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samedi 13 juin 2026

Who Really Controls US Foreign Policy & What They Gain By Convincing You Otherwise...

 


TRES FUENTES Y TRES PARTES DEL SOCIALISMO CON CARACTERÍSTICAS CHINAS por Ehécatl Lázaro

FUENTE https://elsudamericano.wordpress.com/2026/06/13/tres-fuentes-y-tres-partes-del-socialismo-con-caracteristicas-chinas-por-ehecatl-lazaro/

 

El Socialismo con Características Chinas es una teoría acuñada por Deng Xiaoping en 1982. Se trata de una teoría que rompió con formas previas de entender la construcción socialista y se convirtió en el paradigma teórico que hasta la fecha guía al Partido Comunista de China. El objetivo de este texto es analizar tres fuentes que integran al Socialismo con Características Chinas: el nacionalismo, el marxismo soviético clásico y la experiencia de la Nueva China. Se utiliza el análisis de discurso para revisar documentos primarios del Partido Comunista de China que desempeñan un rol clave como guía teórica. Este ejercicio contribuye a enriquecer la comprensión de la teoría guía del Partido Comunista de China y, por lo tanto, las líneas generales del desarrollo de la República Popular China. En la primera parte se presentan los orígenes de la teoría, posteriormente se analiza por separado cada una de las fuentes integrantes y al final se presentan las conclusiones.

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Orígenes

La nacionalización del marxismo en China es un proceso que comenzó con Li Dazhao, uno de los principales fundadores del Partido. En su ensayo de 1919, “Sobre problemas e ideologías”, ya decía que el socialismo como teoría debía adaptarse a las circunstancias, lugares y tiempos específicos de China, pues si los socialistas chinos no podían aplicar su doctrina para transformar su realidad inmediata, entonces el socialismo se convertía en un discurso vacío (Li Dazhao, 1919). Durante la primera etapa del Partido, específicamente entre 1921 y 1927, Chen Duxiu buscó utilizar el marxismo para analizar las condiciones específicas de China, como lo demuestra, sobre todo, el Informe al Segundo Congreso (1922). Sin embargo, la relación de tutelaje que ejerció el Partido Comunista de la Unión Soviética sobre el Partido Comunista de China hasta 1935, así como la propia inexperiencia del liderazgo chino, entorpecieron la integración entre el marxismo y la realidad china.

El término “Sinización del Marxismo” como tal es creación de Mao Zedong. En un informe de 1938 al Comité Central del Partido, Mao señaló: “Si los comunistas chinos, que son parte de la gran nación china, carne de su carne y sangre de su sangre, hablasen del marxismo separándolo de las características de China, su marxismo no pasaría de ser abstracto y vacío. Por ello, el problema que todo el Partido debe resolver con urgencia es cómo realizar la sinización del marxismo, de modo que todas sus manifestaciones tengan un carácter inequívocamente chino” (CASS, 2023). Para Liu Shaoqi, el Pensamiento de Mao Zedong representaba precisamente eso: “el Pensamiento de Mao Zedong es la unidad entre la teoría del marxismo-leninismo y la práctica de la revolución china; es el comunismo chino, el marxismo chino” (Liu, 1945).

Deng Xiaoping dio un paso adelante en la tradición de integrar la teoría general del marxismo con la realidad china, al acuñar el término “Socialismo con Características Chinas”, inexistente en la obra de Li Dazhao y Mao Zedong. La primera vez que Deng utilizó este término fue en el XII Congreso del Partido Comunista de China, celebrado en 1982. Ahí dijo:

“La modernización de nuestro país debe realizarse a partir de nuestra propia realidad. Tanto en la revolución como en la construcción, es necesario conceder importancia al aprendizaje y aprovechamiento de las experiencias extranjeras. Pero la copia y el trasplante mecánicos de las experiencias y modelos de otros países nunca nos conducirán al éxito. A este respecto, hemos tenido muchas experiencias negativas. Integrar la verdad universal del marxismo con la realidad concreta de nuestro país, seguir nuestro propio camino y construir un socialismo con características chinas, es la conclusión fundamental que hemos sacado al sintetizar las experiencias acumuladas en un prolongado periodo histórico” (Deng, 1982).

A partir de 1982, el término de Socialismo con Características Chinas se convirtió en parte de la teoría oficial del Partido. Pasó de ser un término a ser una teoría. Todos los Congresos posteriores lo toman como marco de referencia. En la visión oficial, el aporte de Deng Xiaoping no rompe con el Pensamiento de Mao Zedong, sino que lo desarrolla. Si Mao integró el marxismo con la realidad china para llevar a cabo la Revolución y comenzar la construcción del socialismo, Deng retomaría el marxismo y el Pensamiento de Mao Zedong para ponerlos al día, integrarlos con la nueva realidad china y construir un socialismo autóctono.

El Socialismo con Características Chinas como teoría se define por la acuñación de nuevos conceptos y por la reinterpretación de conceptos preexistentes. Economía Socialista de Mercado y Primera Etapa del Socialismo son dos conceptos que no están presentes en la obra de Mao Zedong. Economía Socialista de Mercado se refiere a una economía híbrida, que simultáneamente tiene propiedad privada y propiedad pública de los medios de producción, que tiene mercado y planeación, pero cuyas palancas fundamentales están controladas por el Partido Comunista. En términos de política pública, esta visión se tradujo en la Reforma y la Apertura. Primera Etapa del Socialismo se refiere a un periodo amplio, de décadas y generaciones, en el cual se asume que China mantendrá la Economía Socialista de Mercado y el sistema político con el Partido Comunista como Partido-Estado. En esta visión, la construcción del socialismo se entiende como un proceso de largo aliento, en el que sólo después de echar los elementos fundamentales del socialismo podrá pasarse a una construcción superior del mismo.

El Socialismo con Características Chinas también contiene una interpretación de la contradicción principal de la sociedad china diferente de la que había realizado Mao Zedong. Para Mao, la principal contradicción de la sociedad china era la lucha de clases antagónicas. Con ese diagnóstico impulsó la Revolución Cultural entre 1966 y 1976. En cambio, para Deng, la principal contradicción era la existente entre las atrasadas fuerzas productivas del país y las necesidades del pueblo chino (Deng, 1995). Para resolver esa contradicción era necesario impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas. En el Socialismo con Características Chinas la lucha de clases no desaparece, pero no es la contradicción principal, sino que ocupa un lugar secundario. Esta interpretación de la contradicción principal se mantuvo firme hasta su cambio en 2017 por Xi Jinping, quien, sin embargo, no retomó la lucha de clases como contradicción principal, sino que hizo énfasis en la necesidad de equilibrar el desarrollo de las fuerzas productivas (Xi, 2017).

En la siguiente sección se analizan los tres componentes del Socialismo con Características Chinas, empezando por el nacionalismo.

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Nacionalismo

El marxismo llegó a China en una etapa de caos y desesperación. La Guerra del Opio, iniciada en 1839, inauguró un periodo de invasiones imperialistas, de fragmentación política al interior, de cuestionamientos sobre la identidad china y de búsquedas de alternativas para salvar al país. China perdió todas las guerras que libró para defenderse de las invasiones imperialistas, cedió parte de su territorio y tuvo que aceptar tratados económicos perjudiciales para su economía nacional. Estos choques externos fueron acompañados por los levantamientos internos que cuestionaron la estabilidad política de la dinastía Qing. La Rebelión Taiping tomó ciudades neurálgicas como Nanjing y amenazó seriamente a Beijing; apaciguarla costó 20 millones de vidas. La Rebelión Boxer se levantó en armas contra la ocupación extranjera. La dinastía Qing se había mostrado incapaz de seguir conduciendo a China y, a pesar de sus intentos, como la Reforma de los Cien Díaz y el Movimiento de Autofortalecimiento, no podía frenar el deterioro económico, político y social del país.

En ese contexto turbulento, además de las armas y el capital de las potencias extranjeras, también llegaron sus ideas. Las fuerzas sociales que buscaban una transformación radical de China para salvarla de la desintegración comenzaron a explorar las diversas ideas propias de la modernidad capitalista. Ideas que no sólo llegaron de Occidente, sino también de Japón, país que se había modernizado primero que China y, en ese sentido, había recibido más tempranamente las nuevas ideas. A través de la Restauración Meiji, Japón había logrado utilizar los conocimientos occidentales al mismo tiempo que mantenía su cultura y sus instituciones políticas. En ese sentido, China buscaba realizar un ejercicio similar. Durante la dinastía Qing se impulsó la política de “tomar la doctrina china como fundamental y los saberes occidentales como aplicación práctica”. De forma similar, los reformistas, encabezados por Liang Qichao, sostenían la necesidad de “mantener la esencia cultural propia de China y absorber los conocimientos de Occidente”. Todos los intentos de transformación política de principios del siglo XX seguían esa tradición. Mantener lo chino y utilizar lo extranjero para salvar al país. Sun Yatsen, por ejemplo, sostenía que China debía terminar con el dominio imperial de los manchúes (no chinos) y formar una república de la nación china (han).

El marxismo llegó a China en esa coyuntura de búsqueda de un camino de salvar al país a través de la modernización. Había consenso sobre la necesidad de superar la cultura, economía y las instituciones políticas tradicionales, pero no sobre cuál era el tipo de modernización más adecuado para China. La desintegración del imperio y la fundación de la república no implicó una mejora de la situación general, sino un empeoramiento: el país se fragmentó todavía más y los bloques político-militares al interior mantuvieron guerras interminables. Cambiar al gobierno no era suficiente para salvar a China. Durante el Movimiento de la Nueva Cultura los intelectuales del país discutieron la necesidad de cambiar la mentalidad, la cultura y la educación de la sociedad como única alternativa de salvación. En ese contexto también se empezó a discutir cuál era el mejor camino para China: liberalismo, anarquismo, reformismo, pragmatismo, marxismo, etc. La Revolución Rusa de 1917 y el Movimiento del 4 de Mayo de 1919 fueron dos momentos que le dieron al marxismo la fuerza necesaria para comenzar a ganar aceptación entre los intelectuales chinos.

Los comunistas que fundaron el Partido Comunista en 1921 llegaron al socialismo buscando una teoría salvadora. En el caso de Li Dazhao y Chen Duxiu es conocida la exploración amplia que hicieron de las diferentes teorías políticas, económicas, sociales e históricas disponibles, antes de abrazar el marxismo como único camino para salvar a China. En su juventud, Mao Zedong perseguía ideas liberales, democráticas, reformistas y del socialismo utópico, admiraba a Sun Yatsen, Liang Chichao y Kang Youwei, y se unió al ejército nacionalista que se levantó en Wuhan contra la dinastía Qing. Más tarde luchó para independizar a la provincia de Hunan y establecer ahí una democracia burguesa. Cuando llegó al comunismo, lo hizo buscando salvar a China (Snow, 2020). La frase que él acuñó en 1957 es especialmente significativa en este sentido: “Sólo el socialismo puede salvar a China” (Mao, 1957). Este sigue siendo un emblema del Partido hasta la fecha.

Otros líderes comunistas destacados también llegaron al socialismo buscando formas de salvar a China. Deng Xiaoping viajó a Francia en su juventud para estudiar, aprender oficios industriales y conocer la industria europea; tenía la idea de que China necesitaba industrializarse para fortalecerse. Como obrero, en Francia conoció los males del capitalismo y al mismo tiempo entró en contacto con las ideas socialistas. Ingresó al grupo de comunistas chinos en Francia, posteriormente viajó a la Unión Soviética y después regresó a China ya como miembro del Partido y como un comunista convencido. Zhou Enlai también viajó a Francia con el objetivo de estudiar los sistemas políticos y los movimientos revolucionarios europeos, pues quería aprender de ellos para salvar a China. En esa búsqueda llegó al socialismo.

La presencia de un fuerte componente nacionalista llevó al Partido Comunista a renegar del liderazgo soviético, primero durante la fase revolucionaria y después ya con la Nueva China. Además de otros elementos determinantes, también el nacionalismo de los comunistas chinos abonó a la disputa sino-soviética. Desde 1935 en adelante, los comunistas chinos nunca aceptaron ser satélites de la Unión Soviética. Durante el Gran Salto Adelante, el Partido Comunista de China no sólo buscaba superar la producción industrial de los países capitalistas, sino también demostrar que su versión del socialismo era mejor que la soviética.

El Socialismo con Características China proviene de esa tradición. El socialismo tiene que servir, en primer lugar, para salvar a China y desarrollarla, entendiendo esto como: mantener la independencia, la unidad política, recuperar el estatus internacional tradicional de país importante, elevar su capacidad económica y mejorar la calidad de vida de las grandes mayorías populares. Si para ello es necesario utilizar mecanismos de mercado, integrarse a las redes mundiales del capital y desarrollar una burguesía nacional acotada por el Partido, entonces son tácticas válidas. Schell y Delury (2013) sostienen que en realidad el Partido Comunista de China sólo busca hacer rico y fuerte al país, sin que el adjetivo de comunista tenga otras implicaciones ideológicas. Esta interpretación exagera el componente nacionalista y vuelve irrelevante el componente ideológico. Tanto el nacionalismo como el socialismo son determinantes en el Socialismo con Características Chinas. Sin embargo, en ciertas coyunturas uno de los elementos puede tener más peso que otro. El Socialismo con Características Chinas es al mismo tiempo nacionalista y socialista.

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Marxismo soviético clásico

Los intelectuales chinos buscaban salvar al país de la dominación extranjera, el caos interno y el atraso económico y tecnológico. La Revolución Rusa de 1917 despertó su interés, pero su influencia sólo se volvió determinante después de la Primera Guerra Mundial. Con el Tratado de Versalles, las posesiones coloniales de Alemania en Shandong no le fueron regresadas a China por las potencias vencedoras, sino que fueron transferidas a Japón, a pesar de que China había luchado del lado de los vencedores y existía el acuerdo previo de que retomaría la soberanía sobre esos territorios. Ese fue un punto de inflexión para que los intelectuales chinos establecieran una equivalencia entre el imperialismo y el capitalismo. Una modernización capitalista representaría para China continuar su estatus semicolonial. Frente a las potencias imperialistas se erigía el antimperialismo de la Unión Soviética, que había renunciado a las posesiones territoriales de la Rusia zarista, denunciaba al imperialismo y planteaba que la solución radical de ese fenómeno era la construcción del socialismo. Los intelectuales chinos vieron en el marxismo soviético una vía para salvar a China.

El marxismo llegó a China hasta la tercera década del siglo XX, directamente de la mano de los soviéticos. Si se compara con Europa y América, donde las ideas marxistas habían comenzado a circular desde el siglo XIX, puede decirse que llegó tardíamente. El Manifiesto del Partido Comunista se tradujo al chino por primera vez en 1920, apenas un año antes de la fundación del Partido Comunista. Esos orígenes dejaron un sello indeleble en el marxismo chino. Marx, Engels y Lenin fueron los referentes teóricos por excelencia desde el principio. Posteriormente, Stalin se sumó a la lista. Mao consideraba a Stalin como un continuador y desarrollador del marxismo-leninismo. Estudió obras suyas con meticulosidad y las utilizó para formar teóricamente a los comunistas chinos en el periodo de Yan’an. Las diferencias de Mao con Stalin eran claras en varios terrenos: Stalin apoyaba a una fracción del Partido Comunista que se oponía al liderazgo de Mao, no estaba de acuerdo con la vía campesinista de Mao, firmó acuerdos con Chiang Kaishek durante la invasión japonesa, apoyó la independencia de Mongolia de China, atrajo hacia la URSS a una parte importante de Xinjiang en actividades separatistas, y dejó a China luchar sola contra los estadounidenses en la Guerra de Corea, entre otras. A pesar de las diferencias, Mao consideraba a Stalin no sólo como un líder revolucionario digno del más alto respeto, sino también como un teórico marxista con méritos propios.

El XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) de 1956 comenzó el proceso de desestalinización en la Unión Soviética. Para Mao, la crítica realizada por Jruschov era incorrecta, injusta e inoportuna. Los comunistas soviéticos habían tirado la espada de Stalin, pero los comunistas chinos no lo harían. En la evaluación de Mao sobre Stalin, el líder soviético había cometido errores, pero sus aciertos eran superiores y pesaban más en el juicio general. 70% era correcto y 30% era incorrecto. Negar la totalidad de Stalin iba en contra del comunismo. El XX Congreso del PCUS fue un punto de inflexión en el deterioro de las relaciones sino-soviéticas. Desde ese momento, el PCUS fue caracterizado por los comunistas chinos como un partido revisionista e imperialista (People’s Daily Editorial Board, 1959). Las diferencias ideológicas entre los comunistas chinos y los soviéticos fueron fundamentales en la distancia que se abrió entre ambos países, y en la enemistad y el conflicto directo que se desarrollaron posteriormente.

El marxismo que se desarrolló en la Unión Soviética después de 1956 fue rechazado por el Partido Comunista de China. Esto fue así no sólo durante el liderazgo de Mao Zedong, sino también después, con Deng Xiaoping. Sobre las bases de Marx-Engels-Lenin-Stalin, los comunistas chinos comenzaron a desarrollar una tradición marxista propia, cuyo iniciador fue Mao. Deng Xiaoping retomó a Marx-Engels-Lenin-Stalin-Mao y les dio continuidad en el Socialismo con Características Chinas. Esta tradición propia rechazó el marxismo soviético posterior a Stalin, así como el Marxismo Occidental. El Marxismo Occidental ha sido estudiado académicamente en las universidades chinas, no se lo rechaza, pero se le considera como un desarrollo del marxismo en contextos capitalistas y es visto sólo como un tributario de la corriente principal del Marxismo (Boer, 2024). En la doctrina oficial del Partido, la influencia del Marxismo Occidental es inexistente.

El Socialismo con Características Chinas es un concepto anclado al Marxismo soviético clásico. En ese sentido, contiene elementos centrales, como la lucha de clases, el desarrollo de las fuerzas productivas, las relaciones sociales de producción, la existencia de leyes de la historia, dictadura del proletariado, método dialéctico, materialismo-histórico, entre otros conceptos cuestionados o totalmente negados por corrientes marxistas desarrolladas en el Norte Global. Este es el marco filosófico en el que Deng Xiaoping desarrolló sus aportaciones, innovando dentro de esa tradición. Separarse teóricamente de la Unión Soviética, y realizar sus contribuciones propias, le permitió al marxismo chino mantener su independencia filosófica y resistir exitosamente el derrumbe del bloque socialista en la década de 1990. Los resultados económicos, políticos, culturales y sociales alcanzados por China en los últimos años, en lugar de llevar al Partido a cuestionar sus bases teóricas, lo han llenado de confianza. A eso se refiere Xi Jinping cuando sostiene que China debe profundizar las Cuatro Confianzas: en el camino, en la teoría, en el sistema y en la cultura del Socialismo con Características Chinas.

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Experiencia de la Nueva China

El nacionalismo y el marxismo soviético clásico no son elementos exclusivos del Socialismo con Características Chinas, pues también se encuentran en el Pensamiento de Mao Zedong. La gran diferencia entre una teoría y otra surge de la evaluación diferente que hacen de la experiencia de la Nueva China. Las diferencias entre Mao y Deng sobre la construcción del socialismo se hicieron evidentes desde 1958. Ese año Mao lanzó el Gran Salto Adelante y las comunas populares de forma unilateral, ignorando el Segundo Plan Quinquenal y los acuerdos alcanzados por el Partido. Esto se debió a “la falta de experiencia en la construcción socialista, una comprensión inadecuada de las leyes del desarrollo económico y de las condiciones económicas de China” (Comité Central del Partido Comunista de China, 1981). Las consecuencias negativas de esa política comenzaron a ser corregidas en 1960 por Liu Shaoqi, Zhou Enlai, Chen Yun y Degn Xiaoping. Sin embargo, los “errores de izquierda” que llevaron a Mao a impulsar el Gran Salto Adelante no desaparecieron. En 1962 Mao insistió en que la lucha de clases entre burguesía y proletariado seguía siendo la contradicción principal de China, así como del Partido en su interior. Para luchar contra las tendencias burguesas, lanzó el Movimiento de Educación Socialista en 1963, antesala de la Revolución Cultural. Durante la Revolución Cultural, lanzada por Mao en 1966, Deng Xiaoping y Liu Shaoqi fueron objeto de purgas y persecución por ser los “líderes de la fracción burguesa que se había apoderado del Partido”. En el análisis del Partido, el Gran Salto Adelante, las comunas populares, el Movimiento de Educación Socialista y la Revolución Cultural fueron desviaciones de izquierda que en lugar de promover la construcción socialista la entorpecieron. La evaluación general que hizo el Partido de la experiencia de este periodo es una parte fundamental del Socialismo con Características Chinas.

El rechazo total de la implementación de una economía de mercado por parte de Mao después de 1958 obstaculizó el desarrollo de las fuerzas productivas del país. Mao reconoció tempranamente las consecuencias negativas del Gran Salto Adelante y trató de corregirlos. Señaló que no era posible saltarse etapas del desarrollo social, que se debía enfatizar la producción de mercancías, respetar la ley del valor y oponerse a la planificación total de la economía (Comité Central del Partido Comunista de China, 1981). Sin embargo, posteriormente se opuso a las medidas económicas de corrección implementadas por el liderazgo del Partido, basadas, entre otros elementos, en las conclusiones que el propio Mao había abrazado tras el Gran Salto Adelante. En 1964 Zhou Enlai impulsó las cuatro modernizaciones (agricultura, industria, defensa y ciencia-tecnología), y en 1961 Deng Xiaoping impulsó reformas en la agricultura que permitían la producción mercantil por hogar. La Revolución Cultural detuvo estos procesos. Después de 1978, las Cuatro Modernizaciones y la reforma de la agricultura fueron emblemas del liderazgo de Deng. Deng no estaba solo en este viraje. Líderes como Chen Yun apoyaron fuertemente la necesidad de implementar mecanismos de mercado para desarrollar las fuerzas productivas del país, pero jugando sólo un papel suplementario respecto a la planeación estatal. En contraste con los altibajos económicos del periodo 1958-1976, la aplicación de la Reforma y la Apertura trajo un desarrollo evidente de las fuerzas productivas. En 1992, en el XIV Congreso del Partido, se acuñó formalmente el término Economía Socialista de Mercado.

En “Sobre la Nueva Democracia”, Mao (1940) había planteado una revolución en dos etapas. Durante la etapa de la Nueva Democracia, China necesitaría del mercado y de una burguesía nacionalista para desarrollar las fuerzas productivas, pero después, al entrar a la etapa propiamente socialista, el mercado sería sustituido por la economía centralmente planificada y la burguesía por el Estado. La etapa de la Nueva Democracia comienza con el establecimiento de la República Popular China, en 1949. Al terminar la Guerra de Corea, en 1953, el Partido consideró que la sociedad china estaba preparada para comenzar la transición hacia el socialismo e inició un periodo de transición. En 1956, se consideró que se había alcanzado la transformación socialista básica de la economía. Todo el liderazgo del Partido abrazó estas evaluaciones. Sin embargo, en 1958 Mao sostuvo que China debía aumentar la velocidad de la construcción socialista, que en China el socialismo podía construirse más rápido que en la Unión Soviética y que en 15 años China podía alcanzar la producción de acero de Inglaterra (Mao, 1958). Después de que fracasó el Gran Salto Adelante, Mao no renunció a la idea de construir más rápidamente el socialismo, sino que lo intentó por una arista distinta a la económica: la ideológica. Para Mao, los representantes de la fracción burguesa del Partido eran los que obstaculizaban el desarrollo más rápido de la construcción socialista. Depurando al Partido de esas concepciones reaccionarias sería posible acelerar el proceso. Esa era la lógica detrás de la Revolución Cultural.

Desde 1958 hasta 1978, Deng Xiaoping y el resto de líderes discreparon de esta evaluación de Mao. El Socialismo con Características Chinas considera que la construcción del socialismo es un proceso que no puede acelerarse voluntariamente, sino que responde a leyes del desarrollo económico e histórico. Sólo después de que China haya elevado el nivel de sus fuerzas productivas hasta los niveles más desarrollados, entonces será posible subir un peldaño más en la construcción del socialismo. En el XIII Congreso del Partido Comunista, celebrado en 1987, se detalló que el socialismo era la primera etapa del comunismo y que China estaba en la primera etapa del socialismo. El informe aclara: “Serán al menos cien años, desde 1950, hasta que la modernización socialista se complete, y todos estos años corresponden a la primera etapa del socialismo”. Todo ese tiempo, que puede cubrir cuatro generaciones, según Deng (1987), el mercado puede prestar sus servicios al socialismo, pero el Partido debe evitar que caiga en la liberalización (Deng, 1985) y debe cuidar que se apegue a los cuatro principios fundamentales: 1) el camino socialista, 2) la dictadura democrático-popular, 3) la dirección del Partido Comunista y 4) el marxismo-leninismo y el pensamiento Mao Zedong. Esta aproximación a la cuestión no ha cambiado, fundamentalmente, con Xi Jinping. Los estatutos del Partido aprobados en el XX Congreso de 2022 insisten en hacer una evaluación objetiva de la realidad china y evitar caer en errores de izquierda (Partido Comunista de China, 2022).

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Conclusiones

El Socialismo con Características Chinas es un término acuñado por Deng Xiaoping en 1982, que se convirtió, posteriormente, en una forma distintiva de entender el socialismo por parte del Partido Comunista de China, en una teoría propia. Es parte del proceso de integrar el marxismo con la realidad china, pero se diferencia notablemente del socialismo como lo entendió Mao Zedong entre 1958 y 1976. Asimismo, el Socialismo con Características Chinas es diferente del socialismo como se entiende en otras partes del mundo. Contiene términos distintivos y únicos, como Economía Socialista de Mercado y Primera Etapa del Socialismo. Esta forma de entender el socialismo es el paradigma hegemónico dentro del Partido Comunista de China hasta la actualidad. Otros investigadores han llegado también a estas conclusiones, por ejemplo, Pereira Hernández (2022). Sin embargo, las fuentes teóricas e históricas de esta teoría han sido poco estudiada. Ésta sería la principal contribución de este escrito.

Las tres fuentes y partes integrantes de esta teoría son, principalmente, el nacionalismo, el marxismo soviético clásico y la experiencia de la Nueva China. El nacionalismo es una ideología que antecede cronológicamente al marxismo en China. Los comunistas chinos llegaron al socialismo como una forma de salvar a China y hacerla nuevamente fuerte y próspera. El marxismo en China tiene un desarrollo independiente que no busca legitimarse frente a otros marxismos, sino que tiene como lógica responder a las necesidades propias: darle independencia al país, desarrollar su economía y elevar la calidad de vida de las grandes masas. El marxismo soviético clásico dejó desde el principio su impronta en el marxismo del Partido. Hasta la actualidad, Marx-Engels-Lenin-Stalin forman el canon de teóricos marxistas que sirven como base ideológica, sobre ellos se desarrolló el Pensamiento de Mao Zedong y, posteriormente, el Socialismo con Características Chinas. El marxismo no soviético que se desarrolló en Europa, todas las ramificaciones que se engloban dentro del Marxismo Occidental, así como los marxismos desarrollados en otras latitudes (incluidos los marxismos latinoamericanos, africanos o asiáticos) son corrientes ajenas al Socialismo con Características Chinas. Pueden ser objeto de estudio en las escuelas de marxismo y de filosofía, pero no son parte de la ideología oficial. La experiencia de la Nueva China demostró que la construcción del socialismo respondía a leyes objetivas del desarrollo histórico, independientes de la voluntad del Partido. En las condiciones de China, el país tenía que pasar por una primera etapa del socialismo de varias décadas, en la cual el Partido utilizaría simultáneamente mecanismos de mercado y de planeación estatal, con la finalidad de desarrollar las fuerzas productivas nacionales y sentar las bases materiales para avanzar a una etapa superior del socialismo.

El Socialismo con Características Chinas es diferente del socialismo como se entiende en otros países en varios aspectos, pero quizá el más evidente es su carácter no revolucionario. El marxismo nació como una teoría revolucionaria que impulsaba la lucha del proletariado por la toma del poder político y el establecimiento de un modo de producción superior al capitalismo. Continuadoras de este espíritu, muchas organizaciones socialistas en el mundo enarbolan el marxismo como teoría revolucionaria. Pero no el Partido Comunista de China. El marxismo que sirve como guía teórica del Partido busca la gobernanza, la estabilidad y el desarrollo, requisitos para la construcción del socialismo en la etapa actual. El marxismo como teoría revolucionaria, como guía ideológica para la conquista del poder político, es uno; el marxismo como teoría para construir el socialismo una vez que se ha conquistado el poder político, es otro. El marxismo de Mao Zedong es uno; el marxismo de Deng Xiaoping es otro. Ambos son marxismo, pero son adecuados a etapas diferentes para que puedan servir como herramientas que transforman la realidad. El marxismo revolucionario identifica la lucha de clases como contradicción principal de la sociedad capitalista. El marxismo de gobernanza subsume la lucha de clases como contradicción secundaria de la sociedad socialista. Promover la lucha de clases como contradicción principal una vez que el Partido ya había conquistado el poder, en lugar de fortalecer la construcción del socialismo, la debilitó, como lo habría evidenciado la Revolución Cultural.

El Socialismo con Características Chinas es una teoría que le ha funcionado al Partido Comunista de China para desarrollar las fuerzas productivas, combatir la pobreza y elevar la calidad de vida de las grandes masas trabajadoras. Es una teoría acotada temporal y geográficamente. Funcionará como guía ideológica durante el periodo de la Primera Etapa del Socialismo en China, pero después tendrá que ser sustituida por otra adecuada a la nueva realidad. Geográficamente, es una teoría que no aspira a fungir como guía internacional de los movimientos comunistas, pero sí a servir como fuente de inspiración. Si bien no universaliza su teoría, el Partido Comunista de China sí llama a asumir principios claros para hacer del marxismo una herramienta útil y transformadora: huir del dogmatismo, aprender de la práctica y buscar la verdad en los hechos. Estos principios son la base del Socialismo con Características Chinas y pueden ser también base de otros socialismos en el mundo.

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Bibliografía

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Xi, J. (2017). Informe al XIX Congreso Nacional del Partido Comunista de China. Theory China. https://ebook.theorychina.org.cn/ebook/upload/storage/files/2022/02/28/1c50223770959aa00f52432441e822ea44945/mobile/index.html

 

vendredi 12 juin 2026

Finian Cunningham: Killing Democracy / Matando la democracia

 


Corrupción y legitimidad: de España a China, por Xulio Ríos

 FUENTE https://www.xuliorios.com/corrupcion-y-legitimidad-de-espana-a-china-por-xulio-rios

 


La corrupción viene ocupando un lugar singular en la vida pública de España. Pocas cuestiones poseen una capacidad comparable para erosionar la confianza ciudadana, alterar equilibrios políticos o incluso precipitar la caída de gobiernos. No deja de resultar llamativo que, en ocasiones, ejecutivos como el actual con balances razonablemente positivos en materia económica, social o internacional vean comprometida su continuidad por escándalos de corrupción que pueden acabar eclipsando cualquier otro aspecto de su gestión. La corrupción se ha convertido así en un fenómeno sociopolítico de primer orden y, al mismo tiempo, en una poderosa arma arrojadiza en la competición partidista.

Sin embargo, el debate público español suele concentrarse en los casos concretos y mucho menos en las fortalezas y debilidades estructurales del sistema diseñado para prevenir, investigar y sancionar estas conductas. La discusión sobre la eficacia de los mecanismos de control, la independencia de las instituciones o el papel de los medios de comunicación queda frecuentemente subordinada a la lógica del enfrentamiento político. Todo ello en un contexto en el que una parte creciente de la ciudadanía cuestiona la imparcialidad tanto de la justicia como de los propios medios, percibidos a menudo como actores inmersos en la lucha política.

La comparación con China resulta especialmente interesante porque allí la corrupción ha adquirido una dimensión distinta. No constituye únicamente un problema de gobernanza o de calidad institucional, sino una cuestión directamente vinculada a la legitimidad del poder político. Desde la llegada de Xi Jinping al liderazgo chino, la lucha contra la corrupción se ha convertido en uno de los pilares fundamentales de la narrativa oficial. La campaña anticorrupción lanzada en 2012 no se presentó simplemente como una iniciativa administrativa, sino como una auténtica batalla por la supervivencia del sistema político.

La lógica subyacente sugiere que, en ausencia de competencia electoral multipartidista, la legitimidad del modelo chino descansa en gran medida sobre la capacidad del Partido para garantizar crecimiento económico, estabilidad social y un gobierno percibido como eficaz y moralmente competente. La corrupción amenaza directamente esos tres pilares. Por ello, combatirla se ha convertido en una cuestión existencial para el régimen.

El principal instrumento de esta estrategia es la combinación entre la Comisión Central de Control Disciplinario y la Comisión Nacional de Supervisión. La primera constituye el órgano disciplinario interno del Partido Comunista; la segunda, creada en 2018, amplió el alcance de la supervisión más allá de los militantes para abarcar a todos los funcionarios públicos y personas vinculadas al ejercicio de funciones estatales.

Esta arquitectura institucional refleja una diferencia fundamental respecto a los sistemas occidentales. En España, la lucha contra la corrupción se articula esencialmente a través de órganos judiciales, fuerzas policiales, fiscalías, tribunales de cuentas y organismos de control administrativo. En China, por el contrario, el proceso comienza habitualmente en la esfera disciplinaria y política antes de llegar a los tribunales. El Partido investiga, depura responsabilidades y, posteriormente, los casos más graves son transferidos al sistema judicial para la imposición de sanciones penales.

Este procedimiento presenta singularidades notables. La más conocida es la posibilidad de someter a determinados sospechosos a mecanismos especiales de investigación y retención durante las pesquisas. Tales instrumentos han sido defendidos por las autoridades como herramientas imprescindibles para combatir redes complejas de corrupción, pero también han suscitado críticas de organizaciones internacionales y juristas por las limitaciones que imponen a las garantías procesales propias de los estándares liberales occidentales.

La cuestión de la transparencia constituye otro de los grandes contrastes. En España, la exposición mediática de los casos suele ser intensa y prolongada. La opinión pública asiste durante años a filtraciones, declaraciones judiciales, informes policiales, debates parlamentarios y coberturas periodísticas continuas. Paradójicamente, esta abundancia informativa no siempre genera confianza; en ocasiones produce la impresión de una batalla política permanente en la que resulta difícil distinguir entre información, interpretación e instrumentalización partidista.

China sigue una lógica diferente. Durante gran parte de la investigación predomina el secreto. El público suele conocer la existencia de un caso cuando las autoridades consideran que las pruebas están consolidadas y las decisiones disciplinarias prácticamente adoptadas. El resultado es una percepción de mayor contundencia y rapidez, aunque a costa de una considerable opacidad sobre los procedimientos internos. El ciudadano recibe con frecuencia el desenlace, pero dispone de menos elementos para evaluar el desarrollo completo de la investigación.

Desde la perspectiva de la eficacia, los resultados chinos son difíciles de ignorar. En poco más de una década han sido investigados y sancionados cientos de miles de cuadros y funcionarios, incluidos miembros de las más altas estructuras del Partido, generales del Ejército y directivos de grandes empresas estatales. La campaña ha transmitido el mensaje de que ningún nivel jerárquico está completamente protegido frente a la acción disciplinaria.

Diversos estudios realizados por instituciones académicas occidentales y asiáticas durante la última década muestran niveles relativamente elevados de confianza ciudadana en la capacidad del Estado para combatir la corrupción. Uno de los trabajos más citados es el realizado por el Ash Center for Democratic Governance and Innovation, también de Pew Research Center, que destaca niveles muy altos de satisfacción con el gobierno central chino.

En España existe más información, más investigación periodística y más control judicial independiente, pero también mayores dudas sobre la neutralidad de las instituciones. En China existe menos transparencia externa y menos supervisión independiente, pero la percepción social de eficacia suele ser mayor porque la ciudadanía observa resultados visibles vía destituciones, condenas, campañas periódicas y mensajes políticos muy claros.

También la severidad de las penas constituye un elemento diferencial. China mantiene un régimen sancionador particularmente duro para los delitos graves de corrupción. Aunque el recurso a la pena de muerte ha disminuido respecto a épocas anteriores y suele aplicarse con suspensión de ejecución en muchos casos, las condenas a cadena perpetua, las largas penas de prisión y las amplias confiscaciones patrimoniales siguen siendo relativamente frecuentes. Además, existe una preocupación constante por asegurar el cumplimiento efectivo de las sentencias y recuperar activos obtenidos ilícitamente, incluso mediante cooperación internacional.

No obstante, la eficacia no agota el debate. Una cuestión esencial es si el sistema permite distinguir con suficiente claridad entre la persecución legítima de la corrupción y la utilización política de las campañas disciplinarias. Las autoridades chinas rechazan habitualmente esta crítica y subrayan que la lucha anticorrupción responde a necesidades objetivas de gobernanza. Sin embargo, numerosos observadores señalan que, en sistemas donde el Partido controla simultáneamente los mecanismos disciplinarios, la Fiscalía y buena parte de los resortes institucionales, resulta más difícil establecer controles externos e independientes comparables a los existentes en las democracias liberales.

España se encuentra, en cierto sentido, ante el problema inverso. Posee mayores garantías procesales, más pluralismo político y una esfera mediática mucho más abierta, pero a menudo transmite una imagen de lentitud, fragmentación e incluso impunidad. Los procesos pueden prolongarse durante años; las responsabilidades políticas y las judiciales avanzan a ritmos distintos; y la percepción pública de castigo efectivo no siempre acompaña a la gravedad de los hechos denunciados.

¿Puede España aprender algo de la experiencia china sin sacrificar los fundamentos de su propio modelo? Probablemente sí, aunque no en el sentido de importar instituciones o procedimientos específicos. Lo más valioso de la experiencia china quizá resida en la prioridad política otorgada al problema. Beijing ha convertido la lucha contra la corrupción en una política de Estado sostenida en el tiempo, dotada de recursos, objetivos claros y una fuerte capacidad de ejecución. La corrupción no aparece como una cuestión secundaria ni como un asunto que se active únicamente cuando estalla un escándalo.

España podría extraer enseñanzas en ámbitos como la prevención, la profesionalización de los órganos de control, la protección de denunciantes, el seguimiento patrimonial de cargos públicos o la coordinación entre organismos supervisores. También podría reflexionar sobre cómo reforzar la percepción de certeza en la sanción, un factor que los estudios sobre corrupción consideran más relevante que la mera dureza de las penas.

Lo que difícilmente sería compatible con el modelo español son los elevados niveles de discrecionalidad política, el predominio del secreto investigador o las limitaciones a la supervisión independiente que caracterizan algunos aspectos del modelo chino. La fortaleza de una democracia liberal no radica únicamente en castigar la corrupción, sino también en hacerlo preservando los derechos individuales, el pluralismo político y las garantías procesales.

En última instancia, la comparación entre España y China muestra que no existe una fórmula perfecta. España dispone de mayores contrapesos institucionales, pero lucha contra la percepción de lentitud y politización. China exhibe una notable capacidad de ejecución y una severidad ejemplarizante, pero afronta interrogantes sobre transparencia, control independiente y garantías jurídicas. Ambas experiencias sugieren una misma conclusión: la corrupción no es solo un problema penal o administrativo. Es, sobre todo, una cuestión de confianza pública y de legitimidad política. Allí donde los ciudadanos dejan de creer que las reglas se aplican por igual a todos, la erosión del sistema comienza mucho antes de que se dicte una sentencia.

La comparación entre España y China revela que la legitimidad de las políticas anticorrupción descansa sobre fundamentos diferentes. Mientras las democracias liberales tienden a vincular la confianza pública a la transparencia, la independencia institucional y las garantías procesales, el modelo chino la asocia más estrechamente a la eficacia percibida y a la capacidad del Estado para castigar a los infractores. El resultado es una paradoja aparente pues España dispone de mayores controles externos y de una información mucho más abundante, pero registra niveles significativos de desconfianza hacia las instituciones encargadas de combatir la corrupción; China, por el contrario, opera con menores niveles de supervisión independiente, aunque obtiene una valoración social generalmente más favorable de sus campañas anticorrupción. La cuestión de fondo no es únicamente cuánta corrupción existe, sino qué grado de confianza generan los mecanismos destinados a combatirla.

 

La Isla de Kushner

 o que está ocurriendo en Albania, con la cesión de la isla de Sazan a Kushner y sus socios, es solo un anticipo de lo que sucederá a mayor escala en todo el sistema de islas del Mediterráneo. El pensador y geopolítico belga Jean Thiriart, hace tiempo, señaló cómo, desde el estrecho de Gibraltar hasta Chipre, el antiguo Mare Nostrum era (y es) central para el control norteamericano de Europa a través de las diversas instalaciones de la OTAN en el sistema de islas que desde Cerdeña y Sicilia (verdadero feudo de los EE.UU. en Italia) llega precisamente a Chipre, pasando por Malta (Malta no forma parte de la OTAN, pero alberga una de las mayores embajadas de los EE.UU. en Europa) y Creta. Bien, hoy Israel se está sustituyendo progresivamente a la OTAN. Chipre está bastante comprometida; como Creta, después de todo, ambas insertadas en el esquema infrastructural gasífero del EastMed de tracción israelí. En Chipre, parte del territorio adquirido por empresas israelíes es ya inaccesible para los chipriotas (no hay que olvidar que la misma Chipre ha sido utilizada por tantos oligarcas ucranianos con doble pasaporte para sus esquemas de lavado de dinero sucio). Creta, al igual que la cercana península griega del Peloponeso, se ha convertido en una base operativa para el entrenamiento de pilotos israelíes (Grecia e Israel hoy son aliados en múltiples niveles). Enclaves sionistas ya están presentes en Albania, donde también hay una base del movimiento terrorista MeK; una verdadera secta pseudo-religiosa de opositores a la República Islámica de Irán que es elogiada con frecuencia incluso por nuestras instituciones. El MeK ha operado a menudo en Irán en cooperación con el Mossad para asesinar a científicos, personalidades políticas y militares iraníes, e incluso a simples civiles, como ocurrió durante la operación "Luz Eterna" al final del conflicto entre Irán e Irak. Al otro lado del mar Adriático, Israel está presente en el Salento con proyectos "coloniales" similares a los construidos en Chipre. En Cerdeña, en cambio, se ha enviado de permiso (a descansar) a tantos hombres de las FDI, evidentemente cansados de disparar contra menores en Gaza. No olvidemos, además, que Italia, en 2023, ha cedido literalmente su ciberseguridad a compañías israelíes, con todo lo que esto puede implicar en términos de robo de datos y demás. En otras palabras, el antiguo Mare Nostrum se está convirtiendo en un "mar israelí". Habrá que ver cómo reacciona Turquía, ya señalada como nueva amenaza existencial por políticos y hombres del servicio de inteligencia de Tel Aviv. Y no hay que olvidar el hecho de que Israel está intentando tomar posesión de los yacimientos de gas frente a Gaza y el sur del Líbano.



En conclusión, me gustaría decir dos palabras sobre el yerno de Trump, Jared Kushner. Este es el heredero de la sociedad inmobiliaria Kushner Companies, fundada por su padre Charles, amigo íntimo de Bibi Netanyahu. Charles fue condenado por varios delitos en los EE.UU. para luego ser perdonado por Donald Trump, durante su primer mandato. Como consejero del mismo Trump, Jared Kushner, cercano a la secta mesiánica judía Chabad Lubavitch, ha tenido una influencia notable en las decisiones del presidente de los EE.UU. en lo que respecta a la política de Oriente Medio. Fue el artífice de los Acuerdos de Abraham y del llamado "plan del siglo" para poner fin al conflicto israelí-palestino (en realidad, una especie de "Israel se lo queda todo"). Y también tuvo un papel destacado en la creación del (ya fallido) Board of Peace para Gaza. Además, es suya la idea de la Trump Riviera, también en Gaza, con la población palestina para expulsar o reducir a esclavitud económica.

Kushner, pocos lo saben y/o admiten, tomó prestados casi 200 millones de dólares de la sociedad de Leon Black (Blachowitz), amigo íntimo y compañero de orgías de Jeffrey Epstein. El préstamo era funcional para la compra y reconstrucción de un rascacielos (emblema del imperio inmobiliario Kushner) situado en el simbólico número 666 de la Fifth Avenue en Nueva York.

Daniele Perra

dimanche 7 juin 2026

🤔¿Por qué conoces el Pacto Ribbentrop-Mólotov, pero no escuchaste nada acerca del campo de concentración polaco de Bereza-Kartuzskaya?☠️🇵🇱

 

Desde 1918, la mitad de Belarús estaba dividida en dos, igual que parte de Ucrania. Una parte era la República Socialista Soviética de Belarús y el otro territorio ocupado por Polonia y sus vasallos, los nacionalistas bielorrusos. Fue una de las consecuencias del Tratado de Brest-Litovsk firmado el 3 de marzo de 1918 en la ciudad bielorrusa de Brest-Litovsk, entonces bajo soberanía rusa.
 
Por ello, la Rusia bolchevique debía aceptar condiciones desfavorables. Pero no le quedaba otro remedio en la guerra civil que libraba contra el ejército blanco y las fuerzas imperialistas invasoras.
El dictador polaco Józef Piłsudski con puño de hierro creo lo que el mismo denomino "la Gran Polonia". Ocupando territorios de los países bálticos, Belarús y Ucrania. En los territorios ocupados la represión contra las poblaciones locales fue una constante.
 
Para poder reprimir mejor se creó el campo de concentración Bereza-Kartuzskaya creado por las autoridades de la República Polaca en 1934 en la ciudad de Bereza-Kartuzskaya, ahora Bereza , región de Brest en la Belarús occidental.
 
En el campo de concentración de Bereza-Kartuzskaya languidecieron y fueron torturados miles de prisioneros: comunistas de Bielorrusia occidental, Ucrania occidental y Polonia, luchadores por la liberación social y nacional de los campesinos.
 
Terminaron en el campo sin juicio ni investigación; fue imposible apelar la decisión. La tarea principal era quebrar a las personas psicológica y físicamente, convertirlas en esclavos tontos que ni siquiera podían pensar en la lucha política, la unidad y la igualdad.
 
Cuarenta personas estaban hacinadas en pequeñas celdas con suelo de cemento. Se les prohibió hablar. La suerte de los prisioneros era un trabajo agotador y raciones de hambre. Los abusos por parte de la administración del campo eran la norma.
 
El llamado simulacro era uno de los principales tipos de castigo. Los prisioneros tenían que correr, gatear y caminar como un pato durante días y días hasta quedar completamente exhaustos.
"Corredor de la policía", a ambos lados del cual había policías con porras. Los prisioneros tuvieron que escapar por él. Fueron golpeados con doble fuerza. En general, a los prisioneros en el campo de concentración se les prohibía caminar; todo debía hacerse corriendo.
 
El castigo más severo para el entendimiento humano era la celda de castigo.
 Este espantoso lugar donde el prisionero estuvo 7 días sin luz, comida ni descanso. Ni siquiera había literas: había que sentarse sobre un suelo de cemento y hielo, que se regaba de vez en cuando
El prisionero tampoco podía dormir, ya que cada dos horas debía responder en voz alta al guardia que era reemplazado.
 El "rey" de la celda de castigo se llamaba Solomon Yollis, quien fue arrojado a un sótano oscuro y helado 30 veces durante sus tres años de prisión; pasó 210 días completamente solo. Lo mantuvieron en la celda número 15, donde se encontraban los comunistas más acérrimos.
 Otro tipo de castigo fue el “rastro de sangre”. El prisionero debía arrastrarse de rodillas sobre ladrillos afilados, con un policía polaco tirano esperando frente a él con un bastón.
 Los polacos llamaron sarcásticamente a este camino “el viaje a Stalin”.
 El escritor ucraniano Aleksandr Gavrilyuk, que pasó dos veces por las mazmorras del campo de concentración de Bereza-Kartuzskaya, quedó impresionado por las máscaras de muerto en los rostros de los prisioneros.
 
“Silenciosos, distantes, con los ojos apagados, marcados con números, los prisioneros trabajaban con indiferencia, sin siquiera mirar a los compañeros que llegaban”, así describió sus primeras impresiones.
"Los polacos tenían todos los privilegios, mientras que los bielorrusos eran considerados esclavos que debían quitarse el sombrero e inclinarse cuando veían al señor polaco." 
 Explica Fiódor Trutko hijo de Stepan Trutko represaliado político. 
Los polacos con la religión “correcta” ganaban dos o incluso tres veces más que los bielorrusos en cualquier trabajo.
Por eso Stepan Trutko llamó a la gente a luchar por la justicia, participó en la organización de huelgas y distribuyó folletos.
Fue encarcelado varias veces y en agosto de 1937 acabó en el campo de concentración de Bereza-Kartuzskaya.
El primer día allí, el prisionero número 1221, Stepan Trutko, fue torturado mediante ejercicios: le ordenaron saltar sobre una pierna, correr como un ganso, gatear sobre el estómago y luego lo arrojaron al frío suelo de una celda vacía. También fue golpeado.
“Mi padre se apiadó de nosotros, los niños, y no nos contó mucho sobre la vida en el campo. Y era difícil recordar el acoso y la tortura a los que se sometía a la gente allí simplemente porque querían hablar su idioma y vivir en su tierra”, dice Fyodor Trutko.
Gracias precisamente al pacto de no agresión Ribbentrop-Molotov, Belarús volvió a reunificarse el 17 de septiembre de 1939.
Al día siguiente los prisioneros del campo de concentración fueron liberados gracias al Ejército Rojo.
El primer comandante de Bereza-Kartuzskaya fue Boleslav Greffner, quien argumentó que solo había dos salidas del campo: a su propio funeral o al manicomio. En 1939, un tribunal militar lo fusiló.
Cuando los manipuladores del sistema nos hablan de Polonia, siempre aparece como una nación desgraciada que estuvo bajo la bota soviética.
Nadie habla de la ocupación polaca, ni mucho menos de las torturas y asesinatos cometidos por el régimen polaco.
 
Hoy el campo de concentración polaco Bereza-Kartuzskaya es un museo en la localidad belarusa de Bereza donde es posible contemplar los horrores cometidos por el régimen polaco.
Para quien esté interesado en visitar el lugar, aquí está su página web 👇🏻
 




vendredi 5 juin 2026

La encrucijada de la automatización: un problema insalvable para el capitalismo

 FUENTE https://observatoriocrisis.com/2026/06/05/la-encrucijada-de-la-automatizacion-un-problema-insalvable-para-el-capitalismo/

Andres Piqueras, profesor senior de la Universidad Jaume I

El desarrollo de la tecnología, que desemboca hoy en la IA y la robótica, va haciendo tender el valor (tiempo socialmente necesario de producción de las mercancías) al mínimo. También va expulsando constantemente de los procesos productivos a la fuente de plusvalor, esto es, a los seres humanos, sin que esa expulsión sea compensada proporcionalmente por nuevos nichos de empleo. 

Las “fábricas oscuras” son un testimonio cada vez más palmario de ello, teniendo a China como formación puntera en su desarrollo, el porqué de lo cual lo iremos explicando.

De momento digamos que el desarrollo de las fuerzas productivas es desde hace tiempo frenado por las consecuencias recién nombradas, que conllevan la falta de rentabilidad del capital. La inversión productiva declinante a causa de esa carencia se agrava además por la incapacidad de las nuevas tecnologías de desatar una renovada onda de acumulación, pues ninguna de ellas consigue hacer despegar la economía hacia tasas de ganancia altamente satisfactorias (nada parecido a lo que significó la electricidad, el motor de combustión, el acero, la química o la telefonía, por ejemplo).

En general, el estancamiento de la producción y la ralentización de la productividad deben buscarse en la creciente incapacidad del capital de absorber y generalizar nuevos adelantos técnicos, de lo que tiene gran responsabilidad la propia desinversión en infraestructura, educación y formación, y no en la escasez de inventos potencialmente importantes, dado que, paradójicamente, estamos en el umbral de una nueva Revolución Industrial que puede alterar todo el curso del capitalismo e incluso la relación de la humanidad con el mundo.

Tal potencial “revolución industrial” resulta de la combinación y suma de al menos las tecnologías de: microelectrónica + informática + biogenética + nanotecnología + inteligencia artificial & neurociencia + robótica.

Sólo en este último campo, por ejemplo, un informe del Bank of America Merrill Lynch, de 2007, destaca ocho sectores estratégicos donde los robots podrían tener un efecto económico revolucionario en el futuro inmediato: inteligencia artificial; campo militar e industria aeroespacial; transportes; finanzas; salud; producción industrial; servicios domésticos y minería. A lo que habría que añadir los profundos efectos de una agricultura robótica, así como los de la computación cuántica.

Todas estas potencialidades casan mal con el mencionado freno tecnológico con el que camina el capitalismo por falta de rentabilidad. Lo que viene a redundar en que este modo de producción se manifieste cada vez más como un estorbo para el desarrollo de las fuerzas productivas. Antes al contrario, lo que se evidencia cada día es que desata proporcionalmente más y más fuerzas destructivas. 

Además de la acelerada destrucción de riqueza natural y social, de la cada vez más mortíferamente boyante industria militar y la consiguiente devastación de vida y riqueza causada, y amén de la obsolescencia programada de las mercancías, hay que considerar también la producción-basura o producción desechable que propaga el capitalismo, con la destrucción directa de vastas cantidades de riqueza acumulada y de recursos elaborados. 

Así por ejemplo el achatarramiento de coches y otras mercancías maquínicas, el desechado de materiales y bienes que tienen todavía vida útil, la caducidad artificialmente prematura de alimentos… y ahora incluso ha comenzado una “moda verde” por la que hay que deshacerse lo más rápidamente posible de todo lo que no es suficientemente “ecológico”, y sustituirlo por una vasta gama de nuevas mercancías que nos venden como “sostenibles”.

Tales fuerzas destructivas van minando la propia sociedad a la que dio origen el capital, no sólo por estar basada precisamente en el trabajo abstracto (asalariado) que genera valor, sino por todo el ciclo de erradicación de sus posibilidades de sostenimiento.  

Veamos, un determinado orden económico sólo tiene sentido y es viable en la medida en que se retroalimenta de alguna manera con la formación social que, con todas sus contradicciones, le sostiene. El parcial reencastre de la economía en la sociedad, una vez que fueron separadas en el modo de producción capitalista -como nos advirtiera Polanyi-, ha sido lo que permitió la construcción de la “civilización industrial” en los núcleos centrales del sistema capitalista, así como su mermada extensión hacia las periferias del mismo. 

La extracción de plusvalía y el régimen de propiedad privada fueron factibles porque, a pesar de la desposesión y la explotación, a través del trabajo asalariado se otorgaba la posibilidad del consumo obrero y de su (relativo) acceso a bienes y recursos, así como una cierta redistribución del excedente para cimentar la cohesión social, con lo que la sociedad (aun fragmentada y profundamente desigualitaria) se fue expandiendo en diferentes términos.

Para Marx el capital cumple al menos dos funciones esenciales, para él mismo y para la sociedad, al explotar la fuerza de trabajo asalariada. 

  1. Contrata fuerza de trabajo y le devuelve una parte del valor que ha producido en forma de salario, además de extraer plusvalía que al ser realizada en la venta de lo producido se convierte parcialmente en nuevo (mayor) capital para expandir las operaciones capitalistas. 
  2. El salario posibilita fuentes de consumo que crean la demanda para absorber las mercancías hechas fabricar por la clase capitalista, esto es, “realiza” el proceso del valor-capital (D- M + Ft – D’). Esta “función social” del capital implica crear sociedad mediante el mantenimiento y la generación de empleos en los periodos de auge y ciertas garantías de reproducción de la fuerza de trabajo. Todo ese ciclo es sustentado a la vez por el Estado, que es el ente que en la sociedad capitalista monopoliza lo social e intenta absorber y controlar bajo su seno todas las expresiones del común.

A partir de la Segunda Guerra Mundial la penetración capilar del capital en la totalidad social obligó al Estado a asumir la responsabilidad de la logística y la infraestructura de gastos de tal proceso.

“‘La ley de la cuota creciente del Estado sobre el producto interno’, enunciada por Adolph Wagner a mitad del siglo XIX, cobraba plena vigencia a través del crónico y ascendente endeudamiento estatal. 

En un nivel elevado de cientifización y de intensificación del capital, los gastos generales y las condiciones infraestructurales del proceso de creación de valor empiezan a ahogar la propia creación de valor, lo que se hace evidente en una paradójica inversión de la relación entre Estado y sociedad: ya no es la sociedad la que nutre al Estado, para que éste se encargue de los “asuntos generales”, sino que por el contrario es el Estado el que debe alimentar a la sociedad con el ‘capital ficticio’, para que ésta pueda mantenerse en su forma vuelta obsoleta del sistema productor de mercancías” (en http://docslide.us/documents/kurz-robert-la-ascension-del-dinero-a-los-cielos.html).

Así que si un modo de producción sólo puede existir si de alguna manera es capaz de “nutrir” a la sociedad de la que nace, el sistema capitalista sólo es posible o viable a medio plazo en tanto mantenga cierto “ciclo virtuoso” (redistribuidor) al menos en sus formaciones centrales o de capitalismo primigenio, por más que la extensión planetaria de esa suerte de “simbiosis antagónica” del Capital y el Trabajo resulte imposible por ser contradictoria con las propias dinámicas de un Sistema basado en la explotación del trabajo humano, la competencia, la concentración y la centralización del capital, y que además necesita para mantener aquella base redistribuidora forjadora de sociedad, dinámicas externas de colonización.

Es decir, que el capitalismo ha tenido siempre que destruir comunidades y sociedades por doquier para poder crear sociedad en determinados puntos neurálgicos. La gravedad del momento para él es que hoy devora la sociedad de sus propios núcleos centrales -de ahí que vengamos hablando hace tiempo de que el capital viene emprendiendo procesos de autocolonización o autofagocitación-, viviendo más y más de la riqueza que fue creada previamente (un modo de producción en degeneración que vive del pasado al tiempo que a través de la colosal deuda que propaga para poder hacer subsistir algún remedo de funcionamiento social y económico, va comiéndose su futuro).

De manera que en la actualidad el capitalismo ha perdido ya cualquier atisbo de su “función progresista histórica”, su labor positiva en la creación de sociedad que tuvo en su fase industrial, aun a pesar de las horribles formas de explotación, las contradicciones y desigualdades en que se basaba. 

Samir Amin (http://www.cairn.info/revue-actuel-marx-2003-1-page-101.htm; Más allá del capitalismo senil) lo expresó así:

«Lo potencial y lo real entran en conflicto. La dominación del capital sobre el trabajo extrae su legitimación histórica del hecho que el progreso exigía una acumulación creciente. Este ya no es el caso, la nueva revolución tecnológica permite la producción de más riqueza con menos trabajo y menos capital a la vez. Las condiciones para que otro modo de organización de la producción suceda al capitalismo están desde ahora realmente reunidas. El capitalismo está objetivamente caduco. Mas dentro del mundo del capitalismo real el trabajo no puede ponerse en obra por él mismo, sino por el capital que le domina y en la medida en que le sale a cuenta, es decir, en la medida en que la inversión es rentable. Este funcionamiento, por tanto, al excluir del empleo a una proporción creciente de trabajadores potenciales (privándoles entonces de cualquier ingreso), condena al sistema productivo a contraerse o al menos a no desenvolverse más que a un ritmo de crecimiento largamente inferior a aquél que la revolución tecnológica permitiría sin él».

Por eso durante la fase keynesiana las potencialidades de la automatización se frenaron en aras del proceso de integración de la clase trabajadora, que se necesitaba con más urgencia dada la existencia de un enemigo sistémico que además hacía cundir una economía social sin precedentes: la Unión Soviética. 

Durante la mal llamada “Guerra Fría” y hasta la desaparición de la URSS, las respuestas de la clase capitalista y los gobernantes estadounidenses a las crisis estructurales que comenzaron en los años 70 fueron las de desviar la aplicación de las nuevas tecnologías hacia la industria militar y ampliar el acceso de la población al crédito, para así mantener en cierta medida los niveles de empleo y consumo, lo cual fungió a la vez como “escaparate de abundancia del capitalismo” frente a la relativa escasez de medios de consumo en los países de transición al socialismo. Complementariamente, se prefirió emprender la deslocalización productiva.

Recordemos que la “futurología” de Alvin Toffler y George Gilder de los años 60 hasta los 80 del siglo XX (y mucho antes de ellos Albert Einstein y Norbert Wiener ya habían advertido al respecto), alertaba de que el desempleo por la automatización llevaría a levantamientos sociales, y que la conclusión de la clase dominante sería la de “guiar el desarrollo tecnológico en direcciones que no desafiaran las estructuras de autoridad existentes”; algo que gobernantes y “capitanes de la industria” ya habían pensado. 

De hecho, las posibilidades disruptivas de la automatización fueron discutidas en los años 50-60 del siglo XX, en los ámbitos de poder industrial y político de EE.UU. “The Automation Jobless” fue el título que se le dio en TIME de 24 de febrero de 1961: lo que preocupaba no era que la automatización sustituyera trabajo humano sino de que no fuera capaz de crear igual cantidad de nuevos puestos de trabajo. 

La preocupación era tan grande que el presidente Lyndon B. Johnson, promovió en 1964 la creación de una Comisión Nacional sobre “Tecnología, Automatización y Progreso Económico”. La Comisión se tomó en serio la posible disrupción tecnológica, hasta el punto que recomendó, entre otras medidas de corte distributivo, “un ingreso mínimo garantizado para cada familia”, utilizando al Estado como empleador de última instancia (de hecho, hace tiempo que el Capital tiene pensada la “renta básica” como un -pobre- paliativo a la Des-sociedad que expande. 

No deja de resultar curioso, haciendo al caso, que 6 décadas después venga a aparecer un informe que ratifique aquellos “miedos” ocultados a la población: “Dos economistas acaban de publicar una prueba matemática de que la IA destruirá la economía” https://x.com/jackcoder0/status/2060751108184916012).

Pero también en la Unión Soviética la cuestión se trató seriamente. En concreto el 8 y 9 de febrero de 1955 el Soviet Supremo de la URSS anticipaba, con un informe de Bulganin, que la marcha inexorable de la automatización podía suponer la auto-aniquilación del capitalismo. 

Una de las figuras punteras que analizó lo que se desarrollaba con la automatización fue Radovan Richta (La civilización en la encrucijada). Entre algunas de sus más importantes conclusiones estaba la de que la automatización no era una nueva etapa de la mecanización, sino una “fuerza revolucionaria” capaz de trastocar toda la estructura social y ser la impulsora de un nuevo modo de producción (de facto, a través de la automatización él veía abiertas las posibilidades objetivas del socialismo), pues toda forma específica de fuerza productiva impone una cierta estructura correspondiente en la vida social. Sólo las relaciones sociales de producción capitalistas estaban impidiendo ese paso revolucionario y sólo las socialistas lo impulsarían al máximo. 

Por eso la civilización soviética sí intentó ir hacia adelante con el salto tecnológico, aunque el lastre de la industria pesada de la que partía, que se fue haciendo obsoleta, más el bloqueo tecnológico que padeció por el Sistema Mundial capitalista, no pudieron dar cumplido impulso a ese desarrollo, por más que ya mostró el poderío de sus fases iniciales. El posterior acoso final del capitalismo mundial abortó lo que estaba en ciernes.

En cambio, en el campo capitalista en esos momentos la velocidad de la automatización fue frenada en aras de mantener el modelo industrial tendente al pleno empleo, y con él la integración-fidelidad de las poblaciones, habida cuenta del equilibrio sistémico de fuerzas que existía con el mundo soviético. También por miedo a las propias consecuencias “revolucionarias” de la automatización. Todos los debates y preocupaciones suscitados por la automatización fueron también aplazados y sustraídos a la opinión pública por más de 30 años.  

Con todo ello por delante, fue decisión de los gobernantes industriales no financiar la investigación en fábricas de robots que todos anticipaban en los sesenta, y en su lugar relocalizar sus fábricas para utilizar intensivamente la mano de obra en China y otras formaciones sociales periféricas. Graeber señaló ya en 2012 que:

una razón por la cual [en EE.UU.] no tenemos fábricas de robots es porque alrededor del 95 por ciento de los fondos para la investigación en robótica han sido canalizados a través del Pentágono, que está más interesado en desarrollar drones sin pilotos que en automatizar fábricas de papel” (http://thebaffler.com/salvos/of-flying-cars-and-the-declining-rate-of-profit).

Desaparecida la “amenaza soviética” en 1991, fue más fácil entonces dar rienda suelta al binomio financiarización-automatización. El capitalismo retornó a líneas de desarrollo tecnológico más acorde con sus imperativos de competencia intercapitalista. Aunque en concreto, el viraje hacia la investigación en las tecnologías de la informática y las telecomunicaciones no fue tanto una reorientación motivada por aquellos imperativos, cuanto parte de un objetivo de vigilancia, disciplina laboral y control social. 

Eso significaría que el Capital veía factible combinar a partir de entonces la humillación tecnológica de la Unión Soviética con una victoria en la guerra de clases a escala global, vista simultáneamente como la imposición absoluta del dominio militar estadounidense en el mundo y al nivel doméstico lograr la desbandada o al menos desarticulación de los sujetos y movimientos sociales más antagonistas.

Así se inauguró una nueva expansión del capitalismo estadounidense a través de las tecnologías informáticas y de comunicación, que a su vez realizaron la difusión de la automatización y la robótica por una parte del mundo a través de la deslocalización productiva. 

Más tarde, los estallidos de la crisis en 2000-2001 y 2007-2008, que aceleraron la recesión y la pérdida de empleos al tiempo que frenaban el expansionismo bursátil, ralentizaron de nuevo la dinámica de automatización (esos “pinchazos” hicieron resurgir en EEUU el debate sobre la automatización en una economía capitalista, el cual se ha manifestado en una creciente producción de análisis y estudios que se pusieron de moda académica). 

Pero la ingeniería política que se desata contra la sociedad es inexplicable sin esa revolución en las formas de producir que posibilita el comienzo de la fractura de la relación Capital-Trabajo propia de la era keynesiana en las formaciones del capitalismo central. 

Finalmente, la acelerada sustitución de trabajo vivo (seres humanos) por trabajo muerto (máquinas) con la automatización y robotización, ahondaría en el nuevo proceso de “desconexión de la economía” -y de la clase capitalista-, respecto de la sociedad, quizá soñando ya esa clase con un “futuro maquínico” postcapitalista -o modo de producción automatizado-. Pero recordemos, el salto al vacío más allá de la ley del valor en un régimen de propiedad privada de los medios de producción implica necesariamente una humanidad desechable; en términos capitalistas, suprimible.

Hay que tener en cuenta, en cualquier caso, que tal “secesión” de la clase capitalista es posible por la “desconexión” previa de las finanzas respecto de la economía productiva (debido, no lo olvidemos, a la creciente incapacidad de ésta de generar nuevo valor) y, en general, por la separación de la economía respecto de la sociedad[1]. 

Con lo cual “los ricos” no tienen razones para volver atrás en el proceso, más bien se esfuerzan por provocar una realidad en la que no tengan que depender del Trabajo ni mezclarse en ningún momento con el mismo (así han llegado a creérselo a través de la economía especulativo-parasitaria financiera y sus dinámicas de desposesión). Resulta cada vez más impensable, por tanto, proponer “nuevas soluciones reformistas” a partir de procesos con el calado sistémico que aquí se está mostrando.

Sea como fuere, semejante espiral de “desconexión” de la economía tiene dramáticas consecuencias para la población mundial. Uno de los numerosos indicadores que inciden en ello es el del aumento sostenido a lo largo de los últimos lustros de la tasa de participación de las rentas del capital en el PIB, a expensas de una continuada disminución de las rentas del trabajo, cuyo cuerpo asalariado no ha dejado de crecer, para más inri.

Si consideramos que el empleo-salario es en nuestras sociedades la principal fuente de distribución de la riqueza, podemos imaginarnos las repercusiones que su carencia o la creciente reducción del salario conllevan para la desigualdad social, traducida por una apabullante concentración de la riqueza en una exigua élite social, como viene detallando Oxfam en sus sucesivos informes. 

Ya en 2014 desglosaba cómo había crecido el porcentaje de participación en la renta del 1% más rico de la población en 24 de los 26 países que tienen registrados estos datos (The World Top Incomes Database). A escala global señalaba que el 10% más rico del planeta poseía el 86% de los recursos, mientras que el 1% acaparaba cada vez más cerca de la mitad de la riqueza mundial (Oxfam, http://www.oxfamintermon.org/sites/default/files/documentos/files/bp-working-for-few-political-capture-economic-inequality-200114-es.pdf). 

Apenas un año después por primera vez en la historia de la humanidad, el 1% de la población acaparaba más del 50% de los activos mundiales (Credit Suisse – http://publications.credit-suisse.com/tasks/render/file/index.cfm?fileid=C26E3824-E868-56E0-CCA04D4BB9B9ADD5; Oxfam, https://www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/file_attachments/bp210-economy-one-percent-tax-havens-180116-es_0.pdf)[2].

Si a todo ello unimos el desmoronamiento de las “clases medias” (sólo un 6,7% de la población mundial puede hoy caer dentro de esa categoría -Milanovic, La era de las desigualdades. Dimensiones de la desigualdad internacional y global-), lo que nos muestran sin lugar a dudas estos datos es que todas las clases sociales que dependen del empleo, del salario o de remuneraciones provenientes de la masa global de ingresos por el trabajo, están siendo afectadas y pauperizadas. 

Hecho que, a su vez, tiene profundas consecuencias sobre el consumo y por tanto sobre las propias posibilidades del beneficio capitalista (y que hasta ahora sólo un enorme sobreendeudamiento global ha logrado paliar parcial y pasajeramente). ¿Hasta qué grado, entonces, y hasta cuándo tamaña desigualdad se puede compatibilizar con las instituciones del capitalismo industrial regulado? ¿Es viable una mínima cohesión social con esa desigualdad?

Las respuestas son negativas para ambas preguntas. Y las élites han comenzado a prepararse para los nuevos escenarios. Veamos. El atasco del capital productivo ha permitido a los detentadores del capital a interés, el principal beneficiario pasajero de esta desconstrucción social, adquirir mayor protagonismo dentro de la clase capitalista y por tanto en la dirección sistémica. 

Con el mismo se dispara igualmente el proceso de concentración oligopólica que asfixia cualquier desarrollo de “libre” competencia capitalista, y que da lugar a una oligarquía “global”, la cual constituye una clase rentista también global, sin compromisos nacionales ni sociales, dado que, como hemos visto, alberga la ilusión de pensar que su ganancia está desvinculada del factor trabajo o, en definitiva, de la sociedad. 

Presa del fetichismo del dinero, cree o al menos actúa (dado que ya no le va quedando otro agarre para crecer) como si pudiera seguir incrementando indefinidamente ese ciclo ilusorio-ficticio de expansión del dinero a través del dinero, sin considerar la creación de valor, esto es, más allá de la economía productiva y por supuesto de la matriz ecológica que sustenta en última instancia toda posibilidad de generación de riqueza (y sí en cambio interviene destruyendo más y más riqueza social y natural). 

Esa oligarquía parasitaria actúa por tanto como si pudiera seguir enriqueciéndose indefinidamente sin contrapartidas sociales: ni empleo ni redistribución ni seguridad para las poblaciones. Por lo que se “desconecta” cada vez más de éstas y promueve “des-sociedad”.

En cambio China, que a diferencia de la URSS sí recibió inversión tecnológica en su territorio, no sólo supo aprovecharla para el desarrollo social mediante una planificación redistribuidora, sino que,  guiada políticamente (la Política al mando de la economía) por el PCCh, con parámetros ajenos al beneficio privado, sí ha podido desarrollar las potencialidades que la deslocalización industrial le han brindado, asociadas a una economía planificada que prioriza el desarrollo social o bien colectivo (a pesar de haberse compaginado con el beneficio empresarial en estas primeras fases). Por eso su robótica causa la admiración del mundo.

China, que tomó buena nota de la ingeniería y la ciencia económica soviéticas aplicadas a la industria, lidera el despliegue mundial de robots industriales, impulsa aceleradamente nuevas industrias tecnológicas y busca sostener su crecimiento -cada vez más cualitativo- mediante automatización avanzada e IA física. Ostenta el mayor mercado de robótica del mundo, con unos 2 millones de robots industriales operativos y el 54% de todas las instalaciones globales anuales[3]. 

La cuota de mercado de fabricantes chinos de robots pasó del 30% en 2020 al 57% en 2024, reforzando la autosuficiencia tecnológica y siendo, además la robótica el eje del 15º Plan Quinquenal (2026–2030), con una reorientación del modelo económico hacia el alto valor añadido (robots de asistencia, sistemas médicos inteligentes, planeaciones y diseños arquitectónicos, vehículos conectados, dispositivos asistenciales y hogares inteligentes forman parte de un ecosistema que impulsa una “economía para el bienestar social”). Todo ello viniendo de una formación social que era la segunda más pobre del mundo -sólo después de Bangladesh- antes de su revolución socialista.

Aunque los robots humanoides aún están en fase piloto, el gigante asiático los utiliza para demostraciones públicas que exhiben su liderazgo tecnológico.

Y es que China no tiene que frenar el desarrollo tecnológico debido a que caiga el beneficio, dado que la dictadura de la tasa de ganancia que rige en las sociedades capitalistas no está al mando allí ni es el leitmotiv del funcionamiento socioeconómico. Porque un mundo en que las máquinas estén colectivizadas permite un desarrollo social incomparable. En cambio, si están en unas pocas manos privadas no generan más que miseria y desechabilidad para la mayor parte de la humanidad.

Parece claro, por tanto, que siguiendo la línea de evolución tecnológica propia del desarrollo de fuerzas productivas que la humanidad acomete, y a falta de hecatombe bélica que la potencia capitalista en decadencia pudiera imponer en su empeño de no ser relevada -como su Guerra Sistémica Permanente o Guerra Mundo ya muestra-, podríamos marchar hacia una automatización de los procesos productivos. La cual, impulsada por el capitalismo, sólo podría desarrollarse en unas pocas “islas” geográficas, para unas exiguas minorías sociales (modo de producción automatizado ya no capitalista). 

Llevada a cabo planificadamente -con medios de producción socializados- tendremos grandes retos ecológicos por delante, sobre todo, aunque no sólo, relacionados con la energía, los sumideros y el tamaño de la población mundial, pero teniendo a la salvaguarda de las sociedades como objetivo prioritario (modo de producción socialista con alto desarrollo de la automatización, pues). En cualquier caso, para ninguna disyuntiva de esta enorme encrucijada histórica el capitalismo parece tener viabilidad.

No debería ser difícil, en consecuencia, elegir la opción más adecuada para nuestra especie en estos momentos. La única que puede permitir su supervivencia mínimamente digna: la vía socialista.

Notas

[1] Siempre, en los períodos en que prima la opción financiera rentista -según nos decía Arrighi-, asistimos a esta “desconexión” de la economía con la sociedad (como ya apuntaron también Hobson y Polanyi). Las finanzas asumen una posición dominante; la renta (que a la postre no significa sino extracción o desposesión de la riqueza colectiva) pasa a ser el denominador común y la sociedad comienza a “disolverse” por el desempleo, la competencia con los bajos salarios del exterior y la pauperización generalizada… Hasta ahora este proceso ha sido parcialmente compensado porque al menos de forma temporal se rehace sociedad en los núcleos que van surgiendo como emergentes de la economía capitalista (hoy especialmente en China, donde la vía de transición al socialismo preservó siempre la sociedad). La cuestión es hasta cuándo podrán hacerlo. Cuando se ha llegado a un nivel de profundidad y de metástasis tan grande como la actual, lo más probable es que sólo pueda ser contrarrestado con otra “Gran Transformación” (Polanyi dixit), la construcción de otro orden social y económico.

[2] Desglosadas estas proporciones en 2015, arrojaban los siguientes resultados: el 0,7% de la población acaparaba el 45,2% de la riqueza mundial, el 7,4% un poco menos del 40% (y el 21% el 12,5%); mientras que el 71% de la humanidad sólo dispone del 1% de la riqueza total, en términos personales.

[3] Sólo Corea del Sur y Singapur tienen más robots por fuerza laboral humana que China, pero -además de ver lo que supone la fuerza de trabajo total en cada una de esas formaciones sociales- la primera es ante todo una base militar asistida por EE.UU. y la segunda es un “puerto” para el comercio global y los servicios financieros, mediante los cuales -más la permanente “ayuda comercial” norteamericana- puede mantener una logística avanzada y tecnología de punta. EE.UU. ni aun expandiendo el ciclo de generar dinero de la nada para expropiar dinero de otros, más toda la extorsión mundial de sus bonos y deuda, puede seguir ese ritmo en su economía cada vez menos productiva.