Se cumplen 90 años, y aquí empezó todo. Aquel 19 de julio de 1936 se
anunciaba la gran parada y el desfile inaugural. Más de 5.000 atletas
representando a 23 delegaciones llegadas de todo el mundo, junto a 3.000
folcloristas que debían participar en un grandioso festival dirigido
por el compositor Enric Morera. Más de 20.000 personas de distintas
delegaciones y países se encontraban en Barcelona, alojadas en
instalaciones hoteleras, entidades sociales y sindicales, deportivas y
también casas particulares.
Andrés Lima, en la premiada obra de teatro 1936, explica muy
bien que aquí empezó todo: el golpe militar contra los valores e
instituciones de la Segunda República y la Guerra de España, los
bombardeos sobre población civil y campo de experimentación de la
maquinaria militar de Hitler y Mussolini. Era el preludio de la Segunda
Guerra Mundial.
La cita de Barcelona quería ser una respuesta genuina del deporte
popular internacional y antifascista a los Juegos Olímpicos que el
régimen nazi, con la complicidad del COI, preparaba para su inauguración
en Berlín del 1 al 16 de agosto. Juegos que fueron utilizados como una
poderosa herramienta de propaganda de la Alemania nazi, para promover la
ideología de la «raza aria», y un escaparate de las proclamas
belicistas y expansionistas de Hitler.
Barcelona y Berlín habían competido, cinco años antes, por la
organización de los XI Juegos Olímpicos. Barcelona disponía de buenas
credenciales, como la exitosa organización de la Exposición Universal de
1929. La proclamación de la II República en abril de 1931 decantó al
Comité Olímpico, dominado por aristócratas y terratenientes, a escoger
la ciudad de Berlín. Pero en 1935 ya se habían proclamado las leyes
racistas de Nuremberg. Y en 1936 Hitler y Mussolini, el nazismo y el
fascismo gobernando en Alemania e Italia, suponían más que una amenaza a
los pueblos de Europa, y también del mundo.
Por esta razón, la propuesta de hacer la Olimpiada Popular en
Barcelona constituía una respuesta democrática y antifascista, un
encuentro a favor de la paz y contra la guerra que catalizó y se propagó
rápidamente. Una iniciativa de las organizaciones deportivas de base,
de los sindicatos y de los partidos de izquierdas en Europa que
galvanizaron en propuestas unitarias a favor de una olimpiada popular y
cultural, favoreciendo la participación de las mujeres en el deporte y
una defensa de la diversidad cultural de la humanidad.
El president de la Generalitat, Lluís Companys, asumió la
Presidencia de Honor del Comité Organizador. Los gobiernos de la
República española, de la República francesa y del Govern de la
Generalitat aportaron la financiación. Un potente movimiento asociativo
deportivo y cultural se puso en marcha, así como la organización de
comités de apoyo de barrios populares de Barcelona, de las principales
ciudades de Catalunya y de otras ciudades y federaciones de todo el
Estado.
Barcelona vibraba durante aquellos días previos. En la Rambla de
Santa Mónica, donde tenía la sede el Comité Organizador, se ultimaban
todos los preparativos, deportivos y culturales, y se daba la bienvenida
a las delegaciones internacionales que desfilaban por las Ramblas.
Mercedes Núñez se multiplicaba haciendo gestiones en distintos idiomas;
Marina Ginestà, otra organizadora muy joven, se aprestaba para las
crónicas periodísticas. María Salvo, voluntaria olímpica con dieciséis
años, igual que Francesc Boix, fotógrafo de la misma edad, participaban,
como cientos de jóvenes, en la organización de la gran fiesta deportiva
y cultural internacionalista. María fue una de las homenajeadas en el
año 2017, junto con los hermanos Cánovas, nadadores.
El día 18 de julio, Pau Casals realizaba en el Palau de la Música el
último ensayo de la Novena de Beethoven para el concierto inaugural que
debía celebrarse al día siguiente en el Teatre Grec. Decenas de
deportistas entrenaban en el estadio de Montjuïc. Las noticias se
extendieron como la pólvora. El golpe militar iniciado el 17 de julio en
el entonces Protectorado español de Marruecos, y la sublevación de
manera simultánea en las ciudades de Melilla, Ceuta y Tetuán,
interrumpieron toda la labor organizativa.
Pero la noche del 18 al 19 de julio el Ciudad de Barcelona
todavía trasladaba a cientos de personas de Palma a Barcelona. Más de
600 deportistas, representantes de asociaciones culturales, rondallas,
ateneos y orfeones. Cuando llegan a Barcelona, la guerra ya había
comenzado. No pudo atracar hasta el día 23. La Olimpiada se suspendió, y
muchos de los participantes no pudieron regresar a la isla hasta tres
años más tarde. Algunas, como Llibertat Picornell, salvaron la vida.
Como su hermana Aurora, Aurora Picornell, que apoyaba la expedición
olímpica. Pero se quedaron en Palma ante la amenaza latente del golpe y
fueron asesinadas por los fascistas.
Otras personas salvaron la vida por encontrarse en Barcelona. José
Barón, nacido en Gérgal, pero que vino desde Melilla seleccionado para
competir en la Olimpiada, se convirtió en resistente. Murió en combate
contra las tropas nazis en París, en 1944, formando parte de la
Agrupación de Guerrilleros Españoles. Tenía veintiséis años, y en
Francia es recordado como héroe de la liberación de París.
También el joven Francisco Pradal, que llegó a Barcelona el 17 de
julio procedente de Melilla. Se incorporó al ejército popular en defensa
de la República, y posteriormente en la resistencia. Fue el primer guía
de pasos de frontera del PCE. Actualmente tiene una placa que recuerda
su actividad en las rutas del maquis. Entre Camprodóm y la Vall de
Vianya.
En Barcelona también se encontraban muchos atletas extranjeros que
habían venido para participar en la Olimpiada Popular. Giles Tremlett
titula el primer capítulo de su libro sobre las Brigadas
Internacionales así: «Bienvenidos a los Juegos. Barcelona, 19 de julio
de 1936». Corría el verano de 1936 y Muriel Rukeyser, joven poeta y
escritora estadounidense de veintidós años, conoce en Portbou a los
jóvenes deportistas suizos y húngaros que se dirigían a Barcelona. Lo
relata en su precioso libro Savage Coast («Costa Brava»).
La bibliografía existente también nos recuerda que en Barcelona ya se
encontraban voluntarios de países como Italia, Alemania o Polonia, que
habían llegado a España huyendo de la persecución nazi y fascista.
El cartel original de la Olimpiada fue diseñado por Fritz Lewy, judío
alemán exiliado del régimen de Hitler. El himno fue compuesto por Josep
Maria de Segarra con música del compositor Hans Eisler, colaborador de
Bertolt Brecht, también huido de Alemania cuando Hitler llegó al poder.
Los primeros extranjeros que lucharon en el bando republicano fueron
exiliados procedentes de Alemania o de la Italia fascista. En agosto de
1936, con algunos de estos efectivos se constituyó la centuria Thälmann,
formada por comunistas alemanes y austriacos expatriados que se
integraron en la columna 19 de julio del PSUC. Le siguieron los
anarquistas italianos exiliados en Francia que formaron en la columna
Ascaso y otros en el grupo internacional de la columna Durrruti.
Estos voluntarios y centenares de deportistas fueron los primeros en
abrir paso al movimiento de las Brigadas Internacionales, que de forma
organizada empezaron a llegar de diferentes países del mundo. De todos
los continentes. Les recordamos y homenajeamos cada final de octubre en
el monumento de la Rambla del Carmel. También lo hacemos en la Cursa
Lluís Companys en el Estadio Olímpico.
Pero debemos hacer mención especial a las mujeres, algunas ya
citadas, y con nombre propio. A ellas debemos un especial
reconocimiento.
Como Mercedes Núñez Targa, barcelonesa, comprometida con el mundo
cultural y asociativo barcelonés (el Ateneu Enciclopèdic Popular, Amics
del Sol y el Club Femení i d’Esports de Barcelona). Implicada en la
preparación y organización de la Olimpiada Popular, siguió también el
camino del exilio, formando parte de la resistencia en Francia, y siendo
detenida y deportada al campo de concentración de Ravensbrück.
Como Carmen Crespo, que tenía diecinueve años cuando se despertó en
el Hotel Olímpico de la plaza de España aquel 18 de julio. Formaba parte
del equipo de Francia, pero con orígenes de Teruel. Anarquista y
deportista. Combatió en el frente de Aragón. Murió en Caspe, destrozada
por el impacto de una bomba en 1937. Tenía veinte años.
Como Marina Ginestà, periodista y organizadora de la Olimpiada,
nacida en Toulouse. Protagonizó una fotografía mítica, vestida de
miliciana con diecisiete años, de la JSUC. Hans Gutmann, un fotógrafo
alemán que vino para cubrir la Olimpiada, la inmortalizó en la terraza
del Hotel Colón. Marina sufrió el exilio y los campos de concentración.
Como Margot Moles, nacida en Terrassa, pero formada en el atletismo
en Madrid. Fue la deportista más conocida de la República. Obtuvo la
medalla de bronce en lanzamiento de disco en las Olimpiadas Obreras de
Anvers, de 1937. Fue condenada al ostracismo durante el régimen
franquista y su nombre borrado de la historia.
Son algunos ejemplos de mujeres comprometidas y deportistas,
imborrables. Míriam García ha puesto rostro y nombres a los voluntarios y
voluntarias de distintos países y lugares, con alta acreditación
deportiva y de compromiso internacionalista, que llegaron a Barcelona.