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Interviews with My Lai Veterans, un film de Joseph Strick, 1971
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Interviews with My Lai Veterans, un film de Joseph Strick, 1971
Helena Lumbreras se forma en Italia como realizadora y guionista de documentales y es ayudante de dirección de realizadores significativos como Fellini, Rosi, Pontecorvo y Pasolini. Helena Lumbreras realiza de manera clandestina en España un mediometraje sobre el ambiente de crispación social que se vivía en el país durante 1968. Aparecen personajes tan significativos como Tierno Galván, el que sería alcalde de Madrid por el Partido Socialista, Marcelino Camacho, secretario general de Comisiones Obreras, y Raimon, cantautor en lengua catalana.
«La Ciudad de las Rías… una utopía? Es posible. Pero no olvide que las utopías pueden ser verdades prematuras. Y que, a veces, lo importante no es lo que anuncian, sino lo que denuncian. El territorio».

"La Ciudad de las Rías… una utopía? Es posible. Pero no olvide que las utopías pueden ser verdades prematuras. Y que, por veces, el importante no es lo que anuncian, sino lo que denuncian. El territorio".
El arquitecto Andrés Fernández Albalat Lois, fallecido en 2019, concentraba en un acertado aforismo la realidad urbana que marca la planificación actual del área A Coruña-Ferrol. Lo hace en el artículo que abre una publicación editada por la Deputación de A Coruña en 2018, irrepetible hoy por las ausencias fundamentales, que recupera, en un último intento de reivindicación, una propuesta lúcida, valiente y adelantada que pudo mudar por completo el territorio de no quedar en un cajón por una concatenación de malas decisiones, desinterés y, seguramente, falta de valentía. La publicación, coordinada por el arquitecto Javier González Harguindey, contaba con la aportación de otro gran nombre, indisoluble ya para siempre jamás al de Albalat cuando de urbanismo se habla: el sociólogo Mario Gaviria, que imaginó por vez primera una A Coruña de un millón de habitantes a cuarenta años vista.
La predicción poblacional, de culminarse finalmente, precisaría de un reparto coherente de esas cargas demográficas. La solución del rompecabezas cristalizó en una propuesta cargada de futuro, impresa en las líneas lúcidas de Albalat: el proyecto de la Ciudad de las Rías, un nombre romántico para una planificación revolucionaria por lo adelantado de sus premisas. En ella convive, con los ojos del presente, una contradicción: la Ciudad de las Rías es hoy imposible, pero también es una realidad a todos los efectos. He aquí el porqué.
La idea proponía un desarrollo del área A Coruña-Ferrol con una herramienta fundamental como eje: la planificación, pensada codo a codo y con una visión metropolitana, de la ordenación territorial. Una gran comarca de núcleos interconectados y con dos polos fundamentales, A Coruña y Ferrol, sensible con el paisaje y sin perjuicio de sus idiosincrasias e identidades. Un modelo de ciudad para una nueva era, el desarrollismo, y para ese millón de personas que habitarían en ella y de ella. "Mario Gaviria publica esto en la revista Arquitectura en los 60. Albalat propone repartir toda esa población por un territorio en crecimiento, manteniendo las ciudades históricas de A Coruña y Ferrol en su forma tradicional", explica el arquitecto Javier González Harguindey, coordinador de aquella publicación impulsada por el ente provincial con motivo del 50 aniversario del primer planteamiento de Fernández Albalat, integrada en su discurso de ingreso en el Instituto Cornide de Estudios Coruñeses en el año 1968.
El resultado de los barruntos de Albalat esboza una ciudad expandida, de 700.000 habitantes, con los dos núcleos conectados por el Golfo Ártabro, a lo largo del que quedarían repartidas diversas unidades densas que componen entidades mayores. Un total de 72 núcleos
de barrios de 8.000 habitantes, con vistas a las rías y dotados de servicios básicos: escuela, ocio, biblioteca y centro de salud, asentados en un ámbito que hoy podríamos denominar rurbano, haciendo un híbrido entre campo y ciudad.
Gaviria lanza el órdago, Albalat esboza y la Deputación recoge. El resultado es un Plan General Municipal Comarca "Ciudad de las Rías", que encomendaba el dibujo de esa ciudad descentralizada al estudio de arquitectura madrileño EUSyA, compuesto, en gran medida, por arquitectos gallegos, entre los cuáles se contaba algún discípulo del propio Gaviria. Ese Plan Comarcal tiene su naturaleza en la planificación conjunta de los núcleos limítrofes o próximos. Varios planes municipales, un objetivo; con su vínculo en una dinámica de cooperación y no de competencia. "Ellos ya ven que esa subida de población no va a ser proporcionada, tenía que ser algo más moderado y con otros criterios. La legislación obligaba a que eso tuviera que transformarse en planes municipales, aunque hubiera un plan director. Cada municipio hacía su Plan General en función del dictado por el estudio, y así se cohesionaba", expone Harguindey.
¿Qué sucedió para que esa gran ciudad ártabra, ya en marcha, quedara en un cajón de la administración provincial? El voto en contra de un Ferrol muy diferente al que hoy conocemos, con una industria pujante y potente y una demografía estable, fue determinante para que el resto de municipios escogieran también recular. Nadie podía anticipar a futuro la crisis del naval que echaría a perder las expectativas industriales de la ciudad departamental, que hoy experimenta, precisamente, ese desequilibrio frente a la vecina A Coruña que el plan llamaba a prevenir y evitar. "Ferrol tenía mucho ánimo entonces y esperaba llegar a tener más que A Coruña. Cada Ayuntamiento fue por su lado, no hay aprobación de la idea general ni del desarrollo, y quedó en un cajón", lamenta Harguindey.
Ferrol carga, en parte, en nustros días, con las consecuencias de aquella decisión, con una decadencia demográfica aprovechada y canibalizada por los municipios de su entorno, con planteamientos urbanísticos que favorecen una suerte de competencia desleal entre concellos vecinos. El propio Ferrol se descentralizó y su población se diseminó por toda la ría. "Si se ordenara conforme a un mismo criterio, se evitaría que otros municipios limítrofes que no juegan con tus mismas reglas hagan una suerte de mobbing inmobiliario, como es el caso de Narón, que oferta un suelo más barato y construye mucho más. Si Ferrol tuviera una ordenación más coherente de todos los municipios, seguramente hoy estaría en una posición mucho mejor", aprecia el actual concejal de Urbanismo, Vivienda, Infraestructuras e Mobilidade de A Coruña, el arquitecto y urbanista Francisco Dinís Díaz.
No le corresponde a Ferrol cargar en solitario con la responsabilidad de aquella propuesta frustrada. La idea fue muriendo conforme el resto de los municipios implicados fueron retirando sus apoyos. "Los ayuntamientos se enteraron de que tenían que suspender licencias en la tramitación de cada uno de los plenos. El único que salió adelante fue el de Oleiros, porque lo redactó el equipo original. Después hubo muchos intentos de reflotar esa idea que tenía Albalat de la gran autopista entre Ferrol y A Coruña", explica Díaz.
El ingeniero naval Ramón Yáñez, en un artículo publicado en Luzes, acierta en repartir las culpas. "La crisis de la construcción naval ferrolana y la reconversión de los años ochenta por una parte, el ensimismamiento de los coruñeses tras la frustración por la disputa perdida de la capitalidad autonómica, por la otra, y la miopía de la Deputación, que no creyó nunca seriamente en el proyecto, lo taponaron definitivamente. Una idea brillante e innovadora quedó en los cajones del olvido por mucho tiempo", comentaba en estas páginas.
Repartidas quedaron las culpas y también los estragos. No fue tampoco Ferrol el único territorio en sufrir los remanentes de aquel repliegue coordinado de los ayuntamientos interpelados, sino el área metropolitana en su conjunto, que hoy presentaría una ordenación muy diferente que redundaría en la mayor cohesión y, por tanto, en unos servicios de transporte interurbanos mucho más efectivos.
La Ciudad de las Rías es hoy una utopía irrecuperable, pues ese espacio de oportunidad entre A Coruña y Ferrol creció en estos años de manera diametralmente opuesta a la propuesta de Albalat, enfocada en evitar la proliferación de la vivienda unifamiliar descontrolada y difusa. Un modelo hoy preponderante en los municipios limítrofes con las grandes ciudades y caracterizado por un altísimo consumo de suelo que limita las posibilidades de planificación actuales. "Al no estar planificada, tuvo un desarrollo en 'mancha de aceite', basado en la vivienda unifamiliar, con un alto grado de dispersión poblacional. Se daba la dinámica del 'tú vete haciendo' que los alcaldes les decían a los vecinos, y cada uno colocaba la casa como si fueran setas en el antiguo parcelario agrícola», desgrana Harguindey.
El defecto no es solo urbanístico, pues la oportunidad perdida de planificar los núcleos desde la visión metropolitana y no municipal, colectiva y no aislada, dejó atadas y comprometidas también las posibilidades futuras (y presentes) de movilidad. El transporte público en la comarca es hoy deficiente, no tanto por la dejadez de las administraciones, sino por las necesidades (o carencias) del territorio que debe conectar. "El transporte público funciona mal por esa dispersión poblacional. No puede sustituir al privado. Hay que articular una estrategia territorial que parta, precisamente, de esa dispersión que se buscaba evitar", teoriza Harguindey.
"Hoy tendríamos, de prosperar el proyecto, un área metropolitana con muchos más espacios verdes, naturales y conservados de los que tenemos. La construcción estaría más concentrada, el espacio urbano mejor comunicado a nivel de movilidad. No es lo mismo que tener seis grandes núcleos alrededor de los cuales articular servicios, un posible ferrocarril o un transporte público de calidad", añade Díaz. Un panorama diametralmente opuesto de concentrar la población en esos seis núcleos densos que esbozó Albalat, autosuficientes en materia de movilidad y hoy disgregados en cientos de focos de baja densidad.
Cuando hoy repensamos la Ciudad de las Rías encontramos dos certezas que parecen contradictorias: por una parte, una utopía irrecuperable; por otra, una realidad a todos los efectos. La manera anárquica en el que el Golfo Ártabro creció en los últimos años, sin coordinación ni planes urbanísticos en los propios municipios, y la evolución hacia ese modelo que Albalat despreciaba por su bajo nivel de funcionamiento y sostenibilidad, hacen imposible recuperar el proyecto formulado por el genial arquitecto. Oleiros, Bergondo o Sada permitieron grandes ocupaciones de baja densidad, lo que limita de manera considerable las posibilidades de articular un área metropolitana solvente con su núcleo fuerte en la ciudad de A Coruña. "Los ayuntamientos crecieron al margen de todos estos criterios. No sé si hoy habría la posibilidad de recuperar alguna de estas ideas. Cada municipio tendría que trabajar en concentrar población en la medida de lo posible, reubicarla en zonas más pegadas a las vías del tren o vinculadas al transporte colectivo", reflexiona Francisco Dinís Díaz.
La Ciudad de las Rías no es hoy esa utopía planificada, pero existe, a todos los efectos. Fue el propio Mario Gaviria, semilla primera de aquella reflexión, lo que disipaba los pesimismos en un último artículo que no pudo ver publicado, y que recoge ese ambicioso tomo de la Deputación, que encabeza este texto presente y que vio la luz un mes después del fallecimiento del sociólogo. Gaviria expone, en el artículo A Ciudad de las Rías en el siglo XXI, una certeza que se presenta incontestable: "El catastrofismo no triunfó", espeta. "La Ciudad de las Rías está hoy cada vez más viva y hay que repensarla, completarla con una reflexión profunda sin abandonar la actitud utópica". Una ciudad, insiste Gaviria, que no nació como fue diseñada, pero sí "evolucionada como tal".
La Ciudad de las Rías es hoy, en efecto, una realidad no planificada, pero cohesionada por las inercias que conectan un territorio interdependiente. La Ciudad de las Rías se desarrolló sin un plan que tuviera su eje en la globalidad del conjunto, como el que proponían Albalat y Eusya. Los municipios crecieron, por el contrario, de espaldas a las realidades de sus vecinos, sin los que, sin embargo, no pueden vivir. La Ciudad de las Rías está en los flujos de commuting entre los concellos que la componen; esto es, en los desplazamientos de los habitantes del área metropolitana desde su vivienda hasta el lugar en el que trabajan o pasan su tiempo de ocio. "La gente hoy reside en Oleiros y trabaja en Arteixo. Vive en Cambre pero su puesto de trabajo está en el polígono de Bergondo. Trabajan en A Coruña, habitan en Culleredo. Donde residen, donde trabajan, donde pasan el tiempo, es algo que solo podemos entender a nivel metropolitano. En la Avenida de Alfonso Molina entran 120.000 vehículos cada día. Esto es algo que solo ocurre en seis o siete lugares del Estado", señala Javier González Harguindey.
La concatenación de certezas del mapa actual formula otra, que se divide en dos: la planificación, como herramienta indispensable para el urbanismo del futuro, con el pasado y el presente como mejores avales. Una planificación que tiene la idea de anticiparse a un problema, pues solucionar a posteriori implica, siempre, más coste y dificultad. "¿Cuántas casas hubo que tirar para planificar la Nacional VI? No es que la Ciudad de las Rías sea hoy posible o imposible: es lo que hay que hacer, desde un punto de partida que no es el de los trabajos de hace 50 años", señala Harguindey.
De aquel plan que no fue aún queda por extraer otra enseñanza, que de por buenos los remanentes de esa oportunidad perdida: la planificación urbana del futuro debe trascender las pequeñas unidades de los municipios y observarse a nivel comarcal. El futuro puede –y debe– pensarse en clave de área metropolitana para darle sentido y orden la esa utopía que, en el fondo, ya somos.
Lorsque l'équipe de jeunes cinéastes, encore étudiants à l'IDHEC (l'école du cinéma) se présente dans la matinée le 9 juin 1968 à l'entrée de l'usine Wonder pour filmer son occupation depuis trois semaines par les ouvriers, ceux-ci viennent de voter la reprise du travail. Une jeune femme refuse de rentrer. Elle crie : « Je ne rentrerai pas, non je ne rentrerai pas », « Je ne veux plus refoutre les pieds dans cette taule dégueulasse». Autour d'elle des ouvriers s'attroupent. Les délégués syndicaux, artisans de la reprise, s'approchent et tentent de la calmer. Un étudiant de passage met de l'huile sur le feu. Il n'en fallait pas plus pour que ce plan séquence devienne un des classiques du cinéma direct.
On a pas retrouvé l'ouvrière mais la question de nunuche elle a bien été répondue, éternellement.
Monika KARBOWSKA est diplômée en Histoire des relations internationales à l’Université de Paris-1 Panthéon Sorbonne. Française et polonaise, elle est militante marxiste, communiste, féministe et internationaliste. Elle est venue nous parler de "Contre histoire du « Printemps de Prague »", ouvrage de Vasil Bilak dont elle a assuré la traduction avec Diane Gilliard, et qui vient de sortir aux éditions Delga : https://editionsdelga.fr/produit/cont...
Depuis la guerre froide, afin de détruire le socialisme, l’Occident capitaliste aura su déverser ses mythes à la peau dure, flanqués de leurs slogans démagogiques et de leurs saints factices. Incontestablement, le Printemps de Prague avec son « socialisme à visage humain » et la figure embaumée de Dubcek en fut le paradigme achevé. Vasil Bilak, Premier secrétaire du comité central du PC de Slovaquie en 1968 et l’un des principaux protagonistes des événements d’alors, et resté, lui, indéfectiblement socialiste, convoque ici les faits demeurés inconnus de l’extérieur et jamais publiés auparavant, réduisant à néant la légende rose du Printemps de Prague...
Chapitres :
00:00:00 Présentation de la conférence
00:02:20 Présentation du livre
00:09:30 Le mythe du "Printemps de Prague"
00:17:58 Arrivé de Dubček au pouvoir
00:23:50 Le "socialisme à visage humain"
00:34:05 Début de la guerre civile
00:44:52 Négociations avec Moscou
00:50:25 Reprise en main et limogeage de Dubček
00:57:29 Question 1 : Le PCF était-il pro-Dubček ?
00:59:58 Question 2 : Déstabilisation anti-communiste et mai 68
01:06:10 Question 3 : Protestations en Tchécoslovaquie
01:12:10 Question 4 : Que penser de la Slovaquie actuelle ?
Avec Franco Nero, Vanessa Redgrave, Georges Géret.
Parti se ressourcer dans une demeure hantée par une comtesse nymphomane, un peintre milanais à la mode sombre peu à peu dans la folie. Petri utilise les thèmes familiers du giallo pour sonder le versant décadent du monde de l'art et de sa marchandisation. Sa mise en scène à la limite de l'expérimental et son couple d'interprètes enfiévrés lui valent un Ours d'argent au Festival de Berlin.
Une marotte pour la petite bourgeoisie intellectuelle, qui certes lui rapportait un peu, à l'université notamment, mais surtout l'a enfermé dans une impasse "romantique" et éloigné de toute velléité sur la Production: une belle opération de contre-insurrection pour l'Otan culturelle jouant sur la vanité verbeuse du milieu parisien.
Ça pouvait même donner un disque, pour bien commencer à tourner en rond.
Nous Vivrons Jusqu'à Lundi
La 359e Section / Ici Les Aubes sont Calmes
Le seul extrait youtube que j'ai trouvé de ce film est celui-ci:
Sans doute l'aspect guerrier féminin a-t-il retenu le uploader, cet extrait "technique" de la guerre manifeste un rôle des femmes inconnu ailleurs duranr la WWII, tant du côté allié occidental qu' allemand (qui avait des gardiennes de camps de concentration, donc armées). Dans la Guerre (dite) civile russe, les femmes sont déjà "au contact" (voir La Commissaire). Elles sont d'ailleurs à l'origine de la Révolution russe en 1917, mais ce rôle actif nous défrise encore, ce qui souligne d'autant le peu de choses que nous savons sur la révolution, le socialisme et les femmes (Cuba aussi est un cas manifeste d'un féminisme rouge qui incommode).
Encore un très beau film de PROPAGANDE que j'ai pu voir grâce au fond des bibliothèques parisiennes...encore cette sensibilité et esthétique russes qui fait d'autant plus passer le cinéma occidentalo-yankee pour du pipi de chat (où l'émotionnel frappe toujours au même endroit, de manière aussi "bourrine" que le monde globalement construit par l'hégémon).
Sur Yandex, la deuxième partie de ce film (mauvaise qualité d'image, sous-titré espagnol, et c'est déjà ça pour sortir du "female warrior" ): https://twitter.yandex.com.tr/video/preview/10415079433316117448
1968, livre de coloriage des black panther…
sauf qu’en réalité celui-ci a été produit par le FBI pour pouvoir accuser le mouvement d’être un promoteur de haine.
Jean-Marie Apostolidès évoque dans Héroïsme et victimisation le rôle de la littérature dans la formation de ce qu'il appelle "l'espace permissif", le for intérieur de la sensibilité moderne. Il en fait une étude de cas dans sa biographie de Debord (2015), en détaillant les nombreuses identifications littéraires constitutives de "moi symbolique" de ce dernier (dommage qu'Apostolidès n'est pas aussi axé son étude sur le cinéma, si pourvoyeur d'idéalités pour Debord).
Dans la vidéo en lien, les propos d'André Masson (1896-1987) sont exemplaires de ces dernières générations du XXº siècle structurées par le livre, par l'élan du livre. Et notamment les lectures de Nietszche, aussi influentes dans la génération 68 que dans celle intermédiaire de Debord (1931-1994).
D'autres auteurs cités par Masson font aussi partie du panthéon littéraire debordien (la trace de Nietzsche est certes bien plus manifeste chez Vaneigem que Debord, mais bien présente dans sa bibliothèque personnelle), que l'on pourrait ranger dans la catégorie romantique du "maudit" : Sade, Mallarmé, Lautréamont. Surtout Nietszche et Mallarmé, qui forment une sorte d'arc de tension. Comme le dit Masson, ses deux auteurs aux antipodes eurent "le pouvoir de le créer" (11m58s).
https://www.dailymotion.com/video/x21dy0t
Article paru dans la revue Les Temps modernes n°299-300, juin 1971
Au début de l’année 1968, un critique, traitant de la théorie situationniste, évoquait, en se moquant, une « petite lueur qui se promène vaguement de Copenhague à New York ». Hélas, la petite lueur est devenue, la même année, un incendie, qui a surgi dans toutes les citadelles du vieux monde. A Paris, à Prague, à Rome, à Mexico et ailleurs, la flambée a ressuscité la poésie, la passion de la vie dans un monde de fantômes. Et beaucoup de ceux qui, alors, ont refusé le sort qui leur était fait, la mort sournoise qui leur était infligée tous les matins de la vie, beaucoup de ceux-là – jeunes ouvriers, jeunes délinquants, étudiants, intellectuels – étaient situationnistes sans le savoir ou le sachant à peine.
Une fois le feu apparemment éteint, les sociologues et autres futurologues d’État se sont efforcés, comme on exorcise une grande peur, de rechercher les origines du printemps 1968. Ils n’ont récolté que des miettes de vérité, autrement dit des parcelles de mensonge. N’importe quel blouson noir rebelle en savait beaucoup plus sur la révolution de mai. Les distingués penseurs n’ont pas songé à se référer aux écrits de l’Internationale situationniste, que ce soit la revue ainsi intitulée – dont le premier numéro date de 1958 – ou les essais de Debord et Vaneigem [1]. Les professionnels de la culture auraient, peut-être, découvert qu’en mai « le mouvement réel » de l’histoire a coïncidé avec « sa propre théorie inconnue », ou encore que se sont rejointes, en ce printemps, les armes de la critique et la critique des armes.
Les penseurs du vieux monde se seraient, peut-être, aperçus que les situationnistes avaient repéré, depuis longtemps, le cheminement de « la vieille taupe vers le jour », vers ce « lever de soleil qui, dans un éclair, dessine en une fois la forme du nouveau monde ».
Quelques idéologues ont, cependant, jeté un coup d’œil sur les écrits des situationnistes. Et ils ont tenté de ranger ces irréductibles sous l’étiquette de l’utopie. Je veux bien qu’on parle d’utopie, du moins si on entend par là le projet d’une révolution qui ne s’est réalisée encore en aucun lieu, en aucune époque. Mais si on désigne ainsi quelque chimère, cela prouve une fois de plus que les idéologues de la bourgeoisie n’apprennent, ne retiennent rien de l’histoire. Ou ce sont des myopes et amnésiques invétérés, ou d’habiles serviteurs du pouvoir, qui ont voulu neutraliser le danger, en lui donnant, sous le label de la prophétie, une place dans le grand « show » des marchandises et autres momies de la culture.
Mais la pensée de l’internationale situationniste agit comme un révélateur dans les étouffoirs, les cimetières de la fausse conscience ; dans cette pensée, vont se retrouver ou se reconnaissent déjà tous ceux qui refusaient, à tâtons, d’ensevelir leur volonté de vivre, ceux qui percevaient, en silence, la vérité de leur vie, sous le masque anesthésique et mensonger des idéologies. Les situationnistes ont dégagé la théorie du mouvement souterrain qui travaille l’époque moderne. Alors que les pseudo-héritiers du marxisme oubliaient, dans un monde bouffi de positivité, la part du négatif, et du même coup mettaient la dialectique chez l’antiquaire, les situationnistes annonçaient la résurgence de ce même négatif et discernaient la réalité de cette même dialectique, dont ils retrouvaient le langage, « le style insurrectionnel » (Debord).
Dès 1958 – alors que « la gauche » était tout occupée et fascinée par le lancement publicitaire d’un général anachronique, dernier avatar d’un héroïsme caricatural – les situationnistes ont commencé de formuler – à partir de Fourier, de Hegel, de Marx, en même temps que des « grands négateurs », Sade et Lautréamont notamment – une critique radicale et unitaire de la totalité moderne, et n’ont cessé, depuis lors, de dévoiler le visage nouveau du pouvoir dans l’idéologie, la culture, l’urbanisme, la vie quotidienne et ses dimanches moroses.
Ayant colonisé la production, le capitalisme a dû, pour assurer son développement, coloniser la consommation. La totalité de la vie a été soumise à la dictature de l’économie politique. « L’économie transforme le monde mais le transforme seulement en monde de l’économie » (Debord). Le temps du loisir est devenu un temps-marchandise comme le temps du travail. Le prolétaire, naguère méprisé, a été promu citoyen-consommateur. Le mépris n’a pas disparu. Il a cessé de parader.
L’économie doit imposer, sans relâche, et hâter, sans trêve, la consumation des marchandises qu’elle produit. La vérité de l’économie est tautologique. Elle se répète indéfiniment elle-même, n’ayant d’autre visée que le développement de soi, dans une identité toujours recommencée. Elle impose comme une loi sacrée le forcing dans l’achat, et l’achat lui-même tient lieu de prière dans « les supermarkets géants, ces temples » de la modernité (Debord).
Le capitalisme, sous peine de mort, ne peut s’arrêter de séduire. Il lui faut sans répit recommencer la toilette des marchandises. Les parures de la marchandise composent le spectacle : le miroir aux alouettes, où se perdent les sujets de l’histoire. « Le spectacle est à la fois le résultat et le projet du mode de production » (Debord).
L’économie fait sans fin l’éloge de soi. « Le spectacle ce chante pas les hommes et leurs armes, mais les marchandises et leurs passions » (Debord). Il instaure la domination totalitaire du quantitatif, mais se travestit en faux qualitatif, en qualité fantomatique. L’apologie des marchandises déguise la pauvreté, la banalité en fausse nouveauté. Empire de l’apparence et du mensonge, domaine de l’inauthentique, le spectacle suscite les besoins factices que réclame le foisonnement des marchandises. Les nécessités de la survie – désormais satisfaites par le développement technique – sont accrues sans cesse par l’idéologie du spectacle. L’essentiel est de consommer, non pas ce qui est consommé. Le gadget résume la logique de l’économie moderne. Peu importe sa valeur d’usage, l’essentiel étant sa valeur d’échange : le gadget, c’est un néant sous le déguisement de l’être. Il tient lieu d’un trophée dans la mystique de la marchandise. « Celui qui collectionne les porte-clés… accumule les indulgences de la marchandise » (Debord), il témoigne de « sa présence parmi les fidèles », ainsi que de « son intimité » avec la Chose. La Chose règne sur tous les domaines de la vie. Le fétichisme de la marchandise est le somnifère de la société moderne.
L’idéologie dominante a enfermé la valeur ontologique dans l’avoir en tant que support du paraître. « Le spectacle constitue le modèle de la vie » (Debord). L’acheteur reçoit, avec l’objet qu’il acquiert un rôle à tenir, « une idéologie portative », « une vision du monde en solde » (Vaneigem).
Chacun s’aliène dans les rôles indiqués par le discours anonyme de la Chose. Le vécu se sacrifie dans le rôle ; « le rôle s’incruste dans le vécu » (Vaneigem). Le spectacle est l’envoûtement de la société moderne. Chacun subit le règne de la fantasmagorie. Les aliénés sociaux, comme les aliénés mentaux, se perdent, s’oublient dans un personnage. Le capitalisme nous vend la folie, en prêt-à-porter.
Ce que manifeste le monde, c’est l’absence de subjectivité ; ce qui se représente, sous un travesti, c’est l’histoire abstraite des choses. L’économie cannibale est abstraite, en ce sens qu’elle agit comme pouvoir séparé, autonome. Elle exclut l’homme de soi-même, en l’incluant dans le rôle ; elle le tire hors de soi, le réifie. « L’extériorité du spectacle par rapport à l’homme… apparaît en ce que ses gestes ne sont plus à lui mais à un autre qui les lui représente » (Debord). L’extériorité de la Chose s’inscrit dans l’intériorité du sujet et le sépare de soi : le séduit au sens étymologique. Fêlé, morcelé, mutilé, chacun se trouve dépris de soi-même, exilé de sa vie la plus intime, « exproprié de sa peau » (Vaneigem), absent à soi et au monde. L’économie se révèle comme un gigantesque hold-up de la vie. Le spectacle recèle, en lui, « l’essence de tout système idéologique : l’appauvrissement, l’asservissement et la négation de la vie réelle » (Debord). Le spectacle, c’est la vie à l’envers : notre pâle mort quotidienne.
L’urbanisme se dévoile comme la « technique même de la séparation » (Debord). Les citadins subissent, dans l’isolement, le pouvoir anonyme de l’économie. Chaque soir, les solitudes se closent sur elles-mêmes dans le désert des villes. Et le matin, recommence le triste voyage des foules taciturnes. La domination du quantitatif nous change en hommes-sandwiches, en hommes- marchandises : les objets ne communiquent pas. Seul le qualitatif instaure l’unité de l’homme avec soi, avec le monde, avec les autres.
Les villes, les vies se décomposent en espaces, en temps morts, identiques et mornes. Le temps de la vie s’efface dans le temps mort des choses. Regardez les visages hâtifs, angoissés, éperdus des somnambules qui hantent les nécropoles de la marchandise : ils reflètent, à certains moments, la même indifférence que les choses. Une sénilité précoce atteint les esclaves de l’époque moderne, qui fusent, se consument à suivre la course aveugle de l’économie. Comment ne pas vieillir avant l’âge, quand on ne cesse de se plier, se conformer à ce qui n’est pas soi ? Sous le règne du quantitatif, du répétitif, on ne croise que des regards absents de la même absence que les choses.
Le spectacle « est le soleil qui ne se couche jamais sur l’empire de la passivité moderne » (Debord). « L’ennemi numéro UN » du pouvoir, « c’est la créativité » (Vaneigem). La spontanéité du vécu apparaît comme « le premier foyer de guérilla ». Aussi « les interdits cernent le vécu de toutes parts, le refoulent, l’incitent à se changer en rôle » (Vaneigem). La loi du pouvoir hiérarchisé s’intériorise en œil inquisiteur, en surmoi castrateur. Les forces de l’Eros sont domestiquées, dévoyées. Les hommes dérobent quelquefois des moments furtifs de vraie vie, des amours hâtives. Chacun, alors, se réunit à soi-même, aux autres, au monde. Mais les policiers de l’inconscient veillent et chargent d’angoisse le souvenir des trêves heureuses. « L’aube où se dénouent les étreintes est pareille à l’aube où meurent les révolutionnaires » (Vaneigem). L’ombre du châtiment pèse sur qui a disposé de l’emploi de son temps. La colonie du spectacle est une colonie pénitentiaire.
« Assassinés lentement dans les abattoirs du travail » (Vaneigem), les hommes changent de visage, à la sortie, mais c’est encore un visage de mort. Menacé par l’envahissement de la Chose, traqué, agressé de tous côtés, à tous moments, chacun survit dans « la rancœur de n’être jamais soi » (Vaneigem).
La bourgeoisie subit, elle aussi, la domination de la marchandise. En assurant le triomphe de l’économie, les hiérarques et technocrates de la bourgeoisie deviennent les serviteurs d’un pouvoir autonome et inconscient de soi [2]. On dira de l’économie ce que disait Kant à propos de l’art : c’est une finalité sans fin. Voici le temps des maîtres-esclaves. Les programmateurs de la cybernétique sont eux-mêmes programmés : réifiés. « L’humanité du maître tend vers zéro, tandis que l’inhumanité du pouvoir désincarné tend vers l’infini » (Vaneigem). La bourgeoisie s’étant vouée au « néant politique », le prolétariat devient le « seul prétendant à la vie historique » (Debord).
La société marchande ne laisse d’appauvrir la vie, alors qu’elle abolit la rareté économique qui « nécessitait » naguère le sacrifice de cette vie. « La victoire de l’économie autonome doit être en même temps sa perte » (Debord) : elle enfante les contradictions qui la feront disparaître.
Les petites morts de la vie quotidienne suscitent ou vont susciter « une réaction violente et quasi biologique du vouloir vivre » (Vaneigem). Les critiques sauvages de l’économie politique annoncent le réveil de la conscience historique dans un monde où les idéologies de la misère ne cessent de trahir la misère des idéologies.
La force et l’unité du mythe divin garantissaient jadis le pouvoir de la féodalité, mais la bourgeoisie a désacralisé le monde en le transformant : les déicides ont remplacé le mythe divin par une multitude de fantômes idéologiques, dérisoires et précaires, qui tentent vainement de compenser la pauvreté de la vie ; ils apparaissent à peine que déjà ils quittent la scène, le spectacle étant forcé de se renouveler sans cesse : on change d’illusion, tous les matins, ce qui dissipe, un jour, « l’illusion du changement » (Vaneigem) De plus, l’habitude des changements illusoires ravive le désir d’un changement réel et radical.
Le déclin du monde barbare a commencé, avec la résurgence du négatif ; au heu de se perdre, le négatif se réalisera, un jour, dans la positivité d’un monde nouveau.
La volonté d’être soi sera « l’arme absolue » du prolétariat (Vaneigem). L’accomplissement de soi dans le monde remplacera la mort de soi dans la Chose. « La logique des désirs » évincera « la logique de la marchandise » (Vaneigem).
Le temps des maîtres-esclaves laissera place au temps des maîtres sans esclaves, qui domineront la totalité de leur histoire. Le projet de l’homme total, unitaire s’inscrira dans « l’autogestion généralisée», autrement dit la poésie faite par tous ; en effet, la poésie se définit comme l’accomplissement de la liberté (ou créativité) dans le monde.
Après la souffrance, la patience de « l’histoire en soi », viendra « le plaisir de l’histoire pour soi » (Vaneigem). Le vécu s’épanouira dans un temps ludique et qualitatif, au lieu de s’aliéner dans le temps-marchandise. « La vie se connaîtra comme une jouissance du passage du temps » (Debord).
« L’autogestion généralisée » s’identifie à la démocratie des conseils. Elle ne sera pas la promesse de quelque époque lointaine, mais sera instaurée au début de la révolution.
Le pouvoir des conseils sera absolu, ou ne sera qu’une apparence : il ne pourra tolérer, hors de soi, aucun pouvoir, aucune hiérarchie.
Les situationnistes annoncent le triomphe de la subjectivité dans l’histoire : c’était – comme le note Vaneigem – le projet même de Marx.
François Bott.
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Article paru dans la revue Les Temps modernes n°299-300, juin 1971
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[1] Guy Debord, La société du spectacle, 1967. Raoul Vaneigem, Traité de savoir-vivre à l’usage des jeunes générations, 1968.
[2] De même, les bureaucrates de l’Est imposent et subissent la dictature de l’économie. Le règne de la bureaucratie totalitaire apparaît comme une ruse de l’économie qui change la classe dominante, afin de maintenir sa domination.