
Por Oleg Yasinsky Publicado: 8 feb 2026
Una
de las principales características del caso Epstein es que en realidad
no es ninguna gran noticia, aunque mediáticamente se presenta como tal.
Es una cómoda incomodidad y un escándalo que no escandaliza a nadie, ya
que sus más de tres millones de archivos de horror no son más que una
bitácora del poder neoliberal, desposeído de cualquier noción de lo
humano.
La
isla de Epstein es una pequeña parte del archipiélago, que aborda los
cinco continentes y no es solo un lugar geográfico, sino una
construcción mental del poder que nos ofrece su propia proyección del
futuro. Es su plan.
Es
curioso que los supuestos enemigos del actual Gobierno estadounidense,
que son los demócratas, ya nos han mentido tanto que ahora cualquier
prueba de ellos contra Trump y los republicanos se ve como mentira. Aquí
no se trata del conocido cuento sobre el pastorcito mentiroso y el
lobo. Estamos sumergidos en un mundo de tanta manipulación
tecno-sicológica que lo que menos llama la atención y lo que menos
convence son las verdades que se ven opacas ante el sicodélico brillo de
falsedades y, para ser comprendidas, requieren algún grado de esfuerzo
intelectual y espiritual, algo que en estos tiempos es cada vez más
escaso.
La
cultura occidental idolatra el éxito, idealiza la riqueza, siempre
perdona los 'excesos' de 'los triunfadores', se declara defensora de los
derechos, aunque en su cotidianeidad comercia con la hipersexualización
infantil, despreciando derechos, emociones e incluso instintos.
Epstein ha sido un peón en el ajedrez mundial de las corporaciones. Con
sus redes colaboraban las monarquías, los organismos de la ONU y los
grandes líderes de la opinión pública de todo signo político.
Eso
se sabía, pero la gran prensa mundial guardaba silencio. Esto se
explica muy fácilmente por el miedo a las demandas, la dependencia de
los anunciantes, etc. Además, un periodista rebelde y honesto, incluso
en la democracia más democrática, sabe que, en el mejor de los casos,
arriesga su trabajo y su carrera. El caso Epstein no muestra la 'maldad
de las élites', sino el funcionamiento normal de un sistema en el que el
poder protege al poder, los medios de comunicación controlan la opinión
pública, la cultura popular justifica a sus ídolos exitosos y los niños
son material de consumo.
Esta monstruosidad es banal, repetitiva y reproducible.
La
famosa película del director de cine italiano Pier Paolo Pasolini 'Saló
o los 120 días de Sodoma' no trata sobre las perversiones, como la
mayoría piensa.
Es un retrato del poder del capitalismo, el que siempre muta en fascismo, donde las élites se encierran en un espacio oculto,
las personas se reducen a sus funciones exigidas por la autoridad y la
violencia es natural. El poder fascista es representado por el duque, el
obispo, el magistrado y el presidente, que reflejan distintas caras de
la descomposición del sistema. Pasolini muestra la total perversión de
los valores morales proclamados como el único camino de esta falsa e
hipócrita sociedad que niega y desprecia cualquier destello de una
espiritualidad verdadera.
En
'Saló' tenemos una villa, la seguridad, la desconexión del mundo
exterior y la impunidad absoluta. En el caso de Epstein, es una isla
privada, los aviones, las mansiones, lagunas legales y todo lo demás,
que coincide hasta en los detalles más mínimos. La normalización
rutinaria del horror en 'Saló' se realiza a través de la cena, la
historia, el castigo y otra vez la cena. En el caso de Epstein, es a
través de los masajes, los pagos, los regalos, los vuelos, y la
repetición de los actos. Y en ambos casos, las violaciones no son más
que un procedimiento administrativo ritual.
La
estetización del crimen es un arma aparte: la música, la amabilidad,
los ambientes ordenados y distinguidos, las conversaciones intelectuales
en 'Saló'; y la caridad, las universidades, la filantropía y el glamur
en el caso Epstein obedecen a su único objetivo: hacer que la pesadilla
se vea decente y aceptable para que ninguno de los espectadores
sensibles, Dios no lo quiera, se indigne antes de tiempo. Es importante
que, en ambos casos, las élites actúen de forma colectiva y no como
individuos. En 'Saló' no existe un principal culpable, igual que en el
caso Epstein también es evidente que el financista estadounidense no
podía actuar solo, lo cubrían, usaban y aprovechaban miles de poderosos
mientras se podía, es decir, hasta su muerte, cuando la responsabilidad
de los demás se diluyó.
Muchos
calificaron la película 'Saló' de insoportable. El problema es que
Pasolini llamó a las cosas por su nombre, mientras que la realidad del
caso Epstein está inundada de eufemismos: "relaciones inapropiadas",
"contactos controvertidos", "acusaciones", etc. La película de ficción
de 1975 nos expone mejor las noticias de hoy. Incluso en su tiempo y en
las décadas siguientes, esta película, a pesar de no tener ninguna
escena explícita, escandalizaba a las mismas generaciones consumidoras
de Playboy y pornografía, moralistas hipócritas que se vieron retratados
en las escenas del filme.
La
analista colombiana Ana Lucía Calderón compara esta historia con otra,
la del barrio de Bronx en el centro de Bogotá, ocurrido hace 10 años.
Cuando el Ejército entró a Bronx, se vieron prácticamente las mismas
realidades descritas en los expedientes del caso Epstein: prostitución
infantil, tráfico de drogas, esclavitud, torturas, asesinatos, horror
total. Todo, como siempre, bajo control del crimen organizado a servicio
de los poderosos, a su vez controlados por el poder supremo, grupos
oligarcas, los tres poderes de Estado y su eterno aliado estratégico:
los gobiernos de EE.UU.
Después de una descripción de la naturaleza y similitud entre ambos casos, Calderón concluye: "…Nadie
está viendo el trasfondo que trae consigo este tema. Después de poner
en todos los medios de comunicación día y noche, horrores y
padecimientos, al igual que lo hicieron con los bombardeos en Gaza,
saltan sesos por aquí, tripas por allá, en un par de semanas la gente
anestesiada ya no reacciona más. Eso es lo verdaderamente aterrador. Se
legitima el crimen, el exterminio, el saqueo, la violación. No hay
alteración social, ¿de qué?, si es que las chicas jóvenes se publicitan
en Instagram para ir a Arabia Saudí o a Emiratos Árabes a las orgías y a
comer caca de los jeques. Si las redes están llenas de chicas invitando
a otras, contando sus experiencias que "valen la pena" porque reciben
mucho dinero. Todo se habla abiertamente, nadie siente vergüenza de
exponer su intimidad en las redes, pero sí de mirar a los ojos a otra
persona y tomar su mano. Se destapa todo esto cuando ya no tendrá
repercusión popular ni ninguna censura moral. Esto ya no asombra a nadie
y como la política de violación de soberanía nacional, tampoco.
Simbólicamente la violación a una persona o a un pueblo da lo mismo y se
compensa con dinero. Acostumbrémonos, ese es el mundo que construimos,
gracias a la inexistencia de otra opción colectiva de la fantasía."
Temo
que cualquier otra lectura de esta realidad abra las puertas a una
pesadilla mucho más generalizada y esta vez irreversible. Jeffrey
Epstein sigue vivo y desde el cerrojo del infierno sigue observando,
satisfecho, nuestra ignorancia e indiferencia.