FUENTE https://observatoriocrisis.com/2026/06/05/la-encrucijada-de-la-automatizacion-un-problema-insalvable-para-el-capitalismo/
Andres Piqueras, profesor senior de la Universidad Jaume I
El desarrollo de la tecnología, que
desemboca hoy en la IA y la robótica, va haciendo tender el valor
(tiempo socialmente necesario de producción de las mercancías) al
mínimo. También va expulsando constantemente de los procesos productivos
a la fuente de plusvalor, esto es, a los seres humanos, sin que esa
expulsión sea compensada proporcionalmente por nuevos nichos de empleo.
Las “fábricas oscuras” son un testimonio
cada vez más palmario de ello, teniendo a China como formación puntera
en su desarrollo, el porqué de lo cual lo iremos explicando.
De momento digamos que el desarrollo de
las fuerzas productivas es desde hace tiempo frenado por las
consecuencias recién nombradas, que conllevan la falta de rentabilidad
del capital. La inversión productiva declinante a causa de esa carencia
se agrava además por la incapacidad de las nuevas tecnologías de desatar
una renovada onda de acumulación, pues ninguna de ellas consigue hacer
despegar la economía hacia tasas de ganancia altamente satisfactorias
(nada parecido a lo que significó la electricidad, el motor de
combustión, el acero, la química o la telefonía, por ejemplo).
En general, el estancamiento de la
producción y la ralentización de la productividad deben buscarse en la
creciente incapacidad del capital de absorber y generalizar nuevos
adelantos técnicos, de lo que tiene gran responsabilidad la propia
desinversión en infraestructura, educación y formación, y no en la
escasez de inventos potencialmente importantes, dado que,
paradójicamente, estamos en el umbral de una nueva Revolución Industrial
que puede alterar todo el curso del capitalismo e incluso la relación
de la humanidad con el mundo.
Tal potencial “revolución industrial”
resulta de la combinación y suma de al menos las tecnologías de:
microelectrónica + informática + biogenética + nanotecnología +
inteligencia artificial & neurociencia + robótica.
Sólo en este último campo, por ejemplo, un
informe del Bank of America Merrill Lynch, de 2007, destaca ocho
sectores estratégicos donde los robots podrían tener un efecto económico
revolucionario en el futuro inmediato: inteligencia artificial; campo
militar e industria aeroespacial; transportes; finanzas; salud;
producción industrial; servicios domésticos y minería. A lo que habría
que añadir los profundos efectos de una agricultura robótica, así como
los de la computación cuántica.
Todas estas potencialidades casan mal con
el mencionado freno tecnológico con el que camina el capitalismo por
falta de rentabilidad. Lo que viene a redundar en que este modo de
producción se manifieste cada vez más como un estorbo para el desarrollo
de las fuerzas productivas. Antes al contrario, lo que se evidencia
cada día es que desata proporcionalmente más y más fuerzas
destructivas.
Además de la acelerada destrucción de
riqueza natural y social, de la cada vez más mortíferamente boyante
industria militar y la consiguiente devastación de vida y riqueza
causada, y amén de la obsolescencia programada de las mercancías, hay
que considerar también la producción-basura o producción
desechable que propaga el capitalismo, con la destrucción directa de
vastas cantidades de riqueza acumulada y de recursos elaborados.
Así por ejemplo el achatarramiento de
coches y otras mercancías maquínicas, el desechado de materiales y
bienes que tienen todavía vida útil, la caducidad artificialmente
prematura de alimentos… y ahora incluso ha comenzado una “moda verde”
por la que hay que deshacerse lo más rápidamente posible de todo lo que
no es suficientemente “ecológico”, y sustituirlo por una vasta gama de
nuevas mercancías que nos venden como “sostenibles”.
Tales fuerzas destructivas van minando la
propia sociedad a la que dio origen el capital, no sólo por estar basada
precisamente en el trabajo abstracto (asalariado) que genera valor,
sino por todo el ciclo de erradicación de sus posibilidades de
sostenimiento.
Veamos, un determinado orden económico
sólo tiene sentido y es viable en la medida en que se retroalimenta de
alguna manera con la formación social que, con todas sus
contradicciones, le sostiene. El parcial reencastre de la economía en la
sociedad, una vez que fueron separadas en el modo de producción
capitalista -como nos advirtiera Polanyi-, ha sido lo que permitió la
construcción de la “civilización industrial” en los núcleos centrales
del sistema capitalista, así como su mermada extensión hacia las
periferias del mismo.
La extracción de plusvalía y el régimen de
propiedad privada fueron factibles porque, a pesar de la desposesión y
la explotación, a través del trabajo asalariado se otorgaba la
posibilidad del consumo obrero y de su (relativo) acceso a bienes y
recursos, así como una cierta redistribución del excedente para cimentar
la cohesión social, con lo que la sociedad (aun fragmentada y
profundamente desigualitaria) se fue expandiendo en diferentes términos.
Para Marx el capital cumple al menos dos
funciones esenciales, para él mismo y para la sociedad, al explotar la
fuerza de trabajo asalariada.
- Contrata fuerza de trabajo y le devuelve una parte del valor que ha
producido en forma de salario, además de extraer plusvalía que al ser
realizada en la venta de lo producido se convierte parcialmente en nuevo
(mayor) capital para expandir las operaciones capitalistas.
- El salario posibilita fuentes de consumo que crean la demanda para
absorber las mercancías hechas fabricar por la clase capitalista, esto
es, “realiza” el proceso del valor-capital (D- M + Ft – D’). Esta
“función social” del capital implica crear sociedad mediante el
mantenimiento y la generación de empleos en los periodos de auge y
ciertas garantías de reproducción de la fuerza de trabajo. Todo ese
ciclo es sustentado a la vez por el Estado, que es el ente que en la
sociedad capitalista monopoliza lo social e intenta absorber y controlar
bajo su seno todas las expresiones del común.
A partir de la Segunda Guerra Mundial la
penetración capilar del capital en la totalidad social obligó al Estado a
asumir la responsabilidad de la logística y la infraestructura de
gastos de tal proceso.
“‘La ley de la cuota creciente del Estado
sobre el producto interno’, enunciada por Adolph Wagner a mitad del
siglo XIX, cobraba plena vigencia a través del crónico y ascendente
endeudamiento estatal.
En un nivel elevado de cientifización y de
intensificación del capital, los gastos generales y las condiciones
infraestructurales del proceso de creación de valor empiezan a ahogar la
propia creación de valor, lo que se hace evidente en una paradójica
inversión de la relación entre Estado y sociedad: ya no es la sociedad
la que nutre al Estado, para que éste se encargue de los “asuntos
generales”, sino que por el contrario es el Estado el que debe alimentar
a la sociedad con el ‘capital ficticio’, para que ésta pueda mantenerse
en su forma vuelta obsoleta del sistema productor de mercancías” (en http://docslide.us/documents/kurz-robert-la-ascension-del-dinero-a-los-cielos.html).
Así que si un modo de producción sólo
puede existir si de alguna manera es capaz de “nutrir” a la sociedad de
la que nace, el sistema capitalista sólo es posible o viable a medio
plazo en tanto mantenga cierto “ciclo virtuoso” (redistribuidor) al
menos en sus formaciones centrales o de capitalismo primigenio, por más
que la extensión planetaria de esa suerte de “simbiosis antagónica” del
Capital y el Trabajo resulte imposible por ser contradictoria con las
propias dinámicas de un Sistema basado en la explotación del trabajo
humano, la competencia, la concentración y la centralización del
capital, y que además necesita para mantener aquella base
redistribuidora forjadora de sociedad, dinámicas externas de
colonización.
Es decir, que el capitalismo ha tenido siempre que destruir comunidades y sociedades por doquier para poder crear sociedad en determinados puntos neurálgicos. La gravedad del momento para él es que hoy devora la sociedad de sus propios núcleos centrales -de ahí que vengamos hablando hace tiempo de que el capital viene emprendiendo procesos de autocolonización o autofagocitación-,
viviendo más y más de la riqueza que fue creada previamente (un modo de
producción en degeneración que vive del pasado al tiempo que a través
de la colosal deuda que propaga para poder hacer subsistir algún remedo
de funcionamiento social y económico, va comiéndose su futuro).
De manera que en la actualidad el
capitalismo ha perdido ya cualquier atisbo de su “función progresista
histórica”, su labor positiva en la creación de sociedad que tuvo en su
fase industrial, aun a pesar de las horribles formas de explotación, las
contradicciones y desigualdades en que se basaba.
Samir Amin (http://www.cairn.info/revue-actuel-marx-2003-1-page-101.htm; Más allá del capitalismo senil) lo expresó así:
«Lo potencial y lo real entran en
conflicto. La dominación del capital sobre el trabajo extrae su
legitimación histórica del hecho que el progreso exigía una acumulación
creciente. Este ya no es el caso, la nueva revolución tecnológica
permite la producción de más riqueza con menos trabajo y menos capital a
la vez. Las condiciones para que otro modo de organización de la
producción suceda al capitalismo están desde ahora realmente reunidas.
El capitalismo está objetivamente caduco. Mas dentro del mundo del
capitalismo real el trabajo no puede ponerse en obra por él mismo, sino
por el capital que le domina y en la medida en que le sale a cuenta, es
decir, en la medida en que la inversión es rentable. Este
funcionamiento, por tanto, al excluir del empleo a una proporción
creciente de trabajadores potenciales (privándoles entonces de cualquier
ingreso), condena al sistema productivo a contraerse o al menos a no
desenvolverse más que a un ritmo de crecimiento largamente inferior a
aquél que la revolución tecnológica permitiría sin él».
Por eso durante la fase keynesiana las
potencialidades de la automatización se frenaron en aras del proceso de
integración de la clase trabajadora, que se necesitaba con más urgencia
dada la existencia de un enemigo sistémico que además hacía cundir una
economía social sin precedentes: la Unión Soviética.
Durante la mal llamada “Guerra Fría” y
hasta la desaparición de la URSS, las respuestas de la clase capitalista
y los gobernantes estadounidenses a las crisis estructurales que
comenzaron en los años 70 fueron las de desviar la aplicación de las
nuevas tecnologías hacia la industria militar y ampliar el acceso de la
población al crédito, para así mantener en cierta medida los niveles de
empleo y consumo, lo cual fungió a la vez como “escaparate de abundancia
del capitalismo” frente a la relativa escasez de medios de consumo en
los países de transición al socialismo. Complementariamente, se prefirió
emprender la deslocalización productiva.
Recordemos que la “futurología” de Alvin
Toffler y George Gilder de los años 60 hasta los 80 del siglo XX (y
mucho antes de ellos Albert Einstein y Norbert Wiener ya habían
advertido al respecto), alertaba de que el desempleo por la
automatización llevaría a levantamientos sociales, y que la conclusión
de la clase dominante sería la de “guiar el desarrollo tecnológico en
direcciones que no desafiaran las estructuras de autoridad existentes”;
algo que gobernantes y “capitanes de la industria” ya habían pensado.
De hecho, las posibilidades disruptivas de
la automatización fueron discutidas en los años 50-60 del siglo XX, en
los ámbitos de poder industrial y político de EE.UU. “The Automation
Jobless” fue el título que se le dio en TIME de 24 de febrero
de 1961: lo que preocupaba no era que la automatización sustituyera
trabajo humano sino de que no fuera capaz de crear igual cantidad de
nuevos puestos de trabajo.
La preocupación era tan grande que el
presidente Lyndon B. Johnson, promovió en 1964 la creación de una
Comisión Nacional sobre “Tecnología, Automatización y Progreso
Económico”. La Comisión se tomó en serio la posible disrupción
tecnológica, hasta el punto que recomendó, entre otras medidas de corte
distributivo, “un ingreso mínimo garantizado para cada familia”,
utilizando al Estado como empleador de última instancia (de hecho, hace
tiempo que el Capital tiene pensada la “renta básica” como un -pobre-
paliativo a la Des-sociedad que expande.
No deja de resultar curioso, haciendo al
caso, que 6 décadas después venga a aparecer un informe que ratifique
aquellos “miedos” ocultados a la población: “Dos economistas acaban de
publicar una prueba matemática de que la IA destruirá la economía” https://x.com/jackcoder0/status/2060751108184916012).
Pero también en la Unión Soviética la
cuestión se trató seriamente. En concreto el 8 y 9 de febrero de 1955 el
Soviet Supremo de la URSS anticipaba, con un informe de Bulganin, que
la marcha inexorable de la automatización podía suponer la
auto-aniquilación del capitalismo.
Una de las figuras punteras que analizó lo que se desarrollaba con la automatización fue Radovan Richta (La civilización en la encrucijada).
Entre algunas de sus más importantes conclusiones estaba la de que la
automatización no era una nueva etapa de la mecanización, sino una
“fuerza revolucionaria” capaz de trastocar toda la estructura social y
ser la impulsora de un nuevo modo de producción (de facto, a través de
la automatización él veía abiertas las posibilidades objetivas del
socialismo), pues toda forma específica de fuerza productiva impone una
cierta estructura correspondiente en la vida social. Sólo las relaciones
sociales de producción capitalistas estaban impidiendo ese paso
revolucionario y sólo las socialistas lo impulsarían al máximo.
Por eso la civilización soviética sí
intentó ir hacia adelante con el salto tecnológico, aunque el lastre de
la industria pesada de la que partía, que se fue haciendo obsoleta, más
el bloqueo tecnológico que padeció por el Sistema Mundial capitalista,
no pudieron dar cumplido impulso a ese desarrollo, por más que ya mostró
el poderío de sus fases iniciales. El posterior acoso final del
capitalismo mundial abortó lo que estaba en ciernes.
En cambio, en el campo capitalista en esos
momentos la velocidad de la automatización fue frenada en aras de
mantener el modelo industrial tendente al pleno empleo, y con él la
integración-fidelidad de las poblaciones, habida cuenta del equilibrio
sistémico de fuerzas que existía con el mundo soviético. También por
miedo a las propias consecuencias “revolucionarias” de la
automatización. Todos los debates y preocupaciones suscitados por la
automatización fueron también aplazados y sustraídos a la opinión
pública por más de 30 años.
Con todo ello por delante, fue decisión de
los gobernantes industriales no financiar la investigación en fábricas
de robots que todos anticipaban en los sesenta, y en su lugar
relocalizar sus fábricas para utilizar intensivamente la mano de obra en
China y otras formaciones sociales periféricas. Graeber señaló ya en
2012 que:
“una razón por la cual [en EE.UU.] no
tenemos fábricas de robots es porque alrededor del 95 por ciento de los
fondos para la investigación en robótica han sido canalizados a través
del Pentágono, que está más interesado en desarrollar drones sin pilotos
que en automatizar fábricas de papel” (http://thebaffler.com/salvos/of-flying-cars-and-the-declining-rate-of-profit).
Desaparecida la “amenaza soviética” en
1991, fue más fácil entonces dar rienda suelta al binomio
financiarización-automatización. El capitalismo retornó a líneas de
desarrollo tecnológico más acorde con sus imperativos de competencia
intercapitalista. Aunque en concreto, el viraje hacia la investigación
en las tecnologías de la informática y las telecomunicaciones no fue
tanto una reorientación motivada por aquellos imperativos, cuanto parte
de un objetivo de vigilancia, disciplina laboral y control social.
Eso significaría que el Capital veía
factible combinar a partir de entonces la humillación tecnológica de la
Unión Soviética con una victoria en la guerra de clases a escala global,
vista simultáneamente como la imposición absoluta del dominio militar
estadounidense en el mundo y al nivel doméstico lograr la desbandada o
al menos desarticulación de los sujetos y movimientos sociales más
antagonistas.
Así se inauguró una nueva expansión del
capitalismo estadounidense a través de las tecnologías informáticas y de
comunicación, que a su vez realizaron la difusión de la automatización y
la robótica por una parte del mundo a través de la deslocalización
productiva.
Más tarde, los estallidos de la crisis en
2000-2001 y 2007-2008, que aceleraron la recesión y la pérdida de
empleos al tiempo que frenaban el expansionismo bursátil, ralentizaron
de nuevo la dinámica de automatización (esos “pinchazos” hicieron
resurgir en EEUU el debate sobre la automatización en una economía
capitalista, el cual se ha manifestado en una creciente producción de
análisis y estudios que se pusieron de moda académica).
Pero la ingeniería política que se desata contra la sociedad
es inexplicable sin esa revolución en las formas de producir que
posibilita el comienzo de la fractura de la relación Capital-Trabajo
propia de la era keynesiana en las formaciones del capitalismo central.
Finalmente, la acelerada sustitución de
trabajo vivo (seres humanos) por trabajo muerto (máquinas) con la
automatización y robotización, ahondaría en el nuevo proceso de
“desconexión de la economía” -y de la clase capitalista-, respecto de la
sociedad, quizá soñando ya esa clase con un “futuro maquínico”
postcapitalista -o modo de producción automatizado-. Pero
recordemos, el salto al vacío más allá de la ley del valor en un régimen
de propiedad privada de los medios de producción implica necesariamente una humanidad desechable; en términos capitalistas, suprimible.
Hay que tener en cuenta, en cualquier
caso, que tal “secesión” de la clase capitalista es posible por la
“desconexión” previa de las finanzas respecto de la economía productiva
(debido, no lo olvidemos, a la creciente incapacidad de ésta de generar
nuevo valor) y, en general, por la separación de la economía respecto de
la sociedad[1].
Con lo cual “los ricos” no tienen razones
para volver atrás en el proceso, más bien se esfuerzan por provocar una
realidad en la que no tengan que depender del Trabajo ni mezclarse en
ningún momento con el mismo (así han llegado a creérselo a través de la
economía especulativo-parasitaria financiera y sus dinámicas de
desposesión). Resulta cada vez más impensable, por tanto, proponer
“nuevas soluciones reformistas” a partir de procesos con el calado
sistémico que aquí se está mostrando.
Sea como fuere, semejante espiral de
“desconexión” de la economía tiene dramáticas consecuencias para la
población mundial. Uno de los numerosos indicadores que inciden en ello
es el del aumento sostenido a lo largo de los últimos lustros de la tasa
de participación de las rentas del capital en el PIB, a expensas de una
continuada disminución de las rentas del trabajo, cuyo cuerpo
asalariado no ha dejado de crecer, para más inri.
Si consideramos que el empleo-salario es
en nuestras sociedades la principal fuente de distribución de la
riqueza, podemos imaginarnos las repercusiones que su carencia o la
creciente reducción del salario conllevan para la desigualdad social,
traducida por una apabullante concentración de la riqueza en una exigua
élite social, como viene detallando Oxfam en sus sucesivos informes.
Ya en 2014 desglosaba cómo había crecido
el porcentaje de participación en la renta del 1% más rico de la
población en 24 de los 26 países que tienen registrados estos datos (The
World Top Incomes Database). A escala global señalaba que el 10% más
rico del planeta poseía el 86% de los recursos, mientras que el 1%
acaparaba cada vez más cerca de la mitad de la riqueza mundial (Oxfam, http://www.oxfamintermon.org/sites/default/files/documentos/files/bp-working-for-few-political-capture-economic-inequality-200114-es.pdf).
Apenas un año después por primera vez en
la historia de la humanidad, el 1% de la población acaparaba más del 50%
de los activos mundiales (Credit Suisse – http://publications.credit-suisse.com/tasks/render/file/index.cfm?fileid=C26E3824-E868-56E0-CCA04D4BB9B9ADD5; Oxfam, https://www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/file_attachments/bp210-economy-one-percent-tax-havens-180116-es_0.pdf)[2].
Si a todo ello unimos el desmoronamiento
de las “clases medias” (sólo un 6,7% de la población mundial puede hoy
caer dentro de esa categoría -Milanovic, La era de las desigualdades. Dimensiones de la desigualdad internacional y global-),
lo que nos muestran sin lugar a dudas estos datos es que todas las
clases sociales que dependen del empleo, del salario o de remuneraciones
provenientes de la masa global de ingresos por el trabajo, están siendo
afectadas y pauperizadas.
Hecho que, a su vez, tiene profundas
consecuencias sobre el consumo y por tanto sobre las propias
posibilidades del beneficio capitalista (y que hasta ahora sólo un
enorme sobreendeudamiento global ha logrado paliar parcial y
pasajeramente). ¿Hasta qué grado, entonces, y hasta cuándo tamaña
desigualdad se puede compatibilizar con las instituciones del
capitalismo industrial regulado? ¿Es viable una mínima cohesión social
con esa desigualdad?
Las respuestas son negativas para ambas
preguntas. Y las élites han comenzado a prepararse para los nuevos
escenarios. Veamos. El atasco del capital productivo ha permitido a los
detentadores del capital a interés, el principal beneficiario pasajero
de esta desconstrucción social, adquirir mayor protagonismo dentro de la
clase capitalista y por tanto en la dirección sistémica.
Con el mismo se dispara igualmente el
proceso de concentración oligopólica que asfixia cualquier desarrollo de
“libre” competencia capitalista, y que da lugar a una oligarquía
“global”, la cual constituye una clase rentista también global, sin
compromisos nacionales ni sociales, dado que, como hemos visto, alberga
la ilusión de pensar que su ganancia está desvinculada del factor
trabajo o, en definitiva, de la sociedad.
Presa del fetichismo del dinero, cree o al
menos actúa (dado que ya no le va quedando otro agarre para crecer)
como si pudiera seguir incrementando indefinidamente ese ciclo
ilusorio-ficticio de expansión del dinero a través del dinero, sin
considerar la creación de valor, esto es, más allá de la economía
productiva y por supuesto de la matriz ecológica que sustenta en última
instancia toda posibilidad de generación de riqueza (y sí en cambio
interviene destruyendo más y más riqueza social y natural).
Esa oligarquía parasitaria actúa por tanto
como si pudiera seguir enriqueciéndose indefinidamente sin
contrapartidas sociales: ni empleo ni redistribución ni seguridad para
las poblaciones. Por lo que se “desconecta” cada vez más de éstas y
promueve “des-sociedad”.
En cambio China, que a diferencia de la
URSS sí recibió inversión tecnológica en su territorio, no sólo supo
aprovecharla para el desarrollo social mediante una planificación
redistribuidora, sino que, guiada políticamente (la Política al mando
de la economía) por el PCCh, con parámetros ajenos al beneficio privado,
sí ha podido desarrollar las potencialidades que la deslocalización
industrial le han brindado, asociadas a una economía planificada que
prioriza el desarrollo social o bien colectivo (a pesar de haberse
compaginado con el beneficio empresarial en estas primeras fases). Por
eso su robótica causa la admiración del mundo.
China, que tomó buena nota de la
ingeniería y la ciencia económica soviéticas aplicadas a la industria,
lidera el despliegue mundial de robots industriales, impulsa
aceleradamente nuevas industrias tecnológicas y busca sostener su
crecimiento -cada vez más cualitativo- mediante automatización avanzada e
IA física. Ostenta el mayor mercado de robótica del mundo, con unos 2
millones de robots industriales operativos y el 54% de todas las
instalaciones globales anuales[3].
La cuota de mercado de fabricantes chinos
de robots pasó del 30% en 2020 al 57% en 2024, reforzando la
autosuficiencia tecnológica y siendo, además la robótica el eje del 15º
Plan Quinquenal (2026–2030), con una reorientación del modelo económico
hacia el alto valor añadido (robots de asistencia, sistemas médicos
inteligentes, planeaciones y diseños arquitectónicos, vehículos
conectados, dispositivos asistenciales y hogares inteligentes forman
parte de un ecosistema que impulsa una “economía para el bienestar
social”). Todo ello viniendo de una formación social que era la segunda
más pobre del mundo -sólo después de Bangladesh- antes de su revolución
socialista.
Aunque los robots humanoides aún están en
fase piloto, el gigante asiático los utiliza para demostraciones
públicas que exhiben su liderazgo tecnológico.
Y es que China no tiene que frenar el
desarrollo tecnológico debido a que caiga el beneficio, dado que la
dictadura de la tasa de ganancia que rige en las sociedades capitalistas
no está al mando allí ni es el leitmotiv del funcionamiento
socioeconómico. Porque un mundo en que las máquinas estén colectivizadas
permite un desarrollo social incomparable. En cambio, si están en unas
pocas manos privadas no generan más que miseria y desechabilidad para la
mayor parte de la humanidad.
Parece claro, por tanto, que siguiendo la
línea de evolución tecnológica propia del desarrollo de fuerzas
productivas que la humanidad acomete, y a falta de hecatombe bélica que
la potencia capitalista en decadencia pudiera imponer en su empeño de no
ser relevada -como su Guerra Sistémica Permanente o Guerra Mundo
ya muestra-, podríamos marchar hacia una automatización de los procesos
productivos. La cual, impulsada por el capitalismo, sólo podría
desarrollarse en unas pocas “islas” geográficas, para unas exiguas
minorías sociales (modo de producción automatizado ya no capitalista).
Llevada a cabo planificadamente -con
medios de producción socializados- tendremos grandes retos ecológicos
por delante, sobre todo, aunque no sólo, relacionados con la energía,
los sumideros y el tamaño de la población mundial, pero teniendo a la
salvaguarda de las sociedades como objetivo prioritario (modo de
producción socialista con alto desarrollo de la automatización, pues).
En cualquier caso, para ninguna disyuntiva de esta enorme encrucijada
histórica el capitalismo parece tener viabilidad.
No debería ser difícil, en consecuencia,
elegir la opción más adecuada para nuestra especie en estos momentos. La
única que puede permitir su supervivencia mínimamente digna: la vía
socialista.
Notas
[1] Siempre, en los períodos en que prima
la opción financiera rentista -según nos decía Arrighi-, asistimos a
esta “desconexión” de la economía con la sociedad (como ya apuntaron
también Hobson y Polanyi). Las finanzas asumen una posición dominante;
la renta (que a la postre no significa sino extracción o desposesión de
la riqueza colectiva) pasa a ser el denominador común y la sociedad
comienza a “disolverse” por el desempleo, la competencia con los bajos
salarios del exterior y la pauperización generalizada… Hasta ahora este
proceso ha sido parcialmente compensado porque al menos de forma
temporal se rehace sociedad en los núcleos que van surgiendo como
emergentes de la economía capitalista (hoy especialmente en China, donde
la vía de transición al socialismo preservó siempre la sociedad). La
cuestión es hasta cuándo podrán hacerlo. Cuando se ha llegado a un nivel
de profundidad y de metástasis tan grande como la actual, lo más
probable es que sólo pueda ser contrarrestado con otra “Gran
Transformación” (Polanyi dixit), la construcción de otro orden social y
económico.
[2] Desglosadas estas proporciones en
2015, arrojaban los siguientes resultados: el 0,7% de la población
acaparaba el 45,2% de la riqueza mundial, el 7,4% un poco menos del 40%
(y el 21% el 12,5%); mientras que el 71% de la humanidad sólo dispone
del 1% de la riqueza total, en términos personales.
[3] Sólo Corea del Sur y Singapur tienen
más robots por fuerza laboral humana que China, pero -además de ver lo
que supone la fuerza de trabajo total en cada una de esas formaciones
sociales- la primera es ante todo una base militar asistida por EE.UU. y
la segunda es un “puerto” para el comercio global y los servicios
financieros, mediante los cuales -más la permanente “ayuda comercial”
norteamericana- puede mantener una logística avanzada y tecnología de
punta. EE.UU. ni aun expandiendo el ciclo de generar dinero de la nada
para expropiar dinero de otros, más toda la extorsión mundial de sus
bonos y deuda, puede seguir ese ritmo en su economía cada vez menos
productiva.