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lundi 19 octobre 2026

El partido Comunista de España en Extremadura durante el Frente Popula

  Reseña del libro de José Hinojosa Durán, El Partido Comunista de España en Extremadura durante el Frente Popular. República y Guerra (1936-1939), Badajoz, Diputación de Badajoz, 2024, 602 pp.


 

Francisco Erice

Universidad de Oviedo

Hace ya tiempo que el tratamiento histórico sobre el comunismo español alcanzó su mayoría de edad, alejándose tanto de la hagiografía pomposa y autocomplaciente como de la demonización sectaria y heredada del espíritu de la Guerra Fría, y acercándose a una visión más acorde con lo mejor de las nuevas tendencias historiográficas. Estos progresos se han ido consiguiendo por tres vías concordantes, aunque de desigual importancia.

El primero de los caminos ha sido la elaboración de monografías de alcance nacional centradas en la organización y la política del PCE o, en su caso, de otras corrientes comunistas heterodoxas, proyectadas sobre distintos períodos (República, Guerra Civil, Franquismo. Transición…) o campos temáticos (“cuestión nacional”, movimiento obrero, memoria colectiva, etc.). El resultado es un conjunto de trabajos que han situado el conocimiento del comunismo español y su aportación a la historia de nuestro país en un elevado nivel, comparable o incluso superior al de otras corrientes y culturas políticas y sociales. Por citar sólo unos cuantos nombres que ilustran esos progresos en relación con la corriente mayoritaria de este sector ideológico (el PCE y su homólogo catalán el PSUC), y dejando a un lado las manifestaciones disidentes o más heterodoxas, los trabajos del malogrado José Carlos Rueda Laffond, de José Luis Martín Ramos, Fernando Hernández Sánchez, Pere Ysàs, David Ginard, Juan Andrade Blanco, Emanuele Treglia y otros muchos ejemplifican esta indudable renovación. Por supuesto, no podemos olvidarnos de algunos predecesores (Antonio Elorza, Marta Bizcarrondo, Rafael Cruz…) ni de la afortunada emergencia de nuevas generaciones de investigaciones jóvenes que han elegido adentrarse en este campo temático. La existencia de un rico archivo partidario plenamente accesible a los investigadores y de algunas plataformas impulsoras que no hace falta recordar tampoco son ajenas a este auge de los estudios al respecto.

Primero de Mayo de 1936 en Zafra

Los avances mencionados han permitido la realización de nuevas síntesis y puestas al día, que vienen  a reemplazar o a restar utilidad a obras de conjunto sobradas de tópicos anticomunistas o con la única virtud de algunas aportaciones eruditas (aunque lastradas por carencia del correspondiente aparato crítico) e impregnadas de juicios atrabiliarios y descalificaciones personales, como el conocido y voluminoso libro de Gregorio Morán sobre el PCE bajo el Franquismo y en la Transición. Si se me permite la inmodestia de citar un trabajo en el que el autor de estas líneas colabora, el libro colectivo Un siglo de comunismo en España (Madrid, Akal, 1921-1922, 2 t.) ofrece cumplida cuenta de los progresos realizados y de las lagunas que aún no han sido exploradas en la historia del comunismo español, incluyendo un minucioso balance historiográfico ad hoc.

Una segunda línea, más oblicua pero no por ello menos interesante y que se alimenta también en gran parte de la primera, es la inclusión de contenidos relacionados con la historia del comunismo en trabajos de ámbito más general o en monografías de temática sectorial (por ejemplo, el sindicalismo, el movimiento estudiantil, el papel de las mujeres, la guerrilla, la cultura, etc.), que vienen a ilustrar la presencia de esta corriente en la historia general de nuestro país, especialmente en determinados campos, períodos y acontecimientos.

El tercer nivel, en el que ese encuadra el libro que suscita las presentes observaciones, es el de los estudios regionales o locales de las organizaciones comunistas; ámbito que es, sin embargo, con la significativa excepción del PSUC, donde curiosamente los avances han resultado más lentos y, si se me permite el juicio, comparativamente menos productivos. Y ello es así en el sentido de que, si bien es cierto que los comunistas aparecen necesariamente citados en episodios o procesos en los cuales su mención resulta inexcusable, los análisis más sistemáticos o de conjunto de carácter local no brillan precisamente por su abundancia. De hecho, la prometedora eclosión de proyectos y anticipación de investigaciones que se desplegó en el I Congreso de Historia del PCE, celebrado en Oviedo en mayo de 2004, no parece haber culminado en el conjunto esperable (o deseable) de trabajos a la vez de síntesis, amplio espectro cronológico y ámbito regional o local. Algunos de los estudios de este tipo (como el centrado en Asturias en 1996) están pidiendo a gritos una actualización, y otros más recientes (como el dedicado a Alicante en 2011 por Francisco Moreno Sáez, o el realizado sobre Jaén por Luis Segura Peñas en 2018) destacan como islotes en un mar de realidades histórico-sociológicas locales aún en penumbra, cuyo conocimiento ayudaría a ilustrar mucho mejor la pluralidad y diversidad del movimiento.

Nicanor Almarza Herranz (1898-1968)(foto: https://historia-hispanica.rah.es/biografias)

De esta última vía de aproximación potencialmente fructífera forma parte el trabajo de José Hinojosa Durán objeto de estas observaciones. Hinojosa es ya un veterano estudioso que ha ido avanzando resultados de sus investigaciones desde hace al menos un par de décadas, pero que ahora presenta el fruto de su tesis doctoral, galardonada con el premio Arturo Barea de la Diputación pacense; un libro macizo, bien articulado, de factura clásica, obra de quien desempeña el papel de fundamental impulsor de la investigación histórica sobre esa región a través del hiperactivo GEHCEx (Grupo de Estudios sobre la Historia Contemporánea de Extremadura).

Siguiendo un esquema cronológico básico, las 600 páginas del trabajo citado se estructuran en tres capítulos de desigual extensión, correspondientes respectivamente a los primeros años del PCE y de la República (1932-1935), a la emergencia y desarrollo del Frente popular hasta la guerra y al período de la Guerra Civil. Además, claro está, de la pertinente Introducción explicativa y con el consabido “estado de la cuestión”, la correspondiente bibliografía y relación de fuentes y una decena de anexos que también incluyen alguna aportación relevante..

La primera etapa se aborda en un capítulo propiamente introductorio, que recorre los primeros pasos del PCE extremeño, el cual nace tardíamente, en el primer semestre de 1932;  y que, como su organización matriz del conjunto de España, no acaba de encontrar su papel entre la clase obrera y los campesinos y jornaleros extremeños hasta muy avanzado el régimen republicano. Este primer anclaje coincide, en todo caso, con el progresivo pulimento de su extremado sectarismo inicial, la coyuntura política movilizadora de la República y los profundos anhelos de cambio presentes en la sociedad española del momento; y, desde luego, con la asunción, a menudo vacilante y contradictoria, de políticas unitarias antifascistas, que permitirán su pausado crecimiento, hasta superar la cifra, nada ostentosa pero apreciable, de 1.300 militantes a la altura de  septiembre de 1935.

Máximo Calvo Cano (1901-1937), alcalde de Cadalso y candidato a Cortes en 1933 (foto: archivo Sierra de Gata Digital)

Hinojosa destaca la relación entre el surgimiento de los primeros núcleos comunistas organizados, las disidencias sindicales en UGT y el papel de los trabajadores de la tierra, una constante en el comunismo de la región, obviamente relacionada con la composición social de las provincias extremeñas. La organización comunista -lo cual no es una excepción en el contexto nacional- exhibe una evidente precariedad en estos primeros años, sin capacidad para extender la canónica organización en células a la manera leninista, deseable pero inalcanzable por falta de masa crítica militante hasta la Guerra Civil, debiendo optar por modestos radios locales, conectados a una sencilla y poco eficaz estructura de dirección. También se destaca, en esta parte del proceso, el conocido fracaso de la huelga campesina del verano de 1934 -a la que quizás podría dedicarse algo más de espacio desde la perspectiva de los comunistas, pese a los estudios previos sobre el conflicto-, así como la más que discreta participación del PC extremeño en los acontecimientos de octubre del mismo año, que no impidió detenciones, cierres de sedes y el estricto seguimiento policial sobre la militancia. Sólo en 1935 empieza a percibirse, a tenor de lo que nos cuenta Hinojosa, el comienzo de la dinámica antifascista que marca el resurgimiento partidario o incluso lo que podríamos calificar de “refundación” del PCE, aunque la continuidad orgánica formal se mantuviera.

La segunda parte, que es ya componente esencial del trabajo y no mera introducción, se centra en la preparación y el desarrollo de las elecciones de febrero y los meses que preceden a la guerra.  Como en otros lugares de España, el partido avanza en 1935 hacia su reorganización y despliegue, consiguiendo estabilizar sendas federaciones provinciales y un aparato de dirección más sólido, y desarrollando asimismo el tejido de colectivos afines (la Juventud Comunista, el Socorro Rojo, etc.), que también podrían beneficiarse de tratamiento más amplio… si las fuentes lo permiten. Desde los meses finales de 1935, la reactivación tiene ya como objetivo inmediato la campaña por la consolidación de la alianza frentepopulista y la preparación de los inminentes comicios.

En febrero, las combinaciones nacionales entre partidos y el reconocimiento de la fuerza que iba adquiriendo la organización del PCE permitieron incluir en la candidatura unitaria de la izquierda por Badajoz (no así en Cáceres) a un comunista. No se trataba, sin embargo, de un dirigente regional, sino nacional, Pedro Martínez Cartón. El libro analiza con cierto detenimiento las presiones y negociaciones que condujeron a este encaje, así como los avatares de la campaña electoral y el triunfo amplio de la candidatura de izquierdas en la provincia, incluyendo la elección del diputado comunista.

Se abre así un período especialmente intenso de la política española, y por ende del comunismo español y extremeño, entre febrero y julio de 1936. El libro lo analiza en un doble nivel: el de la organización partidaria y el de su acción política o proyección externa. La mayor abundancia de fuentes refleja de forma más inequívoca el crecimiento orgánico, aunque el autor reconoce la insuficiencia de informaciones no estrictamente numéricas y el diferente conocimiento de datos por localidades. En marzo, si aceptamos las estimaciones oficiales (con las cautelas que ello implica), la militancia se elevaba a la cifra de 3.662 afiliados, que cuando estalla la guerra civil se habían convertido ya en 11.000 (7.000 en Badajoz y 4.000 en Cáceres), con una amplia red de radios locales, dotados de sus correspondientes direcciones. Yendo más allá de los números, podemos destacar la práctica ausencia de militancia femenina, así como la presencia especial de los trabajadores del campo y de numerosos adeptos procedentes de las filas socialistas; o la relativamente baja edad media de los afiliados. También se recupera el semanario “Extremadura Roja”, que había tenido una presencia anterior sumamente fugaz. La descripción de las organizaciones no puede obviar los nombres fundamentales de los protagonistas y la mezcla de “veteranos” con las más numerosas incorporaciones posteriores.

Rafaela Brú Casanova, secretaria femenina del buró político provincial de Cáceres en 1936, 
y su marido Ricardo Vila Maset. Ambos fueron asesinados en 1936 (foto: nuevodiario.es)

Como en otros lugares de España, los comunistas extremeños se convirtieron en los más firmes defensores de la política del que ya empieza a denominarse frente popular, apoyando las tareas institucionales, a las que también se incorporan los comunistas en ámbitos locales, dentro de los nuevos ayuntamientos designados para sustituir a los anteriores de la derecha. Una mayor implicación de mujeres y sobre todo el vuelco en las tareas sindicales fueron algunas de las líneas de trabajo más relevantes. El PCE extremeño comenzó a ser un partido más grande y complejo, necesitado de reforzar los cauces orgánicos para acoger este crecimiento de aluvión, a la vez que se esforzaba en impulsar los procesos unitarios, con éxito entre las Juventudes (que en su unificación integraron a 20.000 militantes) y mucho menos en su aproximación al Partido Socialista, al menos según los datos disponibles. Pero la prioridad era abordar los explosivos problemas del campo, tanto de los pequeños y medianos campesinos, como sobre todo de los jornaleros. En ese sentido, se destaca el apoyo del PCE al conocido episodio de las ocupaciones de tierras (organizadas e impulsadas activamente también por el PCE) y las roturaciones organizadas de yunteros, dando un impulso decisivo a la estancada reforma agraria anterior.

La tercera parte, la más extensa, se dedica a la guerra, caracterizada en Extremadura por la pronta partición del territorio entre las fuerzas leales a la República y las controladas por los sublevados; a los pocos meses, estos últimos ocupaban ya las dos terceras partes de la región. El capítulo, con respecto a los anteriores, gana en minuciosidad en la descripción de la situación y la vida interna del partido, aunque siempre con la cautela necesaria al abordar ciertos temas, con el fin de evitar deslizarse -tal como repite en diversas ocasiones el autor- hacia consideraciones sin la suficiente base documental. Se analiza con bastante detalle (en la medida -repito- en que las fuentes lo permiten) la estructura orgánica del partido; la presencia -aun minoritaria pero ya más amplia- de mujeres; o el significativo predominio de obreros agrícolas (seguida, a mucha distancia, por campesinos y obreros no agrícolas), sobre todo en el período fundamental de noviembre de 1936 (con la primera dentellada al territorio dado por las tropas facciosas) y el verano de 1938 (con un segundo avance, que reduce a la mitad la zona republicana anterior=.

El repaso que Hinojosa hace de la política del PCE extremeño muestra pautas similares en casi todo a las del PCE en general, incluyendo sus propuestas de reforma agraria con las premisas defendidas y puestas en práctica por los comunistas desde el  Ministerio de Agricultura: fuerte impulso a la distribución de tierras y, sin rehusar la posibilidad de colectivizar la tierra si así lo decidían los interesados, velando a la vez, de manera especialmente cuidadosa, por preservar los derechos de los pequeños campesinos y conservar así su adhesión a la República. Quizás podía pedirse -pero las fuentes (o su escasez) mandan de nuevo,  y los límites inevitables de un trabajo amplio como este exige dejar temas abiertos- una mayor aproximación a los logros o limitaciones de la política unitaria con los socialistas y, sobre todo, más atención a lo sucedido con los comunistas extremeños en las zonas que van cayendo en manos de los sublevados, más allá del señalamiento de lo obvio, pero sin olvidarlo: por ejemplo, la conocida represión en masa aplicada en Badajoz. También sabe a poco lo apuntado sobre la vida en la retaguardia y la dinámica de organizaciones afines (Mujeres Antifascistas, Socorro Rojo, JSU, etc.). Los cambios en la línea de frente y el propio análisis pormenorizado de la organización por localidades harían verdaderamente útil un pequeño y esclarecedor aparato cartográfico, especialmente para los lectores no extremeños que no conozcan al detalle el mapa regional.

Otra cuestión que surge de la lectura misma del libro y que es de imaginar que Hinojosa abordará en el futuro es lo que tiene que ver con el “desenlace”: la destrucción de las organizaciones del partido y el destino de los comunistas derrotados, por lo menos en un primer momento: la huida o dispersión, la represión en general, los paseos y consejos de guerra, encarcelamientos, exilio, control social, etc. Tal vez podría haberse incorporado un breve epilogo que, sin exhaustividad, planteara los trazos básicos de esta problemática.

Como complemento, el libro incluye una decena de apéndices interesantes, muy en especial los que se refieren a la cuantificación de la militancia y datos referentes a la estructura organizativa y la implantación local. Hay también una breve autobiografía político-personal, la de Mariana Merino González, Secretaría Femenina del Comité Regional, uno de esos documentos tan característicos del sistema de control de la militancia en la tradición comunista, estudiados ya en diversos países (en España, por ejemplo, por Rueda Laffond). Asimismo, encontramos en los anexos algún artículo de prensa particularmente relevante, un documento sobre una escuela de cuadros o las resoluciones de la Conferencia Regional de marzo de 1938.

En definitiva, gracias a este trabajo, contamos ya con la reconstrucción de una nueva pieza del puzle de la organización comunista española en un período crucial como el de los secretos orígenes del Frente Popular y la Guerra Civil. El libro nos aporta los materiales básicos disponibles y lleva a cabo un análisis y una reconstrucción sobria y ponderada, correcta y contenida, sin estridencias, de todo o casi todo lo que la documentación disponible y localizada para la tesis doctoral del autor, le permite. Su valor, como el de toda historia local, desborda, como es evidente, el marco extremeño, en la medida en que contribuye a ir completando la imagen, territorialmente diversa, de una organización o movimiento que, como no podía ser de otra manera y a despecho de los tópicos habituales, no dejaba de ser diverso y adaptado, en su despliegue, a las peculiaridades regionales o locales en lo social y lo cultural. Pero deja inevitablemente algunas cuestiones pendientes de historia militar, social o cultural, que tal vez la exploración de otras fuentes -en la medida de su existencia- podrían incorporar y que a menudo el propio autor menciona o deja entrever.

Rosa Caballero Arcos, responsable de la Secretaría Femenina en el Comité Regional del PCE 
durante la guerra civil

Libros como el de José Hijonosa resultan, por tanto, imprescindibles para ir matizando y complementando visiones más generales y, en ese sentido, constituyen un buen estímulo y un ejemplo para que otros investigadores o investigadoras continúen la tarea en otros espacios territoriales, regionales y locales. La historia local, de la que tantas veces se ha escrito o teorizado, ofrece un marco idóneo para resaltar las particularidades y, de paso, incorporar el papel de determinados individuos, no solo en términos de homenaje o reconocimiento (puesto que esto es un trabajo de historia y no de memoria), sino integrando sus experiencias personales en la corriente colectiva. ¿Dónde, si no, podrían analizarse mejor las redes, influencias de liderazgos en la militancia y otras muchas cuestiones de interés relacionadas con lo cotidiano?

Tras este trabajo duro y laborioso, pero fructífero, podemos seguir esperando nuevas aportaciones del autor, veterano ma non troppo; incluso (¿por qué no?) la reconstrucción global de la trayectoria del comunismo extremeño y de la labor tenaz, dura y difícil de tantos hombres y mujeres que lo protagonizaron. A modo de recuerdo personal, he de decir que, hace ya algunos años, participé en un acto conmemorativo donde Pepe Hinojosa exhibió un profundo conocimiento prosopográfico de la historia del comunismo extremeño en general. Si se incorpora el tratamiento de las etapas posteriores, contaríamos -y seguro que así va a ser sin excesiva tardanza- con una reconstrucción más extensa y completa, que permita la comparación con otras realidades regionales, incluyendo un mayor reconocimiento de los actores individuales y los grupos sociales en presencia en cada lugar, casi siempre inevitablemente soslayado, minimizado o postergado en las visiones generales.

Índice de la obra

Introducción

Capítulo I. Los primeros años del PCE en Extremadura (1932-1935). De los años del “Frente único por la base” a las primeras experiencias unitarias

I.1. El PCE y su andadura hasta el inicio de la II República

I.2. Extremadura a comienzos de la II República

I.3.La aparición de los primeros núcleos del PCE en tierras extremeñas

I.4. La actividad comunista en Extremadura durante los años 1932 y 1933

I.5. 1934, año de nuevos Primeras experiencias unitarias, grandes huelgas y desorganización

I.6. La primera mitad de Reorganización y nuevas políticas unitarias

Capítulo II: El PCE en Extremadura y la política frentepopulista hasta el golpe de estado del 18 de julio de 1936  

II.1. Hacia el Frente Popular: del VII Congreso de la Internacional Comunista a la firma del “Manifiesto Electoral de las Izquierdas”

II.2. Los comunistas extremeños y las elecciones del 16 de febrero de 1936

II.3. El PCE en Extremadura desde el triunfo del Frente Popular hasta el 18 de julio

II.3.1. EL PCE “por dentro”: hacia una fuerza política organizativamente consolidada en Extremadura

II.3.2. La política comunista en Extremadura a partir del 16 de febrero

II.3.2.1. En defensa del Frente Popular y trabajo institucional

II.3.2.2. Iniciativas políticas en diversos asuntos

II.3.2.3. El “problema del campo” en Extremadura

II.3.2.4. La unidad de acción con los socialistas

II.3.2.5. Las conferencias provinciales que no llegaron a celebrarse

Capítulo III: El PCE en Extremadura y su política frentepopulista durante la guerra civil

III.1. Un tiempo de “confusión” (de julio a octubre de 1936)

III.2. Un partido ante una nueva situación (de noviembre de 1936 a julio de 1938)

III.2.1. Una organización interna para un nuevo tiempo: de la reorganización a la definitiva consolidación

III.2.1.1. Los pasos para la formación de una dirección regional

III.2.1.2. La afiliación comunista extremeña durante la Guerra Civil: cuantificación y caracterización

III.2.1.3. La organización de la afiliación comunista extremeña durante la Guerra Civil.

III.2.2. Una política para la guerra

III.2.2.1. El PCE y la vida política en la Extremadura republicana

III.2.2.2. “El problema campesino” y los comunistas extremeños

III.2.2.3. El PCE en Extremadura y las mujeres

III.2.2.4. La política militar de los comunistas extremeños

III.3. Epílogo (de agosto de 1938 al 1 de abril de 1939)

Conclusiones

Fuentes y bibliografía

Anexo documental

Fuente: Conversación sobre la historia


dimanche 18 octobre 2026

Indonesia 1965-2025: cuando el pasado y el presente chocan

 

Adam Novak
Pierre Rousset

 

En el momento de la escalada estadounidense en Vietnam, Indonesia fue escenario de una de las peores matanzas de la historia moderna, cometida bajo los auspicios de Washington y Londres[1]. Sesenta años después, el archipiélago se encuentra en el centro de las revueltas juveniles contra los privilegios de la oligarquía y la corrupción en defensa de una democracia reconquistada a duras penas desde 1998[2]. Una democracia que el actual presidente Prabowo Subianto repudia abiertamente al convertir al general Suharto, autor de las mencionadas masacres, en héroe nacional[3].

El general Suharto tomó el poder en octubre de 1965 con el mandato de transformar el vasto archipiélago en un bastión de la contrarrevolución asiática, en el marco de la política de contención aplicada en la región por Estados Unidos[4]. Una política aplicada simultáneamente en Tailandia, Malasia, Singapur y Filipinas. En Indonesia, el PCI [Partido Comunista de Indonesia][5], que ostentaba el poder, estaba estrechamente vinculado a Sukarno, el primer presidente de Indonesia. Gozaban de una importante legitimidad internacional tras la Segunda Guerra Mundial. El país había sido ocupado por Japón y la independencia se había proclamado en 1945, aprovechando el momento favorable que representaba la derrota de Tokio. Sin embargo, los Países Bajos intentaron durante cuatro años reconquistar su antigua colonia. Diez años más tarde, Sukarno fue una de las principales figuras de la Conferencia de Bandung (1955), encarnando el tercermundismo antiimperialista[6].

Grupo de detenidos custodiados por militares indonesios durante las matanzas de 1965-1966.
El trauma social del terror blanco

Indonesia era entonces un país con cierto peso en la escena internacional, con una fuerte aura progresista. Razón de más para romper el régimen. Sukarno fue marginado durante el golpe de Estado de octubre de 1965 (se vería obligado a dimitir en marzo de 1966, cediendo formalmente el poder al general Suharto), y entonces el Ejército cometió lo que hay que calificar de genocidio político anticomunista (complementado con una dimensión antichina)[7]. El PCI era entonces el mayor partido comunista del mundo capitalista; su base social ascendía a millones de personas. Tenía estrechos vínculos históricos con las fuerzas armadas, pero estos resultaron impotentes en el momento decisivo. Las masacres se cobraron entre 500 000 y un millón de víctimas (posiblemente más)[8]. Incapaces de defenderse, el partido y sus organizaciones de masas fueron sistemáticamente diezmados. Sus miembros, sus familiares, cualquier persona sospechosa de simpatizar con ellos, fueron perseguidos, asesinados, encarcelados en campos, y los supervivientes cayeron en el olvido total. Sin juicios y, en muchos casos, sin ni siquiera cargos.

Los generales tenían vínculos estrechos -y desde hace tiempos- con Estados Unidos. Sabían que Washington les estaría agradecido por resolver la cuestión comunista de la mejor manera posible. Matarlos a todos se convirtió en un modelo de referencia en el que se inspiraron las dictaduras latinoamericanas[9]. Además, en el momento del golpe, el Ejército ya se había convertido en un organismo político-social en expansión, que aseguraba su presencia hasta en las aldeas. Había penetrado en la administración y podía ejercer presión desde dentro sobre todas las palancas del Estado, al tiempo que se beneficiaba de una capacidad de gobierno paralela a través de sus mandos territoriales. El cuerpo de oficiales superiores se había enriquecido, convirtiéndose en un componente de la oligarquía burguesa. Para llevar a cabo la represión, también podía contar con las milicias, en particular las islámicas[10].

Un manto intelectual de silencio pesó sobre el país hasta la caída del régimen en 1998. Durante sus 32 años de gobierno, Suharto se propuso erradicar incluso la memoria del pasado progresista del país, garantizando un estricto control de las comunicaciones y la reescritura de su historia cultural. Toda una generación fue aislada de este pasado pluralista en favor de una visión monolítica del pasado, demonizando la izquierda, las ideas progresistas, el marxismo, el comunismo, pero también las críticas al patriarcado, la lucha feminista, la defensa de los derechos de las minorías, la autoorganización, la alfabetización básica, etc.[11]. La denuncia del «comunismo» sirve como un comodín; en realidad, encubre un ataque generalizado a las libertades de los de abajo.

Estudiante de la Res Publica University atacado por civiles anticomunistas 
y conducido por soldados el 15 de octubre de 1965.

El lugar de las mujeres en la sociedad ocupó una posición central en este ataque reaccionario. Gerwani[12], un movimiento feminista de tres millones de mujeres vinculado al PCI, fue diezmado sobre la base de una propaganda totalmente inventada: supuestamente, sus miembros habían torturado y castrado a los generales, aunque las autopsias demostraron lo contrario[13]. A continuación, se produjeron violaciones y ejecuciones de activistas. El Nuevo Orden impuso entonces la ideología de kodrat wanita (naturaleza femenina): esposa sumisa, madre devota, guardiana del hogar. Organizaciones estatales como Dharma Wanita tenían como objetivo volver a subordinar a las mujeres, no emanciparlas. Incluso hoy en día, llamar a una activista nueva Gerwani tiene como objetivo desacreditarla.

Las luchas actuales muestran hasta qué punto parte de la llamada sociedad civil, la izquierda política y los movimientos sociales han reconectado el pasado con el presente. La respuesta de los que están en el poder, por otro lado, ilustra la determinación del Ejército de poner fin a la democratización del archipiélago. La historia sigue siendo un importante campo de confrontación: a principios de 2025, las manifestaciones estudiantiles #IndonesiaGelap (Indonesia oscura)[14] denunciaron explícitamente el retorno del autoritarismo “al estilo del Nuevo Orden”, apuntando al aumento del papel del Ejército en la gobernanza civil y a la rehabilitación del legado de Suharto por parte de Prabowo.

Soldados indonesios detienen a una mujer perteneciente a la organización femenina Gerwani.
En Timor Oriental y Papúa Occidental

El régimen indonesio cometió crímenes especialmente graves en Timor Oriental (o Timor-Leste), una antigua colonia portuguesa situada en la mitad oriental de la isla de Timor, mientras que la parte occidental, antigua colonia holandesa, se integró en Indonesia. Tras la Revolución de los Claveles en Portugal, el 22 de noviembre de 1975, su independencia fue reconocida internacionalmente. El 7 de diciembre, el Ejército indonesio invadió el país y lo anexionó en 1976 –una anexión que nunca fue reconocida por la ONU– considerándolo la 77ª provincia del Estado.

La resistencia armada a esta nueva colonización fue liderada esencialmente por el Fretilin[15], el Frente Revolucionario para la Independencia de Timor Oriental, que ya había luchado por la autodeterminación del territorio durante la dictadura portuguesa. Las fuerzas paramilitares, con el apoyo del Ejército indonesio, libraron una guerra especialmente sangrienta contra los timorenses orientales, aplicando una política de terror masivo destinada a provocar un éxodo masivo de la población hacia las provincias bajo jurisdicción indonesia, en particular la parte occidental de la isla. Para lograrlo, todo era aceptable: masacres, violaciones, torturas, saqueos de centros urbanos… En total, según las estimaciones de los historiadores, al menos 200 000 personas fueron asesinadas en dos años, más de una cuarta parte de la población.

En 1998, el Fondo Monetario Internacional desencadenó una crisis del régimen en Indonesia al mantener sus exigencias de pago de la deuda mientras la región sufría una grave crisis financiera, provocando inadvertidamente la caída de Suharto. Esto contribuyó a cambiar la situación en la propia Indonesia.

Ante la presión internacional, Yakarta organizó un referéndum en 1999, en el que el 78,5 % la población de Timor Oriental votó a favor de la independencia. ¡Un resultado notable bajo ocupación! La votación fue seguida de una nueva ola de masacres. Sin embargo, creó una situación política que condujo al reconocimiento de la independencia el 20 de mayo de 2002. Esta rotunda victoria del movimiento independentista fue imprevista para la ONU. De hecho, comprometió al Consejo de Seguridad mucho más allá de lo que hubiera deseado. La emoción internacional suscitada por las masacres también impulsó la solidaridad, reforzando su eficacia, especialmente en Portugal y Australia.

En Papúa Occidental, anexionada en 1969 tras un referéndum fraudulento (1026 delegados cuidadosamente seleccionados, que votaron bajo coacción militar), continúa la misma violencia[16]. En 2024, las ejecuciones extrajudiciales alcanzaron un máximo de 18 casos documentados, los casos de tortura ascendieron a 53 y unos 70 000 papúes fueron desplazados. El racismo antipapú estructura esta opresión colonial interna[17]. Sin embargo, es precisamente en Papúa donde Prabowo Subianto se curtió: en 1996, dirigió allí operaciones militares marcadas por masacres de civiles, lo que le valió la expulsión del Ejército y la prohibición de entrar en Estados Unidos[18].

Notas

[1] Sobre el papel directo de la inteligencia británica en la incitación a las masacres, véase Nicholas Gilby, Paul Lashmar y James Oliver, “Revealed: how UK spies incited mass murder of Indonesia’s communists”, en:”https://europe-solidaire.org/spip.php?article59675

[2] El movimiento reformasi que derrocó a Suharto surgió de las protestas estudiantiles masivas de 1998, en medio de la crisis financiera asiática. Véase Kontras, “Indonesia: End the romanticism of reformasi, it’s time to fight”, en: h ttps://europe-solidaire.org/spip.php?article74869

[3] Sobre estos intentos de rehabilitar el legado de Suharto, véase “La nueva historia oficial de Indonesia blanquea los crímenes de Suharto en: https://europe-solidaire.org/spip.php?article76085

[4] La política estadounidense de contención buscaba impedir la expansión del comunismo en el sudeste asiático. La importancia estratégica de Indonesia, como la nación archipiélaga más grande del mundo y el cuarto país más poblado, la convirtió en un objetivo prioritario. La CIA invirtió millones de dólares en apoyar a oficiales del ejército anticomunistas y a grupos de derecha. Véase “Reseña del libro: Octubre de 1965 y la cruzada anticomunista de Washington: el método Yakarta», en: https://europe-solidaire.org/spip.php?article58434

[5] El Partido Comunista de Indonesia (PCI), fundado en 1920, era el partido comunista más antiguo de Asia fuera de la Rusia soviética. En 1965 contaba con tres millones de afiliados e influía en organizaciones de masas con una base combinada de unos 20 millones de simpatizantes.

[6] La Conferencia de Bandung reunió a 29 naciones africanas y asiáticas recién independizadas, sentando las bases del Movimiento de Países No Alineados. Representó la primera gran reunión internacional de Estados poscoloniales que afirmaban su independencia tanto del bloque occidental como del soviético.

[7] Sobre la magnitud y la naturaleza sistemática de estos crímenes, véase “Informe final del Tribunal Popular Internacional 1965: sobre los crímenes contra la humanidad cometidos en Indonesia en 1965 y después”, en: https://europe-solidaire.org/spip.php?article38727

[8] Véase “1965 to 1966: Indonesia’s Red Slaughter”,  en: https://europe-solidaire.org/spip.php?article44703

[9] Esto se conoció como el método Yakarta, un plan para llevar a cabo matanzas anticomunistas en masa que posteriormente se aplicó en Brasil, Chile, Argentina y otros lugares. El Departamento de Estado de los Estados Unidos proporcionó listas de miembros del PKI al ejército indonesio para facilitar las matanzas.

[10]Nahdlatul Ulama, la mayor organización islámica de Indonesia, y su ala juvenil Ansor desempeñaron un papel importante en las matanzas, especialmente en Java Oriental y Central.

[11] Sobre los esfuerzos por preservar este patrimonio borrado, véase “Preserving Revolutionary Heritage: How Indonesia’s Socialist History Institute Challenges Decades of Political Erasure” (Preservar el patrimonio revolucionario: cómo el Instituto de Historia Socialista de Indonesia desafía décadas de borrado político), Europe Solidaire Sans Frontières, en: https://europe-solidaire.org/spip.php?article75619

[12] Gerakan Wanita Indonesia (Movimiento de Mujeres de Indonesia), una organización feminista de masas vinculada al PCI.

[13] Sobre la destrucción de Gerwani y la fabricación de propaganda anticomunista dirigida a las mujeres, véase “The rise and fall of Indonesia’s women’s movement” (El auge y la caída del movimiento feminista de Indonesia),  en: https://europe-solidaire.org/spip.php?article17226

[14] Las protestas de IndonesiaGelap estallaron en agosto de 2025 contra la corrupción parlamentaria, las dietas excesivas de los políticos y la brutalidad policial, y atrajeron a decenas de miles de personas a las calles de todo el país. La respuesta fue una represión brutal que causó la muerte de al menos once personas.

[15] El Frente Revolucionario de Timor Oriental Independiente, fundado en 1974, combinaba el nacionalismo anticolonial con la política socialista.

[16] Sobre la situación actual en Papúa Occidental, véase “Indonesia no puede sofocar el creciente movimiento independentista de Papúa Occidental en: https://europe-solidaire.org/spip.php?article59928

[17] Los papúes, en su mayoría melanesios y cristianos, se enfrentan a una discriminación y violencia sistemáticas por parte de las fuerzas de seguridad indonesias. El Movimiento de Liberación Unida de Papúa Occidental (ULMWP) ha hecho campaña a favor de un referéndum de independencia, obteniendo el apoyo de varios Estados insulares del Pacífico.

[18] A pesar de este historial, Prabowo fue elegido presidente en 2024. Sobre las contradicciones de los antiguos activistas que ahora forman parte de su Gobierno, véase “¿Qué hacen los izquierdistas del PRD de Indonesia en el Gobierno de Prabowo?”, Disponible en: https://europe-solidaire.org/spip.php?article72390

Fuente: Europe Solidaire Sans Frontières 17 de diciembre de 2025

Traducción: Viento Sur 23 de diciembre de 2025

Carlos Morais, historiador: "A guerrilla antifascista galega foi o maior desafío político ao franquismo en décadas"

 FONTE https://www.nosdiario.gal/articulo/memoria/carlos-morais-historiador-guerrilla-antifascista-galega-foi-maior-desafio-politico-ao-franquismo-decadas/20261009080759268805.html?

O concello de Entrimo (Val do Limia) acollerá os días 15, 16 e 17 de xaneiro de 2027 o primeiro congreso internacional da guerrilla antifascista en Ourense, organizado polo Comité da Memoria Histórica do Val do Limia. O voceiro da entidade, o historiador Carlos Morais, explica a Nós Diario o programa e obxectivos do mesmo.

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O historiador e activista pola memoria Carlos Morais. (Foto: Nós Diario)

_Cales son os obxectivos que perseguen con este congreso sobre a resistencia armada ao franquismo e que destacaría do seu programa?

O Comité da Memoria Histórica do Val do Limia convocou xa hai meses o primeiro congreso internacional da guerrilla antifascista, que se desenvolverá en Entrimo entre 15 e 17 de xaneiro co obxectivo de afondar na historia da resistencia armada á ditadura. Entendemos que o fenómeno da resistencia armada xurdida a partir dos primeiros destacamentos constituídos en 1938 non está o suficientemente estudado, polo que pretendemos corrixir as carencias das investigacións e achegar novas informacións e perspectivas. Consideramos que a guerrilla antifascista galega foi o maior desafío político ao franquismo en catro décadas.

O congreso vai analizar a realidade da guerrilla no sur da Galiza mais tamén na área portuguesa, no Bierzo, na Cabreira e na Seabra, contando coa presenza de investigadores das tres universidades galegas mais tamén de fóra da academia que van presentar 23 relatorios. Ao tempo, vaise desenvolver un recital poético, proxectar 11 filmes e realizar unha ruta por Castro Leboreiro, estando aínda aberta a posibilidade de inscribirse contactando coa organización.

_Sinalaba a relevancia da actividade guerrilleira na Galiza, mais isto bate coa pouca atención que merece como obxecto de estudo. Que explicación atopa para isto?

Hai basicamente dúas razóns que explican o silencio historiográfico sobre a guerrilla. A primeira é que a principal forza política que estivo detrás da guerrilla, o Partido Comunista, quere agochar un capítulo do seu pasado co que se sente molesto, sobre todo após pactar a Transición. A segunda ten a ver co ambiente de consenso, pacto e silencio sobre o que se articula a Transición, que fai da guerrilla un episodio incómodo, que leva a que sexa excluída dos ámbitos académicos.

_Ademais de encargarse da coordinación do congreso, vai presentar un relatorio sobre Víctor García 'O Brasileiro', un dos dirixentes guerrilleiros máis destacados da comarca do Val do Limia. Que significaría del?

Victor García 'O Brasileiro' foi un destacado dirixente comunista e un líder carismático da guerrilla galega enviado pola Internacional Comunista ao norte de Portugal para contribuír á reorganización do Partido Comunista Portugués, que naquela altura se atopaba dividido entre dous sectores, e axudar a organizar o Partido Comunista de España. Entre 1939 e 1943 organizou os fuxidos e exiliados no norte de Portugal e sentou as bases da primeira experiencia armada da Galiza.

Á volta de 1943 viuse obrigado a abandonar Castro Laboreiro, sendo electo en novembro de 1943 máximo responsábel do PC na Galiza, que comeza a organizar en 1944 desde Vigo. Apartado da dirección do partido polos axentes do carrillismo que depuraron o PC na Galiza, pero tamén no Estado, para controlar a organización e a guerrilla, foi executado por militantes do PC seguindo as ordes da dirección na primavera de 1948 en Silleda. 'O Brasileiro' require dunha biografía que explique a súa vida e loita.

Hacia una ciencia de la liberación de la mujer


 Cómo citar este artículo APA (7.ª edición):
Carrillo, A. (2026, 3 de septiembre). Hacia una ciencia de la liberación de la mujer. Modernismo Latinoamericano.
https://www.modernismolatinoamericano.org/hacia-una-ciencia-de-la-liberacion-de-la-muj/

Alondra Carrillo Vidal. Militante feminista, editora e integrante de la Coordinadora Feminista 8M de Chile.

Ciudad: La Habana
Productor: Casa de las Américas
Personas Vinculadas: Isabel Larguía (autora), John Dumoulin (autor), Elena Urrutia, Alaíde Foppa, Margaret Benston, Susana Lugones, Heleieth Saffioti, Mary Goldsmith, Mirta Henault, entre otras.
Ubicación: Biblioteca Casa de las Américas
País: Cuba
Año: 1971


El artículo “Hacia una ciencia de la liberación de la mujer” fue una intervención marxista-feminista producida desde el interior de la Cuba revolucionaria, pionera en nombrar y teorizar el trabajo invisible de las mujeres al interior del hogar. Su amplia circulación es una muestra de la potencia que alcanzó esta reflexión: manuscrito, publicación, traducciones, folletos, reediciones y relecturas que conforman una constelación editorial latinoamericana y transnacional. Fue editado en Francia (1970), Cuba (1971), Estados Unidos (1972), Argentina (1972), Venezuela (1975), Perú (1976), España (1976), Brasil (1982). Fue reseñado en la revista FEM, en México (1976), traducido por la poeta argentina detenida y desaparecida, Susana Lugones, discutido por autoras como Gayle Rubin (1975) y Heleieth Saffioti (1979), empleado como referencia canónica por feministas como Olga Poblete (1984) y utilizado como recurso de formación y propaganda para el Primer Encuentro Nacional de Mujeres en Argentina (1986). Sin embargo, este texto clave para la historia del pensamiento feminista quedó parcialmente olvidado, y haría falta una irrupción feminista mundial impulsada desde Latinoamérica para despertarlo de su letargo. 

A fines de los años sesenta, la revolución cubana vivía la explosión de una contradicción.  En todas las esferas de la vida, la creciente participación de las mujeres en la industria y la producción social hacía crujir las dinámicas al interior de la clase trabajadora. En 1968, el mismo proceso revolucionario que había llamado a las mujeres, en palabras de Fidel, a “hacer la revolución en la revolución”, levantaba un decreto que excluía a las mujeres de áreas de la producción consideradas insalubres y/o peligrosas, e instituía así una prescripción sexista del trabajo. Isabel Larguía y John Dumoulin, una pareja de militantes internacionalistas, encontraron en esa contradicción una de las tareas políticas e intelectuales más urgentes que debía encarar la revolución en su primer decenio. 

Isabel Larguía, cineasta argentina feminista y comunista, se había formado en Francia antes de radicarse en Cuba y, para 1968, era reconocida en la isla por su participación en la guerrilla; John Dumoulin, su compañero, era un comprometido antropólogo estadounidense que integraba la Academia de Ciencias de Cuba. En Desde Cuba revolucionaria (2018), los investigadores argentinos Mabel Bellucci y Emmanuel Theumer recuperan la trayectoria intelectual y política de Larguía y Dumoulin, y nos describen las circunstancias de producción, circulación y recepción de sus escritos. 

En 1969, Larguía y Dumoulin comenzaron a difundir un manuscrito mimeografiado titulado Por un feminismo científico, que buscaba tantear el terreno y afilar los argumentos para interrogar la cuestión de las mujeres en el proceso revolucionario en curso. Por mediación de la intelectual francesa Anne Zelensky, el texto se publicó por primera vez en Francia en 1970 bajo el título “Contra el trabajo invisible”. Este se incluyó en el número especial de Partisans, Libération des femmes. Année zéro, junto a artículos que llegarían a ser referencias centrales del feminismo socialista, como “Para una economía política de la liberación de las mujeres” de Margaret Benston. Ya en 1971, el texto fue publicado en Cuba en el dossier “La Mujer” del número 65/66 de la revista Casa de las Américas, con el título “Hacia una ciencia de la liberación de la mujer”. Este dossier fue, en palabras de Bellucci y Theumer, el primer intento de componer un corpus sobre estudios de la mujer en Cuba y, en él, el artículo de Larguía y Dumoulin tuvo un lugar central (2018).

En este ensayo, Larguía y Dumoulin buscaron desmontar dos apariencias estrechamente vinculadas: que las mujeres habrían permanecido al margen de la producción hasta su ingreso masivo al trabajo asalariado, y que las labores realizadas históricamente por ellas en el hogar responden a una disposición natural y no a la división social del trabajo. La primera apariencia depende de la segunda: solo porque se ha negado el contenido económico del trabajo doméstico es que puede presentarse a las mujeres como ajenas a la producción y destinadas naturalmente a ciertas tareas. Contra esta operación de arraigo milenario, el texto moviliza una lectura marxista para hacer visible el fundamento material de la opresión de las mujeres.

Larguía y Dumoulin observan que, tras la fachada de la familia monogámica, se realizan una serie de labores diferenciadas: la reproducción biológica, la crianza de niños y niñas, el cuidado de personas enfermas y ancianas, y la reposición diaria de la fuerza de trabajo consumida. Este trabajo doméstico, señalan, es una actividad económica invisibilizada, indispensable para la reproducción de la fuerza de trabajo y, por tanto, para la reproducción social en su conjunto. Al quedar marginado de la esfera del plusproducto visible, este trabajo fundamental se recubre de un velo naturalizante y aparece como destino biológico, cuando en realidad constituye el cimiento económico de la sociedad de clases; sobre esa base material se levanta también una ideología del sexo que presenta como naturales las tipologías femeninas y masculinas producidas históricamente por la división del trabajo.

 
Isabel Larguía y John Dumoulin, Hacía una ciencia de la liberación de la mujer, Anagrama, 1976

El texto es pionero al nombrar dichas labores como trabajo invisible, pero no se limita a eso: además convierte a ese trabajo y su invisibilidad en un problema político. De allí la potencia de su segundo título: “Contra el trabajo invisible”. Para Larguía y Dumoulin, la tarea de un proceso revolucionario no podía agotarse en reconocer estas labores, sino que debía avanzar hacia la abolición de su forma privada como condición para el desarrollo efectivo de la revolución socialista: “Mientras la fuerza de trabajo siga produciéndose en millones de tallercitos domésticos, no podrá erradicarse de la conciencia social la influencia de la propiedad privada, y necesariamente resultarán incompletos los esfuerzos por construir una sociedad sin clases y un hombre nuevo. En este contexto se hace más evidente la justeza de la sentencia de Lenin: El proletariado no puede alcanzar su plena libertad sin conquistar la liberación completa de la mujer” (1975, p. 52).

La pluma del ensayo lo hermana con la rica tradición del socialismo clásico. Su crítica al romanticismo, a la virilidad, a la belleza femenina y a las formas culturales que naturalizan la apropiación masculina del trabajo de las mujeres recupera lo mejor del polemismo marxista, desplazándolo hacia una zona que este no había desarrollado con la dedicación necesaria. Reclamando a Engels como herencia teórica, Larguía y Dumoulin toman de él no solo sus desarrollos en el Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, sino ante todo la vocación de un socialismo científico, esta vez por un feminismo científico. Las reflexiones de Larguía y Dumoulin actualizan ese programa materialista de investigación intentando caracterizar las dinámicas de una nueva fase de organización global capitalista, y en ese intento vinculan las transformaciones de la gran industria y la ampliación del consumo obrero con cuestiones como la belleza femenina, la libertad sexual y la construcción de identidad.

¿Por qué un texto cuyo aporte tuvo tanta vigencia quedó invisibilizado en las genealogías posteriores del debate feminista socialista? Es posible ensayar algunas hipótesis. En parte, puede deberse a que algunos de sus aportes más novedosos, que explican su amplia circulación en su momento, terminaron sobreviviendo al texto mismo. Es el caso, particularmente, del concepto de “trabajo invisible”, cuya capacidad para nombrar una forma de trabajo naturalizada y desigualmente distribuida al interior de la clase trabajadora permitió que la noción trascendiera el texto y se incorporara a un lenguaje feminista más amplio. Así, paradójicamente, la generalización de uno de los aportes que dio vigencia al texto contribuyó también a borrar la intervención específica en la que había sido formulado, así como el horizonte político que la orientaba: la socialización del trabajo doméstico y la abolición de la propiedad privada como condiciones para superar su invisibilización. 

Otra de las razones potenciales de su invisibilización es la posición política del ensayo, incómoda tanto para el feminismo como para las perspectivas socialistas de la segunda mitad del siglo veinte. Larguía y Dumoulin interpelaban al marxismo desde el feminismo, pero lo hacían desde una confianza fuerte en la forma partido y en su conducción revolucionaria de la conciencia de las masas. El texto abría una zona de análisis materialista de enorme potencia mientras que, al mismo tiempo, restringía las direcciones posibles de una politización feminista autónoma, que aparecía como riesgo de desviación sectorial reaccionaria. Su observación de las transformaciones capitalistas de aquel momento estaba atravesada por una condena moral del consumo y la libertad sexual, cuestión que eleva una barrera política y lo distancia de los procesos históricos contradictorios en los que se engendraba la conciencia feminista misma. Por eso, su invisibilización no puede entenderse solo como el resultado de una injusticia externa: también se vincula con los límites internos de esta intervención respecto de esa realidad naciente. 

Hoy podemos acudir a las reflexiones de Larguía y Dumoulin con parte de esa historia ya escrita y transitada. Las luchas feministas contemporáneas nos permiten volver sobre los desarrollos teóricos y políticos que quedaron sepultados bajo los escombros del derrumbe de los socialismos reales. En ese campo, intervenciones como la de Larguía y Dumoulin reaparecen como materiales vivos para encarar los problemas políticos de nuestro presente. Recién hoy, a cuatro décadas de su última reedición, el texto vuelve a circular en países como Chile gracias a esfuerzos de edición militante como Larga Marcha. En este gesto que activa el archivo feminista marxista de la Cuba revolucionaria, Hacia una ciencia de la liberación de la mujer es un recurso insoslayable para acometer la tarea inconclusa de nuestra emancipación colectiva.

Referencias

Bellucci, M., & Theumer, E. (2018). Desde Cuba revolucionaria: Feminismo y marxismo en la obra de Isabel Larguía y John Dumoulin. CLACSO. Disponible para descarga gratuita en https://libreria.clacso.org/publicacion.php?p=1432&c=5

Foppa, A. (1977). ¿Salario para el trabajo doméstico? Fem, 1(3), 13–17.

Larguía, I. (1970). Contre le travail invisible. En C. Delphy (Comp.), Libération des femmes. Année zéro. Partisans (N.º 54/55). Maspero.

Larguía, I. (1972). Contra el trabajo invisible. En La liberación de la mujer: Año cero (S. Lugones, Trad.). Granica.

Larguía, I. (1980). La mujer, el sector más explotado de la historia. FEM, 15(4).

Larguía, I., & Dumoulin, J. (1988). La mujer nueva: Teoría y práctica de su emancipación. Centro Editor de América Latina.

Lipszyc, C. (1996). Desprivatizando lo privado: Sobre las relaciones entre trabajo doméstico y la acumulación capitalista. En C. Lipszyc et al., Desprivatizando lo privado: Mujeres y trabajos. Catálogos.

Poblete, O. (1984). Mujer y educación: Algunos antecedentes para una reflexión y discusión del tema. Signos: Revista de Educación y Cultura, 1(3), 6–9.

Rubin, G. (1975). The traffic in women: Notes on the “political economy” of sex. En R. R. Reiter (Ed.), Toward an anthropology of women (pp. 157–210). Monthly Review Press.

Saffioti, H. I. B. (1979). Emprego doméstico e capitalismo. Avenir.

Urrutia, E. (1976). Del trabajo invisible al trabajo visible. Fem, 1(1), 14–15.

samedi 17 octobre 2026

17 octobre 1961/17 octobre 2026

 


17 octobre 1961: massacre d'Algériens à Paris | Archive INA

 


17 octobre 1961: Octobre à Paris (Jacques Panijel, 1962)

 

Octobre à Paris 
Un film de Jacques Panijel 
 
Le 17 octobre 1961, à l’appel de la Fédération de France du FLN, 30 000 Algériens manifestent pacifiquement à Paris pour protester contre le couvre-feu discriminatoire qui leur est imposé et réclamer l’indépendance de l’Algérie. Sous l’autorité du préfet de Police de l’époque, Maurice Papon, la manifestation est durement réprimée, tuant des dizaines d’Algériens. Les historiens évoquent onze mille arrestations, des dizaines d’assassinats, des manifestants jetés dans la Seine, des centaines d’expulsions et autant de plaintes restées sans suite ; pour une nuit qui allait devenir un point aveugle du Récit national. Pas d’enquête, pas de procès et encore moins de commémoration. Dès le lendemain de la manifestation, Jacques Panijel, commence le tournage de Octobre à Paris pour alerter l’opinion sur la tuerie qui vient de se produire dans les rues de Paris. Composé de captations documentaires, d’interviews de manifestants et de reconstitutions, le film a été censuré dès 1962 et Jacques Panijel menacé de poursuite. La fin de la guerre d’Algérie ne signifia pas pour autant la levée de l’interdiction. C’est seulement en 1973 que la situation s’est débloquée. Après la grève de la faim du cinéaste et ancien résistant René Vautier, le film a obtenu son visa d’exploitation, il pouvait enfin être montré.


Tentative de description de choses vues au carrefour Mabillon le 19 mai 1978

 https://www.radiofrance.fr/franceculture/podcasts/les-nuits-de-france-culture/tentative-de-description-de-choses-vues-au-carrefour-mabillon-le-19-mai-1978-2200611

 


 

Europa teatraliza la guerra con Rusia mientras su orden liberal se derrumba: un ritual de miedo sin promesa de redención, camino a la autodestrucción.

FUENTE https://observatoriocrisis.com/2026/10/13/ficciones-belicistas-la-teatralizacion-de-la-guerra-contra-rusia/

 


 

Europa teatraliza la guerra con Rusia mientras su orden liberal se derrumba: un ritual de miedo sin promesa de redención, camino a la autodestrucción.

Lorenzo Carrasco, columnista de la revista Octubre

En un arrebato de simulación, durante la Cumbre Europea del Ártico, realizada en Rovaniemi, Finlandia, líderes europeos se mostraron vistiendo ropas militares para transmitir claramente el mensaje de que estarían preparados para un enfrentamiento con Rusia. Mientras tanto, la maquinaria política y mediática de las principales capitales europeas repite, casi al unísono, la alerta contra la supuesta “amenaza rusa” representada por Vladímir Putin.

La propia declaración oficial de la Cumbre de Rovaniemi, realizada los días 13 y 14 de septiembre de 2026, acordó que la seguridad es el centro de las discusiones e insistió en la necesidad de fortalecer la presencia y la capacidad europeas en el Ártico, región considerada estratégica para la seguridad de todo el continente.

Pero hay algo profundamente más inquietante en esta escenificación. Esos dirigentes se disfrazan de portavoces de sociedades movilizadas para la guerra cuando gobiernan países profundamente divididos y desafían una creciente erosión de la confianza política. La distancia entre la retórica de los líderes y la disposición real de las sociedades que pretenden representar debería, por sí sola, recomendar prudencia. En lugar de eso, asistimos a la construcción de una atmósfera psicológica de choque. Y es justamente ahí donde comienza el peligro.

El riesgo real de autodestrucción

En primer lugar, simulan poder porque Europa no dispone hoy de todas las condiciones industriales necesarias para sostener autónomamente una movilización militar prolongada en la escala sugerida por la actual retórica de rearme. El propio esfuerzo europeo por reconstruir reservas, aumentar la producción de municiones y recuperar capacidad industrial demuestra hasta qué punto esa estructura ha sido reducida en las últimas décadas. Pero la cuestión más grave no es industrial. Es estratégica.

La Federación Rusa dispone de un enorme arsenal nuclear y ha desarrollado sistemas de ataques avanzados, incluso hipersónicos. Eso no significa que Rusia posea superioridad tecnológica en todos los campos, pero sí algo mucho más importante para esta reflexión: cualquier guerra directa entre la OTAN y Rusia involucraría fuerzas capaces de provocar una destrucción de escala civilizacional. 

Rusia y Estados Unidos siguen concentrando la abrumadora mayoría de las ojivas nucleares existentes, al mismo tiempo que los principales Estados nucleares modernizan sus arsenales y se debilitan los mecanismos de control de armas. Por lo tanto, tratar una confrontación directa entre Rusia y la OTAN como si fuera apenas una opción más de política exterior no es una demostración de valentía. Es jugar con una posibilidad cercana de autodestrucción.

Cuando se atraviesa cierto umbral, ya no existe garantía de que los acontecimientos permanezcan bajo el control de quienes los iniciaron. Éste es el punto que parece desaparecer de la actual teatralización belicista. Y hay algo todavía más perturbador. El lenguaje de la destrucción volvió a ser pronunciado abiertamente por los propios liderazgos occidentales.

En septiembre de 2026, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente Donald Trump llegó a advertir que Estados Unidos podría “aniquilar” a Irán si no se alcanzaba un acuerdo.

Si una amenaza de esa naturaleza puede ser pronunciada ante las Naciones Unidas sin provocar una ruptura política proporcional a la enormidad de lo que se está diciendo, entonces algo profundamente grave está ocurriendo con la percepción occidental de los límites de la guerra. Porque la normalización del lenguaje de aniquilación no permanece necesariamente confinada al adversario contra el cual fue originalmente dirigida.

Hoy puede ser Irán. Mañana, en una espiral de escalada que nadie consiga ya controlar, podrían ser ciudades europeas. Es en este sentido que los actuales delirios belicistas dejan de ser una escenificación política y pasan a representar un peligro concreto de autodestrucción de la propia civilización europea. 

Europa, que durante siglos fue uno de los centros fundamentales de la civilización occidental, atravesó dos guerras mundiales y conoció directamente lo que significa transformar rivalidades políticas en guerras de aniquilación. Justamente por eso, cabría esperar que sus liderazgos fueran los primeros en comprender que una guerra entre potencias nucleares no ofrece una segunda oportunidad para corregir errores de cálculo.

Sin embargo, vemos dirigentes jugando con símbolos militares, discursos de movilización, enemigos existenciales y horizontes de confrontación como si aún estuviéramos en el mundo anterior a Hiroshima. 

La ficción consiste precisamente en eso: representar la guerra como un instrumento político todavía disponible sin enfrentar el final de aquello que semejante guerra podría significar. Y si la confrontación escapa al control, no serán solo gobiernos, partidos o alianzas militares quienes pagarán el precio. Podría ser la propia civilización que esos dirigentes afirman estar defendiendo.

¿Quién necesita la amenaza?

Entonces, preguntemos: ¿quién está detrás de toda esta falsedad? ¿Quién alimenta esta representación? ¿Quién necesita esta atmósfera permanente de amenaza? ¿Y por qué un orden político resquebrajado, sin legitimidad, parece encontrar en la perspectiva de la guerra una de las últimas coartadas para justificar su perennidad? 

La respuesta más ingenua consistiría en explicar esa patología en la tentativa de mantener regímenes impopulares bajo una imaginaria amenaza externa, al mismo tiempo que se condenan o reprimen fuerzas políticas emergentes, acusadas de “agentes externos” o instrumentos de una potencia enemiga; en este caso, vinculadas a la “bestia” rusa.

Hay, ciertamente, algo de eso. La historia registra numerosos ejemplos de gobiernos que recurren a la amenaza externa para reajustar cohesiones internas deterioradas, desacreditar adversarios y justificar medidas que, en circunstancias normales, encontrarían mayor resistencia. Pero esa explicación es insuficiente. 

Cuando hablamos de crisis, no nos referimos solamente a la legitimidad de un grupo de líderes europeos. La descomposición alcanza al propio sistema que los llevó al poder. Y es precisamente ese sistema el que se derrumba.

Desmoronamiento del orden liberal-financiero

El llamado “mundo basado en reglas”, la globalización financiera, el libre comercio elevado a dogma y la paulatina sustitución de la economía productiva por la intermediación financiera confrontan hoy el retorno del Estado nacional soberano. Este resurgimiento prioriza la política industrial, la seguridad energética, las cadenas productivas estratégicas y la defensa de los intereses económicos propios. 

Paradójicamente, dicho centralismo estatal podría mostrar también un camino para que Occidente recupere parte de sus raíces civilizatorias – esencialmente cristianas –, en las cuales el poder político no se concebía como algo absoluto, sino sometido a un orden moral superior.

En el fondo, detrás de estas quimeras se vislumbra una grieta aún más profunda: la crisis del modelo liberal-financiero articulado en torno a bancos centrales “independientes”. Esta lógica ha consolidado la creciente autonomía del capital frente a los Estados nacionales, impulsada por una concepción económica que, durante décadas, desplazó progresivamente el eje de la riqueza desde la producción real hasta llegar a la especulación rentista.

Las raíces de este entramado se remontan a la gestación del orden comercial angloholandés de los siglos XVII y XVIII, proyectado más tarde a escala global a través de la expansión imperial y bancaria británica. Con el paso del tiempo, ese modelo adquirió nuevas formas, pero conservó una característica esencial: la capacidad del poder financiero de proyectarse como una realidad exógena a la política y de presentar sus decisiones bajo la rúbrica de técnicas, neutrales e independientes de las elecciones soberanas de la sociedad. Es justamente esa arquitectura camuflada la que hoy comienza a ser cuestionada.

Una religión secular sin promesa de redención

El cerebro oculto de las oligarquías occidentales ha perdido la capacidad de generar ideas y proyectos capaces de movilizar a las sociedades hacia un horizonte prometedor. Esta esterilidad se refleja también en la mediocridad de gran parte de los liderazgos actuales, convertidos en meros administradores de un orden involutivo antes que en creadores de una nueva realidad política. Así, la política liberal se ha transformado en una especie de religión secular sin promesa de redención, siendo esta, tal vez, una de sus características más inquietantes.

Los grandes movimientos políticos de los siglos XIX y XX, incluso cuando condujeron a sociedades enteras hacia la catástrofe, todavía prometían alguna forma de redención histórica: la sociedad sin clases, la grandeza nacional, el imperio, la revolución, el hombre nuevo o un orden futuro supuestamente definitivo. 

En cambio, la religión secular del orden liberal en descomposición ya ni siquiera ofrece eso. Exige sacrificios sin presentar un paraíso futuro: demanda empobrecimiento en nombre de la estabilidad, pérdida de soberanía en nombre de las reglas, desindustrialización en nombre de la eficiencia y censura en nombre de la democracia. Finalmente, admite incluso el riesgo de la guerra para preservar un orden cuya finalidad ya no es capaz de explicar.

Ya no existe una verdadera promesa de redención. Existe solo la promesa de que el sistema seguirá existiendo. “Nosotros somos el jardín del Edén; el resto es la selva”. En ese punto, la política deja de defender a la sociedad y exige de la sociedad un sacrificio ciego para ¡defender el sistema! Es precisamente ahí donde una religión secular puede volverse autodestructiva: cuando la conservación del orden existente vale más que la conservación de quienes viven esclavizados bajo ese orden.

De la minoría creadora a la minoría dominante

Tal vez éste sea uno de los signos más profundos de agotamiento civilizatorio. Una élite deja de ser creadora cuando ya no consigue imaginar un futuro distinto de la simple continuación de sí misma, el gran historiador británico Arnold Toynbee percibió con enorme profundidad este fenómeno al distinguir la minoría creadora de la minoría dominante.

Una minoría creadora ejerce liderazgo porque ofrece respuestas capaces de inspirar adhesión. Su autoridad nace de su capacidad de responder a los desafíos históricos y producir nuevas formas de organización, cultura y de sentido del ser. Cuando esa capacidad desaparece, la antigua minoría creadora puede convertirse en una minoría dominante. Ya no conduce porque inspira. Se conserva porque controla. 

La persuasión es progresivamente sustituida por la disciplina; la imaginación, por la administración; el proyecto, por la propaganda; y la confianza, por el miedo. Es en ese momento cuando el sistema corre el riesgo de transformar su propia crisis en justificación para seguir existiendo. Cuanto más fracasa, más exige poder. Cuanto más pierde legitimidad, más necesita enemigos. Cuanto menos consigue imaginar un futuro, más dramáticamente necesita presentar el presente como una batalla existencial.

Cuando lo temporal ocupa el lugar de lo trascendente

Aquí es donde la reflexión del filósofo y politólogo germano-estadounidense Eric Voegelin (1901–1985) sobre las religiones políticas converge con la de Toynbee acerca de la desintegración de las civilizaciones. Cuando una sociedad pierde el referente de un orden trascendente, la necesidad humana de lo absoluto no se desvanece; simplemente se transfiere. 

La nación, la raza, la clase, el partido, la revolución, el mercado, las “reglas” o la democracia – entendida ya no en tanto régimen político, sino como categoría moral absoluta –: cualquier realidad temporal puede ser sacralizada y elevada a un estatus que no admite cuestionamiento. En este proceso, lo mundano usurpa el lugar de lo trascendente.

Sin embargo, existe una diferencia decisiva entre los antiguos movimientos políticos y esta potencial religión secular de un orden agotado. Los primeros prometían una redención futura, mientras que esta última parece exigir el sacrificio presente con el único fin de evitar el colapso del sistema. Se trata de una religión secular desprovista de escatología: sin paraíso, sin un hombre nuevo y sin un horizonte genuinamente inédito. Su único porvenir es la prolongación indefinida del presente.

Cuando el miedo sustituye a la imaginación

Tal vez sea exactamente esa ausencia de futuro la que explique la creciente importancia del miedo: al enemigo externo, a la ruptura, a la disidencia y a la pérdida de control. El temor a que aquello presentado durante décadas como inevitable deje súbitamente de serlo. Cuando un orden ya no consigue generar esperanza, se ve obligado a infundir pavor. Y si el terror sustituye a la imaginación, el conflicto puede convertirse en una vía de legitimación.

La guerra, entonces, deja de ser solo un instrumento externo de política para transformarse en una necesidad interna del sistema. Es justamente ahí donde los delirios belicistas contemporáneos adquieren una dimensión mucho más profunda que el debate cotidiano sobre Rusia, Ucrania, la OTAN o los gastos militares; la cuestión es civilizacional. Un orden que perdió la capacidad de proyectar su propio porvenir puede comenzar a aceptar riesgos que, en condiciones normales, parecerían impensables. Puede terminar confundiendo la continuidad de sus estructuras con la de la propia civilización.

Esta confusión es, tal vez, una de las más peligrosas que una élite pueda cometer. Las instituciones, los regímenes económicos y los esquemas políticos son históricos, mientras que las civilizaciones trascienden a todos ellos. Cuando un engranaje pasa a exigir que la humanidad se arriesgue para garantizar su propia supervivencia, la relación entre medios y fines se ha invertido por completo.

Las señales de un cambio de época

Es en este punto donde resulta posible hablar, verdaderamente, de autodestrucción. Una civilización puede comenzar a destruirse no por haber dejado de creer, sino porque transformó su propio orden histórico en un objeto de fe absoluta. Cuando los dirigentes dejan de proyectar un futuro diferente al que administran; cuando la guerra sustituye a la política y el miedo reemplaza al proyecto; cuando la conservación de las instituciones es más importante que las personas para quienes fueron creadas, no estamos solo ante una crisis política o económica. Nos enfrentamos a una profunda debacle civilizatoria.

El momento en que una élite pierde la capacidad de idear, crear y persuadir suele ser la señal premonitoria de que una época termina. Sin embargo, esto no significa necesariamente que la civilización esté condenada; puede implicar exactamente lo contrario. Indica que las estructuras incapaces de responder a los desafíos del presente están abriendo espacio para otras formas de organización, nuevas ideas y la recuperación de virtudes que parecían olvidados. 

Al fin y al cabo, el agotamiento creativo de un orden no agota la capacidad de invención humana. Cuando quienes gobiernan ya no conciben nada más allá de su propia perpetuación, quizá sea ese, precisamente, el primer indicio de que algo nuevo – completamente nuevo – está por llegar.