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vendredi 21 novembre 2025

El rol de Cuba en Angola cambió el curso de la historia africana

 FUENTE: https://jacobinlat.com/2025/11/el-rol-de-cuba-en-angola-cambio-el-curso-de-la-historia-africana/

 Cuando Angola conquistó su independencia en 1975, el ejército cubano acudió en defensa del nuevo gobierno. La misión tuvo repercusiones a escala mundial: aceleró la caída del apartheid sudafricano y remodeló la propia identidad y visión del mundo de los cubanos.

La experiencia angoleña repercutió en Cuba de múltiples maneras: reforzó muchas de las creencias y compromisos del país, le valió numerosos aliados e inspiró un hondo sentimiento de orgullo. (Pascal Guyot / AFP vía Getty Images)

El fin del dominio colonial portugués en Angola hace cincuenta años también supuso el inicio de una misión militar cubana que tuvo un gran impacto en la historia del país, al repeler una invasión sudafricana y negar a Pretoria la oportunidad de llevar al poder a sus aliados locales. También dejó su huella en toda la región: Nelson Mandela atribuyó a la victoria cubana sobre el ejército sudafricano en 1988 el haber acelerado la caída del apartheid.

Cuando las fuerzas armadas cubanas se involucraron abiertamente en Angola en noviembre de 1975, se extendió la creencia de que Cuba era un «proxy» soviético. Quienes conocían bien a Cuba argumentaban que no era tan sencillo. Cuestionaban si realmente se podía describir como un Estado cliente y si Moscú estaba realmente interesado en verse envuelto (indirectamente) en los conflictos internos del sur de África.

Con el tiempo, nuevas investigaciones desviaron la atención de una interpretación que se basaba en gran medida en la perspectiva hegemónica de la Guerra Fría. Poco a poco quedó claro que la participación de Cuba se había producido a petición del nuevo gobierno del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), al que Portugal había cedido apresuradamente el control del país.

El MPLA se veía ahora amenazado por fuerzas rivales que contaban con el respaldo de Sudáfrica y Estados Unidos. El MPLA solicitó ayuda a La Habana basándose en sus estrechos vínculos con Cuba y en el historial de apoyo cubano a la lucha anticolonial.

Solidaridad internacional

Desde 1961, Cuba siguió una estrategia de apoyo activo a las revoluciones armadas y las luchas anticolonialistas en América Latina, África y Asia. La trascendental Conferencia Tricontinental de La Habana de 1966 expresó esta línea de solidaridad ideológica con los radicales del Tercer Mundo.

Esa política también incluía el apoyo a los Estados poscoloniales frente a amenazas externas, por ejemplo, mediante ayuda militar para defender a Siria frente a Israel en 1973. La solicitud del MPLA en 1975 fue, por lo tanto, un paso natural, al igual que la respuesta positiva de Cuba. Desde agosto, ya había un pequeño contingente cubano en Luanda asesorando sobre las defensas de la ciudad.

La rápida respuesta de Cuba a la solicitud de ayuda tomó por sorpresa a Moscú, y los líderes soviéticos se vieron obligados a ofrecer apoyo logístico a pesar de sus reservas, que se hacían eco de su anterior oposición a la estrategia insurreccional de Cuba. Lejos de obedecer los dictados de su aliado soviético, La Habana estaba influyendo en las interpretaciones soviéticas de los acontecimientos en el Sur Global, un patrón que se repitió más tarde con Nicaragua y Granada.

Había otro contexto más interno para la participación de Cuba en Angola, arraigado en la cultura política del país. La solidaridad con las fuerzas antiimperialistas en el extranjero era en parte una manifestación externa de patrones bien establecidos en el país, como se ha visto en muchas de las movilizaciones y campañas participativas exitosas desde 1959.

Todo esto sucedía en un Tercer Mundo que estaba experimentando transformaciones dramáticas. Estaban surgiendo nuevos gobiernos poscoloniales, y muchos de ellos buscaban el asesoramiento o la ayuda de Cuba sobre la base de vínculos pasados. En América Latina, el patrón de regímenes militares proestadounidenses durante los años sesenta y principios de los setenta había comenzado a cambiar, con gobiernos más nacionalistas en muchos países dispuestos a reconocer a Cuba y comerciar con ella.

Esto pone en tela de juicio la visión tradicional de que Cuba puso fin a su apoyo activo a la lucha armada en América después de 1970 debido a su dependencia económica de la URSS. De hecho, al haberse relajado en cierta medida el asedio de Estados Unidos y del continente a la isla, Cuba podía ahora buscar aliados a través de la diplomacia en lugar de apoyar a los movimientos guerrilleros.

La estrategia insurreccional regional de Cuba no se basaba únicamente en una interpretación radical y poco ortodoxa del marxismo y en un compromiso ideológico con el antiimperialismo. También reflejaba la realidad de que Cuba tenía poco que perder al responder de esa manera al asedio y al aislamiento, en el contexto del compromiso secreto de Estados Unidos, tras la crisis de los misiles cubanos de 1962, de no invadir la isla. Ahora que el aislamiento se estaba suavizando, La Habana podía explorar nuevas formas de promover la solidaridad del Tercer Mundo.

Una vez que el MPLA y sus aliados cubanos detuvieron la amenaza militar inmediata a Angola, la ayuda cubana se extendió a las áreas civiles para la construcción de infraestructura poscolonial. Cientos de técnicos, personal médico, maestros, agrónomos e incluso trabajadores culturales se ofrecieron como voluntarios por períodos prolongados. La práctica cubana del internacionalismo se expresaría a partir de entonces principalmente en campos no militares, extendiéndose a más de cuarenta países.

Punto de inflexión

¿Qué significó todo esto para la propia Cuba? En retrospectiva, está claro que la participación del país en Angola representó un punto de inflexión en varios sentidos. El voluntariado desempeñó un papel importante desde el principio. Los dirigentes de La Habana dejaron claro que toda la empresa se basaría en ese principio y pidieron a los soldados cubanos que respondieran.

La magnitud de su respuesta fue notable. De hecho, a muchos extranjeros les pareció increíble, ya que asumieron que la voluntad de servir era el resultado de la coacción o de la promesa de beneficios materiales. Sin embargo, cuando académicos de fuera de Cuba investigaron el fenómeno, tendieron a coincidir en que el voluntariado era genuino, al menos en las primeras etapas.

Para comprenderlo debemos situarlo en el contexto de la participación popular en Cuba desde 1959. En 1975, la solidaridad práctica e ideológica se había movilizado a través de la participación masiva en diversas organizaciones —sobre todo en los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) de los barrios— y una serie de campañas para alcanzar objetivos definidos, desde la promoción de la alfabetización y la salud hasta la defensa de Cuba contra la amenaza de invasión.

A través de esas experiencias colectivas constantes, las nociones de solidaridad y voluntariado se habían convertido en partes familiares del tejido social y la cultura política cubanos. De hecho, gran parte del proyecto de construcción nacional de los años sesenta y principios de los setenta se había logrado gracias a esos mecanismos.

También había otros atractivos. Por ejemplo, muchas personas veían el trabajo en el extranjero como una forma de romper con sus hábitos impuestos de mirar hacia dentro bajo el asedio de Estados Unidos, lo que les ofrecía nuevas experiencias. También les daba acceso a bienes y divisas que de otro modo serían escasos. Además, existía cierta presión social en el lugar de trabajo, ya que el ejemplo de los voluntarios persuadía a otros a seguir sus pasos.

Sin embargo, con el tiempo, la estrategia de enviar personas al extranjero para prestar ayuda se convirtió en un elemento natural y destacado de la política exterior de Cuba y de la vida de los cubanos de a pie. Muchas personas trabajaban en el extranjero o tenían un amigo o familiar que lo hacía.

Cuba y África

En cuanto al esfuerzo militar real en Angola, una de las primeras reacciones del público fue un alto grado de orgullo nacional. Ahora se consideraba que Cuba estaba actuando en apoyo de un Estado poscolonial hermano, contra los impopulares Estados Unidos y el régimen paria del apartheid de Sudáfrica. Esto impulsó la confianza colectiva en el potencial de Cuba para desempeñar un papel global que era claramente honorable, pero que antes parecía imposible.

La campaña de Angola también tuvo un efecto imprevisto pero significativo. Trajo consigo un nuevo enfoque, tanto popular como oficial, sobre la composición étnica de Cuba. A partir de noviembre de 1975, los dirigentes cubanos se refirieron al proyecto como «el regreso de los esclavos», recordando el gran número de africanos que los colonialistas españoles habían traído a la fuerza desde Angola para impulsar la producción de azúcar. El nombre oficial de la campaña fue Operación Carlota, en honor a una famosa esclava rebelde angoleña de la época.

Angola recordó así a los cubanos el impacto cultural de África en su sociedad y su contribución vital a los patrones económicos del país, así como a su radicalismo político (en las tres rebeliones independentistas del siglo XIX). Esto reconfiguró el proceso de definición de la identidad cubana como base de la revolución y como forma de encontrar un lugar en el mundo.

Esto era necesario porque los cubanos habían pasado por una experiencia bastante típica en la que el colonialismo y el neocolonialismo habían moldeado su identidad, llevándolos a aceptar su propia inferioridad y la superioridad de sus colonizadores, y a mirar hacia el norte en busca de aspiraciones colectivas para una futura «Cuba Libre». Ese patrón se había mantenido durante el periodo de independencia cuestionable de Cuba entre 1902 y 1958, reforzado por una importante inmigración española hasta la década de 1930.

Después de 1959, las nuevas políticas y la hostilidad de Estados Unidos hacia la Revolución Cubana obligaron a desarrollar una nueva afinidad radical con América Latina. Esto se expresó a través del apoyo activo a la rebelión armada en la región, pero también a través del protagonismo cultural continental seminal de la Casa de las Américas. Sin embargo, a principios de la década de 1970, la adhesión de Cuba al Comecon, la red comercial del bloque liderado por la Unión Soviética, puso fin a la austeridad de la década anterior. Las mejoras materiales generaron una tendencia entre los cubanos a considerarse potencialmente parte del «Segundo Mundo».

La participación cubana en Angola, junto con nuevas formas de colaboración con un Caribe anglófono cada vez más radicalizado y un visible giro hacia la izquierda en Centroamérica, sirvió como un poderoso recordatorio de que África siempre había contribuido de manera sustancial a la formación de la identidad nacional cubana. Esa contribución había sido objeto de cuestionamientos y controversias durante mucho tiempo, a pesar de las reformas sociales y las declaraciones oficiales tras la victoria rebelde.

De repente, el color dejó de ser un tema tabú (en una sociedad supuestamente ciega al color) y pasó a representar un elemento básico de una identidad de la que los cubanos podían sentirse orgullosos. La nueva ola de austeridad que azotó a Cuba tras el colapso de la Unión Soviética y la pérdida de esperanza que lo acompañó socavaría en cierta medida esta conciencia del color. Aun así, dicha conciencia tenía ahora raíces más profundas que antes y seguía siendo una parte fundamental de toda la ecuación cubana.

Legados

En vista de todo esto, ¿cómo siguieron percibiendo los cubanos el papel de su país en Angola? En la década de 1980 se produjo un ligero descenso del entusiasmo inicial, con un número estimado de víctimas mortales de alrededor de seis mil, de los más de doscientos mil que prestaban servicio allí. También hubo una tendencia en algunos sectores a considerar la presión de los compañeros como una forma de presión estatal, y el voluntariado como un medio para que las personas se saltaran las colas para obtener viviendas u otros beneficios.

Tras una epidemia de dengue en 1980, se extendió el rumor de que su origen se encontraba en el voluntariado internacionalista. Al año siguiente, la huida masiva de más de 120 000 cubanos en el puerto de Mariel, que conmocionó tanto al pueblo cubano como a sus dirigentes, hizo que las quejas sobre Angola se hicieran más audibles.

Sin embargo, el entusiasmo y el orgullo volvieron tras los acontecimientos de marzo de 1988, cuando una fuerza de más de cincuenta mil soldados cubanos infligió una importante derrota al ejército sudafricano en Cuito Cuanavale, en una batalla campal que levantó la moral.

El orgullo creció a medida que se hicieron evidentes los efectos de la victoria cubana: las tropas sudafricanas se retiraron de Angola y Namibia poco después, y el Estado del apartheid pronto comenzó a desmoronarse con la liberación de Mandela en 1990, seguida de su elección como presidente del país. Ese sentimiento de orgullo incluso sobrevivió (y puede que ayudara a consolar a la gente) durante la crisis de principios de la década de 1990.

Sin embargo, esa misma crisis también acabó con la capacidad de Cuba para continuar con su política de internacionalismo a la escala anterior. La prestación de ayuda se limitó entonces, en general, a la asistencia tras desastres naturales o, como en el caso de Palestina, a la educación y formación gratuitas para estudiantes del Sur Global.

La paciencia de los cubanos se vio a menudo puesta a prueba durante los años de crisis, ya que algunos contrastaban sus dificultades diarias para sobrevivir con suministros limitados y racionados con lo que consideraban la generosidad de Cuba en el extranjero. Sin embargo, en general, el compromiso con la idea de la solidaridad internacional pareció perdurar entre muchos cubanos, lo que sugiere (en las situaciones más desesperadas) que la creencia popular en la solidaridad todavía tenía cierta influencia.

También pudo haber ayudado el hecho de que el historial de Cuba en la prestación de ayuda a otros países, incluso durante la crisis, suscitara una importante simpatía mundial hacia el país. Esto se puso de manifiesto cada año a partir de 1992 en las abrumadoras votaciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas contra el embargo estadounidense (al que solo se oponían ritualmente Estados Unidos e Israel), lo que reforzó la sensación de que Cuba no estaba sola. Con Donald Trump endureciendo aún más el embargo, esa simpatía podría parecer una pequeña bendición, pero no obstante lo era (y quizás lo siga siendo).

La experiencia angoleña afectó así a Cuba de varias maneras, en su mayoría para mejor. Reforzó muchas de las creencias y compromisos del país, le granjeó muchos aliados e inspiró sentimientos de orgullo (así como quejas y resentimientos). Cuba después de 1975 era diferente, y probablemente aún estemos descubriendo el alcance y el carácter de esas diferencias.

Antoni Kapcia

Profesor de historia latinoamericana en el Centro de Investigación sobre Cuba de la Universidad de Nottingham. Entre sus obras destacan Leadership in the Cuban Revolution: The Unseen Story, A Short History of Revolutionary Cuba: Revolution, Power, Authority and the State from 1959 to the Present Day y Cuba in Revolution: A History Since the Fifties.

- novembre 21, 2025
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Libellés : Afrique du Sud, Angola, anti-impérialisme, Cuba, Guerre froide, Sud Global, USA

mercredi 12 novembre 2025

Luces sobre un pasado deformado. La Guerra Civil ochenta años después (2020)

 

 
Prólogo
Juan Andrés Blanco
Jesús A. Martínez
Ángel Viñas

 

La guerra civil y sus antecedentes son los capítulos más controvertidos de nuestra historia. Este libro recoge las aportaciones de diecinueve historiadores españoles y dos extranjeros que participaron en un simposio en la UNED de Zamora al cumplirse el 80 aniversario de su final. Su título responde estrictamente al contenido. Se abordan tanto viejos temas desde una perspectiva actualizada como otros nuevos. Su base es estrictamente empírica  y documental. El conjunto constituye un desafío en toda regla a multitud de patrañas que circulan como “historia” en las redes sociales, en ciertos medios de comunicación e incluso en el mismo Parlamento. Sin concesión alguna. Es un libro de historia y sólo de historia. (Contracubierta del libro)

 

El presente volumen recoge las ponencias del Congreso que, bajo el título Queda mucho por decir sobre la Guerra Civil, Aportaciones recientes y reflexiones ochenta años después, se celebró en Zamora, y con el patrocinio de la UNED, los días 27, 28 y 29 de marzo de 2019. Su convocatoria, aprovechando el convencionalismo conmemorativo, respondía a razones historiográficas de peso para actualizar perspectivas de análisis y reflexiones sobre la Guerra Civil a los ochenta años de su finalización, y exponer en el escenario historiográfico aportaciones nuevas desde el punto de vista temático y empírico. Pero, principalmente, también había una razón de fondo de naturaleza emocional y personal: el presente volumen pretende ser un homenaje al profesor Julio Aróstegui, estrechamente vinculado a quienes esto escriben durante buena parte de su trayectoria como historiador de la Guerra Civil. El congreso que se celebró y la obra que, como resultado, ahora se presenta, se insertan en una trayectoria de «Encuentros sobre el conflicto central del siglo xx español» que impulsó Julio Aróstegui, Él proyectó y dirigió un amplio congreso celebrado con ocasión del cincuentenario del inicio de la guerra en septiembre de 1986 en la Universidad de Salamanca, con la apoyatura de la Sociedad de Estudios de la Guerra y el Franquismo (SEGUEF), y publicado en tres volúmenes bajo el entonces novedoso título de Historia y memoria de la Guerra Civil, cuando el tema de la memoria, que tanto debe a Julio Aróstegui, apenas si estaba iniciándose en España. Con él colaboramos estrechamente en la organización de tal evento. Significó un punto de inflexión para estimular y multiplicar los estudios sobre la Guerra Civil y el Franquismo, y dibujó una cantera de jóvenes historiadores que entonces abrían perspectivas de análisis distintas o no contempladas hasta el momento.

19 de julio de 1936: vecinos de Zamora leen el bando por el que los sublevados declaran el estado de guerra 
(foto: colección García Rubio)

En esa estela se pusieron en marcha después muchas iniciativas académicas e investigadoras. Bajo su codirección se programó, asimismo otro encuentro en diciembre de 2006, que se ha publicado digitalmente con el titulo de A los 70 años de la Guerra Civil española, obra en la que se integra una renovadora aportación, no solo en cuanto a contenidos sino también a metodología de Aróstegui, que en aquel momento era director de la Cátedra de la Memoria Histórica de la Universidad Complutense de Madrid, con el título «Memoria de batallas y batallas de memorias: reabrir el pasado».

Constatando la indudable realidad del avance historiográfico en el co­nocimiento de la Guerra Civil, crecientemente protagonizado por los his­toriadores españoles, en distintas ocasiones comentamos con él la con­veniencia de dedicar en su momento un nuevo encuentro científico con ocasión del ochenta aniversario del final del conflicto. Este debería contar con equilibrada presencia de las distintas generaciones de historiadores de la guerra y sobre los aspectos nuevos o que se vislumbraban como in­suficientemente tratados. En este caso no fue posible su implicación hasta el final, pues lo impidió su prematuro fallecimiento, pero el congreso que finalmente se realizó en Zamora en marzo de 2019 siguió en buena medida la impronta ya marcada por él. En el encuentro participaron muchos de quienes ya estuvieron en el de 1986, ya en su madurez historiográfica, y los que iniciaban una trayectoria investigadora en no pocos casos bajo el impulso del propio Aróstegui.

Pancarta en el Madrid asediado, fotografía atribuida a Mijail Koltsov

Como se ha indicado, también respondía este Congreso a la tendencia de la historiografía española a recordar los aniversarios redondos del comienzo o final de la Guerra Civil con cierto empaque. En general, con el resultado de compilaciones bibliográficas o, más frecuentemente, con obras colectivas –en las que un número restringido de investigadores expone sus reflexiones con respecto a aquella cesura radical en la vida española. En el mismo 2019 se publicó ya un volumen de estas características, que obedeció a un congreso celebrado años antes en la Universidad Rovira y Virgili. También tuvieron lugar dos grandes congresos, con acentos diversos, en los que se reunieron especialistas de la materia.

¿Se podía decir algo más de la Guerra Civil después de un inabarcable repertorio de publicaciones convertido en el más prolífico entre cuantos temas se han abordado en la historia contemporánea de España? Más allá de la convención conmemorativa, la respuesta es evidente y afirma­tivamente rotunda y da lugar al titular del congreso. No solo era opor­tuno el encuentro, sino necesario en términos historiográficos y sociales. Se puede decir mucho más desde el punto de vista de los fundamentos empíricos, con la documentación de muy diversa naturaleza en nuestros archivos y otras fuentes de información. Pero no se trataba solo de una cuestión empírica, sino de la exigencia metodológica de abordar otras interpretaciones y otros marcos de comprensión, replanteando la forma de pensar la Guerra Civil de manera distinta, fuera de los habituales carriles metodológicos. Sobre todo porque nunca ha habido posiblemente más información y al mismo tiempo tanto desconocimiento historiográfico.

Franco en el frente de Cataluña, invierno de 1938 (foto: BNE)

En su momento nos dirigirnos a un amplio y diverso número de historiadores, y aceptaron todos sin excepción, para que hicieran llegar a los asistentes sus reflexiones sobre la Guerra Civil a los ochenta años de su finalización en función de sus últimas aportaciones a la mejor comprensión de sus antecedentes, desarrollo y consecuencias, sus nuevos descubrimientos sobre aspectos relacionados con ella o su análisis del impacto que la moderna historiografía sigue teniendo en la sociedad española de nuestros días. La idea estribó en proyectar los focos de la investigación histórica documentada y analizada críticamente sobre ciertas facetas atrapadas en un pasado tergiversado, deformado, manipulado y planteado más para una divulgación en términos de consumo y con carácter presentista, no exento de connotaciones político-ideológicas, que corno resul­tado de investigaciones contrastadas.

Las ponencias se transmitieron por circuito cerrado a los alumnos de la UNED y, más adelante, en abierto a todos los interesados. Para este vo­lumen, sin embargo, todas y cada una han sido revisadas concienzudamente por sus autores. El plazo final para la admisión de las actualizaciones se fijó a finales del año 2019. Nos complace reconocer que todos los participantes cumplieron con el plazo establecido. En consecuencia, este libro recoge lo que representa el punto al que cada autor ha llegado, en los momentos actuales, sobre las dimensiones que les fueron sugeridas. Un vistazo al índice permite advertir tanto la diversidad temática como de enfoques de los investigadores. Lo que ahora hemos pretendido es acercar el estado actual de sus reflexiones al mayor número posible de lecto­res. Con las solas y relevantes excepciones de sir Paul Preston y de la doctora Daniela Aronica, todos los autores son españoles. No hemos pre­ferido esta opción por casualidad. Es el fruto de una reflexión meditada. Desde los años ya lejanos de la Transición democrática los historiadores españoles hemos ido ascendiendo, a veces penosamente, hacia la punta de lanza de la investigación sobre la Guerra Civil. Es el resultado de tres factores que han obrado al unísono: en primer lugar, la desaparición de la censura y la recuperación de la libertad de pensamiento, publicación y cá­tedra. Toda una generación de historiadores, entonces jóvenes, hoy muy veteranos, estaba esperando con ansiedad la eliminación de las trabas ins­titucionales, políticas e ideológicas para empezar a poder investigar sobre el común pasado español sin miedo de ir a la cárcel o al exilio. En segundo lugar, la progresiva apertura de archivos españoles a sus diversos niveles, estatales, regionales y locales; políticos y militares, públicos y privados. Es un truismo afirmar que sin archivos no se hace la historia. Si bien no todos los archivos existentes son hoy de libre acceso, y en los que lo son todavía quedan fondos inaccesibles porque no han sido desclasificados, como los fondos de los Consejos Superiores de los tres Ejércitos, lo que el sistema democrático ha logrado en los últimos cuarenta años no es nada desdeñable. Existe material para mantener ocupadas a nuevas generaciones de historiadores. Por último, la importación por parte de los investigadores españoles de enfoques, técnicas y rnetodologías que han enriquecido la panoplia de instrumentos con los cuales han ido despejándose parcelas ocultas del pasado. Parcelas que no habían sido objeto de tratamiento en la historiografía que podríamos caracterizar de tradicional. El resultado es que la historia se ha mejorado con las aportaciones de otras historiografías y de otras ciencias naturales y sociales, y puede así pre­sentar una visión mucho más compleja del pasado español.

Detenidos por los sublevados en Utrera (Sevilla)(foto: Biblioteca Nacional)

Por otro lado, también ha sido resultado de una reflexión meditada la participación de representantes de, al menos, tres generaciones de histo­riadores: los que hicieron sus primeras investigaciones en los años de la Transición; los que se incorporaron en los años 1980 y 1990 en un contexto político e historiográfico muy diferente y, por último, los alevines, formados en el nuevo milenio y que ya aportan fuerza renovadora en sus trabajos.

Las veintidós contribuciones se articulan en tres partes. La primera aborda generalidades sobre la Guerra Civil o sus antecedentes en una visión historiográfica; la segunda trata de aspectos relevantes para la comprensión de la guerra, desde la dinámica militar hasta la internacional o la social, todos sumamente controvertidos; la tercera, sobre sus consecuencias inmediatas en términos de represión y configuración de la dictadura. En todo momento solicitamos a los autores que nos hicieran llegar sus reflexiones de la forma que consideraran más apropiada para alcanzar el objetivo que nos proponemos con el presente volumen. A saber, hacer llegar al público interesado una reflexión sobre las nuevas formas de ver la Guerra Civil gracias a los descubrimientos más recientes, analizados por ellos mismos o con su participación. No son, por supuesto, todos los que están ni están todos los que son. La historiografía española de hoy goza de gran diversidad y de una salud excelente, pero las razones de espacio exigían una limitación. Eso sí, todos tienen un denominador común: el de abordar la investigación desde el punto de vista historiográfico, es decir, con fundamentos empíricos, rigor metodológico y perspectivas de análisis solventes para intentar distanciar al lector de controversias distorsionadoras que publicitan medios de comunicación, redes sociales o partidos políticos, y de los que intencionadamente manipulan el pasado. En la actualidad circulan muchas versiones que carecen de solidez científica, o exageraciones en búsqueda de un éxito rápido o presentaciones en formato novedoso de tesis y afirmaciones desacreditadas. Si bien como historiadores sabemos perfectamente que no existe, ni puede existir, una histo­ria definitiva, y que su propia naturaleza científica exige un permanente diálogo historiográfico y una continua redefinición de análisis, no pode­mos enmudecer ante una agresiva falsificación del pasado bajo un disfraz historiográfico. Y la mejor forma de hacerlo es divulgar nuestras investi­gaciones siempre sujetas a un debate crítico y serio.

Cuando preparábamos este prólogo, recordamos un artículo del dis­tinguido escritor y ensayista Javier Marías que viene como anillo al dedo para explicar la coyuntura en que aparece el presente volumen. No nos re­sistirnos a citar una parte de él por su esclarecedora visión:

«Si yo fuera historiador, viviría desesperado, porque la labor de es­tos jamás había caído tanto en saco roto. El historiador investiga y se documenta, dedica años al estudio, cuenta honradamente lo qué averi­gua (bueno, los que son honrados, porque también proliferan los des­honestos a sueldo de políticos sin escrúpulos, los que mienten a con­ciencia), matiza y sitúa los hechos en su contexto. Nada de esto sirve para la mayoría. Tienen mucha más difusión y eficacia unos cuantos tuits falaces y simplistas, y lo más grave es que casi todo el mundo se achanta ante los aluviones de falsedades. […] Demasiada gente ha de­cidido abrazar el viento que le gusta, como los niños, independiente­mente de que sea o no verdadero. El historiador actual se desgañita: “Pero, oigan, que esto no fue así, que esta versión es falsa, que nada hay que la sostenga”. Y la respuesta es cada vez más: “Eso nos trae sin cuidado. Nos conviene este relato, nos complace esta ficción, y es la que mejor se adecúa a nuestros propósitos. Es el espejo en que nos ve­rnos más favorecidos, a saber, como víctimas y ofendidos, corno so­juzgados y humillados, como mártires y esclavos. Sin esos agravios a los nuestros, no vamos a ninguna parte ni podemos vengarnos. Y de eso se trata, de vengarnos”»

Gran Vía de Barcelona tras el bombardeo del 17 de marzo de 1938 (foto de Michele Francone, incluida en el libro Catalunya any zero, de David Gesalí y David Íñiguez, Angle Editorial, 2019)

La sociedad española no es, ciertamente, la única en la que se dan cita los bulos, estereotipos y fake news sobre el pasado, pero sí es una de las pocas en Europa Occidental que los utiliza como arma política arrojadiza y que los ha elevado al rango de una fake history desde instancias mediáticas y políticas. Por eso, precisa todavía de una indagación solvente de su pasado con fundamentos historiográficos principalmente del siglo XX, en general, y de la Guerra Civil, en particular.

El presente libro está dividido en tres bloques temáticos: preliminares, guerra y consecuencias. Se inicia con las contribuciones de Matilde Eiroa y Alberto Reig, que ponen de relieve dos de los hilos que condujeron al congreso de Zamora. El primero trata del papel, la función, los límites y las posibilidades de la labor del historiador. Como no existe historia definitiva, la que se escribe en un momento dado es en parte función de las preocupaciones de su presente, pero puede interpretarse de diferentes maneras. No somos los historiadores los únicos proveedores de conoci­miento sobre el pasado, aunque pretendamos reconstruir parcelas de este con el mayor rigor posible. Hoy los medios, bien tradicionales bien digitales, aportan su granito de arena para redondearlas o, con harta frecuencia, deformarlas.

Refugiados en la carretera Málaga-Almería, febrero de 1937 (foto: Comité Internacional de la Cruz Roja)

Al tema de la deformación dedica Reig su contribución, planteando que hay que volver a los hechos y enmarcarlos en un cuadro de referencia teórico, para extraer de ellos todo lo que pueden dar de sí. En la medida en que la Guerra Civil fue una guerra entre ideologías, una de las cuales fue bendecida por la Iglesia católica, de manera inmediata por la española y trentina, su aportación estudia cómo su discurso formó parte del cuerpo doctrinal con el que la dictadura trató de «legitimar» su victo­ria y, con mayor denuedo si cabe, su interpretación, y cómo esta se pro­yecta hoy, con escasos retoques aunque significativos, en una parte de la literatura de masas que persigue continuar extrayendo réditos políticos y monetarios.

Continúa el libro con la aportación de Ricardo Robledo sobre la significación de la reforma agraria, aprovechando el aniversario del fallecimiento de Edward Malefakis, que fue el primer historiador en acercarse al tema con planteamientos modernos, hoy en parte superados. Le sigue Eduardo González Calleja, uno de los mejores conocedores de la historia de la Segunda República, desmitificando una vez más la interpretación que los vencedores hicieron sobre ella y que continúa hoy propagada por una subliteratura historiográfica. De notar son sus repetidas llamadas a la pervivencia, en ciertos sectores, de una historiografía ayuna de fuentes primarias y recargada de consideraciones puramente ideológicas de va­rios de los mitos sobre la primavera de 1936. Si bien González Calleja se ocupa de ciertos preparativos para la insurrección, Viñas y Alía entran más profundamente en ellos. El primero con la provocadora tesis de que se trató de un golpe monárquico, militar y fascista desde sus lejanos orígenes en 1932, gracias al descubrimiento de nueva documentación en los archivos italianos. El segundo, pasando revista a los esfuerzos que des­pliegan algunos autores para embarullar los orígenes del golpe de Estado e, incluso, de cierta manera, para postular un supuesto papel director de Franco que jamás existió.

Soldados republicanos cruzan el Ebro (foto: Efe)

Cuantitativamente, es el segundo bloque, el referido a la Guerra Civil misma, el que engloba el mayor número de contribuciones. Juan Carlos Losada, uno de los historiadores españoles más importantes en el tema militar, destaca sus momentos estelares contemplando las dimensiones estratégicas y sus implicaciones políticas. Juan Andrés Blanco se ocupa del muy mitificado papel de las milicias en ambos bandos, pero en particular en el republicano, que es donde más atención han despertado. Jesús A. Martínez aborda el papel de la propaganda escrita, y también oral, con sus abismales diferencias entre los dos contendientes, pero en todo caso elaborada para dar sentido a una lucha a la que la inmensa mayoría de los combatientes fueron obligados, partiendo de la interpretación tam­bién provocadora de que antes de julio de 1936 no existían dos bloques políticos e ideológicos dispuestos a enfrentarse en un destino irreversible, y que por ello el descomunal esfuerzo de propaganda tuvo como objetivo principal el de configurarlos. Por su parte, Miguel L. Campos, que acaba de terminar una monografía de próxima aparición sobre el contro­vertido aspecto de la soledad de la República con respecto al aprovisio­namiento de armas, excluidas las soviéticas, pone de relieve el desastre que fue la política seguida para romper el dogal de la no intervención. A ello añade David Jorge un ensayo sobre el degradadísimo papel que las potencias democráticas occidentales impusieron a la Sociedad de Naciones, con una demostración acabada que ha tardado en penetrar en cierta historiografía. Por la vía de los suministros y por la político-diplomática, el estrangulamiento tuvo efectos devastadores. Los republicanos hubieran debido ser trasuntos del capitán América para sobreponerse, solo con la ayuda de la Unión Soviética y de México, al peso muerto que les echaron encima el resto del orbe más Franco. José Ramón Rodríguez-Lago aporta una puesta al día sobre los estudios más recientes, y señala cómo la próxima apertura de los papeles relativos al pontificado de Pío XII puede permitir muchos más progresos sobre el factor religioso en la Guerra Civil. Es un aspecto ‘en crecimiento exponencial’ en el que abundan nuevos planteamientos y, como es lógico, nuevas preguntas. El joven doctor Carlos Píriz adelanta parte de los resultados de su reciente tesis sobre la actividad y significado de la no menos mitificada «Quinta Columna». Solo aborda una minúscula parte de ella y desde aquí anunciamos que, cuando se publique, alterará muchas de las concepciones que hasta ahora habían hecho autoridad sobre el asunto. Daniela Aronica examina los esfuerzos de la propaganda fascista para imponer una determinada visión que exaltara la gloria del Duce. Por su parte, sir Paul Preston, a quien no le fue posible asistir personalmente al Congreso de Zamora, nos ha permitido re­producir las palabras sobre el final de la guerra que pudieron presentarse ante los participantes gracias a una conexión digital.

Cadáveres (según algunas fuentes, de rehenes fusilados) en un cráter junto al alcázar de Toledo (foto: Erich Andrés)

El tercer bloque se ocupa, como una de las consecuencias principales de la guerra, de la represión por parte de los vencedores. Es, sin duda al­guna, la más ocultada y distorsionada por la literatura generada durante el Franquismo y que tuvo continuidad como pieza estructural de su fun­cionamiento. Aquí hemos procedido desde lo general (Gutmaro Gómez Bravo, uno de los historiadores de la generación intermedia que ya se ha hecho con un nombre respetado gracias a sus investigaciones) hasta lo más particular (Francisco Espinosa, uno de los grandes pioneros en el es­tudio del tema, sobre todo en Andalucía Occidental y Extremadura). Ade­más, un criterio territorial por el lugar en que se celebró el congreso ha permitido la aportación sobre el estudio de la represión en esta zona de Enrique Berzal (Castilla y León) y Cándido Ruiz y Eduardo Martín (Zamora). Este bloque contiene también estudios innovadores, como el de Julio Prada acerca de la represión económica, sobre la que acaba de pu­blicar un denso libro en inglés, o el de Miriam Saqqa, antropóloga, con respecto a la gestión de los cuerpos de las víctimas del «terror rojo» por parte de los vencedores. También nos complace contar con una visión muy actualizada sobre el continuum entre represiones en Cataluña, y sus consecuencias sociales y políticas tras la guerra, cuyo autor es el gran his­toriador catalán José Luis Martín Ramos, que cierra el volumen.

Con vistas a su publicación en papel y por razones de espacio, hemos optado por no ampliar el elenco de contribuciones que, en forma de comunicaciones, se presentaron al congreso. Somos plenamente conscientes de que subsisten lagunas, así como que es una banalidad pensar que el tema se agota en un congreso. Nuestro propósito ha sido, es, actualizar con sentido historiográfico aportaciones recientes sobre la Guerra Civil y reflexiones ochenta arios después y, quizá, contribuir a encender luces académicas e investigadoras sobre un pasado muy a menudo deformado.

 


Índice

Prólogo,
por Juan Andrés Blanco, Jesús A. Martínez y Ángel Viñas 

Del estudio del pasado a la transmisión en el presente: ¿qué papel desempeñan los historiadores a los ochenta años de la Guerra Civil?,
por Matilde Eiroa 

La inconclusa guerra de palabras en torno a la represión y el terror en la Guerra Civil,
por Alberto Reig Tapia 

Sobre los orígenes agrarios de la Guerra Civil: cincuenta años del libro de Malefakis,
por Ricardo Robledo 

La República, ¿víctima o responsable de la Guerra Civil?,
por Eduardo González Calleja 

Con Mussolini hacia el 18 de julio. El vector fascista en la conspiración,
por Ángel Viñas 

Lo que hemos aprendido sobre el éxito y el fracaso de la conspiración militar,
por Francisco Alía Miranda 

Los momentos decisivos de la guerra. Las estrategias militares,
por Juan Carlos Losada 

Las limitaciones del impulso miliciano,
por Juan Andrés Blanco 

El abandono de la República en materia de suministros de armamentos. Nuevas investigaciones,
por Miguel Í. Campos  

El papel de la propaganda y la propaganda de papel. Púlpitos en el frente y prensa
en las trincheras,
por Jesús A. Martínez Martín   

El abandono de la República por las democracias: nuevos hallazgos y enfoques,
por David Jorge 

Desarmando la cruzada. La Iglesia católica en la Guerra Civil española, ¿qué sabemos?, ¿qué nos queda por saber?, 
por José Ramón Rodríguez Lago 

Lo dicho y lo que está por decir sobre la Quinta Columna: otra contribución en el octogésimo aniversario de la conclusión de la Guerra Civil, 
por Carlos Píriz 

La ofensiva de Cataluña en el cine de no ficción de la Italia fascista,
por Daniela Aronica 

Los últimos días de la República,
por Paul Preston 

Del golpe a la guerra de ocupación. La violencia en la Guerra Civil,
por Gutmaro Gómez Bravo  

Andalucía y Extremadura: la represión franquista en perspectiva,
por Francisco Espinosa Maestre 

Una zona no tan «azul». Guerra Civil y represión en Castilla y León,
por Enrique Berzal de la Rosa 

La represión franquista en Zamora: un estado de la cuestión,
por Cándido Ruiz González y Eduardo Martín González 

Lo que sabemos de la represión económica. Un balance,
por Julio Prada Rodríguez 

Cataluña, fracturas en guerra para después de la guerra,
por José Luis Martín Ramos 

Las exhumaciones de los caídos por Dios y por España: la gestión de los cuerpos,
por Miriam Saqqa Carazo 


Portada: Portada del libro publicado por Marcial Pons

Ilustraciones: Conversación sobre la historia

- novembre 12, 2025
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Libellés : guerre d'Espagne, LES GUERRES DE L'HISTOIRE

El fascio de las Ramblas. Los orígenes catalanes del fascismo español

 

Xavier Casals Meseguer
Enric Ucelay-Da Cal

 

 

Introducción. El primer fascismo español, una historia de tres ciudades

 

Si el fascismo español tiene un himno, 
este es sin duda el «Cara al sol» falangista. Estrenado en 1936, su estrofa inicial reza así:

Cara al sol con la camisa nueva,
que tú bordaste en rojo ayer,
me hallará la muerte si me lleva
y no te vuelvo a ver.

Pero el primer caído «cara al sol» no fue un falangista, sino un poeta e intelectual considerado el padre de la independencia de Cuba: José Martí. Murió en Pinar del Río el 19 de mayo de 1895 luchando contra una columna española, pese a ser hijo de un valenciano y una tinerfeña emigrados a la isla. Señala el historiador John Lawrence Tone que Martí fue temerario al querer demostrar que podía luchar con las armas igual que con sus textos:

Se aproximó a los españoles armado tan solo con una pistola y montado en un caballo blanco: las ráfagas de rifle le hirieron de muerte tirándole al suelo.

Su muerte tuvo «aroma de suicidio» y añade que, al parecer, Martí tuvo «premoniciones de su muerte», visibles en esta estrofa de sus

No me pongan en lo oscuro, a morir como un traidor.
Yo soy bueno, y como bueno moriré cara al sol.

Según el hispanista Hugh Thomas el himno falangista se inspiró en estos versos. Pero los relatos de su creación atribuyen esta estrofa del himno al fundador de Falange Española (FE), José Antonio Primo de Rivera, y a dos escritores del partido, Agustín de Foxá y José María Alfaro, lo que hace plausible que conociesen los versos de Martí. Este hecho no es menor porque apunta a un sustrato mal conocido del fascismo español: su influjo cubano, tema de este ensayo que comporta una revisión profunda de este fenómeno político.

Las JONS, constituidas el 10 de octubre de 1931, a partir de la fusión del grupo liderado por Ramiro Ledesma Ramos 
—fundador del semanario La Conquista del Estado— con las Juntas Castellanas de Acción Hispánica de 
Onésimo Redondo Ortega y La Traza, liderada por Alberto Ardanaz (foto: Archivos de la Historia)
El falangismo como único fascismo español: una visión problemática

En general, los estudios del mismo, más allá de centrarse en algunas individualidades, orbitan en torno al falangismo y las dos entidades previas que confluyeron en él. Una fue el semanario La conquista del Estado, impulsado por Ramiro Ledesma y que vio la luz en Madrid en marzo de 1931 (el mes previo a la proclamación de la Segunda República). La otra fue Libertad, otro semanario que se editó en junio de aquel año en Valladolid promovido por Onésimo Redondo y cuyo núcleo editor constituyó en agosto unas irrelevantes Juntas Castellanas de Actuación Hispánica (JCAH). En octubre ambos grupos se fusionaron en las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS). Dos años después, en octubre de 1933, José Antonio Primo de Rivera creó un ente rival, la citada FE. Como falangistas y jonsistas eran exiguos, estos se fusionaron en febrero de 1934 en FE de las JONS. Estas siglas fueron marginales hasta que en la primavera de 1936 conocieron una gran afluencia de seguidores. Ya en plena Guerra Civil, en abril de 1937, Franco unificó a FE de las JONS con la otra gran fuerza de la derecha, el carlismo, y creó el partido oficial de su régimen: Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de las JONS).

Acabada la Guerra Civil en abril de 1939 e iniciada la Segunda Guerra Mundial en septiembre de aquel año, las expectativas que Franco depositó en el triunfo del Eje favorecieron la fascistización del régimen a través de FET y de las JONS hasta agosto de 1942 de la mano de Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco. Entonces el retroceso de las fuerzas del Eje forzó al dictador a adoptar un funambulismo político para sobrevivir a la victoria aliada de 1945. En este marco FET y de las JONS, desde 1967 llamada Movimiento Nacional (o «Movimiento»), conoció un letargo del que ya no salió hasta su disolución en abril de 1977. Devino así el paraguas político de tres generaciones de españoles y españolas (estas últimas en la Sección Femenina).

Paradójicamente, esta asociación del fascismo español con el falangismo la originó este último. En los años treinta asumió su conexión con ascendentes italianos y tras la derrota del Eje quiso proyectarse como una especificidad hispánica. A inicios de los años sesenta del pasado siglo, el historiador estadounidense Stanley G. Payne examinó la «falangística» (las obras emanadas del universo falangista, desde memorias a textos políticos) y asumió su visión del «fascismo español» y su estudio la convirtió en una opción comparable al fascismo italiano y al nazismo alemán, con pautas de análisis ya muy elaboradas. Payne posteriormente profundizó en el estudio del fascismo y devino un experto en el tema. Como resultado, el trabajo pionero de Payne sobre Falange codificó los parámetros del fascismo español de estudios posteriores, que lo asociaron al falangismo de forma indeleble.

Ceremonia de fusión de Falange Española y de las JONS celebrada en el Teatro Calderón de Valladolid 
el 4 de marzo de 1934, en la que intervinieron Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda, Onésimo Redondo, 
Ramiro Ledesma Ramos y Emilio Gutiérrez Palma (foto: El Norte de Castilla)

Pero esta visión del fascismo español, desde nuestra óptica, plantea problemas diversos. Uno es cronológico: hace del fascismo una realidad tardía en España al remitir a los años republicanos, y los partidos o entes previos susceptibles de ser vinculados al mismo se catalogan como precursores. Otro problema es geográfico, ya que Madrid es el único centro irradiador de fascismo, con Valladolid como escenario secundario como baluarte de Redondo y sus JCAH. Por último, esta visión del fascismo infravalora su proximidad con la derecha más radical o «fascistizada» y su pugna por un mismo espacio político. Pero para sus coetáneos los falangistas, la «derecha fascistizada» y la derecha en general a menudo carecían de lindes ideológicas diáfanas, pues eran un continuo de límites internos borrosos, señala el historiador Paul Preston:

[.. ] Durante toda la República, los líderes de cada grupo derechista habían intervenido en los mítines de los otros, siendo, normalmente, bien recibidos. Se reservaba espacio en la prensa de los diversos partidos para incluir informes favorables sobre las actividades de los rivales. Todos los sectores de la derecha compartían la misma determinación de establecer un Estado corporativo y de destruir las fuerzas efectivas de la izquierda. […] Había, por supuesto, diferencias de opinión […]. No obstante, rara vez iban más allá de disensiones sobre la táctica […]. Estos grupos raramente rompieron su unidad en el Parlamento, en tiempo de elecciones o […] durante la guerra civil […]. Es más, no era raro […] pertenecer a una o más de estas organizaciones, y en algunos casos a todas ellas.

Esta dificultad de trazar límites la ilustra el Partido Nacionalista Español (PNE), calificado de «pseudofascista». Su líder y creador fue el médico valenciano José Mª Albiñana, que creó la formación en abril de 1930, tres meses después de concluir la dictadura que Miguel Primo de Rivera estableció en 1923, con la expectativa de erigirse en su albacea político. Su divisa era la del primorriverismo caído, «Religión, Patria, Monarquía». A ello añadió su lema, «España sobre todas las cosas, y sobre España inmortal, solo Dios». Entre octubre y noviembre de 1930 adoptó el «saludo brazo en alto, [la] camisa azul [celeste], [el] escudo con yugo, flechas y águila bicéfala, [y la] cruz de Santiago». Moduló un españolismo combativo (su himno se tituló «España inmortal») y se definió como una «hermandad hispánica de acción enérgica». Su portavoz fue La Legión y su milicia fueron los Legionarios de España, su «avanzada guerrillera». Cabe pensar que para sus seguidores militar en FE o en este partido dependió más de su presencia en un lugar concreto que de su doctrina. Ateniéndonos a lo expuesto, consideramos difícil negar el carácter fascista del PNE.

En este marco, sostenemos una visión substancialmente distinta del fascismo español, pues convenimos que este fenómeno tuvo sus raíces en Cuba, afloró y se configuró en la Península por vez primera en Barcelona entre 1919 y 1923 y tuvo ecos y reverberaciones en Madrid entre fines de 1922 e inicios de 1923. Ello fue así por varias razones que desplegamos a lo largo de este ensayo y apuntamos al lector a continuación de modo orientativo.

José María Albiñana (segundo por la izquierda), en una reunión con miembros del Partido Nacionalista Español 
(foto: El Independiente)
Las raíces cubanas del fascismo español: militarismo y españolismo

España solo puso fin a su condición imperial en 1975 (con el abandono del Sahara occidental en plena agonía de Franco) y este hecho marcó su evolución mucho más de lo que parece. En el caso del fascismo español juzgamos determinante la importancia de La Habana en el proceso de su conformación, pues en la España decimonónica era su tercera ciudad más importante (después de Madrid y Barcelona) y en ella tuvieron lugar dos procesos clave en el tema que nos ocupa.

Uno fue la concentración de poder que conoció el titular de su Capitanía y que le convirtió en virtual «virrey» de la isla con el apoyo de sus élites propeninsulares (opuestas a toda reforma que alterase el statu quo de Cuba) que formaron una suerte de «Corte» en torno al capitán general. Asimismo, este dispuso de una milicia civil que las citadas élites promovieron y lideraron, el llamado Cuerpo de Voluntarios. Este se creó en 1855 para luchar contra el «separatismo» (que incluyó a cubanos autonomistas e independentistas) y contra posibles revueltas de esclavos. Los voluntarios, que iban uniformados y armados, profesaron un nacionalismo intransigente que les convierte en precursores del futuro fascismo peninsular.

En 1869 acaeció la conjunción organizada de estos tres elementos: Capitanía, élites y los voluntarios. Entonces, quien era capitán general desde enero, Domingo Dulce, quiso introducir reformas y ampliar el marco de libertades de Cuba siguiendo órdenes del gobierno, pero topó con la oposición de las élites citadas. Estas urdieron un complot contra este militar mediante el capitán general que le precedió, Francisco Lersundi, y el Cuerpo de Voluntarios. Así, en mayo Lersundi asedió la Capitanía con cientos de voluntarios y forzó a Dulce a renunciar a su cargo al carecer de fuerzas para imponerse. Como este renunció a sus poderes de forma reglamentaria, el cambio de titular de Capitanía fue legal y pacífico. Desde entonces las élites mencionadas actuaron con autonomía de Madrid y solidificaron sus lazos con Capitanía, mientras los voluntarios reprimieron a reformistas e independentistas cubanos a sus anchas.

Esta experiencia antillana, apenas conocida en la narrativa de la historia de España, fue decisiva tanto en la evolución del militarismo español como en la del fascismo porque configuró un artefacto político-militar singular que denominamos «Capitanía cubana». Tal expresión alude a la asunción del poder civil por Capitanía de forma dictatorial, con el apoyo de las élites locales y una milicia civil auxiliar. Esta última, que en Cuba encarnaron los voluntarios, reflejó ya el limitado espacio político que el militarismo español dejaría al desarrollo del futuro fascismo en la Península. De hecho, la definición de «militarismo» presume que los oficiales del Ejército han de predominar sobre los políticos civiles.(20) Ello fue así porque el Ejército se autoerigió en garante del orden establecido ante toda amenaza «separatista» o revolucionaria y quiso monopolizar el patriotismo.

El otro proceso que se desarrolló en Cuba e interactuó con el anterior fue que allí afloraron tanto el nacionalismo español exacerbado como los nacionalismos centrífugos peninsulares. De este modo, la llamada Guerra de los Diez Años (1868-1878) contra los insurrectos de la isla hizo cristalizar un autodenominado «españolismo» que asimiló nación e imperio (concibió a la Península y a sus dependencias de Ultramar como un todo indivisible) que reclamó una adhesión «incondicional» contando con el apoyo de Capitanía.

Voluntarios de La Habana, retratados por Valeriano Domínguez Bécquer en la revista La Ilustración de Madrid (1870). 
Fuente: Wikimedia Commons.
Cataluña en el espejo de La Habana: ¿Una «segunda Cuba»?

Tras la pérdida de Cuba en 1898, la pauta de ocupación castrense del poder civil de la «Capitanía cubana» se exportó a la Península y arraigó en Barcelona. Allí los militares procedentes de Ultramar creyeron hallarse ante la misma amenaza bifronte de La Habana: el «separatismo» (encarnado por el catalanismo emergente) y la revolución (el temor al obrerismo organizado substituyó al que infundían las revueltas de esclavos). De este modo, a partir de los problemas de orden público, Capitanía empezó a asumir competencias civiles en detrimento del gobernador civil, en un proceso que tendría su inicio en la huelga general de 1902.

Por esta vía, entre 1919 y 1923, cuajó una genuina «Capitanía cubana» en Barcelona. En ese periodo fueron sus «virreyes» de facto los generales Joaquín Milans del Bosch (capitán general de Cataluña entre septiembre de 1918 y febrero de 1920) y Severiano Martínez Anido (gobernador civil desde noviembre de 1920 hasta octubre de 1922). Milans expandió su poder al reprimir la agitación que el fin de la Gran Guerra en 1918 generó entre catalanistas y sindicalistas. La de los primeros se materializó en una campaña de demanda de autonomía en la que el Ejército vio un separatismo tan amenazador como el cubano. Y la de los segundos la estimuló el triunfo de la revolución bolchevique en 1917, que incentivó la radicalización del potente sindicato de cariz anarcosindicalista omnipresente en la zona metropolitana barcelonesa: la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Esta organización alumbró grupos de acción que generaron un pistolerismo endémico que Milans quiso contener con mano dura. Su actuación esbozó entonces una dictadura regional sin quebrar de forma oficial la legalidad (como en Cuba). Pero no la pudo consolidar al ser forzado a dimitir en febrero de 1920. Le substituyó como «hombre fuerte» Martínez Anido, quien durante su mandato (el «anidato») consolidó la autocracia en Cataluña que Milans perfiló. En consecuencia, ambos militares actuaron como los capitanes generales de La Habana: ocuparon el poder civil con apoyo de las élites locales y una milicia auxiliar, conformando una «Capitanía cubana» en Barcelona.

Fuente: Mundo Gráfico 23 de octubre de 1918
De los Voluntarios de La Habana al «Fascio de Las Ramblas»

En este escenario, la milicia auxiliar de esta «Capitanía cubana» surgió de modo espontáneo o se improvisó sobre la marcha, de modo que desempeñaron su rol en Barcelona cuatro actores distintos entre 1919 y 1922. Primero, entre fines de 1918 e inicios de 1919 lo hizo una Liga Patriótica Española (LPE), que practicó el «escuadrismo» contra el catalanismo. Al estallar una intensa conflictividad social a partir de febrero de 1919, la LPE se esfumó y desempeñó tal función el Somatén, una milicia civil que actuaba como cuerpo auxiliar de orden público. Pero el protagonismo creciente de los grupos de acción del cenetismo requirió que desarrollasen la función de milicia auxiliar otros actores: primero fueron grupos parapoliciales conocidos como la «banda negra» y desde 1920 ejerció este rol el llamado Sindicato Libre. Así las cosas, veremos cómo la LPE y el Libre, amparados por Capitanía, encarnaron el primer fascismo barcelonés.

Hemos designado a este último como «Fascio de Las Ramblas», una expresión que fue acuñada en 1931 por ámbitos de izquierda para aludir de forma irónica a una organización fascista que supuestamente organizaba Ramón Sales, el dirigente del citado Sindicato Libre. Sales anunció la creación de tal milicia el 11 de abril de ese año a bombo y platillo, pero sus declaraciones posiblemente fueron un globo sonda o un farol político. Pese a su inexistencia, hemos escogido esta expresión para designar al fascismo barcelonés inicial porque Las Ramblas fueron un escenario y escaparate a la vez de las primeras tramas fascistas barcelonesas. Y es que en este bulevar primero se enfrentaron catalanistas y españolistas de la LPE. Después Las Ramblas fueron un espacio de eclosión del pistolerismo. Los matones de ambos sindicatos (Libre y CNT) se reunían en sus cafés y sus grupos de acción actuaron en buena medida en la zona marcada por esta arteria: el casco antiguo y la zona que sería conocida como «barrio chino». También Las Ramblas reflejaron la importancia de los militares que mediaron en aquel universo de choques entre cata- lanistas y españolistas, libres y cenetistas. Sus centros coronaban simbólicamente el principio y el final de Las Ramblas: el Casino Militar estaba al principio, en la plaza Cataluña, y la Capitanía al final, en la zona próxima al mar. De ahí, pues, la idoneidad de esta metáfora como título del presente ensayo.

Ramón Sales Amenós en diciembre de 1919, en un acto de homenaje al general Severiano Martínez Anido
Un fascismo de primera generación y otro de segunda

Ateniéndonos a lo hasta aquí expuesto, partimos de las premisas siguientes: que la emergencia y la evolución del fascismo en España fue inseparable de la del militarismo del siglo xx (por lo que es necesario estudiar la configuración de ambos de forma simultánea); que ambos fenómenos tuvieron sus orígenes en la Cuba decimonónica, pero también los marcaron las campañas militares de Marruecos; que su configuración y eclosión tuvo lugar en la Barcelona del periodo 1919-1923, caracterizada por una conflictividad política y social intensa con un poderoso tema identitario de fondo; y que en su desarrollo interactuaron de forma compleja propuestas fascistas de Barcelona y, en menor grado, otras de Madrid.

En este aspecto, podemos establecer que el fascismo español tuvo dos etapas distintas: una monárquica inicial y otra posterior republicana o accidentalista en cuanto al régimen político. La primera (1919-1923) es el tema de este estudio y lo podemos calificar como un «fascismo de primera generación», caracterizado por tener su epicentro en Barcelona, un discurso y una práctica política acuñada en Ultramar (aunque tamizada por Marruecos), un carácter esencialmente organizativo y una elaboración ideológica muy escasa. Simplificando, tuvo tres plasmaciones sucesivas. La primera fue la mencionada LPE anticatalanista entre fines de 1918 e inicios de 1920. Le sucedió el Sindicato Libre, constituido a lo largo de 1919 y que emergió en 1920 y combatió con las armas a la poderosa CNT. Por último, a fines de 1922 se formó el grupo La Traza, que salió a la luz a inicios de 1923. Sin embargo, este fascismo barcelonés no puede estudiarse por sí solo, ya que tuvo una compleja relación e interacción con propuestas surgidas en Madrid, que también recoge esta obra, y que pasaron por la confluencia del africanismo militar, encarnado por la Legión (oficialmente Tercio de Extranjeros), y los sectores del llamado maurismo que conocieron una deriva autoritaria.

En cambio, el fascismo que podemos considerar de «segunda generación» tuvo su epicentro en la capital española y Valladolid, a la vez que se articuló esencialmente en torno a la ideología. Se singularizó por tener expresiones políticas republicanas y ambiciones intelectuales que reflejaron el influjo de las vanguardias literarias. Estas le transmitieron la convicción de que la «Nueva Cultura» que habían forjado debía demoler y substituir a una cultura burguesa juzgada decadente. Reflejaron este fascismo los mencionados grupos de Ledesma y Redondo que confluyeron primero en las JONS y luego con la FE de José Antonio Primo de Rivera y originaron FE de las JONS. En este marco, el PNE de Albiñana sería un grupo de transición entre ambos fascismos.

Para comprender la importancia de esta dimensión urbana de las iniciativas fascistas, especialmente en el fascismo de «primera generación» es esencial tener en cuenta que existe un trasfondo de «guerra de ciudades» en la que la dicotomía Madrid-Barcelona tiene un papel esencial, en la medida que, si la capital de España será el centro oficial del país, Barcelona, su capital económica e industrial carente de un poder político en consonancia, actuará como el «anticentro» por excelencia del país. Esta tensión entre centro y «anticentro» será un vector del «Fascio de Las Ramblas».

Presidentes de los Sindicatos Libres de Barcelona en 1922 (foto: La Acción/Wikimedia Commons)
¿Pero qué es el fascismo? Un recorrido por territorios pantanosos

Llegados aquí, es imperioso abordar una cuestión pantanosa: ¿Qué entendemos por fascismo? La pregunta no tiene una respuesta satisfactoria al faltar un acuerdo académico sobre cómo definir tal concepto. Ello es así porque no existe un fascismo monolítico, atemporal e inmutable, sino una pluralidad de movimientos de rasgos similares y diferentes a la par. Tal realidad supone cuatro grandes problemas para disponer de una definición operativa.

Un primer problema radica en que el fascismo combina diversos estilos políticos que lo hacen acreedor del reconocimiento como algo nuevo: explora una «tercera vía» entre marxismo y liberalismo, entre derecha e izquierda (asumiendo la crítica del liberalismo al comunismo y la del comunismo al liberalismo); asume el papel del Estado como ente rector de la sociedad (de forma semejante al comunismo); plasma una forma nueva de representatividad política que pasa por un líder carismático que interpreta la «voluntad nacional»; adopta una cultura nueva, en la que confluyen una crisis del racionalismo —que comporta la exaltación de una mística ultranacionalista de combate— y las vanguardias artísticas. A ello se añade que es la única ideología de los siglos xix y xx que asume su demonización. La actitud de los fascistas es fácilmente reconocible: «Sí, somos malos… ¿y qué?». Todo ello es difícil de aprehender en una única definición.

Un segundo problema es sobre qué tipo de movimiento fascista ponemos el foco. No es lo mismo el primer fascismo, de orígenes relativamente nebulosos, que aquel ya crecido y ávido de poder. Y menos aún el ya instalado en el poder y el que está en la oposición. En este aspecto, se suele identificar el fascismo (como movimiento y/o doctrina) con la época de entreguerras (aproximadamente el periodo 1919- 1945), percibido como un fenómeno político europeo en su esencia y que expresaría una larga «guerra civil europea». Un tercer problema es su variedad de manifestaciones, que dificulta las definiciones homogeneizadoras. Así, el historiador germano Ernst Nolte aludió a que

«un asombroso enlace de tendencias particulares y universales resulta evidente en todo movimiento fascista».

Finalmente, un cuarto problema, derivado de los anteriores, es que los expertos ofrecen una variedad de enfoques que hace muy difícil disponer de una definición funcional. De este modo, por poner algunos ejemplos, el destacado historiador italiano Emilio Gentile ha enfatizado la forma política, el partido fascista, en el caso italiano en concreto como fuerza paramilitar o partido-milicia. En clara contraposición, el británico Roger Griffin ha formulado una tesis que aborda el fascismo como expresión de un «nacionalismo palingenético». Su discurso y su potencial atracción de masas dependen así de la capacidad de crear un «renacimiento nacional», que sería su componente ideológico fundamental. Sin él, según Griffin, no hay auténtico fascismo. Por descontado, no podemos olvidar la aproximación del propio Payne, que establece una tipología de rasgos con una reflexión sobre sus antecedentes. Hay otras muchas propuestas, suficientes para requerir una ordenación de carácter enciclopédico.

Propaganda de los Sindicatos Libres: su encarnación persigue al anarquismo, el separatismo, la masonería, el comunismo y el judaísmo (imagen del blog de Xavier Casals)

Para resumir, el fascismo es una ideología y a la vez una práctica que combina acción con pensamiento, que ilustra el lema «Libro e moschetto, fascista perfetto» («libro y mosquete, fascista perfecto»). Pero se trata de un pensamiento único, decidido desde arriba, dictado supuestamente por un jefe carismático, omnímodo e infalible: «Il Duce ha sempre ragione» («El Duce siempre tiene razón»). Se remarca así el énfasis del fascismo en la participación y, por extensión, en la obediencia. Pero todo ello no es más que un modelo idealizado. La realidad política siempre es más compleja y contradictoria, por lo que —volviendo al principio— es sumamente difícil disponer de una definición satisfactoria de este fenómeno.

En este apartado de definiciones también es necesario aludir al concepto igualmente difuso de populismo. Aquí lo hemos empleado para designar una estrategia de movilización especialmente visible en el discurso regeneracionista de inicios del siglo xx y que crea una dicotomía maniquea entre el «pueblo sano» y las élites corruptas para movilizar al primero contra las segundas. Sin embargo, el concepto de populismo tampoco tiene una definición clara y unívoca. Y aunque hoy es omnipresente en los medios de comunicación, su significado resulta bastante confuso. Como sucedió con el fascismo más maduro, cuesta a los estudiosos entender qué elementos son propiamente de la izquierda o de la derecha. En realidad, el término nació en la Rusia zarista, con los llamados naródniki (de narod, pueblo) durante la segunda mitad del siglo xix. Pero la misma palabra en inglés, populism o People’s Party, designó un partido electoral estadounidense las últimas dos décadas decimonónicas. Como palabra política ya casi olvidada, analistas académicos la utilizaron para describir la actuación de movimientos que combinaban partido y sindicatos en Latinoamérica, sobre todo (aunque no solamente) en Brasil y Argentina en la primera mitad del siglo xx. También hay quien lo empleó para examinar la política de izquierdas y el autonomismo en Cataluña en el periodo republicano y de la Guerra Civil (1931-1939). Otros estudiosos, notablemente el historiador hispano-francés Carlos Serrano, han considerado que la figura del intelectual regeneracionista Joaquín Costa, protagonista relevante de nuestra obra, era de neta raigambre populista. Y si antes del siglo XXI se empleó este vocablo para dar sentido al prefascismo, hoy sirve principalmente para señalar la pujanza del posfascismo.

Así las cosas, este ensayo se centra en reconstruir las raíces, eclosión y trayectoria del primer fascismo español. Por tanto, definir esta experiencia primeriza plantea un reto similar al que afrontó Nolte —el investigador antes citado— al analizar los orígenes del fascismo francés, que asimiló a un grupo que mencionamos en la obra: Action Française (Acción Francesa, AF). Esta entidad se constituyó en 1899 y su líder carismático fue el escritor e intelectual Charles Maurras (1868-1952), cuyo acendrado nacionalismo surgió del cultivo de la lengua provenzal. Su ideario fue concomitante al del carlismo en España: defendió una monarquía tradicional, antiparlamentaria, antiliberal, descentralizada y recurrió a la violencia. Nolte justificó su inclusión aludiendo a que la AF es «la primera agrupación política de cierta influencia y rango intelectual que conlleva innegables rasgos fascistas». Además, «aparece al mismo tiempo que las demás formas tardías del antiguo movimiento contrarrevolucionario, el legitimismo francés y el realismo, pero resultan evidentes ciertos rasgos modernos que no pueden derivarse de esta tradición», sin que su monarquismo la alejara del fascismo.

Pues bien, esta misma cuestión que Nolte esbozó es la que plantean los colectivos y grupos analizados en la obra y solo podemos definirlos a medida que los analizamos: surgen parejos a movimientos contrarrevolucionarios decimonónicos, lo que facilita la confusión entre «lo nuevo» y «lo viejo», pero presentan rasgos modernos que los desvinculan de ellos y, estudiados en una dimensión territorial, conforman un juego de oposiciones que permite percibirlos como un todo con sentido político propio. Así, intentar dotar de una definición que incluya a colectivos mencionados como la LPE, La Traza, el Sindicato Libre o una unidad militar como la Legión es una empresa ardua y difícil en estas páginas liminares. Por consiguiente, invitamos al lector a constatarlo a partir de la exposición desplegada en la obra. No obstante, en relación con este primer fascismo aquí tratado, tanto en Barcelona como en Madrid, podemos enfatizar tres ideas.

Conferencia de Jaime Bordas, presidente de la Liga Patriótica Española de Barcelona, sobre la “autonomía integral”, en el Teatro del Centro (Madrid) (foto: ABC, 31 de diciembre de 1918)

Una primera idea es que en él primó la acción por encima de la reflexión. Fue un fascismo casi ágrafo, cuya escasa teorización se improvisó sobre la marcha y quizá ni ambicionó elaborarla. De este modo, originó manifiestos y prensa en el mejor de los casos, pero no abultadas disquisiciones teóricas impresas. Se caracterizó por articular organizaciones agresivas o de encuadramiento combativo de sus seguidores y sus entidades reflejaron la idea de formar un «ejército privado» capaz de actuar con virulencia ante formaciones opuestas dentro de la sociedad civil. Fue tan escasa su preocupación por dejar su huella que, como verá el lector, su evolución solo se puede reconstruir en la mayoría de los casos examinados de forma parcial y, a menudo, con fuentes secundarias (memorias, prensa, informes policiales o diplomáticos). De hecho, el vínculo con el fascismo fue públicamente invisible en algunas iniciativas, como el Sindicato Libre o el núcleo madrileño que preparó una «marcha sobre Madrid». Sabemos que este nexo existió, pero sus protagonistas se cuidaron mucho de ocultarlo.

Una segunda idea relevante es su encaje político singular en un marco monárquico. En este aspecto, el fascismo, que per se es republicano, surgió y creció en una Europa de monarquías. Ello planteó un problema de compatibilidad cuando el fascismo emergió en Italia. Allí, en marzo de 1919, Benito Mussolini creó un movimiento socialista belicista, filo-nacionalista y nacional-republicano. Usó el término italiano fasci (haz), entonces de moda (por el recuerdo de los Fasci Siciliani dei Lavoratori en 1889-1894) para designar una unión política o social, un fascio ( fasci en plural). Pero, como observó el lúcido conservador catalán Francesc Cambó en un ensayo de 1924, Mussolini recibió apoyo masivo de monárquicos (exmilitares, estudiantes, clases medias), hizo de los Fasci una llamada al unitarismo nacional y pudo desarrollar su movimiento en el seno de la Corona, llegando al poder en 1922. Su triunfo inspiró a otras figuras inquietas en el socialismo que ambicionaron adquirir protagonismo al margen de las casillas establecidas. En España, sin embargo, los primeros fascistas no tuvieron necesidad de buscar fórmulas ingeniosas, pues veremos que hubo una rica diversidad de herencias ideológicas en el conjunto de la derecha a las que recurrir. La Monarquía dominó aquí el escenario y las experiencias o iniciativas que podemos vincular a un primer fascismo casaron monarquía y república sin grandes reflexiones, aunque no sin disonancias.

Una tercera y última idea es que este estudio, más que poner el foco en comparar dinámicas españolas y europeas, refleja cómo un conjunto de factores impulsó el deseo de crear un espacio «reformador» en la derecha, pero (al contrario de lo que sucedió en Italia) carecía de antecedentes de izquierdas. De este modo, ante el sindicalismo de contorno revolucionario que encarnó la CNT y un recién inventado separatismo catalanista que giró en torno al político Francesc Macià, surgieron los colectivos mencionados que los combatieron y conformaron el «Fascio de Las Ramblas». A la vez, la marcha sobre Roma —que llevó a Mussolini al gobierno en octubre de 1922— suscitó conatos de fascismo en Madrid que interactuaron con los de la capital catalana.

Junto a la dificultad de ofrecer una definición de fascismo, la obra presenta otra en lo que se refiere a su aspecto narrativo. Con el fin de conjuntar en nuestra exposición elementos muy diversos (de carácter territorial, militar o político) hemos creado un relato que resalta las dinámicas que convergen en determinados temas abordados para facilitar su lectura. Tal opción quizá puede proyectar la idea de que partimos de una visión teleológica en la que todo lo expuesto lleva a un desenlace único: la irrupción del primer fascismo. Pero si tal teleología se refleja en la obra hasta cierto punto, ello no es una convicción, sino una opción de redacción. Igualmente, el hilo conductor del relato es un artefacto político-militar, la «Capitanía cubana», cuyo protagonismo puede convertirla en deus ex machina que explica «todo», cuando tampoco es así. Como en toda obra, hay que optar por recursos narrativos y elementos conductores del relato y la «Capitanía cubana» en este caso es central.

Miembros del Somatén en formación durante la visita de Alfonso XIII a un pueblo del Alt Penedès 
(foto: Biblioteca Nacional de España)

Somos conscientes de que nuestras decisiones en lo que se refiere a términos conceptuales y narrativos son problemáticas, pero juzgamos modestamente que también lo son las tesis dominantes sobre el fascismo apuntadas: ¿Es una solución óptima para el estudio del fascismo crear un gran cajón de sastre analítico donde todos los fenómenos, grupos y tendencias políticas que no casan con el falangismo y presentan componentes fascistas son etiquetados como «protofascistas», «prefascistas» o «pseudofascistas»? ¿Es viable una historia del fascismo español centrada en Madrid con una discreta conexión vallisoletana? ¿Nada puede decirse de Barcelona y su conflictividad social cuando —como veremos— el célebre intelectual marxista italiano Antonio Gramsci señaló que esta urbe alumbró un fascismo que precedió al de Mussolini?

¿Es asumible un estudio del fascismo español con su discurso imperial sin incorporar precisamente el influjo de esta dimensión imperial? Desde nuestra perspectiva, debe efectuarse un esfuerzo por renovar la visión y percepción del fascismo español. Y en este marco, por descontado, no pretendemos tener la «verdad», pero juzgamos que existen algunas certezas que deberían tenerse en cuenta. Por consiguiente, no esperamos que el lector o lectora suscriba todas nuestras tesis o reflexiones, pero sí que este ensayo le estimule a repensar el cada vez más «viejo siglo XX» con una mirada nueva. Lograrlo sería nuestra mayor satisfacción.

Para desarrollar los argumentos apuntados, la obra se estructura en veintisiete capítulos. Los once primeros no tienen un orden cronológico estricto y plantean cuestiones de distinta naturaleza para comprender el desarrollo del «Fascio de Las Ramblas». En cambio, los siguientes trazan un desarrollo lineal del tema. Queremos subrayar que este libro es un ensayo interpretativo, por lo que determinados temas están muy desarrollados y otros solo apuntados. Asimismo, como algunas cuestiones son transversales, hemos reiterado informaciones en distintos capítulos para facilitar su lectura. Igualmente, hemos incorporado anexos con jefes de gobierno, capitanes generales de Cataluña y gobernadores civiles barceloneses, así como una relación de textos. Para terminar, testimoniamos nuestro agradecimiento a todos los expertos que nos han facilitado copias de sus trabajos cuando se las hemos solicitado, aunque no siempre los hemos podido incorporar a la obra por los cambios que ha experimentado durante su redacción, que ha durado cuatro años. Merecen también nuestro especial reconocimiento los autores cuyas obras abordan los temas tratados y que hemos empleado de forma recurrente, pues sin ellas este libro no habría sido posible. Aunque en algunos casos podamos discrepar de sus tesis, no por ello cuestionamos su valor, incluyendo en primer lugar las monografías de Payne, que aún hoy son referentes insoslayables. Queremos hacer una mención especial a la generosidad de Soledad Bengoechea y Marcel Gabarró, a la lectura del manuscrito de Lluc Casals y sus sugerencias, así como al estimulante interés en la obra de Anna Casals. Por último, ha sido indispensable en la confección de la obra la atención de los archivos, hemerotecas y bibliotecas consultados, especialmente el del servicio de biblioteca de la Facultat de Comunicació i Relacions Internacionals Blanquerna, de la Universitat Ramon Llull.

Miembros de la Unión Patriótica de Valladolid (foto: El Norte de Castilla)

Índice

Mapa de Barcelona, 1930 (detalle)

Introducción. El primer fascismo español, una historia de tres ciudades

  1. Regeneracionismo y fascismo: Costa contra Costa
  2. La Habana: fragua del españolismo y de la «Capitanía cubana»
  3. La sombra de la «Capitanía cubana» en la Península: Weyler y Polavieja
  4. De Ultramar a África: la forja del militarismo español
  5. El carlismo: el potencial subversivo de un movimiento de orden
  6. El maurismo: una derecha caudillista sin caudillo
  7. Barcelona, el «anticentro» de España
  8. El orden público: la rampa hacia la «Capitanía cubana»
  9. La conversión de Cataluña en una «segunda Cuba»
  10. El lerrouxismo o el primer «partido españolista» de Cataluña
  11. Barcelona, capital del militarismo: la lenta irrupción de las Juntas de Defensa
  12. La confrontación de obreros y patronos y el origen de la «guerra social» metropolitana
  13. La bancarrota del sindicalismo católico
  14. Un ímpetu jaimista nuevo: «La Trinchera»
  15. La Liga Patriótica Española o el primer «Fascio de las Ramblas»
  16. Milans del Bosch y la huelga de La Canadiense: la creación de la «Capitanía cubana» de Cataluña
  17. La «Capitanía cubana» contra la CNT
  18. El desafío de la «Capitanía cubana» al gobierno: la campaña pro-Milans
  19. La creación enigmática del Sindicato Libre
  20. El legado de Milans del Bosch: el origen del «Fascio de Las Ramblas»
  21. El virreinato de Martínez Anido, preludio de la dictadura de Primo
  22. El Sindicato Libre bajo Anido: ¿un fascismo proletario?
  23. Mussolini visto desde Madrid: de la Legión de Millán-Astray a la Legión Nacional de Delgado Barreto
  24. Mussolini visto desde Barcelona: «La Palabra», el Libre y La Traza
  25. El golpe de Estado de Primo o el salto al vacío hacia una «Capitanía cubana» estatal
  26. La derrota del «Fascio de Las Ramblas»
  27. Valladolid y la Unión Patriótica de Castilla ganan la partida

Conclusiones. Dos fascismos y cuatro dictaduras

Anexo I. Relación de capitanes generales de Cataluña,

Jefes de gobierno de España y gobernadores civiles de Barcelona

Anexo II. Selección de textos

Fuente: Conversación sobre la historia, Introducción e índice del libro El fascio de las Ramblas. Los orígenes catalanes del fascismo español. Barcelona, Pasado & Presente, 2023.

Portada: Joaquín Milans del Bosch (foto: ABC)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia


- novembre 12, 2025
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Libellés : Barcelone, colonialisme, Cuba, fascio de las Ramblas, fascisme, impérialisme, JONS, phalangisme

lundi 10 novembre 2025

Valérie Pozner → L’Art dans la vie ! Le constructivisme soviétique dans les textes


 À la 56e minute, quelqu'un pose très judicieusement une question sur les relations possibles entre constructivisme et situationnisme.

- novembre 10, 2025
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Libellés : archéologie situationniste, constructivisme, Je artiste et Nous prolétarien, Paula Barreiro López, URSS, Valérie Pozner

dimanche 9 novembre 2025

Soviet Art: From Utopia to Dissent | Joachim Pissarro


 

- novembre 09, 2025
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Libellés : anticommunisme, Avant-garde, constructivisme, Joachim Pissarro
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