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lundi 24 août 2026

La hegemonía estadounidense sobre las plataformas mediáticas y la fabricación de la conciencia mundial

 FUENTE https://geopoliticarugiente.com/2026/08/18/la-hegemonia-estadounidense-sobre-las-plataformas-mediaticas-y-la-fabricacion-de-la-conciencia-mundial/

El siguiente documento fue elaborado por el Centro Geopolítico de Estudios Estratégicos de Saná (Yemen). Descarga 

Mecanismos de control, escenarios cambiantes

Introducción

En las dos últimas décadas, el poder ya no se mide únicamente por el número de tanques o el tamaño de la economía, sino que el control del flujo de información y la gestión de la conciencia colectiva se han convertido en el frente más importante de los conflictos internacionales. En este contexto, Estados Unidos ha emergido como una potencia hegemónica no solo sobre las infraestructuras de los medios de comunicación globales, sino también sobre la ingeniería de las narrativas que configuran la comprensión que los pueblos tienen del mundo que los rodea. Esta investigación parte de una pregunta fundamental: ¿cómo utiliza Estados Unidos las plataformas mediáticas, tradicionales o digitales, como herramientas estratégicas para controlar las agendas que llegan al público mundial y crear escenarios continuos y cambiantes que sirven a sus intereses geopolíticos?

La importancia de esta investigación reside en que supera el tratamiento superficial del tema de la “propaganda” para adentrarse en los mecanismos complejos y sofisticados mediante los cuales se gestionan hoy la desinformación y la fabricación de ilusiones a escala global. Ya no estamos ante modelos tradicionales de censura o de difusión de información engañosa, sino ante una “arquitectura del escenario” integral: la narrativa se diseña en centros de investigación; se recluta para ella a académicos, analistas y periodistas que aparecen como voces independientes; se difunde a través de canales por satélite financiados por gobiernos y comercializados como tribunas neutrales; y luego se amplifica mediante los algoritmos de las plataformas de redes sociales controladas por las empresas de Silicon Valley, hasta transformarse en una “verdad” digital adoptada por millones.

La problemática que aborda esta investigación consiste en desmontar este sistema integrado y revelar la contradicción flagrante entre el discurso de la “libertad de prensa” y la “independencia de las plataformas” que Washington promueve, y la práctica real basada en el control ingenieril de las mentes. Mientras otros Estados son acusados de poseer aparatos mediáticos propagandísticos, Estados Unidos administra un sistema más astuto y más perverso, porque no aparece como actor directo, sino que crea la impresión de que el ruido artificial en torno a un acontecimiento determinado es una expresión orgánica de la “opinión pública mundial” o de una “insurrección popular inevitable”.

Irán no ha sido un caso pasajero dentro de esta estrategia, sino que ha representado un laboratorio vivo para probar las hipótesis de la guerra psicológica mediática estadounidense durante cuatro décadas. Desde el escenario del “sistema al borde del colapso”, renovado constantemente, hasta el escenario de la “victoria aplastante” que acompañó el asesinato del mártir Qasem Soleimani, pasando por la sinfonía de “mujer, vida, libertad”, en la que se utilizó un sufrimiento humano real como combustible para una maquinaria de descomposición del Estado, nos encontramos ante un modelo flagrante de cómo se emplean las plataformas mediáticas en la batalla por el control de la percepción.

En todas estas estaciones se repitió la misma escena: investigadores, académicos y periodistas aparecían en las pantallas para repetir escenarios idénticos sobre divisiones internas, colapso económico y derrota estratégica, mientras los algoritmos impulsaban esas narrativas hasta la primera línea del escenario digital.

Esta investigación, a través de sus cuatro apartados, busca alcanzar tres objetivos principales. El primero es establecer una fundamentación teórica e histórica para comprender el fenómeno de la hegemonía mediática estadounidense, rastreando sus raíces en las teorías críticas de la comunicación y su evolución desde los comités de propaganda de la Primera Guerra Mundial hasta las actuales salas de operaciones de la desinformación digital. El segundo es desmontar los mecanismos contemporáneos mediante los cuales opera este sistema, desde los canales por satélite diseñados específicamente para penetrar los espacios mediáticos de los Estados objetivo hasta las plataformas de redes sociales, que se han transformado de espacios de diálogo en brazos de inteligencia capaces de construir tendencias e implantar sentimientos de desesperanza, derrota y abandono. El tercero es presentar un estudio de caso profundo sobre la campaña mediática y psicológica continua contra Irán como modelo revelador que muestra cómo funciona este sistema sobre el terreno y cómo pasa de un escenario a otro con asombrosa fluidez para mantener la presión psicológica sobre el público objetivo.

Adentrarse en este tema no representa un lujo académico, sino una necesidad nacional y civilizacional. En un mundo en el que la información se ha convertido en arma, la capacidad de desmontar los mecanismos de la desinformación se vuelve una condición fundamental para la soberanía y la independencia. Esta investigación se dirige al lector árabe que se encuentra sumergido en un torrente de narrativas contradictorias y que necesita herramientas analíticas que le permitan formular la pregunta correcta: ¿quién dice esto?, ¿por qué lo dice ahora?, ¿quién se beneficia de que lo creamos? Recuperar la conciencia crítica, en una época de monopolio de la narrativa, es el primer paso en el camino de la liberación frente a la hegemonía blanda que intenta secuestrar nuestras mentes antes que nuestra tierra.

Marco teórico e histórico de la hegemonía mediática estadounidense

Los fundamentos teóricos del imperialismo mediático

La acción mediática estadounidense se apoya en una base teórica sólida, que puede rastrearse a través de las teorías críticas de la comunicación. La teoría del imperialismo cultural, tal como la formuló Herbert Schiller en la década de 1970, ofrece un marco explicativo central. Schiller sostiene que la hegemonía occidental, y específicamente la estadounidense, no se basa solo en la superioridad militar y económica, sino también en la capacidad de moldear la conciencia mundial e imponer estilos de vida, valores y símbolos culturales.

En este contexto, los productos mediáticos se transforman de simples mercancías de consumo en herramientas estratégicas para crear una “conciencia dependiente” al servicio de los intereses del centro imperial. Este “centro”, representado por Washington, Hollywood y Silicon Valley, produce y controla el flujo de noticias, información y entretenimiento, mientras que la “periferia”, es decir, los países del mundo en desarrollo, se convierte en receptora pasiva de esos materiales, lo que conduce a la erosión de su identidad cultural y de su independencia intelectual.

La teoría de la agenda-setting completa esta visión, al afirmar que los medios quizá no logren dictar a la gente qué debe pensar, pero sí consiguen en gran medida dictarle sobre qué debe pensar. Mediante la concentración en determinados asuntos y la omisión de otros, las plataformas mediáticas determinan las prioridades del público y configuran sus percepciones de la realidad. Cuando un único actor, como Estados Unidos, controla la infraestructura de estas plataformas y el flujo de contenidos a través de ellas, posee la capacidad de ajustar la “agenda mundial” de acuerdo con las exigencias de su seguridad nacional y sus intereses geopolíticos. Este control no significa únicamente iluminar aquello que Washington desea destacar, sino también oscurecer y marginar deliberadamente otros asuntos, como las violaciones de derechos humanos en sus zonas de influencia o las catástrofes humanitarias de las que podría ser responsable, creando así un espacio público mundial deformado.

Por su parte, la teoría del “cultivo de la opinión pública”, desarrollada por George Gerbner, lleva el análisis hacia la profundidad del efecto producido por la exposición prolongada a los medios. La teoría presupone que la exposición constante a los mensajes mediáticos, especialmente televisivos, no influye solo en las opiniones sobre asuntos concretos, sino que “cultiva” en la mente de los espectadores percepciones generales sobre el mundo. Por ejemplo, la representación reiterada del mundo exterior como un lugar peligroso, caótico y lleno de amenazas crea en el público estadounidense y mundial un sentimiento de miedo e inseguridad que justifica intervenciones militares y políticas exteriores agresivas. Este cultivo no ocurre únicamente a través de las noticias, sino que penetra en dramas, películas y series, donde el modelo del “villano” se presenta en moldes culturales y étnicos determinados, a menudo rusos, chinos, iraníes o de Oriente Medio, preparando así a la opinión pública para enemistades futuras dictadas por la política exterior.

Teorías como la espiral del silencio y la dependencia de los medios ofrecen una explicación adicional de los mecanismos psicológicos y sociales que hacen efectiva la hegemonía mediática. La teoría de la espiral del silencio, formulada por Elisabeth Noelle-Neumann, explica cómo los individuos que perciben que sus opiniones son minoritarias y temen el aislamiento social se abstienen de expresarlas, mientras que la mayoría percibida se atreve a manifestar su opinión. Dado que los medios son la fuente principal para determinar qué se considera opinión mayoritaria, controlarlos significa tener la capacidad de silenciar las voces contrarias a las políticas estadounidenses, no por la fuerza, sino empujando a sus portadores a creer que están aislados y derrotados. La teoría de la dependencia, por su parte, indica que cuanto mayor es la dependencia del público respecto de los medios para comprender el mundo, mayor es la influencia de esos medios sobre él. En crisis y guerras, cuando aumenta la necesidad de información, el público se vuelve más vulnerable a la influencia total de la narrativa ofrecida por las fuentes mediáticas dominantes.

Las raíces históricas de la maquinaria propagandística estadounidense

El control estadounidense del espacio mediático no nació en el momento digital, sino que es resultado de una acumulación histórica vinculada a la construcción de la “máquina”. Sus comienzos pueden remontarse al Comité Creel durante la Primera Guerra Mundial, que fue la primera institución oficial estadounidense de propaganda gubernamental. En solo siete meses, el comité logró transformar la opinión pública estadounidense desde el aislacionismo hacia el entusiasmo por la guerra, utilizando todos los medios disponibles: carteles, discursos y películas. La lección aprendida fue clara: la opinión pública puede ser eficazmente diseñada si se controla el flujo de información.

Esa lección no murió con el fin de la guerra, sino que se desarrolló durante la Guerra Fría hasta convertirse en un aparato más complejo y extenso. En 1947 se creó la Agencia Central de Inteligencia —CIA—, que desempeñó un papel central en la financiación y gestión de operaciones psicológicas y de guerra cultural contra la Unión Soviética. Mediante proyectos secretos, la CIA financió revistas literarias, exposiciones artísticas y conferencias internacionales, no con un objetivo puramente cultural, sino para enfrentar el avance comunista y promover el modelo de modernidad liberal estadounidense como alternativa superior.

La culminación de este esfuerzo fue la fundación de Radio Free Europe y Voice of America, que se convirtieron en dos herramientas principales para difundir propaganda estadounidense a través del Telón de Acero. Estas emisoras no eran simples ventanas informativas, sino laboratorios de producción de escenarios de largo plazo, destinados a sembrar dudas sobre los sistemas comunistas, filtrar información —verdadera o fabricada— sobre la corrupción de las élites gobernantes y amplificar cualquier manifestación de oposición interna, contribuyendo así a crear una base psicológica preparada para el posterior colapso de esos sistemas. Esta experiencia refinó una enorme pericia en el uso de los medios para socavar a distancia un Estado objetivo, modelo que fue desarrollado y actualizado de forma continua.

Tras el final de la Guerra Fría, y con el ascenso del concepto de “globalización”, la maquinaria mediática estadounidense entró en una nueva etapa de hegemonía blanda. La cadena CNN representó un modelo revolucionario con su cobertura de la primera guerra del Golfo en 1991, al fundar el concepto de “televisión de realidad en directo”. Pero esa cobertura, pese a su deslumbrante carácter técnico, estuvo sometida a una estricta censura militar y presentó la guerra como un espectáculo tecnológico limpio, carente de sangre y de víctimas civiles. Este modelo, al que algunos denominaron “efecto CNN”, mostró cómo un único canal informativo podía convertirse en referencia diplomática mundial, imponer el ritmo de los acontecimientos y determinar los términos del debate público: misiles inteligentes, objetivos militares, daños colaterales. Fue un momento fundacional para una legitimidad mediática estadounidense global sin igual.

Con la invasión de Irak en 2003 apareció una táctica completamente nueva: el “periodismo integrado”. Mediante la integración de cientos de reporteros en unidades militares, el Pentágono logró un control sin precedentes de la narrativa. El reportero pasó a formar parte de la unidad militar: vivía con ella, comía con ella, adoptaba sus miedos y preocupaciones. Esto condujo a una cobertura informativa plenamente empática con los soldados y emocionalmente sesgada hacia su relato. Esta táctica, presentada bajo el lema de la transparencia y el acceso directo, fue en esencia una herramienta de autocensura y orientación extremadamente eficaz, en la que el periodista se transformó inconscientemente en altavoz de la propaganda militar. Este legado histórico de lecciones y tácticas no desapareció, sino que fue absorbido y reproducido de forma más sofisticada en el entorno digital contemporáneo.

Mecanismos contemporáneos de control en el espacio mediático tradicional y nuevo

Canales por satélite e ingeniería de la infraestructura de la noticia

Con el declive de la Guerra Fría, los canales informativos por satélite de veinticuatro horas emergieron como los nuevos campos de batalla de las mentes. Estados Unidos no se limitó a exportar su contenido a través del gigante CNN, sino que adoptó una estrategia más astuta basada en invertir en la creación de alternativas locales y árabes que parecieran “independientes”. La creación de canales como Alhurra en 2004, dirigido al mundo árabe, encarna este modelo. El canal fue fundado con financiación directa del Gobierno estadounidense, pero se presenta como una plataforma informativa objetiva. El objetivo estratégico no era solo competir en audiencia, sino crear una “narrativa contraria” que penetrara el espacio mediático árabe y presentara el relato estadounidense con voz e imagen árabes, otorgándole así mayor credibilidad ante el público objetivo. Esta estrategia se basa en el principio de “inoculación mediática”: exponer al público a dosis calculadas del relato estadounidense a través de canales que parecen neutrales, para inmunizarlo frente a lo que Washington considera “desinformación mediática” procedente de sus adversarios.

Paralelamente a la creación de canales, Washington ejerce fuertes presiones para reformular el espacio de radiodifusión por satélite en los Estados objetivo. En Afganistán, se financiaron redes locales de radio y televisión para difundir mensajes contrarios a los talibanes y favorables al Gobierno central. Esta ingeniería del panorama mediático no significa solo apoyar a aliados, sino también ejercer presiones diplomáticas y financieras sobre los Gobiernos para silenciar o estrechar el cerco sobre plataformas mediáticas contrarias a la política estadounidense, como RT o Press TV iraní, que se enfrentan continuamente a campañas para retirarles licencias, prohibirlas o acusarlas de injerencia en los asuntos internos de los Estados occidentales.

Junto a los canales de espionaje blando y la ingeniería del espacio mediático aparece el “filtrado estratégico” de información. Las agencias de inteligencia y altos responsables de la Administración estadounidense filtran información sensible, y a veces engañosa, a periodistas “de confianza” en grandes cadenas. Este método logra varios objetivos a la vez: concede enorme credibilidad a la historia porque procede de una fuente que parece independiente; prueba las reacciones ante una política determinada antes de anunciarla oficialmente; dirige al público hacia una interpretación concreta de los acontecimientos; y permite a los responsables negar posteriormente lo filtrado si es necesario. Esta interdependencia orgánica entre la gran institución mediática y sus fuentes gubernamentales convierte al canal en plataforma de lanzamiento de señales y escenarios al servicio de la política exterior bajo la máscara de la “exclusiva periodística” y la “revelación de lo oculto”.

Las plataformas de redes sociales como brazos de inteligencia y psicológicos

El ascenso de Silicon Valley representa un salto cualitativo en la capacidad de Estados Unidos para controlar la narrativa mundial. Empresas como FacebookTwitterGoogle —YouTube— e Instagram no son simples plataformas comerciales, sino que se han convertido en infraestructura global del espacio público digital. El control estadounidense de esta infraestructura le concede capacidades que ninguna potencia imperial tuvo en la historia.

La primera de estas capacidades es el control de los algoritmos. Estos algoritmos, diseñados para maximizar la interacción y la recopilación de datos, determinan, de forma no intencionada o quizá intencionada, lo que ven los usuarios en todo el mundo. Diversas investigaciones han mostrado que tienden a amplificar el contenido emocional, polémico y divisivo. Cuando Washington apunta contra un Estado determinado, ciertos patrones de amplificación pueden empujar el contenido que llama a la desesperanza, la derrota y la división interna hacia la primera línea del escenario, mientras marginan el contenido que llama a la resistencia o al orgullo nacional. Esto no ocurre mediante una decisión política declarada, sino a través de la supuesta “neutralidad de la máquina”.

La segunda capacidad, y la más peligrosa, es la coordinación directa entre las plataformas y los aparatos del Estado. Las filtraciones de Edward Snowden en 2013 revelaron programas como PRISM, que conceden a la Agencia de Seguridad Nacional acceso directo a los servidores de los gigantes tecnológicos. Esta coordinación no se limita a la recopilación de información de inteligencia, sino que se extiende a las operaciones psicológicas. En el contexto de operaciones contra Irán, esta relación puede permitir filtrar contenidos, aplicar shadow banning a influencerspartidarios de Teherán y facilitar la difusión de cuentas falsas y redes de amplificación gestionadas por agencias de inteligencia, con el objetivo de inundar el espacio digital iraní y árabe con narrativas concretas sobre caos y derrota.

Esto se encarna claramente en el modelo de los “influencers fabricados”. Las agencias estadounidenses, mediante empresas pantalla y sitios web falsificados, construyen personajes digitales completos: periodistas, analistas políticos, activistas e incluso estudiantes. Estas personalidades son desarrolladas durante meses o años en plataformas como Twitter y Facebook para construir credibilidad y seguidores reales. Cuando estalla una crisis, se activa esta red para funcionar como una enorme cámara de eco que repite la narrativa requerida —por ejemplo, “el sistema iraní está a punto de colapsar”— mediante miles de tuits, análisis, imágenes fabricadas y vídeos sacados de contexto, creando una ilusión de impulso popular e incapacidad oficial. Estos ejércitos electrónicos, que el público cree voces independientes, son en realidad brazos sofisticados de la guerra psicológica.

Finalmente, aparece el papel de la manipulación diaria mediante tendencias y etiquetas —hashtags—. Los brazos cibernéticos pueden impulsar una etiqueta determinada, como #Irán_se_derrumba, hasta convertirla en tendencia mundial mediante actividad coordinada de cuentas automatizadas. Esta tendencia aparece ante millones de usuarios reales como expresión de una opinión pública orgánica, lo que los arrastra a participar en ella o, al menos, a creer que está ocurriendo un gran acontecimiento. Este círculo cerrado transforma el escenario fabricado en una realidad digital tangible que afecta a la moral del interior iraní y moldea las percepciones de inversores y diplomáticos en el exterior. Así, la plataforma se transforma de espacio de diálogo en arma estratégica para la ingeniería de la percepción colectiva en tiempos de guerra híbrida.

Fabricación de escenarios cambiantes y estrategia de guerra psicológica permanente

Arquitectura del escenario: de la construcción a la difusión

La esencia de la estrategia mediática estadounidense no reside en difundir una noticia o un análisis concreto, sino en crear lo que puede llamarse una “arquitectura del escenario”. Se trata de un proceso dinámico y continuo de construcción de una realidad paralela que se adapta a los acontecimientos y se pliega al servicio del objetivo estratégico final. Este proceso comienza en la “sala de escenarios” de los centros de investigación y agencias de inteligencia, donde se diseña un escenario principal, por ejemplo: “la presión máxima conduce al colapso interno del sistema”. Este escenario no es una mera orden de seguridad, sino un plan detallado alrededor del cual se construyen escenarios secundarios en permanente cambio. Si se producen protestas económicas, se difunde el escenario de la “revolución de los hambrientos”. Si estallan protestas femeninas, se difunde el escenario de la “insurrección de la libertad”. Si ambas coinciden, se fusionan en el escenario de la “gran insurrección nacional”. Esta adaptación constante garantiza que la narrativa permanezca viva e interactiva, y no sea simple propaganda rígida.

Tras diseñar el escenario llega la fase del “relleno humano”, es decir, el reclutamiento de agentes locales que encarnarán la narrativa. Estos no son necesariamente espías, sino investigadores, académicos, periodistas y analistas políticos; algunos actúan por convicción ideológica y otros mediante incentivos financieros o profesionales. Se los apoya con becas, estancias de investigación, invitaciones a congresos y subvenciones para escribir estudios alineados con el escenario requerido. Estas personas se convierten en los “testigos fiables” a los que acogen los medios. Cuando un analista de Teherán aparece en Iran International —financiada por Arabia Saudí y Estados Unidos, y emitida desde Londres— y habla con seguridad de inminentes deserciones en la Guardia Revolucionaria, no es un simple analista, sino un elemento activo en la encarnación del escenario de la “descomposición del sistema”. Esta capa de agentes concede a la narrativa un cuerpo humano y una credibilidad local que la propaganda estadounidense directa no podría ofrecer.

Para conferir un carácter científico y objetivo a estos escenarios, se los alimenta con “estadísticas fabricadas” y centros de investigación ficticios. De repente aparecen “centros de estudios” e “instituciones de sondeo” con nombres resonantes, que publican informes periódicos con cifras y estadísticas al servicio del escenario. Por ejemplo, pueden publicar un estudio que afirme que el 80% de las fuerzas armadas está dispuesto a desertar, o que la inflación ha alcanzado cifras astronómicas varias veces superiores a las estimaciones oficiales. Estos informes, diseñados profesionalmente, encuentran rápidamente su camino hacia los grandes medios, que los citan como pruebas concluyentes, y son difundidos en redes sociales como verdades aceptadas, creando una sólida base de “conocimiento” construida sobre arena.

Técnicas de difusión y generalización de la ilusión

Tras construir el escenario y reclutar a sus actores, llega la fase de difusión y distribución, sometida a técnicas específicas para maximizar el efecto psicológico. La primera de estas técnicas es la “confirmación de la gran mentira”: un método basado en difundir historias falsas a gran escala y de forma simultánea a través de múltiples plataformas hasta convertirlas en realidad social por la fuerza de la repetición. Cuando cinco canales por satélite, treinta cuentas de analistas y cientos de cuentas falsas difunden la misma historia fabricada sobre “la huida al extranjero de tal responsable”, el espectador, incluso si es escéptico, se encuentra rodeado por ese relato desde todos los lados, lo que finalmente lo empuja a aceptarlo como cierto o, al menos, a dudar del relato contrario.

La segunda de estas técnicas es el “acontecimiento falso”. En ocasiones, no basta con amplificar acontecimientos reales, sino que se fabrican acontecimientos completos. Pueden consistir en una grabación de audio manipulada —algo que se ha desarrollado enormemente en los últimos tiempos gracias a la inteligencia artificial—, un documento filtrado falsificado o una llamada telefónica preparada y filtrada. Pero lo más común es invertir en un pequeño acontecimiento real y amplificarlo hasta dimensiones míticas mediante multitudes en internet. Una pequeña manifestación de decenas de personas, si se filma con ángulos profesionales, se vincula a etiquetas mundiales y es cubierta por los medios por satélite como “noticia urgente”, se transforma en la percepción mundial en una “insurrección popular de millones”. Este acontecimiento falso se convierte en la noticia, y la negación del sistema se convierte en una prueba adicional, dentro del escenario preparado de antemano, de su “confusión y mentira”.

La tercera técnica, y la más sofisticada, se basa en explotar la cultura de la “sátira” y el entretenimiento político. La guerra psicológica ya no se presenta únicamente en serios boletines informativos, sino que se envuelve en formatos satíricos, memes y vídeos cortos en TikTok e Instagram. El diseño de estos materiales busca transformar cuestiones políticas complejas en una “broma” popular que se difunde a velocidad extraordinaria entre los jóvenes. Burlarse de un dirigente político o representarlo como una figura caricaturesca derrotada es un método más letal que cualquier informe informativo, porque esquiva la razón crítica y se instala en el inconsciente como verdad asumida. Aquí, cada joven que huye del aburrimiento se convierte en transmisor inconsciente de propaganda, participando en la profundización del sentimiento de desesperanza, abandono e insignificancia del Estado nacional.

Estudio de caso: Irán

La sinfonía de la guerra psicológica mediática

Diseño e ingeniería de la narrativa letal

Irán representa un objetivo central y continuo de una de las operaciones de guerra psicológica mediática más largas y extensas de la historia contemporánea. Desde la instauración de la Revolución Islámica en 1979, Irán se transformó en el “enemigo útil” que justifica la presencia militar estadounidense en la región y las ventas de armas a los clientes de Washington. Para comprender el mecanismo de control de la narrativa, es necesario analizar los escenarios cambiantes y continuos diseñados específicamente para Irán.

El primero de estos escenarios, y el más persistente, es el de “el sistema está a punto de colapsar”. Este escenario no es un simple juicio desiderativo, sino un marco integral que ha sido reproducido y actualizado durante décadas. En cada protesta, aunque sea de decenas de trabajadores con salarios atrasados, se desata la maquinaria mediática para promover la idea de que “este es el final”, que el sistema ha perdido su legitimidad y que todo el pueblo iraní se levanta. Se ignora el hecho de que protestas limitadas y reivindicativas ocurren en todos los países del mundo, y se aísla a Irán como caso excepcional de colapso inevitable. Este escenario no se siembra únicamente en los medios exteriores, sino que apunta a la moral interna de los iraníes mediante canales como Manoto e Iran International, para crear un sentimiento permanente de que viven en un Estado frágil y provisional.

En paralelo al escenario del colapso opera el escenario de la “división inevitable”, que se centra en destacar y esculpir fracturas dentro del sistema. Los análisis y escenarios inducidos promueven la idea de una grieta profunda entre el Guía Supremo y el Gobierno elegido, o entre la Guardia Revolucionaria y el ejército regular, o entre “conservadores” y “reformistas”. Cualquier diferencia natural de puntos de vista existente en cualquier Estado se amplifica hasta convertirse en “inminente conflicto sangriento”. Este escenario busca paralizar la capacidad de acción del sistema haciendo creer a sus adversarios y aliados que se trata de una entidad fragmentada y sin cohesión. En la práctica, la institución iraní ha demostrado repetidamente su capacidad para superar las diferencias internas frente a la amenaza externa, algo que estos escenarios nunca mencionan.

Para dotar a estos escenarios de un rostro humano, se activa el escenario de la “víctima ejemplar”. Se concentra intensamente la atención mediática en una historia individual, como una joven fallecida en circunstancias ambiguas —por ejemplo, el caso de Mahsa Amini—, la huida de un deportista o la deserción de un artista. Esta figura se transforma en símbolo universal de la represión del sistema. La cobertura mediática no se centra objetivamente en el caso, sino en convertirlo en mercancía y en icono dentro de la narrativa mayor. Esta amplificación de un solo acontecimiento, acompañada del silenciamiento completo de miles de historias similares en Estados aliados de Washington, revela la naturaleza instrumental de esa cobertura. El objetivo es activar la empatía mundial para crear un consenso moral, no para resolver el problema, sino para proporcionar cobertura a intervenciones y sanciones que aumentan el sufrimiento del propio pueblo.

Análisis de los mecanismos en las grandes crisis

En las protestas de noviembre de 2019, que se produjeron a raíz del aumento de los precios de la gasolina, la maquinaria mediática trabajó a plena capacidad. Mientras las autoridades iraníes cortaron internet para contener protestas que habían salido de su marco reivindicativo y para impedir su explotación desde el exterior, tanto por Estados Unidos como por Gran Bretaña, las plataformas y canales por satélite llevaron a cabo una operación de “auxilio digital”. Se proporcionaron dispositivos de comunicación por satélite a los manifestantes por parte de organizaciones vinculadas a la inteligencia occidental, y se activaron redes de cuentas falsas para difundir cientos de vídeos, algunos reales y otros procedentes de otros países, todos acompañados de etiquetas como #Levantamiento_de_Irán y #Revolución_del_pueblo. La cobertura se centró en fabricar escenarios como la “revolución de los hambrientos” o las “masacres de la Guardia Revolucionaria”, y se promovieron cifras astronómicas de muertos sin ninguna prueba. Los analistas que aparecían en pantalla, presentados como expertos, repetían de manera idéntica frases como “este es el golpe definitivo al sistema”. Cuando las protestas terminaron, esos canales no ofrecieron ninguna revisión ni disculpa por la información engañosa, sino que pasaron tranquilamente a adoptar el siguiente escenario.

Cuando fue asesinado el mártir Qasem Soleimani en 2020, el tono cambió por completo. Toda la maquinaria mediática promovió un nuevo escenario: el de la “victoria aplastante”. La operación fue presentada como un golpe de inteligencia y militar sin precedentes, que paralizó para siempre las capacidades de Irán y envió un mensaje de firmeza inolvidable. Analistas, presentadores de programas y editoriales de los grandes periódicos repitieron el mismo mensaje: “Irán ha terminado”, “el imperio iraní ha sido desmantelado”, “Irán ya no tiene presencia en la región”. Se ignoró el hecho de que la respuesta iraní mediante el bombardeo de la base de Ain al-Asad fue la mayor de su tipo contra fuerzas estadounidenses en décadas, y se presentó el anuncio de Teherán de que se había “vengado” como debilidad y flaqueza. Aquí, la maquinaria mediática trabajó para cerrar la brecha entre la realidad sobre el terreno y las exigencias del relato estadounidense victorioso, ignorando las complejidades estratégicas que produjo el acontecimiento.

En cuanto a las protestas de 2022, desencadenadas tras la muerte de Mahsa Amini, representaron la culminación del arte de gestionar y fabricar escenarios. Aquí se integraron los escenarios en una única sinfonía. El escenario de la “revolución de la libertad” —mujer, vida, libertad— se fusionó con el escenario del “colapso del sistema” y el escenario de la “represión salvaje de la Guardia”. La manipulación y la fabricación alcanzaron niveles de enorme complejidad. Canales como Iran International, gestionado por periodistas vinculados a organismos de inteligencia, se transformaron en una sala de operaciones mediática en directo, cubriendo las protestas minuto a minuto, acogiendo deserciones fabricadas y publicando coordenadas de fuerzas de seguridad como incitación a asesinarlas. Al mismo tiempo, las redes sociales pertenecientes a Silicon Valley violaron sus propias reglas de manera flagrante para amplificar el contenido contrario a la República Islámica. La agencia Reuters y otras instituciones observaron cómo plataformas como Facebook, Instagram y Twitter facilitaron de manera excepcional el discurso de odio y la llamada a la violencia contra el Estado iraní, algo que normalmente prohibían en otros contextos. Se creó un enorme acontecimiento mediático en el que el sufrimiento real de una mujer fue utilizado como palanca para aplicar un “escenario integral” extremadamente violento orientado a descomponer el Estado iraní.

Los objetivos estratégicos de la estrategia mediática

El objetivo final de esta guerra psicológica permanente no es solo cambiar ahora el sistema en Irán, sino algo mucho más amplio.

El primer objetivo es imponer una derrota psicológica permanente. Mediante el bombardeo diario con mensajes de desesperanza, abandono, corrupción, brutalidad y pérdida de fe en cualquier reforma, se busca transformar la sociedad iraní, viva y dinámica, en una masa frustrada y agotada que se rinda ante las sanciones y las dificultades económicas, y pierda la fe en su capacidad de resistir o de impulsar un cambio pacífico constructivo. La derrota aquí no es militar, sino una expropiación del espíritu nacional.

El segundo objetivo es trabajar para aislar moralmente a Irán con el fin de justificar las duras sanciones. La narrativa fabricada que presenta a Irán como Estado paria, exportador de terrorismo y represor de su pueblo se produce y exporta para proporcionar cobertura moral a sistemas de sanciones asfixiantes que destruyen la vida de millones de iraníes corrientes. Se convence a la opinión pública mundial de que las sanciones son una herramienta para “obligar al sistema a respetar los derechos humanos”, cuando en realidad forman parte de la estrategia de máxima presión destinada a empujar al sistema al colapso. Esta trágica paradoja no encuentra espacio en los medios dominantes.

El tercer objetivo es gestionar las percepciones regionales e internacionales. Las narrativas atacan la imagen realista de Irán como potencia regional ascendente. La difusión del escenario del “colapso del imperio iraní”, especialmente tras el asesinato del mártir Soleimani, no se dirigía solo a los iraníes, sino también a los aliados de Estados Unidos en el Golfo e Israel, para tranquilizarlos haciéndoles creer que Irán se encontraba en su punto más débil, y a los aliados de Irán en la región, para sembrar dudas sobre su capacidad de resistencia. Es una guerra de percepciones destinada a rediseñar mediáticamente el mapa de influencia como preludio de su rediseño sobre el terreno y en la política.

Desmontar la máquina: hacia una conciencia mediática crítica mundial

El recorrido por los mecanismos de la hegemonía mediática estadounidense, desde sus raíces históricas en la propaganda hasta sus manifestaciones digitales contemporáneas en la fabricación de escenarios y la gestión de la percepción, revela una verdad estratégica profunda: el control de la narrativa ya no es una simple herramienta auxiliar del poder, sino que se ha convertido en el poder mismo en el siglo actual. En un mundo que nada en información, la capacidad de crear realidad mediante la configuración de lo que la gente ve, lee y cree se convierte en el arma decisiva antes que los misiles y los ejércitos. El estudio del caso iraní ha mostrado que el objetivo no es informar, sino ejecutar un golpe perceptivo continuo mediante una sinfonía de escenarios cambiantes, influencers reclutados y acontecimientos falsos, con el fin de crear un pueblo psicológicamente derrotado y un sistema descompuesto en la imaginación mundial.

Sin embargo, comprender este mecanismo es el primer paso, y el más esencial, para desmontarlo. No se puede enfrentar el “cultivo” mediático sino mediante el desarrollo de una “inmunidad narrativa” nacional y mundial que comience con la educación mediática crítica de los individuos desde la infancia, la capacidad de desmontar el discurso y de formular las preguntas correctas: ¿quién dice esto?, ¿por qué lo dice ahora?, ¿qué es lo que no se dice?, ¿quién se beneficia de esta historia? Estas habilidades críticas son la piedra angular para construir un ciudadano digital que no muerda el anzuelo.

En el plano colectivo, debe invertirse en la construcción de plataformas y relatos independientes capaces de superar el monopolio estadounidense de la infraestructura digital. No se trata solo de exponer mentiras, sino de producir “contranarrativas ricas”, basadas en hechos y dignidad nacional, pero con formas artísticas y atractivas capaces de competir. Esto exige crear alianzas entre los Estados que se oponen a la arrogancia estadounidense para romper el monopolio de Silicon Valley sobre el espacio público electrónico y desarrollar protocolos de internet e infraestructuras que no estén sometidos al capricho de la Administración estadounidense ni a sus decisiones políticas.

En última instancia, la batalla por la conciencia es una batalla decisiva. La estrategia estadounidense de control de las plataformas mediáticas es un intento de secuestrar el futuro mediante el control del presente. La liberación de esta hegemonía no comienza con un satélite ni con una nueva plataforma, sino, primero, con un momento de conciencia: cuando el individuo mira detrás de la pantalla y pregunta: ¿quién mueve los hilos? Solo entonces comienza el derrumbe de las ilusiones y la derrota de la máquina.

Referencias

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  9. Muhammad al-Muhtadi, Irán en el punto de mira de la propaganda: análisis mediático de la guerra psicológica estadounidense. Teherán.
  10. Ghassan al-Atiya, El enemigo útil: Irán en los medios occidentales. Londres.
  11. Jalil Zayn al-Din, Los medios internacionales y la crisis iraní. Beirut.
  12. Tariq Jalaf, La fabricación del caos: redes de desinformación mediática contra Irán. Bagdad.

lundi 6 juillet 2026

El memorándum con Irán está estancado. ¿Cuáles son los planes de EEUU e Israel?

 FUENTE https://observatoriocrisis.com/2026/07/06/el-memorandum-con-iran-esta-estancado-cuales-son-los-planes-de-eeuu-e-israel/

El memorando de entendimiento se ha revelado como un engaño de Trump destinado a abrir el estrecho antes de atacar a Irán tanto directa como indirectamente.

Alastair Crooke, diplomático senior británico 

El plan A consistía en derrocar a la República Islámica, a la que consideraban un frágil castillo de naipes. Creían que este colapso tendría repercusiones y destruiría los demás frentes del Eje de la Resistencia, según el análisis del Mossad y los centros de poder israelíes vinculados a Estados Unidos. (Algunos funcionarios estadounidenses, sin embargo, tenían ciertas dudas).

La predicción de un levantamiento popular en Irán resultó ser un error estratégico de tal magnitud que, en lugar de ello, propició el surgimiento de una república más fuerte, más provocadora y más asertiva. Incluso expertos israelíes admiten que estos errores de cálculo han generado un nuevo equilibrio de poder en Oriente Medio. 

Hasta ahora, un destacado comentarista militar israelí (como Alon Ben-David) podía afirmar que Israel era la referencia «inevitable» en Oriente Medio para los intereses del mundo entero; pero que, de ahora en adelante, el Estado  » inevitable »  es, y seguirá siendo, Irán. Este comentario ilustra hasta qué punto se ha cruzado el punto de no retorno.

Así, el bloque pro-sionista ha recurrido al Plan B: un «engaño» basado en un memorando de entendimiento que, si Irán aceptara las interpretaciones de Trump (lo cual es improbable), conduciría efectivamente al desarme de Irán mediante un acuerdo nuclear que dejaría al Estado al descubierto bajo requisitos de «verificación»: inspecciones intrusivas y sorpresivas del OIEA de «sitios subterráneos secretos» e interrogatorios a científicos y académicos de investigación. Todo quedaría (una vez más) expuesto.

Paralelamente a la aspiración hegemónica israelí más amplia del Plan B, el objetivo es, simultáneamente, neutralizar a Hezbolá mediante un acuerdo de desarme independiente, negociado por facciones gubernamentales libanesas dóciles que presionan al movimiento desde el norte, mientras Israel lleva a cabo la »  desertificación »  en el sur.

Paralelamente, el plan prevé la esterilización de la resistencia palestina inspirándose en el «Programa de Aldeas Estratégicas” de Vietnam, precursor del traslado forzoso a »  campos de concentración »  esterilizados y cercados .

El tercer componente implica la represión de la Resistencia iraquí mediante un nuevo primer ministro dócil, Ali al-Zaidi, impuesto por los estadounidenses, quien, bajo el pretexto de una campaña anticorrupción, exige, con el apoyo de Estados Unidos, el desarme de los grupos de la resistencia iraquí antes del 30 de septiembre. La neutralización de la resistencia iraquí se considera clave para facilitar una incursión de la milicia yihadista del presidente Jolani en el noreste del Líbano, completando así el cerco cada vez más estrecho sobre Hezbolá.

En general, el Plan B parece sugerir un proyecto de pacificación regional muy amplio, especialmente cuando se asocia con los esfuerzos de Estados Unidos por intentar abrir por la fuerza un «corredor americano” en el lado omaní del estrecho de Ormuz.

Es probable que el plan de pacificación regional sea visto como una jugada inteligente de Trump para aliviar la presión que sufre debido a la ira de los neoconservadores por sus «concesiones» en el memorando de entendimiento con Irán.

Pero, ¿es esto realmente tan ingenioso? Marco Rubio recibió instrucciones de supervisar al gobierno de Beirut acercándose a Israel debido a su antagonismo compartido hacia Hezbolá. Sin embargo, el  documento resultante  , cuyo objetivo es desarmar a Hezbolá, carece de legitimidad; contradice la Constitución libanesa y requeriría la aprobación tanto del gabinete como del parlamento para tener validez o significado.

Sin embargo, el acuerdo entre Israel y Líbano asesta un golpe mortal a la estructura de coordinación de Vance, copresidida por Qatar, Estados Unidos e Irán, cuyo objetivo era supervisar el cumplimiento del Memorando de Entendimiento en Líbano. La iniciativa de Rubio de excluir a Irán del marco de coordinación libanés contradice los esfuerzos de mediación del Memorando de Entendimiento y del acuerdo de Vance. El  documento tripartito de Rubio  no resolverá nada, sino que dejará que el  problema del Líbano  siga latente.

Sin embargo, un  alto el fuego en el Líbano y la retirada israelí  son esenciales para el funcionamiento del memorando de entendimiento con Irán. Al parecer, Netanyahu le pidió a Ron Dermer que convenciera a Rubio de sabotear el memorando de entendimiento.

Así pues, ahora tenemos una guerra civil dentro de la Casa Blanca por Irán —Vance contra Rubio— mientras que el memorando de entendimiento permanece suspendido, probablemente sin cambios, aunque en estado de coma.

Mientras tanto, la situación se desmorona: el principal rival de Netanyahu en las próximas elecciones, el exjefe de las Fuerzas de Defensa de Israel y exmiembro del gabinete de guerra, Gadi Eisenkot, confirmó esta semana que « Irán nunca ha fabricado armas nucleares. Estoy al tanto de la información de inteligencia… Netanyahu está inventando una realidad, fabricando amenazas, y así es como asusta al público israelí ». El ex primer ministro Bennett coincidió, afirmando que las declaraciones de Netanyahu son «mentiras» y acusándolo de «manipular la historia».

Todo esto no ayudará a Trump a resolver su urgente necesidad de abrir completamente el Estrecho de Ormuz para evitar una grave crisis económica . Contrariamente a la opinión de que se trata de una medida inteligente, otra opinión (cada vez más compartida por los iraníes, entre otros) es que Estados Unidos está manipulando a Irán; que el memorando de entendimiento es un engaño para forzar la reapertura inmediata de Ormuz, como insinuó Vance, con el fin de reabastecer las reservas estratégicas de petróleo de Estados Unidos y Occidente y así ganar tiempo para ver dónde podrían ubicarse los puntos de presión estadounidenses en relación con los demás elementos del memorando de entendimiento.

En el seno de la crucial Asamblea de Expertos de Irán (y en la opinión pública) se ha endurecido la postura contraria a cualquier concesión de Irán a Estados Unidos, especialmente en lo que respecta al paso de buques (hostiles) por el estrecho de Ormuz. El consenso es mantener la presión iraní sobre Ormuz hasta que la situación se vuelva insostenible.

Así, a medida que se abren fisuras en Washington —y a medida que Irán desconfía cada vez más de Trump y sus maniobras erráticas—, el memorando de entendimiento se revela como un engaño destinado a abrir el estrecho antes de atacar a Irán tanto indirectamente (a través de sus aliados de la resistencia) como con mayor contundencia.

Curiosamente, esta opinión cada vez más extendida coincide con la declaración del ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, quien opinó que los «acuerdos” de Anchorage alcanzados con Trump probablemente también fueron un engaño por parte de Estados Unidos.

¿Quién manipula a quién? Por ahora, el petróleo que sale del Golfo Pérsico no se dirige a Estados Unidos. Según Reuters , al menos cinco superpetroleros con un total de 10 millones de barriles de petróleo saudí, cargados en Ras Tanura, han zarpado del Estrecho de Ormuz. 

Dos de estos cinco grandes buques petroleros se dirigen a Japón, mientras que los otros dos van a China. Esto significa —como señaló Larry Johnson— que, incluso si los petroleros se dirigieran ahora a Estados Unidos, este país seguiría sufriendo una grave escasez de crudo agrio al menos hasta el 23 de agosto, dado el tiempo de tránsito de 42 días. (El crudo agrio es una materia prima crucial para las refinerías estadounidenses, donde se utiliza para producir diésel y combustible para aviones).

Por lo tanto, debe suspenderse el fin de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, ya que Trump y Netanyahu se encuentran en una fase de espera ante las próximas elecciones. Trump aún puede amenazar con »  aniquilar  » a Irán si no capitula y se somete, pero es dudoso que Estados Unidos pueda mantener su presencia militar en la región por mucho tiempo, dada la escasez de municiones. Sin embargo, es muy probable —y ampliamente esperado— que se produzca una nueva ronda de intensos enfrentamientos armados en Irán.

Un breve ataque militar estadounidense contra Irán, de carácter simbólico  , es posible, pero no logrará ningún resultado estratégico.

Entonces, ¿quién pierde en esta «guerra«? Israel y Netanyahu. Netanyahu también se encuentra en una situación electoral muy difícil .

El esperado triunfo de Israel sobre Oriente Medio ha fracasado. La guerra indirecta contra Rusia y el bloqueo a China también están flaqueando, y el control de Israel sobre Estados Unidos (hasta ahora inquebrantable) se ve cada vez más amenazado.

Después de que Netanyahu convenciera a Trump de retirarse del JCPOA en 2015, destacados comentaristas israelíes comenzaron a lamentar la retirada como « uno de los mayores errores estratégicos del siglo XXI ». 

Sorprendentemente, algunos en Israel, incluidos altos mandos militares, ya lamentan el asesinato planeado del líder supremo de Irán, Ali Khamenei, el 28 de febrero de 2026. «  Al menos sabíamos a qué atenernos con Khamenei  », declaró esta semana una fuente militar israelí de alto rango a Ben Caspit.

“Khamenei tenía límites claros, tenía una estrategia… Había cierta estabilidad en la locura iraní. El liderazgo actual es mucho menos estable, mucho más extremista e impredecible. Están embriagados de poder y orgullo, convencidos de haber derrotado tanto a Estados Unidos como a Israel.”

 

dimanche 14 juin 2026

¿Es el momento de cambiar las reglas del tablero de juego? Sobre el papel mundial de Rusia y China

 FUENTE https://observatoriocrisis.com/2026/06/14/es-el-momento-de-cambiar-las-reglas-del-tablero-de-juego-sobre-el-papel-mundial-de-rusia-y-china/ 

Andres Piqueras, profesor senior de la Universidad Jaume I

Para responder a esa pregunta y calibrar la segunda parte del título vamos a hacer un repaso de lo acontecido en la Guerra Sistémica Permanente o Guerra Total de largo plazo que el Imperio estadounidense y sus subordinados de la OTAN llevan a cabo contra la dupla chino-rusa y sus aliados, y que tiene por objetivo también frenar cualquier desarrollo del Mundo Emergente, más equilibrado por lo que respecta al poder global.

Caída la URSS, EEUU se vio como superpotencia única sin enemigo claro, pero no por ello dejó de ocupar militarmente Europa ni de mantener sus bases militares en casi todo el planeta. Como fiera que se ha quedado sin enemigos, diseña pseudoestrategias de tipo “elefante en cacharrería” por si bajo el sol de su dominio se mueva algo que no le cumpla.

Ciertamente, al comienzo los planes de dominación del mundo post-soviético por la potencia anglosajona no tenían todavía un nuevo enemigo específico o detectado y el terrorismo ejercía como razón de la militarización, el intervencionismo y la autoatribución de “gendarme global” por parte de EE.UU., en su férrea sujeción militar del mundo. De ahí su “Doctrina de Dominación Permanente” (de 1992), que sin embargo sí contemplaba el deshacimiento definitivo del antiguo espacio soviético y de su proyección mundial[1].

Dentro de ese objetivo se incluía partir a Rusia en diferentes Estados, anhelo ya albergado por Gran Bretaña desde que anunciara que su mayor reto pasaba por vencer el combate entre la ballena (ella misma) y el elefante (Rusia), para que ningún poder en el corazón de la “Isla del Centro del Mundo” (McKinder dixit) pudiera desafiar el poderío naval británico (más tarde el de EE.UU.). Impedir la coordinación de Eurasia fue igualmente considerado como vital para los intereses anglosajones de dominio mundial, al menos desde el siglo XIX.

Así que tras la caída de la URSS, Estados Unidos se aplicó en penetrar la institucionalidad postsoviética, cooptar voluntades en las altas esferas, sembrar de agentes (activos y dormidos) las estructuras de mando rusas, incluidas las militares, y afianzar los “intereses” pro-occidentales de las élites económicas (lo cual quizás podría explicar el pusilánime papel internacional de la Rusia actual, como luego veremos).

No contento con ello, y ayudado íntimamente por el MI6, siguió insistiendo en el objetivo británico de desmembrar Rusia y debilitarla a fuerza de “conflictos” internos o provocados en su espacio de seguridad inmediato. El yihadismo y el etnicismo más reaccionario se activarían en ayuda de ello.

Así tenemos, por ejemplo, las campañas de azuzamiento del integrismo islámico en Chechenia, para separarla de Rusia (1ª guerra en 1994-96; 2ª en 1999, que con la invasión islamista de Daguestán por la Brigada Internacional Islámica dirigida por Basáyev y al‑Khattab, se pretendía dar rienda suelta a un “Estado islámico”  en el Cáucaso norte, lo cual tuvo coletazos bélicos hasta 2009); el apoyo en Georgia a la guerra civil (1988-1992 con Osetia del Sur; 1992-1993 en Abjasia; posteriores ataques de Georgia a Osetia, con  intervención rusa en 2008).   

En 1999 comienza la carrera expansionista de la OTAN hacia el Este, con la absorción de Chequia, Hungría y Polonia. Lo que violaba tanto el Tratado de Reunificación de Alemania (que la URSS había admitido a cambio de que la OTAN no avanzara ni un milímetro hacia el este), como hasta la propia Conferencia de Yalta.

También ese año se da la destrucción de Yugoeslavia, al ser el único país que no se plegaba a los designios de la OTAN. Así que 60 años después Estados Unidos y Alemania volvían a llevar la guerra a Europa.

En 2002, la Conferencia de Praga marcaría un hito en la historia de esta organización del terror, al abrir la puerta a la incorporación de 11 nuevos miembros. Los primeros, Lituania, Letonia y Estonia (que apenas un poco más de una década atrás formaban parte de la Unión Soviética). Rumania, Bulgaria, Eslovaquia y la república ex yugoslava de Eslovenia, entrarían en 2004, en lo que supuso la mayor ampliación de la OTAN en sus 76 años de historia. Albania y Croacia se integrarían en 2009. Montenegro en 2017. Macedonia del Norte en 2020.

Por otro lado, en 2002 tendría lugar el abandono del Tratado ABM (misiles balísticos) por parte de EE.UU., que levantaría bases militares en Alaska, Europa del Este (Polonia y Rumanía), Japón y Corea del Sur, envolviendo a Rusia de armas de destrucción masiva. Después se negaría a firmar el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares y el Tratado de Militarización del Espacio.

Pero las acciones de acoso, desestabilización y agresiones a través de intermediarios contra Rusia (un país que no sólo venía de ser derrotado, sino de pedir su admisión en la UE y hasta en la propia OTAN), se acrecentarían a partir de que esta formación socioestatal emprendiera con Putin un proceso de resoberanización y dijera que no estaba dispuesta a retroceder más frente al continuo acoso otanista. 

Lejos de frenarse, en adelante se daría una acentuación de los intentos de desestabilización en la  en la “panza blanda” rusa -especialmente en el Cáucaso-, con la provocación de la guerra entre Azerbaiyán y Armenia (2016 y 2020), pero también con el intento de golpe de Estado en Kazajistán, amén de la infiltración del MI6 y sus intrigas en otras exrepúblicas soviéticas adyacentes.

No podía faltar tampoco el flanco europeo, que eclosionó con el golpe de Estado orquestado por el Eje Anglosajón (USA-RU) en Ucrania en 2014 y la posterior nazificación del país. También hay que contar con el intento de golpe de Estado en Bielorrusia, la presión política y el amaño electoral en Moldavia, así como el hostigamiento en Transnistria.

En 2016 tiene lugar la Cumbre de Varsovia, a partir de la cual la OTAN desplegaría en el Este de Europa sistemas anti-misiles, bombas nucleares avanzadas y también batallones de diversos países. En 2017, en la Cumbre de Bruselas se establecía el compromiso de aumentar un 2% los gastos militares de los países miembros, una estructura militar permanente de la UE, así como que ésta se hiciese cargo de los gastos de infraestructura de la OTAN. Todo ello para ¿enfrentar? a un país que lo único que hacía era proporcionar energía barata a Europa para su desarrollo económico y que seguía proponiendo su integración en el continente europeo.

En 2019 Estados Unidos se retiraría del Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF), firmado en 1989. Ese mismo año Ucrania presume de desligarse del Memorándum de Budapest (de 1994), por el que los propios anglosajones la obligaron entonces a permanecer desnuclearizada (cuando todavía la veían más vinculada a Rusia que a ellos, y mediante el cual, por tanto, Ucrania entregó el arsenal nuclear heredado de la URSS a cambio de garantías de seguridad por parte de los anglosajones y de Rusia). 

Tal alarde suponía ya, en consecuencia, una amenaza directa a Rusia El acoso a las regiones ruso-hablantes, con más de 14.000 muertos entre 2014 a 2022, y el creciente envalentonamiento, rearme y militarización nazi en Ucrania contra todo lo ruso, más sus alardes de integrar o cuando menos ayudar a la OTAN a cercar a Rusia, decidieron por fin la intervención armada del país euroasiático.  

Mientras todo esto ocurría, Estados Unidos había empezado –en el cambio entre la primera y la segunda década de este siglo- a identificar a China como posible potencia emergente, la cual veían que podía no sólo rivalizar sino superarle en muchos campos. Es por eso que a partir de entonces USA afinaría más sus planes geoestratégicos, para centrarse en la dupla que había decidido tener como enemiga (sin que ninguno de los dos miembros de la misma hubiera hecho nada por merecer esa consideración, salvo el procurar su propia soberanía). 

Como quiera que para EE.UU. China era ya vista como una potencia económica en ciernes y Rusia una (todavía) potencia militar (heredera de la URSS), pero débil estructuralmente, decidió iniciar la agresión hacia esta última. De ahí la acentuación del acoso que acabamos de describir, sobre todo con la utilización “proxy” de Ucrania. El objetivo no era otro que cuanto menos provocar un “cambio de régimen” en Rusia, de manera que la dupla quedara escindida y por tanto muy debilitado el proyecto de un Mundo Emergente que comenzaba a cobrar vida a través de ella.

Pronto, sin embargo, se identificarían nítidamente los núcleos de intervención contra China. Si en la Cumbre de Washington de 1999, la OTAN declaraba el derecho a la “guerra preventiva” en cualquier punto del planeta, con el cambio de siglo pasada su primera década, fue enfocando en China su ofensiva, no tanto porque supusiera una amenaza militar, sino por el ejemplo de un tipo de economía distinta, que bajo la bandera del socialismo competía con éxito en el propio terreno del capitalismo, manifestando que de nuevo una economía planificada se abría camino y asombraba al mundo.

  •  Desarrollo de los planes de dominio mundial cada vez más centrados contra China

Tal proyecto destructivo se fue articulando poco a poco en sucesivos planes, según EE.UU. adquiría conciencia de que el Mundo Emergente podía empezar a hacer desvanecer su prevalencia (además de poder fungir como contraejemplo a su devastador accionar político-económico y a su guerrerista decurso histórico).    

  • La “Doctrina del Pivote Asiático” formulada por Obama, proyectaba el despliegue de instalaciones militares y medios de combate para impedir y/o limitar el abastecimiento energético de China por vía marítima en caso de una escalada de la agresión contra ella.
  • El documento “Ventaja en el Mar” publicado por el Instituto Naval de Estados Unidos, recogía la estrategia marítima del país a partir de la integración del poder naval en todos los dominios y bajo coordinación conjunta de la Armada, el Cuerpo de Marines y la Guardia Costera.

Ello motivó el giro terrestre-continental de China, con las rutas férreas que comenzó a trazar por Asia para vincular el continente de extremo oriental a extremo occidental (con la salida al Mediterráneo oriental incluida), y de sur a norte, hasta la parte ruso-europea del Báltico. Así como un ramal hacia el “Cuerno de África” y de allí a buena parte del resto del continente africano. Se trataba, en suma, de la Nueva Ruta de la Seda (“Un cinturón una Ruta”, en la designación china).

Pero Estados Unidos no estaba dispuesto a dejar que China articulara el mundo con proyectos infraestructurales, económicos y comerciales de posible beneficio mutuo. Así que los planes se fueron concretando para intentar romper, deshacer o desbaratar la infraestructura de interrelación mundial que había ido tejiendo China.  

Tales planes conllevaban una Geoestrategia del Caos que iría en adelante in crescendo, y que pasaría por inducir desastres sociales o provocar sociedades-en-disolución, como forma concreta de destrucción y sometimiento. Una perversa planificación que pretende desde el principio “gobernar el caos”, sumergir a unas u otras formaciones socio-estatales en una indefensión absoluta convirtiéndolas en no-sociedades para así imposibilitar su adhesión al proyecto de conectividad mundial chino y también poder saquear más fácilmente sus recursos. 

“Agujeros negros de destrucción y barbarie” han sido el resultado de las intervenciones de EEUU, con o sin la OTAN, desde que comenzara su ofensiva global contra el Mundo Emergente, y especialmente contra la dupla chino-rusa y sus más cercanos aliados o coparticipes del proyecto.

Así que la Guerra Sistémica Permanente o Guerra Total a largo plazo, formaba parte de su visión de «dominio total» («Full-spectrum dominance», como fue definida en el clave informe del Pentágono titulado Joint Vision 2020). También de su estrategia para devastar territorios, hacerlos ingobernables, y por tanto imposibilitar la construcción de cualquier “multipolaridad”.

Tal Geoestrategia del Caos está intensificada en los ejes de tensión por los recursos y en la pugna por la hegemonía mundial. Radicando por tanto uno de esos ejes en Afroeurasia (y especialmente el centro de la encrucijada de Asia, África y Europa, el llamado Medio Oriente Ampliado), y el otro en el Pacífico, en torno a China, donde había surgido el nuevo polo de hegemonía mundial. EEUU busca, además, el control de los nudos de comunicación marítimos del mundo (los Estrechos de Malaca, Ormuz, Bab el Mandeb- Suez), así como los corredores de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico (Groenlandia, Panamá, Punta austral del Cono Sur…), amén de hacer del continente americano su “isla fortaleza”, para lo que está abortando a golpes de fuerza político-militar todos los intentos de soberanía estatal o regional en el mismo.

II.  Algunos resultados de la Geoestrategia del Caos hasta el momento. En qué punto estamos. 

Entre las consecuencias más destacadas de esta ofensiva imperial tenemos que Rusia ha venido perdiendo buena parte de su espacio estratégico heredado de la URSS, con antiguos aliados hoy destrozados por Estados Unidos. Así, Afganistán, Iraq, Libia, Somalia y Siria –con Yemen brutalmente golpeado-, a los que hay que añadir hoy en la práctica Venezuela, en camino acelerado a su condición de protectorado. 

La atroz asfixia de Cuba va en esa misma dirección, sin que Rusia manifieste disposición a suministrarla ni la mínima parte del petróleo requerido. Es decir, que el país eslavo de hoy -a diferencia de la URSS- respeta sumisamente el bloqueo estadounidense, además de dejarse perder piezas aliadas una a una. Todo teniendo en cuenta que la pérdida de Cuba sería uno de los mayores errores estratégicos que podrían cometer tanto Rusia como China.

Otrosí, la desestabilización del Cáucaso sigue su curso, donde Rusia está también perdiendo a Armenia. En el frente europeo, Moldavia ya es pieza conquistada por USA, mientras que la OTAN ataca cada vez más profundamente territorio ruso matando civiles prácticamente cada semana y poniendo en jaque a algunas de sus principales ciudades. No hay respuesta simétrica rusa para con las potencias agresoras, limitándose a llevar una guerra de desgaste en Ucrania y el Donbás, con la pérdida de miles de jóvenes rusos.

Se dirá que tal “respuesta proporcional” de Rusia causaría la guerra nuclear, pero sin advertencias claras, sin líneas rojas, son los enemigos los que se crecen y “flirtean” con esa guerra, presionando cada vez más al ver que Rusia nunca responde simétricamente. Así las cosas, las potencias otanistas se permiten incluso el lujo de asaltar petroleros rusos en altamar. Y es que cuando el adversario se deja pisar el pie, pues se le sigue pisando y ya. 

Por otra parte, la Nueva Ruta de la Seda ha sido saboteada sin cesar (y aquí se repiten nombres que coinciden con el caso ruso): Afganistán, Iraq, Yemen, Siria, Líbano, Palestina, Somalia, Etiopía, Sudán, Libia, Sahel… con suma atención al embrollo indio-paquistaní.

Queda Irán, última pieza en Asia central, nudo estratégico del proyecto chino-ruso, encrucijada de todas las rutas de interconexión asiáticas y elemento clave para la consolidación de un Mundo Emergente, además de principal actor antisionista mundial, que ha venido frenando al ente sionista ocupante de Palestina durante décadas. Por eso su destrucción en imprescindible para aislar a China, permitir la expansión sionista por toda Asia occidental y parte de la central, acabar definitivamente con el Eje De la Resistencia Antisionista, dejar campo libre al CENTCOM estadounidense para apropiarse de Asia central, abortar los proyectos infraestructurales emergentes en el continente…  Eso quiere decir, que USA, con su ente sionista, no van a dejar de atacar a Irán, de una u otra manera.

Frente a todo ello, China juega sus cartas construyendo vínculos, acuerdos bilaterales con unas y otras formaciones socioestatales -independientemente de la condición política de sus gobiernos-, amén de seguir fortaleciendo las grandes organizaciones multilaterales de la que es el alma y locomotora: BRICS y su Banco de Desarrollo, RCEP, Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras, Organización de Cooperación de Shanghái…  Traza sus estrategias económicas de respuesta, contragolpea con el yuan, con los bonos del tesoro estadounidense, por medio de aranceles, se protege con su proyecto estratégico por la energía, etc., para intentar contrarrestar la ofensiva económica que Estados Unidos desata contra ella.

Rusia, por su parte, intenta montar también su “mundo paralelo”, como si la guerra no fuera con ella. Además de las tradicionales entidades de corte más defensivo o de vínculos políticos, como la OTSC y el CEI, o económicos, como la UEEA, ha venido sumando sobre todo el Foro de San Petesburgo y el Foro Gaidar –conocido también como “Davos ruso”- para mostrar sus vínculos mundiales y desafiar el aislamiento impuesto por el Imperio Occidental.

Pero una y otra se equivocan si creen que van a conseguir mediante cauces diplomáticos o actitudes de perfil bajo y “buena voluntad” que USA les cese de acosar. A Rusia en concreto no le va a dejar de hacer la guerra militar, además de la económica y política.

En lo que toca a China, Estados Unidos no le permitirá “ganar” a la postre sin enfrentamiento militar. Más tarde o más temprano llegará a ello (a no ser que antes colapsara o se sumiera en su propio caos el actual hegemón).

Puede decirse que China lo sabe y está preparándose. Pero no es lo mismo enfrentarse al Imperio con un, aunque contradictorio, Mundo Emergente como apoyo, que tenerlo que hacer sola, una vez has perdido todas las piezas de tu proyecto alternativo. Y la Nueva Ruta de la Seda está ya bastante agujereada al respecto. La hipotética caída de Irán sería definitivamente trágica en este sentido.

En general vale decir para ambos miembros de la dupla que la hasta ahora mostrada y bien visible para todo el mundo ausencia de líneas rojas por su parte (más allá de sus “patios” más inmediatos, Donbás para Rusia y Taiwán para China), es un indicador de secundariedad y de falta de decisión para asumir un verdadero protagonismo mundial. Sólo enviar armas o “ayuda” a unos u otros frentes de la Guerra Totalno es suficiente para tener posibilidades de salir adelante según va recolocando cada semana Estados Unidos el tablero mundial e imponiendo sus normas en él.

Porque la potencia imperial sigue llevando la iniciativa geoestratégica, no disputada por la dupla chino-rusa. Sin facultad para controlar ni construir nada alternativo al Mundo Emergente en curso, Estados Unidos sí tiene una alta capacidad de destruir, en gran escala. Y lo está haciendo sistemáticamente en todo el planeta (con permiso del pedrusco demasiado duro que ha encontrado en Irán). La propia anulación o reabsorción de los BRICS (con la maraña de intereses contrapuestos y de terribles gobiernos que en buena parte les integran) ya está en curso.

Si la dupla se limita a parar golpes y a hacer “jugadas” de salón, por más inteligentes que sean, siempre a remolque de lo que hace el hegemón, o dentro de sus normas de juego, no podrán evitar ni sobreponerse al Desastre Final que el conjunto del Imperio Occidental tiene proyectado para el mundo.

Ya son muchos los estrategas y generales rusos que vienen insistiendo sobre ello. El propio partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR) no ha dejado de advertir que Rusia debe cambiar su línea estratégica y patear el tablero impuesto por el Eje Anglosajón y el Poder Sionista Mundial, dado que está inmersa en un enfrentamiento total con la OTAN, y no en una mera “operación especial” de desnazificación en Ucrania, ni siquiera de contención de golpes parciales aquí y allá.  

Un impás muy peligroso este, pues, para la humanidad, que sólo se puede decidir hacia algo positivo desde la firmeza de unos para trazar líneas rojas por la PAZ, y la lucha de otros, los pueblos del mundo, por frenar las ansias imperiales de Guerra. La lucha por la PAZ antimperialista es quizás la empresa más vital y revolucionaria que podemos emprender en estos momentos.  

Notas

[1] Los Planes que fueron pergeñando Arthur K. Cebrowski (antiguo almirante y director de la Office of Force Transformation in the U.S. Department of Defense), Paul Wolfowitz (quien fue subsecretario del Dpto. de Defensa) y Colin Powell (presidente del Estado Mayor Conjunto durante la Guerra del Golfo), contemplaban la reestructuración del dominio mundial estadounidense una vez desaparecida la URSS. 

Un Nuevo Orden Mundial o “nuevo siglo americano” que señalaba “países desechables” y que defendía la destrucción de estructuras de Estado, que las fuentes de materias primas estuvieran bajo el control de EEUU y priorizaba en adelante abortar el nacimiento de un Mundo Emergente. Todo ello requería la adaptación a un nuevo tipo de guerra y un nuevo America Way of War. También, como consecuencia asociada, la reestructuración total del “Medio Oriente Ampliado” (toda la región de Asia occidental y África Nororiental).

 Durante el gobierno de George W. Bush se perfilaría la Teoría del “Caos Constructivo” (el nombre lo dice todo). Washington intentó afirmar su hegemonía tras el (a todas luces autogolpe del) 11 de septiembre de 2001, mediante el recurso a la acentuación de la militarización y la guerra.


mardi 26 mai 2026

Nazi friendly en 1962

 

 Voici une carte de 1962 indiquant les pays dans lesquels des anciens nazis (membres du NSDAP) ou d'anciens diplomates du Troisième Reich ont été nommés ambassadeurs de l'Allemagne de l'Ouest. Par exemple, en URSS en 1962, l'ambassadeur de l'Allemagne de l'Ouest était un diplomate pendant le Troisième reich, Horst Greppel. 

Quid de la « défense atlantique » menacée ? Les explications d’Annie Lacroix-Riz

SOURCE https://www.initiative-communiste.fr/articles/europe-capital/quid-de-la-defense-atlantique-menacee-les-explications-dannie-lacroix-riz/

Depuis plusieurs mois, un chœur déchirant de dirigeants « européens » (Royaume-Uni inclus) déplore l’atteinte irréversible portée à la défense « européenne » par un Président américain grossier menaçant de ruiner les excellentes relations européo-américaines et de les exposer à l’agression des Russes, après près de 80 ans d’alliance de défense fidèle et sûre. Le succès de cette campagne repose sur l’ignorance dans laquelle ont été tenues les populations sur la réalité de cette « Alliance » : à l’exception, partielle, du deuxième mandat présidentiel de De Gaulle, où celui-ci ordonna le retrait de la France de l’organisation militaire du Pacte atlantique. En fait, il a ainsi contesté aux États-Unis l’unique substance dudit Pacte : leurs bases aéronavales. Cette décision importante, mais incomplète ‑‑ de Gaulle ne dénonça pas le Pacte atlantique ‑‑, fut mise en cause dans les présidences suivantes, et Nicolas Sarkozy lui porta un coup fatal, l’effort étant poursuivi par ses successeurs[1]. Nucléaire en moins, nous explique-t-on. Voire…

La « stratégie périphérique » des États-Unis

Le « Pacte » signé le 4 avril 1949 consacrait le triomphe de la « stratégie périphérique » mise en œuvre par les États-Unis depuis la Première Guerre mondiale. Elle consistait à obtenir la maîtrise totale du continent européen, sans participation à l’essentiel des combats (tâche structurellement impossible à l’armée d’un pays qui n’avait jamais été soumis à attaque extérieure). Elle serait remplacée par une participation financière à « l’effort de guerre », via les crédits d’armements octroyés à un groupe de belligérants (qui passeraient l’près-guerre à les rembourser, soumis aux pressions y afférentes) pour vaincre l’autre groupe et lui imposer, via la défaite, un nouveau « compromis », plus favorable aux États-Unis. Dans les deux premières guerres mondiales, ce fut l’Allemagne, partenaire d’affaires majeur, mais rival trop gourmand. Les États-Unis rognèrent ses prétentions par soldats européens interposés avant de la « reconstruire » avec un flot de crédits américains ‑‑ largement et notoirement voués à son réarmement de « revanche ». Cette stratégie supposait absence militaire jusqu’à fixation définitive de l’issue du conflit, printemps-été 1918, été 1944, puis intervention militaire finale, avant fixation définitive des gains de l’« Allié » vainqueur financier, et total, des deux conflits.

Est explicite le bilan officiel des pertes des deux guerres mondiales, très faibles pour les États-Unis : Première Guerre mondiale, 117 000 dont 53 000 « morts au combat », surtout en France ; Deuxième Guerre mondiale : moins de 300 000 morts sur les fronts asiatique et européen, là encore, surtout en France (et Belgique). Dans les deux guerres, pertes civiles nulles. Les deux pays les plus touchés dans la Première, la Russie (1914-1917), plus d’1,8 million de morts militaires, 1,5 million de morts civils (record battu pour les deux catégories), environ 7 millions supplémentaires pour la guerre non déclarée de l’« Occident », dont le Japon, 1918-1920 ; la France, 1914-novembre 1918, respectivement 1,4 million et 300 000. 1941-1945, l’URSS, selon l’historien militaire américain David Glantz, 35 millions de morts, dont 20 millions de civils[2]. Ces chiffres dispensent de débats sur l’identité des vainqueurs militaires.

Et ses périls mortels pour les « Alliés »

La « stratégie périphérique », fondée, depuis la Deuxième Guerre mondiale, sur une supériorité aérienne écrasante, via les « bombardements stratégiques », fut au cœur des préparatifs de la suivante, dès 1942-1943. Il s’agissait d’arracher la maîtrise militaire du monde, contre l’ennemi, l’URSS, objectif présenté (évidemment sans désignation) par le général Henry Arnold, chef d’état-major de l’Air, en novembre 1943 : il est exclu de « tolérer des restrictions à notre capacité à faire stationner et opérer l’aviation militaire dans et au-dessus de certains territoires sous souveraineté étrangère »; la prochaine guerre aura « pour épine dorsale les bombardiers stratégiques américains »; « une armée internationale, instrument de la politique américaine », sera chargée des tâches subalternes – terrestres – ce qui « internationalisera et légitimera la puissance américaine ». La prochaine grande guerre se mènerait, du côté américain, plus radicalement que la précédente, pas contre l’Allemagne, mais contre le rival soviétique (22,4 millions de km2 depuis 1940-1941 puis 1945, et des ressources naturelles si tentantes).

Chaque « allié » des États-Unis leur fournirait donc des bases aériennes et navales d’attaque, comme celles qu’avaient dû leur lâcher les Anglais, de l’été 1940 à 1941, pression aux « crédits » aidant (de Terre-Neuve, Caraïbes, 1940, Groenland, Islande, 1941, etc.). L’ouvrage incontournable de Michael Sherry sur ces plans doit être traduit[3]. La moisson, gigantesque, de la Deuxième Guerre mondiale (« Empire » français inclus, depuis l’invasion de l’Afrique du Nord de novembre 1942), grossit encore après mai 1945. La liste, confirmée ou allongée après la guerre par tous les cédants, dont la France, fut codifiée quand Washington imposa à ses « alliés » son Pacte, conclu pour 50 ans, et renouvelable (il l’a été en 1999). Ces dirigeants de pays essorillés par les règles américaines de Bretton Woods sur le règne sans partage du dollar étaient d’autant plus dociles que l’emprunteur et « protecteur » les protégeait de leur peuple radicalisé par la Crise puis la guerre : 1947-1948 le démontra en France (mai 1947) puis en Italie (mai 1947 et avril 1948). Aucun risque de changement intérieur ne résisterait à la « protection » américaine. Le Pacte atlantique était surtout « une Sainte-Alliance », comme l’écrivit, en mars 1948 (un an avant la signature), le secrétaire général du Quai d’Orsay, Jean Chauvel. Il le demeure.

Sur le plan militaire, c’est autre chose. Contrairement à la légende, les signataires n’avaient pas « peur » des intentions belliqueuses de l’URSS : mise à genoux par la guerre, ruinée, privée de « réparations » (comme les vainqueurs de la Première Guerre mondiale, dont elle-même), elle ne les avait jamais menacés du moindre conflit et ne risquait pas d’y prendre goût[4]. Chacun savait, en haut lieu, que cet après-guerre reproduirait à tous égards les précédents, guerres suivantes comprises. Le combat contre l’URSS impliquait prompt réarmement de l’Allemagne, entamé dès mars 1945 : sur les 27 divisions de la Wehrmacht encore à l’Ouest, 26 s’affairaient à évacuer par les ports du Nord troupes et matériel vers les « bons » ennemis ; les « 170 divisions sur le front de l’Est » combattirent jusqu’au 9 mai inclus (libération de Prague), révélation de 1969 de Gabriel Kolko (non traduit[5]). Pourquoi donc les « Alliés » occidentaux conservèrent-ils ces excellents combattants?

C’était clair avant la constitution de la RFA confiée au vieux pangermaniste Adenauer entouré de pairs ex-nazis. On ne parlait plus, dès 1948, que du réarmement imminent : comment se passer du « potentiel militaire que représentent en Allemagne de nombreuses générations bien aguerries » contre les « armées russes », écrivit l’ambassadeur de France à Washington, Henri Bonnet, en mars 1949. Le « potentiel » fut dirigé par les chefs de la Wehrmacht nazifiée jusqu’à l’os, qui formèrent l’armature « européenne » des exécutants de l’OTAN (Organisation du Traité de l’Atlantique-Nord, fondée en 1950). Tout fut mis en place quand Washington eut arraché, via la capitulation française, sous Mendès France puis Edgar Faure, le principe officiel du « réarmement allemand » (octobre 1954-mai 1955). Y compris les crédits en dollars « liés » aux achats gigantesques d’armements américains « intégrés », de complète actualité « européenne ».

Au débat de ratification américain de mai 1949, Clarence Cannon, président démocrate de la commission des crédits de la Chambre des Représentants, avait brutalement décrit les périls de l’adhésion, réduisant à néant le fameux « article 5 » du Pacte, celui aujourd’hui brandi sans répit, de « défense », États-Unis en tête, de tout « allié » attaqué : « concertation » des alliés à ce sujet ne vaudrait pas « engagement » américain contre « l’agresseur ». Quand Washington attaquerait « l’ennemi », les Européens devraient juste fournir ce que les adversaires du Pacte atlantique qualifiaient de « chair à canon » et laisser à disposition des États-Unis leurs bases permanentes.

Cannon leur assignait deux missions : 1° « apporter leur contribution en envoyant les jeunes gens nécessaires pour occuper le territoire ennemi après que nous l’aurons démoralisé et anéanti par nos attaques aériennes », sans préjudice, pour les nations maritimes, de leur contribution navale ; 2° offrir à l’Amérique la libre disposition, « sur leur territoire, des bases aériennes pour des bombardements stratégiques. Grâce au Pacte de l’Atlantique, nous aurons des Alliés qui ont des troupes et des navires et qui devraient aussi avoir l’occasion de remplir leurs obligations de puissances contractantes. » La grande presse (New York Times et Washington Post en tête) tenta aussitôt d’éteindre l’incendie, en qualifiant ces propos d’« intrusion inepte et stupide, d’élucubration, de délire irresponsable », etc. – qu’exploiterait « la presse communiste du monde entier ».

Les bombardements américains sur la France (1942-1944) avaient causé 75 000 morts civils. Le souvenir en restait vif et une (petite) partie des Français, était informée par L’Humanité de ce qui attendait la population en cas de conflit (le Quai d’Orsay, inquiet, avait dès 1947 organisé un service spécialisé de réponse aux « mensonges et exagérations » du journal). Même les lecteurs du Monde de Beuve-Méry glanèrent des informations, de 1948 à 1951. Le catholique Étienne Gilson, fâché contre la très longue « neutralité américaine » (pro-allemande) de l’avant-guerre et des premières années de la Deuxième, y traita des périls liés à la perte de souveraineté sur les bases américaines. Le tandem serait surpris du ton actuel du Monde. Le silence retomba vite, Humanité exceptée pendant plusieurs décennies.

L’actualité de la chose éclate et s’impose… Le Pacte atlantique consiste surtout, depuis sa signature, en bases cédées par les signataires, violant la souveraineté des cédants, point de départ d’agression contre d’autres puissances les exposant à des représailles du pays attaqué. Sans engagement aucun du cessionnaire à « protection ». La guerre contre l’Iran, conduite à partir de bases américaines d’Europe et du Golfe vient de le démontrer.

Annie Lacroix-Riz – historienne


Aux origines du carcan européen (1900-1960) Annie Lacroix-Riz

[1] https://fr.wikipedia.org/wiki/R%C3%A9int%C3%A9gration_de_la_France_dans_le_commandement_int%C3%A9gr%C3%A9_

de_l%27OTAN, « source » souvent contestable, fournit ici des citations utiles.

[2] La Guerre germano-soviétique 1941-1945, mythes et réalités, Paris, Delga, 2022

[3] Preparing for the next war, American Plans for postwar defense, 1941-1945, New Haven, Yale University Press, 1977.

[4] Lacroix-Riz, « L’entrée de la Scandinavie dans le Pacte atlantique (1943-1949) : une indispensable “révision déchirante” », guerres mondiales et conflits contemporains, cinq articles (au lieu de deux contigus), étirés de 1988 à 1994 par Jean-Claude Allain (liste, https://historiographie.info/cv0420252025.pdf).

[5] The Politics of War. The World and the United States Foreign Policy, 1943-1945, New York, Random House, 1969.