Los “neorreacionarios” de Silicon Valley, a través de Praxis, ya están desarrollando ciudades inteligentes en Groenlandia.
Alejandro Estrella González , Doctor en Filosofía de la Universidad de Cádiz
I
Tras la denominada “Operación
Determinación Absoluta” del pasado 3 de enero que culminó con el
secuestro de Nicolás Maduro (cada vez estoy más convencido de que
quienes ponen nombre a este tipo de operativos sufren de algún trauma
sexual que requiere con urgencia terapia de larga duración; algo así
como: “Operación Lacan Infinito”), las ambiciones de la administración
Trump sobre Groenlandia se han convertido en asunto de enorme
relevancia, tanto en la prensa internacional, como entre los gobiernos y
el grueso de la ciudadanía, especialmente de Europa y Canadá.
Hace sólo un par de días, mi madre me
llamaba desde España sumamente preocupada preguntándome qué iba a
ocurrir con todo esto e incluso, con cierto rubor, si yo creía necesario
hacer acopio de algún tipo de producto de primera necesidad. Mi primera
reacción fue tomármelo un poco a broma, al pensar en esa ternura ciega
que guía a toda madre cuando mira a su retoño y ve en él, desde la cuna
hasta la tumba, una especie de semidiós griego; en mi caso: una pitonisa
del dios Apolo, de la vetusta Delfos.
Pero inmediatamente comprendí que esta repentina conversión de mi madre a la cultura prepper era
un síntoma inequívoco de que, hasta en aquel alejado rincón de la Baja
Andalucía, la “gente sabe” (sí: la gente sabe, aunque no vote lo que tú
quieres, camarada) que el rasgo característico de esta época es la
incertidumbre y la impotencia frente a decisiones fundamentales que
toman otros en otros lugares, sin nuestro consentimiento, sin canales
institucionales y por la fuerza de los hechos.
Es el triunfo de la voluntad de
Riefenstahl, o, desde el otro lado de la trinchera, del estado de
policía de Foucault, o del tiempo de la dueñidad de Rita Segato. Mi
madre, y como ella millones de ciudadanos, saben esto y saben muy bien
que, en este contexto, nuestro horizonte de expectativas, nuestras
certezas sobre el mañana se reducen hasta prácticamente solaparse con el
presente. El fantasma de los Sex Pistols recorre Andalucía: No Future!
—Mamá, no tengo ni idea —le dije—. Lo que
sí sé es que la cosa está fea. Pero poco puedo decirte sobre qué
ocurrirá a medio plazo. Es cierto que hay mucha bravuconería en todo
esto. Pero, a la larga, me preocupan tus nietos.
—¡Hombre! ¿Por qué crees que te llamo?
II
Enero de 2026 y ¡en estas estamos! Qué
razón llevaba Lenin cuando decía aquello de que “en la historia hay días
que valen por años y años que valen por días”. El tiempo histórico no
es un quantum homogéneo. La historia frena y se acelera, cambia
de ritmo y a veces incluso se demora. Así, lo que hace un suspiro
hubiera sido sólo imaginable por cerebros defensores de la planicie de
la Tierra ocupa ahora el centro de tabloides y provoca desvelos de
abuelas y padres.
Esta desquiciante cascada de
acontecimientos desafía lo que hasta ayer considerábamos esperable y
normal. Y aunque lo normal y lo esperable no son sino el olvido de cómo
se normalizó lo anormal y lo inesperado, creo que esta época de locos
que se abre ante nosotros tiene algo de “venganza de los freaks”, cosa seria que espero lograr mostrar a lo largo del texto.
Los analistas sobre el caso de Groenlandia
se dividen en tres tipos (aunque pueden combinarse): a) los que dicen
que el motivo central es económico: recursos naturales y control de las
rutas marítimas cuando el Ártico, según los negacionistas de la Casa
Blanca, se derrita; b) los que dicen que el objetivo es geopolítico y
militar, porque el tablero se ha repartido entre tres grandes potencias y
Europa pinta lo que yo en el Dream Team; y c) quienes afirman
que en realidad se trata de otra locura megalómana de un presidente que
aspira a remodelar el Monte Rushmore y sustituir las esculturas de
Washington, Jefferson, Lincoln y Roosevelt por la suya, solo, mirando a
la lontananza con gesto grave, pero plagado de alegres cabras —digo yo
que debe haber muchas por esos riscos— haciendo cosas de cabras sobre su
pétreo copete.
Como siempre ocurre, “la verdad está en
las grietas”. Y es probable que en las mentes que han maquinado este
oscuro asunto se mezclen factores de una u otra índole. Pero permítanme
añadir algo distinto de lo que, sólo ahora y de manera marginal, se
empieza a hablar y que, sin embargo, considero sumamente relevante. El
enfoque que les propongo nos desplaza a un lugar bien alejado de las
gélidas aguas del Ártico. De hecho, su imagen evoca todo lo contrario:
las soleadas playas de California. En concreto, fijémonos en esa pequeña
región cuyo PIB supera al de países como Suecia, Austria, Noruega o al
de la propia Dinamarca: Silicon Valley.
III
Andaba yo en 2024 haciendo honores al
centenario del nacimiento de E.P. Thompson cuando de forma bastante
azarosa llamó mi atención una extraña noticia en la que se hablaba de la
inminente celebración de unos juegos olímpicos en los EE. UU., en los
cuales los atletas podían doparse a discreción sin los engorrosos
controles de los organismos internacionales.
Los Enhance Games, una oda al deporte convertido en rave, apelaba
a los principios de la libertad individual, de la propiedad privada y
del progreso de la ciencia. Entre sus promotores estaban el propio
presidente Trump, su hijo junior y un oscuro personaje del que hablaré un poco más adelante. Todo aquello me parecía un poco freak.
Así que, presa de la curiosidad y del morbo, comencé a meter las
narices en el asunto. Aquello era un vertedero. Una trama realmente
espeluznante cuyas ramificaciones me llevaban en direcciones
inesperadas. Una de ellas era Silicon Valley.
Llegó entonces aquel 5 de noviembre de
2024, cuando Donald Trump tomó posesión por segunda vez de la
presidencia de los EE. UU. De aquella fastuosa ceremonia todo el mundo
recuerda esa fotografía que pasará a la historia de la infamia del
republicanismo democrático: el rey escoltado por la plana mayor de los varones tecnológicos
de Silicon Valley. Esa imagen me hizo entender que era urgente
dilucidar en qué medida era cierto aquello que el papa Francisco,
inspirado por Ortega y Gasset (¡qué escándalo en el Opus Dei!), había sugerido ya en 2019: “estamos viviendo, no una época de cambios, sino un cambio de época”.
Tras excusarme solemne y respetuosamente
con E.P. Thompson —quien se me apareció en sueños para darme su
bendición— me dediqué a escribir una serie de cinco artículos en la Revista Común (aquí dejo
el primero) que ensayaban una primera aproximación a este asunto. En
concreto, mi atención se centraba en una tendencia específica en el seno
del trumpismo; una tendencia que no debe confundirse con los
MAGA, ni con los evangélicos, ni con Wall Street, ni con cualquier otra
de las que se dan cita en la heterogénea coalición trumpista: el
movimiento neorreaccionario.
Conocido por su acrónimo NRx, fue
tematizado por Nick Land —ese delirante deleuziano de derechas afincado
en Shangai y padre del aceleracionismo— bajo el término Ilustración Oscura.
He dedicado el 2025 a estudiar las ideas de este proyecto, que se
presenta como una revisión crítica de la modernidad occidental. También
me he dedicado a reconstruir lo que denomino como la reactoesfera,
espacio donde se dan cita blogueros y académicos marginados,
aventureros digitales, comunidades incel, “racistas científicos” que
apelan a la eugenesia y a la biodiversidad, tradicionalistas
religiosos, housewifes antifeministas, tecno-futuristas libertarios y pensadores políticos “jacobitas”.
Este pequeño mundo, plagado de personajes
bizarros e ideas desquiciadas, posee una lógica sociológica muy
particular y es fruto de un contexto histórico específico. Y si bien no
cabe hablar de un movimiento sistemático y organizado, resulta sumamente
relevante señalar el estrecho vínculo entre algunos de sus integrantes
más destacados (Curtis Yarvin, Nick Land, Hermann Hoppe, Anatoly Karlin y
Steve Hsu, entre otros) e importantes sectores de Silicon Valley que
cuentan con influencia determinante en la Casa Blanca.
Durante la década del 2000, Silicon Valley se presentaba a ojos del resto de los mortales como un nido de freaks cuya
inteligencia analítica era inversamente proporcional a su inteligencia
emocional. De este curioso mundo surgieron dos lecturas contrapuestas:
la amable y simpática que, con series de éxito como Big Bang Theory o Silicon Valley,convertían
la neurodivergencia en un asunto entrañable; y la oscura y terrorífica
que, poco después, Nick Land desarrollaría en su ya clásico The Dark Enlightenment, donde
discriminaba a la humanidad entre dos tipos fundamentales: autistas que
inventan cosas, y gente que usa esas cosas que no entiende y se burla
de los autistas que las inventan. Pero entonces, estallaron la gran
crisis de 2008 y la pandemia de 2019. La hora de “la venganza de los freaks” había llegado.
Cedric Durand, en su imprescindible Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital, expone cómo las Big Techs llegaron
a ocupar un lugar decisivo dentro de la estructura del capitalismo
norteamericano, especialmente tras 2019. Con el libertarismo como hilo
conductor, presenta una genealogía de Silicon Valley que transita de la
revuelta hippie de los 1970, al neoliberalismo de los 1990 y
desemboca en posiciones antiliberales en los 2010. Ahora, en la cúspide
del poder económico, Silicon Valley prepara el asalto al poder político y
cultural.
En esta empresa, un sector particular de
Silicon Valley destaca sobre el resto. Se trata de una serie de agentes
económicos vinculados a los fondos de inversión de riesgo, la
ciberseguridad, la IA y las criptomonedas. Estamos hablando, entre
otros, de Palantir(Peter Thiel y Alex Karp), SpaceX-Starlink (Elon
Musk), Pronomos Capital (Patrick Friedman, Balaji Srinivasan),
a16zCapital (Marc Andreessen y Ben Horowitz) y Oracle (Larry Ellison),
por poner algunos ejemplos. Este sector de Silicon Valley es el que se
vincula con agentes destacados de la reactoesfera y, por medio de ellos,
conecta con el proyecto de la Ilustración Oscura.
IV
En líneas generales, la Ilustración Oscura
parte de la tesis de que el actual sistema social y político está
dominado por una elite intelectual-burocrática que concentra el poder
ideológico y dirige las políticas públicas. Esta especie de casta
brahmánica, según dicha tesis, es producto de las grandes universidades y de las empresas culturales mainstream, desde Harvard hasta Hollywood, pasando por el New York Times.
Curtis Yarvin la denomina “The Cathedral”, y clasifica a sus miembros
como herederos de un modelo cultural y político que hunde sus raíces en
la Ilustración.
La Ilustración es para la neorreacción una
perversión de la modernidad occidental, perversión que tiene su origen
en la secularización de la revolución calvinista, representada por
Rousseau, Kant y Hegel, quienes forjaron los fundamentos intelectuales
del universalismo republicano. Los siglos XIX y XX son testigos de cómo
este proyecto se extendió adoptando formas nuevas: el socialismo, la
política de masas, la democracia, el estado redistributivo, el New Deal, la lucha los derechos civiles, los movimientos de descolonización, etc.
En el plano internacional, la Ilustración
se traduce en la ambición por construir una sociedad de naciones dotada
de instituciones globales con capacidad para mediar conflictos y regular
los tratados. Comunidad de iguales que reconoce, sin embargo, el
liderazgo norteamericano, hegemón que asume esta responsabilidad histórica, siguiendo la estela marcada por Woodrow Wilson tras la I Guerra Mundial.
Este sistema, de bases religiosas y
humanistas, fundado sobre la errónea idea de progreso e igualdad, es,
para los neorreaccionarios, injusto, ineficaz y, lo más importante,
inmodificable. Por este motivo la neorreacción no debe confundirse con
el conservadurismo. El conservadurismo asume el marco discursivo y moral
del progresismo ilustrado, aunque intenta retrasar en lo posible los
cambios que impone el marco de sentido dominante. Los neorreaccionarios,
en cambio, rompen con este marco y renuncian a la política de masas.
La estrategia de NRx, nos recuerdan Yarvin
y Land —tergiversando el clásico de Albert Hirschman (aunque sin
citarlo)—, es la de la salida, no la de la voz. La voz es la dialéctica:
la creencia en que los conflictos pueden resolverse en un futuro
mediante la política, lo que fundamenta precisamente la idea de
progreso. La salida, en cambio, niega esta creencia y sustituye,
digámoslo así, el tiempo por el espacio.
De lo que se trata, frente a la dialéctica
política, es de romper el orden social e internacional mediante la
fragmentación, mediante la creación de una red estilo patchwork;
es decir, de pequeñas organizaciones soberanas, ciudades estado o
comunidades culturalmente homogéneas. Hermann Hoppe no duda en asociar
la estrategia del exit con conceptos como los de secesión y segregación, en absoluto inocentes en el marco de la cultura política norteamericana.
Son varios los proyectos que, bien en
términos programáticos, bien como experimentos prácticos, se están
llevando a cabo inspirados en estas ideas y financiados con dinero de
Silicon Valley. Patchwork y Urbit (ideados por Curtis Yarvin), el
Seasteading (proyecto de plataformas marinas financiado por Pronomos
Capital), la colonización de Marte de SpaceX, o la creación de
ciudades-corporaciones, como Prospera en Honduras (dirigida por un fondo
privado dirigido por figuras como Peter Thiel o Marc Andreessen) son
sólo algunos ejemplos significativos que parten del principio de exit. Por
eso, no es casualidad que se desarrollen en zonas con vacíos legales,
que escapan a la regulación estatal y de organismos internacionales.
Lugares donde la utopía neorreacionaria puede arrancar de cero, sin
necesidad de implicarse en la política y tener que hacer uso de la voz.
El neorreacionario vota con los pies. Pero ¿qué tiene que ver todo esto
con Groenlandia?
V
Praxis es una empresa fundada en 2019 por Dryden Brown y Charlie Callinan, que se autodefine como una nación digital. Según su página web,
cuenta con 151.068 praxianos y un valor de 1,117 mil millones de
dólares. La ciudadanía se obtiene mediante el pago de una cuota que da
acceso a una “Zona Económica Especial”, denominada “zona de
aceleración”, la cual se apoya en cuatro pilares fundamentales: IA,
criptomonedas, desregulación energética y biotecnología.
El modelo institucional sigue el esquema
de las DAO (Decentralized Autonomous Organizations), comunidades
digitales cuyas reglas de gobernanza están codificadas en smart contracts mediante blockchains,
ejecutándose automáticamente sin intermediarios humanos. Inspirada en
utopías libertarias, las DAOs han sido criticadas por varios autores que
señalan su deriva hacia modelos autoritarios y tecnocráticos.
Pues bien, el punto es que Praxis está
interesada en desarrollar ciudades inteligentes en Groenlandia. Según
Brown, quien ya sondeó la compra de territorios a las autoridades
groenlandesas, el consorcio ya cuenta con una financiación de 525
millones de dolares. Entre los inversores de Praxis se encuentran
—redoble de tambor—: Peter Thiel, Patrick Friedman, Balaji Srinivasan,
Marc Andreessen, Sam Altman, entre otras figuras destacadas de Silicon
Valley.
Es más, recientemente Donald Trump ha
designado a Ken Howery como embajador en Dinamarca y encargado de
dirigir las negociaciones para la adquisición de Groenlandia. ¿Y quién
—dirá usted— es este tal Howery? Pues —de nuevo redoble de tambor— otra
de las figuras destacadas de la reactoesfera de Silicon Valley: miembro
fundador de PayPal, junto con Peter Thiel y Elon Musk, inversor de
SpaceX, fundador, junto con Thiel y Alex Karp, de Palantir, y director
de Founder Fund (un fondo de capital de riesgo enfocado en startups) junto con Luke Nosek.
Groenlandia, que cuenta con la densidad de
población más baja del mundo (0,026 personas por km²), puede
considerarse entonces como un enclave excepcional para desarrollar la
estrategia de salida que caracteriza al movimiento neorrecacionario; en
otras palabras: Praxis = Exit.
Pero aún cabría preguntarse por el sentido
que tiene todo esto. ¿No estaremos ante una excentricidad más de
ultrarricos que sólo quieren asilarse y desentenderse de la suerte que
depare al resto de la humanidad? Naomi Klein y Astra Taylor han señalado que
la élite estadounidense, y especialmente la de Silicon Valley, ha caido
presa del síndrome Armagadeon. La salvación universal se ha vuelto
imposible: Praxis en Groenlandia no sería sino un arca de Noé para
ultrarricos, “los elegidos” para salvarse del diluvio universal que se
aproxima.
No termino de compartir este diagnóstico, como tuve ocasión de señalar en la revista Sin Permiso,
en respuesta al artículo de Klein y Taylor. No creo que la utopía de
Praxis en Groenlandia se reduzca a una cápsula de escape frente a un
mundo que colapsa, una suerte de Mayflower tuneado con GPS y motor
SpaceX. No, Praxis es algo más.
Es otro de esos experimentos del nuevo
orden neorreacionario por venir. Son pruebas del sistema operativo que
se pretende instalar cuando llegue el momento de resetear la vieja
versión que ahora disponemos. Nick Land habla de “hiperstición”:
ficciones que se hacen reales al actuarlas, “visitas” del futuro que
configuran el presente. En otras palabras, y sin tanta pirotecnia
aceleracionista, Praxis es el ensayo de una oikocracia, de una
oligarquía de propietarios sustentada sobre cadenas de dependencia
personal, ciudadanos de segunda y trabajadores manuales sometidos a
condiciones de semiservidumbre.
VI
Resulta pertinente recordar, a contrapelo
del argumento de Klein y Taylor, que no debemos realizar una lectura
literal del discurso neorreaccionario, especialmente cuando se solapa
con el libertarismo. El sueño: fragmentar el sistema de estados actual
en un patchwork de soberanías privadas, donde
ciudadanos-propietarios gestionen un consejo de administración mediante
protocolos tokenizados, donde la aceleración tecnológica produzca por sí
misma prosperidad y donde se goce de seguridad mediante la combinación
de un estilo de vida homogéneo con mecanismos de gubernamentalidad
algorítmica. Quien no esté de acuerdo, aún conserva, según Friedman, el
único derecho humano que lo asiste: el derecho de salida.
Pero las cosas, qué duda cabe, no son así
de simples. Este sector de Silicon Valley al que nos hemos referido
quizás pueda obnubilarse con las fantasías de Ayn Rand y con las
pesadillas de Murray Rothbard. Pero su reino no deja de ser de este
mundo, pues sus intereses de clases están estrechamente vinculados a la
suerte del Estado y del imperio estadounidense.
Groenlandia es de interés nacional,
primero por sus recursos económicos, necesarios para la industria de
Silicon Valley (capacidad para albergar los centros de datos de la IA
con mayor consumo energético y minerales para fabricar baterías, chips,
conductores, etc.). Por eso, incluso “progres” de Seattle como Jeff
Bezos o Bill Gates ya han invertido el aguinaldo en Kobold Metals,
empresa especializada en explotar tierras raras que ya trabaja en
Groenlandia.
Pero, aún más importante, Groenlandia es
una cuestión de seguridad nacional por motivos militares y geopolíticos.
Aquí es donde los progres dan paso a los neorreacionarios de Silicon
Valley: Andreessen Horowitz, Palantir, Anduril, Starlink, Oracle
constituyen el sistema de ciberseguridad y minería de datos del que
depende en gran medida la estrategia estadounidense de seguridad
nacional, desde la CIA hasta la NSA, pasando por la Fuerza Aérea y a
Fuerza Espacial, o el Cuerpo de Marines.
Recientemente Daniel Arjona escribió un interesantísimo artículo en El Arjonauta donde desgranaba el papel esencial que desempeñó Alex Karp, CEO de Palantir, en la odiosa “Operación Determinación Absoluta” del pasado 3 de enero. Según Arjona el rol de Karp y de Palantir fue
el de procesar el inabarcable ruido generado por la montaña de datos
que podría permitir la captura de Maduro. “Karp no vende datos, sino la
capacidad de entenderlos”, afirma Arjona. Y es que la gubernamentalidad
algorítmica requiere de algo más que materia prima. Cuando dispone de
ello es capaz de adelantarse al porvenir: el sistema “no sólo dijo a los
comandos dónde estaba Maduro; les dijo hacia dónde iba a moverse”. De
nuevo nos topamos con el No Future! Pero ahora no por exceso de incertidumbre, sino por su ausencia absoluta. En Venezuela, los Sex Pistols dan paso a George Orwell.
VII
Marc Andreessen y Peter Thiel son
declarados defensores de la anexión de Groenlandia. Sobre los motivos
económicos y militares que justifican esta postura ya se ha hablado y se
hablará aún más. De lo que se hablará menos es del objetivo político
que hace apetecible Groenlandia para este sector reaccionario del
tecno-capitalismo norteamericano. Y es que esta tierra a la que arribó
en el siglo X Erik el Rojo (ironías de la historia), y a la que puso por
nombre “Tierra Verde” (Erik, además de rojo, era un socarrón), es un
espacio privilegiado para experimentar la utopía neorreaccionaria por la
que suspiran estos freaks con ansias de venganza e ínfulas imperiales.
Sigo sin poder responder a la pregunta de
mi madre, que al fin y al cabo es la pregunta que realmente importa.
Pero de lo que sí estoy seguro es de lo triste que lucen las pobres
almas de los resentidos con poder, en su infantil megalomanía. El caso
de Groenlandia representa muchas de las contradicciones del mundo en el
que hoy nos encontramos. Oponerse a su anexión es también oponerse a
esas utopías que nos hundirán en los tiempos oscuros.
Alejandro Estrella González
Es profesor-investigador titular del Departamento de Humanidades de la
Universidad Autónoma Metropolitana de México y pertenece al Sistema
Nacional de Investigadores. Ha publicado obras como «Clío ante el
espejo. Un socioanálisis de E.P. Thompson». Universidad de Cádiz-UAM.
Cuajimalpa (2011); «Libertad, progreso y autenticidad. Ideas sobre
México a través de las generaciones filosóficas». Editorial Jus (2014) y
ha editado la selección de textos «E. P. Thompson. Democracia y
socialismo». Edición crítica, UAM-Cuajimalpa/CLACSO (2016)