Tel
Aviv lleva años comercializando la tecnología armamentística que ha
usado en la Franja de Gaza. Ahora es el momento de la IA desarrollada en
combate: Lavender.
Para su desarrollo ha sido imprescindible la colaboración público-privada de Israel con empresas del sector tecnológico, comola nube de Microsoft: Azure.
Unidad
militar de drones de las FDI durante un entrenamiento con drones cerca
del kibutz Merom Golan en el norte de los Altos del Golán.Michael Giladi / Middle East Images via AFP
Al principio, la Policía israelí recopilaba fotografías, huellas y descripciones de los palestinos que pasaban por los checkpoints
que fragmentaban Cisjordania. Después llegaron las cámaras de vídeo de
alta resolución, la información biométrica exacta y, con el tiempo, el
procesamiento automático de todos estos datos. Así fue como la inteligencia militar sionista desarrolló en 2023 una inteligencia artificial (IA) que permitió identificar a personas que presuntamente eran una amenaza para Israel, convirtiéndolos en objetivos militares.
Esta IA se llamó Lavender y tuvo un papel fundamental en el genocidio en la Franja de Gaza, tal y como explicó la investigación periodística de +972 Magazine y Local Call. Ahora, Lavender, así como otros sistemas de IA entrenados por Israel durante el asedio de Gaza, se integran en lo que se conoce como Fábrica de Datos Operacionales e IA de las IDF (siglas del ejército de Israel en inglés).
Según confirmó un oficial del ejército a Haaretz a finales de marzo, esta fábrica ha estado plenamente operativa en los dos frentes en los que Israel ha combatido y combate en lo que llevamos de 2026. Es decir, en Irán y Líbano. Esta fábrica no es otra cosa que un sistema de sistemas de procesamiento de ingentes cantidades de datos basado en la inteligencia artificial.
El origen de la fábrica
Si bien su desarrollo se aceleró a partir del genocidio, el origen de este sistema se encuentra en el enésimo asedio a la Franja de Gaza llevado a cabo por Israel en 2021.
Aquel año, en base a la información de inteligencia que las IDF
llevaban años recopilando, el ejército israelí comenzó a utilizar prototipos de IA para seleccionar objetivos a abatir. El primero de estos prototipos que se dio a conocer públicamente llevaba por nombre The Gospel, y fue la antesala de Lavender.
Hasta
este momento, el departamento encargado de idear y de diseñar estos
desarrollos era la Unidad 8200 del ejército, el departamento de
inteligencia militar de Israel. De sus cuarteles han salido algunos de los más importantes desarrolladores tecnológicos de la actualidad, como el fundador de Wix o un número indeterminado de trabajadores y directivos de NSO Group, la empresa creadora del sistema de espionaje Pegasus.
Otras muchas empresas fueron absorbidas por Microsoft, Apple u Oracle
tras cosechar un rápido éxito en el sector de la ciberseguridad.
Los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, crearon el contexto perfecto para que Israel desplegara en Gaza todo el potencial de la IA. El volumen de trabajo fue tal que en 2025 las IDF crearon dos nuevas divisiones solo para el desarrollo militar de la IA. Estas eran la División Sphere y la División de IA, integradas ambas dentro de la Dirección de C4I y Ciberdefensa. A día de hoy, explicó a Haaretz un oficial militar, la fábrica desarrollada y controlada por estos departamentos puede "procesar grandes cantidades de datos, incluyendo información de sensores, así como vídeo, texto y audio" y es utilizado por todo el ejército allí donde opera.
De esta fábrica bebe, por ejemplo, el sistema de drones ofensivos israelíes, que actualmente continúa rastreando y bombardeando Líbano. Según Haaretz, para atacar a su vecino, las IDF también estarían haciendo uso del sistema Lohem
-"combatiente", en hebreo-, que se puso por primera vez en marcha
durante la guerra con Irán en junio de 2025 y que ayuda a los
comandantes de la Fuerza Aérea a "planificar y sincronizar los ataques".
Este sistema se estaría combinando con otro llamado MapIt, una
plataforma que muestra en tiempo real datos operativos en 3D sobre un
mapa interactivo.
Para
el desarrollo de estos programas, integrados ahora en la gran fábrica
de IA de Israel, ha sido imprescindible la colaboración público-privada
de Tel Aviv con empresas del sector tecnológico. Ejemplo de ello es el uso de la nube de Microsoft -Azure- por parte de la Unidad 8200 para la vigilancia masiva de palestinos.Tal y como reveló una publicación de The Guardian,+972 y Local Call,
esta división utilizó el servicio de la tecnológica estadounidense para
almacenar la filtración de millones de llamadas entre palestinos.
Numerosas investigaciones periodísticas evidencian que este tipo de contratos no son una excepción. Para Rosa Meneses, subdirectora del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC), la complicidad manifiesta entre las bigtech estadounidenses e israelíes y el proyecto colonial sionista es la razón por la que Irán ha amenazado los servidores que Microsoft y otras empresas poseen en el Golfo Pérsico. De momento, la Guardia de la Revolución Islámica ha atacado el servidor de Amazon en Baréin y el de Oracle en Dubái.
"Probado en combate"
Controlar y reprimir a una población ocupada requiere de enormes esfuerzos de inteligencia. Debido a esta necesidad de mantener a raya al enemigo interno -los palestinos- y al externo
-vecinos árabes-, Israel lleva años recopilando, almacenando,
estudiando y categorizando enormes cantidades de datos, así como
desarrollando el armamento que, llegado el momento, le permita acabar
con ellos. Todo el conocimiento desarrollado por el joven Estado a lo
largo de su historia ha sido empaquetado y comercializado por algunas de
sus empresas más punteras, como Elbit System o Rafael, vinculadas en
sus orígenes con las IDF. Dicho negocio lleva años reportándoles importantes beneficios económicos, especialmente desde el inicio del genocidio.
Por esta razón, el periodista australiano Antony Loewensteindescribe a la Franja de Gaza como el laboratorio militar de Israel. El
analista explica que el rol del Estado sionista ha sido siempre el de
servir como modelo para los regímenes capitalistas autoritarios. Fundado
al inicio de la Guerra Fría, su desarrollo como potencia armamentística
se produjo de la mano de EEUU, que necesitaba un contrapeso regional al
bloque liderado por la Unión Soviética.
De esta forma, la tecnología militar y las técnicas de represión utilizadas por Tel Aviv contra los palestinos fue comercializada por empresas israelíes décadas antes de que la inteligencia artificial fuera una posibilidad. En su libro El laboratorio palestino
(Capitán Swing, 2023) Loewenstein compila algunos ejemplos en los que
Israel habría armado a las fuerzas policiales o parapoliciales de las
dictaduras de la segunda mitad del siglo XX. Entre ellas, las de Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Costa Rica o Colombia, pero también la de la monarquía autoritaria del Irán previo a la Revolución Islámica.
Con
el tiempo, otros países árabes y africanos se han sumado a la lista de
clientes de Israel. Entre ellos está Marruecos y, según la prensa especializada,
Emiratos Árabes Unidos, que habría cerrado un acuerdo millonario con la
empresa armamentística israelí Elbit System. Muchos Estados acuden a
estas empresas atraídos por la etiqueta"probado en combate" o "probado en el terreno" con la que promocionan sus productos en ferias internacionales de defensa y seguridad.
L'affaire a éclaté publiquement en février 2026: le Pentagone menace de rompre son contrat de 200 millions de dollars avec Anthropic si l'entreprise refuse de lever ses restrictions sur l'utilisation militaire de Claude. Au cœur du conflit, deux lignes rouges qu'Anthropic refuse de franchir: la surveillance de masse de la population américaine et le développement d'armes entièrement autonomes, c'est-à-dire capables de tuer sans intervention humaine.
L'été dernier, le Pentagone avait signé des contrats allant jusqu'à 200 millions de dollars avec les quatre grands laboratoires d'IA américains (Anthropic, OpenAI, Google et xAI) pour adapter leurs modèles aux usages militaires. Claude est allé plus loin que les autres : il a été le premier modèle d'IA à être déployé sur les réseaux classifiés du Département de la Défense, notamment via le partenariat avec Palantir, le controversé contractant militaire spécialisé dans le traitement de données de surveillance.
Cependant, les négociations sur les conditions d'utilisation "à venir" ont déraillé. Le Pentagone exige que Claude puisse être utilisé pour toutes fins légales, sans qu'Anthropic puisse imposer des restrictions supplémentaires. OpenAI, Google et xAI ont déjà accepté ce principe pour leurs systèmes non-classifiés. Anthropic est le seul à résister.
La position du Pentagone ouvre concrètement la porte à des usages que la science-fiction a longtemps anticipés. Les armes létales autonomes (drones armés, systèmes de défense ou d'attaque pouvant identifier et éliminer des cibles sans qu'un soldat appuie sur la gâchette) représentent le scénario "Terminator" par excellence. Si un modèle d'IA aussi puissant que Claude, capable de raisonner, d'analyser des données complexes et de planifier des actions, venait à être intégré dans de tels systèmes sans garde-fous éthiques, les conséquences pourraient être catastrophiques : erreurs d'identification de cibles civiles, escalade incontrôlée de conflits, ou décisions létales prises en millisecondes sans possibilité de révision humaine.
Claude a déjà été utilisé, via Palantir, dans l'opération militaire de capture de Nicolás Maduro au Venezuela — une opération au cours de laquelle des coups de feu ont été tirés. Anthropic aurait cherché à savoir si son IA avait été impliquée, ce que le Pentagone a interprété comme une ingérence inacceptable. Cet épisode illustre parfaitement le glissement progressif vers des usages militaires que l'entreprise elle-même ne maîtrise plus.
L'autre ligne rouge, la surveillance de masse, est tout aussi inquiétante. Le cadre juridique américain actuel sur la surveillance (les lois FISA, etc.) n'a pas été conçu pour l'ère de l'IA. Comme le soulignent certains observateurs, "la législation sur la surveillance de masse ne prend pas en compte l'IA". Ce vide réglementaire pourrait permettre des usages qui, dans les faits, constitueraient une surveillance totale, même s'ils sont techniquement "légaux". Le CEO d'Anthropic, Dario Amodei, est allé jusqu'à qualifier la surveillance de masse facilitée par l'IA de "crime contre l'humanité" dans un essai publié début 2026.
Face au refus d'Anthropic, la réaction du Pentagone est musclée. Le secrétaire à la Défense Pete Hegseth envisagerait de désigner Anthropic comme "risque pour la chaîne d'approvisionnement", une mesure normalement réservée aux adversaires étrangers comme la Chine. Cette désignation forcerait tous les contractants militaires, y compris Palantir, à couper tout lien avec Anthropic. Un haut responsable du Pentagone a déclaré : "Nous allons nous assurer qu'ils paient le prix de nous avoir forcé la main."
Ce conflit n'est pas qu'un désaccord commercial. Il pose une question fondamentale : qui contrôle les garde-fous éthiques de l'IA militaire ? Si les entreprises privées sont les derniers remparts contre des usages destructeurs, leur résistance peut être brisée par pression économique ou politique. Et si elles cèdent, comme OpenAI, Google et xAI l'ont déjà fait pour les systèmes non-classifiés, c'est la voie qui s'ouvre vers une IA militarisée sans véritable supervision humaine.
Le scénario Terminator n'est plus de la fiction : c'est une négociation contractuelle en cours à Washington, et le rapport de force entre l'État et la population va devenir tel que toute notion de démocratie ne pourra que disparaitre.
El monopolio del capitalismo digital es, sin duda, una nueva modalidad de desarrollo del capitalismo monopolista…
Andrés Piqueras, profesor senior de la Universidad Jaume I
Acaba de celebrarse la Conferencia de
Seguridad de Munich, que fue diseñada desde el principio para que el
Imperio Occidental y su OTAN barajaran cómo prolongar su dominio del
mundo, pero que en un momento dado, fruto de la caída de la URSS,
pareció poder albergar un proyecto de seguridad común europea, incluida
Rusia, complementario de la OSCE, hasta que el Eje Anglosajón decidió
que una Eurasia integrada energética, política y económicamente sería
demasiado fuerte y peligrosa para su control del mundo y mandataron a
los “líderes” europeos desplazar la frontera militar hasta las mismas
puertas de Rusia, tras haber dado un golpe de Estado en Ucrania.
Esta edición de 2026 ha estado marcada por
un diagnóstico contundente: el orden internacional posterior a 1945
está “bajo destrucción”, según el propio Munich Security Report 2026.
De cierto, Estados Unidos no ha hecho más que confirmar su imposición
de un mundo basado en naciones fuertes, no en instituciones
multilaterales.
Mientras que el primer ministro alemán, Friedrich Merz, declaró que el tan pregonado orden internacional basado en reglas “ya no existe”, y que es hora de asentarse en la fuerza,
luego añadió para suavizar o disimular lo dicho, “de nuestros valores”.
En todo caso se supone que son unos valores que, como “las reglas” de
su orden se han de imponer a la fuerza, porque finalmente Merz instó a
Europa a reforzar urgentemente sus “capacidades de defensa” (aquí
todavía se utiliza ese eufemismo para guerrear, cuando en USA ya hablan
directamente de “Departamento de Guerra”). Tras él, cómo no, el
titiritero de los Rothschild elevado por esos poderes a presidente de la
república francesa, volvió a abogar por un ejército europeo.
El informe oficial describe una era de política de bola de demolición,
donde actores poderosos —incluida la administración estadounidense
actual— buscan desmantelar estructuras del orden internacional en lugar
de reformarlas.
Pero más allá de este guion que se viene
siguiendo concienzudamente, puede empezar a evidenciarse una novedad
clave: la tecnología ya no es un tema periférico, sino parte estructural
de “la seguridad” (léase guerra) global.
En concreto la Conferencia destaca como
elementos clave la ciberseguridad, las infraestructuras digitales
críticas, la inteligencia artificial y la competencia tecnológica entre
potencias. Lo cual imprime los pasos de un nuevo camino: Múnich deja de
ser sólo “tanques y tratados” para integrar plenamente lo digital. No es
de extrañar que por eso quienes acopiaran protagonismo fueran los CEOs
de grandes tecnológicas, líderes financieros, innovadores y reguladores,
al tiempo que los debates sobre IA se hacían omnipresentes.
Así que la info‑oligarquía “cortó el
bacalao” sin necesidad de exhibirse (y eso que cada vez le gusta más
hacerlo): su poder se manifiesta en que todos los demás actores dependen
de ella. De manera que si hasta ahora el Foro de Davos ha marcado la
agenda económica y tecnológica del mundo, mientras Múnich decidía los
parámetros militares y geopolíticos, estas dos esferas se han solapado y
juntas definen la arquitectura del Poder Global.
¿Qué es la tecno o la info-oligarquía?
Es la que está al frente de las grandes
corporaciones tecnológicas, las cuales controlan infraestructuras
digitales (nubes, redes, servidores, sistemas operativos…), plataformas
de interacción (redes sociales, buscadores, marketplaces…), algoritmos
de decisión (recomendación, moderación, publicidad…), datos masivos
(hábitos, preferencias, ubicaciones, relaciones…) y que, por
consiguiente, tienen la capacidad de moldear comportamientos (lo que se
ve, lo que se compra, lo que se cree que es importante…). Gobiernos,
empresas y ciudadanías dependen de sus servicios; ellas deciden no sólo
qué es real o no, qué se prohíbe, qué se prioriza… sino también qué es
pensable y lo que ni siquiera entra en la imaginación social. Tienen,
además, una ventaja competitiva casi insuperable: más datos → mejores
algoritmos → más usuarios → más datos…
Son oligopolios de facto (de buscadores,
redes sociales, sistemas operativos…), promueven decisiones algorítmicas
que afectan a millones de personas sin transparencia alguna, influyen
en las políticas públicas y en la regulación social. Controlan el
ecosistema informativo -plataformas digitales, grandes medios de
comunicación, empresas de publicidad y análisis de datos…- determinan
las políticas gubernamentales.
Proporcionan los marcos interpretativos
que condicionan la opinión pública, trazan o canalizan la atención
social, con burbujas informativas y cámaras de eco. Viralizan contenidos
diseñados para manipular emociones, desinforman o tergiversan de forma
mucho más rápida que la información verificada (la verdad
compite en desventaja frente a lo viral, por eso la verdad deja de tener
interés en favor del número de los que creen otra cosa, esto es, de
cuántas personas dicen gustarles lo que se dice).
Además, el conjunto de los medios depende
de sus plataformas para sobrevivir, por lo que no las opondrán. Trabajo,
comunicación, educación, ocio, creación, finanzas… todo pasa por sus
manos. Tienen un poder económico superior al de la mayoría de los
Estados.
No es casualidad, pues, que los líderes de
las grandes tecnológicas tengan más visibilidad que muchos jefes de
Estado o presidentes de gobierno.
“Los gigantes de la tecnología de la
información, como Microsoft para los sistemas operativos de
computadoras, Google para los motores de búsqueda, Meta (antes Facebook)
y X (antes Twitter) para las redes sociales y Amazon para el comercio
electrónico, poseen la capacidad de dominar el mercado en una medida
mucho mayor que los gigantes del ferrocarril, el petróleo, el acero y el
automóvil del pasado. Esto se debe principalmente a los efectos de red
de las plataformas digitales, inigualables por las economías de escala
tradicionales. Internet no está limitado por el espacio físico y tiene
una tendencia hacia la infinitud, otorgando a las plataformas una
capacidad de penetración y de intercambio de información más poderosa
(…)
Esto eleva el límite superior de las
economías de escala de la plataforma y crea un efecto sifón sobre
diversos recursos clave (usuarios, datos, capital, tecnología, etc.)
bajo las economías de escala, resultando en un monopolio donde ‘el
ganador se lleva todo’. El monopolio del capitalismo digital es, sin
duda, una nueva modalidad de desarrollo del capitalismo monopolista” (https://observatoriocrisis.com/2026/02/13/tecno-feudalismo-el-canto-de-cisne-del-capitalismo-o-su-proximo-acto/).
Una modalidad crecientemente rentista o
parasitaria, que apenas genera nuevo valor pero que absorbe para su
propio beneficio el menguante valor producido. Ese rentismo
deslocalizado que flota en el espacio virtual supuestamente por encima
del mundo del trabajo, le hace estúpidamente ajeno a pactos de clase y a
redistribuciones del beneficio, desdeñoso de servicios sociales y de
marcos de negociación de las condiciones de vida de las poblaciones.
Cree que puede prosperar indefinidamente según ellas se van
empobreciendo de la misma manera.
Para hacerlo necesitan pensar que les
basta con seguir controlando el pensamiento de los demás. Trazan con
ello una agenda profundamente reaccionaria, que (de momento) es seguida a
millones por las propias víctimas de la misma, dada la amplia y
profunda capacidad de control de las conciencias que los dispositivos,
procedimientos e interconexiones de la info-oligarquía contienen (de ahí
sale el chiste del lobo diciendo a las ovejas que le voten y que hagan
lo que él les dice para estar seguras -volveremos sobre ello más
adelante-).
Por supuesto que también ahondan en la desigualdad mundial.
“En última instancia, [la info-tecnología]
amplía la brecha de los países capaces de participar en la revolución
de la IA y aquellos que carecen de los recursos necesarios, disminuyendo
el número de países capaces de participar. Como resultado, esto llevará
inevitablemente a un mayor grado de monopolio de conocimiento y
tecnología, consolidando aún más el dominio de los oligarcas financieros
y tecnológicos.
Al mismo tiempo, la brecha de información
existente y la brecha digital entre países se transmutarán en una brecha
de IA, resultando en la perpetuación, en lugar de la mejora, de las
disparidades de riqueza globales. Más importante aún, con la
proliferación de sistemas de toma de decisiones automatizados, los
individuos corren el riesgo de ceder su dominio cognitivo sobre las
visiones del mundo racionales a las herramientas de toma de decisiones
de IA, profundizando la dependencia de estos sistemas en la producción
social y la vida diaria.
Un tecno-oligarca puede ganar en horas lo que un/a trabajador/a normal en un año.
Y a eso le llaman “democracia”, pero en su
defecto, por si fuera poco, nos dicen que son ellos mismos los que van a
salvar a las sociedades.
Dominio mundial
La desigualdad a ultranza, cuidadosamente cultivada, es paralela al dominio mundial, claro está.
De hecho, la tecnología informacional, el
procesamiento de datos, la computación algorítmica y la IA en general,
se tratan ahora como instrumentos de política estatal y de dominación
mundial. Donde esto se hace más realidad es en Estados Unidos, para
garantizar su papel de liderazgo mundial y la subordinación del resto de
potencias.
“La fusión entre el Estado y el capital es
más fácil de ver en Washington, donde se ha convertido en un objetivo
político no exportar productos, sino dependencia”.
La diplomacia informática no es nueva,
sólo lo es su franqueza. Estados Unidos lleva mucho tiempo gobernando a
través de intermediarios: bancos y aduanas en la era de la diplomacia
del dólar, compañías petroleras y mercados del Tesoro en la era del
reciclaje del petrodólar. El intermediario actual son los elementos
necesarios para la IA. Los controles de exportación y la jurisdicción
de la nube hacen lo que antes hacían los cañoneros y los comisionados de
deuda, pero con menos titulares.
La capa compradora se reduce a medida que
el sistema madura: se necesitan menos intermediarios locales cuando el
cumplimiento se logra mediante licencias, telemetría y acceso al único
hardware que importa. La economía política es sencilla. Un centro de
datos a hiperescala no es una fábrica en el sentido tradicional del
desarrollo; se parece más a un nodo de servicios públicos gestionado de
forma privada, integrado en ecosistemas de nube extranjeros y tratado
cada vez más como una infraestructura estratégica.
Del dominio técnico-militar del mundo, al
condicionamiento económico (disrupción económica mediante información
controlada, manipulación de datos, interferencias, corte de suministros,
confusión en la red…), ecológico (provocación de sequías, plagas,
inundaciones, desertificación…), y el dominio de las poblaciones, en la
generación de seres humanos programables, predecibles, voluntariamente
subordinados. Individuos-masa que piensan y dicen lo mismo que han
dicho los algoritmos diseñados y reproducidos hasta la saciedad por
redes, dispositivos y medios de difusión masiva, y que realmente creen
que lo piensan ellos mismos.
De la clásica massmmediatización de la realidad
(saber del mundo lo que los media cuentan de él) estamos pasando a la
computación cuántica de las conciencias y el poder de hackear las
mentes.
“Hoy, al menos en Occidente, este
desarrollo se concentra en manos de las mega-corporaciones digitales
estadounidenses (las “big tech”), que desde hace unas tres décadas han
venido consolidando –con apoyo del capital financiero– no sólo su modelo
de negocios, sino también, gracias a la estrecha colaboración del
Estado, el marco geopolítico y el correspondiente andamiaje
institucional que lo sostiene.
Es lo que Shoshana Zuboff denomina
‘capitalismo de vigilancia’. Este marco abarca políticas públicas que
les son favorables, gobernanza respecto al libre flujo de datos,
tratados comerciales, acuerdos de instituciones internacionales e
infraestructura militar de vigilancia, entre otros (…)
Diversos estudios señalan que, por
ejemplo, debido al diseño actual de los sistemas de IA, su
funcionamiento deteriora las instituciones cívicas fundamentales (como
universidades, derecho, periodismo, democracia), al erosionar la
experiencia, cortocircuitar la toma de decisiones y aislar a unas
personas de otras. Incluso arriesga causar su destrucción.
Otros estudios muestran cómo la narrativa
cultural dominante en la IA atenta contra la diversidad y la alteridad,
en una especie de «hackeo cognitivo» de identidades, valores y creencias
culturales y sociales. También se ha demostrado que la dificultad de
distinguir entre contenidos verdaderos o falsos conlleva a una
desconfianza general en las instituciones y la democracia” https://www.alai.info/wp-content/uploads/2026/02/ALenMovimiento_559_febrero2026_Espanol.pdf
Operaciones de influencia política para
manipular o amañar elecciones en todo el mundo en favor de la agenda
reaccionaria antes mencionada, preparan un proto-fascismo latente para
saltar a la palestra y hacerse del todo explícito si las circunstancias
de la Guerra Sistémica Permanente desatada por el Imperio así lo
requieren.
De momento ese “proto-fascismo
democrático” va minando las instituciones liberales del propio
capitalismo que fueron fruto de las luchas de clase de siglos. Sus Big
Tech moldean la opinión pública a través de campañas digitales,
manipulación informativa y ecosistemas de “fake news”, ampliamente
reproducidas por sus distintos medios de masas (en realidad todos están
dentro de unas u otras formas de su propiedad (Una
aproximación a las claves del poder sionista mundial concomitante con
la centralización y concentración del capital – ObservatorioCrisis) e
incluso judicializadas si se trata de perseguir alguna disidencia (el
control del poder judicial viene siendo parte imprescindible del poder
de clase). También se traducen en políticas gubernamentales, por
supuesto.
Así que las info-oligarquías tecnológicas,
personalizadas en tipos como Elon Musk, Mark Zuckerberg, Larry Page,
Sergey Brin, Jeff Bezos y otros pocos, intervienen ya abiertamente en
la política interna de los Estados, dictan instrucciones globales en los
grandes Foros de magnates, pues ya no se ocultan en ellos, como
acabamos de ver en Davos y Múnich , e imprimen carácter a las distintas
sociedades [de ahí la derechización mundial en curso, proto-fascista,
promotora de partidos como Vox, Rassemblement National, Fratelli
d’Italia, Lega, Alternative für Deutschland (AfD), Partij voor de
Vrijheid (PVV), Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ), Vlaams Belang,
Perussuomalaiset (Partido de los Finlandeses), Fidesz; Mi Hazánk,
Konfederacja, Solución Griega (Ellinikí Lýsi), Partido Liberal (en su
corriente bolsonarista, en Brasil), La Libertad Avanza, Bharatiya Janata
Party (BJP), One Nation -australiana-, New Zealand First, etc. (esta es
la continuación del chiste del lobo antes mencionado].
Pero esto no es “tecno-feudalismo”, como
muchos se empañan en designarlo, sino capitalismo en metamorfosis,
huyendo de la caída del valor, o dicho de otra forma, metamorfoseándose
según decae más y más el valor. Un capitalismo en degeneración que en
consecuencia patrocina de un “proto-fascismo democrático” que implosiona
la democracia liberal desde dentro y ataca cualquier proceso de
autonomía social, auto-organización popular o soberanía nacional, y en
el que la info-oligarquía quiere adquirir el poder político que le
corresponde a su enorme poder económico (como nueva “clase rica” no
incluida en las grandes familias poderosas tradicionales del capitalismo
desde el siglo XVIII, busca ahora a toda costa su cuota de poder
mundial). Para ello se sumergen en las entretelas de los “estados
profundos” de las formaciones imperiales, sobre todo Estados Unidos,
cortejando cuando no haciéndose parte del Poder Sionista Mundial (Una
aproximación a las claves del poder sionista mundial concomitante con
la centralización y concentración del capital – ObservatorioCrisis).
Por eso sus plataformas, dispositivos y
poderes también se convierten en armas cognitivas de guerra, que parecen
haber sido probadas desde su uso directo e inmediato en la anulación de
la voluntad o en la perturbación de los sentidos y la confusión
cognoscitiva (quizás en algún momento iremos sabiendo de su puesta en
juego en la “extraña” caída de Siria y en la tan fulminante como fugaz
invasión de Venezuela, por ejemplo), hasta la lenta y constante
penetración-moldeamiento en-de las conciencias a través de toda suerte
de dispositivos tecnoculturales, mediáticos, de información-formación
instalados en todos los campos de la sociedad.
De momento, para Estados Unidos impedir
que el Mundo Emergente pueda disponer de sus chips, de los elementos de
tecnología necesarios, resulta vital para mantener su dominio cada vez
más despótico ante su falta de recursos para hacerlo de forma
legitimada.
Quienes nos hablan de no situarse en esa
gran pugna mundial apelando a la “lucha de clases” en abstracto, no
tienen idea de lo que está en juego.
“Pax Silica es, en definitiva, una
expresión inusualmente honesta. Admite que la nueva paz es una paz
gestionada: la paz a través del silicio, mantenida por quienes
controlan el suministro. Los imperios anteriores perduraron porque
mantuvieron la ficción del beneficio mutuo. El actual está cada vez más
impaciente con la ficción. Esa impaciencia puede resultar ser su
debilidad.
Cuando la dominación ya no se disfraza de
comercio, el consentimiento se vuelve más difícil de fabricar, y las
fricciones de las redes, los presupuestos y la política comienzan a
parecer menos como ruido de fondo y más como el terreno en el que se
disputará la paz del silicio” (https://www.alai.info/wp-content/uploads/2026/02/ALenMovimiento_559_febrero2026_Espanol.pdf).
Por muchas plataformas y control de nuevas
tecnologías que se tengan, no se puede machacar las condiciones de las
sociedades indefinidamente con su apoyo o su pasividad. La “lucha de
clases” no es una simple quimera que ya pasó en la Historia. El capital
la ejerce cada día de forma inmisericorde, y es imposible que lo haga
sin reacción popular y de los Estados perdedores, por muchos partidos
proto-fascistas que convoque.
Tampoco la trasnochada neosocialdemocracia
de la que también tira el Sistema con la otra mano, podrá seguir
haciendo de contención social por mucho tiempo, ni mantener el espejismo
de la democracia capitalista en un mundo en el que menos del 1% de la
población detenta entre el 45 y el 50% de la riqueza mundial y decide ya
prácticamente todo sobre nuestras vidas. Empezando por la guerra o la
paz, la vida o la muerte de miles de millones de seres humanos.
Alors que les Européens tentent de réorienter Trump, ses
partisans de la Silicon Valley ont leurs propres idées, qui impliquent
des communautés peu réglementées et l’accès aux terres rares.
La semaine dernière, le président Trump a levé toute ambiguïté quant à
ses intentions envers le Groenland. Lors d’un événement à la Maison
Blanche, il a déclaré qu’il s’emparerait du territoire arctique « qu’ils
le veuillent ou non. » Il a ensuite proféré ce qui ressemblait à une
menace mafieuse à l’encontre du Danemark : « Si nous ne pouvons pas le
faire à l’amiable, nous le ferons à la dure. »
Trump aurait également ordonné aux commandants des forces spéciales
d’élaborer un plan d’invasion, même si de hauts responsables militaires
l’ont averti que cela violerait le droit international et les traités de
l’OTAN. Dans une interview accordée au New York Times, Trump a déclaré :
« Je n’ai pas besoin du droit international. »
En coulisses, le secrétaire d’État Marco Rubio a tenté de calmer le
Congrès, affirmant que toutes ces manœuvres militaires n’étaient qu’un
moyen de faire pression sur le Danemark pour qu’il négocie. Pendant ce
temps, Stephen Miller, chef de cabinet adjoint de Trump, a rejeté
l’autorité du Danemark sur le Groenland, affirmant que « personne ne va
combattre militairement les États-Unis pour l’avenir du Groenland. »
A même moment, sept pays européens ont publié une déclaration commune
affirmant que « le Groenland appartient à son peuple » et certains
alliés de l’OTAN espèrent tempérer Trump en proposant de stationner une
force militaire sur l’île pour contrer la Russie et la Chine dans
l’Arctique.
Dans un effort apparent pour dissuader Trump de s’emparer du
Groenland, le Premier ministre britannique Keir Starmer aurait déclaré à
Trump qu’il partageait son point de vue sur la menace que représente la
Russie dans la région et qu’il envisagerait d’envoyer des troupes pour
aider à la défendre. Dans le même temps, l’Allemagne propose de mettre
en place une mission conjointe de l’OTAN dans l’Arctique et la Première
ministre danoise Mette Frederiksen a déclaré que la prise de contrôle du
Groenland par les États-Unis marquerait la fin de l’OTAN.
Compte tenu de l’opposition massive à la quête de Trump pour le
Groenland et des avantages discutables en matière de sécurité liés à
l’annexion de l’île, que se trame-t-il réellement ici ?
Pourquoi Trump veut le Groenland
L’administration Trump semble incapable de déterminer pourquoi elle
doit s’emparer du Groenland. Au départ, le président a affirmé que « des
navires russes et chinois sillonnent le long de la côte », une
affirmation rejetée par les hauts diplomates nordiques : « J’ai
interrogé les renseignements. Il n’y a ni navires, ni sous-marins. »
Plus tard, Trump a lancé cette mise en garde : « Si nous ne prenons pas
le Groenland, la Russie ou la Chine le feront, et je ne laisserai pas
cela se produire. »
Le vice-président JD Vance s’est orienté vers la défense antimissile,
arguant que « toute l’infrastructure de défense antimissile dépend en
partie du Groenland. » La valeur stratégique du Groenland est
incontestable. L’implantation américaine située sur l’île, la base
spatiale de Pituffik, fournit une couverture radar d’alerte précoce des
bombardiers et des missiles russes ou chinois.
Cependant, le renforcement de cette capacité ne dépend pas de la
prise de contrôle de l’île par Washington. Les accords de défense
existants permettent déjà aux États-Unis de projeter leur puissance et
de moderniser leurs capacités sans provoquer la catastrophe diplomatique
que représenterait une annexion.
Sécurité nationale ou cupidité des entreprises ?
Les médias dominants ont largement couvert les ambitions de Trump
concernant le Groenland, mettant l’accent sur la concurrence avec la
Chine et la Russie en matière de sécurité dans l’Arctique, ainsi que sur
l’ouverture de routes maritimes stratégiques grâce à la fonte des
glaces. La plupart mentionnent les vastes gisements de minéraux
essentiels au Groenland, indispensables aux véhicules électriques et aux
énergies renouvelables.
Mais ils s’abstiennent d’examiner les forces qui pourraient
réellement être à l’origine de ce programme minier : les milliardaires
du secteur technologique tels que Peter Thiel et Elon Musk, qui
considèrent le Groenland non seulement comme une source de terres rares,
mais aussi comme un laboratoire pour leurs expériences économiques et
sociales libertariennes. Ces milliardaires envisagent la création au
Groenland de « villes libres » non réglementées, exemptes de tout
contrôle démocratique, de toute législation environnementale et de toute
protection du travail.
Ken Howery, ambassadeur de Trump au Danemark et cofondateur de PayPal
avec Thiel et Musk, aurait engagé des discussions pour mettre en place
ces zones à faible réglementation.
Il y a ici un conflit d’intérêts ironique : les responsables de la
sécurité nationale veulent un contrôle étatique fort sur ce territoire
stratégique. Les milliardaires de la tech qui financent Trump veulent le
contraire : un terrain de jeu déréglementé pour leurs expériences
anarcho-capitalistes. Les deux parties partagent une cécité commune
vis-à-vis de la souveraineté du Groenland et des droits des autochtones.
Il est profondément troublant de voir comment la crise climatique est
présentée comme une opportunité. La calotte glaciaire du Groenland fond
plus rapidement en raison de la hausse des températures. Les
autochtones du Groenland voient leur mode de vie traditionnel
disparaître à mesure que la glace disparait.
Les 56 000 Groenlandais, dont 89 % sont des Inuits autochtones, ont
clairement exprimé leur position : 85 % d’entre eux s’opposent à
l’adhésion aux États-Unis. Les dernières élections législatives ont
donné la victoire à des partis qui rejettent ouvertement les avances de
Trump. Mais cela ne transparaît pas dans la manière dont Washington
évoque le Groenland. Leurs voix ne sont qu’un murmure dans toutes ces
discussions sur l’annexion. Dans le même temps, la plupart des
Américains s’opposent à l’idée d’acheter ou d’envahir le Groenland.
Par tous les moyens
La Maison Blanche tente par tous les moyens d’arriver à ses fins. Les
responsables américains ont envisagé de verser à chaque Groenlandais
une somme forfaitaire comprise entre 10 000 et 100 000 dollars, essayant
essentiellement d’acheter l’approbation d’une population qui continue
de dire Non.
La Maison Blanche tente également de conclure un accord de libre
association (COFA) avec le Groenland. Dans le cadre d’un tel accord, les
États-Unis ne fournissent que des services de distribution du courrier
et des opérations de protection militaire en échange de la liberté
d’action de l’armée américaine et d’un commerce exempt de droits de
douane.
De tels accords existent avec des îles comme Palau, les Îles Marshall
et la Micronésie. Cependant, cet arrangement a peu de chances d’aboutir
avec le Groenland. Les accords COFA ont déjà été signés avec des pays
indépendants, et le Groenland devrait se séparer du Danemark pour qu’un
tel projet puisse voir le jour.
Risques pour les États-Unis
Cette crise dépasse largement les frontières du Groenland. Il s’agit
ici de savoir quel type de pays les États-Unis veulent être et comment
ils veulent se positionner sur la scène internationale. Les États-Unis
vont-ils exercer leur leadership par le biais de partenariats et
d’avantages mutuels, ou par le biais de menaces et de coercition ?
Washington respecte-t-il le principe d’autodétermination (que nous
prétendons défendre) ou seulement lorsque cela lui convient ?
Cette obsession pour l’annexion réduit tout à une prédation des
ressources. Elle ignore complètement le fait que le Groenland est la
patrie d’un peuple qui a ses propres rêves, ses propres droits et ses
propres espoirs pour l’avenir.
Le président Trump a promis de mettre fin aux guerres éternelles et
de s’attaquer à l’establishment de la politique étrangère. Mais ces
menaces sur le Groenland reflètent la même vieille mentalité selon
laquelle la force fait le droit et que l’indépendance des autres pays ne
compte que lorsqu’elle sert nos intérêts tels que nous les percevons.
Les véritables intérêts des États-Unis ne résident pas dans la
renaissance de l’impérialisme, mais dans la démonstration que le
partenariat et les avantages mutuels offrent une meilleure voie que
l’unilatéralisme agressif.
Nesta pequena cápsula desmontamos desde o marxismo e o materialismo histórico a tese do Tecnofeudalismo,
formulada por Yanis Varoufakis, que nos últimos anos ganhou ampla
difusão entre a progressia occidental. Segundo ela, o capitalismo teria
morrido e sido substituído por uma nova forma de feudalismo digital, no
qual as grandes plataformas tecnológicas funcionam como feudos, e nós,
usuários, trabalhadores e pequenos produtores, somos outra vez como
servos que pagam tributos aos novos senhores feudais, os Bezos,
Zuckerberg ou Musk.
A tese contém uma intuição correta e poderosa. Contudo, do ponto de vista do materialismo dialético,
ela é completamente insuficiente, parcial e mesmo contraproducente para
a classe trabalhadora tomar consciência da teoria correta que explica o
funcionamento do capitalismo e a sua superação. Este artigo procura
conservar integralmente as ideias apresentadas numa análise original dum
vídeo do canal marxista Frases de Marx, mostrando que o tecnofeudalismo
não é nenhuma lei tecnológica inevitável, mas o resultado histórico
concreto de determinadas relações entre capital, Estado e produção, sem
sair do modo de produção capitalista.
O caso da China desempenha aqui um papel central, pois demonstra
empiricamente que a mesma tecnologia digital e o seu avance pode gerar
resultados sociais e políticos radicalmente distintos.
1. A tese de Varoufakis: do capitalismo ao tecnofeudalismo
1.1. Capitalismo clássico e concorrência produtiva
No capitalismo clássico analisado por Marx no século XIX, a concorrência entre capitais dava-se fundamentalmente no terreno da produção.
Empresas como Ford e General Motors competiam fabricando automóveis.
Vencia quem conseguisse produzir mercadorias melhores e mais baratas.
A exploração capitalista manifestava-se através da apropriação direta da mais-valia:
o trabalhador produzia valor através do seu trabalho vivo, e o
capitalista apropriava-se diretamente desse valor excedente. Havia
exploração, mas havia também produção real de valor.
1.2. As plataformas digitais e a ruptura do modelo produtivo
As grandes plataformas digitais atuais — Amazon, Google,
Facebook/Meta — não funcionam segundo essa lógica. Elas praticamente não
produzem bens materiais. Não fabricam mercadorias no sentido clássico.
Ainda assim, são as empresas mais valorizadas do mundo.
O que fam, então? Controlam os territórios digitais
onde ocorre o comércio, a comunicação e a vida social contemporânea. São
donas do espaço no qual todos somos obrigados a circular.
1.3. A analogia feudal
Aqui Varoufakis acerta parcialmente ao estabelecer uma analogia com o
feudalismo medieval. O senhor feudal não produzia trigo nem fabricava
ferramentas. Era dono da terra. Quem quisesse produzir precisava usar
essa terra e pagar tributo.
O mesmo ocorre hoje em ocidente em versão digital. Para vender online
é necessário passar pola Amazon e pagar comissões que variam entre 15% e
45%. Não porque a Amazon crie valor ou melhore o produto, mas
simplesmente porque controla o território do mercado.
Estamos perante uma forma de extração de renda, não de criação de valor. Eis o núcleo da tese do tecnofeudalismo.
Os limites históricos e teóricos da metáfora feudal
Apesar da utilidade descritiva da noção de tecnofeudalismo, é
necessário introduzir aqui uma precisão conceitual importante. Do ponto
de vista histórico rigoroso, chamar à forma atual de dominação digital
um “feudalismo” constitui um exagero teórico.
No feudalismo propriamente dito, a terra era o meio de produção
fundamental. Os camponeses encontravam-se juridicamente ligados a ela, e
a relação com o senhor feudal era uma relação pessoal de dominação,
sancionada por vínculos jurídicos e políticos diretos. A exploração não
se dava através do mercado, mas através de obrigações extraeconómicas
explícitas como trabalho forçado gratuito, rendas em espécie, tributos
compulsórios e a submissão direta à autoridade jurídica e política do
senhor feudal.
No capitalismo digital contemporâneo, por mais concentrado e
assimétrico que seja o poder das plataformas, não existe uma relação de
servidão jurídica direta. Os trabalhadores, produtores e consumidores
continuam formalmente inseridos em relações de mercado, mediadas polo
salário, polo contrato e pola concorrência. As Big Tech não
dominam porque nos possuem juridicamente, mas porque controlam dados,
infraestruturas e posições monopolistas estratégicas.
Nesse sentido, o tecnofeudalismo funciona sobretudo como uma metáfora crítica,
útil para chamar a atenção para a concentração extrema de poder e para a
dependência tecnológica crescente, mas problemática se tomada como
categoria histórica ou económica literal. O risco é obscurecer a
compreensão do fenómeno enquanto forma específica do próprio
capitalismo, e não como um retorno real a um modo de produção
pré-capitalista.
É precisamente por isso que a análise deve avançar além da metáfora e
regressar às categorias centrais do materialismo histórico: relações de
produção, formas de apropriação do valor, e articulação entre capital e
Estado. Vejamos.
2. Extração de renda versus produção de valor
2.1. Diferença fundamental em relação ao capitalismo clássico
No capitalismo industrial, mesmo na exploração, havia produção de
valor real. No tecnofeudalismo descrito por Varoufakis, os senhores
feudais digitais não criam valor: limitam-se a extrair renda polo
controle do acesso.
Bezos não ajuda o vendedor a produzir melhor; cobra tributos por
permitir que ele venda. Zuckerberg não melhora a comunicação; cobra polo
acesso à própria audiência.
2.2. O tecnofeudalismo como fenómeno localizado
Se o tecnofeudalismo fosse uma consequência automática da tecnologia
digital, deveria manifestar-se em todos os países com plataformas
digitais avançadas. Mas isso não acontece.
E aqui surge a pergunta decisiva que Varoufakis não colocou de forma suficiente: por que razão na China não existem Jeff Bezos todo-poderosos?
3. O caso chinês: plataformas sem senhores feudais privados
3.1. Plataformas gigantes, mesma tecnologia. O caso Jack Ma
A China alberga algumas das maiores plataformas digitais do mundo. A
Alibaba supera a Amazon em volume de transações no comércio eletrónico, o
WeChat conta com mais de mil milhões de utilizadores ativos e o Douyin
domina amplamente o mercado de vídeo curto no país. A tecnologia
empregada é equivalente à ocidental: infraestruturas digitais avançadas,
algoritmos de recomendação semelhantes e modelos de plataforma
comparáveis.
A diferença decisiva não reside, portanto, na técnica, mas na relação
de poder. Em 2020, Jack Ma, fundador da Alibaba e então o homem mais
rico da China, criticou publicamente a regulação financeira chinesa — um
tipo de discurso habitual entre bilionários tecnológicos no Ocidente. A
resposta do Estado foi imediata: Jack Ma desapareceu da vida pública
durante meses, a Ant Group viu suspensa a maior IPO da história e foi
forçada a reestruturar-se, e a Alibaba foi fragmentada e submetida a
fortes sanções regulatórias.
Jack Ma permaneceu rico, mas perdeu qualquer autonomia política.
Deixou de ser um “senhor” de coisa alguma. Uma intervenção desta
magnitude seria impensável nos Estados Unidos ou na União Europeia.
3.2. A inversão da relação de poder
Na China, o Partido Comunista mantém o controlo material sobre os
grandes empresários tecnológicos; no Ocidente, ocorre o inverso, são os
magnatas das Big Tech a condicionarem diretamente o poder político. Quando
uma empresa chinesa acumula poder excessivo ou ameaça objetivos sociais
definidos polo Estado, é disciplinada, fragmentada ou reestruturada.
Um exemplo claro foi o setor da educação privada online, que
movimentava dezenas de milhares de milhões de dólares. Em 2021, o Estado
decidiu que a educação não podia ser um negócio lucrativo e proibiu a
atividade com fins lucrativos, destruindo em poucos dias grande parte do
valor bolsista do setor.
Estes casos mostram que, apesar da existência de plataformas privadas
gigantescas e da exploração capitalista do trabalho, não emergem na
China senhores feudais digitais autónomos. O capital tecnológico
permanece subordinado ao poder político estatal, e não o contrário.
4. Regime dos dados. Quem controla os dados controla o poder: China versus Ocidente
No capitalismo digital ocidental, os dados pessoais constituem uma
forma central de propriedade privada. As grandes plataformas
apropriam-se integralmente das informações geradas pola atividade
quotidiana dos utilizadores — comunicações, deslocações, hábitos de
consumo — e transformam-nas em mercadoria. Estes dados são monetizados através de publicidade dirigida, vendidos a terceiros ou utilizados para moldar e antecipar comportamentos, convertendo os próprios utilizadores em matéria-prima do processo de acumulação.
Este regime de propriedade privada dos dados confere às Big Tech um
poder económico e político extraordinário. Empresas como Google, Meta ou
Amazon controlam volumes de informação superiores aos de muitos
Estados, sem qualquer controlo público efetivo, o que lhes permite
influenciar mercados, processos políticos e dinâmicas sociais de larga
escala.
Na China, embora as plataformas também recolham dados em massa e
participem na exploração capitalista, estes não constituem propriedade
privada absoluta das empresas. O Estado mantém acesso legal e capacidade de intervenção direta sobre os fluxos de dados considerados estratégicos,
enquadrando as plataformas como gestoras subordinadas de
infraestruturas informacionais. Na prática, isto significa que os dados
não pertencem exclusivamente às empresas: as plataformas são
obrigadas a armazenar informação sensível em servidores localizados no
território nacional, a partilhar dados com autoridades reguladoras e a
integrar-se em sistemas públicos de supervisão, como ocorre com dados financeiros, logísticos, de mobilidade ou de comunicações.
Este modelo implica certos problemas de vigilância e controlo social,
mas impede que os dados se convertam numa base autónoma de poder
privado. Ao contrário do Ocidente, onde empresas como Google ou Meta
controlam sozinhas infraestruturas informacionais globais, na China nenhuma plataforma pode transformar os dados num recurso político independente do Estado.
Assim, a diferença fundamental não reside na quantidade de dados
recolhidos, mas na sua forma de propriedade e no tipo de poder que deles
deriva: no Ocidente, os dados reforçam a autonomia política do capital
tecnológico; na China, permanecem integrados numa estrutura de controlo
estatal que limita a formação de feudos digitais privados.
5. Capital produtivo e capital fictício: a chave marxista
Em O Capital, Marx distingue claramente o capital produtivo do capital fictício.
O primeiro investe em meios de produção e em trabalho vivo,
transformando materialmente a realidade e gerando valor novo através da
exploração da força de trabalho. Toda a riqueza social, por mais
abstrata que pareça, assenta em última instância neste processo material
de produção. Recomendamos aqui a leitura dos artigos de Capitalismo (I): Andrés Piqueras. Crises do Capitalismo. A fase terminal e Capitalismo (II): Trabalho Produtivo e Improdutivo, uma perspetiva marxista, com Andrés Piqueras analisando a diferença entre trabalho produtivo e improdutivo.
O capital fictício, polo contrário, apresenta-se como dinheiro que
gera mais dinheiro sem passar pola produção: ações, títulos, derivados
financeiros e valorização bolsista. Trata-se de uma forma fetichizada do
capital, que não cria valor, mas representa direitos de apropriação
sobre valor futuro ou redistribui valor produzido noutro lugar. Como
Marx já assinalava, este capital parece autonomizar-se da produção,
ocultando a sua dependência do trabalho vivo.
Desde os anos 1980, o Ocidente conheceu um processo profundo de financeirização.
A economia deslocou-se da indústria para os mercados financeiros: Wall
Street substituiu Detroit como centro dinâmico da acumulação. Hoje, uma
parte crescente dos lucros corporativos nos Estados Unidos provém de
atividades financeiras, enquanto a produção material foi deslocalizada
para outras regiões do mundo.
As grandes plataformas digitais ajustam-se perfeitamente a este
modelo financeirizado. Apesar de empregarem relativamente poucos
trabalhadores e produzirem poucos bens materiais, concentram
capitalizações bolsistas gigantescas, baseadas em expectativas futuras e
no controlo de infraestruturas digitais. A sua força não reside na
produção direta de valor, mas na capacidade de capturar rendas e atrair
fluxos financeiros, evitando as contradições clássicas da produção
industrial — sindicatos, greves, custos fixos elevados.
É neste contexto que o tecnofeudalismo emerge no Ocidente: não como
superação do capitalismo, mas como expressão extrema do domínio do
capital fictício sobre o capital produtivo.
6. Por que a China seguiu outro caminho
Ao contrário do Ocidente, a China nunca permitiu que o capital
financeiro se autonomizasse e subordinasse o capital produtivo. Desde o
início das reformas, a prioridade estratégica manteve-se na produção material:
indústria, manufatura, infraestrutura, energia e tecnologia aplicada à
produção. Ainda hoje, uma parte significativa do investimento total
concentra-se em setores produtivos, e a indústria continua a desempenhar
um papel central na criação de valor e no emprego.
Esta orientação materialista reflete-se na forma como as plataformas
digitais são integradas na economia. As grandes empresas tecnológicas
chinesas não substituem a produção por extração parasitária de renda,
como ocorre no Ocidente, mas funcionam sobretudo como instrumentos de apoio à circulação, logística, pagamentos e organização da produção. Quando tentam autonomizar-se como capital financeiro ou impor modelos rentistas, são rapidamente disciplinadas.
A razão fundamental desta diferença reside no controlo estatal material. No sistema financeiro chinês, apesar de existir uma diversidade de bancos, os grandes bancos estatais dominam a maior parte dos ativos bancários:
os seis maiores bancos comerciais estatais (ICBC, CCB, ABC, Bank of
China, Postal Savings Bank e Bank of Communications) detinham cerca de 41,7 % dos ativos de todo o sistema bancário chinês no final de 2023,
e o Estado permanece como acionista maioritário nestas instituições
através do Ministério das Finanças, da Central Huijin Investment e
outras holdings públicas.
Para além disso, o Estado controla sectores estratégicos fundamentais
da economia através de empresas públicas e sociedades de economia mista
que figuram entre as maiores do país, com as estatais a representar
mais de 40 % do PIB e a manter participação dominante em sectores como energia, telecomunicações e infra-estrutura.
Este domínio confere-lhe um poder real — e não meramente regulatório —
para intervir sobre o capital privado. Ao controlar o acesso ao
crédito, às licenças, às infraestruturas e aos mercados-chave, o Estado
pode impor limites efetivos à acumulação privada excessiva.
Deste modo, embora a China utilize uma economia de mercado com
exploração do trabalho e contradições próprias, não se desenvolve ali um
tecnofeudalismo à maneira ocidental. O capital tecnológico permanece
subordinado a uma estratégia produtiva e a um poder político estatal que
não abdica do controlo dos meios fundamentais da acumulação.
7. Crítica dialética a Varoufakis
A análise de Varoufakis descreve com precisão um fenómeno real do
capitalismo contemporâneo ocidental: a crescente centralidade das
plataformas digitais, a transformação do lucro em renda e a subordinação
de vastas camadas sociais a infraestruturas privadas. O erro não está
no diagnóstico empírico parcial, mas na sua universalização teórica.
Ao apresentar o tecnofeudalismo como uma nova etapa histórica
inevitável, Varoufakis transforma um resultado político e histórico
concreto numa suposta lei da tecnologia digital.
Do ponto de vista do materialismo dialético, esta inversão é
problemática. As formas sociais não derivam diretamente da técnica, mas
das relações materiais de poder, propriedade e produção.
O mesmo desenvolvimento tecnológico gera resultados distintos consoante
a correlação de forças entre capital, Estado e trabalho. O caso chinês
demonstra empiricamente que não existe qualquer automatismo tecnológico
que conduza do capitalismo ao feudalismo digital.
O tecnofeudalismo não é, portanto, a superação do capitalismo, mas uma forma específica da sua degeneração financeirizada,
própria de sociedades em que o Estado foi politicamente derrotado polo
capital financeiro e abdicou do controlo material dos meios estratégicos
da acumulação. Ao deslocar o foco da análise das relações de classe e
da luita política para a tecnologia em abstrato, a tese de Varoufakis
obscurece o verdadeiro terreno da transformação social revolucionária.
Assim, longe de ajudar a compreender como superar o capitalismo, o
conceito de tecnofeudalismo tende a naturalizar uma configuração
histórica particular, a abstrair da história e a idealizar, desviando a
atenção da tarefa central do marxismo: identificar as contradições
materiais reais e organizar a sua superação consciente.
8. As contradições internas do tecnofeudalismo
O denominado por Varoufakis tecnofeudalismo, apresenta contradições
internas profundas que colocam em causa a sua própria reprodução
histórica. A extração sistemática de renda sem produção de valor novo
tende a empobrecer a base produtiva da qual depende. Ao
capturarem uma parte crescente do rendimento de produtores,
trabalhadores e pequenos negócios, as plataformas digitais estrangulam a
acumulação real, reduzindo investimento produtivo, salários e
capacidade de consumo.
Este parasitismo manifesta-se empiricamente na precarização
generalizada do trabalho de plataforma, na compressão das margens dos
vendedores dependentes das Big Tech e na crescente concentração de
riqueza. Nos Estados Unidos, por exemplo, as grandes plataformas
tecnológicas concentram capitalizações bolsistas superiores ao PIB de
muitos países, ao mesmo tempo que empregam relativamente poucos
trabalhadores diretos, aprofundando a dissociação entre valorização
financeira e produção material.
Ao minar salários, destruir pequenos produtores e subordinar vastos
setores sociais a infraestruturas privadas, o tecnofeudalismo corrói as próprias condições da sua reprodução.
A redução do poder de compra, o endividamento crónico e a instabilidade
social tornam-se tendências estruturais, revelando um sistema que se
autodestrói ao explorar em excesso a sua base material.
Estas contradições geram inevitavelmente resistência social.
Trabalhadores de plataformas, pequenos vendedores e utilizadores
partilham interesses objetivos contra a extração rentista das Big Tech.
Como já indicava Marx, o capitalismo engendra o seu próprio contrário: a
negatividade surge do interior do próprio processo, criando sujeitos e
conflitos que apontam para a sua superação.
Por fim, o tecnofeudalismo agrava as contradições geopolíticas
do capitalismo global. A concentração de infraestruturas digitais em
poucas empresas sediadas em determinados países intensifica disputas
entre Estados, fragmenta mercados e acelera processos de desglobalização
tecnológica. Estas fissuras revelam que o tecnofeudalismo não constitui
um novo equilíbrio estável, mas uma forma historicamente transitória,
atravessada por tensões económicas, sociais e políticas crescentes.
Conclusão: para além do tecnofeudalismo
O tecnofeudalismo não é inevitável. Trata-se de uma forma histórica
específica do capital financeiro digitalizado, própria do Ocidente
capitalista e das suas democracias burguesas, nas quais o capital
privado acumulou tal poder material que conseguiu subordinar o Estado e
dominar sobre o poder político. Onde estas relações económicas se
alteram, altera-se também o resultado.
A limitação fundamental da tese de Varoufakis não está na sua descrição do presente ocidental, mas na forma como tende a naturalizar essa configuração histórica,
apresentando-a como uma nova etapa quase necessária do desenvolvimento
tecnológico. Do ponto de vista do materialismo dialético, esta leitura
inverte a relação entre técnica e poder: não é a tecnologia que produz
automaticamente novas formas sociais, mas as relações de propriedade, de
produção e de dominação política que determinam o uso social da
técnica.
O caso chinês demonstra empiricamente que o desenvolvimento das
plataformas digitais não conduz inevitavelmente à formação de feudos
privados autónomos. Com a mesma tecnologia, surgem resultados distintos
quando o capital financeiro permanece subordinado ao poder político e à
primazia da produção material. O tecnofeudalismo revela-se, assim, não
como uma superação do capitalismo, mas como uma forma específica da sua degeneração financeirizada, resultante de uma correlação de forças historicamente determinada.
O desafio histórico central não consiste apenas em diagnosticar esta forma de dominação, mas em identificar o sujeito e o terreno da sua superação.
Nem a descrição crítica do tecnofeudalismo, nem a constatação de que
ele não é inevitável, respondem por si mesmas à questão decisiva: como
podem os explorados do capitalismo digital organizar-se para transformar
materialmente estas relações económicas?
A resposta não passa por regulações tímidas nem por reformas
social-democratas do capitalismo digital, como as que pretende o
programa de Varoufakis, mas pola disputa do controlo material das
infraestruturas construídas polo trabalho coletivo. A apropriação social
das plataformas e a tomada dos meios de produção digitais constituem a
única via coerente, desde o marxismo, para ir verdadeiramente para além
do tecnofeudalismo.
Notas de fontes
41,7 % dos ativos bancários controlados polos seis maiores bancos com maioria estatal no sistema bancário chinês — dados estruturais compilados pola OCDE.
Estatais representam cerca de 40 % do PIB e sectores estratégicos sob controle estatal
segundo análises sobre a economia chinesa contemporânea.
https://noticias.portaldaindustria.com.br/noticias/economia/estatais-representam-mais-de-40-do-pib-da-china/?utm_source=chatgpt.com
En su nuevo libro “¿Capitalismo de la
vigilancia o democracia? Una lucha a todo o nada en la era de la
información” (Unsam Edita), Shoshana Zuboff profundiza su reflexión
crítica sobre el ecosistema digital. Para hacerlo, desgrana la
perspectiva de lo que llama un “campo unificado”, ciclo conceptual que
empieza con una operación económica, sigue con un vector de gobernanza y
termina en uno de daños sociales. Las plataformas como nueva forma de
capitalismo sincronizado con políticas antidemocráticas que les permiten
tener un control casi absoluto, desafiar a los Estados y, a través de
la IA, generar servidumbre laboral en el sur global.
Cuando vinieron a llevarse los datos, guardé silencio porque me brindaban servicios.
Cuando
vinieron a pedir que no haya regulaciones para sus negocios, guardé
silencio, porque ya sabían mucho de mí y de mis acciones.
Cuando vinieron a manipular todo lo que puedo saber y querer, guardé silencio, porque ya no sabía qué era verdad y qué no.
Cuando vinieron a gobernar todo, ya era tarde, porque no había gobierno a quien protestarle.
En esta versión libre del famoso poema escrito por el pastor luterano
alemán Martin Niemöller en 1946 se puede cifrar algo de lo que Shoshana
Zuboff, profesora emérita de la Escuela de Negocios y de la Facultad de
Derecho de la Universidad de Harvard, quiere advertir en su último
libro, ¿Capitalismo de la vigilancia o democracia? Una lucha a todo o nada en la era de la información, publicado por Unsam Edita.
Zuboff forma parte del campo de estudios críticos sobre plataformas e
inteligencia artificial. El tema viene explotando editorialmente en
Argentina con la salida reciente de libros centrales como The Stack de Benjamin Bratton (Interferencias), El ojo del amo de Matteo Pasquinelli (Fondo de Cultura Económica), Lo impensado de N. Katherine Hayles (Caja Negra), Metamorfosis de la inteligencia de Catherine Malabou (La Cebra), Los costos de la conexión de Nick Couldry y Ulises Mejias (Godot, 2023) Atlas de la Inteligencia Artificial de Kate Crawford (Fondo de Cultura Económica, 2022), Nanofundios de Agustín Berti (Cebra, 2022) y Tecnoceno de Flavia Costa (Taurus, 2021). Y más lejos en el tiempo, Capitalismo de plataformas de Nick Srnicek (Caja Negra, 2018), Los dueños de Internet de Natalia Zuazo (Debate, 2018) y el propio La era del capitalismo de la vigilancia de Zuboff (en 2019).
¿Capitalismo de la vigilancia o democracia?, el último libro
de Shoshana Zuboff, es una actualización del esquema analítico
compartido con el resto de las publicaciones. Este esquema plantea una
tripartición entre datos, algoritmos y plataformas como “matriz social”
de la inteligencia artificial y de los ecosistemas digitales que
habitamos. En el caso de Zuboff, por un lado, se inscribe dentro de una
caracterización de las plataformas en términos de nueva forma de
capitalismo (como Srnicek con su “capitalismo de plataformas”); y, por
el otro, se trata de un capitalismo sincronizado con una forma política
antidemocrática. El capitalismo de la vigilancia, plantea Zuboff, nació
exactamente con el siglo XXI y se puede rastrear en hechos clave. Con
ellos, se desgrana su ambiciosa perspectiva de lo que llama el “campo
unificado” de las cuatro etapas del orden institucional del capitalismo
de la vigilancia, que conforma un “poder instrumentario”, “que conoce el
comportamiento humano y le da forma, orientándolo hacia los fines de
otros”. Este poder es tan peligroso como lo fue el “poder totalitario”
apuntado por Niemöller.
Quand on se ballade sur internet, c'est comme si on avait un bonnet fluo dans un magasin. Quand on est palestinien, le magasin c'est un terrain de chasse où l'on est la proie.
Hablamos
con la activista del colectivo que investiga y denuncia los intereses y
la vinculación de este consorcio público con Israel.
Tina Mason, activista del colectivo La Fira en la mira.Emma Pons Valls
Barcelona-
La Fira en la mira es un colectivo de investigación
que nació en 2024 e indaga los vínculos de este consorcio de
titularidad pública -está formado por el Ayuntamiento de Barcelona, la
Generalitat de Catalunya y la Cambra de Comerç- y gestión empresarial
autónoma con compañías israelíes. Uno de los puntos culminantes de esta
colaboración es el MWC, celebrado hace apenas unos días, con la participación de hasta 46 empresas israelíes, muchas de ellas con vínculos con el ejército.
Tina Mason es una de las activistas que forma parte del colectivo, y en esta entrevista con Público detalla la importancia estratégica del sector tecnológico para la economía del país: "Hay
una puerta giratoria en la que las empresas desarrollan tecnología, la
prueban en el ejército israelí y después la llevan al mercado comercial".
En este sentido, el Mobile es "un trampolín" para conseguir
financiación y desarrollar estas tecnologías, algunas de las cuales se
han utilizado durante la guerra en Gaza, como los drones. "La Fira es la
institución catalana más implicada con las relaciones comerciales con Israel", afirma Mason.
¿Cuál es el objetivo de La Fira en la mira?
Nos
juntamos activistas e individuos y salió un grupo bastante
internacional que nos dedicamos a hacer investigación sobre los puntos
de entrada de las empresas israelíes en Barcelona. En el Mobile World
Congress del año pasado se sabía que Rusia había sido vetada, así que
había curiosidad sobre la presencia de Israel. Se confirmó que
participaba, y en aquel momento no había muchos grupos investigando
esto.
¿Por qué deciden centrarse en la Fira?
Justo
después del Mobile World Congress, nos dimos cuenta que muchos
congresos y acontecimientos también eran problemáticos, a menudo
acogiendo a empresas israelíes o a corporaciones multinacionales
cómplices. Uno de los ejemplos más graves fue durante el Aviation Week,
cuando Israel Aerospace Industries, una empresa de armamento estatal
israelí, expuso. Esto es uno de los máximos niveles de complicidad en
términos de genocidio.
¿Cuál ha sido la situación este año en el Mobile World Congress?
Había
46 empresas israelíes: 31 en Pabellón de Israel, mientras que 15 más
estaban repartidas por todo el congreso. Hemos investigado estas
empresas y hemos descubierto que al menos nuevo tienen CEO o fundadores
provenientes de unidades militares israelíes. No se trata solo de
personas que han cumplido el servicio militar obligatorio, sino que han
hecho carrera dentro del ejército.
¿Qué otros vínculos tienen estas compañías con el ejército?
Seis
de estas empresas proveen material al ejército israelí. Algunas no son
muy explícitas sobre sus contratos militares, pero basándonos en sus
declaraciones lo podemos deducir con seguridad. Una de estas empresas es
incluso una derivada de Elbit Systems, una empresa de armamento israelí
que ha reutilizado su tecnología militar para el mercado comercial.
¿Qué vínculo tiene el sector tecnológico con el militar a Israel?
El
ejército israelí y el sector de la alta tecnología están estrechamente
entrelazados. Muchas start-ups son fundadas por personas que cogen
tecnología desarrollada por el ejército y la comercializan. Hay una
puerta giratoria en que las empresas desarrollan tecnología, la prueban
al ejército israelí y después la llevan al mercado comercial. El sector
tecnológico también es el eje vertebrador de la economía israelí. Si
hablamos de sanciones y boicots como herramienta para exigir
responsabilidades a Israel, este es uno de los sectores clave para
presionar. Es uno de los pocos sectores de Israel que todavía prospera,
así que tiene sentido centrar los esfuerzos en él.
¿El año pasado en el MWC, la situación era similar?
Sí.
Identificamos a unas 32 empresas israelíes, a pesar de que quizás había
más. Este año nos hemos asegurado de mirar más allá del Pabellón de
Israel, así que las cifras son más precisas. Una diferencia importante
respecto al año pasado es la plataforma que se dio a Xtend, una start-up
israelí de drones que se han utilizado en Gaza durante el genocidio.
Después de ser presentada al Mobile World Congress, consiguió entre 30 y
40 millones de dólares en inversión. Esto es un ejemplo claro de cómo
lo MWC sirve de trampolín para startups israelíes que buscan
financiación internacional.
¿Y este año no se les ha dado tanto espacio?
Este
año no he visto a empresas israelíes destacadas como conferenciantes
principales, pero todavía hay empresas problemáticas que sí que se les
ha dado altavoz, como Palantir, una empresa de software de los EE. UU.
los servicios de IA de la cual son utilizados por el ejército israelí, y
Skydio, una empresa norteamericana de drones que también ha enviado a
Israel. Además, en el último año, se ha generado mucha más información
pública sobre el papel de las empresas internacionales en el apoyo a
Israel. Ahora es ampliamente conocido que Amazon, Google y Microsoft
proporcionan infraestructura tecnológica crítica al ejército israelí.
¿Por qué Rusia está vetada e Israel no?
Creo
que se debe a las sanciones de la Unión Europea (UE). La GSMA [Global
System for Mobile Communications Association, la organizadora del MWC]
la prohíbe porque sigue estas sanciones. A pesar de que se ha pedido un
acuerdo a nivel europeo sobre sanciones a Israel, esto no ha pasado
porque la UE es cómplice de lo que está pasando, especialmente Alemania,
el Reino Unido e Italia. Aunque no se hayan establecido sanciones a
nivel de la UE, hay una conversación pendiente sobre las sanciones
bilaterales, que han sido completamente ignoradas.
¿Qué intereses tiene la Fira en estas empresas israelíes?
Esta
es la gran pregunta. Hay que aclarar que la Fira acoge tanto
acontecimientos propios como acontecimientos externos. El Mobile World
Congress está organizado por la GSMA, una empresa externa con sede en el
Reino Unido, pero con una fuerte identidad europea. Pero las oficinas
de GSMA en España están dentro de la Fira, y trabajan de manera muy
próxima. Por otro lado, la Fira es propiedad de la Generalitat, el
Ayuntamiento de Barcelona y la Cambra de Comerç, pero opera con
autonomía en la gestión de negocios. Así que a menudo se pasan la
responsabilidad: la Fira dice que es un acontecimiento externo, y la
Generalitat dice que es una decisión de la gestión de la Fira. Pero si
miramos el marketing del MWC, es claramente una colaboración entre la
Generalitat, el Ayuntamiento, la Fira y GSMA.
¿Y por qué esta colaboración con Israel va más allá del MWC, como decía antes?
La
Fira tiene incluso un representante de ventas dedicado al negocio
israelí. Esta persona es consultora de Israel Export Institute, una
colaboración del gobierno israelí con el sector privado. O sea, que
digan lo que digan, hay una colaboración de gobierno a gobierno, también
para acontecimientos internos. Esta persona tiene un correo electrónico
de la Fira Barcelona. No hay muchos otros países con un representante
específico así.
¿Esta connivencia con empresas israelíes se da en toda Europa?
Esta
complicidad no es exclusiva de España. De hecho, otros países son mucho
más cómplices. En toda Europa se facilitan relaciones comerciales con
empresas israelíes, pero para Catalunya, la Fira de Barcelona parece ser
la institución más implicada.
¿Como responder a esta complicidad que nos afecta diariamente, con el uso de servicios tan globales como Google o Microsoft?
El
movimiento BDS [Boicot, Desinversiones y Sanciones] ofrece
recomendaciones útiles sobre como presionar a estas empresas. Dividen el
boicot en diferentes niveles: uno destinado a consumidores cotidianos,
que pueden dejar de usar ciertos productos o servicios, y otro destinado
a objetivos más difíciles de boicotear a nivel individual, como Google o
Amazon, que son omnipresentes. Estas empresas tendrían que ser objetivo
de presión institucional. Hay una responsabilidad individual, pero
seguir las recomendaciones del BDS ayuda a gestionar esta carga de
manera más efectiva. Aun así, cuando es posible, alejarse de estas
empresas es la opción preferible.
¿Corremos el riesgo de normalizar el genocidio a través del consumo, en este caso, tecnológico?
El
Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) advierte sobre el apoyo a
Israel y la manera en que esto implica una complicidad en el genocidio.
Noruega emitió una advertencia basada en las conclusiones del TIJ y una
empresa de inversiones llamada Storebrand va desinvertir sus
participaciones en Palantir, una de las empresas que participa en el
Mobile World Congress de este año. O sea que es posible escuchar las
advertencias del TIJ respecto a los crímenes internacionales y crímenes
de guerra. Quizás España, como Irlanda, se ha posicionado mucho en
relación con Palestina, pero no ha hecho mucho en un sentido material.
En
los últimos días, algunos partidos políticos del Parlament de Catalunya
han enviado una carta a la Generalitat pidiendo medidas y explicaciones
sobre la participación de empresas israelíes al MWC.
Parece
que hay más movimiento político al respeto en comparación con el año
pasado. A pesar de que Ada Colau ya habló sobre el tema, este año parece
que hay más diputados implicados. Es positivo porque la Fira de
Barcelona es un espacio público, y por tanto, tiene que ser un tema de
interés político y gubernamental.
¿Qué reclaman?
Una
de las demandas es que aquellos acontecimientos que puedan cambiar de
lugar lo hagan y que los individuos eviten asistir a actos en la Fira.
Sabemos que es poco probable que acontecimientos masivos se trasladen,
pero sí que podría funcionar con reuniones más pequeñas. A menudo,
cuando estamos en la Fira repartiendo folletos, muchas personas no saben
que es una institución pública. Hay que aumentar esta conciencia porque
se cuestione si el crecimiento económico debe tener límites y
responsabilidad.