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lundi 24 août 2026

La hegemonía estadounidense sobre las plataformas mediáticas y la fabricación de la conciencia mundial

 FUENTE https://geopoliticarugiente.com/2026/08/18/la-hegemonia-estadounidense-sobre-las-plataformas-mediaticas-y-la-fabricacion-de-la-conciencia-mundial/

El siguiente documento fue elaborado por el Centro Geopolítico de Estudios Estratégicos de Saná (Yemen). Descarga 

Mecanismos de control, escenarios cambiantes

Introducción

En las dos últimas décadas, el poder ya no se mide únicamente por el número de tanques o el tamaño de la economía, sino que el control del flujo de información y la gestión de la conciencia colectiva se han convertido en el frente más importante de los conflictos internacionales. En este contexto, Estados Unidos ha emergido como una potencia hegemónica no solo sobre las infraestructuras de los medios de comunicación globales, sino también sobre la ingeniería de las narrativas que configuran la comprensión que los pueblos tienen del mundo que los rodea. Esta investigación parte de una pregunta fundamental: ¿cómo utiliza Estados Unidos las plataformas mediáticas, tradicionales o digitales, como herramientas estratégicas para controlar las agendas que llegan al público mundial y crear escenarios continuos y cambiantes que sirven a sus intereses geopolíticos?

La importancia de esta investigación reside en que supera el tratamiento superficial del tema de la “propaganda” para adentrarse en los mecanismos complejos y sofisticados mediante los cuales se gestionan hoy la desinformación y la fabricación de ilusiones a escala global. Ya no estamos ante modelos tradicionales de censura o de difusión de información engañosa, sino ante una “arquitectura del escenario” integral: la narrativa se diseña en centros de investigación; se recluta para ella a académicos, analistas y periodistas que aparecen como voces independientes; se difunde a través de canales por satélite financiados por gobiernos y comercializados como tribunas neutrales; y luego se amplifica mediante los algoritmos de las plataformas de redes sociales controladas por las empresas de Silicon Valley, hasta transformarse en una “verdad” digital adoptada por millones.

La problemática que aborda esta investigación consiste en desmontar este sistema integrado y revelar la contradicción flagrante entre el discurso de la “libertad de prensa” y la “independencia de las plataformas” que Washington promueve, y la práctica real basada en el control ingenieril de las mentes. Mientras otros Estados son acusados de poseer aparatos mediáticos propagandísticos, Estados Unidos administra un sistema más astuto y más perverso, porque no aparece como actor directo, sino que crea la impresión de que el ruido artificial en torno a un acontecimiento determinado es una expresión orgánica de la “opinión pública mundial” o de una “insurrección popular inevitable”.

Irán no ha sido un caso pasajero dentro de esta estrategia, sino que ha representado un laboratorio vivo para probar las hipótesis de la guerra psicológica mediática estadounidense durante cuatro décadas. Desde el escenario del “sistema al borde del colapso”, renovado constantemente, hasta el escenario de la “victoria aplastante” que acompañó el asesinato del mártir Qasem Soleimani, pasando por la sinfonía de “mujer, vida, libertad”, en la que se utilizó un sufrimiento humano real como combustible para una maquinaria de descomposición del Estado, nos encontramos ante un modelo flagrante de cómo se emplean las plataformas mediáticas en la batalla por el control de la percepción.

En todas estas estaciones se repitió la misma escena: investigadores, académicos y periodistas aparecían en las pantallas para repetir escenarios idénticos sobre divisiones internas, colapso económico y derrota estratégica, mientras los algoritmos impulsaban esas narrativas hasta la primera línea del escenario digital.

Esta investigación, a través de sus cuatro apartados, busca alcanzar tres objetivos principales. El primero es establecer una fundamentación teórica e histórica para comprender el fenómeno de la hegemonía mediática estadounidense, rastreando sus raíces en las teorías críticas de la comunicación y su evolución desde los comités de propaganda de la Primera Guerra Mundial hasta las actuales salas de operaciones de la desinformación digital. El segundo es desmontar los mecanismos contemporáneos mediante los cuales opera este sistema, desde los canales por satélite diseñados específicamente para penetrar los espacios mediáticos de los Estados objetivo hasta las plataformas de redes sociales, que se han transformado de espacios de diálogo en brazos de inteligencia capaces de construir tendencias e implantar sentimientos de desesperanza, derrota y abandono. El tercero es presentar un estudio de caso profundo sobre la campaña mediática y psicológica continua contra Irán como modelo revelador que muestra cómo funciona este sistema sobre el terreno y cómo pasa de un escenario a otro con asombrosa fluidez para mantener la presión psicológica sobre el público objetivo.

Adentrarse en este tema no representa un lujo académico, sino una necesidad nacional y civilizacional. En un mundo en el que la información se ha convertido en arma, la capacidad de desmontar los mecanismos de la desinformación se vuelve una condición fundamental para la soberanía y la independencia. Esta investigación se dirige al lector árabe que se encuentra sumergido en un torrente de narrativas contradictorias y que necesita herramientas analíticas que le permitan formular la pregunta correcta: ¿quién dice esto?, ¿por qué lo dice ahora?, ¿quién se beneficia de que lo creamos? Recuperar la conciencia crítica, en una época de monopolio de la narrativa, es el primer paso en el camino de la liberación frente a la hegemonía blanda que intenta secuestrar nuestras mentes antes que nuestra tierra.

Marco teórico e histórico de la hegemonía mediática estadounidense

Los fundamentos teóricos del imperialismo mediático

La acción mediática estadounidense se apoya en una base teórica sólida, que puede rastrearse a través de las teorías críticas de la comunicación. La teoría del imperialismo cultural, tal como la formuló Herbert Schiller en la década de 1970, ofrece un marco explicativo central. Schiller sostiene que la hegemonía occidental, y específicamente la estadounidense, no se basa solo en la superioridad militar y económica, sino también en la capacidad de moldear la conciencia mundial e imponer estilos de vida, valores y símbolos culturales.

En este contexto, los productos mediáticos se transforman de simples mercancías de consumo en herramientas estratégicas para crear una “conciencia dependiente” al servicio de los intereses del centro imperial. Este “centro”, representado por Washington, Hollywood y Silicon Valley, produce y controla el flujo de noticias, información y entretenimiento, mientras que la “periferia”, es decir, los países del mundo en desarrollo, se convierte en receptora pasiva de esos materiales, lo que conduce a la erosión de su identidad cultural y de su independencia intelectual.

La teoría de la agenda-setting completa esta visión, al afirmar que los medios quizá no logren dictar a la gente qué debe pensar, pero sí consiguen en gran medida dictarle sobre qué debe pensar. Mediante la concentración en determinados asuntos y la omisión de otros, las plataformas mediáticas determinan las prioridades del público y configuran sus percepciones de la realidad. Cuando un único actor, como Estados Unidos, controla la infraestructura de estas plataformas y el flujo de contenidos a través de ellas, posee la capacidad de ajustar la “agenda mundial” de acuerdo con las exigencias de su seguridad nacional y sus intereses geopolíticos. Este control no significa únicamente iluminar aquello que Washington desea destacar, sino también oscurecer y marginar deliberadamente otros asuntos, como las violaciones de derechos humanos en sus zonas de influencia o las catástrofes humanitarias de las que podría ser responsable, creando así un espacio público mundial deformado.

Por su parte, la teoría del “cultivo de la opinión pública”, desarrollada por George Gerbner, lleva el análisis hacia la profundidad del efecto producido por la exposición prolongada a los medios. La teoría presupone que la exposición constante a los mensajes mediáticos, especialmente televisivos, no influye solo en las opiniones sobre asuntos concretos, sino que “cultiva” en la mente de los espectadores percepciones generales sobre el mundo. Por ejemplo, la representación reiterada del mundo exterior como un lugar peligroso, caótico y lleno de amenazas crea en el público estadounidense y mundial un sentimiento de miedo e inseguridad que justifica intervenciones militares y políticas exteriores agresivas. Este cultivo no ocurre únicamente a través de las noticias, sino que penetra en dramas, películas y series, donde el modelo del “villano” se presenta en moldes culturales y étnicos determinados, a menudo rusos, chinos, iraníes o de Oriente Medio, preparando así a la opinión pública para enemistades futuras dictadas por la política exterior.

Teorías como la espiral del silencio y la dependencia de los medios ofrecen una explicación adicional de los mecanismos psicológicos y sociales que hacen efectiva la hegemonía mediática. La teoría de la espiral del silencio, formulada por Elisabeth Noelle-Neumann, explica cómo los individuos que perciben que sus opiniones son minoritarias y temen el aislamiento social se abstienen de expresarlas, mientras que la mayoría percibida se atreve a manifestar su opinión. Dado que los medios son la fuente principal para determinar qué se considera opinión mayoritaria, controlarlos significa tener la capacidad de silenciar las voces contrarias a las políticas estadounidenses, no por la fuerza, sino empujando a sus portadores a creer que están aislados y derrotados. La teoría de la dependencia, por su parte, indica que cuanto mayor es la dependencia del público respecto de los medios para comprender el mundo, mayor es la influencia de esos medios sobre él. En crisis y guerras, cuando aumenta la necesidad de información, el público se vuelve más vulnerable a la influencia total de la narrativa ofrecida por las fuentes mediáticas dominantes.

Las raíces históricas de la maquinaria propagandística estadounidense

El control estadounidense del espacio mediático no nació en el momento digital, sino que es resultado de una acumulación histórica vinculada a la construcción de la “máquina”. Sus comienzos pueden remontarse al Comité Creel durante la Primera Guerra Mundial, que fue la primera institución oficial estadounidense de propaganda gubernamental. En solo siete meses, el comité logró transformar la opinión pública estadounidense desde el aislacionismo hacia el entusiasmo por la guerra, utilizando todos los medios disponibles: carteles, discursos y películas. La lección aprendida fue clara: la opinión pública puede ser eficazmente diseñada si se controla el flujo de información.

Esa lección no murió con el fin de la guerra, sino que se desarrolló durante la Guerra Fría hasta convertirse en un aparato más complejo y extenso. En 1947 se creó la Agencia Central de Inteligencia —CIA—, que desempeñó un papel central en la financiación y gestión de operaciones psicológicas y de guerra cultural contra la Unión Soviética. Mediante proyectos secretos, la CIA financió revistas literarias, exposiciones artísticas y conferencias internacionales, no con un objetivo puramente cultural, sino para enfrentar el avance comunista y promover el modelo de modernidad liberal estadounidense como alternativa superior.

La culminación de este esfuerzo fue la fundación de Radio Free Europe y Voice of America, que se convirtieron en dos herramientas principales para difundir propaganda estadounidense a través del Telón de Acero. Estas emisoras no eran simples ventanas informativas, sino laboratorios de producción de escenarios de largo plazo, destinados a sembrar dudas sobre los sistemas comunistas, filtrar información —verdadera o fabricada— sobre la corrupción de las élites gobernantes y amplificar cualquier manifestación de oposición interna, contribuyendo así a crear una base psicológica preparada para el posterior colapso de esos sistemas. Esta experiencia refinó una enorme pericia en el uso de los medios para socavar a distancia un Estado objetivo, modelo que fue desarrollado y actualizado de forma continua.

Tras el final de la Guerra Fría, y con el ascenso del concepto de “globalización”, la maquinaria mediática estadounidense entró en una nueva etapa de hegemonía blanda. La cadena CNN representó un modelo revolucionario con su cobertura de la primera guerra del Golfo en 1991, al fundar el concepto de “televisión de realidad en directo”. Pero esa cobertura, pese a su deslumbrante carácter técnico, estuvo sometida a una estricta censura militar y presentó la guerra como un espectáculo tecnológico limpio, carente de sangre y de víctimas civiles. Este modelo, al que algunos denominaron “efecto CNN”, mostró cómo un único canal informativo podía convertirse en referencia diplomática mundial, imponer el ritmo de los acontecimientos y determinar los términos del debate público: misiles inteligentes, objetivos militares, daños colaterales. Fue un momento fundacional para una legitimidad mediática estadounidense global sin igual.

Con la invasión de Irak en 2003 apareció una táctica completamente nueva: el “periodismo integrado”. Mediante la integración de cientos de reporteros en unidades militares, el Pentágono logró un control sin precedentes de la narrativa. El reportero pasó a formar parte de la unidad militar: vivía con ella, comía con ella, adoptaba sus miedos y preocupaciones. Esto condujo a una cobertura informativa plenamente empática con los soldados y emocionalmente sesgada hacia su relato. Esta táctica, presentada bajo el lema de la transparencia y el acceso directo, fue en esencia una herramienta de autocensura y orientación extremadamente eficaz, en la que el periodista se transformó inconscientemente en altavoz de la propaganda militar. Este legado histórico de lecciones y tácticas no desapareció, sino que fue absorbido y reproducido de forma más sofisticada en el entorno digital contemporáneo.

Mecanismos contemporáneos de control en el espacio mediático tradicional y nuevo

Canales por satélite e ingeniería de la infraestructura de la noticia

Con el declive de la Guerra Fría, los canales informativos por satélite de veinticuatro horas emergieron como los nuevos campos de batalla de las mentes. Estados Unidos no se limitó a exportar su contenido a través del gigante CNN, sino que adoptó una estrategia más astuta basada en invertir en la creación de alternativas locales y árabes que parecieran “independientes”. La creación de canales como Alhurra en 2004, dirigido al mundo árabe, encarna este modelo. El canal fue fundado con financiación directa del Gobierno estadounidense, pero se presenta como una plataforma informativa objetiva. El objetivo estratégico no era solo competir en audiencia, sino crear una “narrativa contraria” que penetrara el espacio mediático árabe y presentara el relato estadounidense con voz e imagen árabes, otorgándole así mayor credibilidad ante el público objetivo. Esta estrategia se basa en el principio de “inoculación mediática”: exponer al público a dosis calculadas del relato estadounidense a través de canales que parecen neutrales, para inmunizarlo frente a lo que Washington considera “desinformación mediática” procedente de sus adversarios.

Paralelamente a la creación de canales, Washington ejerce fuertes presiones para reformular el espacio de radiodifusión por satélite en los Estados objetivo. En Afganistán, se financiaron redes locales de radio y televisión para difundir mensajes contrarios a los talibanes y favorables al Gobierno central. Esta ingeniería del panorama mediático no significa solo apoyar a aliados, sino también ejercer presiones diplomáticas y financieras sobre los Gobiernos para silenciar o estrechar el cerco sobre plataformas mediáticas contrarias a la política estadounidense, como RT o Press TV iraní, que se enfrentan continuamente a campañas para retirarles licencias, prohibirlas o acusarlas de injerencia en los asuntos internos de los Estados occidentales.

Junto a los canales de espionaje blando y la ingeniería del espacio mediático aparece el “filtrado estratégico” de información. Las agencias de inteligencia y altos responsables de la Administración estadounidense filtran información sensible, y a veces engañosa, a periodistas “de confianza” en grandes cadenas. Este método logra varios objetivos a la vez: concede enorme credibilidad a la historia porque procede de una fuente que parece independiente; prueba las reacciones ante una política determinada antes de anunciarla oficialmente; dirige al público hacia una interpretación concreta de los acontecimientos; y permite a los responsables negar posteriormente lo filtrado si es necesario. Esta interdependencia orgánica entre la gran institución mediática y sus fuentes gubernamentales convierte al canal en plataforma de lanzamiento de señales y escenarios al servicio de la política exterior bajo la máscara de la “exclusiva periodística” y la “revelación de lo oculto”.

Las plataformas de redes sociales como brazos de inteligencia y psicológicos

El ascenso de Silicon Valley representa un salto cualitativo en la capacidad de Estados Unidos para controlar la narrativa mundial. Empresas como FacebookTwitterGoogle —YouTube— e Instagram no son simples plataformas comerciales, sino que se han convertido en infraestructura global del espacio público digital. El control estadounidense de esta infraestructura le concede capacidades que ninguna potencia imperial tuvo en la historia.

La primera de estas capacidades es el control de los algoritmos. Estos algoritmos, diseñados para maximizar la interacción y la recopilación de datos, determinan, de forma no intencionada o quizá intencionada, lo que ven los usuarios en todo el mundo. Diversas investigaciones han mostrado que tienden a amplificar el contenido emocional, polémico y divisivo. Cuando Washington apunta contra un Estado determinado, ciertos patrones de amplificación pueden empujar el contenido que llama a la desesperanza, la derrota y la división interna hacia la primera línea del escenario, mientras marginan el contenido que llama a la resistencia o al orgullo nacional. Esto no ocurre mediante una decisión política declarada, sino a través de la supuesta “neutralidad de la máquina”.

La segunda capacidad, y la más peligrosa, es la coordinación directa entre las plataformas y los aparatos del Estado. Las filtraciones de Edward Snowden en 2013 revelaron programas como PRISM, que conceden a la Agencia de Seguridad Nacional acceso directo a los servidores de los gigantes tecnológicos. Esta coordinación no se limita a la recopilación de información de inteligencia, sino que se extiende a las operaciones psicológicas. En el contexto de operaciones contra Irán, esta relación puede permitir filtrar contenidos, aplicar shadow banning a influencerspartidarios de Teherán y facilitar la difusión de cuentas falsas y redes de amplificación gestionadas por agencias de inteligencia, con el objetivo de inundar el espacio digital iraní y árabe con narrativas concretas sobre caos y derrota.

Esto se encarna claramente en el modelo de los “influencers fabricados”. Las agencias estadounidenses, mediante empresas pantalla y sitios web falsificados, construyen personajes digitales completos: periodistas, analistas políticos, activistas e incluso estudiantes. Estas personalidades son desarrolladas durante meses o años en plataformas como Twitter y Facebook para construir credibilidad y seguidores reales. Cuando estalla una crisis, se activa esta red para funcionar como una enorme cámara de eco que repite la narrativa requerida —por ejemplo, “el sistema iraní está a punto de colapsar”— mediante miles de tuits, análisis, imágenes fabricadas y vídeos sacados de contexto, creando una ilusión de impulso popular e incapacidad oficial. Estos ejércitos electrónicos, que el público cree voces independientes, son en realidad brazos sofisticados de la guerra psicológica.

Finalmente, aparece el papel de la manipulación diaria mediante tendencias y etiquetas —hashtags—. Los brazos cibernéticos pueden impulsar una etiqueta determinada, como #Irán_se_derrumba, hasta convertirla en tendencia mundial mediante actividad coordinada de cuentas automatizadas. Esta tendencia aparece ante millones de usuarios reales como expresión de una opinión pública orgánica, lo que los arrastra a participar en ella o, al menos, a creer que está ocurriendo un gran acontecimiento. Este círculo cerrado transforma el escenario fabricado en una realidad digital tangible que afecta a la moral del interior iraní y moldea las percepciones de inversores y diplomáticos en el exterior. Así, la plataforma se transforma de espacio de diálogo en arma estratégica para la ingeniería de la percepción colectiva en tiempos de guerra híbrida.

Fabricación de escenarios cambiantes y estrategia de guerra psicológica permanente

Arquitectura del escenario: de la construcción a la difusión

La esencia de la estrategia mediática estadounidense no reside en difundir una noticia o un análisis concreto, sino en crear lo que puede llamarse una “arquitectura del escenario”. Se trata de un proceso dinámico y continuo de construcción de una realidad paralela que se adapta a los acontecimientos y se pliega al servicio del objetivo estratégico final. Este proceso comienza en la “sala de escenarios” de los centros de investigación y agencias de inteligencia, donde se diseña un escenario principal, por ejemplo: “la presión máxima conduce al colapso interno del sistema”. Este escenario no es una mera orden de seguridad, sino un plan detallado alrededor del cual se construyen escenarios secundarios en permanente cambio. Si se producen protestas económicas, se difunde el escenario de la “revolución de los hambrientos”. Si estallan protestas femeninas, se difunde el escenario de la “insurrección de la libertad”. Si ambas coinciden, se fusionan en el escenario de la “gran insurrección nacional”. Esta adaptación constante garantiza que la narrativa permanezca viva e interactiva, y no sea simple propaganda rígida.

Tras diseñar el escenario llega la fase del “relleno humano”, es decir, el reclutamiento de agentes locales que encarnarán la narrativa. Estos no son necesariamente espías, sino investigadores, académicos, periodistas y analistas políticos; algunos actúan por convicción ideológica y otros mediante incentivos financieros o profesionales. Se los apoya con becas, estancias de investigación, invitaciones a congresos y subvenciones para escribir estudios alineados con el escenario requerido. Estas personas se convierten en los “testigos fiables” a los que acogen los medios. Cuando un analista de Teherán aparece en Iran International —financiada por Arabia Saudí y Estados Unidos, y emitida desde Londres— y habla con seguridad de inminentes deserciones en la Guardia Revolucionaria, no es un simple analista, sino un elemento activo en la encarnación del escenario de la “descomposición del sistema”. Esta capa de agentes concede a la narrativa un cuerpo humano y una credibilidad local que la propaganda estadounidense directa no podría ofrecer.

Para conferir un carácter científico y objetivo a estos escenarios, se los alimenta con “estadísticas fabricadas” y centros de investigación ficticios. De repente aparecen “centros de estudios” e “instituciones de sondeo” con nombres resonantes, que publican informes periódicos con cifras y estadísticas al servicio del escenario. Por ejemplo, pueden publicar un estudio que afirme que el 80% de las fuerzas armadas está dispuesto a desertar, o que la inflación ha alcanzado cifras astronómicas varias veces superiores a las estimaciones oficiales. Estos informes, diseñados profesionalmente, encuentran rápidamente su camino hacia los grandes medios, que los citan como pruebas concluyentes, y son difundidos en redes sociales como verdades aceptadas, creando una sólida base de “conocimiento” construida sobre arena.

Técnicas de difusión y generalización de la ilusión

Tras construir el escenario y reclutar a sus actores, llega la fase de difusión y distribución, sometida a técnicas específicas para maximizar el efecto psicológico. La primera de estas técnicas es la “confirmación de la gran mentira”: un método basado en difundir historias falsas a gran escala y de forma simultánea a través de múltiples plataformas hasta convertirlas en realidad social por la fuerza de la repetición. Cuando cinco canales por satélite, treinta cuentas de analistas y cientos de cuentas falsas difunden la misma historia fabricada sobre “la huida al extranjero de tal responsable”, el espectador, incluso si es escéptico, se encuentra rodeado por ese relato desde todos los lados, lo que finalmente lo empuja a aceptarlo como cierto o, al menos, a dudar del relato contrario.

La segunda de estas técnicas es el “acontecimiento falso”. En ocasiones, no basta con amplificar acontecimientos reales, sino que se fabrican acontecimientos completos. Pueden consistir en una grabación de audio manipulada —algo que se ha desarrollado enormemente en los últimos tiempos gracias a la inteligencia artificial—, un documento filtrado falsificado o una llamada telefónica preparada y filtrada. Pero lo más común es invertir en un pequeño acontecimiento real y amplificarlo hasta dimensiones míticas mediante multitudes en internet. Una pequeña manifestación de decenas de personas, si se filma con ángulos profesionales, se vincula a etiquetas mundiales y es cubierta por los medios por satélite como “noticia urgente”, se transforma en la percepción mundial en una “insurrección popular de millones”. Este acontecimiento falso se convierte en la noticia, y la negación del sistema se convierte en una prueba adicional, dentro del escenario preparado de antemano, de su “confusión y mentira”.

La tercera técnica, y la más sofisticada, se basa en explotar la cultura de la “sátira” y el entretenimiento político. La guerra psicológica ya no se presenta únicamente en serios boletines informativos, sino que se envuelve en formatos satíricos, memes y vídeos cortos en TikTok e Instagram. El diseño de estos materiales busca transformar cuestiones políticas complejas en una “broma” popular que se difunde a velocidad extraordinaria entre los jóvenes. Burlarse de un dirigente político o representarlo como una figura caricaturesca derrotada es un método más letal que cualquier informe informativo, porque esquiva la razón crítica y se instala en el inconsciente como verdad asumida. Aquí, cada joven que huye del aburrimiento se convierte en transmisor inconsciente de propaganda, participando en la profundización del sentimiento de desesperanza, abandono e insignificancia del Estado nacional.

Estudio de caso: Irán

La sinfonía de la guerra psicológica mediática

Diseño e ingeniería de la narrativa letal

Irán representa un objetivo central y continuo de una de las operaciones de guerra psicológica mediática más largas y extensas de la historia contemporánea. Desde la instauración de la Revolución Islámica en 1979, Irán se transformó en el “enemigo útil” que justifica la presencia militar estadounidense en la región y las ventas de armas a los clientes de Washington. Para comprender el mecanismo de control de la narrativa, es necesario analizar los escenarios cambiantes y continuos diseñados específicamente para Irán.

El primero de estos escenarios, y el más persistente, es el de “el sistema está a punto de colapsar”. Este escenario no es un simple juicio desiderativo, sino un marco integral que ha sido reproducido y actualizado durante décadas. En cada protesta, aunque sea de decenas de trabajadores con salarios atrasados, se desata la maquinaria mediática para promover la idea de que “este es el final”, que el sistema ha perdido su legitimidad y que todo el pueblo iraní se levanta. Se ignora el hecho de que protestas limitadas y reivindicativas ocurren en todos los países del mundo, y se aísla a Irán como caso excepcional de colapso inevitable. Este escenario no se siembra únicamente en los medios exteriores, sino que apunta a la moral interna de los iraníes mediante canales como Manoto e Iran International, para crear un sentimiento permanente de que viven en un Estado frágil y provisional.

En paralelo al escenario del colapso opera el escenario de la “división inevitable”, que se centra en destacar y esculpir fracturas dentro del sistema. Los análisis y escenarios inducidos promueven la idea de una grieta profunda entre el Guía Supremo y el Gobierno elegido, o entre la Guardia Revolucionaria y el ejército regular, o entre “conservadores” y “reformistas”. Cualquier diferencia natural de puntos de vista existente en cualquier Estado se amplifica hasta convertirse en “inminente conflicto sangriento”. Este escenario busca paralizar la capacidad de acción del sistema haciendo creer a sus adversarios y aliados que se trata de una entidad fragmentada y sin cohesión. En la práctica, la institución iraní ha demostrado repetidamente su capacidad para superar las diferencias internas frente a la amenaza externa, algo que estos escenarios nunca mencionan.

Para dotar a estos escenarios de un rostro humano, se activa el escenario de la “víctima ejemplar”. Se concentra intensamente la atención mediática en una historia individual, como una joven fallecida en circunstancias ambiguas —por ejemplo, el caso de Mahsa Amini—, la huida de un deportista o la deserción de un artista. Esta figura se transforma en símbolo universal de la represión del sistema. La cobertura mediática no se centra objetivamente en el caso, sino en convertirlo en mercancía y en icono dentro de la narrativa mayor. Esta amplificación de un solo acontecimiento, acompañada del silenciamiento completo de miles de historias similares en Estados aliados de Washington, revela la naturaleza instrumental de esa cobertura. El objetivo es activar la empatía mundial para crear un consenso moral, no para resolver el problema, sino para proporcionar cobertura a intervenciones y sanciones que aumentan el sufrimiento del propio pueblo.

Análisis de los mecanismos en las grandes crisis

En las protestas de noviembre de 2019, que se produjeron a raíz del aumento de los precios de la gasolina, la maquinaria mediática trabajó a plena capacidad. Mientras las autoridades iraníes cortaron internet para contener protestas que habían salido de su marco reivindicativo y para impedir su explotación desde el exterior, tanto por Estados Unidos como por Gran Bretaña, las plataformas y canales por satélite llevaron a cabo una operación de “auxilio digital”. Se proporcionaron dispositivos de comunicación por satélite a los manifestantes por parte de organizaciones vinculadas a la inteligencia occidental, y se activaron redes de cuentas falsas para difundir cientos de vídeos, algunos reales y otros procedentes de otros países, todos acompañados de etiquetas como #Levantamiento_de_Irán y #Revolución_del_pueblo. La cobertura se centró en fabricar escenarios como la “revolución de los hambrientos” o las “masacres de la Guardia Revolucionaria”, y se promovieron cifras astronómicas de muertos sin ninguna prueba. Los analistas que aparecían en pantalla, presentados como expertos, repetían de manera idéntica frases como “este es el golpe definitivo al sistema”. Cuando las protestas terminaron, esos canales no ofrecieron ninguna revisión ni disculpa por la información engañosa, sino que pasaron tranquilamente a adoptar el siguiente escenario.

Cuando fue asesinado el mártir Qasem Soleimani en 2020, el tono cambió por completo. Toda la maquinaria mediática promovió un nuevo escenario: el de la “victoria aplastante”. La operación fue presentada como un golpe de inteligencia y militar sin precedentes, que paralizó para siempre las capacidades de Irán y envió un mensaje de firmeza inolvidable. Analistas, presentadores de programas y editoriales de los grandes periódicos repitieron el mismo mensaje: “Irán ha terminado”, “el imperio iraní ha sido desmantelado”, “Irán ya no tiene presencia en la región”. Se ignoró el hecho de que la respuesta iraní mediante el bombardeo de la base de Ain al-Asad fue la mayor de su tipo contra fuerzas estadounidenses en décadas, y se presentó el anuncio de Teherán de que se había “vengado” como debilidad y flaqueza. Aquí, la maquinaria mediática trabajó para cerrar la brecha entre la realidad sobre el terreno y las exigencias del relato estadounidense victorioso, ignorando las complejidades estratégicas que produjo el acontecimiento.

En cuanto a las protestas de 2022, desencadenadas tras la muerte de Mahsa Amini, representaron la culminación del arte de gestionar y fabricar escenarios. Aquí se integraron los escenarios en una única sinfonía. El escenario de la “revolución de la libertad” —mujer, vida, libertad— se fusionó con el escenario del “colapso del sistema” y el escenario de la “represión salvaje de la Guardia”. La manipulación y la fabricación alcanzaron niveles de enorme complejidad. Canales como Iran International, gestionado por periodistas vinculados a organismos de inteligencia, se transformaron en una sala de operaciones mediática en directo, cubriendo las protestas minuto a minuto, acogiendo deserciones fabricadas y publicando coordenadas de fuerzas de seguridad como incitación a asesinarlas. Al mismo tiempo, las redes sociales pertenecientes a Silicon Valley violaron sus propias reglas de manera flagrante para amplificar el contenido contrario a la República Islámica. La agencia Reuters y otras instituciones observaron cómo plataformas como Facebook, Instagram y Twitter facilitaron de manera excepcional el discurso de odio y la llamada a la violencia contra el Estado iraní, algo que normalmente prohibían en otros contextos. Se creó un enorme acontecimiento mediático en el que el sufrimiento real de una mujer fue utilizado como palanca para aplicar un “escenario integral” extremadamente violento orientado a descomponer el Estado iraní.

Los objetivos estratégicos de la estrategia mediática

El objetivo final de esta guerra psicológica permanente no es solo cambiar ahora el sistema en Irán, sino algo mucho más amplio.

El primer objetivo es imponer una derrota psicológica permanente. Mediante el bombardeo diario con mensajes de desesperanza, abandono, corrupción, brutalidad y pérdida de fe en cualquier reforma, se busca transformar la sociedad iraní, viva y dinámica, en una masa frustrada y agotada que se rinda ante las sanciones y las dificultades económicas, y pierda la fe en su capacidad de resistir o de impulsar un cambio pacífico constructivo. La derrota aquí no es militar, sino una expropiación del espíritu nacional.

El segundo objetivo es trabajar para aislar moralmente a Irán con el fin de justificar las duras sanciones. La narrativa fabricada que presenta a Irán como Estado paria, exportador de terrorismo y represor de su pueblo se produce y exporta para proporcionar cobertura moral a sistemas de sanciones asfixiantes que destruyen la vida de millones de iraníes corrientes. Se convence a la opinión pública mundial de que las sanciones son una herramienta para “obligar al sistema a respetar los derechos humanos”, cuando en realidad forman parte de la estrategia de máxima presión destinada a empujar al sistema al colapso. Esta trágica paradoja no encuentra espacio en los medios dominantes.

El tercer objetivo es gestionar las percepciones regionales e internacionales. Las narrativas atacan la imagen realista de Irán como potencia regional ascendente. La difusión del escenario del “colapso del imperio iraní”, especialmente tras el asesinato del mártir Soleimani, no se dirigía solo a los iraníes, sino también a los aliados de Estados Unidos en el Golfo e Israel, para tranquilizarlos haciéndoles creer que Irán se encontraba en su punto más débil, y a los aliados de Irán en la región, para sembrar dudas sobre su capacidad de resistencia. Es una guerra de percepciones destinada a rediseñar mediáticamente el mapa de influencia como preludio de su rediseño sobre el terreno y en la política.

Desmontar la máquina: hacia una conciencia mediática crítica mundial

El recorrido por los mecanismos de la hegemonía mediática estadounidense, desde sus raíces históricas en la propaganda hasta sus manifestaciones digitales contemporáneas en la fabricación de escenarios y la gestión de la percepción, revela una verdad estratégica profunda: el control de la narrativa ya no es una simple herramienta auxiliar del poder, sino que se ha convertido en el poder mismo en el siglo actual. En un mundo que nada en información, la capacidad de crear realidad mediante la configuración de lo que la gente ve, lee y cree se convierte en el arma decisiva antes que los misiles y los ejércitos. El estudio del caso iraní ha mostrado que el objetivo no es informar, sino ejecutar un golpe perceptivo continuo mediante una sinfonía de escenarios cambiantes, influencers reclutados y acontecimientos falsos, con el fin de crear un pueblo psicológicamente derrotado y un sistema descompuesto en la imaginación mundial.

Sin embargo, comprender este mecanismo es el primer paso, y el más esencial, para desmontarlo. No se puede enfrentar el “cultivo” mediático sino mediante el desarrollo de una “inmunidad narrativa” nacional y mundial que comience con la educación mediática crítica de los individuos desde la infancia, la capacidad de desmontar el discurso y de formular las preguntas correctas: ¿quién dice esto?, ¿por qué lo dice ahora?, ¿qué es lo que no se dice?, ¿quién se beneficia de esta historia? Estas habilidades críticas son la piedra angular para construir un ciudadano digital que no muerda el anzuelo.

En el plano colectivo, debe invertirse en la construcción de plataformas y relatos independientes capaces de superar el monopolio estadounidense de la infraestructura digital. No se trata solo de exponer mentiras, sino de producir “contranarrativas ricas”, basadas en hechos y dignidad nacional, pero con formas artísticas y atractivas capaces de competir. Esto exige crear alianzas entre los Estados que se oponen a la arrogancia estadounidense para romper el monopolio de Silicon Valley sobre el espacio público electrónico y desarrollar protocolos de internet e infraestructuras que no estén sometidos al capricho de la Administración estadounidense ni a sus decisiones políticas.

En última instancia, la batalla por la conciencia es una batalla decisiva. La estrategia estadounidense de control de las plataformas mediáticas es un intento de secuestrar el futuro mediante el control del presente. La liberación de esta hegemonía no comienza con un satélite ni con una nueva plataforma, sino, primero, con un momento de conciencia: cuando el individuo mira detrás de la pantalla y pregunta: ¿quién mueve los hilos? Solo entonces comienza el derrumbe de las ilusiones y la derrota de la máquina.

Referencias

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  11. Jalil Zayn al-Din, Los medios internacionales y la crisis iraní. Beirut.
  12. Tariq Jalaf, La fabricación del caos: redes de desinformación mediática contra Irán. Bagdad.

dimanche 23 août 2026

Modelo Mundial Latinoamericano (MML)

FUENTE https://www.modernismolatinoamericano.org/modelo-mundial-latinoamericano-mml/ 

Ana Grondona, socióloga, investigadora y docente en la Universidad de Buenos Aires. Coordina el Fondo Carlos Mallmann en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.

Ciudad: San Carlos de Bariloche
Productor: Fundación Bariloche
Personas Vinculadas: Carlos A. Mallmann, Jorge Sábato, Enrique Oteiza, Amílcar O. Herrera, Helio Jaguaribe, Osvaldo Sunkel, Graciela Chichilnisky, Gilberto C. Gallopin, Jorge E. Hardoy, Diana Mosovich, Gilda L. de Romero Brest, Carlos E. Suárez, y Luis Talavera.
Ubicación: Fondo Carlos Mallmann – Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini
País: Argentina

“(L)os problemas más importantes que afronta el mundo moderno no son físicos sino sociopolíticos, y están basados en la desigual distribución del poder tanto internacional como dentro de los países, en todo el mundo. El resultado es una sociedad opresiva y alienante, asentada en gran parte en la explotación. El deterioro del medio físico no es una consecuencia inevitable del progreso humano, sino el resultado de una organización social cimentada en valores en gran parte destructivos”
— (Fundación Bariloche, 1977)

El Modelo Mundial Latinoamericano (MML) fue un modelo computacional desarrollado por la Fundación Bariloche entre 1972 y 1976, como una respuesta crítica al informe Los límites del crecimiento de 1972 que presentaba los resultados del World3. Este último, financiado por el Club de Roma, había sido dirigido por Donella Meadows y Dennis Meadows usando el lenguaje de simulación Dynamo desarrollado por el grupo de Jay W. Forrester en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Mientras el denominado modelo del MIT planteaba la existencia de límites físicos al crecimiento económico y poblacional que devendrían en escollos insuperables, el MML subrayaba que los problemas globales eran parte del presente, no de un futuro proyectado para 2050, y que sus causas eran sociales y políticas, derivadas de la desigual distribución de los recursos y del abuso de poder tanto a nivel nacional como internacional.

El diseño del MML se encaró con una perspectiva marcadamente interdisciplinaria, a partir de un equipo de profesionales provenientes de diversas formaciones en ciencias naturales, exactas y sociales, que incluían experticias en demografía, recursos naturales no renovables, matemáticas, sociología, economía, salud, contaminación, alimentación, educación, vivienda y urbanización. Bajo la dirección del geólogo Amílcar Herrera, el MML se diseñó como un modelo matemático normativo, enfocado en las necesidades humanas básicas.Contrastaba con el pesimismo neomalthusiano del MIT, proponiendo en su lugar una hoja de ruta hacia un desarrollo igualitario y crítico del consumismo. El indicador de desarrollo elegido fue la extensión de la expectativa de vida al nacer antes que el mero incremento del PIB o del PIB per capita. Además de cuestionar la propiedad privada, objetaba la propiedad estatal, y proponía una lógica de uso de los bienes de producción y de la tierra que permitiera su administración eficiente sin provocar privilegios ni formas de explotación. Bajo estas premisas, el modelo demostraba que, a contramano de las advertencias del World3, el nuevo estilo de desarrollo era físicamente viable.  

Para su diseño, contó con un destacado equipo interdisciplinario que produjo y sistematizó información para alimentar los cinco sectores en los que se estructuró: alimentación, educación, vivienda, bienes de capital, y otros servicios y bienes de consumo. Se programó usando el lenguaje Fortran 77. En tanto se trataba de un ejercicio a nivel global, se proyectaron cuatro bloques: los países desarrollados, Asia, África y América Latina. Los resultados fueron publicados en el libro ¿Catástrofe o nueva sociedad? Modelo Mundial Latinoamericano (cuya primera edición, en inglés, es de 1976) donde se señalaba que, bajo las orientaciones normativas propuestas, América Latina podría llegar a satisfacer las necesidades básicas de su población hacia finales del siglo XX, mientras que regiones como África y Asia u Oceanía requerirían períodos algo más largos, debido a mayores desigualdades estructurales y déficits iniciales en recursos y capacidades productivas

El MML participó en el contexto de la “fiebre de modelos” de los años setenta, marcada por un auge de estudios en futurología, de una creciente inquietud por las amenazas ecológicas y sociales del desarrollo, así como por un proceso de revisión crítica de las desigualdades internacionales en nombre de un nuevo orden económico internacional. En virtud de ello, fue acogido con interés en diversos foros, como las Naciones Unidas o la Organización Internacional del Trabajo. También enfrentó críticas por su carácter netamente normativo, lo que reducía su atractivo como herramienta para el diseño más concreto de políticas públicas.

El golpe cívico-militar en Argentina en 1976 marcó un abrupto final para el desarrollo del modelo. La Fundación Bariloche sufrió severas represalias, exilios y formas de persecución y ostracismo. Esto, sumado a la generalización de alternativas neoliberales como salida a la crisis capitalista abierta a partir de la proliferación de resistencias obreras a fines de la década de 1960 y del alza del precio de la energía, contribuyó al ocaso del proyecto. En años recientes, el MML ha sido objeto de esfuerzos de recuperación y actualización. En 2004, con motivo de su 30º aniversario, se publicó una edición revisada de su texto fundacional. Además, iniciativas académicas han buscado digitalizar y modernizar el modelo, como la traducción de su código a lenguajes de programación más recientes. 

El legado del MML, como las discusiones sobre “estilos de desarrollo” de la que formó parte, persiste como un ejemplo de pensamiento crítico desde el Sur Global. Al situar las necesidades humanas y la justicia social en el centro de los debates sobre desarrollo, el MML anticipó muchas de las discusiones del presente.

Les guerres sales de l'OTAN - L'héritage Gladio

 


¿Dónde están los dineros de petróleo venezolano?

 FUENTE https://observatoriocrisis.com/2026/08/17/donde-estan-los-dineros-de-petroleo-venezolano/

 Según el Financial Times unos TRECE MIL MILLONES DE DÓLARES han desaparecido sin un papel, un informe, un balance, un indicio, una conjetura…

Luis Britto García, escritor y ensayista venezolano 

      Desde principios de año, para enterarnos de lo que ocurre en Venezuela debemos recurrir a fuentes fuera de Venezuela. 

Así, para saber por qué los ingresos propiedad de nuestro país por sus hidrocarburos y minerales no van a parar al Tesoro ni al Presupuesto Nacional venezolanos, debí rastrear la Executive Order 14373, “Safeguarding venezuelan oil revenue for the good of the american and venezuelan people”.

De acuerdo con ella, las cantidades provenientes de la venta de estas propiedades nuestras son depositadas en una cuenta del Tesoro de Estados Unidos, administrada por el Presidente de ese país. El artículo donde reproduje la noticia fue rechazado por los medios impresos nacionales. 

(https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/2026/01/safeguarding-venezuelan-oil-revenue-for-the-good-of-the-american-and-venezuelan-people/).

Para descubrir el monto de esas riquezas venezolanas depositadas en el Treasure estadounidense  no me sirvieron de nada nuestro Presupuesto de la Nación ni los informes del Banco Central de Venezuela o del Ministerio de Finanzas. 

Debí cumplir larga pesquisa en  internet para localizar información del  Financial Times  según la cual  desde enero hasta comienzos de julio de 2026, Estados Unidos ha ingresado 13 billones de dólares procedentes del petróleo venezolano (para los anglosajones un billón es mil millones). Ni siquiera sometí la información a los medios impresos; al igual que la presente, consta en mi blog luisbrittogarcia.blogspot.com.

(The US has $13bn in Venezuelan oil money. Where is it? https://www.ft.com/content/0e562e03-106e-4729-83d7-675c27eb8c4d?syn-25a6b1a6=1).

En fin, transcurridos meses a partir de la invasión agravada con bombardeo, asesinato masivo de compatriotas y cubanos y secuestro del Primer Mandatario y su señora esposa, supuse que alguna fuente vernácula me informaría sobre el paradero de esas demoledoras sumas. No encontré ni siquiera indicios. No tuve más remedio  que escudriñar los informes del estadounidense Council of Foreign Relations, para enterarme de que el misterio es total. 

(https://www.cfr.org/articles/the-u-s-took-over-venezuelas-oil-industry-where-has-all-the-money-gone). “¿Dónde se fue todo el dinero?” indaga el Council. Y la respuesta es igual de desoladora: NADIE SABE. 

Citamos: “Los pueblos de Estados Unidos y de Venezuela siguen en la oscuridad acerca de cómo la administración de Trump está controlando miles de millones de dólares de los ingresos del petróleo venezolano. Sin mecanismos contables ni un mapa de caminos legible, Estados Unidos arriesga la consolidación de un régimen sucesor corrupto”. 

Y el Council prosigue : “Mientras la Administración de Trump repetidamente ha calificado su control como beneficioso para ambos países, no se ha revelado públicamente cuánto petróleo venezolano ha vendido, cuanto ingreso ha recolectado por él, ni cómo ha utilizado esos fondos desde que tomó el control de las explotaciones petroleras del país (…)”.

En resumen,  sumas provenientes de la venta de nuestros hidrocarburos que según el Financial Times ascienden a unos TRECE MIL MILLONES DE DÓLARES han desaparecido sin un papel,  un informe, un balance, un indicio, una conjetura. 

Marx decía que “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Desaparecieron y ya está. Con dichas sumas se esfuman montos equivalentes de nuestra Educación, nuestra Salud, nuestros Alimentos,  nuestros Servicios Públicos, nuestra Infraestructura, nuestra Cultura, nuestro aparato productivo, nuestras Comunicaciones, nuestra Defensa, nuestro futuro. 

Confirma el Council que “la Administración tampoco ha presentado los acuerdos escritos que ha concluido con el gobierno venezolano, comerciantes, compradores, bancos y otras entidades involucradas en el proceso”. 

Por si cupieran dudas, añade que “tanto Rubio como el Secretario del Tesoro Scott Bessent se comprometieron por separado a compartir una copia de los acuerdos escritos que rigen el control de EEUU sobre las exportaciones venezolanas de petróleo, aunque no está claro si dichas copias fueron entregadas al Congreso, y ni una sola copia ha sido hecho pública”. 

Por una buena razón: tales acuerdos, arreglos o componendas,  para ser válidos deben ser concertados de acuerdo con lo pautado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y las leyes del país, sin lo cual son nulos de toda nulidad y carecen de efectos. 

En resumen: todo es opacidad, misterio, tiniebla, enigma, negociado fuera del Horizonte de los Eventos. Dos detalles añade el Council que confirman la inconmensurable atrocidad del latrocinio. Entre las empresas que supuestamente habrían hecho tratos “transitorios” sobre los bienes de Venezuela aparecen Trafigura y Vitold, ambas involucradas en prácticas de soborno, ambas ancladas en acuerdos secretos que parecen perpetuos. 

El control sobre los ingresos de minerales venezolanos no se limita a los hidrocarburos: el Secretario del Interior Doug Burgum se habría asegurado de “$100 millones en oro”, y de un trato por mil kilogramos de oro, asimismo para Trafigura. Por nuestra parte, no sabemos el valor del uranio enriquecido gratuitamente “retirado” del IVIC. 

A menos que resistamos, retirarán toda Venezuela.

 

jeudi 20 août 2026

100 del nacimiento de Fidel Castro : el encuentro con Malcolm X en 1960

 

El escritor chileno Luis Casado recuerda los 100 del nacimiento de Fidel Castro relatando el encuentro del líder latinoamericano con el líder de las Panteras Negras, Malcolm X, en un Hotel de Harlem, Nueva York 

 

 

Afuera se agolpa un gentío de periodistas, policías, simpatizantes, hermanos de la comunidad y también de simples curiosos del barrio que quieren presenciar el acontecimiento. Adentro, en un cuarto apenas alumbrado y lleno de humo de tabaco, dos personajes intercambian sus ideas como pueden, en dos lenguas distintas, con historias disímiles pero con enemigos similares y luchas paralelas. 

«Mientras el Tío Sam esté contra ti, sabrás que eres un hombre bueno», le dice de forma irónica Malcolm X a Fidel Castro. 

Ninguno de los personajes necesita de mayores presentaciones. Es la noche del 19 de septiembre de 1960. El lugar: un hotel humilde en el barrio del Harlem, al norte de Manhattan. Se trata de un barrio obrero, popular, muy al margen de las luces de la Quinta Avenida. Allí conviven «los negros y los latinos». En el Harlem tendrá lugar un torbellino de sucesos que pondrán a «la Historia» junto a las pequeñas historias, con un escenario de cuartos pequeños, bombillas tenues y cortinas de flores desteñidas.

Fidel se encontraba en ese entonces en Nueva York para participar por primera vez de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La Revolución Cubana tenía un año y pocos meses de haber derrocado a la dictadura de Fulgencio Batista y de haber iniciado un proceso de transformaciones nunca antes visto en aquella isla caribeña. Por esos mismos días la Revolución anunciaba la intervención de la banca estadounidense y el traspaso del Canal 6 a manos del Estado. El gobierno norteamericano, mientras tanto, declaraba una guerra abierta contra las nuevas autoridades en La Habana y lideraba una feroz campaña de desinformación contra Cuba y su proceso de cambio.

Como Primer Ministro y en tanto presidente de la delegación cubana, Fidel era el foco de todas las operaciones de la prensa y de la política norteamericanas. Aunque su traje verde oliva, su barba montuna y su carisma inocultable lo convertían en un suerte de rockstar en medio de las delegaciones tradicionales de los países occidentales, por lo general circunspectas y vestidas de traje. Pese a la campaña sucia y a la estigmatización gubernamental, cientos de personas acudieron el 18 de septiembre de 1960 al Aeopuerto Idlewild —hoy Aeropuerto Internacional John F. Kennedy— para presenciar el arribo del avión del comandante en jefe de las fuerzas rebeldes.

Una vez allí, se manifestó de inmediato la decisión del gobierno norteamericano de humillar a los delegados revolucionarios. Los distintos hoteles próximos a la sede de la ONU comenzaron a poner excusas, exigiendo incluso el pago por adelantado de más de veinte mil dólares para recibir a la exigua delegación cubana. «Diles que son unos bandidos», enfatizó Fidel en respuesta al requerimiento desmedido del Hotel Shelburne. Inmediatamente ordenó al capitán Núñez Jiménez que comprara tiendas de campaña. «Si no encontramos hotel, acampamos en el jardín de las Naciones Unidas», aseguró. Los mismos hoteles que a menudo recibían a dictadores, narcotraficanes y mafiosos cerraban las puertas a los jóvenes dirigentes invitados, por derecho propio, a asistir a una de las más importantes citas de la diplomacia internacional.

El Hotel Theresa, en el centro del Tercer Mundo

Raul Roa Kourí, uno de los diplomáticos más jóvenes de la delegación, sabía de la invitación a un hotel de la comunidad negra y había comentado, como al pasar: «tengo un hotel en el Harlem». Cuentan que entre la urgencia de los preparativos y las reuniones, Fidel lo escuchó recién a la segunda o tercera vez: «¿en el Harlem, en el barrio de los negros y los puertorriqueños?», preguntó intrigado. Unas horas más tarde la caravana ingresaba al hotel entre una multitud que se había movilizado para darle la bienvenida al líder cubano. Estaban todos: los hermanos de la comunidad negra, los borinqueños, los cubanos migrantes del Harlem, todos.

El Hotel Theresa se ubicaba en el corazón del barrio. No era un hotel internacional y con suerte arañaba las tres estrellas. Sus dormitorios sencillos estaban amueblados con una o dos camas y algún que otro sillón. Afortunados fueron los miembros de la delegación que pudieron acceder a un escritorio y un par de sillas. Las imágenes de la época muestran no solo la fachada y el interior del hotel, sino también a la policía de Nueva York desplegada para contener al gentío entusiasta: no fueron pocos los agentes que aprovecharon para desquitar su odio racial, golpeando a varios de los simpatizantes del evento.

Fidel Castro alborotaría la «Gran Manzana» durante varias jornadas. Como había sido segregado de muchas de las reuniones oficiales, no tardó demasiado en construir su propia agenda y volverse el centro gravitacional de la política tercermundista en el corazón del imperio. Con su nueva sede en Harlem, la delegación cubana fue una fuente inagotable de dolores de cabeza para los organizadores de la ONU y el gobierno de Estados Unidos. El Hotel Theresa se convirtió en la sede oficiosa de varias cumbres históricas, desarrolladas en apenas unos pocos días. Fue en sus salones que Fidel se reunió con Jawaharlal Nehru, el célebre líder independentista y primer ministro de India: conocidas son las fotos de ambos, con las rodillas enfrentadas, leyendo una revista.

Otro de los ilustres visitantes fue el referente del nacionalismo árabe, el egipcio Gamal Abdel Nasser, a quien Fidel recibió entre risas y abrazos en la acera del hotel, en medio del recelo de la policía y la curiosidad de la prensa. 

Pero el acontecimiento más destacado —y sin lugar a dudas algo surrealista— fue la llegada al Hotel Theresa del líder soviético Nikita Khrushchev. A esas alturas el cubano ya oficiaba de anfitrión en su propia casa. Nikita y Fidel caminaron juntos por la calle y se mostraron sonrientes en el hall del hotel. Los únicos que no sonreían eran los agentes de la policía local, que se debatían entre la tarea de velar por la seguridad de los altos comisionados y el deseo de apalearlos por comunistas, en sintonía con las doctrinas macartistas de la Guerra Fría.

Fidel Castro y Malcolm X

Fue en ese mismo escenario que se produjo el encuentro histórico entre Fidel Castro y Malcolm X, en ese entonces dirigente de la Nación del Islam, una organización política y religiosa de gran influencia y predicamento entre la comunidad afrodescendiente norteamericana. Comunidad que se encontraba en un proceso de alza en la lucha por sus derechos, y en pos de revolucionar a una sociedad de consumo racista y capitalista.

Ralph D. Matthews, un periodista afín a «los hermanos», fue uno de los pocos que pudo presenciar aquel encuentro y es en parte gracias a su artículo para el semanario New York Citizen-Call que podemos rescatarlo del olvido intencional de los medios monopólicos. Matthews cuenta que el comandante en jefe y el ministro —tal era la jerarquía del Malcolm X en su organización— se sentaron en el borde de la cama de un cuarto pequeño, como dos viejos amigos que se encuentran para ponerse al día después de mucho tiempo sin verse. La cercanía de los dos protagonistas no solo era ideológica: estaban literalmente pegados, en un cuarto a reventar por la aglomeración de diplomáticos, periodistas y revolucionarios.

El líder de la flamante Revolución Cubana intentaba no entrometerse en los asuntos internos de Estados Unidos, consciente del precario equilibrio de fuerzas del proceso que se desarrollaba a escasas millas del imperio más poderoso del planeta. Cabe mencionar que Cuba aún no había sido invadida en las costas de Playa Girón, ni había pronunciado la Segunda Declaración de La Habana que formalizaría su carácter socialista. Por eso Fidel buscaba llevar la conversación hacia el otro lado del Atlántico, prestando especial atención a la situación del Congo. Mientras Malcolm X respondía con una gran sonrisa al escuchar el nombre de Patrice Lumumba, Castro alzó la mano solemnemente y se comprometió a defender su caso. 

En su alegato frente a la Asamblea General de la ONU, África ocupó un lugar de relevancia: «Esa África que se yergue aquí con líderes como Nekruma y Sekou Touré, o esa África del mundo arábigo de Nasser, esa verdadera África, el continente oprimido, el continente explotado, el continente de donde surgieron millones de esclavos, esa África que tanto dolor lleva en su historia, a esa África, con esa África tenemos un deber: preservarla del peligro de la destrucción. Compensen en algo los demás pueblos, compense en algo el Occidente de lo mucho que ha hecho sufrir al África».

Tanto el cubano como el afroestadounidense entendían bien que la democracia blanca de Estados Unidos había sido fundada y se sostenía a través de la violencia, y que la misma que se ejercía hacia los pueblos colonizados del sur era la que se descargaba sobre los barrios y la comunidades negras de Estados Unidos. Ya Du Bois, invisibilizado por el doble pecado de ser negro y comunista, había afirmado en su prolífica obra que las estructuras opresivas del racismo y el supremacismo blanco eran la «infraestructura» del capitalismo imperialista. «¿Y quiénes son los países colonialistas, quiénes son los países imperialistas?» —la voz de Fidel Castro volvió a retumbar en los recintos de la ONU—. «No cuatro o cinco países, sino cuatro o cinco grupos de monopolios son los poseedores de la riqueza del mundo».

En aquella noche del Harlem, en un cuarto de hotel, Malcolm X reflexionaba en voz alta mientras observaba a Fidel con una risa cómplice: «Nadie conoce al amo mejor que sus sirvientes. Hemos sido sirvientes desde que nos trajo aquí. Conocemos todos sus trucos. ¿Se da cuenta? Sabemos todo lo que va a hacer el amo antes de que lo sepa él mismo».

El racismo existe —bien lo sabían Malcolm X y los musulmanes y nacionalistas negros— y es el criterio que determina, junto a la clase social, si la policía te mata o te saluda con respeto, si te atienden en un hospital o te dejan morir, si un periodista te ha de tratar como un extranjero prescindible o como un ciudadano legítimo. Igual de claro estaba para Fidel y su pueblo, que enviarían unos años más tarde decenas de miles de personas para luchar contra el colonialismo junto al pueblo negro de Angola.

Ya en la despedida, Malcolm explicó a un periodista cubano el carácter de su organización: «Somos seguidores de Muhammad. Él dice que podríamos sentarnos a limosnear por cuatrocientos años más. Pero si queremos nuestros derechos ahora, tenemos que…». Sonriendo enigmáticamente decidió no completar una frase de previsible final. Tan previsible quizás como su propio asesinato, sucedido cinco años después de aquel memorable e improvisado encuentro. Tan previsible como el secuestro y asesinato de Patrice Lumumba por agentes de la CIA. Tan previsible como la rodilla policial en el cuello de George Floyd.

Lo que nunca fue previsible ni obvio fue la solidaridad y la unidad entre pueblos y combatientes separados por la geografía: siempre hubo que imaginarla y construirla. Como la solidaridad expresada en una Minneapolis en llamas: como los lazos intangibles entre las colonias internas y externas de Estados Unidos; como en aquella otra visita de Hugo Chávez, también recibido con honores en el mítico barrio de negros y latinos. Como la que simbolizaría para siempre ese abrazo entre Fidel Castro y Malcolm X en aquella noche otoñal de 1960, en la que todo el Tercer Mundo pareció caber en un pequeño hotel del Harlem.

mardi 18 août 2026

Tahya ya Didou / Alger insolite (Mohamed Zinet, 1971)

 

 

Tahia Ya Didou (1971) est l’unique film du comédien Mohamed Zinet. Né d’une commande de la ville d’Alger, qui attendait qu’il soit un documentaire touristique, il ne fut pas du goût des autorités et il n’y eut aucune sortie en salles. Devenu malgré tout un film culte, Tahia Ya Didou est bien plus qu’un documentaire promotionnel. Hommage à la ville d’Alger, à ses habitants, il est doté d’un ton inclassable, cohabitation de comique burlesque et de tragiques réminiscences du passé douloureux du pays. 

 


 

lundi 10 août 2026

Juan March y la guerra civil

 

¿QUIÉN FUE EL GRAN CULPABLE DE LA GUERRA CIVIL?
 
Los estudiosos dirán que la guerra civil fue consecuencia del éxito parcial del golpe de Estado del julio de 1936; auspiciado por generales africanistas y oficiales del ejército temerosos de perder su estatus, por la Iglesia debido a la disminución de su poder político e influencia social, y por el capital representado por los industriales y terratenientes.
Para los simples, siguiendo la doctrina franquista, la culpa solo es de "los rojos". Poco o nada se puede hablar con estos elementos dada su estulticia y necedad.
Pero podemos dar un culpable con mayúsculas con su nombre y apellidos: JUAN MARCH. Porque ninguna guerra se inicia y se mantiene sin financiación.
Capitulo 1. Juan March, el enemigo decisivo de la República.
Juan March Ordinas, fue probablemente el hombre más rico y poderoso de la España del siglo XX. Un verdadero «banquero de los dos bandos» que terminó inclinando la balanza de manera decisiva a favor del golpe militar de 1936.
Sin el dinero de Juan March, el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 muy difícilmente habría tenido el alcance que tuvo, ni se habría convertido en una guerra prolongada. Su aportación militar y financiera fue clave en tres fases fundamentales:
- Financiación del inicio de la sublevación: Aportó capital directo para adquirir armamento y pertrechos para las tropas sublevadas.
- El avión Dragon Rapide: March pagó el alquiler del famoso avión que trasladó en secreto al general Francisco Franco desde Canarias hasta el Protectorado de Marruecos para asumir el mando del Ejército de África.
- Aval bancario internacional: Tras el estallido del conflicto, actuó como el gran avalista financiero del bando sublevado. Depositó millones de libras esterlinas y toneladas de oro en bancos de Londres y Roma para permitir que el bando rebelde comprase suministros militares, petróleo y armamento a la Alemania nazi y la Italia fascista cuando la República bloqueaba sus activos.
Pero... ¿Por qué March odiaba a la República?
Más que un odio meramente ideológico, la enemistad entre Juan March y el régimen republicano fue una cuestión de supervivencia económica y de choque de modelos:
- Persecución judicial y encarcelamiento: Con la llegada de la República en 1931, el gobierno reformista de Manuel Azaña puso el foco en sus negocios opacos y su monopolio de contrabando de tabaco en el Norte de África. Fue juzgado por fraude y encarcelado en la prisión de Alcalá de Henares en 1932 (de la que terminó fugándose tras sobornar a los oficiales).
- Amenaza a sus monopolios e intereses: March era un pragmático obsesionado con el poder y los negocios. La República traía consigo reformas agrarias, fiscalidad sobre las grandes fortunas, regulación del trabajo y un control estatal de la economía que amenazaban directamente la red de empresas, fincas y bancos de su propiedad.
Capitulo 2. Juan March durante el franquismo.
Durante el franquismo, Juan March no solo mantuvo su estatus, sino que se convirtió en una figura prácticamente intocable. Aunque la relación con Franco siempre estuvo marcada por la desconfianza mutua —Franco recelaba de su inmenso poder independiente y March consideraba al general un militar incompetente en finanzas—, el régimen le otorgó un marco de impunidad total.
Durante el franquismo Juan March se hizo aún más rico y de manera astronómica. Durante la posguerra española (años 40 y 50), March multiplicó su patrimonio aprovechando la autarquía, la escasez y sus contactos gubernamentales. Con sus monopolios y el estraperlo, dominó sectores estratégicos como la navegación naviera (Trasmediterránea), la producción de tabaco, la banca (Banca March) y la industria química.
En los años 50, la revista Fortune lo situó como el séptimo hombre más rico del planeta y, de lejos, el más rico de España.
Capítulo 3. Final de su vida y legado.
En febrero de 1962, sufrió un grave accidente de tráfico en Las Rozas (Madrid) cuando el automóvil en el que viajaba colisionó contra otro vehículo. Tras pasar más de dos semanas ingresado con múltiples fracturas y complicaciones de salud, falleció el 10 de marzo de 1962.
En la última etapa de su vida, consciente del rechazo social que generaba su figura (se le conocía popularmente como «el banquero de Franco» o «el último pirata del Mediterráneo»), March buscó blanquear su imagen pública.
La creación de la Fundación Juan March (1955): A imitación de las grandes fundaciones filantrópicas estadounidenses (como la creada por Rockefeller), destinó una inmensa suma inicial (1,5 millones de dólares y 300 millones de pesetas) para constituir una institución cultural y científica.
Capítulo 4. ¿Cómo sería visto Juan March si viviera hoy?
Si hoy existiese un personaje con el perfil de Juan March, resultaría incomprensible e ilegal bajo los estándares de una democracia moderna. Sería un oligarca al estilo euroasiático o un «supermegadonante» descontrolado. Se le percibiría como un magnate capaz de situarse por encima del Estado, usando medios extraterritoriales, paraísos fiscales y contrabando a escala industrial para dictar la política de un país.
Asimismo, un multimillonario privado financiado operaciones encubiertas, adquiriendo capacidades militares o contratando vuelos mercenarios para cambiar gobiernos en Europa desencadenaría inmediatamente investigaciones criminales internacionales, congelación global de activos y sanciones del Consejo de Seguridad o de la Unión Europea.
Conclusión:
En la actualidad su recuerdo histórico está ligado al de un magnate sin escrupulosos, sin límites morales, que financió una sangrienta guerra civil solo para enriquecerse.

 

mercredi 22 juillet 2026

Sobre "Invasión" de Hugo Santiago

 

María Laura Lattanzi Vizzolini. Académica del Departamento de Teoría de las Artes de la Universidad de Chile. Doctora en Filosofía con mención en estética y teoría del arte de la Universidad de Chile, Licenciada en Sociología de la Universidad de Buenos Aires. Crítica de cine y miembro del colectivo de cine laFuga

Ciudad: Buenos Aires
Productor: Proartel S.A.
Personas Vinculadas: Hugo Santiago (director y productor), Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (guión), Ricardo Aronovich (dirección de fotografía), Olga Zubarry, Lautaro Murúa, Juan Carlos Paz, Martín Adjemián, Daniel Fernández, Roberto Villanueva (elenco)
País: Argentina
Año: 1969
Tipo: Cine

Invasión es la leyenda de una ciudad, imaginaria o real, sitiada por fuertes enemigos y defendida por unos pocos hombres que acaso no son héroes. Luchan hasta el fin, sin sospechar que su batalla es infinita”.

— Jorge Luis Borges,1969

Invasión (1969) fue la primera película de Hugo Santiago, realizada a partir de un guion escrito en colaboración con Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Convertida con el tiempo en una obra de culto, incluso mítica, en parte por las figuras que confluyen en su realización, ha llegado a encabezar diversas listas de las mejores películas del cine argentino. Sin embargo, ese reconocimiento fue tardío. En el momento de su estreno fue celebrada por la crítica, pero ignorada por el público y más tarde, la propia película quedaría atrapada en las violencias de la historia argentina: prohibida tras el golpe militar de 1976, desaparecida con el robo de sus bobinas en 1978 y reconstruida y restaurada en su totalidad recién a inicios del 2000 gracias al hallazgo de unos positivos de la película. La reconstrucción se realizó en Francia bajo la supervisión de Hugo Santiago y del director de fotografía Ricardo Aronovich, gracias al apoyo del canal Arte y del productor Pierre-André Boutang. Como si su destino hubiera sido el de resistir, Invasión sobrevivió a la oscuridad para volver a encontrarse con sus espectadores.

Su rodaje y estreno coincidieron con el gobierno militar instaurado tras el golpe de Estado de 1966, que dio inicio a la dictadura de Juan Carlos Onganía. La censura, la persecución, la violencia política y la creciente radicalización ideológica marcaban la época. En ese escenario, buena parte del arte latinoamericano buscó inventar nuevas formas de mirar y de narrar, lenguajes capaces de expresar las tensiones de sociedades marcadas por la modernización, la dependencia y la violencia. La obra de Hugo Santiago ocupa allí un lugar singular. En sus exploraciones sobre el cine moderno, el director logró entrelazar las búsquedas formales de las vanguardias europeas —en especial del cine francés—con elementos provenientes de la tradición cultural argentina. Invasión combina registros provenientes de la ciencia ficción y el policial con una poética criollista, una que remite tanto a la literatura borgeana como a ciertas tradiciones narrativas argentinas: el mito del coraje, los héroes anónimos, la resistencia y la milonga como forma de intensificación de lo trágico. En clave borgeana, estos elementos se construyen, tal como menciona Oubiña (2007) desde una “filología imaginaria” y un costumbrismo puramente verbal (consideramos además que la “Milonga Manuel de Flores” que se canta en la película, es también una letra de Borges) que se escapan al pintoresquismo, como así también remiten a una tradición profunda, imposible de situar en un fecha determinada, de allí que se identifique al modernismo de Borges como uno que es siempre inactual. Esa indeterminación temporal, una suerte de pasado inmemorial que caracteriza la estilística borgeana, se tensiona con varios elementos de la estructura narrativa que pueden ser leídos en clave alegórica con el contexto socio-político en el que se realiza la película (la violencia política  y la resistencia popular).  

La historia transcurre en Aquilea, una ciudad mítica que reproduce la geografía urbana de Buenos Aires. Allí, unas fuerzas misteriosas y poderosas avanzan silenciosamente sobre el territorio. Frente a esa amenaza, un pequeño grupo de hombres comunes, liderados por el anciano Don Porfirio, organiza una resistencia destinada a defender la ciudad —resulta difícil no advertir la afinidad de este argumento con El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld, otra de las grandes ficciones argentinas que hacen de la resistencia colectiva una forma de imaginar el porvenir—. Sin embargo, a medida que el relato avanza, el conflicto deja de presentarse como una confrontación convencional para asumir la forma de una batalla interminable en la que la posibilidad de la victoria parece inalcanzable. Pese a ello Invasión dista de ser una película derrotista. Por el contrario, construye una épica de la resistencia que desplaza la pregunta por el triunfo o la derrota. A diferencia de las narrativas heroicas tradicionales, los protagonistas de Invasión no actúan impulsados por la expectativa de la victoria; son plenamente conscientes de que sus posibilidades de vencer son mínimas. No obstante, esta certeza no conduce a la resignación ni a la pasividad. La resistencia adquiere aquí una dimensión ética y épica particular, se convierte en una práctica cuyo valor no depende de los resultados obtenidos, sino de la decisión misma de sostener la lucha como un don. 

Más de medio siglo después de su estreno, Invasión continúa siendo una obra destacada para pensar las relaciones entre estética, política y modernidad en América Latina. Su capacidad para articular la experimentación formal, el imaginario criollista y la reflexión histórica la convierte en una pieza singular dentro del cine de la región. La película no solo anticipó muchas de las discusiones que marcarían las décadas posteriores, sino que también construyó una imagen perdurable de la resistencia como práctica ética y épica.

Referencias

Libros y publicaciones asociadas: 

Cozarinsky, E. (1981) “Invasión”, en Borges en/y/sobre cine. Fundamentos.

Oubiña, D (2000) “En los confines del planeta (el cine conjetural de Hugo Santiago)”, en Filmología. Ensayos con el cine. Manantial, 2000.

—, (2007) “El espectador corto de vista: Borges y el cine”, en Variaciones Borges, n.º 24. 

Zunzunegui, S. (2021). Del rigor en el relato. A propósito de Invasión (Hugo Santiago, 1969). EU-topías. Revista de interculturalidad, comunicación y estudios europeos21, 37–63

Cómo citar este artículo APA (7.ª edición):
Lattanzi Vissolini, M. (2026, 21 de julio). Invasión. Modernismo Latinoamericano.

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