No
quiero repetir lo obvio. Ya entienden por qué ardió Gaza, y por qué
nadie intervino. Ese fue el preludio de lo que está por venir. Ese fue
el despeje necesario del terreno previo a la entrada de la
infraestructura. Lo que importa ahora es el próximo cuarto de siglo.
Porque la Pax Judaica no es el clímax de la destrucción, es la
administración que le sigue.
Permítanme
exponerlo más despacio. El imperio en el siglo XXI no es territorial;
es rendimiento. Es la soberanía sobre los corredores. La ruta de Ben-Gurion no es una victoria simbólica, es singularidad logística.
Aquél que administre la nueva conexión Océano Índico-Mediterráneo se
convertirá, por definición, en el árbitro de la circulación global.
Entonces, ¿cómo serán los próximos 25 años una vez consolidada esa autoridad de ruta? Ni mesianismo, ni ideología, ni celebración, solo puertos.
Puertos que nunca duermen. Puertos que nunca piden permiso. Puertos que
no negocian seguridad, pertenencia ni agravios. Puertos que solo
verifican, registran y despachan.
Cuando
un corredor reemplaza a Suez, el mundo no celebra. El mundo calibra.
Los mercados de seguros reevaluan el riesgo del transporte marítimo.
Consorcios del Golfo reconectan terminales de combustible. India acelera
las cuotas de exportación de mano de obra. China extiende las licencias
de vigilancia con IA. Estados Unidos finge pérdida de memoria moral.
Todos participan porque todos quieren un pasaje. Eso es lo que PAX
significa aquí. No paz, sino flujo. Entonces, ¿quién vive dentro de este
fluir?
Ni israelíes, ni palestinos, ni
estadounidenses, ni egipcios, ni jordanos, sino trabajadores migrantes
que no son ciudadanos del pasaje que mantienen. Millones en las próximas
dos décadas:
-India para el trabajo pesado en los puertos.
-Filipinas para el mantenimiento médico de atención y custodia.
-China para la construcción.
-Vietnam para las tripulaciones rotativas de los muelles.
-Eratri y Pakistán para las brigadas de mantenimiento secundario.
No
protestarán porque no pueden. No están allí para pertenecer. Están allí
para que el flujo continue. Permítanme reformularlo. Pax Judeaica no
necesita lealtad. No necesita devoción patriótica. Necesita cuerpos
predecibles. Sin bagajes, sin votos, tranquilos.
Si
Suez era un cuello de botella del imperio, Ben-Gurion es el torrente
sanguíneo. La hemodinámica de la materia, no mapas [es lo que importa]. Y
eso es más difícil de derrocar porque no se puede bombardear la
circulación sin destruir el propio programa de importación. Así que el
gran genio geopolítico del corredor no es la coerción, sino la
necesidad. Se usará porque se debe hacer. Ahora bien, ¿qué impone esta
necesidad? Ni soldados, ni banderas, ni heroicos mitos bélicos, sino la
adjudicación por IA. Así es como se ven los años si los dividimos
claramente.
De 2030 a 2035:
aseguramiento
del armazón, finalización del hormigón, de la terminal oriental,
calibración de la toma de aguas profundas, Mar Rojo Mediterráneo,
Comienza el arbitraje de seguros. Suez se deprecia, pero
no colapsará. Se abrirán los primeros acuerdos de rotación laboral. Ninguna indignación, solo grúas.
De 2035 a 2040:
Integración
de la vigilancia. Etiquetado biométrico en todos los nodos de entrada.
Seguimiento de salarios mediante microchip para trabajadores no
ciudadanos. Barcos contenedores del océano Índico redirigidos por
mandato actuarial. Salas de logística con IA china integradas en todo el
software de la estación de descarga. En este punto, la Pax Judaica
dejará de ser nacional. Se convertirá en pura infraestructura.
De 2040 a 2045.
Disolución
de la soberanía. Egipto se convierte en un protectorado [ya
prácticamente lo es]. Jordania, una zona de amortiguación y de
recopilación de datos. Chipre se reconvertirá en muelle de contingencia
naval. Arabia Saudita da luz verde a los corredores de transferencia de
trabajadores bajo inmunidad tecnológica. Y todos contentos porque todos
se benefician. No de forma limpia, ni ética, sino fiable.
De 2045 a 2050.
Silencio
sepulcral. No hay guerra que protestar, solo retrasos en las rutas. La
gente solo protestará por el daño moral. Nadie protestará por el envío
incorrecto de cobalto. Así que para 2050, Gaza no estará reconstruida.
Gaza será reemplazada por una ciudadela comercial transnacional,
soberana; solo para circular, no vivir. Buscarán Palestina en los
mapas... y solo encontrarán puertos.
Permítanme
suavizar eso: Gaza no será borrada, no será olvidada, sino reemplazada
por la utilidad. La infraestructura hace que la memoria sea inviable. El
mundo no olvidará Palestina por malicia, sino por el cumplimiento de
horarios. Esa es la crueldad de la logística. Desplaza la historia no
prohibiéndola, sino funcionando más allá de ella.
Ahora
agreguemos la capa de servicios de inteligencia, porque importa. La Pax
Judaica no se basa en un mero corredor. Es un corredor más las redes de
custodia de élites. El Mossad no sería una agencia de espionaje en este
contexto. Es un sistema de garantía global de la integridad del
corredor. Multimillonarios de Silicon Valley, dinastías del Golfo,
financieros chinos... todos confían su continuidad a un trasiego
ininterrumpido. Por eso las denuncias terminan en los micrófonos. El
capital no trafica con el dolor. El capital trafica con la velocidad.
El
modelo de Epstein no fue una vergüenza, sino que era la arquitectura
misma. Mostró cómo las élites funcionan, no moral, ni culturalmente,
sino logísticamente. Todos deben pasar por los mismos puertos de
prestigio. Así que todos están vinculados.
Siguiente
capa: cumplimiento multipolar. La gente piensa que los ladrillos se
resistirán a la Pax Judaica. No, los BRICS se integrarán, porque las
rutas alternativas son demasiado caras. Rusia obtiene corredores
energéticos a través de la zona. China obtiene contratos de construcción
y participaciones accionariales silenciosas en el control del puerto
con IA. Las monarquías del Golfo obtienen personal aduanero.
Laurent Lévy publie aux éditions Arcane 17 un livre passionnant
sur l’élaboration, la mise en œuvre et l’échec, dans les années 1970,
d’une stratégie de « voie démocratique au socialisme » par le PCF : Histoire d’un échec : la stratégie « eurocommuniste » du PCF (1968-1978).
Nous donnons ici à lire de larges extraits de la partie de l’ouvrage
consacrée à l’abandon en 1976, lors du XXIIe Congrès de ce parti, de
l’expression « dictature du prolétariat ».
Laurent Lévy, Histoire d’un échec : la stratégie « eurocommuniste » du PCF (1968-1978), Arcane 17, 2025, 280 p.
Le cœur du XXIIe Congrès est […] de tracer les grandes
lignes de ce que serait le socialisme pour la France et les moyens d’y
parvenir. Mais ce qui en sera retenu comme étant le plus spectaculaire –
tant pour les observateurs extérieurs que dans la mémoire du parti
communiste lui-même – sera un point à bien des égards anecdotique, mais
qui réfracte plusieurs questions fondamentales. Ce sera […] ce qui
donnera au congrès son plus grand retentissement : « l’abandon de la
dictature du prolétariat ».
Bien que cette question presque symbolique ait ainsi été au cœur de la réception du XXIIe
Congrès, elle n’en constituait pas l’essentiel : ces mots étaient
absents de ses textes préparatoires, cela n’était donc, par hypothèse,
pas l’objet de la discussion prévue. Elle ne surgira que lorsque la
plupart des assemblées de cellules et bon nombre des conférences de
sections, et donc la discussion par la base communiste du projet de
résolution, auront eu lieu. Lors de la discussion par le Comité central
de l’avant-projet du texte à soumettre au congrès, aucune intervention
n’y avait souligné – pour l’approuver ou pour la désapprouver –
l’absence de l’expression « dictature du prolétariat ».
Il y avait d’ailleurs bien longtemps que le PCF ne l’utilisait plus
dans sa littérature, et sa disparition aurait parfaitement pu passer
aussi inaperçue que celle de « démocratie avancée ». On en trouvait
certes […] une occurrence dans le Manifeste de Champigny, au
terme d’un bref développement insistant sur le caractère démocratique et
temporaire de ce qui était ainsi désigné, mais elle n’était jamais
mobilisée dans les textes du Parti. En 1973, Le Défi démocratique
ne l’employait pas, et personne ne s’était ému de cette absence. […]
L’idée d’un abandon exprès avait déjà été formulée à deux reprises au
sein du Comité central, sans susciter de réaction : en 1974 par Henri
Fiszbin et en 1975 par Pierre Juquin.
Plus de trente ans plus tard, Charles Fiterman dira de cette notion :
« Elle constituait une sorte d’icône sur la cheminée dont il fallait se
débarrasser pour donner tout son sens à la démarche engagée »[1]. Et de fait, avant même d’être explicitement abandonnée, l’expression « dictature du prolétariat » avait de facto disparu. François Hincker, revenant un an plus tard sur cet « abandon », remarquera non sans pertinence :
« Il s’est creusé ainsi un écart béant entre ce qui était appris dans
les écoles du Parti – où la dictature du prolétariat tenait toujours
une certaine place – et la pratique politique où elle était
rigoureusement hors du champ non seulement des préoccupations
immédiates, mais aussi de l’horizon à atteindre. Le XXIIe Congrès a fait coïncider la théorie et la pratique[2]. »
L’absence de l’expression « dictature du prolétariat » dans le projet
de résolution n’était, cela dit, pas pour autant le simple résultat de
sa tombée en désuétude. Elle avait même, comme le racontera Pierre
Juquin, été soulignée par Jean Kanapa lorsqu’il avait présenté à la
commission chargée de le mettre au point la trame qu’il en avait
rédigée : « On pourrait même se poser – je ne propose pas d’en parler
maintenant – la question de la « dictature du prolétariat ». » Sa
remarque avait suscité le désaccord de plusieurs membres de la
commission, dont René Andrieu. Le silence du projet de résolution est
ainsi le fruit d’un compromis : pas d’emploi des mots « dictature du
prolétariat », mais pas d’abandon explicite. C’est au cours des débats
ultérieurs, dans les mois qui suivent, que le silence sera levé.
L’un des aspects remarquables de cet « abandon » est la manière dont
il a été proposé : au cours d’une émission de télévision, en réponse à
la question d’un journaliste. Cette question ne tombait pas du ciel :
elle faisait référence à une contribution en ce sens, parue le jour même
dans la tribune de discussion ouverte pour le congrès dans L’Humanité. Et cette contribution avait été suscitée par Pierre Juquin, qui regrettait le compromis du silence.
Il avait saisi l’occasion d’un débat organisé dans le cadre de la
préparation du congrès dans une ville de province, au cours duquel un
militant avait émis l’idée qu’il serait « illogique » de prétendre
accorder l’orientation de la résolution avec la « dictature du
prolétariat », pour lui suggérer de reprendre son raisonnement dans une
contribution écrite – qu’il se chargea de faire publier dans L’Humanité
le 7 janvier, jour où Georges Marchais était invité sur Antenne 2. Rien
n’était laissé au hasard : l’attention des journalistes avait été
attirée sur cette contribution particulière, et loin d’être pris au
dépourvu, le secrétaire général avait bien préparé sa réponse : « Eh
bien, oui, prolétariat, c’est trop étroit ; dictature, ça fait peur. Ce camarade a raison ! »
C’est ainsi cette réponse qui, d’une certaine façon, ouvrait le débat
et y mettait fin d’un même mouvement, compte tenu du poids que les
traditions du parti communiste donnent à la parole du secrétaire
général : les contributions sur cet abandon vont, après cette
déclaration publique, se multiplier dans la tribune de discussion et
dans la presse du Parti, et le 16 janvier 1976, le Comité central y
reviendra longuement dans une discussion à laquelle participent
plusieurs de ses membres, de toutes les générations. D’entrée de jeu,
toutefois, la ligne y est donnée, et c’est dans le rapport qu’il
présente lors de cette réunion que Georges Marchais l’affirme dans des
termes qui ne souffrent guère la discussion : « Le principe de la
dictature du prolétariat sera abandonné par décision du congrès. Le
projet de résolution sera amendé dans ce sens ».
Dans la discussion qui s’ensuit, François Billoux, ancien dirigeant
du Parti, proche de Thorez depuis la fin des années 1920, ministre à la
Libération, affirme que « la dictature du prolétariat ne correspond plus
à une réalité moderne », Henri Fiszbin voit un avantage politique à
l’abandon (sans rappeler qu’il avait déjà en vain exprimé cette idée),
en estimant qu’il permettra « de rallier un maximum de gens à l’union et
au PCF », Paul Boccara soutient l’abandon « du point de vue de la
théorie marxiste », Henri Krasucki considère la notion de dictature du
prolétariat « dépassée, parce que trop étroite » et « ne correspondant
plus à une réalité actuelle. » Outre le mot « dictature », celui de
« prolétariat » fait l’objet de remarques de la part de plusieurs
intervenants.
Réticences internes
Dans un rapport présenté le 22 janvier devant le Bureau politique,
Jean Kanapa avait fait le point de la discussion sur cette question dans
le Parti :
« Au niveau de la tribune, et compte tenu de ce que ce sont surtout
les « pas d’accord » qui écrivent le plus spontanément, nous comptions
hier matin 43 lettres pour le maintien de la dictature, 22 pour
l’abandon, 10 hésitants. Compte tenu de ce que j’ai dit, la proportion
est excellente. Naturellement, elle va se modifier au profit de ceux qui
veulent le maintien – puisque, déjà depuis une semaine, ce sont surtout
ceux qui ont été battus dans leur conférence de section ou fédérale qui
écrivent là-dessus comme un recours, d’ailleurs normal.
Au niveau des conférences fédérales, par contre, l’accord est unanime
au moment du vote. Plusieurs conférences jugent nécessaire de le
signaler dans leur résolution. […] Au cours des conférences de sections
et fédérales, quelques camarades […] souhaitent qu’on leur explique
clairement que le Parti ne renonce pas à son caractère révolutionnaire,
qu’il est bien résolu à lutter pour le socialisme, que la classe
ouvrière a bien le rôle dirigeant, qu’elle défendra son nouveau pouvoir.
Si ceci est bien expliqué, ils font confiance au Parti. Ceux qui
restent irréductiblement attachés à la dictature du prolétariat sont en
définitive très peu nombreux, et ils n’en font pas une question pour
leur appartenance au Parti, pour leur confiance dans le Parti. On peut
donc parler d’un accord quasi unanime. […] La discussion aura permis un
progrès important de l’assimilation de la politique du Parti pour la
masse du Parti (membres et cadres). C’est ce que nous voulions. »
Plusieurs passages de ce rapport méritent attention, car entre les
lignes, ils disent beaucoup sur le fonctionnement du Parti et la manière
dont la direction l’envisage. Le fait que deux fois plus de
contributions adressées à la direction pour la tribune de discussion
sont hostiles plutôt que favorables à l’abandon apparaît à Kanapa comme
de peu de signification, au motif que c’est généralement pour exprimer
un désaccord que l’on prend sa plume, et la proportion lui semble ainsi
encourageante.
Lorsqu’il évoque l’accord unanime, ou quasi unanime dans les
conférences fédérales, la manière presque paternaliste dont il parle des
militants est frappante : « ils souhaitent qu’on leur explique… », et
une fois qu’on l’a fait, « ils font confiance au Parti ». On ne peut
mieux exprimer le caractère descendant de la réflexion sur
cette question. Pire en un sens, pour une discussion de congrès, son
objectif déclaré semble être « l’assimilation de la politique du Parti
pour la masse du Parti (membres et cadres) », bien plus que son
élaboration.
L’abandon
Devant le congrès lui-même, le secrétaire général présente ainsi cet « abandon » :
« Si la « dictature du prolétariat » ne figure pas dans le projet de
document pour désigner le pouvoir politique dans la France socialiste
pour laquelle nous luttons, c’est parce qu’elle ne recouvre pas la
réalité de notre politique, la réalité de ce que nous proposons au pays.
[…] :
– Le pouvoir qui conduira la transformation socialiste de la société
sera le pouvoir de la classe ouvrière et des autres catégories de
travailleurs, manuels et intellectuels, de la ville et de la campagne,
c’est-à-dire de la grande majorité du peuple.
– Ce pouvoir se constituera et agira sur la base des choix librement
exprimés par le suffrage universel ; et aura pour tâche de réaliser la
démocratisation la plus poussée de toute la vie économique, sociale et
politique du pays.
– Il aura pour devoir de respecter et de faire respecter les choix démocratiques du peuple.
Contrairement à tout ceci, la « dictature » évoque automatiquement
les régimes fascistes de Hitler, Mussolini, Salazar et Franco,
c’est-à-dire la négation même de la démocratie. […] Quant au
prolétariat, il évoque aujourd’hui le noyau, le cœur de la classe
ouvrière. Si son rôle est essentiel, il ne représente pas la totalité de
celle-ci, et à plus forte raison l’ensemble des travailleurs dont le
pouvoir socialiste que nous envisageons sera l’émanation. Il est donc
évident que l’on ne peut qualifier de « dictature du prolétariat » ce
que nous proposons aux travailleurs, à notre peuple. »
Si l’explication proposée est limpide, on voit qu’elle est purement
rhétorique ; elle tient au sens pris dans l’histoire par chacun des deux
mots qui composent la formule, le mot « dictature » et le mot
« prolétariat », à ce qu’ils évoquent dans le langage commun et non à la
signification que donnait la théorie marxiste classique à l’expression
dans son ensemble. Lénine disait que le plus démocratique des États
bourgeois n’est que la dictature de la bourgeoisie, et que la
dictature du prolétariat serait plus démocratique que la plus
démocratique des démocraties bourgeoises. La théorie marxiste insistait
sur l’articulation dans ce concept d’une théorie de l’État et d’une
théorie des classes sociales.
Tout cela semble oublié, comme semble oubliée la notion de suspension
de la légalité bourgeoise : cela n’est pas l’objet du débat. Quels que
soient ses usages passés, le mot « dictature » est en somme devenu
synonyme de « tyrannie » ou de « despotisme », et le mot « prolétariat »
évoque désormais bien moins que le « peuple », et même que la classe
ouvrière ou les « travailleurs » autour desquels le rassemblement de
l’ensemble des couches sociales dominées par les monopoles capitalistes
doit se faire.
Un point frappant dans cette explication est dans le choix des
régimes politiques évoqués par le mot « dictature ». Georges Marchais
parle des dictatures des régimes fascistes du passé et du présent, mais
pas de celui auquel l’expression « dictature du prolétariat » ferait
spontanément penser les observateurs et les critiques du communisme : la
dictature imposée aux peuples d’Union soviétique après la révolution –
et singulièrement la dictature stalinienne. Alors que le Parti avait
quelques semaines plus tôt reconnu et dénoncé publiquement l’existence
de camps de travail en URSS et la répression des opposants, la chose est
pourtant claire.
Un précédent : 1964
Dans la mesure où le texte soumis à la discussion du congrès ne
comportait pas cette expression, il aurait pu suffire de l’adopter tel
quel, sans l’y insérer. Mais une décision explicite apparaissait
néanmoins nécessaire parce qu’elle figurait dans le préambule des
statuts du Parti adoptés en 1964 au XVIIe Congrès. L’ironie
de cette histoire – qui aurait dû relativiser les enjeux du débat – est
que la discussion avait déjà eu lieu au Comité central qui préparait ce
congrès. Et dès cette époque, même s’il y avait été répondu de façon
différente, la question de cette formule avait été posée dans des termes
assez voisins.
Ainsi, Pierre Villon – ancien dirigeant de la Résistance armée –
avait, à cette époque, proposé d’ajouter, comme le ferait quatre ans
plus tard le Manifeste de Champigny, le mot « provisoire », pour parler d’une « dictature provisoire du prolétariat ». Le XVIIe
Congrès le suivra sur ce point. Bien sûr, cela ne revenait pas à
supprimer l’expression, d’autant que la tradition communiste avait
toujours considéré la dictature du prolétariat comme quelque chose de
provisoire, mais l’insistance sur ce mot signalait le risque qu’elle
soit considérée comme définitive, qu’elle s’identifie avec le socialisme
lui-même ; il y avait donc là, fût-ce involontairement, une critique
implicite du « socialisme existant ».
D’autres allaient plus loin. Marie-Claude Vaillant-Couturier[3],
par exemple, proposait que le mot « dictature » soit simplement
remplacé par le mot « pouvoir ». Il s’agissait alors bien d’un
« abandon » voisin de celui décidé au XXIIe Congrès. Quant à Jeannette
Vermeersch[4],
elle donnait un argument qui anticipait celui donné douze ans plus tard
par Georges Marchais : « Hitler, disait-elle, a déshonoré le terme
dictature ». Elle ajoutait que « cette phase n’est pas obligatoire pour
passer au socialisme », citant en exemple le cas des démocraties
populaires.
On pourrait certes discuter ce dernier point, dans la mesure où si
les « démocraties populaires » dans la forme qu’avait voulu leur donner
Dimitrov[5]
dans l’immédiat après-guerre sous le nom de « démocratie nouvelle »,
étaient en effet censées avancer vers la construction du socialisme sans
« cette phase », cette proposition avait très vite été inversée, et
l’affirmation d’une nécessaire dictature du prolétariat avait été posée
par le Kominform. Mais cette argumentation, qui peut sembler surprenante
dans sa bouche, n’en anticipait pas moins la réflexion du XXIIe Congrès.
L’ironie est portée au carré si l’on songe que ses propos sont en
1964 dirigés contre le rapporteur de la commission des statuts qui n’est
autre que le nouveau secrétaire à l’organisation de l’époque, Georges
Marchais : en présentant son rapport devant le XVIIe Congrès,
celui-ci objectera fermement à une proposition d’amendement dont il
reprendra presque mot pour mot les termes dans sa propre argumentation
devant le XXIIe.
La question n’est finalement tranchée que par l’intervention à
l’appui de ce dernier de Maurice Thorez en personne, le mari de
Jeannette Vermeersch, qui explique alors que « ce serait une faute
politique que de renoncer à la dictature du prolétariat ». Ironie au
cube, Jeannette Vermeersch dénoncera cet abandon trois ans après le XXIIe Congrès, dans un livre consacré à la critique de l’eurocommunisme[6]…
Cette dénonciation exprimera au demeurant une bonne compréhension de ce
que l’abandon signifiait réellement : une démarcation à l’égard du
système soviétique, une volonté de rupture réaffirmée avec le stalinisme
dont elle était notoirement nostalgique.
Longtemps plus tard, pour expliquer « l’abandon » en 2003 par la LCR
de cette même expression, le philosophe Daniel Bensaïd, dirigeant et
principal théoricien de cette organisation, donnera des explications
plus rigoureuses, mais voisines de celles de Jeannette Vermeersch en
1964 et de Georges Marchais en 1976 – mais sans limiter ainsi les
exemples de dictatures :
« Le mot dictature n’avait pas aux XVIIIe et XIXe
siècles le sens absolument péjoratif qu’il a acquis depuis. Chez
Rousseau, par exemple, c’est le mot tyrannie qui joue ce rôle […] Après,
vu ce que sont devenues les dictatures staliniennes et autres, et plus
généralement l’usage du mot dictature au XXe siècle, après Pinochet et Franco, le mot est devenu inutilisable. »
Explications
Lorsqu’il expose brièvement le ressort théorique de son choix, Georges Marchais se réfère aux classiques du marxisme :
« Sur quoi nous fondons-nous pour définir notre position dans cette
question ? Nous nous fondons sur les principes du socialisme
scientifique élaborés par Marx, Engels, Lénine. Il s’agit en premier
lieu de la nécessité pour la classe ouvrière d’exercer un rôle politique
dirigeant dans la lutte pour la transformation socialiste de la
société. […] En second lieu, il s’agit de la nécessité de la lutte
révolutionnaire des masses pour faire échec aux manœuvres de la grande
bourgeoisie. »
En somme, Georges Marchais donne à sa position les raisons qui
expliquent précisément pour les auteurs dont il se prévaut – et
expliquaient pour le Manifeste de Champigny – la nécessité de
la dictature du prolétariat. Quant à l’Union soviétique et son
expérience propre, elle est évoquée par une distance qui n’est pas
théorisée, pour justifier l’abandon par le simple effet du temps
parcouru :
« Dans les conditions de la Russie de 1917, puis de la jeune Union
soviétique, la dictature du prolétariat a été nécessaire pour assurer
avec succès l’édification du socialisme. Il est juste de dire que, sans
elle, la classe ouvrière, les peuples soviétiques n’auraient pu
entreprendre ni défendre l’œuvre libératrice sans précédent qu’ils ont
réalisée. C’est pourquoi les partis communistes, lorsqu’ils se sont
fondés en tirant les leçons de la faillite de la social-démocratie
internationale et de la victoire de la révolution d’Octobre, ont, à
juste titre, dans les conditions de l’époque, adopté ce mot d’ordre. Le
monde a changé. »
On note une confusion dans l’emploi du vocabulaire, où la dictature
du prolétariat est dite « nécessaire » dans un premier temps, ce qui
suppose qu’elle est à tout le moins un ensemble de pratiques, pour être,
quelques lignes plus bas, ramenée à un simple « mot d’ordre ». Cela est
assez significatif du flou théorique dans lequel s’effectue cet
« abandon ». Il y a là une nouvelle illustration du peu de cas parfois
fait de la théorie dans la réflexion politique des dirigeants du parti
communiste, où le choix des mots d’ordre et des slogans compte plus que
le travail des concepts.
Il y a autrement dit dans ces formules un équilibre extrêmement
précaire entre rhétorique et théorie : la question n’est pas posée de ce
qu’avait ou non été la dictature du prolétariat dans la jeune Union
soviétique, ni de ce qu’avait été son devenir. L’idée d’une suspension
de la légalité au profit de la classe ouvrière, de la possibilité de
s’affranchir des normes juridiques dans le combat contre les anciennes
classes dominantes – qui est le cœur de la théorisation léninienne –
n’est pas évoquée. […] Mais cette signification de « l’abandon » n’est
même pas esquissée à l’occasion du XXIIe Congrès. De fait,
cet « abandon » ne porte que sur une seule chose : l’emploi – devenu
quasi inexistant depuis bien longtemps – de cette expression par le PCF.
[…]
Louis Althusser, qui regrettait que l’on prétende « abandonner un
concept comme on abandonne un chien », était au demeurant bien conscient
du caractère rhétorique, plutôt que théorique, de cet « abandon », et
remarquera qu’il est affirmé de façon paradoxale. Selon lui :
« Le parti communiste français vient d’abandonner officiellement, dans son XXIIe Congrès,
la dictature du prolétariat, mais le même congrès a voté à l’unanimité
une résolution qui repose toute entière […] sur la dictature du
prolétariat, il est vrai sans jamais la nommer. »
L’affirmation est un peu péremptoire, et l’on pourrait penser au
contraire que même si la théorisation de l’abandon n’est pas faite, la
stratégie du PCF est désormais – comme le répètent à l’envi les délégués
au congrès abordant cette question – incompatible avec la dictature du
prolétariat y compris dans le sens théorique précis auquel Althusser se
réfère.
Cela dit, lorsqu’il prononce ces mots lors d’une conférence sur la dictature du prolétariat donnée à Barcelone le 6 juillet 1976[7],
Althusser tient à montrer quel était l’enjeu réel de cet abandon, non
pas celui (selon lui impossible) d’un concept, mais celui d’une
référence historique qui a peu à voir avec ce concept : la référence aux
destinées de la pratique du pouvoir par les communistes russes ; la
référence, autrement dit au stalinisme, même s’il n’est pas plus
« nommé » que le concept « abandonné » : c’est-à-dire précisément ce sur
quoi Georges Marchais ne s’exprime pas ici – alors même que son rapport
comporte également une critique de la conception soviétique de la
démocratie.
Enfin et surtout, il soulignera l’impasse théorique qu’il voit dans
cet « abandon », en tentant de restituer le concept dans son cadre pour
montrer que son abandon laisse une place vide qu’il faudra bien remplir
d’une manière ou d’une autre. Il est à noter que parallèlement à cette
conférence, Althusser écrira un long texte, inédit de son vivant, qui
constitue une défense sans ambiguïté du XXIIe Congrès[8]. […]
« À la sauvette »
Il est ainsi permis de douter de ce que, comme l’affirme au congrès
la commission des amendements par la voix de Jean Kanapa, l’absence de
mention de la dictature du prolétariat relevait d’une réflexion faite de
propos délibéré par le Comité central lui-même – dont on ne trouve
d’ailleurs pas trace dans ses travaux avant la déclaration télévisée du
secrétaire général. Cette commission évoque pourtant « la décision
soigneusement pesée du Comité central de ne pas avoir recours à cette
notion », ajoutant :
« Cette façon de faire a favorisé la réflexion individuelle et la
recherche collective, la liberté de la discussion et le rassemblement
des opinions. Et à partir d’un moment, l’intervention du secrétaire
général du Parti a encore – comme l’ont dit les camarades – stimulé,
impulsé, enrichi les discussions. Bien plus : elle a puissamment
contribué à intéresser les masses, l’opinion publique la plus large, à
notre congrès, à notre politique. Non, jamais débat ne fut moins
organisé à la sauvette que celui-là ! Le résultat de ce débat est là,
clair, éloquent, impressionnant : sur 22 705 délégués à nos 98
conférences fédérales, 113 seulement ont voté contre l’abandon de la
dictature du prolétariat et 216 se sont abstenus. »
La présentation du déroulement du débat est ici outrageusement
faussée : comme on l’a vu, aucune discussion sur cette question n’avait
eu lieu avant l’intervention de Georges Marchais à la suite de la
contribution parue à dessein le jour même dans L’Humanité.
Cette intervention n’avait donc pas « enrichi » la discussion, mais
l’avait à la fois, comme on l’a dit, ouverte et refermée – à un moment
où la préparation du congrès tirait à sa fin, si bien que presque aucune
cellule, presque aucune section n’avait été en mesure de discuter cette
question.
En réalité, il est clair que d’un point de vue théorique, cet
« abandon » s’est bien fait « à la sauvette » ; il ne repose sur aucune
réflexion précise sur le sens qu’avait, dans la théorie ou dans la
pratique des révolutions du passé, la dictature du prolétariat. Rien
pour dire si c’est sur le fond ou seulement dans le vocabulaire qu’a
lieu cet « abandon ». Rien sur la théorie de l’État, de sa destruction
puis de son dépérissement, que soutient ce concept et dans laquelle il
prend place.
Il est par contre exact – et tel était sans doute le véritable
objectif de cette opération – que cette question a « puissamment
contribué à intéresser » l’opinion publique aux travaux du XXIIe
Congrès. Georges Labica pourra ainsi écrire : « L’expulsion de la
dictature du prolétariat réussit ce miracle : nous faire entrer dans
l’avenir en nous dispensant de faire le bilan du passé[9]. »
Notes
[1] Cité par Frédéric Heurtebize, in Le péril rouge, PUF, 2014. Entretien avec Charles Fiterman du 6 février 2009.
[2]La Nouvelle Critique, avril 1977, Une conception résolument anti-étatiste : « Les communistes et l’État ». Entretien de Béatrice Henry et Olivier Schwartz avec François Hincker et Lucien Sève, page 10.
[3]
Militante très populaire dans le Parti, veuve de Paul
Vaillant-Couturier, résistante, déportée à Auschwitz en même temps que
Danielle Casanova et témoin au procès de Nuremberg. Elle était l’épouse
de Pierre Villon.
[4]
Épouse de Maurice Thorez, alors membre du Bureau politique, connue pour
son soutien intransigeant à l’Union soviétique et son attachement aux
traditions ouvriéristes. Elle démissionnera de la direction en 1968,
pour manifester son désaccord avec la condamnation par le PCF de
l’intervention soviétique en Tchécoslovaquie.
[5] Prestigieux dirigeant communiste bulgare, ancien secrétaire général du Komintern.
[6] Jeannette Thorez-Vermeersch, Vers quels lendemains ? : De l’internationalisme à l’eurocommunisme, Hachette, 1979.
Este artículo se publicó por primera vez en francés en Les Temps Modernes, nº 177, París, 1961, y constituyó un capítulo de la obra de M. Rodinson Marxism and the Muslim World, Zed Press, 1979.
El libro en el que se basan estas reflexiones acaba de publicarse bajo los auspicios de la École Pratique des Hautes Études [I].
Se trata de un estudio concienzudo y detallado de un conjunto de
cuestiones que, en general, han sido objeto de una atención mucho más
seria en los países anglosajones que en Francia, donde la profecía
política gratuita pasa con demasiada frecuencia por investigación
científica. Un libro como este suele recibirse a priori con recelo en
los círculos militantes, e incluso en otros lugares. Mi objetivo es
ofrecer un contrapeso a este sectarismo tradicional.
Sultan-Galiev
es una de las figuras que desempeñaron un papel importante en los
primeros tiempos de la Internacional Comunista y de la Unión Soviética.
La mayoría de los militantes socialistas solo lo conocen por una
referencia de pasada hecha por Stalin [II],
una referencia más bien emocional, solía pensarse. Tal vez tuviera
razón. Haber despertado alguna emoción en Stalin puede considerarse un
logro.
Mir
Sayit Sultan-Galiev, ancido en 1900, era hijo de una maestra tártara.
[Esta fecha es casi con toda seguridad errónea. Según otras fuentes,
nació en un pueblo de Bashkiria en 1880]. Los tártaros eran una minoría
musulmana dentro del Imperio zarista, pese que poseían un carácter
propio. Había unos tres millones y medio de ellos repartidos por todo el
Imperio, pero se concentraban en cierta medida en el «Gobierno» de
Kazán, su centro político y cultural. Eran principalmente campesinos, y
los pocos obreros industriales tártaros aún mantenían estrechos lazos
con la vida rural. Pero también existía la burguesía (algunos sectores
eran industriales y muchos otros comerciantes) de la que habían surgido
un «clero» musulmán e incluso una intelectualidad. Esta burguesía y
estos intelectuales eran activos, dinámicos y ambiciosos. Muchos habían
sido durante mucho tiempo «modernistas» en su actitud hacia el dogma
musulmán, y «avanzados» en sus actitudes hacia el modo de vida musulmán
tradicional. Sus actividades docentes les llevaron a menudo a penetrar e
incluso establecerse en zonas habitadas por sus correligionarios menos
evolucionados, como Asia Central, Siberia y el Cáucaso. Al hacerlo,
introdujeron nuevas ideas y formas modernas, y en general agitaron las
cosas. Se les puede ver desempeñando este papel en las traducciones de
novelas kazakas y tadjikas publicadas por Aragón, por ejemplo [III]. Naturalmente, los janes reaccionarios veían todo esto con gran recelo.
Cuando
llegó la Revolución de Octubre, una parte importante de la
intelectualidad tártara la apoyó pensando que el socialismo establecido
por el nuevo régimen realizaría y profundizaría el programa del
movimiento reformista. Naturalmente, apreciaban especialmente la
orientación internacionalista del bolchevismo. Esperaban que condujera a
la igualdad entre los grupos étnicos y pusiera fin a la gran dominación
rusa, una dominación que los «blancos» volverían a imponer en caso de
victoria.
Sultan-Galiev
se afilió al Partido Bolchevique en noviembre de 1917 y, gracias a su
talento como orador y organizador, pronto se convirtió en una figura
relevante como representante de esta intelectualidad «colonial». Se
convirtió en miembro y luego en presidente del «Comisariado Central
Musulmán», un nuevo organismo afiliado al Narkomnats (Comisariado del
Pueblo para las Nacionalidades), un comisariado presidido por un líder
bolchevique todavía relativamente desconocido en aquella época, Joseph
Stalin. Con la ayuda de amigos, Sultan Galiev creó el Partido Comunista
Musulmán y reclutó unidades militares tártaras que desempeñaron un papel
clave en la lucha contra Koltchak. A pesar de la oposición de los
soviéticos y comunistas rusos locales, consiguió que el gobierno central
le prometiera la creación de un gran Estado predominantemente musulmán,
la República Tártaro-Bachkir, que tendría entre cinco y seis millones
de habitantes y abarcaría las vastas zonas del Volga medio y los Urales
meridionales.
Fue
durante este periodo cuando desarrolló una serie de ideas que esperaba
defender y hacer realidad. Consideraba a la sociedad musulmana, a
excepción de unos pocos grandes terratenientes feudales y burgueses,
como una unidad que había sido oprimida colectivamente por los rusos
bajo el zarismo. Por tanto, no tenía sentido dividirla con diferentes
luchas de clases creadas artificialmente. Como por el momento los
musulmanes estaban sumidos en la pobreza y eran tan incultos como para
proporcionar cuadros, no había que dudar en utilizar las cabezas
disponibles: los intelectuales pequeñoburgueses e incluso el clero
reformista, que habían dado alguna prueba de su fidelidad a la
Revolución. En efecto, la revolución socialista debía adaptarse a una
sociedad harto impregnada de tradiciones musulmanas. Sultan Galiev,
ateo, recomendó, por tanto, que se tratara al Islam con suavidad,
mediante una «desfanatización» y una secularización graduales. Los
musulmanes de Rusia, y especialmente los más ilustrados de entre ellos,
los tártaros, serían entonces capaces de desempeñar un tremendo papel
histórico, pues a escala mundial la Revolución tendría que ser sobre
todo una liberación de los pueblos coloniales. Por tanto, era de vital
importancia contrarrestar la tendencia de la Komintern a concentrarse
principalmente en Occidente. La revolución socialista comenzaría en
Oriente. ¿Y quién podía llevar la antorcha de la cultura y del
socialismo a Asia mejor que los musulmanes bolcheviques de Rusia?
Para
evitar confusiones, debe decirse desde el principio que no se trataba
de reivindicaciones religiosas ni clericales. En Rusia había varios
grupos étnicos cuya religión era el Islam, que les había proporcionado
una cultura y una tradición comunes, y que había influido del mismo modo
en muchos aspectos importantes de su forma de vida. Existía, por tanto,
una cierta unidad cultural indiscutible entre estos pueblos que iba más
allá de sus particularidades étnicas, sobre todo porque estas no eran
muy pronunciadas. Asimismo, la unidad cultural se había visto reforzada
por su resistencia a los intentos de convertirlos al cristianismo y
convertirlos en rusos, intento que no percibían como una lucha
ideológica, sino como una agresión colonial contra su patrimonio
cultural común.
Estas
ideas preocupaban a los dirigentes bolcheviques. Stalin apoyó a Sultan
Galiev contra quienes querían atizar la guerra de clases en los círculos
musulmanes y romper todo contacto con los elementos no proletarios.
Pero, a diferencia del tártaro, consideraba que la alianza de clases era
sólo temporal. Una vez derrotados Koltchak y los checos, el apoyo de
los musulmanes del Volga y los Urales, cuyos cuadros habían quedado
inutilizados durante la lucha, perdió importancia. El Partido Comunista
Musulmán perdió su autonomía y la idea de una alianza duradera entre la
pequeña burguesía y el proletariado fue rechazada por el Congreso de los
Pueblos Orientales celebrado en Bakú en septiembre de 1920. Se proclamó
que la revolución nacional tenía que ser dirigida por el proletariado,
es decir, el proletariado occidental, y que, como declaró un delegado
del Congreso, «la salvación de Oriente solo reside en la victoria del
proletariado» [IV].
Se abandonó el proyecto de un gran Estado musulmán. En su lugar, se
crearon dos pequeñas repúblicas, una bachkir y otra tártara. La mayoría
de los tártaros vivían fuera de esta última y su población sólo era
tártara en un 51,6%. Sus ciudades eran casi un 80% rusas. Kazán, la
capital, era un centro ruso.
Fue
en esta etapa cuando Sultan Galiev, que seguía ocupando un cargo
oficial importante, pasó a la oposición, en un intento de luchar contra
las manifestaciones de lo que él llamaba "gran chovinismo ruso", y trató
de infiltrar a sus partisanos tártaros en las organizaciones del
Partido y en los soviets. Quería hacer de Kazán un centro de la cultura
nacional tártara y un semillero revolucionario desde el que el
"comunismo musulmán" se extendiera a todos los pueblos musulmanes de la
Unión Soviética y, más allá, a todo el Oriente musulmán. Luchó contra
los izquierdistas que defendían una política más antiburguesa y que
contaban con el apoyo de los estametos rusos. También trabajó para que
el tártaro, en lugar del ruso, fuera la lengua oficial de la
administración.
Al
toparse con la inquebrantable oposición del Gobierno Central y de los
comunistas rusos, sobre todo después de que el X Congreso del Partido
aprobara una clara resolución condenando la "desviación nacionalista",
Sultan Galiev estableció contactos más o menos secretos con una serie de
militantes descontentos. Quería crear un frente común contra los rusos,
a los que acusaba de reanudar la política colonial zarista. ¿Hasta
dónde llegó en la búsqueda de apoyo para este frente? Stalin le acusó de
haber llegado incluso a contactar con los Basmatsh, las bandas de
musulmanes insurgentes que libraban una lucha armada contra los
bolcheviques de Turquestán. Pero no hay razón para tomar al pie de la
letra las palabras de Stalin. Sea como fuere, en 1923 Stalin hizo
detener y expulsar del Partido Comunista a Sultan Galiev. Fue liberado
poco después, pero Kámenev lamentaría más tarde que él y Zinóviev
hubieran dado su consentimiento a este «primer arresto de un miembro
eminente del Partido por iniciativa de Stalin» [V].
Poco
se sabe de la vida de Sultan Galiev después de 1923. Tal vez fue
exiliado, detenido de nuevo y liberado. Trabajó en Moscú en las
editoriales estatales. Pero continuó su lucha, al menos
clandestinamente. Había creado toda una organización que atrajo a
numerosos comunistas musulmanes, principalmente tártaros. Desarrolló sus
ideas a la luz de la evolución de la situación, aunque desde la
penumbra. En su opinión, la revolución socialista no resolvía el
problema de la desigualdad entre los pueblos. El programa bolchevique
consistía en sustituir la opresión de la burguesía europea por la
opresión del proletariado europeo. En cualquier caso, el régimen
soviético se estaba liquidando; la NEP estaba en pleno apogeo. O bien
sería derrocado por la burguesía occidental o se convertiría en
capitalismo de Estado y democracia burguesa. Cualquiera que fuera el
resultado, los rusos como pueblo volverían a convertirse en opresores
dominantes. El único remedio posible era asegurar la hegemonía del mundo
colonial en desarrollo sobre las potencias europeas. Esto significaba
crear una Internacional Colonial Comunista, que sería independiente de
la III Internacional, y quizás incluso opuesta a ella. Rusia, como
potencia industrial, tendría que quedar excluida. La difusión del
comunismo en el Este, que esta nueva Internacional promovería,
permitiría sacudirse la hegemonía rusa sobre el mundo comunista.
A
medida que el régimen ruso se fortalecía, se volvía cada vez menos
tolerante con la disidencia. En varias ocasiones, los rusos se dieron
cuenta de que se enfrentaban a una oposición tártara organizada.
Entonces, Stalin la reprimió. En noviembre de 1928, Sultan Galiev fue
detenido y condenado a diez años de trabajos forzados, que cumplió en
Solovski. Fue puesto en libertad en 1939, pero se le perdió la pista en
1940.
Lecciones de una historia olvidada
Alexandre
Bennigsen y Chantal Quelquejay merecen nuestra gratitud por haber
revivido esta historia olvidada. Su tarea de cribar, escudriñar y
organizar una enorme cantidad de documentos en tártaro y ruso ha sido
tan ardua como importante. Es de esperar que podamos extraer algunas
conclusiones de sus hallazgos.
La
primera es que el análisis de la lucha política en torno al problema de
las minorías musulmanas en la Unión Soviética demuestra claramente que
puede haber contradicciones en un régimen socialista. Esto no es nuevo,
por supuesto: el propio Mao Tse-tung lo ha dicho, aunque con el añadido
bastante gratuito de que tales contradicciones solo pueden emerger como
"no antagónicas". Pero eso no altera el hecho de que cada vez que
alguien pone de relieve una de esas contradicciones a nivel práctico se
hace todo lo posible por negarla o minimizarla. Naturalmente, los más
dogmáticos no hacen ningún intento de analizar esas contradicciones, de
explicarlas o de comprender sus causas y sus repercusiones. Por el
contrario, cada fase de la política adoptada por los dirigentes
comunistas se presenta como determinada por una sabiduría superior que
sigue atentamente los giros de la coyuntura nacional e internacional,
guiada por la brújula infalible de la doctrina marxista. Por supuesto,
la realidad es bien distinta: cada decisión política es el resultado de
luchas constantes entre tendencias opuestas y expresa el equilibrio de
fuerzas entre ellas. El trasfondo social de estas luchas es
probablemente muy diferente al de una sociedad de clases, pero el
mecanismo es similar en su esencia. En otras palabras, la historia
continúa y aún no hemos entrado en el reino intemporal de la ciudad
santa. Mucha gente responderá que todo esto es bastante obvio, pero tal
vez no capten todas las complicaciones que entraña.
La
política soviética podría haber sido diferente, más orientada hacia
Asia, por ejemplo. Algunas de las ideas del Sultan Galiev tal vez
pudieran haberse puesto en práctica. Pero había obstáculos muy reales
para alcanzar tal programa: la falta de cuadros musulmanes, la situación
en el Este en aquel momento. Además, en el interior existía el peligro
de cierta desviación nacionalista tártara, reforzada por el nocivo
chovinismo tártaro. En el exterior, incluso si se hubieran aplicado las
ideas de Sultan Galiev, que en parte compartían el comunista indio
Manabendra Nath Roy y otros que las defendieron durante los primeros
Congresos de la Comintern, los beneficios habrían sido probablemente
escasos. Incluso Walter Z. Laqueur está de acuerdo con esta visión
pesimista, y nadie podría sospechar que fuera indulgente con los
dirigentes bolcheviques [VI].
Pero está claro que la elección de la orientación a este respecto
también se vio influida por otras consideraciones: estaba el dogmatismo
de los dirigentes, el hecho de que en ciertos periodos la idea de que el
proletariado era la fuerza predominante en la revolución se aplicara
mecánicamente y contra todo sentido común, incluso a zonas en las que el
proletariado no existía. De hecho, en general, y hasta hace muy poco,
los dirigentes comunistas han sido tan obtusos como los capitalistas en
su enfoque del despertar de los pueblos coloniales. Y, aunque su falta
de comprensión es excusable a muchos niveles, el hecho es que ha tenido
muchas consecuencias desastrosas incluso desde su propio punto de vista.
El socialismo y la cuestión nacional
También
está claro que el socialismo, entendiendo por tal la socialización de
los medios de producción, no resuelve automáticamente todos los
problemas. El estalinismo nos ha demostrado que el despotismo era
posible en el socialismo y, por tanto, que existía un problema de poder
político subyacente. Otros acontecimientos sugieren que el problema
nacional tampoco desaparece necesariamente bajo el socialismo. El hecho
de que el proletariado haya llevado a cabo la revolución social no lo
convertirá en un santo», escribió Lenin en 1916. Pero los eventuales
errores –y los intereses egoístas que empujan a uno a cabalgar sobre las
espaldas de los demás– le llevarán inevitablemente a darse cuenta de la
siguiente verdad. Al convertir el capitalismo en socialismo, el
proletariado crea la posibilidad de abolir por completo la opresión
nacional: esta posibilidad «solo» [«¡solo!»] se convertirá en un hecho
cuando la democracia se haya establecido por completo en todos los
ámbitos [VII].
El
ejemplo de Sultan Galiev demuestra que entre 1920 y 1928 los tártaros
desconfiaban mucho de los comunistas rusos y temían un neocolonialismo
comunista ruso. Los dirigentes bolcheviques negaron que tal temor
estuviera justificado. El propio Stalin declaró, en 1923, que «si
Turquestán es efectivamente una colonia, como lo era bajo el zarismo,
entonces los basmatsh tienen razón, y no nos corresponde a nosotros
juzgar a Sultan Galiev, sino a él juzgarnos a nosotros, como el tipo de
gente que tolera la existencia de una colonia en el marco del poder
soviético» [VIII].
Pero las cosas no eran tan sencillas. La política soviética hacia las
minorías musulmanas de la Unión Soviética ha sido, en general,
extremadamente atenta. Los musulmanes han sido bien atendidos y sus
zonas han sido industrializadas. Los cuadros autóctonos fueron
promovidos gradualmente, y este proceso continúa. Los musulmanes están
protegidos por exactamente las mismas leyes que los demás ciudadanos
soviéticos, y en la práctica los «autóctonos» han disfrutado incluso de
ciertos privilegios frente a los rusos. Pero esta evolución ha sido
cuidadosamente controlada. Se mantiene un férreo control sobre todos los
puestos clave. Además, la tendencia general de las costumbres
estalinistas no favorecía la interpenetración entre comunidades. La
situación no tiene nada en común con las situaciones coloniales de otros
lugares. Pero los problemas nacionales persisten, como lo demostró
claramente el comportamiento de muchos grupos minoritarios durante la
Segunda Guerra Mundial, y como lo confirman muchos pequeños incidentes
incluso hoy en día [IX].
Y, por cierto, tales sucesos atraerían menos la atención, y bien
podrían ser menos distorsionados en el extranjero, si los soviéticos no
pusieran tanto esfuerzo en encubrirlos y atacar a los «calumniadores»
que se atreven a sugerir que no todo es absolutamente perfecto en estas
áreas de la Unión Soviética.
Un precursor
Sultan
Galiev no parece haber tenido verdaderos herederos espirituales en las
zonas musulmanas de la Unión Soviética. No sabemos qué ocurriría hoy si
se permitiera la aparición de grupos de presión política. Pero lo que se
puede suponer sobre las aspiraciones de los pueblos de estas zonas
muestra que tienen poco en común con Sultan Galiev. Sus reivindicaciones
parecen mucho más «reformistas», mucho menos revolucionarias. Si
pudieran, presionarían por ligeros cambios, sin cuestionar el derecho
del régimen a gobernar. El papel de propagadores de la Revolución en
Oriente parece tener poco atractivo para ellos. Es posible, por
supuesto, que la tapadera del conformismo oficial oculte una realidad
mucho más efervescente…
Pero
es fuera de la Unión Soviética, en los llamados países
subdesarrollados, donde la situación contemporánea hace pensar
constantemente en las ideas del Sultan Galiev. ¿Hasta qué punto puede
decirse que es un precursor de la nueva línea adoptada por la Unión
Soviética desde 1954, una línea que respalda a la burguesía neutralista
afroasiática? ¿En qué medida puede considerarse precursor del comunismo
maoísta, que se concentra esencialmente en la lucha inmediata por la
revolución socialista en las excolonias?
La
actitud de Sultan Galiev y de los comunistas tártaros en 1918 derivaba
de su rechazo a servir de mero apoyo a un movimiento proletario europeo,
por muy justificado que estuviera. Querían que la Revolución fuera
también su revolución y que siguiera un curso determinado por sus
propias acciones, no por las de su hermano mayor, evitando ese
movimiento un tanto paternal del proletariado ruso. Hay que tener en
cuenta que uno de los métodos de intervención de este último, que más
tarde se utilizaría en otros lugares, era la insistencia en que el apoyo
autóctono procediera únicamente del proletariado. En los países en los
que el proletariado era todavía embrionario, esto equivalía a designar
arbitrariamente a los individuos con los que valía la pena hablar. La
exigencia esencial de los tártaros de "llevar a cabo nuestra propia
revolución" llegó en el momento equivocado. La dirección bolchevique ya
estaba tomando un rumbo muy diferente: un cuidadoso control burocrático
sobre todos los aspectos del movimiento de masas. Tanto los soviets como
los sindicatos, en el interior, y los partidos aliados o comunistas, en
el exterior, estaban sometidos a un control muy estricto.
Significativamente,
el hombre del momento era Stalin, cuya belicosidad universal y mezquina
se convertiría más tarde en algo patológico. El enfermo Lenin fue
ignorado cuando advirtió que "el daño que puede causar la falta de
unidad entre los aparatos estatales nacionales y el aparato estatal ruso
no es nada comparado con el daño que resultará de un exceso de
centralismo; esto nos perjudicará no sólo a nosotros, sino a toda la
Internacional, y a los cientos de millones de asiáticos que pronto
seguirán nuestros pasos e irrumpirán en la escena histórica" [X].
En teoría, el propósito de la Internacional era impulsar la marcha del
mundo hacia el socialismo. Por lo tanto, su tarea parece haber sido
desarrollar un nacionalismo marxista que luchara por la independencia
nacional y la socialización en los países dependientes. El desarrollo
social del Este en aquella época impedía cualquier empresa más
ambiciosa. A pesar de todos sus errores, está claro que esa era la
intuición básica del Sultan Galiev. El sistema estalinista hizo
imposible que los Partidos Comunistas coloniales llevaran a cabo esta
tarea. Esencialmente, la culpa de este fracaso la tuvo su rígida
subordinación a la estrategia mundial de una Internacional centrada en
el mundo europeo. Estos partidos comunistas coloniales dependían a veces
incluso directamente de sus equivalentes europeos. No obstante, acabó
surgiendo un nacionalismo marxista, arrastrado por la corriente de la
historia. Pero no lo hizo en el marco de los partidos comunistas, y fue
necesaria la imbecilidad anticomunista estadounidense para empujar a la
izquierda marroquí y argelina, a Castro, a Sekou Toure y a Modibo Keita a
los brazos de lo que quedaba de la III Internacional.
Hoy
existe la Internacional Colonial reconocida por Sultan Galiev. Adopta
la forma del bloque afroasiático, que empieza a extenderse a América
Latina, y está unida contra la dominación blanca, como soñaba el
comisario tártaro. Pero existen ciertas diferencias, aunque todavía no
llegan a escisión, entre un ala marxista comprometida con el avance
rápido hacia el socialismo y un ala burguesa partidaria de una
transformación lenta o incluso de ningún cambio. También hay una serie
de casos ambiguos que resultan especialmente interesantes.
Desde
1954, la Unión Soviética apoya a esta Internacional Colonial. Pero
Jruschov sólo sigue aparente y parcialmente la línea del Sultan-Galiev.
Los pueblos coloniales siguen siendo vistos solo como una fuerza de
apoyo cuya función es ejercer presión sobre los adversarios blancos de
la Unión Soviética, arrancarles concesiones, no destruirlos. La Unión
Soviética no fomenta la socialización en el Tercer Mundo y probablemente
ni siquiera la desea. Parece que las autoridades soviéticas están
finalmente de acuerdo con Sultan Galiev en este punto, pero su motivo no
es fortalecer la revolución; el objetivo es mucho más egoísta. El
triunfo mundial del socialismo se sigue considerando esencialmente como
el resultado de la evolución más o menos revolucionaria de los países
industrialmente avanzados. Solo en China, donde la distancia y la
astucia ancestral china facilitaron eludir la estrategia internacional
estalinista, el nacionalismo marxista pudo salir triunfante en el marco
de un Partido Comunista tradicional. En efecto, Mao Tse-Tung se contentó
con aplicar las ideas defendidas por la Comintern durante sus fases de
frente popular o nacional. Pero las aplicó de forma sistemática y
coherente. Su victoria y las circunstancias subsiguientes, la hostilidad
militante de las naciones blancas y la socialización de la sociedad
china, le llevaron a tomar el timón de un nuevo tipo de comunismo
colonial, que propuso como modelo para todo el mundo subdesarrollado ya
en 1949. Desde entonces, los acontecimientos en China no han dejado de
acercar las ideas de los nuevos dirigentes chinos a algunas de las de
Sultan-Galiev. La primacía de la revolución colonial y el temor a que un
neocolonialismo, o al menos un neopaternalismo, pudiera acabar
surgiendo del seno del propio mundo socialista han sido temas
constantemente reiterados.
Así,
las ideas de Sultan Galiev han resurgido en las dos principales
corrientes del comunismo mundial. Por supuesto, nadie cita a este
condenado campeón de las oscuras luchas de ayer. Y, sin embargo, se le
puede considerar como el primer profeta de la lucha colonial contra la
hegemonía blanca dentro del propio socialismo, como el primero en
pronosticar una ruptura entre el comunismo europeo de los rusos y el
comunismo colonial. También podría celebrársele como el hombre que
proclamó por primera vez la importancia del nacionalismo marxista en los
países coloniales, y la relevancia internacional para el socialismo de
aquellos movimientos nacionales que no prevén inmediatamente la guerra
de clases y la total socialización. El propio Mao seguía adoptando esta
posición en Yenan. El futuro emitirá sin duda su propio veredicto sobre
este primer representante del Tercer Mundo dentro del movimiento
comunista. Seguramente no dejará de reconocer su papel de profeta
marginado.
[I] Alexandre Bennigsen y Chantal Quelquejay,Les Mouvements Nationaux chez les Musulmans de Russie, 1: Le 'Sultangalievisme' au Tartarstan, Mouton, La Haye, 1960 (Documents et Témoignages, 3).
[II] De
hecho, a lo largo de uno de los discursos pronunciados en la IV
Conferencia del Comité Central del Partido Comunista Ruso, ampliada a
los militantes responsables de las repúblicas y regiones nacionales, del
9 al 12 de junio de 1923. Véase I.V. Stalin, Sotshineniya, Bk. V,
Moscú, 1947, pp.301-312. Para detalles importantes de esta conferencia,
que había sido convocada especialmente para condenar al sultán Galiev,
que había sido arrestado a finales de abril o en algún momento de mayo,
véase E.H. Carr,A History of Soviet Russia, Vol. IV, The Interregnum, Macmillan, Londres, 1960, pp.287-9; Bennigsen y Quelquejay expresan algunas reservas sobre el pasaje. En la obra oficialIstoriya Kommunistitsheskoy partii Sovietskogo soyuza,
Bk. IV/I, Moscú, 1970, p.283, aparece una fotografía de los
participantes en el congreso, que solo fue numerado IV para restarle
importancia. El comentario que lo acompaña deja claro que la condena de
Sultan-Galiev aún persiste en la ideología oficial, y de hecho se ve
reforzada por consideraciones contemporáneas.
[III] Por
ejemplo, Sariddine Aini, Boukhara, traducido del tadjik por S. Borodine
y P. Korotkine, Gallimard, París, 1956; Moukhtar Aouezov, La Jeunesse
d'Abai, traducido del kazako por L. Sobolev y A. Vitez, Gallimard,
París, 1959. [IV] Premier Congrès des peuples de l'Orient, Bakou, 1920, Petrogrado, 1921, ed. francesa, citado por Bennigsen y Quelquejay, op. cit. p.140.
[V] Como le dijo una vez a Trotsky. Cf. L. Trotsky,Stalin, Hollis and Carter, Londres, 1947, p.417. [VI] Walter Z. Laqueur, The Soviet Union and the Middle East, Routledge and Kegan Paul, Londres, 1959, p.22.
[VII] Resumen
de una discusión sobre el derecho de las naciones a la
autodeterminación" en V.I. Lenin, "Observaciones críticas sobre la
cuestión nacional",Obras Completas, Vol. 20,
pp.1-34 (4ª ed. rusa), (puntuación de Lenin). Para un análisis de cómo
evolucionó la posición de Lenin, en qué se diferenciaba de la de Stalin y
cómo se manifiesta el problema en la Unión Soviética hoy en día, véase
H. Carrère d'Encausse, "Unité prolétarienne et diversité nationale,
Lenine et la théorie de l'autodétermination" en Revue Française de
Science Politique, Vol. XXI, No. 2, pp.221-255. [VIII] Stalin,El marxismo y la cuestión nacional, varias ediciones. [IX] Probablemente
estaba minimizando el problema. Véase A. Bennigsen y C.
Lemercier-Quelquejay, L'Islam en Union Soviétique, Payot, París, 1968,
para un relato objetivo.
[X] Observaciones sobre «nacionalidades y autonomía»; véaseMarxist Quarterly,
octubre de 1956, p. 255. Los «aparatos nacionales» se refieren a los
aparatos de los partidos comunistas no rusos de la Unión Soviética.
El presente artículo elabora una revisión crítica del pensamiento
marxista desde autores como Karl Marx, Friedrich Engels, Karl Kaustky,
Eduard Bernstein, Otto Bauer, Iosef Stalin, Rosa Luxemburgo, Vladimir
Ilich Lenin y Manabendra Nath Roy en torno a la cuestión nacional,
colonial y antiimperialista. Pretendemos recoger una nueva genealogía
crítica sobre la cuestión nacional dentro del marxismo que no ha sido
reconocida por el llamado marxismo occidental hegemónico. Se trata de la
relación entre la cuestión nacional, la cuestión colonial y la cuestión
antiimperialista en la primera tradición marxista entre la I
Internacional, la AIT y la III Internacional, el Komintern.
Esta tradición incorpora reflexiones y análisis para pensar la cuestión
del derecho de autodeterminación como uno de los elementos centrales del
pensamiento marxista durante el último tercio del siglo XIX y las dos
primeras décadas del siglo XX. La formulación del derecho de las
naciones a la autodeterminación incorporó elementos de la llamada
cuestión nacional, de la cuestión colonial y de la crítica marxista al
imperialismo y es fundamental para comprender el desarrollo de la teoría
marxista y del movimiento sociales desde la I Internacional (1864) a la
Conferencia de Bakú (1920).
Coincidiendo
con el cuarenta aniversario de la muerte de Guillermo Monroy (Vigo,
1954-1982), el Espacio Sirvent de Vigo inaugura mañana una selección de
sus obras, en su mayoría inéditas, que muestra solo una parte de una
década de dedicación plena a la pintura que truncó un desafortunado
accidente. Tenía solo 28 años. Sin embargo, dejó un importante legado y
de una gran madurez artística a pesar de su juventud.
Guillermo Monroy, en 1978. | // FDV / a. de santos
Según
su comisario, Ángel Cerviño, esta muestra se presenta como un ejercicio
de memoria y llamada de atención sobre una producción artística de
extraordinaria calidad que ya forma parte indisoluble de nuestro
imaginario colectivo y sobre la figura de un artista injustamente
olvidado. A la inauguración de la muestra, que podrá visitarse hasta el 4
de febrero, asistirá Flor Monroy, hermana del artista y albacea de su
legado.
Guillermo
Monroy formó parte del núcleo fundacional del movimiento artístico
Atlántica, que propició una radical renovación de las prácticas
artísticas en Galicia, y fue una pieza sin la que no se podría entender
este grupo de jóvenes artistas. “Según todos los testimonios de sus
compañeros de aventura, el vitalismo y la generosidad de Guillermo
fueron unos de los elementos integradores del grupo, el nexo
cohesionador que marcará con su impronta plástica e ideológica numerosos
aspectos del movimiento, hasta el punto que se llegará a afirmar que
‘Atlántica xestouse no seu estudio’”, sostiene.
Esta
energía vital y la celebración de la existencia serán también las
características más señaladas de su trabajo pictórico. “Una suerte de
panteísmo visual en el que el más humilde objeto se verá elevado a la
categoría de acontecimiento. Una obra dotada, por otro lado, de un
fuerte componente analítico que arranca siempre de la estricta geometría
del soporte, paralelepípedo a partir del cual se establecen las líneas
compositivas básicas: el trazado arquitectónico de lo real, recubierto
por juegos cromáticos de complementariedad y contraste sobre los que la
dinámica del gesto traza nuevos ritmos y procesos de desarrollo y
crecimiento”, explica.
El
accidente que le costó la vida dejó a Galicia sin un artista que legó
una “producción artística única e irrepetible” en apenas diez años. En
una década de intenso trabajo y dedicación plena a la pintura, Guillermo
desarrolló un proyecto artístico de inusitada madurez y coherencia, que
parece desmentir su extremada juventud. “Su legado lo constituyen una
gran cantidad de lienzos y dibujos sobre papel, centenares de bocetos y
apuntes; pintura aplicada sobre toda clase de soporte: tela, papel,
cartones y embalajes encontrados, como si –sobre todo en sus últimos
años– “un oscuro presentimiento lo empujara a una infatigable actividad
creadora gobernada por la voluntad de entregar su vida a la pintura”,
comenta Cerviño.
Un bref résumé historique concernant la naissance de l’Arabie saoudite.
La Péninsule arabique était une région désertique, peuplée de tribus
bédouines, souvent en conflit. Au XVIIIe siècle, la tribu de la famille
des Saoud était parvenue à unifier l’Arabie pour répandre la doctrine
wahhabite, une interprétation rigoriste du sunnisme dont le fondateur
est Muhammad Ibn el-Wahhâb (1703-1792). Mais cette unification prit fin
avec l’intervention de Muhammad Ali, le pacha d’Egypte. A partir de
1901, du Koweït où il est né, le jeune Abdelaziz Ibn Saoud mène le
combat pour le rétablissement de l’ État de ses ancêtres. Il s’empare de
Riyad, puis de l’ensemble des régions du Nedjd et du Hassa. En 1915, en
pleine guerre mondiale, les Britanniques recherchent une alliance dans
la Péninsule. A cet effet, ils reconnaissent les conquêtes d’Ibn Saoud
tout en s’alliant avec son principal rival le Chérif Hussein de La
Mecque. Ce dernier a pris en charge le soulèvement arabe contre les
Ottomans. Le 16 mai 1916, les ministres des Affaires étrangères
britannique et français M. Sykes et F.G.Picot se partagent le
Proche-Orient en signant les Accords Sykes-Picot et le 2 novembre 1917,
par la déclaration Balfour, la Grande Bretagne répond favorablement au
mouvement sioniste pour instaurer un Foyer national juif en Palestine...
Chérif Hussein s’oppose à cette initiative... Ce qui entraîna la
puissance coloniale britannique d’apporter son soutien à son rival, à
savoir, Ibn Saoud... Et en 1926, Ibn Saoud est devenu Roi du Hedjaz,
Sultan du Nedjd, mais aussi maître des Lieux Saints. Il parvient à
imposer le wahhabisme comme faisant partie de l’Islam officiel
sunnite...Il n’est pas inutile de souligner que suite à l’implantation
des juifs européens organisée par le mouvement sioniste avec l’aide des
puissances coloniales, les nombreux soulèvements populaires palestiniens
n’eurent aucun soutien du nouveau roi Ibn Saoud... Des soulèvements
réprimés dont l’assassinat en 1936 du dirigeant palestinien Azzedine
Kassem par l’armée britannique et la force armée sioniste, la Haganah.
Les années 30 correspondent également à la découverte des ressources
pétrolières dans la péninsule arabique. Pour des raisons stratégiques,
Ibn Saoud se détourne des Anglais et accorde les premières concessions
de recherches pétrolières à une nouvelle puissance occidentale, les
Etats-Unis. A partir de 1939, la première exploitation commerciale
commence avec les entreprises Texas Oil Co, Standard Oil Company of
California...
Depuis, l’Arabie saoudite est devenue le royaume des hydrocarbures sous contrôle états-unien.
A La Mecque : un cerveau qui prie et compte
Entre 1 et 1,5 million de musulmans, venus du monde entier font le
Hajj, le pèlerinage annuel à La Mecque qui se déroule sur cinq à six
jours. C’est l’un des plus grands rassemblements religieux qui soit.
Tout musulman qui en a les moyens est tenu de l’accomplir au moins une
fois dans sa vie. En 2024, le pèlerinage a rapporté à l’Arabie saoudite
environ 171 milliards de dollars. Le prince héritier Mohammed Ben
Salmane (MBS) a mis en œuvre le projet ’’Vision 2030’’ pour faire du
pèlerinage une ’’industrie’’ du tourisme du Hajj...
En acceptant de vendre à L’Etat d’Israël et à l’Arabie des avions de
chasse F-35, D. Trump a récolté 1000 milliards de dollars
d’investissement saoudien. D’autre part, comme le souligne le journal
libanais L’Orient- Le Jour, entreprises saoudiennes et américaines ont
signé de gros contrats sur l’IA et les terres rares (1).
Dorénavant, le pèlerin devrait méditer sur la valeur de son titre de
Hajj car l’argent qu’il a ou qu’il va dépensé pour l’acquérir a servi
ou servira directement ou indirectement à financer le génocide et le
nettoyage ethnique à Gaza et en Cisjordanie.
D’où la suggestion suivante : boycotter le pèlerinage à la Mecque pour manifester sa solidarité avec le peuple palestinien !
Comme le souligne la rapporteuse spéciale de l’ONU, F.Albanaise dans son dernier rapport - Le génocide de Gaza : un crime collectif’-où
elle met en évidence la complicité des Etats occidentaux et des Etats
arabes clés qui ont alimenté ou se sont rendus complices de la machine
génocidaire israélienne à Gaza (2).
Et à la tête de ces Etats clés, le Royaume saoudien allié de
l’impérialisme israélo-occidental. Un impérialisme qui veut faire du
Moyen-Orient, un prolongement de l’ Occident dans le but d’instaurer le
Royaume d’Israël du Nil à l’Euphrate (3).
On ne peut que conclure que le cerveau de MBS qui habite à La Mecque
prie sans penser mais il compte le nombre de pierres achetées que chaque
pèlerin jette contre Satan. Plus le pèlerin jette de pierres, plus la
porte du Paradis lui est grande ouverte et sur terre, cela rapporte plus
de dollars à MBS...D’où l’expression, d’une pierre deux coups !
A Riyad : un cerveau qui obéit pour avoir la liberté de compter
Sur les sujets brûlants, peuple palestinien , Gaza, Cisjordanie,
Liban, Syrie, les idéologues et les stratèges sionistes et américains y
réfléchissent dans l’ ombre pour mettre en place une stratégie de
pacification de la région. Cette stratégie comporte trois volets qui
sont dépendants :
1) Soumettre Gaza et la Cisjordanie sous tutelle sioniste sous une forme ou une autre.
2) Morceler la Syrie tout en annexant certains territoires dont le
Golan. L’ancien-nouveau terroriste-démocrate Jolani- Charra étant
toujours sur la liste des intégristes ne peut que se soumettre et obéir
aux ordres. En particulier, servir pour déstabiliser le Liban.
3) Continuer à bombarder le pays du cèdre et l’étrangler financièrement
afin d’obliger le président libanais Joseph Aoun de donner l’ordre à
l’armée libanaise de désarmer la Résistance libanaise, le Hezbollah...
Dans une situation sociale et politique explosive, en particulier
dans le Sud du Liban, l’hypothèse d’une guerre civile est à prendre au
sérieux...Une hypothèse qui a la faveur des Etats-Unis et de l’Etat
d’Israël avec une Arabie saoudite toujours prête à collaborer sans état
d’âme, une fois la tâche accomplie, tout comme les autres Etats arabes
’’normalisés’’...
Pendant ce temps, l’Etat sioniste occupe et bombarde le Liban,
colonise et nettoie ethniquement la Cisjordanie et Gaza tout en
continuant sa stratégie génocidaire avec le soutien indéfectible des
Etats-Unis. En effet, comme l’a déclaré le Secrétaire général du
Hezbollah, ces derniers « ne sont pas un médiateur mais un agresseur » et sont « le fléau du Liban »(4).
Un fléau pour tout le Moyen-Orient...Et en ligne de mire l’Iran avec
la bénédiction des dirigeants arabes dans l’habit du serviteur
volontaire (5).
Dirigida por el rumano Christi Puiu, se trata de una película extraordinaria, alejada de los ritmos trepidantes, porque deja la acción a un lado para enfocarse en la profundidad de los diálogos y el matiz de sus personajes.
Me recuerda mucho a "El arca rusa" del ruso Aleksandr Sokúrov, otra delicia cinematográfica destinada a la contemplación, en la que un narrador anónimo e invisible para el público va caminando por el Palacio de Invierno (ahora el Museo del Hermitage de Rusia en San Petersburgo). El narrador nos dice que ya está muerto, y que es un fantasma que deambula errante por cada cuarto del palacio, en los que se encuentra con variados personajes reales y ficticios de los tres siglos de historia del lugar.
Su sinopsis:
"Nikolái, poderoso terrateniente y hombre de mundo, decide invitar a sus amigos de la alta sociedad a alojarse en su mansión de Malmkrog, Transilvania, para pasar las fiestas de fin de año. Entre sus invitados se encuentran un político franco-ruso, un general ruso y una condesa, que disfrutan de una velada serena entre sabrosas comidas, juegos de sociedad y profundas discusiones sobre la moral, la política, la muerte o la existencia del mal. A medida que las horas pasan, las tensiones aumentan y cualquiera puede caer víctima de su propio discurso... "
La película está inspirada en la obra filosófica "Tres diálogos y el relato del Anticristo" del filósofo ruso Vladímir Soloviov, y se caracteriza por un enfoque riguroso en los diálogos y el espacio, desafiando las convenciones narrativas tradicionales.