EL
CHACAL DE NAHUELTORO es posiblemente la película más importante de la
historia del cine chileno. Basada en un caso real que conmocionó al país
en 1960, la obra es un pilar del Nuevo Cine Latinoamericano, utilizando
una estructura de crónica periodística para lanzar una crítica
demoledora a las instituciones sociales y judiciales. La película
reconstruye la historia de José del Carmen Valenzuela Torres
(interpretado magistralmente por Nelson Villagra), un campesino
analfabeto y marginal conocido como "el Chacal". En un estado de
embriaguez y miseria absoluta, Valenzuela asesina a una mujer y a sus
cinco hijos en la localidad de Nahueltoro. La narrativa no se centra
solo en el crimen, sino en lo que sucede después. Tras ser atrapado,
José es enviado a la cárcel. Durante su tiempo en prisión, el sistema
—que lo había ignorado toda su vida— finalmente se ocupa de él. José
aprende a leer y escribir, aprende un oficio (la fabricación de
hieleras), recibe instrucción religiosa y, por primera vez, adquiere
conciencia de su propia humanidad y de la gravedad de sus actos. Una vez
que el Estado ha logrado "rehabilitar" y "civilizar" a José, la
justicia dicta que debe cumplir su sentencia original: la pena de muerte
por fusilamiento. El punto central de Littín es la denuncia de una
contradicción institucional absurda. El Estado gasta recursos en educar y
dar dignidad a un hombre solo para poder ejecutarlo con la conciencia
tranquila. La película plantea que José no era un monstruo por
naturaleza, sino un producto de la negligencia social ("un animal
humano"). Al "convertirlo en hombre", el sistema solo lo prepara para
morir. A través del montaje, la película vincula la miseria del campo
chileno con el crimen. El "Chacal" es presentado como una víctima del
sistema antes de ser un victimario. Littín no justifica el asesinato,
pero obliga al espectador a preguntarse: ¿quién es más criminal, el
hombre que mata en la ignorancia o la sociedad que permite que existan
hombres en ese estado de abandono. La Actuación de Nelson Villagra es
histórica. Logra mostrar la transición de un ser casi feral, que apenas
puede articular palabras, a un hombre que descubre la reflexión y el
arrepentimiento, haciendo que el desenlace sea emocionalmente devastador
para el público. La película provocó un debate nacional masivo sobre
la pena de muerte en Chile. Fue un éxito de taquilla sin precedentes
para un film de este tipo, demostrando que el cine político podía
conectar profundamente con las masas. EL CHACAL DE NAHUELTORO consolidó
a Miguel Littín como un cineasta comprometido con la realidad social de
su país y sigue siendo, hasta hoy, una referencia obligatoria para
entender la relación entre el cine, la justicia y los derechos humanos
en América Latina.
SPECTACLE SANS SOCIETE
Article épinglé
vendredi 3 avril 2026
EL CHACAL DE NAHUELTORO (Miguel Littin, 1969)
Andrés Villena: “Las élites españolas están muy cohesionadas”
El economista y sociólogo Andrés Villena presenta el libro ‘Las élites que dominan España, una historia alternativa desde 1939’ (Libros del K.O.).
Andrés Villena (Elche, 1980) acaba de publicar Las élites que dominan España, una historia alternativa desde 1939 en Libros del K.O. Economista y sociólogo, profesor en la Universidad Complutense de Madrid, en este ensayo disecciona las historia de las élites económicas y políticas en España durante el último siglo. A través del libro, Villena nos va describiendo cómo las redes de influencia van modelando la estructura económica y condicionando los consensos políticos desde el final de la guerra civil hasta la actualidad.
Cuando hablamos de las élites de otros países del sur global, o incluso de las élites económicas en los EE. UU. cuya influencia está presente en cada agenda política, parece algo normalizado y asumido ¿Por qué cuando hablamos de élites en España parece que habláramos de algo más cercano a una teoría de la conspiración antes que a un funcionamiento de un sistema político?
A.V.: Es que parece que hablar de élites es hablar poco menos de los que elaboran el protocolo de los sabios de Sion, reptilianos o de gente que se reúne en la oscuridad para conspirar. Charles Wright Mills dice que en la historia hay muchas conspiraciones, pero la historia no es una conspiración.Los poderosos tienen tanto poder para hacer lo que quieran que no necesitan conspirar. Entonces, creo que la teoría de la conspiración es una especie de teoría mágica que nos quita la responsabilidad de pensar en abstracto.
Un rasgo de las élites es el sincretismo. Hay una idea de que las élites trabajan con una especie de procedimiento secreto, arcano, que solo quienes están dentro conocen y, si no lo conoces, es que no formas parte de la élite.
A.V.: A este tipo de élites, incluidas las políticas de medio nivel, les interesa rodearse de un halo de magia, porque esa sensación de magia es placentera para el lector en la medida en que le hacen una lectura más agradable, más misteriosa, pero le elude la responsabilidad de pensar cómo podríamos objetivar ese comportamiento.
Y a veces los comportamientos son muy burdos. El comportamiento del presidente de los Estados Unidos actual, es difícil rodearlo de un halo de magia; son decisiones que seguro que tienen mucho asesoramiento y horas de reflexión y discusión. También es verdad que la prensa también contribuye a este halo de misterio, probablemente para construir historias que narrativamente son más fácil de consumir.
Pero esto nos aleja de saber los mecanismos por los cuales se reclutan las elites , ya sea en los partidos o a través de las oposiciones. Tienen valores parecidos, han estudiado los mismos cuatrocientos temas de la oposición pensando igual, adquiriendo un grado de intimidad mucho mayor que en cualquier otro grupo. Las pasiones que les aproximan son grandes y los llevan a entenderse muy bien, casi como un mecanismo animal. Aún así, como investigadores, ese halo de magia hay que tomarlo con precaución porque nuestro trabajo es encontrar fuentes para mapear y esquematizar la forma en la que trabajan.
Hay una coletilla que utilizas en varios momentos durante el libro y es que para las élites “España necesita ser periódicamente salvada y rescatada de sus demonios interiores”, que viene a justificar la existencia y la misión de la élite española.
A.V.: Hay varios factores que intervienen ahí. En primer lugar, un capital entendido como una gran bolsa de dinero nacional e internacional que necesita actualizarse y generar plusvalía, para lo que necesita unos empleados de lujo que se llaman élite en el poder o tecnocracia. Este grupo lo componen altos funcionarios o políticos democráticos que se ponen al frente de la maquinaria estatal y a veces en la empresa privada. Pero, en segundo lugar, no es suficiente a largo plazo dominar a la gente sin que ella considere que debe ser dominada de esa forma. En España esta idea de salvación viene de un replanteamiento de la idea regeneracionista de Joaquín Costa, que hablaba de un cirujano de hierro para darle la oportunidad de regenerarse. Está presente esta idea de que España se tiene que rehacer porque sino va a entrar en otra guerra cainita. Nos hemos inventado y heredado un mecanismo de control bastante interesante.
En 1939 Franco poco menos que decía haber salvado España de los rojos y la Antiespaña. Posteriormente, en el desarrollismo, los tecnócratas vinieron a salvar a España con su golpe de timón. Pero lo interesante fue que, en 1977, cuando existía la oportunidad de hacer algo diferente gracias a la presión obrera, feminista y sindical, llegaron una serie de planes de austeridad en forma de Pactos de la Moncloa para frenar la desestabilización.
El libro empieza en 1939, precisamente en un momento en el que la dictadura y la clase financiera golpista se apodera de buena parte de las propiedades y patrimonios de la clase económica y el pueblo republicano. ¿Una parte del IBEX 35 hunde sus raíces en el 39?
A.V.: Para entender este proceso recomiendo mucho el libro de Antonio Maestre Franquismo S.A. Por ejemplo, cuenta cómo el Conde de Fenosa montó lo que después será su empresa multinacional a partir de hacerse con los terrenos de un rival empresario republicano que, al iniciarse la guerra, había tomado partido por la legalidad. Lo que en su día fue Fenosa hoy forma parte de Naturgy, que es una de las insignias de lo que podríamos llamar la “marca España”.
Esto ocurre en ocho o diez grandes empresas del IBEX 35, pero no podemos ignorar que con el paso de las décadas el enriquecimiento del IBEX 35 se ha debido también a otras grandes desamortizaciones de activos públicos que han sido muy rentables. Yo no critico la privatización de una serie de elementos de la industria que en su momento ya no eran rentables. Empresas que podrían ser integradas en empresas mayores y generar rentabilidad a través de economías de escala.Pero, cuando se vendieron empresas públicas como Endesa o Telefónica, se estaban vendiendo las joyas de la corona, que perfectamente podrían haber permanecido en manos públicas.
Se trata de un origen matizado. Entre las empresas del Ibex 35 existentes en 1939 se produce una redistribución de riqueza hacia arriba como premio por participar en la guerra civil. Se trata de un criterio no económico sino político e ideológico, de favorecer a capitales de empresas que, por otro lado, van a ser los que van a estar impulsando una rápida industrialización en la década de los cuarenta y cincuenta, y que con el Plan de estabilización de 1959 serán protegidos por el Estado para que los capitales extranjeros no los compren.
Hablas del plan de estabilización de 1959 como del nacimiento de un nuevo sentido común.
A.V.: Aquí hay dos elementos. Conforme iba profundizando en la investigación, me daba cuenta de las dimensiones de la presencia de un elemento extranjero como EE. UU. en nuestro país. Hay un elemento extranjero que empieza con Truman en 1948, el cual, partiendo de un rechazo claro del régimen franquista al que impide entrar en la ONU, se va modificando con el inicio de la guerra fría y la guerra de Corea. Los norteamericanos empiezan a entender que España es un bastión anticomunista. Y de manera gratuita. No hay que hacer Plan Marshall y es una base geopolítica básica. Después llegaron los pactos del 53 y la llegada de capitales extranjeros. Lo que pasó al final de la década es que los americanos empezaron a inquietarse porque, después de toda la financiación y préstamo de divisas, se había creado una España que no era capaz de generar divisas por la venta de productos agrícola para comprar insumos y materias primas, por lo que existía un riesgo de no devolución de esos prestamos. Entonces, empieza la presión a través de telegramas, reuniones y delegados del FMI en los que se conmina a arreglar las finanzas públicas. De ahí surge el Plan de Estabilización, que no es una sola ley, sino un conjunto de muchas medidas y decretos. Sin embargo, esto se ha contado como un momento en el que una serie de economistas iluminados arreglaron las finanzas públicas. Esto ocurrió porque había gente cada vez más cualificada, con más conocimiento del extranjero, que iba viendo que la situación de España no funcionaba.
Pero hay otro elemento. Y es que el franquismo había ganado la guerra y ahora había que ganar la paz. Entonces, se trataba de generar un nuevo sentido común. ¿Cómo se hace eso? Tratando de generar una legitimidad de resultado, empleo, crecimiento económico y una especie de redistribución indirecta de la riqueza a través del crecimiento. Y ahí llega el modo de proceder desarrollista. Abramos el país al turismo, pongámosle una sonrisa. Aquí entra toda la propaganda que hizo Fraga sobre los Veinticinco años de paz. Ingresan divisas y exportamos -y ese es el gran truco -tres millones de desempleados al extranjero. Se mantiene a las mujeres dentro del hogar, por lo que la tasa de desempleo no presiona al alza. Se ponen en marcha una serie de medidas para ajustar la inflación, se limita el gasto público para, en definitiva, también crear una seguridad jurídica y económica con el fin de que entren las grandes corporaciones americanas como la General Motors, la General Electric, que encuentran en España una mano de obra baratísima.
Te refieres a los ministerios de Boyer y Solchaga como los ministerios de desindustrialización.
A.V.: Es que aplicaron un manual que no admitía contestación. El mundo se estaba abriendo y estas industrias eran menos competitivas. En cierto modo tenían razón, porque el franquismo era una fábrica de paro envasado. Durante la transición volvieron a España millones de emigrantes porque querían vivir en su país y los gobiernos de Suárez y González se tuvieron que enfrentar a una serie de medidas anti-inflación que no habían querido aplicar los franquistas del final porque se les desmoronaba el régimen.
Imagínate cortar la subida del salario nominal a los sindicalistas que en los setenta estaban en la calle y que durante los años de la transición habían acumulado miles de horas de huelga. Al final, paradójicamente, las medidas duras las tomaron los gobiernos democráticos con suficiente mayoría parlamentaria. Eso es la leche, porque da una lección amarga de que la democracia puede ser más cruel que una dictadura débil, y que la libertad de expresión en algún momento puede ser incluso menor. Ello da una serie de lecciones sobre el poder que te deprimen o te hacen más pesimista, o, a lo mejor, más realista.
Luego hay otro elemento que fue la reconversión industrial que, en cierto modo, fue una reconversión financiera. La banca estaba teniendo pérdidas en la industria, quería salir y no estaba demasiado fortalecida por todos los problemas que estaba teniendo. Fue una manera de sanear, de permitirles invertir en otro tipo de sectores y generar plusvalías porque compraban deuda pública estatal y porque todavía tenían una gran influencia en el Banco de España y en la economía general. No fueron solo medidas macro estándar, sino que beneficiaron a un estamento empresarial que se había fundado en la forma de sentido común que habían aprendido esos ministros, que derivaban del aparato industrial tardo franquista, no por franquistas, sino porque se tenían que formar en algún sitio.
Esto me lleva a la idea de la conformación de una élite que, si bien no siempre está de acuerdo en todo, sí que está de acuerdo en las cosas fundamentales. Y, como parte de esa serie de acuerdos tácitos, de lugares de socialización, en el libro hablas de La Dehesilla como uno de esos núcleos.
A.V.:La Dehesilla era una cacería ilustrada al estilo de las cacerías de Franco, que siempre era el que cazaba más a pesar de no parecer la persona más avezada para hacerlo. Pero también eran lugares para hacer negocios a corto y largo plazo. Eran lugares donde las élites llegaban a acuerdos en espacios seguros. Esa convergencia de valores y de puntos de vista les hace llegar a comuniones más fácilmente que en otros lugares. Se dan situaciones en las que, incluso perteneciendo a frentes empresariales enfrentados, se ponen de acuerdo con asombrosa facilidad.
La Dehesilla era eso, pero de manera más fina. Ilustrada con una inteligencia antifranquista, que iba de lo moderado hasta personas que, como Miguel Boyer, habían pasado hasta un año en la cárcel; gente que tenía credenciales comunistas, socialistas, liberales, incluso trotskistas y maoístas… y que se reunían para ver qué había que hacer con España cuando cayera el tirano. Por eso es un lugar clave.
Por aquel entonces Boyer y Solchaga ya eran empleados públicos del Banco de España. También Mariano Rubio, aunque había tenido que pasar un año en la OCDE en una especie de exilio permitido por el régimen, después de haber pasado también por la cárcel. Ese pedigrí antifranquista les permitía formar parte de organismos muy potentes, después totalmente desligados del pasado, pero sus lugares de formación fueron la administración pública franquista.
Lo que ocurre es que esa materia gris en los ochenta y los noventa se acabó asociando a las familias más afines al régimen que querían combatir. Hasta en más de una ocasión acabaron formando uniones matrimoniales con empresarios a quienes, en principio, habían combatido, en un movimiento de absorción total del propio sistema.
¿Cuál es el papel que juega la Corona y en particular Juan Carlos I en este bussiness as usual?
A.V.: A mi juicio, Juan Carlos I es la corona de la clase dominante. Viendo los mecanismos de financiación de su riqueza actual, era un hombre sin una fortuna propia previa que infló su patrimonio mediante una serie de maniobras petroleras que han quedado reflejadas en varios ensayos, en particular, el trabajo de Rebeca Quintana en La fortuna del Rey o los ensayos de José García Abad.
El Rey ha sido el gran mediador de la élite española y de sus relaciones con otras élites. Fue proveedor de materias primas, como el petróleo que España necesitaba para seguir desarrollando su sociedad de consumo. Su papel en el 23F, pese a que esta última regularización de documentos parece que refuerza la versión oficial, no queda suficientemente aclarado. A mi juicio, tiene un papel muy claro en el golpe de timón, en esa especie de gobierno de concentración nacional. Es un gran mediador y legitimador del nuevo funcionamiento de las cosas en democracia. Se acercó más a los socialistas que a los conservadores porque, con buen olfato político, estaba viendo que la mayoría social iba a ir por ahí
Tengo que decir que empecé estos estudios sobre élites pensando que era un mero símbolo constitucional, que a nadie le importaba y que servía para culminar la hegemonía. Y, sin embargo, he ido viendo que ha sido un gran diplomático y empresario. Con maniobras de todo tipo, incluso movimientos oscuros en este sistema de la élite. A día de hoy, creo que sigue teniendo un papel para mediar... y un gran afán de revancha contra lo que ha vivido. Y creo que debe de tener bastante conexión con los mensajes que se hacen contra el actual gobierno. Algo me dice que esa conexión la vamos a acabar conociendo.
Con Aznar llegaron los tiempos de las grandes privatizaciones que se habían empezado durante los últimos años de los gobiernos de González…
A.V.: Sí, se venía un periodo en el que el PSOE había privatizado más de lo que privatizó el Partido Popular. Lo que pasa es que es verdad que cada empresa privatizada era diferente a la anterior y había muchos motivos, como reducir el déficit público y la deuda pública y crear un espacio de gasto público o generar ingresos para gastar en otras cosas.
Es cierto que los criterios del Partido Socialista pudieron venir influidos por los vientos de cambio neoliberales, pero muchas veces respondían a acciones no sé si improvisadas, pero no formaban parte de un plan. A diferencia de eso, está comprobado en documentos de la Fundación FAES que el Partido Popular ya quería imitar el proceso de Margaret Thatcher en 1993. Cuando estudiamos las redes de los privatizadores, te das cuenta de que el plan ya está ahí desde mucho antes. A diferencia de las privatizaciones socialistas –que eran tecnócratas de la administración–, los tecnócratas del PP venían de la Bolsa y su objetivo era conseguir el máximo capital con las ventas. Manuel Pizarro, Francisco González y compañía son esos altos funcionarios o yupis bursátiles que colocaron los paquetes de la Bolsa lo más caro o lo más rápido posible. Pero, en lugar de retirarse en el momento en el que habían vendido y permitir que el mecanismo del libre mercado diese lugar a nuevos dirigentes extraídos con un criterio de mejor competencia, se quedaron ahí y reformaron el reglamento del Consejo de Administración para perpetuarse ellos.
Lo estaban montando bien los del PP porque habían logrado hacer de la privatización una política de capitalismo de Estado, controlado por un partido que aspiraba a quedarse, pero le falló a última hora la comunicación y ahí se dieron cuenta. Se pudo ver que había un combate entre élites, que la élite mediática no era enteramente de derechas y que, por otro lado, España no era enteramente Madrid, pese a la madrileñización del aparato económico. Las élites conservadoras se sorprendieron viendo que España era plural y diversa. Pese a que controlaban el panorama mediático y habían creado una clase dominante afín, se encontraron con una sorpresa en las urnas, no enteramente atribuible a lo que ocurrió tras los atentados del 11-M.
Zapatero también intentó atraer empresarios en torno a su proyecto con dispares resultados…
A.V.: El credo económico de Zapatero no estaba definido, era un político casi provincial – sin querer decirlo con un tono despectivo –, que había ascendido rápido gracias al apoyo de Carlos Solchaga, del que fue adjunto en el Parlamento. Pero Zapatero llegó al poder demasiado pronto para lo que a él le hubiera convenido y se rodeó de una serie de asesores económicos como Miguel Sebastián o Jordi Sevilla, que suplían sus lagunas en este campo. Para estos asesores, el socialismo y la socialdemocracia no debían de incrementar demasiado el gasto público y eso significaba lo que significaba. Pero tampoco están totalmente alineados con la ortodoxia europea de Alemania.
Por
otra parte, se dio cuenta de que tenía que intentar recuperar el
aparato público privatizado, no para nacionalizarlo, sino para
congraciarse con esa nueva élite empresarial. No lo consiguió porque el
plan del Partido Popular era solido y su principal hito fue conseguir
colocar a Javier de Paz en Telefónica. Es un movimiento clave del que
queda excluido Carlos Solchaga, que desde entonces ya elimina sus
simpatías con el zapaterismo, pero que, a mí juicio, era un puente que
debía de haber mantenido estratégicamente.
Fracasa con la conquista del aparato económico, pero triunfa con la industria publicista y editorial catalana, que son muy potentes. Se forja una suerte de alianza con el grupo Globomedia, el grupo Mediapro que, que acaba creando el Diario Público y, sobre todo, La Sexta. El diario Público luego salió como salió, pero fue un intento de crear una especie de competencia ideológica y editorial al diario El País.
Uno de los efectos intencionales o no intencionales de los fondos Next Generation ha sido la llegada de nuevas elites globales a la capital ¿Cómo es el aterrizaje de estas élites globales en una ciudad con unas élites tan asentadas?
A.V.:
Ten en cuenta que, si la tasa de crecimiento del PBI que tenemos es
alta, es muy probable que en algunos sectores la rentabilidad estimada
para una inversión sea todavía mayor. A lo cual hay que sumar que parte
de esa élite global viene a España porque tienen la sensación de tener
menos seguridad jurídica en su país de origen. Cosa que es discutible en
países como México, que al tiempo que hace reformas sociales ofrece una
tasa de rentabilidad como consecuencia del crecimiento, que es incluso
superior a la España.
Pero
bueno, deciden venir aquí. Eso determina no sé si un choque, una
convivencia que cambia el hábitat porque llegan unas élites que no están
apegadas al territorio, que a lo mejor llegan aquí por un criterio de
rentabilidad y a lo mejor no miran por el entorno de la misma manera que
van a mirar por las élites nacionales.
Eso tiene mucho que ver también con el choque o la ruptura neoliberal desde que Milton Friedman en los ochenta planteó que los empresarios tenían que mirar por las cuentas y valores de sus acciones y no tanto por el territorio en el que operaban, por los sindicatos o por el bienestar de sus trabajadores. Pero claro, si tú acudes a un país por la rentabilidad, tu relación con el país no va a ser la misma que la de los que lo viven dentro de una comunidad como las élites locales. Creo que ese choque se está produciendo a nivel urbano, y que afecta incluso a las familias de rentas altas que se tienen que ir de zonas del barrio de Salamanca, que están siendo compradas por fortunas antes venezolanas y ahora mexicanas, al mismo tiempo que proliferan locales de ocio que son los locales que las élites extranjeras construyen a imitación de su ocio nacional. Lo hacen porque conocen ese modelo de extracción de rentabilidad, y porque también son el tipo de sitios en los que quieren estar. Se está produciendo un cambio en la economía política de ciudades como Madrid, en donde los cambios están ocurriendo mucho más rápido de lo que parece.
¿Madrid debería ser un Distrito Federal?
Es una pregunta que se va a ir respondiendo en los próximos años. Ya hay teorías que hablan de que Madrid debería de ser algo parecido a un great London que llegara de Guadalajara a Segovia. Sostienen que puede ser un vector de creación de progreso y riqueza. Ya Aznar con Álvarez Cascos como ministro de Fomento quería crear un Madrid y una España cuyos puntos mas importantes se definieran como ciudades a dos horas en tren de la capital. Desde el año 2000, el Partido Popular tiene un proyecto muy definido para Madrid y se orienta a eso por razones a lo mejor exclusivamente electorales o por razones ideológicas y, a lo mejor, por las relaciones que están estableciendo con élites internacionales.
Creo que hay un proyecto en ese sentido, que desde el punto de vista ecológico puede ser letal, pero, desde el punto de vista nacional, también. No sólo por los independentistas catalanes, sino por los independentistas madrileños, que manejan la idea de que Madrid es España dentro de España, y que, si todo lo que está a dos horas de Madrid, mejor, porque eso es la playa de Madrid.
¿En qué se diferencia un pijo de Madrid de un miembro de la élite de este país?
Es una pregunta sociológica muy valiosa. Yo veo a un pijo como un elemento performativo, con elementos culturales de capital social heredados que quiere pertenecer a un grupo al cual no necesariamente pertenece. Si pudiéramos acceder a los miembros de la verdadera élite económica y a cómo viven, posiblemente no tendrían nada que demostrar. Entonces, esa sobreactuación, esa ostentación de la marca para las élites de toda la vida, resulta algo un poco aberrante, sonrojante y vergonzoso.
UNE “NEP” AUX CARACTERISTIQUES CHINOISES ?
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Source https://www.librairie-tropiques.fr/2026/04/une-nep-aux-caracteristiques-chinoises.html
Notes pour une recherche
Bruno Guigue
Les succès de la Chine
contemporaine ne cessent d’interroger nos conceptions habituelles.
Savons-nous seulement quels sont les ressorts de cette modernisation
réussie, et quelles perspectives elle offre pour l’avenir du socialisme ?
Une des questions fondamentales qu’il convient de se poser à propos de
la Chine contemporaine est la suivante : de quelle nature est la
formation sociale chinoise actuelle ? Qu’est-ce qui la spécifie en
regard d’autres formations sociales ?
Poser cette question centrale a pour vertu d’ouvrir deux pistes de
réflexion, sur lesquelles ces quelques notes ont pour seule ambition
d’ouvrir le débat et de stimuler les recherches.
La première piste de
réflexion est la suivante : quels sont les modes de production qui
figurent dans cette formation sociale, et comment s’articulent-ils ?
Quelle signification faut-il accorder à l’existence d’un secteur capitaliste en Chine ?
Autrement, dit, quel est le mode de production dominant autour
duquel se déploie la structure propre à cette formation sociale ?
La deuxième piste de
réflexion est la suivante : quelle est la genèse historique de cette
formation sociale originale ? Quelles sont les étapes qu’elle a
franchies pour parvenir au stade actuel ? Cette genèse historique
présente-t-elle des similitudes avec la Nouvelle politique économique
(NEP) menée par le pouvoir soviétique de 1921 à 1928 ? A-t-elle l’aspect
d’une trajectoire linéaire, ou au contraire d’un processus itératif,
marqué par des accélérations, mais aussi des retours en arrière ?
Il y a aussi une troisième
piste de réflexion, qui est celle des perspectives ouvertes par
l’accomplissement historique dont témoigne la Chine depuis 1949 :
au-delà du “stade primaire du socialisme”, quels sont les objectifs
propres aux étapes suivantes de cette modernisation ? La transition
socialiste doit-elle encore être pensée, comme le veut la théorie
marxiste classique, dans l’horizon du communisme ? Trop importante pour
être traitée ici, cette piste de réflexion fera l’objet d’un travail
ultérieur.
Reprenons donc les deux premières pistes de réflexion et tentons d’y
cheminer autant que faire se peut, de manière nécessairement partielle
et provisoire.
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Pour commencer, partons d’une observation que chacun peut faire : la
Chine est une formation sociale singulière que la plupart des
commentateurs, fussent-ils “sinologues”, peinent généralement à décrire
ou à nommer. Le plus souvent, cette difficulté est imputable à des biais
idéologiques aisés à deviner, mais elle traduit aussi parfois l’absence
d’instruments intellectuels adéquats. C’est pourquoi, afin de traiter
la question de façon rationnelle, il me semble indispensable de
s’appuyer sur l’analyse marxiste des différents modes de production, de
leur succession dans l’histoire et de leur combinaison au sein d’une
formation sociale donnée.
La question est en effet de savoir en quoi consiste précisément la
formation sociale chinoise contemporaine, telle qu’elle se présente à
l’observateur en 2026, et sur quelle base matérielle elle repose, avec
les caractéristiques historiques qui sont les siennes. Or, dans ce
travail d’analyse, il faut évidemment se déprendre d’un certain nombre
de travers intellectuels dans lesquelles tombent de nombreux
commentateurs.
Le principal travers
consiste à refuser de voir dans la formation sociale chinoise une
formation complexe, hybride, caractérisée par la transition inachevée
d’un mode d’organisation sociale à un autre. Certains observateurs,
généralement hostiles à la République populaire de Chine, ont tendance à
essentialiser le modèle chinois en recourant à des notions simplistes
ou inadéquates. Ils définissent la formation sociale chinoise, par
exemple, en la subsumant sous le concept commode de “capitalisme d’État ”
ou de “socialo-capitalisme”, quand ils ne réduisent pas la Chine
contemporaine à un mélange funeste de “capitalisme sauvage” et de
“dictature totalitaire”. Autant de qualifications hâtives et
caricaturales qui ne peuvent manquer d’induire en erreur, car elles
omettent un fait essentiel : l’existence de rapports sociaux de type
capitaliste en Chine n’implique nullement le caractère capitaliste de la
société chinoise.
Capitalisme et capitalistes
Dans certains milieux, on
disait autrefois de l’URSS qu’elle était caractérisée par un
“capitalisme sans capitalistes”, dans la mesure où elle apparaissait
comme le modèle achevé d’un capitalisme d’État dans lequel
l’appropriation privée des moyens de production était bannie au profit
d’un robuste dirigisme étatique. Au nom du “prolétariat” ou du “peuple
tout entier”, une nouvelle classe dominante, après avoir investi le
pouvoir d’État, aurait saisi les rênes de l’économie et de la société.
Sous couvert de socialisme, les rapports sociaux capitalistes auraient
été reconduits au profit de cette nouvelle couche dominante, la
“bureaucratie soviétique”. On ne se prononcera pas ici sur cette
qualification, qui est sans doute partiellement erronée et fort
discutable d’un point de vue historique. Ce qui est certain, c’est
qu’elle ne correspond nullement à la situation de la formation sociale
chinoise actuelle, qui se caractérise au contraire par la présence de
capitalistes, mais sans capitalisme.
Afin de faire la lumière
sur ce paradoxe apparent, tournons-nous donc vers l’analyse marxiste des
modes de production et des formations sociales. Rappelons qu’un mode de
production, c’est l’ensemble constitué par les forces productives (la
force de travail et les instruments de production) et les rapports de
production, c’est-à-dire les rapports sociaux noués par les individus
dans la sphère productive. Un mode de production, comme son nom
l’indique, désigne une manière de produire les biens matériels
indispensables à l’existence des individus qui vivent dans une formation
sociale donnée. Sans entrer dans le détail de la théorie marxiste, il
suffit de retenir à ce stade que le mode de production constitue la
base matérielle de l’existence des hommes et qu’il qualifie la formation
sociale déterminée dans laquelle cette base matérielle joue un rôle
déterminant.
Or c’est ici qu’une
précision s’impose : l’articulation entre la formation sociale et le
mode de production implique aussi que, dans toute formation sociale, il
n’existe pas un seul mode de production : la plupart du temps, il en
existe au moins deux, et parfois beaucoup plus. Parmi ces modes de
production, l’un d’entre eux est dit “dominant” et les autres “dominés”.
Ces derniers sont soit des survivances du passé de l’ancienne formation
sociale, soit des modes de production en train de naître dans le
présent même de la formation sociale. Cette précision est
importante, car cette pluralité des modes de production, inséparable de
la prédominance d’un mode de production sur les autres, permet de rendre
compte de la complexité des faits observables dans toute formation
sociale concrète. Et c’est aussi cette pluralité inégale des modes
de production qui permet de déceler les tendances contradictoires qui
s’affrontent dans la formation sociale considérée et qui constituent,
pour cette raison, le moteur de son histoire.
Revenons maintenant à la formation sociale chinoise contemporaine
et à ce qui nous intéresse ici, à savoir sa composition organique,
c’est-à-dire l’articulation spécifique entre les modes de production qui
concourent à son existence historique.
Pour tenter de la déceler, il faut d’abord procéder à une
photographie, nécessairement descriptive dans un premier temps, de cette
pluralité concrète qui caractérise la formation sociale chinoise
actuelle.
Mais avant de présenter cet inventaire des modes de production à
l’œuvre en Chine, il faut bien préciser un point qui me semble
essentiel.
Comme tout le monde, les Chinois vivent dans une société
déterminée, une “formation sociale” concrète, caractérisée par la
prédominance d’un mode de production déterminé. Mais quel
est ce mode de production ? Car il ne suffit pas qu’une formation
sociale existe pour qu’elle possède son propre mode de production. Une
formation sociale capitaliste, comme les États-Unis par exemple, se
caractérise par un mode de production dominant, le mode de production
capitaliste. Mais une société socialiste comme la société chinoise, en
revanche, possède-t-elle pour autant un mode de production socialiste ? Si
cette expression n’existe pas chez Marx, Engels et Lénine, c’est parce
qu’aux yeux de la théorie marxiste une formation sociale peut être en
transition entre deux modes de production, sans avoir un mode de
production exclusif. Durant cette période transitoire, qui peut
être extrêmement longue, les éléments de la société future ont tendance à
prendre le dessus sur les éléments de la société passée, modifiant peu à
peu la composition organique de la formation sociale. Et cette
situation n’a rien d’anormal : elle est l’effet direct du développement
des forces productives et des luttes de classes qui traversent toute
formation sociale.
/image%2F1440064%2F20260402%2Fob_519099_e13-884.jpg)
Ce point étant éclairci, faisons l’inventaire des modes de production de la formation sociale chinoise.
Quels sont, précisément,
ces modes de production dont la combinaison fournit son ossature
matérielle à la formation sociale chinoise contemporaine ?
1. Premièrement, le mode de production socialisé, c’est-à-dire
le mode de production caractérisé par l’existence d’unités de
production économique dont la propriété du capital est une propriété
publique.
Ces unités de production sont principalement les grandes
entreprises d’État qui détiennent, en Chine, les secteurs-clés de
l’industrie comme la sidérurgie, l’énergie (le charbon, le gaz,
l’électricité, le pétrole et le nucléaire), mais aussi les
infrastructures de transport et l’industrie de l’armement.
Particulièrement intensifs en capital, ces secteurs stratégiques sont la
propriété exclusive de la puissance publique qui les contrôle à travers
un réseau de 325 000 entreprises publiques disséminées sur l’ensemble
du territoire aux niveaux national, régional et local. Mais à
l’intérieur de ce vaste secteur public largement décentralisé, c’est
surtout par le truchement de 97 très grandes entreprises que l’État
central détient l’essentiel du capital industriel, soit 55 % des actifs
de toutes les entreprises, publiques et privées, du pays.
Appartiennent aussi à ce vaste secteur public les innombrables
établissements bancaires qui contrôlent 80 % des actifs de cette
catégorie dans l’ensemble du pays. En Chine, c’est le réseau des banques
publiques, et non les institutions financières privées, qui assure de
manière prépondérante le financement de l’économie. Cette prédominance
du secteur public est fondamentale : elle affranchit la sphère
financière de la rapacité des actionnaires privés et l’ordonne aux
impératifs du développement planifié de l’économie. Loin de cette
domination des intérêts privés qui caractérise les pays capitalistes, la
socialisation de la finance redouble celle de la production et
consolide l’ossature publique de la structure sociale. Aussi l’activité
boursière est-elle peu développée en Chine : la somme des
capitalisations boursières chinoises sur les places de Shanghai et Hong
Kong demeure largement inférieure à celle de leurs homologues
occidentales, alors même que l’économie chinoise calculée en PPA occupe
la première place mondiale. Que la part de la Chine dans la sphère
productive soit inversement proportionnelle à sa part dans la sphère
spéculative n’est donc pas le fait du hasard, mais un effet de
structure.
Il résulte des deux points précédents que le mode de production dominant, au sein de la formation sociale chinoise, ne peut être que le mode de production socialisé.
Cette prédominance revêt trois aspects. Elle est d’abord quantitative :
la puissance publique contrôle l’essentiel du capital industriel et du
capital financier. Mais elle est également qualitative : en occupant les
hauteurs stratégiques de l’économie, l’État les met au service du
développement global. En déliant les secteurs-clé de l’exigence de
rentabilité à court terme, la planification étatique oriente l’activité
économique dans une direction conforme à l’intérêt général. Cette
prédominance du secteur public en amont de la chaîne de valeur influe
notamment sur la formation des prix : elle rend possible une politique
de bas coût des intrants qui sont fournis à l’ensemble de l’économie. Ce
qui explique la capacité du secteur productif à satisfaire les besoins
de la population sur le marché intérieur (il suffit de vivre en Chine
pour y mesurer l’absence de tensions inflationnistes), mais aussi la
compétitivité internationale de l’économie chinoise, laquelle a
constitué l’un des moteurs de son développement au cours des vingt
dernières années.
J’ajouterai une remarque
lexicale pour finir : contrairement à d’autres auteurs, j’emploie
l’expression “mode de production socialisé”, et non “mode de production
étatique” ou “mode de production socialiste”. Le terme “socialisé”
indique clairement, en effet, que l’existence de ce mode de production
résulte d’un processus (la révolution socialiste) et que sa
caractéristique principale réside dans la propriété sociale (ou
publique) du capital. En revanche, la notion de “mode de production
étatique” me parait réductrice : l’État n’est pas le seul intervenant
dans la gestion du secteur public, et les collectivités locales jouent
un rôle essentiel dans un système qui est très décentralisé. Quant au
“mode de production socialiste”, cette expression ne correspond pas à la
réalité : la formation sociale chinoise étant une formation en
transition, c’est cette transition qui est socialiste, et non tel ou tel
des modes de production qui lui fournissent sa base matérielle. En somme, le mot “socialisme” ne peut pas désigner, à la fois, le tout et la partie.
2. Deuxièmement, le mode de production capitaliste,
lequel existe bel et bien dans la formation sociale chinoise, depuis
qu’il a été réintroduit au début des années 1990 par les réformes de
Deng Xiaoping.
Ce secteur capitaliste joue un rôle important dans un certain
nombre de domaines qui ont nécessité des capitaux, des compétences et
des technologies indispensables à la modernisation du pays et dont ne
disposait pas immédiatement la puissance publique. Au début des
réformes, ces apports de capitaux privés provenaient surtout de la
diaspora chinoise d’outre-mer, puis ils sont venus pour une part
grandissante des capitalistes nationaux et des investisseurs extérieurs.
Relèvent en effet du mode de production capitaliste les entreprises
privées à capitaux étrangers qui se sont installées progressivement
depuis les années 1990 sur le sol chinois. Ces investissements directs
étrangers (IDE) ont été encouragés, de manière sélective, par les
autorités du pays, afin d’y créer des emplois et de favoriser les
transferts de technologies. C’est notamment grâce à cette ouverture
internationale que l’économie chinoise a connu une nouvelle phase de son
développement dans les années 2000.
Loin de constituer le mode de production dominant, le mode de
production capitaliste a donc été réintroduit en Chine sous le contrôle
de l’État socialiste afin d’obtenir des capitaux et des technologies,
mais aussi pour stimuler l’effort de modernisation des entreprises
nationales sous l’aiguillon de la concurrence étrangère. Le moins qu’on
puisse dire, c’est que ce pari de la modernisation sous la contrainte
externe a été largement gagné. L’apport du capital privé a été
judicieusement calculé par les autorités chinoises afin de doper la
croissance endogène, sans mettre en péril la souveraineté économique du
pays ni s’exposer aux extravagances du marché provoquées par les crises
cycliques du capitalisme mondial. Appliquant le principe maoïste
selon lequel il faut “chercher la vérité dans les faits”, les
planificateurs chinois ont expérimenté les vertus d’un secteur
capitaliste circonscrit au nécessaire et sévèrement rappelé à l’ordre
lorsqu’il outrepassait ses prérogatives de force d’appoint.
Au demeurant, les dizaines de Chinois richissimes qui ont été
sanctionnés depuis quinze ans (y compris, dans un cas extrême, au moyen
de l’exécution capitale), que ce soit pour leurs malversations
financières, leurs interventions intempestives ou leur pratiques
monopolistiques, témoignent des limites de l’influence du mode de
production capitaliste en République populaire de Chine. On conviendra
qu’il est difficile, dans ces conditions, d’inférer le caractère
“capitaliste” de la formation sociale chinoise de la présence de
“capitalistes” en son sein.
Mais l’aspect le plus intéressant, dans cette réhabilitation sous
conditions du capitalisme, concerne sans doute les transferts de
compétences attendus par les responsables chinois. Après tout, c’est
avec les hommes d’aujourd’hui qu’il faut construire le socialisme de
demain, et dans un contexte de pénurie il faut savoir utiliser les
ressources disponibles. Lorsque Mao Zedong, dans le cadre de la
“démocratie nouvelle” (1949-1953), a classé la “bourgeoisie nationale”
au rang des “classes révolutionnaires”, il songeait surtout à utiliser
les compétences techniques de cette classe sociale instruite : des
entrepreneurs privés sont ainsi devenus les directeurs de leur propre
usine, désormais placée sous le contrôle des syndicats et mise au
service de la révolution.
A l’adresse de ceux qui
jugent rédhibitoire d’un point de vue marxiste la participation des
capitalistes à la transition socialiste, il faut citer ce que disait
Lénine en avril 1921 dans sa brochure “Sur l’impôt en nature” à propos
des “concessions” accordées au “capital privé” au nom d’un “capitalisme
d’État” qu’il concevait comme “l’antichambre du socialisme” : “Nous
payons un certain tribut au capitalisme mondial, nous lui payons une
rançon”, et “nous ne devons pas craindre d’avouer que nous pouvons et
devons encore beaucoup apprendre des capitalistes”. Certes, “cela peut
sembler paradoxal : le capitalisme privé dans le rôle d’auxiliaire du
socialisme ? Mais cela n’a rien d’un paradoxe, c’est un fait économique,
absolument incontestable”. La vérité, c’est que “le capitalisme est un
mal par rapport au socialisme, mais qu’il est un bien par rapport au
Moyen Age, par rapport à la petite production, par rapport au
bureaucratisme qu’engendre l’éparpillement des petits producteurs”. Et
puisque “nous ne sommes pas encore en mesure de réaliser le passage
immédiat de la petite production au socialisme, le capitalisme est dans
une certaine mesure inévitable, comme une conséquence naturelle de la
petite production. Nous devons donc utiliser le capitalisme, (surtout en
l’orientant dans la voie du capitalisme d’État) comme maillon
intermédiaire, conduisant de la petite production au socialisme. Nous
devons l’utiliser comme moyen, voie, procédé, modalité, permettant
d’augmenter les forces productives”.
3. Troisièmement, le mode de production familial qui est encore largement prépondérant dans l’agriculture chinoise.
Ce mode de production a connu une histoire singulière : sous sa
forme actuelle, il résulte des réformes des années 1980 consécutives au
démantèlement des structures collectives créées dans les années 1950. Au
lendemain de la victoire sur l’envahisseur japonais, en 1945, les
terres appartenant aux propriétaires fonciers ont été redistribuées à la
paysannerie pauvre, et cette redistribution massive a été entérinée par
la grande loi agraire de 1950. Cette révolution paysanne a mis fin aux
rapports sociaux de domination qui livraient la majorité des paysans à
une exploitation féroce. Elle a généré une agriculture formée d’une
multitude de petites exploitations familiales dont la productivité, trop
faible, ne permettait pas un véritable décollage de la production
agricole. C’est pourquoi Mao Zedong a lancé en 1953 la collectivisation
des terres, achevée en 1957, qui a donné naissance aux fameuses
“communes populaires” dans lesquelles les cultivateurs travaillaient,
pour l’essentiel de leur temps de travail, au profit de la collectivité.
Avec la modernisation des équipements, la généralisation de l’usage
des engrais, la sélection de plus en plus rigoureuse des semences, les
conditions techniques de la production ont progressivement changé. Le
collectivisme intransigeant des communes populaires a été peu à peu
atténué et les paysans ont pu cultiver un lopin individuel. Après la
“Révolution culturelle” (achevée en 1976), les autorités ont décidé,
dans le cadre des nouvelles réformes, de rétablir le système de
l’exploitation familiale afin de stimuler la productivité de ces unités
autonomes de production que constitueraient désormais les fermes
familiales. L’agriculture chinoise telle qu’elle existe aujourd’hui est
donc le résultat combiné de trois processus historiques : une
redistribution égalitaire des parcelles entre les familles paysannes
(acquise en 1950 et renouvelée en 1984 après la dissolution des communes
populaires), une succession de progrès techniques due aux
investissements réalisés durant la période maoïste, et enfin une
libéralisation des marchés agricoles dans le cadre des réformes de Deng
Xiaoping. Le mode de production dominant dans l’agriculture chinoise est
donc le mode production familial, la famille paysanne étant liée
contractuellement avec les collectivités locales (au nom de l’État), et
bénéficiant d’un droit héréditaire et exclusif à l’exploitation d’une
parcelle attribuée en fonction du nombre d’habitants.
Lorsque les enfants ne veulent pas reprendre l’exploitation
agricole de leurs parents, l’usage de la terre peut être loué à d’autres
cultivateurs, ce qui explique la taille très variable des exploitations
existantes. Mais la terre ne peut pas être vendue, puisqu’elle
appartient à l’État qui en est le propriétaire ultime, et ce sont les
collectivités locales qui en organisent l’attribution en fonction des
besoins, agricoles et non agricoles. Au total, ce système donne aux
exploitants une grande autonomie de gestion, et le contrat avec l’État
leur garantit de surcroît un véritable droit à la terre. La famille
paysanne, en vertu de la loi, est l’attributaire exclusive d’une
parcelle qui lui fournit l’essentiel de sa subsistance et lui permet de
commercialiser librement ses produits sur le marché. Notons cependant
que ce mode de production familial ne va pas sans une contradiction
entre la propriété publique de la terre, favorable au maintien d’une
agriculture parcellaire de petite dimension, et la propriété privée de
la production, obéissant aux lois du marché et à ses contraintes de
compétitivité. Ajoutons à ce tableau que l’agriculture chinoise, pas
plus que les autres secteurs, n’est chimiquement pure : elle comprend
aussi des éléments empruntés à d’autres modes de production lorsqu’elle
recourt au travail salarié ou requiert des investissements importants
dans les secteurs à forte valeur ajoutée, ce qui est le cas de certaines
productions commerciales.
4. Quatrièmement, le mode de production individuel,
incarné par des personnes physiques qui exercent une activité
artisanale, tertiaire ou libérale, de manière quasiment indépendante
(souvent dans un cadre familial) sans avoir le statut de salarié, ni
celui de patron.
Très nombreuses en Chine, ces petites entreprises individuelles
(qui correspondent en gros au statut d’auto-entrepreneur tel que nous le
connaissons) ne relèvent évidemment pas du secteur capitaliste : elles
ignorent le plus souvent l’emploi de travailleurs salariés et reposent
sur la valorisation d’un travail individuel ou familial. Et cela, même
si leur activité se déploie dans un environnement qui est lui-même
hybride, puisque le travailleur individuel doit côtoyer des entreprises
privées de taille variable dont il dépend parfois et avec lesquelles il
noue toutes sortes de rapports.
Notons que cette très petite entreprise existait déjà durant
l’époque maoïste, mais de façon résiduelle, dans les interstices d’une
économie largement collectivisée. Avec les réformes, ce mode de
production a connu un essor considérable dans les villes comme dans les
campagnes. Favorisée par les nouvelles habitudes de consommation, elle a
aussi été encouragée par les autorités, lorsqu’elles ont officiellement
reconnu la liberté d’entreprendre et la propriété privée. L’appel à
l’initiative individuelle et l’appât du gain ont stimulé le
développement de toute une série d’activités légères, très faibles en
capital, et reposant pour l’essentiel sur l’ardeur à la tâche du
travailleur individuel ou du petit entrepreneur : petit commerce,
restauration, transport de personnes, etc.
5. Cinquièmement, le mode de production coopératif, qui s’est développé de manière exponentielle dans la phase de transition.
L’exemple le plus emblématique de la puissance du secteur
coopératif en Chine, c’est très certainement l’entreprise Huawei, dont
le capital est détenu par les salariés, le fondateur de l’entreprise,
ancien colonel de l’Armée populaire de libération, ne détenant lui-même
que 1 % de ce capital. Naturellement, cette entreprise n’est pas cotée
en bourse et elle est donc l’affaire de ses salariés-associés,
manifestement recrutés sur des critères de compétence au vu des
prouesses technologiques accomplies par cette entreprise de très haut
niveau, qui dame le pion aux multinationales occidentales de la même
catégorie. Mais la coopération a fait également un retour spectaculaire
dans le monde agricole. Afin d’améliorer les performances du secteur,
une loi votée en 2007 a prévu des financements publics pour faciliter la
mise en place de “coopératives spécialisées”. Le système des petites
parcelles éparpillées ayant révélé ses limites, la création de
coopératives permet désormais de mutualiser les moyens et d’investir
dans des techniques agricoles plus modernes, augmentant les surfaces
cultivables et le rendement des exploitations. Aujourd’hui, on compte
deux millions de coopératives, regroupant la moitié des familles
paysannes. Singulière ironie de l’histoire, qui voit le retour en force
d’un esprit coopératif que l’on croyait rangé au magasin des accessoires
depuis le démantèlement des communes populaires et le partage des
terres collectives.
Il est particulièrement intéressant, à ce propos, de rappeler ce
que Lénine, dans La Pravda du 26 mai 1923, disait des coopératives. “Il
est certain que dans un État capitaliste, les coopératives sont des
institutions capitalistes collectives. Sous le capitalisme privé, les
entreprises coopératives se distinguent des entreprises capitalistes
comme les entreprises collectives se distinguent des entreprises
privées”. Or tout change avec la révolution socialiste. “Dans notre
régime actuel, les entreprises coopératives se distinguent des
entreprises capitalistes privées comme entreprises collectives, mais
elles ne se distinguent pas des entreprises socialistes, si la terre où
elles sont bâties et les moyens de production appartiennent à l’État,
c’est-à-dire à la classe ouvrière. On oublie donc que grâce au caractère
particulier de notre régime politique, la coopération acquiert chez
nous une importance tout à fait exceptionnelle”. Quel est le rapport
entre la coopération et le socialisme ? La réponse de Lénine est on ne
peut plus claire. “Aujourd’hui, nous sommes en droit de dire que le
simple développement de la coopération s’identifie au développement du
socialisme”.
/image%2F1440064%2F20260402%2Fob_9a16f5_the-inception-of-the-great-proletarian.jpg)
Une NEP aux caractéristiques chinoises ?
Cette photographie des
modes de production en vigueur dans la formation sociale chinoise a le
mérite de souligner son pluralisme constitutif : le système chinois
actuel associe différents modes de production, différents régimes de
propriété et différentes classes sociales. Loin de toute utopisme, il ne
prétend pas avoir aboli la division interne de la société et les
inégalités qui la traversent. Ce pluralisme assumé constitue-t-il une
anomalie en regard de la transition socialiste ? Comme on l’a vu plus
haut, toute formation sociale historiquement déterminée comprend
plusieurs modes de production tout en ayant un mode de production
dominant. Et dans le cas de la Chine contemporaine, formation de
transition qui est encore au “stade primaire du socialisme”, c’est le
mode de production socialisé qui est le mode de production dominant.
Pour citer encore Lénine, on sait qu’il s’est livré devant ses
camarades, dans une brochure de 1918 sur “L’économie actuelle de la
Russie”, à un exercice analytique comparable. Décrivant la transition en
cours dans la Russie des soviets, il rappelle que “le régime
actuellement existant renferme des éléments, des parcelles, de petits
morceaux de capitalisme et de socialisme”.
Quels sont ces éléments relevant de “différents régimes de
l’économie sociale” ? Le premier élément, dit-il, c’est “l’économie
paysanne patriarcale”. Le deuxième élément, c’est “la petite production
marchande”, cette catégorie comprenant “la plupart des paysans qui
vendent du blé”. Le troisième élément, c’est “le capitalisme privé”. Le
quatrième, c’est “le capitalisme d’État”. Le cinquième, “c’est le
socialisme”.
”La Russie est si grande et si variée”, dit-il, “que toutes ces
diverses formes économiques et sociales s’y entremêlent, et c’est ce qui
fait l’originalité de la situation”.
Parmi ces éléments, quels sont ceux qui prédominent ? “Dans un pays
de petite paysannerie, poursuit Lénine, c’est l’élément petit bourgeois
qui prédomine et ne peut pas ne pas prédominer”. La majorité des
cultivateurs étant de “petits marchands”, le problème de la transition
sera donc de faire prévaloir le socialisme, peu à peu, sur la petite
production marchande.
Mais cette transition, Lénine la conçoit comme un processus qui
prendra beaucoup de temps, par étapes successives, sans forcer le
mouvement au risque de faire échouer l’entreprise. Avec la nouvelle
politique économique (NEP), la Russie soviétique a pris en 1921 la
direction d’une transition de longue durée accompagnée d’une “révolution
culturelle” (ce sont les mots de Lénine) destinée à élever le niveau de
la population. “Nous n’avons jamais été des utopistes, et nous n’avons
jamais pensé que nous allions construire la société communiste avec les
mains bien propres de communistes proprets, qui doivent naître et
s’éduquer dans la société communiste pure. Ce sont là des contes
d’enfants. Nous devons bâtir le communisme avec les débris du
capitalisme”. Car “le prolétariat n’est pas exempt des défauts et
faiblesses de la société capitaliste. Il lutte pour le socialisme et en
même temps, il combat ses propres insuffisances”. Certes, “nous
élèverons la culture de la campagne, mais c’est là une affaire de
longues, très longues années”.
Pour conduire cette transition de longue durée, et compte tenu des
circonstances, Lénine a la conviction qu’il faut d’abord recourir au
capitalisme d’État. “Le socialisme est impossible sans la technique de
la grosse industrie capitaliste, technique organisée selon le dernier
mot de la science moderne. Il est impossible sans une organisation
méthodique réglée par l’État, et qui impose à des dizaines de millions
d’hommes la stricte observation d’une norme unique dans la production et
la répartition des produits. Nous marxistes, l’avons toujours dit”. En
effet, “ce n’est pas sans raison que les maîtres du socialisme ont parlé
de toute une période de transition du capitalisme au socialisme, ce
n’est pas sans motif qu’ils ont insisté sur les longues douleurs de
l’enfantement de la nouvelle société, cette dernière étant elle aussi
une abstraction, incapable de devenir une réalité autrement qu’à la
suite d’une série de tentatives concrètes, variées et imparfaites pour
fonder tel ou tel État socialiste”. Or “le capitalisme de monopole de
l’État est la préparation matérielle la plus complète du socialisme,
l’antichambre du socialisme, l’échelon historique qu’aucun autre échelon
intermédiaire ne sépare de l’échelon appelé socialisme”.
Sous l’égide de l’État
prolétarien, quelle est notre politique économique, demande Lénine en
1921, lorsqu’il lance la NEP ? Notre politique, c’est de “donner aux
petits paysans, en échange du blé, tous les produits dont il ont besoin
et que fournit la grosse industrie socialiste”. C’est pourquoi il ne
faut pas “bloquer le développement des échanges privés non pratiqués par
l’État, c’est-à-dire du commerce, c’est-à-dire du capitalisme”. Car
c’est “un développement inévitable” lorsqu’il y a “des millions de
petits producteurs”. Entraver ces échanges, ce serait “une sottise et un
suicide pour le parti qui aurait essayé de le faire, une sottise, parce
que cette politique est économiquement impossible, un suicide, parce
que les partis qui essaient de pratiquer une politique de ce genre
aboutissent à une faillite certaine”. Ce que nous devons faire, “ce
n’est pas bloquer le développement du capitalisme, mais s’appliquer à
l’orienter dans la voie du capitalisme d’État, chose économiquement
possible, puisque le capitalisme d’État existe sous une forme ou sous
une autre partout où il existe des éléments de commerce libre et de
capitalisme en général”. C’est pourquoi “l’État prolétarien doit devenir
un patron prudent, soigneux et habile, un négociant en gros
consciencieux. Sinon il ne pourra pas mettre debout, économiquement, ce
pays de petits paysans”. Il ne faut pas oublier, en effet, que “la
misère et la ruine sont telles que nous ne pouvons pas rétablir d’emblée
la grosse production socialiste, les grandes usines de l’État”. Nous
devons donc aider “la petite industrie qui ne demande pas de machines et
qui est à même d’apporter une aide immédiate à l’économie paysanne et
de relever ses forces productives”. Et cela, même si, “à la faveur d’une
certaine liberté du commerce, renaissent la petite bourgeoisie et le
capitalisme”.
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Chacun connaît l’issue
historique de la NEP et le tournant adopté par la politique soviétique à
partir de 1929 : la mise en œuvre du premier plan quinquennal,
l’industrialisation accélérée et la collectivisation de l’agriculture.
Mais ce qu’un tel détour par Lénine et la NEP permet de comprendre,
c’est que la transition socialiste, quelles que soient les
circonstances, doit toujours composer avec la pluralité des modes de
production. Et ce qu’illustre la voie chinoise vers le socialisme, c’est
précisément l’acceptation de cette réalité objective. Avec la
“démocratie nouvelle” théorisée en 1940, Mao Zedong avait déjà pris acte
de la réalité concrète de la formation sociale chinoise dont le parti
communiste parvenu au pouvoir assumerait désormais le pesant héritage.
“Le prolétariat, la paysannerie, la petite bourgeoisie et la bourgeoisie
nationale” constituent, aux yeux de Mao, les “quatre classes
révolutionnaires” avec lesquelles la Chine nouvelle fondée en 1949 va
s’engager sur la voie du socialisme. Mais cette orientation initiale
sera sérieusement révisée à partir du premier plan quinquennal
(1953-1957), lorsque lui succédera la “construction des bases du
socialisme”. Avec la collectivisation de l’agriculture et la création
d’une puissante industrie d’État, la formation sociale chinoise se dote
d’un mode de production socialisé qui deviendra, au cours de la période
maoïste, son mode de production quasi exclusif. Société collectiviste,
égalitaire et frugale, la Chine de Mao expérimente une forme de
socialisme inédit, dont le point culminant sera atteint durant la
Révolution culturelle (1966-1976).
La question de savoir si cette “révolution dans la révolution” a
été condamnée par ses propres excès est une question que les communistes
chinois ont tranchée en 1981 en la qualifiant de “déviation gauchiste”.
Ce qui est sûr c’est que la politique nouvelle, celle des “quatre
modernisations” qui sera engagée à partir de 1978, marque un changement
de cap économique dont les effets se font sentir jusqu’à aujourd’hui.
Tandis que l’État socialiste conserve le contrôle des principaux moyens
de production, l’agriculture est restituée à l’exploitation familiale et
les activités tertiaires confiées au secteur privé. Loin de constituer
le mode de production exclusif, le mode de production socialisé, celui
des entreprises d’État, fournit l’ossature de l’économie. À l’intérieur
d’un vaste secteur privé émerge une nouvelle couche sociale qui n’est
pas sans ressembler à la “bourgeoisie nationale” des années 1949-1953,
la principale différence résidant dans le fait que cette néobourgeoisie
se voit légitimée dans ses prérogatives, puisque la propriété privée et
l’initiative individuelle sont désormais consacrées par la loi et même
par la Constitution.
Il en résulte une composition organique originale, où le mode de
production socialisé domine, de toute sa hauteur, les autres modes de
production, lesquels se voient attribuer différents segments de
l’activité économique et sociale. D’une certaine façon, on peut donc
interpréter “la réforme et l’ouverture” engagées depuis les années 1980
comme une sorte de “NEP aux caractéristiques chinoises”, puisqu’on y
retrouve à peu près les mêmes ingrédients : le monopole du pouvoir
exercé par le parti communiste, la direction planifiée de l’économie par
l’État socialiste, la prédominance du mode de production socialisé, la
coexistence avec d’autres modes de production comme l’agriculture
familiale, la petite production marchande et une forme de capitalisme
tolérée dans les limites de la transition socialiste. Remarquons
toutefois que la ressemblance s’arrête à cette description empirique des
différents modes de production. Car le processus historique qui lui a
donné naissance est évidemment très différent. Dans la Russie des
soviets, la NEP visait à développer les forces productives en
libéralisant le commerce et en stimulant la production agricole. Au
lendemain, de la période dramatique du “communisme de guerre”, qui avait
vu l’État prolétarien naissant imposer des prélèvements sur la
production de manière autoritaire, il s'agissait de desserrer l’étreinte
créée par la guerre civile : pour libérer l’activité productive, il
fallait accepter, durant une certaine période, le développement du
capitalisme et la permanence de la petite production marchande.
En Chine , “la réforme et
l’ouverture” avaient pour vocation, comme la NEP de Lénine, de stimuler
le développement des forces productives en libérant d’abord les énergies
de la paysannerie, puis celles du secteur privé renaissant dans les
villes. Et dans les deux cas, la pluralité restaurée des modes de
production s’est accompagnée de la prédominance du mode de production
socialisé. Mais dans le cas de la Russie soviétique, l’arriération
économique était imputable à l’état de délabrement de l’économie russe,
légué par le régime tsariste. En Chine, l’état d’arriération de
l’économie était dû, selon les dirigeants chinois, à la stagnation
provoquée par la “Révolution culturelle”. Ainsi, non seulement les
prémisses historiques des deux périodes ne sont pas les mêmes, mais la
situation est diamétralement opposée. Pour les bolcheviks au pouvoir, en
1921, la NEP vient réparer les dégâts causés par la guerre civile et
préparer la collectivisation à venir. Pour les communistes chinois, en
1978, “la réforme et l’ouverture” viennent réparer les errements d’une
collectivisation excessive. Lorsque les Chinois s’engagent dans les
réformes, ce n’est pas un répit rendu nécessaire par la régression
économique, mais le début d’une nouvelle phase historique : après avoir
fait l’expérience d’un collectivisme rigide, le parti communiste chinois
comprend qu’il faut changer de méthode pour parvenir au socialisme.
C’est la raison pour laquelle la politique adoptée par les Chinois
en 1978, à l’opposé de la NEP, s’inscrit délibérément dans une
temporalité extrêmement longue. Lorsque le PCC adopte la théorie du
“stade primaire du socialisme”, en 1987, il sait que cette orientation
sera valable pour les décennies à venir, et Deng Xiaoping parlera de
2049 comme d’un horizon raisonnable pour l’achèvement de la
modernisation socialiste.
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La “NEP aux
caractéristiques chinoises”, par conséquent, risque fort d'être autre
chose qu’une simple parenthèse ou qu’un simple répit. Tout indique au
contraire que la composition organique de cette formation sociale qu’est
la Chine contemporaine a atteint un point d’équilibre et que, pour les
dirigeants chinois, la prédominance du mode de production socialisé
garantit que le pays ne déviera pas de la voie socialiste. Il n’y a
aucune raison d’envisager de faire disparaître les autres modes de
production, des lors que cette pluralité organique, sous le régime
socialiste, a permis le développement spectaculaire de l’économie
chinoise au cours des vingt dernières années. Si “la pratique est le
seul critère de la vérité” (Mao), il faut mettre les idées à l’épreuve
de la pratique pour vérifier si ce sont des idées justes. Or la pratique
a montré qu’une économie mixte régulée par un État planificateur
permettait d’atteindre un niveau de développement jamais atteint et
manifestait son éclatante supériorité sur les autres modèles de
développement.
Lorsque Deng Xiaoping a
lancé les réformes, il les avait justifiées en disant que “nous avons 20
à 30 ans de retard sur les pays avancés en matière de développement de
la science et de la technologie”, qu’il fallait “absolument combler ce
retard”, et c’est pourquoi il fallait “stimuler la croissance des forces
productives et conduire à l’amélioration de la vie matérielle et
culturelle du peuple chinois”. Le modèle socialiste et le modèle
capitaliste doivent être jugés sur leurs résultats, et non en fonction
d’idées abstraites. “Si le taux de croissance des forces productives
dans un pays socialiste est inférieur à celui des pays capitalistes sur
une longue période historique, comment pouvons-nous parler de la
supériorité du système socialiste ?” Les succès de la modernisation
chinoise chinois depuis le lancement des réformes sont la vérification
pratique que cette orientation était adéquate. Comment le nier ? Du
point de vue matérialiste des réalisations concrètes, le système adopté
par la Chine sous l’égide de Deng Xiaoping et consolidé sous la
direction de Xi Jinping a fait la preuve de sa solidité et de son
efficacité. Il a conjugué une très forte croissance économique et une
remarquable stabilité sociale. Les Chinois vivent de mieux en mieux,
dans un pays qui a éradiqué la misère et l’analphabétisme. “Le
capitalisme se développe depuis plusieurs centaines d’années, rappelait
Deng Xiaoping. Depuis combien de temps construisons-nous le socialisme ?
Si nous pouvons faire de la Chine un pays modérément développé dans les
cent ans suivant la fondation de la République populaire, ce sera une
réalisation extraordinaire”.
Bruno Guigue
EL ANTIIMPERIALISMO COMO LUCHA PERMANENTE. RETOS HISTÓRICOS Y DESAFÍOS ACTUALES – Entrevista a Iñaki Gil de San Vicente
Revista Lume Vivo
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1. ¿Cómo definirías el antiimperialismo desde una mirada marxista?
El antiimperialismo es la síntesis profunda de todas las luchas contra el capital, es el hilo rojo que conecta a las resistencias que se enfrentan directa o indirectamente al capitalismo y, sobre todo, lo es de las que superan la fase de resistencia democrático-radical para avanzar a la de construcción de fuerzas comunistas. En el capitalismo actual no existe ninguna situación ni área social que esté libre del control –abierto o encubierto, cercano o lejano– del imperialismo, como veremos, lo que hace que cualquier reivindicación local y aislada que parezca serlo tiene, sin embargo, un contenido objetivo antiimperialista al margen de la capacidad subjetiva de sus participantes, incluso si estos no niegan y rechazan.
En el capitalismo actual, el antiimperialismo tiene muchos más frentes de lucha por el socialismo y la independencia de los pueblos que nunca antes, de los que existían en 1916, hace 109 años, cuando Lenin escribió –y autocensuró– su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo para burlar la represión zarista. No es que estemos bajo otro capitalismo cualitativamente diferente, algo parecido a la moda reaccionaria que parloteaba sobre la «globalización», la «nueva economía», la «economía inteligente e inmaterial», o sobre el «imperio» y la «multitud» negrista, o sobre los «significantes vacíos», etc. No, no existe ningún «nuevo» capitalismo que anule definitivamente el valor teórico y político de la teoría marxista del imperialismo.
El capitalismo actual sigue siendo esencialmente el mismo que el de 1916, que el de 1900 cuando empezó a estudiarse qué era aquella novedad que llamaban «imperialismo», que el de 1894, cuando Engels constató la importancia que había adquirido el entonces llamado «capital-dinero» –y ahora «capital financiero»–; el mismo que el de 1867, cuando se editó en El Capital y en sus borradores que se publicarían en 1885, 1894 y 1905. El núcleo del capitalismo no es otro que la explotación de la fuerza de trabajo para acumular capital, que será reinvertido en ampliar esa acumulación. Las crisis genético-estructurales del capital surgen precisamente cuando se ralentiza y luego se detiene esa acumulación por diversas razones. Como veremos, el salto de la fase colonialista a la fase imperialista fue precisamente una consecuencia de las medidas burguesas para salir de la crisis de acumulación de la primera ‘Gran Depresión’ de 1873-1899 mediante una serie de medidas que, en su conjunto, muestran lo que era el imperialismo en el primer tercio del siglo XX.
Desde la Segunda Guerra Mundial, desde 1945, el imperialismo, como veremos, desarrolla nuevas formas sin por eso dejar de ser imperialismo –de la misma forma que a una escala cualitativa superior, el capitalismo sigue siendo el mismo en esencia desde los siglos XVI-XVII, aunque haya transitado por expresiones, formas y fases sucesivas adecuadas a las diversas áreas explotadoras mediante las que se intenta expandir la acumulación. Es cierto que la categoría de esencia es fundamental aquí como en todo, de la misma manera que lo es la unidad de contrarios de esencia e fenómeno– pero no podemos desarrollarlas ahora más que en lo básico.
La esencia es lo que identifica un proceso, lo que distingue a una cosa frente a las demás, lo que determina su cualidad específica y diferente de las demás cosas y procesos. El fenómeno es la expresión externa que va adquiriendo la esencia en su movimiento y complejización crecientes. El fenómeno expone algunas de las características de la esencia a la que está unida y de la que es inseparable, y puede llegar el momento en el que esencia y fenómeno se unan y luego se separen, de modo que el fenómeno se transforme en la esencia de otro proceso nuevo y viceversa.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo empezó a mostrar fenómenos, formas y continentes nuevos que reflejaban la complejización de su esencia, es decir, que, por un lado, se agudizaban sus características esenciales y, por otro lado, en su interior se desarrollaban otras nuevas no existentes hasta entonces. Es muy fácil recurrir a la invención de la bomba atómica como ejemplo del inicio de la nueva fase del imperialismo, lo cual es cierto, pero insuficiente porque la bomba es solo la expresión más brutal de unas transformaciones del capitalismo que se iniciaron a raíz de la segunda Gran Depresión de 1929, una crisis genético-estructural surgida de las entrañas del imperialismo. A lo largo de las páginas que siguen iremos viendo lo que va envejeciendo, lo que es permanente y las formas nuevas en las que se presenta el capitalismo y el imperialismo.
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2. ¿Cómo anticiparon Marx y Engels una teoría antiimperialista? ¿Cuáles son las raíces teóricas del imperialismo dentro del marxismo?
Buena parte de la obra de Marx y Engels se elaboró mientras no existía aún la palabra «imperialismo» o apenas era utilizada desde 1860 en adelante tanto en políticos franceses como, sobre todo, por ingleses ya lanzados abiertamente a expandir su capitalismo a costa de los pueblos del mundo, sobre todo de los que habían sufrido poco o nada el saqueo colonialista, tal como lo explicaba brutalmente el primer ministro británico Disraeli en 1878. Pero, para entonces, Marx y Engels ya habían leído, criticado y superado las ideas de Hegel sobre la universalidad, y ya habían hablado de la tendencia del capital a la mundialización de sus fuerzas productivas, e incluso en 1852 utilizan el término «imperialismo» pero en su connotación de dominio político de Napoleón III. Desde 1860, Francia, EE.UU. y más tarde Alemania empiezan a proteger sus economías frente a la potencia británica.
Marx y Engels ya habían criticado ferozmente el colonialismo y estudiaban con ahínco la creciente resistencia de los pueblos precapitalistas a las invasiones occidentales. Ya se habían posicionado abiertamente por la independencia revolucionaria de Irlanda y Polonia, por la justeza de la rebelión anticolonial india de 1857 –inhumanamente aplastada–, así como la de otros pueblos. Es muy ilustrativa su opinión de que la independencia polaca e irlandesa exigía una radical reforma agraria que devolviera el poder al pueblo, y en el caso irlandés esta tesis se concreta aún más: Irlanda necesita independizarse políticamente de Inglaterra, y a la vez necesita una revolución agraria y una protección aduanera que proteja su economía de los tentáculos ingleses. Hoy estas propuestas engarzan directamente con las luchas de independencia antiimperialista y socialista de los pueblos.
También son muy importantes para el tema que nos ocupa, sus ideas sobre la capacidad de resistencia anticolonial de los pueblos y Estados con propiedades comunales, con comunas campesinas, pueblos que las defendían tenazmente, resistencias que adelantaban muchas de las luchas antiimperialistas actuales en defensa o en recuperación de sus recursos colectivos. En la década de 1870, Marx y Engels llegaron a la conclusión de que las revoluciones ya no empezarían por y en Europa, sino que lo harían en Asia y especialmente en Rusia. Su visión de la lucha de clases mundial se estaba enriqueciendo al estudiar las resistencias anticoloniales de pueblos precapitalistas, y el impacto en la capacidad de alienación, soborno e integración del proletariado occidental gracias a que las sobre ganancias obtenidas con el colonialismo le permitía hacer algunas pequeñas reformas y concesiones sociales. En 1916, Lenin llamaría «aristocracia obrera» a estas capas sociales integradas en el orden burgués.
Estas y otras opiniones de Marx y Engels eran inseparables del desarrollo teórico que, para lo que ahora nos interesa, podemos sintetizar en la teoría de las crisis, o más concretamente en la ley general de la acumulación de capital y en la ley tendencial de caída de la tasa media de ganancia. La necesidad ciega del capitalismo para aumentar sus ganancias –necesidad que sufre crecientes obstáculos por el descenso de los beneficios– lo lleva a expandirse por el mundo a cualquier precio. Marx expuso las contramedidas que frenan a medio y largo plazo la tendencia a la caída de las ganancias que ahora podemos actualizar así: aumentar la explotación; abaratar los costos; aumentar la productividad; ampliar mercados; aumentar la demanda; deslocalizar empresas y exportar capitales, etc., pero en última instancia, provocar guerras con dos fines básicos: saquear, expoliar, robar, y destruir fuerzas productivas, destruir competencia, para intentar reiniciar otra fase económica expansiva de acumulación de capital, que es lo decisivo.
Estas y otras reflexiones críticas surgían de la urgente necesidad de descubrir las causas socioeconómicas de las atrocidades que cometían las grandes potencias que transitaban del colonialismo y la fase imperialista que estaba a punto de irrumpir definitivamente. La crítica teórica iba unida a la crítica práctica, y desde 1884 se endurece en Alemania el debate sobre el gasto militar y sobre el colonialismo. En 1885, a los dos años de muerto Marx y mientras Engels estaba sumergido en el desciframiento de sus «jeroglíficos», el socialista E. Belfort Bax, publicó un libro pionero sobre imperialismo y socialismo que fijó ideas centrales como la de que el imperialismo buscaba países que invadir con sus excedentes. A finales de esa década de 1880, el norteamericano Wilshire, socialista radical, empezó a estudiar el origen y el desarrollo del capital monopolista en EE.UU. como efecto de las leyes de concentración y centralización descubiertas por Marx unos años antes, y en 1901 publicó otro libro pionero al respecto.
Mientras tanto, Engels escribió La bolsa en 1895 en el Prólogo al Libro III de El Capital, un textito que es una de sus últimas obras, donde explica en 7 puntos cómo ha evolucionado el capitalismo desde la primera edición de El Capital casi treinta años antes cuando la bolsa era un «elemento secundario» en cursiva por el autor, como indica en el punto 2 en comparación con el decisivo papel de la banca a finales del siglo XIX. En el punto 6, Engels sostiene que todas las inversiones extranjeras son en acciones y en el punto 7 dice que el colonialismo de entonces es «una simple sucursal de la bolsa» al servicio de la cual las potencias se reparten el mundo.
La bolsa es una crítica radical de las nuevas formas del capitalismo, lo cual no podía ser aceptado por la corriente reformista que crecía en la II Internacional. Que Engels iba por delante de los economistas burgueses lo vemos en que uno de sus más importantes, el yanqui Paul Reinsch, publicó en 1900 una investigación que corroboraba lo que Engels había dicho cinco años antes: el papel de la Banca en la financiación de proyectos en el extranjero. Una de las cualidades de Lenin fue la de recoger lo bueno de este autor e integrarlo en su obra.
Mientras tanto, en 1896, Bernstein atacó la teoría marxista defendiendo el «colonialismo bueno», «civilizador», el que lleva la paz y el bienestar a los «atrasados y salvajes». La discusión sobre el colonialismo se intensificó desde entonces. En 1900 se celebraron dos debates sobre el imperialismo: el SPD, en Alemania, y la Internacional Socialista en París. En ambos, Rosa Luxemburg destacó por su profunda crítica al militarismo como una de las nuevas características del capitalismo del momento. Todavía faltaban 12 años para que escribiera su obra La acumulación del capital, como veremos, y ya empezaba a ser señalada como una de las representantes más sólidas de la izquierda marxista. Para 1901, Kautsky había concretado algo sobre el avance del colonialismo y las tareas sindicales al respecto, insinuando algunos puntos que luego se multiplicaron con el imperialismo.
En 1902 Hobson, que no era marxista, sino una especie de socialdemócrata que quería reformas en beneficio del pueblo popularizó definitivamente el término de «imperialismo» que, según él, surgía sobre todo de la necesidad de los países enriquecidos para colocar sus capitales excedentarios en otros países, reduciendo así la posibilidad de crisis internas. Lenin leyó a Hobson en ese mismo año en su viaje a Londres y guardó las citas realizadas hasta que las recuperó en 1915. Por aquel entonces Hobson fue poco conocido por los estudiosos de la economía. Para Lenin, este autor era «útil en general» –porque ofrecía en su tiempo una visión teórica que aunaba muchas visiones parciales.
Los debates sobre el colonialismo, el militarismo, la guerra, y en menor medida aún sobre el imperialismo en concreto, se iban endureciendo y en 1905 Kautsky –al que volveremos– atacaba directamente a la corriente de Bernstein al estudiar la victoria de Japón sobre Rusia. También en 1905 y 1907 Otto Bauer, teórico austro-marxista, publicó dos textos sobre colonialismo y opresión nacional en los que hablaba explícitamente del imperialismo y el derecho de las nacionalidades a la autonomía nacional y cultural, aunque sin romper con el dogma del Estado unitario, centralizado política y culturalmente descentralizado. Mientras tanto, el primer genocidio registrado con tal nombre fue el del pueblo herero, en Namibia, realizado por Alemania, encrespando aún más el debate en la II Internacional en 1907 –año en el que también se realizaron otros congresos y debates en lo que ya el imperialismo y el militarismo se equiparaban totalmente al colonialismo. Por su importancia, volveremos a ellos en la respuesta a la siguiente pregunta.
Por debajo de estas discusiones cada vez más tensas bullían contradicciones esenciales del capitalismo desde su embrionario origen, por ejemplo: a partir de la opresión etno-nacional inhumana del esclavismo portugués en África desde la mitad del siglo XV y de la invasión de Nuestramérica desde finales de ese siglo. De estas brutalidades al genocidio de los hereros en Namibia por Alemania, pasando por la ensangrentada historia intermedia, hay un largo trecho cada vez más violento marcado por la dialéctica entre la lucha de clases interna y las guerras de expansión colonialista. La revolución de 1905 mostró crudamente el devenir de las contradicciones y a la vez abrió una nueva dinámica práctica y teórica sin la cual no entenderemos parte del impacto de Lenin.
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3. ¿Qué aportó Lenin con su libro El imperialismo, fase superior del capitalismo?
Las contradicciones agudizadas por la revolución de 1905 dentro de la II Internacional estallaron en 1910 al enfrentarse quienes defendían la huelga general revolucionaria para tomar el poder, y quienes, al contrario, defendían el parlamentarismo burgués como la única y excluyente vía pacífica y gradual al socialismo. Si bien en aquellos momentos no se discutió exclusivamente sobre el imperialismo, sí empezaron a marcarse las posiciones que chocarían más adelante. La parte reformista representada por Kautsky sostenía que el imperialismo no era una necesidad socioeconómica ciega, objetivamente necesaria, que surgía de la esencia del capital para superar sus crisis mediante la sobreexplotación y guerras injustas, sino que era una salida parcial, limitada al momento, que podía ser revertida con acuerdos contra el desarme y a favor de convenciones internacionales que lo prohibieran. La parte revolucionaria representada por Rosa Luxemburg sostenía que al imperialismo solo se le podría vencer mediante la revolución socialista, la destrucción del ejército burgués, la creación del pueblo en armas, etc.
La importancia crítica del debate sobre la militarización imperialista se vio en 1911 al rozarse la guerra entre Francia y Alemania cuando el barco alemán Panther –curiosamente el mismo nombre de un tanque nazi de 1943–, estuvo a punto de disparar contra otro barco francés en el puerto marroquí de Agadir. Una situación menos tensa se había producido en 1906, resuelta con cierta facilidad, pero la de 1911 rozó el estallido. Ambas potencias se enfrentaban por dominar áreas estratégicas a partir de las que penetrar en el Sahara y para el control el Mediterráneo Occidental. Aquella crisis azuzó el debate en la II Internacional porque se hizo evidente la proximidad de una guerra. La derecha y el reformismo de la II Internacional, representadas por Bernstein y Kautsky, insistieron en sus respectivas tesis, y la izquierda precisó aún más las suyas que, en el plano teórico, aparecieron publicadas en 1913 en el libro La acumulación del capital de Rosa Luxemburg cuyo subtítulo –suprimido en muchas ediciones– es Una contribución a la explicación económica del imperialismo. Las últimas páginas de este libro impresionan.
Hemos dicho arriba que el libro lleva la fecha de 1912, y es cierto, lo que ocurre es que la burocracia socialdemócrata presionó para que no se publicase porque su mensaje era inconciliable con el reformismo. Tras muchas gestiones, pudo editarse en 1913, justo un año antes de la Primera Guerra Mundial. Las respuestas reformistas fundamentales a Rosa Luxemburg fueron de dos austro-marxistas: Eckstein y Bauer, ambos partidarios de la guerra imperialista a favor de Austria-Hungría, aliada de Alemania. El primero murió en 1916 y el segundo en el exilio en 1938, mientras que Rosa fue torturada y asesinada por la alianza de sus ex compañeros socialdemócratas y los Freikorps protonazis en 1918, junto a miles de revolucionarios. Cuando Lenin escribió El imperialismo… en 1916, algunas de las tesis de Rosa estaban superadas por las nuevas realidades impuestas por la Primera Guerra Mundial. Tras su asesinato, Lenin la llamó «Águila» a pesar de haber tenido con ella nada menos que cinco grandes debates en menos de dos décadas.
Otro estudioso al que se leía mucho era Hilferding y su El capital financiero de 1910. Su autor fue asesinado por la Gestapo en 1941 en París. Su método de pensamiento apenas tenía en cuenta la dialéctica, ya que primaba «lo económico», el equilibrio y el desarrollo normal del capitalismo; su concepción política era socialdemócrata cercana a la de Kautsky, priorizando como este el «análisis económico» sobre el resto de componentes de la totalidad marxista. Es a partir de Hilferding que se populariza el concepto de «capital financiero» como fusión del industrial y del bancario, algo que ya iba siendo adelantado por otros investigadores. Nada de esto fue obstáculo para que Lenin extrajera lo bueno de su obra, como también de la de Hobson y tantos otros, incluida Rosa Luxemburg con la que, sin embargo, mantenía interesantes debates.
Se dice que Lenin no aporta casi nada propio, original, en El imperialismo fase superior del capitalismo de 1916, lo cual es cierto, aunque a la vez totalmente erróneo. Desde el sentido común y desde la lógica formal es cierto, desde la lógica dialéctica y desde la teoría marxista del conocimiento, es erróneo. La insuperada aportación de Lenin a la comprensión del imperialismo fue, y sigue siendo, pese a los 109 años transcurridos, la visión de la totalidad concreta del imperialismo, movida por sus contradicciones internas que, a su vez, nos remiten a la ley del valor que es el motor del capitalismo.
Pero analizar el imperialismo como totalidad concreta exige verlo a su vez inserto en otras relaciones que aparentemente no tienen nada que ver con él, pero que; sin embargo, y desde esa perspectiva, se descubren sus conexiones internas. Una virtud de Lenin es la de pensar dialécticamente y el exigir que lo haga todo marxista. ¿Qué es pensar dialécticamente? Es penetrar hasta la unidad y lucha de contrarios que mueve la realidad, lo que exige un gran esfuerzo teórico basado en el estudio de la mayor cantidad posible de información sobre la realidad que queremos revolucionar. Sorprende la masa de información que Lenin con 25 años utilizó para escribir El desarrollo del capitalismo en Rusia en 1895-96, en el cual ya se habla de la rentabilidad obtenida mediante la dura explotación en las colonias, con lo que se abre el sendero hacia la teoría del imperialismo en la actualidad, no solo en 1916. También sorprende la cantidad de textos que sostienen su obra Materialismo y empiriocriticismo de 1909. ¿Y qué decir de los 148 libros, 232 artículos y 49 revistas especializadas rigurosamente estudiadas en poco tiempo para escribir El imperialismo… en 1916?
Pero hay que decir que esta última obra es parte, además de un tremendo esfuerzo de creatividad teórica en años cruciales –los que van de 1913 a 1917, es decir, en la Primera Guerra Mundial. Desde esta perspectiva, El imperialismo… es una parte más de las cuatro fundamentales bases que forman la totalidad concreta teórica que sostendrá la oleada revolucionaria internacional que ya se insinuó en 1916, siendo las otras tres expuestas aquí en su devenir histórico. Una, las luchas de liberación de los pueblos, reforzada desde 1913 y que en 1914 materializa en El derecho de las naciones a la autodeterminación, que a su vez será enriquecido permanentemente hasta pocos días antes de su muerte en enero de 1924. Dos, el método dialéctico, lo que le llevó a bucear en decenas de libros sobre filosofía y ciencia, deteniéndose en la Ciencia de la Lógica de Hegel. Y tres, el fundamental problema del Estado y de la violencia, tema que llevó a Lenin a estudiar, entre otros, a Clausewitz y su De la guerra. Lenin intensificó sus estudios de la teoría de la guerra desde 1905 y desde 1914, lo que le permitió captar en la creciente inquietud de un sector de la oligarquía ya en marzo de 1915 de que la guerra podría terminar provocando un «caos revolucionario».
En julio de 1915, mientras Lenin estaba sumergido entre miles de páginas y un sinfín de debates, Bujarin publicaba El imperialismo y la economía mundial, que le aportó ideas importantes para su obra, saltando las diferencias que mantenían en otras cuestiones. Dos tesis de Bujarin ayudaron sobre todo a Lenin después de adaptarlas a su pensamiento: una era la tesis del trust capitalista de Estado, que expresaba la capacidad del Estado burgués para poner orden y centralizar la vida sociopolítica y económica –tesis que ayudaría a Lenin en sus estudios sobre El Estado y la revolución; y la otra, el problema de las relaciones entre, por un lado, la ciudad y la lucha obrera y por otro, el campo y la lucha campesina–, problema básico en la historia de las revoluciones anticapitalistas que sigue siendo actual en varios continentes. Esta segunda aportación también ayudó a Lenin en sus estudios sobre el Estado, la lucha de clases, los soviets de soldados, obreros y campesinos, etc.
Como vemos, Lenin llevaba a cabo un estudio totalizante del capitalismo, es decir, no dejó de analizar ninguna de sus contradicciones fundamentales que entonces se expresaban en forma de una atroz guerra mundial: la opresión nacional, la quiebra de la lógica formal y la necesidad del método dialéctico; la irrupción más inhumana y salvaje del imperialismo –como, por ejemplo, el gas venenoso en las batallas–; y el papel del Estado como la forma político-militar del capital. Analizar el imperialismo como la forma total concreta en la que se presentaba el capitalismo, le permitió a Lenin estar muy por encima del nivel teórico del momento.
Esa superioridad le permite tener una más larga y profunda visión histórica con su correspondiente estrategia revolucionaria. Por ejemplo, aunque tomó y adaptó ideas de Bujarin; sin embargo, tenía sobre este una aplastante superioridad de visión histórica y, por tanto, de praxis revolucionaria, ya que para Lenin el imperialismo anunciaba que la sociedad capitalista había entrado en su fase declinante, ya no era un modo de producción progresista sino brutal y en decadencia, mientras que Bujarin insistía en la tendencia a la centralización y concentración del capital en grandes trust estatales lo que dejaba abierta la posibilidad de que el capitalismo se recuperara gracias a la omnipotencia del Estado burgués. En el fondo, lo que aparece aquí es el abismo que los separa en la comprensión y en empleo de la dialéctica, muy pobre y limitada en Bujarin como afirmó Lenin al final de sus días.
Llegados a este punto, debemos resumir lo esencial de El imperialismo…:
Primero. Los monopolios se han formado por la concentración del capital y de la producción, adquiriendo tanto poder que son decisivos en la vida económica con claras implicaciones políticas. Hemos visto que esta característica ya se venía teorizando desde comienzos del siglo XX, pero reafirmada en plena Primera Guerra Mundial mostraba toda su fuerza. Pero leamos directamente a Lenin refiriéndose a Alemania, «¡Menos de una centésima parte de las empresas consumen más de las tres cuartas partes de la cantidad total de energía eléctrica y mecánica! ¡Y las 2.970.000 pequeñas empresas (con menos de 5 trabajadores), que son el 91 % del total, consumen solamente el 7 % de dichas energías! Unas decenas de miles de grandes empresas lo son todo; millones de pequeñas empresas no son nada».
Segundo. El nuevo papel de los bancos, se fusionan el capital bancario y el industrial, creando el capital financiero y su facción burguesa:
«A medida que las operaciones bancarias se van concentrando en un número reducido de entidades, los bancos dejan de ser los modestos intermediarios que eran antes y se convierten en monopolios poderosos que tienen a su disposición casi todo el capital monetario de todos los capitalistas y pequeños hombres de negocios, así como la mayor parte de los medios de producción y de las fuentes de materias primas de uno o de muchos países. Esta transformación de los numerosos intermediarios en un puñado de monopolistas es uno de los procesos fundamentales en la evolución del capitalismo al imperialismo capitalista. Por ello debemos examinar, en primer lugar, la concentración bancaria… […] Los bancos pequeños van siendo desplazados por los grandes, nueve de los cuales concentran casi la mitad del total de depósitos. Y dejamos de lado algunos detalles importantes, por ejemplo, la transformación de numerosos bancos pequeños en simples sucursales de los grandes, etc., […] el viejo capitalismo, el capitalismo de la libre competencia, con su regulador absolutamente indispensable, la bolsa, está pasando a la historia. En su lugar ha surgido un nuevo capitalismo, con los rasgos evidentes de algo transitorio, que representa una mezcolanza de libre competencia y monopolio. Se desprende una pregunta: ¿en qué desemboca el desarrollo del capitalismo moderno? Pero los estudiosos burgueses tienen miedo a hacérsela. […] Así, pues, el siglo XX marca el punto de inflexión entre el viejo capitalismo y el nuevo, entre la dominación del capital en general y la dominación del capital financiero».
Tercero. Oligarquía financiera:
«Debemos señalar que los estudiosos burgueses alemanes –y no solo alemanes–, como Riesser, Schulze-Gaevernitz, Liefmann, etc., son todos unos apologistas del imperialismo y del capital financiero. En vez de poner al descubierto los “mecanismos” de formación de una oligarquía, sus métodos, la cuantía de sus ingresos “lícitos e ilícitos”, sus relaciones con los parlamentos, etc., etc., los adornan y disimulan. Eluden las “cuestiones polémicas” mediante frases pomposas y vagas, apelaciones al “sentido de la responsabilidad” de los directores de los bancos, alabanzas al “sentido del deber” de los funcionarios… […] Ninguna regla de control, de publicación de balances, de normas para los balances, de auditoría de las cuentas, etc., ninguna de esas cosas con que distraen al público los profesores y funcionarios bien intencionados –es decir, imbuidos de la buena intención de defender y embellecer el capitalismo– tiene la menor importancia, pues la propiedad privada es sagrada y a nadie se le puede prohibir comprar, vender, intercambiar o hipotecar acciones, etc. […] El capital financiero, concentrado en muy pocas manos y ejerciendo un monopolio virtual, obtiene beneficios enormes y crecientes del lanzamiento de sociedades a bolsa, la emisión de valores, los préstamos al Estado, etc., fortalece el dominio de la oligarquía financiera y le cobra un tributo a toda la sociedad en provecho de los monopolistas».
Cuarto. La exportación de capital:
«Característico del viejo capitalismo, cuando la libre competencia dominaba, sin rival, era la exportación de bienes. Característico del capitalismo moderno, donde manda el monopolio, es la exportación de capital. […] El capital financiero ha creado la época de los monopolios. Y los monopolios llevan siempre consigo los principios monopolistas: la utilización de las “relaciones” para las transacciones provechosas reemplaza a la competencia en el mercado abierto. Es muy corriente que entre las cláusulas del empréstito se imponga la inversión de una parte de este en la compra de productos al país acreedor, particularmente de armas, barcos, etc. […] Los países exportadores de capital se han repartido el mundo entre ellos en sentido figurado. Pero el capital financiero ha llevado a cabo el reparto real del mundo».
Quinto. El reparto del mundo entre capitalistas y grandes potencias:
«Las asociaciones monopolistas de capitalistas (cárteles, consorcios, trusts) se reparten entre ellas, en primer lugar, el mercado doméstico, haciéndose de forma más o menos total con la producción del país. Pero, bajo el capitalismo, el mercado interior está ligado inevitablemente al exterior. Ya hace tiempo que el capitalismo creó un mercado mundial. Y a medida que se acrecentaba la exportación de capitales y que se expandían las “esferas de influencia” y las conexiones con el extranjero y las colonias de las grandes asociaciones monopolistas, el rumbo “natural” de las cosas ha conducido al acuerdo internacional entre estas, a la formación de cárteles internacionales. […] Algunos escritores burgueses (a quienes ahora se les ha unido Kautsky, que ha traicionado completamente su postura marxista de, por ejemplo, 1909) han expresado la opinión de que los cárteles internacionales, siendo como son una de las expresiones más destacables de la internacionalización del capital, permiten abrigar la esperanza de una paz entre los pueblos bajo el capitalismo. Desde un punto de vista teórico, esta opinión es totalmente absurda, y desde un punto de vista práctico es sofista […] El capital financiero es una fuerza tan considerable, puede decirse tan decisiva, en todas las relaciones económicas e internacionales, que es capaz de someter, y realmente somete, incluso a los Estados que disfrutan de la más completa independencia política, como pronto veremos. Por supuesto, el capital financiero encuentra mucho más “conveniente” y ventajosa, una forma de dominación que implique la pérdida de la independencia política de los países y los pueblos sometidos. A este respecto, los países semicoloniales son un buen ejemplo de “fase intermedia”. Es natural, por tanto, que la lucha por esos países semidependientes haya llegado a ser particularmente cruda en la época del capital financiero, cuando el resto del mundo ya está repartido».
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4. ¿Para qué sirve hoy la teoría de Lenin sobre el imperialismo para entender el mundo? ¿Cómo ha cambiado el imperialismo desde Lenin hasta hoy?
Al final del Prólogo de julio de 1920 a las ediciones alemana y francesa, Lenin escribe: «Si no se comprenden las raíces económicas de este fenómeno ni se aprecia su importancia política y social, es imposible dar ningún paso hacia el cumplimiento de las tareas prácticas del movimiento comunista y de la inminente revolución social. El imperialismo es la antesala de la revolución social del proletariado. Esto ha sido confirmado a escala mundial desde 1917».
Aquí está la respuesta que Lenin da a la cuarta pregunta. El antiimperialismo leninista es la mejor y más plena forma de lucha contra el capitalismo porque, como veremos ahora mismo, ese antiimperialismo nos lleva directamente a la lucha contra la ley del valor y por el comunismo. Para 1920 Lenin ya había precisado en un debate con Bujarin en 1919 que la base del imperialismo es el capitalismo, que el imperialismo es una «superestructura» del capitalismo y que la ley de la competencia seguía determinando el «viejo capitalismo». Recordemos que la ley de la competencia nos remite a la ley del valor-trabajo, que, junto a otras leyes como la de la productividad, la de la plusvalía, etc., son fundamentales en el modo de producción capitalista. Esta reafirmación por Lenin de la importancia objetiva de las contradicciones y leyes tendenciales del capital –que son su esencia– es necesaria para contextualizar en el presente, lo que definió como países «semicoloniales» y «semidependientes» en el marco de 1916.
En 1916 el capital financiero se estaba imponiendo sobre el bancario y más aún sobre el capital mercantil, pero ahora son las muchas formas que adquiere el capital financiero, así como el desarrollo incontenible de la especulación de alto riesgo, de las masas inmensas de capital ficticio sin base material, de las formas de «limpiar dinero» proveniente, por ejemplo, de la «economía criminal» que, según informes de junio de 2025, supera más de 19 billones de dólares –más que el PIB de China Popular. El PIB estadounidense de 2024 era de poco más de 29 billones de dólares. La inmensa mayoría de esas sobre ganancias, sobre todo las «sucias», van a parar al imperialismo. La «economía criminal» también genera poder reaccionario, terror, crimen y sumisión, y es una mafia militar que refuerza al imperialismo y a la acumulación de capital –que es el punto crítico en el que insiste Lenin.
Más aún, los monopolios, los trusts y otras expresiones superiores del capital financiero han saltado ya a los holdings, a las alianzas más estrechas y poderosas de los antiguos trusts y monopolios gracias entre otras cosas al impacto de la desregulación y casi desaparición de los controles estatales al capital financiero, así como a las nuevas tecnologías informáticas que permiten mover masas inmensas de capital a tiempo real, saltándose y burlando la soberanía y controles fiscales de gran parte de los Estados. En la época de Lenin nada de esto era siquiera imaginable. No hace falta decir que la gran impunidad de los holdings y de las muchas formas de «negocios en gris» multiplica la explotación de las naciones y de los Estados, aunque muchos de ellos sean formalmente independientes.
Por tanto, el imperialismo ha de ser visto no solo en lo económico, como hacen la inmensa mayoría de estudiosos, sino a la vez en lo social y en lo político, es decir en y para todas las formas de la lucha de clases, también y sobre todo –en la mayoría de los casos– en y para las luchas de liberación antiimperialista. Más aún, desarrollando las indicaciones de Lenin, debemos estudiar el imperialismo como una totalidad concreta porque es una exigencia práctica del movimiento comunista y de la revolución social, dado que: «El imperialismo es la antesala de la revolución social del proletariado». La historia le ha dado la razón, como veremos.
Un estudio político, social, económico y praxístico de El imperialismo… exige integrar en un todo militante, como mínimo, las luchas de liberación antiimperialistas, la lucha contra la metafísica y el idealismo burgués desde el método dialéctico, las luchas contra todas las brutalidades del imperialismo y contra su esencia explotadora, y las luchas implacables contra el Estado como forma político-militar del capital. Esta visión totalizante va integrando en sus estudios nuevas formas de explotación que viniendo de lejos –explotación patriarcal, racista, esclavismo en sus varias formas, explotación cultural y científica, etc.– se van intensificando e interrelacionando conforme aumentan las dificultades de acumulación del capital. El imperialismo actual ha sido reforzado y fortalecido, sobre todo en lo militar, para garantizar el orden explotador necesario para superar la crisis.
Desde esta perspectiva, las críticas que se hacen a El imperialismo…, centradas sobre todo en cuatro cuestiones que nos remiten a su supuesto olvido de la ley del valor, son parciales. Veámoslas:
Una, ahora la competencia está mucho más exacerbada y que, por tanto, los monopolios no tienen ya tanto poder. Al contrario: el poder de los monopolios se ha reforzado con el aún mayor de los holdings, poderes multifacéticos estrechamente relacionados con el Estado imperialista y los intereses de sus diversas empresas. La tendencia de fondo descrita por Lenin se confirma día a día en muchas cuestiones: la guerra arancelaria lanzada por EE.UU. es la más reciente. La negativa de Brasil a que Venezuela se integre en los BRICS es otra de ellos, porque están en juego múltiples niveles no solo económicos, sino también políticos, sociales, nacionales, culturales y, desde luego militares, los cuales irán aumentando su importancia.
Dos, el concepto de capital financiero es válido en parte porque hay muchas grandes empresas en las que la fusión entre su capital industrial y su capital bancario está poco desarrollada. Esta crítica es muy parcial y mecanicista, solo cuantitativa, porque no ve la cualidad del imperialismo y menos aún no ve que el capitalismo sigue existiendo por debajo del capital financiero –o que explica por qué hay empresas en las que el capital industrial aún no se ha fusionado con el bancario. Pero en realidad, la razón de Lenin y de la teoría general marxista sobre el imperialismo, con sus matices y diferencias obvias, está siendo confirmada en 2025 con el proyecto de Amazon, Apple, Walmart, PayPal y otras megacorporaciones que quieren crear sus propias criptomonedas para multiplicar sus ganancias construyendo algo parecido a un «monopolio político-financiero» que encadene a los clientes. Estas megacorporaciones llegarán así a ser más poderosas en todos los sentidos que muchos Estados empobrecidos con PIB muy inferiores al de estos gigantes.
Tres, ahora la exportación de capitales sigue teniendo importancia, pero está aumentando mucho la inversión extranjera para crear industrias en el país afectado. Esta crítica también es parcialmente cierta, es cuantitativa como la anterior, pero yerra en la visión cualitativa del imperialismo como parte supeditada a la ley del valor que mueve al capitalismo. Es esta ley, aceptada por Lenin como base del imperialismo, la que explica por qué después de 1916 la burguesía occidental empezó a invertir en crear industrias para aumentar la transferencia del valor utilizando su fuerza político-militar y cultural para asegurar la obediencia y pasividad de esos países ante la sobreexplotación multiplicada por la creación de industrias extranjeras. Es la ley de la competencia, expresión de la ley del valor, la que lleva al imperialismo a crear industrias en el llamado ‘Tercer Mundo’. Además, crear industrias era y es una decisión político-militar para desactivar las luchas antiimperialistas y el avance socialista, creando un colchón colaboracionista con el imperialismo interesado en mantener sus sueldos superiores a la media muy baja existente en su país empobrecido.
Y cuatro, no ha vuelto a haber grandes guerras entre potencias imperialistas para repartirse el mundo, aunque sí hay cada vez más «guerras menores». Esta crítica olvida el cambio total que se produjo en el capitalismo –que no solo en el imperialismo– con la victoria de la revolución bolchevique en 1917 y todas las luchas posteriores. Este cambio absoluto en lo político-militar y sociocultural para derrotar al comunismo es la causa de que desde 1949, con la creación de la bomba atómica por la URSS, no estallaran más guerras mundiales «clásicas» pero proliferan «guerras menores» de un salvajismo imperialista atroz. La bomba nuclear soviética ha impedido guerras nucleares unilaterales, lanzadas solo por EE.UU. y sus aliados contra pueblos casi indefensos. Pero la implosión de la URSS y el agravamiento extremo de la crisis capitalista desde 2007 en adelante, han puesto a la orden el salto de lo posible a lo probable de una nueva guerra mundial que para muchos pueblos ya ha empezado.
Pero hay otra crítica a la totalidad de la teoría general marxista del imperialismo y específicamente a la de Lenin, que sostiene que tanto los conceptos de ley del valor como de imperialismo ya no sirven para comprender el capitalismo del siglo XXI porque han surgido semipotencias y hasta potencias que también se han hecho imperialistas como Rusia, Brasil, China Popular, India, etc., es decir, el núcleo de los BRICS serían imperialistas que obtienen ganancias explotando a otros países y, por tanto, las guerras que «Occidente» lleva tiempo lanzando contra estos y otros países, serían «guerras interimperialistas».
Aquí lo que se niega directamente no es solo el imperialismo, sino la esencia misma del modo de producción capitalista, que es la teoría del valor –con lo que entramos en un debate decisivo. Por ejemplo, las diferencias dentro de los BRICS se plasman en sus diversas y hasta contradictorias alianzas geopolíticas a favor o en contra del imperialismo, pero esas opciones solo reflejan el dominio estratégico de la clase social que tiene el poder en esos países, lo que nos lleva a su postura con respecto a la ley del valor: unos la combaten con mayor o menor intensidad como son los pueblos que intentan el tránsito al socialismo según sus condiciones; otros la intentan controlar con políticas sociales que frenan y/o revierten la tendencia innata del capital a endurecer la explotación obrera, y los hay quienes le impulsan descaradamente para fortalecer a sus burguesías. En lo que sigue, iremos analizando en concreto estas diferencias, oposiciones y contradicciones que pueden hacer estallar a los BRICS.
Muchas son las pruebas de la validación histórica del antiimperialismo leninista. Para no alargar esta respuesta, vamos a citar una sola de ellas: las «cadenas de oro» de la deuda contraída con el imperialismo. Grandes imperios como el zarista y el otomano, por ejemplo, estallaron a inicios del siglo XX porque, entre otras cosas, no podían pagar las deudas que los asfixiaban, llevándolos a una política de sobreexplotación salvaje interna y de las naciones que ocupaban. La revolución bolchevique de 1917 rompió la «soga de oro» negándose a pagar la deuda y publicando las aberrantes cesiones burguesas para conseguir más empréstitos, entre ellas la de seguir participando en la guerra mundial. La guerra de liberación turca contra las potencias europeas que habían ocupado Constantinopla en 1920 buscaba crear una República, democratizar el país y renegociar de forma ventajosa el pago de la deuda que ahogaba al país, pero no quería destruir el capitalismo.
Ahora, la deuda es una de las más poderosas y efectivas armas para sobreexplotar a los pueblos que tiene el imperialismo, arma con muchos filos –FMI, BM, OMC, leyes especiales contra la deuda, sanciones, amenazas y ataques político-militares en forma de «golpes blandos», parlamentarios, judiciales y hasta militares cuando es necesario. En esta enrevesada red de araña tejida por el capitalismo, existen también otras armas del imperialismo como las que justifican el robo a Rusia de 300.000 mil millones de dólares, los más de 1.000 millones de dólares en oro robados a Venezuela y un largo etc.
En la actualidad, se están multiplicando las presiones imperialistas para que los países empobrecidos paguen las deudas que han contraído sus burguesías corruptas porque el agravamiento de la crisis genético-estructural desde 2007 en adelante, más el aumento irracional de los gastos militares para preparar el estallido definitivo de la Tercera Guerra Mundial, obliga al capital a estrechar al máximo la cuerda del ahorcado. En los años 70 el imperialismo se comprometió a dedicar el 0,7 % de su PIB a la «ayuda al desarrollo», hoy casi nadie la cumple. En 2023, los países empobrecidos pagaron 25.000 millones de dólares más por sus obligaciones financieras que lo recibido por nuevos préstamos, o sea más endeudados que en 2022. En 2024 han pagado al imperialismo 921.000 millones de dólares.
En este mismo año, las grandes potencias –EE.UU., Gran Bretaña, Estado francés y Alemania, fundamentalmente– redujeron las «ayudas al desarrollo» en más de un 7% con respecto a 2023, mientras que el gasto militar se incrementó en un 2,5%, más de 12 veces el gasto de la «ayuda al desarrollo». EE.UU. es la potencia que más ha recortado esta «ayuda» y la que más aumenta el despilfarro en la industria de la matanza humana. África es el continente más estrujado, vampirización que aumenta al disminuir las «ayudas» que recibe: en 2013 percibió el 38 % de las «ayudas» mundiales, desplomándose al 27 % en 2023. Para este 2025 se prevé que la «ayuda» baje entre un 9 % y un 17 % a nivel mundial, mientras que ya son 45 países que tienen que pagar más en la devolución de la deuda que en la sanidad de sus pueblos.
Semejante inhumanidad inherente al desenvolvimiento de la ley del valor y a la tarea que tiene el imperialismo para –entre otras cosas, obligar a cualquier precio, el que sea, a que devuelvan las deudas de sus corruptas burguesías– solo se comprende desde la teoría leninista del imperialismo y solo puede ser destruida mediante el antiimperialismo leninista, aquel que se negó a pagar la deuda zarista y burguesa en 1917 –valerosa decisión humana que fue una de las excusas para que en 1918 invadieran la URSS 14 ejércitos imperialistas.
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5. ¿Cómo conecta la lucha de clases con el antiimperialismo en el marxismo? ¿Qué aportaron los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo a la lucha antiimperialista? ¿Cómo cambió la teoría del antiimperialismo después de la descolonización de África y Asia? ¿Qué papel tuvo el Komintern en armar una teoría antiimperialista mundial?
La conexión entre antiimperialismo y lucha de clases es interna al marxismo –es decir, es una unidad en sí misma que a su vez está dentro de la totalidad revolucionaria. Dado que la lucha de clases gira en esencia alrededor de la destrucción de la propiedad burguesa y de la plusvalía, por eso mismo favorece objetivamente a la lucha antiimperialista– y viceversa: la emancipación de los pueblos oprimidos es un acicate material a la lucha de clases en las sociedades capitalistas. Inca Dionisio Yupanqui, representante de naciones originarias en las cortes de Cádiz de 1811, afirmó que un pueblo que oprime a otro pueblo nunca será libre.
Dionisio no podía ser marxista porque en aquel capitalismo mercantil aún no existían las condiciones objetivas para el surgimiento de la teoría comunista, pero su experiencia vital le había enseñado una verdad que el marxismo asumiría como propia al decir que la independencia de Irlanda era el primer requisito para la revolución en Inglaterra. Luego, la teoría leninista del derecho a la autodeterminación de los pueblos –incluido el de la independencia– daría un paso más al rechazar radicalmente la tontería reaccionaria de un sector amplio de la II Internacional sobre el «colonialismo bueno», con lo que actualizaba las ideas de Inca Yupanqui ya en el contexto imperialista.
Las luchas antiimperialistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial minaban desde dentro la euforia del desarrollismo de 1945-75, siendo uno de los motores de la crisis socioeconómica profunda y duradera que con altibajos y formas diferentes se ha agravado desde 2007. La victoria de Vietnam sobre el imperialismo demostró cómo una larga guerra de liberación azuza y lleva al extremo las contradicciones capitalistas, intensificando la lucha de clases en su interior y agravando la crisis socioeconómica.
La razón de esa dialéctica es muy simple: Marx insistió en que la lucha obrera y popular –específicamente la lucha sindical– debía orientarse hacia la destrucción del sistema salarial, es decir, la destrucción de la ley del valor. Hemos recurrido a la función histórica de la lucha sindical contra la esencia del capital, porque recorre toda la lucha de clases, sea dentro de los Estados enriquecidos como en los pueblos explotados por el imperialismo. Hemos hablado arriba de África, el continente más sacrificado en el altar del dios dólar, que desde verano de 2024 nos alegra la vida con una tendencia al alza de las luchas contra cualquier forma de opresión y dominación.
La lucha de clases a la que se refería Marx también se libra en el interior de África, por seguir con este ejemplo. Sus pueblos han entendido que deben crear un panafricanismo que multiplique su fuerza antiimperialista, pero de la misma forma en que en Europa y todas partes, el bloque burgués se enfrenta al bloque revolucionario –también en el panafricanismo existe la unidad y lucha de contrarios. Iniciadas las guerras de liberación, las burguesías de los pueblos oprimidos que proponían y proponen simples reformas que atenúan la opresión, pero no acaban con ella, más temprano que tarde optan por el imperialismo excepto muy honrosas excepciones individuales, porque su propia existencia como clase explotadora depende de la continuidad del capitalismo mundial.
Esta experiencia antiimperialista recurrente confirma lo esencial de la lucha de clases en el capitalismo, pero a la vez aporta lecciones muy válidas que surgen de la historia no occidental de estos pueblos. Las palabras de Inca Dionisio en 1811 eran la síntesis de la experiencia de lucha de las naciones andinas que iba más allá de Tupac Amaru de 1781 para engarzar muy probablemente con la resistencia mapuche a incas y españoles, sin olvidar las rebeliones desde 1492. Nuestramérica no es una excepción. El pueblo amazig del norte de África resistió y resiste la invasión árabe desde la segunda mitad del siglo VII, en defensa de sus normas sociales comunales, en la que destacó la reina guerrera Dahia. En 1830, el pueblo argelino se levantó como un resorte contra la invasión francesa hasta recuperar su independencia en 1962. La lista es casi inagotable.
Una cosa que une más o menos al grueso de ellas es la lucha por la defensa de los restos de la propiedad comunal en sus diversas formas, y/o por la defensa de sus normas sociales que de algún modo mantenían niveles de reciprocidad y ayuda mutua. El colonialismo y el imperialismo llevaron una explotación más dura, la enfermedad y el hambre, así como la expropiación forzada –muy violenta en la mayoría de los casos– de sus tierras, rebaños y recursos naturales. Los invasores occidentales buscaban el apoyo de caciques, grandes familias, castas y élites enriquecidas, y de las clases propietarias cuando ya existían.
En uno de sus primeros textos, Marx salió en defensa del derecho consuetudinario que reconocía la legitimidad del campesinado para usar colectivamente los bienes comunales según normas sociales justas –todo lo cual era inconciliable con el derecho burgués a su propiedad privada. Las aportaciones de las luchas antiimperialistas en el plano teórico y político se basan en la defensa de lo comunal, además de otras aportaciones que iremos viendo. Célebres utopías anteriores al socialismo utópico se basaron en la lectura acrítica e idealizada de las formas sociales de cooperación y en el mito del «buen salvaje» de pueblos de Nuestramérica. Pero Occidente las abandonó cuando vio que ese mito ocultaba la realidad dura de resistencias armadas tenaces, de desobediencia pasiva, de rebeliones sangrientas. El racismo anuló al «buen salvaje» convirtiéndolo en un criminal enemigo de la civilización al que había que exterminar.
Sin embargo, las feroces críticas al colonialismo de Marx y Engels desde 1851 hasta su muerte, de las que hemos hablado, más el desarrollo teórico general, los llevaron al estudio del papel de los pueblos precapitalistas en, al menos, cinco cuestiones decisivas:
Una, mostrar realidades sociales nuevas que destrozaban la dogmática occidental y que aún estaban incrustadas en todas las visiones de izquierda, también en el marxismo. La impresionante participación de masas y clases indígenas, campesinas, artesanales y hasta de algunos sectores de la pequeña burguesía en las luchas de liberación –con la destacada participación de mujeres– demostraba que los debates europeos sobre las relaciones entre el campesinado y el proletariado aún no habían llegado al núcleo. Desde entonces, el concepto de clase trabajadora mundial se está enriqueciendo día a día, al integrar en su seno a millones de mujeres, pueblos originarios, artesanos y hasta franjas de antigua pequeña burguesía arruinada, proletarizada.
Dos, descubrir el impacto negativo o positivo de las luchas anticoloniales sobre la lucha de clases en el centro colonial e imperialista. Relativamente pronto, Marx y Engels comprendieron que el colonialismo, además de las sobre ganancias, también idiotizaba a sus clases explotadas al darles una muy pequeña parte del botín, atándolas material y moralmente al capital y a sus ejércitos públicos o privados, esquiroles, rompehuelgas, bonapartistas, fascistas, mafiosos, criminales… y sobre todo «votantes democráticos». Pero a la vez comprendieron que las luchas anticoloniales facilitaban la radicalización obrera si la izquierda les explicaba cómo debilitaban a los explotadores burgueses, y que, por tanto, era imprescindible apoyarlas mediante el internacionalismo que debía superar las fronteras europeas para expandirse por el mundo.
Tres, uno de los debates que todo ello provocaba trataba sobre la posibilidad de que estos pueblos se librasen de los horrores capitalistas, dando un «salto al socialismo» acelerando también la revolución en Occidente. El debate se intensificó con la experiencia de la comuna campesina rusa al final del siglo XIX y desde entonces no ha parado de crecer. La verdad es que se trata de un problema múltiple porque afecta a las formas básicas de las resistencias populares, desde la solidaridad cotidiana en la ayuda mutua, hasta la autoorganización popular y obrera, sindical, política e incluso parlamentaria en determinadas condiciones, para mantener o conquistar derechos colectivos que tienen una relación con los antiguos bienes comunales y con el derecho consuetudinario.
Cuatro, analizar los efectos de todo ello en y para la elaboración teórico-política del socialismo y del internacionalismo, no solo a escala eurocéntrica sino fundamentalmente planetaria. A escala eurocéntrica, las lecciones que se extraían y extraen del mal llamado Sur Global siguen chocando con muchas resistencias, frecuentemente insuperables, porque la progresía y el reformismo tienen una mezcla de rechazo psicológico y hasta racista, a la vez que lúcidamente egoísta por las poltronas de todo tipo que les garantizan una vida cómoda. Pero la brutalidad imparable del imperialismo hizo que, desde los 70, izquierdas eurocéntricas –generalmente pequeñas– integrasen en su militancia las lecciones aportadas por el antiimperialismo. Sin embargo, el debilitamiento cuando no la extinción de muchos de esos pequeños grupos, unido a otros factores, hizo que entre finales del siglo XX y comienzos del XXI cayera en picado el aprendizaje de esas lecciones en el llamado Occidente. Aun así, las contradicciones actuales no solo han reactualizado aquellas lecciones, sino que aportan nuevas y muy actuales lecciones.
Y cinco, después de lo visto era inevitable que tal explosión de novedades empíricas era inevitable que enriqueciera el materialismo histórico superando el mecanicismo lineal y determinista de la sucesión obligada de modos de producción –lo que condenaría a los pueblos a sufrir los horrores del capitalismo occidental. Todas las luchas de liberación antiimperialistas se han guiado desde entonces por esa posibilidad tan difícil de imaginar a finales del siglo XIX, pero cada vez más factible desde 1917, la primera revolución triunfante, la bolchevique. «Ahorrarse el infierno capitalista» que está a punto de llevar a la humanidad a la sexta extinción es imposible sin dar un «salto histórico al socialismo».
Las luchas de liberación nacional de Asia y África confirman en líneas generales la valía de los cinco puntos arriba enunciados brevemente, también confirman la valía de la defensa marxista del derecho consuetudinario, aunque los pueblos no europeos no utilizasen ese término, sino que lo practicaban en su esencia social dándole diferentes nombres.
La III Internacional o Internacional Comunista –Komintern– se fundó en 1919 para acelerar el «salto histórico» en un contexto absolutamente nuevo en la historia capitalista: una oleada revolucionaria que se propagaba por las sociedades capitalistas y que cogía rápidamente fuerza en los países colonizados y aplastados por el imperialismo. Desde su misma fundación, la Komintern prestó cada día más atención a los crímenes imperialistas. Queremos ejemplificar esa práctica con tres ejemplos hasta mayo de 1943, momento de su disolución.
El primero es la decisiva –y por ello ocultada– reunión de Bakú organizada por la III Internacional en septiembre de 1920 entre bolcheviques y musulmanes de Turquía, Kurdistán, Armenia, Persia, India, China, Palestina…, con alrededor de 2850 delegados. El imperialismo británico hizo lo imposible para abortar la reunión internacional, atacando a cuantos delegados pasaran por los territorios ocupados por Londres, o cercanos a ellos. En un ambiente de plena libertad de expresión y con traducción simultánea, se debatieron las relaciones entre el islam y el marxismo, la emancipación de la mujer y la hiyad o velo, la ocupación sionista, la justicia social según el Corán y el socialismo, la opresión nacional y colonial, etc. Hay que decir que en ese 1920 Lenin ordenó devolver a las mezquitas todos los objetos de culto musulmán saqueados durante siglos por el zarismo, así como otros bienes, terrenos, casas, etc.
El segundo hace referencia al avance de la III Internacional en subcontinente indio y Asia Oriental, países que comprenden al instante que la revolución bolchevique es un «atajo» que puede permitirles un «salto histórico». En India, y gracias a la efectividad práctica y teórica de militantes como M. N. Roy, nacionalista radical, defensor de la lucha armada antibritánica, exilado desde 1916 en EE.UU. y México donde ayudó a fundar el Partido Comunista Mexicano (PCM), y donde conoció a dirigentes de la Internacional Comunista como Borodin. Presente en el Congreso de 1920, debatió ampliamente con Lenin sobre la opresión nacional y fue encargado para la organización del comunismo en la India, país inmenso y complejo al máximo en el que los comunistas sufrirán momentos de ilegalización. En China y en Mongolia, sobre todo, la III Internacional tuvo que superar no sin tensiones las tesis sobre las clases sociales basadas en el capitalismo europeo, hasta comprender que en aquellas sociedades el campesinado era el grueso de la fuerza revolucionaria.
El tercero y último ejemplo cogió fuerza justo después de la Segunda Guerra Mundial, pero gracias a la tarea previa realizada por la III Internacional al trabajar en la formación de varios miles de cuadros en África, que vieron en sus luchas cómo el socialismo creado en Europa tenía semejanzas de fondo con ideales de justicia de la cultura africana. La propiedad colectiva de la tierra era la forma dominante de propiedad existente en África antes de las invasiones europeas. Las tradiciones culturales y los mitos de los orígenes eran en su gran parte igualitaristas, aunque también existían formas jerarquizadas, gerontocráticas y de prestigio ganado con la edad. Si a esto unimos la gran autonomía real de las mujeres africanas, podemos comprender por qué prendía y prende fácilmente el «socialismo africano» entre las masas explotadas cuando Senghor, Día, Nkrumah, Nyerere, Amílcar Cabral, Sekou Touré, Lumumba, Sankara, Traoré y muchos más, lo explicaban y lo practican atendiendo a las condiciones sociohistóricas.
Por razones de espacio, dejamos al lado la tarea de la III Internacional en Nuestramérica y también su papel en el capitalismo imperialista.
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6. ¿Cómo conecta Fanon la violencia con la teoría revolucionaria del antiimperialismo? ¿Qué vínculo hay entre lucha cultural y antiimperialismo en autores como Ngũgĩ wa Thiong’o?
Para responder con rapidez a la pregunta sobre la visión de Fanon de la violencia antiimperialista hemos escogido cuatro citas breves de Los condenados de la Tierra, su obra fundamental:
Una: «Cada estatua, la de Faidherbe o Lyautey, la de Bugeaud o la del sargento Blandan, todos estos conquistadores encaramados sobre el suelo colonial no dejan de significar una y la misma cosa: “Estamos aquí por la fuerza de las bayonetas…”». Fanon dice mucho con pocas palabras. El arte imperialista existe, no es arte a secas, neutral, sino arte atroz que ensalza a asesinos en masa franceses para que el pueblo invadido termine admirando al invasor. Además, es el empleo del urbanismo como arma de intimidación y de orden vigilado no solo por las fuerzas invasoras, sino por el terror simbólico concentrado en sus estatuas. Pero lo decisivo aparece en esta frase: «Estamos aquí por la fuerza de las bayonetas…».
Dos: «El desarrollo de la violencia en el seno del pueblo colonizado será proporcional a la violencia ejercida por el régimen colonial impugnado». Fanon nos recuerda aquí uno de los principios de la teoría marxista de la violencia: la dialéctica entre fines y medios. El capital, el imperialismo, la OTAN… aplican la máxima violencia injusta contra cualquier lucha justa para imponer tal terror que nadie más vuelva a desear la libertad. El pueblo mide su violencia defensiva con valores antagónicos a los del invasor: la violencia justa busca expulsarle y a la vez aumentar la conciencia popular, por lo que ha de rechazar todo exceso, toda arbitrariedad, midiendo la dosis justa e imprescindible, hablando claro y pedagógicamente al pueblo, sin mentirle nunca. Verdad y violencia revolucionaria forman una unidad.
Tres: «Para el pueblo colonizado, esta violencia, como constituye su única labor, reviste caracteres positivos, formativos. Esta praxis violenta es totalizadora, puesto que cada uno se convierte en un eslabón violento de la gran cadena, del gran organismo violento surgido como reacción a la violencia primaria del colonialista. Los grupos se reconocen entre sí y la nación futura ya es indivisible. La lucha armada moviliza al pueblo, es decir, lo lanza en una misma dirección, en un sentido único».
La «violencia primaria del colonialismo» hace que, en respuesta defensiva, el pueblo se organice y se centralice para expulsar al imperialismo. No se puede vencer al ocupante con una guerra a medias, una semi-guerra, sino que sólo es posible lograrlo con la guerra total, con la «praxis violenta totalizante» en cuyo decurso el pueblo se autoconstruye, se crea a sí mismo caminando «en un sentido único». Pero es una creación que se realiza con novedades cualitativas, ya que la guerra de liberación genera por ella misma realidades antes desconocidas, crea y potencia sentimientos de solidaridad imbricada en el «sentido único» de la liberación nacional y de clase.
Cuatro: «La violencia desintoxica. Libra al colonizado de su complejo de inferioridad, de sus actitudes contemplativas o desesperadas. Lo hace intrépido, lo rehabilita ante sus propios ojos. Aunque la lucha armada haya sido simbólica y aunque se haya desmovilizado por una rápida descolonización, el pueblo tiene tiempo de convencerse de que la liberación ha sido labor de todos y de cada uno de ellos, que el dirigente no tiene mérito especial. La violencia eleva al pueblo a la altura del dirigente. De ahí esa especie de reticencia agresiva hacia la maquinaria protocolar que los jóvenes gobiernos se apresuran a instalar».
El pueblo está intoxicado, dopado, por el mito de la superioridad absoluta del colonizador. Ni siquiera puede imaginar otra vida que no sea la impuesta por el amo, al que agradece sus desvelos por él lo mismo que el yonqui se lo agradece al traficante, del que depende. Lo que se llama «pasar el mono», desintoxicarse, siempre exige sacrificio y mucha determinación material y simbólica, subjetiva. Es la dialéctica de la totalidad revolucionaria que se yergue contra la totalidad contrarrevolucionaria. Nada puede existir fuera de esa unidad y lucha de contrarios. La independización del traficante, la ruptura con el colonialismo, confirma al pueblo que él es el propietario de sí mismo, que debe construir su futuro contando con sus recursos y con la ayuda antiimperialista de otros pueblos y clases trabajadoras. Él se dirige a sí mismo.
Sin mayores precisiones ahora, Fanon escribió estas ideas en 1961, en la tercera oleada de guerras de liberación. La primera fue la de la emancipación de las colonias americanas desde finales del siglo XVIII. La segunda fue la de la violencia defensiva contra la invasión colonial de África y Asia en el siglo XIX. La tercera empezó con la revolución china y es en la que se inscribe Fanon que sintetiza teóricamente las experiencias desde las primeras resistencias al colonialismo portugués y español desde la segunda mitad del siglo XV. Pero la pertinencia de Fanon se vuelve a confirmar en la cuarta fase actual, iniciada desde finales del siglo XX y que, no sin problemas por la salvaje oposición del imperialismo, avanza con modalidades y contenidos nuevos –como es lógico– que no anulan, sino que enriquecen sus aportaciones a la teoría marxista de la violencia, como se aprecia por ejemplo en su querida África.
La muerte de Ngũgĩ wa Thiong’o a finales de mayo de 2025 vuelve a actualizar a Fanon sobre todo en lo que debemos llamar «guerra de liberación cultural» que, dicho de manera más sintética, formaría parte de lo que Fanon ha definido más arriba como «lucha armada simbólica». Para muchos de nosotros, el autor tiene dos obras especialmente importantes: una es Descolonizar la mente, de 1986, y en lengua castellana en 2015, y la otra es Desplazar el centro, de 1993, editada en castellano en 2017. Debemos empezar por la primera obra, Descolonizar la mente, intentando resumirla en cuatro párrafos.
Uno: «En los siglos XVIII y XIX Europa robó innumerables tesoros artísticos africanos para decorar sus casas y museos. En el siglo XX Europa está robando los tesoros de la mente para enriquecer sus lenguas y sus culturas. África necesita recuperar el control de su economía, su política, su cultura, sus lenguas y a todos sus escritores patrióticos».
Hace bien Ngũgĩ en referenciarnos el siglo XVIII como el momento a partir del cual se generalizó el saqueo cultural, porque es el siglo en el que la burguesía europea toma conciencia del poder explotador que tiene y decide adornar su vida cotidiana con «cosas exóticas». En el siglo XVII el arte barroco apenas era apto para adornar la casa de la nueva burguesía colonialista holandesa e inglesa, y el neoclásico sí permitía algunas más facilidades en ese sentido. Los ricos comerciantes querían mostrar su nuevo estatus en sus casas y centros de reunión y la posesión de arte africano, indio, persa, chino, americano…, mostraba además poder económico-militar y exuberancia estética. Desde el siglo XX el robo abarca a la mente, a la «fuga de cerebros», porque para superar las crecientes dificultades de acumulación de capital es imprescindible aumentar el capital constante, la tecnociencia, lo que exige descalificar la mente colonizada para reducirla a fuerza productiva.
Dos: «La tradición imperialista en África la mantienen hoy en día la burguesía internacional usando las multinacionales y, por supuesto, las clases dirigentes nativas, ondeando las banderas nacionales. La dependencia económica y política de esta burguesía neocolonial africana se refleja en su cultura de imitación y de repetición, que impone a una población adormecida con botas policiales, alambre de espino y unos estamentos clerical y judicial complacientes. Extienden sus ideas a través de un grupo de intelectuales estatales, los académicos y los periodistas laureados del establishment neocolonial».
La cultura de la repetición e imitación es cultura muerta porque no puede ser crítica ni creativa, ya que asume y reproduce las cadenas económicas que le atan al imperialismo, asume los muros que le impiden ver el horizonte más allá de los dogmas introyectados en la mente colonizada y en especial refuerza la lógica de la explotación, de la propiedad privada. La cultura africana tiene sus raíces en la gran extensión de bienes comunales, como hemos dicho. Su expropiación y privatización mediante invasiones occidentales ha ido reforzada con carácter de necesidad por la destrucción paulatina de la cultura comunal y la imposición primero de la cultura extranjera de la obediencia a la propiedad imperialista y segundo, de la cultura colaboracionista y servil con el invasor. Las sectas cristianas y la justicia occidental impuesta en África juegan su papel en todo ello.
Tres: «La tradición de resistencia la mantienen los trabajadores (los campesinos y el proletariado urbano), con la ayuda de los estudiantes patriotas, los intelectuales (sean o no académicos), los soldados y otros elementos progresistas de las clases medias menos privilegiadas. La resistencia se refleja en su defensa patriótica de los orígenes campesinos y proletarios de las culturas nacionales, en su defensa de la lucha democrática de todas las nacionalidades que habitan un mismo territorio».
Ngũgĩ reactiva aquí el clásico debate sobre el sujeto revolucionario en las sociedades en las que la industrialización no ha cuajado aún y en las que el componente mayoritario es el descrito por él. Ya hemos hablado de este debate arriba, pero lo que nos interesa ahora es la participación de este sujeto colectivo en la «guerra cultural» y en el desarrollo de la cultura popular que recupera las tradiciones comunales, recreándolas como decisivas armas de liberación antiimperialista. El patriotismo que aquí se presenta es el que recorre a las naciones trabajadoras que, asumiendo sus diferencias lógicas, se enfrentan con y por los mismos objetivos históricos a sus burguesías colaboracionistas.
Cuatro: «El arma más peligrosa que blande y, de hecho, utiliza cada día el imperialismo contra ese desafío colectivo es la bomba de la cultura. El efecto de una bomba cultural es aniquilar la creencia de un pueblo en sus nombres, en sus lenguas, en su entorno natural, en su tradición de lucha, en su unidad, en sus capacidades y, en último término, en sí mismos. Les hace ver su pasado como una tierra baldía, carente de logros, y les hace querer distanciarse de esta. Les hace querer identificarse con aquello que les resulta más lejano, por ejemplo, con las lenguas de otros pueblos en lugar de las suyas propias. Les hace identificarse con lo que es decadente y reaccionario, todas las fuerzas que ahogarían de buena gana las fuentes de su vida. Incluso plantea dudas profundas sobre la legitimidad moral de la lucha».
A la potencia ocupante le urge destruir la identidad de la nación trabajadora, sobre todo su memoria, tradición y moral de lucha, la que siempre le recuerda que fue libre en el pasado y que si quiere volver a serlo deba luchar contra la «bomba cultural» imperialista. Ngũgĩ no podía decirlo más directamente: la «bomba cultural» busca aniquilar los nombres, las lenguas, las identificaciones con el entorno natural construidas durante siglos al amparo de la producción y reparto comunal. Arrasamiento de la personalidad colectiva para imponer lenguas, nombres, normas y referentes del invasor –traídos de muy lejos y que solo pueden crecer mediante la violencia material y simbólica necesaria para sembrar la sumisión obediente al amo extranjero en el desierto mental de la primera infancia.
En 1993 Ngũgĩ escribe Desplazar el centro, en la que habla de la «jaula lingüística» que oprime a la lengua y cultura africana para mostrar la terrible e insoportable realidad que le llevó a tomar conciencia de que su novela Un grano de trigo, de la mitad de la década de los 60, podría ser leída solo por un 5% de la población y eso con un poco de suerte. Escribe: «Los escritores formaban parte de la élite educada, y no había forma de que pudieran escapar de estas contradicciones. Casi todos, por ejemplo, optaron por lenguas europeas como forma de expresión para su creatividad. El inglés, el francés y el portugués se convirtieron en las lenguas de la nueva literatura africana. Pero estas lenguas solo las hablaba el 5 % de la población».
Debemos tener en cuenta que la educación, la sanidad, la administración, etc. básicas, cuando las había, se sustentaban en lenguas extranjeras dominadas por el 5 %, lo que frenaba o impedía que los pueblos aprendiesen y creasen ellos mismos esos medios decisivos si previamente no habían interiorizado la lengua y cultural ocupante. El problema se agravaba cuando analizamos el funcionamiento de las fuerzas represivas nativas –colaboracionistas armados que defendían al amo masacrando a su propia familia si hiciera falta. Gran Bretaña, Portugal y Francia, y en menor medida Alemania, Bélgica e Italia, llevaron a la muerte a decenas de miles de africanos, asesinándose entre sí en la Primera y Segunda Guerras Mundiales en defensa de los imperialismos que los saqueaban. Apenas podemos hacernos una idea de cómo este exterminio de personas jóvenes ha retrasado durante generaciones la toma de conciencia panafricanista.
Todos los movimientos de liberación han comprendido la importancia crítica de la alfabetización de sus pueblos en sus lenguas y culturas como avance simultáneo en su autoorganización como fuerza revolucionaria que lucha por la independencia contra el imperialismo. La alfabetización iba y va unida no solo a la autoorganización sino a la vez a la preparación teórica, política y ética de cara a crear contrapoderes allí donde sea posible, defenderlos y ampliándolos, conectándolos en red. Los contrapoderes, como veremos, cumplen una tarea muy pedagógica y acumulativa, pero su alcance es muy limitado e incierto porque siempre son objeto de la represión. Son imprescindibles pero insuficientes.
Ngũgĩ da una razón incuestionable de la necesidad de la preparación administrativa, ética y técnica –pero sobre todo con un muy sólido objetivo revolucionario orientado a la toma del poder, realizada siempre durante la lucha de liberación:
«Pero la independencia de muchos países africanos no siempre ha traído como consecuencia el empoderamiento de los pueblos. El poder económico sigue en manos de multinacionales, y el poder político en manos de una minúscula élite que gobierna bajo el dictado de los intereses dominantes en Occidente. Estas élites, a las que se les ha proporcionado una maquinaria militar con la que imponerse a la resistencia de la población, han convertido a países enteros en gigantescos centros penitenciarios».
Y es que una guerra de liberación que no prepare a las clases explotadas para la simultánea tarea de destruir el poder ocupante y construir el poder revolucionario, será más pronto que tarde barrida por la alianza entre la burguesía «nacional» y el imperialismo, alianza en la que la fuerza dominante es el capital imperialista. Peor aún, esa alianza reprimirá, detendrá, encarcelará, torturará y hasta asesinará a las fuerzas antiimperialistas una vez que reúna las condiciones para hacerlo. Aún peor, la maquinaria militar de la élite, armada y formada por el imperialismo, está mentalizada y organizada para asestar el primer golpe asesino, disponiendo de la información suficiente y de los medios necesarios para convertir a sus países en «gigantescos centros penitenciarios».
Ngũgĩ nos aporta además otra razón incuestionable como las anteriores con las que damos por terminada la respuesta a la sexta pregunta, ya que nos abre la puerta para entrar a la séptima y última:
«Unos pocos accionistas en la City o en Wall Street, mediante una simple manipulación en la compraventa de acciones y participaciones y gracias al poder de su fuerza casi monopolística del capital, pueden determinar la ubicación, la muerte y la subsistencia de industrias enteras; pueden decidir, en definitiva, quién come, qué come y dónde lo come. Pueden crear hambrunas, desiertos, polución y guerras. El campesino en la parte más alejada del planeta se ve afectado por el poder de personas que acumulan miles de millones, aunque su riqueza solo sea visible en números en una pantalla de ordenador en estas instituciones financieras que llamamos bancos. Actualmente, el FMI y el Banco Mundial determinan las vidas y las muertes de muchísimas personas en África, Asia y Sudamérica».
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7. ¿Qué importancia tiene que los pueblos decidan por sí mismos dentro del antiimperialismo? ¿Cuáles son los elementos básicos para armar una teoría revolucionaria del antiimperialismo? ¿Qué tipo de internacionalismo político necesita hoy la teoría antiimperialista?
Las últimas palabras de Ngũgĩ centran perfectamente las tres respuestas a este último bloque de preguntas porque nos descubren el núcleo, la esencia del imperialismo, el porqué y cómo de la destrucción de vidas humanas en lugares muy lejanos de los centros de poder capitalista, y sobre todo el para qué de esos crímenes diarios. Ngũgĩ los escribió en 1993 y el tercio de siglo transcurrido hasta ahora no ha hecho, sino multiplicarlos a la vez que ha añadido nuevos componentes a las crisis genético-estructurales del capital. Arriba hemos intentado explicar la categoría de esencia/fenómeno, y ahora podríamos hablar de la universal/particular/singular. Recurrimos a ambas para saber por qué los pueblos obreros deben decidir por sí mismos su lucha antiimperialista siempre dentro de la unidad estratégica internacionalista por el comunismo.
Entre otras muchas cosas válidas, Ngũgĩ dice que el BM, el FMI, las grandes corporaciones y unos pocos accionistas, deciden quienes mueren de hambre o son masacrados en guerras a miles de kilómetros de sus acomodados despachos. Esta es la esencia del imperialismo, sus características universales. ¿Cómo combatirlas y vencerlas? ¿Solo con afirmaciones ciertas pero generales, o mediante luchas concretas que destruyan las formas con las que se presenta lo esencial, lo universal del imperialismo, de modo que en cada país o región particular se generen colectivos antiimperialistas capaces de llegar a lo singular?
Por ejemplo, la lucha contra el «imperialismo ecológico» en su esencia universal que destruye la naturaleza debe materializarse en lo particular en y de Galiza mediante la derrota de la monstruosidad de Altri, que tiene singularidades que le diferencian de otras barbaridades, pero que solo pueden entenderse plenamente gracias a la crítica marxista del ecocidio capitalista.
La lista de ejemplos es casi inagotable: la lucha castellana contra la falsificación y mentira histórica para imponer su supuesta españolidad es la misma que la lucha catalana contra esa misma imposición violenta, pero sería un error garrafal copiar mecánicamente los argumentos y formas de movilización. La lucha contra las bases de la OTAN en Andalucía, por ejemplo, es la misma lucha que la que se libra contra las bases imperialistas en otras partes, pero la forma de esa lucha andaluza solo será efectiva si parte de su historia y contexto, de la misma manera en que la lucha vasca por la amnistía tiene los mismos objetivos que las de otras naciones trabajadoras, pero en Euskal Herria se sostiene sobre la especificidad y singularidad de su lucha liberación nacional de clase.
Queremos decir que el antiimperialismo será tanto más efectivo solo si reconoce y aplica las lecciones históricas: Ho Chi Minh no fue Tito ni Fidel, tampoco Mao fue Sankara, Santucho aplicó un método en Argentina diferente a los guerrilleros soviéticos detrás de las líneas nazis, lo mismo que la insurrección de 1917 en San Petersburgo se hizo según su circunstancia, coyuntura y contexto, sin embargo, en 1928 la Internacional Comunista publicó esa joya titulada La insurrección armada que unía dialécticamente en un todo teórico las insurrecciones habidas hasta entonces mostrando lo que les identificaba por debajo de sus muchas diferencias. Cualquier militante que actúe en un sindicato o movimiento popular o cultural, etc., sabe que la lucha de clases es una en sí misma, pero que adquiere tantas expresiones como formas de explotación, opresión y dominación, que aplica el capital.
Por tanto, los elementos básicos de toda lucha antiimperialista son los que atacan de raíz a lo que es la naturaleza esencial irrenunciable del imperialismo –lo que al margen de sus muchas maneras externas con las que se presente reaparece siempre en el fondo del choque a muerte entre el capitalismo y el socialismo: la sobreexplotación de las naciones trabajadoras y en especial de sus mujeres como trofeo especial y fuerza de trabajo múltiple; su opresión nacional en todos los aspectos; el saqueo de sus recursos; el intercambio desigual; la imposición de intereses impagables de la deuda de sus burguesías; la ocupación militar descarada o encubierta; la guerra cultural y saqueo intelectual, las restricciones sutiles o brutas de la soberanía diplomática; la impunidad legal de empresas imperialistas en el país dominado, la sumisión de jueces, y un largo etc.
Como se aprecia, hemos citado diversas prácticas imperialistas cuya extensión e intensidad deben ser analizadas en cada caso, lo que desborda este texto. Sin embargo, esta pequeña lista con bastante falta de detalle sí nos sirve para hacernos una idea de la gran cantidad de opresiones, dominaciones y explotaciones –cada vez más complejas e interactivas– a las que debemos enfrentarnos con objetivos claros que nunca silencien u oculten el antagonismo mortal, la inconciliabilidad entre el socialismo/comunismo y el imperialismo/capitalismo.
La pedagógica explicación teórica, política y ética de ese antagonismo ha de hacerse también en aquellas luchas por reivindicaciones parciales, tácticas, puntuales, llamadas «menores», que incluso pueden ser conquistadas por métodos de presión legal, con movilizaciones pacíficas, utilizando la cada vez más debilitada democracia burguesa, etc. Pero en estos casos, cada vez más raros, siempre debe quedar claro que la pequeña conquista realizada ha sido gracias a la acción de masas, a la amenaza de pasar a métodos más duros, a la independencia política del proletariado –y nunca a su plegamiento a las pasivas letanías y advocaciones reformistas. Debe quedar claro que, si decae la defensa de lo conquistado, si no se amplía a más reivindicaciones, más temprano que tarde la burguesía contraatacará hasta destruirlas. Por eso, la más mínima victoria debe ser un trampolín para otras mayores.
La inconciliabilidad entre opresión imperialista y liberación nacional de clase muestra que cualquier victoria pequeña es solo parte de una guerra social que lo abarca todo, en la que el estancamiento del pueblo obrero es una señal de debilidad y duda que de inmediato aprovecha el imperialismo para endurecer y extender su contraofensiva. En este toma y daca con altibajos permanentes, es decisivo que el proletariado se vuelque en la creación de contrapoderes que le multipliquen su fuerza, que le permitan organizarse mejor, que expandan redes y estructuras de clase y de independentismo en la medida de lo posible bajo la opresión nacional.
Todas y todos sabemos lo que son los contrapoderes: son los gaztetxes, los centros sociales autoorganizados; las sedes de partidos y organizaciones revolucionarias; los locales de medios de prensa libre y crítica; los movimientos más o menos estables que crea el pueblo trabajador para construir una forma de vida, de praxis, contraria en todo a la opresora –como la lucha contra el narco capitalismo, el fascismo, las infiltraciones policiales, el terrorismo patriarcal, la destrucción del medio urbano y con él de los sistemas educativos, sanitarios, de transporte, de viviendas sociales de calidad, la invasión de los hipermercados y la destrucción del tejido social popular, de organización de fiestas populares reivindicativas no mercantilizadas y un largo etcétera. Recuperar, construir, coordinar, extender y defender estos contrapoderes es vital, como también lo es dotarlos de unidad estratégica hacia los objetivos de independencia de clase, socialismo y comunismo.
Y un objetivo irrenunciable y siempre permanente es el de unir el internacionalismo proletario con el independentismo socialista en la lucha a muerte contra el capital y sus atrocidades imperialistas. Las formas de hacerlo son múltiples porque múltiples son los hilos que conectan las resistencias contra el imperialismo. Es imprescindible que la militancia conozca la teoría marxista del imperialismo y la de la crisis del capital, que van unidas como hemos visto. A partir de aquí es muy fácil mostrar que el avance en la independencia socialista es el retroceso del imperialismo. Cuba como ejemplo, pero también otros muchos pueblos que ahora se suman de una u otra forma a la creciente oposición al imperialismo.
Conociendo las leyes tendenciales y las contradicciones del capitalismo, sabemos qué función tiene la guerra imperialista contra los pueblos. De aquí a demostrar que una huelga en una empresa participada por el sionismo, o un boicot a empresas de transporte que llevan armas a la OTAN, o la oposición de masas contra el gasto militar, o el rechazo radical a la cultura que legitima el imperialismo en cualquiera de sus formas, o la recogida de dinero y de otros bienes para ayudar a pueblos atacados, o la creación de redes de acogida de refugiados amenazados, o la denuncia permanente del servilismo imperialista de la burguesía autóctona y de sus partidos dóciles –todo esto y mucho más, son demostraciones prácticas y comprensibles de la unión entre la lucha por la independencia socialista y la lucha antiimperialista.
IÑAKI GIL DE SAN VICENTE
EUSKAL HERRIA 12 de julio de 2025

