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Табор уходит в небо / Los gitanos se van al cielo ( Emil Loteanu, 1976)
El sol negro / Черное солнце (Aleksei Speshnev, 1970)
vendredi 10 avril 2026
jeudi 9 avril 2026
vendredi 3 avril 2026
EL CHACAL DE NAHUELTORO (Miguel Littin, 1969)
EL
CHACAL DE NAHUELTORO es posiblemente la película más importante de la
historia del cine chileno. Basada en un caso real que conmocionó al país
en 1960, la obra es un pilar del Nuevo Cine Latinoamericano, utilizando
una estructura de crónica periodística para lanzar una crítica
demoledora a las instituciones sociales y judiciales. La película
reconstruye la historia de José del Carmen Valenzuela Torres
(interpretado magistralmente por Nelson Villagra), un campesino
analfabeto y marginal conocido como "el Chacal". En un estado de
embriaguez y miseria absoluta, Valenzuela asesina a una mujer y a sus
cinco hijos en la localidad de Nahueltoro. La narrativa no se centra
solo en el crimen, sino en lo que sucede después. Tras ser atrapado,
José es enviado a la cárcel. Durante su tiempo en prisión, el sistema
—que lo había ignorado toda su vida— finalmente se ocupa de él. José
aprende a leer y escribir, aprende un oficio (la fabricación de
hieleras), recibe instrucción religiosa y, por primera vez, adquiere
conciencia de su propia humanidad y de la gravedad de sus actos. Una vez
que el Estado ha logrado "rehabilitar" y "civilizar" a José, la
justicia dicta que debe cumplir su sentencia original: la pena de muerte
por fusilamiento. El punto central de Littín es la denuncia de una
contradicción institucional absurda. El Estado gasta recursos en educar y
dar dignidad a un hombre solo para poder ejecutarlo con la conciencia
tranquila. La película plantea que José no era un monstruo por
naturaleza, sino un producto de la negligencia social ("un animal
humano"). Al "convertirlo en hombre", el sistema solo lo prepara para
morir. A través del montaje, la película vincula la miseria del campo
chileno con el crimen. El "Chacal" es presentado como una víctima del
sistema antes de ser un victimario. Littín no justifica el asesinato,
pero obliga al espectador a preguntarse: ¿quién es más criminal, el
hombre que mata en la ignorancia o la sociedad que permite que existan
hombres en ese estado de abandono. La Actuación de Nelson Villagra es
histórica. Logra mostrar la transición de un ser casi feral, que apenas
puede articular palabras, a un hombre que descubre la reflexión y el
arrepentimiento, haciendo que el desenlace sea emocionalmente devastador
para el público. La película provocó un debate nacional masivo sobre
la pena de muerte en Chile. Fue un éxito de taquilla sin precedentes
para un film de este tipo, demostrando que el cine político podía
conectar profundamente con las masas. EL CHACAL DE NAHUELTORO consolidó
a Miguel Littín como un cineasta comprometido con la realidad social de
su país y sigue siendo, hasta hoy, una referencia obligatoria para
entender la relación entre el cine, la justicia y los derechos humanos
en América Latina.
Andrés Villena: “Las élites españolas están muy cohesionadas”
El economista y sociólogo Andrés Villena presenta el libro ‘Las élites que dominan España, una historia alternativa desde 1939’ (Libros del K.O.).
Andrés Villena (Elche, 1980) acaba de publicar Las élites que dominan España, una historia alternativa desde 1939 en Libros del K.O. Economista y sociólogo, profesor en la Universidad Complutense de Madrid, en este ensayo disecciona las historia de las élites económicas y políticas en España durante el último siglo. A través del libro, Villena nos va describiendo cómo las redes de influencia van modelando la estructura económica y condicionando los consensos políticos desde el final de la guerra civil hasta la actualidad.
Cuando hablamos de las élites de otros países del sur global, o incluso de las élites económicas en los EE. UU. cuya influencia está presente en cada agenda política, parece algo normalizado y asumido ¿Por qué cuando hablamos de élites en España parece que habláramos de algo más cercano a una teoría de la conspiración antes que a un funcionamiento de un sistema político?
A.V.: Es que parece que hablar de élites es hablar poco menos de los que elaboran el protocolo de los sabios de Sion, reptilianos o de gente que se reúne en la oscuridad para conspirar. Charles Wright Mills dice que en la historia hay muchas conspiraciones, pero la historia no es una conspiración.Los poderosos tienen tanto poder para hacer lo que quieran que no necesitan conspirar. Entonces, creo que la teoría de la conspiración es una especie de teoría mágica que nos quita la responsabilidad de pensar en abstracto.
Un rasgo de las élites es el sincretismo. Hay una idea de que las élites trabajan con una especie de procedimiento secreto, arcano, que solo quienes están dentro conocen y, si no lo conoces, es que no formas parte de la élite.
A.V.: A este tipo de élites, incluidas las políticas de medio nivel, les interesa rodearse de un halo de magia, porque esa sensación de magia es placentera para el lector en la medida en que le hacen una lectura más agradable, más misteriosa, pero le elude la responsabilidad de pensar cómo podríamos objetivar ese comportamiento.
Y a veces los comportamientos son muy burdos. El comportamiento del presidente de los Estados Unidos actual, es difícil rodearlo de un halo de magia; son decisiones que seguro que tienen mucho asesoramiento y horas de reflexión y discusión. También es verdad que la prensa también contribuye a este halo de misterio, probablemente para construir historias que narrativamente son más fácil de consumir.
Pero esto nos aleja de saber los mecanismos por los cuales se reclutan las elites , ya sea en los partidos o a través de las oposiciones. Tienen valores parecidos, han estudiado los mismos cuatrocientos temas de la oposición pensando igual, adquiriendo un grado de intimidad mucho mayor que en cualquier otro grupo. Las pasiones que les aproximan son grandes y los llevan a entenderse muy bien, casi como un mecanismo animal. Aún así, como investigadores, ese halo de magia hay que tomarlo con precaución porque nuestro trabajo es encontrar fuentes para mapear y esquematizar la forma en la que trabajan.
Hay una coletilla que utilizas en varios momentos durante el libro y es que para las élites “España necesita ser periódicamente salvada y rescatada de sus demonios interiores”, que viene a justificar la existencia y la misión de la élite española.
A.V.: Hay varios factores que intervienen ahí. En primer lugar, un capital entendido como una gran bolsa de dinero nacional e internacional que necesita actualizarse y generar plusvalía, para lo que necesita unos empleados de lujo que se llaman élite en el poder o tecnocracia. Este grupo lo componen altos funcionarios o políticos democráticos que se ponen al frente de la maquinaria estatal y a veces en la empresa privada. Pero, en segundo lugar, no es suficiente a largo plazo dominar a la gente sin que ella considere que debe ser dominada de esa forma. En España esta idea de salvación viene de un replanteamiento de la idea regeneracionista de Joaquín Costa, que hablaba de un cirujano de hierro para darle la oportunidad de regenerarse. Está presente esta idea de que España se tiene que rehacer porque sino va a entrar en otra guerra cainita. Nos hemos inventado y heredado un mecanismo de control bastante interesante.
En 1939 Franco poco menos que decía haber salvado España de los rojos y la Antiespaña. Posteriormente, en el desarrollismo, los tecnócratas vinieron a salvar a España con su golpe de timón. Pero lo interesante fue que, en 1977, cuando existía la oportunidad de hacer algo diferente gracias a la presión obrera, feminista y sindical, llegaron una serie de planes de austeridad en forma de Pactos de la Moncloa para frenar la desestabilización.
El libro empieza en 1939, precisamente en un momento en el que la dictadura y la clase financiera golpista se apodera de buena parte de las propiedades y patrimonios de la clase económica y el pueblo republicano. ¿Una parte del IBEX 35 hunde sus raíces en el 39?
A.V.: Para entender este proceso recomiendo mucho el libro de Antonio Maestre Franquismo S.A. Por ejemplo, cuenta cómo el Conde de Fenosa montó lo que después será su empresa multinacional a partir de hacerse con los terrenos de un rival empresario republicano que, al iniciarse la guerra, había tomado partido por la legalidad. Lo que en su día fue Fenosa hoy forma parte de Naturgy, que es una de las insignias de lo que podríamos llamar la “marca España”.
Esto ocurre en ocho o diez grandes empresas del IBEX 35, pero no podemos ignorar que con el paso de las décadas el enriquecimiento del IBEX 35 se ha debido también a otras grandes desamortizaciones de activos públicos que han sido muy rentables. Yo no critico la privatización de una serie de elementos de la industria que en su momento ya no eran rentables. Empresas que podrían ser integradas en empresas mayores y generar rentabilidad a través de economías de escala.Pero, cuando se vendieron empresas públicas como Endesa o Telefónica, se estaban vendiendo las joyas de la corona, que perfectamente podrían haber permanecido en manos públicas.
Se trata de un origen matizado. Entre las empresas del Ibex 35 existentes en 1939 se produce una redistribución de riqueza hacia arriba como premio por participar en la guerra civil. Se trata de un criterio no económico sino político e ideológico, de favorecer a capitales de empresas que, por otro lado, van a ser los que van a estar impulsando una rápida industrialización en la década de los cuarenta y cincuenta, y que con el Plan de estabilización de 1959 serán protegidos por el Estado para que los capitales extranjeros no los compren.
Hablas del plan de estabilización de 1959 como del nacimiento de un nuevo sentido común.
A.V.: Aquí hay dos elementos. Conforme iba profundizando en la investigación, me daba cuenta de las dimensiones de la presencia de un elemento extranjero como EE. UU. en nuestro país. Hay un elemento extranjero que empieza con Truman en 1948, el cual, partiendo de un rechazo claro del régimen franquista al que impide entrar en la ONU, se va modificando con el inicio de la guerra fría y la guerra de Corea. Los norteamericanos empiezan a entender que España es un bastión anticomunista. Y de manera gratuita. No hay que hacer Plan Marshall y es una base geopolítica básica. Después llegaron los pactos del 53 y la llegada de capitales extranjeros. Lo que pasó al final de la década es que los americanos empezaron a inquietarse porque, después de toda la financiación y préstamo de divisas, se había creado una España que no era capaz de generar divisas por la venta de productos agrícola para comprar insumos y materias primas, por lo que existía un riesgo de no devolución de esos prestamos. Entonces, empieza la presión a través de telegramas, reuniones y delegados del FMI en los que se conmina a arreglar las finanzas públicas. De ahí surge el Plan de Estabilización, que no es una sola ley, sino un conjunto de muchas medidas y decretos. Sin embargo, esto se ha contado como un momento en el que una serie de economistas iluminados arreglaron las finanzas públicas. Esto ocurrió porque había gente cada vez más cualificada, con más conocimiento del extranjero, que iba viendo que la situación de España no funcionaba.
Pero hay otro elemento. Y es que el franquismo había ganado la guerra y ahora había que ganar la paz. Entonces, se trataba de generar un nuevo sentido común. ¿Cómo se hace eso? Tratando de generar una legitimidad de resultado, empleo, crecimiento económico y una especie de redistribución indirecta de la riqueza a través del crecimiento. Y ahí llega el modo de proceder desarrollista. Abramos el país al turismo, pongámosle una sonrisa. Aquí entra toda la propaganda que hizo Fraga sobre los Veinticinco años de paz. Ingresan divisas y exportamos -y ese es el gran truco -tres millones de desempleados al extranjero. Se mantiene a las mujeres dentro del hogar, por lo que la tasa de desempleo no presiona al alza. Se ponen en marcha una serie de medidas para ajustar la inflación, se limita el gasto público para, en definitiva, también crear una seguridad jurídica y económica con el fin de que entren las grandes corporaciones americanas como la General Motors, la General Electric, que encuentran en España una mano de obra baratísima.
Te refieres a los ministerios de Boyer y Solchaga como los ministerios de desindustrialización.
A.V.: Es que aplicaron un manual que no admitía contestación. El mundo se estaba abriendo y estas industrias eran menos competitivas. En cierto modo tenían razón, porque el franquismo era una fábrica de paro envasado. Durante la transición volvieron a España millones de emigrantes porque querían vivir en su país y los gobiernos de Suárez y González se tuvieron que enfrentar a una serie de medidas anti-inflación que no habían querido aplicar los franquistas del final porque se les desmoronaba el régimen.
Imagínate cortar la subida del salario nominal a los sindicalistas que en los setenta estaban en la calle y que durante los años de la transición habían acumulado miles de horas de huelga. Al final, paradójicamente, las medidas duras las tomaron los gobiernos democráticos con suficiente mayoría parlamentaria. Eso es la leche, porque da una lección amarga de que la democracia puede ser más cruel que una dictadura débil, y que la libertad de expresión en algún momento puede ser incluso menor. Ello da una serie de lecciones sobre el poder que te deprimen o te hacen más pesimista, o, a lo mejor, más realista.
Luego hay otro elemento que fue la reconversión industrial que, en cierto modo, fue una reconversión financiera. La banca estaba teniendo pérdidas en la industria, quería salir y no estaba demasiado fortalecida por todos los problemas que estaba teniendo. Fue una manera de sanear, de permitirles invertir en otro tipo de sectores y generar plusvalías porque compraban deuda pública estatal y porque todavía tenían una gran influencia en el Banco de España y en la economía general. No fueron solo medidas macro estándar, sino que beneficiaron a un estamento empresarial que se había fundado en la forma de sentido común que habían aprendido esos ministros, que derivaban del aparato industrial tardo franquista, no por franquistas, sino porque se tenían que formar en algún sitio.
Esto me lleva a la idea de la conformación de una élite que, si bien no siempre está de acuerdo en todo, sí que está de acuerdo en las cosas fundamentales. Y, como parte de esa serie de acuerdos tácitos, de lugares de socialización, en el libro hablas de La Dehesilla como uno de esos núcleos.
A.V.:La Dehesilla era una cacería ilustrada al estilo de las cacerías de Franco, que siempre era el que cazaba más a pesar de no parecer la persona más avezada para hacerlo. Pero también eran lugares para hacer negocios a corto y largo plazo. Eran lugares donde las élites llegaban a acuerdos en espacios seguros. Esa convergencia de valores y de puntos de vista les hace llegar a comuniones más fácilmente que en otros lugares. Se dan situaciones en las que, incluso perteneciendo a frentes empresariales enfrentados, se ponen de acuerdo con asombrosa facilidad.
La Dehesilla era eso, pero de manera más fina. Ilustrada con una inteligencia antifranquista, que iba de lo moderado hasta personas que, como Miguel Boyer, habían pasado hasta un año en la cárcel; gente que tenía credenciales comunistas, socialistas, liberales, incluso trotskistas y maoístas… y que se reunían para ver qué había que hacer con España cuando cayera el tirano. Por eso es un lugar clave.
Por aquel entonces Boyer y Solchaga ya eran empleados públicos del Banco de España. También Mariano Rubio, aunque había tenido que pasar un año en la OCDE en una especie de exilio permitido por el régimen, después de haber pasado también por la cárcel. Ese pedigrí antifranquista les permitía formar parte de organismos muy potentes, después totalmente desligados del pasado, pero sus lugares de formación fueron la administración pública franquista.
Lo que ocurre es que esa materia gris en los ochenta y los noventa se acabó asociando a las familias más afines al régimen que querían combatir. Hasta en más de una ocasión acabaron formando uniones matrimoniales con empresarios a quienes, en principio, habían combatido, en un movimiento de absorción total del propio sistema.
¿Cuál es el papel que juega la Corona y en particular Juan Carlos I en este bussiness as usual?
A.V.: A mi juicio, Juan Carlos I es la corona de la clase dominante. Viendo los mecanismos de financiación de su riqueza actual, era un hombre sin una fortuna propia previa que infló su patrimonio mediante una serie de maniobras petroleras que han quedado reflejadas en varios ensayos, en particular, el trabajo de Rebeca Quintana en La fortuna del Rey o los ensayos de José García Abad.
El Rey ha sido el gran mediador de la élite española y de sus relaciones con otras élites. Fue proveedor de materias primas, como el petróleo que España necesitaba para seguir desarrollando su sociedad de consumo. Su papel en el 23F, pese a que esta última regularización de documentos parece que refuerza la versión oficial, no queda suficientemente aclarado. A mi juicio, tiene un papel muy claro en el golpe de timón, en esa especie de gobierno de concentración nacional. Es un gran mediador y legitimador del nuevo funcionamiento de las cosas en democracia. Se acercó más a los socialistas que a los conservadores porque, con buen olfato político, estaba viendo que la mayoría social iba a ir por ahí
Tengo que decir que empecé estos estudios sobre élites pensando que era un mero símbolo constitucional, que a nadie le importaba y que servía para culminar la hegemonía. Y, sin embargo, he ido viendo que ha sido un gran diplomático y empresario. Con maniobras de todo tipo, incluso movimientos oscuros en este sistema de la élite. A día de hoy, creo que sigue teniendo un papel para mediar... y un gran afán de revancha contra lo que ha vivido. Y creo que debe de tener bastante conexión con los mensajes que se hacen contra el actual gobierno. Algo me dice que esa conexión la vamos a acabar conociendo.
Con Aznar llegaron los tiempos de las grandes privatizaciones que se habían empezado durante los últimos años de los gobiernos de González…
A.V.: Sí, se venía un periodo en el que el PSOE había privatizado más de lo que privatizó el Partido Popular. Lo que pasa es que es verdad que cada empresa privatizada era diferente a la anterior y había muchos motivos, como reducir el déficit público y la deuda pública y crear un espacio de gasto público o generar ingresos para gastar en otras cosas.
Es cierto que los criterios del Partido Socialista pudieron venir influidos por los vientos de cambio neoliberales, pero muchas veces respondían a acciones no sé si improvisadas, pero no formaban parte de un plan. A diferencia de eso, está comprobado en documentos de la Fundación FAES que el Partido Popular ya quería imitar el proceso de Margaret Thatcher en 1993. Cuando estudiamos las redes de los privatizadores, te das cuenta de que el plan ya está ahí desde mucho antes. A diferencia de las privatizaciones socialistas –que eran tecnócratas de la administración–, los tecnócratas del PP venían de la Bolsa y su objetivo era conseguir el máximo capital con las ventas. Manuel Pizarro, Francisco González y compañía son esos altos funcionarios o yupis bursátiles que colocaron los paquetes de la Bolsa lo más caro o lo más rápido posible. Pero, en lugar de retirarse en el momento en el que habían vendido y permitir que el mecanismo del libre mercado diese lugar a nuevos dirigentes extraídos con un criterio de mejor competencia, se quedaron ahí y reformaron el reglamento del Consejo de Administración para perpetuarse ellos.
Lo estaban montando bien los del PP porque habían logrado hacer de la privatización una política de capitalismo de Estado, controlado por un partido que aspiraba a quedarse, pero le falló a última hora la comunicación y ahí se dieron cuenta. Se pudo ver que había un combate entre élites, que la élite mediática no era enteramente de derechas y que, por otro lado, España no era enteramente Madrid, pese a la madrileñización del aparato económico. Las élites conservadoras se sorprendieron viendo que España era plural y diversa. Pese a que controlaban el panorama mediático y habían creado una clase dominante afín, se encontraron con una sorpresa en las urnas, no enteramente atribuible a lo que ocurrió tras los atentados del 11-M.
Zapatero también intentó atraer empresarios en torno a su proyecto con dispares resultados…
A.V.: El credo económico de Zapatero no estaba definido, era un político casi provincial – sin querer decirlo con un tono despectivo –, que había ascendido rápido gracias al apoyo de Carlos Solchaga, del que fue adjunto en el Parlamento. Pero Zapatero llegó al poder demasiado pronto para lo que a él le hubiera convenido y se rodeó de una serie de asesores económicos como Miguel Sebastián o Jordi Sevilla, que suplían sus lagunas en este campo. Para estos asesores, el socialismo y la socialdemocracia no debían de incrementar demasiado el gasto público y eso significaba lo que significaba. Pero tampoco están totalmente alineados con la ortodoxia europea de Alemania.
Por
otra parte, se dio cuenta de que tenía que intentar recuperar el
aparato público privatizado, no para nacionalizarlo, sino para
congraciarse con esa nueva élite empresarial. No lo consiguió porque el
plan del Partido Popular era solido y su principal hito fue conseguir
colocar a Javier de Paz en Telefónica. Es un movimiento clave del que
queda excluido Carlos Solchaga, que desde entonces ya elimina sus
simpatías con el zapaterismo, pero que, a mí juicio, era un puente que
debía de haber mantenido estratégicamente.
Fracasa con la conquista del aparato económico, pero triunfa con la industria publicista y editorial catalana, que son muy potentes. Se forja una suerte de alianza con el grupo Globomedia, el grupo Mediapro que, que acaba creando el Diario Público y, sobre todo, La Sexta. El diario Público luego salió como salió, pero fue un intento de crear una especie de competencia ideológica y editorial al diario El País.
Uno de los efectos intencionales o no intencionales de los fondos Next Generation ha sido la llegada de nuevas elites globales a la capital ¿Cómo es el aterrizaje de estas élites globales en una ciudad con unas élites tan asentadas?
A.V.:
Ten en cuenta que, si la tasa de crecimiento del PBI que tenemos es
alta, es muy probable que en algunos sectores la rentabilidad estimada
para una inversión sea todavía mayor. A lo cual hay que sumar que parte
de esa élite global viene a España porque tienen la sensación de tener
menos seguridad jurídica en su país de origen. Cosa que es discutible en
países como México, que al tiempo que hace reformas sociales ofrece una
tasa de rentabilidad como consecuencia del crecimiento, que es incluso
superior a la España.
Pero
bueno, deciden venir aquí. Eso determina no sé si un choque, una
convivencia que cambia el hábitat porque llegan unas élites que no están
apegadas al territorio, que a lo mejor llegan aquí por un criterio de
rentabilidad y a lo mejor no miran por el entorno de la misma manera que
van a mirar por las élites nacionales.
Eso tiene mucho que ver también con el choque o la ruptura neoliberal desde que Milton Friedman en los ochenta planteó que los empresarios tenían que mirar por las cuentas y valores de sus acciones y no tanto por el territorio en el que operaban, por los sindicatos o por el bienestar de sus trabajadores. Pero claro, si tú acudes a un país por la rentabilidad, tu relación con el país no va a ser la misma que la de los que lo viven dentro de una comunidad como las élites locales. Creo que ese choque se está produciendo a nivel urbano, y que afecta incluso a las familias de rentas altas que se tienen que ir de zonas del barrio de Salamanca, que están siendo compradas por fortunas antes venezolanas y ahora mexicanas, al mismo tiempo que proliferan locales de ocio que son los locales que las élites extranjeras construyen a imitación de su ocio nacional. Lo hacen porque conocen ese modelo de extracción de rentabilidad, y porque también son el tipo de sitios en los que quieren estar. Se está produciendo un cambio en la economía política de ciudades como Madrid, en donde los cambios están ocurriendo mucho más rápido de lo que parece.
¿Madrid debería ser un Distrito Federal?
Es una pregunta que se va a ir respondiendo en los próximos años. Ya hay teorías que hablan de que Madrid debería de ser algo parecido a un great London que llegara de Guadalajara a Segovia. Sostienen que puede ser un vector de creación de progreso y riqueza. Ya Aznar con Álvarez Cascos como ministro de Fomento quería crear un Madrid y una España cuyos puntos mas importantes se definieran como ciudades a dos horas en tren de la capital. Desde el año 2000, el Partido Popular tiene un proyecto muy definido para Madrid y se orienta a eso por razones a lo mejor exclusivamente electorales o por razones ideológicas y, a lo mejor, por las relaciones que están estableciendo con élites internacionales.
Creo que hay un proyecto en ese sentido, que desde el punto de vista ecológico puede ser letal, pero, desde el punto de vista nacional, también. No sólo por los independentistas catalanes, sino por los independentistas madrileños, que manejan la idea de que Madrid es España dentro de España, y que, si todo lo que está a dos horas de Madrid, mejor, porque eso es la playa de Madrid.
¿En qué se diferencia un pijo de Madrid de un miembro de la élite de este país?
Es una pregunta sociológica muy valiosa. Yo veo a un pijo como un elemento performativo, con elementos culturales de capital social heredados que quiere pertenecer a un grupo al cual no necesariamente pertenece. Si pudiéramos acceder a los miembros de la verdadera élite económica y a cómo viven, posiblemente no tendrían nada que demostrar. Entonces, esa sobreactuación, esa ostentación de la marca para las élites de toda la vida, resulta algo un poco aberrante, sonrojante y vergonzoso.
UNE “NEP” AUX CARACTERISTIQUES CHINOISES ?
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Source https://www.librairie-tropiques.fr/2026/04/une-nep-aux-caracteristiques-chinoises.html
Notes pour une recherche
Bruno Guigue
Les succès de la Chine
contemporaine ne cessent d’interroger nos conceptions habituelles.
Savons-nous seulement quels sont les ressorts de cette modernisation
réussie, et quelles perspectives elle offre pour l’avenir du socialisme ?
Une des questions fondamentales qu’il convient de se poser à propos de
la Chine contemporaine est la suivante : de quelle nature est la
formation sociale chinoise actuelle ? Qu’est-ce qui la spécifie en
regard d’autres formations sociales ?
Poser cette question centrale a pour vertu d’ouvrir deux pistes de
réflexion, sur lesquelles ces quelques notes ont pour seule ambition
d’ouvrir le débat et de stimuler les recherches.
La première piste de
réflexion est la suivante : quels sont les modes de production qui
figurent dans cette formation sociale, et comment s’articulent-ils ?
Quelle signification faut-il accorder à l’existence d’un secteur capitaliste en Chine ?
Autrement, dit, quel est le mode de production dominant autour
duquel se déploie la structure propre à cette formation sociale ?
La deuxième piste de
réflexion est la suivante : quelle est la genèse historique de cette
formation sociale originale ? Quelles sont les étapes qu’elle a
franchies pour parvenir au stade actuel ? Cette genèse historique
présente-t-elle des similitudes avec la Nouvelle politique économique
(NEP) menée par le pouvoir soviétique de 1921 à 1928 ? A-t-elle l’aspect
d’une trajectoire linéaire, ou au contraire d’un processus itératif,
marqué par des accélérations, mais aussi des retours en arrière ?
Il y a aussi une troisième
piste de réflexion, qui est celle des perspectives ouvertes par
l’accomplissement historique dont témoigne la Chine depuis 1949 :
au-delà du “stade primaire du socialisme”, quels sont les objectifs
propres aux étapes suivantes de cette modernisation ? La transition
socialiste doit-elle encore être pensée, comme le veut la théorie
marxiste classique, dans l’horizon du communisme ? Trop importante pour
être traitée ici, cette piste de réflexion fera l’objet d’un travail
ultérieur.
Reprenons donc les deux premières pistes de réflexion et tentons d’y
cheminer autant que faire se peut, de manière nécessairement partielle
et provisoire.
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Pour commencer, partons d’une observation que chacun peut faire : la
Chine est une formation sociale singulière que la plupart des
commentateurs, fussent-ils “sinologues”, peinent généralement à décrire
ou à nommer. Le plus souvent, cette difficulté est imputable à des biais
idéologiques aisés à deviner, mais elle traduit aussi parfois l’absence
d’instruments intellectuels adéquats. C’est pourquoi, afin de traiter
la question de façon rationnelle, il me semble indispensable de
s’appuyer sur l’analyse marxiste des différents modes de production, de
leur succession dans l’histoire et de leur combinaison au sein d’une
formation sociale donnée.
La question est en effet de savoir en quoi consiste précisément la
formation sociale chinoise contemporaine, telle qu’elle se présente à
l’observateur en 2026, et sur quelle base matérielle elle repose, avec
les caractéristiques historiques qui sont les siennes. Or, dans ce
travail d’analyse, il faut évidemment se déprendre d’un certain nombre
de travers intellectuels dans lesquelles tombent de nombreux
commentateurs.
Le principal travers
consiste à refuser de voir dans la formation sociale chinoise une
formation complexe, hybride, caractérisée par la transition inachevée
d’un mode d’organisation sociale à un autre. Certains observateurs,
généralement hostiles à la République populaire de Chine, ont tendance à
essentialiser le modèle chinois en recourant à des notions simplistes
ou inadéquates. Ils définissent la formation sociale chinoise, par
exemple, en la subsumant sous le concept commode de “capitalisme d’État ”
ou de “socialo-capitalisme”, quand ils ne réduisent pas la Chine
contemporaine à un mélange funeste de “capitalisme sauvage” et de
“dictature totalitaire”. Autant de qualifications hâtives et
caricaturales qui ne peuvent manquer d’induire en erreur, car elles
omettent un fait essentiel : l’existence de rapports sociaux de type
capitaliste en Chine n’implique nullement le caractère capitaliste de la
société chinoise.
Capitalisme et capitalistes
Dans certains milieux, on
disait autrefois de l’URSS qu’elle était caractérisée par un
“capitalisme sans capitalistes”, dans la mesure où elle apparaissait
comme le modèle achevé d’un capitalisme d’État dans lequel
l’appropriation privée des moyens de production était bannie au profit
d’un robuste dirigisme étatique. Au nom du “prolétariat” ou du “peuple
tout entier”, une nouvelle classe dominante, après avoir investi le
pouvoir d’État, aurait saisi les rênes de l’économie et de la société.
Sous couvert de socialisme, les rapports sociaux capitalistes auraient
été reconduits au profit de cette nouvelle couche dominante, la
“bureaucratie soviétique”. On ne se prononcera pas ici sur cette
qualification, qui est sans doute partiellement erronée et fort
discutable d’un point de vue historique. Ce qui est certain, c’est
qu’elle ne correspond nullement à la situation de la formation sociale
chinoise actuelle, qui se caractérise au contraire par la présence de
capitalistes, mais sans capitalisme.
Afin de faire la lumière
sur ce paradoxe apparent, tournons-nous donc vers l’analyse marxiste des
modes de production et des formations sociales. Rappelons qu’un mode de
production, c’est l’ensemble constitué par les forces productives (la
force de travail et les instruments de production) et les rapports de
production, c’est-à-dire les rapports sociaux noués par les individus
dans la sphère productive. Un mode de production, comme son nom
l’indique, désigne une manière de produire les biens matériels
indispensables à l’existence des individus qui vivent dans une formation
sociale donnée. Sans entrer dans le détail de la théorie marxiste, il
suffit de retenir à ce stade que le mode de production constitue la
base matérielle de l’existence des hommes et qu’il qualifie la formation
sociale déterminée dans laquelle cette base matérielle joue un rôle
déterminant.
Or c’est ici qu’une
précision s’impose : l’articulation entre la formation sociale et le
mode de production implique aussi que, dans toute formation sociale, il
n’existe pas un seul mode de production : la plupart du temps, il en
existe au moins deux, et parfois beaucoup plus. Parmi ces modes de
production, l’un d’entre eux est dit “dominant” et les autres “dominés”.
Ces derniers sont soit des survivances du passé de l’ancienne formation
sociale, soit des modes de production en train de naître dans le
présent même de la formation sociale. Cette précision est
importante, car cette pluralité des modes de production, inséparable de
la prédominance d’un mode de production sur les autres, permet de rendre
compte de la complexité des faits observables dans toute formation
sociale concrète. Et c’est aussi cette pluralité inégale des modes
de production qui permet de déceler les tendances contradictoires qui
s’affrontent dans la formation sociale considérée et qui constituent,
pour cette raison, le moteur de son histoire.
Revenons maintenant à la formation sociale chinoise contemporaine
et à ce qui nous intéresse ici, à savoir sa composition organique,
c’est-à-dire l’articulation spécifique entre les modes de production qui
concourent à son existence historique.
Pour tenter de la déceler, il faut d’abord procéder à une
photographie, nécessairement descriptive dans un premier temps, de cette
pluralité concrète qui caractérise la formation sociale chinoise
actuelle.
Mais avant de présenter cet inventaire des modes de production à
l’œuvre en Chine, il faut bien préciser un point qui me semble
essentiel.
Comme tout le monde, les Chinois vivent dans une société
déterminée, une “formation sociale” concrète, caractérisée par la
prédominance d’un mode de production déterminé. Mais quel
est ce mode de production ? Car il ne suffit pas qu’une formation
sociale existe pour qu’elle possède son propre mode de production. Une
formation sociale capitaliste, comme les États-Unis par exemple, se
caractérise par un mode de production dominant, le mode de production
capitaliste. Mais une société socialiste comme la société chinoise, en
revanche, possède-t-elle pour autant un mode de production socialiste ? Si
cette expression n’existe pas chez Marx, Engels et Lénine, c’est parce
qu’aux yeux de la théorie marxiste une formation sociale peut être en
transition entre deux modes de production, sans avoir un mode de
production exclusif. Durant cette période transitoire, qui peut
être extrêmement longue, les éléments de la société future ont tendance à
prendre le dessus sur les éléments de la société passée, modifiant peu à
peu la composition organique de la formation sociale. Et cette
situation n’a rien d’anormal : elle est l’effet direct du développement
des forces productives et des luttes de classes qui traversent toute
formation sociale.
/image%2F1440064%2F20260402%2Fob_519099_e13-884.jpg)
Ce point étant éclairci, faisons l’inventaire des modes de production de la formation sociale chinoise.
Quels sont, précisément,
ces modes de production dont la combinaison fournit son ossature
matérielle à la formation sociale chinoise contemporaine ?
1. Premièrement, le mode de production socialisé, c’est-à-dire
le mode de production caractérisé par l’existence d’unités de
production économique dont la propriété du capital est une propriété
publique.
Ces unités de production sont principalement les grandes
entreprises d’État qui détiennent, en Chine, les secteurs-clés de
l’industrie comme la sidérurgie, l’énergie (le charbon, le gaz,
l’électricité, le pétrole et le nucléaire), mais aussi les
infrastructures de transport et l’industrie de l’armement.
Particulièrement intensifs en capital, ces secteurs stratégiques sont la
propriété exclusive de la puissance publique qui les contrôle à travers
un réseau de 325 000 entreprises publiques disséminées sur l’ensemble
du territoire aux niveaux national, régional et local. Mais à
l’intérieur de ce vaste secteur public largement décentralisé, c’est
surtout par le truchement de 97 très grandes entreprises que l’État
central détient l’essentiel du capital industriel, soit 55 % des actifs
de toutes les entreprises, publiques et privées, du pays.
Appartiennent aussi à ce vaste secteur public les innombrables
établissements bancaires qui contrôlent 80 % des actifs de cette
catégorie dans l’ensemble du pays. En Chine, c’est le réseau des banques
publiques, et non les institutions financières privées, qui assure de
manière prépondérante le financement de l’économie. Cette prédominance
du secteur public est fondamentale : elle affranchit la sphère
financière de la rapacité des actionnaires privés et l’ordonne aux
impératifs du développement planifié de l’économie. Loin de cette
domination des intérêts privés qui caractérise les pays capitalistes, la
socialisation de la finance redouble celle de la production et
consolide l’ossature publique de la structure sociale. Aussi l’activité
boursière est-elle peu développée en Chine : la somme des
capitalisations boursières chinoises sur les places de Shanghai et Hong
Kong demeure largement inférieure à celle de leurs homologues
occidentales, alors même que l’économie chinoise calculée en PPA occupe
la première place mondiale. Que la part de la Chine dans la sphère
productive soit inversement proportionnelle à sa part dans la sphère
spéculative n’est donc pas le fait du hasard, mais un effet de
structure.
Il résulte des deux points précédents que le mode de production dominant, au sein de la formation sociale chinoise, ne peut être que le mode de production socialisé.
Cette prédominance revêt trois aspects. Elle est d’abord quantitative :
la puissance publique contrôle l’essentiel du capital industriel et du
capital financier. Mais elle est également qualitative : en occupant les
hauteurs stratégiques de l’économie, l’État les met au service du
développement global. En déliant les secteurs-clé de l’exigence de
rentabilité à court terme, la planification étatique oriente l’activité
économique dans une direction conforme à l’intérêt général. Cette
prédominance du secteur public en amont de la chaîne de valeur influe
notamment sur la formation des prix : elle rend possible une politique
de bas coût des intrants qui sont fournis à l’ensemble de l’économie. Ce
qui explique la capacité du secteur productif à satisfaire les besoins
de la population sur le marché intérieur (il suffit de vivre en Chine
pour y mesurer l’absence de tensions inflationnistes), mais aussi la
compétitivité internationale de l’économie chinoise, laquelle a
constitué l’un des moteurs de son développement au cours des vingt
dernières années.
J’ajouterai une remarque
lexicale pour finir : contrairement à d’autres auteurs, j’emploie
l’expression “mode de production socialisé”, et non “mode de production
étatique” ou “mode de production socialiste”. Le terme “socialisé”
indique clairement, en effet, que l’existence de ce mode de production
résulte d’un processus (la révolution socialiste) et que sa
caractéristique principale réside dans la propriété sociale (ou
publique) du capital. En revanche, la notion de “mode de production
étatique” me parait réductrice : l’État n’est pas le seul intervenant
dans la gestion du secteur public, et les collectivités locales jouent
un rôle essentiel dans un système qui est très décentralisé. Quant au
“mode de production socialiste”, cette expression ne correspond pas à la
réalité : la formation sociale chinoise étant une formation en
transition, c’est cette transition qui est socialiste, et non tel ou tel
des modes de production qui lui fournissent sa base matérielle. En somme, le mot “socialisme” ne peut pas désigner, à la fois, le tout et la partie.
2. Deuxièmement, le mode de production capitaliste,
lequel existe bel et bien dans la formation sociale chinoise, depuis
qu’il a été réintroduit au début des années 1990 par les réformes de
Deng Xiaoping.
Ce secteur capitaliste joue un rôle important dans un certain
nombre de domaines qui ont nécessité des capitaux, des compétences et
des technologies indispensables à la modernisation du pays et dont ne
disposait pas immédiatement la puissance publique. Au début des
réformes, ces apports de capitaux privés provenaient surtout de la
diaspora chinoise d’outre-mer, puis ils sont venus pour une part
grandissante des capitalistes nationaux et des investisseurs extérieurs.
Relèvent en effet du mode de production capitaliste les entreprises
privées à capitaux étrangers qui se sont installées progressivement
depuis les années 1990 sur le sol chinois. Ces investissements directs
étrangers (IDE) ont été encouragés, de manière sélective, par les
autorités du pays, afin d’y créer des emplois et de favoriser les
transferts de technologies. C’est notamment grâce à cette ouverture
internationale que l’économie chinoise a connu une nouvelle phase de son
développement dans les années 2000.
Loin de constituer le mode de production dominant, le mode de
production capitaliste a donc été réintroduit en Chine sous le contrôle
de l’État socialiste afin d’obtenir des capitaux et des technologies,
mais aussi pour stimuler l’effort de modernisation des entreprises
nationales sous l’aiguillon de la concurrence étrangère. Le moins qu’on
puisse dire, c’est que ce pari de la modernisation sous la contrainte
externe a été largement gagné. L’apport du capital privé a été
judicieusement calculé par les autorités chinoises afin de doper la
croissance endogène, sans mettre en péril la souveraineté économique du
pays ni s’exposer aux extravagances du marché provoquées par les crises
cycliques du capitalisme mondial. Appliquant le principe maoïste
selon lequel il faut “chercher la vérité dans les faits”, les
planificateurs chinois ont expérimenté les vertus d’un secteur
capitaliste circonscrit au nécessaire et sévèrement rappelé à l’ordre
lorsqu’il outrepassait ses prérogatives de force d’appoint.
Au demeurant, les dizaines de Chinois richissimes qui ont été
sanctionnés depuis quinze ans (y compris, dans un cas extrême, au moyen
de l’exécution capitale), que ce soit pour leurs malversations
financières, leurs interventions intempestives ou leur pratiques
monopolistiques, témoignent des limites de l’influence du mode de
production capitaliste en République populaire de Chine. On conviendra
qu’il est difficile, dans ces conditions, d’inférer le caractère
“capitaliste” de la formation sociale chinoise de la présence de
“capitalistes” en son sein.
Mais l’aspect le plus intéressant, dans cette réhabilitation sous
conditions du capitalisme, concerne sans doute les transferts de
compétences attendus par les responsables chinois. Après tout, c’est
avec les hommes d’aujourd’hui qu’il faut construire le socialisme de
demain, et dans un contexte de pénurie il faut savoir utiliser les
ressources disponibles. Lorsque Mao Zedong, dans le cadre de la
“démocratie nouvelle” (1949-1953), a classé la “bourgeoisie nationale”
au rang des “classes révolutionnaires”, il songeait surtout à utiliser
les compétences techniques de cette classe sociale instruite : des
entrepreneurs privés sont ainsi devenus les directeurs de leur propre
usine, désormais placée sous le contrôle des syndicats et mise au
service de la révolution.
A l’adresse de ceux qui
jugent rédhibitoire d’un point de vue marxiste la participation des
capitalistes à la transition socialiste, il faut citer ce que disait
Lénine en avril 1921 dans sa brochure “Sur l’impôt en nature” à propos
des “concessions” accordées au “capital privé” au nom d’un “capitalisme
d’État” qu’il concevait comme “l’antichambre du socialisme” : “Nous
payons un certain tribut au capitalisme mondial, nous lui payons une
rançon”, et “nous ne devons pas craindre d’avouer que nous pouvons et
devons encore beaucoup apprendre des capitalistes”. Certes, “cela peut
sembler paradoxal : le capitalisme privé dans le rôle d’auxiliaire du
socialisme ? Mais cela n’a rien d’un paradoxe, c’est un fait économique,
absolument incontestable”. La vérité, c’est que “le capitalisme est un
mal par rapport au socialisme, mais qu’il est un bien par rapport au
Moyen Age, par rapport à la petite production, par rapport au
bureaucratisme qu’engendre l’éparpillement des petits producteurs”. Et
puisque “nous ne sommes pas encore en mesure de réaliser le passage
immédiat de la petite production au socialisme, le capitalisme est dans
une certaine mesure inévitable, comme une conséquence naturelle de la
petite production. Nous devons donc utiliser le capitalisme, (surtout en
l’orientant dans la voie du capitalisme d’État) comme maillon
intermédiaire, conduisant de la petite production au socialisme. Nous
devons l’utiliser comme moyen, voie, procédé, modalité, permettant
d’augmenter les forces productives”.
3. Troisièmement, le mode de production familial qui est encore largement prépondérant dans l’agriculture chinoise.
Ce mode de production a connu une histoire singulière : sous sa
forme actuelle, il résulte des réformes des années 1980 consécutives au
démantèlement des structures collectives créées dans les années 1950. Au
lendemain de la victoire sur l’envahisseur japonais, en 1945, les
terres appartenant aux propriétaires fonciers ont été redistribuées à la
paysannerie pauvre, et cette redistribution massive a été entérinée par
la grande loi agraire de 1950. Cette révolution paysanne a mis fin aux
rapports sociaux de domination qui livraient la majorité des paysans à
une exploitation féroce. Elle a généré une agriculture formée d’une
multitude de petites exploitations familiales dont la productivité, trop
faible, ne permettait pas un véritable décollage de la production
agricole. C’est pourquoi Mao Zedong a lancé en 1953 la collectivisation
des terres, achevée en 1957, qui a donné naissance aux fameuses
“communes populaires” dans lesquelles les cultivateurs travaillaient,
pour l’essentiel de leur temps de travail, au profit de la collectivité.
Avec la modernisation des équipements, la généralisation de l’usage
des engrais, la sélection de plus en plus rigoureuse des semences, les
conditions techniques de la production ont progressivement changé. Le
collectivisme intransigeant des communes populaires a été peu à peu
atténué et les paysans ont pu cultiver un lopin individuel. Après la
“Révolution culturelle” (achevée en 1976), les autorités ont décidé,
dans le cadre des nouvelles réformes, de rétablir le système de
l’exploitation familiale afin de stimuler la productivité de ces unités
autonomes de production que constitueraient désormais les fermes
familiales. L’agriculture chinoise telle qu’elle existe aujourd’hui est
donc le résultat combiné de trois processus historiques : une
redistribution égalitaire des parcelles entre les familles paysannes
(acquise en 1950 et renouvelée en 1984 après la dissolution des communes
populaires), une succession de progrès techniques due aux
investissements réalisés durant la période maoïste, et enfin une
libéralisation des marchés agricoles dans le cadre des réformes de Deng
Xiaoping. Le mode de production dominant dans l’agriculture chinoise est
donc le mode production familial, la famille paysanne étant liée
contractuellement avec les collectivités locales (au nom de l’État), et
bénéficiant d’un droit héréditaire et exclusif à l’exploitation d’une
parcelle attribuée en fonction du nombre d’habitants.
Lorsque les enfants ne veulent pas reprendre l’exploitation
agricole de leurs parents, l’usage de la terre peut être loué à d’autres
cultivateurs, ce qui explique la taille très variable des exploitations
existantes. Mais la terre ne peut pas être vendue, puisqu’elle
appartient à l’État qui en est le propriétaire ultime, et ce sont les
collectivités locales qui en organisent l’attribution en fonction des
besoins, agricoles et non agricoles. Au total, ce système donne aux
exploitants une grande autonomie de gestion, et le contrat avec l’État
leur garantit de surcroît un véritable droit à la terre. La famille
paysanne, en vertu de la loi, est l’attributaire exclusive d’une
parcelle qui lui fournit l’essentiel de sa subsistance et lui permet de
commercialiser librement ses produits sur le marché. Notons cependant
que ce mode de production familial ne va pas sans une contradiction
entre la propriété publique de la terre, favorable au maintien d’une
agriculture parcellaire de petite dimension, et la propriété privée de
la production, obéissant aux lois du marché et à ses contraintes de
compétitivité. Ajoutons à ce tableau que l’agriculture chinoise, pas
plus que les autres secteurs, n’est chimiquement pure : elle comprend
aussi des éléments empruntés à d’autres modes de production lorsqu’elle
recourt au travail salarié ou requiert des investissements importants
dans les secteurs à forte valeur ajoutée, ce qui est le cas de certaines
productions commerciales.
4. Quatrièmement, le mode de production individuel,
incarné par des personnes physiques qui exercent une activité
artisanale, tertiaire ou libérale, de manière quasiment indépendante
(souvent dans un cadre familial) sans avoir le statut de salarié, ni
celui de patron.
Très nombreuses en Chine, ces petites entreprises individuelles
(qui correspondent en gros au statut d’auto-entrepreneur tel que nous le
connaissons) ne relèvent évidemment pas du secteur capitaliste : elles
ignorent le plus souvent l’emploi de travailleurs salariés et reposent
sur la valorisation d’un travail individuel ou familial. Et cela, même
si leur activité se déploie dans un environnement qui est lui-même
hybride, puisque le travailleur individuel doit côtoyer des entreprises
privées de taille variable dont il dépend parfois et avec lesquelles il
noue toutes sortes de rapports.
Notons que cette très petite entreprise existait déjà durant
l’époque maoïste, mais de façon résiduelle, dans les interstices d’une
économie largement collectivisée. Avec les réformes, ce mode de
production a connu un essor considérable dans les villes comme dans les
campagnes. Favorisée par les nouvelles habitudes de consommation, elle a
aussi été encouragée par les autorités, lorsqu’elles ont officiellement
reconnu la liberté d’entreprendre et la propriété privée. L’appel à
l’initiative individuelle et l’appât du gain ont stimulé le
développement de toute une série d’activités légères, très faibles en
capital, et reposant pour l’essentiel sur l’ardeur à la tâche du
travailleur individuel ou du petit entrepreneur : petit commerce,
restauration, transport de personnes, etc.
5. Cinquièmement, le mode de production coopératif, qui s’est développé de manière exponentielle dans la phase de transition.
L’exemple le plus emblématique de la puissance du secteur
coopératif en Chine, c’est très certainement l’entreprise Huawei, dont
le capital est détenu par les salariés, le fondateur de l’entreprise,
ancien colonel de l’Armée populaire de libération, ne détenant lui-même
que 1 % de ce capital. Naturellement, cette entreprise n’est pas cotée
en bourse et elle est donc l’affaire de ses salariés-associés,
manifestement recrutés sur des critères de compétence au vu des
prouesses technologiques accomplies par cette entreprise de très haut
niveau, qui dame le pion aux multinationales occidentales de la même
catégorie. Mais la coopération a fait également un retour spectaculaire
dans le monde agricole. Afin d’améliorer les performances du secteur,
une loi votée en 2007 a prévu des financements publics pour faciliter la
mise en place de “coopératives spécialisées”. Le système des petites
parcelles éparpillées ayant révélé ses limites, la création de
coopératives permet désormais de mutualiser les moyens et d’investir
dans des techniques agricoles plus modernes, augmentant les surfaces
cultivables et le rendement des exploitations. Aujourd’hui, on compte
deux millions de coopératives, regroupant la moitié des familles
paysannes. Singulière ironie de l’histoire, qui voit le retour en force
d’un esprit coopératif que l’on croyait rangé au magasin des accessoires
depuis le démantèlement des communes populaires et le partage des
terres collectives.
Il est particulièrement intéressant, à ce propos, de rappeler ce
que Lénine, dans La Pravda du 26 mai 1923, disait des coopératives. “Il
est certain que dans un État capitaliste, les coopératives sont des
institutions capitalistes collectives. Sous le capitalisme privé, les
entreprises coopératives se distinguent des entreprises capitalistes
comme les entreprises collectives se distinguent des entreprises
privées”. Or tout change avec la révolution socialiste. “Dans notre
régime actuel, les entreprises coopératives se distinguent des
entreprises capitalistes privées comme entreprises collectives, mais
elles ne se distinguent pas des entreprises socialistes, si la terre où
elles sont bâties et les moyens de production appartiennent à l’État,
c’est-à-dire à la classe ouvrière. On oublie donc que grâce au caractère
particulier de notre régime politique, la coopération acquiert chez
nous une importance tout à fait exceptionnelle”. Quel est le rapport
entre la coopération et le socialisme ? La réponse de Lénine est on ne
peut plus claire. “Aujourd’hui, nous sommes en droit de dire que le
simple développement de la coopération s’identifie au développement du
socialisme”.
/image%2F1440064%2F20260402%2Fob_9a16f5_the-inception-of-the-great-proletarian.jpg)
Une NEP aux caractéristiques chinoises ?
Cette photographie des
modes de production en vigueur dans la formation sociale chinoise a le
mérite de souligner son pluralisme constitutif : le système chinois
actuel associe différents modes de production, différents régimes de
propriété et différentes classes sociales. Loin de toute utopisme, il ne
prétend pas avoir aboli la division interne de la société et les
inégalités qui la traversent. Ce pluralisme assumé constitue-t-il une
anomalie en regard de la transition socialiste ? Comme on l’a vu plus
haut, toute formation sociale historiquement déterminée comprend
plusieurs modes de production tout en ayant un mode de production
dominant. Et dans le cas de la Chine contemporaine, formation de
transition qui est encore au “stade primaire du socialisme”, c’est le
mode de production socialisé qui est le mode de production dominant.
Pour citer encore Lénine, on sait qu’il s’est livré devant ses
camarades, dans une brochure de 1918 sur “L’économie actuelle de la
Russie”, à un exercice analytique comparable. Décrivant la transition en
cours dans la Russie des soviets, il rappelle que “le régime
actuellement existant renferme des éléments, des parcelles, de petits
morceaux de capitalisme et de socialisme”.
Quels sont ces éléments relevant de “différents régimes de
l’économie sociale” ? Le premier élément, dit-il, c’est “l’économie
paysanne patriarcale”. Le deuxième élément, c’est “la petite production
marchande”, cette catégorie comprenant “la plupart des paysans qui
vendent du blé”. Le troisième élément, c’est “le capitalisme privé”. Le
quatrième, c’est “le capitalisme d’État”. Le cinquième, “c’est le
socialisme”.
”La Russie est si grande et si variée”, dit-il, “que toutes ces
diverses formes économiques et sociales s’y entremêlent, et c’est ce qui
fait l’originalité de la situation”.
Parmi ces éléments, quels sont ceux qui prédominent ? “Dans un pays
de petite paysannerie, poursuit Lénine, c’est l’élément petit bourgeois
qui prédomine et ne peut pas ne pas prédominer”. La majorité des
cultivateurs étant de “petits marchands”, le problème de la transition
sera donc de faire prévaloir le socialisme, peu à peu, sur la petite
production marchande.
Mais cette transition, Lénine la conçoit comme un processus qui
prendra beaucoup de temps, par étapes successives, sans forcer le
mouvement au risque de faire échouer l’entreprise. Avec la nouvelle
politique économique (NEP), la Russie soviétique a pris en 1921 la
direction d’une transition de longue durée accompagnée d’une “révolution
culturelle” (ce sont les mots de Lénine) destinée à élever le niveau de
la population. “Nous n’avons jamais été des utopistes, et nous n’avons
jamais pensé que nous allions construire la société communiste avec les
mains bien propres de communistes proprets, qui doivent naître et
s’éduquer dans la société communiste pure. Ce sont là des contes
d’enfants. Nous devons bâtir le communisme avec les débris du
capitalisme”. Car “le prolétariat n’est pas exempt des défauts et
faiblesses de la société capitaliste. Il lutte pour le socialisme et en
même temps, il combat ses propres insuffisances”. Certes, “nous
élèverons la culture de la campagne, mais c’est là une affaire de
longues, très longues années”.
Pour conduire cette transition de longue durée, et compte tenu des
circonstances, Lénine a la conviction qu’il faut d’abord recourir au
capitalisme d’État. “Le socialisme est impossible sans la technique de
la grosse industrie capitaliste, technique organisée selon le dernier
mot de la science moderne. Il est impossible sans une organisation
méthodique réglée par l’État, et qui impose à des dizaines de millions
d’hommes la stricte observation d’une norme unique dans la production et
la répartition des produits. Nous marxistes, l’avons toujours dit”. En
effet, “ce n’est pas sans raison que les maîtres du socialisme ont parlé
de toute une période de transition du capitalisme au socialisme, ce
n’est pas sans motif qu’ils ont insisté sur les longues douleurs de
l’enfantement de la nouvelle société, cette dernière étant elle aussi
une abstraction, incapable de devenir une réalité autrement qu’à la
suite d’une série de tentatives concrètes, variées et imparfaites pour
fonder tel ou tel État socialiste”. Or “le capitalisme de monopole de
l’État est la préparation matérielle la plus complète du socialisme,
l’antichambre du socialisme, l’échelon historique qu’aucun autre échelon
intermédiaire ne sépare de l’échelon appelé socialisme”.
Sous l’égide de l’État
prolétarien, quelle est notre politique économique, demande Lénine en
1921, lorsqu’il lance la NEP ? Notre politique, c’est de “donner aux
petits paysans, en échange du blé, tous les produits dont il ont besoin
et que fournit la grosse industrie socialiste”. C’est pourquoi il ne
faut pas “bloquer le développement des échanges privés non pratiqués par
l’État, c’est-à-dire du commerce, c’est-à-dire du capitalisme”. Car
c’est “un développement inévitable” lorsqu’il y a “des millions de
petits producteurs”. Entraver ces échanges, ce serait “une sottise et un
suicide pour le parti qui aurait essayé de le faire, une sottise, parce
que cette politique est économiquement impossible, un suicide, parce
que les partis qui essaient de pratiquer une politique de ce genre
aboutissent à une faillite certaine”. Ce que nous devons faire, “ce
n’est pas bloquer le développement du capitalisme, mais s’appliquer à
l’orienter dans la voie du capitalisme d’État, chose économiquement
possible, puisque le capitalisme d’État existe sous une forme ou sous
une autre partout où il existe des éléments de commerce libre et de
capitalisme en général”. C’est pourquoi “l’État prolétarien doit devenir
un patron prudent, soigneux et habile, un négociant en gros
consciencieux. Sinon il ne pourra pas mettre debout, économiquement, ce
pays de petits paysans”. Il ne faut pas oublier, en effet, que “la
misère et la ruine sont telles que nous ne pouvons pas rétablir d’emblée
la grosse production socialiste, les grandes usines de l’État”. Nous
devons donc aider “la petite industrie qui ne demande pas de machines et
qui est à même d’apporter une aide immédiate à l’économie paysanne et
de relever ses forces productives”. Et cela, même si, “à la faveur d’une
certaine liberté du commerce, renaissent la petite bourgeoisie et le
capitalisme”.
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Chacun connaît l’issue
historique de la NEP et le tournant adopté par la politique soviétique à
partir de 1929 : la mise en œuvre du premier plan quinquennal,
l’industrialisation accélérée et la collectivisation de l’agriculture.
Mais ce qu’un tel détour par Lénine et la NEP permet de comprendre,
c’est que la transition socialiste, quelles que soient les
circonstances, doit toujours composer avec la pluralité des modes de
production. Et ce qu’illustre la voie chinoise vers le socialisme, c’est
précisément l’acceptation de cette réalité objective. Avec la
“démocratie nouvelle” théorisée en 1940, Mao Zedong avait déjà pris acte
de la réalité concrète de la formation sociale chinoise dont le parti
communiste parvenu au pouvoir assumerait désormais le pesant héritage.
“Le prolétariat, la paysannerie, la petite bourgeoisie et la bourgeoisie
nationale” constituent, aux yeux de Mao, les “quatre classes
révolutionnaires” avec lesquelles la Chine nouvelle fondée en 1949 va
s’engager sur la voie du socialisme. Mais cette orientation initiale
sera sérieusement révisée à partir du premier plan quinquennal
(1953-1957), lorsque lui succédera la “construction des bases du
socialisme”. Avec la collectivisation de l’agriculture et la création
d’une puissante industrie d’État, la formation sociale chinoise se dote
d’un mode de production socialisé qui deviendra, au cours de la période
maoïste, son mode de production quasi exclusif. Société collectiviste,
égalitaire et frugale, la Chine de Mao expérimente une forme de
socialisme inédit, dont le point culminant sera atteint durant la
Révolution culturelle (1966-1976).
La question de savoir si cette “révolution dans la révolution” a
été condamnée par ses propres excès est une question que les communistes
chinois ont tranchée en 1981 en la qualifiant de “déviation gauchiste”.
Ce qui est sûr c’est que la politique nouvelle, celle des “quatre
modernisations” qui sera engagée à partir de 1978, marque un changement
de cap économique dont les effets se font sentir jusqu’à aujourd’hui.
Tandis que l’État socialiste conserve le contrôle des principaux moyens
de production, l’agriculture est restituée à l’exploitation familiale et
les activités tertiaires confiées au secteur privé. Loin de constituer
le mode de production exclusif, le mode de production socialisé, celui
des entreprises d’État, fournit l’ossature de l’économie. À l’intérieur
d’un vaste secteur privé émerge une nouvelle couche sociale qui n’est
pas sans ressembler à la “bourgeoisie nationale” des années 1949-1953,
la principale différence résidant dans le fait que cette néobourgeoisie
se voit légitimée dans ses prérogatives, puisque la propriété privée et
l’initiative individuelle sont désormais consacrées par la loi et même
par la Constitution.
Il en résulte une composition organique originale, où le mode de
production socialisé domine, de toute sa hauteur, les autres modes de
production, lesquels se voient attribuer différents segments de
l’activité économique et sociale. D’une certaine façon, on peut donc
interpréter “la réforme et l’ouverture” engagées depuis les années 1980
comme une sorte de “NEP aux caractéristiques chinoises”, puisqu’on y
retrouve à peu près les mêmes ingrédients : le monopole du pouvoir
exercé par le parti communiste, la direction planifiée de l’économie par
l’État socialiste, la prédominance du mode de production socialisé, la
coexistence avec d’autres modes de production comme l’agriculture
familiale, la petite production marchande et une forme de capitalisme
tolérée dans les limites de la transition socialiste. Remarquons
toutefois que la ressemblance s’arrête à cette description empirique des
différents modes de production. Car le processus historique qui lui a
donné naissance est évidemment très différent. Dans la Russie des
soviets, la NEP visait à développer les forces productives en
libéralisant le commerce et en stimulant la production agricole. Au
lendemain, de la période dramatique du “communisme de guerre”, qui avait
vu l’État prolétarien naissant imposer des prélèvements sur la
production de manière autoritaire, il s'agissait de desserrer l’étreinte
créée par la guerre civile : pour libérer l’activité productive, il
fallait accepter, durant une certaine période, le développement du
capitalisme et la permanence de la petite production marchande.
En Chine , “la réforme et
l’ouverture” avaient pour vocation, comme la NEP de Lénine, de stimuler
le développement des forces productives en libérant d’abord les énergies
de la paysannerie, puis celles du secteur privé renaissant dans les
villes. Et dans les deux cas, la pluralité restaurée des modes de
production s’est accompagnée de la prédominance du mode de production
socialisé. Mais dans le cas de la Russie soviétique, l’arriération
économique était imputable à l’état de délabrement de l’économie russe,
légué par le régime tsariste. En Chine, l’état d’arriération de
l’économie était dû, selon les dirigeants chinois, à la stagnation
provoquée par la “Révolution culturelle”. Ainsi, non seulement les
prémisses historiques des deux périodes ne sont pas les mêmes, mais la
situation est diamétralement opposée. Pour les bolcheviks au pouvoir, en
1921, la NEP vient réparer les dégâts causés par la guerre civile et
préparer la collectivisation à venir. Pour les communistes chinois, en
1978, “la réforme et l’ouverture” viennent réparer les errements d’une
collectivisation excessive. Lorsque les Chinois s’engagent dans les
réformes, ce n’est pas un répit rendu nécessaire par la régression
économique, mais le début d’une nouvelle phase historique : après avoir
fait l’expérience d’un collectivisme rigide, le parti communiste chinois
comprend qu’il faut changer de méthode pour parvenir au socialisme.
C’est la raison pour laquelle la politique adoptée par les Chinois
en 1978, à l’opposé de la NEP, s’inscrit délibérément dans une
temporalité extrêmement longue. Lorsque le PCC adopte la théorie du
“stade primaire du socialisme”, en 1987, il sait que cette orientation
sera valable pour les décennies à venir, et Deng Xiaoping parlera de
2049 comme d’un horizon raisonnable pour l’achèvement de la
modernisation socialiste.
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La “NEP aux
caractéristiques chinoises”, par conséquent, risque fort d'être autre
chose qu’une simple parenthèse ou qu’un simple répit. Tout indique au
contraire que la composition organique de cette formation sociale qu’est
la Chine contemporaine a atteint un point d’équilibre et que, pour les
dirigeants chinois, la prédominance du mode de production socialisé
garantit que le pays ne déviera pas de la voie socialiste. Il n’y a
aucune raison d’envisager de faire disparaître les autres modes de
production, des lors que cette pluralité organique, sous le régime
socialiste, a permis le développement spectaculaire de l’économie
chinoise au cours des vingt dernières années. Si “la pratique est le
seul critère de la vérité” (Mao), il faut mettre les idées à l’épreuve
de la pratique pour vérifier si ce sont des idées justes. Or la pratique
a montré qu’une économie mixte régulée par un État planificateur
permettait d’atteindre un niveau de développement jamais atteint et
manifestait son éclatante supériorité sur les autres modèles de
développement.
Lorsque Deng Xiaoping a
lancé les réformes, il les avait justifiées en disant que “nous avons 20
à 30 ans de retard sur les pays avancés en matière de développement de
la science et de la technologie”, qu’il fallait “absolument combler ce
retard”, et c’est pourquoi il fallait “stimuler la croissance des forces
productives et conduire à l’amélioration de la vie matérielle et
culturelle du peuple chinois”. Le modèle socialiste et le modèle
capitaliste doivent être jugés sur leurs résultats, et non en fonction
d’idées abstraites. “Si le taux de croissance des forces productives
dans un pays socialiste est inférieur à celui des pays capitalistes sur
une longue période historique, comment pouvons-nous parler de la
supériorité du système socialiste ?” Les succès de la modernisation
chinoise chinois depuis le lancement des réformes sont la vérification
pratique que cette orientation était adéquate. Comment le nier ? Du
point de vue matérialiste des réalisations concrètes, le système adopté
par la Chine sous l’égide de Deng Xiaoping et consolidé sous la
direction de Xi Jinping a fait la preuve de sa solidité et de son
efficacité. Il a conjugué une très forte croissance économique et une
remarquable stabilité sociale. Les Chinois vivent de mieux en mieux,
dans un pays qui a éradiqué la misère et l’analphabétisme. “Le
capitalisme se développe depuis plusieurs centaines d’années, rappelait
Deng Xiaoping. Depuis combien de temps construisons-nous le socialisme ?
Si nous pouvons faire de la Chine un pays modérément développé dans les
cent ans suivant la fondation de la République populaire, ce sera une
réalisation extraordinaire”.
Bruno Guigue








