ATELIER DE STIMULATIONS CRITIQUES
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vendredi 12 juin 2026
Corrupción y legitimidad: de España a China, por Xulio Ríos
FUENTE https://www.xuliorios.com/corrupcion-y-legitimidad-de-espana-a-china-por-xulio-rios
La corrupción viene ocupando un lugar singular en la vida pública de España. Pocas cuestiones poseen una capacidad comparable para erosionar la confianza ciudadana, alterar equilibrios políticos o incluso precipitar la caída de gobiernos. No deja de resultar llamativo que, en ocasiones, ejecutivos como el actual con balances razonablemente positivos en materia económica, social o internacional vean comprometida su continuidad por escándalos de corrupción que pueden acabar eclipsando cualquier otro aspecto de su gestión. La corrupción se ha convertido así en un fenómeno sociopolítico de primer orden y, al mismo tiempo, en una poderosa arma arrojadiza en la competición partidista.
Sin embargo, el debate público español suele concentrarse en los casos concretos y mucho menos en las fortalezas y debilidades estructurales del sistema diseñado para prevenir, investigar y sancionar estas conductas. La discusión sobre la eficacia de los mecanismos de control, la independencia de las instituciones o el papel de los medios de comunicación queda frecuentemente subordinada a la lógica del enfrentamiento político. Todo ello en un contexto en el que una parte creciente de la ciudadanía cuestiona la imparcialidad tanto de la justicia como de los propios medios, percibidos a menudo como actores inmersos en la lucha política.
La comparación con China resulta especialmente interesante porque allí la corrupción ha adquirido una dimensión distinta. No constituye únicamente un problema de gobernanza o de calidad institucional, sino una cuestión directamente vinculada a la legitimidad del poder político. Desde la llegada de Xi Jinping al liderazgo chino, la lucha contra la corrupción se ha convertido en uno de los pilares fundamentales de la narrativa oficial. La campaña anticorrupción lanzada en 2012 no se presentó simplemente como una iniciativa administrativa, sino como una auténtica batalla por la supervivencia del sistema político.
La lógica subyacente sugiere que, en ausencia de competencia electoral multipartidista, la legitimidad del modelo chino descansa en gran medida sobre la capacidad del Partido para garantizar crecimiento económico, estabilidad social y un gobierno percibido como eficaz y moralmente competente. La corrupción amenaza directamente esos tres pilares. Por ello, combatirla se ha convertido en una cuestión existencial para el régimen.
El principal instrumento de esta estrategia es la combinación entre la Comisión Central de Control Disciplinario y la Comisión Nacional de Supervisión. La primera constituye el órgano disciplinario interno del Partido Comunista; la segunda, creada en 2018, amplió el alcance de la supervisión más allá de los militantes para abarcar a todos los funcionarios públicos y personas vinculadas al ejercicio de funciones estatales.
Esta arquitectura institucional refleja una diferencia fundamental respecto a los sistemas occidentales. En España, la lucha contra la corrupción se articula esencialmente a través de órganos judiciales, fuerzas policiales, fiscalías, tribunales de cuentas y organismos de control administrativo. En China, por el contrario, el proceso comienza habitualmente en la esfera disciplinaria y política antes de llegar a los tribunales. El Partido investiga, depura responsabilidades y, posteriormente, los casos más graves son transferidos al sistema judicial para la imposición de sanciones penales.
Este procedimiento presenta singularidades notables. La más conocida es la posibilidad de someter a determinados sospechosos a mecanismos especiales de investigación y retención durante las pesquisas. Tales instrumentos han sido defendidos por las autoridades como herramientas imprescindibles para combatir redes complejas de corrupción, pero también han suscitado críticas de organizaciones internacionales y juristas por las limitaciones que imponen a las garantías procesales propias de los estándares liberales occidentales.
La cuestión de la transparencia constituye otro de los grandes contrastes. En España, la exposición mediática de los casos suele ser intensa y prolongada. La opinión pública asiste durante años a filtraciones, declaraciones judiciales, informes policiales, debates parlamentarios y coberturas periodísticas continuas. Paradójicamente, esta abundancia informativa no siempre genera confianza; en ocasiones produce la impresión de una batalla política permanente en la que resulta difícil distinguir entre información, interpretación e instrumentalización partidista.
China sigue una lógica diferente. Durante gran parte de la investigación predomina el secreto. El público suele conocer la existencia de un caso cuando las autoridades consideran que las pruebas están consolidadas y las decisiones disciplinarias prácticamente adoptadas. El resultado es una percepción de mayor contundencia y rapidez, aunque a costa de una considerable opacidad sobre los procedimientos internos. El ciudadano recibe con frecuencia el desenlace, pero dispone de menos elementos para evaluar el desarrollo completo de la investigación.
Desde la perspectiva de la eficacia, los resultados chinos son difíciles de ignorar. En poco más de una década han sido investigados y sancionados cientos de miles de cuadros y funcionarios, incluidos miembros de las más altas estructuras del Partido, generales del Ejército y directivos de grandes empresas estatales. La campaña ha transmitido el mensaje de que ningún nivel jerárquico está completamente protegido frente a la acción disciplinaria.
Diversos estudios realizados por instituciones académicas occidentales y asiáticas durante la última década muestran niveles relativamente elevados de confianza ciudadana en la capacidad del Estado para combatir la corrupción. Uno de los trabajos más citados es el realizado por el Ash Center for Democratic Governance and Innovation, también de Pew Research Center, que destaca niveles muy altos de satisfacción con el gobierno central chino.
En España existe más información, más investigación periodística y más control judicial independiente, pero también mayores dudas sobre la neutralidad de las instituciones. En China existe menos transparencia externa y menos supervisión independiente, pero la percepción social de eficacia suele ser mayor porque la ciudadanía observa resultados visibles vía destituciones, condenas, campañas periódicas y mensajes políticos muy claros.
También la severidad de las penas constituye un elemento diferencial. China mantiene un régimen sancionador particularmente duro para los delitos graves de corrupción. Aunque el recurso a la pena de muerte ha disminuido respecto a épocas anteriores y suele aplicarse con suspensión de ejecución en muchos casos, las condenas a cadena perpetua, las largas penas de prisión y las amplias confiscaciones patrimoniales siguen siendo relativamente frecuentes. Además, existe una preocupación constante por asegurar el cumplimiento efectivo de las sentencias y recuperar activos obtenidos ilícitamente, incluso mediante cooperación internacional.
No obstante, la eficacia no agota el debate. Una cuestión esencial es si el sistema permite distinguir con suficiente claridad entre la persecución legítima de la corrupción y la utilización política de las campañas disciplinarias. Las autoridades chinas rechazan habitualmente esta crítica y subrayan que la lucha anticorrupción responde a necesidades objetivas de gobernanza. Sin embargo, numerosos observadores señalan que, en sistemas donde el Partido controla simultáneamente los mecanismos disciplinarios, la Fiscalía y buena parte de los resortes institucionales, resulta más difícil establecer controles externos e independientes comparables a los existentes en las democracias liberales.
España se encuentra, en cierto sentido, ante el problema inverso. Posee mayores garantías procesales, más pluralismo político y una esfera mediática mucho más abierta, pero a menudo transmite una imagen de lentitud, fragmentación e incluso impunidad. Los procesos pueden prolongarse durante años; las responsabilidades políticas y las judiciales avanzan a ritmos distintos; y la percepción pública de castigo efectivo no siempre acompaña a la gravedad de los hechos denunciados.
¿Puede España aprender algo de la experiencia china sin sacrificar los fundamentos de su propio modelo? Probablemente sí, aunque no en el sentido de importar instituciones o procedimientos específicos. Lo más valioso de la experiencia china quizá resida en la prioridad política otorgada al problema. Beijing ha convertido la lucha contra la corrupción en una política de Estado sostenida en el tiempo, dotada de recursos, objetivos claros y una fuerte capacidad de ejecución. La corrupción no aparece como una cuestión secundaria ni como un asunto que se active únicamente cuando estalla un escándalo.
España podría extraer enseñanzas en ámbitos como la prevención, la profesionalización de los órganos de control, la protección de denunciantes, el seguimiento patrimonial de cargos públicos o la coordinación entre organismos supervisores. También podría reflexionar sobre cómo reforzar la percepción de certeza en la sanción, un factor que los estudios sobre corrupción consideran más relevante que la mera dureza de las penas.
Lo que difícilmente sería compatible con el modelo español son los elevados niveles de discrecionalidad política, el predominio del secreto investigador o las limitaciones a la supervisión independiente que caracterizan algunos aspectos del modelo chino. La fortaleza de una democracia liberal no radica únicamente en castigar la corrupción, sino también en hacerlo preservando los derechos individuales, el pluralismo político y las garantías procesales.
En última instancia, la comparación entre España y China muestra que no existe una fórmula perfecta. España dispone de mayores contrapesos institucionales, pero lucha contra la percepción de lentitud y politización. China exhibe una notable capacidad de ejecución y una severidad ejemplarizante, pero afronta interrogantes sobre transparencia, control independiente y garantías jurídicas. Ambas experiencias sugieren una misma conclusión: la corrupción no es solo un problema penal o administrativo. Es, sobre todo, una cuestión de confianza pública y de legitimidad política. Allí donde los ciudadanos dejan de creer que las reglas se aplican por igual a todos, la erosión del sistema comienza mucho antes de que se dicte una sentencia.
La comparación entre España y China revela que la legitimidad de las políticas anticorrupción descansa sobre fundamentos diferentes. Mientras las democracias liberales tienden a vincular la confianza pública a la transparencia, la independencia institucional y las garantías procesales, el modelo chino la asocia más estrechamente a la eficacia percibida y a la capacidad del Estado para castigar a los infractores. El resultado es una paradoja aparente pues España dispone de mayores controles externos y de una información mucho más abundante, pero registra niveles significativos de desconfianza hacia las instituciones encargadas de combatir la corrupción; China, por el contrario, opera con menores niveles de supervisión independiente, aunque obtiene una valoración social generalmente más favorable de sus campañas anticorrupción. La cuestión de fondo no es únicamente cuánta corrupción existe, sino qué grado de confianza generan los mecanismos destinados a combatirla.
La Isla de Kushner
o que está ocurriendo en Albania, con la cesión de la isla de Sazan a Kushner y sus socios, es solo un anticipo de lo que sucederá a mayor escala en todo el sistema de islas del Mediterráneo. El pensador y geopolítico belga Jean Thiriart, hace tiempo, señaló cómo, desde el estrecho de Gibraltar hasta Chipre, el antiguo Mare Nostrum era (y es) central para el control norteamericano de Europa a través de las diversas instalaciones de la OTAN en el sistema de islas que desde Cerdeña y Sicilia (verdadero feudo de los EE.UU. en Italia) llega precisamente a Chipre, pasando por Malta (Malta no forma parte de la OTAN, pero alberga una de las mayores embajadas de los EE.UU. en Europa) y Creta. Bien, hoy Israel se está sustituyendo progresivamente a la OTAN. Chipre está bastante comprometida; como Creta, después de todo, ambas insertadas en el esquema infrastructural gasífero del EastMed de tracción israelí. En Chipre, parte del territorio adquirido por empresas israelíes es ya inaccesible para los chipriotas (no hay que olvidar que la misma Chipre ha sido utilizada por tantos oligarcas ucranianos con doble pasaporte para sus esquemas de lavado de dinero sucio). Creta, al igual que la cercana península griega del Peloponeso, se ha convertido en una base operativa para el entrenamiento de pilotos israelíes (Grecia e Israel hoy son aliados en múltiples niveles). Enclaves sionistas ya están presentes en Albania, donde también hay una base del movimiento terrorista MeK; una verdadera secta pseudo-religiosa de opositores a la República Islámica de Irán que es elogiada con frecuencia incluso por nuestras instituciones. El MeK ha operado a menudo en Irán en cooperación con el Mossad para asesinar a científicos, personalidades políticas y militares iraníes, e incluso a simples civiles, como ocurrió durante la operación "Luz Eterna" al final del conflicto entre Irán e Irak. Al otro lado del mar Adriático, Israel está presente en el Salento con proyectos "coloniales" similares a los construidos en Chipre. En Cerdeña, en cambio, se ha enviado de permiso (a descansar) a tantos hombres de las FDI, evidentemente cansados de disparar contra menores en Gaza. No olvidemos, además, que Italia, en 2023, ha cedido literalmente su ciberseguridad a compañías israelíes, con todo lo que esto puede implicar en términos de robo de datos y demás. En otras palabras, el antiguo Mare Nostrum se está convirtiendo en un "mar israelí". Habrá que ver cómo reacciona Turquía, ya señalada como nueva amenaza existencial por políticos y hombres del servicio de inteligencia de Tel Aviv. Y no hay que olvidar el hecho de que Israel está intentando tomar posesión de los yacimientos de gas frente a Gaza y el sur del Líbano.
dimanche 7 juin 2026
🤔¿Por qué conoces el Pacto Ribbentrop-Mólotov, pero no escuchaste nada acerca del campo de concentración polaco de Bereza-Kartuzskaya?☠️🇵🇱
vendredi 5 juin 2026
La encrucijada de la automatización: un problema insalvable para el capitalismo
Andres Piqueras, profesor senior de la Universidad Jaume I
El desarrollo de la tecnología, que desemboca hoy en la IA y la robótica, va haciendo tender el valor (tiempo socialmente necesario de producción de las mercancías) al mínimo. También va expulsando constantemente de los procesos productivos a la fuente de plusvalor, esto es, a los seres humanos, sin que esa expulsión sea compensada proporcionalmente por nuevos nichos de empleo.
Las “fábricas oscuras” son un testimonio cada vez más palmario de ello, teniendo a China como formación puntera en su desarrollo, el porqué de lo cual lo iremos explicando.
De momento digamos que el desarrollo de las fuerzas productivas es desde hace tiempo frenado por las consecuencias recién nombradas, que conllevan la falta de rentabilidad del capital. La inversión productiva declinante a causa de esa carencia se agrava además por la incapacidad de las nuevas tecnologías de desatar una renovada onda de acumulación, pues ninguna de ellas consigue hacer despegar la economía hacia tasas de ganancia altamente satisfactorias (nada parecido a lo que significó la electricidad, el motor de combustión, el acero, la química o la telefonía, por ejemplo).
En general, el estancamiento de la producción y la ralentización de la productividad deben buscarse en la creciente incapacidad del capital de absorber y generalizar nuevos adelantos técnicos, de lo que tiene gran responsabilidad la propia desinversión en infraestructura, educación y formación, y no en la escasez de inventos potencialmente importantes, dado que, paradójicamente, estamos en el umbral de una nueva Revolución Industrial que puede alterar todo el curso del capitalismo e incluso la relación de la humanidad con el mundo.
Tal potencial “revolución industrial” resulta de la combinación y suma de al menos las tecnologías de: microelectrónica + informática + biogenética + nanotecnología + inteligencia artificial & neurociencia + robótica.
Sólo en este último campo, por ejemplo, un informe del Bank of America Merrill Lynch, de 2007, destaca ocho sectores estratégicos donde los robots podrían tener un efecto económico revolucionario en el futuro inmediato: inteligencia artificial; campo militar e industria aeroespacial; transportes; finanzas; salud; producción industrial; servicios domésticos y minería. A lo que habría que añadir los profundos efectos de una agricultura robótica, así como los de la computación cuántica.
Todas estas potencialidades casan mal con el mencionado freno tecnológico con el que camina el capitalismo por falta de rentabilidad. Lo que viene a redundar en que este modo de producción se manifieste cada vez más como un estorbo para el desarrollo de las fuerzas productivas. Antes al contrario, lo que se evidencia cada día es que desata proporcionalmente más y más fuerzas destructivas.
Además de la acelerada destrucción de riqueza natural y social, de la cada vez más mortíferamente boyante industria militar y la consiguiente devastación de vida y riqueza causada, y amén de la obsolescencia programada de las mercancías, hay que considerar también la producción-basura o producción desechable que propaga el capitalismo, con la destrucción directa de vastas cantidades de riqueza acumulada y de recursos elaborados.
Así por ejemplo el achatarramiento de coches y otras mercancías maquínicas, el desechado de materiales y bienes que tienen todavía vida útil, la caducidad artificialmente prematura de alimentos… y ahora incluso ha comenzado una “moda verde” por la que hay que deshacerse lo más rápidamente posible de todo lo que no es suficientemente “ecológico”, y sustituirlo por una vasta gama de nuevas mercancías que nos venden como “sostenibles”.
Tales fuerzas destructivas van minando la propia sociedad a la que dio origen el capital, no sólo por estar basada precisamente en el trabajo abstracto (asalariado) que genera valor, sino por todo el ciclo de erradicación de sus posibilidades de sostenimiento.
Veamos, un determinado orden económico sólo tiene sentido y es viable en la medida en que se retroalimenta de alguna manera con la formación social que, con todas sus contradicciones, le sostiene. El parcial reencastre de la economía en la sociedad, una vez que fueron separadas en el modo de producción capitalista -como nos advirtiera Polanyi-, ha sido lo que permitió la construcción de la “civilización industrial” en los núcleos centrales del sistema capitalista, así como su mermada extensión hacia las periferias del mismo.
La extracción de plusvalía y el régimen de propiedad privada fueron factibles porque, a pesar de la desposesión y la explotación, a través del trabajo asalariado se otorgaba la posibilidad del consumo obrero y de su (relativo) acceso a bienes y recursos, así como una cierta redistribución del excedente para cimentar la cohesión social, con lo que la sociedad (aun fragmentada y profundamente desigualitaria) se fue expandiendo en diferentes términos.
Para Marx el capital cumple al menos dos funciones esenciales, para él mismo y para la sociedad, al explotar la fuerza de trabajo asalariada.
- Contrata fuerza de trabajo y le devuelve una parte del valor que ha producido en forma de salario, además de extraer plusvalía que al ser realizada en la venta de lo producido se convierte parcialmente en nuevo (mayor) capital para expandir las operaciones capitalistas.
- El salario posibilita fuentes de consumo que crean la demanda para absorber las mercancías hechas fabricar por la clase capitalista, esto es, “realiza” el proceso del valor-capital (D- M + Ft – D’). Esta “función social” del capital implica crear sociedad mediante el mantenimiento y la generación de empleos en los periodos de auge y ciertas garantías de reproducción de la fuerza de trabajo. Todo ese ciclo es sustentado a la vez por el Estado, que es el ente que en la sociedad capitalista monopoliza lo social e intenta absorber y controlar bajo su seno todas las expresiones del común.
A partir de la Segunda Guerra Mundial la penetración capilar del capital en la totalidad social obligó al Estado a asumir la responsabilidad de la logística y la infraestructura de gastos de tal proceso.
“‘La ley de la cuota creciente del Estado sobre el producto interno’, enunciada por Adolph Wagner a mitad del siglo XIX, cobraba plena vigencia a través del crónico y ascendente endeudamiento estatal.
En un nivel elevado de cientifización y de intensificación del capital, los gastos generales y las condiciones infraestructurales del proceso de creación de valor empiezan a ahogar la propia creación de valor, lo que se hace evidente en una paradójica inversión de la relación entre Estado y sociedad: ya no es la sociedad la que nutre al Estado, para que éste se encargue de los “asuntos generales”, sino que por el contrario es el Estado el que debe alimentar a la sociedad con el ‘capital ficticio’, para que ésta pueda mantenerse en su forma vuelta obsoleta del sistema productor de mercancías” (en http://docslide.us/documents/kurz-robert-la-ascension-del-dinero-a-los-cielos.html).
Así que si un modo de producción sólo puede existir si de alguna manera es capaz de “nutrir” a la sociedad de la que nace, el sistema capitalista sólo es posible o viable a medio plazo en tanto mantenga cierto “ciclo virtuoso” (redistribuidor) al menos en sus formaciones centrales o de capitalismo primigenio, por más que la extensión planetaria de esa suerte de “simbiosis antagónica” del Capital y el Trabajo resulte imposible por ser contradictoria con las propias dinámicas de un Sistema basado en la explotación del trabajo humano, la competencia, la concentración y la centralización del capital, y que además necesita para mantener aquella base redistribuidora forjadora de sociedad, dinámicas externas de colonización.
Es decir, que el capitalismo ha tenido siempre que destruir comunidades y sociedades por doquier para poder crear sociedad en determinados puntos neurálgicos. La gravedad del momento para él es que hoy devora la sociedad de sus propios núcleos centrales -de ahí que vengamos hablando hace tiempo de que el capital viene emprendiendo procesos de autocolonización o autofagocitación-, viviendo más y más de la riqueza que fue creada previamente (un modo de producción en degeneración que vive del pasado al tiempo que a través de la colosal deuda que propaga para poder hacer subsistir algún remedo de funcionamiento social y económico, va comiéndose su futuro).
De manera que en la actualidad el capitalismo ha perdido ya cualquier atisbo de su “función progresista histórica”, su labor positiva en la creación de sociedad que tuvo en su fase industrial, aun a pesar de las horribles formas de explotación, las contradicciones y desigualdades en que se basaba.
Samir Amin (http://www.cairn.info/revue-actuel-marx-2003-1-page-101.htm; Más allá del capitalismo senil) lo expresó así:
«Lo potencial y lo real entran en conflicto. La dominación del capital sobre el trabajo extrae su legitimación histórica del hecho que el progreso exigía una acumulación creciente. Este ya no es el caso, la nueva revolución tecnológica permite la producción de más riqueza con menos trabajo y menos capital a la vez. Las condiciones para que otro modo de organización de la producción suceda al capitalismo están desde ahora realmente reunidas. El capitalismo está objetivamente caduco. Mas dentro del mundo del capitalismo real el trabajo no puede ponerse en obra por él mismo, sino por el capital que le domina y en la medida en que le sale a cuenta, es decir, en la medida en que la inversión es rentable. Este funcionamiento, por tanto, al excluir del empleo a una proporción creciente de trabajadores potenciales (privándoles entonces de cualquier ingreso), condena al sistema productivo a contraerse o al menos a no desenvolverse más que a un ritmo de crecimiento largamente inferior a aquél que la revolución tecnológica permitiría sin él».
Por eso durante la fase keynesiana las potencialidades de la automatización se frenaron en aras del proceso de integración de la clase trabajadora, que se necesitaba con más urgencia dada la existencia de un enemigo sistémico que además hacía cundir una economía social sin precedentes: la Unión Soviética.
Durante la mal llamada “Guerra Fría” y hasta la desaparición de la URSS, las respuestas de la clase capitalista y los gobernantes estadounidenses a las crisis estructurales que comenzaron en los años 70 fueron las de desviar la aplicación de las nuevas tecnologías hacia la industria militar y ampliar el acceso de la población al crédito, para así mantener en cierta medida los niveles de empleo y consumo, lo cual fungió a la vez como “escaparate de abundancia del capitalismo” frente a la relativa escasez de medios de consumo en los países de transición al socialismo. Complementariamente, se prefirió emprender la deslocalización productiva.
Recordemos que la “futurología” de Alvin Toffler y George Gilder de los años 60 hasta los 80 del siglo XX (y mucho antes de ellos Albert Einstein y Norbert Wiener ya habían advertido al respecto), alertaba de que el desempleo por la automatización llevaría a levantamientos sociales, y que la conclusión de la clase dominante sería la de “guiar el desarrollo tecnológico en direcciones que no desafiaran las estructuras de autoridad existentes”; algo que gobernantes y “capitanes de la industria” ya habían pensado.
De hecho, las posibilidades disruptivas de la automatización fueron discutidas en los años 50-60 del siglo XX, en los ámbitos de poder industrial y político de EE.UU. “The Automation Jobless” fue el título que se le dio en TIME de 24 de febrero de 1961: lo que preocupaba no era que la automatización sustituyera trabajo humano sino de que no fuera capaz de crear igual cantidad de nuevos puestos de trabajo.
La preocupación era tan grande que el presidente Lyndon B. Johnson, promovió en 1964 la creación de una Comisión Nacional sobre “Tecnología, Automatización y Progreso Económico”. La Comisión se tomó en serio la posible disrupción tecnológica, hasta el punto que recomendó, entre otras medidas de corte distributivo, “un ingreso mínimo garantizado para cada familia”, utilizando al Estado como empleador de última instancia (de hecho, hace tiempo que el Capital tiene pensada la “renta básica” como un -pobre- paliativo a la Des-sociedad que expande.
No deja de resultar curioso, haciendo al caso, que 6 décadas después venga a aparecer un informe que ratifique aquellos “miedos” ocultados a la población: “Dos economistas acaban de publicar una prueba matemática de que la IA destruirá la economía” https://x.com/jackcoder0/status/2060751108184916012).
Pero también en la Unión Soviética la cuestión se trató seriamente. En concreto el 8 y 9 de febrero de 1955 el Soviet Supremo de la URSS anticipaba, con un informe de Bulganin, que la marcha inexorable de la automatización podía suponer la auto-aniquilación del capitalismo.
Una de las figuras punteras que analizó lo que se desarrollaba con la automatización fue Radovan Richta (La civilización en la encrucijada). Entre algunas de sus más importantes conclusiones estaba la de que la automatización no era una nueva etapa de la mecanización, sino una “fuerza revolucionaria” capaz de trastocar toda la estructura social y ser la impulsora de un nuevo modo de producción (de facto, a través de la automatización él veía abiertas las posibilidades objetivas del socialismo), pues toda forma específica de fuerza productiva impone una cierta estructura correspondiente en la vida social. Sólo las relaciones sociales de producción capitalistas estaban impidiendo ese paso revolucionario y sólo las socialistas lo impulsarían al máximo.
Por eso la civilización soviética sí intentó ir hacia adelante con el salto tecnológico, aunque el lastre de la industria pesada de la que partía, que se fue haciendo obsoleta, más el bloqueo tecnológico que padeció por el Sistema Mundial capitalista, no pudieron dar cumplido impulso a ese desarrollo, por más que ya mostró el poderío de sus fases iniciales. El posterior acoso final del capitalismo mundial abortó lo que estaba en ciernes.
En cambio, en el campo capitalista en esos momentos la velocidad de la automatización fue frenada en aras de mantener el modelo industrial tendente al pleno empleo, y con él la integración-fidelidad de las poblaciones, habida cuenta del equilibrio sistémico de fuerzas que existía con el mundo soviético. También por miedo a las propias consecuencias “revolucionarias” de la automatización. Todos los debates y preocupaciones suscitados por la automatización fueron también aplazados y sustraídos a la opinión pública por más de 30 años.
Con todo ello por delante, fue decisión de los gobernantes industriales no financiar la investigación en fábricas de robots que todos anticipaban en los sesenta, y en su lugar relocalizar sus fábricas para utilizar intensivamente la mano de obra en China y otras formaciones sociales periféricas. Graeber señaló ya en 2012 que:
“una razón por la cual [en EE.UU.] no tenemos fábricas de robots es porque alrededor del 95 por ciento de los fondos para la investigación en robótica han sido canalizados a través del Pentágono, que está más interesado en desarrollar drones sin pilotos que en automatizar fábricas de papel” (http://thebaffler.com/salvos/of-flying-cars-and-the-declining-rate-of-profit).
Desaparecida la “amenaza soviética” en 1991, fue más fácil entonces dar rienda suelta al binomio financiarización-automatización. El capitalismo retornó a líneas de desarrollo tecnológico más acorde con sus imperativos de competencia intercapitalista. Aunque en concreto, el viraje hacia la investigación en las tecnologías de la informática y las telecomunicaciones no fue tanto una reorientación motivada por aquellos imperativos, cuanto parte de un objetivo de vigilancia, disciplina laboral y control social.
Eso significaría que el Capital veía factible combinar a partir de entonces la humillación tecnológica de la Unión Soviética con una victoria en la guerra de clases a escala global, vista simultáneamente como la imposición absoluta del dominio militar estadounidense en el mundo y al nivel doméstico lograr la desbandada o al menos desarticulación de los sujetos y movimientos sociales más antagonistas.
Así se inauguró una nueva expansión del capitalismo estadounidense a través de las tecnologías informáticas y de comunicación, que a su vez realizaron la difusión de la automatización y la robótica por una parte del mundo a través de la deslocalización productiva.
Más tarde, los estallidos de la crisis en 2000-2001 y 2007-2008, que aceleraron la recesión y la pérdida de empleos al tiempo que frenaban el expansionismo bursátil, ralentizaron de nuevo la dinámica de automatización (esos “pinchazos” hicieron resurgir en EEUU el debate sobre la automatización en una economía capitalista, el cual se ha manifestado en una creciente producción de análisis y estudios que se pusieron de moda académica).
Pero la ingeniería política que se desata contra la sociedad es inexplicable sin esa revolución en las formas de producir que posibilita el comienzo de la fractura de la relación Capital-Trabajo propia de la era keynesiana en las formaciones del capitalismo central.
Finalmente, la acelerada sustitución de trabajo vivo (seres humanos) por trabajo muerto (máquinas) con la automatización y robotización, ahondaría en el nuevo proceso de “desconexión de la economía” -y de la clase capitalista-, respecto de la sociedad, quizá soñando ya esa clase con un “futuro maquínico” postcapitalista -o modo de producción automatizado-. Pero recordemos, el salto al vacío más allá de la ley del valor en un régimen de propiedad privada de los medios de producción implica necesariamente una humanidad desechable; en términos capitalistas, suprimible.
Hay que tener en cuenta, en cualquier caso, que tal “secesión” de la clase capitalista es posible por la “desconexión” previa de las finanzas respecto de la economía productiva (debido, no lo olvidemos, a la creciente incapacidad de ésta de generar nuevo valor) y, en general, por la separación de la economía respecto de la sociedad[1].
Con lo cual “los ricos” no tienen razones para volver atrás en el proceso, más bien se esfuerzan por provocar una realidad en la que no tengan que depender del Trabajo ni mezclarse en ningún momento con el mismo (así han llegado a creérselo a través de la economía especulativo-parasitaria financiera y sus dinámicas de desposesión). Resulta cada vez más impensable, por tanto, proponer “nuevas soluciones reformistas” a partir de procesos con el calado sistémico que aquí se está mostrando.
Sea como fuere, semejante espiral de “desconexión” de la economía tiene dramáticas consecuencias para la población mundial. Uno de los numerosos indicadores que inciden en ello es el del aumento sostenido a lo largo de los últimos lustros de la tasa de participación de las rentas del capital en el PIB, a expensas de una continuada disminución de las rentas del trabajo, cuyo cuerpo asalariado no ha dejado de crecer, para más inri.
Si consideramos que el empleo-salario es en nuestras sociedades la principal fuente de distribución de la riqueza, podemos imaginarnos las repercusiones que su carencia o la creciente reducción del salario conllevan para la desigualdad social, traducida por una apabullante concentración de la riqueza en una exigua élite social, como viene detallando Oxfam en sus sucesivos informes.
Ya en 2014 desglosaba cómo había crecido el porcentaje de participación en la renta del 1% más rico de la población en 24 de los 26 países que tienen registrados estos datos (The World Top Incomes Database). A escala global señalaba que el 10% más rico del planeta poseía el 86% de los recursos, mientras que el 1% acaparaba cada vez más cerca de la mitad de la riqueza mundial (Oxfam, http://www.oxfamintermon.org/sites/default/files/documentos/files/bp-working-for-few-political-capture-economic-inequality-200114-es.pdf).
Apenas un año después por primera vez en la historia de la humanidad, el 1% de la población acaparaba más del 50% de los activos mundiales (Credit Suisse – http://publications.credit-suisse.com/tasks/render/file/index.cfm?fileid=C26E3824-E868-56E0-CCA04D4BB9B9ADD5; Oxfam, https://www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/file_attachments/bp210-economy-one-percent-tax-havens-180116-es_0.pdf)[2].
Si a todo ello unimos el desmoronamiento de las “clases medias” (sólo un 6,7% de la población mundial puede hoy caer dentro de esa categoría -Milanovic, La era de las desigualdades. Dimensiones de la desigualdad internacional y global-), lo que nos muestran sin lugar a dudas estos datos es que todas las clases sociales que dependen del empleo, del salario o de remuneraciones provenientes de la masa global de ingresos por el trabajo, están siendo afectadas y pauperizadas.
Hecho que, a su vez, tiene profundas consecuencias sobre el consumo y por tanto sobre las propias posibilidades del beneficio capitalista (y que hasta ahora sólo un enorme sobreendeudamiento global ha logrado paliar parcial y pasajeramente). ¿Hasta qué grado, entonces, y hasta cuándo tamaña desigualdad se puede compatibilizar con las instituciones del capitalismo industrial regulado? ¿Es viable una mínima cohesión social con esa desigualdad?
Las respuestas son negativas para ambas preguntas. Y las élites han comenzado a prepararse para los nuevos escenarios. Veamos. El atasco del capital productivo ha permitido a los detentadores del capital a interés, el principal beneficiario pasajero de esta desconstrucción social, adquirir mayor protagonismo dentro de la clase capitalista y por tanto en la dirección sistémica.
Con el mismo se dispara igualmente el proceso de concentración oligopólica que asfixia cualquier desarrollo de “libre” competencia capitalista, y que da lugar a una oligarquía “global”, la cual constituye una clase rentista también global, sin compromisos nacionales ni sociales, dado que, como hemos visto, alberga la ilusión de pensar que su ganancia está desvinculada del factor trabajo o, en definitiva, de la sociedad.
Presa del fetichismo del dinero, cree o al menos actúa (dado que ya no le va quedando otro agarre para crecer) como si pudiera seguir incrementando indefinidamente ese ciclo ilusorio-ficticio de expansión del dinero a través del dinero, sin considerar la creación de valor, esto es, más allá de la economía productiva y por supuesto de la matriz ecológica que sustenta en última instancia toda posibilidad de generación de riqueza (y sí en cambio interviene destruyendo más y más riqueza social y natural).
Esa oligarquía parasitaria actúa por tanto como si pudiera seguir enriqueciéndose indefinidamente sin contrapartidas sociales: ni empleo ni redistribución ni seguridad para las poblaciones. Por lo que se “desconecta” cada vez más de éstas y promueve “des-sociedad”.
En cambio China, que a diferencia de la URSS sí recibió inversión tecnológica en su territorio, no sólo supo aprovecharla para el desarrollo social mediante una planificación redistribuidora, sino que, guiada políticamente (la Política al mando de la economía) por el PCCh, con parámetros ajenos al beneficio privado, sí ha podido desarrollar las potencialidades que la deslocalización industrial le han brindado, asociadas a una economía planificada que prioriza el desarrollo social o bien colectivo (a pesar de haberse compaginado con el beneficio empresarial en estas primeras fases). Por eso su robótica causa la admiración del mundo.
China, que tomó buena nota de la ingeniería y la ciencia económica soviéticas aplicadas a la industria, lidera el despliegue mundial de robots industriales, impulsa aceleradamente nuevas industrias tecnológicas y busca sostener su crecimiento -cada vez más cualitativo- mediante automatización avanzada e IA física. Ostenta el mayor mercado de robótica del mundo, con unos 2 millones de robots industriales operativos y el 54% de todas las instalaciones globales anuales[3].
La cuota de mercado de fabricantes chinos de robots pasó del 30% en 2020 al 57% en 2024, reforzando la autosuficiencia tecnológica y siendo, además la robótica el eje del 15º Plan Quinquenal (2026–2030), con una reorientación del modelo económico hacia el alto valor añadido (robots de asistencia, sistemas médicos inteligentes, planeaciones y diseños arquitectónicos, vehículos conectados, dispositivos asistenciales y hogares inteligentes forman parte de un ecosistema que impulsa una “economía para el bienestar social”). Todo ello viniendo de una formación social que era la segunda más pobre del mundo -sólo después de Bangladesh- antes de su revolución socialista.
Aunque los robots humanoides aún están en fase piloto, el gigante asiático los utiliza para demostraciones públicas que exhiben su liderazgo tecnológico.
Y es que China no tiene que frenar el desarrollo tecnológico debido a que caiga el beneficio, dado que la dictadura de la tasa de ganancia que rige en las sociedades capitalistas no está al mando allí ni es el leitmotiv del funcionamiento socioeconómico. Porque un mundo en que las máquinas estén colectivizadas permite un desarrollo social incomparable. En cambio, si están en unas pocas manos privadas no generan más que miseria y desechabilidad para la mayor parte de la humanidad.
Parece claro, por tanto, que siguiendo la línea de evolución tecnológica propia del desarrollo de fuerzas productivas que la humanidad acomete, y a falta de hecatombe bélica que la potencia capitalista en decadencia pudiera imponer en su empeño de no ser relevada -como su Guerra Sistémica Permanente o Guerra Mundo ya muestra-, podríamos marchar hacia una automatización de los procesos productivos. La cual, impulsada por el capitalismo, sólo podría desarrollarse en unas pocas “islas” geográficas, para unas exiguas minorías sociales (modo de producción automatizado ya no capitalista).
Llevada a cabo planificadamente -con medios de producción socializados- tendremos grandes retos ecológicos por delante, sobre todo, aunque no sólo, relacionados con la energía, los sumideros y el tamaño de la población mundial, pero teniendo a la salvaguarda de las sociedades como objetivo prioritario (modo de producción socialista con alto desarrollo de la automatización, pues). En cualquier caso, para ninguna disyuntiva de esta enorme encrucijada histórica el capitalismo parece tener viabilidad.
No debería ser difícil, en consecuencia, elegir la opción más adecuada para nuestra especie en estos momentos. La única que puede permitir su supervivencia mínimamente digna: la vía socialista.
Notas
[1] Siempre, en los períodos en que prima la opción financiera rentista -según nos decía Arrighi-, asistimos a esta “desconexión” de la economía con la sociedad (como ya apuntaron también Hobson y Polanyi). Las finanzas asumen una posición dominante; la renta (que a la postre no significa sino extracción o desposesión de la riqueza colectiva) pasa a ser el denominador común y la sociedad comienza a “disolverse” por el desempleo, la competencia con los bajos salarios del exterior y la pauperización generalizada… Hasta ahora este proceso ha sido parcialmente compensado porque al menos de forma temporal se rehace sociedad en los núcleos que van surgiendo como emergentes de la economía capitalista (hoy especialmente en China, donde la vía de transición al socialismo preservó siempre la sociedad). La cuestión es hasta cuándo podrán hacerlo. Cuando se ha llegado a un nivel de profundidad y de metástasis tan grande como la actual, lo más probable es que sólo pueda ser contrarrestado con otra “Gran Transformación” (Polanyi dixit), la construcción de otro orden social y económico.
[2] Desglosadas estas proporciones en 2015, arrojaban los siguientes resultados: el 0,7% de la población acaparaba el 45,2% de la riqueza mundial, el 7,4% un poco menos del 40% (y el 21% el 12,5%); mientras que el 71% de la humanidad sólo dispone del 1% de la riqueza total, en términos personales.
[3] Sólo Corea del Sur y Singapur tienen más robots por fuerza laboral humana que China, pero -además de ver lo que supone la fuerza de trabajo total en cada una de esas formaciones sociales- la primera es ante todo una base militar asistida por EE.UU. y la segunda es un “puerto” para el comercio global y los servicios financieros, mediante los cuales -más la permanente “ayuda comercial” norteamericana- puede mantener una logística avanzada y tecnología de punta. EE.UU. ni aun expandiendo el ciclo de generar dinero de la nada para expropiar dinero de otros, más toda la extorsión mundial de sus bonos y deuda, puede seguir ese ritmo en su economía cada vez menos productiva.
jeudi 4 juin 2026
Jimmy Carter, el inventor del yihadismo, y el padrino de Bin Laden y Jomeini
FUENTE https://www.publico.es/opinion/muere-jimmy-carter-inventor-yihadismo-padrino-bin-laden-jomeini.html

Antes de la Administración Carter (1977-1981), Oriente Próximo desconocía el fenómeno yihadista, el de miles de hombres lumpen (desclasados, sin principios, delincuentes, violadores, pedófilos, gánsteres y bandidos), de extrema derecha y armados, para restaurar la Edad Media y la Inquisición en los países estratégicos.
Pasaba casi un siglo desde que los residuos del feudalismo, los ayatolás chiítas y los muftíes sunnitas, se habían refugiado en las remotas aldeas, aterrorizados por el avance del capitalismo modernizador, cuyo centro era el secularismo y el reconocimiento de algunos derechos de la mujer. En Irán, el primer país donde EEUU instaló el yihadismo en el poder, sigue siendo el único del mundo que en 1936 prohibió el velo (antes, una prenda para visibilizar el estatus subhumano de la mujer, y más reciente, la bandera del fascismo religioso), por la demanda del movimiento feminista iraní, fundado en 1924.
Una impresionante ingeniería geopolítica
La década de los setenta de la Guerra Fría estuvo marcada por la derrota de EEUU en la guerra de Vietnam, los escándalos domésticos (como Watergate), y la victoria de los movimientos progresistas: en Irán, uno de los pilares del dominio mundial de EEUU, y vecino de la Unión Soviética, la dictadura del Sha se desmoronó; en Afganistán, otra frontera de la URSS, la república a secas se convirtió en "democrática" al tomar los comunistas el poder. En Nicaragua, los sandinistas, y en la estratégica isla de Granada, los marxistas quitaron el sueño al inquilino de la Casa Blanca.
Así se pone en marcha la maquinaria de la CIA y el Pentágono, y no sólo para recuperar los dominios perdidos, sino desmantelar la principal barrera a la hegemonía global de EEUU: la URSS. Lo consigue y sin provocar una guerra mundial, entre numerosos motivos, la formación de una Santa Alianza con la extrema derecha judía, cristiana, chiíta y sunnita, gracias al odio compartido hacia el socialismo, el progreso y el ateísmo.
En 2016, The Guardian publica parte de los "cables diplomáticos estadounidenses recientemente desclasificados". En él afirma que el gobierno de Jimmy Carter (1977-1981) tuvo un amplio contacto con el ayatolá Jomeini, para abortar la revolución republicana, democrática y federalista iraní de 1979.
Todo empezó cuando el Sha, desconfiado de EEUU, se negó a enemistarse con el poderoso vecino del norte, la URSS, con el que compartía 1.600 kilómetros de frontera, diseñando una política exterior equilibrada (lo que Tayyeb Erdogan intenta hacer entre Rusia y EEUU). Visitó la URSS en 1959, y aunque bajo las presiones de Washington no firmó con los soviéticos un tratado de no agresión, envió una nota al Kremlin en la que aseguraba a que no permitiría a ningún país tener bases militares contra la URSS en Irán o atacarle desde su reino.
Leonid Brezhnev le devuelve la visita en 1963, y un joven y ambicioso Jomeini, aparece en la escena, y consciente de que sin el respaldo de EEUU jamás podría alcanzar el poder, manda un mensaje a J.F. Kennedy a través de la embajada de EEUU, en el que expone su preocupación por el avance del comunismo en Irán: "La presencia estadounidense era necesaria para contrarrestar la influencia soviética y británica", cita la CIA de Jomeini. Aunque el texto completo del cable de la embajada sigue siendo clasificado, se percibe que aquel clérigo astuto se estaba presentando como una alternativa al monarca algo díscolo, presumiendo de sus dotes más anticomunistas.
Aquel año, los ayatolás habían recibido un duro golpe por dos medidas del programa de reformas (capitalistas) del Sha en la "Revolución Blanca": las desamortizaciones de las tierras waghfi (religiosas) en favor de los complejos agroindustriales, y el derecho del voto de la mujer. Por lo que encabezó una serie de protestas de los terratenientes y, practicando el populismo, criticó al Sha por ser el títere de EEUU. El mismo dictador que ejecutaba sin pestañear a los comunistas, sólo le pidió al ayatolá que abandonara el país. Se desconoce sí Kennedy recibió su mensaje, ya que dos semanas después fue asesinado. Jomeini se instaló en Irak y esperando su turno.
Mientras, Pahlavi había vuelto a la patria de Lenin en 1965, para firmar un amplio acuerdo de cooperación: la URSS construiría en Irán instalaciones hidrotécnicas, centrales eléctricas, varias fábricas de petroquímica y de maquinaria pesada, y la joya de la corona: el Complejo de Siderúrgica de Isfahán, el más grande Oriente Próximo, empleando a miles de iraníes; a cambio, la URSS recibe el gas iraní (que se desperdiciaba), a través del gasoducto Transcaucásico de 1.106 kilómetros, el primer gasoducto de exportación iraní, y construido por los propios soviéticos. Las inversiones de EEUU en las infraestructuras de Irán eran cero.
Cuenta el Sha en sus memorias, Answer to History (Responder a la historia), que, en 1973, EEUU y Reino Unido le castigaron por sus políticas, impidiendo que las petroleras occidentales renovasen sus contratos con Irán, para forzarle a bajar los precios del petróleo con la crisis energética, surgida de la guerra árabe-israelí.
Al final, Carter, por el temor a que el rey saliese de su control, dejó de ignorarle y se pegó un viaje de 17 horas para hacer algo inaudito: pasar el año nuevo de 1978 fuera de la Casa Blanca, celebrándolo en el palacio Niavaran de Teherán. Promete al Sha seguir vendiéndole armas (oxidadas) a cambio de petróleo barato, y llama a Irán "una isla de estabilidad en un rincón turbulento del mundo... gracias al amor y el respeto que los iraníes sienten hacia Su Alteza"; unos meses después, la isla estará patas arriba y aquel patrocinador de Al Qaeda echa a Su Alteza de Irán.
EEUU haría lo que fuera para que Irán no saliese de la órbita capitalista. La URSS se había convertido en el tercer vendedor de armas al Sha, después del Reino Unido, y eso fue motivo de mucha preocupación en Washington.
Complot Carter-Jomeini
Tras el inicio de la revolución espontánea y sin liderazgo de Irán (aunque el Sha, incrédulo respecto al poderío de los pueblos, asegura que fue organizada por EEUU, una especie de la Revolución Naranja) en el verano del 1977, Jomeini manda señales de humo desde Irak a Jimmy Carter, afirma el "cable": "Verá que no tenemos ninguna animosidad particular con los americanos. (...) No hay que tener miedo por el petróleo. No es cierto que no lo venderemos a los EEUU", dijo vendiéndose, en ambos sentidos, a EEUU. El 9 de enero de 1979, el académico David L. Aaron le recomienda a Zbigniew Brzezinski forzar a los generales iraníes (contrarios a un régimen de mulás, siempre arabizante y anti-iraní), para que pactaran con Jomeini.
La Casa Blanca temía una guerra civil en Irán que pusiera en peligro la vida de miles de asesores militares estadounidenses y a sus armas secretas como los aviones F-14, paralizara el flujo del petróleo, acabara tanto con el Savak, los servicios de inteligencia creados por la CIA y el Mossad en Irán, como con el ejército (Artesh) en el que tanto había invertido.
Se aceleran las gestiones
1. Con Irán y Afganistán en la agenda, los días del 4 al 7 de enero de 1979, los representantes de los G4 -Jimmy Carter, Valéry Giscard d'Estaing, Helmut Schmidt, y James Callaghan-, se reúnen en la isla de Guadalupe, para celebrar la cumbre "en mangas de camisa", justo seis meses después de que Carter enviara a la turba de Al Qaeda a Afganistán, y seis días antes de que el Ejército Rojo entrara en aquel país a petición de su presidente, el doctor Najibullah, para proteger a la población de la barbarie imperialista. Los G4 deciden abandonar al Sha y apostar por Jomeini. Hay informes sobre la asistencia de Sadegh Ghotbzadeh, el portavoz de Jomeini en el encuentro.
2. EEUU traslada al ayatolá a Francia para convertir aquel oscurantista y despiadado personaje en el "líder de la Revolución" a la que apodan "islámica", para que tuviera alguna lógica que un mulá prehistórico se sentara en el poder de uno de los países más avanzados de Oriente Próximo. Luego se inventará el "choque de civilizaciones" para seguir con su plan, esta vez como el Bombero Pirómano.
3. Del mismo modo que al Ejército sirio se le ordenó no resistir ante el reciente ataque de Al Qaeda, los generales del Sha recibieron, en enero de 1979, al oficial estadounidense Robert Huyser en Teherán, cuya misión era convencerlos de que tenían que colaborar con Jomeini, neutralizando un posible golpe de Estado contra la futura teocracia totalitaria.
4. En Paris, el embajador de EEUU, Warren Zimmermann, acude en un coche camuflado a la residencia de Jomeini en la aldea Neauphle-le-Château, para encontrarse con Ebrahim Yazdi, un médico iraní-estadounidense, que cuando vivió en Texas, según el mismo cable, ya había contactado con el agente de la CIA e iranólogo Richard Cottam.
5. En Teherán, el embajador de EEUU William Sullivan se reúne con el ayatolá Mohammad Beheshti, representante de Jomeini en Irán, ofreciéndole el cambio de la Constitución iraní, aboliendo la monarquía para la instauración de un Estado Islámico (traducción literal del término Hokumate eslami, título del libro de Jomeini publicado en los 70).
6. En Paris, Jomeini asegura que respetará las libertades políticas, incluyendo la del Partido Comunista (entrevista con Eric Rouleau de Le Monde), y también los derechos conquistados por las mujeres (entrevista con Oriana Fallaci para Corriere della Sera), etc., etc.; no es ninguna casualidad el parecido del criminal de Al Qaeda, Al Jolani, instalado en el trono de Bashar al Asad por EEUU-Israel y Turquía, con Jomeini: hace las mismas promesas (hasta ha cambiado su sotana y turbante por traje, chaqueta y corbata), para que sus patrocinadores europeos pudieran establecer relaciones diplomáticas sin rubor.
7. El 11 de enero de 1979, Carter le ordena al Sha, enfermo de un cáncer terminal, que se marche de Irán cuanto antes. Lo hará en cinco días, hacia ninguna parte. Sus antiguos amos, que suelen utilizar a sus títeres de pañuelo de "usar y tirar", no le darán asilo. Dos semanas después, aquel mulá es implantado en Irán, llevado en un Air France, y escoltado por cazas del país de la OTAN (por el temor a ser derribado por los soviéticos).
8. Carter decide seguir utilizando el huevo de oro encontrado en la extrema derecha religiosa, y después de Irán y Afganistán, elige otro país vecino de la URSS: Polonia, el eslabón débil del espacio soviético, donde el mismo año de 1978, primero, patrocina al ultracatólico Lech Walesa, y segundo, coloca en la cima del Vaticano, al polaco antirruso y anticomunista Karol Wojtyla. Juna Pablo II será el primer papa eslavo de la historia, cuya misión es desestabilizar los países socialistas cristianos, y erradicar la Teología Cristiana de Liberación. ¿Es casualidad que el entonces director de la CIA, William Casey, fuese miembro de la orden de los Caballeros de Malta del Vaticano?
9. La embajada de EEUU desarrollaba su actividad normal, hasta que es asaltada, en noviembre del 79, primero por un grupo de jóvenes de izquierda y después de ser expulsado, por la facción ingenua del islamismo que se había creído el "antimperialismo" de Jomeini. Carter no da crédito a lo sucedido: El creador es sacrificado por su propia criatura. Jomeini temía que un segundo mandato de Carter, con su bandera de los derechos humanos, le impidiese restaurar su Estado Islámico, una barbarie que va más allá de sacar ojos, cortar manos, lapidar a mujeres, legalizar la pedofilia de niñas mayores de ocho años, etc. El mundo se estremecerá cuando caiga este régimen sujetado por las potencias mundiales. Los jomeinistas indemnizaron a EEUU con 9.000 millones de dólares, por daños a la embajada y el personal diplomático.
10. La crisis de rehenes es aprovechada por otro político sin escrúpulos: Ronald Reagan. El candidato a la presidencia ofrece al ayatolá dinero y armas a cambio de que rechazara las ofertas de Carter para liberar a sus compatriotas. Así, sucede la Sorpresa de Octubre en 1980: un giro en las elecciones, pierde Carter y unas horas después de que Reagan jure su cargo, los rehenes son liberados. Esta Santa Alianza fue mencionada también en el libro America Held Hostage by Irán, escrito por el secretario de prensa de la Casa Blanca, Pierre Salinger.
11. Más trapos sucios saldrán con el escándalo Irán-Contra, en el que Reagan, a espaldas del Congreso, vende armas a Jomeini y con este dinero financia a los mercenarios antisandinistas, los Contra.
No se trataba de "teorías de conspiración", sino de conspiración de las élites de ambos países para garantizar la supervivencia del capitalismo en Irán y la hegemonía global de EEUU.
Borrando huellas
Los testigos presenciales del complot Yihadismo made in USA, fueron eliminados uno tras otro. Entre ellos:
El ayatolá Beheshti y el presidente de la teocracia Ali Rajaei mueren en dos atentados en 1981.
Sadegh Ghotbzadeh, apodado El Yerno de Jomeini, es ejecutado por Jomeini en 1982, acusado (falsamente) del intento de golpe de Estado.
Hossein Fardoust, jefe del Savak del Sha y de Jomeini, tras exterminar a la totalidad de la oposición del fascismo teocrático, es ejecutado el 18 de mayo de 1987, justo 12 días después de que su colega estadounidense William Casey, director de la CIA, "muera" de un infarto en la propia sede de la CIA, días antes de tener que comparecer ante el Comité de Inteligencia del Senado para declarar sobre el expediente Irán-Contra.
El agente del Mossad Amiram Nir pierde la vida en un accidente de helicóptero el 30 de noviembre de 1988, semanas antes del juicio del coronel Oliver North, por las operaciones encubiertas de EEUU en Irán.
La pantomima "antiterrorista yihadista" de EEUU y sus aliados, y la de "antiamericanismo" (que no "antimperialismo") de los yihadistas, además de destruir la vida de decenas de millones de personas y desmantelar a varios Estados, ha consolidado la hegemonía del capitalismo más militarista, y en Siria se ha dado el carpetazo al proyecto de un Nuevo Orden Mundial, auspiciado por China y Rusia.
Si el infierno existe, Carter ahora se habrá encontrado con Jomeini y Bin Laden.






