FUENTE: https://versolibros.com/blogs/news/sultan-galiev-el-precursor-olvidado-sobre-el-socialismo-y-la-cuestion-nacional
Este artículo se publicó por primera vez en francés en Les Temps Modernes, nº 177, París, 1961, y constituyó un capítulo de la obra de M. Rodinson Marxism and the Muslim World, Zed Press, 1979.
El libro en el que se basan estas reflexiones acaba de publicarse bajo los auspicios de la École Pratique des Hautes Études [I].
Se trata de un estudio concienzudo y detallado de un conjunto de
cuestiones que, en general, han sido objeto de una atención mucho más
seria en los países anglosajones que en Francia, donde la profecía
política gratuita pasa con demasiada frecuencia por investigación
científica. Un libro como este suele recibirse a priori con recelo en
los círculos militantes, e incluso en otros lugares. Mi objetivo es
ofrecer un contrapeso a este sectarismo tradicional.
Sultan-Galiev
es una de las figuras que desempeñaron un papel importante en los
primeros tiempos de la Internacional Comunista y de la Unión Soviética.
La mayoría de los militantes socialistas solo lo conocen por una
referencia de pasada hecha por Stalin [II],
una referencia más bien emocional, solía pensarse. Tal vez tuviera
razón. Haber despertado alguna emoción en Stalin puede considerarse un
logro.
Mir
Sayit Sultan-Galiev, ancido en 1900, era hijo de una maestra tártara.
[Esta fecha es casi con toda seguridad errónea. Según otras fuentes,
nació en un pueblo de Bashkiria en 1880]. Los tártaros eran una minoría
musulmana dentro del Imperio zarista, pese que poseían un carácter
propio. Había unos tres millones y medio de ellos repartidos por todo el
Imperio, pero se concentraban en cierta medida en el «Gobierno» de
Kazán, su centro político y cultural. Eran principalmente campesinos, y
los pocos obreros industriales tártaros aún mantenían estrechos lazos
con la vida rural. Pero también existía la burguesía (algunos sectores
eran industriales y muchos otros comerciantes) de la que habían surgido
un «clero» musulmán e incluso una intelectualidad. Esta burguesía y
estos intelectuales eran activos, dinámicos y ambiciosos. Muchos habían
sido durante mucho tiempo «modernistas» en su actitud hacia el dogma
musulmán, y «avanzados» en sus actitudes hacia el modo de vida musulmán
tradicional. Sus actividades docentes les llevaron a menudo a penetrar e
incluso establecerse en zonas habitadas por sus correligionarios menos
evolucionados, como Asia Central, Siberia y el Cáucaso. Al hacerlo,
introdujeron nuevas ideas y formas modernas, y en general agitaron las
cosas. Se les puede ver desempeñando este papel en las traducciones de
novelas kazakas y tadjikas publicadas por Aragón, por ejemplo [III]. Naturalmente, los janes reaccionarios veían todo esto con gran recelo.
Cuando
llegó la Revolución de Octubre, una parte importante de la
intelectualidad tártara la apoyó pensando que el socialismo establecido
por el nuevo régimen realizaría y profundizaría el programa del
movimiento reformista. Naturalmente, apreciaban especialmente la
orientación internacionalista del bolchevismo. Esperaban que condujera a
la igualdad entre los grupos étnicos y pusiera fin a la gran dominación
rusa, una dominación que los «blancos» volverían a imponer en caso de
victoria.
Sultan-Galiev
se afilió al Partido Bolchevique en noviembre de 1917 y, gracias a su
talento como orador y organizador, pronto se convirtió en una figura
relevante como representante de esta intelectualidad «colonial». Se
convirtió en miembro y luego en presidente del «Comisariado Central
Musulmán», un nuevo organismo afiliado al Narkomnats (Comisariado del
Pueblo para las Nacionalidades), un comisariado presidido por un líder
bolchevique todavía relativamente desconocido en aquella época, Joseph
Stalin. Con la ayuda de amigos, Sultan Galiev creó el Partido Comunista
Musulmán y reclutó unidades militares tártaras que desempeñaron un papel
clave en la lucha contra Koltchak. A pesar de la oposición de los
soviéticos y comunistas rusos locales, consiguió que el gobierno central
le prometiera la creación de un gran Estado predominantemente musulmán,
la República Tártaro-Bachkir, que tendría entre cinco y seis millones
de habitantes y abarcaría las vastas zonas del Volga medio y los Urales
meridionales.
Fue
durante este periodo cuando desarrolló una serie de ideas que esperaba
defender y hacer realidad. Consideraba a la sociedad musulmana, a
excepción de unos pocos grandes terratenientes feudales y burgueses,
como una unidad que había sido oprimida colectivamente por los rusos
bajo el zarismo. Por tanto, no tenía sentido dividirla con diferentes
luchas de clases creadas artificialmente. Como por el momento los
musulmanes estaban sumidos en la pobreza y eran tan incultos como para
proporcionar cuadros, no había que dudar en utilizar las cabezas
disponibles: los intelectuales pequeñoburgueses e incluso el clero
reformista, que habían dado alguna prueba de su fidelidad a la
Revolución. En efecto, la revolución socialista debía adaptarse a una
sociedad harto impregnada de tradiciones musulmanas. Sultan Galiev,
ateo, recomendó, por tanto, que se tratara al Islam con suavidad,
mediante una «desfanatización» y una secularización graduales. Los
musulmanes de Rusia, y especialmente los más ilustrados de entre ellos,
los tártaros, serían entonces capaces de desempeñar un tremendo papel
histórico, pues a escala mundial la Revolución tendría que ser sobre
todo una liberación de los pueblos coloniales. Por tanto, era de vital
importancia contrarrestar la tendencia de la Komintern a concentrarse
principalmente en Occidente. La revolución socialista comenzaría en
Oriente. ¿Y quién podía llevar la antorcha de la cultura y del
socialismo a Asia mejor que los musulmanes bolcheviques de Rusia?
Para
evitar confusiones, debe decirse desde el principio que no se trataba
de reivindicaciones religiosas ni clericales. En Rusia había varios
grupos étnicos cuya religión era el Islam, que les había proporcionado
una cultura y una tradición comunes, y que había influido del mismo modo
en muchos aspectos importantes de su forma de vida. Existía, por tanto,
una cierta unidad cultural indiscutible entre estos pueblos que iba más
allá de sus particularidades étnicas, sobre todo porque estas no eran
muy pronunciadas. Asimismo, la unidad cultural se había visto reforzada
por su resistencia a los intentos de convertirlos al cristianismo y
convertirlos en rusos, intento que no percibían como una lucha
ideológica, sino como una agresión colonial contra su patrimonio
cultural común.
Estas
ideas preocupaban a los dirigentes bolcheviques. Stalin apoyó a Sultan
Galiev contra quienes querían atizar la guerra de clases en los círculos
musulmanes y romper todo contacto con los elementos no proletarios.
Pero, a diferencia del tártaro, consideraba que la alianza de clases era
sólo temporal. Una vez derrotados Koltchak y los checos, el apoyo de
los musulmanes del Volga y los Urales, cuyos cuadros habían quedado
inutilizados durante la lucha, perdió importancia. El Partido Comunista
Musulmán perdió su autonomía y la idea de una alianza duradera entre la
pequeña burguesía y el proletariado fue rechazada por el Congreso de los
Pueblos Orientales celebrado en Bakú en septiembre de 1920. Se proclamó
que la revolución nacional tenía que ser dirigida por el proletariado,
es decir, el proletariado occidental, y que, como declaró un delegado
del Congreso, «la salvación de Oriente solo reside en la victoria del
proletariado» [IV].
Se abandonó el proyecto de un gran Estado musulmán. En su lugar, se
crearon dos pequeñas repúblicas, una bachkir y otra tártara. La mayoría
de los tártaros vivían fuera de esta última y su población sólo era
tártara en un 51,6%. Sus ciudades eran casi un 80% rusas. Kazán, la
capital, era un centro ruso.
Fue
en esta etapa cuando Sultan Galiev, que seguía ocupando un cargo
oficial importante, pasó a la oposición, en un intento de luchar contra
las manifestaciones de lo que él llamaba "gran chovinismo ruso", y trató
de infiltrar a sus partisanos tártaros en las organizaciones del
Partido y en los soviets. Quería hacer de Kazán un centro de la cultura
nacional tártara y un semillero revolucionario desde el que el
"comunismo musulmán" se extendiera a todos los pueblos musulmanes de la
Unión Soviética y, más allá, a todo el Oriente musulmán. Luchó contra
los izquierdistas que defendían una política más antiburguesa y que
contaban con el apoyo de los estametos rusos. También trabajó para que
el tártaro, en lugar del ruso, fuera la lengua oficial de la
administración.
Al
toparse con la inquebrantable oposición del Gobierno Central y de los
comunistas rusos, sobre todo después de que el X Congreso del Partido
aprobara una clara resolución condenando la "desviación nacionalista",
Sultan Galiev estableció contactos más o menos secretos con una serie de
militantes descontentos. Quería crear un frente común contra los rusos,
a los que acusaba de reanudar la política colonial zarista. ¿Hasta
dónde llegó en la búsqueda de apoyo para este frente? Stalin le acusó de
haber llegado incluso a contactar con los Basmatsh, las bandas de
musulmanes insurgentes que libraban una lucha armada contra los
bolcheviques de Turquestán. Pero no hay razón para tomar al pie de la
letra las palabras de Stalin. Sea como fuere, en 1923 Stalin hizo
detener y expulsar del Partido Comunista a Sultan Galiev. Fue liberado
poco después, pero Kámenev lamentaría más tarde que él y Zinóviev
hubieran dado su consentimiento a este «primer arresto de un miembro
eminente del Partido por iniciativa de Stalin» [V].
Poco
se sabe de la vida de Sultan Galiev después de 1923. Tal vez fue
exiliado, detenido de nuevo y liberado. Trabajó en Moscú en las
editoriales estatales. Pero continuó su lucha, al menos
clandestinamente. Había creado toda una organización que atrajo a
numerosos comunistas musulmanes, principalmente tártaros. Desarrolló sus
ideas a la luz de la evolución de la situación, aunque desde la
penumbra. En su opinión, la revolución socialista no resolvía el
problema de la desigualdad entre los pueblos. El programa bolchevique
consistía en sustituir la opresión de la burguesía europea por la
opresión del proletariado europeo. En cualquier caso, el régimen
soviético se estaba liquidando; la NEP estaba en pleno apogeo. O bien
sería derrocado por la burguesía occidental o se convertiría en
capitalismo de Estado y democracia burguesa. Cualquiera que fuera el
resultado, los rusos como pueblo volverían a convertirse en opresores
dominantes. El único remedio posible era asegurar la hegemonía del mundo
colonial en desarrollo sobre las potencias europeas. Esto significaba
crear una Internacional Colonial Comunista, que sería independiente de
la III Internacional, y quizás incluso opuesta a ella. Rusia, como
potencia industrial, tendría que quedar excluida. La difusión del
comunismo en el Este, que esta nueva Internacional promovería,
permitiría sacudirse la hegemonía rusa sobre el mundo comunista.
A
medida que el régimen ruso se fortalecía, se volvía cada vez menos
tolerante con la disidencia. En varias ocasiones, los rusos se dieron
cuenta de que se enfrentaban a una oposición tártara organizada.
Entonces, Stalin la reprimió. En noviembre de 1928, Sultan Galiev fue
detenido y condenado a diez años de trabajos forzados, que cumplió en
Solovski. Fue puesto en libertad en 1939, pero se le perdió la pista en
1940.
Lecciones de una historia olvidada
Alexandre
Bennigsen y Chantal Quelquejay merecen nuestra gratitud por haber
revivido esta historia olvidada. Su tarea de cribar, escudriñar y
organizar una enorme cantidad de documentos en tártaro y ruso ha sido
tan ardua como importante. Es de esperar que podamos extraer algunas
conclusiones de sus hallazgos.
La
primera es que el análisis de la lucha política en torno al problema de
las minorías musulmanas en la Unión Soviética demuestra claramente que
puede haber contradicciones en un régimen socialista. Esto no es nuevo,
por supuesto: el propio Mao Tse-tung lo ha dicho, aunque con el añadido
bastante gratuito de que tales contradicciones solo pueden emerger como
"no antagónicas". Pero eso no altera el hecho de que cada vez que
alguien pone de relieve una de esas contradicciones a nivel práctico se
hace todo lo posible por negarla o minimizarla. Naturalmente, los más
dogmáticos no hacen ningún intento de analizar esas contradicciones, de
explicarlas o de comprender sus causas y sus repercusiones. Por el
contrario, cada fase de la política adoptada por los dirigentes
comunistas se presenta como determinada por una sabiduría superior que
sigue atentamente los giros de la coyuntura nacional e internacional,
guiada por la brújula infalible de la doctrina marxista. Por supuesto,
la realidad es bien distinta: cada decisión política es el resultado de
luchas constantes entre tendencias opuestas y expresa el equilibrio de
fuerzas entre ellas. El trasfondo social de estas luchas es
probablemente muy diferente al de una sociedad de clases, pero el
mecanismo es similar en su esencia. En otras palabras, la historia
continúa y aún no hemos entrado en el reino intemporal de la ciudad
santa. Mucha gente responderá que todo esto es bastante obvio, pero tal
vez no capten todas las complicaciones que entraña.
La
política soviética podría haber sido diferente, más orientada hacia
Asia, por ejemplo. Algunas de las ideas del Sultan Galiev tal vez
pudieran haberse puesto en práctica. Pero había obstáculos muy reales
para alcanzar tal programa: la falta de cuadros musulmanes, la situación
en el Este en aquel momento. Además, en el interior existía el peligro
de cierta desviación nacionalista tártara, reforzada por el nocivo
chovinismo tártaro. En el exterior, incluso si se hubieran aplicado las
ideas de Sultan Galiev, que en parte compartían el comunista indio
Manabendra Nath Roy y otros que las defendieron durante los primeros
Congresos de la Comintern, los beneficios habrían sido probablemente
escasos. Incluso Walter Z. Laqueur está de acuerdo con esta visión
pesimista, y nadie podría sospechar que fuera indulgente con los
dirigentes bolcheviques [VI].
Pero está claro que la elección de la orientación a este respecto
también se vio influida por otras consideraciones: estaba el dogmatismo
de los dirigentes, el hecho de que en ciertos periodos la idea de que el
proletariado era la fuerza predominante en la revolución se aplicara
mecánicamente y contra todo sentido común, incluso a zonas en las que el
proletariado no existía. De hecho, en general, y hasta hace muy poco,
los dirigentes comunistas han sido tan obtusos como los capitalistas en
su enfoque del despertar de los pueblos coloniales. Y, aunque su falta
de comprensión es excusable a muchos niveles, el hecho es que ha tenido
muchas consecuencias desastrosas incluso desde su propio punto de vista.
El socialismo y la cuestión nacional
También
está claro que el socialismo, entendiendo por tal la socialización de
los medios de producción, no resuelve automáticamente todos los
problemas. El estalinismo nos ha demostrado que el despotismo era
posible en el socialismo y, por tanto, que existía un problema de poder
político subyacente. Otros acontecimientos sugieren que el problema
nacional tampoco desaparece necesariamente bajo el socialismo. El hecho
de que el proletariado haya llevado a cabo la revolución social no lo
convertirá en un santo», escribió Lenin en 1916. Pero los eventuales
errores –y los intereses egoístas que empujan a uno a cabalgar sobre las
espaldas de los demás– le llevarán inevitablemente a darse cuenta de la
siguiente verdad. Al convertir el capitalismo en socialismo, el
proletariado crea la posibilidad de abolir por completo la opresión
nacional: esta posibilidad «solo» [«¡solo!»] se convertirá en un hecho
cuando la democracia se haya establecido por completo en todos los
ámbitos [VII].
El
ejemplo de Sultan Galiev demuestra que entre 1920 y 1928 los tártaros
desconfiaban mucho de los comunistas rusos y temían un neocolonialismo
comunista ruso. Los dirigentes bolcheviques negaron que tal temor
estuviera justificado. El propio Stalin declaró, en 1923, que «si
Turquestán es efectivamente una colonia, como lo era bajo el zarismo,
entonces los basmatsh tienen razón, y no nos corresponde a nosotros
juzgar a Sultan Galiev, sino a él juzgarnos a nosotros, como el tipo de
gente que tolera la existencia de una colonia en el marco del poder
soviético» [VIII].
Pero las cosas no eran tan sencillas. La política soviética hacia las
minorías musulmanas de la Unión Soviética ha sido, en general,
extremadamente atenta. Los musulmanes han sido bien atendidos y sus
zonas han sido industrializadas. Los cuadros autóctonos fueron
promovidos gradualmente, y este proceso continúa. Los musulmanes están
protegidos por exactamente las mismas leyes que los demás ciudadanos
soviéticos, y en la práctica los «autóctonos» han disfrutado incluso de
ciertos privilegios frente a los rusos. Pero esta evolución ha sido
cuidadosamente controlada. Se mantiene un férreo control sobre todos los
puestos clave. Además, la tendencia general de las costumbres
estalinistas no favorecía la interpenetración entre comunidades. La
situación no tiene nada en común con las situaciones coloniales de otros
lugares. Pero los problemas nacionales persisten, como lo demostró
claramente el comportamiento de muchos grupos minoritarios durante la
Segunda Guerra Mundial, y como lo confirman muchos pequeños incidentes
incluso hoy en día [IX].
Y, por cierto, tales sucesos atraerían menos la atención, y bien
podrían ser menos distorsionados en el extranjero, si los soviéticos no
pusieran tanto esfuerzo en encubrirlos y atacar a los «calumniadores»
que se atreven a sugerir que no todo es absolutamente perfecto en estas
áreas de la Unión Soviética.
Un precursor
Sultan
Galiev no parece haber tenido verdaderos herederos espirituales en las
zonas musulmanas de la Unión Soviética. No sabemos qué ocurriría hoy si
se permitiera la aparición de grupos de presión política. Pero lo que se
puede suponer sobre las aspiraciones de los pueblos de estas zonas
muestra que tienen poco en común con Sultan Galiev. Sus reivindicaciones
parecen mucho más «reformistas», mucho menos revolucionarias. Si
pudieran, presionarían por ligeros cambios, sin cuestionar el derecho
del régimen a gobernar. El papel de propagadores de la Revolución en
Oriente parece tener poco atractivo para ellos. Es posible, por
supuesto, que la tapadera del conformismo oficial oculte una realidad
mucho más efervescente…
Pero
es fuera de la Unión Soviética, en los llamados países
subdesarrollados, donde la situación contemporánea hace pensar
constantemente en las ideas del Sultan Galiev. ¿Hasta qué punto puede
decirse que es un precursor de la nueva línea adoptada por la Unión
Soviética desde 1954, una línea que respalda a la burguesía neutralista
afroasiática? ¿En qué medida puede considerarse precursor del comunismo
maoísta, que se concentra esencialmente en la lucha inmediata por la
revolución socialista en las excolonias?
La
actitud de Sultan Galiev y de los comunistas tártaros en 1918 derivaba
de su rechazo a servir de mero apoyo a un movimiento proletario europeo,
por muy justificado que estuviera. Querían que la Revolución fuera
también su revolución y que siguiera un curso determinado por sus
propias acciones, no por las de su hermano mayor, evitando ese
movimiento un tanto paternal del proletariado ruso. Hay que tener en
cuenta que uno de los métodos de intervención de este último, que más
tarde se utilizaría en otros lugares, era la insistencia en que el apoyo
autóctono procediera únicamente del proletariado. En los países en los
que el proletariado era todavía embrionario, esto equivalía a designar
arbitrariamente a los individuos con los que valía la pena hablar. La
exigencia esencial de los tártaros de "llevar a cabo nuestra propia
revolución" llegó en el momento equivocado. La dirección bolchevique ya
estaba tomando un rumbo muy diferente: un cuidadoso control burocrático
sobre todos los aspectos del movimiento de masas. Tanto los soviets como
los sindicatos, en el interior, y los partidos aliados o comunistas, en
el exterior, estaban sometidos a un control muy estricto.
Significativamente,
el hombre del momento era Stalin, cuya belicosidad universal y mezquina
se convertiría más tarde en algo patológico. El enfermo Lenin fue
ignorado cuando advirtió que "el daño que puede causar la falta de
unidad entre los aparatos estatales nacionales y el aparato estatal ruso
no es nada comparado con el daño que resultará de un exceso de
centralismo; esto nos perjudicará no sólo a nosotros, sino a toda la
Internacional, y a los cientos de millones de asiáticos que pronto
seguirán nuestros pasos e irrumpirán en la escena histórica" [X].
En teoría, el propósito de la Internacional era impulsar la marcha del
mundo hacia el socialismo. Por lo tanto, su tarea parece haber sido
desarrollar un nacionalismo marxista que luchara por la independencia
nacional y la socialización en los países dependientes. El desarrollo
social del Este en aquella época impedía cualquier empresa más
ambiciosa. A pesar de todos sus errores, está claro que esa era la
intuición básica del Sultan Galiev. El sistema estalinista hizo
imposible que los Partidos Comunistas coloniales llevaran a cabo esta
tarea. Esencialmente, la culpa de este fracaso la tuvo su rígida
subordinación a la estrategia mundial de una Internacional centrada en
el mundo europeo. Estos partidos comunistas coloniales dependían a veces
incluso directamente de sus equivalentes europeos. No obstante, acabó
surgiendo un nacionalismo marxista, arrastrado por la corriente de la
historia. Pero no lo hizo en el marco de los partidos comunistas, y fue
necesaria la imbecilidad anticomunista estadounidense para empujar a la
izquierda marroquí y argelina, a Castro, a Sekou Toure y a Modibo Keita a
los brazos de lo que quedaba de la III Internacional.
Hoy
existe la Internacional Colonial reconocida por Sultan Galiev. Adopta
la forma del bloque afroasiático, que empieza a extenderse a América
Latina, y está unida contra la dominación blanca, como soñaba el
comisario tártaro. Pero existen ciertas diferencias, aunque todavía no
llegan a escisión, entre un ala marxista comprometida con el avance
rápido hacia el socialismo y un ala burguesa partidaria de una
transformación lenta o incluso de ningún cambio. También hay una serie
de casos ambiguos que resultan especialmente interesantes.
Desde
1954, la Unión Soviética apoya a esta Internacional Colonial. Pero
Jruschov sólo sigue aparente y parcialmente la línea del Sultan-Galiev.
Los pueblos coloniales siguen siendo vistos solo como una fuerza de
apoyo cuya función es ejercer presión sobre los adversarios blancos de
la Unión Soviética, arrancarles concesiones, no destruirlos. La Unión
Soviética no fomenta la socialización en el Tercer Mundo y probablemente
ni siquiera la desea. Parece que las autoridades soviéticas están
finalmente de acuerdo con Sultan Galiev en este punto, pero su motivo no
es fortalecer la revolución; el objetivo es mucho más egoísta. El
triunfo mundial del socialismo se sigue considerando esencialmente como
el resultado de la evolución más o menos revolucionaria de los países
industrialmente avanzados. Solo en China, donde la distancia y la
astucia ancestral china facilitaron eludir la estrategia internacional
estalinista, el nacionalismo marxista pudo salir triunfante en el marco
de un Partido Comunista tradicional. En efecto, Mao Tse-Tung se contentó
con aplicar las ideas defendidas por la Comintern durante sus fases de
frente popular o nacional. Pero las aplicó de forma sistemática y
coherente. Su victoria y las circunstancias subsiguientes, la hostilidad
militante de las naciones blancas y la socialización de la sociedad
china, le llevaron a tomar el timón de un nuevo tipo de comunismo
colonial, que propuso como modelo para todo el mundo subdesarrollado ya
en 1949. Desde entonces, los acontecimientos en China no han dejado de
acercar las ideas de los nuevos dirigentes chinos a algunas de las de
Sultan-Galiev. La primacía de la revolución colonial y el temor a que un
neocolonialismo, o al menos un neopaternalismo, pudiera acabar
surgiendo del seno del propio mundo socialista han sido temas
constantemente reiterados.
Así,
las ideas de Sultan Galiev han resurgido en las dos principales
corrientes del comunismo mundial. Por supuesto, nadie cita a este
condenado campeón de las oscuras luchas de ayer. Y, sin embargo, se le
puede considerar como el primer profeta de la lucha colonial contra la
hegemonía blanca dentro del propio socialismo, como el primero en
pronosticar una ruptura entre el comunismo europeo de los rusos y el
comunismo colonial. También podría celebrársele como el hombre que
proclamó por primera vez la importancia del nacionalismo marxista en los
países coloniales, y la relevancia internacional para el socialismo de
aquellos movimientos nacionales que no prevén inmediatamente la guerra
de clases y la total socialización. El propio Mao seguía adoptando esta
posición en Yenan. El futuro emitirá sin duda su propio veredicto sobre
este primer representante del Tercer Mundo dentro del movimiento
comunista. Seguramente no dejará de reconocer su papel de profeta
marginado.
[I] Alexandre Bennigsen y Chantal Quelquejay, Les Mouvements Nationaux chez les Musulmans de Russie, 1: Le 'Sultangalievisme' au Tartarstan, Mouton, La Haye, 1960 (Documents et Témoignages, 3).
[II] De
hecho, a lo largo de uno de los discursos pronunciados en la IV
Conferencia del Comité Central del Partido Comunista Ruso, ampliada a
los militantes responsables de las repúblicas y regiones nacionales, del
9 al 12 de junio de 1923. Véase I.V. Stalin, Sotshineniya, Bk. V,
Moscú, 1947, pp.301-312. Para detalles importantes de esta conferencia,
que había sido convocada especialmente para condenar al sultán Galiev,
que había sido arrestado a finales de abril o en algún momento de mayo,
véase E.H. Carr, A History of Soviet Russia, Vol. IV, The Interregnum, Macmillan, Londres, 1960, pp.287-9; Bennigsen y Quelquejay expresan algunas reservas sobre el pasaje. En la obra oficial Istoriya Kommunistitsheskoy partii Sovietskogo soyuza,
Bk. IV/I, Moscú, 1970, p.283, aparece una fotografía de los
participantes en el congreso, que solo fue numerado IV para restarle
importancia. El comentario que lo acompaña deja claro que la condena de
Sultan-Galiev aún persiste en la ideología oficial, y de hecho se ve
reforzada por consideraciones contemporáneas.
[III] Por
ejemplo, Sariddine Aini, Boukhara, traducido del tadjik por S. Borodine
y P. Korotkine, Gallimard, París, 1956; Moukhtar Aouezov, La Jeunesse
d'Abai, traducido del kazako por L. Sobolev y A. Vitez, Gallimard,
París, 1959.
[IV] Premier Congrès des peuples de l'Orient, Bakou, 1920, Petrogrado, 1921, ed. francesa, citado por Bennigsen y Quelquejay, op. cit. p.140.
[V] Como le dijo una vez a Trotsky. Cf. L. Trotsky, Stalin, Hollis and Carter, Londres, 1947, p.417.
[VI] Walter Z. Laqueur, The Soviet Union and the Middle East, Routledge and Kegan Paul, Londres, 1959, p.22.
[VII] Resumen
de una discusión sobre el derecho de las naciones a la
autodeterminación" en V.I. Lenin, "Observaciones críticas sobre la
cuestión nacional", Obras Completas, Vol. 20,
pp.1-34 (4ª ed. rusa), (puntuación de Lenin). Para un análisis de cómo
evolucionó la posición de Lenin, en qué se diferenciaba de la de Stalin y
cómo se manifiesta el problema en la Unión Soviética hoy en día, véase
H. Carrère d'Encausse, "Unité prolétarienne et diversité nationale,
Lenine et la théorie de l'autodétermination" en Revue Française de
Science Politique, Vol. XXI, No. 2, pp.221-255.
[VIII] Stalin, El marxismo y la cuestión nacional, varias ediciones.
[IX] Probablemente
estaba minimizando el problema. Véase A. Bennigsen y C.
Lemercier-Quelquejay, L'Islam en Union Soviétique, Payot, París, 1968,
para un relato objetivo.
[X] Observaciones sobre «nacionalidades y autonomía»; véase Marxist Quarterly,
octubre de 1956, p. 255. Los «aparatos nacionales» se refieren a los
aparatos de los partidos comunistas no rusos de la Unión Soviética.