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dimanche 19 avril 2026

‘El efecto Helsinki’ o cómo hablar de una densa cumbre diplomática con buenas dosis de cachondeo

 FUENTE https://www.diario-red.com/articulo/cultura/efecto-helsinki-como-hablar-densa-cumbre-diplomatica-buenas-dosis-cachondeo/

 


Para seguir situando el contexto: la invasión y represión de Checoslovaquia por el Pacto de Varsovia en 1968 no dio a la Unión Soviética una buena imagen ante el resto del mundo. Además, sus diferencias ideológicas con China eran cada vez más evidentes. Por otro lado, la palabra “distensión” estaba en boca de todos, sobre todo en los medios de comunicación, tanto en los libres como en los controlados.

En las transcripciones que recupera El efecto Helsinki podemos oír en boca de Richard Nixon, al que le preocupa esa futura conferencia con los comunistas, que “la OTAN está acabada”, algo con tanta vigencia como la palabra “genocidio”, usada por el arzobispo chipriota Makarios III, que recordó en la cumbre la invasión turca de Chipre en el 74 (militares y paramilitares intentaron derrocar a Makarios para unir Chipre con Grecia y en respuesta al golpe los turcos atacaron Chipre alegando defender a la comunidad turcochipriota).

En aquellas sesiones de Helsinki, muchas interminables, como cuando tomó la palabra el soporífero líder rumano Nicolae Ceausescu, los dos bloques no solo se vieron las caras y relajaron tensiones, sino que reconocieron las fronteras de la Europa de posguerra, alejaron las tiranteces militares y hasta lograron un compromiso (vago, nada firme) de mejorar las libertades en el Bloque Comunista.

Como apunta el propio Arthur Franck, El efecto Helsinki es un documental sobre equivocarse. Los líderes de la URSS no calcularon bien las consecuencias de la cumbre, como tampoco esperaron, un año antes, el torpedo a la línea de flotación del entramado propagandístico soviético que supuso la publicación de Archipiélago Gulag. En aquella monumental obra, Aleksandr Solzhenitsyn, escritor y exprisionero, descubrió, tras una minuciosa documentación, el sistema de campos de trabajo y muerte consolidado tras la revolución rusa de 1917. Solzhenitsyn fue detenido en Moscú y expulsado de la Unión Soviética el 13 de febrero de 1974. También se le despojó de su ciudadanía.

   

Pero la publicación de Archipiélago Gulag fue solo un entrante del banquete que se iba a dar el bloque capitalista. La firma (por 35 naciones, incluyendo EE. UU., la URSS y la mayoría de los países europeos) de la CSCE el 1 de agosto, culminando con el Acta Final de Helsinki, instauró el “Espíritu de Helsinki”, un espíritu al que se aferraron los líderes opositores de países reprimidos por la URSS. Fue caso de Lech Walesa en Polonia o de Václav Havel en Checoslovaquia.

Y aunque la URSS comenzó su ocaso, ese final de la Guerra Fría que Brezhnev tanto anheló, no llegó. Jimmy Carter sucedió a Gerald Ford y centró su mandato en la defensa de los derechos humanos en todo el mundo, algo que provocó enfrentamientos con la Unión Soviética que se agudizaron con el furibundo anticomunista Ronald Reagan, famoso por colaborar con el Comité de Actividades Antiamericanas en la “caza de brujas” y apostar, ya como presidente, por el rearme nuclear.  

Una reflexión para acabar: llamada la atención que en la cumbre en la que se pidió más libertad para los ciudadanos europeos fuese invitado el Primer ministro de la España fascista Carlos Arias Navarro, recordado por su plañidero “Españoles… Franco… ha muerto” y conocido como el Carnicerito de Málaga por sus desmanes en la dirección del orden público de la dictadura.

También llama la atención que los Estados Unidos respaldaran el “Espíritu de Helsinki” y limpiaran su imagen internacional gracias a la cumbre cuando su delegación estaba liberada por el criminal de guerra Henrri Kissinnger, responsable de los bombardeos de Laos y Camboya, el retraso del fin de la terrible Guerra de Vietnam, el apoyo al Plan Cóndor y a las dictaduras en Latinoamérica, al golpe de estado en Chile y a la sangrienta invasión de Timor Oriental por parte de Indonesia. 

Lo peor: a veces El efecto Helsinki puede llegar a ser plúmbeo en su exposición de entresijos diplomáticos. Tanto que el propio director y narrador llega a decir, sin despeinarse: “Si no se han dormido todavía, seguimos”.

Lo mejor: es un material perfecto para poner en una clase de Ciencias Políticas o Relaciones Internacionales.