Ana Grondona,
socióloga, investigadora y docente en la Universidad de Buenos Aires.
Coordina el Fondo Carlos Mallmann en el Centro Cultural de la
Cooperación Floreal Gorini.
Ciudad: San Carlos de Bariloche
Productor: Fundación Bariloche
Personas Vinculadas:
Carlos A. Mallmann, Jorge Sábato, Enrique Oteiza, Amílcar O. Herrera,
Helio Jaguaribe, Osvaldo Sunkel, Graciela Chichilnisky, Gilberto C.
Gallopin, Jorge E. Hardoy, Diana Mosovich, Gilda L. de Romero Brest,
Carlos E. Suárez, y Luis Talavera.
Ubicación: Fondo Carlos Mallmann – Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini
“(L)os problemas más
importantes que afronta el mundo moderno no son físicos sino
sociopolíticos, y están basados en la desigual distribución del poder
tanto internacional como dentro de los países, en todo el mundo. El
resultado es una sociedad opresiva y alienante, asentada en gran parte
en la explotación. El deterioro del medio físico no es una consecuencia
inevitable del progreso humano, sino el resultado de una organización
social cimentada en valores en gran parte destructivos” — (Fundación Bariloche, 1977)
El Modelo Mundial Latinoamericano (MML)
fue un modelo computacional desarrollado por la Fundación Bariloche
entre 1972 y 1976, como una respuesta crítica al informe Los límites del crecimiento de 1972 que presentaba los resultados del World3.
Este último, financiado por el Club de Roma, había sido dirigido por
Donella Meadows y Dennis Meadows usando el lenguaje de simulación Dynamo
desarrollado por el grupo de Jay W. Forrester en el Instituto
Tecnológico de Massachusetts. Mientras el denominado modelo del MIT
planteaba la existencia de límites físicos al crecimiento económico y
poblacional que devendrían en escollos insuperables, el MML subrayaba
que los problemas globales eran parte del presente, no de un futuro
proyectado para 2050, y que sus causas eran sociales y políticas,
derivadas de la desigual distribución de los recursos y del abuso de
poder tanto a nivel nacional como internacional.
El diseño del MML se encaró con una
perspectiva marcadamente interdisciplinaria, a partir de un equipo de
profesionales provenientes de diversas formaciones en ciencias
naturales, exactas y sociales, que incluían experticias en demografía,
recursos naturales no renovables, matemáticas, sociología, economía,
salud, contaminación, alimentación, educación, vivienda y urbanización.
Bajo la dirección del geólogo Amílcar Herrera, el MML se diseñó como un
modelo matemático normativo, enfocado en las necesidades humanas
básicas.Contrastaba con el pesimismo neomalthusiano del MIT, proponiendo
en su lugar una hoja de ruta hacia un desarrollo igualitario y crítico
del consumismo. El indicador de desarrollo elegido fue la extensión de
la expectativa de vida al nacer antes que el mero incremento del PIB o
del PIB per capita. Además de cuestionar la propiedad privada, objetaba
la propiedad estatal, y proponía una lógica de uso de los bienes de
producción y de la tierra que permitiera su administración eficiente sin
provocar privilegios ni formas de explotación. Bajo estas premisas, el
modelo demostraba que, a contramano de las advertencias del World3, el nuevo estilo de desarrollo era físicamente viable.
Para su diseño, contó con un destacado
equipo interdisciplinario que produjo y sistematizó información para
alimentar los cinco sectores en los que se estructuró: alimentación,
educación, vivienda, bienes de capital, y otros servicios y bienes de
consumo. Se programó usando el lenguaje Fortran 77. En tanto se trataba
de un ejercicio a nivel global, se proyectaron cuatro bloques: los
países desarrollados, Asia, África y América Latina. Los resultados
fueron publicados en el libro ¿Catástrofe o nueva sociedad? Modelo Mundial Latinoamericano
(cuya primera edición, en inglés, es de 1976) donde se señalaba que,
bajo las orientaciones normativas propuestas, América Latina podría
llegar a satisfacer las necesidades básicas de su población hacia
finales del siglo XX, mientras que regiones como África y Asia u Oceanía
requerirían períodos algo más largos, debido a mayores desigualdades
estructurales y déficits iniciales en recursos y capacidades productivas
El MML participó en el contexto de la
“fiebre de modelos” de los años setenta, marcada por un auge de estudios
en futurología, de una creciente inquietud por las amenazas ecológicas y
sociales del desarrollo, así como por un proceso de revisión crítica de
las desigualdades internacionales en nombre de un nuevo orden económico
internacional. En virtud de ello, fue acogido con interés en diversos
foros, como las Naciones Unidas o la Organización Internacional del
Trabajo. También enfrentó críticas por su carácter netamente normativo,
lo que reducía su atractivo como herramienta para el diseño más concreto
de políticas públicas.
El golpe cívico-militar en Argentina en
1976 marcó un abrupto final para el desarrollo del modelo. La Fundación
Bariloche sufrió severas represalias, exilios y formas de persecución y
ostracismo. Esto, sumado a la generalización de alternativas
neoliberales como salida a la crisis capitalista abierta a partir de la
proliferación de resistencias obreras a fines de la década de 1960 y del
alza del precio de la energía, contribuyó al ocaso del proyecto. En
años recientes, el MML ha sido objeto de esfuerzos de recuperación y
actualización. En 2004, con motivo de su 30º aniversario, se publicó una
edición revisada de su texto fundacional. Además, iniciativas
académicas han buscado digitalizar y modernizar el modelo, como la
traducción de su código a lenguajes de programación más recientes.
El legado del MML, como las discusiones
sobre “estilos de desarrollo” de la que formó parte, persiste como un
ejemplo de pensamiento crítico desde el Sur Global. Al situar las
necesidades humanas y la justicia social en el centro de los debates
sobre desarrollo, el MML anticipó muchas de las discusiones del
presente.
I want to highlight a fascinating observation by geopolitical analyst
Elvin Calcaño. You can find his work on YouTube and X (links below),
but I wanted to share this specific reflection in full:
In
Brazil, they are attributing the decline of their national football
team to the rise of evangelicalism. And I don’t find it far-fetched to
think so. For the following reasons:
Brazilian
football had an identity rooted in the exuberance, festivity, and color
of a culture born from the syncretism between Catholicism and religious
imaginaries of African origin. When Brazil dominated the World Cups, its
players would arrive at the stadiums singing samba and playing
Afro-Brazilian drums. The game on the pitch was nothing more than an
extension of the celebration. But that’s how it was when the players
were Catholic and practitioners of Afro-Brazilian syncretism. Today,
Brazil’s players are mostly evangelical. And evangelicalism, given its
dispensationalist framework and closed eschatology, expels all forms of
syncretism: of diversity. In other words, it kills the party football.
The current players of the Brazilian national team arrive at matches
praying... Now, playing the drums and invoking the saints of
Afro-Brazilian syncretism is devil’s work. It’s very frowned upon.
They’ve become sad, martial, and predictable. Both in their lives and on
the pitch.
In Catholicism, when one makes a
mistake or things go badly, one must reflect and seek causes to improve.
In evangelical eschatology, everything is already written. If they win
the World Cup, it’s because God willed it so. And if they lose
disastrously, as they are now, it’s because God’s times are perfect...
Under such conditions, the player is never ultimately responsible for
poor results. They seek to win and improve, but always thinking that
whatever happens, everything is in God’s hands, who determines in
advance what will happen.
The evangelicalism
that reaches Brazil (and the rest of Latin America) is individualist.
It’s a religiosity that combines the Calvinist notion of individual
effort as devotion to God with neopentecostal prosperity theology. The
evangelical prioritizes the individual over the collective. Salvation is
for each one. The Brazilian football of Pelé, Garrincha, Zico, Ronaldo,
Romário, Rivaldo, and Ronaldinho (when Brazil was unbeatable on the
pitch) had a deeply collective component, both in its tactical and
aesthetic aspects. Something very difficult to cultivate today in
evangelical players who see themselves as individual actors, each in
pursuit of their private salvation.
Evangelicalism
is severe and punitive. While the Catholicism (syncretic) that
prevailed in Brazil was open and nuanced. This fosters creativity and
the search for different options. The Brazilian footballer of jogo
bonito was above all creative. He saw closed matches as something to
overcome by creating and inventing plays. Today, with evangelical
players, the Brazilian national team looks predictable and
unimaginative.
In short, I invite you to follow
the debate underway in Brazil today regarding what they consider the
harmful effects of evangelicalism on the identity of their football.
Because that debate can be extrapolated to many other areas of that
society. And, therefore, to any other Latin American country where
evangelicalism has replaced the Catholic (syncretic) matrix as the
majority religiosity. In the end, these discourses of hate, democratic
hollowing-out, and destruction of the public that we see in our
countries don’t come from nowhere.
It might be
tempting to dismiss this as a trivial sports anecdote, but I would argue
it is anything but. This cultural shift is a direct reflection of a
much wider geopolitical process driven by US-led imperialist
interference across Latin America and the Caribbean.
This
ideological displacement did not happen by accident; it was structurally
encouraged starting in the 1970s to counter the more socialist-oriented
Catholic Liberation Theology that was rapidly gaining traction across
the continent. From an imperialist perspective, this cultural
engineering has been highly "successful," albeit to varying degrees
depending on the country in question.
I explore this exact dynamic in my latest essay on the new Latin American Far-Right [worldlinesletter.substa…], but I also highly recommend this excellent episode by La Base Latinoamerica on the geopolitical role of evangelicalism in the region [youtube.com/watch?v=dir…]. And here are the links to Calcaño’s X (x.com/elvin_calcano24/s…) and YouTube channel (youtube.com/@ElvinCalca…).
Marcos Fernández Labbé. Doctor
en Historia, académico del Departamento de Historia de la Universidad
Alberto Hurtado, centrado en Historia Intelectual y Política del
catolicismo latinoamericano, e Historiografía.
Ciudad: Santiago, Valparaíso
Productor: Jóvenes religiosas, religiosos, sacerdotes, laicas y laicos de Chile
Personas Vinculadas: Gonzalo Arroyo, Alfonso Baeza, Roberto Bolton, Pablo Fontaine, Mariano Puga, Pablo Richard, Sergio Torres
Ubicación: Archivo Patrimonial de la Pontificia Universidad Católica de Chile
“Ser cristiano es ser
solidario. Ser solidario en estos momentos en Chile es participar en el
proyecto histórico que su pueblo se ha trazado.” — La participación de los cristianos en la construcción del socialismo, 1971
“Este magisterio
paralelo se manifiesta –entre otras maneras- en la difusión de una
especie de catecismo popular, que no contiene sino un adoctrinamiento
ideológico y político” — Conferencia Episcopal de Chile, 1973
La victoria electoral de la Unidad Popular
en septiembre de 1970 representó para un conjunto muy visible de
cristianas y cristianos la posibilidad de concretar la trayectoria de
politización por izquierda que –al menos desde la década de 1950– habían
experimentado laicas y laicos, sacerdotes, religiosas y religiosos. Con
experiencias como el Movimiento Católico Allendista articulado en la
elección de 1964 e Iglesia Joven, protagonista de la Toma de la Catedral
del 11 de agosto de 1968, uno de los objetivos centrales que se
planteaban era, por un lado, la reforma interna de la Iglesia Católica,
en términos de su democratización como institución; y por otro, el
compromiso activo de la misma con los más desfavorecidos, alejándose por
ello de su tradicional vinculación con las élites.
En abril de 1971, jóvenes religiosas,
religiosos, sacerdotes, laicas y laicos unidos en lo fundamental por la
experiencia de trabajo entre sectores populares y parroquias
universitarias, fundaron el Secretariado Sacerdotal de Cristianos por el
Socialismo, que poco más tarde se denominaría Cristianos por el
Socialismo. Su intención inicial era apoyar explícitamente el
cumplimiento del Programa de la Unidad Popular, sosteniendo que este
gesto público de parte de agentes religiosamente inspirados permitiría
superar la siempre amenazante tendencia al sectarismo de los partidos
que constituían la coalición. De forma complementaria, se consideraban
como un aporte cultural a las acciones del gobierno, en tanto en su
diagnóstico la figura del líder religioso mantenía prestigio popular y
serviría de legitimación de los cambios radicales que la construcción
del socialismo implicaría.
Probablemente en términos
político-doctrinales la característica central de Cristianos por el
Socialismo fue la adopción –acrítica de acuerdo a sus contendores- del
marxismo no solo como un método de análisis de la realidad, sino que
como un programa de transformación de ésta, que asumía de forma
histórica que la vía a través de la cual esa transformación se
realizaría sería la de la revolución. En ese sentido, el eje de
comportamiento político de gran parte de Cristianos por el Socialismo
estuvo orientado hacia la Nueva Izquierda, de inspiración cubana y
representada en Chile en gran medida por el Movimiento de Izquierda
Revolucionaria. Ello suponía, en la práctica, un distanciamiento tácito
de los partidos tradicionales de la izquierda chilena, como el PC y el
PS, así como una proximidad con el MAPU.
De forma evidente, ello supuso la
convicción de que el uso de la violencia no solo era inevitable, sino
también justificada. Tal y como la Conferencia del Episcopado
latinoamericano había advertido en Medellín años antes (1968), existía
en el Continente una “violencia estructural”, graficada en la existencia
de vastos sectores oprimidos por pequeñas “burguesías herodianas”, es
decir, administradoras de la riqueza latinoamericana en función de los
intereses del imperialismo de los Estados Unidos. En ese cuadro, los y
las cristianas comprometidas con la revolución debían hacer primar el
amor como fundamento, un amor que bien podía tornarse violento en la
liberación del oprimido de su opresión, así como del opresor de su
pecado.
Entre el 23 y el 30 de abril de 1972 se
desarrolló, en la sede de la UNCTAD de la ciudad de Santiago, el I
Encuentro Latinoamericano de Cristianos por el Socialismo”, inaugurado
por Clodomiro Almeyda, entonces Ministro de Relaciones Exteriores
chileno; y sin la presencia de autoridades eclesiásticas del país. Con
más de 400 personas congregadas, dio inicio a una seguidilla de
iniciativas similares – realizadas con posterioridad en Canadá, Italia y
España – que daban cuenta del alcance global que el movimiento de
Cristianos por el Socialismo tendría a lo largo de la década de 1970,
particularmente en el mundo del ecumenismo y las teologías de la
liberación. En el curso del Encuentro presentaron informes de cada uno
de los países del continente que ponían el acento en la realización de
un diagnóstico de la correlación de fuerzas entre las distintas clases
sociales y organizaciones orientadas hacia el cambio revolucionario o su
obstaculización; así como reflexiones de naturaleza táctica y
estratégica en torno a los modos de participación activa de las y los
cristianos en el proceso. Del mismo modo, se compartió un cancionero con
composiciones destinadas a rimar la doctrina cristiana con el ánimo
revolucionario; y el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez presentó una
densa ponencia que, titulada “Marxismo y Cristianismo”, anotaba a este
último como un verdadero motor utópico de la historia.
En su documento final que circuló rápida y
masivamente a nivel nacional y continental, con intención apologética y
polémica, se indicaba:
“El proceso revolucionario en América
Latina está en pleno curso. Son muchos los cristianos que se han
comprometido en él, pero son más los que, presos de inercias mentales y
categorías impregnadas por la ideología burguesa, lo ven con temor e
insisten en transitar por imposibles caminos reformistas y
modernizantes. El proceso latinoamericano es un proceso único y global.
Los cristianos no tenemos y no queremos tener un camino político propio
que ofrecer. La comprensión de este carácter único y global hace
compañeros y une en una tarea común a todos aquellos que se comprometen
en la lucha revolucionaria.”
La experiencia chilena de Cristianos por
el Socialismo llegó a su fin con el 11 de septiembre de 1973, que supuso
la muerte, prisión, expulsión y exilio de muchos de sus miembros. Poco
más tarde se publicó el Documento Episcopal –elaborado con anterioridad
al Golpe de Estado– Fe Cristiana y Actuación Política, que en
100 puntos sometió a crítica no solo al movimiento, sino también a
cualquier posibilidad de vínculo doctrinal o práctico entre catolicismo y
marxismo, declarando de forma concluyente la proscripción del tipo de
conducta ‑a fin de cuentas a su juicio cismática- que Cristianos por el
Socialismo había representado. Así, ese vínculo entre la utopía
cristiana de la igualdad y el fin del pecado, y la ideología
modernizante y secularizante del marxismo se desenvolvió paradójicamente
en un continente y un tiempo histórico en el que la revolución era un
programa posible, y por ello, la historia latía como futuro.
Referencias
Libros y publicaciones asociadas:
Cárcamo, U. Renovación eclesial y radicalización política 1964–1973. En Sanchez, M (Ed.), Historia de la Iglesia en Chile, Tomo V (pp. 203–235). Santiago: Universitaria.
Conferencia Episcopal de Chile (1973). Fe cristiana y actuación política. En Documentos del Episcopado. Chile 1970–1973. Santiago: Ediciones Mundo.
Díaz de Valdés, L. (2024). Bendecir la revolución. Cristianismo de izquierda en Chile, 1957–1973. Santiago: Ediciones UC.
Fernández, M. (2017). Un reino de este
mundo: la controversia en torno a Cristianos por el Socialismo. Chile,
1970–1973. En Sanchez, M (Ed.), Historia de la Iglesia en Chile, Tomo V (pp. 149–200). Santiago: Universitaria.
Fernández, M. (2025). En la tormenta.
Cristianismo y marxismo en Chile de la Revolución en Libertad a la
fundación de Cristianos por el Socialismo, 1964–1971. Santiago: Ediciones UAH.
Ramminger, M. (2019). Éramos Iglesia…en medio del pueblo. El legado de los Cristianos por el Socialismo en Chile, 1971–1973. Santiago: LOM.
Otros enlaces:
Archivo Primer Encuentro Latinoamericano de Cristianos por el Socialismo en el Archivo patrimonial UC
Ce qui
importe en Bolivie, c'est qu'elle est devenue le principal bastion des
cultures indigènes du continent, les moins affectées par la civilisation
occidentale. Sa valeur principale reste le collectif.
Ça
devait arriver en Bolivie : dans le pays le plus américain des
Amériques, le plus indien, le plus intemporel, le plus vivant. En ces
temps amers du continent, alors que tout ce qui avait été conquis au
cours des dernières décennies avec tant de rêves et tant de sang,
apparemment, s’effondrait, faisant reculer le temps jusqu’à l’obscurité
du passé. Les croyants expliqueraient que c’est parce qu’à l’époque où
la Bolivie ne s’appelait pas encore ainsi, Wiracocha a choisi justement
les eaux du Titicaca, près de son île du Soleil, pour apparaître devant
les gens désespérés et perdus, afin d’indiquer la direction à leur
esprit. D’autres diraient que c’est parce que le Che, bien des siècles
plus tard, a opté pour la Bolivie dans la plus inégale et impossible des
luttes, pour y mourir de la plus grande des immortalités.
Au-delà des politologues ou des touristes qui confondent les
métaphores du « mendiant assis sur un trône d’or » avec « la fille
préférée de Bolívar » ou « le cœur de l’Amérique », la terre bolivienne
n’est pas « une ressource », ni un « bien immobilier » ni un « actif
économique » : elle est la magie, la poésie et la musique, encore libres
de la médiocrité et de la mesquinerie capitalistes. Voilà pourquoi ça
devait arriver en Bolivie.
Il est tout à fait normal que les grands médias refusent de voir
cette rébellion populaire qui va bientôt atteindre un mois. Plus ils
ignorent ou désinforment sur ce qui se passe aujourd’hui en Bolivie,
plus ce processus véritable est significatif, et personne ne peut le
faire breveter. Comme à leur époque les affaires de McDonald’s et de
Coca-Cola ont échoué en Bolivie, aujourd’hui, ici, les rêves fascistes
de Musk et de ses amis, ainsi que ceux de ses concurrents de
pseudo-gauches spécialisés dans l’ouverture de la voie aux corporations,
sont en train d’échouer.
Sûrement, la presse mondiale veut faire avec la Bolivie la même chose
que ce que l’on dit que la reine d’Angleterre a fait au XIXe siècle :
la légende raconte qu’un président bolivien de l’époque aurait humilié
l’ambassadeur britannique, l’expulsant du pays à dos d’âne. Alors la
reine Victoria, furieuse, prit la carte de l’Amérique du Sud, biffa la
Bolivie et décréta : « La Bolivie n’existe pas. » Mais elle existe, elle
résiste et elle est en train de vaincre.
L’actuel président bolivien, Rodrigo Paz, durant ses six premiers
mois de mandat, a fait tout son possible pour mettre fin à toutes les
conquêtes sociales des vingt dernières années de l’histoire bolivienne
et a procédé à l’arrestation des dirigeants de gauche qui avaient eu, il
y a peu, la naïveté de céder le pouvoir démocratiquement.
Un mandat d’arrêt a également été émis contre Evo Morales, accusé de
« traite des personnes aggravée », ce qui implique jusqu’à vingt ans de
prison. Cela est particulièrement ironique venant d’un gouvernement
raciste qui a livré le pays aux partenaires et amis d’Epstein. Avec les
arrestations massives des dirigeants de la résistance populaire, les
chefs de la rébellion sont passés dans la clandestinité. Bien que le
président Rodrigo Paz semblât lui aussi être dans la clandestinité, car
on n’avait eu aucune nouvelle de sa localisation physique pendant
plusieurs jours, tandis qu’Evo continuait à accorder des interviews et
des déclarations à la presse. Alors, quel est le réel pouvoir qui
commande en Bolivie ?
Apparemment, Trump et ses alliés vont voir surgir un nouveau problème
énorme dans une partie de ce qu’ils ont toujours considéré comme leur
« arrière-cour », s’il existe une menace que l’exemple bolivien s’étende
aux pays voisins, comme l’Argentine, le Pérou, l’Équateur et d’autres,
où les mouvements populaires n’atteignent pas encore la clarté et la
puissance du monde social bolivien.
Je crois que l’un des principaux problèmes de l’Amérique latine est
qu’elle ne s’est pas rendu compte du changement radical qu’a connu le
monde ces dernières décennies. Parler aujourd’hui de « gauches » et de
« droites » comme il y a 40 ou 50 ans, c’est non seulement ne pas
comprendre le monde actuel, mais aussi condamner toute lutte à une
défaite certaine.
En ces temps, plus personne ne respectera aucune norme
constitutionnelle ou démocratique, pas même les plus bourgeoises. La
masse des électeurs, de plus en plus ignorante, est entre les mains
fermes des réseaux sociaux et des écrans de télévision, qui garantissent
toujours le résultat que le pouvoir leur commande. L’objectif de ce
pouvoir n’est plus l’exploitation des peuples comme au temps de Marx ou
de Bolívar, mais la réduction de leur population et la destruction de la
spiritualité et de la culture humaines. Mais surtout, ils doivent
s’assurer que nous ne comprenions jamais des vérités aussi simples que
celle-ci.
L’Amérique latine actuelle est le principal champ d’essais pour les
expériences sur l’organisation future du monde. En comparaison, le
fameux laboratoire du néolibéralisme, créé il y a quelque temps par la
dictature d’Augusto Pinochet au Chili, est un jeu d’enfant.
L’important en Bolivie, c’est que ce pays est devenu aujourd’hui le
principal bastion des cultures indigènes du continent, les moins
affectées par la civilisation occidentale. Sa valeur principale reste le
collectif. Quiconque connaît personnellement la Bolivie sait
parfaitement que c’est un territoire où ne règne pas la logique
occidentale des pays voisins, et que le tissu social et les relations y
sont différents. De même qu’il est difficile pour un étranger de décrire
les particularités mentales de la Russie, il en va de même pour la
Bolivie. Ce sont des mondes qui, jusqu’à présent, échappent à la logique
du système, qui peigne et aplatit le monde sous son unique moule
néolibéral. Ce sont les maillons faibles de la chaîne infaillible du
système, qui soudain commence à faillir.
Pour que le soulèvement populaire actuel en Bolivie devienne une
révolution et en sorte victorieux, ses dirigeants et ses participants
doivent comprendre que leur lutte n’est pas seulement contre
l’oligarchie locale et ses sponsors américains, mais contre la
machinerie de mort mondiale qui agit simultanément et partout. Le
Commandement Sud des États-Unis déploie déjà ses forces en Bolivie. Les
mercenaires ne manqueront pas non plus. Les régimes voisins d’Argentine,
d’Équateur, du Chili et du Paraguay, ainsi que ceux moins proches comme
le Costa Rica, le Panama, le Salvador, la République dominicaine, la
Guyane et Trinité-et-Tobago, sans compter le lointain Israël, ont déjà
averti les Boliviens qu’ils « ne peuvent pas permettre le renversement
de dirigeants démocratiquement élus ».
La presse locale, historiquement liée aux pouvoirs narco, s’affaire
déjà à répandre que « le trafic de drogue est derrière la tentative de
coup d’État ». Les organisateurs professionnels et avoués de dizaines de
coups d’État et d’assassinats politiques, et le gouvernement bolivien
qui, en seulement six mois au pouvoir, a réussi à ne tenir aucune de ses
promesses électorales ni à garantir le respect d’aucun article de la
Constitution, voilà que soudain ils se sont inquiétés de la « menace
pour la démocratie » et du « risque d’un coup d’État ». Ils sentent
qu’ils perdent le contrôle. On prépare un massacre.
Le pouvoir global des corporations, après ce qu’elles ont fait en
Syrie, à Gaza, au Liban, au Soudan et ailleurs, s’apprête aujourd’hui à
baigner la Bolivie dans le sang et, si cela lui convient, ses voisins.
La seule différence, c’est que, dans ce nouveau tournant de l’histoire,
le génocide des indigènes est planifié en même temps que le génocide de
la majeure partie de l’humanité. La résistance et la victoire ne seront
possibles que si l’on comprend la réalité et l’ampleur de la menace.
La teoría marxista de la dependencia surgió
en un contexto muy particular, más de cincuenta años atrás. Aun así,
todavía tiene mucho para decirnos sobre por qué el mundo es como es (y
qué hacer para cambiarlo).
Cuando el neoliberalismo inició su sangrienta marcha por América
Latina, sus defensores insistían en que los sacrificios de trabajo
humano y derechos civiles que solían acompañar a su implantación se
verían compensados por una eventual convergencia global que liberaría a
la región del subdesarrollo. La desregulación, la privatización y el
libre comercio, decían, acabarían por cerrar la brecha entre el mundo
descolonizado y los antiguos centros metropolitanos.
Nuestro presente, sin embargo, es una espiral de crisis. Desde el crack
financiero de 2008, la crisis económica converge con el colapso
ecológico y el agotamiento de las formas democráticas liberales,
alcanzando dimensiones civilizatorias. En este contexto, la pandemia
puso al descubierto cómo, lejos de desaparecer, la brecha entre el
centro y la periferia del sistema mundial es tan aguda y significativa
como siempre.
Con la hegemonía neoliberal fracturada, otras formas de pensar y
practicar la política han resurgido de sus exilios intelectuales. Entre
ellas, la teoría de la dependencia destaca como una contribución
original y revolucionaria del pensamiento crítico latinoamericano,
ofreciendo herramientas para entender el desarrollo capitalista desigual
y el imperialismo, tanto en su desarrollo histórico como en la
actualidad. Para acercarnos a un poco más a los postulados de este
pensamiento singular conversamos con el Dr. Jaime Osorio.
El 11 de septiembre de 1973, cuando el golpe de Estado derrocó al
gobierno democrático de Salvador Allende, Osorio ya había sido aceptado
para iniciar sus estudios doctorales en el Centro de Estudios
Socio-Económicos (CESO) de la Universidad de Chile. El avance de la
dictadura le llevó a México, donde hoy es Profesor Distinguido de la
Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) – Xochimilco e Investigador
Emérito por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT). Ha
publicado numerosos libros, entre los que se cuentan Fundamentos del análisis social. La realidad social y su conocimiento y Sistema mundial. Intercambio desigual y renta de la tierra.
En esta entrevista con Hilary Goodfriend, colaboradora de Revista Jacobin,
Jaime Osorio nos habla sobre la vertiente marxista de las teorías de
dependencia, sus orígenes y fundamentos, así como sus usos actuales.
HG
La teoría de la dependencia y su vertiente marxista surgieron
de debates y diálogos sobre el desarrollo, el subdesarrollo y el
imperialismo en el contexto de la descolonización y las luchas de
liberación nacional del siglo XX. ¿Cuáles fueron las principales
posiciones y estrategias en disputa, y cómo se posicionaron los teóricos
marxistas de la dependencia en estos argumentos?
JO
En el plano teórico, la teoría marxista de la dependencia [TMD] es el
resultado de la victoria de la Revolución Cubana en 1959. El marxismo
latinoamericano se conmovió con el gesto de la isla. Todas las
principales tesis sobre la naturaleza de las sociedades latinoamericanas
y el carácter de la revolución quedaron en entredicho.
Poco más de una década después de aquel acontecimiento, que agudizó
los debates, la TMD alcanzó su madurez. En aquellos años, algunas de las
propuestas que alimentaban las teorías de la dependencia enfatizaban el
papel de las relaciones comerciales, como la tesis del «deterioro de
los términos de intercambio» planteada por la CEPAL [Comisión Económica
para América Latina y el Caribe], que refería al abaratamiento de los
bienes primarios frente al aumento de los precios de los productos
industriales en el mercado mundial.
Los marxistas ortodoxos destacaban la presencia de «obstáculos»
internos que impedían el desarrollo, como las tierras ociosas en manos
de los terratenientes que bloqueaban la expansión de las relaciones
asalariadas. En general, en estas propuestas, el capitalismo no era
responsable de lo que ocurría. De hecho, era necesario acelerar su
expansión, con el objetivo de que se agudizaran sus contradicciones
inherentes. Solo entonces podría proponerse una revolución socialista,
según la perspectiva etapista predominante en los Partidos Comunistas.
Para los cepalinos, el horizonte era alcanzar un capitalismo
avanzado, lo que sería factible a través de un proceso de
industrialización. Esto permitiría a la región dejar de exportar bienes
primarios y productos alimenticios e importar bienes secundarios, que
pasarían a producirse internamente, lo que impulsaría el desarrollo
tecnológico y frenaría la salida de recursos.
En ambas propuestas, la burguesía industrial tenía un papel positivo que desempeñar, ya fuera a medio o largo plazo.
Para la teoría marxista de la dependencia, el llamado «atraso»
económico de la región fue resultado de la formación y expansión del
sistema mundial capitalista, cuyo curso produjo desarrollo y
subdesarrollo simultáneamente. Por lo tanto, estas historias económicas
divergentes no son procesos independientes ni están conectadas
tangencialmente. Desde esta perspectiva, el problema teórico e histórico
fundamental exigía explicar los procesos que generaron desarrollo y
subdesarrollo en un mismo movimiento.
Este problema exigía, además, una respuesta que diera cuenta de cómo
este proceso se reproduce a lo largo del tiempo, ya que civilización y
barbarie se rehacen constantemente en el sistema mundial.
HG
Muchos de los aclamados teóricos marxistas de la dependencia
—Ruy Mauro Marini, Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra— comparten una
trayectoria de huida de las dictaduras sudamericanas y exilio en México.
A usted también le tocó vivir este desplazamiento forzado. ¿Cómo
influyeron estas experiencias de revolución y contrarrevolución en la
construcción de la TMD?
JO
Cuatro nombres destacan en el desarrollo de la TMD: André Gunder
Fank, Theotonio Dos Santos, Vania Vambirra y Ruy Mauro Marini. El
primero era un economista germano-estadounidense y los otros tres
brasileños, que compartieron lecturas y discusiones en Brasil antes del
golpe de 1964. Posteriormente se encontraron en Chile a finales de los
años sesenta, en el Centro de Estudios Socio-Económicos, hasta el golpe
militar de 1973. Durante este período —al menos en el caso de los
brasileños— produjeron sus principales trabajos en relación con la TMD.
Tuve la suerte de conocer y trabajar con Marini en México a mediados de
los años setenta, antes de su regreso a Brasil.
La TMD no hace ninguna concesión a las clases dominantes locales. Por
el contrario, las señala como las responsables de las condiciones
imperantes, en las que consiguen cosechar enormes beneficios en
connivencia con los capitales internacionales, a pesar incluso de las
transferencias [internacionales] de valor. Por esta razón fue difícil
para aquellos teóricos encontrar espacios para difundir sus
conocimientos en el mundo académico.
El golpe militar de 1973 en Chile, por su parte, hizo que los
principales creadores de la TMD aparecieran en las listas de búsqueda de
las fuerzas militares y sus aparatos de inteligencia. Y a este golpe en
Chile, que fue precedido por el golpe en Brasil en 1964, le siguieron
muchos más en el sur del continente, que dispersaron y disolvieron
grupos de trabajo y cerraron espacios importantes en esas sociedades.
Al mismo tiempo, esa larga fase contrarrevolucionaria, que no se
limitó a los gobiernos militares, favoreció transformaciones radicales
en las ciencias sociales, donde pasaron a reinar las teorías
neoliberales y el individualismo metodológico. La TMD surgió en un
periodo excepcional de la historia reciente. Sin embargo, posteriormente
y en general —salvando determinados momentos y países de la región— no
se han dado las condiciones ideales para su desarrollo y difusión.
HG
En su obra clásica Dialéctica de la dependencia,
Marini define la dependencia como una «relación de subordinación entre
naciones formalmente independientes, en cuyo marco se modifican o
recrean las relaciones de producción de la nación subordinada para
garantizar la producción ampliada de la dependencia». ¿Cuáles son los
mecanismos de esta producción ampliada y cómo han cambiado desde que
Marini formuló su propuesta en los años setenta?
JO
Cuando hablamos de procesos generados por el capitalismo dependiente,
el calificativo «dependiente» no es redundante. Hablamos de otra forma
de ser capitalista. Es decir, en el sistema mundial coexisten y se
integran diversas formas de capitalismo que se retroalimentan y
profundizan sus formas particulares dentro de la unidad global del
capital.
La heterogeneidad del sistema se explica, entonces, no por el atraso
de algunas economías, no como estados previos [de desarrollo], no como
deficiencias. Cada una constituye su forma plena y madura de capitalismo
posible en este sistema.
De este modo, de un plumazo, la TMD destruyó las esperanzas de los
desarrollistas, que suponían que las economías dependientes podrían
alcanzar estados superiores de bienestar y desarrollo dentro de este
orden constituido por el capital. Para ellos, solo era cuestión de
aprovechar «ventanas» que se abrirían regularmente. Pero no hay nada en
la dinámica imperante que sugiera que las cosas van en esa dirección. Al
contrario, , mientras prevalezcan las relaciones sociales capitalistas,
lo que se produce y sigue produciéndose es el «desarrollo del subdesarrollo».
La brecha entre el capitalismo subdesarrollado y el desarrollado, o
entre el capitalismo imperialista y el dependiente, es cada vez mayor.
La dependencia se profundiza y se generan modalidades más agudas. En un
mundo en el que el capitalismo digital gana terreno —la internet de las
cosas, la inteligencia artificial, la robótica, por ejemplo— esto no es
difícil de entender.
Experiencias como la de Corea del Sur no pueden repetirse a voluntad.
Son, más bien, excepciones a la regla. ¿Por qué el FMI cortó y asfixió
la economía argentina y no le tendió la mano como hizo el capital
imperialista con Corea del Sur tras la guerra de 1952 en la península?
Fue la excepcional posición de esta última en un espacio estratégico,
trastocado por el triunfo de la revolución de Mao en China y la
necesidad de construir una barrera para impedir la expansión del
socialismo en Corea, lo que abrió el grifo de enormes recursos, al menos
para Japón y Estados Unidos, y puso anteojeras a los defensores de la
democracia y el libre mercado cuando Corea del Sur fue gobernada por una
sucesión de dictaduras militares que aplicaron ferozmente la
intervención estatal —no el libre mercado— para definir planes y
programas que definieran prioridades de inversión y préstamos.
Hoy, basta que un gobierno del mundo dependiente establezca algunas
reglas para el capital extranjero para que todo el clamor y la
propaganda de los medios transnacionales exijan acabar con el comunismo,
impidiendo los préstamos internacionales, bloqueando el acceso a los
mercados y buscando asfixiar a los supuestos «subversivos».
HG
El concepto de superexplotación como mecanismo mediante el
cual los capitalistas dependientes compensan su inserción subordinada en
la división internacional del trabajo es quizá la propuesta más
original y polémica de Marini. Algunos marxistas, por ejemplo, protestan
contra la posibilidad de la violación sistemática de la ley del valor.
Es un tema que usted retoma en su polémica con el investigador argentino Claudio Katz. ¿Cómo define usted la superexplotación y por qué, o en qué términos, defiende hoy su validez?
JO
Con el breve libro de Marini, Dialéctica de la dependencia,
cuyo cuerpo central fue escrito en 1972 y se publicaría en 1973, la TMD
alcanza su punto de mayor madurez. Podemos sintetizar el núcleo de la
tesis de Marini en la pregunta: ¿cómo es posible la reproducción de un
capitalismo que transfiere regularmente valor a las economías
imperialistas?
Esto es posible porque en el capitalismo dependiente se impone una
forma particular de explotación que implica que el capital no solo se
apropie de la plusvalía, sino también de parte del fondo de consumo de
los trabajadores, que debiera corresponder a los salarios, para
transferirlo a su fondo de acumulación. De esto da cuenta la categoría
superexplotación. Si todo capital, más temprano que tarde, acaba siendo
trabajo no remunerado, en el capitalismo dependiente todo capital es
trabajo no remunerado y fondo de vida apropiado [de la clase obrera].
La respuesta de Marini es teórica y políticamente brillante. Permite
explicar las razones de la multiplicación de la miseria y la devastación
de los trabajadores en el mundo dependiente, pero también las razones
por las que el capital es incapaz de establecer formas estables de
dominación en estas regiones, expulsando regularmente a enormes
contingentes de trabajadores de sus promesas civilizatorias,
empujándolos a la barbarie y convirtiéndolos en contingentes que
resisten, se rebelan y se levantan contra los proyectos de los
poderosos.
La superexplotación tiene consecuencias en todos los niveles de las
sociedades latinoamericanas. Por ahora, podemos destacar que acompaña la
formación de economías orientadas a los mercados externos. Tras los
procesos de independencia en el siglo XIX, y bajo la orientación de los
capitales locales, las economías de la región avanzaron sobre la base de
las exportaciones, inicialmente de materias primas y alimentos, a las
que podemos agregar, recientemente, la producción y ensamblaje de bienes
industriales de lujo como automóviles, televisores, teléfonos celulares
de última generación (productos igualmente alejados de las necesidades
generales de consumo de la mayoría de la población trabajadora). Esto es
compatible con la modalidad dominante de explotación, que impacta
seriamente en los salarios, reduciendo el poder de consumo de los
trabajadores y disminuyendo su participación en la formación de un
mercado interno dinámico.
Aquí es pertinente considerar una diferencia significativa con el
capitalismo en el mundo desarrollado. Allí, a medida que el capitalismo
avanzaba, en el siglo XIX, se enfrentaba al dilema de que para seguir
expandiéndose —lo que implicaba la multiplicación de la masa de bienes y
productos— necesitaría incorporar trabajadores al consumo. Eso se logró
pagando salarios con poder adquisitivo para bienes básicos como ropa,
zapatos, utensilios y muebles para el hogar. Este equilibrio se logró
introduciendo mejores técnicas de producción, que redujeron la presión
para prolongar la jornada laboral multiplicando la masa de productos
lanzados al mercado. A partir de ahí, podemos entender el peso de la
plusvalía relativa en el capitalismo desarrollado.
Pero en América Latina las cosas funcionaban de otra manera. El
capitalismo del siglo XIX no vio la necesidad de crear mercados, porque
estaban disponibles desde el período colonial en los centros
imperialistas. Además, el despegue del capitalismo inglés aumentó la
demanda de materias primas y alimentos. Por esta razón, no había ninguna
prisa por cambiar el tipo de valores de uso y de productos puestos en
el mercado. Continuaron siendo productos alimenticios y bienes
primarios. De este modo, el capitalismo emergente en nuestra región no
se vio presionado a hacer algo cualitativamente diferente. La masa de
trabajadores asalariados se expandió, pero no conforman la demanda
principal de los bienes que se producían, que estaba en Europa, Estados
Unidos y Asia.
A través de su inserción en el mercado mundial y a la hora de vender
productos, las economías latinoamericanas transfieren valor [al
exterior] por la sencilla razón de que los capitales que aquí operan
tienen composiciones y productividades menores que los capitales de
economías que gastan más en nueva maquinaria, equipos y tecnología, lo
que les permite mayor productividad y capacidad de apropiarse del valor
creado en otras partes del mundo. Este proceso se denomina intercambio
desigual.
Es importante señalar que el intercambio desigual se produce en el
mercado, en el momento de la compraventa de mercancías. Aparte de su
baja composición orgánica, este concepto no nos dice mucho sobre cómo se
produjeron esas mercancías y, sobre todo, qué permite que un proceso
capitalista se reproduzca a lo largo del tiempo en esas condiciones. Ahí
es donde entra la superexplotación.
Ese es el secreto que hace viable el capitalismo dependiente. Y eso
llama aún más la atención sobre los errores de personas como Claudio
Katz, que han formulado propuestas que tratan de eliminar ese concepto y
lo hacen, además, con argumentos grotescos, como que Marx nunca lo
mencionó en El capital —Marx refiere [a la superexplotación]
muchas veces, de diversas maneras— porque eso implicaría una dilución o
un ataque directo a su proposición teórica ya que el capitalismo no
puede aniquilar su fuerza de trabajo.
No voy a repetir esos debates con Katz. Simplemente reiteraré que El capital
de Marx es un libro fundamental para el estudio del capitalismo y sus
contradicciones. Pero nadie puede afirmar que lo explica todo, o que el
capitalismo, en su extensión en el tiempo, no puede presentar novedades
teóricas o históricas de ningún tipo. Esa es una lectura religiosa, y El capital
no es un texto sagrado. Tal posición, además, es un ataque a una
dimensión central del marxismo como teoría capaz de explicar no solo lo
que ha existido, sino también lo que es nuevo. Por esta razón, la única
ortodoxia que el marxismo puede reivindicar es su modo de reflexión.
HG
También se argumenta que la extensión de la superexplotación a
las economías centrales tras la reestructuración neoliberal globalizada
invalida su carácter de proceso exclusivo del capitalismo dependiente.
JO
En cualquier lugar donde opere el capital puede estar presente la
superexplotación, sea en el mundo desarrollado o en el subdesarrollado,
al igual que las formas de plusvalía relativa y plusvalía absoluta. Por
supuesto, hay superexplotación en Brasil y Guatemala, como la hay en
Alemania y Corea del Sur.
Pero ese no es el problema. Lo relevante es dilucidar el peso de esas
formas de explotación, que pueden estar presentes en cualquier espacio
capitalista, en la reproducción del capital. Así que la cuestión central
es otra, y también lo son las consecuencias económicas, sociales y
políticas.
Dejando de lado los períodos de crisis, en los que las formas más
brutales de explotación pueden exacerbarse por doquier, ¿puede el
capitalismo funcionar a mediano y largo plazo sin un mercado generador
de salarios, o con salarios extremadamente bajos? Algo así como si en
Alemania el salario medio de los armenios y turcos se generalizara para
toda la población trabajadora, o si en Estados Unidos predominaran los
salarios de los trabajadores mexicanos y centroamericanos… No lo creo.
HG
Para terminar, ¿qué herramientas o perspectivas nos ofrece la teoría marxista de la dependencia ante las crisis actuales?
JO
En su afán por hacer frente a la aguda y prolongada crisis
capitalista, el capital en todas las regiones busca acentuar las formas
de explotación, incluida la superexplotación. Busca, una vez más,
reducir derechos y beneficios. Con la guerra en Ucrania ha encontrado
una buena excusa para justificar el aumento del precio de los alimentos,
la vivienda y la energía, y su descarado retorno al uso de combustibles
que intensifican la contaminación y la barbarie ambiental, así como el
aumento de los presupuestos militares a expensas de los salarios y el
empleo.
Las grandes potencias imperiales esperan la subordinación de las
economías y los Estados a sus decisiones en períodos de este tipo. Pero
la crisis actual también está acelerando la crisis de hegemonía en el
sistema mundial, lo que abre espacios para mayores grados de autonomía,
aunque no pone fin a la dependencia. Esto es evidente en las
dificultades de Washington para disciplinar a los Estados
latinoamericanos y africanos para que apoyen su posición en el conflicto
en Europa.
El escenario de América Latina en las últimas décadas revela procesos
de enorme interés. Hemos sido testigos de importantes movilizaciones
populares en casi todos los países de la región, cuestionando diversos
aspectos del «tsunami neoliberal», ya sea el empleo, los salarios, las
jubilaciones, la salud y la educación, así como derechos como el aborto,
el reconocimiento de las identidades de género, las tierras, el agua, y
mucho más.
En este terreno profundamente fracturado que el capital genera en el
mundo dependiente, las disputas de clase tienden a intensificarse. Esto
explica los estallidos sociales y políticos regulares en nuestras
sociedades. Es el resultado de la barbarie que el capitalismo impone a
regiones como la nuestra.
Una expresión de esta fuerza social se manifiesta en el terreno
electoral. Pero con la misma rapidez que ha habido victorias, ha habido
derrotas. Estas idas y venidas pueden naturalizarse, pero ¿por qué las
victorias no han permitido procesos de cambio duraderos?
Por supuesto, no se trata de negar que ha habido golpes violentos de
nuevo tipo que han conseguido desbancar gobiernos. Pero incluso entonces
ya había signos de agotamiento que limitaban las protestas, con la
clara excepción de Bolivia. Hay una enorme brecha entre el votante de
izquierda y el que vota ocasionalmente por proyectos de izquierda. El
triunfo neoliberal no estuvo solo en las políticas y transformaciones
económicas que logró, sino también en la instalación de una visión e
interpretación del mundo, sus problemas y sus soluciones.
La lucha contra el neoliberalismo pasa hoy por desmantelar todo tipo
de privatizaciones y frenar la conversión de servicios y políticas
sociales en negocios privados. Eso significa enfrentar a los sectores
más poderosos económica y políticamente del capital, con control sobre
las instituciones estatales donde actúan legisladores, jueces y
militares, junto con los principales medios de comunicación, escuelas e
iglesias. Podemos añadir que estos son los sectores del capital con los
vínculos más fuertes con los capitales imperialistas y su conjunto de
instituciones supranacionales, medios de comunicación y Estados.
Se trata de un bloque social sumamente poderoso. Resulta difícil pensar en atacarlo sin atentar contra el capitalismo como tal.
3-La nueva negación del imperialismo desde la izquierda (por JOHN BELLAMY FOSTER)
Estados
Unidos ha intervenido militarmente en 101 países a lo largo de su
historia…Y solamente entre 1995 y 2021 el Norte Global logró extraer de
China y del Sur Global una captura de valor de 18,4 billones de dólares…
Desde la disolución de la Segunda
Internacional (durante la cual casi todos los partidos socialdemócratas
europeos se unieron a la guerra interimperialista del lado de sus
respectivos estados nacionales), la división de la izquierda sobre el
imperialismo no haya adquirido dimensiones tan graves.1
Aunque los sectores más eurocéntricos del
marxismo occidental han buscado durante mucho tiempo atenuar la teoría
del imperialismo de diversas maneras, la obra clásica de VI Lenin , El
imperialismo: fase superior del capitalismo (escrita en enero-junio de
1916), ha conservado, no obstante, su posición central dentro de todas
las discusiones sobre el imperialismo durante más de un siglo, debido no
solo a su precisión en dar cuenta de la Primera y la Segunda Guerra
Mundial, sino también a su utilidad para explicar el orden imperial
posterior a la Segunda Guerra Mundial.2
Sin embargo, lejos de ser un análisis
aislado, el análisis general de Lenin ha sido complementado y
actualizado en diversas ocasiones por la teoría de la dependencia, la
teoría del intercambio desigual, la teoría de los sistemas mundiales y
el análisis de la cadena de valor global. A través de todo esto, ha
habido una unidad básica en la teoría marxista del imperialismo, que
informa las luchas revolucionarias globales.Pero, hoy en día, los
autoproclamados socialistas occidentales con un sesgo eurocéntrico
rechazan en gran parte, si no en su totalidad, esta teoría marxista del
imperialismo.
Por lo tanto, la brecha entre las
opiniones sobre el imperialismo sostenidas por la izquierda occidental y
las de los movimientos revolucionarios del Sur Global es más amplia que
en cualquier otro momento del siglo pasado.
En el embate de la vida concreta, buscamos alinear la teoría con las
necesidades y posibilidades de la práctica. Sin miedo al futuro,
buscamos presentar alternativas en una sociedad global que bloquea la
esperanza, produciendo sufrimiento, agotamiento y depresión. Disputar el
futuro se ha convertido en una tarea política urgente.
Vivimos contradicciones reales de la lucha sindical en el sistema
financiero y más allá de él, marcadas por el uso ultraintensivo de la
tecnología. Ésta no solo sirve para potenciar los negocios, sino también
para resolver el “problema de la Gestión”, como ya señalaba Harry
Braverman: ampliar el control, estandarizar las tareas, fragmentar los
conocimientos. Sentimos, en carne propia, sus consecuencias —alienación,
intensificación del trabajo, vigilancia permanente—, pero también
sabemos que este sufrimiento puede abrir caminos para elevar la
conciencia.
Por eso, el debate tecnológico es existencial para el sindicalismo
bancario. Sin enfrentarlo, el sindicato corre el riesgo de reducirse a
una instancia administrativa. Los trabajadores bancarios necesitan ver
en el sindicato un proyecto de futuro.
Incidir en las contradicciones del capitalismo digital
El capitalismo digital es una nueva etapa de la acumulación
capitalista, no porque rompa con el capitalismo clásico, sino porque
reorganiza profundamente sus mecanismos de extracción de valor,
dominación y control, reconfigurando las fuerzas productivas. Se
caracteriza por la centralidad de los datos, los algoritmos y la
financiarización, lo que intensifica la explotación, profundiza las
desigualdades y pone de relieve que la lucha de clases también se libra
en el terreno tecnológico.
Para los trabajadores, el debate es existencial, porque disputar la
tecnología es disputar el poder, y la soberanía digital es una cuestión
esencial, por lo que es necesario reapropiarse socialmente de la
tecnología.
Con la ayuda de Juliane Furno, es importante comprender que
a lo largo de la historia, el capitalismo
ha mantenido sus principales características, pero se ha visto
atravesado por contradicciones que, en cada momento histórico
(dependiendo sobre todo del grado de correlación de fuerzas entre el
capital y el trabajo), se han presentado de forma distinta. Captar las
características predominantes en cada fase o subfase de este modo de
producción es esencial para comprenderlo en su totalidad, algo tan caro a
los marxistas.
Un análisis marxista no parte de la voluntad política, sino de las
contradicciones objetivas del modo de producción. En el capitalismo
digital, estas contradicciones deben ser estudiadas y exploradas por una
política de soberanía tecnológica popular.
Una primera paradoja es el intelecto general. Según Marx, el
conocimiento se produce socialmente, pero se apropia de forma privada.
La cooperación social genera riqueza, mientras que la infraestructura
técnica y los medios digitales permanecen concentrados. El capital
depende de algo que no puede producir por sí solo: el conocimiento
social colectivo.
Un segundo elemento es la contradicción entre las fuerzas productivas
avanzadas y las relaciones de producción atrasadas. La inteligencia
artificial, la automatización y las redes digitales crean un potencial
de abundancia, pero las relaciones sociales siguen organizadas por la
escasez artificial. Incluso con la reducción del trabajo directo, se
sigue extrayendo valor, lo que profundiza la contradicción entre las
fuerzas productivas y las relaciones de producción.
Otro aspecto relevante es la centralización técnica. Los datos y el
poder se concentran, mientras que el trabajo se fragmenta, se precariza y
se aísla. La coordinación social existe, pero sin control de los
trabajadores.
En la tradición marxista, lo nuevo no nace fuera de lo viejo, sino a
partir de sus contradicciones internas. Esto exige disputar la propiedad
y el control de las fuerzas productivas. Hoy en día, esto significa
luchar por una infraestructura digital pública o cooperativa, redes de
comunicación soberanas, nubes públicas, plataformas no comerciales y
centros de datos bajo control social.
Los datos, producidos socialmente, deben ser tratados como un bien
común, con propiedad colectiva, gobernanza democrática y uso público. La
reapropiación del intelecto general pasa por hacer frente a la captura
del conocimiento a través de patentes, secretos comerciales y algoritmos
cerrados. Como contrapunto, es necesario desarrollar software libre, IA
auditable, tecnologías socialmente controladas y formación técnica de
los trabajadores.
No hay infraestructura soberana sin sujeto colectivo. El capital
necesita al trabajador conectado, pero lo aísla. La respuesta es
conectar organizaciones y construir soluciones colectivas y federadas.
El conocimiento sólo es emancipador cuando se comparte.
Es indispensable disputar el Estado que, capturado por los gigantes
tecnológicos (Big Techs), debe ser presionado para invertir en
infraestructura soberana, planificación tecnológica y compras públicas
estratégicas. El Estado no se emancipa por sí solo, necesitamos disputar
la agenda social y política porque, sin él, ciertas infraestructuras no
se construyen. Aun así, no podemos esperar pasivamente soluciones que
vengan de arriba, las alternativas populares deben construirse desde ya.
Podemos basarnos en Gramsci y comprender que la guerra de posiciones,
en el capitalismo digital, se libra en el terreno técnico. Cada
servidor, código y plataforma es una trinchera. Esto nos desafía a crear
alternativas funcionales, disputar estándares técnicos, formar cuadros
técnicos orgánicos y producir consenso social en torno a la soberanía
digital.
El marxismo no propone saltos al vacío, pero tampoco bloquea la
audacia. Incidir en las contradicciones del capitalismo digital es
disputar el control del intelecto general, revertir la mercantilización
de la vida y reorganizar la infraestructura técnica como bien común.
La IA en el mundo laboral
La IA no está “llegando” al trabajo, ya organiza objetivos, ritmos,
evaluaciones de rendimiento, vigilancia y despidos automatizados. Actúa
como capital fijo algorítmico, profundizando la subordinación real del
trabajo al capital.
El movimiento sindical ha actuado, en general, de forma defensiva en
este terreno, en la disputa de cláusulas sobre nuevas tecnologías,
exigencia de negociación previa, límites a la vigilancia y denuncias de
acoso algorítmico. Estas iniciativas son importantes, pero
insuficientes, ya que actuamos después de que la tecnología ya ha sido
impuesta.
El salto necesario es pasar de lo reactivo a lo estratégico:
Disputar el diseño de la tecnología. La tecnología es una decisión
política cristalizada en código. El sindicato debe luchar por el acceso a
los sistemas, la auditoría de algoritmos, la transparencia de las
métricas y el poder de veto sobre tecnologías nocivas y
discriminatorias. No basta con negociar las consecuencias, hay que
negociar la técnica.
Construir infraestructura propia. Usar solo plataformas de las
grandes tecnológicas es aceptar la hegemonía del capital. Las
plataformas sindicales propias, las bases de datos bajo control
colectivo, la comunicación soberana y el software libre no son un lujo,
sino una condición para la autonomía política.
Organizar el trabajo digital invisible. La moderación, la
alimentación de sistemas y otras formas de trabajo oculto deben ser
reconocidas, organizadas y sindicalizadas.
Situar la IA en el centro de la negociación colectiva, con normas
sobre objetivos algorítmicos, ritmo de trabajo, derecho a la
desconexión, prohibición de los despidos automatizados y responsabilidad
humana obligatoria.
Banqueros y sistema financiero: disputa en el terreno tecnológico
En el sistema financiero, la tecnología se utiliza de forma
exponencial. La automatización, los algoritmos y la IA tienen como
objetivo reducir costos, intensificar el trabajo y maximizar los
beneficios, actualizando el viejo problema gerencial del control total
del proceso productivo.
A pesar del discurso del “banco sin personas”, el sistema financiero
no prescinde del trabajo humano. Lo que ocurre es una recomposición
precaria de la fuerza laboral. Hoy en día, más de un millón de
trabajadores trabajan para los bancos en Brasil, directa o
indirectamente (teniendo en cuenta la subcontratación, las plataformas,
las cooperativas, las fintech, los seguros y las finanzas), de los
cuales unos 424,000 son empleados bancarios vinculados directamente a
los bancos. La dependencia del trabajo sigue existiendo, pero su forma
se ha degradado.
Para 2025, los datos del Dieese y las investigaciones de Febraban
indican una profunda reestructuración: inversiones en tecnología del
orden de 50,000 millones de reales, expansión acelerada de la IA, 82% de
las transacciones realizadas por canales digitales, cierre de
sucursales físicas y beneficios récord para los grandes bancos,
combinados con la reducción de puestos de trabajo, la subcontratación y
las enfermedades laborales. La tecnología se utiliza como instrumento de
reorganización productiva e intensificación del trabajo.
Las inversiones tecnológicas no generan un retorno social
proporcional. No reducen la jornada laboral, no amplían los derechos ni
mejoran las condiciones de trabajo. Por el contrario, profundizan las
desigualdades, los objetivos inalcanzables y la vigilancia permanente.
Y, aun siendo una concesión pública, tampoco mejora la vida de los
clientes, que se convierten en ejecutores de tareas con un servicio
precario, pagan intereses y tarifas elevadas y son víctimas de fraudes
financieros.
Somos conscientes de la importancia del debate tecnológico y actuamos
en él mediante la negociación con los bancos. Aun así, nuestra
intervención sigue siendo esencialmente reactiva, centrada en la defensa
de cláusulas protectoras, sin cuestionar el proyecto tecnológico en sí.
El desafío estratégico: soberanía digital y protección de datos
La transformación digital ha profundizado la centralidad de los datos
como activo estratégico. Para los sindicatos y los movimientos
sociales, esto plantea un desafío ineludible para garantizar la
autonomía política, la seguridad de la información y el uso inteligente
de los datos en un escenario de creciente dependencia de las grandes
plataformas privadas.
Los sindicatos y los movimientos sociales manejan a diario datos
sensibles: información personal, registros de afiliación, datos
financieros, historiales de movilización, estrategias políticas y
jurídicas. Estos datos están dispersos, sin un tratamiento estratégico.
Necesitamos agregar estos datos y utilizar las tecnologías para crear
inteligencia a partir de nuestra información.
La dependencia de las grandes tecnológicas genera riesgos
estructurales como la pérdida de control sobre datos estratégicos,
vulnerabilidad ante la Ley General de Protección de Datos (LGPD) y
ausencia de un modelo de infraestructura replicable y escalable. Esta
dependencia compromete la autonomía política y la planificación
estratégica a largo plazo.
La solución propuesta
Ante esta situación, la dirección del sindicato SindBancários de
Porto Alegre decidió invertir en soluciones soberanas, articulando un
equipo técnico cualificado, con trayectoria en bancos públicos y
estatales, combinando formación técnica y compromiso social, y
estableciendo alianzas con el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra
(MST), la Marcha Mundial de las Mujeres y otras organizaciones.
Creamos el proyecto “Red Popular Federada y Soberana de Datos”, que
parte de la comprensión de que la soberanía digital no es un tema
técnico aislado, sino una condición de existencia organizativa y
política.
El proyecto en curso implementará un marco modular, estructurado como
una red federada soberana de datos (RSD), basada en software libre,
arquitectura distribuida y gobernanza colectiva.
Cada entidad será un “nodo” institucional, interconectado a una red
común por estándares de seguridad, interoperabilidad y gobernanza
compartida, lo que garantiza el control local de los datos y la
cooperación a escala de red.
La complejidad técnica con control político está garantizada con un
lago de datos soberano, un entorno de colaboración y una arquitectura en
capas que garantizan una evolución continua y una protección sólida.
Será la primera solución integrada de red federada soberana diseñada
para sindicatos y movimientos sociales, que combina autonomía digital,
conformidad con la LGPD, reducción de la dependencia de las grandes
tecnológicas y escalabilidad.
Está previsto el desarrollo de un ecosistema de aplicaciones de
streaming, mensajería cifrada, correo electrónico soberano,
almacenamiento colaborativo, IA y análisis bajo el control de las
entidades; plataforma de formación; aplicación para trabajadores con
servicios e interactividad; plataforma de asambleas; biblioteca y
observatorio digital sindical, etc.
También es nuestro objetivo alojar sistemas, aplicaciones y soluciones desarrolladas por entidades populares.
Apropiación del futuro
La Red Soberana de Datos no es un mero proyecto de Tecnologías de la
Información (TI). Es una estrategia política de soberanía, protección
institucional y futuro organizativo. Disputar el terreno tecnológico es
disputar las condiciones de existencia y de lucha en el siglo XXI.
Siempre estamos tanteando la realidad en busca de salidas humanas,
necesitando el “presente eterno”. Para recuperar la capacidad de
imaginar y construir caminos, apropiarnos del futuro, como propone Mark
Fisher.
Referencias
Braverman, H. (1978). Trabalho e capital monopolista: a degradação do trabalho no século XX. LTC.
Fisher, M. (2020). Realismo capitalista: é mais fácil imaginar o fim do mundo do que o fim do capitalismo? Autonomia Literária.
Furno, J. (2020). Imperialismo: uma introdução econômica. Da Vinci.
Marx, K. (2013). O capital: crítica da economia política. Livro I. Boitempo.
Marx, K. (2013). O capital: crítica da economia política. Livro III. Boitempo.
20 heures d’images d’archives : voilà ce qu’il reste de 35 années de
dictature de Stroessner au Paraguay. A partir de ce corpus d’images
rares retrouvées partout dans le monde, Juanjo Pereira reconstruit
l’histoire d’une des dictatures les plus longues du XXe siècle, dont les
effets perdurent encore aujourd’hui.
Quería
hacer algo distinto y demostrar que hay canciones chilenas que se
pueden adaptar en un ritmo más internacional para que sean difundidas en
el extranjero
— Cecilia Pantoja Leví, 1969.
En 1964, cuando Cecilia Pantoja Leví, más conocida como Cecilia la
Incomparable, hizo su debut discográfico, ya encarnaba un símbolo de
modernidad en el Chile provinciano de mediados del siglo XX. Su figura
se convirtió en un fenómeno único de su generación al fusionar estéticas
sonoras, diseño de moda y la actitud desafiante de una angry young woman. Mientras
que otros artistas de la Nueva Ola enfrentaban los cánones de la
adultocracia con cierta cautela y concesión, Cecilia, oriunda de Tomé,
rompía barreras al usar pantalones, lucir un corte de cabello estilo mop
top, y aparecer frecuentemente en televisión y revistas de moda.
Desafiaba no solo el patriarcado y el centralismo, sino también una
cultura juvenil que, aunque politizada, apenas tendía puentes con los
fenómenos de masas y la naciente industria del pop.
Cecilia alcanzó el estrellato con rapidez, consolidándose como la
artista más destacada de la década gracias a su talento y habilidad para
navegar el conservador mercado del entretenimiento chileno. Parte de su
éxito se debió a sus vínculos con distintos artistas de los más
variados estilos, destacando figuras como Patricio Manns, Valentín
Trujillo y Violeta Parra. En homenaje a esta última, en 1970 lanzó un
disco que, aunque no ha sido suficientemente valorado por la crítica y
el público, contiene algunos de los momentos más interesantes de su
carrera: Gracias a la Vida.
El cuarto álbum de Cecilia, arreglado por el músico ‑y entonces
sindicalista y simpatizante comunista- Valentín Trujillo, abre con una
clara declaración de que su afán por expandir las fronteras estéticas y
temáticas de su obra seguía vigente. Su versión de “Gracias a la vida”,
compuesta por Violeta Parra, es interpretada con un enfoque audaz y
alejado de la complacencia. La canción adquiere una intensidad y
dramatismo singular al integrar cuatro tiempos de jazz en un crescendo
con tintes de música progresiva. En la interpretación de Cecilia y los
arreglos de Trujillo, la pieza alcanza un vigor indomable, como un
negativo de la versión original: ahí donde Violeta transmite una
dualidad tranquila, Cecilia expresa su gratitud a la vida entera en la
plenitud de sus sentimientos y sentidos.
El disco no se detiene ahí: transita por géneros como el bossa, el
gogo, la ranchera, e incluye el hit “Compromiso”. Para cerrar, Cecilia
ofrece una versión de “Plegaria a un labrador” de Víctor Jara que altera
el realismo de la obra original, convirtiéndola en una fantasía
romántica a partir de la oración a un obrero. Con arreglos vertiginosos y
tintes lisérgicos, su interpretación se acerca más a lo que hacían
grupos como The Moody Blues y Procol Harum que a los exponentes de la
Nueva Ola y la Nueva Canción Chilena que, por entonces, dominaban la
escena musical del país. Este gesto de insolencia le permitió a Cecilia
ampliar los márgenes estéticos de la canción de protesta latinoamericana
dotándola de una efervescencia rockera y urgente. Una interpretación
que logra nutrir el repertorio iberoamericano al otorgar al pop y la
canción melódica un sentido presente de reivindicación política y de
clase.
En 1970 Chile se encaminaba hacia su propia vía al socialismo de la
mano de Salvador Allende y la Unidad Popular. En el ámbito musical,
artistas como Ángel Parra y Aguaturbia se cuestionaban cuál era la mejor
manera de tender puentes entre quienes deseaban cambiar el mundo sin
ceder en sus posturas políticas ni en sus ambiciones artísticas. Cecilia
fue una de las primeras en acercar las sutilezas artísticas de la
cantautoría local con los avances tecnológicos y musicales del rock, el
jazz y el pop más ambicioso de la cultura anglosajona. Gracias a la vida
fue uno de los primeros discos en integrar en una sola obra las
ansiedades políticas, sociales, generacionales y sexuales de la juventud
chilena.
Referencias
Libros y publicaciones asociadas:
Peña, C. (2002). Cecilia. La vida en llamas. Santiago: Editorial Planeta.
Rolle, C., González, J. P., & Ohlsen, Ó. (2009). Historia social de la música popular en Chile: 1950–1970. Santiago: Ediciones de la Universidad Católica.
Musicapopular.cl: Enciclopedia virtual fundada en 2006 con trabajo
periodístico especializado, investiga y difunde la creación de música
popular hecha en Chile. El equipo está conformado por Rodrigo Alarcón,
Iñigo Díaz, Marisol García y Jorge Leiva. La entrada correspondiente a
Cecilia fue escrita por el periodista Cristóbal Peña https://www.musicapopular.cl/artista/cecilia/
EL
CHACAL DE NAHUELTORO es posiblemente la película más importante de la
historia del cine chileno. Basada en un caso real que conmocionó al país
en 1960, la obra es un pilar del Nuevo Cine Latinoamericano, utilizando
una estructura de crónica periodística para lanzar una crítica
demoledora a las instituciones sociales y judiciales. La película
reconstruye la historia de José del Carmen Valenzuela Torres
(interpretado magistralmente por Nelson Villagra), un campesino
analfabeto y marginal conocido como "el Chacal". En un estado de
embriaguez y miseria absoluta, Valenzuela asesina a una mujer y a sus
cinco hijos en la localidad de Nahueltoro. La narrativa no se centra
solo en el crimen, sino en lo que sucede después. Tras ser atrapado,
José es enviado a la cárcel. Durante su tiempo en prisión, el sistema
—que lo había ignorado toda su vida— finalmente se ocupa de él. José
aprende a leer y escribir, aprende un oficio (la fabricación de
hieleras), recibe instrucción religiosa y, por primera vez, adquiere
conciencia de su propia humanidad y de la gravedad de sus actos. Una vez
que el Estado ha logrado "rehabilitar" y "civilizar" a José, la
justicia dicta que debe cumplir su sentencia original: la pena de muerte
por fusilamiento. El punto central de Littín es la denuncia de una
contradicción institucional absurda. El Estado gasta recursos en educar y
dar dignidad a un hombre solo para poder ejecutarlo con la conciencia
tranquila. La película plantea que José no era un monstruo por
naturaleza, sino un producto de la negligencia social ("un animal
humano"). Al "convertirlo en hombre", el sistema solo lo prepara para
morir. A través del montaje, la película vincula la miseria del campo
chileno con el crimen. El "Chacal" es presentado como una víctima del
sistema antes de ser un victimario. Littín no justifica el asesinato,
pero obliga al espectador a preguntarse: ¿quién es más criminal, el
hombre que mata en la ignorancia o la sociedad que permite que existan
hombres en ese estado de abandono. La Actuación de Nelson Villagra es
histórica. Logra mostrar la transición de un ser casi feral, que apenas
puede articular palabras, a un hombre que descubre la reflexión y el
arrepentimiento, haciendo que el desenlace sea emocionalmente devastador
para el público. La película provocó un debate nacional masivo sobre
la pena de muerte en Chile. Fue un éxito de taquilla sin precedentes
para un film de este tipo, demostrando que el cine político podía
conectar profundamente con las masas. EL CHACAL DE NAHUELTORO consolidó
a Miguel Littín como un cineasta comprometido con la realidad social de
su país y sigue siendo, hasta hoy, una referencia obligatoria para
entender la relación entre el cine, la justicia y los derechos humanos
en América Latina.
La inseguridad ciudadana y la violencia
delincuencial indiscriminada fue siempre un arma de guerra de los
imperios, y ha sido tradicionalmente una de las bazas predilectas de
Estados Unidos como instrumento contrarrevolucionario para someter y
disciplinar sociedades. También para descomponerlas, haciéndolas entrar
en procesos de barbarización social.
Generación de bandas bien armadas,
infiltración y asentamiento de redes mafiosas, narco-traficantes y demás
“crimen organizado transnacional”-, introducción de armas militares
avanzadas, grupos paramilitares delincuenciales… son las recetas
clásicas dadas por Estados Unidos para el conjunto de NuestraAmérica. Si
a ellas le unimos gobiernos que siguen a pie juntillas las políticas de
saqueo y empobrecimiento social dictadas por USA y sus instituciones,
FMI y Banco Mundial por ejemplo, el cóctel está dado para la
descomposición social. Forma brutal de agresión, que se ceba
especialmente allá donde hubo un gobierno “progresista” o que pretendió
cierta autonomía. Ya no digamos si además buscó esa vía de autonomía a
través de la conjunción de fuerzas nuestroamericanas como el ALBA
(Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América).
Una vez que las mafias se instalan en una
sociedad, se convierte en una labor ímproba de décadas –si posible-
poder desalojarlas, porque sus redes llegan a todos los estamentos y
ámbitos tanto del Estado (ejecutivo, legislativo, judicatura, policía,
ejército…) como de la sociedad (redes delincuenciales clientelares, de
informadores, de negocios imbricados en las redes delincuenciales,
familias que viven de ellas, dinero que cae en las comunidades comprando
voluntades, única vía de salario para muchos, etc., etc.). ¿Quién,
entonces, combate a quién desde dónde y con quién? Ese caos y
podredumbre resultantes es el resultado que busca y promueve bien el
Imperio, como también sabe que esas sociedades en violencia generalizada
(“de todos contra todos”), donde las personas no se fían de las
personas, en donde los proyectos de comunidad, los afanes colectivos y
la lucha social y política en general son desbaratados por el Miedo,
no pueden ya ofrecer seria resistencia a su saqueo. Eso cuando no son
directamente atacadas por la delincuencia (des)controlada -en realidad,
en muchos casos, paramilitares civiles, valga la aparente contradicción-.
Algo más fácil aún de llevarse a cabo en la región que es la más desigualitaria del mundo.
Así ha agredido EE.UU. a Nicaragua y a
Venezuela durante décadas de la forma más asesina posible, en muertes y
destrucción (sólo frenada por la cohesión popular y la alianza
cívico-militar que mantienen). Así convirtió a México en una sociedad
barbarizada (sólo con AMLO y ahora la presidenta Sheinbaum, se ha
empezado a dar un proceso de reversión de esa barbarie, muy lento,
complicado y no falto de lagunas y retrocesos, como tantos familiares de
víctimas bien saben –caso de los 43 estudiantes asesinados y
“desaparecidos” de Ayotzinapa, por ejemplo-). Así barbarizó USA también
El Salvador, Guatemala y Honduras (con el impase entre muchas
interrogaciones de la presidenta Xiomara Castro, y pudiera ser que de su
sucesora, en este último caso). Las recetas son siempre las mismas, y
con ellas pretenden “justificar” a la carta gobiernos crueles contra sus
poblaciones, déspotas que fungen de “salvadores”, mientras continúan
degradando las condiciones sociales. Pocos ejemplos como el de Bukele en
El Salvador, donde los crímenes de las autoridades contra la población
(a menudo considerados como “ejecuciones extrajudiciales”) van
sustituyendo a la violencia de los propios grupos delincuenciales (véase
aquí este informe: Sobre ejecuciones extrajudiciales en El Salvador : 2015-2020; también algunas de las denuncias venezolanas al respecto de la política del déspota salvadoreño: La doble moral de Bukele: El carcelero de El Salvador que critica a Venezuela – teleSUR).
Algo que el bolsonarismo en Brasil ha venido también practicando, como
en la reciente matanza en las favelas de Río, con 117 personas
asesinadas por orden del gobernador Cláudio Castro. [Con Colombia hay
que hacer un aparte, porque es un ejemplo mundial de barbarie social por
excelencia, donde los asesinatos de sindicalistas, líderes sociales,
luchadores comunitarios, representantes indígenas… son “el pan nuestro
de cada día” desde un tiempo que se pierde en la memoria (un “pan”
frente al que Petro tiene muy poco poder de deglución, aunque lo
intenta, y al que le dedicaremos un análisis exclusivo más adelante). Si
acaso hay que sumarle de nuevo la matanza de exguerrilleros firmantes
de los acuerdos de paz, como ya se hizo, entre otros, con los del M-19,
exterminados casi en su totalidad tras desarmarse y convertirse en
partido político].
Sin embargo, es Ecuador el que se lleva la
palma en cuanto a la rapidez de un experimento de destrucción social
sin recurso a la intervención militar directa. En un año y poco ha
pasado de ser uno de los lugares más tranquilos del mundo a encabezar
las cifras del crimen del continente americano (con permiso de Haití).
La razón por la que el Imperio quería castigarle: haber formado parte
del ALBA-TCP, de la CELAC, de Unasur (Unión de Naciones Sudamericanas) y
del Banco del Sur en tiempos de Correa, además de tener amplios
sectores del pueblo organizado. Para no extenderme aquí, remito a los
siguientes enlaces que analizan el proceso en detalle (los enlaces que
adjunto en este texto, en general, están escogidos por la que creo es su
significancia para el tema tratado):
Perú, tras el golpe de Estado que
encarceló al presidente electo, Pedro Castillo, no ha hecho sino
disparar también las cifras de la guerra social delincuencial, que busca
ante todo abortar la insurrección popular en curso ante la ilegitimidad
de los dos sucesivos gobiernos de la oligarquía tras el golpe (el de
Boluarte y el del golpista de la golpista, Jerí –en un Perú donde la
ilegitimidad del sistema capitalista oligárquico es ya crónica-): Perú escala al top 10 de países con mayor criminalidad, según informe internacional – Agencia de Noticias.
Y ahora con el ejército estadounidense afirmado en su territorio, la
sangría social continua. Proceso que, contra la actual constitución,
quiere replicar Noboa en Ecuador: el de albergar tropas y bases
norteamericanas, porque la sangría va de suyo con su gobierno.
En Chile, a pesar de que los candidatos
presidenciales de derecha e izquierda no se salen jamás del guion
imperial, la percepción de temor a la delincuencia, de acuerdo con la
encuesta “Chile nos habla” realizada por la Universidad de San
Sebastián, sigue una tendencia al alza desde el año pasado. Destaca el
aumento significativo al nivel regional de 73,7% a 79%y comunal de 69,3% a 73,8%: El temor por la delincuencia en Chile hace que la gente use más servicios de seguridad privada – Yahoo Noticias.
Y es que nunca está de más, por si acaso, y dado que la sociedad ha
hecho unos cuantos recientes “levantamientos” preocupantes,
descomponerla a través de la delincuencia.
Delincuencia que viene de por sí junto a
los paquetes de destrucción social que los gobiernos bufones de USA,
como el de Milei, esparcen por sobre unas sociedades cada vez más
golpeadas, donde para vivir hay que sacar de cualquier lado que se pueda
y donde por tanto la “inseguridad” existencial en todos los ámbitos de
la vida se hace estructural.
Y después nuestro complejo
mediático-institucional-legislativo nos dice cada día que todas esas son
“democracias” y que el problema está en Venezuela y en Nicaragua. Justo
los únicos países donde la práctica totalidad de indicadores sociales
están en alza y donde buena parte de la sociedad se siente cada vez más “pueblo”.
Además, en ningún otro lugar del continente existe la seguridad –en
todos los sentidos- que hay en Cuba –revolución histórica mediante-, a
pesar de la monstruosa agravación del bloqueo estadounidense (contra las
reiteradas votaciones absolutamente mayoritarias de la ONU, de las que
la potencia imperial se ríe a carcajadas) y del doloroso empeoramiento
de las condiciones sociales.
Nada es casual y los procesos de inseguridad
y delincuencia tampoco. Responden a políticas económicas bien precisas y
a ofensivas de guerra social cuidadosamente planificadas.
Que no se nos olvide la próxima vez que veamos un noticiero de esos que no explican nada y confunden mucho.