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mercredi 7 janvier 2026

Eloy de la Iglesia: el autodestructivo cineasta al que el PCE salvó de la indigencia

 FUENTE https://www.diario-red.com/articulo/cultura/eloy-iglesia-autodestructivo-cineasta-que-pce-indigencia/

Gaizka Urresti estrena ‘Eloy de la Iglesia, adicto al cine’, documental que homenajea a uno de los directores más populares y osados del cine español
 
 

La imagen que más impacta de las descritas por los entrevistados en este documental es la de uno de los directores más taquilleros de la historia del cine español rebuscando en la basura en una calle madrileña. Lo llevó allí “la dama blanca”, que es como se conocía a la heroína. En una entrevista de Ángel Casas, Eloy de la Iglesia, demacrado y sin dientes, llegó a confesar que en menos de tres años se había pulido todo su dinero metiéndoselo en vena. Estamos hablando de la friolera más de cuarenta millones de pesetas de la época.

Como recuerda uno de los entrevistados de este documental, Eduardo Fuembuena, el mayor conocedor de la vida y obra de Eloy de la Iglesia, fue el Partido Comunista de España el que le ayudó a no acabar en la calle, aunque el cineasta llegó a dormir en bancos más de una noche. Gracias a Juan Antonio Bardem y a Roberto Bodegas, el partido se preocupó por la gestión de los derechos de autor de sus películas y porque tuviese una asignación mensual. El problema fue que, aun así, el director, amigo de la autodestrucción, se gastaba el dinero en las tragaperras.

De la Iglesia no fue un ejemplo a seguir porque no solo cometió la insensatez de caer en la heroína (se enganchó en 1983, al igual que su amigo y coguionista Gonzalo Goicoechea), sino en romantizar al navajero yonqui, que tenía muy poco de Robin Hood y supuso un auténtico infierno para sus familias. Lo he vivido en persona, en el Bilbao de mi infancia, espacio de las inolvidables El pico y su secuela.

Eloy de la Iglesia se presentaba como comunista, director de cine y maricón

A pesar de este romanticismo del yonqui y el quinqui, el director nacido y criado en Zarauz, en una mansión de gente rica de origen gallego que le pagó sus primeras películas (así de rica era) es uno de los cineastas más rompedores y valientes que ha tenido el cine español en toda su historia, un tipo marcado por su adicción, pero, como él decía, también comunista, director de cine y maricón.   

Eloy De la Iglesia era demasiado joven cuando tuvo la epifanía de rodar películas y no tenía la edad requerida para entrar en la Escuela de cine, pero tras estudiar cine en París logró rodar, en 1966, Fantasía… 3, una cosita infantil que pudo hacer gracias a José María García Escudero, director general de Cinematografía y Teatro que no era amigo de la censura franquista y apoyó a muchos nuevos cineastas. Resulta más que alucinante que un director que se hizo famoso por tratar en el cine la homosexualidad, la violencia policial o el consumo de drogas debutase adaptando cuentos de Hans Christian Andersen, los hermanos Grimm o L. Frank Baum.

Algunos de los temas medulares de De la Iglesia (el sexo y la muerte y la represión sexual, religiosa y política) no tardaron en aparecer en La semana del asesino, guion que fue rechazado dos veces por la censura y sufrió 64 cortes en el metraje, entre ellos escenas homosexuales entre Vicente Parra y Eusebio Poncela (estamos hablando de 1972, imaginen la valentía que supone hacer esta película tres años antes de la muerte del dictador).

La octava película del director vasco, Juego de amor prohibido, sórdida y antiestética, también demostró que tras su truculencia y su nada disimulado gusto por rodar con actores a veces demasiado jóvenes, a De la Iglesia también le gustaba colar sus ideas políticas. En aquel caso sobre la decadencia de la clase dirigente franquista y un enfermo régimen que se desmoronaba.

Además de La criatura, filme sobre relaciones zoofílicas y de pésimo gusto, en 1977 estrenó Los placeres ocultos, que por primera vez en el cine español presenta sin complejos a un protagonista homosexual, un ejecutivo de banca con dinero al que le gustan los jóvenes y sufre la represión que conlleva su condición sexual. El filme, que tuvo el arrojo de mostrar los apestosos urinarios públicos en los que se ligaba o se ejercía la prostitución, fue secuestrada por la censura de la “ejemplar transición”, algo que produjo las protestas en medios como el diario El País o la revista Fotogramas.

'El diputado' expone que también los partidos de izquierda podían ser reaccionarios

Con El sacerdote, también con Simón Andreu, De la Iglesia quiso cruzar todos los límites para provocar aún más. La historia de un sacerdote que no puede reprimir sus instintos sexuales es sensacionalista y contiene escenas de un gusto atroz, como la de unos niños desnudos practicando sexo con una oca. La crítica fue demoledora con ella. Pedro Crespo habló en el ABC de “un nuevo engendro fílmico que ensancha esa vía particular de cursilería melodramática, erótico-sociológico-política que con tanta insistencia cultiva Eloy de la Iglesia”. Fernando Trueba, en El País, escribió que “el mayor defecto, el menos perdonable, del cine de De la Iglesia son sus personajes. Arbitrariamente construidos para servir a los didácticos objetivos de sus historias, sus personajes no resultan nunca creíbles, verdaderos”. De la Iglesia, que era muy aficionado a poner motes, despreciaba a Trueba y lo apodaba Bizconti por su estrabismo.  

La biblia de su cine es El diputado, historia de un militante clandestino de un partido de izquierdas durante el franquismo que es elegido diputado en las elecciones de 1977, es víctima del chantaje de ultraderechistas que lo amenazan con revelar su homosexualidad y hasta su partido le da la espalda. Con ella De la Iglesia, marxista, volvió a demostrar que le iba a la marcha porque provocó hasta al PCE, del que era militante, como su amigo Juan Diego. La cúpula del partido no vio con buenos ojos la película y hasta Juan Antonio Bardem, que acabó participando en el filme, mostró su rechazo inicial por ella, algo que fue duro para De la Iglesia, que entendía su cine como un servicio al PC y una forma popular y directa de cambiar, en la llamada transición, a la sociedad.

El diputado, que llegó a estrenarse en los Estados Unidos, habla de que no solo hay que liberar al obrero, también al individuo. Su protagonista, Roberto Orbea, lucha por su partido y país en la clandestinidad, pero no puede expresarse en su privacidad ni mostrar libremente su sexualidad, se le obliga a ser recto y heterosexual. La película expone, en fin, que también los partidos de izquierda podían ser reaccionarios.

Los últimos minutos de Eloy de la iglesia, adicto al cine son inevitablemente tristes. En ellos Gaizka Urresti habla del otro gran arrebato del director: el descubrimiento de José Luis Manzano. El director mandó buscar a un chaval de la calle que cumpliera las características físicas del Jaro y sus ayudantes encontraron en los billares Victoria, regentados por chaperos, a Manzano, que entonces era menor de edad.

Las películas de quinquis y el mundo marginal, pobre y atrasado de De la Iglesia no gustaban al PSOE

Como recuerda el director Antonio Hens en el documental, tras el flechazo llegó el pacto: él lo mantendría y lo transformaría a lo Pigmalión, pero a su vez llegó la bajada a los infiernos: los dos se engancharon a la heroína y Manzano acabó muerto en el cuarto de baño del piso de De la Iglesia por una sobredosis y con signos de violencia en su cuerpo (algo que elude el documental). Según el informe forense, la causa de su deceso “fue de naturaleza violenta, habiéndose encontrado los principios de la heroína y de otros tóxicos en su sangre, orina y órganos vitales”. Nadie sabe qué pasó aquella noche, pero fue algo espantosamente oscuro.            

A esta debacle personal se unió que las películas de quinquis y el mundo marginal, pobre y atrasado de De la Iglesia no gustaban al PSOE, que pretendía vender una España irreal, más progre y moderna. El PSOE era más de Carlos Saura, miembro de la élite cultural y que ganó el Oso de Oro a la Mejor película en el Festival de Berlín con Deprisa, deprisa, la película quinqui oficial. Ese era el cine que quería subvencionar Pilar Miró, primera mujer en ocupar la Dirección General de Cinematografía que acabó, mediante la Ley Miró, con el cine que hacía Eloy De la Iglesia, un cine antisistema, urgente y encima muy taquillero. El PSOE buscaba un cine más académico y de prestigio, más La colmena o Luces de bohemia y menos Navajeros o La estanquera de Vallecas, que De la Iglesia y Manzano (incapaz de vocalizar y doblado por Fernando Guillén Cuervo) rodaron enganchados y en condiciones penosas.

Fue precisamente su amigo Guillén Cuervo quien le apoyó como pocos. También lo hicieron Pedro Olea y Diego Galán, director del Festival de San Sebastián, que en 1996 hizo una retrospectiva de su cine, diez días que le hicieron, según sus palabras, recordar que estaba vivo. En esos felices días también tomó la decisión de intentar volver a ponerse detrás de una cámara y lo hizo siete años después con una pésima película: Los novios búlgaros, protagonizada por Guillén Cuervo y sobre los prostitutos del Este en el Madrid de principios de los 2000. Volvía a los chaperos y al lumpen, a su mundo.

Eloy de la Iglesia nunca tuvo nada que ver con el cine español oficial, académico, de festival

Eso sí: no consideró Los novios búlgaros su testamento, quería seguir haciendo cine, pero murió a los 62 años por una negligencia médica. Atrás dejaba un cine hecho con las tripas y la polla más que con el cerebro, filmes tan punkis como técnicamente precarios. Rodó sus películas demasiado deprisa, no fue un gran director de actores y sus doblajes fueron infames, pero conoció como nadie al público y no pretendió ir a Cannes, sino llenar butacas. Y nunca tuvo nada que ver con el cine español oficial, académico, de festival. Solo por eso, y por lo mosca cojonera que llegó a ser, Eloy de la Iglesia siempre nos caerá bien.   

mercredi 12 mars 2025

Reivindicando el cine político-quinqui-gay de Eloy de la Iglesia

 El artículo que sigue es en plan postmoderno/Otan cultural, de lo más actual y típico de la izquierda anticomunista, pero todo lo que resalta el cine de Eloy de la Iglesia es de remarcar con tal de contribuir a una cultura roja. En este caso, cine rojo con el cine cubano (desde 1960), estadounidense (años 1930-1950), italiano (1940-1980), español antes de la dictadura y algo al final y después, alemán de la República de Weimar, soviético en gran medida y del bloque del Este después de 1945 (el de la DDR es el que más conozco). Eloy refleja con su estética los años 70 y 80 de la España tardofranquista y de la transición-transacción. 

No existe una estética roja, pero sí una cultura roja apoyada sobre la historia: todos esos momentos de la historia del siglo XX conforman esa cultura tan variopinta del punto de vista estético. Es lo que contrasto con todas esas cinematografías, distintas, pero éticamente similares. El cine letrista-situationista entraría en esta cronología roja? No todo desde luego. Pero merece retomar las técnicas letristas-situacionistas, cine expansivo en modo deriva delirante, en una perspectiva mucho más roja o por lo menos en contra de la perspectiva postmoderna con la que muy malamente se entiende: mi película supertemporal o hacienda expansiva, De l'Espagne 95, busca reinsertar el vanguardismo cinematográfico dentro de una tradición roja y por eso tiene que definir lo que es su genealogía (y lo que no entra en ella): son puntales para la hacienda.

FUENTE: https://www.lamarea.com/2024/11/07/reivindicando-el-cine-politico-quinqui-gay-de-eloy-de-la-iglesia/

La editorial Dos Bigotes publica una monografía dedicada al director vasco sin eludir las zonas de sombra: tanto su persona como su obra siguen siendo hoy objeto de controversia.

 

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José Luis Manzano (a la derecha) en una escena de 'El pico'. FLIXOLÉ / ÓPALO FILMS

«No deja de ser paradójico que mi adicción haya sido tan sonada cuando tan sólo consumí durante cuatro años. Desde hace once estoy desintoxicado», confesaba Eloy de la Iglesia en 1996, en una entrevista en El Mundo. Aún tardaría otros cinco años en volver a dirigir. Por aquel entonces, el cineasta vasco (fallecido en 2006), autor de películas extraordinariamente taquilleras en las décadas de 1970 y 1980, se había convertido en un apestado. Homosexual, comunista y yonqui, todo el mundo encontró una excusa para darle la espalda. Durante mucho tiempo, en el mundillo del cine había gente se avergonzaba de haber trabajado con él, pero eso está cambiando. «¡Joder, qué bien que por fin se esté reivindicando su figura!», le dijo José Sacristán a La Caneli cuando lo llamó para contar con su testimonio en el libro Eloy de la Iglesia: El placer oculto del cine español.

La Caneli (nombre artístico de Alberto Fernández) es uno de los 11 nombres que firman esta monografía publicada por la editorial Dos Bigotes. Coordinado por Carlos Barea, el volumen –que participa del espíritu reivindicativo que ha alumbrado otros estudios similares lanzados por la editorial, como los dedicados a Ocaña o a Gloria Fuertes–, cuenta con textos de Violeta Kovacsis, Eduardo Bravo, Nicolás Grijalba de la Calle, Diana Aller, Francina Ribes Pericàs, Juan Sánchez, David Velduque, Alejandro Melero y Vicente Monroy. Cada uno de ellos realiza una aproximación (personal, académica, histórica, social) al cine de Eloy de la Iglesia. Y todos confiesan haber tenido que usar un tacto especial para tratar el tema, porque tanto su obra como su persona siguen siendo hoy objeto de controversia.

Eloy de la Iglesia
Portada del libro, diseñada por Raúl Lázaro. DOS BIGOTES

«Cuando revisas hoy su cine, teniendo en cuenta todos los avances que hemos tenido en cuestiones de género y en derechos LGTBIQ+… En fin, yo veía que era una cosa muy difícil», confesaba Eduardo Bravo en la presentación del libro. Al principio, cuando recibió la invitación para participar en él, lo vio como un regalo; luego, al sopesar todas las implicaciones, se sintió abrumado por la responsabilidad.

Obviamente, el cine de Eloy de la Iglesia no puede verse hoy con los mismos ojos que cuando se estrenó. Hay cuestiones muy problemáticas que los autores, consecuentemente, no han tratado de eludir. «No hay que olvidar cómo trata al gay con pluma», recuerda Nicolás Grijalba, profesor en la Universidad Nebrija. «Eloy era un plumófobo total, en el sentido de que hacía una caricatura que es casi heredera de No desearás al vecino del quinto y ese tipo de películas». Además, en plena era del #MeToo, su escabrosa relación con José Luis Manzano, su actor fetiche, amante y compañero de viaje en su descenso a los infiernos, tampoco puede ser pasada por alto.

El control que ejerció sobre el intérprete le impidió a éste participar en proyectos diferentes a los suyos. Sólo hubo un par de excepciones: Barcelona Sur (1981) y la serie de televisión de Los pazos de Ulloa (1985). Ambos, Manzano y De la Iglesia, sobre todo a partir del rodaje de El pico (1983), cayeron en una espiral de dependencia tóxica (en todos los sentidos) en la que el actor se llevó la peor parte. En 1992 apareció muerto, aparentemente por sobredosis, en el piso del director y en circunstancias nunca aclaradas del todo. Tenía 29 años.

Por todas estas cosas, publicar un libro dedicado a Eloy de la Iglesia «es todo un atrevimiento», en palabras de Carlos Barea. Pero era un hueco que había que llenar a pesar de las dificultades. Mientras en París le han dedicado una retrospectiva en la Cinémathèque Française, en España apenas hay estudios publicados sobre su obra. De la Iglesia fue un pionero en muchas cosas, realizó un cine popular, a veces tosco, a menudo contradictorio, ingenuo en muchos sentidos, pero comprometido política y socialmente. Además, quienes lo conocieron de cerca (y están vivos para contarlo), sólo tienen palabras de cariño hacia él. Aunque hay excepciones: Pedro Mari Sánchez, por ejemplo, chocó con el cineasta durante el rodaje de Otra vuelta de tuerca (1985) y aquella contrariedad fue tan traumática que a día de hoy sigue sin querer hablar del tema.

Eloy de la Iglesia, cineasta gay

La semana del asesino (1972) fue la primera película española en la que puede verse un beso entre dos hombres, aunque eso sólo ha sido posible a partir de una versión restaurada con los planos que sí estaban presentes en la copia que se destinó al extranjero. Al parecer, la censura franquista ordenó más de 100 cortes, entre los que estaba, claro está, el beso entre Vicente Parra (galán español por excelencia, homosexual él mismo y productor de la cinta) y Eusebio Poncela. Otro de sus títulos emblemáticos, Los placeres ocultos (1977), ostenta el honor de haber sido la última película censurada oficialmente por el franquismo, que aún pervivía tras la muerte del dictador.

«Por desgracia, a día de hoy, vemos que muchas cosas no han cambiado», apunta el director David Velduque. «La censura, como tal, supuestamente no existe, pero se ha reinventado, tiene otras formas de operar. Lo vemos con las productoras, con las plataformas. Como cineasta queer, yo tengo muchas dificultades para sacar mis proyectos adelante y por eso siento una empatía enorme por el cine que hizo Eloy, que no sólo era arriesgado por sus temáticas sino por cómo las abordaba».

«Él hacía sus películas con la intención de molestar. Nunca vas a estar cómodo al cien por cien», opina Alejandro Melero, profesor de Comunicación en la Universidad Carlos III. «En pleno franquismo, cuando aún estaba vigente la Ley de Peligrosidad Social, en España había un director haciendo cine gay. Y era un cine muy explícito, además. Sucio, con calzoncillos, con sudor, con pelo, con imágenes que incluso hoy no son fáciles de asimilar por la industria».

Entonces, ¿cómo es que Eloy de la Iglesia fue tan prolífico? Si su cine político-quinqui-gay era tan espinoso, ¿cómo fue capaz de filmar tantas películas? «Es que Eloy no fue nunca un director marginal –explica el documentalista Juan Sánchez–. Al contrario, era un cineasta muy comercial. A los actores y actrices del momento, cuando les llegaba una propuesta de Eloy, era como si les tocara la lotería, porque sabían que era una película que se iba a ver y que iba a dar que hablar». Por eso grandes estrellas del momento como José Sacristán, Ana Belén o Juan Diego, y otras que lo habían sido antes y querían relanzar su carrera, como Carmen Sevilla o María Asquerino, se embarcaron en el cine más sucio y más arriesgado que se había rodado hasta entonces en España. «La industria tiene la manga muy ancha», continúa Sánchez. «Algunos de los productores de Eloy tampoco estaban ideológicamente cerca de él, pero se trataba de hacer dinero. Y su cine hacía dinero».

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José Sacristán en una escena de ‘El diputado’ (1978). FLIXOLÉ / FIGARO FILMS

«Cuando le pones películas de Eloy a los chavales de hoy en día, les explota la cabeza. Porque no deja indiferente a nadie, porque es una bomba, un kamikaze, para bien y para mal», añade Nicolás Grijalba. «Se habla mucho de su cine quinqui [Navajeros, Colegas, El pico], pero en su obra hay un acercamiento al giallo [El techo de cristal], al cine más psicotrópico [Una gota de sangre para morir amando]… Tenemos películas tremendamente malas y otras que están rodadas de forma exquisita, como es el caso de El diputado».

Aquella película, tan hija de su época, tan canónica en su estilo social y casi documental, hablaba de un problema que, medio siglo después, sigue aquejando a la izquierda: su machismo. Según Grijalba, «Eloy rodaría hoy mismo en Tirso de Molina. Rodaría los deseos, las pesadillas, la desesperanza, a la gente desharrapada y atropellada por ese capitalismo salvaje que se ceba con el más débil. Eloy es eso, un dedo en la llaga, y no sólo para el fascismo de su época sino también para sus propios compañeros de partido. Él [aunque consiguió arrastrar a Carrillo y a la plana mayor del PCE al estreno de El diputado] no acabó bien en un partido que era, en buena medida, hombruno, machirulo y homófobo».