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mercredi 14 janvier 2026

Una guía integral del imperialismo en la agresión a Venezuela

Alejandro Pedregal, columnista de la revista española El Salto 

El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, a manos del imperialismo estadounidense marca una nueva y gravísima escalada en la agresión sostenida contra la soberanía de Venezuela. Lejos de tratarse de un hecho aislado o excepcional, este episodio se inscribe en una ofensiva prolongada que combina guerra económica y financiera, deslegitimación política, coerción militar y producción de consenso mediático y hegemonía cultural. 

Frente a la confusión informativa, la propaganda y la proliferación de narrativas especulativas, este artículo propone un marco de análisis para comprender la lógica estructural del imperialismo contemporáneo y situar este ataque en el contexto del asedio que Venezuela viene sufriendo desde hace décadas.

Imperialismo y sistema-mundo capitalista: un marco de análisis

Desde la perspectiva del análisis de sistemas-mundo, el capitalismo no se entiende como una suma de economías nacionales aisladas, sino como una totalidad histórica estructurada por relaciones jerárquicas de dominación y dependencia, articuladas a través del intercambio desigual. 

En este marco, el imperialismo no constituye una deformación coyuntural ni el resultado excepcional de crisis o guerras concretas, sino la dimensión constitutiva del sistema-mundo capitalista, inseparable de su lógica histórica de expansión y de su necesidad permanente de acumulación a escala global.

El imperialismo puede definirse, así, como el modo jerárquico mediante el cual se organiza la captura, transferencia y apropiación del valor en el mundo. Este proceso se basa en la subordinación estructural de unas sociedades a otras dentro de una división internacional de la producción y el trabajo que separa a los países que no retienen el valor que producen de aquellos que lo capturan y concentran gracias al intercambio desigual. 

Esta jerarquización configura los polos clásicos del sistema —centro y periferia, o Norte y Sur global—, así como espacios intermedios de semiperiferia, donde coexisten dinámicas contradictorias de apropiación y dependencia. El imperialismo, en este sentido, segrega y ordena el mundo para garantizar la acumulación de capital, apoyándose en la extracción barata de trabajo, bienes materiales y energía, y en la externalización sistemática de costes hacia la periferia.

Lejos de reducirse a la dominación militar directa o al control territorial, el imperialismo contemporáneo opera como un sistema integrado que articula distintas esferas de la vida social

Lejos de reducirse a la dominación militar directa o al control territorial, el imperialismo contemporáneo opera como un sistema integrado que articula distintas esferas de la vida social. La dominación económica —basada en el control de los flujos de valor, el endeudamiento, las sanciones o el acceso a los mercados— se ve reforzada por instrumentos políticos y diplomáticos, por la amenaza o el uso efectivo de la coerción militar, y por formas de hegemonía cultural y mediática que contribuyen a legitimar el orden existente en el imaginario social. 

Estos ámbitos no funcionan de manera compartimentada, sino que se combinan y retroalimentan en distintos grados de coerción y consenso, buscando un equilibrio que permita naturalizar la subordinación imperialista y normalizar la captura de valor como un hecho inevitable o incluso deseable.

La participación activa de los Estados es clave en esta arquitectura de dominación. A través de marcos legales, acuerdos internacionales, dispositivos diplomáticos y, llegado el caso, el uso de la fuerza militar, se crean las condiciones para que las corporaciones transnacionales y las entidades financieras concentren la mayor parte de los beneficios del comercio global. 

En este contexto, puede hablarse de Estados imperialistas, fundamentalmente situados en el centro del sistema-mundo capitalista, frente a otros Estados cuya inserción estructural es de dependencia, independientemente de sus proyectos políticos internos o de sus aspiraciones de desarrollo. Las distintas fases históricas del imperialismo —colonial, neocolonial y neoliberal— muestran continuidades y rupturas en estas formas de dominación, generalmente asociadas a periodos de hegemonía de potencias concretas, siendo Estados Unidos el actor central del imperialismo contemporáneo.

Este marco permite analizar el caso venezolano no como una anomalía ni como un conflicto estrictamente interno, sino como una expresión concreta de las tensiones del sistema-mundo capitalista y de las formas contemporáneas de agresión imperialista. 

Las dinámicas económicas, políticas, diplomáticas, mediáticas, culturales y militares que han atravesado Venezuela en las últimas décadas, hasta desembocar en la abierta intervención militar de estos días contraria al derecho internacional, solo pueden comprenderse plenamente si se las sitúa dentro de esta lógica estructural de dominación, captura de valor y disciplinamiento de la periferia.

Venezuela en el engranaje del imperialismo contemporáneo

Situar el caso venezolano dentro del marco del sistema-mundo capitalista implica abandonar explicaciones excepcionalistas o moralizantes y entenderlo como una expresión concreta de las dinámicas estructurales del imperialismo contemporáneo. 

Lejos de tratarse de un mero conflicto bilateral, de un “fracaso interno” o de una supuesta “deriva autoritaria”, la agresión sostenida contra Venezuela debe leerse como parte de un proceso de disciplinamiento de la periferia en un contexto de crisis, reconfiguración geopolítica y declive relativo de la hegemonía estadounidense.

Desde el inicio del proceso bolivariano, la soberanía venezolana fue objeto de una confrontación sostenida por parte del imperialismo estadounidense y sus aliados regionales. Ya durante la presidencia de Hugo Chávez (1999–2013), esta ofensiva adoptó múltiples formas que anticipan los mecanismos hoy desplegados contra Venezuela. El golpe de Estado de abril de 2002 —respaldado por sectores empresariales, mediáticos y militares, y legitimado de facto por Washington— marcó un punto de inflexión, seguido pocos meses después por el paro petrolero de 2002–2003, un sabotaje económico dirigido a paralizar PDVSA y asfixiar al Estado venezolano. 

A estos episodios se sumaron operaciones de desestabilización política y financiera, como el financiamiento de la oposición a través de agencias estadounidenses (USAID y NED), la presión internacional durante el referéndum revocatorio de 2004, y la detección de tramas paramilitares vinculadas a Colombia, como la llamada Operación Daktari en 2004. 

En las últimas décadas (y de forma particularmente intensa desde mediados de los años 2010) Venezuela ha sido objeto de un incremento en esta estrategia multiforme de dominación,

Estos hechos se inscribieron, además, en un entorno regional crecientemente militarizado, con la expansión de la presencia estadounidense en Colombia y la realización de ejercicios militares que simulaban escenarios de intervención en Venezuela, que incluyen el precedente de la Operación Balboa en 2001, liderada por España en coordinación con Colombia, Panamá y Estados Unidos. 

Paralelamente, se consolidó una guerra mediática internacional orientada a erosionar la legitimidad del gobierno bolivariano y a preparar el terreno simbólico para formas más abiertas del uso de la fuerza. Lejos de constituir episodios aislados, estos precedentes revelan una estrategia prolongada de injerencia que combina presión económica, conspiración política, amenaza militar y disciplinamiento discursivo, y que encuentra su continuidad —con medios más radicalizados— en la fase actual de agresión imperialista contra Venezuela.

Así pues, en las últimas décadas —y de forma particularmente intensa desde mediados de los años 2010— Venezuela ha sido objeto de un incremento en esta estrategia multiforme de dominación, en la que se han combinado sanciones económicas, asfixia financiera, deslegitimación diplomática, operaciones de desestabilización política, amenazas militares, acciones encubiertas y una intensa guerra mediática y cultural. 

Esta articulación de instrumentos responde con claridad a los automatismos del imperialismo descritos anteriormente: un equilibrio relativo entre coerción y consenso destinado a forzar un cambio de régimen con el fin de imponer la sumisión del país a los circuitos de acumulación del capital global.

El eje económico ha sido central en esta ofensiva. Tras la desestabilización interna provocada por las guarimbas en 2014 —que acompañaron al incremento de la financiación directa de Estados Unidos a la oposición—, desde 2015, y de forma cualitativamente más agresiva a partir de 2017 y 2019, las sanciones unilaterales estadounidenses, contrarias al derecho internacional, no solo han castigado severamente la capacidad del Estado venezolano para comerciar, financiarse y sostener políticas públicas, sino que han funcionado como un mecanismo de guerra económica orientado a erosionar las condiciones materiales de reproducción social. 

Las sanciones financieras impuestas en 2017 bloquearon el acceso a los mercados internacionales de crédito e impidieron la refinanciación de la deuda, mientras que el embargo petrolero de facto instaurado en 2019 contra PDVSA, acompañado de la confiscación de activos estratégicos en el exterior, profundizó el colapso de los ingresos públicos y de la capacidad de importación del país.

Estudios del Center for Economic and Policy Research (CEPR) estimaron que, solo entre 2017 y 2018, las sanciones contribuyeron a 40.000 muertes evitables en Venezuela

Las consecuencias materiales de este estrangulamiento han sido ampliamente documentadas. Estudios del Center for Economic and Policy Research (CEPR) estimaron que, solo entre 2017 y 2018, las sanciones contribuyeron a 40.000 muertes evitables, al restringir el acceso a alimentos, medicamentos, insumos hospitalarios y servicios básicos, mientras otros estudios elevaron esta cifra a más de 100.000 hasta 2020. Informes de agencias de Naciones Unidas han constatado el deterioro sostenido de los indicadores de salud, nutrición y mortalidad infantil y materna en el contexto del colapso económico inducido. 

En 2018, un funcionario del propio Departamento de Estado de Estados Unidos reconocía abiertamente el objetivo de esta política al afirmar que las sanciones habían forzado a Venezuela a entrar en default y que el “colapso total” era la prueba de que la estrategia estaba funcionando.

Este proceso de asfixia económica ha ido acompañado de una desposesión financiera directa, en la que han participado activamente instituciones de los países centrales. El caso del oro venezolano retenido por el Banco de Inglaterra resulta particularmente ilustrativo. Bajo el argumento de “no saber quién es el gobierno legítimo”, el Reino Unido se negó a devolver reservas soberanas pertenecientes al Estado venezolano, incluso en plena emergencia del covid. De forma paralela, activos estatales por valor de decenas de miles de millones de dólares fueron congelados en el exterior, y empresas estratégicas como Citgo quedaron bajo control judicial en Estados Unidos, privando al país de recursos fundamentales.

Este eje económico se articuló con una ofensiva política y diplomática destinada a negar la soberanía venezolana en el plano internacional. Tras el desconocimiento de las elecciones presidenciales de 2018, en enero de 2019 se produjo el reconocimiento inmediato por Estados Unidos, la Unión Europea y otros aliados de Juan Guaidó como autoridad paralela, sin haberse presentado ni tan siquiera a las elecciones presidenciales. 

Esto sería acompañada, un mes después, de un intento de entrada desde la frontera colombiana bajo el pretexto de la “ayuda humanitaria”. Estos episodios pusieron de manifiesto el papel desempeñado por gobiernos, organismos multilaterales y alianzas regionales en la elaboración de un consenso internacional para el cambio de régimen y la intervención, normalizando una interpretación notablemente elástica de la legalidad internacional en favor de los intereses del hegemón.

Cuando estas herramientas no produjeron los resultados esperados, la lógica imperialista recurrió a formas de acción más directas. En agosto de 2018 tuvo lugar el intento de asesinato de Nicolás Maduro

Cuando estas herramientas no produjeron los resultados esperados, la lógica imperialista recurrió a formas de acción más directas. En agosto de 2018 tuvo lugar el intento de asesinato del presidente Nicolás Maduro mediante drones con explosivos. En años posteriores, se intensificaron los despliegues navales estadounidenses en el Caribe, con incursiones mercenarias como la Operación Gedeón en mayo de 2020 y las recientes operaciones de interdicción bajo el argumento de la “guerra contra el narcotráfico”, que ha resultado en el asesinato extrajudicial y sin pruebas de más de un centenar de personas, de las que se sabe que muchas de ellas eran simples pescadores artesanales de la zona. 

En este contexto, la declaración del fentanilo como “arma de destrucción masiva” o la criminalización del Estado venezolano mediante narrativas como la del llamado Cartel de los Soles cumplieron con la función de construir un marco moral que legitimara la violencia imperialista ante la opinión pública. Resulta revelador que esta última acusación haya sido eliminada al iniciarse las audiencias judiciales contra Maduro, evidenciando su carácter instrumental y propagandístico.

Por supuesto, este dispositivo coercitivo no se sostiene únicamente mediante la fuerza. La producción de consenso ha sido igualmente clave. Para ello, ha proliferado la promoción internacional de liderazgos opositores, y los reconocimientos y dispositivos simbólicos de legitimación por medio del uso de premios institucionales, desde el Premio Sájarov de la Unión Europea a los ultraderechistas María Corina Machado y Edmundo González Urrutia hasta el Premio Nóbel a la primera o el novedoso sainete del Premio de la Paz de la FIFA a Donal Trump. 

A ello se ha unido una cobertura mediática sistemáticamente sesgada —con la reiteración acrítica de términos como “dictador”, “tirano”, “autárquico” o “régimen” en prensa generalista tanto como en prensa rosa o deportiva— para configurar una estrategia cultural destinada a naturalizar la intervención y a presentar el cambio de régimen como una causa deseable, humanitaria e incluso pacífica. Como en otros escenarios históricos, la hegemonía cultural funciona aquí como complemento indispensable de la coerción financiera y militar, haciendo de la agresión una parte central del sentido común político.

El crudo pesado venezolano adquiere una importancia específica, ya que podría servir para complementar las limitaciones del crudo ultraligero procedente del fracking estadounidense

Pero detrás de esta ofensiva no hay solo una voluntad de disciplinamiento, castigo o dominio en términos abstractos. Venezuela ocupa un lugar estratégico en la geografía material del capitalismo global, especialmente por sus reservas energéticas. Aunque el petróleo venezolano es ultrapesado y costoso de refinar, su relevancia no puede evaluarse al margen de la configuración actual del mercado energético global. 

Venezuela concentra unas de las mayores reservas probadas de crudo del planeta —en torno a los 300.000 millones de barriles, mayoritariamente en la Faja del Orinoco—, un volumen comparable o incluso superior al de grandes productores como Arabia Saudí o Irán, aunque sometido a condiciones geológicas y técnicas complejas. La fuerte caída de la producción —hoy situada en torno a los 900.000–1.100.000 barriles diarios frente a los más de tres millones alcanzados en su pico histórico—, respondería al efecto de las sanciones en la asfixia financiera del país y el consecuente deterioro deliberado en inversión e infraestructuras. 

En este contexto, el crudo pesado venezolano adquiere una importancia específica, ya que podría servir para complementar las limitaciones del crudo ultraligero procedente del fracking estadounidense que se estima insuficiente por sí solo para abastecer la demanda de diésel y otros destilados medios. Además, este petróleo venezolano encaja con la capacidad instalada de las grandes refinerías del Golfo de México, diseñadas precisamente para procesar crudos densos y con alto contenido en azufre. 

A ello se suma un factor logístico nada menor: la proximidad geográfica —unas 1.500–2.000 millas náuticas frente a las 8.000–10.000 desde Oriente Medio— reduce los costes de transporte (y, por tanto, de uso de crudo) y los riesgos de exposición a los potenciales cuellos de botella estratégicos en Ormuz, Suez o Bab el-Mandeb, en un escenario de creciente inestabilidad global. 

Esta combinación de reservas, calidad del crudo, infraestructura de refinación y geografía explica por qué el control territorial y logístico del petróleo venezolano, sin ser el único, sigue siendo un elemento de peso en las disputas geoeconómicas contemporáneas, más allá de los relatos coyunturales con los que se intenta justificar la agresión. Pero es que además, el control de estos recursos no solo tiene implicaciones energéticas, sino también financieras y monetarias, al ser parte de una política destinada a reforzar el papel del dólar en el comercio internacional energético con el fin de apuntalar una hegemonía en crisis.

Venezuela aparece como una plaza clave en un repliegue táctico más amplio de Estados Unidos hacia sus esferas de influencia (que incluye el esfuerzo por disciplinar a Europa, Japón y Corea del Sur)

En este sentido, Venezuela aparece como una plaza clave en un repliegue táctico más amplio de Estados Unidos hacia sus esferas de influencia (que incluye el esfuerzo por disciplinar a Europa, Japón y Corea del Sur), en un momento de transformación, combustión y disputa estratégica a escala mundial. 

No se trata únicamente de renovar la Doctrina Monroe por medio del “Corolario Trump” para reafirmar el viejo “patio trasero” —como los imperialistas estadounidenses menosprecian a América Latina—, sino de consolidar posiciones frente a posibles competidores sistémicos al tiempo que se afianzan dependencias y liberan recursos para el eje central de la confrontación geopolítica contemporánea. El caso venezolano, lejos de ser marginal, se inscribe así en el corazón de las contradicciones del imperialismo en su fase actual, cuando el centro del mismo percibe que ha perdido el control hegemónico sobre el resto.

Hechos frente a conspiraciones: la obligación estratégica de la información frente a la confusión mediática imperialista

El recorrido hasta aquí realizado permite extraer una conclusión fundamental: sin herramientas de análisis estructural, las agresiones imperialistas aparecen como hechos medio confusos, excepcionales o a veces inexplicables, que incluso parecen ser producto de actitudes magolómanas o ataques psicóticos. En realidad, responden a patrones históricos bien conocidos. 

Comprender el imperialismo como un sistema, y no como una suma de excesos, errores o conspiraciones aisladas, no es un ejercicio intelectual abstracto, sino una condición política imprescindible para poder identificar al agresor, nombrar la violencia y articular respuestas colectivas.

En contextos de crisis, zozobra y desinformación, esta tarea se vuelve aún más urgente. La ofensiva imperialista no se libra únicamente en los planos económico, diplomático o militar, sino también en el campo de la producción de conocimiento. 

Lo que circula masivamente en esos momentos no es información neutral, sino, en el mejor de los casos, propaganda: relatos diseñados para desorientar, fragmentar, sembrar sospechas y desplazar el foco desde los hechos comprobables hacia un terreno pantanoso de especulación permanente. 

El último de ellos ha sido el destinado a deslizar la posibilidad de que la hasta ahora vicepresidenta, y ahora presidenta encargada, Delcy Rodríguez, haya sido la figura que ha traicionado a Nicolás Maduro. Sin pruebas, sin datos, sin nada, la acusación ha permeado los debates de buena parte de una supuesta izquierda en redes sociales que, a merced de los algoritmos, que ni tan siquiera se ha atrevido cuestionar el origen de la tesis, a pesar haber sido propagada de manera profusa por el propio Donald Trump, los servicios de inteligencia estadounidenses y medios con sede en Miami. Esto pone en evidencia que, cuanto mayor es la capacidad de difusión mediática del hegemón, más eficaz resulta su estrategia de desinformación y confusión. 

Frente a una agresión imperialista que hace apenas unas décadas habría provocado movilizaciones masivas, hoy asistimos con demasiada frecuencia a una sustitución del análisis por teorías conspirativas recicladas

La especulación sin pruebas, la amplificación acrítica de narrativas fabricadas en centros de poder hostiles y la obsesión por tramas opacas terminan haciendo el juego al imperialismo, debilitando la capacidad de denuncia, erosionando la confianza política y fragmentando a quienes deberían estar construyendo respuestas comunes. 

Allí donde se necesita claridad, unidad y fuerza, se introduce confusión, sospecha y parálisis. No se trata de negar la complejidad de los procesos ni de clausurar el debate, sino de poner en cuarentena las narrativas que responden a intereses imperiales evidentes y de no convertir la incertidumbre en un mercado de rumores. La historia del imperialismo demuestra que su mayor eficacia no reside solo en la violencia que ejerce, sino en su capacidad para desarmar políticamente a sus adversarios, incluso desde posiciones que se reclaman críticas o de izquierdas.

Efectivamente, frente a una agresión imperialista que hace apenas unas décadas habría provocado movilizaciones masivas, hoy asistimos con demasiada frecuencia a una sustitución del análisis por teorías conspirativas recicladas, a menudo, como hemos visto, procedentes de los mismos aparatos mediáticos y de inteligencia que han impulsado históricamente las campañas de desestabilización contra Venezuela y otros países del Sur global. 

Frente a ello, recuperar el análisis materialista, atender a las estructuras, identificar los intereses en juego y sostener una crítica anclada en hechos verificables no es una opción más entre otras, sino una obligación estratégica. En un mundo atravesado por una crisis sistémica de extraordinarias dimensiones y por la consecuente intensificación de las agresiones imperialistas, el rigor y la disciplina intelectuales no son ningún lujo, sino una forma de resistencia activa y una condición imprescindible para reconstruir la solidaridad internacional y la acción colectiva que agresiones como las que estamos experimentando exigen.

Por ello, conviene centrarse en los hechos que conocemos. Es decir, las sanciones, el saqueo de activos, las amenazas militares, las operaciones encubiertas, la violencia económica sistemática y, por supuesto, el secuestro del presidente constitucional y su esposa en contra del derecho internacional —en tiempos en que cada vez queda más en evidencia que tal derecho apenas ha parecido serlo mientras le ha servido al hegemón para sostener el control global—. 

Es por medio de estos hechos corroborables que evitamos el fango de la opinión infundada y nos podemos centrar en lo que en este momento resulta esencial: denunciar la flagrante violación estadounidense de la soberanía de Venezuela, exponer la amenaza que esto representa para el resto del mundo y, consecuentemente, exigir la inmediata liberación de los ciudadanos venezolanos Nicolás Maduro y Cilia Flores.

samedi 10 janvier 2026

Madrid: ¿el Miami de la oligarquía venezolana?

Fuente https://esrt.space/opinion/carmen-parejo/522785-madrid-miami-oligarquia-venezolana?
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Madrid: ¿el Miami de la oligarquía venezolana?

Edmundo González llegó a España el pasado 8 de septiembre tras un acuerdo en el que participaron tanto el Gobierno español como el venezolano. La llegada de González se produjo en medio de un uso partidista interno de la cuestión de Venezuela en el Reino de España.

En pocos días, hemos visto como se llevaba a cabo una votación inaudita en el Congreso de los Diputados de España para reconocer a González como presidente de Venezuela, pese a que ni siquiera el abogado del político venezolano había solicitado tal reconocimiento y teniendo en cuenta, además, el absurdo de que el Parlamento de un país pretenda determinar quién es el presidente de otra nación. A su vez, tanto el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, como destacados líderes de la oposición, como el expresidente, Mariano Rajoy, se reunieron con el excandidato opositor de Venezuela en estos días.

El caso de González no es una novedad, el político se une a otros venezolanos opositores que se han instalado en los últimos años en Madrid. Los casos más conocidos son el de Leopoldo López, responsable de la 'Operación La Salida', condenado en Venezuela por su responsabilidad en la muerte de 43 personas; su mediática esposa Lilian Tintori; Julio Borges o Antonio Ledezma, entre otros.

Durante años en los medios españoles se han publicado diversos artículos en los que destacaban un "desembarco" de fortunas latinas en la capital del reino, donde es recurrente señalar que el fenómeno tiene un claro impulsor: el clan venezolano de los Capriles, familia del excandidato opositor Henrique Capriles, y su ascendente influencia en el mercado inmobiliario del lujo.

La familia Capriles se afianzó en Venezuela, a través del control sobre medios impresos, tales como Últimas noticias o El Mundo, que dominaron durante mucho tiempo el mercado mediático venezolano. A su vez, se hicieron con un jugoso negocio inmobiliario centrado en oficinas y apartamentos de lujo en la ciudad de Caracas. Su llegada a España se produjo en 2013, aprovechando que muchos venezolanos acaudalados se marcharon del país una década antes tras la victoria de Hugo Chávez y el triunfo de la Revolución Bolivariana.

La familia Capriles se hizo con un jugoso negocio inmobiliario centrado en oficinas y apartamentos de lujo en la ciudad de Caracas.

El despertar del pueblo venezolano también conllevó un despertar para la oligarquía del país, que se trasladó a España con el fin de hacer negocios en terrenos que consideraron más amables.

Exiliados ricos

A mediados de 2022, The New York Times publicó un artículo firmado por su corresponsal en España, Raphael Minder, donde aseguraba que Madrid definitivamente había desbancado a Miami como destino preferido por los latinoamericanos ricos. Este texto señalaba que esta movilización de las oligarquías latinoamericanas se debía a los cambios políticos producidos en la región, inventando un novedoso concepto: "exiliados ricos".

Ante eso, debemos preguntarnos: ¿por qué la riqueza es considerada un motivo para el exilio? El medio estadounidense también atendía a esta cuestión y presentaba dos ejemplos: los colombianos ricos que previsiblemente se marcharían del país si se producía una victoria de Gustavo Petro, debido a que este había planteado subir los impuestos; y también advertían que el mensaje de Gabriel Boric en Chile que hablaba sobre favorecer una sociedad más igualitaria, también habría hecho sonar las alarmas.

Los ricos son muy sensibles a que se limite su acción expoliadora, pero España tiene la solución: con una inversión inmobiliaria de 500.000 euros, obtienes una visa dorada y todas las facilidades para engordar tu cartera en territorio español.

No deja de ser contradictorio, aunque no sorprendente, observar cómo los habituales voceros políticos de una oportunista campaña contra la inmigración y los cambios demográficos que de ella se derivan, no vean mayor problema en privilegiar con leyes la llegada masiva y el control efectivo sobre barrios enteros que estos multimillonarios están provocando, con consecuencias sociales concretas como el encarecimiento de la vivienda y la expulsión de gran parte de la población de las ciudades.

Venezuela llama a consultas a su embajadora en España

No podemos dejar de advertir que el interés de estos voceros en enfrentar emociones a través de los fenómenos migratorios, finalmente, solo es una performance que busca enfrentar a pobres contra pobres. Su racismo también es una cuestión de clase. Entre ellos se reconocen y se protegen. Ojalá, desde el otro lado, también tuviésemos claro a quién debemos proteger y, en este caso, a quién no.

Otro sector que se ha visto afectado en relación a la llegada del "exilio rico" venezolano, ha sido la banca, donde destaca la figura de Juan Carlos Escotet, banquero hispano-venezolano.

Escotet se inicia bajo la protección del banquero nacido en Cuba Orlando Castro, y gracias a la renta petrolera venezolana y las ventajas que ofrecía pertenecer al grupo de banqueros cercanos al gobierno de Carlos Andrés Pérez, su ascenso fue rápido, con la fundación del banco BANESCO y convirtiéndose ya durante la década de los 90 en uno de los hombres más ricos de Venezuela.

Tras la crisis de las cajas de ahorro en España, el gobierno gallego, dirigido por Alberto Núñez Feijóo, en la actualidad máximo dirigente del Partido Popular a nivel estatal, decidió la fusión de CaixaNova y Caixa Galicia, dando paso a NovaCaixaGalicia. Esta operación, que costó 9.000 millones en ayudas públicas, acabó en 2013 con una intervención estatal y la venta a Juan Carlos Escotet, por solo 1.000 millones de euros, dando paso a la creación de ABANCA.

¿Grupo de presión interno?

Sin embargo, sería inocente creer que el poder que han ido adquiriendo estos grupos, dentro de sectores tan sensibles como es el mercado inmobiliario o la banca, no esté suponiendo a su vez la consolidación de un grupo de presión interno que afecta a la política doméstica en España.

Leopoldo López Gil, el padre de Leopoldo López, en 2019 se convirtió en eurodiputado de la mano del Partido Popular. A su vez, en 2016, la familia Capriles entró a formar parte de la administración de la sociedad detrás del medio de comunicación The Objective, que ha ganado cierta relevancia en los últimos meses por su campaña, muchas veces a través de la creación de bulos contra el gobierno de Pedro Sánchez, según denunció en una investigación en Diario Red el periodista Román Cuesta, en abril de este mismo año.

Los intereses detrás de haber aupado y dado la bienvenida a esta diáspora multimillonaria y bastante corrupta venezolana en España son evidentes: tratar de derrocar el proceso revolucionario en Venezuela. El Estado español aúna razones económicas, en relación con los intereses de las multinacionales españolas en Venezuela; y geopolíticas, por el temor de perder su capacidad de injerencia en la zona por el surgimiento de gobiernos populares soberanos.

Cuba y Miami

En 1959 llegaron a la ciudad de Miami políticos corruptos y policías torturadores que huían de los revolucionarios cubanos tras el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista. A la CIA y a EE.UU. también le interesó promocionar a estos grupos para crear desestabilización en Cuba y favorecer una intervención estadounidense. Ese es el origen de la mafia cubana de Miami que ha estado detrás de múltiples atentados terroristas y de actos de injerencia política tanto en Cuba, como en otros países latinoamericanos, pero, también dentro del propio EE.UU. 

La historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa.

Margarete Schütte-Lihotzky 1897-2000

Margarete Schütte-Lihotzky

 

Margarete Lihotzky fue la primera arquitecta austríaca, se graduó en 1918. Internacionalmente reconocida por el proyecto de la denominada cocina de Frankfurt en 1927. Recibió numerosos reconocimientos: en 1978 al mérito por la liberación de Austria; en 1980 el premio de arquitectura de la ciudad de Viena; en 1987 la medalla Prechtl del Politécnico de Viena y en 1997 la Cruz de Honor de oro, máximo reconocimiento de Austria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Margarete Schütte-Lihotzky tuvo una posición comprometida desde el comienzo de su carrera respecto a la sociedad y la responsabilidad de las personas que ejercen la arquitectura, posición que marcará tanto su vida profesional como personal.

Schütte-Lihotzky trabajó desde 1921 en el Secretaría de vivienda de Viena, con Adolf Loos como arquitecto jefe, proyectando viviendas y equipamientos domésticos. Ambos compartían la visión política y el interés en las estrategias economizadoras de la racionalización, como la reducción de los espacios de la vivienda a partir de la disminución funcional de sus componentes.

Desde sus inicios Schütte-Lihotzky dedicó gran esfuerzo a mejorar los espacios de los trabajos domésticos tanto desde la teoría, la política como el proyecto, consideraba que esclavizaban a las mujeres.

En 1925 Ernst May la convocó para trabajar en Frankfurt para que incorporara sus propias ideas y experiencias de racionalización de la organización doméstica al programa de vivienda popular. En los primeros proyectos, que comenzaron a construirse en 1926, se instalaron la que será conocida como “cocina de Frankfurt” en la que Schütte-Lihotzky aplica todos los conocimientos que ya tenía desarrollados para el ahorro de trabajo en la organización doméstica. La cocina transformó la vivienda moderna, estaba pensada a partir de la eficiencia en el trabajo diario, con superficies metálicas y azulejadas de fácil limpieza, la relación modular de las partes y los avances tecnológicos. La cocina era un sistema modular, el primero en la historia, para abaratar costes con sistemas de elementos de fabricación en serie y que permitía variar su conformación y medida dependiendo el tipo de vivienda en la que se colocara.


 

En los proyectos innovadores de Frankfurt fueron muy importantes las aportaciones de Schütte-Lihotzky sobre las necesidades derivadas de diferentes experiencia vitales, como mujeres solas o parejas jóvenes, abogando por viviendas con programas específicos, sin que esto significara la segregación en grupos homogéneos sino todo lo contrario. Ella y su marido, el arquitecto Wilhelm Schütte, casados en 1927, vivieron en una de los nuevos apartamentos para parejas jóvenes de la Siedlung Praunheim.

Margarete Schütte-Lihotzky y Ernst May fueron quienes más difusión realizaron sobre los principios de las nuevas edificaciones. En la revista Das Neue Frankfurt, fundada por May, y en revistas internacionales y conferencias Schütte-Lihotzky argumentaba que: en Frankfurt eran los ingresos de las personas y no los ideales formales los que determinaban los proyectos; la racionalización y fabricación en serie son necesarias para obtener alquileres más bajos; la racionalización de la organización doméstica sirve especialmente para tener más tiempo para la educación de hijos, la cultura, el tiempo libre y el deporte; para construir viviendas mínimas es necesario determinar la necesidad mínima de superficie por familia; siendo imprescindibles los servicios domésticos centralizados. Schütte-Lihotzky confiaba en la liberación de la mujer por medio de la racionalización y del ahorro del tiempo utilizado en las tareas domésticas. A pesar que desde la actualidad pudiéramos criticar que no hubiera planteado la ruptura del rol de la mujer como única responsable de las tareas domésticas, sus planteamientos fueron muy progresistas, generando uno de los progresos más significativos desde la arquitectura, tanto cualitativos como cuantitativos, para la mejora de la calidad de vida de las mujeres.

En octubre de 1930 Margarete y Wilheim dejan Frankfurt junto a Ernst May y 17 arquitectos más para seguir trabajando en las nuevas ciudades y conjuntos de vivienda de la Unión Soviética. Schütte-Lihotzky será la responsable de los proyectos de edificios para la infancia. Desde Moscú realizaron diversos viajes por la Unión Soviética, en 1934 se extendieron a China y Japón, coincidieron en éste con Bruno Taut y su mujer exiliados. En China, dieron una serie de conferencias y Schütte-Lihotzky por encargo del gobierno redactó los criterios rectores para los jardines de infancia.

A principios de 1937 la pareja Schütte-Lihotzky abandonan la Unión Soviética y en agosto de 1938 se trasladaron definitivamente a Turquía, para trabajar en la Academia de Bellas Artes de Estambul, y proyectar escuelas para el ministerio de educación, por intermediación de Bruno Taut. Allí Margarete Schütte-Lihotzky se unió a la resistencia austríaca, por lo que entrará en Austria de manera clandestina en 1940, siendo atrapada por la policía, y condenada a pena de muerte, permutada por 15 años de cárcel. Estuvo presa hasta la liberación de Viena en 1945. En 1985 publicó un libro que recoge sus su experiencia de la guerra desde la resistencia y la cárcel Erinnerungen aus den Widestand, 1938-1945.

En febrero de 1947 el matrimonio vuelve a Viena, donde ejercieron la profesión tanto en proyectos conjuntos como individuales, se separaron en 1951. Entre 1946 y su muerte en el año 2002, Margarete Schütte-Lihotzky, permaneció muy activa en la profesión, haciendo especialmente proyectos de viviendas y jardines de infantes; dando conferencias; participando en los dos primeros CIAM de la postguerra. Sin embargo, su compromiso con el socialismo hizo que no recibiera los encargos acorde a su experiencia y prestigio.

Fundó con Lina Loos la Unión de las Mujeres Democráticas de Austria, de la que fue nombrada presidenta en 1948, y desde 1969 presidenta honoraria. En el primer Congreso de la Federación Internacional de Mujeres Democráticas reclamaba: el mantenimiento del sueldo durante enfermedades de los hijos para mujeres trabajadoras; modificaciones del derecho conyugal [1] (modificado en Austria, en el sentido que ella reclamaba en 1976); el derecho a participar en la elección de los estudios y trabajo de los hijos; la condición de comunes de los bienes adquiridos durante el matrimonio; un día al mes para asuntos domésticos a las trabajadoras, y, entre otras, el reconocimiento de las labores de ama de casa como profesión.

Casi al final de su vida recibió numerosos reconocimientos, como el del mérito por la liberación de Austria en 1978; el premio de arquitectura de Viena en 1980; la medalla Prechtl del Politécnico de Viena en 1987 y la Cruz de Honor de oro, máximo reconocimiento de Austria, en 1997.

En su honor fue nombrada como Margarete Schütte-Lihotzky – Hof la primera experiencia de Frauen WerksStadt en Viena, promovida por Eva Kail en 1993, y de la que ella misma fue jurado del concurso. Este proyecto se basa precisamente en las mismas premisas que ella entendía de cómo desde la arquitectura, desde un programa de vivienda, se podía facilitar la incorporación en igualdad de oportunidades de las mujeres en el mundo público. El Master Plan fue ganado y realizado por Franziska Ullmann, los edificios fueron proyectados por ella, Elsa Prochazka, Gisela Prodeka y Liselotte Peretti.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Se ha de tener en cuenta que el derecho conyugal significaba en muchos casos la dependencia de la mujer al marido para optar a un trabajo, su incapacidad económica, etc.

Referencias

ALLMAYER-BECK, Renate “L’attività di Margarete Schutte-Lihotzky nelle’Ufficio per l’edilizia de Francoforte” en MINOLI, Lorenza Dalla Cucina alla Citta. Margarete Schütte-Lihotzky. Milano, Franco Angeli, 7ªed. 2008

BAUMGARTNER-HAINDL, Susanne “Il periodo in Unione Sovietica” en MINOLI, Lorenza Dalla Cucina alla Citta. Margarete Schütte-Lihotzky. Milano, Franco Angeli, 7ªed. 2008

LINDNER-GROSS, Marion “Vienna dopo il 1945: Architettura, politica e impegno per le donne” en MINOLI, Lorenza Dalla Cucina alla Citta. Margarete Schütte-Lihotzky. Milano, Franco Angeli, 7ªed. 2008

MINOLI, Lorenza Dalla Cucina alla Citta. Margarete Schütte-Lihotzky. Milano, Franco Angeli, 7ªed. 2008

SCHÜTTE-LIHOTZKY, Margarete Erinnerungen aus den Widestand, 1938-1945. Hamburg, Ed Chup Friemert, 1985 tr.italiana Ricordi della resistenza. La vida combattiva d’una donna architetto dal 1938 al 1945. Firenze, Alinea, 1997]

Sobre Frauen WerksStadt :

MONTANER, Josep Maria y MUXÍ, Zaida “Ciudad próxima: urbanismo sin género” en Arquitectura y política. Ensayos para mundosalternativos. Barcelona, Gustavo Gili, 2011.

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