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samedi 2 mai 2026

Pedro G. Romero sobre Guy Debord y España (2020)

En Máquinas de vivir. Flamenco y arquitectura en la ocupación y desocupación de espacios, la exposición que comisariaste junto a María García Ruiz, se recogía una frase muy interesante de Guy Debord en la que decía: «Los gitanos flamencos podían ser penetrados por el capitalismo salvaje sin que ello supusiese un cambio de forma de vida ni de arte».

La relación de los situacionistas con el flamenco es muy curiosa y me ha dado muchas alegrías. Después de muchos años trabajando sobre ella, me llama un día Pedro Barragán, de la sociedad flamenca El Dorado, en Barcelona, y me cuenta que Raoul Vaneigem, uno de los miembros fundamentales de la Internacional Situacionista, se ha hecho socio de su peña y quiere que vaya yo un día a contarle todo lo que he investigado sobre ellos y el flamenco. Me quedé flipado, lógicamente. El caso es que fui un día para El Dorado a ver un concierto de María Terremoto y allí conocí a Vaneigem, que terminó de confirmarme en persona mi tesis, llegando incluso a escribir un comentario para el libro que hemos publicado tras la exposición Máquinas de vivir.

La historia es que el núcleo duro de los situacionistas —Guy Debord, Michèle Bernstein y Alice Becker-Ho— tuvo en París mucha relación con el exilio español, entre ellos muchos gitanos y flamencos que acudían al café Descartes, inaugurado por un guitarrista flamenco francés en 1957. Por otro lado, el pintor Constant Nieuwenhuys, uno de los principales teóricos del grupo de la rama estética, tocaba la guitarra y era alumno de la escuela ricardista de Ámsterdam. Visitó Sevilla en varias ocasiones e hizo piezas sobre la ciudad en torno al flamenco, también muchos retratos de guitarras. Guy Debord y Gérard Lebovici financiaron luego la primera película de Tony Gatlif, tras ver su cortometraje Canta gitano… La realidad es que estaba todo muy imbricado, simplemente por el hecho de que el mundo gitano operaba también como forma de resistencia a lo moderno, a lo peor del mundo moderno, de ahí esa frase de Debord que destacas.

Años más tarde, a la altura de 1983, Debord se vino a Sevilla a vivir una temporada, aunque aquello no tuvo nada que ver con el flamenco sino con su amor por España en general y por Andalucía en especial, porque tuvo una amante cordobesa. A Debord le interesaba mucho lo que estaba pasando políticamente en España en esa época, durante la Transición, y desencantado de Francia estuvo viviendo en Barcelona, en Soria y en Sevilla, desde donde viajó mucho a Cádiz. Siempre me llamó la atención que Debord dijera que Sevilla, donde no llegó a vivir ni un año, había sido uno de los lugares míticos de su vida. En esa frase había mucho de construcción poética, de cierta arrogancia por su parte también, pues en su último proyecto cinematográfico, una película sobre España que no se llegó a hacer nunca, dejó dadas una serie de instrucciones para el director en las que puede leerse que la intención de la película no era otra que explicar a los americanos, franceses, alemanes, ingleses, italianos, japoneses y a los propios españoles, de una vez por todas, qué significaba España en el marco la cultura occidental. Más allá de la radicalidad y delirio de sus intenciones, lo cierto es que se trataba de un proyecto nacido de un afecto verdadero por nuestro país. El poema «La casada infiel» de Lorca era su poema favorito. Para Debord, la literatura francesa nacía en Villon y moría con Lorca, que por su condición de homosexual asesinado por el fascismo era justo el tipo de poeta que no había tenido nunca Francia.

La verdad es que muchos de estos viejos radicales sesenteros, cuando se desencantaron de la política en Francia, encontraron en el flamenco una especie de, no sé bien cómo llamarlo, refugio existencial. Con el gran teórico Didi-Huberman, que además de ser un buen aficionado al flamenco es muy amigo, he discutido muchas veces sobre esta cuestión, que en el fondo gira sobre esa percepción exótica que seguimos teniendo de la forma de vida orientalista que también puede encontrarse en los modos de vida flamencos.

mardi 24 mars 2026

Estampa Popular, ni una sola concesión al olvido (2025)


Fue el primer movimiento de carácter político y social de la historia del arte en España, creado por José Ortega en el Madrid de 1959, con el comienzo de las primeras movilizaciones mineras, obreras y estudiantiles.

Fuente

                         
“Pan, tierra y libertad” (1959), José Ortega, xilografía sobre papel

Nos lo recordaba el otro día, en la gala de los Goya, Eduard Fernández, en una buena intervención antifascista: Que nadie se despiste, que llegan, y vienen a caballo. Y cuando entren ya será tarde, y no podremos apelar ni al séptimo de caballería ni a la novena de Beethoven. Será, entonces, cuando tengamos que recuperar todos los protocolos de la clandestinidad. Por eso es necesario explicar que no podemos dar ni una sola oportunidad al olvido. Por ejemplo, al olvido de ese proyecto y ese grupo de pintores que fundaron y ejercieron la “estampa popular”.

Eran artistas en todo el amplio sentido de la palabra, con un gran bagaje técnico de primera magnitud, fuertemente radicados en la sencillez de la gente, en la cultura y la lucha de la gente, en plena clandestinidad, cuando el franquismo diluviaba fuerte. Nos lo explicaba el otro día en el Museo de Alcalá de Guadaíra, Ana Cortijo, en la exposición “Estampa popular, arte y memoria”, recordando ante un grupo de colegiales la eficacia clandestina de aquellos rojos, que no progres. Nos decía Ana (Pepa Medrano y yo añadidos al grupo de colegiales) que, entonces, entre los protocolos de la lucha en sombras, había un principio indeclinable: Si alguien pronunciaba tu nombre a tus espaldas, no debías volver nunca la cabeza. No se podía asociar nombre y rostro, nombre y lucha, nombre y forma concreta y diaria de hacer historia; en este caso desde el arte. Quizás lo contrario que ocurre en estos tiempos posmodernos: Nadie pronunciará tu nombre, aunque vuelvas la cabeza.

Ana Cortijo es alta, imponente. Le dije después que era como ser recibido en un museo por la torre Eiffel. Y explicaba las cosas con pasión retenida y un discurso seguro, de quien ha mamado la filosofía que alentaba desde el principio la estampa popular, que fue, nos decía, el primer movimiento de carácter político y social de la historia del arte en España, creado por José Ortega en el Madrid de 1959, con el comienzo de las primeras movilizaciones mineras, obreras y estudiantiles; fue entonces cuando Ortega, miembro del comité central del PCE, decide poner en marcha este movimiento como respuesta a la dictadura franquista, creándose grupos de “estampa popular” en Madrid, Sevilla, Córdoba, Vizcaya, Valencia, Cataluña y Galicia.

En 1960 Ortega, perseguido por la dictadura, se exilia en París y busca a otros artistas españoles que lo acompañen para relanzar el movimiento de vuelta a España, de modo que el grupo de Sevilla de “estampa popular” (Paco Cortijo, Paco Cuadrado y Cristóbal Aguilar) se va a crear en París, instalándose después en Sevilla, en el barrio de Los Pajaritos, que sigue siendo uno de los barrios más pobres del país. Tras ser detectados por la brigada político-social, se desplazan a Alcalá de Guadaíra, un pueblo de una larga tradición paisajística, que hoy recoge su espléndido museo, ese museo que expone las obras de los citados, junto a algunas piezas de José Ortega, más diversas muestras de Duarte y, por primera vez, la obra inédita y recién recuperada de Lola Cortijo, desarrollada en el marco del “grupo de Sevilla”.

“Estampa popular”, por así decirlo, es un capital impagable de nuestra lucha cultural e ideológica por las libertades y contra la explotación, y quizás por eso sufre un expediente de olvido y tachadura, un largo expediente que es preciso derogar cuanto antes, y en eso trabaja esta exposición, que empezó en La Cartuja y ahora se expone en el pueblo que fue conocido en el terreno del arte como el Barbizon español. A este trabajo encomiable dedica gran parte de su tiempo la Fundación Paco y Lola Cortijo: mantener el legado de una serie de trabajadores del arte que, desde una gran capacidad técnica, arriesgaron su vida en la lucha por los derechos humanos. Estamos hablando de una memoria histórica que hay que restablecer con todas las consecuencias, en un país que ha desarrollado el monocultivo del olvido hasta el extremo de ni siquiera conceder la medalla de Bellas Artes a José Ortega, quizás por ser un pintor comunista y un comunista pintor.

Modestamente este artículo pretende señalar a quienes levantan la liebre de lo que somos, porque otros fueron, aunque casi nadie se acuerde ya de ellos (nos decía Ana Cortijo), empezando por aquel grupo sevillano donde junto a Cortijo, Cuadrado y Cristóbal, funcionó el equipo de Córdoba: Duarte, Castro, Mesa y García. Unos artistas que supieron producir un arte comprometido (fuera de mercado) en una lucha concreta por las libertades y contra la explotación. Modestamente pretendemos repetir que es más que un error seguir dándole oportunidades al olvido desde el silencio y una pasividad injustificable. Como nos dijo el actor de “El 47” en la gala de los Goya en Granada: cuidado, que vienen a caballo. Pues eso, que hay que inventar una caballería alternativa que no pare de galopar contra el olvido… hasta enterrarlos en el mar. (Galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo).

dimanche 9 novembre 2025