Primavera revolucionaria. La lucha por un mundo nuevo 1848-1849, de Christopher Clark1,
es una monumental historia de las revoluciones de 1848. Con un gran
estilo narrativo y un sugerente abordaje analítico de los
acontecimientos, este historiador ha sido capaz de reunir en cerca de
mil páginas, muy bien hiladas, conocimientos y nombres propios al
alcance de muy pocas personas. Se trata de un escrito tan deslumbrante
como por ello mismo apabullante, que genera la sensación de tener muy
poco que añadir a lo leído y mucho que aprender y releer una y otra vez
con lo relatado de manera pormenorizada. Deliberadamente, el libro se
apoya también en numerosas figuras y testimonios, como el futuro
canciller Otto von Bismarck, que tendrán su auténtico protagonismo más
tarde, si bien la narración de su experiencia en esos años ya nos
permite comprender sus futuras trayectorias y provee a este escrito de
cierta dimensión prospectiva. No creo que sea muy arriesgado profetizar
que esta obra se ha convertido ya en un clásico reciente para este
periodo.
Además, para comprender la complejidad y el mérito del libro, hay que
tener en cuenta que la oleada revolucionaria de 1848 es extremadamente
difícil de narrar a causa de la gran cantidad de territorios que
involucró y las múltiples conexiones e influencias que hubo entre ellos,
no siempre sincronizadas ni unívocas. Clark mismo señala que las
revoluciones de 1848 «se caracterizaron en todo momento por su multitud
de voces, su falta de coordinación y la superposición de muchos vectores
transversales de intención y conflicto»2.
Eso explica que en las primeras páginas se avise de que «debido a su
combinación de intensidad y extensión geográfica, las revoluciones de
1848 fueron únicas», aunque también se deja caer que fue «la única
revolución auténticamente europea que ha habido jamás». De hecho, y pese
a que en algún momento se informa de su impacto a escala mundial, se
podría aventurar que el verdadero sujeto oculto de esta portentosa
narración es la propia Europa, abordada aquí desde ángulos diversos pero
interconectados. El libro se aleja así de una historia –y sobre todo
una memoria– por lo general excesivamente galocéntrica en la narración
de estas revoluciones y otorga gran protagonismo a geografías a menudo
olvidadas o postergadas, como Valaquia o las islas Jónicas, donde el
británico Sir Henry Ward impulsó una represión brutal.
Al fin y al cabo, una de las grandes metas perseguidas consiste en el
intento (logrado) de reflejar la complejidad de esos episodios y evitar
reduccionismos o simplificaciones, como catalogar a estas revoluciones
simplemente de liberales o de nacionalistas. Para ello, la explicación
histórica también presta atención a movimientos como los radicales
socialistas de la época, los sacerdotes partidarios de la revolución,
como en Valaquia o en el Reino de las Dos Sicilias, o los luchadores por
la emancipación de los judíos en un contexto plagado de antisemitismo.
Asimismo, se trata el abolicionismo, sin restringirlo a una Francia que
prohibió oficialmente la esclavitud en 1848 (si bien no la erradicó por
completo en territorios como el África occidental francesa hasta 1905),
ya que también se acuerda de los intentos provisionalmente fallidos de
emancipar a los numerosos esclavos romaníes en Moldavia y Valaquia. Por
supuesto, el libro no se olvida de las luchas por los derechos de las
mujeres, sistemáticamente negados en las revoluciones de 1848 pese a la
activa participación e implicación política de ellas, incluso en las
calles y barricadas.
De esta manera, se proporciona un escorzo heterogéneo y vívido,
reforzado además por la inclusión de otros elementos como imágenes,
canciones o anécdotas del momento. Algunas de estas últimas son muy
curiosas y no poco interesantes, como el estallido de la revolución de
Palermo a inicios de 1848, anunciada unos días antes mediante notas
impresas por Francesco Bagnasco en solitario, pese a que las firmara
pomposamente en nombre de un inexistente Comité Revolucionario.
Solamente se agradecería una buena cronología con la que orientar a un
lector que fácilmente se pierde ante el inmenso aluvión de nombres y
acontecimientos interrelacionados de diferentes países que se explican y
a los que separa poco tiempo. De hecho, uno de los aspectos más
logrados del libro es su explicación de cómo ante las crisis políticas
que se iban desencadenando, las decisiones de los diferentes Estados
quedaban condicionadas por los repentinos acontecimientos que tenían
lugar en otros países.
Hay que tener en cuenta que la oleada revolucionaria afectó a toda
Europa y que, como recuerda Clark, numerosas palabras comunes resonaron
por todas partes (palabras como Constitución, libertad, libertad de
prensa, asociación y reunión, guardia civil o nacional o reforma
electoral), aunque también se debe decir que no en todos los países lo
hizo con la misma fuerza ni tampoco adquirió una auténtica dimensión
revolucionaria. El libro también se preocupa por resaltar esos casos
distintos y menos espectaculares, pero no por ello poco importantes. Por
ejemplo, el rey Guillermo ii supo
reaccionar con celeridad en Países Bajos y alejó la tormenta
revolucionaria gracias a la promulgación de una Constitución liberal.
Este país no evitó la crisis revolucionaria, sino que, como se explica,
consiguió «absorber con éxito e interpretar la crisis revolucionaria que
asolaba Europa». Algo semejante, si bien con menos concesiones
legislativas y con un mayor papel preventivo de la vigilancia y la
represión, sucedió en una Bélgica que 18 años antes ya había tenido su
propia revolución. Desde una óptica semejante, Clark estudia el caso de
Gran Bretaña con el fin de poner fin al mito de que no hubo un «1848
británico». Algo similar se podría decir de una España no olvidada en el
libro y donde ya en una fecha temprana como el 13 de marzo, Ramón María
Narváez impulsó una Ley de Poderes Extraordinarios que no impidió el
estallido de revueltas más tarde reprimidas. Se agradece que Clark no
caiga en interpretaciones excepcionalistas de la historia española y se
posicione frente al «supuesto caso especial ibérico que a veces se
sugiere en los libros, una España aislada por los Pirineos y encerrada
en un ciclo de contiendas civiles que la mantenía al margen de la vida
política del resto del continente».
Por ello, el libro no solo se desmarca de lecturas, por así decir,
meramente difusionistas, sino que pone de relieve que también la propia
historia local influyó en sus erupciones revolucionarias. Como se cuida
de especificar Clark:
las revoluciones no fueron causa unas de otras,
como las fichas en fila de un dominó hacen caer a las que siguen. Pero
tampoco fueron mutuamente independientes, porque estaban emparentadas,
arraigadas en el mismo espacio económico interconectado, y se
desarrollaban en órdenes culturales y políticos afines, impulsadas por
procesos de cambios sociopolíticos e ideológicos interconectados desde
siempre a escala trasnacional. Cuando estallaron las revoluciones en
1848, los efectos sincrónicos de propagación interactuaron con las
situaciones de inestabilidad.
Dicho de otra manera, la sincronía no se puede entender sin la propia
diacronía de cada uno de los territorios en cuestión. Cada una de las
revoluciones tuvo elementos en común, y también se despertaron mutuas
oleadas de simpatía y solidaridad, incluso de apoyo. No obstante, eso no
evitó que hubiera diferencias significativas, las cuales podían ir
desde los ritmos o la intensidad de los acontecimientos hasta los tipos
de demandas o de reacciones por parte de los gobiernos de turno. Por
ejemplo, la vía republicana emprendida en Francia no fue la mayoritaria
en Europa. Y eso por no hablar de la importante diferencia entre las
ciudades y un campo muchas veces desatendido o mal comprendido por los
revolucionarios. O de la difícil o imposible armonización de movimientos
nacionalistas que, por decirlo con Clark, ciertamente estimularon
nuevas solidaridades y cooperaron de manera destacada en numerosas
ocasiones, pero también desencadenaron no pocos recelos o
enfrentamientos muchas veces en nombre de un pasado mítico o
directamente imaginado. Un conflicto interesante fue el de
Schleswig-Holstein, que enfrentó a daneses y alemanes, adquirió una
repercusión europea y acabó por generar tensiones entre la Prusia de
Federico Guillermo iv y la alemana Asamblea Nacional de Fráncfort.
También se desataron conflictos entre los propios revolucionarios,
palabra que en verdad englobaba un amplio abanico de posiciones
ideológicas. Un factor conocido fueron los resultados de las elecciones
convocadas por ellos mismos y que mayormente favorecieron a liberales y
conservadores moderados. Eso condujo a desplazar la agenda social y a
conocidas crisis como las Jornadas de Junio de París, que podemos ver
como una revolución contra la propia revolución. Este alzamiento,
violentamente reprimido, estalló a raíz del cierre de los efímeros
talleres nacionales que debían dar respuesta al «derecho al trabajo»
enarbolado entonces, reconocido por el primer borrador de la
Constitución francesa de 1848 y finalmente revocado en su versión
definitiva. Como se sabe, a los pocos meses nuevas elecciones dieron el
poder a Luis Napoleón Bonaparte, con quien de paso se aplastó la
revolución romana en 1849 y quien más tarde instauró el Segundo Imperio
francés. Un caso complejo fue el austríaco, no solo restringido a la
insurrección vienesa, sino también directamente afectado por los
acontecimientos en Hungría, Chequia, Croacia y diversas partes de
Italia. En poco tiempo se llegaron a redactar dos Constituciones, la de
Kremsier y la de marzo, para volver a fines de 1851 a la situación
anterior por medio de la Patente de Nochevieja.
Por todo ello, se debería decir que, aunque el estallido de otras
revoluciones sin duda influyó bajo la forma más bien de desencadenantes,
las causas más profundas se deben buscar en la propia historia de cada
una de las geografías en cuestión. Eso explica su aparente espontaneidad
y también que se dedique gran parte del libro al periodo anterior a las
revoluciones de 1848, y que de este modo dé cuenta mejor de lo ocurrido
desde una pluralidad de precedentes tanto religiosos como económicos o
políticos, como las revueltas de Lyon a partir de 1831 en Francia, la de
los tejedores silesios en 1844, la de Galitzia en 1846, la guerra suiza
del Sonderbund de 1847 o, por supuesto, la oleada revolucionaria de
1830, la cual, si bien con menor fuerza y difusión, anticipó de algún
modo la de 1848. Para ello, Clark también hace ciertas incursiones en la
historia intelectual y se detiene en algunos influyentes pensadores de
la época, como Félicité Robert de Lamennais o Vincenzo Gioberti, así
como en historiadores que, sobre todo desde marcos nacionalistas,
ayudaron a suministrar relatos utilizados a lo largo de 1848, como
fueron los casos del italiano Michele Amari, del checo František Palacký
o del alemán Friedrich Christoph Dahlmann. En cambio, y más allá del
enormemente influyente Alphonse de Lamartine, el resto de la muy
importante historia revolucionaria recibe poca atención. Mientras que
esta historia ya había sido exitosamente cultivada en lustros anteriores
en Francia por figuras de primer orden como Adolphe Thiers o
François-Auguste Mignet, o en Inglaterra por Thomas Carlyle, no hay que
olvidar que justo en 1847 tanto Louis Blanc como Jules Michelet
publicaron el primer volumen de sus respectivas obras Historia de la Revolución Francesa. Ese mismo año salió también a la luz la Histoire des montagnards de
Alphonse Esquiros, en cuyo final escribió que la memoria de la
Revolución Francesa es «la columna de fuego que guía a las generaciones
errantes e indecisas en busca de una nueva tierra prometida»3.
Ahora bien, también respecto a las causas, Clark procura desmarcarse
de interpretaciones simples y problematiza la conexión directa entre la
economía y la política, o entre la pobreza y la insurrección
revolucionaria. Al respecto, remarca las diferencias entre «la geografía
del hambre en 1845-1847 y la geografía de la revolución de 1848-1849».
Además, explica que fueron las zonas de mayor hambruna de ese entonces
las que precisamente menos se movilizaron, y por ello llega a concluir
que «las revoluciones son acontecimientos políticos, procesos en que la
política goza de cierta autonomía. No son simplemente una consecuencia
necesaria de la presión acumulada por la aflicción y el resentimiento
dentro de un sistema social».
Eso seguramente explique que esta historia sea fundamentalmente de
carácter político y que funcione con especial brillantez en el complejo
relato de carácter «evenemencial» de lo acontecido en 1848. En cambio,
otros aspectos como la memoria no merecen una gran atención. Eso no
impide que, gracias al generoso despliegue de información que logra
Clark, esté reiteradamente presente a lo largo de la narración, o que se
afirme que «las revoluciones de 1848 estallaron en un mundo que
recordaba una época anterior de transformación» y que «desde los gorros
frigios y las escarapelas a los árboles de la libertad y las banderas
tricolor, los revolucionarios de toda Europa adornaron su empresa con
los símbolos y costumbres de la gran predecesora». Sin embargo, esas
relaciones con el pasado suelen ser más apuntadas o dichas de pasada que
propiamente analizadas o problematizadas, lo que quizá explique
ausencias en la bibliografía como el muy interesante libro Le procès de la liberté [El proceso de la libertad] de Michèle Riot-Sarcey4.
En este contexto se puede recordar que, en otro gran libro sobre las
revoluciones de 1848, Jonathan Sperber había ido más lejos y había
destacado que:
El factor más importante, si no el único, que configuró la doctrina política en la Europa de mediados del siglo xix
fue la herencia de la Revolución Francesa de 1789. La revolución había
creado la idea ahora familiar de espectro político, es decir, de colocar
las posiciones políticas en una escala de izquierda a derecha. Además,
las doctrinas políticas específicas de la década de 1840 se basaban en
cuestiones planteadas por la Revolución: a veces, las respuestas
propuestas se basaban a su vez en las ofrecidas por primera vez en la
década posterior a 1789; otras, surgían del deseo de ir más allá de las
soluciones ensayadas entonces. En cualquier caso, testimoniaron la
enorme influencia de la Revolución en la evolución del siglo xix5.
Es decir, la memoria de la Revolución Francesa, sentida por muchos
protagonistas como más próxima que la estrictamente más cercana en el
plano cronológico de 1830, se plasmó en una pluralidad de aspectos que
evidenciaron su influencia, tanto directa como indirecta. Por ello, no
está de más resaltar que la primavera revolucionaria de 1848 no solo lo
fue de hechos, sino también de recuerdos asimismo revolucionarios, que
conectaron con la gran ebullición emocional de ese momento. De unos
recuerdos vinculados a la memoria de la Revolución Francesa que se
exhibieron estéticamente (como por medio de la bandera tricolor, los
árboles de la libertad, los gorros frigios o los diferentes eslóganes y
canciones revolucionarias) y se caracterizaron por su amplia
transversalidad, tanto ideológica como geográfica. A fin de cuentas, esa
memoria fue marcadamente plural, tanto que la propia monarquía de
Orleans, de la mano de figuras centrales como François Guizot o Adolphe
Thiers, ya había buscado establecer previamente una relación productiva
con ella (y también con la de Napoleón, cuyas cenizas, a instancias del
propio Thiers, retornaron a Francia en 1840). El gobierno de Luis
Felipe, hijo de un conocido protagonista y a la vez víctima de la
Revolución Francesa como el llamado Felipe Igualdad, incluso había
aceptado la tricolor como la bandera nacional de Francia (mientras que,
por el contrario, la Constitución de su monarquía no era más que una
versión revisada de la Carta otorgada de Luis xviii).
En 1848 esa misma bandera fue objeto de litigio, pues muchos
revolucionarios reivindicaron una roja que simbolizaba las luchas
emprendidas en los lustros anteriores y que, sin embargo, fue
célebremente rechazada por Lamartine. Según lo señalado por Louis Ménard
en su Prologue d’une révolution [Prólogo de una revolución]
(1849), en un principio se prometió que, en compensación, se cambiaría
el orden de los colores, lo que al final nunca se materializó, y al poco
tiempo se proscribieron los gorros frigios (jacobinos) y la memoria de
17936.
Con ello se evidenciaba que no solo se admiraba la Revolución Francesa,
sino que también se temían algunos de sus recuerdos y legados. Por su
parte, la propia Marsellesa condujo a variadas disputas y, pese a ser
repetidamente entonada por muchos revolucionarios en todo el continente,
no fue aceptada por su carácter sedicioso como himno oficial francés, y
se prefirió escoger el hoy olvidado «Le chant des girondins» [El canto de los girondinos].
Así pues, la relación que a la hora de la verdad se estableció con
ese pasado no dejó de ser compleja, y estuvo atravesada tanto por
continuidades como por discontinuidades, tanto por admiración como por
no pocos temores, y también por no pocas discrepancias acerca de cuál
debía ser su legado para el presente. Por ello mismo, no hubo una sola memoria
de la Revolución Francesa sino varias, cada una con sus propias
narraciones e interpretaciones del pasado, que podían provenir de
perspectivas como las jacobinas, las liberales o también las
monárquicas. O, asimismo, de un cristianismo que en los lustros
anteriores a 1848 defendió interpretaciones de un Jesús proletario y se
entremezcló incluso con la memoria jacobina7.
También podían cultivarse desde una óptica feminista, representada sin
ir más lejos por figuras de primera línea como Jeanne Deroin8.
Un aspecto paradójico es que, cada uno a su manera y con sus límites,
tanto la monarquía de Orleans como la Segunda República Francesa, y más
tarde el Segundo Imperio de Napoleón iii,
compartieron su reivindicación de la Revolución Francesa, en este
último caso, como se explicitó en la Constitución de 1852, supeditada al
legado de Napoleón i. Es decir, tres regímenes políticos muy diferentes
apelaron cada uno a su manera a una «misma» memoria de forma simbólica
para legitimarse (si bien, como se suele decir, el diablo estaba en los
detalles). Por otro lado, y pasando de lo diacrónico a lo sincrónico, el
mismo recuerdo de la Revolución Francesa estuvo muy presente en el
resto de Europa a lo largo de 1848, aunque de una manera compleja y
problemática, no pocas veces meramente estética, y se podía amalgamar
con las propias tradiciones o recuerdos de los territorios respectivos.
Sin ir más lejos, el famoso lema «Libertad, igualdad, fraternidad»
resonó más allá de las fronteras del país galo. Incluso el segundo
principio inscrito al comienzo de la Constitución de 1849 de la efímera
República romana afirmaba en un claro guiño a esa memoria que «el
régimen democrático tiene por regla la igualdad, la libertad y la
fraternidad». Además, esa memoria también podía generar sus variantes, y
por ejemplo la asociación de trabajadores de Colonia, además de
recurrir a la bandera roja, usó como divisa la tríada «libertad,
fraternidad, trabajo»9.
Entre los carteles, proclamas u octavillas parisinos también circularon
variaciones como «Libertad, orden, reforma», «Libertad, igualdad,
fraternidad, unidad» o «Libertad, igualdad, fraternidad, solidaridad»10.
Ejemplos prácticos muy interesantes, y mencionados a lo largo del
libro, fueron la institución de Comités de Seguridad Pública y de
Guardias Nacionales (o Civiles) en diferentes partes de la geografía
europea. Además, en muchas partes, lo que se produjo fue una suerte de
mestizaje. Como recuerda Clark, en Croacia se mezclaron escarapelas y
banderas tricolor con gorros rojos y surkas (chaquetas tradicionales) azules.
Para acabar, esa memoria no solo fue recordada por sus actores o
partidarios, sino también por sus detractores o enemigos, quienes de
este modo se retroalimentaron. En el contexto transnacional de 1848 eso
podía servir para intentar desautorizar las ideas revolucionarias fuera
del país galo al presentarlas como francesas o foráneas. Por ejemplo, el
entonces influyente teólogo Ernst Wilhelm Hengstenberg denunció en
abril de 1848 que «los radicales de París han remodelado Alemania. En
todo, grande y pequeño, desde el ateísmo hasta las elecciones primarias,
desde las barricadas hasta la tricolor, estamos copiando exactamente el
modelo francés»11. El propio Federico Guillermo iv
de Prusia había alentado el mito de que la revolución alemana de marzo
de 1848 había sido un acontecimiento promovido y dirigido por
extranjeros, especialmente franceses. Estas pocas cuestiones, aquí
meramente esbozadas o apuntadas con gran brevedad, sirven para recordar
que la historia también está compuesta de memoria y que las dos se
entrecruzan de múltiples maneras. Al fin y al cabo, lo sucedido en 1848
destacó no solo por una gran complejidad histórica, magistralmente
explicada por Clark, sino también por una gran complejidad memorística.
Curiosamente, la propia cuestión de la memoria, si bien desde una
óptica más prospectiva que retrospectiva, se encuentra a su manera muy
presente en el libro, pues este no pretende ser solo una historia de
1848, sino también una suerte de reivindicación de lo acaecido ese año.
Por un lado, Clark desliza bastantes analogías o paralelismos entre ese
pasado y el presente. Por el otro, porque, siguiendo la línea de otros
autores como Jonathan Sperber, el libro desafía la retórica del
«supuesto fracaso de 1848». Frente a la fugacidad de los acontecimientos
históricos revolucionarios, Clark pone de relieve la perdurabilidad de
unas cuantas de sus conquistas. Para empezar, porque el triunfo de la
contrarrevolución no significó el regreso al statu quo
prerrevolucionario. De hecho, afirma Clark, el orden posrevolucionario
habría sido tan eficaz «a la hora de controlar el terreno intermedio de
la política, que consiguió marginar tanto a la izquierda democrática
como a la vieja derecha». Por ello, recalca, incluso los conservadores
se tuvieron que adaptar en muchos casos a un nuevo escenario
constitucional o parlamentario que supuso no pocos cambios y posibilitó
otros en el futuro. Todo ello redundó en una profunda transformación en
las prácticas políticas y administrativas de todo el continente,
derivando en lo que en el libro se llega a denominar una «revolución
gubernativa europea». Además, Clark destaca la relevancia de la
redacción de muchas nuevas constituciones en esos años. Algunas efímeras
e infecundas, pero otras no tanto, como el piamontés Statuto Albertino
que luego serviría de base para el futuro Estado italiano. Por otro
lado, otras no muy conocidas, como la valaca Proclamación de Islaz de
1848 y la Constitución de la República romana de 1849, destacaron por
ser las primeras en abolir la pena de muerte. Un caso remarcable fue el
de Dinamarca, país que habría protagonizado en 1849 una «revolución
constitucional» que transformó la monarquía absolutista anterior en una
de «las culturas políticas más democráticas del mundo» y cuya
influencia, vía reformas constitucionales intermedias, llega hasta el
presente. Todavía hoy, el 5 de junio es un día festivo en Dinamarca que
recuerda el día de la Constitución de 1849.
Un detalle interesante es que esta reivindicación de Clark, que
podríamos calificar más de histórica que de política, se sustenta en una
visión reformista. Del libro parece concluirse que las revoluciones más
exitosas fueron aquellas que supieron canalizar el impulso
revolucionario hacia vías reformistas y constitucionales. Los mejores
ejemplos serían seguramente los citados de Dinamarca e incluso Países
Bajos, donde en verdad la reacción gubernamental pareció ser más bien
preventiva. En cambio, las revoluciones más osadas fueron ahogadas y las
nuevas repúblicas, como la francesa o la romana, derrocadas al poco
tiempo.
Por ello, sería interesante ahondar en esta perspectiva de Clark, y
también complementarla con una lectura más desde la memoria que desde la
historia, el lugar en el que preponderantemente se mueve el libro. Para
empezar, no hay que olvidar que la importancia de las revoluciones de
1848 ya había sido anteriormente recordada y reivindicada por numerosos
historiadores, como se vio durante la celebración de su
sesquicentenario. Antes Maurice Agulhon había comenzado su libro
dedicado a Les quarante-huitards [Los del 48] (1975) señalando
que «1848 nos parece una revolución olvidada, o menospreciada, por la
inmensa mayoría de nuestros contemporáneos, y nos parecía que allí había
una injusticia, una pendiente que remontar, o una reputación que
reconstruir»12. Se trata de una tesis repetida en diversas ocasiones y que ha desembocado en estudios como 1848, la révolution oubliée [1848, la revolución olvidada] (2009) de Michèle Riot-Sarcey y Maurizio Gribaudi o está presente en otros como Quand la republique était révolutionnaire. Citoyenneté et répresentation en 1848
[Cuando la república era revolucionaria. Ciudadanía y representación en
1848] (2014) de Samuel Hayat, obra cuya cronología se centra
sintomáticamente en lo acontecido hasta junio de 1848.
Por ello, no está de más resaltar que, pese a los reiterados
esfuerzos historiográficos, 1848 en el ámbito público se ha seguido
caracterizando por cierta «desherencia» a escala internacional (mientras
que su recuerdo todavía permanece bastante vivo a escala nacional en
países como Dinamarca o Hungría, cuyo día nacional, celebrado el 15 de
marzo, hace referencia al estallido de la revolución de 1848 en
Budapest).
Paradójicamente, se podría decir que la Revolución Francesa fue una
historia preponderantemente nacional que logró generar una gran memoria
de alcance internacional, mientras que las revoluciones transnacionales
de medio siglo después no han podido ir más allá de memorias nacionales,
en plural, cada una con sus propios relatos, recorridos y conflictos, a
su manera ligados por ejemplo al Sonderweg alemán o al Risorgimento italiano13. Una derivación curiosa fue que en italiano la expresión «fare un quarantotto» se convirtió en sinónimo de causar un gran desorden o confusión.
Además, y a causa del galocentrismo de la memoria revolucionaria a lo largo del siglo xix,
la experiencia de 1848 se asoció tempranamente a la decepción padecida
en Francia. De ahí que ese año no posea ningún símbolo equivalente a los
de la Bastilla, la Marsellesa, la Tricolor o la famosa tríada
revolucionaria «Libertad, igualdad, fraternidad». De hecho, la mayoría
de los que empleó fueron directa o indirectamente prestados y no supo
generar ninguno con un impacto semejante a escala internacional. Eso
explica que, aunque la memoria de 1848 no dejara de tener sus
partidarios, la de la primera Revolución Francesa continuara siendo la
más importante en el país galo y fuera la principal tanto durante la
Comuna parisina de 1871 como durante la Tercera República Francesa. Como
se sabe, los principales símbolos nacionales franceses todavía enlazan
hoy en día con los hechos de 1789. Y es que a veces los pasados lejanos
pueden ser los más próximos desde el punto de vista emotivo.
Respecto a la tesis del fracaso, también hay que tener en cuenta que
las opiniones negativas vertidas hacia las revoluciones de 1848, y que
en muchos casos convendría englobar bajo el rótulo de la decepción,
provinieron de figuras que con el tiempo se consolidaron como personajes
de primer orden en la historia política y, en concreto, de la
revolucionaria. Tal es el caso de Karl Marx, Friedrich Engels,
Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin e incluso Louis Auguste Blanqui.
Un problema decisivo fue que en 1848 se abrieron horizontes de ruptura
tan grandes y esperanzadores que su desenlace posterior, con episodios
tan determinantes y significativos para la memoria revolucionaria como
las Jornadas de Junio, condujo a una terrible desilusión, la cual se
plasmó incluso en desafecciones a la misma creencia en la revolución,
hasta que el estallido de la Comuna de París en 1871 condujo a su
posterior reactivación. Pese a que se trató de un acontecimiento mucho
más local y fue rápidamente aplastada y, por tanto, en muchos sentidos
un fracaso, la experiencia communarde se convirtió en un
símbolo de referencia y de esperanza a escala internacional que
contrastó vivamente con los procesos de 1848.
Por ello mismo, mientras que la primera pasó a ser ampliamente
reivindicada por referentes revolucionarios como Marx, Engels o Bakunin,
la segunda quedó por contraste reducida a ese estatuto de farsa, o de traición según el anarquista ruso, con el que se la asoció de manera exagerada a causa de las célebres líneas iniciales de la obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte.
La posteridad de 1848, al menos en términos de memoria, fue mucho menos
fructífera que la de 1789 o 1871.Por ello, la revolución de 1848, sobre
todo analizada desde la óptica francesa, fue presentada de diversas
maneras como una gran lección para los revolucionarios; esta debía
servir para comprender que la revolución no podía ser meramente
política, sino que también debía atreverse a ser social; debía atreverse
a ser ambiciosa y audaz y escapar a la imagen de impotencia; debía
comprender que la burguesía ya no formaba parte de los movimientos
revolucionarios y que, como mostraron las Jornadas de Junio, podía
reprimir a la clase obrera en beneficio de sus propios intereses; y,
finalmente, no debía caer en ficciones políticas como la de la
fraternidad, celebrada pomposamente como festivo en Francia el 20 de
abril de 1848 y que congregó tres días antes de las elecciones cerca de
un millón de personas, sino que, por decirlo con Marx, debía comprender
la lucha revolucionaria desde otros marcos, sobre todo desde la lucha de
clases.
Todo eso no impidió que, de todos modos, como en el caso de Marx, se
reivindicara a ciertos revolucionarios de 1848, como los sublevados en
las Jornadas de Junio, pero su memoria quedó opacada por sus vencedores.
Por cierto, el propio pensador alemán interpretó en parte las otras
revoluciones coetáneas desde la óptica de la francesa y por ejemplo
definió la berlinesa como una «parodia de 1789»14.
Sin duda, la lectura de Clark sirve para problematizar con
profundidad y brillantez toda esta visión desde la historia, aunque el
estudio de estas cuestiones también ayuda a comprender el (reducido)
papel que, con algunas excepciones como las comentadas, las revoluciones
de 1848 tienen en la memoria contemporánea. Con ello, pues, esta obra
también puede ser provechosamente utilizada para ahondar en el
sempiterno debate entre la historia y la memoria, especialmente
interesante a lo largo de estos convulsos episodios del pasado. A fin de
cuentas, su libro es un magnífico ejemplo de cómo hacer una muy buena
historia, así como una referencia en lo sucesivo ineludible para
comprender en su complejidad esa oleada revolucionaria desde una óptica
transnacional.