Cuando Angola conquistó su independencia en 1975, el ejército cubano
acudió en defensa del nuevo gobierno. La misión tuvo repercusiones a
escala mundial: aceleró la caída del apartheid sudafricano y remodeló la
propia identidad y visión del mundo de los cubanos.
La
experiencia angoleña repercutió en Cuba de múltiples maneras: reforzó
muchas de las creencias y compromisos del país, le valió numerosos
aliados e inspiró un hondo sentimiento de orgullo. (Pascal Guyot / AFP
vía Getty Images)
El fin del dominio colonial portugués en Angola hace cincuenta años
también supuso el inicio de una misión militar cubana que tuvo un gran
impacto en la historia del país, al repeler una invasión sudafricana y
negar a Pretoria la oportunidad de llevar al poder a sus aliados
locales. También dejó su huella en toda la región: Nelson Mandela
atribuyó a la victoria cubana sobre el ejército sudafricano en 1988 el
haber acelerado la caída del apartheid.
Cuando las fuerzas armadas cubanas se involucraron abiertamente en
Angola en noviembre de 1975, se extendió la creencia de que Cuba era un
«proxy» soviético. Quienes conocían bien a Cuba argumentaban que no era
tan sencillo. Cuestionaban si realmente se podía describir como un
Estado cliente y si Moscú estaba realmente interesado en verse envuelto
(indirectamente) en los conflictos internos del sur de África.
Con el tiempo, nuevas investigaciones desviaron la atención de una
interpretación que se basaba en gran medida en la perspectiva hegemónica
de la Guerra Fría. Poco a poco quedó claro que la participación de Cuba
se había producido a petición del nuevo gobierno del Movimiento Popular
para la Liberación de Angola (MPLA), al que Portugal había cedido
apresuradamente el control del país.
El MPLA se veía ahora amenazado por fuerzas rivales que contaban con
el respaldo de Sudáfrica y Estados Unidos. El MPLA solicitó ayuda a La
Habana basándose en sus estrechos vínculos con Cuba y en el historial de
apoyo cubano a la lucha anticolonial.
Solidaridad internacional
Desde 1961, Cuba siguió una estrategia de apoyo activo a las
revoluciones armadas y las luchas anticolonialistas en América Latina,
África y Asia. La trascendental Conferencia Tricontinental de La Habana
de 1966 expresó esta línea de solidaridad ideológica con los radicales
del Tercer Mundo.
Esa política también incluía el apoyo a los Estados poscoloniales
frente a amenazas externas, por ejemplo, mediante ayuda militar para
defender a Siria frente a Israel en 1973. La solicitud del MPLA en 1975
fue, por lo tanto, un paso natural, al igual que la respuesta positiva
de Cuba. Desde agosto, ya había un pequeño contingente cubano en Luanda
asesorando sobre las defensas de la ciudad.
La rápida respuesta de Cuba a la solicitud de ayuda tomó por sorpresa
a Moscú, y los líderes soviéticos se vieron obligados a ofrecer apoyo
logístico a pesar de sus reservas, que se hacían eco de su anterior
oposición a la estrategia insurreccional de Cuba. Lejos de obedecer los
dictados de su aliado soviético, La Habana estaba influyendo en las
interpretaciones soviéticas de los acontecimientos en el Sur Global, un
patrón que se repitió más tarde con Nicaragua y Granada.
Había otro contexto más interno para la participación de Cuba en
Angola, arraigado en la cultura política del país. La solidaridad con
las fuerzas antiimperialistas en el extranjero era en parte una
manifestación externa de patrones bien establecidos en el país, como se
ha visto en muchas de las movilizaciones y campañas participativas
exitosas desde 1959.
Todo esto sucedía en un Tercer Mundo que estaba experimentando
transformaciones dramáticas. Estaban surgiendo nuevos gobiernos
poscoloniales, y muchos de ellos buscaban el asesoramiento o la ayuda de
Cuba sobre la base de vínculos pasados. En América Latina, el patrón de
regímenes militares proestadounidenses durante los años sesenta y
principios de los setenta había comenzado a cambiar, con gobiernos más
nacionalistas en muchos países dispuestos a reconocer a Cuba y comerciar
con ella.
Esto pone en tela de juicio la visión tradicional de que Cuba puso
fin a su apoyo activo a la lucha armada en América después de 1970
debido a su dependencia económica de la URSS. De hecho, al haberse
relajado en cierta medida el asedio de Estados Unidos y del continente a
la isla, Cuba podía ahora buscar aliados a través de la diplomacia en
lugar de apoyar a los movimientos guerrilleros.
La estrategia insurreccional regional de Cuba no se basaba únicamente
en una interpretación radical y poco ortodoxa del marxismo y en un
compromiso ideológico con el antiimperialismo. También reflejaba la
realidad de que Cuba tenía poco que perder al responder de esa manera al
asedio y al aislamiento, en el contexto del compromiso secreto de
Estados Unidos, tras la crisis de los misiles cubanos de 1962, de no
invadir la isla. Ahora que el aislamiento se estaba suavizando, La
Habana podía explorar nuevas formas de promover la solidaridad del
Tercer Mundo.
Una vez que el MPLA y sus aliados cubanos detuvieron la amenaza
militar inmediata a Angola, la ayuda cubana se extendió a las áreas
civiles para la construcción de infraestructura poscolonial. Cientos de
técnicos, personal médico, maestros, agrónomos e incluso trabajadores
culturales se ofrecieron como voluntarios por períodos prolongados. La
práctica cubana del internacionalismo se expresaría a partir de entonces
principalmente en campos no militares, extendiéndose a más de cuarenta
países.
Punto de inflexión
¿Qué significó todo esto para la propia Cuba? En retrospectiva, está
claro que la participación del país en Angola representó un punto de
inflexión en varios sentidos. El voluntariado desempeñó un papel
importante desde el principio. Los dirigentes de La Habana dejaron claro
que toda la empresa se basaría en ese principio y pidieron a los
soldados cubanos que respondieran.
La magnitud de su respuesta fue notable. De hecho, a muchos
extranjeros les pareció increíble, ya que asumieron que la voluntad de
servir era el resultado de la coacción o de la promesa de beneficios
materiales. Sin embargo, cuando académicos de fuera de Cuba investigaron
el fenómeno, tendieron a coincidir en que el voluntariado era genuino,
al menos en las primeras etapas.
Para comprenderlo debemos situarlo en el contexto de la participación
popular en Cuba desde 1959. En 1975, la solidaridad práctica e
ideológica se había movilizado a través de la participación masiva en
diversas organizaciones —sobre todo en los Comités de Defensa de la
Revolución (CDR) de los barrios— y una serie de campañas para alcanzar
objetivos definidos, desde la promoción de la alfabetización y la salud
hasta la defensa de Cuba contra la amenaza de invasión.
A través de esas experiencias colectivas constantes, las nociones de
solidaridad y voluntariado se habían convertido en partes familiares del
tejido social y la cultura política cubanos. De hecho, gran parte del
proyecto de construcción nacional de los años sesenta y principios de
los setenta se había logrado gracias a esos mecanismos.
También había otros atractivos. Por ejemplo, muchas personas veían el
trabajo en el extranjero como una forma de romper con sus hábitos
impuestos de mirar hacia dentro bajo el asedio de Estados Unidos, lo que
les ofrecía nuevas experiencias. También les daba acceso a bienes y
divisas que de otro modo serían escasos. Además, existía cierta presión
social en el lugar de trabajo, ya que el ejemplo de los voluntarios
persuadía a otros a seguir sus pasos.
Sin embargo, con el tiempo, la estrategia de enviar personas al
extranjero para prestar ayuda se convirtió en un elemento natural y
destacado de la política exterior de Cuba y de la vida de los cubanos de
a pie. Muchas personas trabajaban en el extranjero o tenían un amigo o
familiar que lo hacía.
Cuba y África
En cuanto al esfuerzo militar real en Angola, una de las primeras
reacciones del público fue un alto grado de orgullo nacional. Ahora se
consideraba que Cuba estaba actuando en apoyo de un Estado poscolonial
hermano, contra los impopulares Estados Unidos y el régimen paria del
apartheid de Sudáfrica. Esto impulsó la confianza colectiva en el
potencial de Cuba para desempeñar un papel global que era claramente
honorable, pero que antes parecía imposible.
La campaña de Angola también tuvo un efecto imprevisto pero
significativo. Trajo consigo un nuevo enfoque, tanto popular como
oficial, sobre la composición étnica de Cuba. A partir de noviembre de
1975, los dirigentes cubanos se refirieron al proyecto como «el regreso
de los esclavos», recordando el gran número de africanos que los
colonialistas españoles habían traído a la fuerza desde Angola para
impulsar la producción de azúcar. El nombre oficial de la campaña fue
Operación Carlota, en honor a una famosa esclava rebelde angoleña de la
época.
Angola recordó así a los cubanos el impacto cultural de África en su
sociedad y su contribución vital a los patrones económicos del país, así
como a su radicalismo político (en las tres rebeliones independentistas
del siglo XIX). Esto reconfiguró el proceso de definición de la
identidad cubana como base de la revolución y como forma de encontrar un
lugar en el mundo.
Esto era necesario porque los cubanos habían pasado por una
experiencia bastante típica en la que el colonialismo y el
neocolonialismo habían moldeado su identidad, llevándolos a aceptar su
propia inferioridad y la superioridad de sus colonizadores, y a mirar
hacia el norte en busca de aspiraciones colectivas para una futura «Cuba
Libre». Ese patrón se había mantenido durante el periodo de
independencia cuestionable de Cuba entre 1902 y 1958, reforzado por una
importante inmigración española hasta la década de 1930.
Después de 1959, las nuevas políticas y la hostilidad de Estados
Unidos hacia la Revolución Cubana obligaron a desarrollar una nueva
afinidad radical con América Latina. Esto se expresó a través del apoyo
activo a la rebelión armada en la región, pero también a través del
protagonismo cultural continental seminal de la Casa de las Américas.
Sin embargo, a principios de la década de 1970, la adhesión de Cuba al
Comecon, la red comercial del bloque liderado por la Unión Soviética,
puso fin a la austeridad de la década anterior. Las mejoras materiales
generaron una tendencia entre los cubanos a considerarse potencialmente
parte del «Segundo Mundo».
La participación cubana en Angola, junto con nuevas formas de
colaboración con un Caribe anglófono cada vez más radicalizado y un
visible giro hacia la izquierda en Centroamérica, sirvió como un
poderoso recordatorio de que África siempre había contribuido de manera
sustancial a la formación de la identidad nacional cubana. Esa
contribución había sido objeto de cuestionamientos y controversias
durante mucho tiempo, a pesar de las reformas sociales y las
declaraciones oficiales tras la victoria rebelde.
De repente, el color dejó de ser un tema tabú (en una sociedad
supuestamente ciega al color) y pasó a representar un elemento básico de
una identidad de la que los cubanos podían sentirse orgullosos. La
nueva ola de austeridad que azotó a Cuba tras el colapso de la Unión
Soviética y la pérdida de esperanza que lo acompañó socavaría en cierta
medida esta conciencia del color. Aun así, dicha conciencia tenía ahora
raíces más profundas que antes y seguía siendo una parte fundamental de
toda la ecuación cubana.
Legados
En vista de todo esto, ¿cómo siguieron percibiendo los cubanos el
papel de su país en Angola? En la década de 1980 se produjo un ligero
descenso del entusiasmo inicial, con un número estimado de víctimas
mortales de alrededor de seis mil, de los más de doscientos mil que
prestaban servicio allí. También hubo una tendencia en algunos sectores a
considerar la presión de los compañeros como una forma de presión
estatal, y el voluntariado como un medio para que las personas se
saltaran las colas para obtener viviendas u otros beneficios.
Tras una epidemia de dengue en 1980, se extendió el rumor de que su
origen se encontraba en el voluntariado internacionalista. Al año
siguiente, la huida masiva de más de 120 000 cubanos en el puerto de
Mariel, que conmocionó tanto al pueblo cubano como a sus dirigentes,
hizo que las quejas sobre Angola se hicieran más audibles.
Sin embargo, el entusiasmo y el orgullo volvieron tras los
acontecimientos de marzo de 1988, cuando una fuerza de más de cincuenta
mil soldados cubanos infligió una importante derrota al ejército
sudafricano en Cuito Cuanavale, en una batalla campal que levantó la
moral.
El orgullo creció a medida que se hicieron evidentes los efectos de
la victoria cubana: las tropas sudafricanas se retiraron de Angola y
Namibia poco después, y el Estado del apartheid pronto comenzó a
desmoronarse con la liberación de Mandela en 1990, seguida de su
elección como presidente del país. Ese sentimiento de orgullo incluso
sobrevivió (y puede que ayudara a consolar a la gente) durante la crisis
de principios de la década de 1990.
Sin embargo, esa misma crisis también acabó con la capacidad de Cuba
para continuar con su política de internacionalismo a la escala
anterior. La prestación de ayuda se limitó entonces, en general, a la
asistencia tras desastres naturales o, como en el caso de Palestina, a
la educación y formación gratuitas para estudiantes del Sur Global.
La paciencia de los cubanos se vio a menudo puesta a prueba durante
los años de crisis, ya que algunos contrastaban sus dificultades diarias
para sobrevivir con suministros limitados y racionados con lo que
consideraban la generosidad de Cuba en el extranjero. Sin embargo, en
general, el compromiso con la idea de la solidaridad internacional
pareció perdurar entre muchos cubanos, lo que sugiere (en las
situaciones más desesperadas) que la creencia popular en la solidaridad
todavía tenía cierta influencia.
También pudo haber ayudado el hecho de que el historial de Cuba en la
prestación de ayuda a otros países, incluso durante la crisis,
suscitara una importante simpatía mundial hacia el país. Esto se puso de
manifiesto cada año a partir de 1992 en las abrumadoras votaciones de
la Asamblea General de las Naciones Unidas contra el embargo
estadounidense (al que solo se oponían ritualmente Estados Unidos e
Israel), lo que reforzó la sensación de que Cuba no estaba sola. Con
Donald Trump endureciendo aún más el embargo, esa simpatía podría
parecer una pequeña bendición, pero no obstante lo era (y quizás lo siga
siendo).
La experiencia angoleña afectó así a Cuba de varias maneras, en su
mayoría para mejor. Reforzó muchas de las creencias y compromisos del
país, le granjeó muchos aliados e inspiró sentimientos de orgullo (así
como quejas y resentimientos). Cuba después de 1975 era diferente, y
probablemente aún estemos descubriendo el alcance y el carácter de esas
diferencias.
Antoni Kapcia
Profesor de historia latinoamericana en el Centro de Investigación
sobre Cuba de la Universidad de Nottingham. Entre sus obras destacan Leadership in the Cuban Revolution: The Unseen Story, A Short History of Revolutionary Cuba: Revolution, Power, Authority and the State from 1959 to the Present Day y Cuba in Revolution: A History Since the Fifties.
La guerra civil y sus antecedentes
son los capítulos más controvertidos de nuestra historia. Este libro
recoge las aportaciones de diecinueve historiadores españoles y dos
extranjeros que participaron en un simposio en la UNED de Zamora al
cumplirse el 80 aniversario de su final. Su título responde
estrictamente al contenido. Se abordan tanto viejos temas desde una
perspectiva actualizada como otros nuevos. Su base es estrictamente
empírica y documental. El conjunto constituye un desafío en toda regla a
multitud de patrañas que circulan como “historia” en las redes
sociales, en ciertos medios de comunicación e incluso en el mismo
Parlamento. Sin concesión alguna. Es un libro de historia y sólo de
historia. (Contracubierta del libro)
El presente volumen recoge las ponencias del Congreso que, bajo el título Queda mucho por decir sobre la Guerra Civil, Aportaciones recientes y reflexiones ochenta años después, se
celebró en Zamora, y con el patrocinio de la UNED, los días 27, 28 y 29
de marzo de 2019. Su convocatoria, aprovechando el convencionalismo
conmemorativo, respondía a razones historiográficas de peso para
actualizar perspectivas de análisis y reflexiones sobre la Guerra Civil a
los ochenta años de su finalización, y exponer en el escenario
historiográfico aportaciones nuevas desde el punto de vista temático y
empírico. Pero, principalmente, también había una razón de fondo de
naturaleza emocional y personal: el presente volumen pretende ser un
homenaje al profesor Julio Aróstegui, estrechamente vinculado a quienes
esto escriben durante buena parte de su trayectoria como historiador de
la Guerra Civil. El congreso que se celebró y la obra que, como
resultado, ahora se presenta, se insertan en una trayectoria de
«Encuentros sobre el conflicto central del siglo xx español» que impulsó
Julio Aróstegui, Él proyectó y dirigió un amplio congreso celebrado con
ocasión del cincuentenario del inicio de la guerra en septiembre de
1986 en la Universidad de Salamanca, con la apoyatura de la Sociedad de
Estudios de la Guerra y el Franquismo (SEGUEF), y publicado en tres
volúmenes bajo el entonces novedoso título de Historia y memoria de la Guerra Civil, cuando
el tema de la memoria, que tanto debe a Julio Aróstegui, apenas si
estaba iniciándose en España. Con él colaboramos estrechamente en la
organización de tal evento. Significó un punto de inflexión para
estimular y multiplicar los estudios sobre la Guerra Civil y el
Franquismo, y dibujó una cantera de jóvenes historiadores que entonces
abrían perspectivas de análisis distintas o no contempladas hasta el
momento.
19
de julio de 1936: vecinos de Zamora leen el bando por el que los
sublevados declaran el estado de guerra (foto: colección García Rubio)
En esa estela se pusieron en marcha
después muchas iniciativas académicas e investigadoras. Bajo su
codirección se programó, asimismo otro encuentro en diciembre de 2006,
que se ha publicado digitalmente con el titulo de A los 70 años de la Guerra Civil española,
obra en la que se integra una renovadora aportación, no solo en cuanto a
contenidos sino también a metodología de Aróstegui, que en aquel
momento era director de la Cátedra de la Memoria Histórica de la
Universidad Complutense de Madrid, con el título «Memoria de batallas y
batallas de memorias: reabrir el pasado».
Constatando la indudable realidad del
avance historiográfico en el conocimiento de la Guerra Civil,
crecientemente protagonizado por los historiadores españoles, en
distintas ocasiones comentamos con él la conveniencia de dedicar en su
momento un nuevo encuentro científico con ocasión del ochenta
aniversario del final del conflicto. Este debería contar con equilibrada
presencia de las distintas generaciones de historiadores de la guerra y
sobre los aspectos nuevos o que se vislumbraban como insuficientemente
tratados. En este caso no fue posible su implicación hasta el final,
pues lo impidió su prematuro fallecimiento, pero el congreso que
finalmente se realizó en Zamora en marzo de 2019 siguió en buena medida
la impronta ya marcada por él. En el encuentro participaron muchos de
quienes ya estuvieron en el de 1986, ya en su madurez historiográfica, y
los que iniciaban una trayectoria investigadora en no pocos casos bajo
el impulso del propio Aróstegui.
Pancarta en el Madrid asediado, fotografía atribuida a Mijail Koltsov
Como se ha indicado, también respondía
este Congreso a la tendencia de la historiografía española a recordar
los aniversarios redondos del comienzo o final de la Guerra Civil con
cierto empaque. En general, con el resultado de compilaciones
bibliográficas o, más frecuentemente, con obras colectivas –en
las que un número restringido de investigadores expone sus reflexiones
con respecto a aquella cesura radical en la vida española. En el mismo
2019 se publicó ya un volumen de estas características, que obedeció a
un congreso celebrado años antes en la Universidad Rovira y Virgili.
También tuvieron lugar dos grandes congresos, con acentos diversos, en
los que se reunieron especialistas de la materia.
¿Se podía decir algo más de la Guerra
Civil después de un inabarcable repertorio de publicaciones convertido
en el más prolífico entre cuantos temas se han abordado en la historia
contemporánea de España? Más allá de la convención conmemorativa, la
respuesta es evidente y afirmativamente rotunda y da lugar al titular
del congreso. No solo era oportuno el encuentro, sino necesario en
términos historiográficos y sociales. Se puede decir mucho más desde el
punto de vista de los fundamentos empíricos, con la documentación de muy
diversa naturaleza en nuestros archivos y otras fuentes de información.
Pero no se trataba solo de una cuestión empírica, sino de la exigencia
metodológica de abordar otras interpretaciones y otros marcos de
comprensión, replanteando la forma de pensar la Guerra Civil de manera
distinta, fuera de los habituales carriles metodológicos. Sobre todo
porque nunca ha habido posiblemente más información y al mismo tiempo
tanto desconocimiento historiográfico.
Franco en el frente de Cataluña, invierno de 1938 (foto: BNE)
En su momento nos dirigirnos a un amplio
y diverso número de historiadores, y aceptaron todos sin excepción,
para que hicieran llegar a los asistentes sus reflexiones sobre la
Guerra Civil a los ochenta años de su finalización en función de sus
últimas aportaciones a la mejor comprensión de sus antecedentes,
desarrollo y consecuencias, sus nuevos descubrimientos sobre aspectos
relacionados con ella o su análisis del impacto que la moderna
historiografía sigue teniendo en la sociedad española de nuestros días.
La idea estribó en proyectar los focos de la investigación histórica
documentada y analizada críticamente sobre ciertas facetas atrapadas en
un pasado tergiversado, deformado, manipulado y planteado más para una
divulgación en términos de consumo y con carácter presentista, no exento
de connotaciones político-ideológicas, que corno resultado de
investigaciones contrastadas.
Las ponencias se transmitieron por
circuito cerrado a los alumnos de la UNED y, más adelante, en abierto a
todos los interesados. Para este volumen, sin embargo, todas y cada una
han sido revisadas concienzudamente por sus autores. El plazo final
para la admisión de las actualizaciones se fijó a finales del año 2019.
Nos complace reconocer que todos los participantes cumplieron con el
plazo establecido. En consecuencia, este libro recoge lo que representa
el punto al que cada autor ha llegado, en los momentos actuales, sobre
las dimensiones que les fueron sugeridas. Un vistazo al índice permite
advertir tanto la diversidad temática como de enfoques de los
investigadores. Lo que ahora hemos pretendido es acercar el estado
actual de sus reflexiones al mayor número posible de lectores. Con las
solas y relevantes excepciones de sir Paul Preston y de la doctora
Daniela Aronica, todos los autores son españoles. No hemos preferido
esta opción por casualidad. Es el fruto de una reflexión meditada. Desde
los años ya lejanos de la Transición democrática los historiadores
españoles hemos ido ascendiendo, a veces penosamente, hacia la punta de
lanza de la investigación sobre la Guerra Civil. Es el resultado de tres
factores que han obrado al unísono: en primer lugar, la desaparición de
la censura y la recuperación de la libertad de pensamiento, publicación
y cátedra. Toda una generación de historiadores, entonces jóvenes, hoy
muy veteranos, estaba esperando con ansiedad la eliminación de las
trabas institucionales, políticas e ideológicas para empezar a poder
investigar sobre el común pasado español sin miedo de ir a la cárcel o
al exilio. En segundo lugar, la progresiva apertura de archivos
españoles a sus diversos niveles, estatales, regionales y locales;
políticos y militares, públicos y privados. Es un truismo afirmar que
sin archivos no se hace la historia. Si bien no todos los archivos
existentes son hoy de libre acceso, y en los que lo son todavía quedan
fondos inaccesibles porque no han sido desclasificados, como los fondos
de los Consejos Superiores de los tres Ejércitos, lo que el sistema
democrático ha logrado en los últimos cuarenta años no es nada
desdeñable. Existe material para mantener ocupadas a nuevas generaciones
de historiadores. Por último, la importación por parte de los
investigadores españoles de enfoques, técnicas y rnetodologías que han
enriquecido la panoplia de instrumentos con los cuales han ido
despejándose parcelas ocultas del pasado. Parcelas que no habían sido
objeto de tratamiento en la historiografía que podríamos caracterizar de
tradicional. El resultado es que la historia se ha mejorado con las
aportaciones de otras historiografías y de otras ciencias naturales y
sociales, y puede así presentar una visión mucho más compleja del
pasado español.
Detenidos por los sublevados en Utrera (Sevilla)(foto: Biblioteca Nacional)
Por otro lado, también ha sido resultado
de una reflexión meditada la participación de representantes de, al
menos, tres generaciones de historiadores: los que hicieron sus
primeras investigaciones en los años de la Transición; los que se
incorporaron en los años 1980 y 1990 en un contexto político e
historiográfico muy diferente y, por último, los alevines, formados en
el nuevo milenio y que ya aportan fuerza renovadora en sus trabajos.
Las veintidós contribuciones se
articulan en tres partes. La primera aborda generalidades sobre la
Guerra Civil o sus antecedentes en una visión historiográfica; la
segunda trata de aspectos relevantes para la comprensión de la guerra,
desde la dinámica militar hasta la internacional o la social, todos
sumamente controvertidos; la tercera, sobre sus consecuencias inmediatas
en términos de represión y configuración de la dictadura. En todo
momento solicitamos a los autores que nos hicieran llegar sus
reflexiones de la forma que consideraran más apropiada para alcanzar el
objetivo que nos proponemos con el presente volumen. A saber, hacer
llegar al público interesado una reflexión sobre las nuevas formas de
ver la Guerra Civil gracias a los descubrimientos más recientes,
analizados por ellos mismos o con su participación. No son, por
supuesto, todos los que están ni están todos los que son. La
historiografía española de hoy goza de gran diversidad y de una salud
excelente, pero las razones de espacio exigían una limitación. Eso sí,
todos tienen un denominador común: el de abordar la investigación desde
el punto de vista historiográfico, es decir, con fundamentos empíricos,
rigor metodológico y perspectivas de análisis solventes para intentar
distanciar al lector de controversias distorsionadoras que publicitan
medios de comunicación, redes sociales o partidos políticos, y de los
que intencionadamente manipulan el pasado. En la actualidad circulan
muchas versiones que carecen de solidez científica, o exageraciones en
búsqueda de un éxito rápido o presentaciones en formato novedoso de
tesis y afirmaciones desacreditadas. Si bien como historiadores sabemos
perfectamente que no existe, ni puede existir, una historia definitiva,
y que su propia naturaleza científica exige un permanente diálogo
historiográfico y una continua redefinición de análisis, no podemos
enmudecer ante una agresiva falsificación del pasado bajo un disfraz
historiográfico. Y la mejor forma de hacerlo es divulgar nuestras
investigaciones siempre sujetas a un debate crítico y serio.
Cuando preparábamos este prólogo,
recordamos un artículo del distinguido escritor y ensayista Javier
Marías que viene como anillo al dedo para explicar la coyuntura en que
aparece el presente volumen. No nos resistirnos a citar una parte de él
por su esclarecedora visión:
«Si yo fuera historiador, viviría desesperado, porque la labor de estos jamás había caído tanto en saco roto. El historiador investiga y se documenta, dedica años al estudio, cuenta honradamente lo qué averigua (bueno, los que son honrados, porque también proliferan los deshonestos a sueldo de políticos sin escrúpulos, los que mienten a conciencia), matiza y sitúa los hechos en su contexto. Nada de esto sirve para la mayoría. Tienen mucha más difusión y eficacia unos cuantos tuits falaces y simplistas, y lo más grave es que casi todo el mundo se achanta ante los aluviones de falsedades. […] Demasiada gente ha decidido abrazar el viento que le gusta, como los niños, independientemente de que sea o no verdadero. El historiador actual se desgañita: “Pero, oigan, que esto no fue así, que esta versión es falsa, que nada hay que la sostenga”. Y la respuesta es cada vez más: “Eso nos trae sin cuidado. Nos conviene este relato, nos complace esta ficción, y es la que mejor se adecúa a nuestros propósitos. Es el espejo en que nos vernos más favorecidos, a saber, como víctimas y ofendidos, corno sojuzgados y humillados, como mártires y esclavos. Sin esos agravios a los nuestros, no vamos a ninguna parte ni podemos vengarnos. Y de eso se trata, de vengarnos”»
Gran
Vía de Barcelona tras el bombardeo del 17 de marzo de 1938 (foto de
Michele Francone, incluida en el libro Catalunya any zero, de David
Gesalí y David Íñiguez, Angle Editorial, 2019)
La sociedad española no es, ciertamente, la única en la que se dan cita los bulos, estereotipos y fake news sobre
el pasado, pero sí es una de las pocas en Europa Occidental que los
utiliza como arma política arrojadiza y que los ha elevado al rango de
una fake history desde instancias mediáticas y políticas. Por
eso, precisa todavía de una indagación solvente de su pasado con
fundamentos historiográficos principalmente del siglo XX, en general, y
de la Guerra Civil, en particular.
El presente libro está dividido en tres
bloques temáticos: preliminares, guerra y consecuencias. Se inicia con
las contribuciones de Matilde Eiroa y Alberto Reig, que ponen de relieve
dos de los hilos que condujeron al congreso de Zamora. El primero trata
del papel, la función, los límites y las posibilidades de la labor del
historiador. Como no existe historia definitiva, la que se escribe en un
momento dado es en parte función de las preocupaciones de su presente,
pero puede interpretarse de diferentes maneras. No somos los
historiadores los únicos proveedores de conocimiento sobre el pasado,
aunque pretendamos reconstruir parcelas de este con el mayor rigor
posible. Hoy los medios, bien tradicionales bien digitales, aportan su
granito de arena para redondearlas o, con harta frecuencia, deformarlas.
Refugiados en la carretera Málaga-Almería, febrero de 1937 (foto: Comité Internacional de la Cruz Roja)
Al tema de la deformación dedica Reig su
contribución, planteando que hay que volver a los hechos y enmarcarlos
en un cuadro de referencia teórico, para extraer de ellos todo lo que
pueden dar de sí. En la medida en que la Guerra Civil fue una guerra
entre ideologías, una de las cuales fue bendecida por la Iglesia
católica, de manera inmediata por la española y trentina, su aportación
estudia cómo su discurso formó parte del cuerpo doctrinal con el que la
dictadura trató de «legitimar» su victoria y, con mayor denuedo si
cabe, su interpretación, y cómo esta se proyecta hoy, con escasos
retoques aunque significativos, en una parte de la literatura de masas
que persigue continuar extrayendo réditos políticos y monetarios.
Continúa el libro con la aportación de
Ricardo Robledo sobre la significación de la reforma agraria,
aprovechando el aniversario del fallecimiento de Edward Malefakis, que
fue el primer historiador en acercarse al tema con planteamientos
modernos, hoy en parte superados. Le sigue Eduardo González Calleja, uno
de los mejores conocedores de la historia de la Segunda República,
desmitificando una vez más la interpretación que los vencedores hicieron
sobre ella y que continúa hoy propagada por una subliteratura
historiográfica. De notar son sus repetidas llamadas a la pervivencia,
en ciertos sectores, de una historiografía ayuna de fuentes primarias y
recargada de consideraciones puramente ideológicas de varios de los
mitos sobre la primavera de 1936. Si bien González Calleja se ocupa de
ciertos preparativos para la insurrección, Viñas y Alía entran más
profundamente en ellos. El primero con la provocadora tesis de que se
trató de un golpe monárquico, militar y fascista desde sus lejanos
orígenes en 1932, gracias al descubrimiento de nueva documentación en
los archivos italianos. El segundo, pasando revista a los esfuerzos que
despliegan algunos autores para embarullar los orígenes del golpe de
Estado e, incluso, de cierta manera, para postular un supuesto papel
director de Franco que jamás existió.
Soldados republicanos cruzan el Ebro (foto: Efe)
Cuantitativamente, es el segundo bloque,
el referido a la Guerra Civil misma, el que engloba el mayor número de
contribuciones. Juan Carlos Losada, uno de los historiadores españoles
más importantes en el tema militar, destaca sus momentos estelares
contemplando las dimensiones estratégicas y sus implicaciones políticas.
Juan Andrés Blanco se ocupa del muy mitificado papel de las milicias en
ambos bandos, pero en particular en el republicano, que es donde más
atención han despertado. Jesús A. Martínez aborda el papel de la
propaganda escrita, y también oral, con sus abismales diferencias entre
los dos contendientes, pero en todo caso elaborada para dar sentido a
una lucha a la que la inmensa mayoría de los combatientes fueron
obligados, partiendo de la interpretación también provocadora de que
antes de julio de 1936 no existían dos bloques políticos e ideológicos
dispuestos a enfrentarse en un destino irreversible, y que por ello el
descomunal esfuerzo de propaganda tuvo como objetivo principal el de
configurarlos. Por su parte, Miguel L. Campos, que acaba de terminar una
monografía de próxima aparición sobre el controvertido aspecto de la
soledad de la República con respecto al aprovisionamiento de armas,
excluidas las soviéticas, pone de relieve el desastre que fue la
política seguida para romper el dogal de la no intervención. A ello
añade David Jorge un ensayo sobre el degradadísimo papel que las
potencias democráticas occidentales impusieron a la Sociedad de
Naciones, con una demostración acabada que ha tardado en penetrar en
cierta historiografía. Por la vía de los suministros y por la
político-diplomática, el estrangulamiento tuvo efectos devastadores. Los
republicanos hubieran debido ser trasuntos del capitán América para
sobreponerse, solo con la ayuda de la Unión Soviética y de México, al
peso muerto que les echaron encima el resto del orbe más Franco. José
Ramón Rodríguez-Lago aporta una puesta al día sobre los estudios más
recientes, y señala cómo la próxima apertura de los papeles relativos al
pontificado de Pío XII puede permitir muchos más progresos sobre el
factor religioso en la Guerra Civil. Es un aspecto ‘en crecimiento
exponencial’ en el que abundan nuevos planteamientos y, como es lógico,
nuevas preguntas. El joven doctor Carlos Píriz adelanta parte de los
resultados de su reciente tesis sobre la actividad y significado de la
no menos mitificada «Quinta Columna». Solo aborda una minúscula parte de
ella y desde aquí anunciamos que, cuando se publique, alterará muchas
de las concepciones que hasta ahora habían hecho autoridad sobre el
asunto. Daniela Aronica examina los esfuerzos de la propaganda fascista
para imponer una determinada visión que exaltara la gloria del Duce. Por
su parte, sir Paul Preston, a quien no le fue posible asistir
personalmente al Congreso de Zamora, nos ha permitido reproducir las
palabras sobre el final de la guerra que pudieron presentarse ante los
participantes gracias a una conexión digital.
Cadáveres (según algunas fuentes, de rehenes fusilados) en un cráter junto al alcázar de Toledo (foto: Erich Andrés)
El tercer bloque se ocupa, como una de
las consecuencias principales de la guerra, de la represión por parte de
los vencedores. Es, sin duda alguna, la más ocultada y distorsionada
por la literatura generada durante el Franquismo y que tuvo continuidad
como pieza estructural de su funcionamiento. Aquí hemos procedido desde
lo general (Gutmaro Gómez Bravo, uno de los historiadores de la
generación intermedia que ya se ha hecho con un nombre respetado gracias
a sus investigaciones) hasta lo más particular (Francisco Espinosa, uno
de los grandes pioneros en el estudio del tema, sobre todo en
Andalucía Occidental y Extremadura). Además, un criterio territorial
por el lugar en que se celebró el congreso ha permitido la aportación
sobre el estudio de la represión en esta zona de Enrique Berzal
(Castilla y León) y Cándido Ruiz y Eduardo Martín (Zamora). Este bloque
contiene también estudios innovadores, como el de Julio Prada acerca de
la represión económica, sobre la que acaba de publicar un denso libro
en inglés, o el de Miriam Saqqa, antropóloga, con respecto a la gestión
de los cuerpos de las víctimas del «terror rojo» por parte de los
vencedores. También nos complace contar con una visión muy actualizada
sobre el continuum entre represiones en Cataluña, y sus
consecuencias sociales y políticas tras la guerra, cuyo autor es el gran
historiador catalán José Luis Martín Ramos, que cierra el volumen.
Con vistas a su publicación en papel y
por razones de espacio, hemos optado por no ampliar el elenco de
contribuciones que, en forma de comunicaciones, se presentaron al
congreso. Somos plenamente conscientes de que subsisten lagunas, así
como que es una banalidad pensar que el tema se agota en un congreso.
Nuestro propósito ha sido, es, actualizar con sentido historiográfico
aportaciones recientes sobre la Guerra Civil y reflexiones ochenta arios
después y, quizá, contribuir a encender luces académicas e
investigadoras sobre un pasado muy a menudo deformado.
Índice
Prólogo,
por Juan Andrés Blanco, Jesús A. Martínez y Ángel Viñas
Del estudio del pasado a la transmisión en el presente: ¿qué papel
desempeñan los historiadores a los ochenta años de la Guerra Civil?,
por Matilde Eiroa
La inconclusa guerra de palabras en torno a la represión y el terror en la Guerra Civil,
por Alberto Reig Tapia
Sobre los orígenes agrarios de la Guerra Civil: cincuenta años del libro de Malefakis,
por Ricardo Robledo
La República, ¿víctima o responsable de la Guerra Civil?,
por Eduardo González Calleja
Con Mussolini hacia el 18 de julio. El vector fascista en la conspiración,
por Ángel Viñas
Lo que hemos aprendido sobre el éxito y el fracaso de la conspiración militar,
por Francisco Alía Miranda
Los momentos decisivos de la guerra. Las estrategias militares,
por Juan Carlos Losada
Las limitaciones del impulso miliciano,
por Juan Andrés Blanco
El abandono de la República en materia de suministros de armamentos. Nuevas investigaciones,
por Miguel Í. Campos
El papel de la propaganda y la propaganda de papel. Púlpitos en el frente y prensa
en las trincheras,
por Jesús A. Martínez Martín
El abandono de la República por las democracias: nuevos hallazgos y enfoques,
por David Jorge
Desarmando la cruzada. La Iglesia católica en la Guerra Civil española, ¿qué sabemos?, ¿qué nos queda por saber?,
por José Ramón Rodríguez Lago
Lo dicho y lo que está por decir sobre la Quinta Columna: otra
contribución en el octogésimo aniversario de la conclusión de la Guerra
Civil,
por Carlos Píriz
La ofensiva de Cataluña en el cine de no ficción de la Italia fascista,
por Daniela Aronica
Los últimos días de la República,
por Paul Preston
Del golpe a la guerra de ocupación. La violencia en la Guerra Civil,
por Gutmaro Gómez Bravo
Andalucía y Extremadura: la represión franquista en perspectiva,
por Francisco Espinosa Maestre
Una zona no tan «azul». Guerra Civil y represión en Castilla y León,
por Enrique Berzal de la Rosa
La represión franquista en Zamora: un estado de la cuestión,
por Cándido Ruiz González y Eduardo Martín González
Lo que sabemos de la represión económica. Un balance,
por Julio Prada Rodríguez
Cataluña, fracturas en guerra para después de la guerra,
por José Luis Martín Ramos
Las exhumaciones de los caídos por Dios y por España: la gestión de los cuerpos,
por Miriam Saqqa Carazo
Portada: Portada del libro publicado por Marcial Pons
Introducción. El primer fascismo español, una historia de tres ciudades
Si el fascismo español tiene un himno,
este es sin duda el «Cara al
sol» falangista. Estrenado en 1936, su estrofa inicial reza así:
Cara al sol con la camisa nueva,
que tú bordaste en rojo ayer,
me hallará la muerte si me lleva
y no te vuelvo a ver.
Pero el primer caído «cara al sol» no
fue un falangista, sino un poeta e intelectual considerado el padre de
la independencia de Cuba: José Martí. Murió en Pinar del Río el 19 de
mayo de 1895 luchando contra una columna española, pese a ser hijo de un
valenciano y una tinerfeña emigrados a la isla. Señala el historiador
John Lawrence Tone que Martí fue temerario al querer demostrar que podía
luchar con las armas igual que con sus textos:
Se aproximó a los españoles armado
tan solo con una pistola y montado en un caballo blanco: las ráfagas de
rifle le hirieron de muerte tirándole al suelo.
Su muerte tuvo «aroma de suicidio» y añade que, al parecer, Martí
tuvo «premoniciones de su muerte», visibles en esta estrofa de sus
No me pongan en lo oscuro, a morir como un traidor. Yo soy bueno, y como bueno moriré cara al sol.
Según el hispanista Hugh Thomas el himno
falangista se inspiró en estos versos. Pero los relatos de su creación
atribuyen esta estrofa del himno al fundador de Falange Española (FE),
José Antonio Primo de Rivera, y a dos escritores del partido, Agustín de
Foxá y José María Alfaro, lo que hace plausible que conociesen los
versos de Martí. Este hecho no es menor porque apunta a un sustrato mal
conocido del fascismo español: su influjo cubano, tema de este ensayo
que comporta una revisión profunda de este fenómeno político.
Las
JONS, constituidas el 10 de octubre de 1931, a partir de la fusión del
grupo liderado por Ramiro Ledesma Ramos —fundador del semanario La
Conquista del Estado— con las Juntas Castellanas de Acción Hispánica de Onésimo Redondo Ortega y La Traza, liderada por Alberto Ardanaz (foto:
Archivos de la Historia)
El falangismo como único fascismo español: una visión problemática
En general, los estudios del mismo, más
allá de centrarse en algunas individualidades, orbitan en torno al
falangismo y las dos entidades previas que confluyeron en él. Una fue el
semanario La conquista del Estado, impulsado por Ramiro
Ledesma y que vio la luz en Madrid en marzo de 1931 (el mes previo a la
proclamación de la Segunda República). La otra fue Libertad,
otro semanario que se editó en junio de aquel año en Valladolid
promovido por Onésimo Redondo y cuyo núcleo editor constituyó en agosto
unas irrelevantes Juntas Castellanas de Actuación Hispánica (JCAH). En
octubre ambos grupos se fusionaron en las Juntas de Ofensiva Nacional
Sindicalista (JONS). Dos años después, en octubre de 1933, José Antonio
Primo de Rivera creó un ente rival, la citada FE. Como falangistas y
jonsistas eran exiguos, estos se fusionaron en febrero de 1934 en FE de
las JONS. Estas siglas fueron marginales hasta que en la primavera de
1936 conocieron una gran afluencia de seguidores. Ya en plena Guerra
Civil, en abril de 1937, Franco unificó a FE de las JONS con la otra
gran fuerza de la derecha, el carlismo, y creó el partido oficial de su
régimen: Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva
Nacional Sindicalista (FET y de las JONS).
Acabada la Guerra Civil en abril de 1939
e iniciada la Segunda Guerra Mundial en septiembre de aquel año, las
expectativas que Franco depositó en el triunfo del Eje favorecieron la
fascistización del régimen a través de FET y de las JONS hasta agosto de
1942 de la mano de Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco. Entonces el
retroceso de las fuerzas del Eje forzó al dictador a adoptar un
funambulismo político para sobrevivir a la victoria aliada de 1945. En
este marco FET y de las JONS, desde 1967 llamada Movimiento Nacional (o
«Movimiento»), conoció un letargo del que ya no salió hasta su
disolución en abril de 1977. Devino así el paraguas político de tres
generaciones de españoles y españolas (estas últimas en la Sección
Femenina).
Paradójicamente, esta asociación del
fascismo español con el falangismo la originó este último. En los años
treinta asumió su conexión con ascendentes italianos y tras la derrota
del Eje quiso proyectarse como una especificidad hispánica. A inicios de
los años sesenta del pasado siglo, el historiador estadounidense
Stanley G. Payne examinó la «falangística» (las obras emanadas del
universo falangista, desde memorias a textos políticos) y asumió su
visión del «fascismo español» y su estudio la convirtió en una opción
comparable al fascismo italiano y al nazismo alemán, con pautas de
análisis ya muy elaboradas. Payne posteriormente profundizó en el
estudio del fascismo y devino un experto en el tema. Como resultado, el
trabajo pionero de Payne sobre Falange codificó los parámetros del
fascismo español de estudios posteriores, que lo asociaron al falangismo
de forma indeleble.
Ceremonia
de fusión de Falange Española y de las JONS celebrada en el Teatro
Calderón de Valladolid el 4 de marzo de 1934, en la que intervinieron
Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda, Onésimo Redondo, Ramiro Ledesma
Ramos y Emilio Gutiérrez Palma (foto: El Norte de Castilla)
Pero esta visión del fascismo español,
desde nuestra óptica, plantea problemas diversos. Uno es cronológico:
hace del fascismo una realidad tardía en España al remitir a los años
republicanos, y los partidos o entes previos susceptibles de ser
vinculados al mismo se catalogan como precursores. Otro problema es
geográfico, ya que Madrid es el único centro irradiador de fascismo, con
Valladolid como escenario secundario como baluarte de Redondo y sus
JCAH. Por último, esta visión del fascismo infravalora su proximidad con
la derecha más radical o «fascistizada» y su pugna por un mismo espacio
político. Pero para sus coetáneos los falangistas, la «derecha
fascistizada» y la derecha en general a menudo carecían de lindes
ideológicas diáfanas, pues eran un continuo de límites internos
borrosos, señala el historiador Paul Preston:
[.. ] Durante
toda la República, los líderes de cada grupo derechista habían
intervenido en los mítines de los otros, siendo, normalmente, bien
recibidos. Se reservaba espacio en la prensa de los diversos partidos
para incluir informes favorables sobre las actividades de los rivales.
Todos los sectores de la derecha compartían la misma determinación de
establecer un Estado corporativo y de destruir las fuerzas efectivas de
la izquierda. […] Había, por supuesto, diferencias de opinión […]. No
obstante, rara vez iban más allá de disensiones sobre la táctica […].
Estos grupos raramente rompieron su unidad en el Parlamento, en tiempo
de elecciones o […] durante la guerra civil […]. Es más, no era raro […]
pertenecer a una o más de estas organizaciones, y en algunos casos a
todas ellas.
Esta dificultad de trazar límites la
ilustra el Partido Nacionalista Español (PNE), calificado de
«pseudofascista». Su líder y creador fue el médico valenciano José Mª
Albiñana, que creó la formación en abril de 1930, tres meses después de
concluir la dictadura que Miguel Primo de Rivera estableció en 1923, con
la expectativa de erigirse en su albacea político. Su divisa era la del
primorriverismo caído, «Religión, Patria, Monarquía». A ello añadió su
lema, «España sobre todas las cosas, y sobre España inmortal, solo
Dios». Entre octubre y noviembre de 1930 adoptó el «saludo brazo en
alto, [la] camisa azul [celeste], [el] escudo con yugo, flechas y águila
bicéfala, [y la] cruz de Santiago». Moduló un españolismo combativo (su
himno se tituló «España inmortal») y se definió como una «hermandad
hispánica de acción enérgica». Su portavoz fue La Legión y su
milicia fueron los Legionarios de España, su «avanzada guerrillera».
Cabe pensar que para sus seguidores militar en FE o en este partido
dependió más de su presencia en un lugar concreto que de su doctrina.
Ateniéndonos a lo expuesto, consideramos difícil negar el carácter
fascista del PNE.
En este marco, sostenemos una visión
substancialmente distinta del fascismo español, pues convenimos que este
fenómeno tuvo sus raíces en Cuba, afloró y se configuró en la Península
por vez primera en Barcelona entre 1919 y 1923 y tuvo ecos y
reverberaciones en Madrid entre fines de 1922 e inicios de 1923. Ello
fue así por varias razones que desplegamos a lo largo de este ensayo y
apuntamos al lector a continuación de modo orientativo.
José
María Albiñana (segundo por la izquierda), en una reunión con miembros
del Partido Nacionalista Español (foto: El Independiente)
Las raíces cubanas del fascismo español: militarismo y españolismo
España solo puso fin a su condición
imperial en 1975 (con el abandono del Sahara occidental en plena agonía
de Franco) y este hecho marcó su evolución mucho más de lo que parece.
En el caso del fascismo español juzgamos determinante la importancia de
La Habana en el proceso de su conformación, pues en la España
decimonónica era su tercera ciudad más importante (después de Madrid y
Barcelona) y en ella tuvieron lugar dos procesos clave en el tema que
nos ocupa.
Uno fue la concentración de poder que
conoció el titular de su Capitanía y que le convirtió en virtual
«virrey» de la isla con el apoyo de sus élites propeninsulares (opuestas
a toda reforma que alterase el statu quo de Cuba) que formaron
una suerte de «Corte» en torno al capitán general. Asimismo, este
dispuso de una milicia civil que las citadas élites promovieron y
lideraron, el llamado Cuerpo de Voluntarios. Este se creó en 1855 para
luchar contra el «separatismo» (que incluyó a cubanos autonomistas e
independentistas) y contra posibles revueltas de esclavos. Los
voluntarios, que iban uniformados y armados, profesaron un nacionalismo
intransigente que les convierte en precursores del futuro fascismo
peninsular.
En 1869 acaeció la conjunción organizada
de estos tres elementos: Capitanía, élites y los voluntarios. Entonces,
quien era capitán general desde enero, Domingo Dulce, quiso introducir
reformas y ampliar el marco de libertades de Cuba siguiendo órdenes del
gobierno, pero topó con la oposición de las élites citadas. Estas
urdieron un complot contra este militar mediante el capitán general que
le precedió, Francisco Lersundi, y el Cuerpo de Voluntarios. Así, en
mayo Lersundi asedió la Capitanía con cientos de voluntarios y forzó a
Dulce a renunciar a su cargo al carecer de fuerzas para imponerse. Como
este renunció a sus poderes de forma reglamentaria, el cambio de titular
de Capitanía fue legal y pacífico. Desde entonces las élites
mencionadas actuaron con autonomía de Madrid y solidificaron sus lazos
con Capitanía, mientras los voluntarios reprimieron a reformistas e
independentistas cubanos a sus anchas.
Esta experiencia antillana, apenas
conocida en la narrativa de la historia de España, fue decisiva tanto en
la evolución del militarismo español como en la del fascismo porque
configuró un artefacto político-militar singular que denominamos
«Capitanía cubana». Tal expresión alude a la asunción del poder civil
por Capitanía de forma dictatorial, con el apoyo de las élites locales y
una milicia civil auxiliar. Esta última, que en Cuba encarnaron los
voluntarios, reflejó ya el limitado espacio político que el militarismo
español dejaría al desarrollo del futuro fascismo en la Península. De
hecho, la definición de «militarismo» presume que los oficiales del
Ejército han de predominar sobre los políticos civiles.(20) Ello fue así
porque el Ejército se autoerigió en garante del orden establecido ante
toda amenaza «separatista» o revolucionaria y quiso monopolizar el
patriotismo.
El otro proceso que se desarrolló en
Cuba e interactuó con el anterior fue que allí afloraron tanto el
nacionalismo español exacerbado como los nacionalismos centrífugos
peninsulares. De este modo, la llamada Guerra de los Diez Años
(1868-1878) contra los insurrectos de la isla hizo cristalizar un
autodenominado «españolismo» que asimiló nación e imperio (concibió a la
Península y a sus dependencias de Ultramar como un todo indivisible)
que reclamó una adhesión «incondicional» contando con el apoyo de
Capitanía.
Voluntarios
de La Habana, retratados por Valeriano Domínguez Bécquer en la revista
La Ilustración de Madrid (1870). Fuente: Wikimedia Commons.
Cataluña en el espejo de La Habana: ¿Una «segunda Cuba»?
Tras la pérdida de Cuba en 1898, la
pauta de ocupación castrense del poder civil de la «Capitanía cubana» se
exportó a la Península y arraigó en Barcelona. Allí los militares
procedentes de Ultramar creyeron hallarse ante la misma amenaza bifronte
de La Habana: el «separatismo» (encarnado por el catalanismo emergente)
y la revolución (el temor al obrerismo organizado substituyó al que
infundían las revueltas de esclavos). De este modo, a partir de los
problemas de orden público, Capitanía empezó a asumir competencias
civiles en detrimento del gobernador civil, en un proceso que tendría su
inicio en la huelga general de 1902.
Por esta vía, entre 1919 y 1923, cuajó una genuina «Capitanía cubana» en Barcelona. En ese periodo fueron sus «virreyes» de facto los
generales Joaquín Milans del Bosch (capitán general de Cataluña entre
septiembre de 1918 y febrero de 1920) y Severiano Martínez Anido
(gobernador civil desde noviembre de 1920 hasta octubre de 1922). Milans
expandió su poder al reprimir la agitación que el fin de la Gran Guerra
en 1918 generó entre catalanistas y sindicalistas. La de los primeros
se materializó en una campaña de demanda de autonomía en la que el
Ejército vio un separatismo tan amenazador como el cubano. Y la de los
segundos la estimuló el triunfo de la revolución bolchevique en 1917,
que incentivó la radicalización del potente sindicato de cariz
anarcosindicalista omnipresente en la zona metropolitana barcelonesa: la
Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Esta organización alumbró
grupos de acción que generaron un pistolerismo endémico que Milans quiso
contener con mano dura. Su actuación esbozó entonces una dictadura
regional sin quebrar de forma oficial la legalidad (como en Cuba). Pero
no la pudo consolidar al ser forzado a dimitir en febrero de 1920. Le
substituyó como «hombre fuerte» Martínez Anido, quien durante su mandato
(el «anidato») consolidó la autocracia en Cataluña que Milans perfiló.
En consecuencia, ambos militares actuaron como los capitanes generales
de La Habana: ocuparon el poder civil con apoyo de las élites locales y
una milicia auxiliar, conformando una «Capitanía cubana» en Barcelona.
Fuente: Mundo Gráfico 23 de octubre de 1918
De los Voluntarios de La Habana al «Fascio de Las Ramblas»
En este escenario, la milicia auxiliar
de esta «Capitanía cubana» surgió de modo espontáneo o se improvisó
sobre la marcha, de modo que desempeñaron su rol en Barcelona cuatro
actores distintos entre 1919 y 1922. Primero, entre fines de 1918 e
inicios de 1919 lo hizo una Liga Patriótica Española (LPE), que practicó
el «escuadrismo» contra el catalanismo. Al estallar una intensa
conflictividad social a partir de febrero de 1919, la LPE se esfumó y
desempeñó tal función el Somatén, una milicia civil que actuaba como
cuerpo auxiliar de orden público. Pero el protagonismo creciente de los
grupos de acción del cenetismo requirió que desarrollasen la función de
milicia auxiliar otros actores: primero fueron grupos parapoliciales
conocidos como la «banda negra» y desde 1920 ejerció este rol el llamado
Sindicato Libre. Así las cosas, veremos cómo la LPE y el Libre,
amparados por Capitanía, encarnaron el primer fascismo barcelonés.
Hemos designado a este último como
«Fascio de Las Ramblas», una expresión que fue acuñada en 1931 por
ámbitos de izquierda para aludir de forma irónica a una organización
fascista que supuestamente organizaba Ramón Sales, el dirigente del
citado Sindicato Libre. Sales anunció la creación de tal milicia el 11
de abril de ese año a bombo y platillo, pero sus declaraciones
posiblemente fueron un globo sonda o un farol político. Pese a su
inexistencia, hemos escogido esta expresión para designar al fascismo
barcelonés inicial porque Las Ramblas fueron un escenario y escaparate a
la vez de las primeras tramas fascistas barcelonesas. Y es que en este
bulevar primero se enfrentaron catalanistas y españolistas de la LPE.
Después Las Ramblas fueron un espacio de eclosión del pistolerismo. Los
matones de ambos sindicatos (Libre y CNT) se reunían en sus cafés y sus
grupos de acción actuaron en buena medida en la zona marcada por esta
arteria: el casco antiguo y la zona que sería conocida como «barrio
chino». También Las Ramblas reflejaron la importancia de los militares
que mediaron en aquel universo de choques entre cata- lanistas y
españolistas, libres y cenetistas. Sus centros coronaban simbólicamente
el principio y el final de Las Ramblas: el Casino Militar estaba al
principio, en la plaza Cataluña, y la Capitanía al final, en la zona
próxima al mar. De ahí, pues, la idoneidad de esta metáfora como título
del presente ensayo.
Ramón Sales Amenós en diciembre de 1919, en un acto de homenaje al general Severiano Martínez Anido
Un fascismo de primera generación y otro de segunda
Ateniéndonos a lo hasta aquí expuesto,
partimos de las premisas siguientes: que la emergencia y la evolución
del fascismo en España fue inseparable de la del militarismo del siglo
xx (por lo que es necesario estudiar la configuración de ambos de forma
simultánea); que ambos fenómenos tuvieron sus orígenes en la Cuba
decimonónica, pero también los marcaron las campañas militares de
Marruecos; que su configuración y eclosión tuvo lugar en la Barcelona
del periodo 1919-1923, caracterizada por una conflictividad política y
social intensa con un poderoso tema identitario de fondo; y que en su
desarrollo interactuaron de forma compleja propuestas fascistas de
Barcelona y, en menor grado, otras de Madrid.
En este aspecto, podemos establecer que
el fascismo español tuvo dos etapas distintas: una monárquica inicial y
otra posterior republicana o accidentalista en cuanto al régimen
político. La primera (1919-1923) es el tema de este estudio y lo podemos
calificar como un «fascismo de primera generación», caracterizado por
tener su epicentro en Barcelona, un discurso y una práctica política
acuñada en Ultramar (aunque tamizada por Marruecos), un carácter
esencialmente organizativo y una elaboración ideológica muy escasa.
Simplificando, tuvo tres plasmaciones sucesivas. La primera fue la
mencionada LPE anticatalanista entre fines de 1918 e inicios de 1920. Le
sucedió el Sindicato Libre, constituido a lo largo de 1919 y que
emergió en 1920 y combatió con las armas a la poderosa CNT. Por último, a
fines de 1922 se formó el grupo La Traza, que salió a la luz a inicios
de 1923. Sin embargo, este fascismo barcelonés no puede estudiarse por
sí solo, ya que tuvo una compleja relación e interacción con propuestas
surgidas en Madrid, que también recoge esta obra, y que pasaron por la
confluencia del africanismo militar, encarnado por la Legión
(oficialmente Tercio de Extranjeros), y los sectores del llamado
maurismo que conocieron una deriva autoritaria.
En cambio, el fascismo que podemos
considerar de «segunda generación» tuvo su epicentro en la capital
española y Valladolid, a la vez que se articuló esencialmente en torno a
la ideología. Se singularizó por tener expresiones políticas
republicanas y ambiciones intelectuales que reflejaron el influjo de las
vanguardias literarias. Estas le transmitieron la convicción de que la
«Nueva Cultura» que habían forjado debía demoler y substituir a una
cultura burguesa juzgada decadente. Reflejaron este fascismo los
mencionados grupos de Ledesma y Redondo que confluyeron primero en las
JONS y luego con la FE de José Antonio Primo de Rivera y originaron FE
de las JONS. En este marco, el PNE de Albiñana sería un grupo de
transición entre ambos fascismos.
Para comprender la importancia de esta
dimensión urbana de las iniciativas fascistas, especialmente en el
fascismo de «primera generación» es esencial tener en cuenta que existe
un trasfondo de «guerra de ciudades» en la que la dicotomía
Madrid-Barcelona tiene un papel esencial, en la medida que, si la
capital de España será el centro oficial del país, Barcelona, su capital
económica e industrial carente de un poder político en consonancia,
actuará como el «anticentro» por excelencia del país. Esta tensión entre
centro y «anticentro» será un vector del «Fascio de Las Ramblas».
Presidentes de los Sindicatos Libres de Barcelona en 1922 (foto: La Acción/Wikimedia Commons)
¿Pero qué es el fascismo? Un recorrido por territorios pantanosos
Llegados aquí, es imperioso abordar una
cuestión pantanosa: ¿Qué entendemos por fascismo? La pregunta no tiene
una respuesta satisfactoria al faltar un acuerdo académico sobre cómo
definir tal concepto. Ello es así porque no existe un fascismo
monolítico, atemporal e inmutable, sino una pluralidad de movimientos de
rasgos similares y diferentes a la par. Tal realidad supone cuatro
grandes problemas para disponer de una definición operativa.
Un primer problema radica en que el
fascismo combina diversos estilos políticos que lo hacen acreedor del
reconocimiento como algo nuevo: explora una «tercera vía» entre marxismo
y liberalismo, entre derecha e izquierda (asumiendo la crítica del
liberalismo al comunismo y la del comunismo al liberalismo); asume el
papel del Estado como ente rector de la sociedad (de forma semejante al
comunismo); plasma una forma nueva de representatividad política que
pasa por un líder carismático que interpreta la «voluntad nacional»;
adopta una cultura nueva, en la que confluyen una crisis del
racionalismo —que comporta la exaltación de una mística
ultranacionalista de combate— y las vanguardias artísticas. A ello se
añade que es la única ideología de los siglos xix y xx que asume su
demonización. La actitud de los fascistas es fácilmente reconocible:
«Sí, somos malos… ¿y qué?». Todo ello es difícil de aprehender en una
única definición.
Un segundo problema es sobre qué tipo de
movimiento fascista ponemos el foco. No es lo mismo el primer fascismo,
de orígenes relativamente nebulosos, que aquel ya crecido y ávido de
poder. Y menos aún el ya instalado en el poder y el que está en la
oposición. En este aspecto, se suele identificar el fascismo (como
movimiento y/o doctrina) con la época de entreguerras (aproximadamente
el periodo 1919- 1945), percibido como un fenómeno político europeo en
su esencia y que expresaría una larga «guerra civil europea». Un tercer
problema es su variedad de manifestaciones, que dificulta las
definiciones homogeneizadoras. Así, el historiador germano Ernst Nolte
aludió a que
«un asombroso enlace de tendencias particulares y universales resulta evidente en todo movimiento fascista».
Finalmente, un cuarto problema, derivado
de los anteriores, es que los expertos ofrecen una variedad de enfoques
que hace muy difícil disponer de una definición funcional. De este
modo, por poner algunos ejemplos, el destacado historiador italiano
Emilio Gentile ha enfatizado la forma política, el partido fascista, en
el caso italiano en concreto como fuerza paramilitar o partido-milicia.
En clara contraposición, el británico Roger Griffin ha formulado una
tesis que aborda el fascismo como expresión de un «nacionalismo
palingenético». Su discurso y su potencial atracción de masas dependen
así de la capacidad de crear un «renacimiento nacional», que sería su
componente ideológico fundamental. Sin él, según Griffin, no hay
auténtico fascismo. Por descontado, no podemos olvidar la aproximación
del propio Payne, que establece una tipología de rasgos con una
reflexión sobre sus antecedentes. Hay otras muchas propuestas,
suficientes para requerir una ordenación de carácter enciclopédico.
Propaganda
de los Sindicatos Libres: su encarnación persigue al anarquismo, el
separatismo, la masonería, el comunismo y el judaísmo (imagen del blog
de Xavier Casals)
Para resumir, el fascismo es una ideología y a la vez una práctica que combina acción con pensamiento, que ilustra el lema «Libro e moschetto, fascista perfetto»
(«libro y mosquete, fascista perfecto»). Pero se trata de un
pensamiento único, decidido desde arriba, dictado supuestamente por un
jefe carismático, omnímodo e infalible: «Il Duce ha sempre ragione» («El
Duce siempre tiene razón»). Se remarca así el énfasis del fascismo en
la participación y, por extensión, en la obediencia. Pero todo ello no
es más que un modelo idealizado. La realidad política siempre es más
compleja y contradictoria, por lo que —volviendo al principio— es
sumamente difícil disponer de una definición satisfactoria de este
fenómeno.
En este apartado de definiciones también
es necesario aludir al concepto igualmente difuso de populismo. Aquí lo
hemos empleado para designar una estrategia de movilización
especialmente visible en el discurso regeneracionista de inicios del
siglo xx y que crea una dicotomía maniquea entre el «pueblo sano» y las
élites corruptas para movilizar al primero contra las segundas. Sin
embargo, el concepto de populismo tampoco tiene una definición clara y
unívoca. Y aunque hoy es omnipresente en los medios de comunicación, su
significado resulta bastante confuso. Como sucedió con el fascismo más
maduro, cuesta a los estudiosos entender qué elementos son propiamente
de la izquierda o de la derecha. En realidad, el término nació en la
Rusia zarista, con los llamados naródniki (de narod, pueblo) durante la
segunda mitad del siglo xix. Pero la misma palabra en inglés, populism o People’s Party,
designó un partido electoral estadounidense las últimas dos décadas
decimonónicas. Como palabra política ya casi olvidada, analistas
académicos la utilizaron para describir la actuación de movimientos que
combinaban partido y sindicatos en Latinoamérica, sobre todo (aunque no
solamente) en Brasil y Argentina en la primera mitad del siglo xx.
También hay quien lo empleó para examinar la política de izquierdas y
el autonomismo en Cataluña en el periodo republicano y de la Guerra
Civil (1931-1939). Otros estudiosos, notablemente el historiador
hispano-francés Carlos Serrano, han considerado que la figura del
intelectual regeneracionista Joaquín Costa, protagonista relevante de
nuestra obra, era de neta raigambre populista. Y si antes del siglo XXI
se empleó este vocablo para dar sentido al prefascismo, hoy sirve
principalmente para señalar la pujanza del posfascismo.
Así las cosas, este ensayo se centra en
reconstruir las raíces, eclosión y trayectoria del primer fascismo
español. Por tanto, definir esta experiencia primeriza plantea un reto
similar al que afrontó Nolte —el investigador antes citado— al analizar
los orígenes del fascismo francés, que asimiló a un grupo que
mencionamos en la obra: Action Française (Acción Francesa, AF).
Esta entidad se constituyó en 1899 y su líder carismático fue el
escritor e intelectual Charles Maurras (1868-1952), cuyo acendrado
nacionalismo surgió del cultivo de la lengua provenzal. Su ideario fue
concomitante al del carlismo en España: defendió una monarquía
tradicional, antiparlamentaria, antiliberal, descentralizada y recurrió a
la violencia. Nolte justificó su inclusión aludiendo a que la AF es «la
primera agrupación política de cierta influencia y rango intelectual
que conlleva innegables rasgos fascistas». Además, «aparece al mismo
tiempo que las demás formas tardías del antiguo movimiento
contrarrevolucionario, el legitimismo francés y el realismo, pero
resultan evidentes ciertos rasgos modernos que no pueden derivarse de
esta tradición», sin que su monarquismo la alejara del fascismo.
Pues bien, esta misma cuestión que Nolte
esbozó es la que plantean los colectivos y grupos analizados en la obra
y solo podemos definirlos a medida que los analizamos: surgen parejos a
movimientos contrarrevolucionarios decimonónicos, lo que facilita la
confusión entre «lo nuevo» y «lo viejo», pero presentan rasgos modernos
que los desvinculan de ellos y, estudiados en una dimensión territorial,
conforman un juego de oposiciones que permite percibirlos como un todo
con sentido político propio. Así, intentar dotar de una definición que
incluya a colectivos mencionados como la LPE, La Traza, el Sindicato
Libre o una unidad militar como la Legión es una empresa ardua y difícil
en estas páginas liminares. Por consiguiente, invitamos al lector a
constatarlo a partir de la exposición desplegada en la obra. No
obstante, en relación con este primer fascismo aquí tratado, tanto en
Barcelona como en Madrid, podemos enfatizar tres ideas.
Conferencia
de Jaime Bordas, presidente de la Liga Patriótica Española de
Barcelona, sobre la “autonomía integral”, en el Teatro del Centro
(Madrid) (foto: ABC, 31 de diciembre de 1918)
Una primera idea es que en él primó la
acción por encima de la reflexión. Fue un fascismo casi ágrafo, cuya
escasa teorización se improvisó sobre la marcha y quizá ni ambicionó
elaborarla. De este modo, originó manifiestos y prensa en el mejor de
los casos, pero no abultadas disquisiciones teóricas impresas. Se
caracterizó por articular organizaciones agresivas o de encuadramiento
combativo de sus seguidores y sus entidades reflejaron la idea de formar
un «ejército privado» capaz de actuar con virulencia ante formaciones
opuestas dentro de la sociedad civil. Fue tan escasa su preocupación por
dejar su huella que, como verá el lector, su evolución solo se puede
reconstruir en la mayoría de los casos examinados de forma parcial y, a
menudo, con fuentes secundarias (memorias, prensa, informes policiales o
diplomáticos). De hecho, el vínculo con el fascismo fue públicamente
invisible en algunas iniciativas, como el Sindicato Libre o el núcleo
madrileño que preparó una «marcha sobre Madrid». Sabemos que este nexo
existió, pero sus protagonistas se cuidaron mucho de ocultarlo.
Una segunda idea relevante es su encaje político singular en un marco monárquico. En este aspecto, el fascismo, que per se es
republicano, surgió y creció en una Europa de monarquías. Ello planteó
un problema de compatibilidad cuando el fascismo emergió en Italia.
Allí, en marzo de 1919, Benito Mussolini creó un movimiento socialista
belicista, filo-nacionalista y nacional-republicano. Usó el término
italiano fasci (haz), entonces de moda (por el recuerdo de los
Fasci Siciliani dei Lavoratori en 1889-1894) para designar una unión
política o social, un fascio ( fasci en plural). Pero,
como observó el lúcido conservador catalán Francesc Cambó en un ensayo
de 1924, Mussolini recibió apoyo masivo de monárquicos (exmilitares,
estudiantes, clases medias), hizo de los Fasci una llamada al
unitarismo nacional y pudo desarrollar su movimiento en el seno de la
Corona, llegando al poder en 1922. Su triunfo inspiró a otras figuras
inquietas en el socialismo que ambicionaron adquirir protagonismo al
margen de las casillas establecidas. En España, sin embargo, los
primeros fascistas no tuvieron necesidad de buscar fórmulas ingeniosas,
pues veremos que hubo una rica diversidad de herencias ideológicas en el
conjunto de la derecha a las que recurrir. La Monarquía dominó aquí el
escenario y las experiencias o iniciativas que podemos vincular a un
primer fascismo casaron monarquía y república sin grandes reflexiones,
aunque no sin disonancias.
Una tercera y última idea es que este
estudio, más que poner el foco en comparar dinámicas españolas y
europeas, refleja cómo un conjunto de factores impulsó el deseo de crear
un espacio «reformador» en la derecha, pero (al contrario de lo que
sucedió en Italia) carecía de antecedentes de izquierdas. De este modo,
ante el sindicalismo de contorno revolucionario que encarnó la CNT y un
recién inventado separatismo catalanista que giró en torno al político
Francesc Macià, surgieron los colectivos mencionados que los combatieron
y conformaron el «Fascio de Las Ramblas». A la vez, la marcha sobre
Roma —que llevó a Mussolini al gobierno en octubre de 1922— suscitó
conatos de fascismo en Madrid que interactuaron con los de la capital
catalana.
Junto a la dificultad de ofrecer una
definición de fascismo, la obra presenta otra en lo que se refiere a su
aspecto narrativo. Con el fin de conjuntar en nuestra exposición
elementos muy diversos (de carácter territorial, militar o político)
hemos creado un relato que resalta las dinámicas que convergen en
determinados temas abordados para facilitar su lectura. Tal opción quizá
puede proyectar la idea de que partimos de una visión teleológica en la
que todo lo expuesto lleva a un desenlace único: la irrupción del
primer fascismo. Pero si tal teleología se refleja en la obra hasta
cierto punto, ello no es una convicción, sino una opción de redacción.
Igualmente, el hilo conductor del relato es un artefacto
político-militar, la «Capitanía cubana», cuyo protagonismo puede
convertirla en deus ex machina que explica «todo», cuando
tampoco es así. Como en toda obra, hay que optar por recursos narrativos
y elementos conductores del relato y la «Capitanía cubana» en este caso
es central.
Miembros
del Somatén en formación durante la visita de Alfonso XIII a un pueblo
del Alt Penedès (foto: Biblioteca Nacional de España)
Somos conscientes de que nuestras
decisiones en lo que se refiere a términos conceptuales y narrativos son
problemáticas, pero juzgamos modestamente que también lo son las tesis
dominantes sobre el fascismo apuntadas: ¿Es una solución óptima para el
estudio del fascismo crear un gran cajón de sastre analítico donde todos
los fenómenos, grupos y tendencias políticas que no casan con el
falangismo y presentan componentes fascistas son etiquetados como
«protofascistas», «prefascistas» o «pseudofascistas»? ¿Es viable una
historia del fascismo español centrada en Madrid con una discreta
conexión vallisoletana? ¿Nada puede decirse de Barcelona y su
conflictividad social cuando —como veremos— el célebre intelectual
marxista italiano Antonio Gramsci señaló que esta urbe alumbró un
fascismo que precedió al de Mussolini?
¿Es asumible un estudio del fascismo
español con su discurso imperial sin incorporar precisamente el influjo
de esta dimensión imperial? Desde nuestra perspectiva, debe efectuarse
un esfuerzo por renovar la visión y percepción del fascismo español. Y
en este marco, por descontado, no pretendemos tener la «verdad», pero
juzgamos que existen algunas certezas que deberían tenerse en cuenta.
Por consiguiente, no esperamos que el lector o lectora suscriba todas
nuestras tesis o reflexiones, pero sí que este ensayo le estimule a
repensar el cada vez más «viejo siglo XX» con una mirada nueva. Lograrlo
sería nuestra mayor satisfacción.
Para desarrollar los argumentos
apuntados, la obra se estructura en veintisiete capítulos. Los once
primeros no tienen un orden cronológico estricto y plantean cuestiones
de distinta naturaleza para comprender el desarrollo del «Fascio de Las
Ramblas». En cambio, los siguientes trazan un desarrollo lineal del
tema. Queremos subrayar que este libro es un ensayo interpretativo, por
lo que determinados temas están muy desarrollados y otros solo
apuntados. Asimismo, como algunas cuestiones son transversales, hemos
reiterado informaciones en distintos capítulos para facilitar su
lectura. Igualmente, hemos incorporado anexos con jefes de gobierno,
capitanes generales de Cataluña y gobernadores civiles barceloneses, así
como una relación de textos. Para terminar, testimoniamos nuestro
agradecimiento a todos los expertos que nos han facilitado copias de sus
trabajos cuando se las hemos solicitado, aunque no siempre los hemos
podido incorporar a la obra por los cambios que ha experimentado durante
su redacción, que ha durado cuatro años. Merecen también nuestro
especial reconocimiento los autores cuyas obras abordan los temas
tratados y que hemos empleado de forma recurrente, pues sin ellas este
libro no habría sido posible. Aunque en algunos casos podamos discrepar
de sus tesis, no por ello cuestionamos su valor, incluyendo en primer
lugar las monografías de Payne, que aún hoy son referentes
insoslayables. Queremos hacer una mención especial a la generosidad de
Soledad Bengoechea y Marcel Gabarró, a la lectura del manuscrito de Lluc
Casals y sus sugerencias, así como al estimulante interés en la obra de
Anna Casals. Por último, ha sido indispensable en la confección de la
obra la atención de los archivos, hemerotecas y bibliotecas consultados,
especialmente el del servicio de biblioteca de la Facultat de
Comunicació i Relacions Internacionals Blanquerna, de la Universitat
Ramon Llull.
Miembros de la Unión Patriótica de Valladolid (foto: El Norte de Castilla)
Índice
Mapa de Barcelona, 1930 (detalle)
Introducción. El primer fascismo español, una historia de tres ciudades
Regeneracionismo y fascismo: Costa contra Costa
La Habana: fragua del españolismo y de la «Capitanía cubana»
La sombra de la «Capitanía cubana» en la Península: Weyler y Polavieja
De Ultramar a África: la forja del militarismo español
El carlismo: el potencial subversivo de un movimiento de orden
El maurismo: una derecha caudillista sin caudillo
Barcelona, el «anticentro» de España
El orden público: la rampa hacia la «Capitanía cubana»
La conversión de Cataluña en una «segunda Cuba»
El lerrouxismo o el primer «partido españolista» de Cataluña
Barcelona, capital del militarismo: la lenta irrupción de las Juntas de Defensa
La confrontación de obreros y patronos y el origen de la «guerra social» metropolitana
La bancarrota del sindicalismo católico
Un ímpetu jaimista nuevo: «La Trinchera»
La Liga Patriótica Española o el primer «Fascio de las Ramblas»
Milans del Bosch y la huelga de La Canadiense: la creación de la «Capitanía cubana» de Cataluña
La «Capitanía cubana» contra la CNT
El desafío de la «Capitanía cubana» al gobierno: la campaña pro-Milans
La creación enigmática del Sindicato Libre
El legado de Milans del Bosch: el origen del «Fascio de Las Ramblas»
El virreinato de Martínez Anido, preludio de la dictadura de Primo
El Sindicato Libre bajo Anido: ¿un fascismo proletario?
Mussolini visto desde Madrid: de la Legión de Millán-Astray a la Legión Nacional de Delgado Barreto
Mussolini visto desde Barcelona: «La Palabra», el Libre y La Traza
El golpe de Estado de Primo o el salto al vacío hacia una «Capitanía cubana» estatal
La derrota del «Fascio de Las Ramblas»
Valladolid y la Unión Patriótica de Castilla ganan la partida
Conclusiones. Dos fascismos y cuatro dictaduras
Anexo I. Relación de capitanes generales de Cataluña,
Jefes de gobierno de España y gobernadores civiles de Barcelona
Anexo II. Selección de textos
Fuente: Conversación sobre la historia, Introducción e índice del libro El fascio de las Ramblas. Los orígenes catalanes del fascismo español. Barcelona, Pasado & Presente, 2023.