. Vista desde la perspectiva china, esta irrelevancia se vuelve casi tangible.

Aún más llamativo es el contraste con la dirección que toma el espacio euroamericano. Ante el auge de una potencia económica, tecnológica y política que margina la centralidad occidental, la respuesta predominante evita cuidadosamente impulsar una nueva era de inversión social, científica e industrial, prefiriendo barreras, aranceles, sanciones, militarización y rearme. 

Durante décadas, se nos ha dicho que los recursos para la sanidad, el bienestar y la educación deben racionalizarse hasta el límite de la escasez, y, ante las tentadoras oportunidades de negocio para los señores de la guerra, las restricciones presupuestarias se vuelven repentinamente flexibles.

Nos encontramos en un punto crítico de furia regresiva. Occidente, que forjó su grandeza con sangre y luego la presentó como la forma definitiva de modernidad política, reacciona ante la pérdida de centralidad rigidizando sus propias estructuras, levanta barreras tras predicar el libre mercado, impone aranceles arbitrariamente mientras acusa a otros de violar la competencia, invierte en rearme tras décadas de desmantelar la capacidad social del Estado y proclama derechos universales mientras convive con la destrucción de poblaciones enteras.

Nada de esto glorifica a China. Más bien, sirve para poner de relieve qué mundo sigue planificando el futuro y cuál se limita a defender, incluso de forma deficiente, sus privilegios del pasado. Una sociedad que, en medio de contradicciones y conflictos abiertos, continúa planificando infraestructuras, la transición energética, las ciudades y el desarrollo productivo con una visión generacional, se enfrenta a sociedades que han sustituido la planificación del futuro por la defensa cada vez más agresiva de una primacía heredada.

Me quedé con la sensación de haber encontrado un país que trata la historia como un terreno abierto y reconoce que la política posee un poder que hemos olvidado: el de elegir un rumbo y organizar el largo plazo. Arlacchi no me ofreció una explicación de China: hizo algo más útil, impidiendo que lo que vi se quedara en mera admiración, obligando a que cada impresión se midiera en función del largo plazo y desmantelando la pretensión de que Occidente ya posee todas las categorías necesarias para juzgar lo que sucede en otros lugares.

Analizar China con objetividad implicaría suspender, al menos por un momento, la costumbre de juzgar el mundo desde la perspectiva de un Occidente que considera universales sus categorías mientras pierde la capacidad de transformarse. 

Significaría admitir que el mercado no es una ley natural, que la planificación puede pertenecer al futuro, que el Estado puede ser algo más que el administrador de la rentabilidad privada y que la modernización se resiste a coincidir con la occidentalización. 

Sobre todo, nos exigiría aceptar la posibilidad de que nuestro sistema cultural y mediático oculte lo que realmente sucede: mientras debatíamos si la historia había terminado, uno de sus centros más antiguos regresaba para guiar su curso.

mercredi 15 juillet 2026

Le « soft power à la sauce américaine » se déverse sur la Chine

par Elisabeth Martens, le 3 juin 2026

Le bouddhisme tibétain et le sionisme chrétien semblent être deux idéologies opposées : le sionisme chrétien est un mouvement monothéiste et biblique, tandis que le bouddhisme tibétain possède sa propre cosmologie où foisonnent un grand nombre de divinités plus ou moins compatissantes ou plus ou moins effrayantes. Cependant, sur les plans historique, politique et philosophique, il existe une connivence entre ces deux mouvements religieux. Tous deux sont liés à une politique conservatrice et soutenus par des puissants lobbies étasuniens dans un but de déstabilisation de la Chine.

 

Un professeur à l’université chinoise de Hong Kong et à l'université de Groningen aux Pays-Bas nous met en garde : « L’empire (ici, l'impérialisme occidental, ndlr) ne débarque pas qu’à grand renfort de canons. Il s’installe de manière plus insidieuse, avec des chants religieux. Il arrive vêtu de la soutane du missionnaire, chaussé des souliers cirés du philanthrope, avec la douce voix du professeur étranger, le sourire du pasteur qui vous assure que votre souffrance est sacrée et que votre asservissement relève du divin. La baïonnette mutile le corps. L’endoctrinement meurtrit l’âme. Et c’est cette seconde blessure qui perdure à travers les générations. » (1)

de l'article de Karim Bettache :  https://ssofidelis.substack.com/p/le-sionisme-chretien-sattaque-a-lesprit
de l'article sur BettBeat Media: https://ssofidelis.substack.com/p/le-sionisme-chretien-sattaque-a-lesprit

Le professeur K., enseignant la psychologie sociale et politique en Chine depuis seize ans, observe avec sidération la montée du sionisme chrétien et parle d'un basculement qui s'opère actuellement en Chine : « D'abord l'installation sournoise du sionisme chrétien, ensuite, parée de drapeaux et de prophéties, c’est toute la structure de l’empire américain qui s’impose ». Mais K. oublierait-il que la Chine a déjà dû faire face à d'autres moyens pernicieux déployés par les États-Unis pour la déstabiliser ? Plusieurs exemples peuvent être cités où le « soft power à la sauce américaine » s'immisce dans les structures sociales et dans l'inconscient collectif chinois en vue de déstabiliser le PCC (Parti communiste chinois).

 

Quelques exemples du  « soft power » étasunien attaquant la Chine

Le bouddhisme tibétain est un exemple ancien de cette pratique étasunienne. Depuis plus de 60 ans, la CIA qui, suite aux scandales qui l'ont touchée dans les années 1970, sera suivie du NED, a « embauché » le dalaï-lama et son haut clergé tibétain exilé pour renverser les mouvements de gauche en Occident, trop tenaces aux yeux de Washington, et les diriger contre le communisme asiatique, en particulier, contre le PCC. De nombreuses études universitaires ont été publiées démontrant que le « génocide » du peuple tibétain, puis de la culture tibétaine, est le fruit d'une vaste propagande dont la logistique et les finances sont soutenues par le Congrès américain. Cette propagande s'est concrétisée à travers l'International Campaign for Tibet (ICT), un réseau international dont nous connaissons les branches « Free Tibet ». L'équipe du tibétologue Melvyn Goldstein est la référence principale concernant la sombre histoire du Tibet au 20ème siècle (2). Mais il existe bien d'autres publications qui sont venues appuyer les recherches de cette équipe universitaire, entre autres les nombreux articles qui sont consacrés à cette propagande étasunienne publiés sur notre site tibetdoc.org. (3)

 

 
 

 

L'islam pratiqué par 12 millions de Ouïghours dans la Région autonome du Xinjiang est un autre exemple de manipulation médiatique dont certains rouages peuvent être comparés au précédent. Ici aussi, des études montrent que la « persécution » des Ouïghours par le gouvernement chinois est une fake news lancée par un Senior Fellow, Adrian Zenz. Arrivé aux États-Unis, ce dernier a rejoint les rangs des Évangélistes fondamentalistes les plus radicaux. En tant que « born again », il et a été nommé directeur de la section Chine à la Victims of Communism Memorial Foundation, un think-tank anticommuniste créé par le gouvernement étasunien en 1993. Sa « mission divine » était de détruire le PCC (dixit Zenz lui-même) en accumulant de fausses preuves et de faux témoignages concernant les « exactions » du PCC contre les Ouïghours. Un réseau international soutenu par le Congrès américain s'est organisé autour du World Uyghur Congress (WUC), de la même manière que ce fut le cas pour le Tibet avec l'ICT. (4)

 

 
 

 

 

Un autre exemple d'actualité est le soutien des États-Unis à la secte chinoise du Falun Gong. À l'instar de l'ICT et du WUC, le Falun Gong sert aussi un dessein politique sous facette spirituelle. Créée par Li Hongzhi en 1992, la secte a affiché dès le départ une « spiritualité » mêlant bouddhisme et taoïsme. C'était un moyen habile pour rassembler un grand nombre d’adhérents chinois autour d’un objectif de déstabilisation politique. Si au départ, il s'agissait d'élever les Chinois contre leur propre gouvernement, la secte a rapidement atteint une envergure internationale grâce à ses tracts « toutes boîtes » et à son périodique The Epoch Times. Selon Wikipédia, « le journal est disponible en 21 langues et a une distribution de 1,315 million d'exemplaires par semaine dans 35 pays différents.

En plus d’une distribution presse au niveau mondial, The Epoch Times est également disponible en 21 langues sur l'Internet pour un cumul total de 49,7 millions de pages vues par mois, 7,797 millions de visites par mois et 4,737 millions de visiteurs uniques ». La troupe de danse « Shen Yun » est la représentation laïque du Falun Gong. Elle parcourt le monde avec des spectacles grandioses où le credo anti-PCC est explicitement exprimé. (5)

L'exemple du sionisme chrétien cité par le professeur K. n'est pas un phénomène nouveau en Chine, mais il a pris une ampleur considérable ces vingt dernières années. (1) À la différence des trois exemples précédents (bouddhisme tibétain, Islam et Falun Gong) où l'intervention étasunienne n'est un secret pour personne (sauf les plus naïfs ou les moins informés), le sionisme chrétien est soutenu par les États-Unis de manière détournée en Chine. Il attaque la Chine de l'intérieur et entend détruire le PCC comme un ver qui grignote une pomme par son cœur. On peut se demander de quelle manière puisque le gouvernement chinois est particulièrement attentif aux faits et gestes de ses institutions religieuses. C'est ce que cet article tente de montrer.

 

Qu'est-ce que le sionisme chrétien actuellement ?

Mais d'abord, qu'est devenu le sionisme chrétien au cours du 20ème siècle ?

Après la création de l'État d'Israël en 1948, et surtout après la guerre des Six Jours en 1967 (perçue comme un miracle prophétique), le sionisme s'est transformé en une force géopolitique majeure. Pour que se réalisent les buts prophétiques — le rassemblement de tous les Juifs en « Terre sainte » (pour rappel, il s'agit de la Palestine historique) — et les buts théologiques — l'alliance éternelle entre Dieu et les peuples juifs répartis dans le monde —, il fallait que les autorités d'Israël influencent la géopolitique mondiale. Elles ont donc organisé un lobbying actif, notamment auprès du gouvernement étatsunien pour garantir une aide militaire, financière et diplomatique à Israël, et pour s'opposer fermement à toute solution à deux États (Palestine - Israël) ou à toute concession territoriale aux Palestiniens.

C'est dans ce but que le sionisme s'est allié aux chrétiens fondamentalistes, les évangéliques. Ceux-ci, très nombreux aux États-Unis, espèrent le retour du Christ en « Terre sainte ». Afin d'accélérer le processus, les évangéliques soutiennent massivement l'État d'Israël. Les sionistes et les évangéliques ont donc un objectif politique commun : la défense et le renforcement de l'État d'Israël. Cette alliance constitue le sionisme chrétien. Bien que ce mouvement existe partout dans le monde, son poids politique est phénoménal aux États-Unis où les évangéliques blancs représentent une base électorale clé du Parti républicain.

Le sionisme chrétien s'exprime à travers de puissantes structures de lobbying. L'une d'elles est le CUFI (Christians United for Israel), fondé par le pasteur John Hagee en 2006. C'est le plus grand lobby pro-israélien aux États-Unis, comptant plus de 10 millions de membres. L'autre est l'ICEJ (Ambassade chrétienne internationale de Jérusalem). Fondée en 1980 à Jérusalem, elle représente les intérêts des sionistes chrétiens du monde entier et finance l'immigration de milliers de Juifs vers Israël. Actuellement, les leaders politiques du sionisme chrétien s'allient avec le gouvernement israélien (de droite nationaliste) sur la base d'intérêts géopolitiques et économiques. Grâce à leurs lobbies, ils ont le pouvoir d'influencer et de modifier la politique étrangère des pays occidentaux, en particulier celle de Washington. (6)

 

Le sionisme chrétien en Chine

Cependant, les leaders du sionisme chrétien n'ont pas le pouvoir de modifier directement la politique étrangère de Pékin. Ils agissent donc de manière indirecte en détournant, à partir de l'étranger, l'identité des quelque 100 millions de chrétiens chinois. Ceux-ci sont canalisés vers les églises évangéliques de Chine, et le soutien à Israël devient un élément central de leur foi. Ces nouveaux sionistes chrétiens chinois viennent grossir les rangs du mouvement international.

Mais y a-t-il des chrétiens et des juifs en Chine ? D'où viennent-ils ?

L'implantation la plus ancienne d'une communauté juive en Chine remonte à la dynastie Song (entre 960 et 1127 après J.-C.). Des marchands juifs venus de Perse ou de l'Empire byzantin par la Route de la Soie se sont installés durablement à Kaifeng (province du Henan). Ils y ont construit une première synagogue. Actuellement, ils ne sont plus qu'un petit millier. Il faut y ajouter les juifs des « habad » (ou « chabad »), des communautés juives dispersées dans les grands villes chinoises (Shanghai, Pékin, Hong Kong, Shenzhen). Les habad fonctionnent comme un réseau international d'entraide, une immense structure d'accueil pour tous les juifs du monde, quel que soit leur niveau de pratique. En Chine, ils sont plusieurs milliers. Ce sont des hommes d'affaires, des diplomates ou des étudiants occidentaux qui font vivre ces centres communautaires contemporains, sans avoir de lien historique avec la Chine. (7)

Quant au christianisme, il est entré en Chine sous sa forme nestorienne durant la dynastie Tang (entre 618 à 907 après J.-C ), très réceptive aux nouveaux courants de pensée. Puis le christianisme s'est répandu par vagues successives : les franciscains au 13ème siècle, les jésuites au 16ème siècle, puis le protestantisme au 19ème siècle arrive dans les bagages des puissances coloniales occidentales lors des guerres de l'opium, jusqu'au succès actuel des protestants évangéliques. Portée par une population locale urbaine et jeune, c'est aujourd’hui l'une des dynamiques religieuses les plus marquantes du pays. Le catholicisme représente seulement 20% des chrétiens chinois, le protestantisme recouvre les 80% restants dont la très grande majorité est d'obédience évangélique. Le protestantisme chinois se partage en un réseau officiel qui compte 30 à 40 millions de fidèles, et un réseau clandestin nommé les « Églises de maison ». Malgré une surveillance rapprochée, les Églises de maison regroupent entre 30 et 50 millions de fidèles (selon les estimations). (8)

Les deux ingrédients du sionisme chrétien - d'une part les communautés juives, et d'autre part les communautés évangéliques - sont présents et actifs en Chine et, à mesure que le christianisme évangélique se développe, le sionisme chrétien chinois progresse.

Cependant, en raison du contexte politique et culturel chinois, le sionisme chrétien y prend des formes très différentes de celles que l'on observe aux États-Unis où il s'affiche comme une « théo-politique à ciel ouvert ». Là-bas, il s'agit d'une alliance où la théologie fondamentaliste des uns (les évangéliques américains qui voient dans le sionisme l'accomplissement possible des prophéties bibliques) sert la géopolitique des autres (les dirigeants d'Israël et des États-Unis qui y trouvent un intérêt économique commun et un potentiel électoral mutuel).

 

Le mouvement du « Retour à Jérusalem »

En Chine, les Églises officielles sont encadrées et contrôlées par les autorités. Le sionisme chrétien a dû emprunter une porte dérobée, déjà entrouverte dans les années 1920 et 1940. C'est à cette époque qu'est né le mouvement du « Retour à Jérusalem » (Back to Jerusalem ou Chuan Hui Yelusaleng en chinois) au sein de groupes chrétiens indigènes. Ces chrétiens chinois avaient constaté sur la carte du monde que l'Évangile, parti de Jérusalem, s'était propagé vers l'Europe, puis vers les Amériques, et enfin vers l'Asie et la Chine. Ils en ont conclu que la Chine était la « dernière étape » de cette course de relais mondiale et que, désormais, c'était au tour des Chinois de porter le flambeau pour achever la boucle.

En 1949, lors de l'arrivée au pouvoir de Mao Zedong, les leaders du « Retour à Jérusalem » ont été envoyés dans les laogai (les camps de travail). Mais la vision du mouvement n'est pas morte pour autant : elle s'est transmise secrètement dans les prisons et les « Églises de maison » (les églises chrétiennes clandestines). Jusqu'aux années 1990, les chrétiens de ces Églises de maison étaient majoritairement des paysans pauvres et peu éduqués des zones rurales. Au début des années 2000, lorsque les dirigeants du « Retour à Jérusalem » ont repris contact avec l'Occident, le cœur du mouvement s'est peu à peu déplacé vers les villes et les élites intellectuelles. (9)

C'est ainsi que la Chine compte à présent de nombreux leaders du mouvement du « Retour à Jérusalem » parmi les universitaires, avocats, médecins, ingénieurs, etc. Ces chrétiens fervents transmettent une théologie ouvertement pro-Israël. Des professeurs d'université utilisent leur statut pour introduire l'histoire biblique dans leurs cours de philosophie ou d'histoire, agissant comme des « missionnaires de l'intérieur » au risque de se faire licencier ou rétrograder. Il en va de même pour des avocats et des médecins « aux pieds nus » (des groupes organisés de bénévoles) vis-à-vis de leur clientèle ou de leur patientèle.

Le mouvement du « Retour à Jérusalem » sur Instagram
Le mouvement du « Retour à Jérusalem » sur Instagram

La puissance financière nécessaire au développement du sionisme chrétien chinois provient majoritairement d'entrepreneurs fortunés de Wenzhou (dans la province du Zhejiang), la ville chinoise qui compte la plus forte proportion de chrétiens. Selon les estimations, entre 11% et 15% de sa population est chrétienne (principalement protestante évangélique), ce qui est énorme à l'échelle de la Chine où la moyenne nationale tourne autour de 3% à 5%. Wenzhou, surnommée la « Jérusalem d'Orient », est parsemée de centaines d'églises, souvent surmontées de grandes croix rouges très visibles dans le paysage urbain. Les « Chefs d'entreprise de Wenzhou » gèrent leurs usines selon des principes bibliques et créent des réseaux d'affaires chrétiens avec l'étranger. Ils financent des écoles théologiques clandestines, achètent du matériel de haute technologie pour les missionnaires chinois dans des régions du Moyen-Orient convoitées par Israël et Washington pour leurs ressources énergétiques. (10)

Une basilique à Wenzhou
Une basilique à Wenzhou

Le retour des « tortues de mer »

Le sionisme chrétien chinois a massivement investi les professions libérales, intellectuelles et économiques de premier plan en Chine. Ce sont des « élites de l'ombre » qui structurent, protègent et financent la version moderne du « Retour à Jérusalem » et envoient des missionnaires au Moyen-Orient.

Mais d'où viennent ces élites chinoises de l'ombre ?

« Depuis une vingtaine d'années, la Chine envoie ses plus brillants éléments vers l’Ouest pour qu’ils s’y perfectionnent — à Harvard, Yale, Princeton ou à la LSE (la London School of Economic) — et les livre, tout sourire, aux rouages mêmes de l’impérialisme étasunien. », écrit le professeur K.(1). Lorsqu'ils arrivent dans les universités occidentales (étasuniennes, canadiennes, britanniques ou australiennes), ces étudiants subissent un choc culturel et traversent une période de grand isolement. Les églises évangéliques locales (souvent sino-américaines ou sino-britanniques) ont fondé des centres d'accueil qui leur offrent de l'aide pour s'installer, des repas gratuits, des cours d'anglais et un véritable esprit de famille. Libérés du contrôle idéologique du Parti communiste et de la pression familiale, ces jeunes intellectuels découvrent une autre manière de vivre et de penser. Beaucoup trouvent dans la foi évangélique des réponses existentielles que le matérialisme philosophique chinois ne leur offrait pas. Cela explique pourquoi, dans certaines universités américaines, le taux de conversion au christianisme évangélique parmi les étudiants chinois a été particulièrement élevé au cours des deux dernières décennies. (11)

Revenant au pays avec leurs diplômes occidentaux en poche et parlant couramment l'anglais, ces « haigui » (ou « tortues de mer ») obtiennent des postes élevés dans la high tech, l'industrie 4.0, l'I.A., la finance, le conseil ou les universités. Les diplômés convertis reviennent ainsi comme des « haigui chrétiens » et se transforment en missionnaires ou en piliers logistiques pour le mouvement du « Retour à Jérusalem ». Ils possèdent un avantage certain : ils comprennent la mentalité occidentale (ce qui leur permet de collaborer facilement avec les agences missionnaires et les réseaux sionistes chrétiens américains ou européens) tout en restant chinois. Ce sont eux qui traduisent les manuels de formation théologique, gèrent les communications cryptées des réseaux clandestins et conçoivent des applications sécurisées pour les missionnaires sur le terrain.

Les Haigui chrétiens incarnent la rupture définitive avec l'ancienne image du christianisme chinois rural. Aujourd'hui, le missionnaire chinois qui « retourne à Jérusalem » ou qui finance la mission du sionisme chrétien est souvent un jeune ingénieur diplômé de Stanford, de l'Imperial College de Londres ou d'une grande université canadienne. « Le sionisme chrétien est le sacerdoce de l’empire actuel. Il se propage au sein de l’Église asiatique avec patience et sophistication, pour notre plus grande peur. Il ne cherche pas à convertir la Chine. Il n’a besoin que d’une avant-garde — issue de la classe moyenne, éduquée, bien informée et convaincue qu’aimer Israël, c’est aimer l’avenir. », prévient le professeur K. (1).

« Chine : davantage de chrétiens que de communistes
« Chine : davantage de chrétiens que de communistes" titre Reinformation.TV

 

Conversion de la « fenêtre 10/40 »

Les chrétiens chinois du « Retour à Jérusalem » estiment que l'Occident a échoué dans l'évangélisation de la « fenêtre 10/40 ». Cette zone géographique, située entre les latitudes 10 et 40 degrés Nord, abrite la majorité des populations musulmanes, bouddhistes et hindouistes de la planète. Forts de leur expérience de l'expatriation, les « Haigui chrétiens bien éduqués » ont le profil parfait pour le mouvement missionnaire. Pour eux, l'étape suivante de leur foi est de repartir, non plus pour étudier, mais pour convertir les populations locales le long des Routes de la Soie, en direction de Jérusalem.

Des milliers de missionnaires chinois sont envoyés vers le Pakistan, l'Afghanistan, l'Iran, l'Irak ou la Turquie. Arrivés sur place, ils ne se présentent jamais comme des religieux, mais s'insèrent comme commerçants, ouvriers du bâtiment, restaurateurs ou professeurs de mandarin, profitant de la forte présence économique de la Chine à l'étranger. Habitués à vivre leur foi dans la clandestinité, beaucoup partent en sachant qu'ils risquent la prison ou la mort, considérant ce sacrifice comme un honneur pour leur foi. (12)

L'Évangile doit traverser la « fenêtre 10/40 » pour retourner à Jérusalem ; or l'infrastructure physique des « Nouvelles Routes de la Soie » (Belt and Road Initiative ou BRI) sert littéralement de support logistique à cette prophétie. On constate une utilisation paradoxale des routes, rails, ports de la BRI : pendant que le président Xi Jinping y déploie ses efforts en vue d'étendre l'influence économique de Pékin à travers l'Asie centrale, le Moyen-Orient et l'Europe et de relier ces différentes contrées, le mouvement du « Retour à Jérusalem » envoie des missionnaires clandestins sous couverture professionnelle vers ces zones hautement sensibles. Cela ne peut que conforter les lobbies israéliens et américains qui y sont basés.

Toutefois, ces missions évangéliques interfèrent avec la diplomatie officielle chinoise, historiquement pro-palestinienne et pro-arabe. La Chine soutient la « solution à deux États » : la création d'un État palestinien indépendant et pleinement souverain, sur la base des frontières de 1967 (avant la guerre des Six Jours), coexistant pacifiquement aux côtés d'Israël. (13)

Ce n'est pas pour autant que la Chine a rompu ses relations commerciales avec Israël. Pour défendre ses intérêts économiques, Pékin compte sur des canaux d'influence et des réseaux d'affinités que l'on peut qualifier d'acteurs pro-israéliens ou, en tous cas, favorables à de bonnes relations avec Israël. Parmi ces réseaux d'influence, on peut noter les milieux d'affaires et les universités technologiques chinoises qui admirent le modèle israélien en matière de recherche, d'intelligence artificielle, d'agriculture de pointe et de gestion de l'eau. De grands conglomérats chinois (comme Alibaba) et des universités de premier plan ont investi des milliards dans des centres de recherche en Israël ou ont invité ces centres israéliens à s'implanter en Chine (le Technion de Haïfa a par exemple ouvert un campus en Chine) (14). Les cercles économiques chinois poussent constamment le gouvernement à scinder la politique (où Pékin critique Israël à l'ONU) et les affaires (où le commerce bilatéral continue de se chiffrer en dizaines de milliards de dollars).

« Guangdong Technion-Israel Institute of Technology has made breakthroughs in applying for the National Natural Science Foundation of China »
« Guangdong Technion-Israel Institute of Technology has made breakthroughs in applying for the National Natural Science Foundation of China »

Dans la culture populaire chinoise, il existe un capital de sympathie envers les populations juives : ces deux civilisations ancestrales seraient « douées pour les affaires et l'éducation ». Les diplomates chinois pro-israéliens utilisent activement ce narratif pour maintenir une image positive d'Israël au sein de la société civile et des médias d'État chinois. Quant aux diplomates israéliens et aux associations d'amitié sino-israéliennes, ils rappellent régulièrement que la Chine a sauvé 20.000 Juifs pendant la Seconde Guerre mondiale. (15)

Même si les chrétiens évangéliques de Chine (majoritairement en faveur d'Israël) n'ont pas le droit de s'organiser pour défendre leur opinion politique ou pour influencer la politique étrangère du pays, l'existence d'une avant-garde du sionisme chrétien et la présence de plus en plus prononcée des évangéliques dans le pays est un soutien important aux réseaux d'influence pro-israéliens.

 

Réaction de la Chine

Il est certain que, depuis le début du millénaire, la Chine connaît un regain de ses religions. En réaction, le PCC serre la vis et maintient les institutions religieuses sous surveillance tout en limitant les intrications (inévitables) entre le religieux et le politique. Lorsqu’une religion devient un contre-pouvoir et menace la stabilité du pays, une interdiction pure et simple n’est jamais longue à tomber, histoire de remettre la rebelle à sa place.

Cette surveillance n'est pas nouvelle : depuis l’époque des Han (au début de notre ère), la Chine autorise les pratiques religieuses, mais sévit dès qu'une institution dépasse ses fonctions et se sert du discours spirituel pour véhiculer implicitement un message politique. Pour ce faire, elle a créé un « Bureau des Affaires religieuses » dont la fonction est de contrôler les faits et gestes des institutions religieuses, quelle que soit leur obédience (taoïste, bouddhiste, musulmane, chrétienne, etc.). Le PCC a continué sur la même lancée : l'article 36 de la Constitution chinoise autorise chaque citoyen à choisir sa ou ses religions et à pratiquer les cultes qui y correspondent. Ce même article précise toutefois « qu'aucun individu ne peut utiliser la religion aux fins de troubler l’ordre social, la santé des citoyens ou de nuire au système éducatif de l’État. » (16) Cela vise directement l’Occident (États-Unis en tête), toujours prompt à se servir des religions en vue de déstabiliser le gouvernement chinois.

C’est d'ailleurs ce que reproche le PCC au dalaï-lama qui lui a clairement fait savoir que s'il s'abstenait de toute ingérence politique, il serait à nouveau le bienvenu en Chine (17). Le dalaï-lama a officiellement pris sa retraite en tant que chef du gouvernement tibétain en exil en 2011, mais ce n'est pas pour autant qu'il n'intervient plus dans les décisions politiques ni qu'il a rompu ses contacts avec le gouvernement étasunien. En juin 2016, Barack Obama l'a encore reçu à la Maison-Blanche (c'était leur quatrième rencontre). Par ailleurs, la communauté tibétaine en exil et l'ICT continuent d'être subventionnées ouvertement par le Congrès américain. (18)

le Dalaï-lama et Barack Obama en 2016
le Dalaï-lama et Barack Obama en 2016

La France qui, depuis la loi de 1905, se drape dans sa laïcité et dans sa sacro-sainte séparation de l'Église et de l'État, est la première à se scandaliser du contrôle que la Chine exerce sur ses religions. Elle qualifie ce système de « bonapartiste ». N'avoue-t-elle pas par là qu'elle conçoit le communisme chinois comme une sorte de religion d'État officielle, utilisée comme un outil de contrôle social et politique? Elle n'a donc pas compris que le communisme, contrairement à une religion ou à un dogme, naît de la pratique sociale, que le communisme réel est en constante évolution et s'adapte aux besoins des populations. Le PCC intègre d'ailleurs les représentants des cinq religions officielles (bouddhisme, taoïsme, islam, catholicisme, protestantisme) dans l'appareil législatif et consultatif de l'État. Les imams, les lamas tibétains et les évêques officiels chinois siègent en tenue traditionnelle à la Conférence consultative politique du peuple chinois (CCPCC) pour conseiller le gouvernement et afficher l'unité nationale. (19) La position des évêques officiels chinois vis-à-vis des sionistes chrétiens est sans équivoque : ils le condamnent à la fois sur le plan théologique (en tant que catholiques face à un courant évangélique) et sur le plan politique (en tant que fonctionnaires religieux tenus de protéger la Chine contre l'ingérence culturelle et politique des États-Unis.

La France ou l'Union européenne peuvent-elles également prétendre intégrer l'avis des représentants religieux à leurs décisions, alors qu'elles ne supportent déjà pas de voir une employée de bureau de poste porter le voile ?

Si le contrôle des institutions religieuses est effectif depuis deux millénaires en Chine, c’est parce que les autorités chinoises sont profondément conscientes du pouvoir des religions sur les populations de leur pays. L'avant-garde du sionisme chrétien qui grignote petit à petit la classe moyenne intellectuelle de la Chine, parviendra-t-elle à faire basculer la mentalité chinoise au point d'engloutir son cœur battant ? La Chine a-t-elle vraiment besoin des sciences humaines pour renforcer son système immunitaire face à l'emprise du soft power étasunien ? C'est ce que prétend le professeur K. dans son article. (1) Pour lui répondre, un prochain article comparera la « mentalité » étasunienne à la « mentalité » chinoise, mais gageons déjà que le PCC ne laissera ni le sionisme chrétien ni la structure de l'impérialisme occidental phagocyter les âmes chinoises.

 

Sources:

  1. https://ssofidelis.substack.com/p/le-sionisme-chretien-sattaque-a-lesprit
  2. ouvrages de Melvyn Goldstein disponibles en français : Le lion des neiges et le dragon : La Chine, le Tibet et le dalaï-lama (Éditions Autrement, 2000) et « Mon combat pour un Tibet moderne, récit de vie de Tashi Tsering », traduit en fraçais par André Lacroix
  3. livres dans la marge de droite sur le site tibetdoc.org ;articles dans les rubriques suivantes : http://www.tibetdoc.org/index.php/histoire/20eme-siecle ; http://www.tibetdoc.org/index.php/politique/exil-et-dalai-lama ; http://www.tibetdoc.org/index.php/politique/mediatisation ; etc.
  4. Autry, J. (2019). "The Right-Wing Evangelist Behind the Xinjiang 'Genocide' Accusations". The Grayzone (21 décembre 2019) ; Singh, Ajit. (2020). "Challenging the Data: Adrian Zenz's Xinjiang Reports Under the Microscope". International Review of Modern Sociology ; MaximeVivas, "Ouïghours : pour en finir avec les fake news" aux éditions de la Route de la soie, 2020 ; Elisabeth Martens, « Des Ouïghours sur la route de la soie », éd. Delga 2025
  5. Pfeiffer, S. (2010). "US funds group tied to Falun Gong". The Boston Globe (13 mai 2010) ; Roose, K. (2020). "How The Epoch Times Created a Giant Influence Machine". The New York Times (24 octobre 2020) ; Tolentino, J. (2019). "Stepping Into the Uncanny, Unsettling World of Shen Yun". The New Yorker (19 mars 2019).
  6. Célia Belin, Jésus est juif en Amérique : Droite chrétienne et sionisme chrétien aux États-Unis, Fayard, 2011 ;Mickael Coleman, « Le sionisme chrétien aux États-Unis : un facteur clé de la politique proche-orientale », Revue internationale et stratégique, vol. 54, no. 2, 2004, pp. 83-92 ; Stéphanie Le Bars, « Aux États-Unis, le puissant lobby des chrétiens sionistes », Le Monde, 21 mai 2018.
  7. Xu Xin, Les Juifs de Kaifeng, Chine : Une introduction, Éditions du Secrétariat aux Affaires Étrangères de R.P.Chine, 2002 ; Emmanuel Lincot, « Présence juive et politique israélienne en Chine », Revue d'histoire diplomatique, n° 3, 2013.
  8. Benoît de Sagazan (dir.), Le Christianisme en Chine, Numéro spécial de la revue Le Monde de la Bible, 2019 ; Dorian Malovic, La Chine sur le divan, Éditions Plon, 2018.
  9. Gilles Gehin, « Routes de la Soie et Fenêtre 10/40 : Une dynamique missionnaire commune », dans Dieu change en Chine, Presses Universitaires de Rennes, 2017 ; Sébastien Fath, « L'essor du protestantisme évangélique en Chine », Note de recherche du CNRS / Sciences Po CERI, 2017.
  10. Katrin Fiedler, « Les intellectuels et le christianisme en Chine aujourd'hui », dans Perspectives chinoises, n° 4, 2008 (revue du CEFC) ; Cao Nanlai, Constructing China's Jerusalem: Christians, Power, and Place in Contemporary Wenzhou, Stanford University Press, 2011 ; Sébastien Fath, « Les réseaux d'affaires du protestantisme chinois », Note du Laboratoire Groupe Sociétés, Religions, Laïcités (GSRL/CNRS), 2016.
  11. Fang-Long Shih, « L'accueil des étudiants chinois par les réseaux évangéliques en Occident », dans Social Compass : Revue Internationale de Sociologie de la Religion, vol. 61, n° 3, 2014 ; Sébastien Fath, « Les "Haigui" et la mondialisation du christianisme chinois », Note du Laboratoire Groupe Sociétés, Religions, Laïcités (GSRL/CNRS), 2019.
  12. Dorian Malovic, « Des missionnaires chinois sur les Routes de la Soie », La Croix, 24 septembre 2018 ; « Pékin enquête sur les réseaux chrétiens après le meurtre de deux Chinois au Pakistan », Le Monde avec AFP, 9 juin 2017.
  13. « Position de la Chine sur le règlement de la question palestinienne », Documents officiels du Ministère des Affaires étrangères de la République populaire de Chine ; Frédéric Lemaître, « La Chine se pose en défenseuse de la cause palestinienne », Le Monde, 16 octobre 2023 ; Camille Lons, La Chine au Moyen-Orient : Le nouvel acteur incontournable, Éditions L'Harmattan, 2019.
  14. Camille Lons, « La Chine au Moyen-Orient : une approche de "neutralité bienveillante" », Note de la Fondation pour la recherche stratégique (FRS), 2019 ; « Comment la Chine fait son marché dans la "Start-up Nation" israélienne », La Tribune, 2018 ; Michel de Grandi, « Le Technion israélien s'installe en Chine », Les Échos, 17 décembre 2017.
  15. Zhou Xun, Chinese Perceptions of the 'Jews' and Judaism: A History of the Other, Routledge, 2001 ; Mordechai Chaziza, « La diplomatie publique d'Israël en Chine : entre soft power et intérêts technologiques », Monde Chinois / Nouvelle Asie, n° 58, 2019.
  16. Constitution de la République populaire de Chine, Article 36, troisième alinéa : « L'État protège les activités religieuses normales. Tout individu ne peut utiliser la religion aux fins de troubler l'ordre social, de nuire à la santé des citoyens ou de porter atteinte au système éducatif de l'État. » et dernier alinéa : « les organisations religieuses et les affaires religieuses ne sont soumises à aucune domination étrangère » ; Vincent Goossaert et David A. Palmer, La question religieuse en Chine, Paris, Éditions du CNRS, 2012.
  17. Bureau de l'information du Conseil des Affaires d'État de la République populaire de Chine, La politique de la Chine au Tibet : autonomie, développement et position sur le dalaï-lama, Documents officiels (Pékin).
  18. « Le Congrès américain vote une loi de soutien de grande ampleur au Tibet, provoquant la colère de Pékin », Le Monde avec AFP ; « Le Congrès américain et la cause tibétaine : un outil d'influence face à Pékin », Note d'analyse de l'IRIS (Institut de Relations Internationales et Stratégiques).

vendredi 10 juillet 2026

El marxismo de Xi Jinping y Palantir

 FUENTE https://observatoriocrisis.com/2026/07/10/el-marxismo-de-xi-jinping-y-palantir/

 

El pensamiento de Xi Jinping, leído incluso por observadores anticomunistas como Kevin Rudd y los estrategas tecnológicos de Palantir, demuestra la importancia central del marxismo, la planificación y la dirección política en el éxito histórico de la China contemporánea.

Daniele Burgio, Giulio Chinappi, Massimo Leoni y Roberto Sidoli

Kevin Rudd es un político australiano que fue Primer Ministro de 2007 a 2010 y nuevamente en 2013. Abiertamente anticomunista, es, sin embargo, lúcido e inteligente y, por lo tanto, capaz de leer cuidadosamente el informe presentado por Xi Jinping, Secretario General del Partido Comunista Chino, en el XX Congreso del Partido celebrado en octubre de 2022, y de analizarlo honestamente, a diferencia de los idiotas que fingen ser de la izquierda occidental antichina [1].

En aquella ocasión, Rudd había destacado, entre otras cosas, que el término «lucha» aparecía varias docenas de veces en el informe de Xi Jinping, y a su correcta observación podemos añadir inmediatamente que también hay una docena de referencias abiertas, de nuevo en el informe del secretario del Partido Comunista Chino, con respecto al marxismo, el materialismo dialéctico y el materialismo histórico: extractos que desmantelan aún más el cuento de hadas sobre el Partido Comunista Chino que «pretende» ser comunista y marxista.

Para que no quede lugar a dudas, reproducimos algunas de estas citas extraídas del informe de Xi Jinping al Congreso:

“Hemos establecido y respaldado un sistema fundamental para garantizar el papel preponderante del marxismo en el ámbito ideológico.”

“El marxismo es la ideología fundamental que guía a nuestro Partido y a nuestro país, y sobre la cual prosperan.”

“La sólida guía teórica del marxismo es la fuente de la que nuestro Partido extrae su firme convicción y que le permite tomar la iniciativa histórica.”

“Adaptar el marxismo al contexto chino y a las necesidades de la época es un proceso de búsqueda, revelación y aplicación de la verdad.”

“Los comunistas chinos somos plenamente conscientes de que solo integrando los principios fundamentales del marxismo con las realidades específicas y la refinada cultura tradicional de China, y solo aplicando el marxismo dialéctico e histórico, podremos dar respuestas concretas a las grandes cuestiones que plantea la época y que se descubren a través de la práctica, y podremos garantizar que el marxismo conserve siempre su vigor y vitalidad.”

“Es una solemne responsabilidad histórica de los comunistas chinos de hoy seguir abriendo nuevos capítulos en la adaptación del marxismo al contexto chino y a las necesidades de los tiempos.”

«Debemos dar prioridad a las personas. La orientación hacia las personas es un atributo esencial del marxismo.»

“Con un mayor sentido de responsabilidad histórica y creatividad, deberíamos contribuir en mayor medida al desarrollo del marxismo.”

“Pondremos en marcha programas para que los miembros del Partido estudien la nueva teoría del Partido y transformen el Partido en un partido marxista educativo.”

“Seremos firmes defensores y fieles practicantes del noble ideal del comunismo y del ideal común del socialismo con características chinas.”

Volviendo a Rudd y su interesante libro publicado en 2024 con el título Sobre Xi Jinping: Cómo el nacionalismo marxista de Xi está dando forma a China y al mundo , dada su indiscutible elección de bando, resulta aún más significativo que el autor australiano tome en serio la dimensión ideológica del pensamiento de Xi Jinping [2]. 

Rudd ciertamente no pertenece al campo comunista, ni se le puede sospechar de simpatizar con el socialismo chino. Precisamente por esta razón, su reconocimiento de la centralidad del marxismo en la visión política del secretario general del Partido Comunista Chino adquiere un valor particular: demuestra que solo una lectura superficial o deliberadamente propagandística puede reducir el socialismo con características chinas a una fórmula vacía o a una simple cobertura retórica del capitalismo.

El libro de Rudd, si bien se enmarca dentro de un contexto político hostil a la República Popular China, capta un punto esencial: Xi Jinping no utiliza el marxismo como un adorno ideológico, sino como una gramática política para interpretar la historia, la lucha de clases, el papel del Partido, la soberanía nacional y la relación entre el Estado, el mercado y el desarrollo. 

La definición de «nacionalismo marxista» que propone Rudd se inscribe, naturalmente, en una perspectiva occidental y anticomunista, pero confirma, sin pretenderlo, lo que gran parte de la izquierda occidental antichina se niega incluso a debatir: la continuidad teórica y política entre el marxismo, el liderazgo del Partido Comunista Chino y el proyecto histórico de la modernización socialista de China.

Es precisamente desde este punto que se puede conectar el debate con el manifiesto de Karp y Zamiska. Si bien Rudd reconoce, aunque lo critica, el papel del marxismo en la construcción de la visión política de Xi Jinping, los autores de La República Tecnológica reconocen, también desde una perspectiva claramente occidental y estadounidense, otro aspecto crucial del modelo chino: la capacidad de subordinar el capital, la tecnología y la innovación a una dirección política general. 

En ambos casos, dos voces alejadas del comunismo se ven obligadas a confrontar la misma realidad: China no puede entenderse a través de las categorías simplistas del liberalismo occidental, porque su desarrollo se basa en una relación entre ideología, Estado, partido, planificación y fuerzas productivas que Occidente ha olvidado incluso nombrar.

La sombra que proyecta ahora Pekín a escala global y la radical alteridad del modelo chino en sus diversos aspectos ideológicos, culturales y socioeconómicos en comparación con el capitalismo de Estado real que impera en el mundo occidental, con su privatización de beneficios y socialización de pérdidas de monopolios privados, se reflejan, aunque con diferentes categorías teóricas y proyectos disímiles, en el libro titulado La República Tecnológica: Poder Duro, Creencia Suave y el Futuro de Occidente , una obra escrita en coautoría por Alexander C. Karp, director ejecutivo del gigante tecnológico Palantir, y Nicholas W. Zamiska [3].

El eje central y la estructura del libro consisten en una evaluación abierta de la existencia de una amenaza sistémica china para el poder estadounidense, junto con una admisión, aunque reticente, de la eficacia socioproductiva del uso a gran escala que hace el Partido Comunista Chino de las herramientas de planificación en el proceso de reproducción de este gigantesco país asiático.

Y que la actual República Popular China representa una amenaza sistémica pacífica para el capitalismo de Estado de Washington es algo que reconoce incluso una académica alejada de las tentaciones prochinas como Margherita Furlan.

Ella admitió que, mucho antes de la cumbre de Pekín entre Xi Jinping y Trump, celebrada en mayo de 2026, ya se había hecho evidente que el Partido Comunista Chino «reafirma la primacía de la política sobre los gigantes digitales, impidiendo que Jack Ma escape del control estatal como lo hizo Elon Musk en Washington y manteniendo los algoritmos dentro del perímetro de la autoridad política». Además, Furlan subrayó acertadamente que «Karp y Zamiska, además, están construyendo su manifiesto contra China: es el rival que justifica el nuevo Proyecto Manhattan, el adversario sistémico cuya eficiencia autoritaria es a la vez temida e implícitamente admirada» [4].

Pero procedamos ahora al análisis del manifiesto de Karp y Zamiska.

Lo primero que llama la atención en La República Tecnológica es su tono abiertamente manifiesto. Karp y Zamiska no escriben un libro neutral sobre inteligencia artificial, ni una simple reflexión sobre la relación entre tecnología y sociedad. En cambio, escriben un texto de batalla, un llamamiento a la élite ingenieril y empresarial de Estados Unidos para que abandone la ilusión de poder vivir al margen del Estado, la guerra, la seguridad nacional y la competencia geopolítica. 

La tesis subyacente es sencilla: Silicon Valley ha perdido su misión histórica porque, en lugar de poner sus capacidades al servicio de los principales objetivos nacionales, se ha concentrado en aplicaciones de consumo, plataformas publicitarias, redes sociales, servicios de entretenimiento y herramientas capaces de monetizar la vida cotidiana de los usuarios sin abordar las principales contradicciones estratégicas del presente [5].

Desde esta perspectiva, el libro posee un considerable valor documental, ya que muestra cómo un sector de la clase dirigente tecnológica estadounidense ha comprendido el agotamiento ideológico del antiguo mito neoliberal. 

Durante décadas, Occidente ha ensalzado el mercado como un mecanismo autosuficiente, capaz de dirigir espontáneamente la innovación, el progreso, la inversión y la asignación de recursos. Karp y Zamiska, si bien operan dentro de un marco político eminentemente occidental, estadounidense y anticomunista, reconocen que el mercado, si se le deja a su suerte, tiende a recompensar lo que resulta inmediatamente rentable, no lo que es históricamente necesario. Esta admisión revela uno de los aspectos más interesantes del libro: los autores no se están convirtiendo en socialistas, pero se ven obligados a reconocer que la racionalidad mercantil no basta para garantizar el poder general de una sociedad.

El blanco inmediato de la polémica es el Silicon Valley contemporáneo, acusado de haber abandonado la dimensión pública y nacional de la tecnología. Los autores contrastan la cultura de las aplicaciones superficiales, el consumo individual y la fragmentación social con la época en que la investigación científica, la industria, las universidades y el Estado cooperaban en torno a grandes proyectos estratégicos. 

La referencia implícita, y a menudo explícita, es al complejo científico-militar estadounidense del siglo XX, desde el Proyecto Manhattan hasta la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa, pasando por la carrera espacial y la construcción de la infraestructura tecnológica de la Guerra Fría. No hay nada progresista en esta nostalgia: no se trata de recuperar una planificación democrática al servicio de las necesidades populares, sino de reconstruir una movilización tecnológica nacional al servicio del poder imperial estadounidense [6].

Aquí es donde surge la principal contradicción del libro. Karp y Zamiska acusan a Silicon Valley de traicionar al Estado, pero nunca cuestionan realmente la naturaleza clasista de ese Estado. No exigen que la tecnología se libere del dominio de los monopolios privados y se ponga al servicio de la comunidad. 

Más bien, exigen que los monopolios tecnológicos asuman plenamente su función orgánica dentro del aparato estatal, militar y de inteligencia de Estados Unidos. Su «república tecnológica» no es una república popular, ni una forma de control público sobre las grandes corporaciones digitales. Más bien, propone una fusión aún más estrecha entre el capital privado, el aparato de seguridad, la industria bélica, la inteligencia artificial y la proyección global del poder estadounidense.

China desempeña un papel crucial en este contexto. No es simplemente un competidor económico ni un adversario diplomático. Es el punto de comparación que obliga a los autores a reconocer la insuficiencia del modelo occidental contemporáneo. 

La República Popular China aparece, en su reconstrucción, como un rival sistémico capaz de movilizar recursos, dirigir inversiones, disciplinar el capital privado y subordinar el desarrollo tecnológico a objetivos políticos a largo plazo. Lo que la propaganda occidental convencional descarta como autoritarismo, en el libro de Karp y Zamiska se convierte en algo aún más inquietante para la clase dirigente estadounidense: una forma eficaz de organizar el poder nacional.

Naturalmente, los autores nunca concluyen que la planificación socialista pueda representar una forma superior de racionalidad histórica frente a la anarquía del mercado. Sin embargo, su razonamiento gira continuamente en torno a este punto sin mencionarlo explícitamente. 

Comprenden que una gran potencia no puede confiar sus decisiones estratégicas a la suma caótica de intereses privados; comprenden que la inteligencia artificial, el software avanzado, los semiconductores, la defensa, la logística, la vigilancia y la infraestructura digital no son sectores como cualquier otro; comprenden, finalmente, que la primacía tecnológica requiere dirección política, priorización, concentración de recursos y la capacidad de imponer una jerarquía a los intereses particulares. En otras palabras, comprenden a regañadientes parte de la lección china, pero intentan traducirla al lenguaje de la restauración imperial estadounidense.

Esto también genera la ambigüedad de su crítica a la cultura «débil» de Occidente. Karp y Zamiska denuncian la pérdida de convicciones firmes, la disolución del sentido de pertenencia, la incapacidad de las élites para proponer un proyecto colectivo y la transformación de la tecnología en un conjunto de productos diseñados para satisfacer deseos individuales cada vez más superficiales. 

Pero la solución que proponen no es la reconstrucción de una comunidad política basada en la igualdad, la participación democrática o la justicia social, sino la reconstrucción de una comunidad nacional regida por la competencia geopolítica, el miedo al enemigo y la necesidad de prepararse para la guerra tecnológica del siglo XXI.

El llamado a una « creencia flexible » debe interpretarse en este sentido. Los autores no critican a Occidente por haber abandonado el colonialismo, el imperialismo o la lógica de la dominación, sino por haber perdido la fe suficiente en su propia misión histórica. 

La debilidad de Occidente, en su opinión, no reside en la explotación, la desigualdad, la financiarización, la subordinación del trabajo al capital ni la devastación social provocada por el neoliberalismo, sino en la incapacidad de sus élites para reconocerse abiertamente como la clase dominante de un bloque de poder y actuar en consecuencia. Por eso este libro es valioso: porque expone explícitamente lo que un sector de la ideología liberal prefiere ocultar tras el lenguaje de los derechos, la innovación y la libertad individual.

La comparación con el discurso de Xi Jinping en el XX Congreso del Partido Comunista Chino resulta aún más reveladora. Por un lado, Xi habla de marxismo, socialismo con características chinas, la centralidad del pueblo y la adaptación creativa del materialismo dialéctico e histórico a las condiciones concretas de China. 

Por otro lado, Karp y Zamiska hablan de la dominación occidental, el poder, la seguridad, los aparatos militares y la necesidad de reintegrar a la élite tecnológica a los límites estratégicos del Estado. Ambos discursos reconocen que el mercado no es suficiente. Pero la diferencia radica en el sujeto político y el propósito histórico: en el caso chino, la subordinación del capital y la tecnología a un proyecto socialista de desarrollo nacional; en el caso estadounidense, la subordinación selectiva del capital tecnológico a las exigencias de la supremacía geopolítica y militar del imperialismo.

Por esta razón, La República Tecnológica puede interpretarse como una confesión involuntaria. Karp y Zamiska pretenden denunciar la debilidad de Occidente, pero acaban certificando la fortaleza del modelo chino. 

Quieren defender la superioridad estadounidense, pero se ven obligados a admitir que esta ya no puede basarse en el cuento de hadas del libre mercado, la espontaneidad empresarial y la innovación individualista. Quieren relanzar el capitalismo tecnológico occidental, pero para ello deben recurrir a herramientas que contradicen su propia mitología: la coordinación estatal, las prioridades estratégicas, la movilización colectiva, la disciplina política y la subordinación de los intereses particulares a un plan general.

El punto crucial es que, mientras que en China el Partido Comunista mantiene la primacía de la política sobre las grandes corporaciones económicas y digitales, en el proyecto de Karp y Zamiska la relación tiende a invertirse hacia una forma más sofisticada: no es el Estado popular el que controla el capital, sino el capital tecnológico más avanzado el que se ofrece como brazo operativo del Estado imperial. Palantir se convierte así no solo en un negocio, sino en un modelo político. No se limita a vender software; propone una visión del mundo en la que la inteligencia de datos, la inteligencia artificial y las capacidades predictivas se integran en los mecanismos de mando, vigilancia y guerra de Occidente.

En conclusión, el libro de Karp y Zamiska confirma indirectamente la tesis inicial. El marxismo de Xi Jinping, lejos de ser una mera retórica, representa uno de los fundamentos teóricos a través de los cuales China interpreta su propio desarrollo, disciplina sus fuerzas productivas y guía la modernización socialista. 

El manifiesto de Palantir, por otro lado, representa una respuesta occidental a la crisis de su hegemonía: una respuesta agresiva, militarizada y tecnocrática que no busca superar el dominio del capital, sino hacerlo más eficiente en la competencia global contra China. Precisamente por ello, el interés del libro reside no tanto en las soluciones que propone como en el temor que revela. 

Si incluso uno de los protagonistas más conscientes del capitalismo tecnológico estadounidense se ve obligado a admitir que Occidente necesita planificación, dirección política y un propósito colectivo, entonces la larga era de arrogancia neoliberal ha entrado en una profunda crisis. 

Y también significa que China, con su socialismo de características chinas, ya no es solo un objeto de propaganda occidental, sino el verdadero punto de comparación que obliga a los propios estrategas del imperio a replantearse los fundamentos de su propio poder.

Notas

[1] Xi Jinping, “Texto completo del informe al XX Congreso Nacional del Partido Comunista de China”, 25 de octubre de 2022, en inglés . www.gov.cn .

[2] K. Rudd, Sobre Xi Jinping: Cómo el nacionalismo marxista de Xi está dando forma a China y al mundo , Oxford University Press, Oxford-Nueva York, 2024.

[3] AC Karp y NW Zamiska, La República Tecnológica: Poder Duro, Creencia Suave y el Futuro de Occidente , Crown Currency, Nueva York, 2025.

[4] M. Furlan, “De Schwab a Karp: los escribas del Apocalipsis”, 22 de mayo de 2026, en lafionda.org .

[5] AC Karp y NW Zamiska, “Por qué Silicon Valley perdió su patriotismo”, 12 de febrero de 2025, en The Atlantic .

[6] Penguin Random House, “Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska publicarán una ‘acusación generalizada’ de Silicon Valley con The Technological Republic ”, comunicado editorial, 18 de febrero de 2025.

[7] J. Hofer, “Reseña del libro: La República Tecnológica: Poder duro, creencia blanda y el futuro de Occidente ”, 2025, en The Independent Review .

dimanche 14 juin 2026

¿Es el momento de cambiar las reglas del tablero de juego? Sobre el papel mundial de Rusia y China

 FUENTE https://observatoriocrisis.com/2026/06/14/es-el-momento-de-cambiar-las-reglas-del-tablero-de-juego-sobre-el-papel-mundial-de-rusia-y-china/ 

Andres Piqueras, profesor senior de la Universidad Jaume I

Para responder a esa pregunta y calibrar la segunda parte del título vamos a hacer un repaso de lo acontecido en la Guerra Sistémica Permanente o Guerra Total de largo plazo que el Imperio estadounidense y sus subordinados de la OTAN llevan a cabo contra la dupla chino-rusa y sus aliados, y que tiene por objetivo también frenar cualquier desarrollo del Mundo Emergente, más equilibrado por lo que respecta al poder global.

Caída la URSS, EEUU se vio como superpotencia única sin enemigo claro, pero no por ello dejó de ocupar militarmente Europa ni de mantener sus bases militares en casi todo el planeta. Como fiera que se ha quedado sin enemigos, diseña pseudoestrategias de tipo “elefante en cacharrería” por si bajo el sol de su dominio se mueva algo que no le cumpla.

Ciertamente, al comienzo los planes de dominación del mundo post-soviético por la potencia anglosajona no tenían todavía un nuevo enemigo específico o detectado y el terrorismo ejercía como razón de la militarización, el intervencionismo y la autoatribución de “gendarme global” por parte de EE.UU., en su férrea sujeción militar del mundo. De ahí su “Doctrina de Dominación Permanente” (de 1992), que sin embargo sí contemplaba el deshacimiento definitivo del antiguo espacio soviético y de su proyección mundial[1].

Dentro de ese objetivo se incluía partir a Rusia en diferentes Estados, anhelo ya albergado por Gran Bretaña desde que anunciara que su mayor reto pasaba por vencer el combate entre la ballena (ella misma) y el elefante (Rusia), para que ningún poder en el corazón de la “Isla del Centro del Mundo” (McKinder dixit) pudiera desafiar el poderío naval británico (más tarde el de EE.UU.). Impedir la coordinación de Eurasia fue igualmente considerado como vital para los intereses anglosajones de dominio mundial, al menos desde el siglo XIX.

Así que tras la caída de la URSS, Estados Unidos se aplicó en penetrar la institucionalidad postsoviética, cooptar voluntades en las altas esferas, sembrar de agentes (activos y dormidos) las estructuras de mando rusas, incluidas las militares, y afianzar los “intereses” pro-occidentales de las élites económicas (lo cual quizás podría explicar el pusilánime papel internacional de la Rusia actual, como luego veremos).

No contento con ello, y ayudado íntimamente por el MI6, siguió insistiendo en el objetivo británico de desmembrar Rusia y debilitarla a fuerza de “conflictos” internos o provocados en su espacio de seguridad inmediato. El yihadismo y el etnicismo más reaccionario se activarían en ayuda de ello.

Así tenemos, por ejemplo, las campañas de azuzamiento del integrismo islámico en Chechenia, para separarla de Rusia (1ª guerra en 1994-96; 2ª en 1999, que con la invasión islamista de Daguestán por la Brigada Internacional Islámica dirigida por Basáyev y al‑Khattab, se pretendía dar rienda suelta a un “Estado islámico”  en el Cáucaso norte, lo cual tuvo coletazos bélicos hasta 2009); el apoyo en Georgia a la guerra civil (1988-1992 con Osetia del Sur; 1992-1993 en Abjasia; posteriores ataques de Georgia a Osetia, con  intervención rusa en 2008).   

En 1999 comienza la carrera expansionista de la OTAN hacia el Este, con la absorción de Chequia, Hungría y Polonia. Lo que violaba tanto el Tratado de Reunificación de Alemania (que la URSS había admitido a cambio de que la OTAN no avanzara ni un milímetro hacia el este), como hasta la propia Conferencia de Yalta.

También ese año se da la destrucción de Yugoeslavia, al ser el único país que no se plegaba a los designios de la OTAN. Así que 60 años después Estados Unidos y Alemania volvían a llevar la guerra a Europa.

En 2002, la Conferencia de Praga marcaría un hito en la historia de esta organización del terror, al abrir la puerta a la incorporación de 11 nuevos miembros. Los primeros, Lituania, Letonia y Estonia (que apenas un poco más de una década atrás formaban parte de la Unión Soviética). Rumania, Bulgaria, Eslovaquia y la república ex yugoslava de Eslovenia, entrarían en 2004, en lo que supuso la mayor ampliación de la OTAN en sus 76 años de historia. Albania y Croacia se integrarían en 2009. Montenegro en 2017. Macedonia del Norte en 2020.

Por otro lado, en 2002 tendría lugar el abandono del Tratado ABM (misiles balísticos) por parte de EE.UU., que levantaría bases militares en Alaska, Europa del Este (Polonia y Rumanía), Japón y Corea del Sur, envolviendo a Rusia de armas de destrucción masiva. Después se negaría a firmar el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares y el Tratado de Militarización del Espacio.

Pero las acciones de acoso, desestabilización y agresiones a través de intermediarios contra Rusia (un país que no sólo venía de ser derrotado, sino de pedir su admisión en la UE y hasta en la propia OTAN), se acrecentarían a partir de que esta formación socioestatal emprendiera con Putin un proceso de resoberanización y dijera que no estaba dispuesta a retroceder más frente al continuo acoso otanista. 

Lejos de frenarse, en adelante se daría una acentuación de los intentos de desestabilización en la  en la “panza blanda” rusa -especialmente en el Cáucaso-, con la provocación de la guerra entre Azerbaiyán y Armenia (2016 y 2020), pero también con el intento de golpe de Estado en Kazajistán, amén de la infiltración del MI6 y sus intrigas en otras exrepúblicas soviéticas adyacentes.

No podía faltar tampoco el flanco europeo, que eclosionó con el golpe de Estado orquestado por el Eje Anglosajón (USA-RU) en Ucrania en 2014 y la posterior nazificación del país. También hay que contar con el intento de golpe de Estado en Bielorrusia, la presión política y el amaño electoral en Moldavia, así como el hostigamiento en Transnistria.

En 2016 tiene lugar la Cumbre de Varsovia, a partir de la cual la OTAN desplegaría en el Este de Europa sistemas anti-misiles, bombas nucleares avanzadas y también batallones de diversos países. En 2017, en la Cumbre de Bruselas se establecía el compromiso de aumentar un 2% los gastos militares de los países miembros, una estructura militar permanente de la UE, así como que ésta se hiciese cargo de los gastos de infraestructura de la OTAN. Todo ello para ¿enfrentar? a un país que lo único que hacía era proporcionar energía barata a Europa para su desarrollo económico y que seguía proponiendo su integración en el continente europeo.

En 2019 Estados Unidos se retiraría del Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF), firmado en 1989. Ese mismo año Ucrania presume de desligarse del Memorándum de Budapest (de 1994), por el que los propios anglosajones la obligaron entonces a permanecer desnuclearizada (cuando todavía la veían más vinculada a Rusia que a ellos, y mediante el cual, por tanto, Ucrania entregó el arsenal nuclear heredado de la URSS a cambio de garantías de seguridad por parte de los anglosajones y de Rusia). 

Tal alarde suponía ya, en consecuencia, una amenaza directa a Rusia El acoso a las regiones ruso-hablantes, con más de 14.000 muertos entre 2014 a 2022, y el creciente envalentonamiento, rearme y militarización nazi en Ucrania contra todo lo ruso, más sus alardes de integrar o cuando menos ayudar a la OTAN a cercar a Rusia, decidieron por fin la intervención armada del país euroasiático.  

Mientras todo esto ocurría, Estados Unidos había empezado –en el cambio entre la primera y la segunda década de este siglo- a identificar a China como posible potencia emergente, la cual veían que podía no sólo rivalizar sino superarle en muchos campos. Es por eso que a partir de entonces USA afinaría más sus planes geoestratégicos, para centrarse en la dupla que había decidido tener como enemiga (sin que ninguno de los dos miembros de la misma hubiera hecho nada por merecer esa consideración, salvo el procurar su propia soberanía). 

Como quiera que para EE.UU. China era ya vista como una potencia económica en ciernes y Rusia una (todavía) potencia militar (heredera de la URSS), pero débil estructuralmente, decidió iniciar la agresión hacia esta última. De ahí la acentuación del acoso que acabamos de describir, sobre todo con la utilización “proxy” de Ucrania. El objetivo no era otro que cuanto menos provocar un “cambio de régimen” en Rusia, de manera que la dupla quedara escindida y por tanto muy debilitado el proyecto de un Mundo Emergente que comenzaba a cobrar vida a través de ella.

Pronto, sin embargo, se identificarían nítidamente los núcleos de intervención contra China. Si en la Cumbre de Washington de 1999, la OTAN declaraba el derecho a la “guerra preventiva” en cualquier punto del planeta, con el cambio de siglo pasada su primera década, fue enfocando en China su ofensiva, no tanto porque supusiera una amenaza militar, sino por el ejemplo de un tipo de economía distinta, que bajo la bandera del socialismo competía con éxito en el propio terreno del capitalismo, manifestando que de nuevo una economía planificada se abría camino y asombraba al mundo.

  •  Desarrollo de los planes de dominio mundial cada vez más centrados contra China

Tal proyecto destructivo se fue articulando poco a poco en sucesivos planes, según EE.UU. adquiría conciencia de que el Mundo Emergente podía empezar a hacer desvanecer su prevalencia (además de poder fungir como contraejemplo a su devastador accionar político-económico y a su guerrerista decurso histórico).    

  • La “Doctrina del Pivote Asiático” formulada por Obama, proyectaba el despliegue de instalaciones militares y medios de combate para impedir y/o limitar el abastecimiento energético de China por vía marítima en caso de una escalada de la agresión contra ella.
  • El documento “Ventaja en el Mar” publicado por el Instituto Naval de Estados Unidos, recogía la estrategia marítima del país a partir de la integración del poder naval en todos los dominios y bajo coordinación conjunta de la Armada, el Cuerpo de Marines y la Guardia Costera.

Ello motivó el giro terrestre-continental de China, con las rutas férreas que comenzó a trazar por Asia para vincular el continente de extremo oriental a extremo occidental (con la salida al Mediterráneo oriental incluida), y de sur a norte, hasta la parte ruso-europea del Báltico. Así como un ramal hacia el “Cuerno de África” y de allí a buena parte del resto del continente africano. Se trataba, en suma, de la Nueva Ruta de la Seda (“Un cinturón una Ruta”, en la designación china).

Pero Estados Unidos no estaba dispuesto a dejar que China articulara el mundo con proyectos infraestructurales, económicos y comerciales de posible beneficio mutuo. Así que los planes se fueron concretando para intentar romper, deshacer o desbaratar la infraestructura de interrelación mundial que había ido tejiendo China.  

Tales planes conllevaban una Geoestrategia del Caos que iría en adelante in crescendo, y que pasaría por inducir desastres sociales o provocar sociedades-en-disolución, como forma concreta de destrucción y sometimiento. Una perversa planificación que pretende desde el principio “gobernar el caos”, sumergir a unas u otras formaciones socio-estatales en una indefensión absoluta convirtiéndolas en no-sociedades para así imposibilitar su adhesión al proyecto de conectividad mundial chino y también poder saquear más fácilmente sus recursos. 

“Agujeros negros de destrucción y barbarie” han sido el resultado de las intervenciones de EEUU, con o sin la OTAN, desde que comenzara su ofensiva global contra el Mundo Emergente, y especialmente contra la dupla chino-rusa y sus más cercanos aliados o coparticipes del proyecto.

Así que la Guerra Sistémica Permanente o Guerra Total a largo plazo, formaba parte de su visión de «dominio total» («Full-spectrum dominance», como fue definida en el clave informe del Pentágono titulado Joint Vision 2020). También de su estrategia para devastar territorios, hacerlos ingobernables, y por tanto imposibilitar la construcción de cualquier “multipolaridad”.

Tal Geoestrategia del Caos está intensificada en los ejes de tensión por los recursos y en la pugna por la hegemonía mundial. Radicando por tanto uno de esos ejes en Afroeurasia (y especialmente el centro de la encrucijada de Asia, África y Europa, el llamado Medio Oriente Ampliado), y el otro en el Pacífico, en torno a China, donde había surgido el nuevo polo de hegemonía mundial. EEUU busca, además, el control de los nudos de comunicación marítimos del mundo (los Estrechos de Malaca, Ormuz, Bab el Mandeb- Suez), así como los corredores de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico (Groenlandia, Panamá, Punta austral del Cono Sur…), amén de hacer del continente americano su “isla fortaleza”, para lo que está abortando a golpes de fuerza político-militar todos los intentos de soberanía estatal o regional en el mismo.

II.  Algunos resultados de la Geoestrategia del Caos hasta el momento. En qué punto estamos. 

Entre las consecuencias más destacadas de esta ofensiva imperial tenemos que Rusia ha venido perdiendo buena parte de su espacio estratégico heredado de la URSS, con antiguos aliados hoy destrozados por Estados Unidos. Así, Afganistán, Iraq, Libia, Somalia y Siria –con Yemen brutalmente golpeado-, a los que hay que añadir hoy en la práctica Venezuela, en camino acelerado a su condición de protectorado. 

La atroz asfixia de Cuba va en esa misma dirección, sin que Rusia manifieste disposición a suministrarla ni la mínima parte del petróleo requerido. Es decir, que el país eslavo de hoy -a diferencia de la URSS- respeta sumisamente el bloqueo estadounidense, además de dejarse perder piezas aliadas una a una. Todo teniendo en cuenta que la pérdida de Cuba sería uno de los mayores errores estratégicos que podrían cometer tanto Rusia como China.

Otrosí, la desestabilización del Cáucaso sigue su curso, donde Rusia está también perdiendo a Armenia. En el frente europeo, Moldavia ya es pieza conquistada por USA, mientras que la OTAN ataca cada vez más profundamente territorio ruso matando civiles prácticamente cada semana y poniendo en jaque a algunas de sus principales ciudades. No hay respuesta simétrica rusa para con las potencias agresoras, limitándose a llevar una guerra de desgaste en Ucrania y el Donbás, con la pérdida de miles de jóvenes rusos.

Se dirá que tal “respuesta proporcional” de Rusia causaría la guerra nuclear, pero sin advertencias claras, sin líneas rojas, son los enemigos los que se crecen y “flirtean” con esa guerra, presionando cada vez más al ver que Rusia nunca responde simétricamente. Así las cosas, las potencias otanistas se permiten incluso el lujo de asaltar petroleros rusos en altamar. Y es que cuando el adversario se deja pisar el pie, pues se le sigue pisando y ya. 

Por otra parte, la Nueva Ruta de la Seda ha sido saboteada sin cesar (y aquí se repiten nombres que coinciden con el caso ruso): Afganistán, Iraq, Yemen, Siria, Líbano, Palestina, Somalia, Etiopía, Sudán, Libia, Sahel… con suma atención al embrollo indio-paquistaní.

Queda Irán, última pieza en Asia central, nudo estratégico del proyecto chino-ruso, encrucijada de todas las rutas de interconexión asiáticas y elemento clave para la consolidación de un Mundo Emergente, además de principal actor antisionista mundial, que ha venido frenando al ente sionista ocupante de Palestina durante décadas. Por eso su destrucción en imprescindible para aislar a China, permitir la expansión sionista por toda Asia occidental y parte de la central, acabar definitivamente con el Eje De la Resistencia Antisionista, dejar campo libre al CENTCOM estadounidense para apropiarse de Asia central, abortar los proyectos infraestructurales emergentes en el continente…  Eso quiere decir, que USA, con su ente sionista, no van a dejar de atacar a Irán, de una u otra manera.

Frente a todo ello, China juega sus cartas construyendo vínculos, acuerdos bilaterales con unas y otras formaciones socioestatales -independientemente de la condición política de sus gobiernos-, amén de seguir fortaleciendo las grandes organizaciones multilaterales de la que es el alma y locomotora: BRICS y su Banco de Desarrollo, RCEP, Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras, Organización de Cooperación de Shanghái…  Traza sus estrategias económicas de respuesta, contragolpea con el yuan, con los bonos del tesoro estadounidense, por medio de aranceles, se protege con su proyecto estratégico por la energía, etc., para intentar contrarrestar la ofensiva económica que Estados Unidos desata contra ella.

Rusia, por su parte, intenta montar también su “mundo paralelo”, como si la guerra no fuera con ella. Además de las tradicionales entidades de corte más defensivo o de vínculos políticos, como la OTSC y el CEI, o económicos, como la UEEA, ha venido sumando sobre todo el Foro de San Petesburgo y el Foro Gaidar –conocido también como “Davos ruso”- para mostrar sus vínculos mundiales y desafiar el aislamiento impuesto por el Imperio Occidental.

Pero una y otra se equivocan si creen que van a conseguir mediante cauces diplomáticos o actitudes de perfil bajo y “buena voluntad” que USA les cese de acosar. A Rusia en concreto no le va a dejar de hacer la guerra militar, además de la económica y política.

En lo que toca a China, Estados Unidos no le permitirá “ganar” a la postre sin enfrentamiento militar. Más tarde o más temprano llegará a ello (a no ser que antes colapsara o se sumiera en su propio caos el actual hegemón).

Puede decirse que China lo sabe y está preparándose. Pero no es lo mismo enfrentarse al Imperio con un, aunque contradictorio, Mundo Emergente como apoyo, que tenerlo que hacer sola, una vez has perdido todas las piezas de tu proyecto alternativo. Y la Nueva Ruta de la Seda está ya bastante agujereada al respecto. La hipotética caída de Irán sería definitivamente trágica en este sentido.

En general vale decir para ambos miembros de la dupla que la hasta ahora mostrada y bien visible para todo el mundo ausencia de líneas rojas por su parte (más allá de sus “patios” más inmediatos, Donbás para Rusia y Taiwán para China), es un indicador de secundariedad y de falta de decisión para asumir un verdadero protagonismo mundial. Sólo enviar armas o “ayuda” a unos u otros frentes de la Guerra Totalno es suficiente para tener posibilidades de salir adelante según va recolocando cada semana Estados Unidos el tablero mundial e imponiendo sus normas en él.

Porque la potencia imperial sigue llevando la iniciativa geoestratégica, no disputada por la dupla chino-rusa. Sin facultad para controlar ni construir nada alternativo al Mundo Emergente en curso, Estados Unidos sí tiene una alta capacidad de destruir, en gran escala. Y lo está haciendo sistemáticamente en todo el planeta (con permiso del pedrusco demasiado duro que ha encontrado en Irán). La propia anulación o reabsorción de los BRICS (con la maraña de intereses contrapuestos y de terribles gobiernos que en buena parte les integran) ya está en curso.

Si la dupla se limita a parar golpes y a hacer “jugadas” de salón, por más inteligentes que sean, siempre a remolque de lo que hace el hegemón, o dentro de sus normas de juego, no podrán evitar ni sobreponerse al Desastre Final que el conjunto del Imperio Occidental tiene proyectado para el mundo.

Ya son muchos los estrategas y generales rusos que vienen insistiendo sobre ello. El propio partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR) no ha dejado de advertir que Rusia debe cambiar su línea estratégica y patear el tablero impuesto por el Eje Anglosajón y el Poder Sionista Mundial, dado que está inmersa en un enfrentamiento total con la OTAN, y no en una mera “operación especial” de desnazificación en Ucrania, ni siquiera de contención de golpes parciales aquí y allá.  

Un impás muy peligroso este, pues, para la humanidad, que sólo se puede decidir hacia algo positivo desde la firmeza de unos para trazar líneas rojas por la PAZ, y la lucha de otros, los pueblos del mundo, por frenar las ansias imperiales de Guerra. La lucha por la PAZ antimperialista es quizás la empresa más vital y revolucionaria que podemos emprender en estos momentos.  

Notas

[1] Los Planes que fueron pergeñando Arthur K. Cebrowski (antiguo almirante y director de la Office of Force Transformation in the U.S. Department of Defense), Paul Wolfowitz (quien fue subsecretario del Dpto. de Defensa) y Colin Powell (presidente del Estado Mayor Conjunto durante la Guerra del Golfo), contemplaban la reestructuración del dominio mundial estadounidense una vez desaparecida la URSS. 

Un Nuevo Orden Mundial o “nuevo siglo americano” que señalaba “países desechables” y que defendía la destrucción de estructuras de Estado, que las fuentes de materias primas estuvieran bajo el control de EEUU y priorizaba en adelante abortar el nacimiento de un Mundo Emergente. Todo ello requería la adaptación a un nuevo tipo de guerra y un nuevo America Way of War. También, como consecuencia asociada, la reestructuración total del “Medio Oriente Ampliado” (toda la región de Asia occidental y África Nororiental).

 Durante el gobierno de George W. Bush se perfilaría la Teoría del “Caos Constructivo” (el nombre lo dice todo). Washington intentó afirmar su hegemonía tras el (a todas luces autogolpe del) 11 de septiembre de 2001, mediante el recurso a la acentuación de la militarización y la guerra.