Introducción
En las dos últimas décadas, el poder ya no
se mide únicamente por el número de tanques o el tamaño de la economía,
sino que el control del flujo de información y la gestión de la
conciencia colectiva se han convertido en el frente más importante de
los conflictos internacionales. En este contexto, Estados Unidos ha
emergido como una potencia hegemónica no solo sobre las infraestructuras
de los medios de comunicación globales, sino también sobre la
ingeniería de las narrativas que configuran la comprensión que los
pueblos tienen del mundo que los rodea. Esta investigación parte de una
pregunta fundamental: ¿cómo utiliza Estados Unidos las plataformas
mediáticas, tradicionales o digitales, como herramientas estratégicas
para controlar las agendas que llegan al público mundial y crear
escenarios continuos y cambiantes que sirven a sus intereses
geopolíticos?
La importancia de esta investigación
reside en que supera el tratamiento superficial del tema de la
“propaganda” para adentrarse en los mecanismos complejos y sofisticados
mediante los cuales se gestionan hoy la desinformación y la fabricación
de ilusiones a escala global. Ya no estamos ante modelos tradicionales
de censura o de difusión de información engañosa, sino ante una
“arquitectura del escenario” integral: la narrativa se diseña en centros
de investigación; se recluta para ella a académicos, analistas y
periodistas que aparecen como voces independientes; se difunde a través
de canales por satélite financiados por gobiernos y comercializados como
tribunas neutrales; y luego se amplifica mediante los algoritmos de las
plataformas de redes sociales controladas por las empresas de Silicon Valley, hasta transformarse en una “verdad” digital adoptada por millones.
La problemática que aborda esta
investigación consiste en desmontar este sistema integrado y revelar la
contradicción flagrante entre el discurso de la “libertad de prensa” y
la “independencia de las plataformas” que Washington promueve, y la
práctica real basada en el control ingenieril de las mentes. Mientras
otros Estados son acusados de poseer aparatos mediáticos
propagandísticos, Estados Unidos administra un sistema más astuto y más
perverso, porque no aparece como actor directo, sino que crea la
impresión de que el ruido artificial en torno a un acontecimiento
determinado es una expresión orgánica de la “opinión pública mundial” o
de una “insurrección popular inevitable”.
Irán no ha sido un caso pasajero dentro de
esta estrategia, sino que ha representado un laboratorio vivo para
probar las hipótesis de la guerra psicológica mediática estadounidense
durante cuatro décadas. Desde el escenario del “sistema al borde del
colapso”, renovado constantemente, hasta el escenario de la “victoria
aplastante” que acompañó el asesinato del mártir Qasem Soleimani,
pasando por la sinfonía de “mujer, vida, libertad”, en la que se utilizó
un sufrimiento humano real como combustible para una maquinaria de
descomposición del Estado, nos encontramos ante un modelo flagrante de
cómo se emplean las plataformas mediáticas en la batalla por el control
de la percepción.
En todas estas estaciones se repitió la
misma escena: investigadores, académicos y periodistas aparecían en las
pantallas para repetir escenarios idénticos sobre divisiones internas,
colapso económico y derrota estratégica, mientras los algoritmos
impulsaban esas narrativas hasta la primera línea del escenario digital.
Esta investigación, a través de sus cuatro
apartados, busca alcanzar tres objetivos principales. El primero es
establecer una fundamentación teórica e histórica para comprender el
fenómeno de la hegemonía mediática estadounidense, rastreando sus raíces
en las teorías críticas de la comunicación y su evolución desde los
comités de propaganda de la Primera Guerra Mundial hasta las actuales
salas de operaciones de la desinformación digital. El segundo es
desmontar los mecanismos contemporáneos mediante los cuales opera este
sistema, desde los canales por satélite diseñados específicamente para
penetrar los espacios mediáticos de los Estados objetivo hasta las
plataformas de redes sociales, que se han transformado de espacios de
diálogo en brazos de inteligencia capaces de construir tendencias e
implantar sentimientos de desesperanza, derrota y abandono. El tercero
es presentar un estudio de caso profundo sobre la campaña mediática y
psicológica continua contra Irán como modelo revelador que muestra cómo
funciona este sistema sobre el terreno y cómo pasa de un escenario a
otro con asombrosa fluidez para mantener la presión psicológica sobre el
público objetivo.
Adentrarse en este tema no representa un
lujo académico, sino una necesidad nacional y civilizacional. En un
mundo en el que la información se ha convertido en arma, la capacidad de
desmontar los mecanismos de la desinformación se vuelve una condición
fundamental para la soberanía y la independencia. Esta investigación se
dirige al lector árabe que se encuentra sumergido en un torrente de
narrativas contradictorias y que necesita herramientas analíticas que le
permitan formular la pregunta correcta: ¿quién dice esto?, ¿por qué lo
dice ahora?, ¿quién se beneficia de que lo creamos? Recuperar la
conciencia crítica, en una época de monopolio de la narrativa, es el
primer paso en el camino de la liberación frente a la hegemonía blanda
que intenta secuestrar nuestras mentes antes que nuestra tierra.
Marco teórico e histórico de la hegemonía mediática estadounidense
Los fundamentos teóricos del imperialismo mediático
La acción mediática estadounidense se
apoya en una base teórica sólida, que puede rastrearse a través de las
teorías críticas de la comunicación. La teoría del imperialismo
cultural, tal como la formuló Herbert Schiller en la década de 1970,
ofrece un marco explicativo central. Schiller sostiene que la hegemonía
occidental, y específicamente la estadounidense, no se basa solo en la
superioridad militar y económica, sino también en la capacidad de
moldear la conciencia mundial e imponer estilos de vida, valores y
símbolos culturales.
En este contexto, los productos mediáticos
se transforman de simples mercancías de consumo en herramientas
estratégicas para crear una “conciencia dependiente” al servicio de los
intereses del centro imperial. Este “centro”, representado por
Washington, Hollywood y Silicon Valley, produce y
controla el flujo de noticias, información y entretenimiento, mientras
que la “periferia”, es decir, los países del mundo en desarrollo, se
convierte en receptora pasiva de esos materiales, lo que conduce a la
erosión de su identidad cultural y de su independencia intelectual.
La teoría de la agenda-setting completa
esta visión, al afirmar que los medios quizá no logren dictar a la
gente qué debe pensar, pero sí consiguen en gran medida dictarle sobre
qué debe pensar. Mediante la concentración en determinados asuntos y la
omisión de otros, las plataformas mediáticas determinan las prioridades
del público y configuran sus percepciones de la realidad. Cuando un
único actor, como Estados Unidos, controla la infraestructura de estas
plataformas y el flujo de contenidos a través de ellas, posee la
capacidad de ajustar la “agenda mundial” de acuerdo con las exigencias
de su seguridad nacional y sus intereses geopolíticos. Este control no
significa únicamente iluminar aquello que Washington desea destacar,
sino también oscurecer y marginar deliberadamente otros asuntos, como
las violaciones de derechos humanos en sus zonas de influencia o las
catástrofes humanitarias de las que podría ser responsable, creando así
un espacio público mundial deformado.
Por su parte, la teoría del “cultivo de la
opinión pública”, desarrollada por George Gerbner, lleva el análisis
hacia la profundidad del efecto producido por la exposición prolongada a
los medios. La teoría presupone que la exposición constante a los
mensajes mediáticos, especialmente televisivos, no influye solo en las
opiniones sobre asuntos concretos, sino que “cultiva” en la mente de los
espectadores percepciones generales sobre el mundo. Por ejemplo, la
representación reiterada del mundo exterior como un lugar peligroso,
caótico y lleno de amenazas crea en el público estadounidense y mundial
un sentimiento de miedo e inseguridad que justifica intervenciones
militares y políticas exteriores agresivas. Este cultivo no ocurre
únicamente a través de las noticias, sino que penetra en dramas,
películas y series, donde el modelo del “villano” se presenta en moldes
culturales y étnicos determinados, a menudo rusos, chinos, iraníes o de
Oriente Medio, preparando así a la opinión pública para enemistades
futuras dictadas por la política exterior.
Teorías como la espiral del silencio y la
dependencia de los medios ofrecen una explicación adicional de los
mecanismos psicológicos y sociales que hacen efectiva la hegemonía
mediática. La teoría de la espiral del silencio, formulada por Elisabeth
Noelle-Neumann, explica cómo los individuos que perciben que sus
opiniones son minoritarias y temen el aislamiento social se abstienen de
expresarlas, mientras que la mayoría percibida se atreve a manifestar
su opinión. Dado que los medios son la fuente principal para determinar
qué se considera opinión mayoritaria, controlarlos significa tener la
capacidad de silenciar las voces contrarias a las políticas
estadounidenses, no por la fuerza, sino empujando a sus portadores a
creer que están aislados y derrotados. La teoría de la dependencia, por
su parte, indica que cuanto mayor es la dependencia del público respecto
de los medios para comprender el mundo, mayor es la influencia de esos
medios sobre él. En crisis y guerras, cuando aumenta la necesidad de
información, el público se vuelve más vulnerable a la influencia total
de la narrativa ofrecida por las fuentes mediáticas dominantes.
Las raíces históricas de la maquinaria propagandística estadounidense
El control estadounidense del espacio
mediático no nació en el momento digital, sino que es resultado de una
acumulación histórica vinculada a la construcción de la “máquina”. Sus
comienzos pueden remontarse al Comité Creel durante la Primera Guerra
Mundial, que fue la primera institución oficial estadounidense de
propaganda gubernamental. En solo siete meses, el comité logró
transformar la opinión pública estadounidense desde el aislacionismo
hacia el entusiasmo por la guerra, utilizando todos los medios
disponibles: carteles, discursos y películas. La lección aprendida fue
clara: la opinión pública puede ser eficazmente diseñada si se controla
el flujo de información.
Esa lección no murió con el fin de la
guerra, sino que se desarrolló durante la Guerra Fría hasta convertirse
en un aparato más complejo y extenso. En 1947 se creó la Agencia Central
de Inteligencia —CIA—, que desempeñó un papel central en la
financiación y gestión de operaciones psicológicas y de guerra cultural
contra la Unión Soviética. Mediante proyectos secretos, la CIA financió
revistas literarias, exposiciones artísticas y conferencias
internacionales, no con un objetivo puramente cultural, sino para
enfrentar el avance comunista y promover el modelo de modernidad liberal
estadounidense como alternativa superior.
La culminación de este esfuerzo fue la fundación de Radio Free Europe y Voice of America,
que se convirtieron en dos herramientas principales para difundir
propaganda estadounidense a través del Telón de Acero. Estas emisoras no
eran simples ventanas informativas, sino laboratorios de producción de
escenarios de largo plazo, destinados a sembrar dudas sobre los sistemas
comunistas, filtrar información —verdadera o fabricada— sobre la
corrupción de las élites gobernantes y amplificar cualquier
manifestación de oposición interna, contribuyendo así a crear una base
psicológica preparada para el posterior colapso de esos sistemas. Esta
experiencia refinó una enorme pericia en el uso de los medios para
socavar a distancia un Estado objetivo, modelo que fue desarrollado y
actualizado de forma continua.
Tras el final de la Guerra Fría, y con el
ascenso del concepto de “globalización”, la maquinaria mediática
estadounidense entró en una nueva etapa de hegemonía blanda. La cadena
CNN representó un modelo revolucionario con su cobertura de la primera
guerra del Golfo en 1991, al fundar el concepto de “televisión de
realidad en directo”. Pero esa cobertura, pese a su deslumbrante
carácter técnico, estuvo sometida a una estricta censura militar y
presentó la guerra como un espectáculo tecnológico limpio, carente de
sangre y de víctimas civiles. Este modelo, al que algunos denominaron
“efecto CNN”, mostró cómo un único canal informativo podía convertirse
en referencia diplomática mundial, imponer el ritmo de los
acontecimientos y determinar los términos del debate público: misiles
inteligentes, objetivos militares, daños colaterales. Fue un momento
fundacional para una legitimidad mediática estadounidense global sin
igual.
Con la invasión de Irak en 2003 apareció
una táctica completamente nueva: el “periodismo integrado”. Mediante la
integración de cientos de reporteros en unidades militares, el Pentágono
logró un control sin precedentes de la narrativa. El reportero pasó a
formar parte de la unidad militar: vivía con ella, comía con ella,
adoptaba sus miedos y preocupaciones. Esto condujo a una cobertura
informativa plenamente empática con los soldados y emocionalmente
sesgada hacia su relato. Esta táctica, presentada bajo el lema de la
transparencia y el acceso directo, fue en esencia una herramienta de
autocensura y orientación extremadamente eficaz, en la que el periodista
se transformó inconscientemente en altavoz de la propaganda militar.
Este legado histórico de lecciones y tácticas no desapareció, sino que
fue absorbido y reproducido de forma más sofisticada en el entorno
digital contemporáneo.
Mecanismos contemporáneos de control en el espacio mediático tradicional y nuevo
Canales por satélite e ingeniería de la infraestructura de la noticia
Con el declive de la Guerra Fría, los
canales informativos por satélite de veinticuatro horas emergieron como
los nuevos campos de batalla de las mentes. Estados Unidos no se limitó a
exportar su contenido a través del gigante CNN, sino que adoptó una
estrategia más astuta basada en invertir en la creación de alternativas
locales y árabes que parecieran “independientes”. La creación de canales
como Alhurra en 2004, dirigido al mundo árabe, encarna este modelo. El
canal fue fundado con financiación directa del Gobierno estadounidense,
pero se presenta como una plataforma informativa objetiva. El objetivo
estratégico no era solo competir en audiencia, sino crear una “narrativa
contraria” que penetrara el espacio mediático árabe y presentara el
relato estadounidense con voz e imagen árabes, otorgándole así mayor
credibilidad ante el público objetivo. Esta estrategia se basa en el
principio de “inoculación mediática”: exponer al público a dosis
calculadas del relato estadounidense a través de canales que parecen
neutrales, para inmunizarlo frente a lo que Washington considera
“desinformación mediática” procedente de sus adversarios.
Paralelamente a la creación de canales,
Washington ejerce fuertes presiones para reformular el espacio de
radiodifusión por satélite en los Estados objetivo. En Afganistán, se
financiaron redes locales de radio y televisión para difundir mensajes
contrarios a los talibanes y favorables al Gobierno central. Esta
ingeniería del panorama mediático no significa solo apoyar a aliados,
sino también ejercer presiones diplomáticas y financieras sobre los
Gobiernos para silenciar o estrechar el cerco sobre plataformas
mediáticas contrarias a la política estadounidense, como RT o Press TV
iraní, que se enfrentan continuamente a campañas para retirarles
licencias, prohibirlas o acusarlas de injerencia en los asuntos internos
de los Estados occidentales.
Junto a los canales de espionaje blando y
la ingeniería del espacio mediático aparece el “filtrado estratégico” de
información. Las agencias de inteligencia y altos responsables de la
Administración estadounidense filtran información sensible, y a veces
engañosa, a periodistas “de confianza” en grandes cadenas. Este método
logra varios objetivos a la vez: concede enorme credibilidad a la
historia porque procede de una fuente que parece independiente; prueba
las reacciones ante una política determinada antes de anunciarla
oficialmente; dirige al público hacia una interpretación concreta de los
acontecimientos; y permite a los responsables negar posteriormente lo
filtrado si es necesario. Esta interdependencia orgánica entre la gran
institución mediática y sus fuentes gubernamentales convierte al canal
en plataforma de lanzamiento de señales y escenarios al servicio de la
política exterior bajo la máscara de la “exclusiva periodística” y la
“revelación de lo oculto”.
Las plataformas de redes sociales como brazos de inteligencia y psicológicos
El ascenso de Silicon Valley representa un salto cualitativo en la capacidad de Estados Unidos para controlar la narrativa mundial. Empresas como Facebook, Twitter, Google —YouTube— e Instagram no
son simples plataformas comerciales, sino que se han convertido en
infraestructura global del espacio público digital. El control
estadounidense de esta infraestructura le concede capacidades que
ninguna potencia imperial tuvo en la historia.
La primera de estas capacidades es el
control de los algoritmos. Estos algoritmos, diseñados para maximizar la
interacción y la recopilación de datos, determinan, de forma no
intencionada o quizá intencionada, lo que ven los usuarios en todo el
mundo. Diversas investigaciones han mostrado que tienden a amplificar el
contenido emocional, polémico y divisivo. Cuando Washington apunta
contra un Estado determinado, ciertos patrones de amplificación pueden
empujar el contenido que llama a la desesperanza, la derrota y la
división interna hacia la primera línea del escenario, mientras marginan
el contenido que llama a la resistencia o al orgullo nacional. Esto no
ocurre mediante una decisión política declarada, sino a través de la
supuesta “neutralidad de la máquina”.
La segunda capacidad, y la más peligrosa,
es la coordinación directa entre las plataformas y los aparatos del
Estado. Las filtraciones de Edward Snowden en 2013 revelaron programas
como PRISM, que conceden a la Agencia de Seguridad Nacional acceso
directo a los servidores de los gigantes tecnológicos. Esta coordinación
no se limita a la recopilación de información de inteligencia, sino que
se extiende a las operaciones psicológicas. En el contexto de
operaciones contra Irán, esta relación puede permitir filtrar
contenidos, aplicar shadow banning a influencerspartidarios
de Teherán y facilitar la difusión de cuentas falsas y redes de
amplificación gestionadas por agencias de inteligencia, con el objetivo
de inundar el espacio digital iraní y árabe con narrativas concretas
sobre caos y derrota.
Esto se encarna claramente en el modelo de
los “influencers fabricados”. Las agencias estadounidenses, mediante
empresas pantalla y sitios web falsificados, construyen personajes
digitales completos: periodistas, analistas políticos, activistas e
incluso estudiantes. Estas personalidades son desarrolladas durante
meses o años en plataformas como Twitter y Facebook para
construir credibilidad y seguidores reales. Cuando estalla una crisis,
se activa esta red para funcionar como una enorme cámara de eco que
repite la narrativa requerida —por ejemplo, “el sistema iraní está a
punto de colapsar”— mediante miles de tuits, análisis, imágenes
fabricadas y vídeos sacados de contexto, creando una ilusión de impulso
popular e incapacidad oficial. Estos ejércitos electrónicos, que el
público cree voces independientes, son en realidad brazos sofisticados
de la guerra psicológica.
Finalmente, aparece el papel de la manipulación diaria mediante tendencias y etiquetas —hashtags—. Los brazos cibernéticos pueden impulsar una etiqueta determinada, como #Irán_se_derrumba,
hasta convertirla en tendencia mundial mediante actividad coordinada de
cuentas automatizadas. Esta tendencia aparece ante millones de usuarios
reales como expresión de una opinión pública orgánica, lo que los
arrastra a participar en ella o, al menos, a creer que está ocurriendo
un gran acontecimiento. Este círculo cerrado transforma el escenario
fabricado en una realidad digital tangible que afecta a la moral del
interior iraní y moldea las percepciones de inversores y diplomáticos en
el exterior. Así, la plataforma se transforma de espacio de diálogo en
arma estratégica para la ingeniería de la percepción colectiva en
tiempos de guerra híbrida.
Fabricación de escenarios cambiantes y estrategia de guerra psicológica permanente
Arquitectura del escenario: de la construcción a la difusión
La esencia de la estrategia mediática
estadounidense no reside en difundir una noticia o un análisis concreto,
sino en crear lo que puede llamarse una “arquitectura del escenario”.
Se trata de un proceso dinámico y continuo de construcción de una
realidad paralela que se adapta a los acontecimientos y se pliega al
servicio del objetivo estratégico final. Este proceso comienza en la
“sala de escenarios” de los centros de investigación y agencias de
inteligencia, donde se diseña un escenario principal, por ejemplo: “la
presión máxima conduce al colapso interno del sistema”. Este escenario
no es una mera orden de seguridad, sino un plan detallado alrededor del
cual se construyen escenarios secundarios en permanente cambio. Si se
producen protestas económicas, se difunde el escenario de la “revolución
de los hambrientos”. Si estallan protestas femeninas, se difunde el
escenario de la “insurrección de la libertad”. Si ambas coinciden, se
fusionan en el escenario de la “gran insurrección nacional”. Esta
adaptación constante garantiza que la narrativa permanezca viva e
interactiva, y no sea simple propaganda rígida.
Tras diseñar el escenario llega la fase
del “relleno humano”, es decir, el reclutamiento de agentes locales que
encarnarán la narrativa. Estos no son necesariamente espías, sino
investigadores, académicos, periodistas y analistas políticos; algunos
actúan por convicción ideológica y otros mediante incentivos financieros
o profesionales. Se los apoya con becas, estancias de investigación,
invitaciones a congresos y subvenciones para escribir estudios alineados
con el escenario requerido. Estas personas se convierten en los
“testigos fiables” a los que acogen los medios. Cuando un analista de
Teherán aparece en Iran International —financiada por Arabia
Saudí y Estados Unidos, y emitida desde Londres— y habla con seguridad
de inminentes deserciones en la Guardia Revolucionaria, no es un simple
analista, sino un elemento activo en la encarnación del escenario de la
“descomposición del sistema”. Esta capa de agentes concede a la
narrativa un cuerpo humano y una credibilidad local que la propaganda
estadounidense directa no podría ofrecer.
Para conferir un carácter científico y
objetivo a estos escenarios, se los alimenta con “estadísticas
fabricadas” y centros de investigación ficticios. De repente aparecen
“centros de estudios” e “instituciones de sondeo” con nombres
resonantes, que publican informes periódicos con cifras y estadísticas
al servicio del escenario. Por ejemplo, pueden publicar un estudio que
afirme que el 80% de las fuerzas armadas está dispuesto a desertar, o
que la inflación ha alcanzado cifras astronómicas varias veces
superiores a las estimaciones oficiales. Estos informes, diseñados
profesionalmente, encuentran rápidamente su camino hacia los grandes
medios, que los citan como pruebas concluyentes, y son difundidos en
redes sociales como verdades aceptadas, creando una sólida base de
“conocimiento” construida sobre arena.
Técnicas de difusión y generalización de la ilusión
Tras construir el escenario y reclutar a
sus actores, llega la fase de difusión y distribución, sometida a
técnicas específicas para maximizar el efecto psicológico. La primera de
estas técnicas es la “confirmación de la gran mentira”: un método
basado en difundir historias falsas a gran escala y de forma simultánea a
través de múltiples plataformas hasta convertirlas en realidad social
por la fuerza de la repetición. Cuando cinco canales por satélite,
treinta cuentas de analistas y cientos de cuentas falsas difunden la
misma historia fabricada sobre “la huida al extranjero de tal
responsable”, el espectador, incluso si es escéptico, se encuentra
rodeado por ese relato desde todos los lados, lo que finalmente lo
empuja a aceptarlo como cierto o, al menos, a dudar del relato
contrario.
La segunda de estas técnicas es el
“acontecimiento falso”. En ocasiones, no basta con amplificar
acontecimientos reales, sino que se fabrican acontecimientos completos.
Pueden consistir en una grabación de audio manipulada —algo que se ha
desarrollado enormemente en los últimos tiempos gracias a la
inteligencia artificial—, un documento filtrado falsificado o una
llamada telefónica preparada y filtrada. Pero lo más común es invertir
en un pequeño acontecimiento real y amplificarlo hasta dimensiones
míticas mediante multitudes en internet. Una pequeña manifestación de
decenas de personas, si se filma con ángulos profesionales, se vincula a
etiquetas mundiales y es cubierta por los medios por satélite como
“noticia urgente”, se transforma en la percepción mundial en una
“insurrección popular de millones”. Este acontecimiento falso se
convierte en la noticia, y la negación del sistema se convierte en una
prueba adicional, dentro del escenario preparado de antemano, de su
“confusión y mentira”.
La tercera técnica, y la más sofisticada,
se basa en explotar la cultura de la “sátira” y el entretenimiento
político. La guerra psicológica ya no se presenta únicamente en serios
boletines informativos, sino que se envuelve en formatos satíricos,
memes y vídeos cortos en TikTok e Instagram. El diseño
de estos materiales busca transformar cuestiones políticas complejas en
una “broma” popular que se difunde a velocidad extraordinaria entre los
jóvenes. Burlarse de un dirigente político o representarlo como una
figura caricaturesca derrotada es un método más letal que cualquier
informe informativo, porque esquiva la razón crítica y se instala en el
inconsciente como verdad asumida. Aquí, cada joven que huye del
aburrimiento se convierte en transmisor inconsciente de propaganda,
participando en la profundización del sentimiento de desesperanza,
abandono e insignificancia del Estado nacional.
Estudio de caso: Irán
La sinfonía de la guerra psicológica mediática
Diseño e ingeniería de la narrativa letal
Irán representa un objetivo central y
continuo de una de las operaciones de guerra psicológica mediática más
largas y extensas de la historia contemporánea. Desde la instauración de
la Revolución Islámica en 1979, Irán se transformó en el “enemigo útil”
que justifica la presencia militar estadounidense en la región y las
ventas de armas a los clientes de Washington. Para comprender el
mecanismo de control de la narrativa, es necesario analizar los
escenarios cambiantes y continuos diseñados específicamente para Irán.
El primero de estos escenarios, y el más
persistente, es el de “el sistema está a punto de colapsar”. Este
escenario no es un simple juicio desiderativo, sino un marco integral
que ha sido reproducido y actualizado durante décadas. En cada protesta,
aunque sea de decenas de trabajadores con salarios atrasados, se desata
la maquinaria mediática para promover la idea de que “este es el
final”, que el sistema ha perdido su legitimidad y que todo el pueblo
iraní se levanta. Se ignora el hecho de que protestas limitadas y
reivindicativas ocurren en todos los países del mundo, y se aísla a Irán
como caso excepcional de colapso inevitable. Este escenario no se
siembra únicamente en los medios exteriores, sino que apunta a la moral
interna de los iraníes mediante canales como Manoto e Iran International, para crear un sentimiento permanente de que viven en un Estado frágil y provisional.
En paralelo al escenario del colapso opera
el escenario de la “división inevitable”, que se centra en destacar y
esculpir fracturas dentro del sistema. Los análisis y escenarios
inducidos promueven la idea de una grieta profunda entre el Guía Supremo
y el Gobierno elegido, o entre la Guardia Revolucionaria y el ejército
regular, o entre “conservadores” y “reformistas”. Cualquier diferencia
natural de puntos de vista existente en cualquier Estado se amplifica
hasta convertirse en “inminente conflicto sangriento”. Este escenario
busca paralizar la capacidad de acción del sistema haciendo creer a sus
adversarios y aliados que se trata de una entidad fragmentada y sin
cohesión. En la práctica, la institución iraní ha demostrado
repetidamente su capacidad para superar las diferencias internas frente a
la amenaza externa, algo que estos escenarios nunca mencionan.
Para dotar a estos escenarios de un rostro
humano, se activa el escenario de la “víctima ejemplar”. Se concentra
intensamente la atención mediática en una historia individual, como una
joven fallecida en circunstancias ambiguas —por ejemplo, el caso de
Mahsa Amini—, la huida de un deportista o la deserción de un artista.
Esta figura se transforma en símbolo universal de la represión del
sistema. La cobertura mediática no se centra objetivamente en el caso,
sino en convertirlo en mercancía y en icono dentro de la narrativa
mayor. Esta amplificación de un solo acontecimiento, acompañada del
silenciamiento completo de miles de historias similares en Estados
aliados de Washington, revela la naturaleza instrumental de esa
cobertura. El objetivo es activar la empatía mundial para crear un
consenso moral, no para resolver el problema, sino para proporcionar
cobertura a intervenciones y sanciones que aumentan el sufrimiento del
propio pueblo.
Análisis de los mecanismos en las grandes crisis
En las protestas de noviembre de 2019, que
se produjeron a raíz del aumento de los precios de la gasolina, la
maquinaria mediática trabajó a plena capacidad. Mientras las autoridades
iraníes cortaron internet para contener protestas que habían salido de
su marco reivindicativo y para impedir su explotación desde el exterior,
tanto por Estados Unidos como por Gran Bretaña, las plataformas y
canales por satélite llevaron a cabo una operación de “auxilio digital”.
Se proporcionaron dispositivos de comunicación por satélite a los
manifestantes por parte de organizaciones vinculadas a la inteligencia
occidental, y se activaron redes de cuentas falsas para difundir cientos
de vídeos, algunos reales y otros procedentes de otros países, todos
acompañados de etiquetas como #Levantamiento_de_Irán y #Revolución_del_pueblo.
La cobertura se centró en fabricar escenarios como la “revolución de
los hambrientos” o las “masacres de la Guardia Revolucionaria”, y se
promovieron cifras astronómicas de muertos sin ninguna prueba. Los
analistas que aparecían en pantalla, presentados como expertos, repetían
de manera idéntica frases como “este es el golpe definitivo al
sistema”. Cuando las protestas terminaron, esos canales no ofrecieron
ninguna revisión ni disculpa por la información engañosa, sino que
pasaron tranquilamente a adoptar el siguiente escenario.
Cuando fue asesinado el mártir Qasem
Soleimani en 2020, el tono cambió por completo. Toda la maquinaria
mediática promovió un nuevo escenario: el de la “victoria aplastante”.
La operación fue presentada como un golpe de inteligencia y militar sin
precedentes, que paralizó para siempre las capacidades de Irán y envió
un mensaje de firmeza inolvidable. Analistas, presentadores de programas
y editoriales de los grandes periódicos repitieron el mismo mensaje:
“Irán ha terminado”, “el imperio iraní ha sido desmantelado”, “Irán ya
no tiene presencia en la región”. Se ignoró el hecho de que la respuesta
iraní mediante el bombardeo de la base de Ain al-Asad fue la mayor de
su tipo contra fuerzas estadounidenses en décadas, y se presentó el
anuncio de Teherán de que se había “vengado” como debilidad y flaqueza.
Aquí, la maquinaria mediática trabajó para cerrar la brecha entre la
realidad sobre el terreno y las exigencias del relato estadounidense
victorioso, ignorando las complejidades estratégicas que produjo el
acontecimiento.
En cuanto a las protestas de 2022,
desencadenadas tras la muerte de Mahsa Amini, representaron la
culminación del arte de gestionar y fabricar escenarios. Aquí se
integraron los escenarios en una única sinfonía. El escenario de la
“revolución de la libertad” —mujer, vida, libertad— se fusionó con el
escenario del “colapso del sistema” y el escenario de la “represión
salvaje de la Guardia”. La manipulación y la fabricación alcanzaron
niveles de enorme complejidad. Canales como Iran International,
gestionado por periodistas vinculados a organismos de inteligencia, se
transformaron en una sala de operaciones mediática en directo, cubriendo
las protestas minuto a minuto, acogiendo deserciones fabricadas y
publicando coordenadas de fuerzas de seguridad como incitación a
asesinarlas. Al mismo tiempo, las redes sociales pertenecientes a Silicon Valley violaron sus propias reglas de manera flagrante para amplificar el contenido contrario a la República Islámica. La agencia Reuters y
otras instituciones observaron cómo plataformas como Facebook,
Instagram y Twitter facilitaron de manera excepcional el discurso de
odio y la llamada a la violencia contra el Estado iraní, algo que
normalmente prohibían en otros contextos. Se creó un enorme
acontecimiento mediático en el que el sufrimiento real de una mujer fue
utilizado como palanca para aplicar un “escenario integral”
extremadamente violento orientado a descomponer el Estado iraní.
Los objetivos estratégicos de la estrategia mediática
El objetivo final de esta guerra psicológica permanente no es solo cambiar ahora el sistema en Irán, sino algo mucho más amplio.
El primer objetivo es imponer una derrota
psicológica permanente. Mediante el bombardeo diario con mensajes de
desesperanza, abandono, corrupción, brutalidad y pérdida de fe en
cualquier reforma, se busca transformar la sociedad iraní, viva y
dinámica, en una masa frustrada y agotada que se rinda ante las
sanciones y las dificultades económicas, y pierda la fe en su capacidad
de resistir o de impulsar un cambio pacífico constructivo. La derrota
aquí no es militar, sino una expropiación del espíritu nacional.
El segundo objetivo es trabajar para
aislar moralmente a Irán con el fin de justificar las duras sanciones.
La narrativa fabricada que presenta a Irán como Estado paria, exportador
de terrorismo y represor de su pueblo se produce y exporta para
proporcionar cobertura moral a sistemas de sanciones asfixiantes que
destruyen la vida de millones de iraníes corrientes. Se convence a la
opinión pública mundial de que las sanciones son una herramienta para
“obligar al sistema a respetar los derechos humanos”, cuando en realidad
forman parte de la estrategia de máxima presión destinada a empujar al
sistema al colapso. Esta trágica paradoja no encuentra espacio en los
medios dominantes.
El tercer objetivo es gestionar las
percepciones regionales e internacionales. Las narrativas atacan la
imagen realista de Irán como potencia regional ascendente. La difusión
del escenario del “colapso del imperio iraní”, especialmente tras el
asesinato del mártir Soleimani, no se dirigía solo a los iraníes, sino
también a los aliados de Estados Unidos en el Golfo e Israel, para
tranquilizarlos haciéndoles creer que Irán se encontraba en su punto más
débil, y a los aliados de Irán en la región, para sembrar dudas sobre
su capacidad de resistencia. Es una guerra de percepciones destinada a
rediseñar mediáticamente el mapa de influencia como preludio de su
rediseño sobre el terreno y en la política.
Desmontar la máquina: hacia una conciencia mediática crítica mundial
El recorrido por los mecanismos de la
hegemonía mediática estadounidense, desde sus raíces históricas en la
propaganda hasta sus manifestaciones digitales contemporáneas en la
fabricación de escenarios y la gestión de la percepción, revela una
verdad estratégica profunda: el control de la narrativa ya no es una
simple herramienta auxiliar del poder, sino que se ha convertido en el
poder mismo en el siglo actual. En un mundo que nada en información, la
capacidad de crear realidad mediante la configuración de lo que la gente
ve, lee y cree se convierte en el arma decisiva antes que los misiles y
los ejércitos. El estudio del caso iraní ha mostrado que el objetivo no
es informar, sino ejecutar un golpe perceptivo continuo mediante una
sinfonía de escenarios cambiantes, influencers reclutados y
acontecimientos falsos, con el fin de crear un pueblo psicológicamente
derrotado y un sistema descompuesto en la imaginación mundial.
Sin embargo, comprender este mecanismo es
el primer paso, y el más esencial, para desmontarlo. No se puede
enfrentar el “cultivo” mediático sino mediante el desarrollo de una
“inmunidad narrativa” nacional y mundial que comience con la educación
mediática crítica de los individuos desde la infancia, la capacidad de
desmontar el discurso y de formular las preguntas correctas: ¿quién dice
esto?, ¿por qué lo dice ahora?, ¿qué es lo que no se dice?, ¿quién se
beneficia de esta historia? Estas habilidades críticas son la piedra
angular para construir un ciudadano digital que no muerda el anzuelo.
En el plano colectivo, debe invertirse en
la construcción de plataformas y relatos independientes capaces de
superar el monopolio estadounidense de la infraestructura digital. No se
trata solo de exponer mentiras, sino de producir “contranarrativas
ricas”, basadas en hechos y dignidad nacional, pero con formas
artísticas y atractivas capaces de competir. Esto exige crear alianzas
entre los Estados que se oponen a la arrogancia estadounidense para
romper el monopolio de Silicon Valley sobre el espacio público
electrónico y desarrollar protocolos de internet e infraestructuras que
no estén sometidos al capricho de la Administración estadounidense ni a
sus decisiones políticas.
En última instancia, la batalla por la
conciencia es una batalla decisiva. La estrategia estadounidense de
control de las plataformas mediáticas es un intento de secuestrar el
futuro mediante el control del presente. La liberación de esta hegemonía
no comienza con un satélite ni con una nueva plataforma, sino, primero,
con un momento de conciencia: cuando el individuo mira detrás de la
pantalla y pregunta: ¿quién mueve los hilos? Solo entonces comienza el
derrumbe de las ilusiones y la derrota de la máquina.
Referencias
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- Ahmad Hiyazi, Análisis del discurso en las redes sociales: de la desinformación a la fabricación de la realidad.
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